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Santiago González Carriedo nació en Palencia en 1955. Se trasladó a León a edad temprana, donde cursó el bachillerato. Completó sus estudios universitarios en Oviedo, donde se licenció en Filología Románica-Francés. Mientras tanto, iba y venía a Francia con frecuencia, donde sobrevivía felizmente como portero, limpiador, vendedor, leñador, entre otros oficios. Su vuelta a España fue fulgurante y a los veintiocho años ya había ganado dos oposiciones libres a cátedra. Sus dolencias de todo tipo le hicieron jubilarse avant l'heure y empezó a escribir. Además de los Planetas de Holst ha publicado dos novelas: "Agradecimientos" y "El León errante". Pero tiene más sorpresas en su cajón: cada obra es diferente en todos sus aspectos. Con "Los Planetas de Holst" inicia su primera colaboración con Alacena Roja y su primera publicación poética.


Título: Los planetas de Holst Autor: Santiago González Carriedo © Santiago González Carriedo 2013 Diseño portada: Luisa Navarrete Edición eBook: Alacena Roja Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial de este libro sin permiso previo por escrito del autor. Primera edición digital Marzo 2013 –CeutíDepósito Legal: MU- 269 -2013 ISTC : A022013000000176


A mi padre y a mi madre y a sus nueve hijos.


GĂŠnesis


Antes de la nada fue la nada y cuando ésta desapareció una cabeza de alfiler la sustituyó en un embarazo fulgurante donde todo cupo en un parto de fuegos artificiales que rellenó el vacío absoluto.

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Primero fue la formación de los átomos, enanos gigantescos, núcleos diminutos que esclavizaron a los electrones obligándoles a unirse entre sí. En breves nanosegundos Mendeléyev vio su obra cumplida; la magia de Pitágoras creo sosias en la caverna de Platón; Lucrecio pudo finalmente escribir De Rerum Natura; Newton dio eterna satisfacción a su genialidad contrastiva, Max Planck inventó gateras para gatos negros y gatos blancos; Einstein destruyó el tiempo y la materia se contrajo. Todo ello en un nada de tiempo, naturaleza feraz y feroz, rápida en su creación, lenta en su expansión. De entre las nubes de átomos, protones, fotones, quarks, nacieron los elementos pesados, los livianos y los invisibles. Surgieron las leyes de la física, de la alquimia ancestral que dieron lugar a la 12


leche materna, galaxias pre単adas de estrellas y planetas.

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Hágase la luz, paradójico deseo, extraña orden, pues es lo único que existía antes de la nada y lo único que existió después de la nada. Las galaxias se separaban y se hizo la oscuridad interestelar, interplanetaria, plagada de agujeros negros, negrura insumisa en sus ciclos de ceguera solar e invidencia planetaria; rayos infrarrojos, rayos ultravioletas, efecto Doppler arcoirisado. Una parte de luz y dos de calor; dos partes de hidrógeno y una de oxígeno: la materia dura y oscura devino blanda, inestable, perecedera, triste evolución sin retorno o de retorno a la estabilidad, a lo imperecedero, a la dureza, a la inmensa eternidad. 14


Antes de la vida era la materia inerte; después de la vida era la materia inerte. Un sólo instante físico-químico llevó la materia al sufrimiento: evolución pasajera de cambios, destino: la materia que tanto miedo nos procura y nos vuelve locos sin el dolor de la mutación. Galaxias que se forman, ga-lactos de madre que se agota, Vía Láctea que cae gota a gota. Una galaxia más, excéntrica en su órbita, un billón de estrellas incomunicadas, un sol con nueve hijos en un extremo incógnito: nadie sabrá nunca de nosotros, ¿quién conocerá nuestros rostros? ¿qué importancia tiene tal hecho si vivimos cara a nuestro interior de pueblerinos sin más miras que no vivir maltrechos? Es el Camino de Santiago, mi camino salpicado de estrellas: cada una de ellas nos obliga a tomar un nuevo rumbo para ganar y merecer 15


el jubileo y creernos asĂ­ inmortales.

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Dos generaciones de estrellas pasaron, ocho mil millones de años quedaron atrás; una masa de pecios en abundancia, metales pesados para una nube de elementos, alimento para una pequeña estrella, amarilla en el zenit, roja en su atardecer, toda ella gas, madre amamantísima que alimenta a sus nueve crías con suelo firme y tenue atmósfera.

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Mercurio, el Mensajero Alado


Mercurio, el mayor de los más pequeños, el mensajero alado, el que anuncia el devenir a sus hermanos, Ave Félix ante las buenas nuevas, pájaro negro de eterna oscuridad. ¡Pobre Mercurio, tan cerca del padre, tan lejos de la familia paterna! Sobre él recae la responsabilidad de anunciar los caminos llenos de asteroides. Mercurio, portador de noticias, tanto buenas como malas, porque sin anuncios es cierto que la vida es roma, es rala:

Te morirás como has querido siempre, con tormenta, a tu lado en el lecho, un frío día nueve de noviembre, con la cabeza apoyada en tu pecho. Saldrás de este mundo con pocos años, sin esperar dejar recuerdo alguno, salvo el pasar de tantos cumpleaños y un poco de tu amor, casi ninguno. No sufrirás la hora del despido, no te espantará nunca mi llegada, pues, no tengas dudas, ya habrás partido. 21


No tengas compasi贸n por tu espantada, no tengas aflicci贸n por lo que has sido, piensa s贸lo que alguien te ha querido.

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Mercurio, siempre adivinaste mi futuro de incertidumbre y, sin embargo, como el alumbre, teñiste mi vida de espiritismo tintando en mi cumbre lo mismo que el Oráculo: conócete a ti mismo.

Felices sois los dos en la amargura, forjados en la tristeza del dolor, pena que te hace creer que no hay cura, congoja gris, existencia sin calor. Cambian los aires, varían las brisas, jugando como aprendices de mago veo escrito en tu corazón ¿qué hago?, ve grabado en su corazón: no hay prisas. Dos vidas paralelas que se cruzan como dos imanes de polo opuesto que se atraen irremediablemente. No tengáis miedo de los que os azuzan sus perros: no saben que habéis dispuesto vivir juntos dulce y eternamente.

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Mercurio, con alas en los pies, ve, corre, vuela como si tuvieras un casco alado, como si tuvieras la cabeza tan rápida como tus piernas. Da lo mismo: siempre, siempre acabamos matando al mensajero. Huyes de la tristeza que te abrasa pensando en su sonrisa agradable, intenso amor con el que se te pasa la cruz de llevar en el pecho un sable. Huyes del dolor agudo amando como nunca antes lo habías hecho, intensísimamente, aguardando que tus caricias alivien tu pecho. Sus ojos son tu tabla de salvación, sus besos tu dulcísimo recuerdo, sus manos sabias magia en la extenuación, con su gozoso amor nunca te hiere, Pues su dulzura hace que esté cuerdo: y te digo que la quieres, te quiere.

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Mercurio, ¿quién te quiere vivo, quién desea conocer su futuro si no el que mira en su archivo su lado más triste y oscuro? Sigue, Mercurio, dando vueltas al sol todopoderoso y hosco mostrando al que te requiere su lado blanco o su hemisferio fosco.

Intuyes que te gana la locura cuando te dejas caer, cansado por el fardo de ignominia y amargura, harto de pena, llanto demoledor que te roe el orgullo y la dignidad, repleto de desdén, rabia, insulto, vomitando contra tanta inquinidad; te arrebujas en la cama, como un bulto, pues sólo deseas que el sol luzca fuera y estarte quieto, inmóvil, a oscuras, apretando los puños, que se muera todo rastro de ti, toda energía; árbol viejo eres, de frutas maduras, aguantan años y caen en un día.

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Venus, el Portador de la Paz


Venus, el que trae el amor, también cerca de su padre, lejos de su madre el vacío. Venus, que a punto estuvo de generar inestabilidad: se quedó a las puertas de la procreación incestuosa de ser mujer al lado del sol. Envuelta en una densa capa de nubes tóxicas y exóticas, pudo haber tenido otro camino más llevadero: Lanzas de agua se abatieron en tierra árida y estéril; germinaron de su subsuelo, apestado de arañas y ácaros, amapolas y geranios, fruto de su genialidad contrastiva, y el suelo se preñó de genitalidad con la naturalidad de la violencia sexual que acompaña a la dulzura coital. Gota a gota de regadío caía del envés de las hojas arbóreas confiriendo una frescura renovada a la sed de ambas partes. Cuarenta días y cuarenta noches en un acto de igualdad sin igual sin que el agua o la tierra se mancharan de humedad o de barro. Barrieron los vientos de poniente con fuerza sin par todo resto de flores, de hojas, de agua, de barro, de raíces, arañas y ácaros, de fuerza, de excitación, de amor, de dulzura, de afecto, de cariño; como cobras ante su presa se abatieron los rayos del sol 29


bajo la mirada plena de frialdad del rey astro, que da la vida y la quita a su antojo; y todo volvió a la aridez y a la esterilidad de las noches sin nadie a tu lado, sin piel que acariciar, que besar. Longa noite de pedra, de pedra é a noite e o ar que temos, sino fuera porque sabemos que el agua volverá a caer sin cesar. Enjutos son los caminos entre las amapolas y los geranios, prolijos en su continuo quehacer laberíntico donde perderse. Comienza a llover de nuevo y un solo paso para perderse en las sábanas floreadas de las sabanas sin brizna de hierba. Un gran paso para mí, un pequeñísimo paso para la humanidad y paso de los senderos y de los árboles de recia corteza al lecho renovadamente nupcial y siempre recién hecho del hecho conyugal adornado con espinas de rosas y helechos. Deshecho, pienso si será la primera o la última vez que gozaré de tanta belleza.

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Venus, que tanto pudo haber sido en su larga vida repleta del antes y tan carente en su eternidad eterna del después. Antes de los jardines colgantes era la dura estepa, antes de la verdor de la selva era el monótono desierto, antes del alba rosácea era el negro absoluto, antes del arco iris era el gris marengo, antes de la alegría era la tristeza implacable y férrea, antes del vino alegre era el agua fecal, antes del equilibrio era la depresión, negra y total, antes del amor era el desamor y el odio, antes de ti no había nada, era la nada.

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Venus, que nos trae el amor antes y después de la guerra: una nueva manera de pelearse, quien bien te quiere te hará sufrir. Es el amor, es el acto carnal lo que distingue la materia inerte y eterna de las formas perecederas, inestables, dolorosas. ¿Merece la pena tanto para tan poco?

Guapa, atractiva, sensual, inteligente, lista, astuta, dulce, cariñosa, tierna, afectuosa, amorosa, amante, amable, amiga, comprensiva, comprensible, comprendida, incomprendida, distinguida, elegante, delicada, interesante, materna, fiel, filial, joven, espiritual, madura, material, trabajadora, incansable, cansada, fatigada, dadora, deudora, receptiva, recibidora, original, única, inédita, insólita, imaginativa, improvisadora, constante, impredecible, segura, fija, firme, dulce, simpática, empática, cristalina, transparente, translúcida, 32


buena, bondadosa, benévola, afable, humana, caritativa, tolerante, Venus, siempre supe sin duda quién eras; lustros antes de conocer tu nombre, y sin sospechar que un día te me aparecieras te soñaba a diario y me convertía en hombre.

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Es el hombre que te socava como don Pablo, con la vana intención de alargar un poco más allá nuestra vida una vez reconvertidos en polvo estelar, en materia de estrellas. ¿Qué inventar de nuevo para no morir?

Mujer de ímpetu hacendoso, eres vientre; te partes en dos para ser tú misma, eres madre y esposa, amante siempre, partición vaginal de volcánico cisma. Mujer de barro, de divina arcilla, potentes, ingentes besos de miel, toda tú te partes en mil astillas, titánico esfuerzo de mujer fiel. Mujer de oro y plata, prístina, clara, delicada presencia de rubíes, música de violín en tus venas. Mujer total en tu mente preclara, hermosa en tu lecho de alhelíes, eres como Casandra, tu hija eterna.

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O bien, engañándote, Venus, con promesas de amor incumplidas que sólo esconden nuestra genitalidad, el gran avance de lo inerte, de lo muerto.

Mi Venus, eres tan inteligente que te conviertes en felino, gata que caza sus presas con clara mente y sin morder, dulcemente, no matas, sino que inyectas cariño y dulzura; sin que tu presa se dé cuenta, es tarde, de la suave, amorosa atadura que en su corazón ingenuo ya arde. Venus, eres tan lista y silenciosa que te conviertes en gata, felino que no se ve, invisible, preciosa que un buen día me atrapaste, morosa; desde entonces el mejor de los vinos sabe tan rancio, a tan poca cosa.

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Es arduo el viaje de Venus a la Tierra, deseando que no termine, que sea falsamente eterno, cuando lo difícil, lo duro, es ir de la Tierra a Venus, que realizamos en el momento del tajo en el cordón umbilical, momento breve que señala nuestro triste paso por la materia perecedera, inmadura, inatrapable: una vida de cicatrización del cordón que nunca , nunca conseguimos cerrar. Siempre deseando lo imposible, creyéndolo a todo momento posible para no acabar nunca.

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Éramos sendos espejos los ojos y mirábamos el azul rosado del amanecer en el rocío blanquecino de nuestras sábanas, húmedas de tanto querer. Éramos la cara y la cruz de la moneda ardiente que pasábamos de mano en mano, de boca en boca, de mirada en mirada, desesperada y reluctante, gato y ratón alternativamente, de un rato de gozo, de caricias y de besos, al miedo de la eternidad, soledad de oscuro pozo, temor redondo y profundo de los muros de nuestros sesos.

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Éramos la cara oculta de la luna, que sepulta una tras otra las delicias de los rayos del sol, oscuridad sólo apagada por el fuego de nuestros abrazos, pedazos de mirada incandescente de la cara cruz con que cargamos: dos pasos atrás, sólo uno adelante. Éramos vestigios de pasado oscuro, pecios del futuro proceloso, viajeros del dulce presente. Une minute d'arrêt para un trayecto tan duro, sin saber si en la próxima estación estaríamos solos o simplemente ausentes.

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La Tierra


La Tierra, portadora de vida y muerte, enorme féretro, incubadora colosal. Todo allí nace y allí muere. La Tierra, negación del no, la Tierra, donde se puede renacer pero morir sólo una vez. La Tierra, tierra de creación e innovación, de civilización, de transformación. La Tierra, tierra de atraso e ignorancia, de batallas y de guerras. Mercurio ya lo anunció: estarás entre Venus, el portador del amor, y Marte, el que trae la guerra. Amor y guerra, ninguno sin el otro. Hay amores que matan: todos. Hay guerras que unen en el odio, mayor lazo de unión que la fuerza que ata los núcleos a sus electrones. 41


Tierra donde todo crece, tierra ad贸nde vamos a parar.

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Abriste los ojos cuando te besé, labios ardientes, pechos erectos, calor salvaje, y yo cerré mis ojos cuando me besaste, labios de brasa, cuerpo gigantesco, calor volcánico, y cerraste los ojos cuando no me aparté, exhausto de placer, y te abracé, te besé, te dije que te quería, te aseguré que te deseaba, y no movías ni la cabeza, porque estabas cansada, porque no me soltabas, porque querías seguir bajo mi cuerpo, porque te gustaba escucharme, porque te gustaba mi piel.

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Tierra de amargura y de placer, breves segundos en el lejano Big Bang, vida ahuecada, justificada por un momento de regusto, otros cuantos de recuerdos, sin más futuro que el pasado.

Bebías en la amargura del café, negros posos que en nada presagiaban el retorcimiento del dibujo de la taza de porcelana que tus manos ahuecadas sujetaban como si de un hornillo se tratase, para buscar el calor de mi cuerpo hipertenso y excitado bajo las sábanas cuyo dibujo imitaba al de la taza de café, bajo mi cuerpo buscando un refugio a tu frialdad, a tu manera de hacerle frente a un enemigo que se refugiaba dentro de ti y al que yo, pacifista de toda la vida, eliminaba uno a uno fríamente con tal de robarles el calor que te vampirizaban y que, sin embargo, yo procuraba para ti y para mí en aquella noche sacra en que nos conocimos por vez primera, en aquella cama vieja y destartalada que hacía un ruido de mil demonios cada vez que mi cuerpo sacudía el tuyo con la intensidad de mil rayos y truenos golpeando a la vez sobre tu 44


vientre de bibliotecaria educado y refinado en sus modales para que gozara del calor de mi dureza aparente, de mi tibieza blancuzca llegado el momento, calma proporcionada sólo por el ojo del huracán, lapso de diez minutos entre tormenta y tormenta desatada por el fragor de la batalla, noche de estrellas y de galaxias, de planetas y de satélites orbitando alrededor de nuestra viaja cama destartalada, chispas que salían de sus muelles, chiribitas descontroladas yendo y viniendo entre tus pechos y mi pecho, entre tus piernas y las mías, entre tus manos y mis dedos cargados de electricidad que te hacían saltar a la mínima caricia, sí, mi gatita, sólo poniéndote la palma de la mano en tu triangulo de rizos de carbón que yo blanqueaba a cada sacudida, tarea ingente habida cuenta de la desproporción existente entre la producción mundial de hulla y de lactosa, experimento de primer orden para nosotros dos, resultado positivo para nosotros dos, música celestial que aún resuena en mis oídos y te juro que resonará por siempre jamás, amor, amor mío, amor de mi alma, en esa vieja cama destartalada, mi gata, mi dulce amada.

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¡Pobre Tierra, pobres de nosotros! Esperamos lo imposible como quien cree en las mitologías; nos aferramos a las esperas mientras tú me esperas y yo, ingenuo, te espero. Centro del Universo, trampa implacable: somos el cazador cazado.

Inquietudes de espera, espera inquieta: me llamará, me mandará un mensaje o simplemente no hará nada, quieta como las piedras que colorean el paisaje, y se vuelven contra ti como en una mala siesta de espera inquieta, de mirar al contestador por ver si me habías llamado, intento inútil a la hora de querer convertir en realidad mis sueños más felices, vanos intentos, Intensos momentos de amargura y desesperación. Siento esos instantes, la codicia del triunfador que quise ser, fracasado el intento de seducción caigo en mi propia trampa y me mudo de gato en ratón, pues pretendiendo enamorarte me enamoré yo.

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Tierra frágil, inestable, que basa se basa en una precaria pirámide jerárquica injusta, donde todos sus seres se creen el rey de la creación, vano pensamiento egocéntrico: tantos egos como individuos.

Se ríe el gato en su cubil del ratón en su ratonera encerrado, acosado, atrapado por la soledad del corredor, largo y oscuro del fondo, gris como su piel de hondo pensar que está preso. Gato cancerbero que no huele el gesto sarcástico y certero del can cancerbero que baila de contento por tener un prisionero con acerbo de carcelero. 47


Can cascarrabias como su amo, que le ama como a un subalterno, que alterna mordiscos con lengüetadas, vieja historia en el tiempo eterno. Perro fiel que ama a su amo por las palmadas en la espalda y por algún hueso. Hueso blando de roer el amo, satisfecho en su morada de tener controlada la casa; siendo el caso que ya no las pasa moradas por un miedoso ratón gris. Amo subalterno que ama, sin pasión disimulada, a su jefe de sección diseccionada en varios subdepartamentos porque recibe palmadas en la espalda y con ello salda las dietas no controladas. Jefe de sección seccionada y controlada por otro jefe. Y así, jefatura tras jefatura, todos creen dominar el cotarro 48


del tarro de andaduras y mantener una postura de digna compostura. Yo sólo pienso en el grisáceo ratón, solo en su madriguera a la espera dulce y rosácea de un cambio de timón que le procure un hacha, afilada y gris, que le permita acosar, abrumar, abrasar a la hosca y negruzca cucaracha que ya tiene en su punto de visión a esa mosca que acaba de picar al gran patrón. Gran patrón que se rasca pensativo la cabeza, mientras se dice a sí mismo si no habrá un enfisema que le estará fastidiando el sistema. 49


Tanta confusión, tamaño error, pilar, sin embargo, sobre el que se sustenta todo el sistema en un intento desesperado por terminar con todo, con todo. Puedo hablar y no digo ni palabra por mor de que mi boca salgan sapos y culebras que me la abran en canal seco de humedad. Puedo tocar y no palpo más que a tientas el aliento indescifrable de lo que siento: desconfianza y miedo. Puedo oler y no huelo, atrofiada pituitaria atroz, por más que vuelo alto por el crepúsculo dorado. Puedo gustar y no degusto si no son esos dolores henchidos de disgusto, hinchados de sustos. 50


Puedo ver y estoy ciego ante tanta maravilla, ecléctico como soy, pacotilla de escéptico. Puedo oír y no escucho el campo limpio por la hoz, donde crecen tus palabras llenas de voz, y que me susurran: te quiero mucho. Puedo caminar y no lo hago, herencia inexacta que me tocó lo más improbable de un halago desbordante de soledad. Puedo quererte y te odio, por las manchas de desamor que ensucian el traje blanco preparado para la ocasión. Puedo odiarte y, sin embargo, te quiero, como la tarde al lucero que surge de la claridad para evitar que sólo brille lo obsceno.

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Raza humana, rey Midas que convierte en destrucción todo lo que toca, incluso cuando toca lo que le produce placer. Mujer de raza humana, ser de segunda categoría por mor de su compañero, vidas separadas que se atraen, polos opuestos y contrarios, gigantesca contradicción, tamaña injusticia umbilical de hombres que juegan a ser hombres, sin saber que para ello han de cortar el cordón umbilical de su primerísima infancia,

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Me imagino tu cuerpo de mujer mojada en nuestro lecho equinoccial, de tantas mujeres, de tantos hombres amándose en una lucha ancestral. Cuerpo de mujer, herencia cinética, dinámica genética, impura esencia adánica, ofidio de dura manzana mordida en tu etérea presencia. Cuerpo de mujer, ignorante imprudencia castigada por una innoble costilla, fruto de una imposible ausencia, dolencia injusta de vengativo desamor. Cuerpo de mujer, imperfección puñetera de un mal despertar de la siesta divina, acompañada para la eternidad asesina de quien no supo defender a su compañera. Cuerpo de mujer, cuerpo con el que lucho, cuerpo con el que disfruto, cuerpo que amo, cuerpo con el que sufro, cuerpo en que me pudro, cuerpo de mujer que evito, cuerpo inevitable.

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Cuerpo de mujer, cuerpo de explosiva ira, te tengo ahora entre mis brazos telúricos. ¡Véngate, apiádate o perdona mi maldad, y devuélveme al menos un poco de dignidad!

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Nos compadecemos de nosotros mismos como si ello pudiera perdonar el pecado original que arrastramos desde siempre. Reconocemos nuestra realidad como un tremendo error y esperamos la contrición y el perdón de los demás e incluso, en un acto de soberbia, inventamos a quien no existe para que nos perdone e incluso nos premie. Nunca nos daremos cuenta de que la salvación, el perdón, la contrición se encuentran en lo más superficial de nuestra piel y en lo más profundo de nuestro corazón. Pobre soy con consecuencia, pues nunca pretendí ser rico, anuencia que no me anonada, pues bien sé que la codicia lejos de ser buena es vana malicia de bondad no probada. Vanidad que me rodea pensando que si no tener nada nada me puede ocurrir; ocurrencia sutil y piadosa del que desea los oropeles a sabiendas de que nunca conseguirá el oro y en ello 55


se dejará las pieles. Pájaro de alto destino que se piensa volar alto como el águila bicéfala, que no por tener dos cabezas pudo utilizar sus encéfalos más que en un escudo heráldico. León rey de la reserva keniata, que sólo mata carne en conserva sin más reserva ni receta, que se sonroja al rugir al regimiento de hienas llenas de hiel helada a su vez éticamente amaestradas. Hombre que soy que no quiere nada para no sentirse instrumento de la banda y que acaba cayendo inexorablemente, indefectiblemente, impecablemente en ese pozo de tortura que es querer ver las cosas duras con la vana esperanza del que las coge y alcanza para ahogarlas en una vida segura. Locura de mente estrecha, 56


hecha de pura ignorancia, que al final de cada jornada, s贸lo tiene la jactancia de decir, de afirmar, de profesar que s贸lo sabe que no sabe nada. Y es verdad.

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Sólo la igualdad, hoz y martillo de nuestros esfuerzos, logrará la perfección de oro, la solidez de acero, la generosidad argentina, el amor férreo, los hijos bellos y duros como el diamante, la paz de seda, el sosiego interno y la calma colectiva.

Entra el sol . Se ilumina la estancia. En primera instancia estás tú; después, yo. Se distinguen los trazos prístinos de tu perfil mediterráneo; íntimos genomas transmitidos de generación en generación. A través de tu ropa 58


se entrevén tus formas, ingenuas y generosas. Se despierta en mí la codicia cándida del macho ebrio de tanta redondez. Un beso furtivo se escapa y huye hacia ti; se esconde entre tus senos y, dulcemente, lo recojo para posarlo en la comisura de tus labios. Es la mañana. Otra mañana más. El sol sigue entrando.

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Marte, el Portador de la Guerra


Marte, el portador de la guerra, rojo en sus venas asesinas, que trae la sangre a la Tierra, vengador afán que no cesa, mercenario de los poderosos, ganador de todas las batallas, portador de todas las armas, ejército de cuerpos sin alma. Milenios de profesión le avalan como el mejor en su gremio, perfeccionismo mejorado año tras años, mes tras mes: nunca le falta trabajo, se le acumula en cada rincón de nuestro planeta. Marte, que no posee índices de paro, de desocupación ni oficinas de desempleo. Fascismo al completo, total: maquinaria de guerra para el mejor postor; pocas veces ha perdido una guerra, pocas las ocasiones en que la Tierra se ha visto liberada de la codicia, de la explotación, de la pobreza. Ángel del Señor bíblico, que tanta sangre ha derramado. ¡Pobre Tierra, 63


tan cerca de Marte, tan lejos de Venus!

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Caían puntas de fuego, como chuzos, destrozándolo todo a su paso, peso insoportable que no soporta la ley de la divinidad, poso inaguantable de pesadumbre de campos de lumbre, urdimbre que imbricaba los álamos en la cumbre , antes floridos y ahora podredumbre en poder del mejor postor, pastor que echa pestes al ver que su guarida de amor podrido por tanta oveja y tanta cabra no perduraría al fuego purificador. El Ángel propuesto por el Señor armado de su espada abrasadora cumple su cometido con preparada precisión para paliar los daños que cada año, mes, semana y día el pobre pastor predicaba en sus rebaños repletos de pletórica alegría digna de figurar en el [Panteón de los que han querido, amado, deseado, deleitado, gozado como Dios. Cautérico castigo que deja con el culo al aire al pobre ganadero, que no ganará ya más que el fuego eterno ya que su antinatural pecado genera las iras y venidas del Ángel Purificador, tan sólo por haber [gozado. Caían puntas de fuego, peso insoportable que deja un poso [inaguantable.

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Angustia, miedo, pánico, lacras, enfermedades, desolación, dolencias, amputaciones, fiebres, cojos, mancos, tetrapléjicos, sordos, ciegos, mudos. Niños, mujeres y viejos que no pueden defenderse; hombres, jóvenes, adolescentes segados en plena vitalidad. Viaje de ida, no hay vuelta a la normalidad ni siquiera de la pobreza cotidiana, menos aún de los traumastráumatos del psiquismo. Sólo queda la vida triste y negra, a la que nos aferramos como un clavo ardiente.

Viajas incomparablemente en un carruagem-cama que, probablemente, no para de andar en el improbable trayecto Plasencia-Palencia, causa efecto de dolencia 66


infantil tipo test de Graham (micro-patología de las lombrices que se deshuevan en los esfínteres vibrando a modo de samba dolorosa). Y no sabes si es el carruagem o la cama lo que hace que todo vibre a tu alrededor; con un edredón hasta los ojos y la escopeta preparada por si llega el revisor, pues el billete es de vuelta; el de ida lo perdiste en la ida, que es la vida, (no es un chiste), y ahora estás a vueltas con la muerte, con la mente revuelta y con el andar indeciso y con el corazón quieto y con el pecho prieto, pues has de pagar la ida 67


con la vuelta; ĂŠsta no te suelta ni a tiros. Es lo Ăşnico que te queda: no la sueltes.

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Sólo nos queda el amor como tabla de salvación, como árnica milagrosa, como tutía curadora, como bálsamo calmante. Tierra de contrastes, tierra de guerra y tierra de amor. ¿Vale para algo tanta energía gastada en querer superar lo inaguantablemente insuperable?

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Abrí la caja del aire de enero Y comencé a respirar hondamente Tu perfume de amapolas y enebros, Tu aroma a cuerpo sano y dulce mente. Abrí la gatera y saliste del viaje Cansada, llena de rabia y con dolor; Pude ver tu puro y blanco pelaje, Para acariciarte suave y con amor. Abrí la caja de tu corazón Todo él lleno de miel pura Y lamí con mis labios una succión. Te abrí a ti toda con un cuchillo Y me encontré con una gata de angora. Te llevé conmigo, pobre ratoncillo.

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Marte, el que nos trata como insectos a los que aplasta. ¿Qué tenemos que ver nosotros en tanta guerra fría y caliente? Somos la carne de cañón que alimenta la poderosa vida de los que de verdad la viven. Somos la hierba que pisa el caballo del bárbaro Atila. Somos la nada oscura que muere antes de ser concebida. ¿O quizá somos concebidos para formar parte de esa nada?

Me siento mosca en la tela de araña, que va a ser devorada sin remisión, punto crítico con toda la saña donde no cabe ninguna compasión. No hay vuelta de hoja para la mosca, cuanto más patea menos le queda, la araña da una vuelta más de rosca: nada que hacer en su tela de seda. 71


Cae el díptero en su lengua sangrienta, y sólo el tiempo de implorar un perdón, caso omiso, la araña está sedienta. Le aplica la dentellada de gracia, Triste trance de espaldas al paredón; mosca sin crimen, tu araña se sacia.

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No hay lugar para la duda : Venus y sĂłlo Venus nos mantiene en pie de guerra por la paz, por la igualdad, por la generosidad, por la solidaridad, por el amor, el amor que nos insufla vida, que nos traslada de la nada a la nada: ha merecido la pena pasar este segundo de existencia, de vivencias, de lucha al que llamamos vida. DespuĂŠs, poco importa, pulvis eris et in pulverem reverteris. Un pequeĂąo paso para la humanidad, gigantesco para el Universo.

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Caminos empedrados que no llevan a ninguna parte, ciudades perdidas en medio de los laberintos de carreteras, países de cemento en medio de los océanos verdosos, prados de césped artificial, insidias y perfidias, restos y pecios, naufragios a escala planetaria, planetas explotados, poblaciones planetarias explotadas, algas verdosas que crecen en el fondo de los océanos de los planetas explotados por poblaciones explotadas de países perdidos en medio de laberintos de carreteras duramente asfaltadas, caminos polvorientos que no llevan ya a ninguna parte, partes a las que ya no se va, partes que no existen en medio de tanta guerra, de tanta desolación, de tanto tanque.

En el océano de rayos dorados del sol, justo al amanecer, al alba de los días, cuando tomas el camino de tu corazón y la paz de tu vientre anuncia la venida de un nuevo día, te encontré, sola, esperándome.

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JĂşpiter, el Portador de la AlegrĂ­a


Júpiter, el portador de la alegría, el más grande, el más voluminoso, todo gas rodeando un duro núcleo, superficie de trombas, rayos y centellas, continua fiesta de fuegos de artificio. Júpiter, el quinto planeta: no hay quinto malo. Júpiter, el que juguetea y se divierte cambiando de forma y fondo, poniendo su enorme mancha ora aquí, ora allá, ora acullá. Júpiter, padre de tantos y tantos hijos cada uno de ellos de madre diferente. Júpiter, mujeriego insaciable, buen marido y mejor padre porque supo ser hombre, porque supo destronar al padre para que la estirpe divina no desapareciera de la faz de la Tierra, porque supo dar un golpe de timón creando una saga eterna 77


en el tiempo efímero de los hombres. Júpiter, hay un antes y un después en su revolucionaria decisión, no siempre comprendida, pero llevada a cabo con paciencia y determinación. Sólo los grandes de la historia humana han sabido leer su hondura, su profundidad. Cuarenta millones de muertos hicieron falta para que los que sobrevivieron desde el Báltico hasta el Negro, desde las estepas hasta el fin de Asia pudieran subsistir sin hambre, hombres, mujeres, niños y ancianos que se liberaron del yugo feudal, explotador, asesino.

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Antes de la luz fueron las cavernas, antes de la llama fue el frío palo, antes de la vida fue la muerte, antes de la suerte fue la decisión eterna antes de la elección fue la imposición. Pretéritos los tiempos imperfectos, perfectos en su pasado emérito, dictados en toda su holgura por dictaduras sin sentimientos, cientos de amarguras seguras de llevar una vida de tristura, miles de tristezas de futuro duro como el pedernal capaz de levantar un muro rudo de escalar sin saber que un golpe, otro golpe y todo podía quemar, estallar, saltar en pedazos hipócritas de hipocondríacas ganas de no vivir sin la presencia policíaca de los deseos de vegetar en el alma, de no querer en el cuerpo, de vivir sin vivir, de morir sin vivir. 79


Quisiera ser como tú, Júpiter, vencer mis miedos más ocultos, dejar de ocultar la verdad para ser libre de mí mismo, para gozar de mi libertad, para no sentir más las cadenas que me atan hasta lo infinito de mi eternidad, efímera para los demás, inacabable para mí. Quisiera, como tú, Júpiter, alcanzar la madurez para atrapar la infancia que se me escapa como el agua entre los dedos. Dulce ingenuidad juguetona la tuya, Júpiter, que te ha impedido envejecer, que te impele a la carcajada sonora, al trueno de tu voz grave.

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Pretendo, sin lograrlo, ser yo mismo, ingenuo, bueno, afectuoso, y acallar a voces ese mutismo que me hace ser infecto e infeccioso. Silencios pronunciados con cinismo, palabras sin sentido, dejan poso, dejan peso y paso al masoquismo, clamando por la noche al reposo. Pues mi vida se resume en bien poco: muchas voces, muchos gritos: silencias las palabras, los dichos: no hay sentido; y cuando quiero hablar siento que toco la cara oculta de mis ausencias: quiero berrar, es lo Ăşnico que pido.

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¡Con qué pocos mimbres construiste tu cesto! Amor, lujuria y deseo, juegos, risas y comilonas, seducciones imposibles gracias a tus disfraces, poder, sabiduría y respeto. ¿Tanto es que tanto nos cuesta adquirir en una vida larga y entera? Todo está dentro de nosotros, quizá el único sitio donde no miramos.

No pretendo más camino que el recto en esta montaña, eterna curva. Sendero trillado, cauce perfecto para obtener ese amor que me turba. Siento mis pies cansados de las piedras, mi cuerpo agotado de tanto girar, y viendo a mi vera crecer las hiedras sólo puedo tornar mi cara: mirar.

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Pues deseo el día de mi arribada para poder ponerte la frescura mientras me lamo la piel embarrada. No deseo más cumbre empinada, No pretendo más días de amargura: sólo ansío el beso de tu mirada.

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Ese es tu gran mérito, Júpiter, haber sabido mover tus alas para volar a tu guisa, sin esperar que algún otro las batiera por ti. Pájaro que no conoces jaula, Júpiter: has sabido escapar de todas las trampas y añagazas.

Cantan inútilmente los pájaros amarillos del desierto pidiendo que caiga el agua clara del cielo azul repleto de claridad; cantan desesperadamente en sus foscas ramas deseando que se ponga ceniciento el horizonte invisible, oscuras tramas; cantan sin saber que no caerá nada si no es huyendo del lugar, buscando otras tierras verdes, rojas y mojadas, tierras de esperanza, de felicidad, donde el todo abunda y la nada abandonada deja paso a la mejor copiosidad; 84


cantan cada vez menos los pรกjaros pusilรกnimes que esperan un cambio de suerte sin ayudarla; cantan desafinadamente ante un futuro cierto, cantan mal, cantan peor por no mover las alas.

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Así eres tú, Júpiter, planeta lleno de riquezas, de piedras preciosas, de ríos gigantescos, de plantas y animales que han dejado de ser fantasmas, que ya no te hacen daño. Así eres tú, el dios de los dioses, el único humano perfecto que ni se aburre, ni se desespera, ni se mata poco a poco o de un solo tiro.

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Caminos que no llevan a ninguna parte, caminos de tierra húmeda por la lluvia clara y fina que baja de la infinita y eterna negrura que cubre los cielos azulados que no se ven, caminos entre las montañas, valles profundos que escalan poco a poco gracias a los caminos de cantos rodados que bajan valle abajo esperando encontrar el descanso que pretende el viajero que sube, que remonta esas pendientes angulosas, difíciles, parpadeantes ante tanta tormenta de rayos, truenos y centellas, de oscuridad tan fosca que el día se funde con la noche en un estrépito monstruoso de brillos y ruidos, en una sinfonía fantástica de luces y colores, en acordes minerales de cuarzo y mica, en escalas de ópalos engarzados en el oro y en la plata de tanta nota que suena en mis oídos diamantinamente, que resuena en mi cerebro con la dulzura y la ductilidad del cobre, con la fuerza rojiza y prístina del rubí, con la pureza transparente de tu aliento inmaculado en mi boca.

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Todos quisiéramos ser como tú, como ese otro que habita en nosotros y al que nunca llegamos a conocer. Celosos guardianes censores nos impiden conocernos a nosotros mismos, que devenimos fuente de sabiduría inalcanzable, inaprensible y, sin embargo, al alcance de nuestras manos, de nuestro corazón, que es donde tú vives, Júpiter.

Eres como una pequeña tormenta: sacudes mi alma de arriba abajo, sanas mi corazón de un solo tajo y tu puro aliento, que sabe a absenta, cada vez me embriaga más y ausenta todo resto de hiel, todo cascajo retenidos en un enorme fajo y acumulados durante cincuenta

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y tres años de vida sin rumbo, ignorante de mi propia existencia, hasta que viniste tú con tus besos, y yo que iba dando tanto tumbo, al respirar tu dulce inteligencia, sentí alma, razón, cuerpo, ilesos.

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Saturno, el Portador de la Vejez


Saturno, el antiguo, el primero, planeta primigenio que nos retrotrae a las edades antiguas.

Padre nuestro que estás en el cielo, dignificado sea tu estatus, venga a nosotros tu esencia, hágase tu comprensión así en tu tierra como en tus anillos. La paz nuestra de cada día dánosla hoy y perdónanos nuestra prepotencia, como nosotros perdonamos la de nuestros hijos y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos de intentar ser como Tú. Así sea.

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Hoy es veinticinco de febrero, el cumpleaños de mi padre, pero no está, es la primera vez que no asiste a su propio cumpleaños, y yo sí que estoy, aquí, esperando a que pase día sin que nada pase, salvo mi melancolía, salvo mi tristeza multiplicada por yo que sé cuántos dígitos que él manejaba con la pericia de un economista que era, a sabiendas de que no vendrá, ni ahora ni nunca, jamás, porque yo sí que sé por qué se fue tan pronto, tan callando, porque yo sí que sé por qué ponía todos los domingos el mismo concierto de Beethoven en el tocadiscos, en vez de ir a misa, el muy impío, que leía lo que no se podía ni debía y yo detrás espiando y escuchando sus lecturas, sus divagaciones sobre la pobreza moral de los políticos, los de derechas, claro, que eran casi todos menos Fidel Castro, cuya foto conservaba debajo del cristal de la mesa de su despacho, y decía que sí que sé por qué se fue tan sin decir nada, casi con vergüenza, bebiendo como un cosaco, con ese miedo a querer, a amar, a expresar sus sentimientos, su forma de ser, acostumbrado como estaba a ser un tirano de mano férrea, y que tenga que pasar una vida para darse cuenta de que todo era un guante de seda, media vida de odio, de tensiones, para comprender que él tenía más miedo que yo, que no quería perderme por nada del mundo, que casi le era imprescindible, y digo casi porque yo sí que sé por qué se fue, tan despacio y tan veloz, porque ya no tenía a quien de verdad le era imprescindible para su vida, porque la quería y se la querían malamente arrebatar, batalla perdida, guerra de pacotilla 94


y de desgaste de quienes no saben ser personas de bien, y de verdad yo sí que sé por qué se fue tan sin decir nada, y es que ya no se valía por sí mismo, sin ayuda, sin bastón, coger por sí mismo el tren hasta el cementerio de Palencia, donde yacen en la nada las cenizas calcinadas de mi madre.

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Miro tus anillos sin llegar a observar la división de Cassini que los separa, mucha es la distancia que nos aleja al tiempo que nos acerca cada vez más. Observo las grandes fotos detalladas de tu esfera imperfecta, achatada. Quizá en otros tiempos tus anillos fueron un planeta que se desintegró en millones de guijarros relucientes, planeta inexistente cuyo mayor pecado fue estar demasiado próximo a ti, motivo más que suficiente para no resistir la presión de la enorme atracción. Quizá sea mejor así: tu belleza se hizo única, solitaria, absoluta y el proyecto de planeta ganó en simplicidad, originalidad y piedras preciosas. Saturno, siempre me recuerdas las edades de otros tiempos.

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Cuántas noches pasadas alrededor de una mesa, solo, sin decir nada, casi sin pensar en otra cosa que no fueras tú, mirando los álbumes con tus fotos, pasando cada hoja lentamente, con cuidado de no doblar los bordes de plástico, sin ensuciar nada, porque ya no había nada que ensuciar encima de tus fotos, ya se me habían acabado las lágrimas y tenía los ojos secos y rojos de tanta resaca sobrevenida después de cada tormenta, de cada recuerdo que me dejaste grabado para siempre en mi cerebro, de cada palabra dicha por tu suave aliento, en cada mirada de tus agudos ojos, en cada expresión de tu inteligente rostro, rastros que me quedaban de ti, impresiones cada vez más borrosas de tanto mezclar el deseo con los hechos, la realidad con el caos, el orden con el alcohol, la vida con el juego, la muerte con uno mismo, fuego que te consume poco a poco si no fuera por el recuerdo de tus caricias en mi infantil piel [blanqueada por la luna de cuarto creciente, de tus palabras de oro y plata en mis peores y mejores momentos, de tus miradas maduras sobre mis agradecidos ojos, y como entonces te decía y te vuelvo a decir ahora, vuelve conmigo porque te necesito.

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Siempre he querido ser como tú, Saturno, reluciente entre las estrellas, con tantos satélites dando vueltas a tu alrededor, hijos que te admiran por tu potencia y que se asustan de tu inusitada cercanía. Tú, Saturno, que devoraste a Cronos y desde entonces el tiempo se ha parado en tu lecho mortuorio, recordándonos a los que aún seguimos el camino que nos llevará a la eternidad del olvido, de la soledad, de la atemporalidad, si no fuera porque siempre habrá un lugar para nuestros genes en nuestros hijos comidos y masticados, como siempre habrá un espacio para tus genes en nuestro corazón. Al fin y a la postre, qué duda cabe que somos y seremos lo mismo, el mismo. 98


Horadas la tierra repleta de vida bajo la espesa capa de humus que recubre la delgada línea que separa el arriba y el abajo, el antes y el después de mi vida, punto y final de mi existencia, no tan mala como yo te decía, no tan buena como tú me contabas, idas y venidas predestinadas, caminos tortuosos ignorados en ese plan divino perfecto, inalterable, inamovible, imperecedero, sin fecha de caducidad, consistente en dar vueltas y más revueltas en el sendero de nuestras vidas paralelas que nunca se encuentran hasta que una pequeña inflexión las tuerce, las arruga, las desvía de este a oeste y de oeste a este para que se cumpla el designio de que converjan en un mismo punto, para que se entrelacen en el mismo momento, para que se unan formando una única línea.

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Padre Saturno, brillante en las noches, anillado como un pajarillo de ornitólogo, aniñado como todos los padres que aman a sus díscolos hijos temerosos. Pasan los días, los meses y los años; desaparece todo rastro de tiempo y tu recuerdo sólo queda en el Olimpo, monte exuberante y lujurioso y es entonces, sólo entonces, cuando nos acordamos de la suerte de haberte tenido entre nosotros, protegiéndonos de la luz solar con tus mágicos anillos.

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El envés de las hojas aparecía sangriento, dorado si la luz amoratada del sol daba de lleno en los árboles, el olor a jazmines perecederos se hacía más y más pesado a medida que se avanzaba, el tacto pegajoso de las cortezas resinosas resultaba difícil de desaparecer, en realidad lo único que desaparecía era todo rastro de vida, solamente quedaban las sensaciones de haber vivido, las emociones de haber gozado, los sentimientos de haber querido, la certeza del paso rápido e inexorable del tiempo, que huye traidoramente, sin avisar de que ya se ha ido, de que nos hemos ido para siempre jamás, ¡ojalá que aún nos dé tiempo a recoger las sensaciones, las emociones, los sentimientos, las vivencias y la única certeza: siento no haberte querido aún más!

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Urano, el Mago


Urano,el Mago, el que todo lo transforma en verde, azul, amarillo, cobalto y añil. Urano, el planeta de múltiples anillos que saca de su chistera mágica el único que se ve: la sutil, fina y delgada corona de color azul. Urano, que fue aprendiz de brujo con su gorro puntiagudo pintado de estrellas y su capa roja donde escondía su varita mágica. Ahora, ya viejo, maduro y añoso aprende a ser aprendiz de aprendices de brujo. Su trabajo ya está hecho: se dio la vuelta y comenzó a girar alrededor del padre al revés, siempre díscolo y juguetón.

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Eres como aquel dulce sol naciente siempre tan dispuesto a reanudar nuestro inconcluso volver a amar cada mañana, con sed de simiente. Eres como aquel suave sol poniente, cansado al final del día de idas y marchas pero que se relaja y siente el deseo de las manos del rey Midas que recompongan tu hermoso ser en un ramillete de rosas y alhelíes, en un dulce sueño de claveles, y así renacerás y volverás a querer. no tendrás penas en decir los síes que saldrán de tu boca como mieles.

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Miles de años tuvieron que pasar para que conocieras a los tuyos tan a fondo que sois inseparables. Gustav Holst, que retrató tu espíritu introduciéndose en tu difícil alma; Paul Dukas, que nos hizo ver al tiempo tu lado infantil y tu sobria madurez. Mickey Mouse haciendo girar las estrellas, reproduciendo escobas que no barrían, cántaros de agua que nada regaban. William Herschel, quien en los idus de marzo de mil setecientos ochenta y uno, con la vista corta, cansada y escasa necesitó un telescopio para verte y descubrirte para la humanidad entera.

Hechicero capaz de sobrevolar nuestras más íntimas pasiones, nuestros más escondidos deseos, nuestras más recónditas imaginaciones. 107


Magia que sabe transformar lo inconsciente en consciente, lo irreal en real, el desamor en amor: lo imposible en posible.

Te quise hace ya tanto tiempo que ni siquiera te conocía, que te deseaba con codicia rompiéndome la mente de deseo. ¿Dónde estaba tu oscuridad lejana que ni siquiera te imaginaba y, sin embargo, te tocaba, haciendo de tu boca la mía? ¡Cuántos siglos han pasado lentamente, cuántos lustros para conocerte, cuántos años para quererte, cuántos meses dulcemente! Te conocí y te quise al tiempo, al tiempo que te quise te poseí, te poseí y te conocí al tiempo, después de tanto tiempo hora era. 108


Ahora te conozco, te quiero y te poseo, te toco, te beso , te abrazo y te deseo, te acaricio, te miro, te amo y te veo, espejismo pareces de tanto que te pienso.

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Sólo tú sabes comprender las contradicciones de nosotros, pobres humanos sin rostro que reconocer, que creer. Tú, Urano, que conoces la naturaleza del hombre porque te cupo el honor de crearlo, de imaginarlo, de transformarlo, sólo tú eres capaz de responder a nuestras dudas, a nuestras desazones, a nuestros desasosiegos. Urano, que respondes a nuestras ingenuas preguntas y dudas, eres el único que con tu magia de planeta que gira al revés, que da vueltas inclinado sobre nuestras interrogaciones, haz realidad nuestros sueños.

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¡Cuántas veces he pensado hoy en ti! ¡Tantas veces que temo haberte borrado de mi memoria! ¿Son tus cabellos lisos como un cielo infinitamente azul o, por contra, son rizados como el mar en su inquietud? ¿Son tus ojos dulces como mi mirada en tu mirada o, más bien, mantienen esa dureza de mi miedo inconsciente? ¿Es tu piel tan tersa que me acaricia el cerebro o, al contrario, es áspera como mi epidermis maltratada? Y, sin embargo, sé cómo eres: dulce, clara, suave, prístina, límpida, íntima, cariñosa, afectuosa, amorosa, delicada, dedicada, decodificada, sensual, fatal, total, mujer y amante, amante y esposa. ¿Por qué me engañan mis recuerdos y me impiden entregarme a ti en sueños? 111


Sólo tus poderes son capaces de hacer que sigamos amando, que nos apasionemos, que seamos humanos e incluso más que hombres y mujeres: capaz de convertir la espera en esperanza, la luna menguante en creciente, la muerte pasajera en vida eterna.

Es ya tarde. Tú estás en casa esperándome con esa sonrisa que me hacía feliz. Duermes tranquila, los ojos cerrados, la boca entreabierta, y de ti no escapa ningún signo de dolor. Es ya tarde . Sigues esperándome sonriente y dulce, como aquellos días en que nos queríamos tanto. 112


Es ya tarde y yo no vuelvo porque quiero recordarte como eras, porque tengo miedo de verte sin vida, porque te sigo queriendo.

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Urano, mago, hechicero, dios de dioses, perdónanos por no haber sabido aprovechar las oportunidades que nos dabas. Nunca nos castigaste, para ti el bien y el mal no existen: sólo la libertad cuenta para ti. No es culpa tuya si la humanidad decidió explotarse los unos a los otros.

La muerte engendra odio y violencia. Si es un asesinato anunciado, hay que tener demasiada paciencia si es un pueblo entero el masacrado. Trabajábamos duro hasta el poniente, salíamos con el sol levantado, volviendo exánimes, cuerpos y mente, con ropa sucia y cerebro cansado. Nos esperaba la fatiga: dolor, y, antes de disponernos a dormir, hablábamos suave de nuestras cosas. 114


Nos levantรกbamos con mucho vigor, programados para vivir, no a morir, yendo entre los รกrboles y las rosas.

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Urano, el mago enamorado, el hechicero ansioso de querencias, de compañía. Urano, cansado de tanta soledad: recibe tan poco calor de su vástago el sol que el hielo de agua y metano le asfixia, salvo en lo más dentro de su corazón, que bulle de ganas de vivir sus últimos años con un calor abrasador.

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Cristalinos y prístinos los hielos, agua latente esperando calor, rodeando bajo tus verdes cielos mantos azules, un manto de amor. Experimento con mis buenas artes nubes de oxígeno y hielo azuladas, antes de que, fatigada, te apartes lejos de nuestras vidas anudadas. Violetas de oro cubren tu faz, alhelíes de plata tu vestido, rojos rubíes tus ojos que han sido eminentes cíclopes bicéfalos, zócalos en los que me he apoyado sintiendo la fuerza de varios falos, olvidándome de que me han faltado las debilidades que con los años, varias veces con mi magia fallé: eliminé de mí mismo los daños sintiéndome joven cuando te hallé.

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Neptuno, el MĂ­stico


Neptuno, místico rey de los cielos, poderoso dios que llevó a Júpiter al altar del Olimpo. Neptuno, sin padre ni madre, con amplia descendencia, padre de los Titanes, padre de Atenea, engendrada con Gea, la Tierra por mor no del amor sino del semen que a borbotones salió como un géiser mezclado con sangre en la conjura de su castración. Neptuno, dios de los cielos y de los mares, planeta de vientos endiablados surgidos de la cólera de su interior. A su alrededor gira su amplia y eterna familia, anillos azulados, rojizos, diecisiete hijos que no se separan 121


de su padre y de su hermano mayor, Tritón. Es mucha la carga de mantener tal familia de metano e hidrógeno, de monóxido de carbono, de cristales de diamantes que llueven desde su superficie. ¿Para qué tanta riqueza si no para ser maltratado y castrado? Sólo con la ayuda de su esposa Gea, la Tierra, conforma su geografía mental despreciando tanto poder, prefiriendo ser pobre porque le hace más honrado. Misticismo que nace desde lo más hondo de su núcleo, firme convicción, dejando que sea su superficie la que mantenga una vida violenta de huracanes, tornados, lluvias diamantinas; violencia cara a la galería, lo que no impidió su 122


castración, la codicia y la envidia, la cólera y los celos, la conjura y el golpe de estado de los serviles envidiosos y maléficos. Quizá por ello nació Atenea, tan admirada por los hombres. Quizá por ello amó tanto a Gea.

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Mi mirada en tus ojos insaciables y mi cuerpo en tu vientre se contrae, siempre dentro de tu mente impensable, siempre dentro de tu alma embarazada; erectos los dedos de tanto tocar, hĂşmedos los labios de tanto besar, ebria la cabeza de tanta suerte y ronca la voz de tanto quererte; que hasta la uĂąas me tiemblan en tu piel y la retina se me desprende de verte vibrar bajo mis brazos incansables; que mis manos en tus manos se funden, un cuerpo en otro cuerpo que se hunde, dos almas en un alma inseparables.

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Neptuno, siempre amante elegante, para quien el amor es lo mĂĄs importante, hasta el punto que su placer es el amor mĂĄs que hacer el amor. MĂ­stico Neptuno que aĂąora la ausencia de padres, larga noche de su infancia, la primera de sus castraciones: su luz azulada proviene, sin duda, de la necesidad de ser amado.

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Un beso en la mejilla que se desliza hasta tus labios de carmín. Separando suavemente tu corsé de tu piel, uniendo lentamente un cuerpo y otro cuerpo. No hay premeditación, no hay alevosía, no hay nocturnidad, sólo existe el amor no declarado, no hablado, no dicho: lo dicho, sólo hay amor y la dicha de mirarte asustado en esa primera vez de alegría. Alegre y pesaroso al verte marchar, furioso y contento al verte partir. Simplemente me cegó el rayo de luz que cercenó la obscena oscuridad de mi larga noche. 126


Siempre tímido, sin palabras para expresar sus necesidades, sus gustos, sus deseos, fantasías e ilusiones con el regusto amargo de saber que si no hay palabras nada existe en su mente existencialista. Freud en su inconsciente, Lacan avant l'heure, plenitud del déjà vu.

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Te quería y las palabras no salían de mis labios. Te quería y mi pecho era una caldera sin espita. Te quería y no podía verte por la venda de mis ojos. Te quería y no sabía cómo decírtelo: te perdí.

Desde entonces, como Demóstenes en la playa, vaya si me he esforzado, si me he labrado, si me he herido la lengua, las encías, el paladar 128


para poder curar mi voz, mi mente, mi coraz贸n. Con el vano e in煤til esfuerzo de recuperarte.

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Por m谩s que lo intentaba, el amor se le escapaba como el agua entre los dedos de su mente acongojada. Repetitiva acci贸n, una y otra vez, una y otra vez del que s贸lo cree en el amor y no en hacer el amor.

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Pasé de largo, sin percatarme de ti, de tu sombra, de tu olor, de tu tacto, de tu cuerpo entero. Como una exhalación cayó sobre mí tu recuerdo. Te recuerdo como un pajarillo indefenso, en un nido de luces apagadas. Te recuerdo y, sin embargo, pasé de largo, por locura, pajarillo, de ebriedad total. Pasé de largo, sí, de largo, y aún cargo con el recuerdo de la cordura fatal causada por la sobriedad. Me emborrachó tu aliento, tu aliento a volar, y ahora sólo siento que no puedo sino caminar. 131


Bello planeta de bonitos atardeceres, reflejo de nuestras almas, de nuestra espiritualidad, de nuestro misticismo tĂ­mido y pacato, religioso y peligroso, atractivo para las almas en pena y para las penas del alma.

Desde el azul del mar hasta el verde de los estanques -imperceptible pasaje de texturas sin textote detesto porque me gustas, te aborrezco en tu genialidad, te odio por verte colgado en una pared de estuco; te crees una ventana de luz abierta en un muro; te imaginas un caleidoscopio que proyectas mi pensamiento y te abomino porque eres mĂ­o, y te execro por tu honestidad y te desprecio por cambiar 132


el tabique deshonesto de la sala de exposiciones por la muralla de mi casa, de donde nunca más saldrás, donde nadie te verá, sino yo, triste y cuitado que habito mi prisión. Te maldeciré todas las mañanas por tu afán de ser espejo, por tu empeño en reflejarme en mi alma más profunda, en mi ser más agradable. Te censuraré todas las noches por pretender hacer dulces mis sueños de impotencia, mis recuerdos execrables. Escupiré sobre tus aguamarinas, romperé tus hojas de sauce, te daré la vuelta, te daré la espalda, pues eres una espada que me hiere, que me agravias, que me insultas. Y cuando te pregunte, 133


espejo mágico, si hay alguien más bello que tú, no te admitiré más respuesta, más contestación, más réplica que aquélla con quien no estás, que aquélla que me reflejó, que aquélla por quien sufres, que aquélla que te penó.

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Plut贸n


Plutón, el más pequeño, Plutón, el mal llamado enano, gigante del Universo por su distancia cósmica con el sol padre. Plutón, al que se pretende quitar la categoría de hijo, convertirlo en nieto: toda su existencia pende del hilo invisible que le une a Caronte, su hijo o su hermano, quién sabe y qué más da, si sabe gobernarse tan bien a pesar del poco calor recibido. Plutón, el único que nunca tuvo que reprimir una rebelión, respetado por el Olimpo, el rey que pasó de inflexible y tiránico a comprensivo y demócrata, pues gobernaba a los muertos, a los pobres y a los infelices, 137


de quienes es el reino de los cielos y de la nada. Plut贸n, permanente guardado por el Cancerbero y los cuatro caballos alados negros, demasiado perro para un amante de los gatos.

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Gatos negros que atraviesan la carretera bajo la peligrosa luz de los faros, jugándose el pellejo, rozando las ruedas delanteras de los coches que viajan a algún sitio, probablemente a ninguno en especial, no como ese gato negro, que sí sabe que viaja cada noche hacia su vida, tal vez su muerte, arriesgando su piel negra, su negra piel de gato noctámbulo a la procura de una raspa de sardina que le saque por unas horas de su hambruna crónica, gatos negros que mueren atropellados bajo las luces impasibles de los conductores temerarios y lunáticos, gatos negros que se funden con la oscuridad más fosca y no se ven, no como mi pobre gato blanco y marrón, Suso, que en paz esté. El vigilante de los muertos duda necesariamente de la vida. El que convive con los pobres, desheredados y desahuciados termina por dudar de su poder: ¿Cómo van a hacer los muertos, los miserables, los sin techo su revolución en un mundo donde sólo viven ellos, sin la presencia de vida y ricos? 139


Dudo quien soy y sin saberlo doy de mí para ti sabores nocturnos de ángulos hirientes como un beso ardiente mutado de tal suerte que más que amor amanece de muerte. Dudo quien soy en este día oscuro, seguro que voy con el pecho duro, pasto de energúmenas penas en forma de aguja que no hay pajar que albergue algo tan rudo de encontrar. Dudo quien soy de forma tal que me digo si pasaré el día de hoy investigando por enésima vez o por última vez, 140


si merece la pena seguir buscando o pasar a la pena eterna de tanto no poder. No sé quién soy, y me interesa poco pasar por loco cuerdo o por sano que muerdo, pues fuera de aquí poco me importa si alguien se acuerda de mí en la fosa común de losa sin epitafio de los recuerdos zafios atados con garfios de manos y pies, de pies y manos, pues hermano soy de la llama eterna de la duda sempiterna.

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Plutón, dios de la lejanía, insultado por astrónomos al quitarle categoría. Osaron molestarlo, se atrevieron a ofenderle; Plutón sigue soltando su rabia contra los únicos que se han atrevido a degradarlo de dios a humano.

Si aún sigo pensando en ti es por la rabia. Si aún sigo oyendo tus insultos es por el dolor que me causaron y que ahí sigue, enfermizo, pálido, amarillento como la fiebre que me produjo conocerte, porque yo valía más que tú mucho más, y me engañaste tirándome al pozo de la desconfianza plena. Te juro que a hostias te mataría. 142


Plutón mira el amor, el enamoramiento, desde la distancia del que, otrora, por cariño mataría. Juventud rebelde y concisa, quiso a Proserpina para siempre y la raptó para toda la vida.

Si supieras que el sol nace para verte despertar cada mañana a mi lado, y yo tan feliz de poder tenerte tan cerca, tan cálida en mi costado. Si supieras que nací para quererte cada alba húmeda de sueños alados, que sólo pienso en volver a mecerte en mis brazos cada noche enroscados nuestros tibios cuerpos de tiernos amantes, nuestros suaves labios sin despegarse, nuestras dúctiles manos agarrándose; si supieras que te quiero desde antes de haberte conocido; es desearse desde la nada a lo eterno, amándose. 143


Plutón, que para amar a su mujer tuvo que enfrentarse, pelearse, batirse el cobre contra su suegra, Ceres, quien nunca le perdonó que un dios a su hija raptase. Historia eterna, vieja como el Universo, antigua como la vida: sé un hombre y si quieres amar, no repares en secuestrar a tu querida.

Ojos de ternura, mirada fiel, cabello de carbón, pelo reluciente, labios que besan, besos de amor, manos que acarician, dedos erectos, cuerpo de mujer, mujer perfecta, piernas para amar, piernas que aman, cabeza que piensa, pensamientos dulces, lengua cálida, besos calientes, mujer que ama, mujer a la que se ama, 144


en las puestas de sol, bajo la sombra de los robles, al lado del lago baĂąado por la dulce luz del atardecer, tumbados sobre la suave hierba de la ribera, recostados entre el musgo verdoso de las blancas piedras, te prometĂ­ quererte hasta la muerte, hasta la eternidad, y la amarillenta luz del atardecer es testigo del rayo divino que sobre mi cabeza felizmente se abate.

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La única justificación es amar para toda la vida. No lo sabes, quién lo sabe, pero sin riesgo no hay ganancia y sin rebeldía no hay garantía de triunfar en la existencia. Cuando a la nada volvemos, si pudiéramos pensar muchas y tantas cosas habríamos de repensar.

Vientre de mujer hermosa, hermosa mujer de vientre eterno, eterno respirar de efímero presente, presente abierto como tu vagina vagina capaz de engendrar la vida, vida que viene, se queda, bella, bella mujer de largo futuro, futuro fruto de fragancia febril, febril final de consecuencia hermosa, hermosa mujer de vientre preñado, preñado de alegría, preñado de ti misma.

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Oro, plata y marfil cubren su atuendo mientras poco a poco, Plutón se va, se aleja y después de él nada queda: es la nada, que pierde con calma su llama. Cada vez lo sentimos menos, cada vez lo queremos más, pero junto con Caronte inicia el camino fatal y sin abismos que es volver a la nada.

Cont mplo t s sua es pechos ros dos en la d lce mir da que me env elve. So os los dos a antes enros ados sin pr sa ante el fi al que nos rev elve. Aca icio tu s xo, bus as mi fraga cia, se unen nue tros l bios, y bu co en tus o os el estremeci iento de elega cia de tu b ca en c ya le gua me m jo. Dos, cuat o man s, poc s se me ant jan en el gr n plac r de ver e a mi l do, cua do nues ros cue pos en sí se al jan.

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¡Que no se aca e el infi ito c lor de po er bes r tu cue po am do, pues es así co o tú er s, mi am r!

148


Pasan los milenios y ya no vemos a Plutón, ¿dónde iremos cuando, pensando en seguir viviendo nos convenceremos de que no hay nada? Se acabó: hemos vivido la vida y ahora nos toca vivir la muerte, la nada, sólo algún resto de ceniza, algún punto, alguna coma que señale nuestro paso por la vida, nuestra entrada en el vacío y el frío en las entrañas.

149


Soneto

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150


Índice

Génesis .......................................................................................... 9 Mercurio, ....................................................................................... 19 el Mensajero Alado ..................................................................... 19 Venus, ............................................................................................ 27 el Portador de la Paz ................................................................... 27 La Tierra ........................................................................................ 39 Marte, ............................................................................................ 61 el Portador de la Guerra .............................................................. 61 Júpiter, ........................................................................................... 75 el Portador de la Alegría ............................................................. 75 Saturno, ......................................................................................... 91 el Portador de la Vejez ................................................................ 91 Urano, el Mago ............................................................................. 103 Neptuno, el Místico ...................................................................... 119 Plutón ............................................................................................ 135 Índice ............................................................................................. 153


Este libro (e-book) se terminó de editar al cuidado de Alacena Roja ─ Edición Digital ─ en Ceutí, 12 de Marzo de 2013


Otros libros (ebooks) publicados por Alacena Roja:

Instantáneas de un rostro infinito (José Elgarresta)

Así es la vida (Manuel Lacarta)

La virgen (Amor impertinente) (Jerónimo Múñoz Palma)

Antología Poética (Elvira Daudet)

impar (María Góngora)

Flores en la cuneta (Alejandro Céspedes)

Los círculos concéntricos (Alejandro Céspedes)

Borges, el palabrista (Esteban Peicovich)

Poemas Plagiados (Esteban Peicovich)


Los planetas de Holst (Santiago González Carriedo)  

Alacena Roja 2013, poesía

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