Issuu on Google+

Avance del libro


Título: Aquella noche junto a todo Autor: Suso Millán © Suso Millán 2013 Diseño Cubierta: Álvaro Moldes Edición: Alacena Roja Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial de este libro sin permiso previo por escrito del autor. Primera edición digital Octubre 2013 –CeutíDepósito Legal: MU- 1089 -2013 Primera edición impresa Octubre 2013 Depósito Legal: MU-1092 -2013 ISBN 978-1492971764 ISTC A02-2013-00000622-2


Aquella noche junto a todo Suso Millรกn


SUSO MILLÁN Nace en Hellín, en 1973. Su infancia transcurre entre distintas ciudades españolas como Orense, Murcia, Oviedo y León; cambios que lo marcarán para siempre y que forjarán su espíritu crítico e inconformista. No obstante, Madrid y Málaga han sido las ciudades que lo han visto crecer y formarse, aunque no llegue a identificarse plenamente con ninguna de ellas. Licenciado en Comunicación Audiovisual por la UMA, fotógrafo y periodista se centró desde muy joven en su verdadera pasión: plasmar en el papel todo aquello que le rondaba por la cabeza, siempre atento a las injusticias y a la constante crisis social y de valores en la que le ha tocado vivir, y así ha dado forma a su sentir desde diversos géneros literarios: novela, ensayo, poesía y cuento. Algunos de ellos galardonados, como su relato Prístino, que fue elegido por la Universidad de Manitoba (Canadá) como el mejor del mes entre hispanohablantes de todo el mundo. Publica su primer poemario, “dice la noche…” y ahora, justo después, su primera novela en la que no solo plasma sus inquietudes, reflexiones y preocupaciones po-


líticas, sino también su necesidad de encajar en el mundo a través del arte, del boxeo, las relaciones humanas, los viajes y de todo cuanto conmueve su interior. “Aquella noche junto a todo” es una novela urbana que reflexiona sobre la realidad, el amor, el sexo, la amistad y el compromiso. Los siguientes proyectos del autor que pronto verán la luz serán: “Mr. Chulimangui y el mono que doblaba servilletas”, sobre su experiencia vital en Londres, “En busca de Widmarck”, “Jamás volveremos a Damasco”, “Noche de caos” o su obra más prometedora, “Soul”, la trilogía.


«No creo en la educación. Tú debes ser tu único modelo, aunque este modelo sea espantoso.» Albert Einstein «Las estrellas en su curso combaten por el hombre justo.» Antigua ley china «Siempre habrá un perro perdido en alguna parte que me impedirá ser feliz.» Jean Anouilh «BAJO LA LUZ IDÓNEA, y en el momento más oportuno, todo resulta extraordinario.» AARON ROSE en Orion


parA ti‌


N.Y. Hace algĂşn tiempo


ANOCHECIENDO Change partners/If you never come to me — Kurt Elling

La placidez de la noche se extendía a lo largo de la ciudad colándose por todas partes mientras las luces competían con las tinieblas que, hacía ya rato, se precipitaban sobre los edificios desgastados que rodeaban el barrio de Hermes. Este se encontraba tumbado en su cama contemplando el anochecer en Nueva York una vez más, lo que le seguía aportando mágicas sensaciones desde que había llegado a la ciudad hacía ya algunos años. — ¿Quieres algo? —Mimi llegaba desde la cocina con su sonrisa y su caminar sereno. Mimi era actriz. Bastante famosa. Española. Mimi no era su nombre, Hermes la llamaba así. Morena, pelo largo, madrileña, ojos marrones, muy ambiciosa. Muy famosa ahora. — ¿Qué? —Que si quieres algo. Yo me estoy haciendo un té —repitió. Hermes lo consideró unos instantes. —Hazme a mí otro, por favor —respondió—. Con limón —añadió. Brilló una sonrisa entre ellos. Luego, fue el destello de una mirada que se encontraba con otra, pura empatía. Mimi y Hermes se habían conocido aproximadamente un mes atrás en el estreno de la última película de esta. Él siempre la quiso conocer. Se sentía muy cercano a ella cuando la veía en la pantalla. Atraído. En realidad, todo esto era para él como un sueño cumplido, en muchos aspectos. Hermes se dio cuenta de que no había música, así que se levantó y se dirigió al salón. Encendió la hilera de halógenos que se encontraba sobre el estéreo y buscó algo que poner. Polo, su perro, le lamió el pie descalzo. Le hizo cosquillas, así que se agachó y lo acarició. Le chupó también la mano. —Tunanteeee —susurró su dueño. Disfrutar de una noche en compañía de alguien como Mimi requería algo especial. Algo como Coltrane o 15


Van Morrison, pero, tras considerarlo, terminó optando por Kurt Elling, un tipo que justificaba la vida cuando hacía sonar esa voz que era capaz de sublimarlo todo. Subió de nuevo las escaleras que conducían al dormitorio —el salón estaba construido a dos niveles— y llevó consigo el mando a distancia del aparato que usó para seleccionar la canción número 3, que sonó desde los altavoces suavemente. If you never come to me, susurró Elling mientras la noche terminaba de inundar la estancia. Mimi llegó entonces con las bebidas que ambos saborearon en la oscuridad iluminados solo con la tenue luz ambiente y la Luna. Luego, en algún momento, la música se unió a los sonidos del exterior y Mimi se adormeció sobre el cuerpo de Hermes mientras este contemplaba el fundirse de la noche y la ciudad, la una en la otra. Algunas luces se encendían y otras se apagaban mientras la música sonaba. No tuvo que recurrir a nada más para sentirse el hombre más dichoso del mundo y quedarse dormido.

ALGUNAS NOCHES HA DE LLOVER Miramar — Diego Vasallo

Después de un día de otoño con hojas por todas partes, brillos y sonidos de la estación, y el olor de la misma, cayó la tarde y la ciudad pasó a restar algunos colores y a sumar otros, y personas que andaban, conducían y vivían podían verse por todas partes disfrutando, algunas, otras no, pero la vida no podía dejar de ser de la manera que era. Hermes, 33 años. Vestía casual. Más atractivo que guapo. Moreno. Estatura media, es decir, no demasiado alto. Muy en forma, eso sí, lo que quería decir muscularmente bien definido. Cara angulosa y dura, pero franca, con una boca de gruesos labios. Pobladas cejas que dominaban unos ojos oscuros, despiertos y soñadores que mostraban un interior desordenado, pero hermoso, porque había un mundo detrás de ellos, una vida apurada al 16


máximo, una manera de vivir en el caos, demasiadas las batallas perdidas y el desconcierto, pero también la esperanza. Estaba cocinando en su ático una lasaña que pensaba acompañar con un par de ensaladas y con aperitivos diversos. La música se mezclaba con la pasta de alguna forma que quizá nadie pudiera llegar a entender. Estaba pensando en su país y la nostalgia por España se hacía densa en su interior hasta que Diego Vasallo, que mencionaba algo de Steve McQueen, y el olor a la bechamel que se quemaba lo devolvieron a la realidad. Disfrutar de los amigos es saber disfrutar de la vida, así que esa noche, como muchas otras, Hermes había invitado a algunos de ellos a cenar. Los primeros en llegar fueron Helen y su nuevo novio, un tal Ryan. Polo les dio su particular bienvenida, cómo no, saltando y chupando. Ella era actriz. Rubia. Ojos verdes. Delgada. Con aspecto frágil, pero tremendamente fuerte en su interior. Nadie le había regalado nada y allí estaba, a miles de kilómetros de su ciudad natal, representando un papel en una obra de teatro en Broadway. Formando parte del sueño y, quizá por esto mismo, permanentemente pegada a una cautivadora sonrisa. Se había divorciado recientemente de su marido, un tipo mentiroso, infiel e infantil. Había logrado, después de muchos desengaños y oportunidades fallidas, salir de aquella tumultuosa relación donde era más madre que esposa, y aquel día, por primera vez, presentaba su nuevo compañero a sus amigos más íntimos. Ryan era músico, según explicó Helen cuando estrechó la mano de Hermes. Pelo largo, ya se sabe los artistas. Lucía una llamativa perilla (lo dicho). Todo un bohemio, tatuaje incluido. Traía bebida, una botella de ron añejo. Hermes lo riñó por ello. —It’s ok mate —contestó sonriendo el nuevo jugador. Desde ese mismo momento, Hermes tuvo una visión de todo, en segundos, como solía sucederle. Y ese todo fue adivinar su estilo, su juego, su manera de hacer las cosas, de ser, de involucrarse en el mundo y, sobre todo, su manera de estar con Helen: lo que vio no le gustó en absoluto. Como consecuencia, su expresión —trató, no obstante, de que no se notara— cambió, su sonrisa se hizo falsa y podría jurar que él lo percibió mientras sostenía 17


aún su mano. Sonó de nuevo el timbre y esta vez eran Carlos y María. Eran españoles. Llegaron como tantos buscando una oportunidad y ahora regentaban uno de los mejores restaurantes del Upper West Side. Hermes comía a menudo allí y la amistad les llegó poco a poco. Compartían nostalgia y muchas más cosas. Entendieron que tenían que obsequiarlo con algo también. Fue una botella de vino importado. Carlos tenía cuarenta largos. Pelo canoso, peinado hacia atrás. Bigote. Aire de gentleman. María llevaba gafa. Tenía algunos años menos que su marido y siempre sonreía. Ojos dulces dominando una piel tersa, un rostro agradable. Pasional cada minuto, pero prudente. Una mujer cabal cuya manera de vivir tenía que ver con la humildad y la sencillez, lo que hacía que su profunda manera de sentir a menudo pasara desapercibida. —¿Para qué traéis nada? —también los riñó. La respuesta invariable fue la misma: —Porque nos da la gana. Algunos pretendieron ayudar, pero casi todo estaba hecho ya. Ryan y Carlos estuvieron hablando de política, el tema del momento, la reelección de Obama, de si esta vez haría algo realmente importante por cambiar las cosas, aunque cualquiera que hubiera investigado lo suficiente sabría que si Kissinger le había proporcionado su primer trabajo fuera de la facultad al futuro presidente, eso significaba que trabajaba para el «plan» y entendería que no es que Obama se hubiese convertido en la gran decepción que era, sino que derecha o izquierda no existían, porque lo importante era si los presidentes trabajaban para Wall Street o por el contrario trataban de defender el pueblo contra los financieros. Luego siguieron charlando sobre el desastre en el que se estaba convirtiendo la economía mundial, de unos días que Ryan y Helen habían disfrutado en Pasadena y de cuestiones de la actualidad. María puso un compactdisc y sonó algo de Diana Krall mientras Helen, en la cocina, interrogaba a Hermes y Polo daba cuenta de un trozo de queso que alguien le había lanzado. —Pero ¿has sido tú o ella? —preguntó su amiga intrigada. 18


—Yo —contestó Hermes. —Pero ¿por qué? Yo creía que estabas muy enamorado de ella. Hacíais muy buena pareja —aseguró Helen desilusionada. Se oían risas en el salón. Alguien cambió la música. Ahora era más movida, más actual también. —¡Venga, que esta gente se está acabando el vino! —gritó María mientras los hombres protestaron por algo que nadie acertó a oír. —Bueno, luego hablamos —propuso Helen. Hermes asintió. Sabía que la conversación era inevitable y, además, por otra parte, hablar con ella era lo que más necesitaba en aquellos momentos. ¿Lo sabía ella? Probablemente, sí. —¿Qué falta? —Entró María con una copa en la mano. —Nada —sonrío Hermes mientras apagaba la luz antes de conducir a sus amigas al salón, sujetando a ambas delicadamente por la cintura. De repente, recordó algo y volvió sobre sus pasos hacia la cocina: —Ahora vengo, marchad vosotras. —Cogió un plato de quesos variados con el que le gustaba acompañar la pasta. Diego Vasallo susurró Soy trozos de ti y de mí, y fue en ese preciso instante, en la oscuridad, cuando a su mente acudió el recurrente tema de los últimos tiempos que continuaba sin solución: perdía la paciencia demasiado pronto y el hecho, la tragedia, mejor dicho, de que imitara comportamientos y rutinas de sabía demasiado bien quién, y que aquello no le gustaba en absoluto, es más, lo detestaba. No podía seguir así y lo asumía. Durante el día, que ya casi había transcurrido, cuando entrenaba, al ducharse o al bajar a Polo, en todos aquellos momentos en los que pudo aislar la mente de lo accesorio, utilizando, por así decirlo, lo externo de su inteligencia para poder ocuparla en lo importante, había estado, como a menudo últimamente, procurando llegar a conclusiones y en aquel instante, momentos antes de dirigirse a disfrutar de aquella agradable velada, todo llegó como un flash a su mente. Era obvio que no tenía tiempo, durante los pocos metros que le separaban del salón, de recordar to19


do el proceso mental del día transcurrido ni de restituir en su cerebro el conjunto de ideas y reflexiones en las que trabajaba a diario para poder cambiar el sentimiento inequívoco de que estaba errando en su manera de dirigir su vida, alejándose de la clase de hombre que quería llegar a ser, para acercarse peligrosamente a todo lo que tanto había odiado, así que renunció a encontrar una solución en el poco tiempo de que disponía. —¿Un psicólogo? No lo tengo claro. Así que se resigna y se marcha a cenar, ya seguirá ocupándose de aquello, solo hay que ganar tiempo, y fue al entrar en el salón y ver a sus amigos cuando se encendió algo en su interior que restableció la plenitud de su corazón y todo lo anterior desapareció como la palabra del soñador escrita en la arena. Unos minutos después, cuando su mente ya había dejado todo aquello atrás, es cuando alguien hizo la pregunta: —¡Oye! ¿Y Mimi? —provocando lógica expectación. —Hoy no ha podido venir. —Fue la respuesta de Hermes, a la que siguió un silencio. María entonces se lanzó: — ¡Déjate de historias! ¿Es cierto o no? —Él asintió entonces a la vez que se elevaba un oh general. —Cosas de la vida. —Se encogió de hombros. —Bueno, ¿y qué ha pasado? —preguntó Carlos—, si se puede saber —añadió. —Nada. Ella era muy especial, pero tenía aún muchas cosas que hacer. Yo no entraba en sus planes. —Ahora es cuestión de que te llegue la mujer que te mereces, cariño ─afirmó Helen para animarlo. —Sí. Lo malo es que lo de Jada Pinkett está complicado, a ver quién se la quita a Will Smith. Y lo de Alicia Keys, también —contestó Hermes sonriendo. Un piano rompía el silencio, la música inocente, mientras Helen besó a Hermes en la mejilla. —¿Y no te gustan las mujeres normales? Las de a pie de calle.

20


—Pues claro. Solo hablaba de ideales. De amores platónicos. —Natalie Portman —intervino Ryan. —Sasha Grey —confesó Carlos. — ¡Dios! —María lo miró con desagrado—. Si vas hasta a babear, ¡por favor! Encima, una puta —exclamó revolviendo los ojos con desagrado. —No es una puta. Es una actriz porno. —¿Y qué jodida diferencia hay? —cuestionó incrédula. —Venga. ¡Ya está! Ella se lo pierde, cariño — aseguró Helen convencida. Hermes le sonrió agradecido. Reconfortado con su interés en ayudarlo a sentirse mejor y, entonces, sintió una tremenda lástima por ella, que estaba viviendo un sueño: de verse atrapada en un matrimonio que hacía aguas a estar experimentando de nuevo el cortejo, la seducción, algo que había ya asumido como vetado para el resto de su vida. Su nueva pareja no era más que un egocéntrico que no iba a tardar en romperle el corazón, pero durarían, porque él encontraba un insano placer en superar al ex de ella, en sentirse y creerse mucho mejor, en competir con el macho caído, postergado. Aquella sensación era excitante y todavía tenía que disfrutarla un tiempo, el que lo separaba de la futura convicción de que, después de todo, aquella divorciada era una muesca más. Y la cena siguió y hablaron de los Lakers, que si pierden, que si ganan; del Real Madrid, que si pierde que si gana; del Barça; del nuevo Chevrolet de Carlos; de la gran decepción en la que se había convertido la esperanza Obama; de la inseguridad y, luego, de lo realmente importante: el desmantelamiento del Estado de Bienestar en algunos países de la zona euro, en especial de España, y se derramó algo de magia, un poco de cada uno, en la madrugada. Ya era tarde, pero aún algún coche rompía el silencio de vez en cuando y definitivamente, la Luna continuó componiendo el puzle de la noche sobre la ciudad.

21


RECORRIENDO DISTANCIAS The way I feel — Roachford

Era un día nuevo sobre todas partes, en el que Hermes había entrenado un poco: un par de asaltos en el saco con la izquierda, otros dos con la derecha, dos más con las dos manos, una sombra, tres combas, algo de fondo y abdominales. A pesar de que muchos de los que no lo habían practicado nunca consideraban el boxeo algo salvaje, y en cierta manera está claro que era absurdo que dos personas se pegaran por gusto, dinero o por cualquier otro motivo, lo cierto es que la técnica y la esgrima del pugilismo lo atraparon desde hacía años por una suerte de inesperadas casualidades. Este día también había asistido al pase de una proyección al que lo había invitado Barbra, con la que luego almorzó un sándwich gigante de pollo —no pudo comérselo entero, nadie puede— en el Stage Deli de la Séptima Avenida. También había discutido con Alec, su agente, y, sobre todo, fue un día en el que no había escrito una sola línea. Un día que culminaba en una fresca noche que caía desde el cielo y que oscurecía la ciudad todo lo necesario. Algunas farolas, algunos coches y muchos edificios salpicaban lo que podían con diversas clases de luz en contrapunto, creando sublimes postales por toda Nueva York. Hermes estaba cansado, había sido un día largo y el hecho de no haber escrito en varios días provocaba que estuviera de mal humor. Su rutina diaria consistía en levantarse temprano, desayunar leyendo la prensa y encender el ordenador. Mirar el correo, contestar e irse a su despacho. Prefería escribir allí. Le gustaba salir de casa cada mañana. Lo conectaba con la vida. Lo obligaba a estar despierto. Además, así podía trabajar con alguien que lo ayudaba en montones de tareas farragosas. Ahora se dedicaba a terminar su última novela y a preparar la biblia de un futuro guión. Aquel día, sin embargo, se encontraba en casa, era sábado. Llevaba varios días sin escribir porque se sentía atascado en un estilo con ínfulas de elevado y algo anquilosado por su supuesta naturaleza eminente. 22


No era capaz de desarrollar un lenguaje llano salpicado de argot o de tacos, como hizo sin dificultad en sus anteriores novelas. Tenía que ir algo más allá, se había convertido en un escritor con pretensiones. Su limitada destreza lo condenaba a eso. Él sentía que debía llevar su literatura al límite de su mente, de sus reflexiones y de su talento, en eso andaba. Mientras terminaba de colocar los útiles del boxeo, vendas y guantes en su sitio, sonó el timbre. Era Mimi. Llevaban varios meses sin verse. Desde la ruptura. —¡Hola! —sonrió esta desde el umbral cuando se abrió la puerta. —¡Qué sorpresa! Pasa. —La invitó Hermes, evidentemente, sorprendido de verla. Ella le besó los labios y él lo encajó lo mejor que pudo. Como toda situación de este tipo, él la afrontó comportándose como si no hubiera ocurrido nada. Obviar lo inesperado y con lo que no sabemos enfrentarnos. ¿Un beso después de romper? No tenía mucho sentido. «Pero seguimos adelante. Ya veremos». —Mira lo que te he traído. —Ella le mostró entonces un DVD que llevaba escondido en la espalda. —¿A ver? ¡Hostia! ¡El amigo americano! —Una película que Hermes hacía tiempo que quería ver. Recordó brevemente que se lo comentó un día de pasada, sin hacer apenas hincapié, y esto hizo que se emocionara. Estas cosas le podían. Eran pequeños detalles importantes para él. Se dio cuenta entonces de que al coger el DVD había saltado en una actitud completamente pueril que lo sorprendió y que a ella, en cambio, pareció encantarle. Lo vio en sus ojos. Ella, en aquel momento, reordenaba su vida: «¿Hermes o el futuro? ¿Hermes o todos los tíos que cuentan con los que aún tengo que irme a la cama?». Intentó borrar entonces el brillo de aquella decisión ya tomada y recién refutada en sus ojos, pero no lo consiguió. Hermes había leído todo eso y más. Sabía que se encontraba allí, porque de momento no había nada en el horizonte, pero que iba a ser solo un intervalo mientras todo lo que tuviese que llegar, sucedería. Sabía que la vida y los proyectos alejaban a las personas. Que en otro momento y en 23


otras circunstancias todo estaría por venir. Sabía que no era más que parte del juego de vivir. —¿Te gusta? —le preguntó ella satisfecha. Verlo feliz era ahora un momento agradable y no tenía que renunciar a aquello. Aún, no. Lo miró entonces y vio el padre de unos hijos que nunca iban a ser suyos. Lo miró y vio un hombre seguro de sí mismo que sabía cuáles eran algunas de las reglas del juego, y lo más importante: que nada ni nadie podía cambiarlas, solo podía adaptarse. Lo miraba y veía algo que iba a estar en su mente cuando llegase el momento de hacer balance. —¡Qué fuerte! ¿Cómo sabías que quería verla? — lo sabía perfectamente, recordó de nuevo cuando hablaron del film, pero no se le ocurría nada más ingenioso que decir. —Me lo dijiste tú. Venga, vamos a verla —sugirió cogiéndolo de una mano y arrastrándolo hasta el salón como a un niño pequeño. —Espera un momento. ¿Has comido? ¿Preparo algo? —Ella lo consideró unos instantes. Le apetecía uno de aquellos sándwiches que él preparaba tan bien en la sartén con un poco de mantequilla. Acudieron a su mente los domingos enredados en aquel olor, aquellos donde todo comenzaba con un agradable desayuno antes de ir a correr por The High Line como dos New Yorkers más. —La verdad es que no me ha dado tiempo a merendar. Solo he tomado un café —confesó. —OK —contestó Hermes—. Ahora es él quien la arrastró a ella a la cocina. —Te voy a hacer mi bocadillo preferido. Te gustará. A ti nunca te lo hice —aseguró sonriente. —Ah, pues muy bien. ¿Y qué lleva si puede saberse? —interrogó su invitada sonriente mientras recordaba los momentos en aquella cocina luminosa que se templaba en los días de sol. Vio los reflejos de la Luna en aquella encimera roja que se extendía firme en su perfección. —Es un secreto —sentenció él, enigmático. Encendió la luz y empezó a abrir armarios. Fue entonces cuando Hermes se fijó bien en Mimi, vestía vaqueros gastados, jersey de cuello alto blanco y botas de ante marrón. 24


Un gorrito de lana de color beige le aportaba además un toque parisino. Él llevaba un cómodo pantalón azul marino y una camiseta blanca. Se dio cuenta entonces de que le alegraba que ella estuviera allí. Definitivamente, le había alegrado la noche. ¿Qué habría después de su visita? No lo sabía. A cada minuto que pasaba, sus sentimientos se confundían más y los tenía que revisar. Había partes de su interior que no llegaban a un acuerdo. Era como si se hubiera abierto algo. ¿De qué tipo? Nadie sabría decirlo. Había algo abierto, eso era todo. Su bocadillo favorito no era otro que el que resultaba de poner entre dos pedazos de pan un buen montón de carne de cerdo estilo barbacoa de Jack Stack que adquiría a menudo en Dean & Deluca. Hizo un par de ellos y los llevó al salón en una bandeja, junto con unos pepinillos y unas cervezas. La CNN estaba hablando de algún conflicto armado en alguna parte, hasta que el botón del play fue pulsado mientras la luz, fuera, declinaba. —Por cierto… ¿Y Polo? —preguntó Mimi cuando apareció Hermes con la comida—. ¡Dios, qué pinta tiene! Mmmm. ¡Y cómo huele! No. Nunca había probado esto — confesó. —Está arriba. Durmiendo —contestó Hermes, y acto seguido se escuchó un golpear rítmico en la parte de arriba, en el dormitorio. Hermes bajó el volumen de la televisión y añadió: —Sabe que estamos hablando de él. —Y luego, alzando la voz—: Sí. El tío lleva toda la tarde durmiendo. El pedazo de vago. Que está hecho un vago y un sinvergüenza. —Los golpeteos eran entonces más enérgicos. —Baja, anda. —Sonó un golpecito seguido de ruido de patas que precedieron a la aparición de Polo, un mestizo de color blanco con manchas negras que saltó encima de Mimi hecho un manojo de nervios para intentar pasarle la lengua por toda la cara. —¡Ay, mi niño guapo! —le dijo atrapándolo en sus brazos—. ¡Sí! ¡Sí! ¡Anda, que estás hecho un sinvergüenza! ¡No has querido venir a verme! ¿Eh? ¿Eh? ¡Sí! ¡Bandido! — El perro, como para compensarla, le proporcionó una ración extra de lametazos. 25


—¡Polo! ¡Vale ya! ¡Bájate! —le ordenó Hermes, a lo que el animal no hizo demasiado caso. Se puso entonces de pie y con tono y gesto enérgico gritó: —¡POLO! —Y el perro por fin obedeció y se bajó de Mimi y del sofá. —¡Qué pesado se pone! —Ante la expresión de pena del animal, Hermes añadió mirándolo—: Eres muy pesado. —El perro movió el rabo como queriendo replicar: «Ya lo sé, pero ¿qué puedo hacer?». —Venga. Túmbate. —Y a Mimi—: Vamos a ver la peli, que se enfría esto. —Ella asintió mordiendo el sabroso emparedado mientras en la pantalla, el logo del estudio inundaba de claridad el salón. Después, la película trascurrió y con ella, un trozo de noche. Hubo momentos de besos, es cierto y lógico, pero no llegaron a ninguna parte. Hermes sabía que no tenía sentido y Mimi esperaba que fuera él quien los aprovechara. Él evitó hablar de ambos y ella, también. A él le hubiera gustado decirle lo que sentía. Lo que ella le aportaba, que podían llegar a tener algo especial, pero también habría tenido que decirle que sabía que no iba a funcionar, porque era evidente que ella se consideraba demasiado para él. Que podía aspirar a más. Hermes lo notaba y entendía que no podría vivir con aquello durante demasiado tiempo. Saber que algún día te iban a abandonar porque no eras lo suficientemente famoso, era duro. Ella estaba triunfando a un ritmo impresionante, ya era casi una celebridad y se sabía que pronto iban a comenzar a llamarla los grandes. Al final se marchó. No se quedó a dormir, porque Hermes no se lo propuso, y se despidieron con un beso empapado de nostalgia. Luego él se fue a la cama mientras trazos de una noche inquieta formaban parte de un cuadro que algunos tendrían la fortuna de saber interpretar y, en cambio, otros, no.

26


VAN DANDO Claudia’s theme — The Carnegie Hall Jazz Band

En los increíbles giros que da la vida, porque la vida es azar y no tiene sentido a veces, Hermes se encontraba tumbado en Central Park disfrutando de una mañana de primavera que había rociado todo de flores, de un ardiente sol y de un aire todo lo limpio que una ciudad como Nueva York podía ofrecer. Solía ir allí a menudo con un cuaderno o con la tablet para trabajar en aquel entorno tan apacible. Tumbado en el césped, el olor de este lo embalsamaba con su frescor vital mientras el cielo flotaba lento entre los corpulentos árboles que deslizaban sus ramas ávidas de aire. En esta tesitura, los problemas por los que atravesaba su país parecían irreales e inmerso en esa irrealidad escuchó las voces de unas chicas que se acababan de sentar cerca de él. Una de ellas estaba llorando. Apagó entonces el mp3 y prestó atención para comprobar que estaban hablando del novio de la que lloraba. Se incorporó disimuladamente con las gafas de sol puestas para que no advirtieran que las observaba y se tumbó boca abajo. Tenía que estar escribiendo y, de hecho, algo había surgido en la composición del parque, pero lo cierto es que aquel llanto le había provocado una curiosidad imposible de dominar. Movió la cabeza como si siguiera el ritmo de la música cuando las chicas lo miraron, y, convencidas de su intimidad, siguieron con lo suyo. La que lloraba era morena, con pelo largo, con flequillo. Sus ojos verdes se le clavaron de una manera inesperada en las entrañas. Vestía camiseta blanca y pantalones vaqueros. Cuando Hermes vio una lágrima resbalar por su mejilla, algo se formó en él. Comenzó a ponerse nervioso y se preguntó por qué. ¿Qué sentido tenía? La otra chica, rubia, con pinta de universitaria, aconsejaba en aquel momento: —Lo mejor es que lo dejes —con convencimiento. «Eso eso», pensó Hermes. «Mándalo a tomar por culo». ¿A quién? No sabía. No importaba. A quien fuera. Seguro que no la merecía. Notó el corazón acelerado. 27


Hermes no creía en flechazos, pero tenía un nudo en el estómago en el que no se podía creer, ni dejar de hacerlo, por qué estaba ahí. Sentía que tenía que hablar con ella, que tenía que conocerla, que no podía desaprovechar la ocasión, porque quizá no volviera a verla nunca más. Era lo más probable. Hay ocasiones en la vida en las que suceden cosas que hacen dejarse llevar. Cosas para las que se ha creado la fe. Se puso de pie, porque no sabía qué hacer, y ellas lo miraron de nuevo. Él disimuló, porque se suponía que estaba escuchando música, y aprovechando que ambas lo miraron, las saludó: —¡Hola! —les dijo sonriendo y casi gritando. La cuestión era disimular, porque eso es lo que suele ocurrirle a las personas que utilizan auriculares: que no controlan su volumen. Lo que pretendía era un golpe de efecto como Woody Allen con su helado en Sueños de seductor. De alguna manera consiguió su propósito, porque la rubia le sonrió. La otra, en principio, puso cara de estupefacción, pero luego, tras los comentarios de su amiga y viendo la sonrisa bobalicona de Hermes, terminó riendo. Al final, todos lo hicieron ante el surrealismo de la situación. Se acercó entonces un policía a caballo con su uniforme oscuro y sus gafas de espejo que parecía observarlos, aunque nadie hubiera podido jurarlo. Hermes sintió en aquellos momentos el calor de la mañana. Notó, de hecho, que empezaba a sudar. El policía se paró y Hermes advirtió entonces que lo observaba detenidamente, así que le hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo. El agente permaneció imperturbable y correspondió con idéntico movimiento. Luego tiró de las bridas, giró y se alejó por donde había venido. Lo último que Hermes vio de él fueron sus botas impecables brillar, perdiéndose tras un árbol y, entonces, cuando volvió la cabeza de nuevo, las chicas se estaban despidiendo con un abrazo. El nudo de su estómago era capaz de provocar una úlcera: no sabía qué hacer. Cada una comenzó a caminar en una dirección diferente. Cuando se alejaron lo suficiente, Hermes se apresuró a seguir a la que le había llamado la atención desde la distancia, pero sin perderla de vista. Se mantuvo a una cierta distancia de ella recorriendo el parque, cruzándose con una pandilla de latinos 28


que tocaban música, con corredores, con parejas, con el Strawberry Fields, con abuelos que disfrutaban del sol desparramados en los bancos hasta que, por fin, salieron de allí para llegar a la avenida. Es entonces cuando la chica sacó unas gafas de sol del bolso y se las colocó a la vez que se detenía en un escaparate. Él hizo lo propio junto a otro, fingiendo examinarlo. La perseguida continuó caminando calle abajo y extrajo una llave del bolso. «¡Va a coger un coche!», pensó Hermes mientras buscaba desesperado un taxi, pero cuando iba a alzar la mano para detener a uno que venía en su dirección, se dio cuenta de que la llave le sirvió para abrir la puerta de un edificio en el que entró inesperadamente. «Vive aquí», se dijo. Corrió entonces para impedir que la puerta se cerrara, colocando con disimulo un pie como tope. Esperó unos segundos antes de entrar y lo hizo lentamente. Comprobó que no había nadie y que el ascensor estaba subiendo. Aguardó hasta ver dónde paraba. En el último. El ático. Después se dirigió a los buzones. Había dos posibilidades: podía ser que se llámese Alfred Kauffman, cosa que le parecía bastante improbable, o que, en cambio, su nombre fuera Nayada Miranda. «¡Sí!», exclamó mientras saltó lanzando un puñetazo al aire. Memorizó el nombre y abandonó el portal justo en el momento en el que accedía a él una señora mayor, y con su mejor sonrisa la saludó. —¡Buenos días, señora! —a lo que ella contestó dejándole un poco trastocado: —Eso es lo que digo yo. Trascurrió el día como los demás —hoy sí había producido, unos pocos folios y retoques—, así que cuando llegó la noche, Hermes llamó a un taxi y le pidió que atravesara el puente de Brooklyn, era algo que le gustaba hacer cuando necesitaba pensar. Balance de sus relaciones: todas acaban mal. Había llegado el momento de darse cuenta de que quizás era culpa suya. Todo empezaba genial, pero pronto las discusiones estaban ahí. En cuanto cogía confianza, se mostraba como era: huraño, malhumorado, insensible. No sabía controlar sus maneras con sus parejas. Muy a menudo era desagradable. Siempre había estado convencido de que no había encontrado a la mujer 29


que supiera llevarlo. Que lo aceptara con todos sus defectos. Al principio, Hermes no era Hermes, era una versión de lo mejor de sí mismo. Cuando llegaba la verdad, las cosas cambiaban. Era la herencia de su infancia. Su genio, solo lo peor de su padre. Todo eso que vivió, donde lo absurdo era cotidiano. ¿Cuándo y cómo iba a superar toda aquella mierda? No tenía respuestas para aquella pregunta. Suspiró resignado. ¿Un psicólogo? «¡Pero si no crees en ellos!». Esa furia que surgía de cualquier manera. No saber ser cariñoso. ¿Cómo podía cambiar eso? ¿La mujer adecuada lo haría mejorar? Estaba convencido de que se encontraba en algún lugar…, para él. Luego, observó por la ventanilla el repetirse de los cables infinitamente, a izquierda y a derecha. La ciudad era un territorio que se sacudía de luz todo lo que podía. Lo abarcaba todo. Era un espacio desenfrenado donde podía ocurrir cualquier cosa. Las sirenas de la policía laceraban la calma. Los transeúntes. Mil taxis arriba y abajo. Un hormiguero sin fin: los parques, los puentes, las estatuas, su tiempo, el mío. Los espacios largos, las avenidas. La bahía fría que sucumbía al invierno. Nueva York congestionada por la vida que se dilataba todo lo que podía. Los edificios que se acercaban lentos mientras su mente se iba lejos, muy lejos, y el ruido del motor se apagaba paulatinamente...

30


Avance del libro Si quieres seguir leyendo tienes a tu disposici贸n el formato ebook y tradicional:

Comprar libro Formato Kindle Comprar ebook Blog



Aquella noche junto a todo preview