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EL PERRO MÁS RABIOSO DEL MUNDO

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© Antonio J. Olivera (2004)

A Pedro y Mar, por estar ahí. A Nakonia Moto, por haber estado.

¡Ahó!

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INTRODUCCIÓN Estoy convencido de que un hombre del tipo que sea se curte con lo que ve y absorbe. Aunque no existe un alma nativa, puedo presumir de que de los nativos americanos aprendí a esculpir la mía, a meterme en los sueños de la gente, a beber de sus destinos y a adivinar sus impotencias. Y del blues asimilé la idea de que en los cruces de caminos se halla la fórmula para saber con certeza qué dirección tomar en cada momento, sin importar lo más mínimo qué hubiera sucedido de haber elegido cualquier otra. En mi camioneta azul celeste de segunda mano hice pintar dos parejas de crótalos en cada puerta y O’Tee Thunderstorm, un descendiente de guerreros mohawk y cree, me tatuó la zarpa del Clan del Oso sobre mi hombro izquierdo en una noche de borrachera. En la guantera del salpicadero llevo siempre conmigo las canciones de Jeff Healey y John Campbell y del espejo retrovisor pende un cazasueños protector. Para un rico la vida es dinero; para un pobre la vida es búsqueda. Para un niño la vida es sueño; para un adulto la vida es pérdida. Para un perro la vida es humana; para un humano la vida es perra. Para unos la vida significa diversión; para otros no es más que perversión. La gasolina de la vida es el desconocimiento. Si el misterio desaparece, la rutina se apodera de tu alma. Mis experiencias me han hecho creer en mí mismo, pero no en Dios; en la existencia del infierno, pero no del cielo. Y si pretendiera imaginar

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a un ángel sólo podría vislumbrarlo en los ojos de alguien anónimo que me abrazara en la noche de un motel perdido. Yo soy un hombre solitario crecido en la Nación Caballo, que probablemente morirá en la Nación Bisonte y que en las siguientes páginas tiene una mera anécdota que narrar dentro de otra mayor y mucho más trascendente. Tan sólo eso.

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EL PERRO MAS RABIOSO DEL MUNDO 1 En la oficina de recepción del motel Coyote, en las afueras de Caliente, Nevada, olía a madera carcomida, a vómitos y a vicio; pero no había nada mejor en muchas millas a la redonda. Tras los primeros minutos de embotamiento logré controlar las arcadas y acabé por acostumbrarme a aquel hedor al costado del asfalto. Era ya entrada la luna y acerté a leer una sorprendente nota adherida a la puerta con un trozo de papel de celofán encarnado: “Jesús te ama; los demás pensamos que eres gilipollas”. Giré una llave tan vieja y oxidada como la puerta que abría. El cielo se mostraba rosáceo, encapotado. Escuché entonces un trueno lejano, seguido de un insólito graznido. Contemplé después las anodinas paredes de la posada de carretera y vi mi ánima reflejada en los ladrillos rojos superpuestos y en cada una de las ventanas mugrientas sobre cuyos alféizares alguien había tenido el detalle de agolpar tiestos mustios. Permanecí unos instantes junto a la puerta de entrada, pasando revista al panorama desolador y absorbente del desierto que se expandía más allá del horizonte, lejos ya de todas aquellas ciudades que había pateado, plagadas de callejones interminables con olor a pis y óbito; lugares donde nadie era amo de nada, ni tan siquiera de sus emociones; donde cada banco, oficina y hotel se había convertido en un campo de concentración miniaturizado. Inmensas ciudades-pocilga donde las sirenas de los vehículos con preferencia se confundían con los gritos desgarradores de víctimas anónimas a las que se les exprimía la

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savia. Cloacas donde los propietarios de medio mundo negociaban la compra de la otra mitad y donde la vorágine financiera crecía como un tornado mientras los menos afortunados se lamían los parietales para conseguir raspar algo de las mondas. Desde la puerta del motel Coyote, incrustado en lo que aún quedaba de salvajismo en el terreno, la distancia de lo artificial ofrecía una panorámica de las urbes un tanto ácida. El desierto era otra cosa, y afectaba a mi espíritu. Me invadía la sensación de haber salido de un sitio abominable en el que se elevaban los pilares del erebo; de haber crecido en el seno de un fenómeno mercantil, cuyo objeto era convertir a los hombres en imbéciles o duros, en valientes o huidizos, en adictos al caviar o hambrientos a la deriva, sin término medio, sin otra opción, nada. En el fondo cada hombre sólo trataba de huir hacia la redención a su manera. Entré y cerré la puerta, preguntándome si estaría o no viviendo la auténtica libertad, pudiendo ir y venir de las tinieblas a voluntad, moviéndome en la penumbra de la vida, en la parte opuesta al escenario terrenal, apestando, en cierto modo. Una pestilencia que me daba energías para seguir adelante en jornadas inciertas. Me asomé a la ventana para experimentar el redoble de una tormenta eléctrica en la distancia. El único individuo que paseaba por el aparcamiento se detuvo junto a mí al verme. - ¿Es hoy martes? -me preguntó con voz alcoholizada. - No, miércoles -le respondí.

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- Bien, eso está francamente bien. Los miércoles hay esperanza, amigo. La vida es mucho más perra de lo que nos cuentan por la televisión -susurró antes de alejarse arrastrando los pies. Le obsequié con una sonrisa de idiota que acompañó al eco de sus zapatos mientras se perdían en la noche. Al cerrar la ventana eché un vistazo al interior. En la habitación había restos de comida por todas partes, latas vacías, jugos impersonales y bolsas de plástico rotas. Un ratón de campo pasó zumbando a la altura de mi pie derecho. En el techo habían clavado varios dardos, justo encima de la cama. Las sábanas estaban manchadas de un sospechoso color marrón y la almohada parecía un colador. De la Biblia de la mesilla quedaban tan pocas páginas legibles como en la vida de un mercenario de guerra. Saqué un sucio orinal de debajo del único sillón de la sala y lo arrojé al cubo de la basura. El cristal del espejo del baño estaba partido en cuatro trozos y mi faz se veía deformada como una caricatura diferente en cada uno de ellos. Una hojilla incrustada en la ranura servía como entrada al retrete, sobre cuya puerta habían escrito obscenidades y números de teléfono y fax ofreciendo sexo gratuito. Alguien había apagado cientos de colillas bajo la ducha de agua parda. La dueña del motel, un especimen sesentón con cara de dulce rancio, llamó a la puerta, entró y colocó sábanas limpias y una toalla amarillenta sobre la cama. Me acerqué a ella e intenté en vano rebajar el precio del aposento. El desolado paraje me tenía cogido por las pelotas.

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2 Pasos. Lo primero que oí tras el breve trance de un sueño imposible. Pasos, pisadas torpes, como las de alguien que se moviera con zancos por un pasillo con suelo de madera. Pisadas de zancos, pisadas de carnaval. También escuché gritos, portazos y mesitas correr de un lado para otro. Multitud de sonidos metálicos y de cristales al colisionar entre sí. Luego los fogonazos de luz. Parpadeos luminosos que poco a poco me fueron sacando de la negrura. Luz, un vocablo que resonaba en mi interior como si alguien lo hubiera gritado en una hormigonera. La luz que vencía a la oscuridad. Un punto sin retorno. Luz, pasos y sonido. El desfile ordenado. Traté de concretar en mi mente, de dar sentido al sinsentido. Percibí el miedo que rodea al desconocimiento. Las neuronas de mi cerebro no disponían de tanta velocidad de asimilación de conceptos. Supuse que de ese modo empezaban los hombres a perder el juicio. Así debían de ser las sombras de las cosas que nos circundaban. Cuando el alma iba más deprisa que el cuerpo significaba que algo no encajaba del todo. De ahí a la locura podía haber solamente segundos. Tirado sobre una cama revuelta en el dormitorio del motel Coyote, contemplaba el techo y pensaba en los buenos tiempos, dándoles vueltas a los mismos, a esos momentos en los que el simple sonido de una hoja al caer al suelo conseguía ponerme la piel de gallina. Ahora todo era diferente. Corrían tiempos extraños, construidos de nadería, vaporosos, inútiles. Nadie ofrecía nada. Nadie deseaba nada. Se había establecido una fiebre de reptil y la humanidad entera solamente pensaba en pasar, en tender la piel al sol y, de vez en cuando, refrescarla en alguna laguna artificiosa.

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Quizá yo también y por eso reposaba en una siniestra posada de carretera. Era consciente de que en la antigüedad se reverenciaba tanto los propósitos de lo ignoto como las fuerzas de la naturaleza, y también sabía que todo eso ya se había esfumado. Ya no había héroes, ni dioses, ni tan siquiera quedaban genios. La estirpe se perdía en el espesor del cosmos y a nadie parecía importarle. La Tierra había girado de forma grotesca y así iban las cosas. Quizás otra vuelta atormentada pudiera avivar la sintonía, pero parecía improbable. Los edificios habían sido levantados alto, bien cerca del cielo. La eterna Torre de Babel donde sus moradores se encerraban para no salir jamás. Se había logrado algebratizar el espíritu del hombre hasta reducirlo a cenizas de papel higiénico, con su identidad grabada en un disquete de ordenador y todo su poder de persuasión dependiendo de la banda magnética de una tarjeta de crédito. Me preguntaba qué razones empujaban a los hombres a vender sus mejores años de poder físico por unos cuantos fajos de billetes usados. Los bancos, los supermercados, los casinos y los puestos de trabajo se habían arrimado peligrosamente a los hogares para que la gente no tuviera que poner los pies sobre la acera, ni moverse, ni reflexionar sobre ninguna otra cosa que no significara estar. Bastaba con que uno decidiera y los demás asientiesen. Bastaba con que uno participara y los demás observasen. Bastaba con que uno rezara para que los demás se sintieran salvados. Y, sin embargo, a veces se percibían signos, chispazos de la otra realidad, la de los buenos tiempos, cuando la vida aún tenía algo de magia. Esa joven desconocida que te saludaba desde un coche en marcha. Esa alma errante que en la boca del metro te

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imploraba que le dieras tu Visa para alcanzar la libertad o esa mujer menuda que aun viviendo entre cartones y vidrios no perdía la esperanza de encontrar una botella con mensaje en la nave de reciclado. 3 La aguja del reloj de pared se había detenido en una fracción de la madrugada y empecé a notar un anómalo olor merodeando por la habitación, una fetidez pantanosa, atrasada, salvaje, que mientras dormía se había ido posando en cada rincón, en el vaso con la pasta de dientes, en la bañera, en la lámpara, en mi ropa y en mi piel. Un blues de Hans Olson se filtraba a través de la pintura verde-azulada de las paredes del receptáculo, usurpando al mal ambiente su protagonismo momentáneamente y, en cierta medida, favoreciendo mi baño de despertar. Por la ranura de la ventana entreabierta se colaba el murmullo de una lejana discusión de pareja. En el cuchitril contiguo se oían de nuevo pasos yendo y viniendo sin cesar. Otra vez los pasos; siempre la prisa. En la pared donde se apoyaba la cabecera destartalada del lecho colgaba un gigantesco cuadro con la desagradable escena de un perro abierto en canal sobre los cubos de un vertedero. Sus vísceras pendían infames, mezclándose con los residuos orgánicos de jabón para la lavadora. De su boca salía espuma, mucha espuma, demasiada espuma. En sus ojos abiertos se avistaba un último toque del horror antes de morir. Me fijé en una inscripción que figuraba al pie derecho del cuadro en letras minúsculas: “El perro más rabioso del mundo es un perro que no se puede mover, ni puede comer, ni puede dormir. Apenas puede aullar. Está tan atenazado por la tensión y la rabia que se aproxima a un estado de rigor mortis”.

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Otro tipo de rotulación indicaba su particular moraleja justo debajo: “¡No des de comer a perros rabiosos!”. Era indudable que hasta en el corazón más seco latía la esencia de un filósofo. Arte expresivo, anónimo e infectado. El aire se veía contaminado por esa hediondez escamosa, irreal, nebulosa y picante, quizás proveniente de la propia pintura. Entonces se hizo el silencio. No más pasos, no más ruidos, no más luz; como si los ocupantes de los habitáculos contiguos se hubieran disipado de repente. 4 Un albor que prometía bastate calor me sorprendió aún ensimismado. De muy lejos me llegó la vibración que emanaba de los aullidos de una perra en celo. Poco después oí más pasos. Mi corazón presentía que se aproximaban. Algo se arrastraba por el suelo. Algo reptaba. Un par de tazas mohosas temblaban sobre el anaquel donde reposaban como si temieran la inminencia de un terremoto. Se oyeron tres golpecitos mortecinos en la puerta de madera y me violentó un alto grado de paroxismo, un sobrecogimiento próximo al mareo. Dejé caer al suelo el vaso que sostenía entre mis manos. Me levanté para observar por la ventanilla. Abrí el ventanuco y el calor soporífero me dio una bofetada. Aún así, no era capaz de distinguir nada en la opacidad. Mientras tanto, la pestilencia seguía pululando en mi cuarto, ascendiendo con fluidez desde los pies, pasando por los tobillos, resbalando hacia arriba a través del estómago y atenazando mi cuello hasta el límite. Mi cabeza amenazaba con explotar. La presión

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iba creciendo al paso de los minutos. La atmósfera estaba tupida y hacía ya demasiado calor. El sillón crujió. Al abrir la puerta, sobre el porche, me sorprendió la estampa de un dios menor, la figura de un hombre moribundo, desfallecido, que a duras penas había llegado hasta allí arrastrándose. De inmediato me vi perdido y empecé a sudar y jadear. Mi corazón bombeaba más de lo necesario. Me sentí abandonado ante ese rostro inmóvil que me saludaba sin extender la mano, que decía hola sin variar el rictus de su boca. Me agaché para cerciorarme de su estado. Un gato maullaba entretanto en los confines del universo, mientras yo presentía la irradiación de una abominación desgajada de la piel de una cabra. Examiné esa faz surcada por cráteres. Una cara petrificada, clavada con todos sus sentidos en mi estupor. Algo parecido a Lemmy Kilmister, pero con menos verrugas. Una marea negra que llegaba a la costa, una cruz en mitad de la hoguera, una lobreguez vomitiva que, según transcurrían los segundos, me iba devolviendo a la realidad, a mi realidad, desplegando una tela de araña sobre mi propia consciencia de la existencia. Carme semimuerta junto al asfalto. El día se abría paso entre la neblina y aproveché el fulgor de los primeros rayos de sol para escrutar ese perfil tallado en dureza. Retiré su gorra, que llevaba la inscripción “Pow-Mia” en caracteres blancos sobre fondo negro, y estaba adherida a su largo, lacio y cano cuero caballudo. Poseía cierto semblante de popeye, pero curtido y afilado, dotado de un moreno natural que otros sólo

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consiguían en alta mar. Sus orejas murciélagas dotaban a su imagen de cierta severidad. Bajo la gorra había restos de sangre seca, convertidos en costras. También me percaté de un pequeño roce en el parietal derecho. Le habían disparado tres veces en la cabeza. Aparte del que le había acariciado la sién, los otros dos proyectiles le habían atravesado una mejilla y el labio superior. Riachuelos sanguinolientos se habían secado sobre sus pronunciados pómulos. Su cara olía aún a pólvora. Afortunadamente para él, los tiros habían errado la diana. Sin embargo, la terrible experiencia que había debido sufrir ese hombre había tocado de lleno una zona resbaladiza en sus neuronas, y había dejado a su cuerpo sin movimientos y a su garganta sin habla; aunque no había logrado sustraer la expresión de pavor en su mirada. El infinito de sus ojos se hallaba perdido en los míos. Sollozaban, punzaban, clamaban ayuda. Me costaba mover su cuerpo. Pensé que no debía y sus ojos lo sabían. Su cerebro posiblemente se desgañitaba dilucidando cuántas horas o días tendría que esperar para que toda su piel se secara. No había tiempo en sus ojos; sólo vacío. Un cuerpo de hombre anónimo. Huesos perseguidos por la guadaña que aguardaba sentada, disfrutando de su palpitación violenta, soñando con que algún día todo sería suyo. Y yo sujetaba sus largas manos informes, hinchadas e inmóviles, tratando de averiguar su origen, luchando con la esperanza de que una mente abierta y telepáticamente fuerte fuera capaz de captar su letanía. Me preguntaba dónde estaría su familia,

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en qué entorno habrían transcurrido sus vivencias, qué tipo de aciertos y ensoñaciones las habrían salpicado y qué problema le habría traído agonizante ante mí al amanecer. No leía nada en su mirada, salvo ese enigmático y profundo vacío, producto de su futuro más que de su presente. Y yo, un ser humano cualquiera y desconocido para él, tenía que hacer de padre y madre, de hermano y esposa, de confesor y redentor. Finalmente sus ojos se ocultaron tras los párpados y cayó en la inconsciencia. Qué espeso se vuelve el aire cuando un cuello está atrapado en el ritmo del vudú. Un puma de ojos rojos escapó entonces del mundo onírico para hacer palidecer de amargura a otro humano y me anunció que un oscuro vengador había trazado su firma sobre un cuerpo que estaba a punto de dormitar para siempre. Alguien que se había metido ya en la cocina de mi alma para fraguar mi desplome o notificar mi nuevo camino. Cerca del aparcamiento había brotado una flor bautizada con brea, que rompía el esqueleto del pavimento. El primer aire de la mañana me ayudó a sobrellevar el maloliente encierro. El sol iluminaba el porche a la vez que la posadera se aproximaba. - Toallas -me informó con sequedad, mientras se quedaba observando al hombre herido que yo sostenía entre los brazos. Seguí con la mirada sus pasos según se marchaba. Al cabo de un par de minutos, la posadera regresó con noticias.

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- Un oficial de policía está en camino. Él se hará cargo de todo. Decidí largarme para no verme salpicado por ningún problema. El transistor de la recepción del motel escupía música country ininterrumpidamente y mientras encendía el motor de la camioneta, me fijé en cómo el tipo de la tarde anterior volvia a detenerse junto a mí para efectuar la misma pregunta. - ¿Es hoy martes? - No, jueves -le respondí. - ¡Uh, jueves! Mal día el jueves. Muy mal día el jueves. Los conflictos nacen los jueves y tardan en extinguirse. Son como las cucarachas: pisas una y aparecen tres más para joderte -susurró con su lúgubre voz alcoholizada. Me deseó suerte y que pasara el dichoso jueves cuanto antes. Se alejó despacio, arrastrando los pies. Por un momento sus pasos se transformaron en un zumbido intenso en mis oídos, que buscaban estériles respuestas en el viento caliente de la mañana. Vi por última vez a esa especie de hombre-martes izar con sumo cuidado la bandera americana en el centro del aparcamiento, elevándola en su mástil por encima de los árboles. Los conejos saltaban por entre las sillas pétreas del merendero. Un gigantesco cartel del Oso Yogui despedía con simpatía a la salida del motel a los clientes que habían pasado por allí.

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Antes de hacer sonar el claxon de mi camioneta a modo de adiós, el individuo dejó en paz la enseña y me gritó: - Apuesto a que no sabe decirme si las culebras de agua tienen dientes o no. Seguro de perder la apuesta; partí sin palabras. Mi consciencia no era capaz de alcanzar el relax. Resulta evidente que la felicidad se reduce a meros guiños de ilusión en la frondosidad de una tragedia. A la izquierda de nuestros gritos hay siempre fuego y soledad a la derecha.

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EL COLCHÓN Alguien le había arrojado un colchón mugriento por encima de la tapia de su jardín. Era azulado y estaba lleno de lamparones oleaginosos y restos de heces humanas secas, como si algún diarreico hubiera holgazaneado sobre su superficie días antes de desprenderse de él. El orinado transpuntín desprendía un tufo parecido al de las pastas rancias que guardan para las visitas algunas mujeres mayores en una caja de hojalata al lado de una figura de la Virgen María. Por si fuera poco, el colchón de marras había aplastado uno de sus rosales preferidos. Como le daba asco hasta tocarlo con las manos, se enfundó los guantes de jardinería y al sostenerlo por los extremos con intención de echarlo al contenedor de la esquina observó un diminuto fulgor procedente de uno de los orificios perforados en la tela. Con la nariz taponada en pinza con sus dedos, bajó la cabeza con ánimo de escrutar a través de la perforación de la colchoneta. Para su sorpresa, en el interior bailaba uno ojo humano. Un ojo luminoso, brillante, alegre y dicharachero. Un ojo suspendido entre muelles, sin sangre, sin cuenca, sin tan siquiera pareja; pero evidentemente animoso. La primera reacción fue la de contener la respiración y apartar su cuerpo de aquella ordinariez antinatural. ¿Qué diablos hacía un ojo brillando dentro de un colchón inmundo y éste, a su vez, ajando las rosas de su parterre? ¿Formaba aquella escena parte de una pesadilla de la que él, involuntariamente, era protagonista? ¿Había decidido alguien jugar al numerito del holograma con él? ¿Estaba siendo utilizado por algún juerguista amigo de las maquinitas y los videojuegos?

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Sea como fuere, volvió a doblar la rodilla y acercar su ojo al agujero del colchón. Aunque menor, la sorpresa seguía haciendo mella en su sesera, pues el órgano visual seguía pendiendo en medio del amasijo de suspensores y alambres. Inconscientemente le salió una pregunta de lo más hondo de su sentir: - ¿Hay alguna otra parte del cuerpo ahí o sólo el ojo que veo? - El ojo que ves y con el que eres visto -musitó una voz de ultratumba, procedente de la parte más repulsiva del colchón. - ¿Quieres decir que debajo de ese ojo que observo hay también una laringe? -volvió a demandar. - Una laringe, unas orejas, un estómago, piernas y hasta unos pies ligeramente malolientes -respondióle la voz. Tan sólo soy un hombre más, y encantado de hablar con un semejante, porque imagino que eres un hombre, ¿no? - ¡Claro que sí! -replicó con vano orgullo de macho herido. ¡Soy todo un hombre! - Lo imaginaba -prosiguió el ojo con su conversación. Por tu tono de voz sabía que eras un hombre, aunque sólo acierto a verte el ojo. - Lo mismo me ocurre a mí -le informó. Lo que no llego a entender es qué hace un hombre metido dentro de un colchón tan nauseabundo.

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- Eso mismo me estaba preguntando yo, porque según mi posición eres tú el que está dentro del colchón fétido. Yo estoy fuera de él manifestó. - Espera, aguarda un instante. Esto no es así. Eres tú el que ha invadido mi terreno -le replicó. - Disculpa, pero eso mismo pienso yo -le contradijo. Eres tú con tu ojo diminuto y tu amado terreno el que ha invadido el mío. Estamos en las mismas, amigo, y no seré yo quien deshaga el entuerto. - Pero, esto es ridículo -le comentó. ¿Cómo puede ser que un colchón con un tío dentro haya llegado a mi jardín? - ¿Cómo puede ser que un jardinero aficionado dentro de un colchón haya llegado a mi mundo? -argumentó él. Te repito, amigo, que estamos en las mismas. ¿Qué te hace suponer que tu mundo es real y el mío no? ¿No es el sueño tan real como la vigilia? ¿No estamos manteniendo una conversación? Los dos somos reales y no tenemos porqué ser excluyentes, amigo. ¿No te has planteado la posibilidad de que haya un tercero al que ninguno de los dos ve, que nos esté observando a ambos? - No estoy para filosofías baratas, eh -se enojó. Lo único cierto es que me has estropeaado el rosal y ahora mismo te voy a lanzar con colchón y todo al cubo de la basura. - Te equivocas, amigo -protestó el ojo. Ahora voy a ser yo el que arroje tu colchón-habitáculo a la mierda, con tus florecillas marchitas incluidas.

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Una vez húbose deshecho del maldito colchón, no pudo concentrarse durante el resto de la tarde en ninguna actividad. Y ya caída la noche, cuando el camión de recogida selectiva pasó junto al contenedor y los operarios metieron el colchón dentro, un escalofrío le encogió el alma, como si de algún modo se hubiera alejado un poquito más de la realidad y del mundo.

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BLUES DEL PERRO MUERTO Por la mañana le había salido todo mal al semínola. Su perro se había muerto y lo tiró al arroyo. Los huevos fritos del desayuno se le habían quemado y también fueron al arroyo y, por si fuera poco, no vio bragas en el tendedero oreándose al sol, como era habitual; así que supuso que su linda nena se había hartado y se había largado de allí. Entonces cogió su guitarra y se puso a tocar en el porche. Al principio no le salía ninguna nota ni tenía ideas en la cabezota. Eran muchas ausencias en tiempo breve. Luego pensó que a lo mejor al alma del perro le vendrían bien unos blues y, mira por dónde, se le ocurrió la primera estrofa: I woke up this morning, found doggy-dog dead. Said I woke up this morning, found doggy-dog dead. My baby has left me for somebody else La estrofa tenía su gracia, así que siguió manipulando el cordaje de su vieja Gibson acústica y los rostros ásperos de algunos vecinos empezaron a asomarse a las ventanas, por entre las mosquiteras. El semínola les saludó con una birrita que cogió de una caja que había junto a su mecedora y, un tanto más animado y

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sabiéndome rodeado de concurrencia, se dispuso a soltarles la segunda estrofa de su particular blues, que decía así: I won’t give it up, I’m drinkin’ some beer; Said I won’t give it up, I’m drinkin’ some beer. I’m playin’ the blues for all of you who are watchin’ me here. Después de haber interpretado sus sencillas aunque desarraigadas notas musicales, la audiencia de los alrededores dejó de escrutarle y volvió a ocultarse tras los visillos de sus hogares. El semínola entró en el suyo, cogió una maleta vacía, metió dentro algo de ropa interior y unos tomates y cerró la puerta tras de sí. Mientras se colgaba la guitarra al hombro echó un vistazo atrás y sólo vio unas paredes de madera mohosa. Antes de partir por el sendero le invadió un ligero sentimiento de extrañeza mientras se recogía el pelo, pero poco más.

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LA MANIFESTACIÓN En la avenida principal me topé con una manifestación y un gigantesco cartel que rezaba: “Paz, amor y comida”. “¡Vaya!, pensé, ahora sí que los tiempos han cambiado, Dylan. Esto ya tiene más sentido común. La poesía no da para satisfacer al estómago”. Un centenar de policías con perros vigilaban de cerca a los manifestantes. En la marcha, aunque silenciosa, se escuchaba a la perfección el arrastrar de las zapatillas deportivas, que se confundía con el rechinar de los dientes de las fuerzas del orden, ansiosas por entrar en acción. Esta batalla, de dar comienzo, no duraría más que cualquiera de los adversarios de Mike Tyson en sus años de luces. La tensión se paladeaba en el ambiente. Primero en los pasos de los marchantes, que inconscientemente iban acelerando el ritmo por si los perros se soltaban y se tiraban a la yugular, y luego en los hombres de la ley, cuyas frentes por encima de las gafas protectoras eran bañadas por lava de arterias. El aire caliente cortaba la calle en dos, como en un duelo. Bastantes curiosos se agolpaban en las aceras para contemplar el espectáculo gratuito y apostar. - ¡Hey, tío! Van veinticinco pavos a que los machacan antes de cinco minutos. - Que sean treinta y cinco.

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Los pacifistas, que apoyaban el entierro de todas las armas químicas y el cierre de las centrales nucleares, estaban ya a punto de abandonar territorio urbano cuando uno de ellos, uno de los últimos, tuvo la fatídica desgracia de tropezar consigo mismo para dar con sus huesos en el suelo, rodar un par de metros y terminar desplomado junto a las botas relucientes del primer hombretón uniformado de color azul marino. Sólo le dio tiempo para ver reflejado un rayo de luz sobre las gafas del ogro antes de que la porra sacudida por la ira contenida cayera con toda su dureza sobre su semblante desangelado. Después todo se volvió negro. Esa fue la señal, el protón, la chispa que desvirgó el aire para infestarlo de gritos, patadas, palos, polvo y huesos rotos. No había piedad. Nunca la hay cuando dos bandos se enfrentan, ni en el que da ni en el que recibe. Los tendidos hervían y el dinero corría entre las risas del jubiloso público. Me di cuenta de que el viejo circo romano sólo había cambiado de escenario; no de intensidad. Las guerras, es verdad, no las gana el más justo, sino el más fuerte.

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HACIA DIOS EN CADILLAC Las cucarachas del motel me dieronn una tregua de un par de horas, que aproveché paara descansar hasta que alguien llamó con los nudillos a la puerta de madera carcomida de mi habitación. De pie aguardaba un tipo cuarentón tocado con peluquín ladeado, flacucho y evidentemente borracho, engalanado enteramente de blanco. Cada vez que sonreía mostraba un diente cariado y otro de oro. Supongo que sólo había habido pasta para cambiar uno. Se presentó como Sam. - Perdone, pero le he visto registrarse en la oficina de recepción y he pensado que podría serle de alguna ayuda. En principio hay que desconfiar de los desconocidos que te tienden una mano en estado de efervescencia. - Imagino que quiere patearse los parques naturales y cañones de la zona. Todo el mundo va al Gran Cañón, que tiene la fama; pero es Zion el que conserva la verdadera belleza. Yo le recomiendo Zion. No le defraudará. Me gustaría saber porqué todo personaje con el que me topaba me aconsejaba ir o dejar de ir a tal o cual sitio. En cualquier caso, Sam cantaba como una rana y se le veía el plumero desde el principio. El típico jugador arruinado en busca de una última oportunidad. Procuraba enrollarse para que una billetera ajena le sacara del apuro o le invitara a una copa con la que seguir adelante un poco más.

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- Si quiere -prosiguió- podemos ir al Golden Nugget y jugar un rato. Se sorprendería de la facilidad con la que la gente se hace rica allí dentro. Yo he sido rico a intervalos. Quiero decir que he sido rico unos minutos o unas horas y luego he vuelto a mi situación anterior; pero, en fin, esa sensación, ya sabe, la sensación de ser rico unos instantes... Eso vale la pena vivirlo. El dinero forma parte de las transacciones del infierno y es inevitable que aparezca y desaparezca; pero, amigo, manejar una gran cantidad de billetes en poco tiempo es pasar de ese infierno a la gloria más absoluta. Los casinos están abiertos las veinticuatro horas. Me quité de encima su perorata de salón como mejor pude y quedé citado con él por la tarde en el Golden Nugget, donde presumían de exponer la mayor pepita de oro del mundo. Antes de alejarse me dio un último consejo, más producto de su brillo etílico que de su mente. - Si después de hacerse rico quiere dar un garbeo por los parques naturales, o por Zion, debería pasarse por la oficina de alquiler de coches de Curtis Westfield, justo en the Strip. Si va, dígale que es Sam quien le ha enviado. Sam, a secas. Él le dará el mejor Cadillac que tenga, se lo aseguro. Podrá hacer el recorrido montado en un Cadillac. Un Cadillac lo es todo por estos lares, amigo. Con un Cadillac puede visitar a Dios mismo, si quiere. Un Cadillac da prestigio e invita a las nenas a subir, ya me entiende. Recuerde: Curtis, Sam, el Cadillac... y la autopista hacia el cielo. Le agradecí la sugerencia y me despedí de él con un simple apretón de manos. Él sabía que sería el último apretón de manos de nuestras vidas.

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Después de deambular durante horas por las calles repletas de viejos horteras, mafiosos, tullidos que mostraban sus cartas desde la silla de ruedas y anónimos viandantes que entraban y salían sin cesar en los garitos de juego, masticando hamburguesas y oliendo a colonia de premio ferial, me detuve junto a la fachada del Caesar’s Palace a recuperarme del caluroso mediodía. Un policía en bicicleta me advirtió que los aledaños no eran muy seguros. - Mejor desplácese en bus que a pie. Proliferan los sujetos que no saben perder y también otros a quienes ni siquiera les interesa jugar. De vuelta camino del motel me pasé por la oficina de alquiler de coches de Curtis Westfield, en the Strip, picado por la curiosidad. Curtis Westfiel resultó ser un hombre de negocios agradable y parlanchín y me ofreció en alquiler una camioneta Chevrolet azul metalizado. - Esta camioneta sólo tiene dos años y un motor como el de un fueraborda. Los vehiculos de alquiler tienen una vida muy corta. Este negocio perteneció a mi padre -me informó. Una vez le prestó un descapotable con dos años de uso a un tipo de Georgia. El tipo se salió del mapa y se perdió en el desierto. Tardaron varias jornadas en dar con él y para entonces ya estaba más muerto que vivo. Había tenido una avería y se quedó allí colgado. Los buitres habían dejado poco para identificar. El negocio de mi padre estuvo a punto de vernise abajo. Afortunadamente, con tesón y algo de ayuda salió adelante. Ahora se renueva la flota cada seis meses y se evitan contratiempos como aquel.

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Curtis Westfield sali贸 de la oficina a desearme buen viaje. - Por cierto -me coment贸, aunque conozco a muchos hombres dentro y fuera del estado, ning煤n Sam est谩 en la lista.

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ROBERT DENIRO Aquel apache se hacía llamar Robert DeNiro, como el actor, aunque no se le parecía ni en el blanco de los ojos, y aquella mañana se había levantado de la cama después de una buena cogorza la noche anterior en algún garito de Cortez, Colorado. Apenas recordaba algo de la juerga. Se arrastró como pudo hasta el agujero que él denominaba baño para lavarse un poco los morros. Al contemplar su rostro en el espejo roto que pendía de una bisagra se dio cuenta de que por entre sus dientes cariados y sucios colgaba un extraño cordón. Sorprendido, Robert abrió los ojos como platos y dijo para sí antes de tirar del mismo: - ¡Dios santo, espero que se trate de una bolsa de té! Afuera, a escasos treinta metros de su bohío, un canalón de cinc evacuaba riadas de desperdicios líquidos procedentes de los barrios ricos de la ciudad. Se echó un poco de esa agua turbia a la cara, después a los sobacos, aunque por encima de la camisa, y por último concluyó su particular sesión de aseo peinándose con un tenedor que guardaba celosamente en un bolsillo de su raída chaqueta. Robert tenía hambre. Hacía días que no probaba bocado. Pensaba pues en filetes de ternera, patatas fritas y bollitos calientes con mantequilla, pero también en moscas, fiambre rancio y suero de cuajada. Cualquier cosa que se pudiera meter dentro. Guiado por su olfato y aún bajo los efectos de la resaca, dirigió sus pasos hacia la urbe y llegó a los aledaños del hogar de una profesora de grado medio que acababa de mudarse al vecindario. La profesora vivía sola, pagaba sus impuestos y llevaba casi cuarenta años acudiendo a misa los domingos y fiestas de guardar. Aquella mañana se disponía

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a lavar los platos cuando un súbito retortijón en el vientre la envió directamente a la soledad del retrete. Entre tanto, Robert saltó la tapia por la parte trasera del jardín y se las arregló para colarse dentro de la cocina a través de un ventanuco abierto, mientras la vecina estercaba en la paz del baño. En la cocina los platos y sobras se arremolinaban en torno a los vasos con posos de café y cenizas. Las mondas de las naranjas fueron su primer bocado. Comía directamente del fregadero, sin apenas apartar la morralla de la loza. Después de las cáscaras y la fruta apareció un trozo de hueso de pollo. Relamió con deleite tamaña exquisitez elevada a la máxima potencia. Engullido ya el hueso de ave, sorbió un poco de vino sobrante mezclado en vaso con leche desnatada de un cartón medio roto. En las peladuras de los huevos cocidos aún quedaba clara para rebañar. Los berretes de la boca fuéronse transformando poco a poco en costras marrones. Sus ojos de muerto de hambre no daban abasto a tanta gloria y la avidez brillaba en ellos. El paladar agradecía cada desperdicio con eructos ensordecedores que sin embargo no afectaban para nada a la vecina, sumida como estaba en la deyección más próspera y triunfal del amanece, con una novela del oeste entre sus manos. Al mismo tiempo que la profesora terminaba su evacuación, Robert dio por concluida su reposición en el fregadero y a la vez que aquélla cerraba la puerta del retrete, éste saltaba por el ventanuco de la cocina para regresar a su sitio en el hormigón de la ciudad. El lavadero relucía, y los platos habían sido maquillados con la pulcritud de una buena lengua glotona. Una vez satisfecho, el estómago de Robert, el apache, rugía con gratitud al compás de unas pisadas de rumbo tan incierto como desabrido.

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TERNEROS Dicen que la US-50 es la carretera más solitaria del país y a pesar de ello un camión había volcado inexplicablemente, vertiendo su cargamento de terneros por el pavimento y la tierra. Los supervivientes mugían en las proximidades del vehículo sin dar con la respuesta. Sabían que sus horas estaban contadas, a menos que alguien oyera el eco de sus lamentos. El conductor había huido campo a través, probablemente hacia las colinas, sobre las que poco a poco se iban agolpando los buitres en espera del atardecer, cuando la presa se encontrara más adormecida. Algunas piezas del camión se desprendían de vez en cuando y su chasquido contra el suelo se mezclaba con los mugidos dolorosos de las gargantas desgañitadas de los terneros. El sol derretía sus cabezas y patas y la descomposición de los cadáveres se aceleraba al ritmo de un punteo guitarrero de Albert Collins. Los armadillos, ajenos por completo al accidente, atravesaban constantemente la carretera de un lado a otro, como si estuviesen buscando la solución al enigma de su dureza, mientras los terneros se hundían más y más en la arena granate. El sol, inmutable escultor, preparaba una nueva hornada de ornamentos astados para las granjas de la comarca. Había un problema en el paraíso, pero ni los terneros eran conscientes de él.

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HOMBRE-BOMBA Serenidad, esa es la palabra. Serenidad al hablar, en el vestir y hasta en su forma de dar un paso tras otro. La actitud apropiada de un nativo que se sabía atrapado en una habitación de vida con las puertas de muerte. Un ser que vivía al día, sin preocuparse de las facturas ni de los temblores de tierra, ni de nada que sobrepasara el minuto por el que circulaba. La mafia de Natchez le había colocado una pequeña bomba junto al corazón. Una macabra operación de precisión. En el fondo no se sentía más marioneta que cualquiera de nosotros, salvo que él sabía que su voluntad de vivir había sido anulada por completo, sin proyectos de futuro ni ilusión. Un simple dedo sobre el botón rojo de un maletín que viajara a miles de millas de su particular marcapasos sería más que suficiente para desparramar su cuerpo por los pantanos del delta. La incertidumbre se había convertido en la gasolina de su existencia y sus anónimos dioses le permitían seguir viendo y oyendo las noticias de la televisión a cambio de trabajitos esporádicos y no bien remunerados. Y ahí, apoyado en la barra de un bar de carretera, estaba mi contertulio, el hombre-bomba, compartiendo conmigo una cerveza; pero sin saborearla, como la sorbería un lagarto, sujetando el vaso como quien toca la cornamenta de una vaca, hablando con agónicos vocablos. - Alguien debe un favor a algún otro y no sólo no ha pagado a su debido tiempo -me contaba, sino que tampoco se ha molestado en

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dar explicaciones. Ahí es donde empieza mi trabajo. No me agrada poner orden del modo en que lo hago; pero no hay otra alternativa. - ¿Quieres decir que tu tarea consiste en tener que deshacerte de alguien? -le pregunté. - En principio -me explicó con frialdad el nativo, sólo le hago una advertencia. Le extirpo un ojo, por ejemplo, para que su visión se vea reducida en una cuantía inversamente proporcional al aumento de sus problemas. - ¿Y si no cambia de actitud? -le volví a preguntar. Se encogió de hombros y pegó un trago a la cerveza. - Generalmente cambian de actitud. En cualquier caso, sólo hay una forma de nacer; pero miles de morir, y no conozco muchas placenteras. - ¿Qué es la vida para ti? -concluí con una pregunta más, según depositaba el abono de ambas consumiciones. - Dolor -me espetó sin el más mínimo asomo de duda.

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PEQUEÑA TRAGEDIA EN LA ESCOLLERA - Lo siento, caballero, pero su nombre no figura en la lista -le aulló el contratista a la vez que lo apartaba de un empellón en el hombro. ¡A ver, el siguiente! - Aguarde, aguarde un instante -le ofertó el hombre mayor que buscaba el empleo. Ayer la secretaria de la empresa puso mi nombre en la lista. Yo vi cómo lo escribía. Me dijo que me presentara hoy aquí, que habría trabajo para mí. - Pues ya ve que no, abuelo -le indicó con sequedad el contratista. - ¿Podría repasar la lista una vez más? -le inquirió el veterano demandante. Para mí es muy importante. Si hoy no trabajo, no como. - Ese no es mi problema, amigo. Ese es su problema, ¿entiende? -le replicó con autoridad el contratista, haciendo ver que él era Dios y en sus manos estaba el juicio final. - Perdóneme que insista, señor, pero sólo le ruego que mire esa lsita una vez más. No pido mucho. A usted le supondrán unos segundos y a mí me podría aliviar la jornada -insistió el parado. - ¡Acaba de joderlo todo, amigo! Ahora se va a largar por las bravas, por cabrón -le gritó el contratista, quien se encontraba tan cerca del demandante que éste podía sentir sus babas pegadas a la nariz.

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El contratista, enrojecido por la ira, preso de sus propios aspavientos, dobló la lista, se la incrustó en un bolsillo de la chaqueta, se remangó la misma y sacó una pistola del coche que estaba aparcado detrás de él. Con ella apuntó directamente al demandante. - Te crees muy listo, ¿eh, hijoputilla? -le preguntó con un tono entre irónico y mosqueado. El decano demandante de empleo no se inmutó. Había visto gente soliviantada de muchas maneras y el numerito de la pistola no era nuevo para él. Sabía que el contratista necesitaba aparentar seguridad delante de la masa de parados que aguardaba en el una oportunidad laboral para aquella jornada. No era cuestión de dejarse llevar por sentimentalismos que, por otra parte, podían conducir a aquella gente a la barbarie en minutos. Él debía imponerse, y para dar ejemplo, nadie mejor que un débil. Sabía asimismo que la escena del arma tan sólo era una representación, pero no pasaría de ahí. Sin embargo, erró en sus cálculos, porque el encargado de contratar mano de obra barata para descargar buques en el muelle no dudó en apuntar y disparar a la cabeza del demandante, que nada más recibir el saludo de la bala, cayó desplomado en el frío suelo del malecón. La multitud, asustada, se dispersó en un santiamén, mientras el contratista regresaba a su coche a devolver la humeante pistola. Antes de ello tuvo tiempo para bramar a la multitud en estampida: - ¡Hey, no tan aprisa! ¡Cinco pavos irán a parar a los bolsillos de cinco tipos que se presten a lanzar al agua a esta fritanga!

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Nadie salió voluntario esta vez y el contratista, sin retorcer el gesto de su rostro, echó un último vistazo al cuerpo sin vida del demandante, arrancó el coche y metió la primera marcha para alejarse con presteza del muelle en dirección este.

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MUJER-ÁGUILA Entre dientes cariados y amarillentos, un ángel del infierno me había comentado que en la otra parte del río se contoneaba la mejor cintura del estado. Mejor eso que pescar en el río, donde se apelotonaban más cadáveres que peces. - La gata es buena de veras, tío. No habrás visto nada igual. Purita dinamita. En efecto, fue aquella una noche especial, calurosa, inquietante. Al mirar al cielo estrellado resonaban los acordes de la guitarra de Billy Gibbons. El Nido de la Serpiente era uno de esos bares de carretera adornados con montones de recauchutados, un tugurio más muerto que vivo donde se respiraba abatimiento. Estaba atendido por una camarera mexicana que me sirvió un espeso café nocturno, mientras entre sus dientes postizos y mal encajados desplegaba una sonrisa amarga. La clásica sonrisa de alguien sacudido por un sinfin de contratiempos. Para aquella mujer sin estudios y con un retoño fruto de una esporádica y desastrosa relación no había grandes oportunidades; sin embargo, la experiencia había suplido con creces su pérdida de inocencia. - Dame una sola razón para no malgastar la esperanza y seré tuya para siempre -me dijo. - ¿Qué tardaría menos en llevarme a la tumba? -le contesté con una pregunta. - Las piedras -respondió con firmeza.

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- Las piedras, ¿eh? - Sí, las piedras. He visto esas piedras pulirse al viento. He sentido ese viento especial. Antes del viento no hay nada; después tampoco. En el medio están las piedras, inamovibles. Después del comentario sonrió tras la barra. Su hijo permanecía con la abuela, a mil millas de distancia. Su pelo negro, aunque ligeramente ajado, todavía conservaba algo de juvenil esplendor. Sus ojos eran lánguidos, pero bellos. Su boca había sido cortada por el frío y denotaba que en tiempos había besado con sentimiento. Toda su personalidad se expandía por la pequeña covacha y yo, en cierto modo, me sentía su penumbra. Se retiró entonces a servir a más clientes y posiblemente el mejor trasero parido en Oaxaca se perdió entre el neón y las botellas de licor. Me giré en el taburete y eché un vistazo alrededor. Había ojos amargos por todas partes, que supervisaban mis botas y amenazaban con descargar toda su capacidad de causar daño al menor paso en falso que yo diera. En el escenario sonaba el clásico "Gimme all your loving" y el primer preparado de la camarera yaqui fue a parar directamente a mi punto G. El segundo sacudió mis cimientos y la pizca de mezcal añadida al tercero acabó por enterrarme entre los billares y los coloridos anuncios de bebidas frías. La música de ZZ Top hizo el resto. Allí, en el Nido de la Serpiente, fui sorprendido por aquella especie de Mujer-Águila, quien hasta aquel instante se me había estado apareciendo en sueños durante las últimas semanas. Su aguijón de fuego se apoderó de mi alma y empezó a hacerme el

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amor en las entrañas, masturbándome el cerebro y libando mis neuronas. En el Nido de la Serpiente me fue plantada la semilla de la perdición, la locura viva, la absorta belleza del jadeo caliente de un animal que se alimentaba de pieles errantes como la mía. Ojos manchados en rabia contenida, labios ardientes besando mi frente, pechos hermosos tocados por la fiebre púrpura, pies lascivos, cuerpo de diosa esculpido en ébano. El primer premio en la elección de Miss Nativa del año predecesor. La reina del alucinógeno follándome en la autopista de la madrugada. La perra de cuero negro flagelándome los dientes con su fusta de saguaro. El áspid y el alacrán fundidos en su lengua bífida. Las perlas del soplo del averno recorrían su pelo azabache para derretirse como cera negra en mi cuello. Conducía otra vez de madrugada, pensando que lo mejor es no saber nada de la otra parte, ni su nombre, ni su devenir. Amar a gente rara y no preguntar ni responder a sus preguntas. Una forma válida de entablar conversación sin palabras, de dejar crear a las mentes para que los cuerpos actúen. Las palabras son el alimento de los demonios. Reflexionaba y soñaba con aquella Mujer-Águila en una madrugada letárgica en la que desearía volverla a tener entre mis brazos, arponeando mi espalda, abrazada a mis pulmones, porque en noches suaves como aquella la brisa nocturna trae consigo la demencia y sus vapores se adhieren al abdomen como lapas a las rocas. No hay salida en la vigilia del desierto ni huída de la cárcel de la pasión. Poseído, magullado y ensartado por una Mujer-Águila que ya no abandonaría jamás mi pecho inmaculado. Todos estamos en un inmenso atolladero, pero cada uno se las apaña como mejor puede.

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EL PUENTE El puente había sido construido, aunque no rematado, entre dos sucios cañones de las afueras de Oakland, California, con la intención original de que uniera la parte más desgraciada del extrarradio con la autopista que circundaba la ciudad. De esa manera se hubieran alcanzado dos objetivos: aligerar el tráfico del centro y rehabilitar una zona metropolitana ya suficientemente enfangada en la dejadez más miserable; pero ya se sabe que muchas veces las decisiones de los ediles de urbanismo se quedan a medias, y así, mietras hubo financiación para el proyecto y financiación del puente, no la hubo para el tramo restante de carretera, que habría de enlazar con la autopista; así que allí quedo el puente, relegado al olvido. Ocho metros de inútil altura en mitad de ninguna parte, debajo de cuyos enormes ojos, bastante cerca del vertedero, sobresalía una chabola de hojalata y cartón-piedra, en la cual se había enjaulado un veterano de las guerras psicológicas. Un indigena spokane que pensaba que no había vida antes de la muerte. Su vivir se había transformado en sobrevivir y su caminar en deambular. No tenía nombre. ¿Para qué queremos apellidos solía decir- si todos olemos mal? Echaba la culpa de su infortunio a la gente con la que se había topado en el camino, turba cuya alma se había esfumado, según él, a través de los párpados. Mientras un vago se sienta en un banco a ver a la gente pasar o un delincuente cuenta cada mañana el dinero del que ha podido apoderarse en tiempo nocturno, la existencia de un perdido, de un tipo que no ha encontrado su hueco

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en la inercia del trajín mundano, de un porderiosero del alma, de un fulano al que todo le da igual, como haber nacido o morir, como cepillarse los dientes o comer lenguados crudos directamente del puesto, un hombre que no encaja en ningún lugar y sobra en todos, esa existencia es muy difícil de asimilar tanto por sí mismo como por la sociedad. Nadie le quiere, aunque él tampoco quiere a nadie. Ni siquiera tiene un patronímico oficial para ser reconocido, porque, entre otras cosas, no hay nadie dispuesto a reconocerle o dirigirle una sola palabra. Así las cosas, su mayor deseo era mantener la menor relación posible con los de su especie. como un gato salvaje que bañado en desconfianza hubiera relegado al olvido incluso a sus parientes más próximos. Y allí estaba ese ser anónimo, bajo el puente inacabado, estirando su cuerpo al salir de la chabola, justo cuando un individuo de atroces ojeras se le acercó con un maletín. - Amigo, aquí está la salvación. Tiene que abandonar este lugar, porque esta tarde vamos a derribar el puente -le informó con tono amenazador. - ¿Por qué tienen que derribarlo? ¿No pueden terminarlo? -inquirió el spokane vagabundo. - Porque vamos a construir casas dignas para la gente de pro -le explicó. - ¿Me tocará a mí alguna de esas casas dignas? - No lo creo, amigo. Imagino que usted no ha estado apuntado durante dos años en la lista oficial del ayuntamiento para solicitar viviendas de protección oficial, que es el plazo acordado con las asociaciones vecinales -le dijo el hombre del maletín.

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El spokane le dio la espalda y echó a andar hacia su depauperado hogar, mientras el hombre del maletín, sin quitarle la vista encima al vaivén de sus trenzas, le gritaba desde su descapotable: - Tenga en cuenta que a eso de las cinco llegarán las primeras excavadoras, amigo. Para entonces tendrá que estar usted bien lejos. El spokane subió hasta lo alto del puente y ató una cuerda a la barandilla. Después se enlazó el gaznate con el otro extremo y se lanzó al vacío. Cuando llegó por la tarde el primer operario se dio de bruces con el cuerpo ahorcado del indio spokane, que suspendido en el aire, era abrazado por el viento. Poco tiempo después llegó el hombre del maletín. - ¡Voladlos! -le espetó a los obreros desde su descapotable antes de tirar de la anilla de una lata de cerveza.

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POWWOW EN UNA CAMIONETA Al amanecer vislumbré en la cuneta a dos jóvenes nativos americanos cubiertos de denim azul. Iban haciendo dedo sin dejar de caminar. Recogí a aquellos dos vaqueros que se dirigían a un powwow y cuya furgoneta se había quedado prácticamente sin tubo de escape y sin ganas de seguir adelante. Al fundirse con sus negras trenzas, el sol pintaba sus cabellos con leves tonalidades plateadas. Eran altos, panzudos y amigables. Se llamaban Tommy Afraid-OfHis-Horses, de la tribu ute, y Rick Quickshot, un assiniboin descendiente directo de Mosquito-Halcón, según sus palabras. - ¡Subid! -les indiqué dejando solamente entrever la gorra de béisbol a través de la ventanilla. - Gracias -respondió Tommy, mientras se agazapaba junto al otro indígena en la parte trasera de la camioneta. No hay muchas oportunidades por aquí. La piel oscura no suele agradar a los blancos. Los dos indios iban canturreando de cara al sol con los ojos cerrados y sus codos apoyados con firmeza sobre las rodillas. Quedaba bastante para la fiesta del powwow, que tendría lugar dos jornadas después en un campo de baloncesto juvenil en la reserva que los paiute conservan en Bishop, California; así que para acompañar aquellos cánticos, conecté la emisora KTNN navajo. Russell Means nos informaba a ritmo de rap de que los coches indios llegaban lejos. - No el mío -bromeó Tommy Afraid-Of-His-Horses.

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El tono jovial y distendido de la marcha se tornó agrio cuando en plena conversación surgió la discrepancia en una tema aparentemente trivial. - ¿Sabes quién ganó el óscar a la mejor actriz india el año pasado en el Festival de Cine Indio-Americano de San Francisco? -inquirió Rick Quickshot. - No, dímelo. - Irene Bedard. ¿Y sabes por qué lo ganó? - No, dímelo también. - Lo ganó, Tommy, por ser más india que los indios que la aplaudían en la ceremonia de clausura. Se lo dieron por ser más india que tú y que yo. - Un momento, Rick. Yo soy indio de pura sangre. - ¡Ja! Tu abuela era negra, Tommy. Eres sólo tres cuartos indio y dudo que ese porcentaje restante de raza perdida se recupere. Además, sé que sales con esa blanquita... ¿Lucía? - ¡Es mexicana, Rick! - Es una blanquita más, y pareceis café con leche.

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Llegados a este punto, las voces subieron de tono y empezaron los empellones. Como la camioneta se zarandeaba a ambos lados, me vi obligado a detenerme en la orilla de la calzada. Ellos seguían con su discusión sin haberse percatado de que la camioneta se había parado. Me bajé de la misma, abrí la portezuela de atrás y los dos indios cayeron rodando a la vía, golpeándose. Se incorporaron a la vez para continuar pegándose puñetazos sobre las dunas, ante una concurrencia de tuátaras y cactus. Yo contemplaba la escena petrificado, intentando aplicar una pizca de lógica a todo aquello. Opté finalmente por separarlos, pensando que tarde o temprano alguno se haría daño. Los ojos de ambos contendientes estaban bañados en sangre, puesto que, pese a sus recelos sobre la pureza racial, ambos conservaban intactas sus almas de guerreros; sólo que ya no había batallas, ni ejércitos, ni ideales para dar rienda suelta a su adrenalina. El alcohol, además, había acallado su salvajismo en gran medida, reduciéndolo a mera pose. Cuando por fin se calmaron, les invité a subir de nuevo a la camioneta y proseguimos el trayecto. Antes de poner el contacto, miré por el espejo lateral a los dos y se lo mencioné: - Esa actitud es la que una vez os perdió y la que os volverá a perder, muchachos. Durante el resto del recorrido, ninguno de los tres alcanzó a despertar del silencio.

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BIC Después de contemplar “Toro Salvaje”, la vida ya no era la misma para Bic, cuyo apodo le había sido impuesto después de que en una pelea callejera alguien le clavara un bolígrafo en el oído derecho, parte de cuya mina seguía dentro. Se levantó del suelo del cuchitril donde había pasado la noche y se tambaleó un buen rato hasta que logró ponerse en pie. Recogió un trozo de espejo que había pisado sin querer y al contemplar su rostro en él, sintió un pinchazo en la cabeza, que le hizo recordar por unos instantes que tiempo atrás había sido otra persona, con sus amores y labores, con sus triunfos y fracasos, un ramalazo humano que el tiempo y las circunstancias adversas habían borrado. Sólo fue una ilusión fugaz. - Soy una serenata de sapo -se dijo. En realidad se había convertido en un tipo que había perdido su hueco en la inercia del trajín mundano. Todo le daba igual. Uncluso el vocabulario que empleaba para relacionarse con los demás se había visto reducido al mínimo: “pan”, para solicitar la manduca; “rabo”, para pedir el servicio de la carne y “jódete”, para todo lo demás. No obstante, Bic era considerado todo un filósofo para sus congéneres pantanosos. Una institución difícil de desbancar en el arte de la sabiduría vital. A él solían acudir los miserables cuando querían olvidar el hambre por un rato o robar un coscurro de pan, si la situación así lo requería.

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Berretes, uno de los vagabundos más sucios de la ciudad, encontró a Bic durmiendo entre vómitos de alubias pintas y con una mano echada a los bajos. - ¡Bic, despierta, chico! Esta mañana me he dado cuenta de que estoy tocando fondo -se confesó abiertamente un Berretes asustado. - Tienes un careto nauseabundo, Berretes -le susurró Bic después de un bostezo. - Mira, Bic. No sé si tengo que saltar al vacío o levantar un harén; pero las cosas han cambiado mucho últimamente y hasta me cuesta encontrar galletas. - En este orinal -le respondió Bic, sin mover un sólo músculo de su rostro- todos matamos el tiempo buscando a la Gran Madre, chaval. Berretes sacó del calzoncillo un par de torreznos duros y se los echó a Bic sobre la barriga. Sabía que Bic se volvía muy parlanchín con uno de esos torreznos en el gaznate. - Estamos en la cara oculta de la Tierra, hijo -reconoció Bic. Cuando las cosas van bien, terminan por torcerse, y cuando las cosas se tuercen, se recuperan. A veces el diablo escupe gargajos desde el infierno. Gargajos como nosotros, quiero decir. ¿Y quién puede esperar gran cosa de los lapos, hijo? A ti te jodió la cebolla el entierro de tu nenita, pero ya no puedes hacer nada para recuperarla. Tú mismo. Verás. Yo también tuve una vez a alguien. Una auténtica sirena que encontré en un inmundo puerto del sudeste asiático. ¿O fue en Argentina? Ni siquiera recuerdo dónde.

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Da lo mismo. Era una tía muy sucia; pero yo lo era aún más en aquellos tiempos marineros, así que nos escapamos juntos. La llevé de polizón dentro de una cuba. Yo solía escuchar sus lamentos desde el interior del barril mientras fregaba la cubierta. A la tercera noche no pude soportarlos más y bajé a la bodega para darle un poco de agua potable. La sirena se había deshidratado y olía a lenguados podridos; así que la saqué de alli, y henchido de orgullo como un botarate, la llevé en brazos hasta el camarote del capitán y le propuse que nos uniera en matrimonio. Él no estaba por la labor y me dijo: “Nunca he hecho tal cosa. Además, ¿para qué quieres casarte con este despojo? He visto chicharro con mejor aspecto”. Le respondí que necesitaba a alguien que heredara mis escasas pertenencias si algún día me ocurría algo malo. Finalmente el capitán nos casó, aunque no hubo luna de miel. Yo seguí en el tajo y ella sumida en la clandestinidad del barril. A punto estaba aquella travesía de coronarse en Sudáfrica cuando el capitán, preso de un arrebato de furia, cogió y lanzó a mi sirena por la borda. Me llamó al camarote y me dio la mala nueva. Después de eso, el capitán se bajó los pantalones y se echó a roncar en su litera, mientras que a mí no me quedó más remedio que agachar la cabeza y seguir con el lustre de la cubierta. Tras ese suceso dejé los mares y, ya ves, la vida hasta me ha sonreído. Habiendo dicho estas últimas palabras, Bic pasó su lengua verdosa por la corteza del torrezno, lo engulló y se atusó el bigote de diez días con sus pulgares pringosos. - ¿Para qué sirven las lamentaciones, si todos olemos mal? concluyó antes de despedir a Berretes.

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HARLEYSTAS Mirta y Ray Redblood construían las mejores réplicas de motos Harley-Davidson del sur. Tallas de madera que habían sido reproducidas con exactitud hasta en los detalles más nimios. Mirta y Ray vivían en una caravana a las afueras de Flagstaff y no tenían descendencia. Mirta amaba a los niños, pero no podía tenerlos. Una caída en mala postura cuando aún era púber tuvo la culpa. A Ray también le hubiera gustado tener pequeños, pero se consolaba pensando que quizás sus ocupaciones no le hubieran permitido criarlos adecuadamente. Además, la vida en la carretera era dura. Ambos trabajan la madera en aquel hoyo de la Ruta 66 para luego recorrer en el original de las dos ruedas los mercadillos de artesanía y vender allí sus habilidades. Ray se encargaba de cincelar los modelos en la madera y Mirta de pulirlos, pintarlos y cromarlos para su comercialización. Ray se encontraba cargando sus bolsas en la moto con material para la venta cuando llegó un tipo grandote que le dio los buenos días. Parecía bastante fofo. Su papada se movía como una burbuja a cada paso que daba. Su barriga se balanceaba como un globo sonda en un día ventisco. Ese tipo obeso portaba malas nuevas. Venía a amenazarles con llevarse todo: moto, caravana y manualidades. Ray no sabía que tuvieran deudas contraídas con el fisco, aunque durante todo el tiempo que llevaban viviendo en las cercanías de Flagstaff nunca habían pagado ningún impuesto.

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- La ignorancia de sus deberes, señor, no le exime de sus responsabilidades -le informó el gordo con tono severo. - Yo sólo me gano el sustento de cada día -le objetó Ray. - Igual que yo, señor -le interrumpió. Más le valdría pagar lo que debe. No crea que los inspectores fiscales somos extraterrestres. Tenemos que procurar que el ciudadano medio cumpla con sus obligaciones. Lamento no quedarme más tiempo, pero tengo una agenda muy apretada hoy. Si quiere me paso esta tarde y revisamos las cifras. De todas formas, aquí tiene usted este papel donde, salvo error u omisión, figuran las cantidades que usted debe abonar al estado. Tiene un plazo de diez días para hacerlas efectivas. Lo pone debajo, ¿ve usted? Me gustaría que ambos evitáramos tener que llegar a situaciones embarazosas. Adiós. El tipo se introdujo en su deportivo colorado y dejó una estela naranja tras de sí. Mirta y yo apuramos la taza de café y contemplamos la escena en silencio desde el interior de la caravana, mientras afuera Ray arrugaba el papel oficial y lo lanzaba al horizonte.

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EN TAXI POR NEW YORK Caluroso día el que nacía en pleno otoño de New York, una ciudad que se nutre de tiempo. Un negro cincuentón y quien supongo era su hijo pululaban por los alrededores de la estación de autobús recogiendo envases vacíos de refrescos. El padre arrastraba un gran saco de plástico lleno de ellos. El hijo observaba y aprendía el oficio. Las latas se pagaban a diez centavos la unidad. Olía mal en la ciudad y los humos de las alcantarillas emanaban del subsuelo para invadirlo todo. Se adherían a las paredes de los monstruosos edificios, a los coches, a la ropa de la gente y también, de algún modo, a su espíritu, creando una bestia detrás de los ojos de cada habitante. Las personas rehuían las miradas y posaban las suyas en el pavimento. Estaba esperando el autobús que me llevaría desde el ramoniano barrio de Queens a Port Authority, cuando a mi derecha pasó un hispano grasiento con los pantalones de tergal abiertos por detrás, como si el sastre le hubiera asestado un tijeretazo por impago. No llevaba ropa interior y hablaba solo. Una limusina blanca, exageradamente larga, desplazaba a algún picatoste en su interior y lo mantenía al margen de la mundana existencia, como si el hecho de no ver, no oír o no hablar evitara de por sí la inmundicia del globo. Eran los severos contrastes de una ciudad que había tardado poco tiempo en crecer y a la que probablemente le llevaría menos desmoronarse.

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Entretanto, la gente pasaba aprisa, yendo y viniendo. El autobús, en cambio, no llegaba y hacía ya quince minutos que debería haberlo hecho. Alguien comentó que había tenido una avería en el trayecto. Me decidí por un taxi. Tras apalabrar el precio de antemano, le pedí al conductor que me llevara a Port Authority. Conducía un veterano de la guerra de Korea. Hombre fibrado, mayor y muy largo, como la limusina blanca. Sus piernas viajaban dobladas para que pudieran caber debidamente. Se asemejan a dos áspides retorcidos sobre los pedales. Imaginé el suplicio que debía suponer para él entrar y salir de su medio de trabajo. Sus brazos, también largos y tatuados hasta en el codo, abrazan literalmente el volante, apretándolo con excesiva firmeza. Incluso lo habían derretido en algunas partes. Era consciente de que viajaba con un chófer cuyo trasero descansaba sobre el decálogo de los derechos humanos. En el tercer ojo, ese que tanto preocupaba a T. Lobsang Rampa, él llevaba impresa la palabra “peligro”, porque tenía tanto la habilidad de esquivarlo como la de transmitirlo. Con sus cejas arqueadas señaló el salpicadero y una especie de sonrisa primitiva surcó su tensa faz. Era fácil figurarse qué había dentro del compartimento. Todo su orgullo dormitaba allí. Su orgullo, su protección o las dos caras de la moneda de la suerte. El mensaje se transmitía en clave telegráfica y secreta, incluso desconcertante, pero efectiva. Hay teorías que sólo se aprenden manoseando el sufrimiento y aquel hombre, de probable ascendencia lakota, hablaba poco y ni tan siquiera se alteraba cuando le pillaba un atasco o alguien se cruzaba indebidamente en su camino. Sabía apreciar el silencio. Sabía también camuflarse y sobrevivir en su entorno. No todos lo logran.

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Iba sentado a su derecha, vigilando de reojo un pequeĂąo y vetusto ventilador azul que zumbaba justo por encima de mi cabeza y que, enganchado al borde de la ventanilla con una pinza, amenazaba con soltarse en el primer bache y darme un disgusto ocular. Moses, el conductor, me explicaba que todo el mundo es un campo de batalla. - No hay diferencia entre estar en la jungla con un rifle de repeticiĂłn, matando tipos que no ves y estar en la calle, rodeado de seĂąales de trĂĄfico y armado de adrenalina, haciendo lo mismo que en la selva. Cada vez que uno empuja y logra entrar por una puerta delantera, otro sale por la trasera, y a menudo con los pies por delante. No lo dude.

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GENIO Era un indio parlanchín y le llamaban Genio porque, según él, podía obtener absolutamente todo lo que se le pidiera. - Conmigo no hay topes, amigo -me informó. Todo lo que hay en el planeta sale de mis manos. Soy una especie de divinidad con chaleco de felpa por aquí. Dime qué quieres. ¿Yerba, píldoras, mujeres? Puedo conseguirte un matrimonio barato, una esposa fiel y muy complaciente. En mi poder están también las avionetas, los licores más afrodisíacos de Asia y hasta la primera película de Stallone. Escoge tú y déjame hacer. - ¿Puedes coser un corazón roto? -le consulté. - Amigo -me dijo-, eso sólo lo puede arreglar una mujer peleona, o la priva. - Entonces no puedes conseguirlo todo, Genio -le espeté. - ¿Y qué más da? -se disculpó. Las heridas cicatrizan. - Las heridas sí; pero dejan un poso con sabor a sangre -concluí.

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MOFETA Y COYOTE-HIENA (CUENTO INDIO) Un día de verano una mofeta iba caminando por el Bosque Nacional de Modoc, en California, cuando se topó con un extraño animal. Era un cruce de coyote de Arizona y hiena africana. Tampoco Coyote-Hyena había visto nunca una mofeta, así que también le resultó una novedad tal encuentro. Ambos animales empezaron a olisquearse y dar vueltas uno alrededor del otro durante un rato, hasta que Coyote-Hiena, harto de perder el tiempo, le dijo a Mofeta: - Resulta estúpido que desperdiciemos el tiempo de esta manera. Mejor sería que atravesáramos el bosque juntos. De esa forma, podríamos protegernos mutuamente de sus peligros, toda vez que nos daría la oportunidad de conocernos mejor. A Mofeta le pareció una buena idea, así que la llevaron a la práctica. Iban charlando amigablemente hasta que llegaron a un claro del bosque. Los dos animales se detuvieron para decidir qué camino deberían seguir. Un pájaro carpintero divisó a ambos colegas desde lo alto de una rama. El pájaro extendió sus alitas y comenzó a pulular cerca del oído de Mofeta, a quien habló en los siguientes términos: - No deberías caminar al lado de tan extraña criatura. Resulta evidente que se trata de un cruce de coyote de Arizona y hiena africana. Eso significa que tiene dos almas y por lo tanto, el riesgo que tienes de ser devorado por él es también doble. Probablemente lo hará antes de que llegueis al final del bosque.

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Mofeta se quedó sorprendida, dándole vueltas a las palabras de Pájaro Carpintero. Mientras tanto, el pájaro había desplazado su vuelo hasta los oídos de Coyote-Hiena, a quien le habló del siguiente modo: - No deberías caminar al lado de un animal como Mofeta. Ten en cuenta que es un animal solitario y no por casualidad. Huele tan mal que el resto de la creación se mantiene al margen de él. Da por seguro que sus intenciones son miserables y seguramente te causará algún daño antes de que llegueis al final del bosque. Después de haber pronunciado estas palabras, Pájaro Carpintero voló de vuelta a su nido y continuó observando a los seres del suelo. Mofeta y Coyote-Hiena siguieron caminando, aunque esta vez en silencio, ya que sospechaban de las intenciones del otro. Al llegar al final del camino, se detuvieron y se miraron con furia. El instinto de supervivencia les dominó y en segundos se vieron inmersos en una pelea. Acabaron heridos y enemistados para siempre jamás. Cada uno de ellos cogió un camino diferente, mientras Pájaro Carpintero miraba abajo henchido de satisfacción. - Buen método es éste para preservar mi hábitat libre de fieras crueles y peligrosas -pensó, mientras afilaba su pico contra la corteza del árbol.

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JUAN ARMADILLO Después de la décima fotografía lo vi. Bajé un tanto la gorra de mi cabeza para que mis ojos no fueran sorprendidos por el deslumbramiento que producían los rayos solares y lo que en un principio parecía una vaquilla más resultó ser un tipo tirado en el suelo, con pinta de vagabundo o loco. Me preguntaba si los orates tienen un perfil delimitado o no, según me aproximaba a él con cautela. Simplemente dormía la mona. Lo sujeté por las axilas. Balbuceó su nombre una y otra vez. Supongo que era algo que llevaba ensayando tiempo. Un tipo que vivía perdido en el desierto tenía bastantes probabilidades de extinguirse antes de que lo encontraran. - Soy Juan. Soy Juan Armadillo. El coche. Soy Juan. El coche... El coche al que se refería era el coche en el que vivía, y se hallaba un poco más allá. Lo arrastré hasta un oxidado Chevvy en el que el tal Juan había corrido unos visillos para preservar su intimidad, puesto que carecía de cristales. Una vistosa tela navajo en el hueco de la puerta del conductor hacía las veces de entrada. Del volante había hecho su mesa y el asiento trasero lo había transformado en dormitorio, con sábanas y cojines. Del espejo retrovisor colgaba un colgante protector de los indios hopi. En el techo había un póster de Sheryl Crow. Su única compañía era una armónica que sospeché acunaba su pena en noches estrelladas. De repente abrió los ojos y se sorprendió al toparse con los míos. - ¿Quién diablos eres tú? -preguntó entre molesto y aturdido.

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Pocos instantes después, cuando recobró paulatinamente el conocimiento, me regaló un tema de su armónica. Sus blues hablaban de que cuando todo lo que uno necesita coge en la palma de la mano, entonces los pies adquieren ligereza para caminar. Era su forma de darme la bienvenida. El sudoeste resultaba una zona geográfica bastante amable para con los extraños. Juan intercalaba algunos comentarios entre tema y tema, como si estuviera radiando un programa en directo con voz ronca pero firme. - Amigo, te aseguro que en mis treinta años de vida he conocido muchas mujeres y he diseminado frutos por todos los continentes. ¿Treinta? ¿He dicho treinta años? Bueno, supongo que si he dicho eso... es que tendré treinta años. ¿No es así? Bien, verás. Cuando entendí que el mundo ya no requería mi presencia, me retiré permanentemente a la nada para seguir gimiendo, porque nadie gana, todos perdemos. No hay éxitos. Métetelo bien dentro de la cabeza. Alguien empaña la imagen en el espejo con el aliento; pero cuando el vaho desaparece, aunque la imagen sigue ahí, el éxito se ha difuminado. Juan había realizado papeles de extra en algunas películas del oeste. Su cuerpo cobijaba más rotos y arrugas que una vieja camisa sin planchar. Sin embargo, aquellos labios que habían conseguido incluso besar a Cassie Melcher todavía escupían sensateces de vez en cuando.

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- Di siempre la verdad; al menos no te sentirás frustrado -me aconsejó antes del enésimo trago de bourbon que le sumiera en un profundo sueño. Cuando despertó, me dio un golpe en la espalda antes de tomar aire. A lo mejor al desierto iban a jubilarse los desesperanzados del mundo civilizado. Juan era un alcohólico sin posibilidad de redención, según su confesión. Pasamos la tarde entera compartiendo unas botellas de buen bourbon de Kentucky antes de que su testa cayera definitivamente derrotada sobre el reposacabezas del asiento delantero. Juan, el borracho melancólico con sueños de tristeza empezó a roncar. La vida le había consumido antes de lo esperado. Al anochecer, después de una dura jornada de fotografiar el sol aplastando terneros, cactus y mi alma, Juan salió del trance y retomó su armónica mientras yo escuchaba su desgarrador canto en la distancia, su aullido a la luna llena, y me fui alejando de su peculiar palacio rodante con parsimonia. El equipo fotográfico estaba empaquetado en mi camioneta y arranqué. Tenía la impresión de que los coyotes le acompañan, danzando de algún modo con sus tristes canciones. “Los trenes no paran en territorio indio”, cantaba Juan Armadillo.

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SOPOR Hay días extraños, como la gente, como las calles. Días en los cuales las cosas no encajan, como si alguien las hubiera manipulado la noche previa. Esos días en que derramas el café con hielo por el suelo mientras un tipo raro se queda mirando por tu ventana, pasmado, sonriendo, brillando con el sol reflejado en su frente inmaculada, dudando incluso entre quedarse allí para saludarte o entrar y aniquilarte. Días raros, días de incomprensión, de odio, de sinsabor, de humillación. Días en los que nada sale bien. Días tediosos, largos, hipnóticamente dilatados, con el calor dañino de una jornada con cuarenta a la sombra. Esos días aciagos de ardor insoportable, en los que es difícil ver a alguien vagando por las calles y sólo el polvo que desprenden unas zapatillas por el suelo sin asfaltar imprimen algo de movimiento al transcurso del lapso de tiempo que te tiene atrapado ahí, junto a una ventana mugrienta, observando el vacío que se abre paso por una interminable calle rural, con un ventilador haciendo compañía encima de un televisor Elbe que hace tiempo dejó de emitir. El zumbido del ventilador es la banda sonora de uno de esos días anómalos, infernales, somnolientos. Por las paredes de la casa se derrite la pintura verdosa, resbalando como las gotas de transpiración por la espalda de un obrero del asfalto. A través de una vieja radio llega el eco de una voz profunda y desgarrada desde las estepas.

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Una mujer obesa oprime la cesta de la colada contra su mandil con el propósito de orearla. La sigue un chucho deprimente, sin piel, sin dientes, sin ojos, sin pasado ni futuro. Un chucho eterno. Un chucho impertinente. El mismo chucho de siempre que nos hace imposible la vigilia a todos los demás. Posiblemente la sombra de un hombre difuminado transformada en perro. Hay gente desocupada en la oscuridad de la tasca a las tres de la tarde. De allí sale el murmullo de una partida de cartas y el suave repiqueteo de copas y vasos removiéndose en el estante. Todo es lento bajo el sol, incluso nuestra noción de las cosas. Es uno de esos días extraños y caniculares, propicios para desaparecer o fundirse bajo las sábanas de la cama.

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EX - BOXEADOR Después de sus años gloriosos en el cuadrilátero, ahora ya no le quedaba ni nombre ni orgullo. Sacaba dinero de allá donde lo olía. No tenía escrúpulos ni se andaba con miramientos. Le daba igual la trena que la calle, la tumba que el boxeo; sin embargo, las apuestas habían dejado mella demasiado pronto en él y la mitad de su aparato sexual estaba inutilizada. Cuando se reía a carcajadas, su enorme nariz aguileña partida dejaba correr un hilillo de sangre de vez en cuando, que se secaba con celeridad. Al hablar miraba de continuo a todas partes. Se revolvía como si alguien le siguiera. A veces era tan apabullante su manía persecutoria que cuando perdía el tema de la conversación, le costaba bastante recuperarlo. En la mesa, cara a cara, con una lámpara de tungsteno sobre nuestras coronas de espinas y una sola botella de vino y dos vasos entre ambos, me narró cómo cometió su primer asesinato. - Se habían acabado las veladas para mí, tío, y yo andaba apurado. Mis bolsillos estaban pelados y mi estómago atizaba de verdad. Tenía hambre, así, con mayúsculas. ¿Sabes lo que es eso, tío? Entonces aquella mujer me dijo que, en fin, que un par de derechazos bien propinados sobre la mandíbula de su esposo pondrían todo en orden y, claro, tenían su precio: doce de los grandes. ¡Tío, doce de los grandes! No era para pensárselo dos veces. Estas oportunidades no están por ahí plantadas, aguardándote. Si no las coges al vuelo, otro llega detrás de ti y se hace con ellas, ya sabes. Así que acepté el encargo. Me había peleado cientos de veces. Había partido montones de caras y en tres ocasiones estuve más cerca del otro lado que de éste, tío; pero

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nunca había encarado la posibilidad de cargarme a un hombre de la calle, a un contribuyente, a un marido infiel, tío. Todo un reto. Al ver el primer fajo de billetes se despejó el camino. La mujer me dio un papel mecanografiado con una dirección. Allí se suponía que estaba el tipo. Y así fue. Él mismo me abrió la puerta. Le dije en la antesala que traía un duro mensaje de su esposa. El tío tenía una amante, aunque yo no la vi por allí. Me preguntó si su esposa sabía lo del rollo sexual. Asentí con la cabeza. Entonces el tipo me dijo con sorna que ya que se había averiguado el tinglado, podía volver por donde había venido, que le importaba un carajo que su esposa lo supiera. Ahí se equivocó. Me tomó erróneamente por uno de esos investigadores privados que se ganan el pan chivando simplezas de la gente, uno de esos mierdas con gabardina que sólo saben hacer seguimientos. Me enojé de veras y le aticé un buen golpe en la boca. Cayó de espaldas contra la pared, sangrando como un cerdo. Entonces agarró un abrecartas y empezó a amenazarme con él, lloriqueando, pidiendo comprensión y no sé cuantas cosas más; pero se olvidó de ofrecerme dinero. Quizá eso hubiera cambiado las cosas. En cambio, le arrebaté el abrecartas y luego me cebé en su cabezona calva. Ya sabes a qué me refiero. ¡Dios! Me largue de allí tan pronto el tipo empezó a oler a excrementos y muerte. Después telefoneé a la ya viuda y le dije que podía regalarle un consolador a la amante. En un callejón me dio el resto de la pasta y me aconsejó que me olvidara de su cara. Yo le hice la misma advertencia. Tío, con el estómago lleno y la panoja en el bolsillo, cogí el primer avión hacia el edén y me marché. Llegué hasta esta ciudad, donde el cielo es más azul y los árboles más verdes. Todas las noches, en cambio, son igual de lastimosas, salvo la primera después de nacer.

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ANITA, LA ARTISTA El día era apacible, aunque caluroso, y había estado conduciendo hacia el norte de Nevada por la carretera 93 en dirección a la población de Ely. Durante todo el trayecto no había visto un coche en dirección contraria. Tanto para mí como para el motor era hora de tomar un respiro, así que me detuve a estirar las piernas en una gasolinera abandonada en las proximidades de Connor’s Pass, la cual, según una compendiada guía de la zona, había servido de escenario para algunas películas de serie B. Solía tener buena clientela, pero una tarde llegó uno de tantos pirados de la guerra del Vietnam en un tanque robado y disparó tanto a lo que se movía como a lo que no. La gasolinera ardió por completo. El empleado y un cliente que había dentro quedaron reducidos a cenizas. La policía abatió a balazos al soldado desconocido; pero el daño causado era ya irreparable. El dueño cobró el seguro y abrió una tienda de moda en una población cercana. Un negocio de menor riesgo. Eché un vistazo alrededor. El negruzco armazón de la gasolinera todavía olía a carne chamuscada entre amasijos de hierros fundidos a la intemperie. No había puerta en la oficina. Apenas quedaba mobiliario en pie. Las ratas zigzagueaban a sus anchas por la nave. Un despertador semicarbonizado marcaba las 16:05. Junto a él sollozaba un trozo de cartílago humano que se resistía a ser enterrado, un fetiche óseo símbolo de la tragedia, una vara con uña que señalaría para siempre el lugar y la hora de una desgracia que trajo lentitud a la economía de la comarca.

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Un poco más allá de las bombas de succión había unas deslucidas casas prefabricadas. Bajé el cristal de la ventanilla para asomarme. Un viejo perro roñoso se aproximó lentamente, moviendo la cola con la misma parsimonia con la que un director de orquesta movería su batuta durante la interpretación de un vals. Alguien le había untado el lomo con brea y le había pegado una piedra, la cual se balanceaba a ambos lados al compás que marcaban sus pezuñas. Quizás la misma marca que todos llevamos en alguna parte de nuestro interior. Se detuvo junto a la puerta de la camioneta y la olisqueó con su morro azulado. A lo mejor le recordaba a alguna hembra de la que estuvo encelado, aunque en realidad creo que sólo buscaba una buena sombra a la que arrimarse. La solana en Nevada no tenía piedad ni de los animales. Resultaba asaz complicado encontrar un sitio donde poder echar una breve siesta sin cocerse. El can se deslizó debajo de la camioneta y comienzó a dormitar. Las espigas de los campos anejos hacía ya tiempo que se habían olvidado del oreo. Me quedé observando aquel entorno ajado, aquel encadenamiento de calzadas pedregosas y mortecinas, de grava, bordeadas por casetos infames donde se respiraba descorazonamiento. La puerta desvencijada de la casa que había frente a mí pendía tan sólo de un gozne y precisaba unas cuantas manos de pintura, como la mayor parte de las restantes moradas aunque, bien pensado, ¿quién necesitaba pintura en un lugar como aquél, tan distante de todo? Diríase que todas estaban tan abandonadas como la gasolinera. En el interior de alguna de ellas una cigarra emitía su característico e incesante canto. Mis párpados caían suavemente

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mientras en el iris me rebotaba la imagen de un par de osados chiquillos de piel morena que se lanzaban la pelota mutuamente en la rojiza línea del horizonte. Entonces me sumerjí en un sueño tan extraño como vívido. Me hallaba en lo alto de una colina, rodeado del caliente desierto del sudoeste y soplaba un viento cálido. Frente a mí había una roca sobre la que estaba depositado un revólver con seis balas. Me agaché, lo recojí y apunté al cielo. Disparé tres veces y las balas se extraviaron en la nada. El revólver humeaba. Después apunté al suelo y volví a tirar en tres ocasiones. Se abrió entonces en la tierra tres enormes agujeros circulares. Del primero brotaron voces desoladas. Del segundo salieron varias representaciones humanoides de pinturas rupestres de los anasazi, que se iban rompiendo al contacto con el aire como burbujas de jabón. Una figura humana emergió del tercer hoyo: una mujer de largo, negro y penetrante cabello lacio, cuya tez esquivaba mi mirada. No llegué a ver sus manos. En la espalda observé unas desagradables protuberancias, como si en realidad se tratase se la metamorfosis de alguna fiera. De repente atisbé fugazmente su perfil. Me resultó una mujer bellísima, pese a que los extraños abultamientos de su torso me desconcertaban. Caminó hacia las rocas, se subió encima de una de ellas y miró con fijeza al sol abrasador. Extendió los brazos e hizo ademán de volar, sin conseguirlo. Guiado por una fuerza interna, cogí inexplicablemente el arma y le apunté a la cabeza, pretendiendo acabar con su impotencia. Disparé, mas sólo logré escuchar el clic del cargador, ya vacío. En ese instante ella empezó a volver lentamente su cara hacia mí. Cuando estaba a punto de contemplar el esplendor de la misma, el sueño se

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difuminó. Sin embargo, fui consciente de que durante unos minutos y de alguna forma estuve unido a ese singular ser de formas femeninas. Me rescató de los brazos de Morfeo un ladrido somnoliento del chucho. Una mujer india, mayor, rechoncha y con cara de sincera amabilidad, estaba apostada junto a mi ventanilla. Me miraba con una sonrisa en los labios. No acostumbraba a ver por la zona a muchos de los doscientos millones de coches que circulan por América. Por debajo de su polvoriento sombrero Stetson resbalaba una cabellera gris tan extensa que casi tapaba la inscripción “¡salvad al lobo!” de su sucia camiseta negra. - Bienvenido a ninguna parte. Hago buen café de puchero -me informó. Si de algo estoy seguro con respecto a los pieles rojas es que si uno te invita a su casa, lo hace con el convencimiento de que también es la tuya. - Gracias, señora. Me señaló su casa con el dedo índice, sin descuidar su sonrisa. En realidad era un vagón de tren pintarrajeado de colorines. Quién sabe cómo demonios habrá ido a parar a aquel sitio. Bajé de mi camioneta y la seguí de cerca. Cojeaba ligeramente de la pierna derecha y ella adivinó mi curiosidad, pese a no girarse ni detenerse para satisfacerla, al menos de momento.

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Una vez dentro del vagón de Anita, cual era el nombre de la india pueblo que me invitaba a pasar, percibí que dentro olía a carne seca e incienso. Entre el fogón donde ella preparaba el café y yo mediaba una pequeña mesa de madera que a punto estaba de venirse abajo al menor golpecito. Sobre la misma descansaba una vela apagada, una envoltura de plástico abierta con fotos de indios danzando, un cuchillo militar oxidado con la irónica inscripción “acero inoxidable” en el filo, una cartera desgastada de cuero y un botellín de cerveza a medio vaciar. Anita colocó delante de mí una taza de café con la leyenda “¡maldita sea, otra vez esta visita pesada!”. Luego de haberla yo leído, la mujer empezó a carcajearse. Los platos y desechos de la comida se amontonaban en una especie primigenia de fregadero que se encontraba a mi lado. Anita sirvió el café y se sentó frente a mí. Nos escrutamos mutuamente. Tras su rugoso rostro, en la pared del fondo, colgaba uno de esos cuadros con panoramas cadavéricos de Georgia O’Keefe y justo encima de mi cabeza se columpiaba un etéreo cascabel de serpiente. A pesar de que en principio parecía poco habladora, sorbo a sorbo fue desgranado la historia de su vida. Es evidente que su mercancías particular derrapó en la estepa y no volvió a salir jamás de ella. Puedo dar fé de que ella se había visto envuelta en más líos en los años de su adolescencia que en la vida entera de algunos convictos que yo conocía. Anita contaba sus hazañas delictivas como anécdotas de las que se sintiera orgullosa. La última, a muchas lunas de distancia de su actual edad, como ella atestiguaba, había consistido en atracar a punta de escopeta un casino indio en Reno, Nevada, llevada al delito a partes iguales por la emoción, la

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ludopatía que padecía y las consecuentes deudas contraídas con el juego. Había sacado el rifle de su macuto y encañonado con él la mandíbula sobresaliente del trajeado encargado quien, tras el mostrador, se afanaba en cambiar dinero por sueños. Ella le había dado unos segundos para llenar la saca. La supervivencia cosida al temple y la habilidad. - Yo no tengo nada que perder, chiquito. Espero que seas tan obediente como grandote -le amenazó. - ¿Me va a disparar? -preguntó el hombre con el temor reflejado en su temblequeante tono de voz. - Si lo hago, nunca lo sabrás. El negocio detenido momentáneamente, pendiente de una rápida decisión y el rifle tensando la cuerda de la vida. Un dedo con pulso seguro y una bala de trayectoria feroz. El dinero por fin acumulándose en una bolsa gigante de patatas fritas y la estirpe humana siguiendo su impulso sin importarle a nadie un carajo el suceso del casino. Una intervención del gatillo que probablemente sólo supondría una breve noticia en la prensa local y posterior olvido, porque en el fondo todos nosotros sólo somos trozos de pasado. Ahora, incontables lunas después, superados ya sus problemas con la justicia y sin esperar mucho de lo que le restaba de visita en el mundo, Anita se ganaba la vida haciendo vasijas de barro cocido.

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- Me enseñó Margaret Tafoya, toda una institución entre los santa clara. Ella siempre pinta sus piececitas de negro. Y tú, chiquito, ¿a qué te dedicas? - Soy fotógrafo -le revelé. Actualmente estoy realizando un trabajo para un escritor paisajístico, que quiere escoger algunas fotos del desierto. - Fotógrafo, ¿eh? Un fotógrafo por aquí. Quién lo diría. ¿Y qué piensas retratar, chiquito? - Sólo estoy recorriendo el territorio. Todavía no he encontrado el paisaje que necesito. Cuando lo vea, lo sabré. Decliné con un movimiento de cabeza la segunda taza de café que Anita me ofrecía; pues había resultado ser un café tan fuerte y amargo, que estoy convencido de que resucitaría a cualquier muerto. Ella se levantó y se dirigió cojeando hasta el fogón para servirse la suya. Volví a posar mis ojos en su pierna derecha. - Mis días de pillaje -me indicó, mientras llenaba su taza sin ni tan siquiera mirarme. - ¿Perdón? - La pierna. Te estás preguntando qué demonios me ha pasado en la pierna. Los blancos sois muy curiosos. Demasiado curiosos, diría yo. Fue en mis días de pillaje. Yo sola me pegué un tiro. Sin querer, por supuesto -volvió a reír a carcajadas antes de proseguir. Se me

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deslizó el dedo por el gatillo y me herí en la pierna. Se engangrenó. Tuvieron que amputármela, mira. Se subió ligeramente la pernera de su pantalón vaquero y me mostró una pierna ortopédica. - Llevo esto sin pena ni alegría. No se camina igual. Nunca te acostumbras a caminar como antes. Además, tengo que tener cuidado de no olvidar este artefacto en alguna parte, porque últimamente ha perdido sujección, ¡je, je, je! -concluyó. Le pregunté si siempre había vivido sola. - No. De hecho mi marido anda por ahí; pero hace más de dos semanas que no aparece por casa. - ¿Dos semanas? - Más o menos. Los indios no estamos atrapados en el tiempo, como vosotros los blancos. Simplemente desaparece. Tiene esa virtud. Se evapora. Sale de nuestro compartimento y se diluye en el aire. - ¿Y a usted no le preocupa que tarde en regresar? - Siempre regresa. Más tarde o más temprano, siempre lo hace. Mis tortitas de maíz no se las perdería por nada del mundo. - ¿Y si algún día no regresara? - Supongo que ese día empezaría a preocuparme. - Entiendo. ¿Y qué busca su marido ahí afuera, en el desierto?

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- Lo mismo que tú, chiquito: un paisaje. Me fijé en sus arrugadas y gruesas manos de modelar cerámica, surcadas por amplias avenidas verdes. Anita palpó las mías con ternura y entonó en baja voz una breve canción de su tribu, los indios pueblo. Instantes después me levanté de la mesa y salí. En el momento en que cerré la puerta de mi camioneta, con la idea de un rumbo nebuloso en perspectiva, Anita levantó la mano a modo de despedida y volvió a sonreír desde la entrada de su peculiar hogar. Una mujer con su triste historia a cuestas. Sobre la mesa yo le había dejado algo de dinero para que intentara arreglarse la pierna ortopédica.

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PERDIDO EN EL LIMO Mi destino era el carnaval de New Orleans, en Louisiana. Alguien me había hablado de un atajo por los pantanos; sin embargo, al rodar por una carretera de barro y guijarros, el coche se negó a seguir adelante por aquel lodazal solitario e inquietante en el que cualquier signo de vida humana resultaba cuanto menos sospechoso. Bajé del automóvil para comprobar el estado del motor, que se había recalentado sobremanera. Comprobé que el nivel del líquido refrigerante había descendido bastante, así que dejé abierta la tapa del capó para liberar el humo. Al examinar los bajos del vehículo me di cuenta de que el cieno se había adherido a las ruedas, formando una capa de grosor considerable, que taponaba incluso los guardabarros. Por si fuera poco, los mosquitos que pululaban por la ciénaga se cebaban en mis brazos y cabeza con picotazos devastadores. Albergaba la esperanza de que, una vez enfriado, el motor arrancara. Un ligero chapoteo fue la última señal de mi reloj de pulsera antes de irse a pique en las oscuras aguas que amordazaban mis tobillos. Vano me resultó todo intento de recuperarlo. Además, ver la mano hundida en el turbio líquido no me entusiasmaba demasiado. Diríase que el telón musgoso de aquel paraje rezumaba una fuerza primitiva cuyos objetivos serían acabar con ciertos símbolos del progreso y evitar así que la civilización y el desarrollo arraigaran en los esporádicos visitantes bípedos. Yo, por de pronto, ya me encontraba desorientado al haberme quedado primero sin medio de transporte y luego sin reloj.

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Alcé pues la mirada por encima de las copas de los elevados árboles, cuyas raíces se perdían en las depresiones de la ciénaga, y atiné a vislumbrar un sol traslúcido y anodino, más propio de un invierno nuclear que del profundo sur en época estival. Por su posición y luminosidad supuse que sería alrededor del mediodía. Solamente los frenéticos vuelos en rasante de los mosquitos y los constantes murmullos procedentes de las profundidades de las charcas aportaban algo de vida a la patibularia quietud. Entonces, como surgida de un resplandor, la vi pasar fugazmente por entre los troncos calados y los helechos. Tratábase de una vieja que, encorvada, introducía una y otra vez su mano en el barro. Ella no parecía haberse apercibido de mi presencia y seguía avanzando en la frondosidad del bosque anegado, hurgando en el agua. Iba ataviada con harapos y tanto del pañuelo de su cabeza como de su cuello colgaban innumerables abalorios y amuletos, que me indujeron a pensar que se trataba de una curandera lugareña. En ese momento reparó en mí y me clavó su penetrante mirada. Me sentí fulminado, indefenso, a su merced. La especie de bruja encaminó sus pasos hacia mí con energía, chapoteando en el lodazal de forma grotesca, humorística, como si pretendiera hacerse notar. - ¡Ya decía yo que no salían los cangrejos! -se enfadó conmigo, mientras me zarandeaba por los hombros. - Lo siento, señora -intervine en mi defensa. No la había visto. - ¡Largo de aquí! -me espetó ella con vehemencia. ¡Este es Mi territorio!

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Aproveché para hacerle partícipe de mi penosa situación y el consiguiente aturdimiento y le consulté asimismo si conocía a alguien en los alrededores que pudiera echarme un cable. - ¿En los alrededores? -se mofó la bruja con ironía. ¿A qué alrededores te refieres, hijo? Esto que ves es todo lo que hay. Sólo humedad y mosquitos y a veces, con algo de silencio y fortuna, también cangrejos; pero nada más. La vieja representaba la única mano a la que asirme, así que no debía dejarsm amilanar por su malhumorada actitud e insistí. - Bien, señora. Al menos podría indicarme un camino para salir de aquí. - No hay salida, hijo. No la hay de este tormento -anunció. Sólo existe una puerta de entrada, pero no de salida. Incluso la carretera para tu querido coche ya ha desaparecido. Efectivamente, al girar la cabeza observé que el nivel del fango había ascendido hasta absorber por completo las ruedas del vehículo. Yo incluso me desplazaba con dificultad. Cada vez que levantaba una de las piernas, arrastraba con ella varios kilos de frío lodo. - Hijo -intervino ella nuevamente, estás pisando el terreno de tu propia condenación.

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- Señora -le dije, lo que menos necesito son bromas de ese calibre. Usted conoce esto, pero a mí me supone un gran problema. Ayúdeme. - El limo, hijo, el vudú que proviene del limo -me comunicó con seriedad. El limo todo lo envuelve al atardecer. Al caer la noche cobra sus piezas para escupir las cáscaras al amanecer. ¡Ja-ja-ja! Dicho lo cual, la vieja bruja se agachó otra vez para seguir buscando cangrejos y se alejó de mí con incomprensible habilidad. Perdido, traté vanamente de seguirla, pero la arqueada silueta de la bruja comenzó a desdibujarse tras la espesura de la neblina que caía por el pantanal en el preciso instante en que el barro se tragaba la factura del motel Coyote, en Nevada, que resposaba sobre el salpicadero.

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รNDICE 1.- Introducciรณn

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2.- El perro mรกs rabioso del mundo

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3.- El colchรณn

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4.- Blues del perro muerto

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5.- La manifestaciรณn

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6.- Hacia Dios en Cadillac

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7.- Robert DeNiro

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8.- Terneros

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9.- Hombre-bomba

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10.- Pequeรฑa tragedia en la escollera

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11.- Mujer-รguila

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12.- El puente

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13.- Powwow en una camioneta

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14.- Bic

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15.- Harleystas

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16.- En taxi por New York

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17.- Genio

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18.- Mofeta y Coyote-Hiena (cuento indio)

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19.- Juan Armadillo

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20.- Sopor

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21.- Ex-boxeador

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22.- Anita, la artista

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23.- Perdido en el limo

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El Perro Mas Rabioso Del Mundo  

Un viaje por carreteras indias con personajes que aparecen y desaparecen como fogonazos de luz en la oscuridad, mostrando el alma del paisaj...