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Crónica de una idea

Todo comenzó cuando me disponía a pensar en una idea innovadora. Le di vueltas y vueltas, pensé en elementos cotidianos, en bolsas, libros, en dispositivos, tecnología, algo que nadie hubiera pensado antes. Se trataba de un gran reto, asique decidí adentrarme a la gran red. Ahí vi de todo, desde máquinas que hacían cocteles sin ayuda de un barman, hasta sistemas de lavamanos ecológicos que reciclan el agua para el wc.

Después de ver un sinfín de ideas, me pregunté: ¿qué no hay algo que no se haya inventado? Por cada cosa que pensaba o cada idea a medias llegaban las mismas preguntas: ¿pero si alguien ya lo invento? ¿Eso de que me serviría? ¿Realmente es útil? ¿En qué se va a utilizar una cosa así? Entre tanto pensar, usualmente llegan debrayes de distintas cosas y terminas pensando cosas que no tenían nada que ver con la idea principal. En ese momento me acordé de un libro que me gusta mucho y creo que podría decir que es uno de mis favoritos, El principito. Ese libro lo he leído muchas veces y no me canso de él. Recordé que en una sesión de la clase de innovación se mencionó el libro y recordé la parte que creo que es una de las más importantes. El piloto cuenta que alguna vez cuando era niño dibujo una boa que había devorado un elefante, se lo mostró a los adultos y todos le decían lo mismo: que parecía un sombrero. Aquel dibujo fue lo que detonó la idea. Primero, me di cuenta de que me cuesta mucho trabajo pensar en cosas nuevas e innovadoras, no digo que sea tarea fácil, pero posiblemente me pongo muchas trabas. Mi teoría es que como adultos, muchas veces nuestro contexto, nuestra rutina o donde nos desenvolvemos crea barreras que nos trunca, no deja fluir fácilmente las ideas. Con esto establecido me dije: y ¿cómo trabaja la lógica, la imaginación, la visión, la cabeza de los niños?

En algún momento de mi vida quise aprender a tocar el violín y mi maestra con su poco dominio del español me decía y es algo que nunca se me olvidará: es más fácil enseñarle a los niños, los adultos piensan mucho. Ella después me explicó que los movimientos de los niños son fluidos y no dudan si lo hacen bien o mal, simplemente mueven su brazo y poco a poco aprenden. Un adulto piensa en qué posición debe de ir el violín, el arco, su brazo si se escucha bien o mal y eso sólo retrae y no deja fluir el movimiento natural del cuerpo para lograr el buen sonido del instrumento. Con esto no digo que sea malo pensar, pero muchas veces pensar demasiado resta o bloquea las buenas ideas, como en mi caso, me hice demasiadas preguntas de qué hacer, cómo hacerlo, para qué, que al final no llegué a nada, o eso parecía. A lo que quiero llegar con todo esto es a la raíz de mi idea. Yo propongo aprender a escuchar. No es algo nuevo, posiblemente tampoco innovador. La innovación aquí sería: ¿con qué propósito y a quién vamos a escuchar? Vamos a escuchar a los niños; a los que ven más allá de lo que muchas veces vemos nosotros. Donde nosotros vemos un árbol, posiblemente ellos ven una composición de elementos que sean el principio de la solución de un gran dilema. Quiero involucrar a los niños a proponer o dar ideas de lo que sea, con planteamientos o sin ellos. Quiero comenzar a escucharlos porque en muchos casos nosotros como adultos no lo hacemos e ignoramos y muchas veces podríamos estar ignorando una gran idea.


¿Cómo?

La idea es aún muy vaga, pero a gran escala, me gustaría pensar en un instituto, una sociedad multidisciplinaria, un grupo, que se dedique a eso, a escuchar a los niños y sus ideas. Junto con el conocimiento de especialistas, aterrizar, aplicar o implementar las ideas. Lo que se busca es que todos participen, todos los niños tienen la capacidad de grandes cosas, lo que necesitan es una oportunidad de demostrarlo y eso quisiera lograr con un proyecto así.

¿Para qué?

El proyecto también tiene un trasfondo. Los niños cada vez crecen más rápido, imitan más, dejan de creer en sí mismos, piensan menos, juegan menos, disfrutan menos. Si es posible, quiero ser el primer grano que proponga cambiar eso. Quiero hacer ver a los niños que no se necesita dejar de ser niño para hacer algo importante o algo que trascienda. Quiero que los adultos también comiencen a observar en lugar de ver y escuchar en lugar de oir. Deseo generar la consciencia de que un niño no piensa, no observa y no escucha igual que nosotros los adultos, si no mucho mejor. Quiero darles el lugar que les corresponde y esto a su vez va a desarrollar mejores personas, habrá más pensadores, más poetas, más filósofos, más de todo.

Final  
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