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LAS ANGUSTIAS DE MIRANDA EN LA CIUDAD MARINERA

y al compás de una marcha fúnebre, arrastramos nuestras cadenas en procesión lenta y dolorosa hasta que alcanzamos un espacio más allá de las paredes, donde se erguían las horcas. / En las horcas, había una división y dos escaleras separadas cuyo propósito era que los católicos pudieran ser colgados aparte y no mezclarlos en la muerte con los herejes. Y la absolución les fue concedida junto a la gracia de los cielos por los sacerdotes, allí donde la piedad del hombre les fue negada. / La escena de la ejecución era un terreno para desfiles junto a las paredes que cercaban el castillo, precedida por los cañones en el terraplén inmediatamente sobre nosotros, y donde tres compañías de viejas tropas españolas estaban acantonadas; atrás de ellos, varias compañías de milicia nativa y más allá estaba situada la artillería, y en la costa cerca de la población de Puerto Cabello la cual se encuentra separada del castillo y sus alrededores por una entrada de agua, se asomaba un numeroso cuerpo de caballería. Si esto se hizo sólo a manera de despliegue militar, si escondía el miedo a un movimiento a nuestro favor de parte de los habitantes o si era sólo para mostrar a los indecisos un ejemplo severo, no lo sé. Ciertamente era más de lo que tal ocasión parecía requerir naturalmente. / Nos colocaron frente a aquellos que debían morir, en el lado opuesto a las horcas. El primero en ser ahorcado fue el Sr. Farquason. Sus grillos fueron retirados y se le guió a la parte superior del cadalso y allí, por un corto tiempo, se le sentó al frente de sus compañeros más abajo. Dos cuerdas se colocaron alrededor de su cuello, una pequeña para rompérselo, y la otra para suspender el cuerpo. Al terminar esto, se levantó y en un tono de voz mesurado y firme se despidió de todos sus amigos. El verdugo, un esclavo negro, le empujó e inmediatamente deslizó hacia abajo la cuerda, se sentó sobre sus hombros y le golpeó con los

tobillos sobre el pecho – luego saltó y arrastró su cuerpo hacia el final del travesaño, para hacer lugar a aquellos que seguirían. En esta misma forma fueron ejecutados los señores Billopp, Kemper, Bergud, Hall, Johnson y Ferris quienes enfrentaron la muerte con igual determinación. Cuando se amontonaron, el verdugo subió y por medio de una cuerda atada a sus piernas les arrastró hacia la esquina en un montón, de manera que algunos de algunos de ellos quedaron colgando en forma transversal por el cuello y tobillos. / Los otros tres Católicos Romanos fueron entonces llevados a la otra división de las horcas. El sacramento les fue administrado por sus sacerdotes, uno de los cuales acompañó a cada prisionero en su turno hasta arriba de los escalones. / El Sr. Gardner, siendo el primero, ascendió por los escalones – se pusieron entonces las cuerdas alrededor de su cuello – les dio su último adiós a sus compañeros, les deseó un mejor destino, fue colgado y espiró. / El Sr. Donahue, tan pronto como su sacerdote le abandonó, se despidió de todos nosotros y apuntando indignado hacia los españoles ubicados frente a él exclamó: ―¡Ustedes, perros sanguinarios! Antes de que pase mucho tiempo pagarán por esto, diez veces‖. / El último en sufrir fue el Sr. George, un joven portugués. Él era hijo, se decía de un acaudalado usurero, a los caprichos de cuya autoridad no estaba dispuesto a someterse Irreflexivamente había abandonado la casa paterna para aventurarse sin plan ni proyectos. Y encontrándose en la ciudad de Nueva York, sin amigos ni recursos, fácilmente fue enrolado en la empresa que tendía a sus necesidades, la esplendorosa esperanza de una rápida fortuna. El valiente ejemplo de tantos otros no tuvo poder para animar su corazón. Bien haya sido por la conciencia del pasado, terror del futuro o la debilidad de su naturaleza, fue incapaz de soportar tal crisis, la cual todo mortal está 8

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