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LAS ANGUSTIAS DE MIRANDA EN LA CIUDAD MARINERA

Una serie de infortunios minarían el éxito de la arriesgada empresa. Desde el descontento general entre la tripulación, hasta la posibilidad de un amotinamiento, pasando por el hecho de que lo que sería una flota de importancia terminó siendo una que apenas reunió las tres unidades ya mencionadas. Sin embargo, lo peor estaba por ocurrir cuando el 27 de abril la temeraria flota mirandina es sorprendida por dos pequeñas unidades navales de la Corona Española, en un confuso episodio que terminaría con el apresamiento de la Bachus y la Bee, mientras que el Leander se alejaba en pleno desarrollo de la acción naval. El apresamiento de las dos embarcaciones significó el encarcelamiento de cincuenta y siete hombres en las bóvedas del castillo de Puerto Cabello de los cuales, en sentencia leída en la mañana del 12 de julio de 1806 y en presencia del Capitán General Vasconcelos que presidió el juicio, 10 serán ahorcados y los 47 restantes confinados a trabajos forzosos en Cartagena, Omoa y Puerto Rico. ―Las cabezas –escribe Robertson– de los tres principales delincuentes habían de exponerse ignominiosamente en público. La tentativa de los filibusteros se calificó de ‗crimen atroz‘ y su jefe fue estigmatizado como ‗pérfido traidor‘ [1] .

Moses Smith, quien fuera miembro de la expedición, también apresado y testigo de excepción de los acontecimientos, logrará escapar de su presidio en Cartagena para regresar a Estados Unidos, dejando un interesante libro

[1] William Spence ROBERTSON, ―La Vida de Miranda‖, pág. 240

sobre sus vivencias que publica en Nueva York el año 1812, en el que nos brinda una extensa y cruda narración sobre la ejecución: ―… Relataré esto con un corazón que aún sangra con el recuerdo. En la mañana después de que la sentencia fuera pronunciada, siendo el 21 de Julio, fuimos arrastrados de nuestros calabozos para presenciar la muerte de nuestros compañeros. Encontramos la prisión copada por cerca de 300 soldados, pasamos entre dos filas con bayoneta calada contra nuestros pechos y gatillos listos para disparar. Era una burla despreciable esta demostración de fuerza, ante el temor de un puñado de desnudos, miserables, pálidos y demacrados seres, cargados de grilletes y amarrados por codos de dos en dos. / Desde el momento en que los diez que iban a morir recibieron sentencia, fueron separados del resto. Les fue permitido dirigir, desde la celda de los condenados, su último y lastimero adiós en cartas sin sellar a los amigos a quienes ya no verían más y a trasmitir esas crueles nuevas que no llevarían nada más que angustia al corazón de los padres. Entre este penoso deber, y las solemnes meditaciones que tal hora demandan, trascurrió la noche. En la mañana fueron guiados hacia adelante cubiertos con capas blancas y capuchas, sus codos encadenados y sus muñecas atadas, y ubicados en frente de la columna. Entre ellos había tres que profesaban la religión Católica Romana. Estos fueron puestos a la delantera, acompañados de tres sacerdotes, cada uno de ellos con monaguillo portador de antorchas, el sagrado crucifijo y otros rituales y emblemas de su fe. En este orden, ondeando una bandera negra acompañados de tres sacerdotes, cada uno de ellos con monaguillo portador de antorchas, el sagrado crucifijo y otros rituales y emblemas de su fe. organizados, algunos requieren de cuidado espacial.

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Boletin Academia de Historia  
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