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Mi debilidad siempre fue la falta de confianza en mí misma. Pero eso no fue problema cuando se trataba de ser una criminal. Yo robaba y saqueaba cuando se me daba la gana, a cualquier hora del día y de la noche. Era muy fácil hacerlo si los hombres ricos se interesaban en tu figura y en tu aspecto físico. Dejé ese método hace años, y comencé a robarles a las señoras en medio de la noche. Cuando cumplí los 18 años, me aburrí de eso. Tomé mis armas y me fui a una ciudad un poco lejos de la que yo robaba. Cambié un poco, pero claramente, seguía robando. Una noche, esa ciudad dio un baile. Yo nunca había asistido a uno, pero cuando era pequeña, mi madre me había dicho que las princesas asistían a los bailes con unos vestidos preciosos y allí conocían a sus “príncipes”. La realidad es que esos vestidos ahora parecían más tontos en mi cabeza, y que no se enamoraban de los príncipes, solamente se casaban por conveniencia. Pues bien. Esa noche, miraba desde afuera los patéticos que se veían los muchachos con esas vestimentas tan ridículas, y las mujeres con esos vestidos extravagantes y peinados elegantemente feos. Con mi arma en mano, subí a un árbol. Esperé unos minutos a que acabara el baile y así poder robar algo de dinero con lo cual podría comer al menos por dos días. Cuando éste terminó, me puse en posición. Bajé sigilosamente del auto, y me acerqué al último muchacho que salió. Se veía igual que los demás: Ojos oscuros, pelo marrón y un traje costoso pero horrible. Le coloqué mi pistola en la nuca, sonriendo. —Dame todo tu dinero y no saldrás herido...—Susurré—. El chico se volteó rápidamente y me tomó del cuello. Me estampó contra el piso. Me miró a los ojos y me sonrió. — ¿Así que tú eres la que roba a todo el mundo?—Preguntó—.


Traté de darle un rodillazo en sus partes íntimas, pero claramente era más fuerte que yo. Me levantó, sin dejar de ahorcarme. Solté el arma, mientras miraba al extraño. Susurró algo que no entendí y me soltó. Tomó el arma y me apuntó, amenazando con dispararme. Ladeó su cabeza, inspeccionándome. Rápidamente lo tumbé. Tiró mi arma lejos de nosotros. Intenté ir a buscarla, pero me tomó del pie, impidiéndome poder avanzar. Esquivó un puñetazo mío, que nadie podría esquivar. Lo que no pudo esquivar fue un codazo en el estómago. Cuando me pude librar de él, corrí hacia donde estaba mi arma y la tomé. El muchacho se estaba quejando del dolor, pero se pudo levantar. — ¿Eso es todo lo que tienes?—Le pregunté, jugando con mi cabello—. Solamente sonrió y se lanzó por mí. No logré esquivarlo, sus reflejos eran buenos. Tampoco me quitó el arma, es más, volvió a estamparme contra la pared. La única iluminación que tenía era de los faroles de la calle. Y no era mucho, la verdad. Traté de pegarle, pero cada vez me volví más débil. Lo empujé, haciendo que chocara con un árbol. Apunté el arma hacia él, pero al disparar fallé. Caí al piso como un montón de hojas. Cerré los ojos. Ya no me quedaban fuerzas para levantarme y luchar. No me quedaban fuerzas para nada. Mi arma estaba muy cerca de mí, pero solamente le quedaba una bala y no me iba a arriesgar. Sentí como los pasos del muchacho eran más fuertes y rápidos. Tragué saliva dificultosamente. A pesar de la poca luz, pude ver una sonrisa enorme en su cara. Suspiré cuando tomó mi arma. La examinó minuciosamente. Obviamente pensé que me iba a disparar con la última bala que quedaba. ¿Por qué habría razones de dejarme viva? Cuando intenté levantarme, mis piernas me fallaron y volví a caer al piso. No lloré. No quería y no podía llorar. Nunca había llorado. Es más, no recuerdo la última vez que lloré.


Cuando pensé que era mi fin, el chico escondió el arma entre los árboles y me cargó. Intenté descifrar lo que sentía en ese momento. Enterré mi cara en su pecho. Era como si mi debilidad se hubiera ido. Me perdí en su aroma a jazmines, y en sus fuertes y firmes brazos. ¿Increíble, no? Ahora yo parecía una de esas chicas que hace minutos despreciaba.

Mi debilidad