Page 1

Las Telarañas Que Tejemos. Agustín Nieto La agonía abrazaba cruelmente a José mientras él cumplía su rutinaria condena de aburrimiento esperando el tren para volver a su casa de un día de trabajo. José era, por sobre todas las cosas, un adorador. Era capaz de apreciar divinidad hasta en el más diabólico de los entes. Creyente por costumbre, inocente por naturaleza (o creyente por naturaleza e inocente por costumbre); pasaba todo momento pendiente de lo que hacía o decía, no deseaba terminar en el infierno como los otros pecadores. Y sin embargo era el hombre más egoísta y sádico sobre la tierra: El lo ignoraba, pero le hervía la sangre al ver a alguien con más éxito que él. Se creía un elegido, no quería el triunfo de nadie más. Ahí estaba José, el creyente, el sádico o el adorador, observando las vías sin siquiera mirarlas, disfrutando de la sosegada quietud que rondaba la estación. Hasta que su tranquilo cuadro se vio violentamente interrumpido con el volar de un pequeño proyectil de metal que pasó frente a sus ojos. Miró de nuevo: Era una diminuta esfera de metal, de no más de 6 o 7 centímetros de diámetro, que pendía de un cordel extremadamente delgado que, a su vez, colgaba desusadamente del cielo. Volvió a mirar, esta vez con aun más detenimiento: Había visto bien, aquel hilo inconexamente similar a una telaraña no poseía un extremo visible desde el cual estuviese colgando. José tomo el cordel y lo tiró hacia abajo una, dos… y antes de poder hacerlo una tercera vez algo jaló el hilo desde el otro extremo, levantando al pequeño hombrecito y haciéndolo volar por los aires. En una milésima de segundo, José ya estaba en pleno vuelo y procuraba no soltar el hilo. La estación se achicó y a su lado aparecieron una, dos, tres calles, que luego se convirtieron en el barrio, luego en el municipio y luego ya no pudo distinguir mas caminos asfaltados. En una milésima de segundo más, José vio como el mundo; su mundo, se agrandaba, se achicaba y explotaba casi finalmente en los infinitos fragmentos que lo componían. Pasó junto a pájaros y aviones, junto a las nubes y, luego de atravesar velozmente la atmosfera, junto a un asteroide que vagaba por ahí. Estaba excitado, conmocionado. El hilo del que ahora él pendía, aquel casi imperceptible fragmento exageradamente largo, de seguro estaba siendo jalado nada más ni nada menos que por el mismísimo Dios. José era el elegido, cerró sus ojos y comenzó a celebrar consigo mismo mientras se disponía a disfrutar su viaje por el infinito cosmos. Pasó por la luna, y por Venus, y por mercurio. Y terminó su travesía cuando, en la última de las 3 milésimas de segundo que duro su viaje, se convirtió en negras cenizas al llegar al extremo final del hilo y estrellarse contra el sol.

Las Telarañas Que Tejemos  

relato corto

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you