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CONFERENCIA PARA UNA MONTAÑA El trío como utopía


Las utopías, que representan las fantasías de felicidad y realización de los hombres, nos muestran su otra cara al develar un núcleo irreductible de imposibilidad y de fracaso. Dentro de este conjunto de reacciones contra el orden establecido, contra el malestar sin embargo ineludible, el trío aparece como una búsqueda de equilibrio sobre tres patas, una exploración de los límites, una revelación contra el sistema monogámico impuesto por un pacto primitivo, pilar de la cultura occidental. Y aún así, el trío tiene sus regulaciones y la literatura nos muestra por qué algunos intentos han fracasado. En “La invitada” de Simone de Beauvoir, en “El tiro de gracia” de Marguerite Yourcenar, en “Jules y Jim” de François Truffaut, en “Les chansons d’amour” de Christophe Honoré, el numero tres es un número fatídico, porque la felicidad que propicia no es duradera. No es casual por otro lado, que estas historias tengan el horrible trasfondo de la guerra y el desamparo moral, de manera que los personajes encuentren en su propia historia íntima, una comunidad doméstica, un refugio de la historia universal, o como lo expresa Beauvoir, “una paz ciega” . Las utopías de liberación sexual tienen como fundamento la teoría freudiana de la represión, es decir, de la influencia de la cultura en la regulación del amor. Estas historias de utopía nos muestran a su vez la esperanza de amor libre y por lo tanto bisexual entre los seres humanos, pero dejan al descubierto también las ambivalencias, las mociones ocultas, la profunda mezcla de amor y de odio en nuestros sentimientos que llevan a la utopía a su fracaso inmanente. El tercero rompe la línea que une dos puntos para convertir al par en un polígono de tres lados, pero la tensión es insoportable y pronto el equilibrio se rompe y alguien se ofrece o


es ofrecido en sacrificio y el asesinato y el suicidio se imponen como el final de la utopía. Numerología amorosa En “El erotismo” Geroges Bataille afirma que “toda operación erótica tiene como principio una destrucción de la estructura de ser cerrado que es cada participante del juego” y aunque “uno nunca esté solo porque está con uno mismo” 1, el uno es la mismidad, es el solipsismo del ser. Dos es el par, aunque en el amor exista la ilusión de no ser más que uno. No necesariamente el dos es una pareja: en todo caso, el dos es la copla (couple). Tres es la tríada (que en mi opinión no conforma todavía un grupo). Cuatro es la serialidad, el grupo, que va hasta la suma astronómica de seres que conforman una comunidad, una sociedad, un universo. Pero giremos en torno al tres, que es todavía una unidad, como lo son el uno (la unidad propiamente dicha) y el dos (la ilusión de unidad). Tres logra un equilibrio intenso, vacilante, amenazado constantemente desde adentro. El uno es la conciencia, no el narcisismo: el narcisismo es el dos, porque la imagen del yo se crea siempre a partir de la imagen del Otro. El inconsciente es el dos, porque el sujeto es un sujeto escindido, con una falta. El amor, es decir, el narcisismo y la falta llevan al uno hacia el dos para rearmar la ilusión de un uno primordial. Vale recordar el mito del andrógino que relata Platón por boca de Aristófanes en el Banquete. El dos, entonces, es el amor a uno a través del otro. Es 1

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decir que la libido, la energía según la cual amamos, trabajamos y vivimos, sale del yo hacia el otro, para volver al yo. En el tres hay una distribución ternaria de libido porque el yo ama dos objetos, uno a través del otro y viceversa y se ama a sí mismo a través de ellos, es decir que debido a esta repartición inédita, el yo se debilita, la energía tan bien canalizada por la represión monogámica se dispersa, se hace difusa. Este descenso de la energía en el yo es placentero, sin duda sólo momentáneamente, porque representa también una amenaza de muerte, de extinción. En el tres están los celos porque en los celos siempre hay un tercero que nos amenaza y porque el yo está vulnerado. El tres es la utopía de la unidad, es la escala hacia lo impersonal a través de las personas, la clausura de lo singular (yo, tú, él) frente a lo plural. El uno es “yo”, “tú” o “él”, es decir, el cada uno. El dos es “nosotros”, el tres es “ustedes” (es decir que por primera vez en la cuenta gramatical hay un yo que se dirige a más de uno) y el cuatro es la apertura a lo social, el “ellos”, porque por primera vez y en adelante, hay un yo que puede hablar a un otro sobre otros. Por eso considero al uno, al dos y al tres como unidades cerradas, íntimas, al excluir al “ellos”. El dos es binario, es la lógica del cero y uno, es la bipartición desigual de los sexos. El tres es la bisexualidad, verdadero fundamento de esta utopía de la que intento hablar: el amar sin diferencias. Veamos por qué. En toda relación sexual hay dos lugares, el lugar de hombre y el lugar de hembra, en donde el sexo biológico no


coincide necesariamente con el lugar sexuado que cada ser ocupa en la relación sexual: “hombres de color mujer y mujeres de color hombre” dice Lacan. En la escritura binaria sexual del tres encontramos entonces las posibles combinatorias: 1-1-1, 0-0-0, 1-0-1, 0-0-1. En seguida llama la atención que las dos primeras, 111 y 000 conllevan la inminencia del uno y es por lo tanto un trío en demasiada tensión, un trío que quiere volver al uno y no al dos. 111 y 000 se reducen a un factor uno mortal, pues no hay alteridad sexual, se excluye un lugar sexuado. En un trío, uno de los lugares debe repetirse una vez: (0-0-1 y 1-1-0) es decir que el tres es dos y uno, hay necesariamente bisexualidad. En esta misma dirección, cabe decir también que la constitución de un trío como relación amorosa duradera y estable nunca es espontánea. El trío se conforma diría siempre por la inclusión de un tercero en el par. Entonces el tres es siempre dos más uno y es la búsqueda del retorno al dos, por una especie de inercia que es la misma que lleva al dos hacia la ilusión del uno y al uno hacia su propia muerte, el cero, la meta inorgánica de la vida. Es decir, una tensión hacia lo social por un lado y hacia la muerte por otro, entre la ley que mata y la transgresión que libera. El juego de los deseos “El tema de El tiro de gracia es, ante todo, esa comunidad de especie, esa solidaridad de destino entre tres personas sometidas a la mismas privaciones y a los mismos peligros”2. Es la historia de un trío que no se consuma físicamente sino 2

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que queda suspendida en la dimensión del deseo. De ahí la importancia de lo que deja ver. Los personajes son Eric y Conrad, amigos y compañeros, y la hermana de Conrad, Sophie: en nuestra notación (1-1-0). Eric desea a Conrad, aunque Conrad prefiera a las mujeres. Sophie desea a Eric, pero este último prefiere los hombres. Con tal composición, las condiciones están dadas para el dejar fluir de los deseos a través los cuerpos opacos. “¿Por qué se enamorarán las mujeres precisamente de los hombres que no les son destinados, sin dejarles más opción que la de cambiar su naturaleza o aborrecerla?”3 se pregunta Yourcenar a través de la voz de Eric. Sophie usa el pelo corto, los zapatos llenos de barro, tiene modales rudos aunque voz dulce y pronto Conrad comienza a mirarla como el hermano de su hermano. Eric declara: “Sophie me inspiraba la fácil camaradería que un hombre siente por los muchachos cuando no los ama.” 4 El sabe que “la amistad por el hermano termina siendo amor a la hermana” 5. Encontramos acá la clave para entender este rodeo que se da en toda relación de tres: el desear a través del otro. Después de una serie de “artimañas propias de los amantes” 6, Sophie con-vence a Eric y Eric se entrega tanto como le es posible, pues en verdad no la ama: “Lo cómico de la cosa era que Sophie me había amado precisamente por mi frialdad y mi repulsa”7 Es claramente Sophie el metal conductor para realizar el amor de Eric hacia Conrad, y serpa también la presa del

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sacrificio. Ella es “la hermana del único ser a quien yo me sentía ligado por una especie de pacto”8 confiesa Eric. Y en « Les chansons d amour » aparece esta misma idea cuando Alice canta: « Je suis le pont sur la rivière que va de toi à toi, traversez-moi la belle affaire, embrassez-vous sur moi » La relación de a tres, se conforma entonces por el desear a través como utopía de las respuestas a nuestras preguntas inconscientes: ¿qué es el otro para el otro? es decir, ¿qué soy yo para el otro? Dice Eric de Sophie: “yo fui, en lo sucesivo, la respuesta que ella se daba a sí misma”9. Dice Françoise de Xavière en L’invitée: “Xavière es un signo de interrogación viviente” 10 La utopía del trío trata la posibilidad de una respuesta por la existencia. El juego de las conciencias En el nivel consciente las relaciones de tres nos revelan una dinámica diferente. En un principio aparece la felicidad, ingenua, simple, el descubrimiento de un paraíso perdido, y en esto las historias de las que me sirvo son bastante claras: Jules, Jim y Catherine corren por los bosques y las playas como verdaderos niños, en El tiro de gracia, Kratovicé era un “Edén septentrional aislado en plena guerra”11. En L’invitée, la relación entre Pierre, Françoise y Xavière es producto de la búsqueda de libertad total frente a las convenciones sociales, producto de la 8

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reflexión existencialista de los personajes. Pero poco a poco los celos se hacen más presentes y ensucian la relación. « Pourquoi tout leur amour ne leur servait-il qu’à se torturer les uns les autres? »12 El tercero resulta un detentor del amor exclusivo del otro, de un amor exclusivamente dual. La tensión del tres para volver al par es irreprimible. Comienzan los fantasmas de posesión, los celos, las inseguridades. “Cada conciencia”, como explicita la cita inicial de Hegel en la novela de Beauvoir, “persigue la muerte de otra conciencia”. Le ménage á trois se convierte entonces en la guerre à trois. “Ella o yo”13 se repite Françoise abriendo la llave del gas, para matar a Xavière, esa “presencia enemiga”14 porque el amor inicial del trío se torna en arte-de-hacer-sufrir15, la felicidad muestra su angustiosa cara y la conciencia se muestra “celosa, traidora, criminal”16. El fracaso de la utopía: La resolución del trío deja un resto de dos y uno, un saldo de muerte sacrificial, en donde los integrantes de la relación pagan la deuda de su transgresión. Analicemos el final de cada historia: en Jules y Jim, Catherine se arroja en auto desde un puente roto (señalemos la importancia de esta metáfora del puente de la que ya hablamos) llevando a Jim con ella, muriendo ambos. En la escena final encontramos a Jules enterrando a los dos, al amigo y a la amante. En El tiro de gracia, Eric fusila a Sophie, con la impresión de ver morir a Conrad dos 12

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veces. En L’invitée, Francoise mata a Xaviere en un acto solitario mediante el cual se reafirma la inminencia de una conciencia sobre otra. Cada trío lleva en sí el fracaso mediante la muerte o el sacrificio. Dice Jim a Catherine: “En una novela que me prestaste, encontré un pasaje que habías subrayado. “En un barco, viaja una mujer que se entrega de pensamiento a un pasajero que no conoce”. Eso me chocó como si fuera una confesión. Es tu manera de explorar el universo. Yo también tengo esa curiosidad. Puede que todo el mundo la tenga. Pero yo la domino por vos, y no estoy seguro de que vos la domines por mí. Creo como vos que en el amor la pareja no es el ideal. Nos basta mirar a nuestro alrededor. Quisiste construir algo mejor rechazando la hipocresía y la resignación. Quisiste inventar el amor. Pero los pioneros deben ser humildes y no tener egoísmo. Hay que mirar las cosas de frente, Catherine: hemos fracasado. Lo arruinamos todo. Quisiste cambiarme, adaptarme a vos. Por mi parte traté de expresar alegría, pero sólo he creado dolor”.

El sabor amargo del fracaso se funde con los recuerdos felices, con el haber estado tan cerca, el haberse quemado las alas de cera por haber volado tan cerca del sol. François Truffaut escribe en letras mayúsculas sobre una toma en la película que muestra a los tres personajes corriendo de la mano por el campo: LA TIERRA PROMETIDA RETROCEDIÓ DE UN SALTO.

Agustín González Mendoza, 2010


Conferencia para una montaña: el trío como utopía.