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CONTENIDO

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CINCO LIBROS QUE PUEDEN AHORRARTE UNA LICENCIATURA EN LITERATURA José Agustín Solórzano TRES JUEGOS MEJORES QUE EL AJEDREZ Asterión Libre EN VENEZUELA ME LLAMABAN EL PIANISTA DEL ARTE: OLEGARIO DÍAZ José Garriba IMÁGENES DE UN PASADO NO TAN LEJANO. LA LLEGADA DEL CINEMATÓGRAFO A MÉXICO Paloma Guzmán Rosiles PROVIDENCE UNA DISECCIÓN DE LA VIDA Y OBRA DE LOVECRAFT POR ALAN MOORE Diego Aguado NO SOY ESCRIBIDOR En esta edición colabora: Jazmín Guzmán Rosiles Camelina Steven T. Bramble NOTAS PARA UNA POÉTICA DEL DESIERTO Alonso Monzón

DIRECTORIO LAS RAYAS DEL AGUIJÓN Colectivo «Las Rayas del Aguijón» Dirección Manuel Tovar Diseño Editorial y Gráfico Carlos Campos Asistencia en Diseño Fernanda Huerta Difusión Daniel Juárez Edición y Redacción Patricia Guzmán Asistencia Editorial

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por José Agustín Solórzano Año tras año decenas de jóvenes se matriculan (en Morelia) en la Facultad de Letras para cursar la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas, nombre traicionero porque a bien nadie sabe lo que significa, ni siquiera los docentes, quienes desde las primeras semanas se encargan de decirte que si elegiste esta carrera para (1) ser escritor, (2) ganar dinero, o (3) tirar la güeva y engañar a tus papás con una licenciatura de plástico, estás muy equivocado. En lo que se equivocan los frustrados profesores es en el punto número tres, pues es bien sabido que uno puede aburrirse de lo lindo o dormir a pierna suelta durante los cuatro años de la licenciatura y aún así obtener su certificado, se trata de constancia, terquedad y dominio del formato APA. Por otro lado, la gran mayoría de los estudiantes entran porque quieren ser escritores, les gusta leer (y ahí les van a quitar el gusto) o, como se ha dicho, tienen una profunda pasión por picarse el ombligo. Nunca he conocido a alguien que entrara a la carrera porque estaba convencido de volverse un académico de la literatura, un especialista en las más oscuras zonas de Pedro Páramo o en los vericuetos lingüísticos de Lezama Lima, vaya, que esas son enfermedades venéreas que se transmiten en las aulas y no en los libros. Así que uno no termina ni como escritor, ni como lector, ni como nini, sino que se gradúa como pedante. En casos excepcionales no sucede así, también hay quienes terminan como buenos profesores de secundaria o prepa, pues logran atrincherar su amor a la literatura mientras termina la guerra de la licenciatura y, puff, se salvan.

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La literatura es una de las cosas más bellas que la academia se esfuerza (a base de maestrías y doctorados) en destruir; sin embargo, siempre habrá verdaderos estudiosos de las letras y, por supuesto, gracias a dios y a Borges, verdaderos lectores y críticos de a pie que ponen en su lugar los estudios académicos vacíos y las tesis, o sea en lo más oscuro y húmedo de las bibliotecas universitarias.

Revisando el programa y los temas de conversación de mis colegas literatos y académicos me atrevo (porque puedo y quiero) a hacer una lista con cinco excelentes libros que pueden ahorrarte los cuatro años de la carrera de LyLH (y tal vez algo de la de filosofía); también son excelentes si ya la estudiaste y sientes que no aprendiste nada o lo aprendiste todo. Me ahorro las recomendaciones literarias y me enfoco a los ensayos y material crítico porque ya hay suficientes listas con los 100 libros que debes leer antes de morir. El orden en que aparecen es trivial.

F o t o g r a f í a M a n u T o va r


1.- La experiencia literaria, A lfonso Reyes Alfonso Reyes es un semáforo de la literatura en México, no leerlo es perderse de la mejor voz literaria del siglo XX. La serie de ensayos que se compilan bajo el título de La experiencia literaria es uno de los más placenteros recorridos a través del discurso literario. Reyes regresa a los griegos y reinventa la crítica literaria, contemporaneizando los conceptos clásicos y proponiendo una nueva forma de entender los géneros literarios y el lenguaje mismo. Reyes se adelanta, como siempre, y nos regala una serie de ensayos que son indispensables para el lector y para el escritor en ciernes del siglo XXI. Desde “Hermes o de la comunicación humana”,pasando por “Apolo o de la literatura”, “Jacob o idea de la poesía”, hasta “Categorías de la lectura” o “Sobre la crítica de textos”, este libro de Reyes no tienen desperdicio y habría que leerse con la necesidad de quien busca un faro en medio del mar oscuro de la academia actual.

2.- El instinto del lenguaje, Steven Pinker Los primeros años de las carreras sobre literatura o lingüística son un terror para los jóvenes estudiantes que vienen huyendo, desde el bachillerato, de los conocimientos duros. Materias como gramática superior o fonética se vuelven un lastre con el que algunos no pueden cargar. Steven Pinker, en este libro –un clásico ya de su género-, combina perfectamente la divulgación científica y la teoría dura para ofrecer al lector un excelente resumen de cómo funciona ese instinto que llamamos lenguaje. Basado en Chomsky y su gramática generativa, gran parte de este libro nos ofrece un muy buen resumen del programa de una licenciatura en LyLH en cuanto al apartado lingüístico; pero no sólo se queda en ello, si no que acude a la neurociencia y a la informática para encontrar respuestas acerca de la cuestión de qué pasa en la mente cuando el lenguaje entra en juego. 3.- Semiótica, Mauricio Beuchot Éste es el texto con el discurso más académico de la lista. Una de las disciplinas más complejas de los estudios literarios que se presentan en la licenciatura es la Semiótica, a algunos los enamora, a otros los hastía. Desde nombres ya muy conocidos por los estudiantes, como Saussure o Pierce, hasta filósofos del lenguaje como Russell o Wittgenstein, en este libro desfilan una buena cantidad de pensadores y teorías acerca de la ciencia del signo y la interpretación. El recorrido es bastante ilustrativo y amplio, mostrándonos la evolución y el desarrollo de la semiótica, así como sus tres niveles: el sintáctico, el semántico y el pragmático. El objetivo de Beuchot es evidenciar la compleja lucha entre una semiótica unívoca y una equívoca, misma que supone puede solucionarse con una semiótica analógica, basada en la analogía y en el camino intermedio entre el rigorismo y la disolvencia. página no. 6 LAS RAYAS DEL AGUIJÓN


4.- La gramática descomplicada , Alex Grijelmo Los dos cursos de gramática superior que se imparten en una carrera de este tipo no bastan para que los egresados comprendan la complejidad gramatical y sintáctica de nuestra lengua. Es de lo más común leer textos escritos por egresados de Letras que parecieran hechos por un estudiante de preparatoria, pareciera que la licenciatura les da las credenciales para decir: “Yo estudié gramática para escribir como se me dé la gana”. Grijelmo nos ofrece un libro absolutamente didáctico que debe estar en la biblioteca de cualquier entusiasta de la lengua española o de cualquier profesor de español sin importar el nivel. El Baldor de la gramática. 5.- El canon occidental, Harold Bloom Bloom es un crítico literario categórico que pudiera parecerle aberrante sobre todo a quienes no soportan que un erudito te eche en cara su conocimiento. Harold Bloom, al menos en sus libros, sería ese profesor que habla como si lo supiera todo mientras te dice que no sabe nada. Los libros del también docente de la Universidad de Yale son un recorrido por la mejor literatura de todos los tiempos, acompañados de un montón de citas y comentarios críticos que no sólo pueden ilustrarte sino también servirte para lucirte en algún ensayo o artículo en el que estés trabajando. El canon occidentale sunlibroindispensableparaentenderconceptos tales como clásico o influencia , así como para entrar a la crítica bloomiana por la puerta principal. Seguro habrá otros libros que abarquen con igual o mayor claridad, o incluso con más detenimiento los temas de esta bibliografía; los que yo presento son los que he tenido la suerte de leer y estudiar, y por tanto los que recomiendo con la experiencia del placer de su lectura, tal cual hace quien dice que la burra es pinta con los pelos en la mano. Otros libros: Umberto Eco, Tratado de semiótica general José Ortega y Gasset, Espíritu de la letra Emilia Ferreiro, El ingreso a la escritura y a las culturas de lo escrito Enrique Serna, Genealogía de la soberbia intelectual Arthur Schopenhauer, Escritos literarios Ricardo Piglia, Crítica y ficción Harold Bloom, Cómo leer y por qué Víctor Bravo, Leer el mundo Noam Chomsky, Estructuras sintácticas Alberto Manguel, Una historia de la lectura Roland Barthes, Mitologías


El Ajedrez es como el rey de los juegos de mesa. Todo mundo ha escuchado hablar de él y todo mundo identifica más o menos bien sus características, pero ni es el más antiguo ni el mejor. Como el rey del mismo juego que apenas y se mueve sólo un espacio, no me parece tan emocionante ni divertido. Mis razones son totalmente subjetivas, ya lo aviso. Y si he decidido escribir este texto no es para dar argumentos irrefutables para destronar al “rey”. No, de lo que yo quiero hablar es de otros juegos similares que me gustan más, así de sencillo.

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Primero lo primero: mis broncas con el Ajedrez. En mi infancia siempre hubo juegos; estaban los divertidos y fáciles como la Lotería y el Manotazo, y también los complejos y competitivos: las Damas Chinas, el Dominó y el Backgammon. Pero el Ajedrez no. Lo aprendí a jugar casi casi porque yo le insistí a un primo que me enseñara a jugar. Y sí lo hizo y echábamos partidas de vez en cuando. Pero fuera de ese par de semanas, no lo volví a jugar regularmente. Para mala suerte, no tenía con quién jugarlo. Casi todos mis familiares o amigos me decían que no les gustaba o que no sabían jugarlo. Me ofrecí enseñarles, pero inmediatamente decían que no, que era difícil, que mejor jugáramos otra cosa.

Y ahí está uno de los más grandes problemas con este juego, que la gente se compra y se vende esa idea constantemente: que es muy complejo. “Es difícil y no puedo jugarlo”, insistían e insisten. “Es complicado y no voy a ganar”. Por primera vez en mi vida me encontraba con esa paradoja: que un juego fuera complicado, casi inalcanzable. Eso no debería de tener lógica. Los juegos deben ser divertidos y no difíciles, pensaba; después, descubriría con la adultez que hay cosas mucho más complejas, pero también más divertidas. Y si son difíciles, en todo caso, eso no debería ser un impedimento para jugarlo. Debería ser un reto. Pues a lo largo de mi vida me he encontrado con la misma situación: a mucha gente no le interesa el Ajedrez porque no sabe jugarlo. Y es que, claro, para poder disfrutar de un juego, hay que saber jugarlo. Por eso todo mundo juega cosas sencillísimas, a la Lotería, Serpientes y escaleras, Gato, Timbiriche o Risk. Pero la cosa es que nadie nació sabiendo cómo jugar ninguno de esos juegos. Todos tuvimos que haber aprendido las reglas, ¿no es cierto? ¿Qué tiene el ajedrez que evita que mucha gente simplemente lo juegue? Yo he durado horas jugando Dominó con amigos que dicen no saber jugarlo y en parte han tenido razón porque no conocen las estrategias del juego para ganar, o cómo llevar la cuenta mental de las fichas que van saliendo o prestar atención a cuántas rondas quedan, pero aun así lo juegan y se divierten. Incluso cuando después te dicen: no le entiendo o no me gusta. ¡Pero lo juegan! Lo página no. 8 LAS RAYAS DEL AGUIJÓN


TRES JUEGOS M E J O R E S QUE EL AJEDREZ p o r Ast er i ón Li b re

EL SÍNDROME DE ALEA

F o t o g r a f í a M a n u T o va r


mismo he visto en los juegos de cartas. Pero con el Ajedrez una barrera inmensa aparece. Las reglas, los movimientos, las estrategias suenan imponentes. Pero no hay cosa más falsa. El Ajedrez, como buen juego abstracto, es sencillo de reglas, aunque claro que tiene su profundidad. El nivel de profundidad no debería impedir que intentemos jugarlo. Es como si alguien que juega bote pateado se quitara el derecho a jugar por no tener un balón o un campo de futbol con césped. Creo que sé de dónde viene el miedo a la profundidad o, mejor aún, el repele al juego. Es culpa de los mismos jugadores de Ajedrez. Sobre todo, es culpa de los que saben jugar muy bien. De algunos, no de todos, claro está. Me ha tocado tener la mala fortuna de encontrarme precisamente con los intragables; con gente que usa el juego sólo para humillar a los demás y aumentar sus ínfulas de superioridad intelectual. Como si jugar Ajedrez fuera el santo grial o la leche de la vía láctea. Ahora, hay que recordar que a mucha gente la competencia les impone. Sobre todo, cuando tiene este halo de seriedad y rigurosidad. Nada peor para un juego que volverlo innecesariamente formal. Hay muchos niños que aprenden a jugarlo y participan en torneos desde muy pequeños. Estoy seguro que lo disfrutan, tampoco soy capaz de negarle la diversión a alguien simplemente por hacer algo que yo no disfruto, pero ojalá esos mismos niños y los profesionales que los entrenan conocieran y se enteraran de otros juegos, estoy seguro que el goce sería más pleno. Y pues a eso vengo, a recomendarles estos tres juegacos mejores.

Este es un juego cuyas piezas son llamativas por sí solas. Sobre todo, a los niños o a la gente que tiene cierta debilidad o fascinación por los insectos. En eso ya le gana al ajedrez de un tirón: por la temática, aunque sea poco relevante para el juego, página no. 10 LAS RAYAS DEL AGUIJÓN

es llamativa por sí sola. No tiene tablero, es súper portátil. Otro punto a su favor, ya que es más fácil sacarlo a mesa que el ajedrez. Antes de que propongas jugar, lo pones sobre la mesa o en el piso, frente a la persona que estás invitando a jugar, y listo: no necesitas más. Los movimientos son más intuitivos. No todos, pero ayuda que, por ejemplo, el saltamontes sea el que brinca por encima de los otros, que la abeja reina casi no se mueva, que la hormiga vaya hasta donde quiera, que la catarina vuele por encima de otras piezas o que el escarabajo sea el que puede inmovilizar a otros insectos. Los juegos abstractos casi nunca tienen movimientos intuitivos, es decir, tienes que aprenderte las reglas y ya está. Por eso son abstractos, las temáticas importan poco. En el ajedrez, por ejemplo, no hay nada en la esencia de una torre para que digas “ah, claro, que se mueve octogonalmente todo lo que quiera”, o que el alfil (¿el obispo?) sea tan peligroso al hacer diagonales (¿o sí?). Bueno, el caso es que Hive sí lo es, es más intuitivo, y ahí gana por nocaut. Hive es un juego para dos jugadores. Es un juego que no tiene tablero; cada jugador va agregando las fichas que desea, una por turno, o mueve las que ya ha puesto. El concepto de colmena es la regla fundamental para los movimientos tácticos y la estrategia general: la colmena nunca se puede romper. Cualquier insecto puede realizar su movimiento particular siempre y cuando no rompa la colmena. Aquí está la clave para bloquear a las piezas enemigas. El objetivo de este juego es rodear a la abeja reina del enemigo. Y esto sin importar que esté rodeada por alguna de sus propias fichas. Cualquier ficha te puede dar el gane. Es cierto que hay piezas como las hormigas y los saltamontes que parecen muy poderosas al principio, pero conforme se avanza la partida, las posibilidades de ataque y defensa se van reduciendo, y puede ser un tosco escarabajo o una escrupulosa araña (cómo molesta cuando no tienes los tres movimientos exactos para llevarla hasta el lugar que necesitas) quienes te den la victoria.


Hive es un juego de 2001 y tiene su versión normal y la de bolsillo: Hive Pocket. Después de casi veinte años, los expertos ya lo consideran un verdadero clásico. Y, por supuesto, a final de cuentas, no es más que un ajedrez sin tablero y con bichos. Pues eso, un ajedrez más divertido e igual de profundo, que la vista no los engañe. En Asterión Libre recomendamos la versión Pocket porque ya incluye dos expansiones, la catarina y el mosquito, este último tiene la capacidad de imitar el movimiento de cualquier otra pieza que tenga a su lado, una pieza que de un movimiento a otro puede pasar de ser muy poderosa a muy inútil. Además, este juego tiene su versión en aplicación digital para smartphones completamente gratis. Tiene un diseño muy sencillo, pero es una muy buena manera de conocer el juego antes de comprarlo. Ah, porque cuando lo hayas probado, seguro que te lo compras.

De los tres juegos, este es el que tiene más producción. Es el juego que después de jugarlo mucho, he pensado que podrían sustituir las figuras por fichas y las cartas con los nombres por simples tarjetitas con los movimientos. Pero es que este juego representa muy bien el espíritu de los juegos modernos. La producción y la estética son muy importantes. Afectan el tipo de experiencia que tienes al jugarlos. En el santuario de Onitama, las mejores escuelas de artes marciales presentan a sus maestros y mejores aprendices para participar en un torneo. El enfrentamiento es más que un simple combate porque son los espíritus animales del Kung Fu los guías que susurran a los combatientes sus movimientos. En las cartas de movimiento hay kanjis con el nombre del animal al que pertenece el movimiento. Este es un ajedrez concentrado. El tablero es más pequeño, 5x5 casillas, además de menos piezas y

movimientos reducidos, pero eso hace que cada maldito turno sea muy importante desde el inicio. No hay tiempo para reacomodarse o probar formaciones; en Onitama hay que reaccionar inmediatamente. Cada jugador tiene sólo cinco figuras: un maestro y cuatro aprendices. En cada turno, cada jugador tendrá solamente dos posibles movimientos, pero estos estarán en continua rotación. Es que es un juego que tiende a ser mucho más reactivo y menos estratégico. Sobre todo, cuando apenas comienzas a jugarlo es común que olvides la tarjeta que ya usaste o los movimientos que puede o no hacer tu contrincante. Hay dos formas de ganar en Onitama. Puedes capturar al maestro rival o puedes ocupar su lugar en su templo. La primera forma de ganar es llamada el sendero de la piedra y la otra el sendero del agua. Este pequeño giro de tuerca en el que hay dos maneras de ganar te obliga a mantener dos posibles planes de victoria en la cabeza, pero al mismo tiempo, tienes que hacer tu defensa pensando en esas dos maneras de perder. Y, finalmente, la idea más diferenciadora del juego, las cartas de movimiento. Cada una de estas cartas muestra el patrón de movimiento que puedes ejecutar. La casilla en gris oscuro representa la pieza que el jugador podría mover, y las casillas en gris claro son los espacios a los que podría moverse usando dicha carta. Lo interesante del juego es que, una vez ejecutado un movimiento, hay que pasar la carta correspondiente al rival y en su lugar recibir una carta distinta que se encontraba esperando. Así, en una partida de Onitama se tomarán 5 cartas, cada jugador tendrá sólo 2 cada uno en mano, y la quinta estará esperando a entrar a la mano del jugador en turno cuando este ejecute un movimiento. Así podremos anticipar los movimientos del contrincante, pero tendremos que adaptarnos a los distintos movimientos que nos vayan llegando. Este juego también cuenta con aplicación para el teléfono celular y trae música ambiente muy chula y diferentes versiones de los maestros y aprendices.


Dejé para el último el más antiguo y quizás el más complejo y uhhh, miedo, el más DIFÍCIL. Este es realmente un primo cercano del ajedrez, probablemente más antiguo. Ambos proceden de otro juego llamado Chaturanga, un juego que se practicaba en la antigua India aproximadamente hacia el año 3000 antes de nuestra era, y que luego se modificó llegando a Japón desde China hacia el siglo VIII, y que, en algún momento del siglo XIV, se convirtió en el juego que conocemos en la actualidad. Es uno de los primeros juegos abstractos en la historia en emplear el reciclado de piezas. Esta es una mecánica que es utilizada también en el llamado Ajedrez Cíclico. ¿Qué quiere decir esto? Pues que las piezas capturadas pueden volver a ser reutilizadas en el tablero como piezas propias. Así, mientras vas quitándole piezas al contrincante, tu arsenal crece. El Shogi se juega sobre un tablero de 9x9 casillas. Cada jugador empieza la partida con estas piezas: un rey, una torre, un alfil, 2 generales dorados, 2 generales plateados, 2 caballos, 2 lanceros y 9 peones. La posición inicial se muestra en la siguiente imagen:

A diferencia del ajedrez occidental, todas las piezas son del mismo color y con forma de pentágono irregular. Las piezas de un bando y del otro se diferencian por la dirección que señalan las cabezas de estas. El objetivo de este juego es dar jaque mate al rey adversario al igual que en el ajedrez estándar. Pero hay varias mecánicas que hacen a este Ajedrez japonés más complejo y dinámico: reconocer los kanjis de las piezas, las promociones de las piezas que cambian de movimiento cuando se voltea la ficha, el reuso de las piezas tomadas y las reglas especiales que no te permiten realizar jugadas que pongan en tela de juicio tu honor, como por ejemplo colocar una nueva pieza directamente página no. 12 LAS RAYAS DEL AGUIJÓN

en posición de jaque mate o repetir el mismo movimiento sin lograr cambiar la situación en el tablero. Después de todo, los japoneses tienen un sentido del respeto mucho más alto. Conclusiones Si no les gusta el Ajedrez, jueguen cualquiera de estos tres juegos. Si ya juegan Ajedrez, prueben cualquiera de estos tres a ver si muy-muy. Si odian el ajedrez: felicidades, no son los únicos. No, la verdad, es que es un buen juego, pero el problema son los fanáticos, como con Juego de Tronos y cosas así.


Es mediodía de un sábado en la ciudad de Morelia y en el Claustro Mayor, corazón de la Casa de la Cultura, se escuchan las notas de un piano que roba la atención de unos cuantos transeúntes que por ahí pasean. Enérgico y concentrado ante el piano, Olegario Díaz da una pauta previa de lo que interpretará esta noche para la clausura del Jazztival. Junto a él, acompañándolo en el ensayo,

se encuentra el saxofonista Juan Alzate y ambos, intercambian sugerencias con los otros músicos del cuarteto para que el concierto sea ejecutado de la mejor manera posible.

escenario para tomarse una fotografía. Una vez que la gente se ha disipado me acerco al pianista venezolano Olegario Díaz quien extrañado, acepta la entrevista.

gracias a la capacidad perceptiva de otras artes como la plástica y la literatura que le sirven como punto de fuga. Por ello, la textura juega un rol fundamental dentro y fuera de las piezas musicales porque antes ha partido de una línea en alguna pintura o de una palabra en un relato que puede llegar a condensar todo, y que sólo el jazz del pianista es capaz de interpretar.

*** Olegario Díaz es el creador de álbumes como Jazz Figures, Chill Art Tribute , Basquiat By Night/Day, Aleph In Chromatic y I Remember Chet. La música del venezolano es una obra en continua construcción,

Cuando el ensayo ha terminado, algunos camarógrafos que lo han documentado todo se retiran, mientras otros, esperan debajo del

—La dicha de vivir en grandes ciudades, me ha dado la oportunidad de visitar distintos museos. Al

visitar museos, tú puedes percibir diversos estilos de pintura uno al lado de otro, y eso crea una posibilidad de saber cómo puede interactuar por ejemplo, el mismo color negro en una época respecto de otra. Los artistas preferidos de Díaz son pintores como Picasso, Joan Miró, Victor Vasarely e incluso J. M. Basquiat a quien dedica un álbum entero siendo uno de los más logrados, es decir, que las composiciones del pianista funcionan en perfecta sintonía. Una geometría sonora surge a partir de lo que parece ser una pintura caótica. Entre otros artistas plásticos, Olegario Díaz confiesa una gran admiración por el mexicano Rufino Tamayo. —No sé qué tomó en sus años pero tenía una perspectiva muy amplia en su manera de trabajar. Y bueno, siempre rendí homenaje en mi música a personajes como estos que han sido muy importantes para mí como lo ha sido y ha significado tanto Jean Michel Basquiat. página no. 14 LAS RAYAS DEL AGUIJÓN


Intento comprender un tanto la afinidad entre Olegario Díaz y Basquiat y uno de los comunes denominadores que encuentro artísticamente, entre el primero y el segundo, es la improvisación. Para entender mejor esta relación entre pintura y jazz, le muestro a Díaz un libro de Basquiat donde está compilada su obra y le pido que me explique un poco más —Creo que mi arte no es nada comercial por ser abstracto, pero a pesar de eso hay un contenido y una estética. Por ejemplo, al ver una pintura de Basquiat inmediatamente sabes que se trata de él, y en ese sentido quisiera que me identifiquen, tener un sello arraigado en mi música. Lamentablemente, uno tiende a cambiar drásticamente de estructuras, de ritmo. Un día estás haciendo jazz y al otro

tienes que cambiarte al bossa-nova y luego al chachachá para sonar más comercial. La afición de Olegario Díaz por la pintura es tan grande que además de hablarme de Gustav Klimt, Andy Warhol, Keith Haring, Amedeo Modigliani y otros tantos, me cuenta sus paseos por grandes museos y la experiencia artística que estos le han dejado. Asimismo, tal afición lo llevó a dedicarse a la compra-venta de algunas obras plásticas. —En Venezuela me llamaban el pianista del arte. La pintura en el jazz de Olegario Díaz no es un fenómeno gratuito ni mucho menos un cliché. Existe una correlación íntima bajo un concepto esencial: organización. Los principios

En Venezuela me llamaban

EL PIANISTA DEL ARTE: Olegario Díaz José Garriba de la arquitectura y la pintura -dice Olegario-, son esenciales para la composición final y absoluta de lo que será visualmente. Y del mismo modo sucede en la música, hay que saber cómo empezar una pieza y cuándo terminarla de modo que cada nota tome relevancia en la organización. *** La improvisación en la vida de Olegario Díaz cobra una significación importante a la hora de salir de lo habitual y lo común cada vez que va a grabar algo nuevo. Para el pianista venezolano, estos principios también son aplicables a su manera de ser ante todo aquello que lo rodea. Además, compara un poco el jazz con el acto de leer a Borges. Te quedas asombrado ante algo que no comprendes del todo, y te cuesta asimilar pero ahí sigues y continúas porque sabes que hay algo que es maravilloso y diferente –asegura Olegario-. Más que una entrevista con Olegario Díaz, se ha desarrollado una conversación agradable donde nos dejamos llevar por un bucle artístico para retomar nuevamente su música, especialmente su primer disco


de 1992 Casi En El Guaire . Confiesa que aunque no le ha gustado hacer ese disco por el recuerdo que le trae del estudio al lado de un río apestoso como el Guaire, ha valido la pena porque se desprendió de él y así, pudo continuar errando y perfeccionando sus siguientes trabajos. La conversación continúa y de pronto, declara lo satisfecho que se siente con la vida a sus sesenta y dos años: la familia, el aprendizaje, el jazz y el arte. Y todo ello se refleja en el mundo cromático que muestra en su música, en su forma de postrarse ante el piano y tocar. — Hoy estoy en Morelia, mañana estaré en un cabaret en Miami, o en New York tocando tangos que no me gustan pero debo hacerlo. Hoy por ejemplo que me encuentro en Morelia, me siento arriba, porque conocen mi trabajo y es un honor sentir ese cariño y ese respeto por mi música. En el escenario un ensamble de jazz infantil se prepara para tocar y antes que termine nuestra charla, Olegario Díaz se despide afectuoso y me pide con entusiasmo que esta noche asista al concierto de clausura porque estará lleno de texturas y escalas cromáticas. página no. 16 LAS RAYAS DEL AGUIJÓN


IMÁGENES DE UN

PASADO NO TAN LEJANO. LA L L E G A DA D E L

C I N E M ATÓ G R A F O A MÉXICO

por Paloma Guzmán Rosiles En marzo de 1894, los hermanos franceses Auguste y Louis Lumiére patentaron un nuevo invento que pondría de cabeza al mundo. Un artefacto que proyectaba imágenes en movimiento a través de un sofisticado aparato basado en el funcionamiento de las máquinas de coser. Si bien Edison ya había dado a conocer su kinetoscopio, el artefacto de los hermanos Lumiére era más sofisticado por tratarse de un proyector que permitía a una mayor cantidad de individuos observar las imágenes al mismo tiempo y en mayor escala y ser, a su vez, una cámara de filmación. El cinematógrafo se erigía como uno de los grandes frutos del progreso de fines del siglo xix, convirtiéndose en un artefacto que al igual que la fotografía, de quien es heredero directo, funciona a partir de luz y movimiento, respondiendo así al apellido de sus inventores: Lumiére. página no. 18 LAS RAYAS DEL AGUIJÓN

En México desde los últimos años del siglo xix, en julio de 1896, Gabriel Antoine Veyre y Claude Ferdinand Von Bernanrd, emisarios de los franceses, trajeron el invento y lo presentaron a Porfirio Díaz en el Castillo de Chapultepec el 6 de agosto. En sus inicios el cinematógrafo satisfacía al espectador a través de los programas de vistas que consistían en mostrar escenas de la vida capitalina, del campo o de eventos oficiales en los que participaba el Presidente, estos programas fueron muy bien aceptados por los altos estratos porfiristas y por escritores progresistas que veían en el nuevo artefacto una ayuda para el estudio de la historia. El invento era capaz de captar la realidad y la proyectaba para su conocimiento posterior o en lugares distantes. En la prensa de finales del siglo XIX se encuentran crónicas de José Juan Tablada, Amado Nervo o Luis G. Urbina en las que alaban el nuevo invento que podría ser usado como testimonio histórico y un día sustituir incluso al libro


Este espectáculo me ha sugerido lo que será la historia en el futuro; no más libros; el fonógrafo guardará en su urna oscura las viejas voces extinguidas, el cinematógrafo reproducirá las vidas prestigiosas… Nuestros nietos verán a nuestros generales… a los intelectuales… a nuestros mártires… y a nuestras resplandecientes mujeres bajo sus copiosas cabelleras de oro… ¡Oh!, si a nosotros nos hubiese sido dado reconstruir así todas las épocas, si merced a un aparato pudiésemos ver el inmenso desfile de los siglos 1 como desde una estrella, asistir a la marcha formidable de los mortales a través de los tiempos.

Había casos como el de Ángel de Campo Micrós quien en su columna kinetoscopio para El Universal, como su nombre lo indicaba, permitía que sus ojos funcionaran como el invento de Edison, proyectando con palabras las imágenes de la ciudad en las páginas del rotativo. Por otro lado, según el historiador Aurelio de los Reyes, en los primeros cuatro años de la llegada del invento a nuestro país (1986 – 1900), su aceptación en los estratos más bajos de la Ciudad de México y del país en general fue inmediata por la novedad y los bajos costos que representaba asistir a una función (50 centavos en un inicio), la cual podían apreciar al mismo tiempo un gran número de personas, a diferencia de otras diversiones como el fonógrafo para el que se necesitaban audífonos o el kinetoscopio que solo podía verlo un individuo al mismo tiempo. Parte de la pronta aceptación del instrumento podría deberse a que a pesar de la existencia de otras diversiones la capital del país se había visto infestada por una oleada de suicidios a finales del siglo atribuida en la prensa capitalina al alcoholismo por falta de diversiones baratas, y a la lectura de melodramas por entregas a los que 2 las mujeres eran muy afectas , por lo que puede decirse que el cinematógrafo fue el espectáculo

que “vino a disipar el spleen”3 , aquel tedio vital del que hablaban los modernistas, “el aburrimiento que producían las ciudades finiseculares.” 4 Sin embargo, la aceptación por el pueblo llano fue acusada por los progresistas del porfiriato, como vulgarización científica y propició que el cinematógrafo perdiera puntos antes sus ojos, esto aunado a que el descubrimiento accidental por Georges Méliès del cine de ficción y la llegada de su influencia a México a través de su influjo en Fregolí, derrumbara el deseo de los positivistas de que las generaciones futuras pudiesen contemplar en las pantallas la historia sin la necesidad de recurrir a la interpretación de alguien más que la de sus propios ojos. El cinematógrafo, pasó pues de ser un avance científico a un medio de diversión que entretendría a la población sin importar estrato social, académico o idioma y que ha perdurado a través del tiempo hasta convertirse en lo que tenemos hasta nuestros días.

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Amado Nervo en La semana del 20 de marzo de 1898. Aurelio de los Reyes, Los inicios del cine en México..., p. 107. Aurelio de los Reyes, Los orígenes del cine en México…, p.68 y 73. Ángel Miquel, Cine mudo y poesía en México, p.213 - 214. idem


LAS CARICATURAS ME HACEN LLORAR :’( PROVIDENCE

Robert y su primer contacto con lo inenarable

página no. 20 LAS RAYAS DEL AGUIJÓN


Robert y Lovecraft. Un encuentro providencial

Borges, continuador de la cultura lovecraftiana


PROVIDENCE Una disecciรณn de la vida y obra de Lovecraft por Alan Moore por Diego

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Aguado


¿Qué hacen dos homosexuales manteniendo relaciones en una iglesia de Providence, mientras son embaucados por un «trapezoedro cósmico» que una secta decimonónica ha hecho caer del espacio? A primera vista, esto puede parecer una simple locura, propia de películas noventeras de «serie B», pero si es Alan Moore quién guioniza esta historia, y Lovecraft quién la inspira, todo cambia. Hace ahora algo más de tres años que Alan Moore, o el mago de Northampton, como gustan llamarlo, anunció que dejaba los cómics. Y lo hizo con una sinceridad pasmosa: “ya no tengo nada más que contar a través del cómic”, pero eso no implicaba que dejaría de crear, de hecho, lo hacía para poder dedicarse a la literatura, y es que en 2016 publicaba su primera novela, Jerusalén, una mastodóntica obra de mas de mil páginas sobre su ciudad natal en la que ponía en práctica muchos conceptos con los que ya había ensayado en sus obras gráficas, como la psicogeografía. Moore ha sido el gran narrador gráfico, el guionista mas importante del medio, el que dotó al cómic de una madurez de la que hasta cierto punto carecía, y logró fusionar un medio, que hasta entones era algo muy adolescente -macarra, pulp- con la literatura. No es casual que sea considerado el autor más importante y prolijo en la historia del cómic, y que lograra dotar de un prestigio al medio que hasta entonces no tenía. Pero el autor de obras como Watchmen, From Hell o Promethea, no podía despedirse del cómic sin dejarnos otra obra para la posteridad, Providence, la que sería su penúltima aportación a este medio. Y ¿por qué Providence? Muchos “Alan Mooreólogos” gustarían de partirme una silla en la espalda, tras saber que Providence es mi obra preferida de Moore, y que, sin ninguna duda, la incluiría en el podio de las obras mas relevantes que el de Northampton ha escrito. Es Vox Populi que está considerada como una obra menor, secundaria o incluso comercial, pero estoy seguro de que esta consideración surge debido a su temática, y sobretodo, por su ambición y la tremenda complejidad con la que está escrita, y no se valora el inmensurable trabajo documental, interpretativo, literario y narrativo, que se lleva

a cabo en esta obra. Incluso la contextualización histórica, secundaria en la obra, está realizada con una precisión y una sutileza, al alcance de muy pocos. Providence nos cuenta la historia de Robert Black, un periodista judío y homosexual, que, a principios del Siglo xx, decide dejar su acomodada vida de burgués capitalino para viajar por las zonas rurales y profundas de Nueva Inglaterra con el objetivo de investigar y documentarse para una novela que pretende escribir acerca de la “América Oculta”. Esta investigación le llevará a buscar la traducción inglesa de un libro árabe del siglo VIII, el Kitab o Libro de la sabiduría de las estrellas, el cual está en poder de una orden ocultista llamada Stella Sapiente. Para ello deberá recorrer los mas inhóspitos lugares de Nueva Inglaterra, como Athol, Manchester, Providence o Salem, en un viaje sin retorno, y a partir del cual su vida cambiará para siempre, puesto que entrará en contacto con personajes excéntricos y perturbadores, desde médicos heterodoxos, brujas, maestros en ritos iniciáticos, hasta escritores esotéricos del movimiento decadentista y sectas ocultistas… los cuales saben muy bien el destino y la misión de Robert, algo que este desconoce por completo. Así, después de ésta breve introducción a la obra y su autor, es momento de destacar los elementos más notables de este delirio cósmico gráfico-narrativo. H.P Lovecraft y lo innombrable Providence tiene un doble sentido, el primero es el de interpretar la obra de Lovecraft, pero también configurarse como una biografía de éste. Cada uno de los doce capítulos que componen Providence, son interpretaciones, algunas muy sutiles, otras muy explícitas, de historias famosas de Lovecraft, quién nació y vivió en la ciudad de Providence, lugar donde escribió toda su obra. Moore logrará fundir obras tanto del ciclo mítico (antiguos Dioses), como del ciclo onírico (visiones de horror y muerte). Así, nos encontraremos con obras como: Aire Frío, la onírica El caso de Charles Dexter Ward, El horror de Dunwich, la perturbadora Los sueños en la casa de la bruja, o la famosa La Sombra sobre Innsmouth. El camino que recorre el propio Robert será el


escenario de todas estas adaptaciones que realiza Moore de la obra de Lovecraft, y en estas, lo «innombrable» se hará presente desde el inicio, ya que nuestro protagonista se asomará al abismo de aquello que es inenarrable, de los horrores cósmicos, y este abismo le devolverá la mirada desde el primer momento. Pero la documentación acerca de la vida y obra de Lovecraft es tan grande, y hay un trato tan cuidado y meticuloso de cada detalle, que la propia obra sirve también como una pequeña biografía del escritor, que culminará con el encuentro que este tendrá con el propio Robert. Moore hace un homenaje del escritor de Providence, haciendo referencia a momentos clave su vida y destacando sus virtudes literarias, sus conocimientos y su erudición, pero no se muestra piadoso ni ecléctico, ya que no tiene ningún reparo en mostrarnos sus facetas más oscuras como una marcada homofobia y un cierto antisemitismo. Sexo y puritanismo Lovecraft se crió en un ambiente puritano y religioso, y esto es algo que influye en su obra. El puritanismo concibe como fútil o insustancial al ser humano y esto no es otra cosa que el sentido de los mitos lovecraftianos: la insignificancia de lo humano frente a “los antiguos”. Vemos que su obra tiene ciertas referencias que podrían ser consideradas sexuales, pero que son únicamente sobrentendidas o intuidas, mostrando una represión típica de la atmósfera puritana. En Providence, Moore pone “patas arriba” la obra de Lovecraft, le da la vuelta, y lo hace a través de una explicitación notable de estas situaciones de índole sexual, es esta la razón por la que en el cómic encontramos escenas sexuales, explícitas y continuas. Para ello Moore utilizará todo tipo de recursos, nos mostrará el sexo de los súcubos y los moradores del sueño, y representará de forma rotunda cualquier tipo de relación sexual ya sea humana o incluso inter especie. Diarios y narración transmedia Este es otro recurso fundamental que utilizará Moore en la obra. Durante todo el relato, la historia página no. 24

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se desarrolla a través de todo tipo de plataformas. La narración gráfica es conductora, pero también la narrativa literaria, ya que, al final de cada capítulo, Moore nos ofrece la perspectiva del protagonista a través de un diario en el que escribe sus vivencias, y en el que se incluirá todo tipo de información, desde unos textos que recibe de manos de un ocultista, hasta el boletín oficial de una iglesia. Todos estos elementos narrativos tendrán una importancia fundamental para poder entender los detalles de la historia. Pero eso no es todo, ya que como decía, la documentación es tan bárbara y el guión funciona como un engranaje tan perfecto, que también encontraremos citas literales de la obra del propio Lovecraft que servirán para introducir contextos o cerrar acontecimientos. Perspectiva y Meta-narrativa La perspectiva es otro elemento fundamental que está tratado con extrema sutileza, y esto se consigue a través del diario personal del propio Robert. Cada compleja y enloquecida situación que vivirá nuestro protagonista será entendida e interpretada de diferente manera por el mismo, y así lo veremos escrito en sus diarios. Esto es algo que da mucho juego a la historia, ya que muchas veces sus propias interpretaciones no son lo que realmente ha sucedido. Y es aquí donde entra en juego el meta relato. La meta narrativa es algo que ha tratado Moore en muchas de sus obras, y que por ejemplo llevó al paroxismo en su obra Watchmen. Aquí, en Providence, lo vuelve a utilizar en ciertas ocasiones, de las que destacaría, cuando para introducirnos en los primeros bosquejos e ideas que el propio Robert empieza a escribir de lo que será su propia obra, influenciado por todos los acontecimientos y situaciones de las que es testigo. Ambivalencia y performatividad La performatividad de la palabra es algo bien estudiado, y que Moore la lleva a otro nivel, también. La prosa de Moore es tan rica que consigue que ciertas expresiones se configuren como acciones en sí mismas, y más, cuando


recurre al Aklo, el lenguaje de los antiguos. En todo momento la interacción de los personajes está regida por la ambivalencia de las palabras. Lo encontramos, por ejemplo, en cada momento en que se refieren a Robert como el Heraldo, sin que este sepa bien qué quieren decir, algo que achaca a que trabajaba para el New York Herald. De hecho, el propio título no solo hace referencia a la ciudad de Providence, último destino del señor Black y hogar del propio Lovecraft, sino que hace referencia a la providencia divina, el amparo y cuidado de los hombres por parte de Dios, solo que en este caso será del nuevo Dios que está por nacer, cuando “lo de abajo conquiste a lo de arriba”. Literatura como hilo conductor En algunos momentos de la obra, diera la sensación de que Moore trata de presumirnos su dilatado conocimiento literario, y su capacidad referencial. Pero la razón de esto es que la literatura es el centro de gravedad del cómic, es la conexión entre los personajes y la razón por la que Robert emprende el viaje a la locura. Toda una serie de obras y autores, de diferentes épocas y contextos, desfilarán ante nuestros ojos con una simetría pavorosa, y una implicación determinante. Así nuestro protagonista primero se influenciará por la obra El Rey Amarillo de Robert Chambers, que le llevará a buscar el Kitab. Su viaje de descubrimiento de lo que está soterrado, oculto, le llevará a relacionarse con autores de la corriente Decadentista Norteamericana; acudirá a una exposición literaria de Lord Dunsany; estudiará a Ambrose Bierce; e incluso conocerá al propio Lovecraft, algo que cambiará su perspectiva para siempre. Moore, prosiguiendo con el análisis de Lovecraft, estudiará cómo se propagó la cultura lovecraftiana de forma directa por otros autores como Jorge Luis Borges, o su relación «soterrada» con el ensayista y crítico William Burroughs. Temporalidad y Contexto histórico La temporalidad es otro aspecto muy importante en toda la obra. «Ahora es antes». No hay que olvidar que Providence funciona como precuela, pero también como secuela, de la obra Neonomicón.

El relativismo del tiempo es algo con lo que el autor juega en muchos momentos, y las menciones a ideas acerca del tiempo, de la época en que se ambienta la obra, así como referencias a sus autores (Einstein, Gustav Jung) son reiteradas. La contextualización histórica también está muy cuidada, ya que, a través del contexto y las relaciones de los personajes, se hará referencia a numerosos acontecimientos de la época: el tratado de Versalles, la huelga de actores neoyorquinos de 1919, la ley seca, los inicios del nazismo y la revolución rusa. Está claro que Moore no escribe para púberes ni para amantes de las historias sencillas, pero tampoco creo que, como muchos consideran, escriba para un público cultivado o erudito. Moore quiere que releamos sus obras, que adoptemos nuevas perspectivas haciéndolo, y que nos introduzcamos de lleno en toda esa amplia meta narrativa de la que siempre podemos sacar algo nuevo. Literaturiza un medio eminentemente gráfico, juega con la semiótica y con ayuda de un dibujo muy trabajado que se adapta al guión como un guante, nos deja easter eggs por doquier. A mi juicio, Providence es una obra de culto. Una obra que cualquier entusiasta, tanto de Moore como de Lovecraft, debería tener en sus estanterías. Pero también debería satisfacer a cualquiera que guste de historias complejas y documentadas, personajes muy trabajados, atmósferas grotescas y cargantes, situaciones perversas, terror psicológico, cultura popular o a cualquiera que tenga interés en el mundo de la magia, la cábala, y el sueño. Si con este pequeño y modesto artículo he despertado en ti la curiosidad para buscar Providence y leerla, habré cumplido mi objetivo.


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No soy escribidor

RAYAS AGUIJÓN

LAS

DEL


UNA MEZCL A DE HORROR Y TRISTEZA por Jazmín Guzmán Rosiles

En la infancia uno no es consciente de mucho, por ejemplo, de la mortalidad del humano. Yo realmente pensaba que no había fin en la vida, que no habría fin para mis juegos y travesuras y que don Joaquín seguiría viejo por siempre. Los sollozos de doña Margarita se escuchaban hasta mi casa, en ese momento eran mi música de juego. Mi madre sí que la escuchaba y la preocupación salía de sus manos mientras amasaba, yo no entendía para qué tanta masa. Don Joaquín había fallecido dos días antes por cáncer de pulmón, creo; yo nunca había visto a un muerto, entonces tenía ocho años, lo vi tendido en un petate, todavía no lo metían a la caja, si la hubieran tenido lo habrían hecho, si hubieran tenido dinero la habrían comprado. Recuerdo que me acercaba y le preguntaba a la gente “¿Por qué está así Don Joaquín?” todos me decían que estaba dormido pero ya eran más de las doce de la tarde y no comprendía porque no despertaba aún. Supe que ya no despertaría cuando mi mamá me dio un coscorrón por zarandear el cuerpo queriendo ver al viejo abrir los ojos, nada. Tal vez era el egoísmo de un chiquillo pero realmente me hubiera gustado que abriera los ojos para ir a los caballitos de los portales, que hiciera aritos con el humo de su cigarrillo o que me mandara agarrar manzanas al jardín de la señora Lupita. Mis pensamientos se desvanecieron de sopetón cuando vi llegar la caja de muerto, al parecer Chema había vendido uno de sus caballos para poder comprarla, después de todo era su mejor amigo, incluso mío. Cuando Chema me cargó limpió sus lágrimas en mi chamarra azul “¿Cómo ves? Ya se nos fue Joaquín”; me bajó para que lo viera más de cerca, la tapa estaba echada y era muy pesada, por más que traté no la pude abrir, los demás sólo me miraban con cara larga. Mi mamá me llevo un tamal de chile negro, me encantaba el chile negro pero no me lo quise comer, miré a mi alrededor, nadie estaba sonriendo, excepto Chema que estaba en la puerta, parecía que hablaba con la botella de tequila medio vacía y pensé “quiero ser grande para tomar tequila”, eso pensé; del otro lado estaba mi mamá ayudando a Doña Margarita con los niños, ella los arrullaba mientras Doña Margarita lloraba. Todo junto me dio una sensación de horror y tristeza, y por primera vez le lloré a un muerto.

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R E T R A T O por Camelina

Me gustan los pueblos, esos lugares pequeños donde todos se conocen y las amplias vistas del campo. Me gustan las bardas cubiertas de cactus que con sus tentáculos buscan las piedras, la breve vida de sus flores hermafroditas y nocturnas y su olor enervante al secarse casi al instante en el que los rayos del sol tocan sus pétalos. Me gusta el petirrojo que se posa sobre la pitahaya. Y el alcohol, los cocteles y la forma en que las personas se convierten en un personaje de Fitzgerald “No me he emborrachado más que dos veces en [el día]”, y estar detrás de la barra, imaginarles historias mientras sumen sus ojos en un old fashioned. Me gustan los aviones, los coches y las bicicletas, los niños que caminan de la mano de su madre, los libros empolvados, los libros nuevos, los libros viejos. Y el olor a Nescafé y cigarrillo, las donas de humo y las galletas chokis, mi incipiente gusto por la música y los álbumes completos. Reír a carcajadas hasta el punto de llorar, el graznido de las urracas, el rebuzno del burro y el balido de las chivas. Y me gustan las tardes de otoño, los poemas de Segovia y de Rubén Bonifaz Nuño, los hombres de espalda grande, los perros gigantescos y los cuyos inmensamente gordos. Y los animales con nombre de personas, los tacos y la necesidad imperiosa de beber leche al comer crema de cacahuate. Me gusta la indignación, la rabia incontenible y el grito de demanda. Las mujeres fuertes. . Me gustaría que las mascotas fueran eternas y que todos los amores fueran correspondidos. Me gusta la hoja blanca y su inmensidad.


B OT T L E C A P THEORY por Steven T. Bramble

Then the hydrogen bomb exploded. And I don’t have to tell you the capitalist bastards were caught with pants quite down around pale little ankles, having not really come to terms with their souls and shit like that on account of all their monies. Also there was Irene H. Ronstadt in what was once Spanish Louisiana being fed commercial messages about vehicular homicide and Jolly Khadafy Goat Samwiches from the supreme comfort of a blue nylon recliner, and she didn’t have a goddamn clue what the TV was blathering about because she was a mere two days away from turning 100-years-old when fusion occurred and the thermonuclear sprinklerheads went shik-shik-shik-shik-shiiiiiiiiiiiiik! And why General Dunwoody, a man who might generously be labelled “unathletic,” found it necessary to bend over in the direct vicinity of a very important, very outdated electronic panel in one of a vast network of very important, very outdated undisclosed underground bunkers to go grabbling after the bottle cap he’d just spocked off the top of a fresh Bud with his lighter—the selfsame bottle cap, landfill-retrieved and recycled only three years prior, which was the culprit of another noteworthy tragedy, namely the rotten smoke that burst from Mrs. Anne de Witt’s Electrolux Model 30 vacuum cleaner when she slurped the little bugger right up off the chestnut shag and it got jammed in the drivetrain—well, that fateful impulse would always just remain one of life’s sweet unsolved mysteries. The general’s large trapezoidal posterior came into accidental contact with the arcane lever that lit up what one would be tempted to say was just about every flashing light in the place and made the crackly PA system announce (not totally unreminiscent of the great Robert Mitchum), “Launch, launch, launch,” subsequently initiating the general into a lifetime of therapy, early-morning suicide prevention hotline dials, and unceasing guilt that was, to put it in plain English, turbo-charged. Yep, great stuff. You could actually get a good view of the mushroom cloud from as many as two states over since most of the land in Middle America had got shaved flat for the Go-Kart track. I personally saw it through the glass walls of my usual breakfast spot, munching dead hog at the counter. Tanya looked up from her waitress pad at the distant swelling fire, said, “Shit, that’s just fuckin great. Tom and I had a whole fucking vacation planned, too. Being miles away from it all is supposed to improve your sex life.” I shaped my hand into a phone, put it to my ear and said, “Secretary Paulson, cancel Ms. Sedbrook’s travel appointments. The fucking country’s in disarray.” Fifty years on, historians would instruct students that the bomb marked the end of millennials fitting the requirements of what marketing professionals categorize as “Idealist Targets,” entirely reconfiguring consumer messaging strategies for the market’s largest demographic segment, which needless to say took some doing. But the whole thing started amounting into this colossal bummer. There was this story that appeared in the newsfeed titled, “These Pictures of the Inside of the Nuked-Out Branson Dinosaur Museum in Missouri Are So Completely Eerie You’ll Lose Your Shit, But Also They’re So Completely Heartbreaking You Will Burst Out Into Tears, Guaranteed” that trended and really affected everybody quite deeply. There was of course the possibility for public sentiment over the situation to get way out of hand on a whole bunch of different levels. What the economy precisely didn’t need was to stagnate during some big period of mourning and reflection, or for the people to get going with all their outraged political movements and traffic-stopping demonstrations and so forth, and so the govt made a serious effort to get a jump on public relations, drafting every screenwriter, journalist, novelist, poet, essayist and blogger currently working into an unprecedented campaign aimed at “artistic and narratological página no. 30 LAS RAYAS DEL AGUIJÓN


mollification.” We were sequestered into what I can only describe as a Restricted Access subterranean ducentiplex of pretty much IMAX-sized theaters. General Dunwoody’s successor stood in front of the hulking black screen of the theater I had been assigned to, shouting into a microphone with military gruffness, “The American people need to make sense of this craziness! It’s pure chaos out there, ladies and gentlemen, people jumpin outta windows, shirking census forms! It exceeds my capacities to properly impress upon you all how dangerous these times are. So we’re taking the only reasonable course of action. You bodiless wordheads are gonna interpret all this senselessness for us. Static visual mediums won’t do the trick, too subjective, too difficult to analyze. And music is too emotional and abstract. We need language here, goddammit! We need the best and the brightest to insert meanings, wave away that hanging fog of ambiguity and integrate it all into the grand story of this, the greatest nation on planet fucking earth! It’s up to you, soldiers!” And then they started in showing us the aerial footage of the nuclear holocaust that decimated Missouri, along with significant portions of Illinois and Iowa, in a singular moment of bottle cap-retrieval gone awry, screening it for us approximately three hundred times so eventually I knew every bubbling scream and every plume of sulfer as readily as my own email password, and outside of constant rippling explosions, muted whups of helicopter blades, all my ears could pick up throughout the whole theater was the whispering of pencils against paper, everyone taking detailed notes, some even beginning to compose their masterpieces directly on the spot. After all, publication had been assured. A portion of my own notes reads: “focus in on exact moment of explosion, freeze-frame the unsuspecting populace so the reader can wander leisurely through the paused moment just before total annihilation, let them observe fragility of life or some such crap in same vein, flirt-text Tanya, look up meaning of word admonish—to scold?” The guy next to me was fascinated by the footage the way some people are fascinated by streaming porn. He squealed, “This is our big chance to produce era-specific literature!” And I couldn’t help sharing his excitement somewhat, but nonetheless I was like, “But it seems like they just want us to regress back to bland realism when we could be furthering objectism.” He has no idea, so I explain. “You know, the new style of literature that brutally renders characters from the perspectives of inanimate objects with humanlike personalities, typically culminating in the inevitable dissolution of all interpersonal human relationships in favor of a closeness with things. Post-post-post-industrialized nations’ preoccupation with consumer products, the way they’ve inundated the experience of humans, all that kind of thing.” He happened to let out an accidental belch, and it smelled like Skittles. Not until about ten months later did I first start noticing our literature had overwhelmed the market. I was in a fairly cheery downtown portion of Tulsa on business and saw everyone sitting at an outdoor cafe reading huge gleaming hardback copies of a novel called Groaning Towards July, which was stupid because the bomb exploded in November. I figured to myself, sure, I give you people an objectist novel narrated from the POV of the bomb itself, and this guy, H.Z. Arnitz, impresses you with a traditional realist-linear narrative anybody could’ve fuckin pulled off. What a stupid world. Exacerbating the problem were the frequent calls I began receiving in the middle of the night from the small percentage of readers who’d purchased my book, saying things like, “This storyline is didactic, contrived and nearly unreadable. Don’t you believe in Oedipal trajectory?” I’d bark into the phone, “It was an art story! I knew everyone was gonna eat up all that Oprah’s Book Club trash about bomb-as-a-window-into-spirituality, or all-causality-has-a-purpose! You fuckin seething mainstreamer!” And they’d say, “Hey, man, a million readers can’t be wrong—Arnitz is king. My wife wants to have his baby. Enjoy the black depths of obscurity.” So the only thing left I could really think to do was text a cry for help to Tanya, who’d been ignoring my advances for well over a year on account of Tom was still treating her right, plus the fact I was a flat-out wacko creep. I’d tell her I was finally gonna blow my upper palate against the shower tile. I was incensed to discover she’d finally gone to the trouble of blocking my number. Though it didn’t matter because as soon as I put down my phone my body became frozen in time. Droplets of water that had been in the process of falling from the kitchen faucet hung mid-fall, the flies buzzing against the window frozen mid-buzz. I stood there, paralyzed like that, with the planted resolve to de-palate myself, and in walks some fuckin guy I’d never seen before in my life, wandering leisurely through my apartment, big laminated tag hanging from his neck by a lanyard with the word VISITOR laserprinted in Papyrus Font. He got up close, scrutinizing my motionless figure from every angle with the most detached interest. “Fascinating—the moment right before total annihilation and he has no idea.”


Una patria perdida es como los restos mortales de un allegado; enterradlos con respeto y creed en la vida eterna Amin Maalouf, León el Africano Algunas cosas desaparecen de repente como si las hubieran cortado. Otras s van difuminando despacio antes de borrarse definitivamente. «Y lo único que queda es el desierto». Haruki Murakami, Al sur de la frontera, al oeste del sol

1. El desierto es un oxímoron de sí mismo. Su sola enunciación está ligada a un terreno inhóspito, donde por falta de lluvia carece, a primera vista, de vegetación y vida animal en abundancia; se le relaciona también con el despoblamiento, lo inhabitado y la soledad. Pero digo oxímoron puesto que es una contradicción que le contrae en sus propias paradojas. Se piensa como un lugar donde la vida es poco común, es el espacio geográfico donde existen las especies (vegetales y animales) que más se aferran a vivir, puesto que pueden sobrevivir durante largos períodos sin líquido vital. La gran mayoría de su fauna es carroñera, y su flora sobrevive gracias al espesor de su piel y a sus espinas. Aquellos habitantes del desierto son, me atrevo a 1 decir, los inmortales que han ya bebido de todos los ríos del mundo, puesto que son infinitos. Todos ellos encerrados en el laberinto que se bifurca en distintas cámaras, ahí donde habita Asterión. Sin embargo los desiertos no son totalmente secos, hay agua en ellos. Por debajo de sus áridas dunas corren nervaduras de agua que a veces emergen a la superficie, y que ensucian al gran ego de la deshidratación, son heridas que sangran la arena. Justo alrededor de estas ciénagas crecen una infinita cantidad de plantas que circundan sus orillas y, al mismo tiempo, son visitadas por las más extrañas criaturas que le habitan. El desierto tiene vida pero contiene una lógica diversa a la que estamos acostumbrados. Es la sobrevivencia la que dota de un sentido ontológico al desierto. 2. Hablar del desierto (enunciarlo) es hablar del exilio. Es un espacio vacío que se contiene con la nada, y es que la nada sí existe. No es sólo un recurso retórico o un artificio para darle la razón a Derrida en 1

Tendría que haber dicho catorce, pero por motivos meramente retóricos, me escudo en la intangibilidad del infinito.

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tanto que la enunciación de un concepto le otorga a priori una categoría de materialidad o le dota de un sentido existencial. Cuando el ser humano se enfrenta a la soledad, no hablamos de la soledad en tanto aislamiento de otros hombres o mujeres (esa sería una soledad muy llevadera, afirma el Dr. Ángel Gabilondo) 2 sino de una soledad donde el propio yo se topa siempre cara a cara con la muerte, y casi en un sentido cortazariano su final, es el final de los finales. El exilio obliga a que el ser vital abandone al propio hombre (como especie, no como género, aclaro) de su mismidad ontológica y le despoja, en términos generales, de su derecho a ser. El ser humano no deja de existir, eso es claro, pero sí se priva de su categoría de ser-en-el-mundo (In-der-Welt-sein) y no tiene más opción que perderse y vagar. El exiliado entonces, al morir, trasmuta de un llano mortal a un sin-nombre inmortal.3 Y es bien sabido lo que le pasa a los inmortales, tal como se intuye en Borges y lo dice Gabilondo, hablan poco puesto que poco es lo que tienen que decir. En un plano lógico la nada no puede ser sino nada, de hecho, la frase misma plantea una contradicción lingüística. El no-ser no puede ser. Por esto la nada heideggeriana, no se plantea como nihilismo. La nada existe y “está presente”. 4 La nada es reflejo de una experiencia que Heidegger considera privilegiada: la Angustia. Que tampoco debe de ser confundido con el miedo, ya que éste se nos presenta frente a lo que conocemos, y la nada no la conocemos, así la angustia es el reflejo del desconocimiento de la vastedad del ser, y del porvenir. “La angustia es una experiencia privilegiada que nos revela que la nada existe [...] 5 está presente”, pero además tiene sentido. La angustia, es un término importado de Kierkegaard. Sin embargo, para alcanzar a comprenderla, es deber comprender primeramente la nada. Ésta nada que el hombre carga desde que es hombre nos revela, a su vez, que el hombre es un ser hecho de tiempo, del advenir del tiempo, que lo conduce únicamente hacia la muerte. Ésta muerte no sólo es material, sino que también es individual. Todos morimos, y morimos solos. Vemos que la gente a nuestro alrededor muere también, pero igualmente muere sola, “sabemos que la gente se muere, que uno se muere, pero no pensamos que nuestra muerte sea real e inevitable”.6 Mi muerte sólo está relacionada con mi mismidad. El In-der-Welt-sein, se muere.

Como el desierto, el ser se contiene en tanto afirma su existencia y sostiene su negación. Donde se encuentra el ser, está también el no-ser. Claro que en tanto uno se desenvuelve el otro se contrae, así en cuanto el ser (perdóneseme la tautología) deja de ser, muere. Ahí es cuando el no-ser aparece con su nadeante bruma, pero terminará el ser por resurgir como el fénix. “La muerte es entonces el umbral, el espacio en blanco, entre dejar de ser y comenzar a ser. Si Dios es la ausencia de Dios, el desierto es el espacio en que Dios se hace presente 7 al ausentarse de él”. El desierto es el ser-exterior en el que se oculta el ser-divino que no somos capaces de percibir.8 3. El exilio es, sin duda, un concepto complejo. Por un lado podríamos afirmar que se trata del hecho de separar a una persona de su lugar de origen (en general, por motivos políticos o de seguridad personal), es decir una expatriación, una ausencia prolongada de la tierra vernácula. Es también el lugar en donde se vive esta condición, y con lugar me refiero al espacio físico donde habita el exiliado fuera de su lugar de origen. En este mismo tenor, nos podemos referir al concepto exilio como la condición humana que adopta el exiliado. De esta forma vemos que el exilio no es sólo el hecho de abandonar un espacio geográfico por motivos políticos, sino involucra la propia condición humana a través de la deconstrucción del individuo, trastoca hasta el tuétano.

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8

Véase el video de la Conferencia Magistral “La vida como exilio: María Zambrano” dictada por el Dr. Ángel Gabilondo en la sala “Alfonso Reyes” del Colegio de México el 23 de septiembre de 2010. <http://catedramex-esp.colmex.mx/video/zambrano/ index.htm>. “Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres”. Jorge Luis Borges, “El Inmortal” en El Aleph, Madrid, Alianza Editorial, 2000, p. 24. Ramón Xirau. Introducción a la historia de la Filosofía. UNAM, México, 2005, p. 458. Ibíd., p., 459. Ídem. Cfr. Juan Pablo Gómez Guízar. “El libro de las preguntas: Una ontología del desierto”. <http://www.ucm.es/info/especulo/numero44/libpregu.html> Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, Diccionario de los símbolos, 5ª ed., Herder, Barcelona, 1995.


Sin embargo el hecho de exiliar miembros de una comunidad no es algo característico de nuestra época, ni tampoco es algo que hayamos inventado en la modernidad. En Atenas existía un tipo muy peculiar de exilio: el ostracismo (ὀστρακισμός: ostracón). Se trata, según el Diccionario de la Real Academia, de un destierro político. Este hecho se consumaba a través de una votación democrática de los ciudadanos. En esta votación cada votante escribía el nombre de la persona a quien quería 9 desterrar en el ostracón (la concha de barro). Si el nombre de dicha persona alcanzaba una determinada cifra de votantes, tenía que marcharse de Atenas antes de 10 días y permanecer en el destierro durante 10 años. El ostracismo no era nunca permanente y, además, la persona exiliada no perdía jamás sus derechos como ciudadano e incluso podía ser perdonado por una nueva votación de la asamblea. El destierro, es diferente puesto que se trata de una orden judicial hecha desde el poder, es oficial. En cambio, el exilio es la huída. Huir de una fatalidad inminente. De una u otra forma el exiliado es nómada, errante. Le yecta de su casa hacia un perenne vagar. El exiliado es aquél que tiene que abandonar su tierra sin un adiós posible. Un adiós hacia su tierra, hacia su gente y hacia sí mismo. Y hacia su mismidad contenida en la espacialización de su propia contingencia humana. Enfrenta al hombre a su condición efímera (del griego ἐφήμερος: de un día) de existencia. 4. La Literatura es el puente entre la realidad y el deseo, lo digo con absoluta complacencia de Cernuda. Realidad en tanto a la materialidad inmanente a la que estamos sujetos dentro de nuestra soledad cotidiana, y deseo en cuanto a nuestras proyecciones anheladas. Generamos con literatura puentes entre los social (mediante el lenguaje) y lo narrativo, reconstruyendo el significado mediante lo vivencial. Literatura considerada como una posibilidad cognoscitiva: tanto de la Historia, como del presente y también como una posibilidad de proyectar un futuro fuera de los cánones impuestos por la política actual. Por un lado transformar el pasado no sólo desde la estética, sino atravesándola con del poder de su resistencia. La resistencia de una estética frente al poder mismo, no de uno poder, carente de un ejercicio real de transformación de las estructuras históricas. Porque Literatura es Arte, y el Arte es acción liberadora. página no. 34 LAS RAYAS DEL AGUIJÓN

5. El exilio son todos los caminos que recorrió el mítico legionario del manuscrito de Cartaphilus. Y es también un sendero que el propio hombre 10 construye con su deconstrucción, de lo que se despoja es la materia prima que utiliza para cimbrar sus vías de huída. Es una situación límite, diría Jaspers. Momentos de los que no podemos huir, ni salir ni alterar. Una génesis filosófica del desierto. Y por si fuera poco, ese exilio, acerca al ser humano a su propia condición poética puesto que, como bien afirma Zambrano, existen dos representaciones del pensamiento que a pesar de que históricamente han sido separadas, en virtud de cientifizar el conocimiento y tienen un origen común. Empero en este transcurso histórico una de ellas cobró preponderancia y soslayó “[…] en los arrabales, arisca y desgarrada diciendo a voz en grito todas las verdades inconvenientes; terriblemente indiscreta y en rebeldía”.11 Se afirma que tienen un origen común la filosofía y la poesía, el asombro ante la totalidad del mundo y su admiración. Sin embargo el curso que cada una de ellas tomó caminos divergentes. Y remata la filósofa malagueña “[…] en la poesía encontramos directamente al hombre concreto, individual. En la filosofía al hombre en su historia universal, en su querer ser. La poesía es encuentro, […] la filosofía [búsqueda]”.12 6. Droctulft, una inglesa perdida en la barbarie de la pampa y el exiliado comparten, en cierta medida un destino similar. Los tres renunciaron a los suyos. El primero por convicción, la segunda por embelesamiento y el tercero por necesidad. Es cierto también que las condiciones de la, digamos como un camelo, partida (huída, también podríamos decir) son muy diferentes pero lo que salta a la vista es una transmutación identitaria en esta inusitada triada. El anverso y el reverso de esta moneda son, para Dios, iguales. Dejan de ser quienes eran para transformarse en un algo-alguien que dentro de sus parámetros era imposible. No son los beduinos ni 9

Esta votación se hacía al pie de la colina en la que se ubicaba el Cerámico, el barrio del gremio alfarero de Atenas. Al pie de dicha colina se arrojaban los productos de alfarería defectuosos, rompiéndose en trozos cóncavos que recordaban la forma cóncava e irregular de una concha de ostra (ostracon).

10

Cfr. Karl Jaspers. La Filosofía desde el punto de vista de la existencia. Trad. José Gaos, FCE, México, 2003, pp. 19-21.

11

María Zambrano. Filosofía y Poesía. México, FCE, 2006, p. 14.

12

Ibíd., p. 13.


bereberes que conocen el desierto, son la Legión Extranjera, son los Deutsches Afrika Korps de Rommel que yacen en el Alamein. Mueren y se enquistan en su propia soledad, son los gulag de Stalin. ¿Qué sucede con el exiliado a su vuelta –si es que esta alguna vez sucede-? Nada. El hombre no puede volver a su pasado, puesto como dice O’Gorman: la historia no tiene efectos retroactivos. El exiliado se ha vuelto nadie, ha nadeado en su condición más íntima. “El tiempo no rehace lo que perdemos; la eternidad lo guarda para la gloria y también para el fuego” dice el eterno Borges. El exiliado nunca vuelve ni a su tierra, ni a sí mismo. El exilio es un aleph incompleto, puesto que ahí se contiene todo el universo, pero no se le puede ver.


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Las Rayas del Aguijón #0 octubre.  

Número 0 de Las Rayas del Aguijón suplemento mensual de El Aguijón Medios.

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