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Psicología, arte y cultura. Un puente hacia la luz

sando en la muerte y el cementerio, seguro que lo asustaba que los perros… ¡Cómo no me había dado cuenta antes! Empuñé la pala con más fuerza y seguí cavando. Cuando terminé de hacer el pozo, advertí que el partido de fútbol había terminado. Todo era silencio. No, no todo era silencio: llegaba, tímido, desde adentro, el llanto de mi hermano recién nacido. Era una nena, lo supe cuando entré a la casa. Lo veo a usted pálido, amigo. ¿Acaso no sabía que las mujeres tenían familia en las casas? Nosotros nacimos los tres acá: yo, el Jose y mi hermanita. Al otro día —bueno no sé si fue precisamente al otro día, pero sí durante aquella semana, seguro—, cayó el dueño del vivero a encargarle a papá un trabajo. Una changa. No recuerdo qué era lo que tenía que arreglarle en la casa, lo que sí recuerdo bien es que pagó con un manzano. Ese manzano, que era apenas una vara flaca y desgarbada y no dio frutos hasta muchos años después. Yo planté el manzano, ¿sabe? Lo planté justo encima de la placenta de mi hermanita. Una buena forma de protegerla de los perros. ¡Como si supiera! ¿Cómo iba a saberlo? Mi hermanita crecía. Ya hacía algunas gracias. Conocía mi voz y la de papá. A mí me estiraba los bracitos. Disculpemé. Aunque hayan pasado tantos años, no puedo hablar de ella sin que se me atraganten las palabras. Fue un día de otoño, con los primeros fríos. El Jose y yo volvimos de la escuela y nos encontramos con que no había ni un plato de sopa. Por primera vez, mi mamá no había hecho la comida. Estaba en la pieza, con la beba. A mi hermanita le había subido tanto la fiebre, que ni el doctor supo cómo bajársela. Mamá, desesperada, no paraba de decir que la beba no quería saber nada con la

teta. Y la chiquita no paraba de llorar; lloraba y vomitaba. En un par de días, se murió. La pusieron en un ataúd chichito, blanco. Después, cuando se la llevaron al cementerio, todo cambió en la casa. No hubo más risas ni nada. Mamá le contaba a todo el mundo, con lujo de detalles, lo de la enfermedad y la muerte de mi hermanita. No pasábamos un solo día sin ir a visitarla: la tumba más limpia y florida del cementerio. Mamá se quedaba horas sacando la gramínea de la tierra, de raíz la sacaba. Nosotros, el Jose y yo, la mirábamos, sentados en otra tumba. Pero no fue siempre así. Un día mamá pareció olvidarse del cementerio. Nosotros volvimos alguna que otra vez con la tía: todo se había llenado de yuyos, y de las flores quedaban los cadáveres caídos y pegados a los floreros como queriendo soltarse del metal para enterrarse en esa maraña de pasto amarillento. Poco después, mamá se encerró en su pieza para no salir nunca más. Ocho años estuvo así, sin hablar con nadie. Me acuerdo que no me atrevía a mirarla, sus ojos daban miedo. Fue entonces cuando floreció el manzano y dio frutos rojos y brillantes. Pocas manzanas, pero perfectamente redondeadas. —Deliciosas —dijo mi tía Rita. Y contó las puntas con el dedo, para que el Jose y yo aprendiéramos. No, no. Ya no da frutos, no. Desde que mamá murió, no da más frutos. Pero cuando los daba, eran para ella. Enseguida nos dimos cuenta de que debían ser para ella. Y nadie más las probó. Había que reservarlas para mamá. ¡Cómo olvidarlo! Si cada bocado de una de esas manzanas la hacía sonreír. Y volvía a ser, por un ratito, mi querida mamá.

Cebada, Arroz, Maíz, Trigo Calle 14 No 5-120 Tel. 8716841 / Cel 316.4106820 Email.cerealcordoba@outlook.com Neiva - Huila

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Agorasalom 28  

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