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Psicología, arte y cultura. Un puente hacia la luz

para hacer la guerra a los vecinos; era un Yahvé elevado a la categoría de Universal, llamado Único; de un material tan fuerte, que servía para extender más que un reino, un imperio. Los hispanos trajeron el medioevo, impregnado por un Dios abstracto que estaba en todas partes. De todas maneras, fundar una ciudad es sembrar en un territorio la naturaleza humana en todas sus expresiones con cualidades y defectos, con los más complejos sentimientos, pero también capaz de los más nobles y generosos sacrificios. Así, la ciudad de Neiva quedó sembrada, como un trasplante de civilización, con instituciones y hasta imágenes, sin esperar que la evolución espontánea forjara su cultura como en otras latitudes. No es procedente señalar que solo el oro fue la motivación española. El dorado era la luz que atraía; pero llegaron los soldados que se volvieron vaqueros y cultivadores; los criadores de gallinas y cerdos; amansadores de bestias; sastres, comerciantes, navegantes de chalupas, que también seducían a la hembra indígena; sacerdotes castos; y hasta damas españolas llenas de garbo, añorando el linaje, llegaban para llenar de semilla humana esta región; no tardaron en aparecer mujeres alegres y asaltantes de caminos. El crecimiento de la ciudad fue lento por siglos, basado en el elemento propio que dejaron en los primeros años sus fundadores. No hubo de absorber la gran inmigración como les ocurrió a las fundaciones del sur y el norte del continente. Esto explica en parte la lentitud en el desarrollo. La materia prima de la economía es el elemento humano. Por muchas décadas, fue escaso, se puede decir, hasta mediados del siglo XX. El protagonismo de la villa durante muchos años, en el Nuevo Reino, fue observar el trasegar entre Perú y el altiplano de Santa Fe, de capitanes, algún oidor o gobernador, encomenderos, recaudadores de impuestos; más tarde de militares, libertadores y revolucionarios. Con tardes somnolientas y noches largas, acompañadas por el licor de los sacatines que prosperaron rápidamente. Con el Río Magdalena llegaban y se esfumaban las ilusiones de una existencia que se parecía todos los días. Pasaron los siglos; solo en la mitad del siglo pasado se atrevió a traspasar los límites de las dos quebradas, Las Ceibas y Rioloro y las lomas del Altico. Desafortunadamente, la ciudad se hizo ciudad de verdad con las noticias de matanzas, violencia y exiliados del venenoso enfrentamiento entre políticos. El actor social es y será el sujeto, el individuo. De ahí que hayan fracasado las doctrinas que pretendieron colectivizar la historia. En una ciudad hay

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obreros y empresarios, no proletariado en guerra con la burguesía. Hay un espíritu colectivo, pero siempre estará acaballado en los hombros de la subjetividad. Si no fuera así, no habría necesidad de educar las nuevas generaciones de transmitir los valores, que dan fortaleza a la sociedad y dan fe y seguridad en el camino de la existencia de cada sujeto. Así como se da un ego particular, hay un ego colectivo; existe materia para la percepción individual, y otra forma de realidad para la percepción colectiva. La más dramática realidad colectiva es el valor y las leyes del mercado. Señalan la diferencia entre la comodidad y la pesada pobreza. Toda ciudad de alguna manera exalta y multiplica increíblemente el material colectivo de la riqueza y la pobreza; pero al mismo tiempo, como contrapartida, estimula la sabiduría, exalta la belleza, promueve las formas estéticas en la literatura y el arte, para la expansión amable del espíritu. Hoy no hay encomenderos; el clero no excomulga, pero sí existe el gremio político que relega lo que no le sirve. Unos intermediarios del poder, como fueron los primeros, que cobran por anticipado sus servicios, y reparten las bondades del Estado a su arbitrio. La población no tiene claro qué es un servidor público y el bien común. Neiva es una ciudad que no se halla a sí misma. No encuentra la forma de sentirse dueña de su destino. Después de cuatro siglos, está llena de dudas en materia de moral, empleo, crecimiento, administración y el correcto ejercicio de la democracia. El Estado sigue siendo el gran empleador y administrador de los recursos. Pero el pueblo no cree en sus gobernantes; solo se ve obligado a someterse a la voluntad de los políticos; sin otra opción. Su juventud, incrédula y con una formación dispersa, está capturada por el mensaje de texto y la información fraccionada del ordenador sin un sistema, carente de un cosmos coherente, que le dé fortaleza intelectual y moral para afrontar el nuevo mundo globalizado que le cae encima. Así, se dan tendencias que surgen de su inseguridad, en la duda cultural. El escepticismo sobre el valor del hombre, en un mundo dominado por la tecnología, produce la paradoja del renacimiento religioso, de los ritos, hasta de las supersticiones; es la necesidad de creer y sosegar las almas. Como si una segunda edad media llegara para buscar deidades e íconos para adorar, la ciudad de El Rey Chico que creció por sus propios recursos genéticos, irreverente, está siendo invadida por la aldea universal, con sus ídolos y valores virtuales y efímeros. Termina pareciéndose demasiado a las demás ciudades del mundo.

Agorasalom 28  

Revista cultural

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