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Psicología, arte y cultura. Un puente hacia la luz

Neiva: Cuatro Siglos Álvaro Carrera Carrera

S

i hay un libro que rinde homenaje a la mitología, sea cual sea su origen racial o regional, es La Ciudad Antigua (Fustel de Caulanges). Si hay una virtud primera del buen historiador, hay que señalar su capacidad de trasportar el pasado al presente con todas sus condiciones espirituales, sin la contaminación ideológica, ni los prejuicios de su propia vivencia. No por tratarse de Roma o Atenas, la Iliada y la Odisea dejan de ser el dibujo épico de la naturaleza tribal de las primeras manifestaciones de la cultura en las sociedades primitivas para todas las latitudes. Incluyendo las de estas comarcas rivereñas del Alto Magdalena. Eneas, para fundar Roma, peregrinó desde el Asia cargando con dioses, antepasados, fórmulas mágicas e himnos; los ácratas pijaos que venían del Caribe arrinconaron en las cordilleras otras naciones; o mejor, tribus: moscas, musos, etc., transportando a cuestas sus creencias, ritos, costumbres y ley, absolutamente entrelazados con sus dioses y chamanes. Hablamos de la tribu, la familia, la más original forma de identidad de la persona humana. Fórmula casi mágica para el ego primitivo, para la cual el territorio era apenas como un elemento subsidiario de autoestima. El sujeto, antes que natural de una región, era súbdito de una familia. No fue el caso de los españoles que llegaron a América. Siglos de evolución y saltos históricos en la confluencia euroasiática les habían enseñado que un hombre también puede pertenecer a un imperio, a un reino, a un territorio, así haya que conquistarlo. La conquista de América fue el oleaje de la dispersión del imperio de Roma, desaparecido, pero que dejó su luz cruzando los siglos; y de los Estados modernos en gestación, que buscaron estos confines. Así llegaron unos hombres con otro cosmos en su imaginación, para encontrarse, sin poder entenderla, con el alma de sus antepasados como los narró la Iliada, la Odisea y La Ciudad Antigua, pero en las carnes de unos sujetos menudos, color cobrizo, de espíritu libre e indómito, sin el malestar de la cultura, que tampoco podían entender la invasión blanca y su frenesí de riqueza ni aceptar

esos seres diabólicos que derramaban su sangre con sólo tocarlos con el filo de una lata embrujada. Un hombre, hijo de una Marquesa española, radicada donde escaseaban las damas de tal origen ambicioso, irrespetuoso e imprudente, llamado EL REY CHICO, aunque bautizado como Diego de Ospina y Medinilla, habría de culminar el trabajo frustrado de Juan de Cabrera y Juan de Alonso de fundar un fuerte o ciudad en este Valle de Neyba, o de Las Culebras en lenguaje quechua. Hubo de culminar la pacificación de la ruta para la comunicación entre Hotel Neiva Plaza. Poliptico. Fotografía. Martín Quito y Santa- Borrero fé del Nuevo Reino. El Rey Chico, quien posiblemente poseía un extraño acento que reforzaba la ese en sus vocablos, creció contagiado con el brillo del oro en su natal resguardo de Remedios; era natal de las nuevas tierras con las que se acrecentó el Real Patrimonio, fruto del esfuerzo de Jorge Robledo, conquistador que llegó de Cartagena y Cartago, pero perdió el pulso y la vida ante su rival, Belalcázar, quien era servidor del sub reinado de Pizarro en el Perú. Es cierto, los españoles también trasplantaron un Dios; pero uno que transgredía las reglas de cualquier tribu, incluyendo las primitivas del viejo mundo y de los semitas del medio oriente. Ya no era el Demiurgo halagado con holocaustos

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Agorasalom 28  

Revista cultural

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