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Sumario (4)

Alfonso Cortés

(5)

[ SOCIOLOGIA ]

Presentación Editorial

(46)

Joaquín Bueno

José Luis Corral

(48)

[ LITERATURA • CRITICA LITERARIA ]

(12)

(25)

Las academias literarias aragonesas

[ ACTUALIDAD ]

(56) (59)

Una aproximación a la poesía española de los últimos veinticinco años

(62)

(105)

puente entre culturas

[ HISTORIA ]

La educación en Ejea entre la II República y la Guerra Civil

Ana Alcolea Delia Sagaste Juanjo Delgado José Ramos Daniel Nesquens Juan Herranz Fernando Sierra

(106) (108)

en Francia

(82)

Mariano Gracia [ FILOSOFIA ]

(40)

La necedad del preguntar Ma. Eugenia Señas

(42)

El curso de las preguntas Beatriz Ciria

(43)

Divagaciones sobre la libertad J.M. Lahoz

(87)

cuerpo y yo Daniel Nesquens

Vidas robadas

Encuentro con María Pilar Martínez Barca

Manuel Hernández Martínez

(110)

• Dibujos animados Isabel Gimeno • Noticias

sobre Casandra Juan Herranz

Firmas invitadas Emilio Gastón Raúl Herrero Herrero

durante la Segunda Guerra Mundial

• Mi

El corazón en vilo

[ POESÍA ]

Republicanos españoles

• Susana

Manuel Hernández Martínez

José Antonio Remón

(36)

Poemas soñados para Palestina Vicente Hernando Ballano

[ CRE AC ION • L IT E RAR IA ]

Patxi Abadía

(32)

(103)

La física

[ NARRATIVA ]

Siempre quedará París María José Bermúdez

cumple 25 años

Miguel Carreras Ezquerra

Treinta y cinco veces dos

(102)

La Escuela Municipal de Teatro

Alicia Rabadán de la Puente

J.A. Labordeta

Javier Barreiro

(29)

(50)

Jesús Claver

Ma. Pilar Martínez Barca

Teresa Casado Eva Bajén [ RESEÑAS ]

Ramón Acín

Manuel Altolaguirre o el verso inefable

Leer para vivir de niño y de joven

La educación en España

¿Cómo estamos y adónde vamos?

Jesús Duce García

(99)

[ EDUCACION ]

La novela histórica

El éxito editorial de hoy

del siglo XVII

(19)

Mujer y publicidad educativa

El maletín de los relatos José Ramos

E. López Quintana

[ E N S AY O ]

(8)

(96)

Joaquín Bueno

[ F IR MA • I NVITA D A ]

(6)

El rincón del neurótico

[ INVITACIÓN • A • LA • LECTURA ]

Otros poetas J. Sánchez Valles Alicia Silvestre J.A. Conde Jesús Claver Fernando Burbano Rafael Fernández Lorente Luis Fernández Llorente Pilar Manrique Sagrario Manrique Almudena Vidorreta Susana Hernández

[ L I T E R AT U R A • INFA N T I L ] [ NARRATIVA ] [ POESIA ]

(111)

Premios concurso

[ L I T E R AT U R A • JUVENIL ] [ NARRATIVA ]

(116)

Premios concurso [ POESIA ]

(117)

Premios concurso Otro Romance


Amigo Abril 2006 Edita: Centro de Profesores y Recursos de Ejea Plaza Goya s/n 50600 Ejea (Zaragoza) Teléfono 976677160 Fax: 976677161 Correo electrónico: cprejea@educa.aragon.es Página web: www.cprejea.com Consejo de redacción: • Mª Carmen Arcéiz Asesora del Centro de Profesores • Patxi Abadía Profesor de Secundaria • Eva Bajén Profesora Dpto. Lengua IES Cinco Villas • Ma. José Bermúdez Profesora Dpto. Lengua IES Reyes Católicos • Joaquín Bueno Profesor de Secundaria • Asunción Gil Bibliotecaria de Ejea • José Antonio Conde Poeta • Juan Herranz Escritor • Alfonso Cortés Director del Centro de Profesores Ilustración: Marta Soria y sus alumnos: Inés Ansodi Luis Bellido Cristina Cativiela Sandra Laborda Alberto Pérez Irene Terrón Otros: Chema Agustín Cruz Navarro Víctor Mógica Gabriel Bueno y Lorenz Paula Ibiricu Enrique Navarro Mariano Esquillor Portada: José Ramón Alastuey Diseño gráfico y maquetación: Carolina Berga Chini Imprime: Imprenta La Moderna Depósito Legal: Z-1641-2006 ISSN: 1699-3039 El CPR ni se hace responsable ni c o m p a r te necesariamente las opiniones expresadas por los autores en los diversos artículos.

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Ágora

lector:

U

n curso más, y ya van cuatro, ÁGORA sale a la calle mostrando un trabajo colectivo perfectamente coordinado por su Consejo de Redacción que tiene muy claro el objetivo de colaborar en la dinamización cultural y literaria de las Comarcas de Cinco Villas y Ribera Alta del Ebro. Todo esto sin olvidar la vertiente educativa para que esta revista también sirva como instrumento de animación a la escritura y a la lectura en los colegios e institutos. Felicidades para el Consejo de Redacción porque nos ha regalado un trabajo bien hecho y, además, en silencio. Muchas gracias, en nombre del propio Consejo, a todos los colaboradores que han ayudado a hacer realidad ÁGORA-4, sin olvidar a «la cantera de grandes escritores» que han participado en los concursos de narrativa y poesía infantil y juvenil. Pero para poder editar ÁGORA y distribuir gratuitamente 1.000 ejemplares, hemos de reconocer también la imprescindible colaboración económica del Departamento de Educación, Cultura y Deporte a través del Centro de Profesores de Ejea, los Departamentos de Lengua de los Institutos «Reyes Católicos» y «Cinco Villas» de Ejea, la Comarca de las Cinco Villas, el Ayuntamiento de Ejea, el Centro de Estudios de las Cinco Villas y Caja Inmaculada. Tras Antonio Fernández Molina y Ramón Acín, la pluma invitada en esta edición es la del profesor universitario y escritor José Luis Corral, a quien también queremos mostrar nuestra gratitud y agradecimiento por participar desinteresadamente, como todos y todas, en nuestra revista. La valiosísima participación de escritores como Corral acompaña a la de todos los participantes aportando calidad y prestigio a nuestra publicación. Nos dicen que ÁGORA, poco a poco, va ocupando un lugar relevante en la cultura y las letras aragonesas. La publicación sigue abierta a toda la ciudadanía, asociaciones culturales, instituciones locales, bibliotecas, centros educativos…para que el proyecto siga creciendo como hasta ahora. Entre todos estamos construyendo un proyecto cultural colectivo, democrático y plural. Os animo a todos a trabajar ya en el próximo número. El Centro de Profesores, dentro de sus objetivos de dinamización sociocultural en el medio rural, procurará seguir colaborando. Hasta el año que viene.

Alfonso Cortés Alegre Director del Centro de Profesores de Ejea


EDITORIAL

L

a publicación en 1859 de El origen de las especies introdujo un imprescindible punto de inflexión en la comprensión de nuestros orígenes. Frente a las creencias vigentes en esos momentos de la historia, las investigaciones del ilustre antropólogo Charles Darwin nos mostraron que cada eslabón en la evolución de la vida preludia en su estructura un estadio evolutivo superior y, a su vez, el anhelo de una posibilidad vital más compleja, más completa y al mismo tiempo más imprecisa por lo desconocida. Con Darwin nos percatamos de que somos unos primates evolucionados que poseemos la aptitud del lenguaje, la aptitud de utilizar palabras como vehículo de desarrollo y de comunicación y de que con las palabras creamos, describimos y proyectamos nuestras grandezas y nuestras miserias. Así están las cosas para el observador imparcial que no filtra la información en el tamiz de los prejuicios ni en el de los dogmas... Ahora bien, el ordenamiento estructural de esta selva social en la que deambulamos en busca de la vida restringe con frecuencia nuestro campo de visión, limita nuestro ámbito de conciencia/conocimiento de las cosas y nos obliga a pensar y a sentir solo aquello que de forma social podemos pensar y sentir; porque en esta selva virtual no todo es lo que parece y tras la bondad, la belleza y la grandeza de las palabras con las que nos alimentamos, encontramos con cierta frecuencia el encubrimiento edulcorado de la fealdad y de la miseria o incluso, en algunas ocasiones, claros procesos de involución cultural. Desde nuestro primer número hemos intentado puntualizar que el ámbito discursivo de esta revista es otro. En nuestra Redacción subyace el acuerdo tácito de que sólo desde el sosiego reflexivo se perfilan con propiedad los conceptos, de que las palabras son las ventanas con las que accedemos al espectáculo de la vida desde nuestro castillo interior, y no entendemos por qué éstas han de estar cerradas o inservibles, cuando no tapiadas con los ladrillos de algunos intereses inconfesables. Aquí hablamos desde «el nosotros» y no sólo desde «el tú» y desde «el yo» y no hay más trampas que las que nuestra ignorancia pueda generarnos. Ágora reivindica la utopía del lenguaje como vehículo de comunicación desinteresado y altruista y, por eso, el edificio conceptual que aquí se construye es por definición plural y ecléctico, como lo son las diferentes manifestaciones de la vida, o como lo es en su conjunto la cultura. La utopía de Ágora ni es producto de una anómala digestión cultural o intelectual ni es un anacronismo decimonónico, es más bien fruto de una racionalización consciente en la que se pretende integrar de una manera armónica y equilibrada la tendencia disgregadora de tanatos con el movimiento integrador y productivo de eros, la tendencia creativa de la vida. Ágora pretende combinar la percepción vital no sesgada del niño con la contención intencionada del diplomático en un viaje por territorio de nadie. A veces es extraordinariamente difícil conciliar tendencias tan opuestas; es más fácil dejase arrastrar por la emoción y desechar y eliminar aquellos elementos que perturban la comodidad de nuestra existencia. De ahí nuestro singular punto de vista de renuncia de lo particular exclusivista, de nuestra contención emocional y expresiva, de nuestro esfuerzo de superación de las hirientes e inoperantes aristas. Tenemos tanto que decir en tantos campos que nos son afines y productivos que no queremos ser los protagonistas de una batalla que concluya con una victoria pírrica que sumar a las ya existentes en la historia...

Ágora

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José Luis

Corral La novela histórica como aventura personal

N

o cabe duda de que a comienzos del siglo XXI la narrativa histórica se ha convertido en un fenómeno literario muy atractivo. En los últimos años han aparecido autores que han hecho de la novela histórica su principal dedicación literaria y el éxito de público y de ventas de la narrativa histórica es tal que incluso «f i g uras consagradas» de la literatura han hecho incursiones en este campo, y no han faltado editoriales que han creado sus propias colecciones con el sello de «novela histórica». La novela histórica supone una invitación a visitar la historia, a repensarla, incluso a vivirla, pero nunca a reescribirla. El historiador no ha tenido otro remedio que escribir historia con documentos, y esos documentos no pocas veces son de carácter literario. Por eso, está claro que si se puede hacer historia con textos literarios, no es menos legítimo hacer literatura con la historia. Desde que existe la escritura, el hombre la ha utilizado para contar las grandes hazañas, unas veces recreándolas de forma diferente a como acontecieron y otras inventando episodios que jamás existieron, como ocurre con grandes obras épicas como la Ilíada o el Poema del Cid. Al fin y al cabo, novelar la historia no es nada nuevo, pues el hombre quizá no pueda cambiar su historia, pero sí puede imaginarla de forma diferente. Porque novelar la historia no significa necesariamente alterarla.

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Ágora

En la recreación del pasado algunos autores tienen un afán desmesurado por crear la ilusión de autenticidad y de veracidad en cada uno de los párrafos que narran; tratan de transmitir la imagen de que historia y ficción literaria coinciden por completo; otros novelan la historia creando un relato ficticio que introducen en un determinado ambiente histórico. Se trata de dos formas distintas de llevar al lector al pasado, bien mediante la fantasía, en cuyo caso los rígidos esquemas cronológicos no son nada importantes e incluso suelen romperse a menudo, bien mediante la reconstrucción exacta y precisa a través de textos históricos y de la arqueología. Y entre ambas formas cabe un amplio elenco de variaciones, pues es frecuente encontrar novelas muy fidedignas al pasado pero en las que se introduce, sin que se altere el tiempo y el espacio históricos, un amplio margen para la imaginación. Y es aquí donde la verosimilitud juega un papel decisivo y justifica su presencia en la definición de novela histórica. Novelar la historia supone además plantear una determinada visión de un preciso tiempo histórico. En algunos casos, el estereotipo ha sido utilizado de modo un tanto forzado; así, la época romana suele presentarse trufada de personajes crueles y sin escrúpulos, el Islam medieval como un periodo de sensualidad desbordante y de sutilezas

sin cuento, la Edad Media en occidente rodeada de un halo de misterio, brujería y superstición, el Renacimiento como un tiempo brillante y violento a la vez, la Edad Moderna como decadente y fría, el siglo XVIII ampuloso y excesivo, el XIX lánguido y especulativo y el XX reflexivo y voraz en los cambios. Superados los grandes tópicos, que la novela histórica es una invitación a la historia, que refleja la espiritualidad y contagia la nostalgia de otras épocas y que ofrece valores y sentimientos universales, todavía queda por rebasar algunos errores, que se falsea la realidad, que no se tienen en cuenta los cambios en la naturaleza humana, que los sentimientos son eternos pero no son miméticos, que se confunde ilusión con realidad, que se manejan fuentes diversas con criterios parejos... Pero pese a esas carencias, parece que andamos por un buen camino. Escribir una novela histórica es sobre todo crear e imaginar, pero no hay por qué renunciar a historiar, pues al fin y al cabo la novela histórica es también un ejercicio intelectual. Una buena novela histórica debe conseguir un perfecto equilibrio entre fondo y forma. Es decir, la historia debe aparecer como telón del decorado sobre el cual se desarrolla un drama inventado, o no. Y es que toda novela situada en los límites de la historia y la literatura puede narrar y explicar los


acontecimientos con una viveza, una emoción y una inmediatez que suele ser ajenos al ensayo histórico. P e ro no hay que olvidar que la novela, como obra literaria, debe apoyar la narración en una técnica narrativa que sea capaz de generar además propuestas estéticas. También es factible lograr una buena novela histórica mediante la pura descripción de los hechos históricos, pero si se introducen buenos recursos de ficción, la obra literaria ganará mucho en calidad, más todavía si a la exactitud histórica y la verosimilitud acompaña la belleza narrativa, una buena estructura literaria y un preciso ritmo, además de todo aquello que se le supone a cualquier buen escritor (oficio, conceptos y léxico). El escritor de novela histórica tiene varias formas de construir su obra. Puede hacerlo reconstruyendo toda una época a partir de la trayectoria vital de un personaje, como hizo Robert Graves con la primera media centuria del imperio Romano en Yo Claudio, o bien inventar una trama policíaca en medio de los debates teológicos y las disputas heréticas de principios del sigo XIV para colocar en un tiempo concreto, como Umberto Eco con El nombre de la Rosa con la excusa de una trama policíaca, o biografiar a un gran personaje como hizo Nayib Mahfuz con Akhenaton, o incluso aprovechar el movimiento de los «Asesinos» del Viejo de la Montaña a fines del siglo

XI para justificar los deseos de independencia y de recuperación de su identidad nacional de la Eslovenia del siglo XX, como hizo Vladimir Bartol en A l a m u t, o inventar un mundo medieval imaginario como el que presenta Múgica Laínez en El unicornio. Escribir una novela histórica precisa que el autor tenga presente el calendario y que ubique los hechos en su tiempo preciso, porque suele ocurrir que el anacronismo produce en el lector un cierto desencantamiento. El corsé que la cronología impone al novelista es algo más flojo en lo que se refiere a la actuación de los personajes. Una novela histórica puede construirse sólo con personajes históricos, como en El amuleto de bronce de José Luis Corral, sólo con personajes ficticios, como Los pilares de la tierra de Ken Follet o mezclando ambos como en Espartaco de Arthur Koestler. La novela histórica debe ser un compromiso intelectual. Eso significa huir de la instrumentalización de la literatura para usarla con fines políticos espurios. Por otra parte, ese mismo compro m i s o implica la necesidad de alejarse de la tentación de «hacer novelas» que sólo fomenten la evasión y la huida del presente, intentando transmitir la idea de que cualquier otro tiempo pasado fue mejor. Por fin, la novela histórica ha de basarse en una sólida formación, precisa de un extremo cuidado en la

verosimilitud de los hechos narrados y conviene que evite los anacronismos, pero a la vez ha de ser la obra de un creador literario, con capacidad para conducir al lector a la emoción a través de la historia y s u m e rgirlo en un ambiente de re a l idad recreada. Claro que pese a todo (críticos, autores, editores, modas y listas de ventas aparte), lo único que importa es la relación entre el escritor y su capacidad para transmitir emociones, sentimientos y pasiones; y es ahí donde el lector tiene la última palabra. En contra de lo que opinaba una inmensa mayoría de historiadores hace unos años, historia y narrativa no tienen por qué ser excluyentes la una de la otra. A principios del siglo XXI el historiador que no sabe transmitir con eficacia sus investigaciones o lo hace ignorando a los destinatarios de las mismas está incurriendo en un grave error y contribuyendo a que la historia siga anclada en el pasado más rancio. Por el contrario, el historiador que sepa llevar a todo el mundo el fruto de su trabajo estará justificando el valor de esa tarea. Y en este mismo sentido, la buena narrativa histórica es un inst rumento intelectual importantísimo, pues ayuda a conocer el pasado, enseña lo que la humanidad ha sido y contribuye a entender el presente, y por ello a mejorar el futuro; y si además hace pensar, divierte y entretiene, su función está más que justificada. Porque un pueblo sin historia es como un hombre sin memoria: está condenado al olvido, y lo que es peor, a ser olvidado.

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En la Redacción de Ágora hacemos nuestras las palabras y el pensamiento de Unamuno: «Tengamos primero que decir algo jugoso, fuerte, hondo y universalmente humano, y luego, del fondo, brotará la forma»

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Todo tiene un qué, un dónde, un cuándo, un cómo y un por qué... La literatura nos abre puertas y ventanas desde las que se pasea nuestra imaginación a la búsqueda de respuestas a estos interrogantes y desde las que vemos desfilar mundos actuales, pretéritos o imposibles. Desde el balcón privilegiado de la crítica literaria nos asomamos a los entresijos de la historia, asistimos a las tertulias y reuniones de ilustres antepasados, nos abismamos en exquisitas experiencias sensitivas o intelectuales, vislumbramos la pobreza intelectual y moral de una época o descubrimos la ingente diversidad de percepciones vitales ligadas a la experiencia literaria de las últimas generaciones de poetas españoles...

El éxito editorial de hoy:

la novela histórica Ramón Acín

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n España, durante las últimas décadas, todo lo relativo a la Historia ha experimentado un interés inusitado. Cualquiera de sus formas de manifestación tiene hoy día un tratamiento. sin precedentes que lleva, tras de sí, un buen número de lectores. Sucede que el gran público está accediendo a la Historia mediante la lectura de g é n e ros muy diversos. Suele apuntarse que, en parte, este reciente acceso parece deberse a que se ha olvidado el rigor investigador que caracterizaba a quienes la practicaban –escribir para e s p e c i a l i s t a s– para abrirse a la divulgación. Una divulgación que, además, coincide con el consumo de nuestros días.

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En este cambio trascendental de lo histórico como materia de lectura, la novela histórica, cada vez más presente en la cultura y la narrativa española actual, ha actuado, sin duda, primero como la llave del cambio, y, después, como elemento dinamizador. La falta de consistencia del presente y la insatisfacción siguiente del escritor ante ella tienen bastante que ver en este proceso. Los momentos de caos y conflictividad, de desintegración social o moral producen confusión y posibilitan que abunde el escapismo. Tal vez, la novela histórica española asiente en ello alguno de los pilares de su éxito actual. Pues, aunque no debe obviarse el enorme empuje de las modas impuestas por el mercado,

el pasado más reciente de España está cargado de tirantez. Desde el desencanto de la transición, la conflictividad social tras el desgaste y d e r rumbe de más de una década socialista con su secuelas de c o r rupción, hasta el autoritarismo del gobierno de los populares. La inconsistencia del tiempo actual puede inclinar al escritor a fantasear con incursiones por el pasado, intentando su reconstrucción narrativa. Y, al hacerlo, con la lectura ofertada, puede involucrar al receptor en un viaje especial, bien llenándole de goce al exacerbar una fantasía que le aleje de su realidad; o bien, con el aporte de aspectos culturales e históricos, estimular su capacidad para recrear lo narrado y


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comprender su realidad. La recreación del pasado y la incursión en la Historia como fuente explicativa del presente son, pues, las maneras más utilizadas por el escritor de novelas históricas. La evasión y placer lector en un caso, la parábola explicativa en otro. En suma, las novelas históricas son el mejor medio, hoy día, para una adecuada mixtura de ficción y realidad. Como novelas no responden a una veracidad precisa de lo que se narra, por más que todo o casi todo se centre o re c u e rde a la verosimilitud de un contexto histórico. Participan, pues, del escape que proporciona la ficción y, a su vez, del rigor en cuanto al contexto escénico e histórico de los hechos. O sea que los datos de la Historia conviven con la invención de trama y personajes que le dan vida. Dicho de otro modo: la libertad de la reinterpretación, propia del novelista, se complementa con la documentación y erudición que salpica este subgénero, proveniente del historiador. Sin embargo, la clave vital como subgénero narrativo reside en el aliento que une ambos extremos. También a la citada inconsistencia del presente se debe el hecho –o lo permite– de que los papeles de los profesionales se estén invirtiendo hoy día: el novelista investiga para poder adentrarse en mundos lejanos que darán cuerpo a su novela, en tanto que el investigador necesita de las maneras de la fantasía para ampliar la base de sus lectores. Basta pensar, por ejemplo, en los novelistas Miguel Delibes, José María Merino o Carme Riera,

entregados al afán de la documentación para la construcción de sus respectivas novelas El Hereje, Las visiones de Lucrecia, En el último azul. O en el semiólogo Umberto Eco (El nombre de la Rosa) o, más reciente, en el paleoantropólogo Juan Luis de Arsuaga (Al otro lado de la niebla), entregándose a la ficción. Por ello y porque la novela es el signo de nuestros tiempos, hoy nadie duda de que ésta y sus maneras de contar constituyen el vehículo más adecuado para una comunicación amplia, para la difusión. Es normal que el esquema narrativo haya sido adoptado por gran número de profesionales en la mayoría de las disciplinas a la hora de divulgar sus materias –véanse los ensayos de corte narrativo del filósofo José Antonio Marina o del tecnólogo y sociologo Javier Echevarría, por ejemplo–. Y, también, que el uso de este esquema pueda llevar, a quien lo practica, al salto de la novela histórica, como ya hemos apuntado género en boga y con enorme capacidad divulgadora. Un salto más que posible si, junto a la pericia de escribir, por su profesión, éste se halla o está próximo al «ruido» de los «mass media». O, también, si el tema en cuestión del que trata la novela está de moda y se jalea en los medios de comunicación. En Historia, los resultados hablan. Al lado del creciente número de lectores inclinados por textos de corte histórico y, en conc reto, de novela histórica, las cifras de la industria editorial no mienten –en apenas cinco años se han doblado los títulos editados,

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alcanzando puestos increíbles en el «ranking» de la edición–. Tampoco miente el hecho de que varias novelas y otros libros de historia –por ejemplo, biografias o memorias– se aúpen a las «listas de los más vendidos». O que haya, cada vez más, sellos dedicados en su totalidad al libro de corte histórico. O que otros sellos destinen a éste estimables parcelas de su actividad. O, incluso, que la novela histórica haya accedido, con cierta intensidad, al formato de libro de bolsillo. Se puede afirmar que la novela histórica –leída ya con fru ición desde la segunda mitad del XX, pero en increíble y progresivo aumento hasta llegar al estallido actual– ha sido y es el escenario del encuentro que vive hoy el lector con la Historia. Quizá, sobre todo, porque tales viajes narrativos permiten hablar del presente desde la distancia del pasado. Dejando aparte el debate sobre el «valor histórico» de las novelas, la clave del éxito está en que profesores, ensayistas, periodistas y escritores se han interesado por la Historia, introduciéndose en sus entrañas para colmar al público que demanda este subg é n e ro narrativo. Actualmente, están abiertas totalmente las puertas de la Historia y se ha accedido y se accede a ella al son de la narrativa. El filón es inagotable en el espacio y en el tiempo. Así como la variedad de enfoques que se deriva de ese filón que hunde sus raíces en el pasado. Un filón diverso y variable que, además, coincide con la variedad y pluralidad alentada por el consumo.

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Como mínimo los elementos básicos de este interés pueden estar, tal como se ha comentado, por un lado, en el beneficio que para la disciplina histórica supone el tratamiento narrativo de la Historia, dada su eficaz difusión; y, por otro, en la callada imposición, por parte de la industria editorial, de una moda de lectura, intensa hasta que ésta acabe agotándose. Sin embargo, tampoco hay que olvidar otros aspectos igualmente significativos y, sobre todo, válidos. Citemos algunos. Importante es, sin duda, la capacidad de evasión que la novela histórica contiene para el lector; un lector que vive una realidad circundante que, a veces, le es ingrata. La evasión se halla en el corazón de las novelas históricas y permite soñar con la grandeza de los hechos y personajes de la historia, posibilitando la huida del presente y, tras sumergirse en la lectura, el refugio en tiempos ignotos, balsámicos y gratificantes. Sobre todo, en tiempos de desproblematización y hedonismo como los actuales y totalmente llenos de autosatisfacción. Tampoco hay que obviar la posibilidad de encontrar, en el pasado y en las figuras que, en las novelas históricas, lo encarnan, claves y soluciones al caos y confusión del presente. Pues conociendo el pasado podemos comprender mejor el presente o, incluso, explicarnos los hechos actuales al conocer sucesos del pasado. Ni tampoco debe olvidarse, por supuesto, el hecho de que, en pocas páginas, se concentre una información útil para el lector. Un lector nuevo que, por añadidura, ante la falta de consistencia del presente busca también una visión

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nueva de su historia y de la historia. Esto último en parte, porque, como ya se ha dicho, la realidad que él vive, le es ingrata. Y, en parte, porque lo heredado del pasado, válido durante un buen tranco del siglo XX, se derru m b ó con estruendo en 1975. Sobre todo, porque los vencedores de la guerra civil manipularon y escamotearon el pasado colectivo de España, tras adecuarlo a su ideario. Un pasado que, al llegar la democracia, tuvo que revisarse; es decir, fue necesaria la creación de una imagen nueva acerca de la realidad histórica, social y cultural de nuestra historia que combatiese o que sustituyera a la heredada. Hasta el reciente estallido editorial de la novela histórica en España, la antigüedad del mundo clásico, o sea, Oriente, Grecia y

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Roma, junto al mundo medieval, conformaban el marco privilegiado y los filones narrativos de este subgénero. Filones que se centraban especialmente en momentos de crisis y de conflicto como el final de la Edad Media, dado que así se convertían en metáfora o lección para el presente. En la actualidad, cualquier época del pasado puede ser tratada, llegando, incluso, a narrar hechos en los que todavía existen testigos directos del reciente siglo XX. Sin embargo, esta eclosión de novela histórica no ha nacido de la nada. Detrás de ella hay editoriales, eruditos y autores que han preparado el terreno y han mantenido la llama en momentos de duda. La segunda mitad del siglo XX está punteada con pequeños datos, pero de alta significación.


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Así encontramos la labor de ciertos eruditos como Luis Alberto de Cuenca, Carlos García Gual, Carlos Alvar o, entre otros, por ejemplo, Victoria Cirlot que, durante el último tercio del siglo pasado, mantienen encendida esa llama, desbrozando oscuridades y divulgando leyendas, sagas y ciclos medievales. También apuestas editoriales del tipo de Editora Nacional –ciclo artúrico–, de Labor –colección de Maldoror–, de la exquisita Siruela o de la incansable Edhasa –reina del éxito actual de la novela histórica–, que componen, junto a otras, los sólidos eslabones de una cadena que ha desembocado en la eclosión actual. Y, por supuesto, las obras de Joan Perucho (Libro de caballerías, 1957, reeditada significativamente por Planeta en 1987, momento clave en el reforzamiento de este tipo de novela. Las aventuras del caballero K o s m a s), de A l v a ro Cunqueiro (Merlín y familia, 1957), de Castroviejo... que ejercieron, aunque con mermada fuerza en su época, de genial precedente para a u t o res posteriores como Leopoldo Azancot (Fátima, la esclava, 1979), Carmen Martín Gaite (E l castillo de las tres murallas, 1981), Rafael Sánchez Ferlosio (El testimo nio de Yarfoz, 1986), Antonio Prieto (Secretum, 1986, La desdichada histo ria del caballero Palmaverde) o, entre otros, Femando Fernán Gómez (E l mal amor, 1987) y, especialmente, para la generación aparecida en los 80, quienes tantearon o se dedicaron, tangencial o de lleno, a la novela histórica: Lourdes Ortiz (U r r a c a, 1982), Félix de Azúa (Mansura, 1984), Paloma Díaz Mas (El rapto del Santo Grial, 1984), Luis Mateo Diez (Apócrifo del clavel y la

pluma, 1987), José María Latorre (Osario, 1987, Sangre es el nombre del amor), Juan Eslava Galán (En busca del unicornio, 1987, Premio Planeta, editorial siempre atenta a modas y fórmulas de rendimiento económico; Guadalquivir), José María Merino (Crónicas mestizas, Las visio nes de Lucre c i a, 1996), Albert Salvadó (El maestro de Keops, 1998), Victor Freixanes (El ajuar de la novia)... Es decir, un buen número de novelistas o de profesionales de otras disciplinas pasados a la narrativa, en continuo crecimiento. Un auge espectacular que, además, ha contado últimamente con o t ro apoyo especial: las cinco e n t regas, con miras de futuro por dirigirse a un mundo juvenil, de Las aventuras del Capitán Alatriste (1996), personaje creado por Arturo Pérez Reverte. La novela histórica es hoy, en el 2005, el territorio narrativo más vendido. Los títulos no cesan y sus practicantes aumentan vertiginosamente, procediendo tanto de la novela pura, como del periodismo, la disciplina histórica, etc. La diversidad es lo habitual en temas, personajes, épocas... y, por supuesto, en las técnicas. Hay quienes simplemente re m e d a n ambientes y expresiones de la época narrada; otros trasplantan rasgos actuales al pasado –desde esquema y suspense de lo policiaco, por ejemplo, hasta realidades actuales situadas en atmósferas re m o t a s– y quienes bucean en documentos de la vida, de héro e s o en las ideas de tiempos pasados. Destacan José Luis Corral (El Cid, Trafalgar, Numancia), Matilde Asensi (El último Catón), José Martínez Pons (Don Juan de A u s t r i a), Julia Navarro (La her -

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mandad de la Sábana Santa), Angeles de Irisan (Isabel, la Reina), Magdalena Lasala (A b d e r r a m a n I I), Toti Martínez de Lezea (L a c o m u n e r a), Antoni Dalmau ( Tierra del olvido), Javier Sierra (La cena secre t a), Jorge Molits (El anillo), Jesús Maeso (Al-Gazal, el viajero de los dos orientes), María Pilar Queralt, Alfonso Mateo Sagasta, Calvo Poyato y un granado etcétera al que hay que añadir autores con prestigio ya en el mundo de la narrativa española de las cuatro últimas décadas como Lourdes Ortiz (Urraca, La liberta), José María Merino (Crónicas mestizas), Carme Riera (En el último azul), Rosa Montero (La historia del Rey Transpare n t e), Alfredo Conde (E l Griffon, Azul cobalto), A r t u ro Pére z Reverte (El húsar, El maestro de esgrima, Las aventuras del capitán A l a t r i s t e),Inma Chacón (La prince sa india) . . .

Un órgano de expresión cultural y democrático.

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L I T E R A T U R A • C R I T I C A

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Jesús Duce García (Zaragoza, 1961) es colaborador del Departamento de Filología Española de la Universidad de Zaragoza y miembro del grupo de investigación CLARISEL. Actualmente está redactando su tesis doctoral dedicada al estudio y transcripción del Valerián de Hungría, voluminoso libro de caballerías que no conoció Cervantes. En los últimos años ha publicado diversos trabajos, guías y recensiones sobre literatura caballeresca y sobre el Quijote. Además de la caballeresca y el cervantismo, se ha interesado por la literatura aragonesa medieval y áurea, en especial los vejámenes y academias barrocos. También es escritor de relatos de ficción, muchos de los cuales permanecen inéditos.

Las academias literarias aragonesas

del siglo XVII Jesús Duce García

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n los vericuetos genuinos del Barroco aragonés no debe olvidarse la amplia tradición de cenáculos, reuniones, justas, certámenes y, especialmente, de las llamadas academias literarias que los artistas y escritores aragoneses formalizaron con cierta profusión a lo largo de todo el siglo XVII. Aragón, con Zaragoza al frente, fue una de las zonas con más ejemplos académicos, junto a Sevilla, Madrid y Valencia. Se trataba de grupos y asambleas que pretendían en principio seguir la vieja estela de las academias renacentistas italianas, si bien con propósitos y materiales que ya eran en su mayor parte barrocos. En los inicios del siglo, las academias aragonesas siguieron de cerca sus referentes italianos y se constituyeron como grupos muy organizados, especie de sociedades que

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se apoyaban en estatutos y actas, y en figuras representativas como el presidente, el secretario y el fiscal, o como el promovedor y el portero. En sus sesiones se abordaban normalmente temas de inspiración humanista y cuestiones de filosofía moral, se discutía el significado de algunos emblemas y se aludía de forma constante a los grandes autores clásicos. En definitiva, se buscaba un «apacible ejercicio con que librarse de la ociosidad, fuente de donde se derivan los vicios», según decía Lupercio Leonardo de Argensola en uno de sus discursos académicos. Estas asociaciones se articulaban en torno a un noble que solía ofrecer su casa para las sesiones, o bien se impulsaban por relevantes intelectuales como Juan Francisco Andrés de Uztarroz y Vicencio Juan de Lastanosa.

Sin embargo, a medida que iba avanzando el XVII, los acercamientos a la cultura más selecta y clásica fueron transformándose. Por un lado, las academias recibieron la influencia de las nuevas y geniales propuestas literarias: los modelos poéticos de Góngora y Lope, las creaciones narrativas de Cervantes y Quevedo, y los personajes y tratamientos del teatro áureo. Y por otro, estos círculos fueron cambiando el contenido de sus reuniones, abandonando pro g resivamente los temas serios y éticos, y propiciando certámenes de poesía varia, vejámenes ingeniosos y otras piezas satíricas y burlescas que se convirtieron en los asuntos habituales de dichos conciliábulos. La academia como entidad estructurada, como espacio de poder cultural, fue dando paso a la academia coyuntural, a la


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reunión concreta y oportuna que a menudo tenía carácter deportivo, de entretenimiento, y en la que los poetas y artistas leían sus discursos y poemas en un ambiente jocoso y festivo. Para conocer el fenómeno literario de las academias en Aragón son indispensables, en especial, los trabajos de Ricardo del Arco, José Sánchez, Willard F. King, y, sobre todo, Aurora Egido. Desde esa extraordinaria fuente documental e interpretativa, hay que empezar señalando que los primeros ejemplos de academias en Aragón fueron bastante inciertos. El poeta y académico Lupercio Leonardo de Argensola habla en otro discurso de la que podría ser la primera academia aragonesa, localizada en Monzón, en 1585, cuyos miembros eran todos de la nobleza; pero en realidad parece tratarse de una ocasional tertulia a la que Argensola acudía como oyente y acólito. También en Huesca podría situarse una academia temprana, quizá en 1595, según la fecha que aparece manuscrita en el margen de ciertos documentos del cronista Uztarroz, miembro y promotor de varias academias posteriores. En las primeras décadas del siglo XVII se originan diversas academias perfectamente organizadas, de carácter grave y gusto clasicista, contrarias a la vena satírica y los vejámenes burlescos que ya se estaban practicando y con gran éxito en las tertulias madrileñas y sevillanas. En torno a 1602 debió de existir una academia en

Zaragoza, de nombre desconocido, en la que el mayor de los Argensola leyó los discursos arriba citados, dos largos e interesantes parlamentos que constituyen una completa declaración de principios académicos. Entre el 9 de junio y el 8 de agosto de 1608, se realizó la Academia denominada Pítima contra la ociosidad, en Fréscano, Zaragoza, en la casa veraniega de don Gaspar Galcerán de Castro y Pinós, conde de Guimerá. De la Academia Pítima se conservan los estatutos y abundantes papeles donde se encuentran unas pocas poesías en latín, castellano y catalán, comentarios sobre Vi rgilio y Alciato, disertaciones de jurisprudencia, de anatomía, y algunas composiciones religiosas. También entre el 14 de agosto de 1610 y el 12 de junio de 1611, y quizá más allá, se sabe de un ejemplo académico oscense en virtud de una colección manuscrita titulada Poesías y papeles de la Academia de Huesca, de 1610, con actas correspondientes a las sesiones realizadas, poemas amorosos, desarrollo de emblemas y jeroglíficos, e incluso se menciona una sugerente oración de encarg o que no sabemos si llegó a escribirse: «El Olvidado diga en un discurso qué se hace de don Quijote, si se está aún encantado, si se casó, y lo demás que supiere de su historia». De entre todas las academias de la primera mitad del seiscientos, el caso más notable es la conocida Academia de los Anhelantes de Zaragoza, que pudo extenderse desde 1628 hasta el fallecimiento

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de su gran impulsor, Juan Francisco Andrés de Uztarroz, en 1653. Quizá tuvo su inicio a partir o como consecuencia del Cancionero de 1628, colección de poesías en la que se vislumbran las nuevas tendencias poéticas del Barroco y, especialmente, la huella del genio de Góngora y sus más pre c l a ros seguidores, aspectos que van a ser fundamentales en Uztarroz y sus camaradas Anhelantes. Hay varias obras de la época que aportan noticias o referencias sobre esta importante academia: la Historia de Santo Domingo de Val (Zaragoza, 1634); el Mausoleo que la Academia de los Anhelantes erigió en memoria del doctor Baltasar Andrés de Uztarroz (Lérida, 1636); el Aula de Dios, Cartuja Real de Zaragoza de Miguel de Dicastillo (Zaragoza, 1637); la Segunda parte de la Universidad de Amor de Andrés de Uztarro z (Zaragoza, 1640); certámenes como el Obelisco histórico y honorario (Zaragoza, 1646) y la Palestra numerosa austríaca (Huesca, 1650); el manuscrito Retrato de los Reyes de Aragón de Andrés de Uztarroz; y el Aganipe de los cisnes aragoneses cele brados en el clarín de la fama, también del famoso cronista, publicado t a rdíamente (Amsterdam, 1781; Zaragoza, 1890). Los componentes de esta academia declaraban su admiración por los poetas y cenáculos italianos; seguían también los ecos garcilasistas y tomaban como guía al creador de las Soledades y el P o l i f e m o.Eran artistas proclives a la poesía encomiástica y amorosa, y en sus debates reflexionaban sobre

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historia política o sobre emblemática y poesía. Intelectuales dinámicos y bien relacionados con la nobleza, participaron de forma asidua en justas, obeliscos y panegíricos por todo Aragón. En las Rimas de Juan de Moncayo (Zaragoza, 1652) aparecen unas octavas con el siguiente epígrafe: «En alabanza de la poesía y de los académicos, presidente en una academia que hubo en la casa el marqués de Osera, año 1641», reunión que presidió Moncayo y de la cual ya no se han encontrado más datos. Otra academia parecida debió de llevarse a cabo en Tarazona a cargo del gran poeta Martín Miguel N a v a r ro, según consta en una carta de Uztarroz fechada el 4 de septiembre de 1643, único testimonio de ese grupo. También pudo haber una academia en Zaragoza, alrededor de 1650, a la que pertenecería Manuel Lorenzo de Lizarazu y Berbinzana, autor de Acasos de fortuna y triunfos de amor (Zaragoza, 1654); en dicha obra se dice al respecto que una academia encargó a Lizarazu la redacción de una novela sin la letra «A», cuyo título fue El prínci pe Federico. Por otra parte, las Bibliotecas de Latassa dan noticia de una posible academia en torno al conde de Aranda; sin embargo, a tenor del vejamen que el bibliógrafo está rememorando, se trata a todas luces de una de las piezas que se leyeron en la posterior Academia del conde de Andrade. Todos estos casos de probables academias o tertulias, véanse la

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casa del marqués de Osera, Tarazona, Huesca y Zaragoza, y algunos más que se nos ocultan, podrían aumentar el ya de por sí n u m e roso censo del fenómeno literario que nos ocupa, y ello sin mentar los certámenes y justas que se realizaban en distintas localidades aragonesas, competiciones poéticas que a veces eran derivaciones de algunas academias ocasionales. Aunque no hay datos concretos que indiquen la existencia de una academia entendida como tal en el palacio oscense de Lastanosa, lo cierto es que los diversos intelectuales que acudían a dicho espacio, con la eminente figura de Gracián a la cabeza, seguido del canónigo Salinas, el c ronista Uztarrroz, el impre s o r Larumbe, el propio mecenas Lastanosa, además de otro s muchos artistas, conformaron en los años treinta, cuarenta y cincuenta del siglo XVII un irrepetible elenco de personalidades que fue centro de atracción y difusión de varias artes y oficios. El círculo lastanosino puede entenderse con objetivos similares a las primeras academias, esto es, con planteamientos humanísticos y de erudición clásica; no obstante, los contenidos de sus reuniones y los textos dados a la imprenta bajo el posible auspicio de las mismas, superan con creces los resultados de otras agrupaciones. Para el aclamado prestigio de los jardines oscenses tuvo que ver y mucho la presencia y la obra de un escritor de talla universal como Baltasar

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Gracián, pensador de puro genio y literato de excelentes e inolvidables pasajes. Por otra lado, también fue determinante la relación de Lastanosa con mercaderes y libreros de Huesca, Zaragoza y otras ciudades, o su amistad con diversos nobles, como el conde de Guimerá y la familia de los Bolea, y, en fin, su devoción e intercambio con poetas, artistas y eruditos de toda la geografía hispánica e incluso del extranjero. En esta breve exposición sobre el itinerario de las academias aragonesas, el momento que nos parece clave para la permuta definitiva de un concepto de academia de tono serio y de anchas miras por ot ro más reducido, circunstancial y jocoso, se da hacia la mitad del XVII, hecho que, sin embargo, no va a desmerecer la calidad de los poetas de la nueva generación, aunque debe advertirse que el seguimiento desproporcionado del modelo gongorino provocó en algunos casos formas periclitadas y metáforas re d u ndantes de escaso valor literario. E n t re 1652 y 1654 debió de congregarse en Zaragoza la Academia del conde de Lemos, según las noticias que aportan tre s buenos poetas de aquella época. El p r i m e ro de ellos, Juan de Moncayo, marqués de San Felices, ofrece en sus hermosas Rimas tres largos poemas «en alabanza» de la Academia del conde de Lemos y sus ilustres contertulios, además de otras alusiones a esta academia, de la que Moncayo fue presidente en varias ocasiones. De la misma


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forma, Alberto Díez y Foncalda, en sus Poesías varias (Zaragoza, 1653), presenta una «Introducción» que escribió como presidente de la Academia del conde Lemos, utilizando los recursos literarios propios del vejamen, cuya línea burlesca aparece también en otro s p o emas que son llamados «asunto de la Academia». Por último, Josef N a v a r ro, dentro de sus Poesías varias (Zaragoza, 1654), expone una «Oración» que hizo como presidente del citado grupo, y asimismo un «Vejamen que dio en la Academia del excelentísimo señor conde de Lemos», en el que a través de la ficción de un desfile va caricaturizando a los miembros de la academia, de manera muy parecida a como había hecho años atrás Anastasio Pantaleón de Ribera con sus propios vejámenes, en el seno de las famosas academias de Madrid. Poco después, la Academia del conde de Andrade, hijo del conde de Lemos, en Zaragoza, aglutinó prácticamente a los mismos escritores que la anterior y con

criterios literarios idénticos, lo que se puede juzgar merced a otro vejamen de Navarro donde se hace chanza y mofa de los académicos de esta agrupación. De nuevo, el poeta utiliza el motivo característico de la procesión risible y carnavalesca, aunque esta vez se trata de una especie de retablo que cierto personaje ve proyectado en la faz deformadora de un espejo, aspectos que recuerdan los modelos vejatorios de Pantaleón de Ribera, Cáncer y Velasco y Gabriel del Corral, elogiados y seguidos en muchos puntos por Navarro, y entroncan también, por un lado, con la herencia de Cervantes y su inolvidable retablo del Quijote, y por otro, con el legado del fascinante Quevedo y sus juguetes y caricaturas. Tras las reuniones en torno al conde de Andrade, tan sólo restan dos academias zaragozanas, amén de aquéllas cuyos vestigios se hayan perdido o estén todavía escondidos. Una de ellas es la de Vicente Sánchez o de Esquilache, que comentaremos después, y la

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otra viene a mentarse en el Ramillete poético de las discretas flo re s de Josef Tafalla y Negrete (Zaragoza, 1706), publicado tras la muerte del autor. En efecto, en los preliminares del Ramillete se alude a una academia, concretamente en la aprobación administrativa de un tal Nicio Pirgeo, del que se dice que es «académico peregrino, en la Academia de los Misteriosos», mención que ya no se repite en todo libro, quedando marcada dicha academia por la incógnita de su propio nombre. En otras partes de la obra se presentan algunos poemas como asuntos de una academia, pero en esos casos no se especifica de cuál se trata. Quizá sea la de Esquilache, dado que Tafalla participó en ella de forma activa, como así se comprueba en el vejamen de Vicente Sánchez. En las décadas en las que surgen las academias de Lemos, Andrade y Esquilache, y se editan los poemarios donde apare c e n citadas, también se publican algunas obras de la llamada pro s a

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novelística o novela cortesana, últimamente definida como novela corta o novela barroca. En el caso que nos ocupa, suelen tratarse de misceláneas o historias enmarc adas que recogen, junto a diversos elementos, anotaciones sobre el contexto sociocultural aragonés del Barroco, incluyendo a veces sesiones de academias y justas, cuya referencia quizá sea real, pero también igualmente ficticia, como corresponde al discurso narrativo en el que se desarrollan dichas obras. En primer lugar, hay que citar las obras escritas por autores aragoneses: Segunda Parte de la Universidad de Amor de Juan Francisco Andrés de Uztarro z (Zaragoza, 1640); Cítara de Apolo y Parnaso en Aragón de Ambrosio Bondía (Zaragoza, 1650); Escarmientos de Jacinto de Francisco Funes y Villalpando (Zaragoza, 1645 y 1650); Navidad de Zaragoza

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repartida en cuatro noches de Matías de Aguirre (Zaragoza, 1654); Para sí de Juan Fernández y Peralta (Zaragoza, 1661); y Vigilia y octava rio de San Juan Bautista de Ana Francisca Abarca de Bolea (Zaragoza, 1679). A ellas se pueden añadir otras obras de autores foráneos publicadas igualmente en las imprentas zaragozanas: La quinta de Laura de Alonso de Castillo Solórzano (Zaragoza, 1649); Sala de recreación de Alonso de Castillo Solórzano (Zaragoza, 1649); Acasos de fortuna y triunfos de amor de Manuel Lorenzo de Lizarazu y Berbinzana (Zaragoza, 1654); Carnestolendas de Zaragoza en sus tres días de Antolínez de Piedrabuena (Zaragoza, 1661); y Meriendas del ingenio y entreteni mientos del gusto de Andrés de Prado (Zaragoza, 1663); además de las reediciones de novelas de Lope, Polo de Medina, Céspedes y

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Meneses, y Pérez de Montalbán. Como se ve, todas estas novelas y misceláneas coinciden en un lapso de tiempo determinado y salen a la luz en la misma ciudad. De algunos de estos autores, al margen del extraño caso de Lizarazu, se sabe que pertenecieron a ciertas academias, por ejemplo, el cronista Andrés de Uztarroz, promotor de la Academia de los Anhelantes y miembro activo de varias agru p aciones posteriores. Otro poeta, Matías de Aguirre, fue componente de la Academia del conde de Lemos. Respecto a los autores foráneos, Castillo Solórzano acudió a la famosa Academia de Medrano, en Madrid, por no hablar de Lope y Céspedes, habituales participantes de academias y justas madrileñas. Del resto de escritores nombrados no quedan datos que afirmen su incorporación a las academias zaragozanas de los años cincuenta


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y sesenta; ahora bien, en sus obras, como ya hemos dicho, se manifiestan aspectos relacionados con el citado contexto: surgen asambleas, competiciones poéticas y pullas verbales parecidas a las que presentan los vejámenes académicos. Todas estas circunstancias indican de forma clara que durante dos o tres decenios existió en Zaragoza una gran promoción literaria y editorial, vinculada especialmente a lo académico, foco de atracción para poetas y prosistas de toda la península, lo cual generó, sin duda, un clima propicio para el desarrollo de las academias y grupos que estamos comentando, y también impulsó la creación de ciertos materiales, léanse tópicos literarios, que imitaron esa realidad en numerosas escenas fingidas. Tras este largo periplo aca demicus, se llega a la agrupación zaragozana de la Academia del príncipe de Esquilache, en la que el poeta Vicente Sánchez fue miembro relevante, ejerció de fiscal y leyó poemas y un copioso vejamen. Todo ello viene reflejado en la Lira poética, la única obra que alude a esta academia y la describe con precisión. Quizá podrían sumarse las Clases poéticas de López de Gurrea (Zaragoza, 1663), donde aparece una « I n t roducción a un vejamen que se dio en una Academia», pieza que posiblemente se redactó para el grupo de Esquilache, dado que López de Gurrea, el conde del Villar, fue miembro del mismo e incluso obtuvo en alguna ocasión el cargo de presidente, según

atestigua la Lira. En cualquier caso, la numerosa y variopinta asamblea que se reunía en Zaragoza en la década de los sesenta, acogió, por un lado, a varios poetas jóvenes como el propio licenciado Sánchez, y por o t ro, a bastantes escritores de las academias precedentes, esto es, la del conde de Lemos y la del conde Andrade, así como algún allegado del grupo prestigioso de Lastanosa, véase el tortosino Francisco de la Torre. En cuanto a los temas tratados, si bien los poetas componían versos amorosos, encomiásticos y sacros, eran en su gran mayoría las piezas satíricas y burlescas las que se anunciaban como materia académica, lo que resulta bien evidente en la Lira de Sánchez, donde se puede leer, e n t re otros, el poema «Pintura de una fea, por apellidos de personas conocidas de Zaragoza. Asunto de la Academia», y aquello otro que dice «Pre g u n t á ronle al autor si era sabañón el que le hacía cojear, y respondió leyendo en la Academia estas quintillas», además del largo vejamen que también fue expuesto en alguna sesión de la misma. Tanto Sánchez como la Academia del príncipe de Esquilache representan un colofón o punto de llegada en el proceso de variatio que las academias aragonesas desarro l l a ron, en su itinerario a través del XVII, sobre su propia concepción y praxis, evolución que, sin duda, tiene que ver con los cambios ocasionados por la excelente literatura del primer Barroco

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español, y con las posteriore s improntas literarias que de ellos se derivaron. Además, hay que parar mientes sobre un factor de suma importancia: ese proceso no fue el mismo en las distintas zonas de la geografía española. Recordemos que en los primeros años del XVII, mientras que en Huesca y Zaragoza se creaban academias de tipo renacentista, con idiosincrasia grave y tendencia culta, en Madrid surgían academias en las que se utilizaba constantemente el vejamen y la matraca, abundando también los certámenes típicamente festivos. En Valencia, por poner otro ejemplo bien disímil, tras la pionera y famosa Academia de los Nocturnos, claramente deudora de la escuela italiana, se originó un proceso de cambio que fue encaminándose hacia certámenes y academias de ocasión; sin embargo, entrada ya la segunda mitad del XVII, se experimentó un re n acer humanista y científico y se potenció la tradición musical, a través de nuevas y variadas formaciones académicas. No es, desde luego, el caso de Aragón y más c o n c retamente de Zaragoza, en donde el ejemplo de la Academia de Esquilache y la Lira de Vicente Sánchez, con su vejamen burlón, sus poesías celebrativas y sus villancicos de tono jocoso, está lejos del legado clasicista y pertenece ya a los últimos casos de academias barrocas, grupos un tanto frívolos que gustaban de oraciones reprensorias, poesía de entre t e n imiento y exaltaciones del renovado culto pilarista.

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Un lugar de encuentro.

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Manuel Altolaguirre o el verbo inefable María Pilar Martínez Barca

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res años antes de la publicación de sus controvertidas Poesías completas, escribía ya Luis Cernuda: De Juan de la Cruz tiene Manuel Altolaguirre el fervor amoroso, el ímpetu apasionado, el son denso y grave, que ya desde su primer libro, Las islas invitadas, latía entre la gracia leve e infantil de una adolescencia permanente.1

De forma más patente que en San Juan, Manuel Altolaguirre se deja acariciar, contemplar en lo íntimo, pasivamente, como un niño pequeño: «Éste necesita del amor, lo mismo que un niño (...) para sentirse guardado, defendido: el amor no despierta en él deseo de envolver, de proteger, de acariciar, sino de sentirse envuelto, protegido, acariciado.» (ibid). y el propio autor se explaya sobre el Santo: «¿Y San Juan de la Cruz? Sin otra luz ni guía sino la que en el mismo corazón le ardía, por una noche amable más que la alborada, fue buscando su amor».2 No es una influencia aislada la de Juan de la C ruz. Lirica medieval, Gustavo Adolfo Bécquer, Machado o Unamuno confluyen de igual modo en Altolaguirre. Por otra parte, el místico español dejó también su impronta en otros miembros de la generación o grupo del 27, como Pedro Salinas –«El hombre se aproxima más a la totalidad»3–, Jorge Guillén de Cántico y Homenaje o Dámaso Alonso de Hijos de la ira.4 La veta de lo clásico, intimista siempre, se deja traslucir en su estudio magistral en torno a Garcilaso: El sueño de la muerte y los sueños de amor le aguardaban, y tomando ora la espada, ora la pluma, dibujó una de las vidas más hermosas y atrayentes de su época. Trasunto del amor y de la muerte, y del dolor más hondo, intenso, oscuro: «Su dolor lo llevaba den-

tro, su verdadera vida fue vida interor.»5 Y clásica es también la inspiración de guiones de cine como El rufián dichoso –de 1947, que recoge escenas cervantinas de El viejo celoso, El licenciado vidriera y Don Quijote–; Las maravillas –del mismo año y que engloba a su vez El retablo de las maravillas, El telar de las mara villas y El filtro de las maravillas, entre Cervantes y Andersen–; y El cantar de los cantares de Fray Luis –l958.6 Pero hay en Altolaguirre otro elemento esencial que lo acerca a la mística, el silencio: De niño me enseñaron a recordar. (...) De vez en cuando me obligaban a una completa confesión de mi vida hecha después de varios días de silencio; días con horas deliciosas a la sombra de los árboles frutales de una huerta.7 1. Luis Cernuda, Estudios sobre poesía española contemporánea, Madrid, Guadarrama, 1957; en Poesías completas –edición de Margarita Smerdou y Milagros Arizmendi–, Madrid, Cátedra, 1982, p.42, nota 33. Cernuda editaría la obra completa de Manuel A1tolaguirre en julio de 1960 (Méjico, Fondo de Cultura Económica), pasado un año del trágico accidente de automóvil que terminaría con la vida de su amigo y compañero de generación al regreso de la representación de su última película, El cantar de los cantares, en San Sebastián. 2. Manuel Altolaguirre, «En el campo de la poesía clásica española», Universidad de La Habana, num.48 (mayo-junio 1943), pp. 123128; en Obras completas, vol. 1, edición crítica de James Valender, Madrid, Istmo, 1986, pp. 275-280. En el trabajo alude asimismo a Unamuno, Fray Luis y Garcilaso, Lope de Vega, Góngora, Jorge Manrique o Francisco de Quevedo. 3. Pedro Salinas, La responsabilidad del escritor y otros ensayos, Barcelona, 1961. 4. Todas estas informaciones en Margarita Smerdou y Milagros Arizmendi, Poesías completas, op. cit.,41-43. 5. Manuel Altolaguirre, Garcilaso de la Vega, Madrid, Espasa Calpe, col. Vidas extraordinarias, 1933;en James Valender, Obras completas, op. cit., vol. II, 1989, pp. 17-18. 6. James Valender, op. cit., vol. II, pp. 329-330 y 342-346. 7. Manuel Altolaguirre, El caballo griego; en James Valender, op. cit., vol. 1, pp. 33-34. Manuel estudia bachillerato en el colegio de los jesuitas de Málaga.

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Y en su adaptación cinematográfica de El can tar afirmará Fray Luis: Cuando se ama, no se puede decir tanto como se siente y por eso son sus razones entrecortadas y llenas de oscuridad.8 Amor, introversión pasiva, angustia existencial que lleva muchas veces a otra búsqueda, insaciedad, silencio. Salvando las distancias, la experiencia inefable de San Juan de la Cruz y el constante repliegue hacia sí mismo en Manuel Altolaguirre no son tan diferentes, tomando éste de aquel algo más que palabras y cadencias. Podemos observarlo en las distintas versiones de Las islas invitadas –«las insulas extrañas», ¿simple coincidencia?–, su primer poemario, y en otros libros, del juego vanguardista de los veinte a la lírica humana y más comprometida de postguerra. El homenaje a Góngora, en el 27, supondría una apuesta bien concreta por su belleza oscura, y por las formas puras, de torre de marfil, de Garcilaso o Juan. Manuel Altolaguirre contribuiría al acto con su Poema del agua: Árbol tendido, transparente, el río sus ramas ascendentes, descendiendo, al monte, eleva, de los manantiales. El verso retorcido, como rama frondosa de hipérbatos e imágenes, convive con el símbolo del agua, río y monte a la vez, que se eleva y se hunde hacia el centro más íntimo, del aire y de sus islas, de la noche total de los sentidos: Las nubes recortadas, suspendidas, islas del aire, blancas, miniaturas de plantas florecidas, altas, cobijan. Azules derramados. Coincidiendo los claros horizontes y los confines oscuros de la noche, en la que hundida media tierra sin quilla se adormece. (Poema II, vv. 1-3 y 10-14, pp. llS-l16) 9 P e ro ya un año antes, en 1926, Manuel Altolaguirre había dado a la luz Las islas invitadas y otros poemas, en la Imprenta Sur, de Málaga –fundada junto a Emilio Prados en l924–.10 El juego conceptual y metafórico tan propio de vanguardia dejaba traslucir constantes alusiones a la cumbre, al pastor, a un bello anochecer existencial en el límite áureo de la tierra:

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Negras cabras en fuga perseguidas por el pastor, que sube cotidiano a la cumbre del día, dieron la vuelta al mundo, sorprendiendo -sus mil ojos brillantesacalorado ya, sangrante, rojo, al fin de su descenso, al pastor, que ignoraba ser el broche de oro en el borde bordado de la tierra. («Las islas invitadas», 3, «Negras cabras», pp. 99-100).

A la expresión más lírica del sufrimiento humano: «Ojo, no por su forma, / sí por estar a llanto sometido.» («Manantial y ocaso», vv. 1-2, p. 101). Y también

8. James Valender, op. cit., vol. II, p. 466. 9. «El Poema del agua se publicó por fragmentos en los números VII y VIII de la revista Verso y Prosa, Murcia, 1927, y en el número homenaje a Góngora de la revista Litoral, Málaga, 1927».(Poesías completas, edición de Margarita Smerdou y Milagros Arizmendi, op. cit., nota p. 113). Para todos los textos transcritos y estudiados a partir de ahora utilizo la presente edición. 10. La pasión de Manuel Altolaguirre por la imprenta nacería en su infancia, como narra él mismo en sus memorias, El caballo griego. En Imprenta del Sur se dieron cita La amante, de Rafael Alberti, Perfil del aire de Cernuda o Ámbito de Aleixandre, entre otros muchos; así como la revista Litoral (Málaga 1926-27 -Méjico 1944), «la mejor revista poética europea del momento» según Paul Valéry. En 1923 había creado la revista Ambos, también en Málaga.


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a la muerte –ese año de 1926 moría la madre, y en 1910 había muerto el padre, cuando el niño Manuel contaba cinco años de edad–: ¡Qué golpe aquel de aldaba sobre el ébano frío de la noche! Se desclavaron las estrellas frágiles. Todos los prisioneros percibimos. El descoserse de la cerradura. ¿Por quién? ¿Adónde? («Viaje», 1, «Su muerte», vv. 1-6, p. 104). De 1927 es Ejemplo (Málaga, Imprenta Sur), donde el alma y el cuerpo parece se hacen uno en el paisaje, al tiempo que se aíslan bajo las siete claves del silencio: «Cerré con llave el rostro, / cofre de lo indecible, / permaneciendo inmóvil, / indiferente al aire. // Y quedé olvidado, / hermético, interior, / de tactos, luz y música, / olvidado y ausente.» («Poemas de asedio», 2, «Cerré con llave», pp. 132-3 3). Y el alma, así, se antoja imperceptible: «Se levantó sin despertarme. / Andaba lenta, aplatándose tanto, / hasta pasar bajo imposibles / sitios huecos, / o estirándose fina como un ala, / atravesando puertas entreabiertas.» (3, «Alma», vv. 1-6, p. 133). Un silencio visual ante el reflejo externo, por doloroso, frente a la noche íntima que atesora vivencias: «Lo que fue en el espejo / diminuta, irregular esfera, / ahora al cerrar los ojos: / ¡qué nocturna llanura inmensa guarda!» (4, «Memoria», vv. 1-4, p. 134). Soledad sin ventanas: «Mi soledad llevo dentro, / torre de ciegas ventanas.» (8, «Separación», vv. 1-2, p. 139). Paraíso cerrado donde todos los pájaros convocan al encuentro interior –¿el pájaro solitario de San Juan?–: Estabas solo y alto. Yo miraba cómo todos los pájaros debajo de tu frente se escondían.

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La ventana separa el mundo de los trenes, de los grandes vapores, de los hombres a pie, del mundo quieto de un alma sola. (4, «La ventana», vv. 1-6, p. 151). Un espacio interior propicio para el sueño: «¿Qué importa que tus años / sean muchos, si en tu frente hay sitio para un sueño?» («Saraí», Acto 1, Vv. 1-3 de la 4 estrofa, p. 159). Pero contradictorio y antagónico, al tiempo hondura y vuelo: «No bajo montes de tierra / sino que escalo simas de aire. / Lo más hondo del barranco / es cumbre de estos cristales.» («Paseo», 1, «La llanura azul», Vv. 1-4, p. 160). La oscuridad total que preludia la unión y la Palabra: Ahora la luz no existe ni vemos ya la rosa, ni el niño, el hombre, el árbol, ni la nube, ni el sol. Dios mio, estoy en tu Voz sin espacio ni tiempo, entre otras voces tuyas creadoras. («Vida poética», 11, «Olvido», vv. 1-7, p. 169). Pocas veces una metapoética tan bella en la lírica española, una declaración tan estremecedora del íntimo silencio creador. Es la fuente escondida tras la nada: «Sentidos ignorados del Universo: / ¿adónde lleváis las sensaciones / que adquirís de la nada?» (12, «Preguntas», vv. 1-3, p. 170). Es la vida y la muerte, finamente enhebradas: «Mi cuerpo, / no te separes de tu sombra, / que se muere. // Que se muere el cuerpo / (sombra que es del alma). / Alma, / no te separes de tu cuerpo.» (16, «Sombras», vv. 1-7, pp. 173-74). La esencia de la luz, intuida en la noche:

(«Otros poemas», 1, «Retrato», vv. 1-3, p. 142). Más distancia entre paisaje y alma, trascendencia y materia se da ya en Poesía (Málaga-París, 193031), del mismo titulo que la nueva revista literaria: «Al ver por dónde huyes / dichoso cambiaría / las sendas interiores de tu alma / por las de alegres campos.» («Escarmiento», 1, «Fuga», Vv. 1-4, p. 149). El hombre, y el poeta, frente al mundo:

El alma es igual que el aire, con la luz se hace invisible, perdiendo su honda negrura. Sólo en las profundas noches son visibles alma y aire. Sólo en las noches profundas. («Amor», 3, «Noche», vv. 1-6, p. 190).

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1931 supondría un antes y un después para muchos poetas. La República trajo una esperanza, una participación mayor en la esfera social y cultural, un aire renovado. El patrón literario del juego por el juego se irá sustituyendo por otro más humano, inspirado en Machado y Unamuno. Borradores (1931) y La voz cálida (1934), de Ildefonso-Manuel Gil, Júbilos (1934) de Carmen Conde, o Perito en lunas (1933) y El rayo que no cesa (1936) de Miguel Hernández –en Ediciones Héroe–, entre otros, marcaron una época. También a A l t o l a g u i r re la vida parecía sonre í r l e . Continúa sus viajes por Europa –París, Madrid, Londres–; conoce a la que será su esposa, Concha Méndez, en 1932 –testigos de su amor, García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Guillén, Cernuda–; persevera en su labor editorial, con Ediciones Héroe –donde aparece La lenta libertad (1936)– y las revistas 1616 (Londres, 1934-35) y Caballo verde para la poesía (1935-36)11. En Soledades juntas (Madrid, Plutarco, noviembre 1931), poemas aún inéditos junto a una antológica de lo ya publicado, no sin cierto regusto gongorino, le cantará al amor: Me conducen los ríos, y tu amor, ese lago corazón de la isla, es la fuente de todas las líquidas comarcas. Te haces querer. Te quiero. Mira mis blancas olas. (Parte 1, 3, «Te quiero», vv. 15-21, pp. 199-200). Pero también a la muerte –manifiesto el influjo manriqueño–: «Nuestras vidas son los ríos / que van a dar al espejo / sin porvenir de la muerte.» (Parte II, 5, «El mar», vv. 1-3, p. 207). Y hasta a la soledad, como una isla en medio de dos cuerpos que se aman: «¡Qué sola estabas por dentro» (Parte 1, 1, “Beso”, y. 1, p. 198). Continúa el auge editorial cuando en 1936 (Madrid, Viriato) ve la luz la segunda versión de Las islas invitadas. Poesía ya de plenitud que deja vislumbrar oscuros desarraigos –en 1933 fallece el primer hijo de Manuel y Concha, en 1934 el ambiente político y social parece comenzar un nuevo ru m b o–, refleja una soledad más absoluta, contradictoria, íntima:

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Bajo esta unión sin límites, los hombres solitarios se encierran en si, aguardan olvidos y presagios, nieblas íntimas, aires, besos encarcelados, dicha sin libertad. («Aire y niebla», vv. 13-19, p. 239). El poeta, y el hombre, se entrega a la noche más cerrada: «Consoladora noche, / madre que es toda oídos, /para las quejas hondas, /para los altos gritos.» («N o c h e», vv. 13-16, p. 241). A un amor que le anega: «Ahogada en amor, tu amor / como un mar me sostenía. / Altos vientos me empujaron / solitario a la derib a .» («Abandono», vv. 5-8, p. 240). A una ausencia de límites que rozan lo inefable:«Tu mirada nada mira; / tiene un dolor tan lejano / que ahora está relacionada / con cosas de otro nivel, / con flores, luces, aromas, / de un firmamento más alto, / último jardín de Dios.» («No sé si llevas», Vv. 7-13, p. 240). Pero es también un cántico al presente, amor y plenitud sin comisuras, negación de deseos que perturben el vuelo de las aves, isla en el dolor de la existencia: Mi presente una isla rodeada de amor por todas partes, sin esperanzas, sin recuerdos, donde todas las aves son besos que se esconden en las frondas sangrientas. («Mi presente», vv. 1-6, p. 244)12. Y el libro es asimismo una metapoética condensada, reflejo del autor en sus sílabas mínimas: «Editor de cristales / de mí mismo, me pierdo. / Voy por campos y valles / con mis sombras por séquito, / que me abandonan cuando / por donde paso, quedo.» («Editor», vv. 1-6, p 248). Clave secreta y última del amor y la muerte: «Para entrar en tu ausencia, / en esa construcción de tu vacío, / tus palabras mayores –muerte, amor– / son las puertas que invitan.» («Homenaje a Julio Herrera y Reissig», Vv. 1-5, p. 249). Desvelar hermosísimo del corazón del verso:


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Recorre el amor mi verso, Baja y sube por sus hijos; el corazón que lo impulsa nunca lo dejo tranquilo, que quiere vivir y late, corazón propio, escondido entre palabras que corren por venas que son suspiros. Mujer desnuda, el poema guarda su secreto ritmo. («Secreto», vv. 1-10, p. 250). Después de 1936, Manuel Altolaguirre disminuye su producción poética, a cambio de una mayor dedicación al teatro –d i rector de La Barraca ese mismo a ñ o– y al cine. La impronta de la guerra y el exilio a La Habana y luego a Méjico, junto a la separación de su primera esposa, habrían de dejar huella en su vida. Se inserta de este modo en esa línea entre existencial y desarraigada de los dos grandes hitos de postguerra, Sombra del paraíso de Vicente Aleixadre e Hijos de la ira de Dámaso Alonso, a mitad de camino una vez más entre el garcilacismo clasicista y el desgarro interior del h o m b re dividido y solitario –según las coordenadas de la época, entre Garcilaso y Espadaña–. La edición de Poemas de Las islas invitadas (Méjico, Litoral, 1944)13 se muestra, en consecuencia, más sombría, introspectiva, oscura: Mi corazón dio golpes en la oscura puerta interior, y se me fue la vida hacia dentro, hacia ayer, hasta sentirse encerrada de nuevo en la semilla del Sembrador de sueños. («Hacia ayer», Vv. 1-5, p. 274). La vida como sombra y como sueño, calderoniana y clásica, toma visos de esencia: «Sombra de un sueño somos, / de una oscura llanura / que da su faz brillante / a la luz de los dioses.» («Sombra», Vv. 1-4, p. 274). Y se va transformando en una inmensa soledad sin orillas: «Vivo despacio sin ti, / sin ti mis horas son largas, / debo a tu ausencia una vida / que no sé con qué llenarla.» («Vacío», vv. 1-4, p. 277). Y el poeta desvela sus heridas más íntimas: «La pequeñez de mi secreta herida / me hace llorar aún más que la hermosura / del incendio que de ella se dilata.»

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(«Lamento», vv. 10-12, p. 280). Ese tiempo inhumano que fluye hacia la nada: «Tiempo sin forma de hombre, / con insistentes llanuras, / no atraviesa, empuja, lleva / mi tiempo humano en su espejo.” («Tiempo inhumano», w. 1-4, p. 280). El camino que lleva al hombre y su semilla «Porque estamos distantes / nos sentimos pequeños. / Camina hacia ti, hombre, / camina más adentro. / Cuando te des alcance, / tendrás entre tus dedos / una leve arenilla / de verdades y sueños.» («El polvo», p. 281). Y al final, el retomo más bello y entrañable al edén de la infancia: Edad me quitan los árboles, me roban vida. Otra vez soy como un niño sin el pesar de mis días. («Niño del alba», vv. 1-4, p. 283). Un tiempo primigenio que perdura en la tierra y el fuego, en el alma y el aire: «Mi tiempo grabado en aire, / en agua, en fuego, en arcilla, / testimonio da de un alma / que ante Dios se exterioriza.» (Ibid. Vv. 17-20, p. 284). ¿No nos traen estos versos los ecos más genuinos de San Juan o Valente? Todavía entregó Manuel Altolaguirre unos Nuevos poemas de Las islas invitadas (Méjico, Isla, 1946). Dedicados a su segunda esposa, María Luisa Gómez Mena, continúan ahondando en el misterio del h o m b re y su existencia. Ángel a ras de suelo en ocasiones: «Dicen que soy un ángel /y, peldaño a peldaño, para alcanzar la luz/ tengo que usar las piernas.» («Para alcanzar la luz», Vv. 1-4, p. 289). Jardín cerrado en si y en sus recuerdos: «Vida de amor, como un jardín cerrado, / por entre cuyas flores va perdido / el h o m b re que seré, el que vencido / por los años re c u e rde su pasado.» («El hombre que seré», vv. 1-4, p. 293).

11. Aparte, diversas traducciones de poesía francesa -Víctor Hugo, Chateaubriand, Jules Supervielle en 1932, una Antología de la poesía romántica española y la biografía Garcilaso de la Vega (ambas en Madrid, Espasa-Calpe, 1933). 12. Por más que ese presente obligue a una coraza, a aislarse frente al mundo: «Estoy tan insensible, / que el mundo inexistente / es como un doble sueño / que no me sobresalta.» (Ibid., vv. 7-10). 13. Un único título separa ésta de la edición de 1936: Nube temporal, La Habana, col. «El ciervo herido», 1939.

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En sus últimos años el autor se centró más en el cine y en colaboraciones en revistas. Pero su veta lírica seguirá acrisolando silencios interiores, fuegos de contención, oscuridades íntimas. Así en Fin de un amor (Méjico, Isla, 1949): Pudo ser voz pero es silencio herido, ansia apagada, oscurecido anhelo, fuego y canto interior lejos del cielo, flor mineral, tesoro defendido. («Lo indecible», vv. 1-4, p. 30 1)14. La vida, como el canto, se repliega hacia dentro; quizá por abandono o frustración, pero quizá también por resguardar del viento tanta pasión en éxtasis. Otras veces, nos ofrece el poeta paráfrasis de versos sanjuanistas, vueltas ahora a lo humano: Cruzó el césped tu sombra y presuroso alcé la vista por seguir tu vuelo, mas la alegría del azul del celo me hizo olvidarte, pájaro piadoso; («Soneto a un cántico espiritual», vv. 1-4, p.3 13). O en este otro elogio a la mística: Árboles que tenéis corteza pura, insensibles a la yedra trepadora, de terrestres amores defensora, mostráis en cambio vegetal ternura en los últimos brotes que, en la altura del cielo, abren los labios de su flora a la amorosa luz que en esta hora derrama en ellos toda la hermosura. («Soneto en elogio del sentimiento místico», Vv. 1-8, p. 314). El juego entre palabra y contención, tan propio de la poética del silencio, de San Juan de la Cruz hasta finales del siglo XX, continúa presente en Poemas en América (Málaga, El Arroyo de los Ángeles, 1955): «Vestida de sonido / con su piel de palabras, / sale a la luz del día / mi vida recordada.» («Mundo sonoro», w. 1-4, p. 323). Se diría que el canto, en el poeta, es oración callada, vida vuelta hacia dentro: «Hijo de la oración, / cada mañana / dejo el seno del cántico, / me desnudo del seno que se eleva / a la gloria de

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Dios.» («Escribir es nacer», vv. 1-5, p. 323). Vivencia trinitaria de la luz –frente a la batalla de contrarios reflejada en el dos, en lo terretre-: Quiero vivir para siempre en torre de tres ventanas, donde tres luces distintas den una luz a mi alma. Tres personas y una luz en esa tone tan alta. («Trino», vv. 1-6, p. 326). Porque Manuel Altolaguirre, como todo auténtico poeta consagrado al silencio creador, permanece por siempre en esa edad idílica, sin tiempo, que lo fue sumergiendo hacia si mismo: «En ella estoy. Te escribo rodeado / de una redonda fuga de horizontes, / y te respondo como desde el lago / responde el agua al golpe de la piedra.» («Tú no lo ves», Vv. 17-20, p. 339). Pendiente está un trabajo más profundo que vaya desvelando en Altolaguirre una rica influencia mística, Teresa y Juan al fondo, de la herida sangrante de existencia al vuelo del amor: En el fuego o en la rosa estás perdiendo la vida. Buscas la luz y te vuelves ceniza. Vas por aroma y te hiere la espina. Abre tus alas que quiero leer tus heridas. («Mariposa», p. 340)15

14. Poemario reeditado en Madrid en 1974, con prólogo de Margarita Smerdou Altolaguirre. Otros textos del libro que reflejan esa metalírica del silencio, mística y existencia contenidas: «Era la vida. Su rumor llegaba / desde la espuma hasta mi sed, un río / que levantó su pecho para hablarme.» («Profecía», vv. 1-3, p. 303); «Ya su desnudo en la noche / nadie lo ve, que atraviesa / profundidades que sólo / a Dios, su centro, la acercan.» («Centro del alma”, vv. 11-14, p. 304); «Isla de eternidad de costas muertas, / muerte de sed de tiempo, rodeada / de una niebla de olvido interminable.» («Cielo», vv. 1-3, p. 307). 15. Los dos últimos fragmentos transcritos se reúnen bajo el epígrafe de «Últimos poemas» (1955-59), en las dos ediciones de Poesías completas citadas –la de Luis Cernuda y la de Margarita Smerdou y Milagros Arizmendi–.


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J.A. Labordeta: treinta y cinco veces dos Javier Barreiro

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unque publicado por El Bardo en 1972, Treinta y cinco veces uno, cuarto de los libros de poemas dados a las prensas por José Antonio Labordeta, hacía alusión en su título a la edad del poeta, nacido en marzo de 1935, en el año en que fue escrito, 1970. Aunque no soy estudioso de su obra poética, y a fe que tampoco conozco a muchos que lo sean1, tengo para mí que éste es el más logrado de todos los poemarios editados por el escritor2. El ejemplar dedicado que poseo es, seguramente, el segundo de sus libros que leí, tras Cantar y callar, casi pionero del libro-disco con su vinilo de cuatro canciones incorporado y auténtica novedad en su día. Aunque le habíamos oído cantar privadamente, el que uno de nuestros amigos editara un disco era una cosa absolutamente sorprendente y maravillosa, mucho más que el que luego se hiciera famoso y sus canciones fueran conocidas en toda España. En 2005, fecha en que el poeta ha cumplido setenta años, Treinta y cinco veces uno, aparece en la mitad de su camino vital como un referente que cierra la época, diríamos, privada del cantautor que, a partir de entonces, a través de su actividad en los escenarios, la televisión y el ruedo político, llegaría a convertirse en un icono, primero aragonés y que, después, trasciende las fronteras del antiguo reino. El libro se abre con «Nos haces falta sin fondo», uno de los dos o tres poemas más carismáticos del zaragozano, doble homenaje a su hermano Miguel y al autor que, quizá, más perturbó la conciencia de los más jóvenes componentes del grupo Niké, César Vallejo. Del enorme y grave poeta peruano conserva «Treinta y cinco veces uno», el tono varonil y triste –y hasta, en muchas ocasiones, desolado–, el gusto por la imagen y, claro, la conciencia social. No va sin embargo, José Antonio, tan lejos en las audacias l é x icas ni en las deslumbradoras imágenes, que en el poeta andino eran consustanciales y que prodigó con geniali-

dad desde su primera obra. Los poemas de José Antonio Labordeta son más desnudos, menos efectistas y, quizá, menos «h u m a n o s»que los de César Vallejo. En el fondo, hay en Labordeta un metafísico y es en sus alusiones a lo telúrico, a lo preternatural, a lo incomprensible del mundo, cuando consigue sus mejores registros. Esos paisajes batidos por el viento, el mar sin fondo, la desazonante inquietud por la «a u s e n c i a» son, sí, una consecuencia de la desaparición de su hermano y maestro pero, también, muestra de una grieta antigua y mal suturada, una ansiedad por la vuelta al origen, un gemido existencialista y profundamente solitario. El «nadie» es una constante en la poesía labordetiana. Hasta los títulos nos lo muestran directamente: «Nadie en las puertas», «Luego nadie vuelve», «Aquí no canta nadie», o, indirectamente: «Se han marchado», «Queda tan solo», «Abandonan la piedra», «Ultimo paso entre las tumbas»... Como los extremos se tocan, es posible que su actividad pública haya constituido un contrapeso de ese sentimiento de soledad que, al trascender en lo simbólico, se revela con más hondura. Otro de los temas recurrentes en José Antonio es el machadiano «camino de la vida». El poema «Se andan»

1. No es esta la ocasión para emprender una búsqueda exhaustiva, pero el último análisis de alguna extensión (cuatro páginas) que conozco de la poesía de José Antonio Labordeta va a cumplir diez años. Es el de Antonio Pérez Lasheras en su Poesía aragonesa contemporánea (Antología consultada), Zaragoza, Mira, 1996, pp. 294-297. En la bibliografía que esta autor ofrece, y a pesar de haberse escrito varios libros sobre la figura del cantautor, tampoco parece que se preste apenas atención a su poesía. 2. Así debí de pensarlo en la época en que lo leí pues uno de los poemas del que fue mi primer libro poético, premiado pero no publicado y que llevaba el pedante pero tan contemporáneo título de Rescate, duelo y consunción de la ceremonia, se encabezaba con una cita extraída de «Nadie vuelve», el octavo de los poemas de Treinta y cinco veces uno.

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es como una vuelta de tuerca de «Se hace camino al andar»:los caminos se recorren en pos de una meta, que, en el fondo, es el regreso al origen. Y el viaje es circular pero únicamente se regresa a una niñez sin apoyos, sin madre, sin referencia. Se vuelve al mismo punto pero sin haber encontrado aquello que se perseguía. Existencialismo en puridad: el hombre siempre está perdido, como se manifiesta explícitamente en «Queda tan solo»: Todo es vacío, eso es lo que tenemos y lo que nos aguarda. Hasta los paisajes revelan esa desnuda carencia, eriales polvorientos, de tonos grises, pardos y amenazadores. Son escenarios casi rulfianos pero en los que ni siquiera hay lugar, como sucede en el mejicano, para lo maravilloso. No hay muertos, ni espíritus ni otra presencia que la del famoso «viento» labordetiano, en su simbología de poder temible y ciego: Nadie en las puertas. Nadie en los largos corredores que conducen directos hacia las antiguas plazas y viejos campanarios Sólo el viento, testigo del naufragio. La despoblación de los pueblos castigados por la emigración es uno de los referentes concretos de esa obsesión por el vacío, la desolación, la desesperanza. Presente en poemas como «Se han marchado», «Nadie en las puertas» y «Abandonan la piedra» y en tantas canciones del autor, el sujeto activo no suelen ser los campesinos que han desertado en busca de una vida menos esclava, sino la tierra, los pueblos, las casas privadas de vida, de razón de ser, hundidas en el abandono y que, a veces, alcanzan presencia activa, transmitiendo su desesperación. En «Se han marchado» es la puerta «que golpea contra el viento» la que lo pro t agoniza. Sin embargo, la presencia humana es la que, al final, convierte el poema en algo conmovedor: Y lejos, más allá de las últimas carrascas, alguien recuerda la cama donde fue concebido con tristeza. Como un resumen simbólico, el poema que figura al final de Treinta y cinco veces uno, «Ultimo paso e n t re las tumbas» es una visión del Belchite abandonado. Tan vinculado a los orígenes familiares del escritor, el arrasado pueblo zaragozano languidecía ya a finales de los ochenta sin que de él se acordasen quie-

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nes así lo habían dejado, como ejemplo de la re s i stencia, ni, por imposibilidad concreta, quienes podían re ivindicarlo como símbolo de otra cosa. Pocas imágenes más explicativas de esa desolación labordetiana que hunde sus raíces en el pasado. Incluso, sus imágenes más logradas, como «martes sin alcoba» parecen sugerir una carencia metafísica. Son los poemas con explícito tinte social los menos conseguidos de esta primera parte, tal vez y como no podía ser de otra manera, porque el poeta resulta tanto más convincente cuando, con conciencia o no, se refiere a sí mismo. Encabezada por una ilustrativa cita de su hermano Miguel, «De mi propia tristeza de ser hombre» es, seguramente, la más conseguida del libro, la más humanamente conmovedora y, elípticamente, explícita. Titulada «Sociedad de inconsumo», la segunda parte se compone de poemas descriptivos que nos dan la pauta de una ciudad provinciana y varada en el tiempo a finales de los años sesenta, cuando ya se ha desarrollado la revolución beat, el mayo de 68 y Europa y, sobre todo, España, se aprestan a consumar un cambio que se respira, que se palpa en el ambiente. Sin embargo, el Teruel de Labordeta es todavía la «Calle mayor» –título de uno de los poemas– de Bardem, un lugar varado, absurdo, con curas, tiendas de velas, soportales y estudiantillos de corbata que nada saben pero, torpe e inconscientemente, parecen querer otra cosa. La mirada de José Antonio Labordeta se fija en el paisaje urbano, en los edificios de arcilla, en la plaza, en los callejones, en ese viento violento, que también llega a la ciudad. Una corsetería, una fuente, un mirador, la catedral... Quietud, inmovilismo, ausencia de transcurso. Nada parece hacer pensar que todo cambiaría en pocos años. Hasta el amor, espontáneo y juvenil, se contamina de esa desesperanza y el abrazo de una muchacha a un joven empleado de correos, es un abrazo «d e s o l a d o». La vida está reglada como, tan bien, muestra «El reloj a las tres de la tarde». De vez en cuando, sugerida, una sinestesia: los calamares fritos. Sólo eso. Cero de sensualidad. Si se sugiere el erotismo es turbio, la vida, agria, el pasado, penoso, el presente, inmóvil, el futuro, no existe. Sólo en el poema «Domingo decembrino» aparece una pintura de algo que puede anunciar otra cosa:


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Al lado de las campanas y las partidas de baraja, muchachos con melena miran posters que les traen «recuerdos de París y de su audacia” aunque todo se resuelva en vacío, «guateque moral» y pasear por los porches. Algo parecido podemos recordar los que somos un poco más jóvenes de nuestros dieciséis años. Labordeta también trae a los cultos «mirándose el ombligo» y, de nuevo, a los que se han marchado: otra vez el «No queda nadie», principio del poema «¿ Y los otros?», con el que acaba la parte central de Treinta y cinco veces uno, frase que, además de dar título al libro, encabeza el poema inicial de la tercera parte: “Sociedad de consumo». Labordeta se propone afrontar en ella la falta de libertad, la represión, la injusticia, que explicarían el inmovilismo urbano y vital de la parte anterior. En «treinta y cinco veces uno» el poeta se presenta volviendo atrás con una mirada, aciaga. Salmódica y vallejianamente, enumera «nuestro silencio, nuestro vacío, nuestro incendio» y su colofón suena como inequívocamente labordetiano: Es duro, ya muy duro, treinta y cinco veces duro mirarse en el espejo y no reconocer a aquel muchacho que se nos fue perdiendo en las esquinas. Treinta y cinco veces uno, vivo, duro todo en el paisaje, ahora y viento, siempre. No habrá nunca silencio.

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El mismo poeta, abatido y trasteado por el viento de la primera parte, se explica ahora, con más claridad, quizá, de la que conviene, para abominar de la ausencia de libertad de expresión: «Medios de comunicación social», de la nulidad de los valores para la sociedad de consumo: «He escrito», de los desmanes de la autoridad y el poder:«Poneos en las manos» o, en general, de la insoportable injusticia, como sucede en el oteriano «Escuchando el canon de Pachelbel», en el que el amor y solidaridad con los que sufren es un claro eco de aquellos «brazos, como llama al viento» que, clamorosamente, querían recoger a los desdichados. El poeta vuelve a sí mismo en los dos poemas siguientes: «Acuérdate» y «Hoy quisiera»: la niñez, turbia y silenciosa, de modo que concluye que nunca «fuimos realmente niños» y la injusticia brutal del presente no permite siquiera el refugio en aquella niñez despoblada. Sin embargo, al final, un lugar para la elegía: Nada como entonces, a pesar de todo. «Hoy quisiera» expresa el deseo de un mundo diferente, una vida sin rutina, sin conformismo pero somos de aquí, del billete señor, la carne va subiendo y el hígado viejo se estropea. Somos de las tardes de fútbol.

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De nuevo, la total desesperanza, la imposibilidad de huida, el mundo sin salidas, el final apodíctico: Y aquí no hay quien se salve De la hoguera. «No bomba» es el penúltimo poema del libro . Anclado en la negatividad, el escape está en la disolución, la enumeración caótica. El absurdo se adueña del poeta enajenado en una composición con claros ribetes vanguardistas. Pero, al final, lo mismo, la obsesión fundamental del Labordeta treintañero: NADIE. ¿Nadie al otro lado de la línea? ¿Nadie al otro lado de la línea? Nadie! Nadie! Nadie!

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Igualmente deudor del vanguardismo irónico al que habían dado carta de naturaleza los Nueve novísi m o s, el enumerativo poema final, «Sintetice», acumula conceptos aparentemente sin relación para, al final de ellos, derivar en el suicidio, la angustia, el melodrama cotidiano... Los versos finales son una letanía que da cuenta de la impotencia definitiva de cualquier intento. El camino circular al que aludía arriba se cierra, como vueltas de jamelgo atado a la noria, con una machacona repetición, que se itera por tres veces: largas máquinas con largos papeles escriben largos fragmentos de largos –Repito– INFINITAMENTE.

Muy somera y parcial es esta visión de una parte de la poesía de José Antonio Labordeta y es seguro que, con mayor tiempo y mejores capacidades que las mías, podría llegarse a percepciones de más hondura. Sin embargo, si acometo este pequeño ensayo es, s o b re todo, para llamar la atención sobre cómo ni siquiera el más famoso de los aragoneses de hoy m e rece la atención de los estudiosos en el segmento más genuino de su producción literaria. Aquí no hay que lanzar el socorrido y gemebundo gori gori de índole netamente aragonesa. Esta es, hoy y hace años, la situación de la poesía española, de la crítica española, de la educación en España.

Objetos: Inodoro Cocina de butano Especial para caries Especial para cabellos grasos. Nadie responde. Nunca. Qué le vamos a hacer! Cargarse de paciencia.

Comarca de las

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Una aproximación

a la poesía española de los últimos veinticinco años Patxi Abadía Alvarez

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lgunas veces... Algunas veces... Por cierto, muy pocas veces, surge una voz díscola entre la multitud que vocifera su interés por la poesía. Además, si lo hace más concretamente por la de nuestros días, uno queda por unos minutos en estado de shock, después respira profundamente e irradia una paquidérmica sonrisa. Inmediatamente se pone a escribir y trata de satisfacer el aura de tan excepcional criatura.

Con este propósito, me voy a adentrar, de una forma somera y seguro que incompleta, en la poesía española de los últimos veinticinco años. Aunque más bien podríamos hablar del año 1982 como el inicio de una nueva etapa con la concesión del premio Adonais a El jardín extranjero de Luis García Montero. En cierto modo, este libro es arranque de eso que se ha venido a llamar «poesía de la experiencia». También conocida en el mundillo literario con otros nombres: «poesía sensata», «poesía de sesgo clásico», «poesía figurativa» o «poesía de línea clara». Marchamos, sin duda, esclarecedores de la esencia del producto poético en cuestión (a diferencia de la narrativa, deséchese en este caso cualquier connotación mercantilista en la palabra «producto»).

Una primera valoración de conjunto de esta línea poética la encontramos en el libro de Luis García Martín titulado La genera ción de los ochenta, Valencia, Mestral, 1988. El crítico incluye entre otros, además del mencionado poeta granadino, a Jon Juaristi, Andrés Trapiello, Julio Martínez Mesanza, Felipe Benítez Reyes, Carlos Marzal o Vicente Gallego. Se olvida de otros autores, que con la perspectiva del tiempo, se consideran igualmente imprescindibles para la valoración en conjunto de la «poesía de la experiencia»: José María Delgado, Concha Garc í a , A l e j a n d ro López Andrada, Manuel Gahete, José Julio Cabanillas, Roger Wolfe o Jorg e Riechmann. Aquí los poetas. Pero sería injusto no mencionar las revistas y editoriales que canalizaron y ayudaron a consolidar los nuevos presupuestos poéticos. En cuanto a las revistas: en Sevilla, Renacimiento; en Jérez de la Frontera, Fin de siglo; en Asturias, Reloj de arena y Clarín. En cuanto a las editoriales1: «Renacimiento» en Sevilla, «La Veleta» en Granada, y «Pre-textos»2 en Valencia. La proliferación de la «poesía de la experiencia» en los años ochenta y primera mitad de los noventa eclipsó, por decirlo así, a

otras corrientes poéticas como el neopurismo, el impresionismo o la poesía del silencio. No hay que darle muchas vueltas a la peonza, el positivismo de esos años lanzaba a los poetas jóvenes por esos derroteros «al apostar –en palabras de García Posada3– por la historicidad y temporalidad de la poesía, reivindicar consecuentemente la poética machadiana de “lo que pasa en la calle”, la cotidianidad [...] y reevaluar la métri1. Editoriales de mayor recorrido en el tiempo como «Adonais», «Hiperión» o «Visor» igualmente recogen lo que es esta orientación estética. 2. En esta misma editorial Luis Antonio de Villena publica en 1997 otra antología imprescindible para conocer la poesía de este período, 10 menos 30. La ruptura en la «poesía de la experiencia». Los poetas antologados son: Álvaro García, Ángel Paniagua, Lorenzo Plana, Luis Muñoz, Juan Bonilla, José Luis Piquero, Alberto Tesán, José Luis Rendueles, Juan Carlos Abril y Carlos Pardo. 3. Este autor publica otro libro imprescindible para entender la poesía de final del siglo, a saber: La nueva poesía (1975-1992), Barcelona, Crítica, 1996. Los autores antologados son: Miguel d´Ors, Fernando Ortiz, Rosa Romojaro, Eloy Sánchez Rosillo, Luis Alberto de Cuenca, Ana Rosetti, Javier Salvago, Jon Juaristi, A b e l a rdo Linares, Andrés Sánchez Robayna, Juan Manuel Bonet, Justo Navarro, Andrés Trapiello, , Julio Martínez Mesanza, Juan Lamillar, Luis G a rcía Montero, Blanca A n d reu, Álvaro Va l v e rde, Felipe Benítez Reyes, Carlos Marzal, Roger Wolfe, José A. Mesa Toré, Almudena Guzmán y Álvaro García.

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L I T E R AT U R A • C R I T I C A

ca tradicional y la concepción del poema como discurso memorable, en busca de un público más amplio para la poesía, lejos del elitismo de los novísimos». A mediados de los noventa suenan ya melodías de cambio. En los tiempos en que vivimos, un periodo de diez a quince años, es mucho: la rutina, el epigonismo, el conformismo, lo facilón terminan por convertir en banal cualquier cosa de la vida. Una tendencia poética, también. Superar la «poesía de la experiencia» no les va a resultar nada fácil a la nueva generación de poetas nacidos a partir de 1970. De nuevo es Luis Garc í a Martín quien difunde las nuevas orientaciones en dos antologías: Selección Nacional. Última poesía española, Gijón, Universos, 1995 y La generación del 99, Oviedo, Nobel, 19994. Entre las dos incluye a veintiocho poetas que se dieron a cono-

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cer a partir de 1988. Citamos algunos: Aurora Luque, José Manuel Benítez Ariza, José Mateos, Juan Antonio González Iglesias, Emilio Quintana, Juan Bonilla, José Luis P i q u e ro, Pelayo Fueyo, Antonio Manilla, Lorenzo Oliván, Javier Almuzara, Carlos Briones, Javier Rodríguez Marcos, Silvia Ugidos y Martín López Vega o Fidel Villegas. Asimismo, en esta década dos revistas sirven de punta de lanza: Nadie parecía y Númenos. Ambas en Sevilla. Sus versos hablan de gozo, de optimismo, de Dios, de lealtad , de amistad, de nuevos héroes vitales... Con razón algunos críticos, le han adosado la etiqueta de «generación optimista». En estos cinco años del recién inaugurado milenio sólo podemos hablar de futuras promesas entre los poetas menores de treinta años. No se vislumbra una

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línea clara, cada poeta va por libre y trata de manifestar su marcada individualidad. No obstante, algunos se inclinan por un tipo de poesía más intelectual e irónica, metafísica o culturalista. Si se confirma esta tendencia en unos años, el péndulo nos lleva con ligero s retoques a la poesía de los novísimos. Estos jóvenes poetas, a diferencia de sus pre d e c e s o res, se vuelcan en internet o en las re v i stas on line. Igualmente a estos poetas se les puede leer en antologías como la de Gonzalo Esparza (coord.), Todo es poesía menos la poe sía. 22 poetas desde Madrid, Madrid, Eneida, 2004; J. Munárriz, Veinticinco poetas españoles jóvenes Madrid, Hiperión, 2003; Poemas para cruzar el desierto Madrid, Línea de Fuego, 2004 o Eduardo Muga, Poesía pasión. Doce jóvenes poetas españoles, Zaragoza, Libros del Innombrable, 2004 5.Quizá Carmen Jordrá sea la poetisa de re f e rencia para esta pro m o c i ó n . Su primer libro, Las moras agraces, lleva nada más y nada menos que seis ediciones. Entre otros poetas podemos destacar: Juan Antonio Bernier, Carlos Pardo, Antonio Lucas, Joseph M. Rodríguez, Vicente Gutiérrez, Gracia Iglesias, 4. Además de las tres antologías citadas de este autor, aún puede consultarse otra titulada Treinta años de poesía española, SevillaGranada, Renacimiento. -La Veleta, 1996 5. En este caso, por tratarse de una antología publicada en Zaragoza, voy a nombrar a los doce poetas en cuestión: Enrique Falcón, V. M. Díez, Marcos Carcedo, Francisco León, Marta Aguado, Rafael José Díaz, Julieta Valero, Pablo García Casado, Marcos Canteli, Alicia Silvestre (de esta poetisa pueden leerse en este mismo nº de Ágora dos poemas), Antonio Lucas y Cristian Tubau.-La Veleta, 1996


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Vanesa Sauquillo, Guillermo López Gallego, Ana Gorría, Carlos Martín Torner y María Fernández Salgado. Para finalizar este sucinto repaso por la última poesía española, esa que apenas se estudia en la universidad y menos todavía en los institutos, quiero aludir a la poesía escrita en nuestra tierra, en Aragón. Para ello hay que recurrir al libro de Antonio Pérez Lasheras, Poesía aragonesa contemporánea (Antología consultada), Zaragoza, Mira Editores, 1996. Aunque los poetas antologados rebasan los límites establecidos en este artículo, creo que merece la pena nombrarlos aquí a todos ellos: Tomás Seral, Ildefonso-Manuel Gil, Manuel Pinillos, Luciano Gracia, Guillermo Gúdel, Miguel Labordeta, Fernando Ferreró, Miguel Luesma Castán, Rosendo Tello, Julio Antonio Gómez, José Antonio Labordeta, José Antonio Rey del Corral, Ana María Navales, Ignacio Prat, Ángel Guinda, José Luis Rodríguez García, José Luis Trisán, José Luis Alegre Cudós, Joaquín Sánchez Vallés, Ángel Petis m e , A l f redo Saldaña y Fernando

Andú. Y, como suele ocurrir con las antologías, nunca están todos los que son. Por eso, he aquí otros nombres: Mariano Esquillor, Manuel Martínez Forega, Mariano Castro, Ángela Ibáñez, Raúl Herre ro, Antonio Fernández Molina, Carmen Serna, Emilio Gastón, Maria Pilar Martínez B a rca, Ángel Gracia, Fernando Sanmartín, Manuel Vilas, Javier Delgado, Alicia Silvestre, Miguel Ángel Ordovas, Ricardo Diez Pellejero, Manuel Esteban, Miguel Ángel Marín Uriol, Francisco Barrao, Francho Nagore, Ricardo Serna, Elena Pallarés, Magdalena Lasala, Pedro Antonio Gómez, Alonso Cordel o Javier Barreiro6. Sin duda, después de esta fecha de 1996 han aparecido otros más jóvenes: la cortesía me obliga a mencionar a tres poetas de las Cinco Villas y colaboradores de esta misma revista Á g o r a, José Antonio Conde, Miguel Ángel Longás y Fernando Gil Villa. Asimismo hay que destacar en este caso el importantísimo papel que desempeñan pequeñas editoriales aragonesas, que con mucho esfuerzo publican los ver-

¿Quieres colaborar en

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sos de los poetas aragoneses. En el año 2005 la editorial Aqua ha publicado Los versos dictados de Sergio Algora y Cuadernos de la sal en la mirada de Miguel Ángel Ortiz Albero; Lola Editorial, Páramos de amor de Joaquín Sánchez Vallés; Olifante, Toda la luz del mundo, Minimal love poems de Ángel Guinda; Prensas Universitarias de Zaragoza, El exilio y el reyno de José Verón Gormaz y Los invitados de Pablo Martínez Zorracina; Libros del Innombrable, Huracán de sol de Mariano Esquillor y Edipsados, Insomnio de Ramalah de Ángel Petisme. 6. Ágora se congratula de haber publicado poemas de la mayor parte de poetas aragoneses aquí citados.

PARA SABER MÁS Mainer, J.C. El último tercio del siglo (1968-1998)Antología consultada de la poe sía española, Madrid, Visor, 1998 D´ORS, M. “Última poesía española: por el sentido común al aburrimiento”, Madrid, Nueva Revista, 50 (abril-mayo 1997) “Poesía generación 2000” en El Cultural (3-9 de octubre de 1999).

?

• SECRETARIA DEL CENTRO DE PROFESORES Y RECURSOS Plaza Goya s/n. Ejea de los Caballeros. • DEPARTAMENTO DE LENGUA Y LITERATURA DEL I.E.S.“REYES CATÓLICOS” Carretera de Erla s/n. Ejea de los Caballeros. • DEPARTAMENTO DE LENGUA Y LITERATURA DEL I.E.S. “CINCO VILLAS” Paseo de la Constitución. Ejea de los Caballeros.

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Coinciden en este año 2006 dos conmemoraciones de distinto signo: el 75 aniversario de la proclamación de la II República y el 70 aniversario del comienzo de la Guerra Civil Española (1936-1939). La democracia quedó truncada con aquel golpe de estado de 1936 hasta que se produjeron las primeras elecciones en la transición democrática, tras la dictadura de 40 años que tuvo sus bases en aquella insurrección armada. Una de las principales consecuencias de la Guerra Civil fue un retraso de décadas para nuestro país. La educación fue uno de los campos donde más se escenificó el drástico cambio producido en España. Otra trascendental consecuencia fue la diáspora de tantos españoles que aún tuvieron que sufrir y ser protagonistas de otra dramática guerra…

La educación en Ejea, entre la II República y la Guerra Civil José Antonio Remón Aísa

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ste año 2006 se cumple el 75 aniversario del inicio de un ambicioso experimento democrático que se truncó violentamente hace 70 años. En la década de los 30, España se situó en la vanguardia mundial de los movimientos políticos y sociales. Nuestro país se convirtió en un escenario donde coincidieron las diversas ideologías del momento.

en sus tradicionales privilegios. La sociedad rural estrenó una libertad inédita que permitió un extraordinario afloramiento de ideas, anhelos y esperanzas que no era bien visto por las instancias tradicionales de poder como la Iglesia, buena parte del Ejército o la oligarquía terrateniente, que vieron como se ponían en cuestión sus privilegios e intereses.

Cuando se proclamó la II República, el 14 de abril de 1931, los sueños de reforma y cambio se adueñaron de gran parte de la población, conscientes de que se abría en esa primavera una posibilidad de modernización que trajera mejores condiciones de vida y justicia social.

Las reformas emprendidas en este periodo democrático por las fuerzas progresistas, buscaban la modernización del país y la superación del sistema caciquil que la obstaculizaba. Una de las principales reformas emprendidas fue la llevada a cabo en el plano cultural. Las autoridades republicanas entendían que la cultura era una llave que permitía abrir las conciencias de la población y asentar las bases del progreso y la democratización. Suponía poner en práctica el ideal de la Institución Libre de Enseñanza de que el pro-

El medio rural se había mantenido impermeable a reformas e intentos democratizadores, sometido al filtro de una oligarquía reacia a permitir cualquier cambio que supusiera una merma

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greso sólo es posible con la instru cción y el conocimiento. Cultura era por tanto, sinónimo de desarrollo. Se vivió en estos años un apogeo cultural estimulado por el ambiente republicano que propició el desarrollo de la ciencia y las letras. La educación fue una seña de identidad de la República. Era un camino necesario para sacar a la clase obrera y campesina de la postración que venía soportando en la sociedad. Se pretendía crear ciudadanos más libres, críticos y autónomos. La educación era entendida como un medio de redención del pueblo. A través de ella, las capas populares que en gran medida habían estado alejadas del acceso a la cultura, podrían ser más autónomas y capaces de entender su entorno y su situación en él, lo que redundaría en una defensa más eficaz de sus intereses y unas mejores condiciones de vida.


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Se trataba de democratizar la cultura, llevándola a todos los rincones de la geografía española y a todos los ciudadanos del Estado. Para ello el gobierno republicano emprendió un vasto programa de construcción de escuelas y cre ación de nuevas plazas de maestros, se cre a ron las Universidades Populares, se dio un impulso a las bibliotecas en pueblos y ciudades, se formaron las llamadas Misiones Pedagógicas, estudiantes universitarios voluntarios acudían a pueblos en tareas de alfabetización y junto con maestros y otros voluntarios proyectaban películas de cine, ponían música clásica en gramófonos o transmitían nociones de

arte, pintura, teatro y otras manifestaciones culturales. Supuso una inmensa labor de divulgación en un intento de llevar al pueblo la cultura que le había estado vetada. Este esfuerzo que con una fuerte carga idealista pretendía redimir al pueblo, estaba auspiciado por intelectuales, políticos, docentes, técnicos y voluntarios relacionados con la cultura en general. El programa educativo republicano buscaba un educación pública, laica, democrática y gratuita. Esta concepción chocaba con la Iglesia Católica, titular de muchos centros educativos, que tradicionalmente había tenido un

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importante papel en la enseñanza del país como depositaria de una responsabilidad delegada por el Estado, lo que había creado no pocos intereses e inercias. En Aragón también se notaron los efectos del ambicioso programa del Ministerio de Instrucción Pública de Marcelino Domingo. Se pro y e c t a ron 422 nuevas escuelas primarias de las que se construyeron 312 durante el primer bienio republicano, lo que supuso un aumento del 15% de las instalaciones escolares en Aragón. En cuanto al censo de maestros aragoneses, entre el año 1930 y 1935 se produjo un incre-

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mento del 21,7%, pasando de 2.494 a 3.035 docentes. Ejea de los Caballeros no fue ajena a esta efervescencia cultural. En agosto de 1931 el Ayuntamiento presidido por Juan Sancho, solicitó la creación de la Escuela Nacional del barrio de La Llana, así como la ampliación de las existentes en el pueblo hasta completar ocho grados para m a e s t ros y otros tantos para maestras, es decir, «tres más de niños y cinco más de niñas». Es de destacar que la escuela de La Llana que se solicitó ese año se indicaba que fuera «de asistencia mixta», lo que es un ejemplo de los métodos avanzados que se proponían en la enseñanza y que posteriormente, tras el golpe de Estado de 1936, quedarían anulados. En 1932 se inauguró la escuela de las Niñas en la actual calle del maestro Delfín Bericat, que junto con el centro de La Llana que lo fue en 1933, significó un importante avance en las instalaciones escolares ejeanas. Por su parte, la construcción de la nueva escuela de Niños se adjudicó en la primavera de 1936, poco antes del comienzo de la Guerra Civil que provocó una paralización del proyecto. Para la edificación del nuevo colegio, el Ayuntamiento presidido por Jesús Marín ofreció un solar en la zona conocida como el Ensanche. Este centro, cuyo proyecto ya había sido aprobado en 1935, sería posteriormente el colegio «Cervantes», nombre que ha recuperado recientemente.

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El Ayuntamiento re p u b l icano ejeano también se implicó en conseguir un centro de Segunda Enseñanza para la localidad. En mayo de 1936, la corporación presidida por Jesús Marín envió una solicitud al Ministerio de Instrucción Pública ratificando la realizada en 1933 por la alcaldía de Juan Sancho, pro p o n i e n d o que se instalara un centro de Segunda Enseñanza en Ejea y o f reciendo para ello la segunda planta del edificio del ayuntamiento, que había sido re c i e n t emente inaugurado. Los viajes realizados a Madrid por Juan Sancho para que se pudiera impartir la Segunda Enseñanza en la villa y las gestiones realizadas para ampliar la Primera Enseñanza, no hacen sino ratificar el interés por la extensión de la cultura y la «guerra al analfab e t i s m o» que propugnaba en sus artículos de prensa y sus discursos. Proyectos e iniciativas como los citados quedaron arrinconados por la insurrección militar y la consecuente guerra civil, lo que provocó un retraso de varios años en su materialización definitiva. En la Escuela de Niños ejeana el periodo republicano se inició con Delfín Bericat como director, que mantuvo el cargo durante varios años, y terminó con Ignacio Vicente. Tras el levantamiento reaccionario del 18 de julio, éste último pasó a engrosar la larga lista de maestros fusilados. El golpe de Estado contra la legalidad republicana supuso

el fin traumático de todo el apogeo cultural que se vivió en el periodo democrático. La cultura y la enseñanza no escaparon a la vehemencia antirrepublicana de los sublevados. Aquel curso de la escuela de Ejea comenzó en septiembre de 1936 con la reposición de los cru c ifijos en las aulas y el izado de la bandera bicolor. Todo un pro g r ama de lo que iba a ser la educación durante la guerra en la retaguardia franquista y durante la dictadura posterior como consecuencia de la victoria de los rebeldes. A partir de entonces, esa simbiosis simbólica entre el crucifijo y la bandera bicolor marcaría el rumbo de la España nacional-católica. La Iglesia recuperó sobradamente tras el golpe militar todo el terreno que había perdido en la enseñanza por la anterior legislación republicana. La re l i g i ó n impregnó las escuelas, que se convirtieron en centros de adoctrinamiento. Las nuevas ideas políticas, sus actitudes y comportamientos, entraron a formar parte del programa escolar, como es el caso del libro sobre la nueva España que envió el gobernador a las escuelas de Ejea a comienzos de ese curso, con la consigna de que se dedicara al estudio del mismo todo el tiempo que fuera necesario. Nacionalismo y religión, dos bases de un mismo pilar que sustentaba el sistema totalitario surgido del 18 de julio. La escuela se convertía en espejo de ese modelo y transmisor del mismo a las nuevas generaciones. Mientras


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la autoridad eclesiástica tutelaba la educación, la autoridad política velaba por la observancia de las normas y su acatamiento, como se desprende de los acuerdos del ayuntamiento ejeano sobre la asistencia obligatoria a misa de los escolares o la idoneidad de los maestros según su sintonía con la nueva situación política.

En las Cinco Villas, el año 1936 vivió en la escuela dos modelos educativos contrapuestos que partieron ese año entre la vanguardia y la modernidad de la primera mitad del año y la reacción y el tradicionalismo de la segunda, divididas ambas por el golpe de Estado que triunfó en esta comarca ese trágico verano.

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Fue el reflejo de eso que se ha dado en llamar «las dos Españas»: la renovadora que puso en práctica un experimento democratizador de una entidad desconocida en este país y la conservadora, cuya reacción a esa experiencia encerró a la nación en la más rancia tradición por la fuerza de las armas.

Ayuntamiento de Ejea de los Caballeros

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Republicanos españoles en Francia durante la

Segunda Guerra Mundial (I) Mariano Gracia

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legas a un bosque espeso y o s c u ro, atravesado por caminos de trazados rectilíneos. Aunque es raro toparse con alguien allí, los gruesos troncos cortados y alineados indican que se aprovecha la madera de los árboles más venerables. Si intentas adentrarte en el bosque fuera de los senderos, una maraña de hiedras y zarzas dificulta el paseo. Recorres dos, o tres, o cinco kilómetros con el coche, hasta que llegas a un pequeño claro, donde los madere ros han respetado algunos robles de aspecto imponente. Se ve entonces un pequeño monumento, unas losas de roca del propio lugar, más o menos esculpidas, o grabadas con un texto; quizás también un mástil con una o dos banderitas y, en ocasiones, incluso un pequeño cementerio. Se trata de un memorial de la Segunda Guerra Mundial. Husmeas un poco por el lugar, lees los textos patrióticos que re c u e rdan los sacrificios heroicos e incluso las muertes de soldados con nombres anglosajones, o de unos ciudadanos llamados Alain, François, Henri, Benoît, Jean... y Victoriano, Manuel, Avelino, José. Otra vez

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españoles entre los combatientes aliados o la Resistencia francesa; en Normandía, en Savoya, en Auvernia, en Borgoña, por supuesto en el Midi... Pero ¿hay alguna región francesa en la que no estuvieran presentes?

den pasar desapercibidas a cualquier turista o viajero, pero si acudimos a esos memoriales que salpican con frecuencia la geografía gala, sin duda nos los encont r a remos, hasta en los más re c ó nditos rincones.

Me gusta Francia para ir de vacaciones, y hace años que suelo visitar periódicamente el país vecino. Aunque a veces repito la visita a algunos lugares -como la entrañable ciudad de Toulouse-, cada viaje intento conocer una comarca, o una región nueva. Al principio me resultó curioso encontrar noticias de unos compatriotas que combatieron "por Francia y la Libertad" en lugare s relativamente apartados, pero mi interés por el tema aumentó conforme la anécdota se iba repitiendo, verano tras verano, en puntos muy diversos de la geografía gala. Había oído hablar de la presencia de republicanos españoles en Francia durante los años cuarenta, enrolados en los grupos de resistentes; pero pensaba en algo mucho más esporádico que lo que he visto en los últimos ocho o diez años. Es cierto que las alusiones a aquellos españoles pue-

Ciertamente hoy en día ya no es ninguna novedad –afortunadamente– contar que hubo españoles implicados en la guerra contra los fascismos italiano y alemán –a historia de la División Azul, en el bando contrario, era ya de sobras conocida–, y que algunos conocieron el horror de los campos de concentración. Y no podemos decir que fueran muy numerosos, en comparación con la población y los ejércitos de las naciones que se vieron envueltas en el conflicto. Pero tampoco podemos decir que fueran pocos: aunque los historiadores no coinciden plenamente en el detalle de las cifras, es fácil aceptar que los exiliados en Francia a causa de la Guerra Civil fueron en torno a medio millón de personas; muchos volvieron a España, quizás la mitad o incluso algunos más, y otros consiguieron llegar a países como Méjico, Estados


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Unidos o Chile. Cualquier cifra es arriesgada e imprecisa, pero historiadores solventes como Tuñón de Lara hablan de un total de casi 50.000 españoles implicados en la guerra de una u otra manera sólo en Francia: enrolados en unidades militares francesas o formando parte de una u otra manera de la Resistencia. Unos 8.000 republicanos pasaron por los campos de concentración –principalmente por el de Mauthausen–, en los que encontraron la muerte aproximadamente 5.000 españoles. Las cifras, como vemos, no son insignificantes –en cualquier población española, por pequeña que sea, podemos encontrar referencias a personas que se vieron envueltas en estos acontecimientos–; pero la importancia cualitativa es todavía mayor: los republicanos tenían experiencia bélica, después de tres años de Guerra Civil, y una conciencia clara de lo que estaba sucediendo, de lo que se jugaba Europa en el conflicto. Y estaban desesperados; no tenían otra salida que luchar o simplemente dejarse matar, ya que los que permanecieron en Francia no podían escapar a ningún sitio. La bibliografía sobre este tema, aunque no es escasa, no resulta muy familiar al ciudadano español, que suele ignorar los avatares sufridos por sus compatriotas en el marco de la II Guerra Mundial. A lo sumo se conocen, casi de manera anecdótica, las narraciones realizadas por algunos supervivientes, como Mariano

Constante, Eduardo Pons, Jorg e Semprún y otros. Creo que merece la pena destacar y recomendar el trabajo de Secundino Serrano La última gesta. Los republicanos que vencieron a Hitler (1939-1945), editado por Aguilar en abril de 2005. Serrano ha realizado una excelente síntesis de la cuestión basada en la revisión bibliográfica, las entre v i stas personales y la consulta de archivos, y pone a disposición del lector tanto una descripción de las diversas peripecias vitales de aquellos republicanos como un análisis crítico del marco histórico y las circunstancias que les condujeron a continuar la lucha contra el fascismo iniciada en la Guerra Civil. Y nos recuerda que, una vez terminada la contienda contra Hitler, las cosas tampoco fueron fáciles para ellos; no tenían un hogar al que regresar, ni el respaldo de un país que agradeciera su sacrificio. Aunque Francia cubrió esas carencias, ellos seguían soñando con España. En Francia la gratitud dio paso a la exaltación patriótica de la lucha de los propios franceses, y la historia de los republicanos españoles fue poco a poco cayendo en el olvido. En España todavía no hemos recuperado y asumido su memoria como propia. Y, en justicia, ya va siendo hora.

Punto de partida: el final de la Guerra Civil La ocupación de Cataluña por las tropas de Franco desenca-

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denó la desbandada final hacia Francia: varios cientos de miles de personas cruzaron la frontera por diversos lugares, desbordando la capacidad de reacción del gobierno francés. Las poblaciones próximas a España acogieron como mejor pudieron a los refugiados, pero éstos eran demasiado numerosos. Provisionalmente, se les instaló en campos de reclusión en penosas condiciones de vida: el más conocido, en Argelès, cerca de Perpiñán, no era más que un tramo de playa sin otro sistema sanitario que el agua del mar, donde los asilados se aseaban y hacían sus necesidades. Además, se disgregó a las familias, alojando por separado a hombres y a mujeres. El gobierno francés no sabía qué hacer con la «invasión española», y hubo políticos que llegaron a proponer el traslado de los españoles a islas desiertas de la Polinesia francesa... en cualquier caso, se intentaba que volviesen a España, para lo cual se permitió la entrada en los campos de refugiados de agentes falangistas. Las promesas de éstos y las lamentables condiciones de internamiento hicieron que muchos se atreviesen a volver, a pesar del temor a ser fusilados –así sucedió en algunos casos–, o a sufrir

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penas de cárcel y, en todo caso, a arrastrar de por vida el estigma de ser un «rojo» derrotado. La amenaza alemana prop o rcionó una salida a algunos republicanos: más de 10.000 fueron reclutados para constituir las «Compañías de Trabajadores Extranjeros» y trasladados al norte de Francia. Allí, en la frontera con Alemania de Alsacia y Lorena, trabajaron en las fortificaciones de la Línea Maginot, concebida durante los años treinta para contener un hipotético ataque alemán. Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, los alemanes ocuparon Holanda y Bélgica, e invadieron Francia cruzando fro nteras sin fortificar; desbord a d o rápidamente el ejército francés, bastantes «rojos españoles» fueron entonces apresados por los alemanes y, tras pasar por campos de detención provisionales, muchos a c a b a ron en campos de concentración como Mauthausen. Hubo quién siguió otro s caminos. Algunos (unos 16.000 republicanos) acabaron alistándose en la Legión Extranjera francesa (sus reclutadores re c o r r i e ro n los campos de refugiados buscando «carne de cañón»), sirviendo en unidades militares que, tras la derrota francesa, fueron trasladadas a territorios coloniales o al Reino Unido. Allí acabaron integrándose en el ejército de la Francia Libre dirigido por el general De Gaulle, encuadrados en los cuerpos de ejército aliados. Las decisiones a tomar fueron necesariamente difíciles de asu-

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mir: los republicanos españoles se habían enfrentado durante tre s años de guerra con unidades milit a res legionarias, creadas a imitación de las francesas, y el pro p i o general Franco procedía de ese cuerpo; alistarse en la Legión Extranjera, paradójicamente, significaba ahora seguir combatiendo el fascismo. El Partido Comunista se opuso a que sus militantes se integraran en el ejército francés, de manera que –nueva paradoja– f u e ron anarquistas, además de socialistas y republicanos moderados, quienes acabaron inmersos en una nueva disciplina militar. Algo más tard e , los comunistas españoles –m u y o rganizados y formando una a g rupación pro p i a– se implicarían tempranamente en el movimiento de la Resistencia francesa. Se calcula que en torno a 12.000 republicanos –p r i n c i p a l m e n t e comunistas, pero no exclusivam e n t e– constituyeron grupos de guerrilleros españoles en la Francia ocupada o colaboracionista, además de los varios miles (acaso unos 5.000) que formaban parte del maquis francés. Es imposible cuantificar, además, a todas las personas que en mayor o menor medida colaboraban en t a reas de información, suminist ros o redes de evasión. En cualquier caso, siguieran una u otra peripecia, los refugiados que permanecieron en Francia eran por lo general gente humilde, militantes de base de partidos, sindicatos y organizaciones políticas leales a la República. Los dirigentes políticos y los intelectuales consiguieron

huir a tiempo, y llegar a Inglaterra, Méjico, Chile, Estados Unidos o la Unión Soviética; solamente algunos cuadros medios siguieron la suerte del «proletariado político» y siguieron en el país galo. Los comunistas eran los mejor organizados... y los peor considerados por el resto: el pacto germano-soviético posibilitó el reparto de Polonia y la tranquilidad en el frente oriental de Alemania, que pudo emplearse a fondo en invadir Holanda, Bélgica, Francia, Dinamarca y Noruega. Era muy difícil tragar con esa decisión de Stalin, justificada como un castigo a las democracias burguesas, que para los republicanos –y para los comunistas– españoles representaba la alianza con el fascismo que habían combatido en la Guerra Civil. Las cosas cambiaron cuando Hitler puso en marcha la «Operación Barbarroja» en junio de 1941 y atacó la Unión Soviética. Rusia consiguió frenar y derrotar a los ejércitos alemanes, pero pagó el precio más caro en la Segunda Guerra Mundial: veinte millones de muertos, militares y civiles, de un total de cincuenta millones en todo el conflicto. Francia, por ejemplo, «sólo» contabilizó seiscientos mil. Por cierto; si se visita cualquier población francesa es fácil encontrar el memorial dedicado a las víctimas locales de diversas guerras, incluyendo las dos mundiales, Indochina, Argelia... las cifras de muertos en la I Guerra Mundial – interminables listados de nombres con apellidos que a veces se repiten en dos o más casos– son siempre apabullantes, estremecedoras,


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terribles. La ocupación efectiva de Francia por los alemanes, las atrocidades cometidas por el régimen nazi y la implicación de civiles en la guerra, además de la proximidad cronológica, explican que la memoria histórica francesa –y no sólo ella- contemple la Segunda Guerra Mundial como un acontecimiento extremadamente dramático. Pero todo ello no debe ocultar tampoco la inmensa tragedia que supuso la guerra de 1914 en la que, a diferencia de la de 1939, resulta muy difícil «dar la razón» a uno de los bandos.

Refugiados en Francia El contingente de exiliados en Francia, evidentemente, no estaba compuesto solamente por excombatientes, y no todo el mundo optó por seguir luchando después de tres años de Guerra Civil. Mujeres, niños, ancianos, heridos y mutilados de guerra, familias enteras que simplemente deseaban sobrevivir y rehacer en alguna medida unas vidas ya duramente castigadas... habían sido distribuidos por multitud de poblaciones sobre todo de la mitad meridional de Francia, en las que poco a poco consiguieron trabajo y sustento; algunos aban-

donaron los campos de internamiento. Lógicamente, compartieron las desdichas de la población francesa bajo la ocupación alemana. Dos acontecimientos ejemplifican la suerte de los refugiados en Francia: la triste peripecia del «convoy de los 927» y la presencia de españoles entre las víctimas de la matanza de Oradour. Cuando el final de la guerra se acercaba tras el desembarco de Normandía en junio de 1944, como represalia por un ataque de la Resistencia, soldados de una división SS –entre ellos bastantes alsacianos– masacraron completamente el pueblecito de Oradoursur-Glane (solamente se salvaron los hombres que se encontraban trabajando en el campo y tuvieron tiempo de huir); entre los muertos se encontraban varias familias españolas allí refugiadas. C u a t ro años antes, el 24 de agosto de 1940, llegó a Mauthausen un tren que transportaba a casi mil –927, para ser exactos– republicanos españoles, hombres, mujeres y niños. Había partido de Angulema cuatro días antes y, al llegar al campo de concentración, todos los hombres mayore s de 13 años (más de 400), incluidos enfermos y mutilados, fuero n separados de sus familias y re c l u idos en Mauthausen; mujeres y niños menores de esa edad fueron devueltos a Francia. Estuve en Angulema el verano pasado, y visité el Musée de la Résistance et de la Déportation d' Angoulême. Aunque la presentación de los fondos del museo resulta algo arcaica, el con-

H I S T O R I A

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tenido no carece de interés, especialmente en lo concerniente al colaboracionismo con el ocupante. A la entrada un panel señala la ubicación de los campos de concentración franquistas como el de Miranda de Ebro, donde acabaron algunos franceses huidos a través del Pirineo. Como no vi ninguna alusión al convoy de republicanos españoles que partió de esa ciudad, decidí preguntar a la amable encargada del museo, quien confesó su ignorancia al respecto. Sin embargo, me dio todo tipo de explicaciones y referencias acerca de una activa asociación de antiguos exiliados y resistentes españoles afincados en la ciudad, y me contó que dos periodistas de la televisión catalana habían andado por allí investigando el asunto. Montse Armengou y Ricard Belis realizaron un reportaje para TV3 que titularon «El comboi dels 927», y el año pasado publicaron un libro con el mismo título, editado en castellano –El convoy de los 927– por Plaza y Janés. Como ellos dicen, no eran judíos, ni miembros de la resistencia armada a la invasión, sino exiliados del terror de Franco; refugiados indeseables e incómodos para el gobierno francés, el régimen de Franco, a sabiendas de su terrible destino, no hizo nada por evitarlo o incluso lo favoreció.

Evidentemente, muchos de quienes permanecieron en Francia a partir de la ocupación alemana no tardarían en organizarse para seguir combatiendo el fascismo.

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A lo largo de la historia del pensamiento se han expuesto un número inabarcable de teorías y se han formulado miles de preguntas acerca de aspectos fundamentales del ser humano: la libertad, la posible existencia o inexistencia de Dios, el porqué del ser humano, el sentido del universo... Hoy, como ayer, las palabras de Antonio Machado son contundentes aldabonazos a nuestra conciencia: “Preguntadlo todo, como hacen los niños. ¿Por qué esto? ¿Por qué lo otro? ¿Por qué lo de más allá? (...) Vosotros preguntad siempre, sin que os detenga ni siquiera el aparente absurdo de vuestras interrogaciones. Veréis que el absurdo es casi siempre una especialidad de las respuestas...”

“Cada vez que pienso en lo esencial creo entreverlo en el silencio o en el estallido, en el estupor o en el grito. Nunca en la palabra”. E. M. Cioran, Del inconveniente de haber nacido

La necedad

del preguntar María Eugenia Señas

E

s curioso que hay ocasiones en las que pensando en algo nos surgen preguntas que hemos de contestar de inmediato, sin reparar en que puede que la respuesta no esté al alcance de nuestro conocimiento actual o de nuestra capacidad de volición. Son preguntas necias, y todo porque buscan en el interior de uno mismo, en lo más hondo de la condición humana, en el apartado más lejano del ser mismo, en su condición esencial. ¿Quién puede responderlas? Ni el más letrado de los aspirantes a tal hazaña resolvería estas cuestiones y sin embargo nadie queda exento de mirar en su interior y preguntarse por su propia identidad personal ¿quién soy?, ¿qué es el hombre? ¿Puedo ser otro diferente de mí? Esta es la empresa que vamos a acometer sin más esperanza que la de aquella que invadía a Kant cuando afirmaba ¡Atrévete a pensar! ¿Qué es el hombre? ¿Quién soy yo? Todas y cada una de las disciplinas tanto humanísticas como

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científicas han intentado responder sin éxito y con pretensiones de exactitud a esta pregunta, y muchas han determinado que solo una, únicamente una, se ha aproximado a la respuesta: la Filosofía. Si nos paramos a pensar, pod ver cómo desde la literatura se han escrito libros enteros con la ambición de saber qué es el ser humano, cómo es, qué le caracteriza, léanse obras contemporáneas como La inmortalidad de Milan Kundera, La Caverna de Saramago, Nada de Carmen Laforet, La lluvia amarilla de Julio Llamazares, que coquetean con la posible respuesta a una pregunta puramente filosófica, y todo, porque es hoy más que nunca cuando se cuestiona qué es el ser humano, o mejor qué era y en qué se ha convertido. La ciencia y la tecnología también hoy buscan una explicación a qué es el hombre, mientras sabotean todas sus libertades y las convierten en necesidades. Para los antiguos griegos, véase el ejemplo de Aristóteles, el hombre era una parte

de la naturaleza que como ésta, se regía por una suerte de finalidad, teleología la llamaban, que le aseguraba cuál era su lugar en el mundo. En la modernidad, Descartes, Galileo y Newton explicaron al hombre como una especie de máquina creada por Dios que obedecía a la más rígida causalidad y que podría definirse en términos de leyes y teorías científicas. La respuesta que ofrece la ciencia en pleno siglo XXI, ya no es el resultado de la pregunta inicial ¿qué es el hombre? sino de otras pre g u ntas que vienen determinadas por las teorías contemporáneas basadas en el azar genético y en el caos estru c t ural. Las respuestas de este siglo re sponden a preguntas tales como: ¿qué rige en el hombre: el azar o el orden? ¿es un ser simétrico o desest ructurado? ¿es libre o determinado? I Sea como fuere, en nuestros días la explicación cientifica se diluye en un manto tecnológico que adormece al ser humano y obvia


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toda pretensión de comunicación personal, de ascetismo individual. Somos un elemento minúsculo de carne y hueso dentro de un sistema organizado tecnológicamente que nos absorbe y nos hace c reer que la verdad es virtual. Teléfonos móviles, ord e n a d o re s , play station, televisión y un largo etcétera que nos expresa hoy más que nunca, qué es el hombre y en qué se ha convertido. Diariamente vemos que los informativos dibujan al hombre en todo su esplendor detallando sus intenciones. El hombre aparece como un ser despreciable, capaz de las más elevadas hazañas y obrador de las mas repugnantes patrañas. El hombre del siglo XXI es un ser obnubilado, es un ser derruido, deshecho en mil pedazos, un ser sin rumbo, sin un qué, sin un por qué; un hombre sin preguntas y como tal sin respuestas, un hombre afilosófico, anodino, que se estremece cuando observa que su vida ha discurrido por el camino de la más escalofriante aleatoriedad. Pero siendo el hombre tal cual, ¿es posible cambiar? ¡Qué ingenuo es el espíritu humano! La ambición de responder a la pregunta más esencial nos ha llevado por derroteros diversos que hemos de solventar. ¿Puede el hombre cambiar? ¿Puedo ser otro diferente de mí? Es curioso proponer a mis alumnos tal cuestión: ¿el ser humano puede cambiar, puede ser otro distinto de sí?, ¿qué le diferencia?... Todos suelen mirarme con ojos perspicaces esperando que dicha pregunta resulte ser retórica y no sea necesario dar una respuesta de inmediato. Cuando reflexionan sobre el asunto, las afirmaciones brotan de sus labios como intentando expul-

sar un monstruo que los ahoga sin piedad. Todos se resuelven en el sí. Las opiniones que explican tal respuesta son muy variadas y más cuando ésta se vuelve menos radical. El hombre, afirman, puede variar, es un proyecto, algo no definitivo, que se abre a nuevas perspectivas a las que se puede adaptar y por las que puede continuar. Ciencias como la Psicología, la Antropología o la Filosofía, han intentado dar respuesta a tan necia e inservible pregunta. Las corrientes psicológicas establecen que el hombre puede cambiar, ésa es su mayor peculiaridad. Teorías como el conductismo o el cognitivismo afirman que el hombre puede, mediante ciertos usos y reglas, variar su comportamiento tal y como lo variaría cualquier animal. Desde la Filosofía las respuestas han sido menos explicitas y la divagación ha presupuesto un tipo de cuestión más radical. Entre los griegos ya se disputaba tal problema, de tal modo que mientras Heráclito afirmaba que el hombre es p u ro devenir y así lo refleja la expresión «No te bañaras dos veces en el mimo río», Platón por su lado, opinaba que el hombre posee una cierta

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forma de sustancialidad, lo que hace que el ser humano se constituya como un ser esencial incapaz de cambiar: en la verdadera realidad todo está sujeto a la inmutabilidad. II En la actualidad la pregunta no ha lugar, el hombre no se detiene a pensar y simplemente actúa dejándose llevar; por esto no son pocas las oportunidades que se le ofrecen al hombre para cambiar: clínicas de estética, deportes livianos, viajes insospechados, trajes de postín.., miles y miles de instrumentos y productos que nos enseñan lo mal configurados que estamos y cómo ha de resolverse la situación. Sin e m b a rgo nunca estamos satisfechos; cuanto más desfigurados, más olvido; cuanto más olvido, más desgana, menos afirmación, y es entonces cuando la pregunta resulta abominable a los ojos de uno mismo. En definitiva, el hombre no es un ser concluso, no es un ser cerrado, es un ser abierto que no puede resolverse sin más, por ello es de necios preguntar y aún más de necios responder definitivamente a la pregunta más fundamental, ¿qué es y cuál es su identidad?

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En realidad, ¿sabe el dolor que nos enseña? ¿O se contenta con percibir que es el anuncio de algo peor? ¿Piensa que sólo cumple con su trabajo? ¿Para qué quiere Roma todos los caminos? ¿Por qué se conforman con menos todas las demás?

¿Sabe Dios lo que esperamos de él? ¿Y cómo es que no sale corriendo? ¿Para qué quiere Roma todos los caminos? ¿Por qué se conforman con menos todas las demás?

¿Qué fue de las noches de verano sin sueño? ¿Descendieron al mismo lugar al que caen las desilusiones de los s o l itarios? ¿O será que sólo es inteligible a la piel y a las fibras del alma, aún impotentes para escucharla?

¿Es cierto que somos tan importantes como para que nos siga la luna? ¿O tan ingenuos como para creer que nos sigue?

¿Es cierto que los caminos son rectos al nacer?. ¿Y que después serpentean para que el viaje sea más largo? ¿Es posible que seamos pensados por quienes nos aman? ¿Que seamos como nos piensan? ¿O somos independientes y por eso a veces les hacemos daño? ¿Huye el horizonte de sí mismo igual que huye de nosotros? ¿Corre delante de las furias o sólo es un tranquilo paseo? Y cuando se encuentre a sí mismo, ¿será en la hora del día de ayer o en la del de hoy? Si Dios está en todas partes, ¿por qué decimos que no fue a Auswitsch? ¿Acaso necesitamos su permiso para acumular racionalmente personas en las cámaras de gas?, ¿para llenar el suelo bajo nuestros pies de fosas comunes? ¿Alguien solicitó su gracia para repartirla a tiros? ( 42 )

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Beatríz Ciria

¿Qué esperan los l i b ros en los anaqueles? ¿Desean que los abracemos? ¿O es que mueren de pie?


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Divagaciones sobre

la libertad José Ma. Lahoz Pastor

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ibertad: libertad de elección, libertad de opinión, libertad de expre s i ó n , libertad de cátedra, libertad de mercado, grados de libertad de un sistema, tiempo libre. Parece que vivamos en el tiempo dorado de las libertades, y que, tras oscuras épocas de represión y dictadura, naveguemos por el mar abierto de la Libertad tan añorada. La idea de Libertad ha sido una de las más utilizadas en la Historia de la Filosofía. Pretendo en este artículo, trazar un breve bosquejo filosófico de la misma y sugerir algunas implicaciones en nuestra situación actual. Tradicionalmente, la Filosofía ha distinguido entre dos tipos de libertad: 1) Libertad negativa o libertad de (liberarse de) es la libertad entendida como negación de dependencia respecto a algo o a alguien, respecto a alguna determinación o coacción o represión o imposición. Esta libertad se enfrenta con varios determinismos contra los que tiene que luchar para hacerse efectiva (aunque es evidente que no todos los determinismos se pueden eliminar): - Determinismos físicos: las

leyes de la Naturaleza, el azar, etc. - Determinismos biológicos: la herencia genética, los instintos, las emociones y, en general, el metabolismo y la fisiología de nuestros organismos, incluido el cerebro. - Determinismos sociales y económico- políticos: aprendizaje, normas sociales, costumbres, cultura, modas, consumismo, normas morales (de la familia, del grupo de amigos, del partido político), normas legales, estructura económica (capitalismo, comunismo), etc. - Determinismos religiosos: normas morales (pues, las religiones también las dan), destino o predestinación, pecado y culpa, juicio final, etc. Esta idea de libertad ha tenido y tiene mucho prestigio social y político: liberarse de las prohibiciones y de los opresores ha provocado manifestaciones, rebeldías, canciones, poemas e, incluso, guerras. Dos comentarios: a) los determinismos físicos no se pueden eliminar. Aunque se haya entendido a veces que el azar o el caos sugieren libertad en los fenómenos naturales esto no tiene por qué ser así, pues sólo significa que desconocemos el

estado final de un sistema físico, no que el sistema no este sujeto a leyes causales; por esto, se habla hoy de caos determinista. Los determinismos biológicos se pueden disminuir conforme avancen las ciencias biomédicas pero no se podrán eliminar (sería absurdo) pues somos un cuerpo con sus reacciones químicas. Los otros dos determinismos sí se pueden eliminar o, más bien, trasladar o cambiar por otros; esto es, podemos elegir las normas morales que nos parezcan (no así las legales, aunque podamos elegir no cumplirlas y sufrir las sanciones que de ello se deriven) y podemos cambiar las costumbres, modificar lo que hemos a p rendido (sustituyéndolo por otro aprendizaje), no pertenecer a ninguna religión (sustituyendo sus normas morales por las de otro grupo social), etc. Aunque no podemos elegir nuestra primera educación, ni el entorno familiar, cultural, social y económico de nuestra infancia. b) Los determinismos vistos serían las causas de nuestras acciones. Hacemos lo que hacemos movidos por lo que hemos a p rendido. El filósofo español Gustavo Bueno dice que el deter -

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minismo no va contra la libertad sino que, justamente, es su condición ya que no es posible una elección acausal (si no tengo preferencias, no puedo elegir). Hay causas de nuestras deci siones. 2) Libertad positiva o libertad para: es la libertad como posibilidad, capacidad o potencia para elegir y obrar. Es la libertad de elección o Libre Albedrío (para los filósofos cristianos). Aquí entra en juego un nuevo concepto: la responsabilidad. Libertad y responsabilidad: se dice que si uno actúa libremente, uno debe ser responsable de sus actos, aceptar los premios o castigos que de ellos se deriven. Pero, más bien la situación es la contraria, esto es, si uno previamente no es responsable de sus actos no puede ser libre. Por esto, no consideramos libres a los niños ni a los animales, porque no los suponemos responsables de lo

que hacen: si un niño rompe un cristal, lo pagarán sus padres; si un perro muerde a un transeúnte, la sanción la asumirá su dueño. Ni los niños ni los perros van a la cárcel porque no son responsables de sus actos y, por esta razón, no los consideramos libres. Podemos ahora recordar, en un rápido boceto, las teorías que sobre la libertad han expuesto los filósofos más conocidos: Filosofía griega: Sócrates y Platón defienden el intelectualismo ético que, en resumen, quiere decir que realizamos acciones malas por ignorancia del bien; la palabra clave es «i g n o r a n c i a». Esto es, no obramos mal porque queramos (y aquí estaría la libertad) sino porque no conocemos el bien. Porque si lo conociéramos indudablemente lo haríamos, convencidos de que es lo mejor. Aristóteles añade que las acciones no libres son por coacción

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Carretera de Erla s/n. Ejea de los Caballeros. • DEPARTAMENTO DE LENGUA Y LITERATURA DEL I.E.S. “CINCO VILLAS”

Paseo de la Constitución. Ejea de los Caballeros.

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o por ignorancia. Y precisa que las virtudes son hábitos, disposiciones a actuar bien. Y que como hábitos o costumbres se aprenden practicándolas: uno aprende a ser bueno realizando buenas acciones, y al contrario a ser malo. Como vemos, los filósofos griegos subrayan el determinismo del aprendizaje. Según esto, no es posible la libertad negativa. Filosofia medieval: el cristianismo católico (San Agustín, Santo Tomás, etc.) defiende que el hombre posee una voluntad libre y que por ello puede elegir hacer el mal y comete pecados que le provocan un sentimiento de culpa y que según sus acciones recibirá un premio (ir al cielo) o un castigo divino (ir al infierno). Esta idea de la voluntad libre es la que presuponemos hoy al aplicar nuestras leyes pues, si uno actúa mal por voluntad propia recibirá un castigo legal. Si no le asignamos libre voluntad no podríamos castigarlo legalmente, como a los niños o a los perros. Se subraya aquí la libertad positiva. Filosofía moderna: Spinoza piensa que el ser humano no es libre: «los hombres se creen libres porque son ignorantes de las causas que les determinan a obrar». No hay libertad negativa y, por tanto, la libertad positiva consiste en «elegir» aceptar los determinismos. Por otra parte, Kant llega a la conclusión de que no se puede demostrar racionalmente que seamos libres o que no lo seamos. Dice que en la Naturaleza existe el determinismo, pero que se debe suponer que los hombres somos


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democracia debe luchar con todas sus armas contra los que defienden ideas totalitarias pues si se aplicasen eliminarían a la propia democracia. – El ser humano actúa sujetándose a normas (sociales, morales, legales, etc.) que pre c i s a m o s para poder ejercer nuestra libertad, pero debemos destruir todo determinismo añadido, innecesario y dañino (como el cotilleo: por su injerencia en la vida ajena; o el exceso de prohibiciones y reglamentaciones en nuestra vida cotidiana; o la propensión de algunos a opinar sobre todos los asuntos: ¡Deje usted de opinar: infórmese y razone!) para poder conseguir, al menos, un poco de libertad negativa. – Hemos visto que, desde la perspectiva filosófica de este artículo, no está resuelto el que tengamos o no libertad positiva, y tal vez sea esta una cuestión irresoluble, pero sí que debemos ampliar hasta donde podamos nuestra libertad negativa. libres porque si no no existiría la ética, ni tendría sentido juzgar nuestras acciones. Libertad como hipótesis necesaria. Filosofía contemporánea: Sartre afirma que el hombre está condenado a ser libre (es libre lo quiera o no), que nace sin ninguna determinación y que tiene que hacerse, elegirse a sí mismo al ir realizando acciones durante su vida. El hombre se hace, eligiendo en cada momento. Plena libertad positiva. Se me ocurren , ahora, algunas reflexiones a modo de conclusiones:

– Se utiliza alegremente la palabra «libertad» (por ejemplo en la publicidad de automóviles: ¡cómprate este coche y te sentirás libre!; o en operadores de telefonía móvil: Amena, tu libertad) ignorando sus acepciones e implicaciones para confundir al personal; pues, la libertad vende. – La democracia es el sistema de gobierno que pretende garantizar las libertades sociales e individuales, pero esto no significa que todo el mundo tenga derecho a expresar y a poner en práctica sus ideas, sean estas cuales sean. La

– La libertad implica el error: prueba y error. No hay que arrepentirse de los errores cometidos sino asumirlos, pues sólo así se va haciendo uno responsable. Sólo después de haber probado varios caminos equivocados se puede encontrar el camino propio. El tema de la libertad es inabarcable y aquí sólo he pretendido esbozarlo. Deambulo por la calle Libertad de Ejea de los Caballeros, cortado por el cierzo seco y frío que no me deja pensar en nada, y decido (¿no decido?) terminar este artículo.

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Reflexionar con ánimo constructivo sobre los problemas que nos aquejan en lo individual y en lo social y encontrar respuestas a los interrogantes que nuestro entorno nos plantea es uno de los pilares en los que se asienta el devenir discursivo de Ágora. De una manera flexible, seleccionamos el método expresivo que más le conviene a nuestro interés comunicativo y abordamos cualquier tema desde nuestro particular punto de vista, ahondando en aquellos aspectos susceptibles de una interpretación singular, ya sea, por ejemplo, la reivindicación de una publicidad en positivo, ya sea el enojo del psicoanalista de Pepito Grillo por la hipocresía de algunos procesos comunicativos...

El rincón

del neurótico

(II) Joaquín Bueno

A

pesar de las severas divergencias que mi psicoanalista y yo perpetuamos a lo largo del tiempo, tenemos en común algunos puntos de vista ... Por ejemplo, en nuestro singular agnosticismo, ninguno de los dos encontramos razones suficientes para deglutir irre f l e x ivamente toda una alienante re a l idad virtual, ritualista y doctrinaria, las más de las veces utilizada como sedante social al servicio de inconfesables intereses, aunque, por otra parte, tampoco encontramos suficientes razones para no enriquecernos con algunas actividades milenarias de probada eficacia para el mantenimiento de la salud física y de la mental. Por ello, de la misma manera que rechazamos sin paliativos la manipulación ideológica y doctrinal y manifestamos nuestro pro-

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fundo desagrado ante estas prácticas degradantes, tampoco dejamos de manifestar que nos agrada sobremanera la contemplación de la exuberancia de la naturaleza en la que percibimos los latidos de la vida y, que, a menudo, cuando nos abismamos en el firmamento de las noches sin nubes, nos sobreviene una sensación de plenitud que posee algunas significativas analogías con las sensaciones descritas por los místicos. Evidentemente, esto es algo propio, privado, personal, no sujeto a criterios externos; una cosa de puertas adentro, no doctrinal ni ritual, a medio camino entre el entretenimiento enriquecedor y el palmero de vitaminas para una salud psíquica aceptable. Nada de sectas... Como es obvio, ninguno de los dos tenemos inconveniente en mostrar ni nuestras divergencias ni

nuestras afinidades y menos en circunstancias como las actuales cuando la ortodoxia se instala inexorablemente en el pensamiento social, configurando una sociedad cada vez más permeable a cualquier doctrina exclusivista y sectaria donde la discrepancia con el modelo estandarizado y divinizado conlleva la subsiguiente reprobación y tal vez la marginación. La verdad es que el clásico conflicto intelectual entre la fe y la razón no nos preocupa mucho hoy por hoy, aunque como tema transversal ligado a nuestras terapias conversacionales aparece con cierta frecuencia, sobre todo en los temas históricos sobre los que tanto dialogamos. En estas circunstancias no es pues de extrañar que ayer mi psicoanalista se indignase hasta la exasperación cuando escuchó en una tertulia radiofónica hacer un


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comentario no muy afortunado acerca del gran humanista del Renacimiento, Erasmo de Rotterdam, del que se decía que fue «imprudentemente imparcial» y del que «irritaban sus silencios» cuando «la herejía inundaba Europa» por aquellos primero s años del siglo XVI. «La gente -me dice- se instala con facilidad en el maniqueísmo, le gusta pertenecer a un bando, seguir los dictámenes de una idea exclusivis ta y encabezar sus afirmaciones con el dibujo de una bandera; necesita perso nalizar lo malo de la vida en la maldad de los otros y cuando no tiene un ene migo real y visible se lo inventa para poder justificar así sus problemas... De esta manera -continúa- las personas que como Erasmo pretenden compartir la riqueza, que consideran perverso el afán de poder, que pretenden una jus ticia equitativa o que defienden la reflexión mental individual y no el ritualismo entontecedor, no suele ser muy popular entre los que (¡todavía!) siguen pretendiendo esclavizar al ser humano, domesticándolo y convirtién dolo "in eternis"» en una paciente y apetitosa ovejita.

obsesión. A veces, por algún motivo que desconozco, «re c o n st ru y e» la realidad histórica y da pábulo a algunas historias apócrifas. Ahora se ha empeñado en que en algún lugar en el triángulo que une las poblaciones de Ayerbe, Ejea y Sos del Rey Católico se encuentran depositadas unos documentos de un tal Gerh a rd Gerh a rds (el primitivo n o m b re de Erasmo de Rótterdam) en el que de su puño y letras censura con mordacidad los vicios y defectos de algunos nobles y prelados de su época, fácilmente

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identificables en la Europa del momento. Según su punto de vista, estos documentos habrían viajado a través de Europa en la valija que transportaba uno de los borricos de la reata de un rico hombre cincovillés que a la sazón era secretario de cartas del pro p i o emperador Carlos cuando Valdés enfermaba y que anduvo posteriormente en pleitos por no sé qué historias respecto de su pureza de sangre . Yo creo que todo esto es apócrifo, pero no sé, no sé...

Si mi psicoanalista no fuera un ser tan ingenuo, tan excéntrico y tan atolondrado, podría influir de una manera positiva en la sociedad, con su punto de vista alternativo y humanista, aunque, desde mi punto de vista, nunca podrá desarrollar una verdadera influencia, habida cuenta de que su pensamiento resulta inconexo y diletante y siempre acaba proyectando alguna pre o c u p a n t e

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Mujer y publicidad educativa Ma. Elena López Quintana

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a publicidad es un hecho o m n i p resente en nuestra vida cotidiana, que de forma muy gráfica describe Guerín: «el aire que respiramos es un compuesto de oxígeno, nitrógeno y publicidad». Esta omnipresencia instalada en todos los ámbitos en los que nos movemos, cuyo principal «arte» se centra en «convencer al consumidor» (Luis Bassat), crea unos mundos fantásticos como los de los cuentos tradicionales pero no con el afán de que el/la niño/a supere miedos o adquiera los valores de la sociedad de la que formará parte (entre otros aspectos reseñables de los cuentos infantiles) sino con el objetivo de que el/la consumidor/a potencial crea que con la compra de un determinado producto satisfará sus deseos y se sentirá más feliz y realizado como ser humano. Por otra parte, también podríamos destacar los aspectos positivos de la publicidad, ya que, dado su grado de penetración en nuestra sociedad, la publicidad puede ser un apoyo fundamental en campañas de concienciación social realizadas por instituciones o asociaciones privadas, dirigidas a determinados sectores sociales que podrían sensibilizarse y actuar para cambiar lo injusto o re p robable. Ya desde la década de los 70, la Cruz Roja presentó anuncios con un nuevo discurso publicitario sobre causas sociales con eslóga-

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nes del tipo: «Dentro de 25 años, el mundo será de ellos (de los niños) ¿Cómo se lo entregaremos?». La publicidad, por tanto, adquiere la «función educativa (…) cuya finalidad es transformar la sociedad, mejorar la calidad de vida de todos los ciudadanos» (Mª Isabel Martín), una función similar a la que ha de desempeñar hoy la escuela: informar y formar a la ciudadanía del futuro. El objetivo del pre s e n t e artículo, por tanto, es resaltar algunos de los aspectos educativos que puede aportarnos la publicidad, mediante el análisis de la temática de diversos anuncios televisivos, presentados al Festival Internacional de Publicidad de San Sebastián en las ediciones comprendidas entre los años 1990 y 2003. Se han analizado los anuncios relacionados con la mujer y su problemática dentro

de la categoría «Servicios sin ánimo de lucro». Sector social, que, desgraciadamente, es uno de los más desfavorecidos a pesar de las altas cotas de bienestar y democracia que hemos conseguido en nuestra sociedad. En la década de los noventa predominan los anuncios cuya temática está orientada fundamentalmente a la educación por la igualdad y los anunciantes son en su mayoría instituciones oficiales. Dicha temática es tratada desde el humor (Objetos, 1990), la denuncia (Mujer, 1991), la ironía (Edificio, 1991), pasando por la reflexión sobre el hecho de que el compartir el cuidado de los hijos por ambos miembros de la pareja implica un mayor tiempo libre para que la mujer pueda dedicarlo a sí misma (Papá, caca, 1995), hasta llegar al intento de concienciación de que el hombre también

Prostituta (2003) Anunciante: Fundación CODESPA Duración: 1’ Eslogan: Si no haces nada por su educación, alguien lo hará. Argumento: En un cuartucho de una barriada muy pobre le Latinoamérica, una niña de unos doce años habla con su hermana mayor sobre el oficio de prostituta, que esta ejerce, y los consejos que la muchacha de más edad le da sobre qué debe hacer cuando esté con un cliente; mientras se arregla para salir a trabajar.


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Golpes (2002) Anunciante: Junta de Andalucía. Consejería de Asuntos Sociales. Duración: 35’’ Eslogan: Tu mano es tu mano. Tu pie es tu pie. Tu cabeza es tu cabeza. Tu mujer no es tu mujer.

puede asumir las tareas de limpieza del hogar (Igualdad, 2003). Se observa un mayor grado de preocupación en los primeros años de la primera década del 2000 de conserjerías de asuntos sociales de varias autonomías por el tema del maltrato o la denominada violencia de género, que aqueja a muchas mujeres en nuestro país sin que se consigan eliminar las cifras de mujeres muertas a manos de sus parejas. Sin embargo, los anuncios presentados al Festival Internacional de San Sebastián todavía no reflejan la consecuencia última de la violencia doméstica: el asesinato; más bien estos anuncios están en la línea de o bien concienciar al agresor de que su pareja no es una propiedad que pueda dañar a su gusto (Golpes, 2002), o bien están dirigidos a la propia mujer maltratada y a personas de su entorno cercano para que se denuncien las situacio-

Igualdad (2003) Anunciante: Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales Duración: 32’’ Eslogan: Está claro, sabes limpiar. Argumento: Un hombre sale de su coche y lo limpia con esmero: por fuera con jabón, sacude las alfombrillas, da limpia-cristales a los parabrisas y al espejo retrovisor, vacía el cenicero…

Argumento: A un hombre le salen varias cosas mal: llama por teléfono y no contestan, el coche se le estropea en mitad de la calle, llega a casa y la comida que hierve en el fuego parece no gustarle…Cada vez que le ocurre un percance descarga su agresividad hacia el objeto más cercano con un golpe, patada o cabezazo. La imagen del objeto se congela y aparece en pantalla cada una de las frases del eslogan.

nes vejatorias o intimidatorias de las que la mujer es objeto y no se g u a rde silencio sobre el asunto. (Maquillaje, 2000). Los anuncios presentados por asociaciones privadas tratan de la problemática que puede afectar a la mujer tal como: la prostitución como única salida de la mujer desde la adolescencia para sobrevivir en barrios marginales (Prostituta, 2003), el acoso sexual en el trabajo (Acoso sexual, 1992) o el consumo de drogas y el ejercicio de la prostitución para poder conseguirlas, círculo vicioso del que la joven no puede escapar por sí sola. (Afectos, 1990). Lo que queda de manifiesto tras este sucinto análisis temático, es que parece haber un mayor interés de la sociedad, ya que la publicidad la refleja o incluso crea nuevos moldes y necesidades sociales, en la problemática femenina durante los primeros años de la década de los noventa sobre la educación en la igualdad de géneros y durante los primeros años de la primera década del 2000 sobre el tema de la violencia de género (no es de extrañar por el número de víctimas contabilizadas), quedando los años intermedios casi vacíos de este tipo de campañas de concienciación social, por lo menos con cierta re p resentatividad en el festival anteriormente señalado.

Quizá sería un buen momento para retomar la educación para la igualdad por parte de todos los sectores sociales como la mejor prevención de la denominada violencia de género. Este tipo de publicidad educativa que implica una concienciación ciudadana y que llega a numeroso número de personas de toda edad y condición, cuya característica esencial para hacerse casi omnipresente es la reiteratividad de sus mensajes, puede ser necesaria como apoyo y complemento de otros planes que impliquen mayor grado de acerc amiento e implicación social. Este tipo de publicidad de discurso social también puede ser, por los valores que transmite, objeto de análisis y estudio crítico en la escuela (agente fundamental de formación y educación en la igualdad de géneros), debido a su gran expresividad, a su simplicidad y adecuación simbólica, a su transversalidad y por constituirse su análisis como una práctica educativa complementaria a la actividad académica, muy conectada con la cotidianidad de un alumnado televidente. Bibliografía • LUIS BASSAT, El libro rojo de la publici dad, Plaza y Janet Editores, Barcelona 2001 • «Publicidad y Educación», Publifilia Revista de Culturas Publicitarias, Num.7. Junio 2003

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EDUCERE, la raíz etimológica del actual verbo educar, nos aporta un poco de luz y un bastante de sombra sobre los problemas que aquejan a la educación en España. Efectivamente, educar es actualizar o sacar a la luz algo que permanece inédito o escondido en nuestro interior; pero, ¿cómo lo hacemos? Las instituciones públicas y privadas y las diferentes opciones políticas del país o, incluso, la propia sociedad de consumo rivalizan ofreciéndonos diferentes, y a veces contradictorios perfiles del camino a seguir, sin que encontremos un denominador común que garantice el éxito de la travesía. Tal vez la solución de compromiso estribe en hacer el camino siguiendo las huellas machadianas y con recomendaciones y consejos como los de Jesús Claver...

La educación en España ¿cómo estamos y adónde vamos? Jesús Claver

Situación de partida: Las intenciones educativas en los últimos años

E

speranza Aguirre, ministra de Educación y Cultura en el primer Gobierno del Partido Popular, a finales de 1996 habla de hacer de la ESO lo más parecido a un bachillerato elemental porque de esta manera habrá una mayor preparación de los alumnos que vayan a la Universidad. Nasarre, siendo secretario general de Educación y Formación Profesional manifiesta que actualmente (1996) existe un desencanto con la educación española a pesar del importante volumen de recursos financieros invertidos en el sistema educativo con la LOGSE. El decreto de la nueva Administración de 14 de marzo de 1997 modifica los procedimientos de elección de centros. Establece, entre otros, el criterio de circunstancias libremente apreciadas por el centro. Con estos nuevos criterios aumenta la posibilidad de que el centro seleccione a sus alumnos. En diciembre de 1999, el Ministerio de Educación y Cultura organiza unas «Jornadas de debate sobre la Enseñanza Secundaria Obligatoria», con las organizaciones y pro f e s o res que están de acuerdo con sus planteamientos. En estas jornadas destacan los siguientes puntos: no se cuestiona la extensión de la

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Ágora

educación obligatoria hasta los 16 años; organización de grupos homogéneos para atender mejor a la diversidad; el sistema actual desmotiva a los alumnos más capacitados, es urgente llevar a cabo la diversificación del alumnado (los puntos anteriores después en la LOCE darían lugar a los itinerarios, programas de refuerzo, programas de iniciación profesional); la adaptación de las enseñanzas a un contexto hetero g éneo requiere la atención de los alumnos con dificultades de aprendizaje en grupos reducidos; dados los bajos niveles de la ESO es necesario que los alumnos que vayan a cursar Bachillerato tengan unos itinerarios específicos; posibilidad de una prueba a final de la etapa que asegure que se alcanzan los objetivos mínimos en todos los centros educativos. En el año 2001 se desarrolla en Madrid el congreso «Construir la escuela desde la diversidad y para la igualdad» con la asistencia de unas 400 personas de los Movimientos de Renovación Pedagógica, de la CEAPA, CCOO, FETE-UGT, STEs, etc. Se redacta el siguiente manifiesto consensuado: «El nuevo sistema educativo ha contribuido de manera decisiva a la universalización del derecho a la educación, si bien, la falta de provisión de los mecanismos y de los recursos necesarios para su aplicación ha impedido tratar adecuadamente la diversidad del alumnado, circunstancia que


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ha sido aprovechada por los defensores de una escuela selectiva y elitista para arremeter contra ella». Algunas de las conclusiones de este congreso fueron: la escuela, además de preparar para una sociedad cambiante, tiene que superar las desigualdades sociales; se ha de cuidar la matriculación del alumnado de tal manera que se realice una distribución adecuada del mismo entre todos los centros sostenidos con fondos públicos; crear recursos de acción educativa compensatoria que actúen en el medio social y familiar de los centros con alumnado desfavorecido o inmigrante; la educación infantil ha de ser ofertada por la escuela pública desde los cero años, como medida inicial más eficaz para paliar las diferencias socioculturales familiares; los problemas derivados de la atención a la diversidad no se solucionan con itinerarios diferenciados que segregan al alumnado y que están pensados realmente para una minoría de alumnos; la atención a la diversidad debe realizarse dentro del grupo ordinario favoreciendo así la socialización y la integración del alumnado; hay que estimular la participación de los distintos sectores de la comunidad educativa; el sistema educativo debe superar la tradicional perspectiva monocultural para favorecer un modelo de educación intercultural.

2. Indicadores clave en los sistemas educativos de la OCDE. En las diferentes evaluaciones internacionales llevadas a cabo hasta la fecha se han considerado como muy influyentes en el rendimiento escolar del alumnado, además de los indicadores económicos que son los que hacen posible la disposición de recursos personales y materiales, el nivel educativo de los padres y la disponibilidad personal de los mismos hacia los estudios de los hijos y los recursos educativos existentes en el hogar. En el año 2005 la OCDE ha publicado su informe «Una mirada a la Educación» (Education at a glance). En él se realiza un análisis comparativo entre los países de diferentes indicadores. Según este informe, España dedicaba el 5, 1 % del PIB, sumando la inversión pública y privada, en

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1990 a la educación; el 5, 4 % en 1995; y el 4, 9 % en 2002. En este mismo año el gasto público y privado medio de la OCDE era del 6,1, solo 6 países se encontraban por debajo de España (R. Checa, Gre c i a , Hungría, Irlanda, Japón, Eslovaquia y Turquía). Los datos referentes a la educación postobligatoria en España en el año 2002 son: Estudios de secundaria postobligatoria. % población Edades

España

Media OCDE

25-34 años

58

75

35-44 años

46

69

45-54 años

31

61

55-64

18

50

25-64

41

65

Entre 25 y 34 años (de los 21 países analizados) sólo tres están por debajo de España: Turquía, Eslovaquia y Méjico. En el año 1999 nos situábamos en el lugar 25 entre 40 países de la OCDE en todos los tramos de edad, excepto en el tramo 25-34 que estábamos en el lugar 24. (Informe de la OCDE de 2001). Con respecto a otros de los indicadores, en la e n t revista a Andreas Schleicher (responsable del «Informe PISA») publicada en «El País» el día 7 de diciembre de 2004, éste manifiesta lo siguiente: «No podemos resolver las cuestiones de la educación a través de las leyes…necesitamos un consenso en nuestras sociedades sobre las competencias que queremos para el éxito personal y social. Y fortalecer la capacidad de las escuelas para la educación individualizada». «La selección temprana de los alumnos no creo que sea buena para la individualización de la educación. Normalmente crea desigualdad social sin aumentar el rendimiento». «Repetir no produce buenos resultados, tenemos muchos testimonios de ello; eso traslada el problema al estudiante pero no se resuelve el problema. La responsabilidad

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del colegio y del profesor es individualizar la educación para los alumnos y desarrollar un sistema donde éstos puedan ir a su ritmo; de esta forma se compensan las situaciones de desventaja y también se desarrolla el potencial de los que tienen más talento… En Finlandia (país con mejores resultados) los profesores trabajan juntos, comparten conocimientos, esto es tan importante como el salario». «La educación no puede tener éxito presionando a los niños, por ejemplo con exámenes. Deben aprender por su propia motivación. El éxito hoy está en la capacidad y motivación para aprender a lo largo de toda la vida y, si fastidiamos esto en el colegio, destruiremos esa capacidad».

3. Evolución del fracaso escolar en España Datos del Libro Blanco de 1969: De cada 100 nacidos en 1951: Ingresan en la enseñanza media: 27. Aprobaron la reválida del bachillerato elemental: 18. Aprobaron la reválida del bachillerato superior: 10. Terminaron estudios universitarios: 3 Según datos del M.E.C.: En el año 1980 de los alumnos que iniciaron 1º de E.G.B. en su tiempo: Obtuvieron el título de graduado escolar: 62, 4 %. Obtuvieron el certificado de escolaridad: 37, 6 %. En 1989: Terminan el 2º de BUP y 2º de FP I: 63 %. Fracaso escolar: 37 %. En 1999: Terminan la ESO (equivalente a 2º BUP y 2º FP I): 76,4 %. Fracaso escolar: 23, 6 %.

Nivel de estudios padres

Centros públicos

Centros Centros privados concertados

Total padres

Muestra

64

5

31

900

Primarios in.

84

1

15

174

Primarios

69

4

28

311

Secundarios

62

4

34

239

Universitarios

40

13

48

176

La importancia del nivel sociocultural de la familia en los resultados educativos de los hijos queda reflejada en la siguiente tabla, tomada de «Cuadernos de Pedagogía» de enero de 2006 (nº 353 PUNTUACIÓN ALUMNOS 15 AÑOS PISA 2000 MEDIA: 500 DESV.TÍPICA: 100

¿Qué piensa la sociedad? Un barómetro del CIS de 2002 dio los siguientes resultados: El 40, 8 % manifestó que la situación de la enseñanza en España era mejor que la que había hace 15 o 10 años, un 32, 1 manifestó que era peor y un 14, 8 % que igual.

Nivel de estudios de la madre.

Lectura.

Matemáticas

Ciencias

No ha ido a la escuela.

394

380

402

¿Qué piensa el profesorado? En la encuesta pasada a 2.249 pro f e s o res/as por la Fundación Hogar del Empleado en el año 2000, algunos de los resultados fueron: 1) El 44 % considera negativa o muy negativa la extensión de la educación obligatoria hasta los 16 años, un 38 % la considera positiva o muy positiva. 2) El 47 % considera negativo o muy negativo el título único al terminar la ESO, frente a un 29 % que lo considera positivo o muy positivo.

Estudios primarios

441

422

440

Estudios secundarios obligatorios

474

469

477

Estudios secundarios superiores (FP).

500

499

498

Estudios secundarios superiores (preuniver.)

528

524

528

4. Pública - Privada Según datos recogidos en «La familia española

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ante la educación de sus hijos» de Pérez-Díaz, La Caixa, Barcelona, 2001, página 182, los estudios de los padres según tipo de centro eran:

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Las ratios del curso 2005/06 en Primaria son: 19,3 pública; 24,8 concertada; 23,7 no concertada. En ESO: 23,7 pública; 25,9 concertada; y 23, 8 no concertada. La evolución del alumnado inmigrante no universitario ha sido la siguiente: En el curso 1994/95: 53.213 En 2004/05: 447.525. En el curso escolar 2004/05 el alumnado inmigrante suponía el 6, 5 % del total. En el curso escolar 2001/02 el 80,9 de este alumnado estaba escolarizado en los centros públicos. El gasto público en conciertos con los centros privados se mantiene desde 1992 a 1998 entre el 9% y el 10 %. En el curso 2001/02 la enseñanza concertada recibía el 16, 9 del gasto público total. El gasto total de las administraciones en la escuela concertada era del 15, 7.

5. Los resultados de España en las evaluaciones internacionales Según datos del Informe de Consejo Escolar del Estado sobre el Sistema Educativo Español del curso 2002/03, la distribución del alumnado entre la escuela pública y la privada era:

ALUMNADO % Curso 1996/97

Curso 1999/2000

Curso 2002/03

Pública

69,6

Pública

68,3

Pública

67,5

Privada

30,4

Privada

31,7

Privada

32,5

TIMMS 1994/95 (IEA THIRD INTERNATIONAL MATHEMATICS AND SCIENCE STUDY) Matemáticas: media 500 y desviación típica 100. Lo mismo para 7º y 8 º de EGB. España en 8º ocupó el lugar 31 de 41 países con 487 puntos. En 7º ocupó el 32 de 39 países. Ciencias: media 500 y desviación típica 100. Lo mismo para 7º y 8 º de EGB. España en 8º ocupó el lugar 27 de 41 países con 487 puntos. En 7º ocupó el 25 de 39 países.

PISA 2000 Según datos del M.E.C. con respecto al curso escolar 2005/06, la matriculación era: Alumnado Infantil %

Prim.

ESO

Bach.

FP

EE

Total

Pública

64, 9

66,7

66,3

75,3

75

52,1

67,5

Privada

35,1

33,3

33,7

24,7

25

47,9

32,5

Participaron 32 países. 28 de la OCDE y 4 asociados. Alumnos de 15 años. Media 500 y desviación típica 100. Comprensión lectora: lugar 21 entre los de la OCDE, 493 puntos de media. Matemáticas: lugar 25, 476 puntos. Cultura científica: lugar 21, 487 puntos. PISA 2003 Participaron 41 países. 30 de la OCDE y 11 aso-

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ciados. Media 500 y desviación típica 100. Comprensión lectora: lugar 23 entre los de la OCDE, 481 puntos de media. Matemáticas: lugar 24, 485 puntos. Cultura científica: lugar 22, 491 puntos.

Informe PISA 2003. Resultados según tipo de centro. Matemáticas

Públicos

Concertados

Privados

España

472

505

520

Media OCDE

494

526

530

Públicos

Concertados

Privados

Lectura España

466

501

515

Media OCDE

489

516

520

Algunos datos del informe PISA 2003, apenas mencionados por los medios de comunicación, son: 1) Los sistemas más flexibles de enseñanza, la autonomía de los centros y una preparación no competitiva son los factores que suelen dar los mejores resultados. 2) España destaca por su tendencia a la equidad, es decir, los resultados no dependen excesivamente de la posición socioeconómica de la familia de los alumnos. Así la diferencia entre los mejores y los peores no es tan elevada como en otros países. 3) También hay que destacar la actitud positiva que tienen los alumnos españoles hacia la escuela. De los países estudiados, los alumnos españoles ocupan el lugar 12 en lo referente a la actitud positiva hacia su centro de estudios y el 7º en sensación de pertenencia al centro (sentirse a gusto, sentirse bien acogido).

Así la educación pasa a ser una mercancía, que tiene un precio y, por tanto, se compra o se vende. La mejora de la educación sólo llegará a través de la competitividad. La competencia de centros lleva inevitablemente a la necesidad de tener una buena imagen. Se ponen en marcha mecanismos de evaluación externa de la calidad para informar al consumidor y hay una auténtica proliferación de diagnósticos e informes que realizan los organismos internacionales y asociaciones dedicadas a la evaluación educativa; se limitan las condiciones laborales y salariales del profesorado y se las hace depender de la productividad; se acomoda la oferta de formación a las necesidades del mercado laboral. Todo lo anterior responde a un fin: la escuela es una empresa y, como tal, ha de tener beneficios.

Las escuelas totales: alternativas para la igualdad

La calidad total: el predominio de los enfoques tecnocráticos.

Para hacer frente a los planteamientos empresariales de la educación hay que ir más allá de las críticas y desarrollar propuestas prácticas en pro de la equidad. No hay que olvidar que el discurso empresarial y conservador de la educación ofrece soluciones que son bien acogidas por las familias de las clases medias porque conectan con sus principales preocupaciones.

El neoliberalismo no es sólo un fenómeno económico sino una ideología política. Esta ideología se relaciona con el fin del Estado del Bienestar y con la

El primer planteamiento de los defensores de la educación como derecho fundamental y como igualdad es el siguiente: no es lo mismo considerar a

6. Dos enfoques de la calidad educativa

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consideración del Estado como enemigo de la libertad. (Giddens, 1999). En los años 70 se empieza a cuestionar la eficacia de las inversiones públicas en educación y en la década de los 80 se empieza a considerar al alumno como cliente. La escuela no funcionaba porque era un monopolio estatal con unas clientelas cautivas. La solución era introducir la disciplina de mercado a través de los cheques escolares que cada familia podía gastar en la escuela que deseara. Siguiendo esta línea las escuelas por contrato en América escogen a su clientela y van ganando adeptos entre las clases medias acomodadas, generando, a su vez, un impacto negativo en los más desfavorecidos.

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las familias agentes educativos que colaboran estrechamente con las escuelas que considerarlas consumidoras que compran educación. En el primer caso, las familias están situadas en el compromiso, en el segundo caso están situadas en la exigencia. El segundo planteamiento, igualmente básico, es que la eficacia está vinculada al progreso de todos los estudiantes y la función de aprendizaje convive con la formación moral y la satisfacción de las necesidades básicas (Tudesco, 1995). Esto lleva a ajustar los métodos de enseñanza a los ritmos y diferencias personales de los alumnos, con atención personalizada y trabajo en equipo. La lógica de la igualdad y solidaridad requiere organizaciones más participativas y democráticas: en lugar de responder a las demandas de los clientes

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como hace el enfoque empresarial, se trata de implicar a toda la comunidad, buscando el compromiso y disolviendo el liderazgo individual en el colectivo del centro. La conciencia colectiva de la necesidad del cambio es un proceso que se caracteriza por: soluciones generadas, discutidas y evaluadas por cada uno de los implicados (padres, pro f e s o res, alumnos, otros agentes sociales), no impuestas desde fuera; cambios apoyados por las personas en puestos de poder; recursos necesarios disponibles para apoyar el cambio (especialmente tiempo); conciencia de que el cambio es lento; y construcción, al mismo tiempo que los planes de cambio, de los elementos de control y seguimiento. (Gross, 1996). Las escuelas actuales que responden a este modelo de «escuela total» son: las escuelas aceleradas, las escuelas democráticas, las comunidades de apre ndizaje, las escuelas inclusivas.

ENSEÑANZA SECUNDARIA OBLIGATORIA

REYES CATÓLICOS

I.E.S. REYES CATOLICOS Carretera de Erla, s/n 50.600 Ejea de los Caballeros Teléfono 976 66 06 45 Fax 976 66 40 30 E-mail:iesrcejea@educa.aragon.es Página web: http://centros5.pntic.mec.es/ies.reyes.catolicos

BACHILLERATO DE CIENCIAS DE LA NATURALEZA E INGENIERIA BACHILLERATO HUMANIDADES Y CIENCIAS SOCIALES CICLO FORMATIVO DE GRADO MEDIO DE TÉCNICO EN ATENCIÓN SOCIOSANITARIA CICLO FORMATIVO DE GRADO SUPERIOR DE TÉCNICO SUPERIOR EN ANIMACIÓN DE ACTIVIDADES FÍSICAS Y DEPORTIVAS

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Las inquietudes artísticas, literarias y científicas del ser humano del Renacimiento se integraban de una manera armónica en un concepto globalizador de la cultura. El paso del tiempo y el desarrollo científico y tecnológico trajeron consigo, además de una necesaria especialización del saber, una, a veces, exagerada, desfragmentación del conocimiento. Hoy y aquí, la mirada observadora del artista y del científico nos descubren nuevas vías de integración cultural y de convergencia del conocimiento...

La Escuela Municipal de Teatro cumple

25 años

Alicia Rabadán de la Puente

S

í, hay, existe una Escuela de Te a t ro en Zaragoza, donde se han formado o a la que han estado vinculados de una forma u otra casi todos los profesionales del teatro de Aragón. Y tiene nada menos que 25 años, ¡uf! cuánto tiempo y a la vez qué gran desconocida para muchos. Vamos a hacer un poco de historia… ¿Sabías que la escuela empezó en realidad en los años 70? Entonces se llamaba Escuela Municipal de Arte Dramático y estaba más cerca de las obsoletas Escuelas de declamación incluidas en los Conservatorios de Música y Declamación que empezaron a funcionar a principios del s. XIX. Era un enfoque tradicional, caduco, se formaba a actores-decidores, centrando la importancia en cómo declamar bien, tener una correcta dicción, hacer inflexiones…; la formación en lo corporal, el experimentar con las emociones, interpretar una situación, actuar con los otros tenía poco lugar en este tipo de escuelas. Los profesores eran transmisores de fórmulas o trucos más o menos eficaces para un tipo de teatro convencional/comercial. Aquella primera escuela, que abrió sus puertas en dos aulas del edificio del Teatro Principal, empezó impartiendo 2 horas diarias de clase y funcionó desde 1972 hasta 1980. Pero habían sido muchos y convulsivos los

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grandes avances y cambios en el teatro el S.XX entre ellos la búsqueda de un nuevo modo de formación, del hombre nuevo del teatro. Las escuelas, laboratorios, centros, instituciones a nivel europeo eran lugares comunitarios con nuevos y renovados planteamientos: educar la creatividad, transmitir experiencias, incorporar lo corporal, experimentar. Comienza el planteamiento de una escuela más progresista. Los nuevos aires democráticos fueron propicios para iniciar este nuevo proyecto y en junio de 1980 se convocó una «comisión de expertos» dónde se reunieron profesionales del teatro local y contó con la asistencia de Albert Boadella (director de Els Joglars), Sanchis Sinisterra (autor y profesor de dramaturgia), Magüi Mira (actriz de una de las compañías de vanguardia del momento: El Te a t ro Fronterizo), Pawel Rouba (profesor de mimo y pantomima del Institut del Teatre). El primer curso de la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza se inició en enero de 1981 con los profesores: Mariano Cariñena (taller de escenografía), Mariano Anós (taller de actor y voz), Fernando Roy (taller de actor y cuerpo) y Paco Ortega (taller de historia y teoría). Los comienzos fueron duros, como todos los comienzos, pero en el curso 81/82 ya había un equi-


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po bastante completo de pro f e s o res especialistas: Carlos Blanco en Danza, Mercedes Gota en Canto, Javier Arellano en Esgrima, Concha Lomba en Hª del Arte y Javier Armisén en Hª de la Música más tarde se incorpora Miguel Garrido como profesor de Mimo-Clown y Marissa Nolla (la actual directora) como profesora de Ortofonía. El lugar, el antiguo Gobierno Militar en la calle Casa Jiménez. La duración era, como ahora, tres cursos académicos, el último caracterizado por los Talleres que se presentaban ante el público. El objetivo era la formación integral, tanto teórica como práctica, donde se respetaran diferentes metodologías. Un lugar de búsqueda e investigación, dónde se valora el instrumento del intérprete, su cuerpo, su voz, lo psicofísico, y sus posibilidades expresivas. Una nueva escuela. Desde 1982 hasta 1990 hubo siete pro m o c i ones, quince talleres de interpretación dirigidos por profesorado de la escuela o dire c t o res invitados como Pilar Laveaga, Luis Maluenda, Heine Mix, Pepe Ortega, Joan Ollé, Jordí Mesalles, Luiggi Ottoni. También contamos con pro f e s o res invitados como Michael y Anne Mcallion, Boadella, Per Olov, Ana B runed ( que todavía hoy imparte talleres de maquillaje); hubo intercambios internacionales: algunos fuimos a Londres, otros a Burdeos, o al Institut de B a rcelona, a la Escuela de Navarra, realizamos pequeñas giras por pueblos de Aragón… Carg a d o s de ilusión y ganas de trabajar, a pesar de estar en un espacio que se nos estaba cayendo encima, a veces sin calefacción, sin duchas, sin vestuarios, con pequeñas y pocas aulas… Hasta que en 1990 se produce un cambio importante. Un nuevo espacio en el Antiguo Cuartel Palafox, donde se sitúan todas las Escuelas Artísticas del Ayuntamiento (Teatro, Folclore, Conservatorios de Danza y de Música).

Una nueva infraestructura, con aulas acondicionadas, espaciosas, e incorporación de nuevo profesorado, Mª Jose Serrate y más tarde Amparo Nogés (Mimo-Clown), Anabel Hernandez (Pre p a r a c i ó n Física), Cristina Yañez (Interpretación) y nuevos intercambios con Burdeos, la RESAD, el Institut, encuentros y muestras de Escuelas de España en Sitges, Sevilla… Allá por el curso 94/95 se crea la Asociación de Alumnos con un boletín informativo «la Butaca». Junto a todo ello se comienza a contemplar un nuevo objetivo: la oficialización. A nivel nacional había un movimiento de Escuelas que pedían un nuevo marco legal de Estudios Artísticos, que se consolidó con la LOGSE en el 90, creándose los estudios Superiores de Arte Dramático, desde aquellos momentos la Escuela luchó por convertirse en Escuela Superior de Arte Dramático, pero diversos avatares, desacuerdos políticos, intereses económicos y un largo etc han hecho que hoy, 25 años después, sigamos pidiendo ese reconocimiento.

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En 2002 llega la hora de la jubilación de Mariano Cariñena y Mercedes Gota, Paco Ortega se encarga primero de la dirección del nuevo Centro Dramático y mas tarde coordina las actividades culturales de la Expo 08, Rafael Campos se incorpora como programador del Te a t ro Principal. Se necesitan nuevos pro f e s ores y los que veintitantos años atrás fuimos alumnos y alumnas, después de años de «hacer» teatro, regresamos a esta Escuela incorporándonos como nuevos profesores: María Pérez Collados (profesora de Canto y Dicción), Alicia Rabadán, Félix Martín y Blanca Resano (profesores de Interpretación), Arantxa Azagra (profesora de Mimo), Alberto Castrillo (Taller, terc e r curso, Junio 05). Y hoy seguimos aquí, 25 años después, luchando por formar buenos profesionales, con la esperanza en la nueva escuela Superior de Arte dramático de Aragón. Abriendo nuestras puertas a todos los interesados en el teatro.

Fuentes: • Conversaciones con Mariano Cariñena (CDA) • Odett Aslam: el actor del s.XX

Información sobre la Escuela hoy (Servicio de Educación Ayto. de Zaragoza). Cursos: Tres cursos académicos en horario de 16 a 21:30 h. Asignaturas: Interpretación, Ortofonía, Canto y Dicción, Preparación Corporal, Danza, Mimo, Clown y Teoría e Historia del Teatro. Talleres: Maquillaje, Ritmo, Técnicas Control Postural, Acrobacia... Dirección: Domingo Miral 5 [Antiguo Cuartel Palafox], 50009 Zaragoza. Tel.: 976 72 49 50, Fax: 976 56 72 19, E.mail: escuelateatro@zaragoza.es. Preinscripción: Del 15 de junio al 15 de julio y 1ª semana de Septiembre. Pruebas de acceso: Dos fases eliminatorias durante la 1ª quincena de septiembre. *Presentar certificado médico, el 1er día de las pruebas, que refleje el estado de salud de las cuerdas vocales. Matrículas: Durante la 2ª quincena de septiembre.

Si quieres colaborar en

ten en cuenta estas consideraciones: ¿Qué pretende?

Condiciones para participar:

• Ser un lugar de reflexión y de encuentro. • Ser un órgano de expresión cultural democrático. • Cumplir una función social positiva y productiva.

• Calidad • Buen gusto y cordialidad • Originalidad artística • Temática • Creación literaria • Ensayo y pensamiento: reflexiones filosóficas, sociológicas, psicológicas, educativas...

¿Quiénes pueden participar? • Todas las personas interesadas.

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La física puente entre

culturas Miguel Carreras Ezquerra

«Más allá de falsas

clasificaciones, de prohibiciones, de limitaciones culturales, políticas y económicas, las ciencias no tienen, por derecho, otro límite que el de la creatividad humana» (Ilya Prigogine, en La nueva alianza)

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a Física ha sido la disciplina científica más destacada del siglo XX y seguirá en vanguardia en el futuro, pues quedan muchos misterios que desentrañar, tanto en el conocimiento del origen, evolución, límites y destino del Universo, como en la estructura íntima de la materia y en la búsqueda de una teoría unificadora de las fuerzas de la Naturaleza. La extensión de los avances de la Mecánica Cuántica a la interpretación de fenómenos macroscópicos, la profundización en las teorías de la complejidad, las aplicaciones de

los nuevos logros en nanotecnología y el diseño de materiales a la carta son campos abiertos de investigación que seguirán contribuyendo al progreso y bienestar de la sociedad Además de sus decisivas aportaciones a las aplicaciones tecnológicas, la Física está presente en nuestras vidas: en la Medicina, ideando nuevos instrumentos para la detección y tratamiento de las enfermedades, en la sociedad de la información, en el estudio de las bases para la búsqueda de soluciones imaginativas al problema energético…

escritos de Heisenberg, Bohr, Schrodinger, Einstein, Russell, Feyerabend, Popper o los cursos de Filosofía para científicos de Althusser y el empeño de Gustavo Bueno, Miguel Angel, Quintanilla y Jesús Mosterín en nuestro país. Con menor intensidad algunos científicos han experimentado con éxito en el ámbito de la poesía, el ensayo y la literatura. Tal es el caso de Georges Charmak y Rolf Hoffmann o los españoles David Jou, Francisco García Olmedo, Francisco Yndurain y Pere Puigdomenech.

Conocer cómo ha evolucionado la Física durante los últimos cien años es tan importante como saber a dónde va y sus límites.

Las investigaciones en inteligencia artificial encuentran aplicaciones en la apertura de nuevas vías en la música y el deporte ha visto incrementadas sus expectativas y pre s t a c i o n e s gracias a los descubrimientos de nuevos materiales.

De un tiempo a esta parte la Física viene desenvolviéndose en muchos casos de forma interdisciplinar y se ha relacionado, no sólo con especialidades científicas sino también con las disciplinas humanísticas y artísticas Sin pretender entrar en detalles conviene rememorar los encuentros y desencuentros con la Filosofía. Recuérdense algunos

En el campo de las artes plásticas es conocido el interés de Dalí por los avances de la Física moderna, que tuvo su plasmación en alguna de sus obras. El chileno afincado en España, Fernando Krahn ha realizado algunas expo-

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siciones pictóricas con la Física como lema, además de sus colaboraciones en el mismo sentido en lo relativo a humor y ciencia, donde las aportaciones de Romeu también son notables. La Naturaleza ha sido siempre inspiración de muchos artistas, pero también las leyes de la Física han sido, de algún modo, inspiración de la Naturaleza. Tanto la Ciencia como el Arte necesitan personas creativas para construir nuevos modelos y nueColisión de Galaxias Miguel Carreras

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vas experiencias y esta relación e n t re dos disciplinas apare n t emente tan alejadas constituye un puente entre la Ciencia y el público y en ese sentido la Física podría jugar un papel relevante para proponer iniciativas de diálogo entre las tradicionalmente disociadas culturas humanístico-artísticas y científicas en el camino de la gran unificación. La Física continuará su recorrido abriendo nuevas visiones del mundo que nos rodea, tras el centenario del annus mirabilis

de Albert Einstein. Presentar la Física más viva y la citada búsqueda de encuentros entre las distintas formas de manifestaciones culturales, es uno de los propósitos de la exposición «Física y Estética», que han promovido el p rograma Ciencia Viva, del Departamento de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón, la Facultad de Ciencias de la Universidad de Zaragoza, con el soporte y apoyo logístico de Caja Inmaculada y que, en su itinerancia tiene previsto recalar en Ejea.


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Las catorce imágenes que la componen han sido seleccionadas para visualizar resultados de la investigación científica, haciendo énfasis en su belleza. Según los autores de la idea original, los profesores José Ignacio Latorre y Josep Perelló, «Todas las imágenes, desde la orografía de Marte hasta la complejidad ordenada de Internet pasando por el horizonte del Universo, merecen ser contempladas con la curiosidad de un niño. Es la mejor manera de conocer con mayor profundidad el mundo que nos rodea». La explosión de una supernova es un espectáculo admirable,

pero también aspiramos a entenderlo. Los choques entre partículas nos ofrecen una belleza minimalista y nos llevan a preguntarnos por la intimidad de la materia. Entrando en el cerebro de un ser vivo queremos indagar cómo se hace posible su exploración. Es así como el placer estético asociado a la contemplación de los fenómenos juega un importante papel en la Física. Las bellas fotografías se acompañan por comentarios de personajes del mundo creativo, ajenos al ámbito científico, como diseñadores de moda, cineastas, cocineros, bailarinas, músicos, filósofos…

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La muestra se ha complementado con una colección de escogidos hologramas, actuaciones lúdico-científicas y proyecciones como «Las tres leyes de Newton» de la ESA con el estimulante marco del espacio, «Las Catedrales de la Ciencia» del CERN, donde se aprecia que la introspección de la materia llega a límites insospechados y «La belleza del Universo», cedida por el Planetario de Pamplona, con las últimas observaciones sobre el Cosmos. El primero de los citados documentales, por su marcado tono didáctico, está pensado para los alumnos y los dos últimos, por su espectacularidad, para el público en general.

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Los presentes relatos son pequeños guiones escritos para actores fugaces, secundarios. Se puede considerar así cuando se piensa que las líneas en que se historian sus vidas pasan a ser leídas en pocos minutos. Todas las escenas nos son representadas con ingeniosas dosis de urgencia. En el espacio limitado del papel, la imaginación debe agudizarse para manifestar conceptos variados, introducir sensaciones plenas o mostrar acciones acabadas. Todo ello dentro de una paradójica sensación del autor, cuyos personajes sólo disponen de breves instantes para llegar hasta el corazón del lector. En este variable escenario que hemos planteado se van sucediendo las interpretaciones de estos actores con sus narraciones sucintas, no hay lugar para la sobreactuación. Unas historias son realistas, otras se zambullen en la ficción, todas contienen una virtud inherente: el simple disfrute de las pequeñas cosas.

Inesperado encuentro en el

cementerio Ana Alcolea

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a primera y única vez que me encontré con mi abuelo fue en el cementerio. No es que mi abuelo fuera un descastado que no me quisiera ver. Tampoco es que se acabara de morir y a mí me hubieran llevado al tanatorio de una lejana ciudad para decirle el primer hola y el último adiós. No. Nada de eso. La primera y única vez que me encontré con mi abuelo llevaba más de cuarenta años muerto y lo estaban paseando por el cementerio de mi ciudad. Sí, sí, como lo leen. Ustedes no se lo creerán, pero es verdad. Lo estaban paseando en una especie de carro abierto con grúa, creo que los llaman «toros», aunque no sé por qué: no tienen cuernos, no embisten, no son negros, y el chófer se limita a conducirlos, no a torearlos. Mi abuelo también había sido conductor profesional, tranviario, para más señas. No creo que nunca se llegara a imaginar que una mañana de marzo se encontraría con su nieta, a la que nunca cono-

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ció, metido en una bolsa blanca y encima de un toro. Como Europa cuando la raptó Zeus, que también debía de ir vestida de blanco. Sólo que a ella se la llevaron hacia el mar para pasar un buen rato y a mi abuelo lo sacaron de un agujero para meterlo en otro. Les contaré: un sábado, otrora de gloria, se murió mi anciana abuela. Por su pro p i o deseo había que enterrarla con su esposo y con su hermana. Para ello, había que exhumar el cadáver del abuelo y el de mi tía y hacer hueco para el féretro de mi difunta abuela. La familia decidió no estar presente en la «ceremonia»: ninguno somos necrófilos y no queríamos emular al desgraciado de Armand en La dama de las camelias. Bien. Mi padre y yo fuimos al complejo funerario poco antes de las diez de la mañana del domingo de Resurrección, como se nos había indicado, pues esa era la hora en que se abriría el velatorio de mi abuela. Como no había sitio para aparcar, mi padre

me dejó en el lateral oriental del edificio, que colinda con algunas manzanas de nichos y que forma parte de la llamada «Avenida del M i r a d o r», un nombre pre c i o s o para un lugar como aquél. Abrí la puerta del coche, bajé de él, y me topé de bruces con un vehículo motorizado, parecido a un carro y una pequeña grúa. El toro. Encima observé una bolsa blanca con volumen y silueta humanos. Entendí que era un cadáver y me santigüé con respeto, cierto rubor y también cierta extrañeza, pero sin pararme a pensar en lo que estaba viendo. Ni siquiera me asombré. Tenía prisa por llegar al velatorio de mi abuela que aún estaba sola, y la visión de aquel cadáver envuelto en una bolsa y subido en una grúa me dejó una extraña sensación, que fui incapaz de analizar en el momento. Subí las escaleras del complejo funerario y llegué a la sala en que me esperaba mi abuela. Era la número trece. Acudió por fin mi padre, que ya había podido


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aparcar. Todavía no había llegado nadie más y salimos un instante a contemplar el paisaje que se vislumbraba desde los ventanales del amplio pasillo del piso de arriba; un azul luminoso y una luz espectacular iluminaban los tejados de aquellas últimas moradas. De pronto, observamos que unos trabajadores estaban abriendo un nicho. A mi abuela la tenían que enterrar por esa zona. La bolsa blanca que me había topado al salir del coche estaba tumbada en el corredor superior. No sé muy bien si fueron mariposas o escarabajos lo que sentí revolotear en mi estómago. Abrí el bolso, me puse las gafas y leí los documentos del nicho familiar: la misma manzana, el mismo número, la misma fila. La tumba que estaban abriendo era la de mi tía y el que estaba en la bolsa blanca era mi abuelo, con el que me había encontrado unos minutos antes. ¡Coño! El abuelo había muerto antes de que yo naciera y en nuestro primer encuentro ni siquiera nos habíamos reconocido y nadie nos había presentado. Me entraron ganas de vomitar encima del conductor de la grúa, y de los demás. Pero me lo impedía el cristal de la ventana y la presencia de mi padre, que es más prudente que yo. Nos miramos. Decir, no pudimos decir nada. Los obreros que se habían librado del interior de mi estómago quitaron diligentemente la lápida; estábamos tan cerca que desde el otro lado de los ventanales del edificio, pude leer la ins-

cripción. Sí, era el nombre de mi querida tía el que estaba escrito. Q u i t a ron la piedra interior. Sacaron la caja. La bajaron con la misma grúa de antes. Abajo había una furgoneta blanca abierta. Pensé: «ahora meterán la caja dentro del furgón y allí harán el trabajo discretamente (entiéndase por esto, sacar los restos de la caja y envolverlos en otra bolsa blanca) fuera del alcance de la vista de todo el público que iba pasando por la bien llamada Avenida del Mirador». Los transeúntes pasaban a escasos tres metros del lugar; se quedaban mirando la escena, sorprendidos. En la ventana que se abría junto a la nuestra, había otras personas que velaban a otro muerto y que también habían salido al corredor a contemplar el paisaje con los pinares y el cielo

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luminoso. Pero el panorama con el que todos nos encontramos era otro. Los trabajadores abrieron la caja al aire libre, no la introdujeron en la furgoneta (seguramente no tenían tiempo para ello, les estaría esperando otro fiambre) y allí mismo cumplieron con su cometido: eran las diez y cuarto del domingo cuando fueron sacando y rompiendo los huesos de la que fue mi tía, para meterlos cómodamente en otra bolsa inmaculada. Todo eso mientras seguía pasando público por allí. Era domingo de Resurrección y muchas personas visitan el cementerio ese día, no sé si para comprobar la misericordia divina o para corroborar que ningún resucitado se pasea por las calles y avenidas del camposanto. Me embargó primero el estupor y luego otra vez el estu-

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por, que cada segundo se iba agrandando. Había sido testigo sin quererlo de cómo mi abuelo había sido paseado por todo el cementerio en un vehículo descubierto... y sin resucitar. Y también había asistido al bonito juego de magia de cómo mi tía se iba convirtiendo en algo no mayor que una bolsa del supermercado. Y todo ello como si fuera un espectáculo público. Aunque c l a ro, como espectáculo, había algunos aspectos susceptibles de ser mejorados. Imagínense: muertos que se pasean por el cementerio el domingo de R e s u r rección. ¡Es fantástico! Se

podrían haber vendido entradas. Se podría haber mejorado un poco la decoración: en vez del sol de finales de marzo, un poco de esa neblina que acompaña a los e s p e c t ros en algunas escenas teatrales. El responsable de los desmanes, concejal o lo que fuera, incluso podría haberse leído a Walter Scott, a Zorrilla, a Dumas, a Cadalso; seguro que le hubieran dado ideas para que la re p resentación aún fuera más seductora. Los obre ros sobre los que me hubiera encantado echar encima el desayuno deberían haber sido émulos del jorobado de Notre Dame, feos y maltrechos; y no

unos musculosos tipos de muy buen ver, a los que en otro contexto me habría apetecido echarles otra cosa. Claro que «el polvo eres y en polvo te convertirás», del miércoles de ceniza, no había surtido efecto con el cadáver de mi abuelo, al que sólo le faltó levantarse y saludarme, cuando me lo topé al salir del coche. Pero no se debió de atrever. Tal vez temió que me desmayara allí mismo y que los mismos que lo habían paseado a él me cogieran en sus brazos y me dieran aire con otra bolsa blanca convertida en abanico. ¿O quizás no me reconoció?

Centro receptor de colaboraciones para el próximo número de Ágora

CENTRO DE PROFESORES Y RECURSOS DE EJEA DE LOS CABALLEROS PLAZA GOYA s/n 50600 EJEA DE LOS CABALLEROS. (Zaragoza) Teléfonos: 976677160 y 650441064 Fax: 976677161 cprejea@educa.aragon.es • www.cprejea.com Tu clase en internet: www.cprejea.com/brujula

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Regreso a la Aldea

del Arce Delia Sagaste

I. Viernes

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or qué volver. Explícame por qué vuelves por la misma ruta de siempre. Qué sentido encuentras en dejar atrás esta ciudad que no acaba de ser tuya, la anónima y mediana Babel donde te hiciste mujer lejos de tu madre. Coges un autobús t e rcermundista, conducido por un ecuatoriano explotado, en una estación más propia de la Liberia de los años 70. Por qué te arrellanas y te rindes a la cháchara de a bordo. Y por qué abres tus orejas a las conversaciones que giran en torno a la rutinaria visita de dos viejas al Clínico, con su sugerencia leve de tumor benigno y de diabetes pesadamente arrastrada. O sobre las juergas universitarias tan idénticas a sí mismas, año tras año. Nadie excepto tú en el autobús tiene 24 años. Giras la cabeza en torno a ti y no ves a la gente de tu edad, aquella con la que coincidiste casi accidentalmente, por un error del destino creías entonces, en el colegio y el instituto. Viven en Ejea al calor de la lumbre. O tienen su pro p i o coche. O simplemente no están p o rque estudiaron una carre r a que sólo existía en Barc e l o n a , Madrid y Burgos. Y han elegido venir de visita al pueblo. Navidad, Semana Santa y las dos chispeantes sinfonías de alcohol y

capazos de San Juan y la Oliva. Cuando coincides con Pilar, que hizo Psicología en Salamanca o con Irene, que acabó en Pamplona, ya sea en un bar de las Herrerías o en la Avenida, notas cambios en ellas que van más allá del corte de pelo. Es en realidad un crecimiento personal lógico, y te preguntas si los demás lo notarán en ti. Piensas que salir de Ejea ha sentado bien a todos porque las diferencias extremas entre adolescentes se han limado. Y todo es más agradable y llevadero. Todos sois más corteses y eso es bueno, porque significa que os habéis hecho adultos. Sí, tal vez sea eso. Con 24 años os habéis hecho definitivamente mayores. También Ejea ha crecido, adoptando en sus escuelas y plazas a niños de todos los colores, cuyos padres ya son más ejeanos que tú. En el autobús, bendita coctelera que se agita sin necesidad de bache alguno, se combinan con naturalidad todos aquellos que carecéis del divino vehículo particular que os permita huir a vuestro antojo de la aldea maldita: inmigrantes, abuelos y estudiantes. Y tú. Que ya no estudias, que ya trabajas. Que te va bien después de todo porque te tocó la lotería de dedicarte a lo que te gusta, pero que empiezas a tener edad como para que una miseri-

cordiosa tía lejana se inquiete porque no festejas con ningún mozo. A medida que os acercáis a Remolinos y te acuerdas de este detalle piensas que tal vez deberías quedarte más fines de semana en Zaragoza y pasar sus noches en el panal del Casco, como hacen muchos ejeanos en el exilio. Deberías adquirir (por este orden de prioridades ) un piso, un novio bueno y perenne y una hipoteca igualmente perenne con los que puedas compartir las tardes de domingo viendo películas del videoclub por la puta gracia de la costumbre y de la felicidad consuetudinaria. Tal vez deberías resignarte y aceptar que ya no eres una adolescente cuya alegría de la semana es re c o r rer el sube y baja adoquinado de cerveza de las Herrerías. No. No lo haces porque recuerdas el reciente horror de descubrirte fantaseando sobre como sería tu pisito ideal, con tu sofá de Ikea y una vajilla de estilo japonés. Meditas esto mientras desde el autobús se divisa la torre de Tauste y para cuando te quieres dar cuenta ya os deslizáis e n t re decenas de explotaciones porcinas que salpican un paisaje hurtado de una peli del Lejano Oeste. Flanquean al autobús la arrocera, los cipreses del cementerio, el concesionario de Evelio Suero, una pincelada de río que no puede ser y llegáis a la estación de

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cristal donde te espera tu abuelo. Viene a buscarte con su C15 sin que tú se lo hayas pedido y lo sientes una semana más anciano. Un punto más niño también, con una felicidad sin explicaciones que a veces envidias. Con la charla cariñosa pero de transición de los viernes, atravesáis el pueblo, su Parque Central con churrero al frente, los grupos de mujeres que pasean por la Constitución, las piscinas, la plaza de toros color de arena contaminada, los bloques de pisos en construcción para parejas jóvenes, el conato de hospital y, por fin, esa casa en la que te despertará mañana el gallo del vecino. Tras sacar la maleta y besar en las mejillas a tu abuela, te preguntas quién de entre tus amigos estará en el pueblo y disponible para echar la tarde tomando cafés.

Sábado El sábado por la tard e todos los cafés están llenos. Es lo que mejor se nos da a los ejeanos históricamente: ir al café. Como los vieneses, somos una sociedad culta que ha dado lo mejor de sí en este contexto. Podemos encadenar hora tras hora en la misma silla o combinando la charla trascendental(Vanaabrirotrogaleríasto doelañosinllovermiraloúltimodelalcaldesabesquienseseparapuesquéhabrápasaoyesadequiénes) con futbolín, guiñote y billar. Tú quedas con tus amigos y, al menos, echáis unas risas. Con ellos eres tú misma por fin y empiezas a encont r a r le g r a c i a al f i n d e s e m a n a .

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Como a tu familia, como al cachito de campo que ves desde la ventana de tu habitación, como al jodido gallo del vecino o a esas calles tan vistas que mutan con los años para nunca cambiar... los echas de menos constantemente. Te despides de tus amigos con un beso lanzado al aire y mientras caminas hacia casa sientes que sin ellos nada tendría mucho sentido. Te mustiarías. Te extinguirías como el último ejemplar de un marsupial extraño, infectado por una tristeza gris e inmensa en un rincón de la jaula del zoológico. Sábado de noche. Subes de Herrerías. Como el serpa contratado por un grupo de montañeros que asciende al K-2, cada subida se hace con menos esperanzas de encontrar ahí un sentido a tu vida. Ni siquiera es un sábado especialmente festivo. Es noviembre, el peor mes para salir por Ejea, tras la resaca de Pilares y muy lejos todavía de las subyugantes cenas de empresa de diciembre. Ya sabes lo que vas a encontrar. Luego, no te quejes. Son las dos de la madru g ada en el mismo bar en el que abre-

vas desde que eras una quinceañera atípica y a tu amiga le entra el mismo pesado de todos los sábados que tiene el hábito de susurrarle guarradas. No muy lejos de ahí, su novia formal pone cervezas a unos borrachos que también le susurran guarradas mientras le miran las tetas. A tu amiga ya le aburre este pesado flirteo que se está prolongando demasiados fines de semana y lo manda a refrescar a Bañera. El novio del año se aleja en busca de otra presa entre lo poco que hay disponible en el bar esta noche: una cena de empresa, una despedida de soltera más desangelada que las acostumbradas, puesto que no han contratado charanga, y las habituales incombustibles de siempre, entre las que te encuentras, y que ayudan a pagar las, supones, fluidas hipotecas de los hosteleros locales.¡Es tan fácil encontrarse luego con un exnovio, cuando no con dos, que aparecen cual fantasma de las Navidades pasadas y presentes para recordarte que en todo pueblo hay un número limitado de hombres y bares! Esta endogamia sentimental te saca de quicio y es especialmente palpable en esas cuadrillas de amigos en las que, con el correr de los años, todos han yacido con todos. Así, la sana promiscuidad de nuestra época encuentra en los pueblos su mejor laboratorio, poniendo a prueba la verdadera modernidad de los espíritus o la resistencia a abandonarse a unos celos ridículos por un novio de adolescencia, a quien descubres con la inopinada hermana pequeña de alguien.


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Tras cuatro bares con embrutecedora pachanga consideras que ya has tenido bastante de todo por hoy, pero no olvidas detenerte ante el domicilio de esa vecina de las Herrerías que pega en su ventana listados con cosas que ya no le sirven y pone a la venta: vestidos de novia en buen estado, cintas de video, camas articuladas y bandejas de horno para asar dos pollos a la vez. Descubriste un día el humor negro y la paradoja vital que se desprendía de aquellos renglones y decidiste que era la mejor escritora ejeana de todos los tiempos, por encima de cualquier otro. Es la última sonrisa antes de emprender el camino a casa. Dejas atrás a quinceañeras y cincuentones, punkis y pijitos, heavys de última generación y padres de familia achispados que se encuentran con sus vástagos en los mismos bares de mimética decoración y ambiente dispar. Todos confluyen en este centro cívico bajo las estrellas; una vía de escape que evita suicidios colectivos. Qué lejos vivo, piensas.

anclaje entre pasado y futuro. Decides poner un poquito de fumbo, un poquito de publicidad, un poquito de costumbrismo nacional en el ambiente. Con más motivo ahora que un ejeano juega en Primera División y eso hace muy feliz a tu abuelo. «¡Me resucita!», exclama jovial, cuando el comentarista del partido menciona su nombre y localidad de nacimiento. Te da mucha pereza hacer la maleta, así que lo aplazas para la noche y sales de nuevo a la calle, buscando la respuesta a la pregunta que te haces cada fin de semana. A ver qué de bonito te ofrece la vida. Te encuentras con un antiguo profesor del instituto. Sólo te enseñó francés durante el primer año y nunca hablaste demasiado con él, pero sabes con certeza que le caes bien. Siempre se interesa por tus

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lecturas, con verdadera preocupación por su calidad. ¿Sigues escribiendo?, te pregunta tal y como estabas esperando. Todo el mundo parecía tener la expectativa de que te dedicaras a escribir y les has decepcionado. A la mierda las expectativas, piensas. Llegas hasta el parque y te sientas ante lo que un día fue la casita de los ciervos, afortunadamente evacuados de ahí. Las primeras fotos que te hicieron fueron en este parque, sentada en el carro y mirando a la cámara con ojos muy redondos de bebé. Después te has hecho muchas más: en los columpios con un vestido estampado de fresas; pelona y en los brazos de tu padre que te mira, jovencísimo, desde la fotografía; dando de comer a los gigantescos ciervos puñados de hierba que arrancabas

Domingo Somnolencia. Síntomas gripales. Comida familiar. Abundancia de alimentos. Sabores intensos. Tupperware llenos para la semana. El domingo, día del Señor, el sol refulge como el primer día de la Creación con el fin de cegarte, haciendo que te sientas una mala ciudadana y peor hija. Alargar el sábado trae como consecuencia una amputación dolorosa del domingo, cuyas tardes son siempre deliciosamente cortas y amortiguadas por la sordina del cansancio. El momento exige que elijas entre escuchar alguna satinada garganta brasileña en tono menor o bien conectar el Carrusel Deportivo, otro agridulce

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con tus manitas; sentada en una mesa del chiringuito con tus amigos a los 16 años y, la última que recuerdes, posando con tu madre delante de la pista de petanca, en una tarde de paseo en la que le hablaste por primera vez de igual a igual y la invitaste a churros. Este espacio es algo más que el corazón verde del pueblo, un pueblo ro d eado, en definitiva, de campos. Una vez escribiste sobre él que era un auténtico oasis de libertad, porque los adolescentes de Ejea siempre han buscado aquí un poco de intimidad, paradójicamente al aire l i b re, para hacer botelladas, fumar escondido si en casa no lo sabían y revolcarte un rato con el amor de tu vida de ese momento. Un sitio necesario para crecer. Bueno. Está bien. Que existan sitios así de bonitos y especiales para ti te reconcilia con Ejea, e

incluso puedes re c o rdar algunos más. Y la cara de muchas personas. Más buenas que malas. Muchas interesantes. Muchas divertidas. Y casi todas con un pragmatismo poco abundante en la ciudad. Aunque hayas defendido mucho tu pueblo fuera de sus esteparias fronteras, también lo has aborre c ido en la intimidad. Te has cabre ado con los límites sociales y culturales de un entorno que no te llenaba; te has quejado de la mediocridad del día a día, la falta de originalidad e iniciativa de sus habitantes, de sus políticos, de las vaquillas hasta en el desayuno, de la manía por el folklore, de los eternos festivales de jota y las entre v i stas a las damas de fiestas. Sin embargo, el día que saliste de la Aldea del A rce, en la que corre t e aban conejitos con delantal en alegre algarabía, te diste cuenta de

que Ejea sólo es una porción del mundo. O incluso, de que el mundo puede ser una mera extensión de Ejea o de cualquier otro pequeño lugar en cualquier continente, del que sale la gente a buscarse la vida, con la esperanza de que en su destino serán mejores y más libres. Tan sólo para encontrar lo mismo sólo que con distintos disfraces y nombres. Así que decides que Ejea es un sitio tan bueno o tan malo como otro cualquiera para vivir. Volverás de visita. Haces la maleta. Te despides de todos. Coges el autobús de vuelta. Miras el cielo a través de la ventanilla y sorprendes el vuelo de una cigüeña que lleva un palo en el pico, quizá para construirse un nido nuevo. Ella también busca su sitio en el mundo. Hace años que las cigüeñas no abandonan Ejea en Invierno.

Centro de Estudios de las Cinco Villas

Dirección Casa de las Cinco Villas: Ramón y Cajal, 17. Apartado de Correos 84 50600 Ejea de los Caballeros (Zaragoza) Teléfono: [34] 976 660224 Fax: [34] 976 660224 E-mail: ejea@ifc.dpz.es Horario: Lunes, martes, miércoles y jueves de 10:00 a 12:30. Biblioteca: Lunes, martes, miércoles y jueves de 10:00 a 12:30

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Áreas • Información general. • Arqueología. • Literatura. • Jornadas de Estudio y Congresos. • Revista Suessetania y Publicaciones. • Intercambios Bibliográficos. • Exposiciones y Conferencias. • Premios de Investigación. • Archivo Fotográfico y Etnográfico.


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Nerva Juanjo Delgado

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l despertar de Nerva siempre era aletargado y un tanto indolente; parecía como si sus miedos y deseos estuviesen sumergidos en una galería que no conocían pero temían, en un agujero que re c onocían pero extrañaban, en un extraño que desconocían y marcaba todos los ritmos de un pueblo orgulloso, fanfarrón y jovial como sólo sabe serlo quien tiene la tragedia como un horizonte de posibilidad cotidiana. El carácter de un pueblo minero como el nervense tenía esa sabiduría que sólo es posible cuando se está obligado a nadar en la superficie; la profundidad era tan abismal que el latido vital proporcionaba el argumento para hacer un reducto de cada ola, de cada rincón, de cada instante... Los colores ocres, rojizos y cobrizos se apoderaban de una luz que parecía irreal. El ambiente dejaba transparentar un cierto olor acre a azufre y la presencia ferruginosa del río se notaba en la mañana como en ningún otro momento del día. La dispersa luz de la amanecida por la Cuesta del Peral, la raya del alba junto con la lejanía, igualaban la imagen del gabán eterno de Don Manuel, el sempiterno maestro de 5º. Parecía inmaculado y radiante, pero la cercanía y la definición de su halo le devolvían el aspecto por un instante desdibujado. Su rostro enjuto y desnutrido parecía la continuación del raído gabán convertido por el tiempo en una decena de colores ocres salpicados por las cicatrices de la tela y los surcos de su cara. Su andar inseguro y encorvado ayudaba a la imagen tétrica y misteriosa que nuestra imaginación había forjado y que su locura había alimentado. Se comentaba que de joven había asesinado a su mujer y la había cortado a pedacitos muy pequeños para

comérsela, pero que la guardia civil llegó a tiempo y pudieron enterrarla toda completa. Para evitar ser enviado a la cárcel, le habían obligado a formar parte de la policía secreta y había delatado a muchos activistas en la huelga del 62. De noche nunca dormía, se dedicaba a invocar a los dioses del infierno y pasaba toda ella en un aquelarre silencioso. Siempre se veía a través de la ventana su figura difuminada leyendo atentamente no sé qué instrucciones de un libro interminable sobre invocaciones y ritos satánicos. ¡Todos hubiésemos jurado haber leído la portada! Además, ¿de qué, si no, se iba a quedar dormido todas las mañanas sobre la mesa, apoyando la cabeza en el diccionario, que parecía tener esa única utilidad? El día que salió su locura o de su locura, escondió un martillo en el gabán que sacaba a diestro y s i n i e s t ro cuando se acercaba a alguien. Afortunadamente, sus escasas fuerzas únicamente consiguieron un saldo de tres personas escalabradas y cuatro coches abollados por el error de perspectiva. A pesar de la gravedad del asunto, era bastante cómico verle abalanzarse sobre el incauto transeúnte y acabar cercenando la chapa del confiado conductor. Supongo que a él le daría igual; su guerra no era la chapa ni el transeúnte sino el propio golpe que entendía como un testamento más que una agresión. Su locura final brotaba de la impotencia de haber educado a varias generaciones, haberlas sacado adelante, a pesar de las inmensas dificultades que planteaba la infancia en este pueblo, a pesar de las descomunales interferencias de una sociedad sumida en la esperanza y el desasosiego, en la tristeza y el impulso vital, en el encumbramiento de sus dioses menores y el desprecio más absoluto de todo lo ajeno. Pero él no quería reconocimiento, quería venganza por haberse desangrado los últimos cuarenta años de su vida en una labor de la que nunca estuvo convencido, y al

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final de su vida mucho menos. Al final se sentía el manipulador manipulado del orden social que era un pilar básico para la pirámide que les solicitaba una serie de valores de los que nunca estuvo realmente convencido: – Es mucho mejor formar parte de una estructura social jerarquizada que vivir en un conflicto permanente, se decía para convencerse.

Un maestro debe ser o del pueblo o que hable fino (refiriéndose al culto servil que se dispensaba al que más o menos pronunciaba el castellano con muchas eses y no se «comía las palabras»). Cuando se escuchaba esa dicción silbante se disculpaban todos los despropósitos sintácticos reconocidos o no, y siempre se tenían unas palabras de admiración a «lo fino» que hablaba el sujeto en cuestión.

Ahora, en el ocaso de su vida, veía claramente la estructura y vislumbraba que uno de los pilares donde se sustentaba ésta era el miedo al conflicto, y él, que siempre había estado en contra de los regímenes y había intentado abrir los ojos de sus alumnos, en el fondo había servido a la estructura, había formado parte de uno de sus recovecos, en apariencia lejano y contrario, pero al servicio de su cara antagonista pero propia. Así que se cogió el martillo de la desestructuración que no de la frustración y se dedicó, mientras que las fuerzas le aguantaron, a dar los últimos toques magistrales de su sapiencia incomprendida y sobre todo, desaprovechada.

El desdichado maestro jamás pudo pronunciar una ese:

– Loh zuhtantivo regulare hacen er plurá añadiéndole una eze, a loh irregulare, hay que añadirle eeze– explicaba en clase de lengua.

Don Manuel llegó a Nerva con 25 años, procedente de un pueblo a 60 kilómetros de distancia que nuestro microcosmos situaba en una tierra lejana; lejana y distante, distante. Su ceceo prominente le delataba como un extraño en un país de extraños y, ¡pobre de él!, eso era lo peor. No hay nada más complicado que llevar la etiqueta de extranjero en una villa que es minera o lo, que es lo mismo, cruce de caminos.

Sus conocimientos ceceantes alumbraron durante años el intelecto del que se dejó llevar de la mano de su avidez por la vida, por la lectura, por la enseñanza. El miedo a su tétrico personaje lo hacía más distante, interesante, preocupante, pero el monstruo forjado en el exterior se convertía en clase en un ser adusto que irradiaba ternura «de la de adentro» y eso se notaba en los ojos vidriosos que no dejaban ninguna duda de que la lectura y la docencia eran sus dos grandes pasiones.

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– Loh muzulmane zupieron zorventá er problema de l’agua en la penínzula con er ziztema de acequia, decía en clase de historia. – ¿Zabéi cuanto é zetenta y ziete dividío por zei? preguntaba en matemáticas.


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Aquella tarde de primavera nos llevó a las charcas de La Ribera para buscar un tritón o una salamandra, cuya morfología acabábamos de estudiar en unos dibujos del libro de ciencias. Conforme íbamos por el camino en fila de a dos nos contaba que los Tritones eran seres que acompañaban a Neptuno en su devenir por las aguas, dominio inexpugnable del dios y, junto a las Nereidas, formaban una cohorte alegre y jovial representada en innumerables pinturas y mosaicos. Acto seguido nos enseñaba una raída fotografía donde se veía a un canoso y seboso señor con una corona en su cabeza que difícilmente guardaba el equilibrio sobre un carro tirado por agónicos caballos. Bajo él, emergiendo del agua, hermosísimas mujeres adornadas con guirnaldas saludaban con gesto divertido. Los hombres que las acompañaban deberían ser los tritones, suponíamos. Estuvimos toda la tarde buscando a esos dioses debajo del agua, pero no encontramos más que bichos. Al final, hartos de tan larga búsqueda infructífera, cazamos, o sería mejor decir pescamos, una rana para divertirnos y Don Manuel, para sorpresa nuestra, dijo que si no había tritón, con la rana nos bastaría. No entendíamos nada, pero el Lorenzo dijo que las ranas se convertían en príncipes en los cuentos; ¿a lo mejor se convertían también en dioses? La risotada fue general y con ella dimos por zanjado el dilema de la rana y el tritón. El transporte se convirtió en la preparación de la intervención quirúrgica, ya que los dos que la transportaban en un frasco de cristal de vez en cuando abrían la tapa y le echaban unas bocanadas del cigarrillo que se estaban fumando a escondidas. La aplicación de la anestesia fue todo un éxito; la rana hacía tiempo que no se movía dentro de su atmósfera de garito de jazz acristalado. Cuando la soltamos panza arriba en la mesa de disecciones, tenía las patas abiertas como sólo las ranas saben hacerlo. Don Manuel se enfundó los guantes de goma y con el bisturí se aplicó sobre una esponja verde que habíamos dejado junto a la rana para secar los fluidos que salieran del paciente. Cada tajo que le daba con ademán de precisión milimétrica a la esponja, hacía que nuestras carcajadas subieran de tono y al darse cuenta de que la consistencia del presunto finado no se correspondía con la de la rana

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suplantadora del dios, soltó el bisturí y se limpió el sudor de la frente. Ya aquella daba muestras de necesitar otra ración de nicotina en el movimiento reflejo de sus ancas. El maestro-cirujano, para no errar el tiro de nuevo, fue a palpar (esta vez sí) la consistencia del objeto de nuestros desvelos voyeristas. Al intentar tocarla, aquélla se giró vertiginosamente y de un salto se plantó en el alféizar de la ventana. El choteo era ya descomunal. El profesor estaba completamente ruborizado por la ira y la vergüenza y miraba a todas partes para ver si encontraba al alado semidios que iba a ser inmolado. Jamás volvimos a hacer una clase práctica de animales. Su vocación quirúrgica se convirtió en una pasión desmedida por la botánica aplicada. Labró 50 metros cuadrados tras la tapia del comedor y sembramos lechugas, gladiolos y claveles. Así podía pasar de los pistilos a los bulbos, de las corolas a los estambres, sin tener más riesgo que el de ubicárnoslo en una lechuga o en alguna maleza; pero, por supuesto, se aseguraba la quietud de la explicación, cuestión que le tenía bastante preocupado desde que el batracio consiguió su libertad a través del movimiento inesperado. Don Manuel murió por la tarde, mientras sesteaba en el lugar más soleado del manicomio, apoyado sobre su eterno diccionario-almohada, posiblemente debido a que había dejado de interesarle la raya del alba, ésa que nos recordaba su figura, su gabán, su locura, su brujería, su cariñosa falta de encanto.

Un lugar de reflexión.

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Tatuaje José Ramos

B

ajo la apariencia de la más completa normalidad, –en ningún momento dejé de acudir a trabajar, de mantener mi proverbial puntualidad, de llevar s i e m p re el uniforme como los chorros del oro y las uñas escrupulosamente limpias, de perfumarme a todas las horas del día para extirpar de mi cuerpo y de mi ropa cualquier vestigio de olor a carne o pellejo, de poner buena cara incluso con la moral en los suelos– , el desagradable incidente de la madrugada de Año Nuevo me había trastornado hasta los tuétanos. No sé cómo de horribles son los sapos, las culebras, las arañas, que en las alucinaciones se les aparecen a los borrachos atacados por el delírium trémens. Yo, que sólo tomo alguna copita de ricard con hielo para combatir el calor en muy contadas ocasiones, desde aquella noche tan nefasta, no me puedo sacar de la cabeza la presencia física, casi real, de un escorpión. Como si el mismo bichejo me hubiera taladrado el cerebro con su pinza para luego enterrarse dentro y no dejarme ni a sol ni a sombra. Por la noche, enorme y amenazante, campaba a sus anchas por mis pesadillas. Bajaba del techo por la pared. Se colaba entre las sábanas y bajo el pijama. Ascendía por las piernas. Merodeaba inquieto por la llanura

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de mi vientre. Subía caprichoso por el valle del esternón. Iba y venía sobre la yugular. Hasta que me despertaba sobresaltado y mojado en un sudor helado. Por el día, pequeño y huidizo, apenas una sombra, un parpadeo, aparecía y desaparecía a cualquier hora y en cualquier lugar. En la mermelada del desayuno. Arrastrado por el parabrisas en medio de lluvia torrencial. Al desollar una pata de cordero. Menos mal que no había nadie conmigo una tarde en que, quizás a causa del zumbido del aire acondicionado, me dolía la cabeza hasta reventar. Ni corto ni perezoso levanté el cuchillo en el aire antes de descargarlo furibundo sobre el aleteo de una sombra. El cuchillo traspasó la carne y se quedó clavado en la madera del mostrador sacudido por un temblor imparable. Saber cómo me llamo, si soy flaco y larg u i rucho, si bizqueo o tengo una cicatriz en la cara, no importa demasiado. Lo importante es que yo viajaba en el tren NizaLyon, noticia de primera plana en los periódicos y telediarios de medio mundo, en los días siguientes a una reciente Nochevieja. Había acudido a Niza la víspera con mi hija pequeña, Mireille, los dieciocho recién cumplidos. Según la opinión de todos, mi ojito derecho. Las otra dos, un poco mayores, trataban ya

de volar fuera del nido. Para acompañar en amargos momentos a mi hermana Isabelle, cuyo marido, ingresado en el hospital L’Archet de Niza, había sufrido un infarto el último día del año. Volvíamos a casa muy de madrugada, domingo ya. La primera media hora el viaje transcurrió sin percances. Mi hija y yo dormitábamos en las primeras plazas del vagón en d i rección de la marcha del tre n , cerca de los servicios. La mayoría de los asientos estaban desocupados. Sólo en la parte trasera se habían instalado una pareja de jubilados con pinta de ricos ociosos ingleses en viaje de placer por la Costa Azul. Fue después de Cannes, aún era noche cerrada, cuando todo se torció. Gritos y palabrotas precedieron la irrupción en tromba de una docena de gamberros, vociferantes y mal encarados. Venían rebotados de otros vagones. Vaqueros mugrientos con muchos bolsillos, chupas negras de cuero, piercings en orejas y labios, muñequeras de clavos, cuchillos con empuñaduras nacaradas y esculpidas de calaveras, alguna cabeza rapada. Ese era el estilo. Productos made in France como el Roquefort o el Chanel número cinco. Y de idéntica calaña a buena parte de los quemadores de coches y terroristas de las noches locas de Saint Denís y


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otras ciudades del extrarradio de París, de tan infausta evocación para los pocos franceses de bien que vamos quedando en este país de historia gloriosa y pre s e n t e bananero. Jóvenes de localidades cercanas, acudidos en masa a Niza y sus discotecas, para divertirse sin freno en la noche más bestia del año. Volvían a casa, dispuestos a entrar en el nuevo año, como habían salido del precedente: jodiendo a diestro y siniestro. Con malos modos se sentaron por detrás en los asientos libres, contentos quizás de encontrar un vagón vacío en el que explayarse a sus anchas. Rápidamente me di

cuenta, nada comenté con Mireille para no asustarla, de que estaban cargados hasta el culo de alcohol, de coca o de esas mierdas explosivas con las que se atiborran en las discotecas. Mi corazón bombeaba sangre como un grifo abierto. Estaba tan seguro de que aquellos mal nacidos nos iban a amargar el viaje como de la muerte de mi mujer hacía un par de años y su dulce reposo en una sepultura blanca del cementerio de Draguignan. Después de un buen repertorio de atrocidades oídas pero no vistas, comentarios soeces sobre las chicas que se habían follado, chistes bestias, vomitonas en el pasillo, ruido de botellas, alardes

de haber golpeado o rajado a fulanito y a menganito, intenso olor a quemado y escándalo posterior al apagar la cortina a la que habían prendido fuego, la tomaron con los jubilados ingleses. Mientras me preguntaba por qué coños no acababa de llegar el revisor, ni había el habitual trasiego de viajeros yendo y viniendo a la cafetería (me enteré luego: el tren había sido tomado al asalto por otras tres o cuatro pandillas de la misma catadura), ya no me cupo duda de a qué se estaban dedicando los angelitos. A atracar a los ingleses, a registrarles las maletas, a robarles las tarjetas de crédito y el dinero, tanto en libras como en euros. Mi tensión interior era tan densa como el vaho mañanero que empañaba los cristales e impedía cualquier visión proveniente del mundo exterior. Un mundo exterior brumoso, alejado, casi hostil. ¿Por qué no había policía en los trenes? ¿Para qué coños servía el móvil? ¿No sería el momento de lanzarse sobre la alarma e intentar parar el tren? ¡Valiente payaso el Sarkozy prometiendo seguridad para todos y cada uno de los ciudadanos franceses donde quiera que se encontraran! Mireille se apretaba a mi costado, muda de espanto, aterrada. Mientras, el zigzagueo del tren recordaba los movimientos ondulantes de un cocodrilo descoyuntado.

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¿Tendríamos la suerte de salir de aquella ratonera sin dejar pelos en la gatera? Únicamente se oían las carcajadas, algún ronquido y los parloteos de aquellos hijos de mala madre, mezclados al ruido sordo del tren apuñalando ya las primeras brumas del amanecer. –¡Menuda fiestorra nos vamos a dar con el botín de estos hijos de la Gran Bretaña! – ¡Nada de fiestorras, nos lo repartiremos en cuanto lleguemos a Fréjus! Transcurrió una hora de relativa calma. Como si durante un rato se hubieran quedado adormilados por la mierda que llevaban dentro. Después, una frase suelta, –“¡Nos ocuparemos de la otra parejita cuando hayamos pasado Saint Raphael!”– me haría comprender que fue un descanso planificado. Dejaban pasar los minutos para cometer la última fechoría justo antes de llegar a la estación donde pensaban bajarse, Fréjus. Y fue precisamente entonces, hecha la parada en Saint Raphael cuando nos tocó el turno. Cuatro de aquellos energúmenos se acercaron a nosotros. Dos se sentaron enfrente. Los otros dos permanecieron de pie en el pasillo, a mi lado. Todos con pasamontañas enfundados. Los ojos hundidos allá al fondo me recordaban a los de los encapuchados del Ku-Kus-Klam en pleno ahorcamiento de un pobre negro de la rama de un árbol. – ¡Vaya, vaya lo que tenemos aquí! Un auténtico bomboncito. Su papaíto la ha estado guardando amorosamente durante

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años para nosotros– dijo el más pequeño de ellos, sentado enfrente de mi hija. – ¡El que quiera mojar en el coño de esta virgencita tendrá que hacerlo delante de su papaíto! ¡Nada de esconderse en el servicio como habíamos planeado! ¡Y a toda pastilla!– dijo el de mi costado, el más alto y grande de todos ellos. Al invadir el vagón me había llamado la atención por su pavoneo de jefecillo de manada, la nariz chata de boxeador mil veces noqueado y la frente estrecha. Un eslabón perdido del hombre de Cromagnon con cierto pare c i d o facial al actor Jean Gabin. Dicho y hecho. Los dos sentados enfrente se abalanzaro n sobre mí, me echaron un maloliente chaquetón en la cabeza y lo apretaron contra mi boca para sofocar mis gritos. Luego, tras mucho forcejeo, me quitaron el cinturón y me ataron con él al asiento. ¿Cuántos minutos transcurrieron entre risas y latigazos de frases sin rostro «¡Hala, mamón! Acaba pronto. Que yo también quiero tirármela!», dentro de la oscuridad pestilente de la prenda que me apresaba y no me dejaba respirar, mientras alguno de ellos se había abalanzado sobre Mireille, de la que solo oía jadeos y sollozos apagados? No lo sé. Solo sé que minutos antes de que el tren empezara a aminorar la marcha, en uno de mis forcejeos, conseguí momentáneamente, en el espacio de un quita y pon, liberarme de la maldita cazadora. El grandullón de nariz de boxeador se apretaba contra el cuerpo de Mireille, los

pechos desnudos y la falda quitada, baboseándola por todas partes. Sofocaba los sollozos de mi hija con la mano izquierda sobre la boca. Un dorso de mano con el tatuaje en colores amarillos y marrones de un escorpión con la pinza levantada. Me volvieron a echar la chupa encima. La ataron con las mangas alrededor de mi cuello y luego todo se precipitó con los chirridos del tren y una última fre n ada. Gritos. Carreras. Empujones en el pasillo y huida de la pandilla por la puerta opuesta a la que nosotros estábamos, lanzándose sobre el andén. Aún los vi pasar delante de la ventana, en desbandada, ya sin pasamontañas, mientras yo me desataba del asiento. – ¡Un poco más y me violan, papá!– exclamó llorando Mireille, desplomándose en mis brazos. No supe qué responder. La dejé llorar y desahogarse en mi pecho mientras los ingleses intentaban también consolarla. La ayudé a vestirse y la acompañé al servicio. Entonces pude ver la estación. Fréjus. Llovía afuera. En la siguiente parada Les Arcs, un cuarto de hora más tarde, llegábamos a destino. Allí habíamos dejado el coche. Aún teníamos un buen rato por carretera hasta nuestra casa en Draguignan. – Papá. Quiero pedirte una cosa– dijo Mireille cortando el espeso silencio instalado en el coche– Me gustaría que no dijeras nada de lo que ha pasado, ni a la policía ni a nadie. Ni tan siquiera a Monique y Lalie.


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– Pero alguien tendrá que buscar a esos mal nacidos y hacerles pagar por lo que han hecho. Precisamente iba a desviarme a la comisaría de Draguignan, antes de ir a casa. – Olvídalo, por favor. Vámonos a casa. Necesito ducharme y descansar. Cumplí mi promesa y nada dije ni a Monique ni a Lalie, ni a la policía. Mireille, a Dios gracias, se recuperó poco a poco y volvió a la rutina diaria de las clases en la universidad. Incluso empezó a salir con un compañero de curso. A p a rentemente como si nada hubiera sucedido. En ninguna ocasión volvimos a mencionar el asunto. Pero yo no dejaba de hurgar en la herida. Leía las páginas de sucesos de los periódicos. Aprovechaba cualquier momento libre para acercarme hasta Fréjus. Buscaba al cromagnon de la nariz chata, el único además del que guardaba una imagen clara. Entraba en los bares. Me sentaba en las terrazas oculto tras unas gafas para no ser reconocido, aunque re a l m e n t e bien poco me habían visto la jeta. Caminaba por las calles persiguiendo a los altos y fornidos. F recuentaba los supermerc a d o s más grandes de la región. Carrefour, Leclerk, Leroy Merlin, Decathlon y andaba ojo avizor en el que yo trabajaba por si acaso. Hasta en un par de discotecas merodeé una noche. Sin éxito. Eso sí. El escorpión ya formaba parte de mi vida. Me aparecía en el fondo de la copa de ricard, dibujado sobre el trozo de hielo.

Cruzaba la carretera delante del morro del coche, como si fuera un zorro, sin que nunca lograra aplastarlo. Se me aparecía en la pantalla del televisor con la pinza levantada a modo de dedo burlón. Tuve hasta un sueño disparatado. Un hombre encapuchado acudía a un cementerio de coches donde yo era el pro p i e t a r i o . Quería deshacerse del viejo modelo y cobrar al peso por los kilos de hierro y chatarra. Yo me las ingeniaba para que el hombre encapuchado empuñara el volante del coche en el momento de levantarlo en el aire con la grúa de patas de araña. Después lo dejaba caer en la máquina desguazadora. Al final, del amasijo de hierros re t o rcidos, de una de sus esquinas, colgaba la mano cortada del hombre encapuchado con un escorpión en el dorso. Un buen día, aún existe justicia en la tierra, ocurrió el milagro. Faltaba media hora para las tres. A esa hora acababa mi turno de ocho horas en la carnicería del supermercado Auchan de las afueras de Draguignan donde trabajaba. Por eso lo recuerdo bien. Enfrente de mí, grandote y pesado, la nariz achatada, fuma que te fuma con la mano escorpión de mis pesadillas, hacía cola para comprar, el baboso que se había propasado con Mireille delante de mis narices. No se me podía escapar. Salí un segundo a la trastienda a ponerme las gafas por si acaso. Jugué con el tiempo de modo que no le tocara ser atendido por Marie o Jacques, también de servicio. Ya era mío.

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– Quiero dos kilos de chuletones de ternera para asar. –¿De este tamaño le va bien...?– a usted y a los hijos de puta de sus amiguetes, estuve a punto de añadir, después de coger de la parte baja del mostrador la mejor y más tierna pieza, también visible para él. – Sí. Sí. Es perfecto. Se los corté muy despacio con la macheta corta huesos sin olvidar de aplastar uno a uno los chuletones, de acariciarlos casi por ambos lados como si se tratara de un encargo del Eliseo para el mismísimo Chirac. – ¿Algo más, señor? – No. Nada más. Coloqué la carne sobre el papel de estraza de la balanza. Tecleé el precio por kilo hasta obtener el total. Envolví los filetes y los puse en una bolsa de plástico. Grapé el ticket de caja sobre la bolsa. Y en vez de dársela, la dejé en el mostrador, un poco alejada. Para obligarle a alargar el brazo. Él metió la mano izquierda, precisamente. Yo descargué el machetazo sobre su muñeca con toda la fuerza de mi mano derecha. Les ahorraré los desagradables y morbosos detalles de la escena posterior, –más desagradables y morbosos para los clientes horrorizados que para mí, muy acostumbrado a trajinar con apéndices más o menos sanguinolentos– y los muy variados engorros que he padecido desde entonces. Una cosa sí les aseguro. El escorpión de marras ya no frecuenta mis pesadillas.

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Falsas

biografías Daniel Gallizo

ALFRED RUSSEL WALLANCE

A

lfred Russel Wallace era ante todo un hombre de silencios cortantes. ¿O no, señor Wallance?

Lo que les decía. A. R. W. guardaba un cierto parecido con otro Wallace, con Edgar Wine. Pero a diferencia de este último a Russel Wallance no le gustaba el vino. Ni tinto, ni rosado, ni blanco, ni con gaseosa. No le gustaba y ya está. ¿Qué le gustaba entonces a este hombre? Le gustaba tener hermanos. Tuvo nueve (él hacía el ocho). También le gustaba decir que el hombre venía del mono. Así que se puso a indagar y se fue al zoo de Londres, que por aquellos años, les estoy hablando de la Inglaterra Victoriana (no confundir con Enriqueyana), no abría por las mañanas. Con gran desilusión se volvió a su casa, se encerró en su habitación (desde la ventana se veían los muelles del Támesis) y decidió hacerse naturalista, pensador y vegetariano. Antes de que el reloj del Big Ben diese las once ya había terminado su primer artículo como naturalista. Lo tituló: «Sobre la tendencia de las variedades a separarse indefinidamente del tipo original”. Lo metió en un sobre y mandó los 15 folios a la prestigiosa revista «Edimburgh Review Fever». El artículo se publicó. Charles Darwin lo leyó, se rascó la cabeza y cogió pluma y papel.

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«Estimado señor Wallace: Paso por que usted diga que ronco, pero no le consiento que afirme que le plagio sus ideas acerca de la evolución de las especies. Yo a usted no le conozco de nada. De nada. Justamente este mes se cumplen veinte años del día en el que me embarqué en el Beagle junto a mi amigo el capitán Robert Fitz Roy con el objetivo de tomar notas y corroborar mi teoría. Teoría que en breve pondré en imprenta con el título «El origen de las especies». Señor Wallance, no me toque las pelotas, cómprese un sombrero y haga lo que yo: embárquese y desaparezca. Por ejemplo, a Borneo. Y allí observe, experimente, medite, déjese barba y escriba sobre el origen de las especias. ¿Le parece?» Dicho y hecho, el señor Wallance hizo las maletas y zarpó rumbo a las Islas Célebes. Allí escribió, por si usted lo quiere leer, «El archipiélago malayo». Siglos después, lo que es la evolución, Solzhennitsin escribió «Archipielago Gulag». Alfred Russel Wallace falleció un siete de noviembre de 1913; dos horas después, en Mondovi, Argelia, la madre de Albert Camus aullaba de dolor, el pequeño Albert venía al mundo. Su frase favorita: «Si puedes nombrarlo correctamente, puedes hacerlo corre c t a m e n t e», Anonymous.


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Sin

techo Juan Herranz

Y

a puedes encontrar el mejor cartón; una vez que el efecto del vino se diluye y vuelves a sentir el hielo pegado a tu espalda, ese cartón que con tanto ahínco buscaste deja de pasar por una confortable manta para transformarse en la puerta de la nevera. Y tú estás dentro del frigorífico, tu cuerpo derrotado es una solitaria merluza que se conserva en congelación en la oscura noche. Aunque también te digo una cosa, una vez que sobrevives a tu primera congelación ya nunca mueres, ni aunque sea lo que más quieras. La gente normal se pregunta cómo sobrevivimos en las calles durante el invierno. Es la ley del más fuerte, el más fuerte entre los débiles. Yo nunca hubiera pensado en llegar hasta aquí, pertenecía al lado bueno de este mundo capitalista. Vivir de limosnas no era uno de mis planes de futuro. Cre o que mi situación tiene que ver con que nunca supe elegir a la persona adecuada. Jamás elegí un buen amigo; nunca escogí una buena pareja; tampoco me junté con el mejor socio; demonios, si es que ni tan siquiera elegí un buen hijo.

Ya, ya sé que los hijos no se eligen, se deben a la providencia. Pues peor aún, ni el más infame de los demonios me hubiera concedido semejante vástago. Tal vez lo pudriera este mundo moderno. Dejémoslo, no me gusta recordar ni hablar de mi aborrecible familia. Ahora estoy aquí ¿no? Qué paradoja. Nunca podría haberlo imaginado. Todo este tiempo que he vivido en la calle he pensado en cientos, miles, millones de cosas. La imaginación se convierte en tu única amiga allí afuera. Piensas en la gente que ves pasar, en sus vidas. Te metes en el papel de cualquiera de ellos por unos instantes e inventas que eres uno más de esos transeúntes ocupados en su devenir cotidiano. Yo suelo elegir a uno de esos jóvenes trajeados que hablan por sus teléfonos móviles. Creo que así juego a que vuelvo a ser un chaval, me doy una segunda oportunidad. Estoy sentado en cualquier esquina de la calle y me encanta evadirme. Sí, es muy gracioso, se d e s a r rolla tanto la imaginación que por momentos me convenzo de que soy como un espíritu. Me elevo desde el suelo hasta uno de los paseantes y por segundos poseo sus vidas, me adueño de su

mente y me olvido de la miseria que rodea mi pequeño mundo de cartones, botellas de vino y mendrugos de pan. Tanto divaga mi mente que llegan momentos en que me pongo tremendamente optimista. Pienso que todo el mundo está equivocado, que sólo yo poseo una cruda verdad, una atormentadora verdad en medio de la farsa general. Me río en mitad de la calle, ondeando la bandera de mi libertad o de mi locura. Soy el ecce homo de Nietszche, riéndose de todos. No se dan cuenta de que viven en el engaño del capitalismo. Pero esa hilarante invención sólo dura un rato. Cuando la verdad te enseña su lado más doliente compruebas que de poco sirve tu perspectiva si estás solo, hundido, postrado en una calle, soportando las hipócritas miradas de las almas entibiadas que pasean sus cuerpos pusilánimes por la gran ciudad. Perdone por el rollo, pero ahora es evidente que cambian las cosas. A partir de hoy recordaré mi vida en la calle como una experiencia vital. Puede que hasta cuente mi testimonio en intere s a ntes conferencias sobre la pobreza;

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tes mellados con los que casi nunca intercambié una palabra. Realmente sólo tenemos una cosa en común los mendigos: la vergüenza de los desheredados, y eso no da gusto compartirlo. Eso sí, le aseguro que recordaré cada una de sus miradas de por vida; la mirada triste de Manuel, la mirada triste de Paco, la mirada triste de Carolina. Cada una de ellas tiene un matiz distinto de tristeza perfectamente diferenciable. Bueno…, no crea que estoy llorando por ellos, mas bien serán ellos los que llorarán de rabia por mí. ¿No cree?

revelaré mis odiseas en sesudas tertulias. Yo fui un «sin techo», sí, suena bien. Mis nuevos amigos me aplaudirán, sentiré sus palmadas de admiración y compre n s i ó n sobre mi espalda. Tanto tiempo… Diez, quince, veinte años y para mí todo es igual. La calle sucede como una cadena interminable de amargos días, calcados ad infinitum.

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Excepto la temperatura, nada cambia. Efectivamente, puedo ser bastantes años más viejo, pero para mí solo han pasado días. Días semejantes de una gran ciudad donde he hecho casa en cualquiera de sus rincones, en todos sus rincones. Allá afuera se van a quedar todos mis compinches de la indigencia. Rostros tiznados, dien-

Manuel, Carolina o Paco podían haber dedicado medio euro de sus limosnas a apostar por este mismo boleto de lotería p remiado. Cualquiera de ellos podría estar ahora aquí, soltándole la chapa a usted mientras abren una cuenta de cinco millones de euros en su banco. Y usted se preguntará: ¿Después de haber pasado por lo que ha pasado, no piensa en ayudar a otros pobres? Sinceramente, no. Todo lo que he aprendido en la calle es que, en este mundo, nadie hace ya nada por nadie. Dejaré que los milagros los siga haciendo Dios, como siempre ha sido.


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La

ambulancia Fernando Sierra Cortés

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olvía a casa tras otro día más de tediosa labor en su oficina, tan anodina y gris como cualquier otra. Marc h a b a ligero con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, la cabeza baja, barriendo con la vista las filas de baldosas blancas y negras que constituían el ajedrezado de la acera. Iba abstraído tratando de no pisar las baldosas negras, como si en esa especie de juego se dirimiera algo importante, algo tan trascendente como su propio destino. Pero no siempre conseguía su propósito, a veces, un paso mal calculado depositaba su pie o parte de él sobre una de las funestas losetas. Era algo supersticioso, atávico, instintivo. Muchas veces, casi siempre, esta era para él una manera de predecir el éxito o fracaso de determinada empresa o gestión próxima. Tenía prisa por llegar a casa, a su refugio cálido y familiar. Le producía cierta desazón el trajín de la multitud que en distintas direcciones marchaba hacia destinos desconocidos, gentes anónimas encerradas como él cada una dentro de su carcasa. Sin e m b a rgo, el sonsonete de cláxones y motores de los numero s o s automóviles que a esa hora circ ulaban no alteraba en lo más mínimo su ritmo vital, era un ruido de fondo que por repetido se había hecho ya consustancial al ambiente, de tal forma que pasaba completamente desapercibido. No estaba contento con los resultados

de su juego vaticinador, había pisado más baldosas negras que las acostumbradas, eso sin duda era un mal pre s a g i o . Se oyó lejana la sirena de una ambulancia que sobre s a l í a entre la algarabía mecánica de los automóviles. Poco a poco los destellos amarillentos se fueron acercando, el ulular alarmante iba «in crescendo» dominando el sordo roncar de los motores. Levantó la vista hacia el blanco vehículo centelleante y una pizca de inquietud penetró en su interior. Aquel vehículo sorteando los coches a toda velocidad, rompía, en cierta manera, la armonía discordante. S i e m p re se sentía ligeramente asustado cada vez que veía pasar una ambulancia, pero esta vez, una sensación de angustia mayor que en otras ocasiones se iba adueñando paulatinamente de su ser. Un funesto presentimiento lo asaltó de pronto, era como un escalofrío que sacudía todas las fibras de su cuerpo…, y si el que iba en la ambulancia fuera…? Pero, cómo va a ser.., desde luego no hay ningún motivo…, hay millones de personas…, es imposible, cómo va a ser..., también sería mala suerte…, no es, no será…,decididamente no será, estoy alarmándome sin motivo alguno…; pero..., ¿y si fuera?....La verdad es que presiento algo malo, algo muy malo, y mis corazonadas

pocas veces fallan…, pero…¡No puede ser, es imposible! Todos estos pensamientos pasaron por su mente en un bre v ísimo espacio de tiempo, mientras pasaba el vehículo velozmente por su lado. Fijó su atención en ella intentando descubrir a qué centro sanitario se dirigía. Unas letras rojas pintadas en uno de los laterales le informaron de lo que quería saber. Fue un impulso inconsciente, quizás (o desde luego) inmotivado, pero irresistible. Aceleró el paso, como queriendo alcanzar al «t r a n s p o r t e sanitario», que ya se iba perdiendo en la lejanía, veloz y centelleante, apenas un débil aullido sofocado por el ronronear del tráfico ciudadano. Una indescriptible congoja le iba invadiendo, amenazando con paralizarlo. Si no hubiera sido por un impulso ciego, puro instinto, que lo empujaba hacia adelante, se hubiera quedado inmóvil y trémulo, como clavado en el suelo, paralizado completamente por la sensación de angustia que sentía, una angustia que con o sin motivo se había apoderado de su persona. Sin darse cuenta había dejado atrás la esquina de la calle que conducía a su casa y caminaba en d i rección al «fatídico hospital». Pero.., ¿Por qué fatídico?... ¿Por qué este en concreto era especial-

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mente fatídico?...¿Quién era la persona que era trasladada urg e n t emente en esa ambulancia?... Él no lo sabía, ¿cómo iba a saberlo? Lo más probable sería que se tratara de un perfecto desconocido…, entonces..., ¿a qué venía esa tremenda desazón? Desde luego no había ninguna explicación racional para semejante actitud. A pesar de todo, lo que sentía era real tuviera o no tuviera causa.

Los transeúntes se le quedaban mirando al ver su andar apresurado, casi ya carrera, pero él, ensimismado, permanecía totalmente ajeno a lo que le rodeaba. En su mente sólo existía esa a b s u rda idea fija machacona e impertinente y ese todavía lejano hospital. La ambulancia ya habría llegado y él todavía estaba allí, lejos. Tenía que llegar pronto, ya tenía que haber estado allí.

Tuvo que detener su apresurado caminar obedeciendo las órdenes de un semáforo que al otro lado de la calzada le imponía una pausa en forma de muñequito rojo. Los coches cruzaban veloces sin detenerse, sin dejarle pasar…, y él tenía que atravesar esa calle, no podía perder tiempo, era preciso llegar cuanto antes al hospital y así enterarse de una vez de quién era ese enfermo. Allí seguía parado a la fuerza, nervioso, impotente. El maldito artilugio permanecía igual, prohibiéndole el paso. Pasaban segundos que a él en su estado se le antojaban horas. Inquieto y nervioso en el arcén, estuvo a punto de lanzarse a la calzada, pero aún esperó un poco más, conteniendo a duras penas su impaciencia. Cuando los coches comenzaron a frenar, apretó a correr en pos de la otra acera, sorteando algunos automóviles que todavía pasaban. Aceleró más el paso intentando recuperar los segundos p e rdidos. La angustia se iba haciendo cada vez más fuerte, era ya una obsesión. Obsesión por llegar, obsesión por alcanzar al blanco vehículo…, obsesión, angustia, desazón, ansiedad, miedo, inquietud..., sin motivo justificado..., sólo por un vago presentimiento, por un augurio confuso e irracional.

Su apresurada marcha se convirtió en carrera. Era la suya una carrera loca, frenética, desesperada. La impaciencia que le imponía su estado obsesivo no admitía espera. El cansancio físico ya hacía un rato que había apare c ido. Jadeaba, le dolían las piernas, los pulmones, todo el cuerpo…, pero no podía permitirse el lujo de pararse a descansar. Sacando fuerzas de no se sabe dónde continuaba su precipitada carrera. El corazón le latía con furia terrible, bombeaba sangre desesperadamente a todas las células de su cuerpo, sometidas a un sobreesfuerzo mayor del que podían soportar. Al cabo de unos minutos sus pasos se fueron haciendo más deslavazados, más inconexos y vacilantes. Corría como un autómata. Los brazos, todo su cuerpo se movía a un lado y a otro, desmadejado, falto de control. Sudaba copiosamente, desacostumbrado como estaba a semejantes esfuerzos y su organismo, habitualmente sedentario, acusaba intensamente la p rueba a la que estaba siendo sometido. ¿Cuántas baldosas negras habría pisado en su fogosa c a r rera? Seguramente muchas, muchísimas… Todas.

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La gente lo miraba extrañada, pero nadie hacía nada por detenerlo…, y eso precisamente

era lo que menos deseaba. Notó que le fallaban las fuerzas, que se iba a desplomar…, y eso sería fatal…, así es que, muy a su pesar, se dejó caer en un banco, sólo el tiempo indispensable para recobrar las fuerzas necesarias para seguir adelante. Mientras estaba sentado su angustiosa tensión interior se acrecentó, postergada en cierta manera por el acusado esfuerzo físico. Tenía que llegar..., seguramente el de la ambulancia era quien él pensaba…, estaba seguro…, tenía que serlo…, tenía que saberlo…, se tenía que asegurar………, y si de verdad fuera…, ¿Qué le sucedería..? ¿Podría resistirlo?...... No podía perder más tiempo. Se levantó y reanudó su alocada y vacilante marcha. A lo lejos ya se veía el hospital. Un poco más y por fin quedaría desvelada la incógnita. Estaba ya ante la gran mole cuajada de pequeñas ventanitas. Vio un gran cartel y una flecha que decía URGENCIAS. Se dirigió hacia allí. Por allí tenía que haber entrado la ambulancia. Con la respiración entrecortada, sudoroso, rojo por el esfuerzo, tembloroso, obnubilado…, ¡no podía aguantar más! Se desplomó delante de la puerta. Rápidamente salieron dos e n f e r m e ros y lo trasladaron al interior en una camilla. Deliraba, no hacía más que repetir: ¡La ambulancia, la ambulancia, la ambulancia...! Confusamente comprendió que así no conseguiría su propósito, que ese no era el camino. Intentó tranquilizarse, poner orden a sus pensamientos. Mientras tanto estaba siendo atendido por los médicos. Ya más sosegado, consiguió por fin expresar coherentemente lo que deseaba. Quería ver al enfermo que había llegado en la última


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ambulancia…, o en la penúltima..., en cualquier caso, hacía poco tiempo. Era importantísimo que lo viera lo antes posible…, pero prim e ro tendría que recuperarse según los doctores… ¡No había tiempo para recuperaciones! ¿Lo conoce..., es familiar suyo? ¡Sí, sí…, pronto, por favor! Tranquilícese... enseguida lo va a poder ver. Uno de los médicos se dirigió a un teléfono recabando información sobre el paciente recién ingresado que él mismo había atendido hacía pocos minutos…. Curiosamente se parecía mucho al que acababa de llegar. Le informaron que el herido llegado en esa ambulancia estaba siendo operado en esos mismos momentos. Tendría que esperar para poder verlo. Había sufrido un grave accidente de circulación y el pro n ó s t ico al parecer no era demasiado favorable, no obstante se estaba haciendo todo lo humanamente posible por salvar su vida. Poco a poco se iba recuperando del esfuerzo realizado, respiraba mejor y las fuerzas volví-

an. Pero su zozobra, lejos de disminuir aumentaba, si es que todavía era posible que creciera. La espera se le hacía interminable, estaba enormemente nervioso. Tras haber sido atendido, había sido trasladado a una pequeña habitación, en la que podía ser sometido a observación..., y en la que estaba condenado irre m i s iblemente a esperar. Esperar otra vez, mientras él, porque seguro que era él, se debatía en un quirófano entre la vida y la muerte. Al fin, al cabo de no se sabe cuánto tiempo, llegó la noticia de que la operación había concluido, aunque las esperanzas de vida eran muy pequeñas. Luego podría subir a verlo..., pero no en ese estado, tenía que tranquilizarse, le administrarían un calmante y podría ir. No quería calmantes..., estaba perfectamente, tenían que dejar que fuera a verlo ya. Insistió e insistió, hasta que le permitieron, recomendándole calma por enésima vez, ir a ver al recién operado. La sala de la Unidad de Cuidados Intensivos hervía de actividad. Enfermeras y médicos se afanaban alrededor de una de

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las camas intentando salvar desesperadamente la vida de aquel paciente. El accidente había interesado órganos vitales, y a pesar de todos los esfuerzos, poco se podía hacer para ganarle la partida a la muerte, que llegaba inexorablemente para llevarse con ella al ser que yacía en aquella cama de hospital, ya con los últimos e s t e r t o res de la agonía. Todo resultó inútil. Acompañado por un médico y una enfermera entró..., pero..., ¡no era posible! ¡Era el muerto!..., o un trasunto de él. En los rostros de los allí presentes apareció el estupor al contemplar al recién llegado. Era el vivo retrato del que acababa de fallecer. Avanzó hacia la cama entre todo aquel personal sanitario que no salía de su asombro… Y sí, era él, su hermano gemelo. Sus vidas habían sido paralelas aun estando a kilómetros de distancia. Los presentimientos eran certeros, las emociones compartidas, todo en sus vidas había sido parejo…, lo mismo que ahora sus muertes. Su corazón no pudo soportar esta última y fatal emoción.

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La semilla de la metáfora se revela para convertirse en un lenguaje oracular y ha comenzado a crecer por un caudal de conceptos que provienen de una verdadera percepción de la conciencia. No se trata de conjurar la realidad de la poesía, sino de idealizarla a través de la palabra como elemento indispensable para la creación. De este modo, los textos adquieren diferentes planos temporales y espaciales. Deja que mis palabras desciendan y te cubran como una lluvia de hojas a un campo de nieve, como la hiedra a la estatua, como la tinta a esta página. Octavio Paz

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invitadas

«Sólo sé que hacia 1935/ caí sobre este huevo corrompido/ con mi capazo chiquitín./ Cuando sólo tenía un año y medio/ me metieron en guerra para siempre.»

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stas palabras de uno de sus poemas marcan el absoluto compromiso que mantiene Gastón con su mundo y su tiempo, compromiso que abarca no sólo sus aspectos literarios, sino toda su vida polifacética. Inconforme, rebelde, heterodoxo, abogado de todas las utopías, fundador de partidos federales, partícipe de Juntas Democráticas, activo diputado constituyente, Justicia de Aragón y contemplador inagotable de paisajes… aparece en su obra constituido en portavoz de inquietudes colectivas, como un cronista cosmovisionario que lanza arengas planetarias desde el surrealismo sorprendente de sus aragoneses mundos. Emilio Gastón es, junto a Miguel Labordeta, uno de los grandes contribuyentes a la aportación épica y epilírica de la gene-

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Emilio Gastón

ración de poetas aragoneses que por los años cincuenta y sesenta constituyó la O. P. I. (Oficina Poética Internacional) del zaragozano Café Niké. Como escultor el espíritu de su obra queda reflejado en el «Manifiesto del Hierro». Esculturas con ecos literarios entre la abstracción y la figuración, exponiendo de forma regular desde 1996. Ha publicado los siguientes libros de poesía: El hombre amigo mundo, 1958, Colección «Poemas», Zaragoza (no pudo conocer la luz hasta 1976); y Como mejor proceda digo, Colección «P o e m a s», Zaragoza, 1978; Abandonado en el ensueño como único vehículo de confianza, «Colección Bóveda Levante», Barcelona, 1981; Musas enloquecidas, Editorial «Prensas universitarias de Zaragoza», 1987; y El despertar del hombre selva, Ediciones Endimión, Madrid, 1987. Manifiestos, 1995.


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A Dios y sus paisajes ignotos Qué bien que se ve todo desde muerto. Esa nada tremenda con tantas epopeyas, ese brillo alargado que alimenta con todos los paisajes, ese arco iris olvidado con una cordillera de mundos, esa tercera osa despistada Cuántas odas perdidas en una resonancia con cola. Dormid, acompañantes de ranas y sonámbulos, Dejemos trabajar a Dios en paz, pintemos esta vida transitoria con esta libertad que nos llueve, policromada y de buen ver, Dios espera en su nada de horizontes y paisajes ignotos interminables, de allí venimos y allí recalaremos, allí disfrutaremos espacios eternales a compartir con muermos y resurrectos, allí de nuevo atracaremos

en donde sea, cuando sea, acogidos, escritos, remitidos y expedidos por Dios en el momento divertido que quiera, desde quien sabe cuál eternidad o causa misteriosa. Me voy a comprender el infinito. pero ¿que pasará cuando se acabe el infinito? Hay que vivir a más vivir en cada tanda que vivamos p o rque el hombre es un ser para la vida y un viaducto transitorio condenado a morir y revivir. Dejemos pues en paz a Dios.

Emilio Gastón

( Poema de su libro inédito Las nubes se equivocan 2005)

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Segundo canto personal Sacudiendo de mi nuevo reloj mi ya pasada vocación de hombre triste doy la mano a la música mientras mi alma de sábado se esconde por los últimos biombos de la noche. Ha terminado mi labor de olvido. Por eso ahora, presencio como nunca la caída final por las alfombras del un día en vigor y hoy, barro seco de mis grandes zapatos. Ya me siento dispuesto a recrearme con los que no perdieron en el bache su violín y su risa. Oído al mundo: La luz de un candelabro deja ver un anuncio de protestas en lo más interior de cada pecho. La luz de una bombilla colorada, lanza un grito de alerta por el negro peligro que supone la rebelión de los que no sonríen. Por eso yo, por orden de las gentes, condeno a los que sufren su prisión y su niebla voluntarias. Por orden de las gentes, condeno a los que aman y sufren sus amores disueltos en voz baja.

Vosotros, víctimas. Habitantes del mundo con existencia triste, tomad mi corbata. Si no podéis soñar, colgaos de ella. Si lo lográis, colgadla de vosotros. Sí, soñadores, sí. Para vencer la furia de tristeza mientras un dulce miedo nos invade superad vuestro sueño, levantad la mirada y encontrareis letreros luminosos señalando salida para todos. Y yo, sonriente inquilino de este mundo tan grande, con la mano en mi nube, invito a los que lanzan por el viento su sonrisa de paz hacia el domingo. Y aún digo más: Con la mano en mi nube, invito al que se queja porque al igual que yo se encuentra siempre con estado interior desconocido. Es mi única protesta. Me encuentro fuera… y no sé de dónde. Emilio Gastón (Poema de su libro El hombre amigo mundo 1958)

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invitadas Raúl Herrero Herrero

El ojo de la destrucción

Para mi amigo Mariano Esquillor

(Si tus cicatrices te impulsan la memoria, o tus paisajes se engalanan con funámbulos dolientes, o si por tu muro trepa el despojo de toda desnudez, no dudes; desatiende la aflicción y cólmate de voces auspiciadas por el silencio). El camino interminable, interminable, largo y arrasado te arropa con manto extraño, mientras las luciérnagas revolotean en torno a las vísceras, sanguinolentas, del altar. El pecado radica en cubrirse con las hierbas de la senectud sin saber, en dormitar durante la eternidad de una vida bajo el yugo de lo conveniente. No dudes, acoge las palabras nuevas, crea lo que te destruye, yerra, húndete en la euforia, habita la vida. En definitiva, el consuelo se genera contra el mundo.

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III. Secuentia 1. Dies Irae De no haber un fin para el mundo el mundo será el final; todo suceso se leerá como último. Pero si se avecina el día deja ira, esa ira imperecedera, asistente divina de muchos encuentros, ¿a qué hielo se someterán nuestros deseos? Ante el presagio dulce de las primeras luces los ojos de hierro se doblegarán, los huecos que dan al alma se abrirán para dejamos entrever los árboles de sangre y las aves de trasiego firme, de nieve. Si ese hálito de agonía se convierte en manos el sonido caminará sin aire, el fuego se propagará sin llama y las aguas parirán noches ausentes; se batirán corderos sin lanas y cada mejilla conocerá el aliento de la obscuridad. Pero si fuera el silencio, la callada renqueante, angustiosa, el que nos someta a la nada... Si el final recayera en una decadencia sin caída, aséptica, vacía, agonía de muerte sin fe ni palabra, las bocas quedarían encaladas para siempre en una visión de futilidad sin empuje. ¡Cuánto se precisa una catástrofe cuando no es la estabilidad del hueco sino el vacío lo que soporta el mundo! En Dios es en ninguna parte pero alejado de la nada. Por eso la oquedad supera al contenido, la pausa al arpegio, el blanco a la mancha de óleo. La materia importa sólo porque transforma en visible la gran ausencia, en todo presente.

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aúl Herrero nace en Zaragoza en 1973. Desde 1991 ha publicado más de diez poemarios, entre ellos: Viaje por el Rhin (1994), Bolol (y ningún otro poema) (1994), Las «Mininas» de «Velásquez» (1998) y su antología El mayor evento (2000) con prólogo de Luce More a u - A r r a b a l (Profesora de La Sorbonne) y dibujos de María Luisa Madrilley. Además también escribió el libro de relatos Así se cuece a un hombre (2001) con dibujos de Fernando S.M. Félez y prólogo de María Paz Moreno. En el año 2002 apareció el ensayo-dietario El Éxtasis. Desde el año 2000 publica con periodicidad los cuadernillos que componen el poemario Ciclo del 9, de los cuales ya han aparecido: Las palmeras de Verona, Sinfoniettta Björk, Libro de canciones de Ángela y Notas rumanas. Ha realizado, además de la Antología de poesía Postista (1998), la edición con prólogo de los poemarios El cuello cercena do y Platos de amargo alpiste de Antonio Fernández Molina (1996) y del libro póstumo del mismo autor Vientos en la veleta (2005). Ha sido secretario de redacción de la revista Almunia. En la actualidad dirige la editorial Libros del Innombrable. En el año 2005 apareció su último poemario publicado Officium Defunctorum (Las patitas de la sombra, Madrid, 2005), que Paola Masseau ha traducido al francés con un amplio estudio introductorio bajo la supervisión de Francisco Torres Monreal (Universidad de Murcia). También se han traducido diversas partes de su obra al inglés, italiano, danés, silandés y búlgaro. Además cultiva las artes plásticas. Ha participado en exposiciones colectivas, ilustrado libros y realizado algunas muestras individuales.


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Otros

poetas Ya se ha entrado el amor en las cavernas Ya se ha entrado el amor en las cavernas en donde la tibieza es una piedra oscura y la humedad resbala como dos ojos ciegos sobre el mundo. Donde la tierra apaga su garganta de cuerno, donde las aguas se resuelven en un silencio mineral que no encuentra salida, allí se entró el amor, y late aún bajo la forma de un anciano que duerme desde el origen del tiempo o un bisonte pintado que embiste eternamente con sus ojos inmóviles. Duerme un anciano y sigue respirando, como un bisonte sigue respirando pintado en la pared: esa respiración es humedad, tibieza de la piedra, un aura que se esparce muy despacio arrastrando mis sueños como un glaciar desmoronado. ¿Quién me señalará un camino en el bosque, una senda de boj y escaramujos que trepa hasta las crestas donde se ancla el sol?

En lejanas praderas yergue un bisonte su cabeza antigua y anhela la azagaya; yo se que está mirándome mientras tallo mi piedra, deseando la muerte que ha de enviar mi mano, deseando el amor, que es una sangre negra coagulada en torno de su herida como el perfil de un animal gigante trazado en la caverna. En aquella caverna se entró el amor y duerme como un anciano frío envuelto en pieles carcomidas. ¿Quién me podrá indicar algún sendero mientras aún espera respirando? Antes de que se quede reducido a un cuerpo absurdo envuelto en piel mojada que se entierra sin llanto junto a un grano de polen. Antes de que el amor se oculte para siempre en las cavernas como la silueta de una mano amarilla estampada en la forma de un bisonte que no ha existido nunca.

J. Sánchez Vallés

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Itaca revisitada A solas y en la balsa momentánea de una quietud robada a lo invisible, trema, arde de incertidumbre su deseo. Desciende a la egóica caverna y lamiendo sus heridas paredes la fiera está elegante cuando sale ya limpio el panteón para sus muertos. Luego viene la luz y barre el polvo del ayer que se aferra como un vicio a curvas tentadoras y a la madre. Pero el placer adquiere varios nombres, de islas, de sirenas, de invencibles. Tapóse los oídos, vista al frente, guerreó contra fantasmas apelantes y mendigos de atención trasnochada. Contra la sal del pasado y sus dulces tristezas revolvióse. A ti, Ítaca, te sobrevivió y te tuvo.

Un trozo de espejo

Canta ciego como un antiguo bardo: Lento como las tortugas centenarias

Tocar a la Verdad, quema en los ojos.

ves pasar los árboles y ríos. En el agua su reflejo te escapa.

Alicia Silvestre

Como tú mismo son seres de viaje. Eres la parte mutable del árbol pero mientras se está en la corriente no se echan raíces. Hace falta salir, sentarse en la orilla. Salta una trucha arco-iris. Ahí estas ahora contemplándote. Alicia Silvestre

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Aretusa La piel pronuncia su multitud en los fardos de la lluvia. Y permanece un ruido que circunda los delfines. Con el gozo húmedo de naufragios, un collar de eneas, una emboscada de glicinas se arrastra por los alfanjes donde se endurece la rendición de los océanos. Y a la quietud del nacimiento, llegó con un calvario de espejos, con un ramo de llanto en el cuerpo sin saber que aquí, jamás mueren los azules.

J.A. Conde

Otros mundos Abrí mis ojos y exploré, firme, la exacta magnitud de la centuria que nos deja.

Supe del hambre desbocada correteando por las secas entrañas, huérfanas de voz.

No encontré sórdidas imágenes desvanecidas en el reino de la ironía y el sopor, sí, roja sangre extenuada en la certeza de saberse hueca y estéril, sin memoria, en su destino y en su luz.

Verifiqué la desazón consumidora del callado y frágil hombre de cristal.

Busqué en la escéptica mirada, encallecida bajo el sol, de los sintecho transeúntes por las aceras impasibles de la egocéntrica ciudad, que, indiferente, desconfía de su silueta desigual. Examiné el agrio semblante del refugiado que, afligido, -el eco frío de sus pasos chapoteando en el hedor de la inmundicia circundanteal campamento vuelve exánime y, entre la náusea, sostiene el resplandor de su esperanza, cuando la negra noche invoca a los espíritus del mal.

De la creciente multitud su paradoja existencial vi consumada, sin retorno, porque la amnesia irreversible modificó su condición. Así, cabalgan imposibles para el poder de la razón, majestuosas y elegantes cual fatuas reinas de oropel: el fetichismo de las cifras, la liviandad de las palabras, la laxitud de las conciencias, y la agonía interminable de los indígenas del Sur. Tenemos armas y un hermoso cisne que no sabe nadar.

Jesús Claver Giménez

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ESCILA Y CARIBDIS (Mito contemporáneo) Del gran teatro del Mundo. La muerte contra la muerte, bajo su signo vivimos. En su origen femenino empero, nada más lejos de su esencia natural, cambalache venturoso de lo estéril con lo estéril. Por celos y desamores

camino de la extinción a mayor gloria y grandeza de los más puros bolsillos tradicionales y cultos. La muerte según la muerte, Escila frente a Caribdis, pero nunca tocan estas

seis sanguinarios sabuesos; Zeus, en la hija de la Tierra,

la sonrisa feroz, cínica, que sin duda las maneja.

Caribdis, toda avidez, castiga la desmesura.

Caribdis cuenta a Escila: falsedad contra mentira,

En el istmo mesinés se vislumbran cara a cara.

vía de mangoneo y control y si hay óbitos por el medio

temible símbolo dual en el hoy desenfrenado, equivocada y exaltada manera de estimular los más prístinos valores:

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enemigo terrorista». Una senda sin retorno,

Circe y su magia espuman en las ingles de la ninfa

La muerte frente a la muerte,

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«Bienestar y Patria. Vendo: gran imperio. Compro: cruel

todo será por la patria. Pirámide hasta Dios: muerte sobre muerte, y muerte. Hay gran teatro en el Mundo. Fernando Burbano


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En penumbras pero y qué hacer este día casitriste si todo se me viene encima si todo parece conjura contra mí qué hacer si estoy desnudo y en penumbras qué hacer si el tiempo no es tiempo sino pólvora vívida que me atrapa qué hacer ante el negro abisal si nada es lo que es o así me lo parece conozco la receta no es difícil conozco el sortilegio el antídoto pero qué luengos primores hasta él qué de curvas y trabajos ¡pues manos a la obra! que el tiempo apremia y una sola vida me contempla

Rafael Fernández Lorente

No te conozco no te conozco

Juro

y te escribo zaragoza veintitantos de mayo o de un mes cualquiera no sé quién eres no te conocí un día de lluvia en los espejos de mentiras y de besos en los labios ni tu paraguas se rompió por el viento pidiendo auxilio socorro me estoy empapando ni mis mejillas son blancas o rosadas rozando tu dulce cutis blanco y ajado adiós un abrazo saludos a tu familia pronto escribirás tus versos y cómo no yo los míos sin tu nombre sin tus labios colmados de no haber visto mis mejillas cuídate hasta pronto posdata firma

juro que todo lo olvidé por el camino juro que nada en mi mente oscuro refugio de recuerdos y nombres se alberga ya sino el vacío que recorre sórdidamente mis entrañas sino las nítidas manchas imposible su tacha en mis neuronas de algunos cabellos briznas por las sienes juro que nací ayer y en esta corta vida que sostengo olvidé siquiera mi nombre olvidé qué significa la muerte de la noche cómo suspiran los muertos que ya no viven y cómo negarse ante tal evidencia si empaña las arrugas de mi existencia si se adentra a escondidas sin avisarme y se instala para siempre me dice que nunca se marchará juro solemnemente que miento de veras

Rafael Fernández Lorente

Rafael Fernández Lorente

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Torrente de palabras Tu voz fue un torrente de palabras, un discurso infinito, el eco eterno del sonido de las fraguas. Y de pronto un disparo, un jinete que cabalga, un disparo de herraduras. --¡Polvo! ¡Muerde el polvo y muere! Herido de bala, herido de muerte bajo el árbol del ahorcado te retuerces, tu corteza endeble se desangra. -- No es mi sangre ni es mi cuerpo el que ahora se derrama. Y a la sombra del cerezo te acostaste, te dormiste. --Duerme, duerme bajo las ramas. Duérmete enseguida. Ya no temas a los lobos ni a la bruja ni al fantasma.

Yo te daré mi cuerpo Yo te daré mi cuerpo si me das la piel de tus manos. Hagamos trueque de nuestros aromas, cambiemos tu sonrisa por mis labios, cambiemos. Véndeme tu dientes y tu ombligo y yo te venderé mis brazos. Regálame tu cabeza, regálame tu pelo largo, que yo te concederé mis dedos para peinarlo.

Y a lo lejos una risa horrenda de jinete y de venganza. -¡Me quedan balas como estrellas! ¡Tantas balas como odio en las entrañas!

Préstame tus pies, tus uñas, a cambio de mis zapatos.

El sonido de las fraguas no restalla. Tu voz se extingue. Tu voz fue un torrente de palabras.

Yo te brindo mi espalda por cinco besos que recorran mi mundo hecho de hálitos.

Luis Fernández Llorente De la soledad y el deseo

Garantízame tu vientre, tus piernas, un río vaporoso como nubes, a cambio de la esencia con que hablo. Tus ojos verdes por mis ojos castaños yo te los cambio.

Luis Fernández Llorente De la soledad y el deseo

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La depuesta intemperie descartó todo el pulso anoche, a las estrellas. Cada vez es mas tarde. Aquí, en el confín sueño relámpagos. Tu belleza ya es sola criatura lunar. Por eso te retuerces como un beso. Perversamente miro ese reloj Esta hora admirable el mar abjura horizontes y orillas.

Tropieza tu boca Tropieza tu boca calle abajo contra otra.

Después llega una araña obscura y monosílaba y cae sobre su espalda. Un ángel se suicida por si hay cielo y el mayor homicida retoza entre sus brazos. _Los muy cerdos_ Pilar Manrique

No resbala el labio por el cuerpo. Pasillo de residencia, paso de anciano camina tu ombligo. Inquieto busca tu pecho la palabra que en el sueño te bese. Versos de plastilina estrellas de pelusa rodean el cuello. Y así por repetirte triste te amenazo: ¿Qué te juegas que me subo a la luna y te disparo, o mejor aún me siento y no te miro? Sagrario Manrique

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Reencuentro Bésala. Tal vez a ella le hagan buen provecho esos besos que son míos. Acaríciala con tus manos de seda; deja que revuelva tus cabellos. Dile las palabras que tú sabes, esos versos que yo te enseñé y será tuya. Peca, y llévala hasta los infiernos. Ese será nuestro reencuentro. Haz de su vida un laberinto sin salida, un viaje de ida sin vuelta, un sin vivir, una muerte en vida. Quiérela un momento por lo menos. Quiérela un instante para siempre. Miéntele mirándole a los ojos. Ese será nuestro reencuentro. Clávale tu lengua hasta en el alma. Cógele la mano y mátala. Grita que la amas. Haz que crea el cielo a sus espaldas. Cántale al oído tus canciones. Cántale las mías. Sóplale en los ojos si se calla; dale entonces un beso de nata. Concédele el sagrado don de tus minutos y róbale el sagrado don de la palabra. Dale mi regalo, y tu cuerpo, que es mío... todo lo que el tiempo me ha quitado. Llena de mi sangre tu cuchillo. Malditos labios que endulza el demonio y envenenan, que sólo con mirarlos me aceleran. Me rindo y caigo al suelo y me levanto con lágrimas por ésa, tu piel, que es mía también. Márchate. Tómala en tus brazos y márchate, que yo estaré bien; corroída por el fuego que encendiste, consumida por la llama de quererte. Desliza tu pulgar sobre sus hombros. Tómala, en tus brazos, en mi trono. Peca, ¡por Dios!, peca de una vez y te perdono. Dale tu pasión desenfrenada, tu carne de hombre. Y a mí guárdame nada. Déjame soñarte ayer como si aún me amaras; pero acuéstate en su lecho. Y ve a buscarla a ella, que cuando mueras yo estaré esperándote. Y te llevaré unas flores regadas con lágrimas cuando ya nadie te quiera... muerto. Porque yo abrazaré tu cadáver y lo haré latir en sueños. Buscaré tus labios que ardieron y me quemará aún el hielo. Te odio con el órgano del pecho, pero te amo con toda mi alma. Te quiero. Y eso es todo lo que tengo hasta que exista un cristal empañado en el que escribas con tu dedo la palabra REENCUENTRO.

Almudena Vidorreta Torres

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EJEA

Cómo puedo querer tanto a esta tierra dura y seca, si mi cuna fueron las olas mediterráneas. Suave brisa, fuerte cierzo claro cielo, niebla intensa, mezcla de amor y pasión. Encrucijada de caminos sin salida, te has convertido en la cárcel de mi alma, ni todos tus caballeros conseguirían mitigar el dolor que por ti siento, porque has quedado en medio de la nada quizá olvidada,

preñada de un Canal que te dio vida y a la espera de morir sola mañana. Los días caerán del calendario, tus sueños de grandeza irán pasando al ver que no regresan nuestros hijos y aquellos que mandabas a salvarte guardaron su riqueza en otra parte. No encontraron el camino de regreso, ya no estaba, algún sendero les llevó hasta tierra extraña donde hoy arrullan el sueño de los suyos mis olas mediterráneas. Susana Hernández

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Todo pasa. Pasan pompas y vanidades, pasa la nombradía como la oscuridad. Nada quedará a fin de cuentas de lo que hoy es la dulzura o el dolor de tus horas, su fatiga o su satisfacción. Una cosa sola, Aprendiz, Estudiante, hijo mío, una sola cosa te será contada, y es tu Obra Bien Hecha. Estas palabras, entresacadas del libro de Eugenio D´Ors Aprendizaje y heroísmo, nos vienen como anillo al dedo para introducir esta sección, ya convertida en clásica, como es INVITACIÓN A LA LECTURA. Desde luego, a las obras seleccionas tanto por Teresa Casado y Eva Bajén en el apartado de literatura infantil y juvenil como por José Ramos en El maletín de los libros, se les puede incrustar en sus portadas el marchamo de Obra Bien Hecha. Sus autores, maestros sin duda en su oficio, nos han regalado a los lectores unas joyitas literarias nada efímeras. Léanlas, por favor. Seguro que les ayudan a ser felices.

El maletín

de los relatos José Ramos

“Leer para combatir la fealdad. Para desterrar la melancolía. Para ser lo que no somos. Para no ser lo que somos. Para soñar. Para reír. Para llorar…”

I

gnacio, un amigo de toda la vida, me pidió hace unos meses, con cara compungida, que le hiciera un favor. – El doce del próximo mes me voy de crucero por las islas del mar Egeo. Me repatea el buche el viajecito. Pero Magda ya ha comprado los billetes y le hace una ilusión que no veas. Puede ser la ocasión para leer esos libros con los que siempre me estás dando la vara. Ni para comer saldré del camarote. – De mil amores. Te prepararé una selección. Incluso te los pondré en un maletín con lacito y todo. Para que no se te olvide lo que hay dentro. Dinamita pura. Conociendo como conozco

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al pelmazo de Ignacio y su desmedida afición a quejarse de la tele sin jamás despegarse de la pantalla, supe que tenía ante mí un duro reto. Porque no sólo pretendía que se leyera los libros en préstamo. Quería que mi amigo volviera del viajecito babeante de amor por la lectura. Desempolvé el maletín de plástico y color rojo encendido. Un maletín o especie de carpeta de los que te endilgan cuando haces un cursillo o asistes a un congreso. Cavilé no pocos días por dónde orientar el tiro. Dicho de otro modo. ¿Qué clase de dinamita ponerle en el maletín? Apilé sobre la mesa un paquete de novelas, no muy largas, de fácil

lectura y gancho seguro. Extraños en un tren, de Patricia Highsmith. El Lamento de Portnoy, de Philipp Roth. Retrato del asesino en prácti cas, de Fco. López Serrano. El Cartero siempre llama dos veces, de James Caín. El Túnel, de Sábato. Rosaura a las diez, de Marco Denevi. Mi hermano el alcalde, de Fernando Vallejo. Con intención de depurar el lote y dejarlo reducido a las cuatro o cinco más adaptadas al temperamento inconstante y muy dado al flor en flor de Ignacio. ¿Y por qué no ponerle en el maletín tres o cuatro antologías y una docena de relatos picoteados acá y allá, de esos que cuando aca-


bas la lectura tienes la impresión de que te han explotado en el vientre y te han hecho cisco las tripas? se me encendió la bombilla una noche de ojos extraviados en ese trozo de oscuridad que conozco como la palma de la mano. Dicho y hecho. Deposité cuidadosamente, –la dinamita te puede explotar en las m a n o s–, las tres antologías y una novelita corta, al fin, seleccionadas: Camisa de once varas del director de cine aragonés José Luis Borau. Por su ternura, su capacidad de evocación, su fuerza. Retorno 201 del mejicano Guillermo Arriaga, guionista de la película Amores perro s. Por la ferocidad de sus relatos de amor y de muerte. Por su originalidad temática y formal.

comentario personal dedicado a Ignacio, a modo de anzuelo. (Por un amigo descarriado en las garras de la tele y al que puedo encaminar al redil de la lectura, no me importa venderle el alma al diablo) La lengua de las mariposas de Manuel Rivas. Si no te emocionas con lo que te cuenta Pardal, un niño que se hace muy amigo del maestro, en pueblo gallego al estallar la guerra civil, es que la vida te ha secado el corazón. Eres un muerto viviente. (En ¿Qué me quieres amor? // Punto de lectura) La estación de las lluvias de Stephen King. Historia truculenta y cruel en la que un perro se tira pedos y los sapos se desmelenan. (En Pesadillas y Alucinaciones II // Debolsillo)

Los girasoles ciegos del madrileño Alberto Méndez. Por saber recrear como nadie, en cuatro historias conmovedoras, la brutalidad de la posguerra.

Cordero asado de Roald Dahl. Del partido que mujer despechada puede sacarle a una pata de cordero recién guisada. Ingenio, capacidad de sorpresa y altas dosis de humor negro. (En Relatos de lo inesperado // Compactos Anagrama)

La flaqueza del bolchevique de Lorenzo Silva. Novela llevada al cine. Por el sorprendente comienzo. Por lo apasionante de la trama. Por la sorpresa final.

El amante nubio de Carmen Posadas. Cuernos a la sombra de las pirámides y en las barbas de Tutankamon. (En Nada es lo que pare c e. // Santillana)

Algo más arduos resultaron la selección, fotocopiado y encanutado de los relatos sueltos. Pero como contra el entusiasmo no hay dificultad que resista, en pocos días tuve listo el cuadernillo prom e t i d o . Con los siguientes títulos y un breve

Operación Termópilas de Lore n z o Silva. Gordo repugnante anda suelto. (En El déspota adolescente // Destino) Una cuestión de suerte de Nabokov. Espero, Ignacio, que la lectura de la

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aperreada existencia del pro t a g onista no te lleve a tan negro final. No te acerques demasiado a las barandillas del puente ni abras el ojo de buey del camarote. Por si acaso. (En Cuentos completos de Nabokov // Alfaguara) El espejo de Luis Criscuolo. De cómo deshacerse de un jefe abusón y mala leche. (En Suicidas // Opera Prima) Mi hermano de Quim Monzó. Si un hermano del alma se muere de repente, ni lo entierres, ni lo incineres. ¡Que siga viviendo a tu lado! (En El mejor de los mundos // Anagrama) Jana de Ignacio García Valiño y Terminal 386 de Miguel Mena. No sólo en el Transiberiano ocurre n sucesos memorables. Un tren de madrugada ha salido no ha mucho de la estación del Portillo. Otro va a salir, pero nunca lo hace, de la estación de Daroca. ¿Se masca la tragedia? (En Cuentos de Trenes, Cremallo Ediciones) Me encantaría poder afirmar que Ignacio volvió del crucero carcomido por el gusano de la lectura. Y que desde entonces no ha parado de pedirme los relatos completos de Chejov, Poe, Borges, John Cheever o Cortazar. Desde luego ha dado la vuelta como un calcetín a su opinión sobre los cru c e ros. No opone la menor resistencia a embarcarse de nuevo cada verano por mares ignotos. Intuyo la razón del entusiasmo. En el c a m a rote sigue viendo Gran Hermano y demás majaderías al uso, mientras Magda frecuenta los salo-

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nes de baile y pierde el oremus por cenar con el capitán y otros uniformados miembros de la tripulación. Pero no estoy seguro de que, tras su periplo por las islas, leyera –me dio mala espina lo huidizo de sus ojos al devolverme el maletín– ni la cuarta parte del lote que con la mayor ilusión le preparé. Quizás el de los sapos y el de los cuernos en Egipto. Me habló un par de días de La Flaqueza del Bolchevique de Lorenzo Silva. Pero no porq u e hubiera abierto el libro. Había visto la película. Encajé el golpe como pude. Al fin y al cabo, uno tiene su corazoncito. Y resulta doloroso comprobar que la dinamita, tu dinamita, no pasa de ser, para los más, pólvora mojada. Incluso puro desvarío. En un rincón sigo guardando el maletín, ya polvoriento, de los relatos tal y como Ignacio me lo devolvió. A la espera de que conocido, colega o dilecto alumno entre en periodo de enajenación mental transitoria y el médico le prescriba la lectura como obligada terapia contra las venenosas adicciones a la tele y al ordenador. Por supuesto, el maletín está a disposición de los intere s a d o s . Quizá ustedes. Por si les diera corte pedírmelo, como Pulgarcito, he ido sembrando el camino de miguitas. Para no extraviarse en el laberinto de la biblioteca pública o la librería más cercanas. Al tirar de un hilo, ¡bingo!, el ovillo completo. Quizás.


Leer para vivir, de niño y de joven Teresa Casado Eva Bajén

E

stamos en un mundo rodeado de imágenes, de mensajes que nos alejan cada vez más de la lectura, puesto que nos ofrecen alternativas que no re q u i e ren la concentración y el esfuerzo, la soledad y la tranquilidad, que exige el ponerte ante un libro e iniciar una nueva aventura. Y, sin embargo, los padres, m a d res y educadores sabemos que debemos animar e iniciar a los niños y jóvenes en la lectura y que no debemos imponer sino orientar su necesidad de leer historias, p o rque la fuerza de las letras, de los mundos posibles a los que dan vida, supone todo un reto y un descubrimiento, una aventura que sería una pena perderse. Una aventura que no supone renunciar a otras sino complementarlas e incluso hacerlas comprensibles. Porque el niño que lee siempre tendrá amigos, porque cuenta con la compañía de buenos libro s ; p o rque leer nos ayuda a tener una

mente abierta y un espíritu crítico; p o rque la lectura nos descubre nuevos mundos y cada libro es una historia por contar en manos del lector; porque un libro es un vaso mágico que cuando destapamos puede dar lugar a las transformaciones más excitantes y maravillosas; porque los libros nos ayudan a escapar, a comprender y a comprendernos mejor con las alas de la fantasía; porque leer entretiene; porque leer nos ayuda a c o m p render otras visiones del mundo, a descubrir secretos que están ocultos a la mirada cotidiana; porque… porque como dijo el Nobel Günter Grass «no hay nada más hermoso que la mirada de un niño que lee». Y a todo el mundo le está esperando el libro que servirá de llave mágica para entrar en el mundo de la literatura. Y esa llave mágica que hace brotar una chispa de emoción en los ojos del lector es más emocionante encontrarla para los más jóvenes. Por eso de nuevo Ágora q u i e re hacer sus recomendaciones de este año,

dando especial protagonismo a los escritores de aquellos relatos que consiguen introducir el elemento maravilloso en nuestra vida cotidiana. Por ello hemos seleccionado libros de autores ya consagrados, clásicos, como C. S. Lewis, junto con autores contemporáneos que se están convirtiendo, o son ya, re f e rentes de la literatura para el público joven como Joan Manuel Gisbert, la joven Laura Gallego, protagonista del n ú m e ro de diciembre de CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil), la alemana Cornelia Funke, o la propia Isabel Allende. Por falta de espacio sólo re s e ñ aremos aquí los libros que se han publicado en el 2005; sin embargo, todos ellos y todas ellas han escrito libros muy sugerentes y e n t retenidos que pueden hacer las delicias de los jóvenes y no tan jóvenes. Son, además, libro s recomendados por niños que leen, y muchos de ellos tienen el complemento añadido de unas estupendas ilustraciones que tanto agradecen los primeros lect o res. Feliz viaje.

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A partir de los seis años, ÁGORA recomienda: 1) Título: CÓMO CURÉ A PAPÁ DE SU MIEDO A LOS EXTRAÑOS. Autor: Rafik Schami Editorial: RqueR Una niña, narradora de la historia, es invitada a una fiesta de cumpleaños por su amiga Banja, de origen africano. Quiere llevar a su padre para que haga juegos de magia; pero hay un problema: el padre tiene miedo a los extraños. 2) Título: GUJI GUJI. Autor: Chih-Yuan Chen Editorial: Thule Un cocodrilo nace, por casualidad, en una familia de patos en la que se siente muy feliz. De pronto un día llegan tres malvados seres que quieren utilizar a nuestro protagonista para comerse a su familia. 3) Título: PAULA EN NUEVA YORK Autor: Mikel Valverde Editorial: SM Premio Internacional de la Ilustración de la Fundación Santa María 2005 Paula, una niña de Bilbao, llega en una nube a Nueva York donde debe encontrar otro medio de transporte para regresar a su ciudad.

A partir de los ocho años, ÁGORA recomienda: 1) Título: MISTERIOSOS REGALOS DE LA NOCHE Autor: Joan Manuel Gisbert Editorial: Planeta&Oxford Pablo encuentra al levantarse unos maravillosos regalos en el alféizar de la ventana, que le ayudan a soportar una dolorosa pérdida. ¿Quién se los deja? 2) Título: EL MUNDO FLOTANTE Autor: Carlo Frabetti Editorial: S.M. Una niña de once años tiene un amigo muy especial, Cuervo, que es diferente a cualquiera que haya conocido. Con su ayuda consigue huir de sus malvados perseguidores y encontrar la puerta a un lugar extraordinario. 3) Título: WITIKA, HIJA DE LOS LEONES Autor: Blanca Álvarez Editorial: Destino Nuestra protagonista, de 8 años, encuentra una leona herida mientras recorre, como todos los días, un largo camino para buscar agua potable.

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A partir de los diez años, ÁGORA recomienda: 1) Título: CRÓNICAS DE NARNIA. EL SOBRINO DEL MAGO Autor: C.S. Lewis Editorial: Destino. Ilustraciones origi nales de la primera edición. Se trata del primero de los siete libros de Narnia: asistimos a su creación y a la irrupción de lo maravilloso en la vida cotidiana de dos niños, Digory y Polly, que se ven empujados a viajar a otros mundos paralelos.

2) Título: EL PEQUEÑO NICOLÁS. LA VUELTA AL COLE Autor: Goscinny-Sempé Editorial: Alfaguara infantil Nicolás vuelve al cole y le pasan todo tipo de peripecias. Relatos recuperados por la hija de Goscinny con el apoyo de Sempé.

3) Título: TIRANTE EL BLANCO CONTADO A LOS NIÑOS Autor:Rosa Navarro Durán. Editorial: Edebé El libro que Cervantes admiraba, escrito por Joanot Martorell entre 1460 y 1464, ha sido reelaborado para los niños por Rosa Navarro Durán, catedrática especialista de la Edad de Oro de la Universidad de Barcelona. Se trata de una de las mejores novelas de caballerías que, junto a episodios fantásticos, narra acontecimientos históricos, episodios cortesanos, bélicos, humorísticos y románticos.


A partir de los doce años, ÁGORA recomienda:

1)

Título: SANGRE DE TINTA Autor: Cornelia Funcke Editorial: Siruela Ilustraciones de la autora. Se trata de la continuación del libro Corazón de Tinta: Maggie llega al Mundo de Tinta acompañada de Farid para buscar a Dedo Polvoriento.

2)

Título: MEMORIAS DE IDHÚN II LA TRÍADA Autor: Laura Gallego García. Editorial: SM Victoria, Jack y Kirtash, el extraño trío de jóvenes profundamente unidos por lazos emocionales que no comprenden, deberán llegar al mundo de Idhún para completar su identidad y cumplir una antigua profecía.

3)

Título: EL ZORRO. COMIENZA LA LEYENDA. Autor: Isabel Allende Editorial: Plaza y Janés La chilena Isabel Allende nos narra los orígenes de Diego de la Vega y cómo se convirtió en el legendario Zorro.

A partir de los catorce años, ÁGORA recomienda:

1)

Título: NOCHE DE ALACRANES Autor: Alfredo Gómez Cerdá Editorial: S M Premio Gran Angular 2005 Catalina vuelve a España invitada por los responsables del instituto de su pueblo natal para contar su experiencia de la guerra. A medida que evoca su pasado vuelve a revivir aquellos episodios que marcaron su vida y a todo un país.

2)

Título: HOMERO, ILÍADA Autor: Alessandro Baricco Editorial: Anagrama Recreación del clásico de Homero para ser leído en público. Tiene la novedad de estar contado desde una perspectiva múltiple: el narrador va cambiando a la vez que los protagonistas de la acción.

3)

Título: EL MISTERIO DE LA NAVIDAD Autor: Jostein Gaarder Editorial: Siruela. A manos del joven Joakim llega un calendario de adviento con sus veinticuatro ventanas para abrir durante los primeros días de diciembre. Se trata de un calendario mágico que le contará la historia de Elisabet, una niña que se ha perdido.

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R E S E Ñ A S

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Es difícil sustraerse al deseo de compartir con otros aquello que logra tocarnos por dentro. Ya sean ideas o conceptos que conmueven nuestro pensamiento o sentimientos y emociones que despiertan los afectos. Por eso, incluimos en Ágora algunas reseñas de libros que últimamente han provocado en nosotros ese deseo de compartir.

Siempre quedará

París María José Bermúdez

Los avatares concretos, las diferentes humillaciones e indignidades, los lectores las conocemos o las imaiempre quedará París es la historia de muchos sue- ginamos. Ramón Acín pone ños rotos. Apenas liberada Francia, los republiel acento en los sentimientos, canos españoles que habían contribuido a su en el estado de ánimo de los liberación intentan penetrar clandestinamente en personajes en la convivencia España con la intención de establecer una red de cotidiana de tantos años con maquis por las montañas de todo el país. Imaginaban la incertidumbre, el miedo, la que, una vez borrado de Italia y Alemania, Europa aposoledad, el silencio y la oculyaría también la lucha contra el fascismo español. Y que tación, el disimulo. Elvira ha los propios españoles solo estaban esperando una señal conseguido sobrellevarlo. No ha tenido más remedio para sublevarse masivamente contra Franco. para sacar a su hijo adelante. Montes no pudo con la soledad de la montaña y se pegó un tiro. Luisa también Ni lo uno ni lo otro sucedió y los grupos que ha pagado su precio con ese delicado equilibrio en que penetraron como avanzadilla acabaron rodeados, convive su razón con la locura. denunciados, vencidos. Con la humillación añadida de no haber encontrado apoyo ni reconocimiento entre la Todo ello salpicado de biografías cuyos datos población sometida. me gusta pensar que serán ciertos y si no, podrían perfectamente serlo. Pero no es la lucha armada lo que ocupa el protagonismo de la novela, sino diferentes pérdidas de los Y la gran protagonista, la montaña, como una diferentes protagonistas que discurren por ella: presencia permanente. Con su doble cara maternal y Villacampa, el guerrillero; Montes, uno de sus contacamenazadora, de refugio y peligro, consoladora y turtos y de sus amigos más queridos; Elvira, la mujer de badora. La montaña a la que hay que amar y respetar, Montes; Luisa, que encontró refugio y consuelo en casa conocer y temer, como continuamente nos recuerda de Elvira tras años de penalidades en la infructuosa Villacampa. búsqueda de su amado Pons, otro de los guerrilleros que conoció Villacampa. El resultado es una visión sobrecogedora de lo que pudo ser la vida de tantos españoles que se vieTodos han perdido la lucha, la fe, la alegría de ron obligados a renunciar a casi todo, empezando por vivir, la juventud, el amor, la libertad, la dignidad, la la propia dignidad. ¡El mismo Villacampa se siente un tierra... Incluso el hijo de Elvira protagoniza la última privilegiado porque al menos, en su exilio francés, ha pérdida, la de cuantos, alrededor de los años 70, se disfrutado de libertad! vieron obligados a abandonar sus casas y sus pueDesde luego tenemos muchas cuentas penblos. Así comienza la novela, con el desgarro del hijo dientes con todas estas personas que intentaron por de Elvira la madrugada en que definitivamente cierra todos los medios mantener viva la esperanza. La juslas puertas de su casa, en La Pardina, cerca de Aínsa, ticia poética que se permite la novela devolviendo el y se despide de sus muertos. cadáver de Montes a su pardina no será suficiente. Ramón Acín Siempre quedará París Algaida 2005

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Poemas soñados para

Palestina Vicente Hernando Ballano

Angel Petisme Insomnio de Ramalah Zaragoza Eclipsados 2005

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a novel editorial Eclipsados dirigida por Ignacio Escuín ha publicado una joya literaria que lleva por título Insomnio de Ramalah, compendio de las imágenes y sensaciones hechas poesía que el bilbilitano Ángel Petisme percibió durante su estancia en Palestina con la Plataforma de Mujeres Artistas en el invierno de 2004. La actitud poliédrica de Petisme le ha llevado a publicar libros tan diversos como Cosmética y terror, Constelaciones al abrir la nevera, Buenos días, colesterol o Cuatro días dé alquiler, entre otros. Obras todas ellas en las que el receptor no queda indiferente, ya que el poeta ofrece versos colmados de crudo realismo, pero rociados con someras gotas de ironía y optimismo que hacen florecer un hálito de esperanza en el lector. Este Insomnio de Ramalah, última publicación hasta la fecha de teclear estas letras, es un testimonio de compromiso ante la delicada y grave situación que vive el pueblo palestino. Ya se había aventurado con anterioridad el poeta y músico con una obra en prosa de similares características: El cielo de Bagdad. En el caso actual, se recogen las vivencias captadas por el ojo humano en un viaje impactante a una zona del planeta en la que la justicia parece ser, ojalá algún día pueda olvidar estas palabras, una mera elucubración o quimera. Los testimonios gráficos hechos fotografía aportados por Ángel Trotter, Gonzalo González y Ángel López-Soto no hacen sino florecer una lágrima más que furtiva en las pupilas incandescentes del lector que advierte tanto dolor en la lejanía. La perfecta armonía entre poesía, prosa, imágenes, maquetación y diseño hacen de esta obra una delicia a degustar con avidez por el paladar literario más exigente. Ángel Petisme decide hacerse eco de lo afirmado en su día por Bertolt Bretch porque «si no participas de

la lucha, participarás de la derrota» y no duda en viajar hasta donde sea necesario con tal de aportar sus versos, sus canciones, su testimonio... Su habitual compromiso le ha llevado a México para cantar contra la violencia de género, a Irak como escudo humano, a los pueblos olvidados del Sáhara... Este viajero impenitente confiesa en su blog que «estos viajes nuestros llenos de riesgos e incertidumbres a países en guerra, no en vano nos inventamos la expresión

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«turismo en el abismo», son lo más parecido sin duda al viejo espíritu de los auténticos, los últimos viajeros». «Vine a Palestina para aprender». Cual discípulo aventajado de Sócrates que tiene la humildad por seña de identidad, Petisme plasma su ser en la siempre compleja y virgen «nieve cuadriculada» de su cuaderno de bitácora. Nada tan real y sincero como aprender de lo mal que se están haciendo las cosas en el planeta, de la gente que no tiene más que una sonrisa pero que la ofrece sin temor ni rencor, de la mano siempre abierta del que nada tiene que ocultar porque nada tiene, de esos niños que abren sus ventanas radiantes y chispeantes al mundo con la ilusión de un mañana mejor. Por ello se atreve a recomendar agriamente al mercader de votos y falsas verdades: «no hables de Palestina cuando ya sea tarde». En sus versos lanza miríadas a las profundidades y recovecos del intrínseco yo para mostrar su sentir mediante el comercio de la palabra. Siempre la palabra. El conflicto de Palestina es algo que se retrotrae en el tiempo y que parece dormir el sueño de los justos en algún cajón cerrado a cal y canto de algún «emBushtero». Hoy en día todavía se hacen más presentes las palabras que un refugiado pronunció el día de la Catástrofe Palestina de 1948: «Un hombre sin tierra es un hombre sin honor», porque se habla de un pueblo que tiene cercenado su horizonte mediante «seiscientos veinte kilómetros de tela para sudarios» que no les permiten ser libres ni regresar a sus hogares. Y eso duele. Lo desgarrado de la lectura de las páginas de Insomnio de Ramalah es contemplar, con un cierto escozor y erizamiento del vello, cómo el autor es capaz de presentar, con nombres y apellidos, a personas reales que un día están luchando por la libertad de su pueblo y al día siguiente ya son historia. De este modo hace partícipe al lector de su desazón: «Hoy diez de julio leo con estupor la noticia en El País. / Khaled Salah, su hijo de 16 años y varios compatriotas / han sido asesinados a manos del ejército israelí». Sin embargo, Petisme realiza un guiño al futuro y lanza una proclama de optimismo y de fugaz sensación de mejoría al afirmar «no vi pájaros en Ramalah, pero vi el mar...». Y esa prolongación del cielo en el agua hace factible un momento de paz, de relajación, de incipiente felicidad. Un presentimiento le lleva a convenir que «el sol está saliendo a través del espejo» y el milagro de la primavera, portadora de vida, llegará algún día a los territorios palestinos. Además, todas las punzadas de dolor que se reciben al leer este libro

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se resarcen con momentos de íntima complicidad con el poeta que mira la ciudad adormecida sin ser visto, de igual modo que hace en más de un poema con su Granada natal otro postnovísimo destacado, Luis García Montero. Se trata de un acto personal y solitario del yo poético que conversa de tú a tú con alguien que no es siéndolo, alguien que cambia de fisonomía y con la llegada de la oscuridad se vuelve dulcemente irreconocible. O con el momento en el que el viajero encuentra una juguetería «en la tierra de los juguetes rotos barnizados de sangre y la artillería indigente de los cantos rodados aún brota la magia con sus hachazos de fulgor primitivo». En ese oasis de dolor y muerte existe el encanto y la inocencia que aportan un balón, una peonza o un rompecabezas. No rehúsa Petisme aportar unas bocanadas de lo denominado por algún crítico estética de la otredad o de la excrecencia cuando asevera que algo pasa cuando un niño es capaz de afirmar sin rubor que «el mundo es una mierda». Y, finalmente, lanza sus dardos envenados contra «quien comercia o especula con el dolor» por un puñado de votos cuando la sangre y el dolor están todavía en la retina de todos. Ángel Petisme traslada al lector unos poemas palestinos que rezuman amor y esperanza en unos tiempos apestados de conflictos. Su escritura ágil y directa hace de Insomnio de Ramalah una obra altamente recomendable para recordar que un día hubo «piedras bajo su almohada».

Un lugar de encuentro.


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Susana Marie-Ange Guillaume Ilustraciones: Francois Roca Editorial Juventud, 2005

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usana no tiene un ratón, tiene un perrito que mueve la cola o las orejas o las patas delanteras… Susana tiene unas enormes ganas de conocer nuevos territorios. O de conocer animales de otra «galaxia». Así que se sube a su avión plateado y despega. Sin decir nada en casa, sin vacunarse como hacen los niños del Primer Mundo. ¿Y no hubiese sido mejor, y menos peligroso, ir al zoo? No, el zoo no tiene horizonte. Susana no tiene miedo, tiene buena memoria y anota mentalmente todo cuanto ve. A su vuelta, se lo tiene que contar a su inquieto perro que espera y desespera. Marie-Ange Guillaume es la responsable del texto. Un argumento sencillo, eficaz. Un texto que se desliza en el filo de la navaja. ¿Previsible? ¿Meloso? Lo que les decía: the edge. Eso sí: un ambiente lujoso, teatral, atractivo. Una historia para narrarla a los pequeños. Marie-Ange Guillaume fue redactora de la revista Pilote. Es guionista, coautora de una biografía de René Goscinny y autora de notable prestigio en nuestra vecina Francia. Aquí la conocemos por «El paraíso de los osos de peluche», también publicado

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Daniel Nesquens en esta misma editorial. Marie-Ange ya no cumple los cincuentaytantos (2666, Bolaño). Si ella es la responsable del texto, Francois Roca es el responsable de las ilustraciones. Lo agradecemos. En manos de otro ilustrador el texto se hubiese quedado sin combustible a mitad de trayecto y Susana hubiese tenido que aterrizar en medio de la selva. Con el peligro que eso conlleva. Al intempestivo ilustrador francés lo conocemos bastante más: «El t ren amarillo» (Lumen), «La isla del tesoro» (Edelvives), «Jesús Betz» (Fondo de Cultura Económica)… A Francoise Roca le gusta más trabajar con su amigo (o me lo imagino) Fred Bernad y se nota. Aquí, con Marie-Ange, la cosa se estrecha y los actores se rigidizan. Con su amigo Fred le saca más partido a los personajes, a las luces, a las sombras... Luces: magníficas perspectivas, estupendos paisajes, notables composiciones, el personaje de Susana ansía salirse del álbum. Más luces que sombras. Sombras: figuración un tanto plastificada. El perro, los pingüinos son figuras maleables al calor. Son figuras de futbolín. Y ahora la edición: ¿de quién habrá sido la idea de que el texto «congestione» la pagina, de que entre línea y línea vaya un icono, de que el texto vaya en un gris londinense? Vamos, vamos…

Mi cuerpo y yo Daniel Nesquens Jorge Lujan Ilustraciones: Isol Editorial Kókinos, 2005

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Cómo es mi cuerpo? Lo veo. ¿Cómo soy yo? Lo intuyo. El autor del texto, Jorge Luis Lujan (escritor, músico, escenógrafo, arquitecto) sabe que la mayor preocupación es uno mismo, sabe que el estado vivo ocupa un estado físico, y es consecuente cuando afirma: «La poesía es una posibilidad de adentrarnos en el misterio, entendiendo no sólo como el suspenso, si no como el misterio de la creación misma.» Y añade el Premio de Poesía para niños 1995 otorgado por la Asociación de LIJ Argentina: «La poesía nace del ritmo interno de los versos.» Ahí le duele. Aquí es donde nos damos de narices ante el formato álbum y vemos (oímos) que uno de los riesgos de ilustrar un poema es que crece la distancia entre los

versos, se distancian y pierden eficacia narrativa, quedándose, en muchos de los casos, en una anécdota ilustrada. Él y ella. Ella es Isol: ilustradora, escritora, diseñadora y ex cantante del grupo E n t re Ríos. Inconfundible. Isol se sumerge en cada verso, lo traduce y nos muestra su universo particular. Lo asimilamos y nos vienen a la memoria trabajos anteriores a este publicado originalmente en el 2003 por Editions du Rouergue. ¿Por qué muchas editoriales van a remolque? ¿Por razones económicas? ¿Por aptitud, por actitud, por pericia...? Que me desvío: Isol traza, recorta, pega, simplifica, compone y experimenta de manera atinada, natural los versos elípticos de Jorge L. Lujan. Isol (premiada internacionalmente) amplia los límites trazados por el texto. Interpreta y engrandece con detalles enternecedores, con simetrías justificadas. Isol. Y aunque haya quien diga que es inútil buscar comparaciones, a la cabeza nos viene el nombre del gallego Fino Lorenzo.

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R E S E Ñ A S

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Vidas

robadas Manuel Hernández Martínez

Rafael Lacambra Morera Mayo de 2005

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ener la suerte de compartir el trabajo docente con compañeros aficionados a la creación literaria es una verdadera gozada. No sólo se encuentran entre los temas de conversación los asuntos escolares y las circunstancias personales. Puedes compartir también el gusto por la literatura y admirar y respetar su práctica en mano ajena. Puedes maravillarte de cómo otros lectores hacen realidad el sueño de la creación literaria. Y acompañar o asistir al germen de una vocación, la de

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escritor: ¡Y elevarnos sobre la rutina y mediocridad que, en ocasiones –más de las deseadas y necesarias– enturbia el ejercicio de nuestra profesión! Rafael Lacambra, Rafa, ha reunidó en Vidas roba das su vocación por la creación literaria con el altruismo de su experiencia como voluntario y cooperante en organizaciones de ayuda al tercer mundo. De hecho, como rezaba la invitación para la presentación del libro, el dinero de las ventas del libro va destinado a un «proyecto de alfabetización de adultos» en el noroeste del municipio de León, Nicaragua, lugar que nuestro comp a ñ e ro conoce de primera mano. Sin embargo, las «vidas robadas» que nos presenta las novela no se encuentran en ese paisaje exótico y que alimenta el imaginario de voluntarios y misioneros –que no de turistas–. El autor se muestra también experimentado en las vicisitudes que sufren los inmigrantes que desde países como Nicaragua vienen al sueño occidental y capitalista de la Madre Patria. Rafa recoge fragmentos y retazos de diversas vidas de mujeres inmigrantes que llegan a España, y las va concentrando en algunas protagonistas que van dando unidad al relato a través de la voz de una periodista que se implica y nos implica en las diferentes historias. Aquí hay que vólver a la ilustración de portada –de Manuel Jiménez y Esther Andreu– para comprender que a través del «collage» de varias historias se ha tramado una principal. Las historias narradas bien podrían haber sucedido en realidad, quizá no a una o a dos personas en concreto, pero sí están perfectamente tomadas de varias y tristes realidades. A dichas protagonistas les suceden un cúmulo de desgracias que –normalmente– tenemos la suerte de desconocer, salvo por las páginas de sucesos. La habilidad del autor para describir un panorama desolador de la situación de las mujeres inmigrantes en España nos hace comprender que es buen conocedor –y sensibilizado– de esta cruel realidad. El relato resulta cercano porque el lector se va identificando con las protagonistas, con la narradora que inevitablemente toma partido por ellas, y porque de esos posibles espacios de la llegada de inmigrantes, escoge uno que bien conoce también el lector: Zaragoza, y sobre todo el barrio de La Magdalena.


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A partir del viaje de una joven colombiana, asistimos a los relatos de otras mujeres de la misma condición, y distinto origen, que le van deshaciendo los sueños a la recién llegada. El relato gana en vivacidad cuando asistimos a las peripecias que les suceden a los protagonistas, o a la descripción fisica de los mismos. Al lado del re t r ato de las inmigrantes aparecen con lujosos trazos una serie de «colaboradores» que pretenden ayudar a las «heroínas»: periodistas, abogados, directora de casa de acogida, policías... Y de frente, con pinceladas tópicas pero certeras estos «antagonistas»: los mercaderes del sexo que obligan a las mujeres recién llegadas a vivir en una situación de esclavitud el ejercicio de la prostitución, trabajo fácil al que prontamente muchas de ellas se ven abocadas al no encontrar una tarea digna y remunerada debidamente. Pero este estereotipo que nos llega por las noticias se hace relato vívido y sangrante, sobre todo cuando avanzamos en la breve novela. Quizá el autor nos

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entretiene con unas descripciones de un tono elevado al tratar el carácter, la moralidad de personajes, personajes a su vez narradores: las periodistas con inclinaciones detectivescas, el abogado incipiente escritor... Quizá llegamos a comprenderlos mejor por las mencionadas descripciones físicas y, sobre todo, por sus acciones. Por ello, una vez conocidos los personajes principales, el peso de la narración recae sobre la investigación de la muerte de algunas prostitutas, y a través de diferentes narradores asistimos a unas páginas finales brillantemente «negras». Y somos espectadores acobardados y culpables de los momentos decisivos de la vida y la muerte de estas mujeres. Algo de lo que tenemos conocimiento por páginas de sucesos en prensa cobra vida, a través de la ficción literaria, en nuestro ser porque nos hemos identificado con esos personajes y nos duele su dolor y también nos duele que –normalmente– no hacemos nada por evitarlo en la realidad, en la suya que es también la nuestra.

¡Animamos a participar

a los más pequeños! Como ya hicimos el año pasado, en las páginas interiores de este número de la revista “Agora” hemos incorporado un espacio de literatura infantil y juvenil dirigido a los más pequeños con el fin de acercarles a este mundo literario. La novedad de este número de la revista “Agora”estriba en que algunos de los autores participantes han sido premiados en el concurso literario que les propusimos en el número anterior (1º y 2º premio) en las modalidades de poesía y narrativa . Los “pequeños” escritores premiados recibirán sus premios el día de la presentación de la revista en el CPR. A todos decirles que han realizado grandes e interesantes aportaciones y que nuestra ilusión es seguir contando con sus colaboraciones: Relatos, Poesía , cuentos.... porque entendemos que su participación es un eslabón importante en esta cadena para difundir valores culturales, sociales, así como un vehículo para que los mayores aprendamos de vosotros a observar la realidad y no realidad desde la perspectiva mas pura y limpia. Así las cosas, os animamos a participar y a que nos enviéis vuestros trabajos para incluirlos en el próximo número.

EL CONSEJO DE REDACCIÓN DE LA REVISTA “AGORA”

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Encuentro con María Pilar Martínez Barca y

El corazón

en vilo Manuel Hernández Martínez

María Pilar Martínez Barca, El corazón en vilo, Madrid, adamaRamada ediciones, primera edición: d i c i e m b re de 2005. Prólogo de A u rora Egido. Ilustraciones de Pedro Martínez-Avial. Colección: Poesía. 104 páginas, 21x15 cm.

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finales de diciembre, el jueves 22, fue una alegría esperada encontrarme con mi compañera de estudios, y una fortuna dichosa poder escuchar algunos poemas del libro El corazón en vilo. La primera emoción al acabar el acto fue la imperiosa necesidad de leerlo y releer de nuevo, también, a los autores clásicos que inspiraron a la poetisa. Su libro tuvo un feliz marco en la explicación cariñosa y certera de la doctora María Antonia Martín Zorraquino, de la Universidad de Zaragoza, y en las palabras de Manuel Martínez Forega, poeta y editor. Y sin duda lo más precioso del acontecimiento fue la lectura que Rosa Palacios, pro f e s ora de Arte, y Juanjo Hernández, locutor de Radio Zaragoza, re a l i z a ron de los poemas. Han quedado en mi memoria indeleblemente grabadas esas voces que dotaban de personalidad las cartas poéticas que María Pilar había escrito, simulando un intercambio epistolar entre santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz. En esa tarde, con el frío exterior, al calor de sus voces y la compañía de la sala, asistimos a un acto realizado con sencillez, gusto y sabiduría; una fiesta para las letras, para la cultura, y nos hubiera gustado que hubieran recitado todos y cada uno de esos poemas para guardar su música en nuestra memoria al leerlos después. En el largo –o corto– camino de mi relación con María Pilar evoco los años de estudios de Filología Hispánica –en ese camino también el feliz encuentro con María Antonia Martín Zorraquino, a la que también me une otra amistad igualmente querida por nuestra poetisa: Ildefonso-Manuel Gil–. En la afición por el doctorado volvimos a coincidir en esta inclinación por poetas aragoneses contemporáneos. Y al igual que ella asistió a mi defensa de tesis doctoral sobre Ildefonso, yo asistí a la suya. Después vino la publicación: Manuel Pinillos o la

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consagración a la poesía, Zaragoza, IFC, diciembre 2000. Ya hacía tiempo se iban desgranando sus versos en diferentes libros: Epifanía de la luz, Zaragoza, 1988; Historia de amor en Flore n c i a, Madrid, Col. Altazor, APP, 1989; Septenario de amor, Universidad de Zaragoza, 1992; Flor de agua, Zaragoza, IFC, 1994; Se está muy bien aquí. Diario de una amistad, Madrid, Huerga y Fierro, 2002. O en antologías; y sus palabras y comentarios ocupan columnas y páginas de periódicos y revistas. Sobre todo siempre me han llamado la atención su tenacidad y su alegría, reconocidas públicamente (Medalla a los Valores Humanos, Diputación General de Aragón, 1989), y también en su vida cotidiana y en la simpatía que irradia a su alrededor. Visito su página web en Literaturas.com y aparecen sus títulos inéditos; y de nuevo me asalta un elemento: Del verbo y la belleza (con ilustraciones en color –óleos– de Isabel Guerra)... Vuelve a aparecer una causa, no sé si la principal –no me atrevería a calificarla todavía–, de su tesón y su éxito: la espiritualidad. Y esto aparece inevitablemente en su poética: «Se comienza expresando lo que el alma tiene que expresar… Experiencia que lleva al conocer velado de las cosas, y viceversa; misticismo y placer, junto a las zapatillas de andar por casa. Unificado todo cuando el verso ha sido recreado en el amor: «El alma estremecida, el sexo en éxtasis / calado ya de cielo para siempre, / porque amamos sin nombre. Porque amamos.» (La manzana o el vértigo). No sé si puedo añadir algo a lo que ya explica perfectamente el prólogo; pues al igual que en la presentación en la Biblioteca de Aragón la autora fue magníficamente arropada, el libro ofrece un marco impecable con este prólogo de otra profesora de la Universidad. Aurora Egido capta la esencia del texto y su contexto, y nos ayuda en la lectura de este poema epistolar, dando cuerpo y biografía a los personajes que intervienen en las quince cartas –escritas entre junio de 1568 y septiembre de 1581–. En estas cartas se echa en falta al principio un hilo argumental, pues no se corresponden unas a otras a pesar de la alternancia y la sucesión de fechas. Con la diferencia a veces de un año, asistimos al deseo


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de compartir las experiencias vitales y religiosas de estos dos santos; que dejan entrever su vida cotidiana –precioso es el relato de santa Teresa sobre una celebración de Navidad en Sevilla–, sus afanes y fracasos, pero también sus visiones. Después cada carta se singulariza y el lector puede aprovechar para detener la lectura y disfrutar de la epístola, como la de san Juan que con brevedad y sencillez, metafóricamente, expresa las vías purgativa, iluminativa y unitiva al relatar uno de sus viajes. También explica la forma y el cómputo de los versos, que transforman y actualizan las armonías renacentistas. Y no hay que olvidar la melodiosa prosa con que inicia y, sobre todo, termina el volumen. Todo ello en un lenguaje evocado y sugerido, pero actualizado para deleitar y no cansar al lector actual; tiene sabor a novedoso lo que es añejo. Concluye la prologuista con la identidad entre poeta y místico, empresa, la segunda, en la que Martínez Barca se estrena con éxito. Y en este camino está María Pilar, en el camino de su propia vida ahora se ha apropiado de las de los poetas místicos para mostrarnos su ascesis vital permanente. Sin duda hay muchos elementos que le han influido a María Pilar para reinventar literariamente e s t e posible encuentro entre los escritores místicos. Estamos ante una «una ficción verosímil de los afanes, dolores, gozos, pensamientos y vida espiritual compartida de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz», como explicó María Antonia Martín Zorraquino en la presentación. Además aclaró algo que luego se comprueba en el libro como factor preciso de inspiración: la presencia de un banco y una silla durante un viaje a Ávila en 1993, en un locutorio, en una celda, tuvo esa inspiración. Sin duda en los trazos que va dando a su vida María Pilar se ha acercado a la presencia que también inspiró a los poetas, y nos muestra, con su arte en proceso de maduración, cómo le va creciendo su confianza y su aspiración por alcanzar el objeto de su fe y la felicidad plena. No podemos renunciar a esta lectura espiritual del texto, ya apuntada en ese verso preferido de la presentadora: «La certeza indecible de sabernos amados», una confesión de fe, que María Pilar reproduce de los místicos y que ella acoge y vive y expresa en este poemario, con la idea de poesía no sólo como camino, sino salvación en sí misma, aunque con la confianza puesta en las manos del Amado. Y en ese camino que busca María Pilar se ha detenido en las empinadas sendas y paralelas de estos dos místicos pues desea alcanzar ese éxtasis que ellos lograron; un éxtasis que les alejaba –momentáneamente– de las inclemencias del presente, del «siglo», y les mostraba, en experiencia mística, religiosa, las glorias del cielo.

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Porque María Pilar se siente, como todos los que buscan, como todos los que buscamos, en el límite de la esperanza, o en la frontera de la desesperanza por un mundo que se autodestruye. A veces cae en la sana tentación de la huida, de conectar, como otros hicieron, como Teresa y Juan, con esa dicha del Reino de los Cielos en vida. Y bajo la pluma y la personalidad de otro se aleja por un tiempo que parece eternal de las dificultades y defectos del mundo y de los nuestros. A ello remiten esas palabras de su «Obertura»: «Confieso que he vivido y no he amado / hasta agostar la fuente. / A veces, el camino se hace angosto / y se nos caen las alas, / la flor entreverada de cerezo / y pasión por la vida. / Y es más arduo / vadear cualquier puente, toda senda / que lleva a un corazón desvencijado. / Se encienden las hogueras más antiguas, / esas que prefiguran visiones de la noche / en el espejo roto de las almas. / He ido alimentando el desaliento, / el miedo, la ceguera, / hasta verme varada en esta orilla oscura. / Y he degustado el gozo hasta las lágrimas». Sin duda María Pilar ejerce este apostolado del «cielo en la tierra», siente, se le nota, ese amor y ese gozo a través de la amistad. Lo sabemos y comprobamos los que la conocemos; han de saberlo los lectores, y así aparecen los poemas a tantas amistades dedicados; sin duda amados por su ser y porque a través de ellos se vislumbra el amor de Dios. Me es imposible por ello, en esta reseña de un libro de recreaciones literarias de modelos, dejar de citar las palabras finales de la presentación de nuestra profesora y amiga al definir la poética de salvación de María Pilar: «Salvación para las vivencias de la autora, para las revivencias de Teresa y de Juan, pero salvación también para los lectores, que, creo yo, al menos esa ha sido mi experiencia, al hilo de sus versos y de sus páginas, van a sentirse intensamente conmovidos por la fuerza de su hermosura, de su sencillez y de la certeza del amor de Dios». Y así tomaré esos libros comprados entonces, en la c a r rera, olvidados en un estante salvo para preparar algún tema o texto para las clases; esos libros pagados en pesetas y con el dinero de los padres, para leerlos de otra forma, más inspirada, en la sintonía en que fueron escritos, para dejarme mecer y descansar de la mochila de la vida, más cargada, de dichas, de amarguras, y dejarme descansar en esa «certeza indecible de sabernos amados». Me uno aquí, así, a la retahíla de Martín y Martínez que «arriman el hombro» y ponen su corazón en vilo junto a los de María Pilar: hombros, esfuerzo, espíritu y corazón, como se observó en la presentación.

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Dibujos animados Isabel Gimeno Félix Romeo Ed. Anagrama 2001

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na tristeza heladora, dice la contraportada. Recuerdos. Sólo eso. Recuerdos de una infancia, o de una adolescencia que se hace presente con cada frase, cada palabra, cada letra. Todo un mar de recuerdos que van desgranándose, poco a poco, con esa expresividad que te envuelve y te atrapa desde la primera línea, haciendo que vuelvan a la memoria todos tus recuerdos, Coyote, Correcaminos, largas tardes de olvido con ayuda de la cola, recuerdos que se comparten y cuya tristeza sientes al verlos reavivados, escritos, numerados, con sus puntos, sus comas y sus signos de exclamación. Lo que no tengo claro es si son recuerdos tristes, o si son tristes por ser sólo recuerdos. Quiero decir, yo sonreía viendo a Coyote, y al Pájaro Loco, y a Snoopy. Pero no sé si sonreiré al recordarlo, quizás porque algo me dice que si volviera a verlos no sonreiría igual. Los recuerdos son tristes por el mero hecho de ser recuerdos. A no ser que fueran tristes en su día: entonces la tristeza tiene esa dulzura que da el saberla sólo un recuerdo. La Coja, que tal vez fuese muda, o ciega, con su cine exín. Sardañola, el mejor oledor de bragas; Lázaro, que se cagaba en los pantalones y al que más

Noticias sobre Ed. Espiral Ciencia Ficción • 2006

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n esta tercera obra publicada por Juan Herranz, nos encontramos con un volumen recopilatorio especial centrado en una temática: el futuro. A su primera novela corta, terminada con veintidós años, se han unido tres relatos inéditos más; dos de ellos rebuscados entre cientos de cuentos e historias diversas y uno más actual compuesto para la ocasión. El conjunto muestra el día de mañana como una ilusión vista desde diferentes ángulos del prisma: “«Octubre» , la novela corta, trata el devenir político de un mundo globalizado e injusto. «L» nos muestra un verosímil progreso tecnológico, capaz de automatizar todas las tareas humanas. «Triángulo de Scarpa» , finalista en el X Concurso de Relatos Cortos ( 110 ) Ágora

tarde se le murió el padre; Sento, cuyos alfanjes podían partir un coche por la mitad; las bragas de Tina Marcellán; los del fútbol; la Puta, con sus hijas y sus tacones de aguja; Carazo, el primero en meterse cola; los capuchinos… Los recuerdos están siempre plagados de personas cuyos nombres se olvidan, se confunden y se reinventan, personas a las que se idealiza y exagera hasta convertirlas en algo parecido a un simple personaje de dibujos animados. Eso hace inevitable la mezcla indivisible de ficción y realidad que define el libro y le da ese carácter especial, sorprendente, casi mágico que hace de su título la mejor carta de presentación: Dibujos animados. Desde la primera página, el lector pasa a ser un dibujo animado más, con la «suerte marca ACME» de Coyote, la velocidad de Correcaminos o la torpeza del pato Donald, pero siempre con un guión predeterminado del que no es posible salir, o al menos eso parece: la Coja será sólo la Coja, casi ciega, casi muda, como un champiñón, haga lo que haga; la Puta será la Puta, alguien con quien uno no debe meterse en un ascensor; los del fútbol serán los del fútbol, populares e importantes; y el narrador se limitará la mayoría de las veces a observarlos como se observa una película de dibujos animados, observando solamente, y deseando de vez en cuando que las cosas cambien, aún sabiendo que no es posible salirse del guión. Aunque, quién sabe, quizás algún día Coyote acabe con Correcaminos.

Casandra

Juan Herranz

Martín Sauras de Andorra 2005, aborda unas tendencias sociales venideras, las vanguardias del porvenir. «El resto» se desliza a lo más hondo, hasta los sentimientos del hombre ultramoderno. Todas esas ideas expresadas en los relatos se entremezclan para componer un paisaje completo, un espejismo de la ciencia ficción. Así, abrir este libro es disponerse a despertar la imaginación hacia trepidantes narraciones que extrapolan al futuro la misma existencia humana del pasado y del presente, con la debida adaptación a las novedosas circunstancias. El titulo de la obra es una referencia al mito griego de Casandra quien obtuvo de Apolo el don de la profecía. No obstante, como nunca se entregó a él, el dios se vengó disponiendo que jamás fuera creída. En este caso las profecías son más caseras. Sólo se trata de conjeturas de un escritor que propone algunas de las infinitas formas de imaginar las potencialidades del futuro. Prepárense para el viaje.


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N A R R A T I VA ]

Este es el año de la consolidación del Concurso de Literatura Infantil de Ágora. Todas las colaboraciones recibidas estaban llenas de frescura y encanto. Por ello, esperamos que los textos seleccionados finalmente sean una buena muestra de los buenos propósitos, pesadillas, palillos, tigres y elefantes, lunas y soles, pájaros y serpientes, monstruos y duendes… que pueblan las aulas de los más pequeños.

El elefante

trompacorta PRIMERA PARTE ace mucho tiempo un elefante nació sin trompa y su madre Mari Paz le puso de nombre Trompacorta.

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Pasó el tiempo y sus compañeros se reían de él y de su trompa. Cuando se hizo mayor se alejó de su manada. Muy triste y solitario se encontró con la serpiente Julia. La serpiente Julia le preguntó que por qué estaba triste. Sin que le contestara dijo: - ¿Y por qué tienes la trompa tan corta? Trompacorta con lágrimas en los ojos dijo: - ¿Tienes alguna idea para que no se rían de mí? Julia dijo: - ¡Oh, sí!

1º PREMIO NARRATIVA, ALUMNOS 1º-4º DE PRIMARIA

SEGUNDA PARTE Los dos disfrazados, camino de la manada, fueron poco a poco. Cuando llegaron, nadie le reconocía y su madre tampoco. Fue caminando entre la manada, nadie le hablaba . Empezó a llorar y a llorar. Todos le preguntaban qué le pasaba , y él no les hablaba. De repente dio un salto, tiró a la serpiente y gritó: - ¡Muchas gracias, muchísimas gracias, Julia! Su madre vino corriendo, le dio un abrazo y dijo: - ¡Hijo mío, has vuelto! Trompacorta le devolvió el abrazo.

- ¿Y cuál es? - Podemos ir al barro y pedirle a Comodón, el hipopótamo, que nos preste un poco de barro.

Cuando se hizo mayor conoció a la elefanta Elena que tenía una larga melena. Con el tiempo se casaron y tuvieron un elefante chiquitín que lo llamaron Tristán.

- ¿Y para qué? - Pues mira, este es el plan. Yo me enrosco por tu trompa y con el barro me pinto todo mi cuerpo y así no se reirán de ti.

María Sancho López 3º Primaria

- Bueno, trato hecho - dijo Trompacorta .

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N A R R A T I VA

P O E S I A

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La familia

Otros

de Rayitas

relatos...

El periquito loco

2º PREMIO NARRATIVA, ALUMNOS 1º-4º DE PRIMARIA

i periquito está loco. Porque tira la comida y luego lo vemos hablar con la tortuga. Un día la tortuga se cayó, pero el superperiquito la salvó.

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Francisco Leciñena 1º Primaria

Martín, Martín ada mañana pasa lo mismo y siempre tengo que salvar a los niños porque el único que es valiente soy yo. Esta mañana ha sido distinto, Martín Martín se ha convertido en mago y todo ha sido diferente, menos mal. Por fin no he sido valiente.

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Jorge Lazcorreta 1º Primaria

rase una vez un tigre llamado Rayitas que vivía en la selva, muy feliz, con su familia y sus amigos. Un día, vinieron unos cazadores y le metieron en una jaula para llevarle al circo de París. Cuando llegó al circo, se puso muy triste. Allí había tres elefantes, seis monos, cuatro cocodrilos, dos serpientes, tres leones y cinco panteras. Tigres no había ninguno, sólo estaba Rayitas. Pasaban días y días y días y Rayitas cada vez se ponía más triste. Pero un día llegó un tigre, ¡era el amigo de Rayitas! Óscar. Ese día todos los animales del circo hicieron una

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reunión para que Rayitas y Óscar pudieran salir de allí. Al final lograron salir del circo. Antes de irse les dieron las gracias por haberles ayudado, les dieron comida para el camino. Cuando llegaron a la selva ¿dónde estaban todos? Ya se habían enterado de que iban de camino a la selva. ¡Oh qué sorpresa! Habían montado una fiesta de bienvenida. Y por fin Rayitas y Oscar vivieron felices con su familia y sus amigos. Ana Aznárez Yera 3º primaria

El cerdo gordinflón abía un niño que estaba en la cama y de repente tuvo un sueño. Era que iba por la calle y de repente un cerdo se le apoderó y se lo comió, se lo tragó y se puso como un boxeador, se despertó y se dio cuenta de que no era realidad.

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Fernando Martin 2º Primaria

POESIA 1º PREMIO

El sol y la luna

2º PREMIO

El canario

El sol bosteza, cuando ve a la luna le da pereza.

Un pájaro había en mi ventana, En mi alma oía el ruido y en mi corazón también. Era un bonito canario amarillo como un reluciente sol. Vuela, vuela sin parar, que pronto tendrás que emigrar.

La luna se esconde cuando amanece, el sol brilla mucho cuando aparece. El sol y la luna se ven muy poco porque están muy lejos el uno del otro. Y se envían mensajes con las estrellas para decirse los dos cosas muy bellas.

Beatriz García Sánchez 4º Primaria

Sofía Remón Gil 3º Primaria

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N A R R A T I VA ]

Por un mundo

más limpio 1º PREMIO NARRATIVA, ALUMNOS 5º-6º DE PRIMARIA

ranse una vez cuatro niñas que vivían en un pequeño barrio de Nueva York.

-Nosotras os ayudaremos, también queremos acabar con este problema-explicó Anna.

Estas niñas se llamaban Eva, Emma, Clara y Anna. Poseían un gran afán por la naturaleza, pero se daban cuenta de que, cada día que pasaba, su barrio y, en general, todo Nueva York, estaba cada vez más sucio y contaminado; por lo tanto, no había ningún sitio que pudieran visitar que no estuviese con basura o libre de contaminación y malos olores.

Para luchar contra esta causa, a Clara se le ocurrió que, por ejemplo, la gente podría ahorrar montando en bicicleta por la carretera, que la electricidad sólo se dejara usar unas horas al día, y el resto artesanalmente y que, para reducir la basura, se dejaran de producir los objetos de usar y tirar y que todo sería reciclado, así, ayudaríamos a cuidar el medio ambiente y todos viviríamos en un mundo mejor. Las cuatro chicas pusieron en la plaza central de la ciudad una mesa y un papel en el que ponía:

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Un día decidieron realizar una excursión por las afueras de esta ciudad para contemplar un paisaje más limpio. Al día siguiente, mientas realizaban su aventura, Emma divisó un gran bosque a unos pocos metros, así que fueron a visitarlo. Al entrar vieron que todo estaba impecablemente limpio, no se veía más que un maravilloso cielo azul, tan azul que dañaba la vista, una gran masa de árboles, y un gran río que reflejaba el color del cielo, pero todas notaron que en esta maravillosa imagen faltaba algo, algo que era imprescindible para un bosque cualquiera, y es que no se oía el ruido de ningún animal. Al momento un ciervo con una gran cornamenta se acercó a ellas con rapidez y, entonces, las chicas se tiraron al suelo asustadas. De repente, el enorme ciervo les dijo: -No os asustéis, me llamo Cornamenta y espero que, con vuestra ayuda, podamos traer la felicidad a este bosque. -¿Y qué problema tenéis?-preguntó Eva. -Por culpa de la contaminación de vuestras fábricas, el bosque se está muriendo y pronto toda esta maravillosa zona desaparecerá, por eso, y con razón, los animales de este bosque estamos asustados.

“Toda persona que esté de acuerdo con realizar una manifestación contra la contaminación de nuestra ciudad, Nueva York, que firme en este papel, después será enviado a nuestro alcalde” Al momento un montón de gente vino a la mesa a firmar y a preguntar cuándo sería la manifestación. Las cuatro chicas se sintieron muy orgullosas por el trabajo que estaban haciendo por la ciudad y su gente. Al día siguiente, se realizo la manifestación, a la que también acudieron los fantásticos animales del bosque. A la manifestación acudieron millones de personas, todas ellas luchando por un mundo más limpio. También le presentaron al alcalde la nota con las firmas de los millones de habitantes que habían firmado por una buena causa, el fin de la contaminación. A los pocos días toda la gente circulaba con bicicleta por las calles, el cielo estaba limpio y libre de humos, y no se podía ver ni un solo papel ni resto de basura por el suelo. Así, podemos aprender que con la contribución de todos se pueden lograr grandes cosas. Elena Merino Leiva 6° Primaria

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N A R R A T I VA

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2º PREMIO NARRATIVA, ALUMNOS 5º-6º DE PRIMARIA

El bosque

mágico abía una vez una familia muy pobre que vivía en una casa humilde. Un día la familia decidió salir al bosque a buscar algo que comer. Así que se pusieron las chaquetas y se fueron. La niña se encontró un árbol con manzanas rojas. Cogió una y la probó. Ella dijo que estaba muy dulce, pero de repente, la niña pronunció”dinero” y empezó a salirle dinero del zapato. Mientras tanto, el padre encontró unas cañas de azúcar, partió una por la mitad y chupó la caña. El padre pensó en un gran banquete y de pronto, apareció una apetitosa comida con: pollo, salmón patatas, pasteles, fruta, etc. La madre tropezó y se cayó al suelo. Le entraron ganas de toser. Sacó tanto aire cuando tosía, que al pensar en su marido, fue a parar a su lado. La madre al ver tan suculento banquete, empezó a comer.

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El niño tenía tanta sed, que se paró a beber en el río. Al niño le gustaban, mucho las nubes, tanto le gustaban, que no pensaba en otra cosa, así que al beber agua del río, salió volando. Al final se encontraron todos en el camino. Cada uno enseñó su nuevo poder y su demostración. Con el poder de la niña se compraron una casa en medio del bosque; con el del padre no les faltaba la comida; con el de la madre iban a cualquier lugar en poco tiempo; y con el del niño contemplaban el amanecer en todo su esplendor. Cecilia Sanz Bel 6° Primaria

Otros

Lenny

relatos...

na tarde de verano mis amigos y yo nos fuimos a hacer una excursión con las bicis. Fuimos por un camino lleno de piedras y muy peligroso, nos encontramos con un riachuelo y fuimos a refrescarnos y mojarnos un poco los pies, dejamos las bicis en medio del camino y cuando volvimos todos tan contentos con los pies frescos nos encontramos con las bicis rotas, pues algún tractor que pasó por allí debió pasar por encima de ellas. Nos pusimos muy nerviosos y empezamos a gritar. Era la hora de volver a casa y empezaba a oscurecer, tuvimos que volver andando y con las bicis rotas. Teníamos miedo de volver a casa por los gritos que nos iban a dar nuestros padres, y nos dieron gritos, pero de alegría al ver que estábamos sanos y salvos. La regañina me la llevé en casa y me dijeron que no volviera a ir nunca por caminos que no conozco. Todo quedó en una aventura con susto.

enny es una duende que vive en: ¡mi bañera! Es la Duende de la Bañera, que está obsesionada con la sequía. El nombre se lo puse yo, pero, eso sí, le tenía que gustar a ella. Le intenté poner muchos nombre: Marina, Leryn, Linke, María, Laura, Lucía, Inés, Jerónima, Molly, Emma, Aquita, Tegren, Cereta, Lony. Pero a todos respondía con un golpe frío del agua (quiere decir “no”). Me quedé pensativa y al rato seguí a la carga. Enriqueta, Irene, Lunkeria, Tintia, Elisabeth, a todos, no... ¿Lenny? De repente sentí un cambio brusco del agua, ¡ahora estaba quemando! -Venga, voy en serio, -dije- ¿de verdad? ¿Te gusta Lenny? El agua no varió. En fin, le gustaba el nombre. Suspiré y le dije: -¿Puedes poner el agua como estaba, por favor? Uff, por fin el agua estaba como me gustaba. Pero de pronto oí: -¡Ana! ¡Sal de la ducha! –dijo mi padre-- ¡Que estamos en sequía! -Adiós, Lenny... –dije yo- ¡Voy, papá! Lenny me dijo algo y yo lo memoricé. Entonces salí de la ducha, me puse el pijama y me fui. Lo que me dijo fue que hiciese caso a mi padre y que ahorrase agua.

Rebeca Castiello Arnal

Ana Cosculluela Bajén

5º Primaria

5º Primaria

Las bicicletas rotas

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P O E S I A

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1º PREMIO POESIA, ALUMNOS 5º-6º DE PRIMARIA 2º PREMIO POESIA, ALUMNOS 5º-6º DE PRIMARIA

Historias en el cielo Una luna blanca y brillante es capaz de acariciarte. Aquella luna, al acercarse, vio a una estrella sentarse. Esa estrella amarilla al sentarse se hizo cosquillas. Y al levantarse recibió un colgante que su amado quiso regalarle. Aceptó el precioso colgante y también la cita de casarse.

El famoso Nessie

Natalia González Bosque 6º Primaria

Quiero volar

con mi canto

Una leyenda os vamos a contar que en Escocia tiene lugar. Va de un monstruo que conocéis y que vive en el Lago Ness. como sus aguas eran muy oscuras los padres se inventaron esta locura. ¡Hijos, al lago no os acerquéis o con el monstruo tropezaréis. Dicen que el monstruo emergía y en un bello corcel se convertía. la gente en el corcel se montaba y el monstruo en el agua los devoraba. Si en Escocia estás de visita no intentes seguirle la pista. Pero ten en cuenta que es una leyenda y que puedes ir allí de merienda. Nacho Arbués. Tamara Gómez. Amalia González. Gabriel Cortés. Natalia González.

Quiero volar como soy para el mundo recorrer y vivir en la ilusión de lo que quiero ser. Subir alto, muy alto donde la paz pueda ver.

6º Primaria

Otros poemas…

Hablaré en signos e idiomas, tendré todos los colores y acogeré las banderas de los pueblos y naciones para acallar con mi canto el terror de los cañones.

Soledad

El amor será mi cielo, mis alas de comprensión, mi plumaje de esperanza y mi trinar de perdón. Mi ruta será sin muros hacía el edén del amor.

No puedo, no puedo, no puedo aguantar pasan los días sin cesar. No tengo con quién hablar, no tengo con quién jugar, vosotros pensad que solo tengo a la maldita soledad. En el patio del recreo quiero saltar y gritar, sólo me faltan amigos con quien jugar. Quiero saltar a la comba, y tener muchas niñas para hablar. Dicen que soy rara, por no estar con los demás No puedo, no puedo, no puedo aguantar, no tengo ninguna amistad, sólo me queda la maldita soledad.

En mi vuelo majestuoso cubriré mares y tierras. Si humanos somos y hermanos ¿por qué armamos cruentas guerras? ¿por qué la ambición y el odio? ¿por qué el hambre y la violencia? No cesaré de mi viaje si hay injusticia y dolor, si el hombre destruye al hombre olvidando a su creador. Seguiré de siglo en siglo cantando mi himno de Amor. Angie Zamora 6ª Pimaria

Laura Zalva Jadraque 6º Primaria

Ágora ( 115 )


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N A R R A T I VA

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Si el concurso infantil se consolida, nace pisando fuerte el Concurso de Literatura Juvenil. Y como se diría antes de levantarse el telón de la función: pasen y lean, diviértanse y suspiren, sobrecójanse y sonrían, comprométanse… y vivan. 1º PREMIO ALUMNOS DE 12 A 15 AÑOS

Amanece manece. La gran ciudad despierta. Miles de suicidas anónimos caminan indiferentes, con la mirada perdida, ciegos ante el sol que les ilumina, sordos ante la vida que les llama. Caminan y tras ellos quedan trocitos de sus almas, como el rastro de un caracol, un reguero transparente que hace posible seguir el recorrido de cualquiera en este complejo entramado de edificios fríos y ásperos con aspecto de hormiguero. Aunque eso no sirve de nada: ¿quién querría seguir a alguien? Todos son iguales, copias grises de un mismo original tal vez perdido hace años. Todos van al mismo lugar, rumbo a ninguna parte, en busca de un horizonte tal vez perdido también. Sólo su alma los diferencia, y ahora la abandonan, poco a poco, en las calles, en las aceras. Se vacían lentamente, se convierten en sombras a medida que la ciudad se llena de almas extrañas, ilusiones perdidas, antiguas inocencias, dulces recuerdos, historias nunca reveladas que la convierten en lo único realmente vivo, en la poseedora de las vidas de todos sus habitantes. Ella y el viento. El viento es el único que lucha por sobrevivir aquí, en la gran ciudad. Ellos lo saben e intentan acabar con él, lo contaminan y lo van destruyendo, poco a poco. La vida en la gran ciudad es una guerra en la que sólo sobrevive el más fuerte. Ellos lo saben, oh, sí. Ellos lo saben todo, aquí en la gran ciudad. Pero sobrevivir duele. La lucha duele. Las lágrimas duelen. Ellos ya no quieren sobrevivir. Ya no quieren luchar. Ya no saben llorar.

A

Tristes sombras errantes en un mundo demasiado pequeño donde no hay sitio para la vida. El semáforo torna verde y cruzan. El paso de cebra aparece ahora plagado de pedacitos de almas que ellos han ido perdiendo. El viento se lo lleva todo un segundo antes de que lo pisoteen los coches. El viento se alimenta de almas ajenas. Selecciona cuidadosamente los pedazos. Prefiere los que contienen recuerdos, recuerdos alegres, recuerdos de sonrisas: hace tanto que no se sonríe en la gran ciudad... Después, se los lleva todos y los esconde lejos, muy lejos, lejos de la gran ciudad. Hay quien dice que, silenciosamente, los devuelve a la ciudad, para que cada cual recoja lo que necesite: aquellos que sufren, sus lágrimas; los que son felices, sus sonrisas. Las necesitan para ser algo más que vacías siluetas inexpresivas. Las necesitan para seguir viviendo. Hay también quien cuenta que el viento compone un puzzle gigante con todos los pedacitos, que intenta formar un alma completamente viva, completamente libre, un alma eterna. Un alma que no pueda extraviarse en las calles ni en las aceras. Un alma que

Isabel Gimeno Landa 14 años Irene Terrón

( 116 ) Ágora

salve a todas las demás del vacío. De la muerte. Del olvido. Yo, sin embargo, creo que el viento se limita a recoger lo que le pertenece: fue él quien hizo libres a los hombres, y ahora ellos renuncian a su Libertad, abandonándola en las calles, en las aceras, en cualquier rincón de la gran ciudad. El viento vuelve a llevarse lo que es suyo, la Libertad de sus caricias en el rostro de quien sonríe a la vida. Es un misterio lo que hace con ella. Tal vez la guarde hasta que encuentre a quién confiársela, ya que los hombres no han sabido conservarla. Aunque para eso tendrá que esperar, ya que, a pesar de todo, todas las noches sigue lloviendo Libertad en la gran ciudad Los hombres sueñan, sueñan Libertad, y la Libertad llueve sobre ellos devolviéndoles la vida perdida que más tarde abandonarán suicidándose lenta, muy lentamente, mientras la gran ciudad sigue a la deriva, camino adelante, siempre adelante. Mañana será otro día, otro día gris en el que miles de almas rebosantes de Libertad yacerán inertes en las calles, en las aceras. Mañana el viento las recogerá, aunque ellos, absortos ante el vacío que les invade, no se den cuenta. O, quién sabe, quizá mañana el viento decida darles otra oportunidad para demostrar que saben sonreír, llorar, amar, sufrir; otra oportunidad para demostrar que están vivos. Aquí, en la gran ciudad... quién sabe...


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P O E S I A ]

1º PREMIO ALUMNOS DE 16 A 20 AÑOS

Romance

2º PREMIO ALUMNOS DE 16 A 20 AÑOS

a la inmigración ¡Ay en que mundo vivimos! ¿Es real o fantasía? Inmigrar es un delito y reina la hipocresía. Gente de Cuba, Ecuador Marruecos o Rumania vienen aquí a trabajar, en busca de una ilusión y de una nueva vida. ¿Y cuál es nuestra actitud? ¿Qué es lo que reina hoy en día? Pues hoy reina el egoísmo, la incomprensión, la mentira, los prejuicios, el racismo y una cierta antipatía. ¿Por qué no les ofrecemos comprensión y compañía, un poquito de respeto, igualdad y simpatía? Puede ser por ignorancia o quizá por cobardía, pero eso no justifica toda nuestra villanía. Escucha este mi consejo: dales tu mano tendida que puedes ser como ellos un inmigrante algún día. Celia González y Marta Gallego. 17 años

Otro romance…: TROVADOR Gentes de esta noble villa, mirad que vengo en secreto, pues no quisiera que alguno desbaratara mi juego. Publique a voces la fama, por los reinos más remotos, la más peregrina historia, el caso más prodigioso, el suceso más heroico que jamás suceder pudo desde Adán hasta nosotros. Las varias flores desposa el rocío aljofarado, que con visos cristalinos la vista alegran y el campo; un camino que corría

Romance

del aranero

En la más reciente historia hidalgos hay como antaño. ¡Oh George, caballero andante! ¡Cómo Irak has conquistado! Como el sin par Don Quijote a la locura se ha dado y donde ambiciaba bombas sólo piedras ha encontrado. A los cinco continentes sus falacias han llegado; manchadas con sus palabras por el petróleo agenciado. Y los pobres iraquíes con las sus vacías manos buscan entre los escombros lo que Bush les ha quitado. ¿Quién osara, sino vos convencer a los humanos de que obrar por interés es ayudar al hermano? Nadie nunca dudará del carisma que ha mostrado con su incomprensible triunfo frente a Kerry, derrotado. En un gran palacio blanco habita el noble y gallardo

y en Tejas, do tiene un rancho, vacaciones todos el año. En la mi gloriosa patria alguien siempre le ha apoyado: su vasallo Pepe Aznar, Sancho Panza enamorado. ¡Pobrecito este escudero de bigote afrancesado! Desde aquel once de marzo Ya nadie más le ha escuchado; tan sólo su señor Bush, que lo trata cual hermano, aunque al presi ZP “Houla amigu” le ha llamado delante del mismo Blair con falsedad y sarcasmo. Dejadnos, honradas gentes, que con esto terminamos, deciros que aqueste hombre más no vale vigilarlo, pues su juego favorito es jugar a los soldados. Patricia García María Lafuente 17 años

Una historia

de amor

a la mora se lo dice en arroyo en el verano corre blanco y va entre yerbas de quien anda encaprichado. Miraba su lindo cuerpo, a parar al Arba raudo. miraba el rostro alindado, sus bellas morenas manos Venía curiosamente él se las está loando. un gallardo castellano: que a de pronto ve a Moraima RODRIGO y la coge de la mano Sepas, mi querida mora, de ti estoy enamorado; DIÁLOGO ENTRE MORA Y pido que me des remedio, CRISTIANO Romance segundo: Plática de yo estaría a tu mandado, mira: lo que el caballero pide Don Rodrigo ha de ser por fuerza o grado. y Moraima NARRADOR Amores trata Rodrigo, descubierto ha su cuidado,

NARRADOR La mora, como discreta, en risa lo había echado;

MORAIMA Vos os burláis, caballero, no mandéisme a vos amaros, que mi corazón ahora de un moro ya está ocupado. NARRADOR Jurado ha el caballero que de veras le ha hablado; ella aún se resiste y, burlando, se ha excusado. El caballero no ceja: pone su empeño y cuidado en conseguir a la mora de la que anda enamorado. Moraina, muy asustada, bañado en sudor y llanto Continúa en la página siguiente...

Ágora ( 117 )


[ P O E S Í A ]

el esparcido cabello, el bello rostro encendido de dolor vegüenza y miedo, deteniendo con sus brazos los de un loco caballero, busca refugio y resguardo en los brazos de un buen moro que la ayuda con agrado. Abdel es su nombre, y pronto de ella queda prendado, la defiende, y también ella le promete sus cuidados. Pero el destino no deja amarse a los enamorados: nuevas llegan de que vienen las tropas de los cristianos y los moros han de ir a defender su poblado. ABDEL Duras son las agonías de un pecho amante que debe, presto, partir a luchar y dejar lo que más quiere. MORAIMA Maldigo la mi fortuna que tras de mí anda y hiere, me quita lo que yo adoro y sola quedo a mi suerte. Ojalá muriera ahora, cuando de mí se despide aquel que mi vida tiene. NARRADOR Ya tocaban las trompetas, la gente se recogía; tales gemidos va echando el moro Abdel por amor que cualquiera que lo oyera. como él habría dolor; su cuerpo iba flaqueando, le mudaba la color, va muy muerto y no enterrado, marcha lejos de su amor. Fueron pasando las horas, fueron pasando los días, y Abdel no regresaba, nada de él se sabía. Ella ni ser vista quería después de que Abdel faltaba ni mostrar el rostro alegre porque el alma triste había. A las doce de la noche, cuando es más hondo el silencio y más negras son las nubes

( 118 ) Ágora

y más cerrado está el cielo, por callejas tortuosas, donde tiene asiento el miedo, cuando eran menos los vivos y más los heroicos muertos, marchó la mora Moraima buscando a su amor perdido. cuando el alba despuntaba, en la ribera del Arba lo halló, en el suelo tendido, de sangre y sudor empapado, con el temor añadido de no ver más su bien querido. Ella gritó: MORAIMA ¡Él es! ¡Gloria mía! Por ti vivo y por ti muero, ven conmigo y no me dejes desde este mismo momento. NARRADOR Y mientras esto decía, todo su moreno cuerpo tiñóse de rojo grana con la sangre de su pecho. Decidió acabar con ella el caballero Rodrigo, que por no ser amado habíase enfurecido. Apareció por sorpresa, en la oscuridad metido, acabando con su amada al no ser correspondido.

Aunque buscaba venganza, a Abdel no lo mataría, a él le haría sufrir por el resto de sus días, pues le había arrebatado lo que el moro más quería: el amor de su Moraima, que se marchó con su vida.

No tendré vida en mi vida si no muero junto a ti Moraima de mi amor.

De rodillas, a su lado, agarrándole la mano, le hablaba así con dolor:

Y ustedes, damas, señores... si escuchándonos contarla, de la historia han disfrutado, sírvanse mostrar su agrado, y un aplauso regalarnos.

NARRADOR Tan altos sus gritos fueron que, de repente, una suave brisa su postrer suspiro para siempre se llevó. ABDEL Yacían los dos amantes, ¡Deténte, monstruo insensato! para siempre reunidos, teñidos ambos de sangre RODRIGO del color de su cariño ¡Aguarda, fiera arrogante! Que no has de morir aún, Rodrigo, rodilla en tierra morirás muy lentamente, clavado, se lamentó poco a poco, por la falta de que él nunca podría de Moraima y de su amor. sentir así el amor que ellos dos se profesaban. NARRADOR un amor capaz, al fin, Abdel estrechó a Moraima de hacerles por él morir. suavemente entre sus brazos, como hiciera tiempo atrás Y aquí termina la triste al darle el primer abrazo. la bella y terrible historia Aún sentía su latido, que culminó con la muerte aún sentía su calor. del infiel y de la mora.

ABDEL ¿Cómo es que vivo yo estoy? fuerza es que mi vida acabe pues murió la causa de ella.

Noemí Sánchez Laita 19 años

Ágora nº 4  

Cuarto número de la revista Ágora del Centro de Profesores y Recursos de Ejea de los Caballeros

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