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DIPLOMADO EN PASTORAL DE JUVENTUD

CAMBIOS SOCIOCULTURALES EN LA SOCIEDAD DE HOY

Doctor Jorge Baeza


Cambios socioculturales en la sociedad de hoy

CAMBIOS SOCIOCULTURALES EN LA SOCIEDAD DE HOY Jorge Baeza Correa1

El presente texto, se concentra en los grandes cambios socioculturales en la sociedad de hoy. Se detiene al inicio en lo que algunos autores caracterizan más que como un cambio de época, en una verdadera época de cambios. Al detenerse en este aspecto se precisa el concepto de paradigma, ya que se asocia este cambio de época a profundos cambios de paradigma. En una segunda parte, se trabaja sobre las grandes transformaciones socioculturales que hoy se viven, como rasgos específicos de la modernidad / postmodernidad que estamos viviendo. En esta parte, se trabaja con dos textos del Papa Francisco, Evangelii Gaudium y Laudato Si‟, donde se identifican las tensiones y hegemonías que se dan en la cultura actual. Luego de ello, se demuestra que este diagnóstico del Papa Francisco, es coincidente con lo que muchos autores de las ciencias sociales están escribiendo hoy sobre el mundo en que vivimos. Por último, el texto se detiene en algunas consecuencias y desafíos de esta realidad sociocultural a la educación de la fe. El texto en su conjunto, recoge artículos y exposiciones del autor, construyendo con ellos una solo escrito.

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Sociólogo, Doctor en Ciencias de la Educación y Postdoctorado en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud. Rector de la Universidad Católica Silva Henríquez.

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En los textos del Papa Francisco: Evangelii Gaudium y Laudato Si‟ (EG y LS, en adelante), hay un diagnóstico común, de que “la humanidad vive en este momento un giro histórico” (EG 52), donde asistimos a “enormes y veloces cambios culturales [que] requieren que prestemos una constante atención para intentar expresar las verdades de siempre en un lenguaje que permita advertir su permanente novedad” (EG 41). Que existe, además, “una gran desmesura antropocéntrica que (…) hoy sigue dañando toda referencia común y todo intento por fortalecer los lazos sociales” (LS 116), que exige “pensar seriamente en las futuras generaciones (…) y pensar en quienes quedan excluidos del desarrollo (…) los pobres de hoy, que tienen pocos años de vida en esta tierra y no pueden seguir esperando” (LS 162). Su Santidad Francisco, si bien nos recuerda que “no es función del Papa ofrecer un análisis detallado y completo sobre la realidad contemporánea” (EG 54), alienta a todas las comunidades a una siempre vigilante capacidad de estudiar los signos de los tiempos y para ello hace una recomendación, “cuando lo hagan, tengan en cuenta que, cada vez que intentamos leer en la realidad actual los signos de los tiempos, es conveniente escuchar a los jóvenes y a los ancianos. Ambos son la esperanza de los pueblos. Los ancianos aportan la memoria y la sabiduría de la experiencia, que invita a no repetir tontamente los mismos errores del pasado. Los jóvenes nos llaman a despertar y acrecentar la esperanza, porque llevan en sí las nuevas tendencias de la humanidad y nos abren al futuro, de manera que no nos quedemos anclados en la nostalgia de estructuras y costumbres que ya no son cauces de vida en el mundo actual” (EG 108). Ello, además, permite no caer “en diagnósticos apocalípticos u [de] oscuros jueces que se ufanan en detectar todo peligro o desviación” (EG 168), sino que nos ayuda a mantenernos “como alegres mensajeros de propuestas superadoras, custodios del bien y la belleza que resplandecen en una vida fiel al Evangelio” (EG 168). 1.- Más que un cambio de época, una época de cambios: Hoy a los hombres y mujeres no les toca vivir en una sociedad donde se avanza de acuerdo con patrones graduales y preestablecidos (en gran medida lineales, y determinados desde afuera), sino que se ven enfrentados a diversos caminos, lo que les genera una permanente tensión. Además, no se está en una sociedad de logros permanentes: ya los estudios no son para toda la vida; el trabajo es inestable y difícilmente para siempre y la ciudad que se habita ya no se proyecta hasta la muerte. Pero más aún, se ha vivido una transformación en los referentes vitales y en el horizonte cultural que abre a lo desconocido. Las culturas han dejado de ser cuerpos compactos y homogéneos. Prima lo que se ha denominado “culturas híbridas”, donde conviven manifestaciones diversas -y a veces 3


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contrapuestas- en un mismo espacio. Por otro lado, un signo de la época, es la paradoja de un avance inconmensurable en redes de comunicación, pero, a su vez, de grandes ciudades pobladas de seres anónimos. Estamos enfrentados no solo a un cambio de época, sino claramente a una época de cambios como lo indican varios autores. De aquí que hoy se habla de un cambio de paradigma, de pasar de una forma de entender y hacer las cosas, a otra forma de entenderla y hacerla. Pareciera que estamos viviendo, indica Bajoit y Franssen (1995), el tránsito de un modelo cultural a otro (de un paradigma a otro), desde uno basado en la razón social a otro fundado en la autorrealización autónoma. Desde aquel donde lo legítimo es lo útil a la colectividad -es decir, que contribuye a su progreso y obedece a su razón- a otro donde lo genuino es lo que el individuo juzga bueno para su desarrollo personal, en la medida que eso no impida a nadie hacer lo mismo. Vivimos hoy en un contexto de demandas encontradas y de incertidumbres, donde es necesaria una gestión activa de sí para conducir la propia vida, un contexto en que pensar primero en uno mismo ya no se cuestiona socialmente. Los cambios de época, señalan Ábrigo y Baeza (2015), “dicen relación con cuestiones de tipo político, social, económico, religioso, cuya transversalidad genera efectos a nivel mundial. No obstante ello, lo fundamental dice más bien relación con la manera como los seres humanos interactúan con dichas cuestiones y con la manera de percibir la relevancia de ellas al interior de su realidad personal subjetiva. Sin duda, el paso de una época a otra constituye el momento más crítico para los sujetos que conforman las sociedades, por cuanto los nuevos acontecimientos estarían planteando el desafío de abrirse a nuevos paradigmas a partir del condicionamiento que ejercen los paradigmas de la época que está cambiando. En efecto, el espacio -el entre- que está en medio de un cambio de época, trae consigo un conflicto provocado por el choque de distintas visiones de mundo” (p. 397). “De hecho, agregan los mismos autores (Ábrigo y Baeza 2015), una visión de mundo constituye una especie de ventana conceptual, mediante la cual se percibe e interpreta el mundo, tanto para comprenderlo como para transformarlo. Esta ventana -a su vez- funciona como un lente cultural, donde los elementos que sirven para su constitución implican valores, creencias, principios, premisas, conceptos, enfoques, etc. que van configurando en los sujetos la manera de percibir la realidad, y consecuentemente configuran también sus decisiones y acciones respecto a todos los aspectos que tienen que ver con su experiencia humana en el mundo. Ahora bien, en un cambio de época, como sostiene José de 4


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Souza Silva (2001), todos los sujetos son empujados para cambiar de lentes, dado que los lentes de la época en declinación dan cuenta de un paisaje fuera de foco, imposible de interpretar” (p. 398). Esta realidad de cambios vertiginosos que afecta a todas las sociedades, en el caso de América Latina y el Caribe, es además tensionada por las exigencias de un modelo neoliberal, que amplifica las privatizaciones y disminuye la responsabilidad del Estado, en un continente aún no industrializado del todo y con grandes dificultades de acceso igualitario a los bienes y servicios necesarios para una adecuada calidad de vida. La existencia de una marcada segregación y segmentación genera una gran desigualdad, donde se registran avances en el nivel de los servicios, pero de una clara menor calidad comparativa en los beneficios que reciben los sectores pobres, con relación a los grupos de mayores ingresos. Frente a esta realidad de inequidad, surge como una preocupación fundamental el tema de la cohesión social. Esta verdadera erosión de las instituciones de protección social, ha vuelto más frágil el entramado social y el concepto de comunidad se ha resquebrajado. Los ciudadanos difícilmente se ven a sí mismos formando parte de un sujeto colectivo, de un “nosotros”, todo lo cual aumenta los riesgos de una sociedad fragmentada. Pareciera ser que otros logran los beneficios del desarrollo y el avance del país, y son estos, los que pueden hacer un uso confiado de las instituciones en todo y cada uno de los ámbitos de la vida en sociedad. Muchos de los cambios y logros del país no resultan significativos para una mayoría en su vida cotidiana, incluso la aceptación de cierto éxito de otros, puede llevar a una mala imagen de sí mismo como “perdedor”. En este sentimiento de inseguridad y desconfianza social, hay una experiencia subjetiva, pero también se debe reconocer mucha base real, que lleva a que especialmente los más pobres vean que existe una gran brecha, una disparidad incluso, entre los avances exitosos del desarrollo socioeconómico del país y los beneficios personales de dichos avances. Este diagnóstico es reiterado por los Obispos de Chile (CECh 2014), al caracterizar la realidad del país como punto de inicio de sus Orientaciones Pastorales 2014 – 2020: “Somos testigos de un hondo malestar social, de un clamor por mayor justicia social que atraviesa nuestro país. Junto a un claro crecimiento económico se mantiene una profunda desigualdad. Son numerosas las antiguas pobrezas que se mantienen, surgen nuevas pobrezas y también constatamos realidades de exclusión. Estos hechos están en la raíz del malestar social y generan un clamor por mayor respeto a la dignidad de cada persona, por justicia social y por la defensa del bien común. El malestar social va acompañado de una crisis en las relaciones interpersonales. Crece la desconfianza en los 5


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demás y en las instituciones. Se va instalando una crisis de credibilidad que erosiona el tejido social”. No obstante esta realidad de cambios rápidos y profundos, que generan más de una injusticia y malestar, es importante también reconocer la posibilidad de un progreso positivo. Los Obispos de Chile (CECh 2012) en la Carta Pastoral, “Humanizar y compartir con equidad el desarrollo de Chile”, señalan a este respecto que “si bien es cierto que la rapidez de los cambios puede desorientarnos, desarticular las instituciones y remecer las culturas hasta sus mismas raíces, no es menos cierto que se abren posibilidades insospechadas en la comunicación de los pueblos y en el progreso humano. Se ofrecen hoy grandes oportunidades no sólo a la sociedad civil sino a la misma Iglesia, si con discernimiento asumimos y contribuimos a orientar estos cambios de la humanidad”. 2.- Una época de cambios de profundas transformaciones culturales. Esta época de cambios, en opinión de los Obispos de América Latina reunidos en Aparecida (CELAM 2007), es de una gran profundidad, donde su “…nivel más profundo es el cultural. Se desvanece la concepción integral del ser humano, su relación con el mundo y con Dios; aquí está precisamente el gran error de las tendencias dominantes en el último siglo (…). Surge hoy, con gran fuerza, una sobrevaloración de la subjetividad individual (…). El individualismo debilita los vínculos comunitarios y propone una radical transformación del tiempo y del espacio (…). Se deja de lado la preocupación por el bien común para dar paso a la realización inmediata de los deseos de los individuos, a la creación de nuevos y, muchas veces, arbitrarios derechos individuales…” (Aparecida 44). Concordante con esta alta valoración de la importancia de la cultura, en los textos del Papa Francisco, la expresión cultura y sus derivados, tales como inculturación, contracultura o subcultura, constituyen uno de los conceptos que más se repite. En Evangelii Gaudium 104 veces y en Laudato Si‟ en 51 ocasiones. En Evangelii Gaudium, el concepto de cultura se refiere al “estilo de vida que tiene una sociedad determinada, del modo propio que tienen sus miembros de relacionarse entre sí, con las demás criaturas y con Dios. Así entendida, la cultura abarca la totalidad de la vida de un pueblo” (EG 115). Cultura sería por lo tanto, en este primer acercamiento, los modos que poseen las personas de relacionarse entre sí, con las demás y con Dios. No obstante lo recién dicho, el Papa Francisco, en Laudato Si‟, hace una precisión que permite resaltar la relación en específico con la naturaleza, pero además precisa, la existencia de una relación con uno 6


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mismo. Relación que él sostiene se ha roto. En el texto de la Encíclica se lee al respecto que “los relatos de la creación en el libro del Génesis (…) sugieren que la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente conectadas: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra. Según la Biblia, las tres relaciones vitales se han roto, no sólo externamente, sino también dentro de nosotros (…). Este hecho desnaturalizó también el mandato de « dominar » la tierra (cf. Gn 1,28) y de « labrarla y cuidarla » (cf. Gn 2,15). Como resultado, la relación originariamente armoniosa entre el ser humano y la naturaleza se transformó en un conflicto (cf. Gn 3,17-19)”. (LS 66). En síntesis la cultura por lo tanto, desde las lecturas de EG y LS, implica modos de relacionarse consigo mismo, con las demás, con la naturaleza y con Dios. Entendido el concepto de cultura de esta forma, resulta muy interesante que el Papa Francisco utiliza este concepto, por lo general, de una manera adjetivada. Habla de una cultura de los Resultados; de una cultura de la Vida; de una cultura del Bienestar; de una cultura del Cuidado, de una cultura del Relativismo; de una cultura Mediática; de una cultura del Descarte; de una cultura de la Muerte; de una cultura Globalizada, como también de una cultura Consumista. Junto a lo anterior se podría decir, siguiendo al Santo Padre Francisco, que los modos de relacionarse consigo mismo, con las demás, con la naturaleza y con Dios, siempre van a estar mediados por una tensión no resuelta del estilo: Bienestar/Malestar, Destrucción/Cuidado, Seguridad/Relativismo, Vida/Muerte, Local/Global, Individualismo/Solidaridad y Valorado/Descartado; o por modos de relacionarse donde abiertamente hay una realidad de primacía de una posición hegemónica; es decir, donde se ha optado por uno de los extremos de la tensión sobre el otro. De la lectura de EG y LS, uno puede inferir que en opinión del Papa hay tensiones no resultas en campos tales como: Entre una cultura globalizada y la existencia de una cultura local: “Entre la globalización y la localización se produce una tensión. Hace falta prestar atención a lo global para no caer en una mezquindad cotidiana. Al mismo tiempo, no conviene perder de vista lo local, que nos hace caminar con los pies sobre la tierra. Las dos cosas unidas impiden caer en alguno de estos dos extremos: uno, que los ciudadanos vivan en un universalismo abstracto y globalizante, miméticos pasajeros del furgón de cola, admirando los fuegos artificiales del mundo, que es de otros, con la boca abierta y aplausos programados; otro, que se conviertan en un museo folklórico de ermitaños localistas, condenados a repetir siempre lo mismo, incapaces de 7


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dejarse interpelar por el diferente y de valorar la belleza que Dios derrama fuera de sus límites” (EG 234). Entre la cultura de la muerte y la cultura de la vida: “Contra la llamada cultura de la muerte, la familia constituye la sede de la cultura de la vida. En la familia se cultivan los primeros hábitos de amor y cuidado de la vida, como por ejemplo el uso correcto de las cosas, el orden y la limpieza, el respeto al ecosistema local y la protección de todos los seres creados. La familia es el lugar de la formación integral, donde se desenvuelven los distintos aspectos, íntimamente relacionados entre sí, de la maduración personal. En la familia se aprende a pedir permiso sin avasallar, a decir « gracias » como expresión de una sentida valoración de las cosas que recibimos, a dominar la agresividad o la voracidad, y a pedir perdón cuando hacemos algún daño. Estos pequeños gestos de sincera cortesía ayudan a construir una cultura de la vida compartida y del respeto a lo que nos rodea” (LS 213). Entre la cultura de la destrucción y la cultura del cuidado: “Hace falta volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo, que vale la pena ser buenos y honestos. Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad, y llegó la hora de advertir que esa alegre superficialidad nos ha servido de poco. Esa destrucción de todo fundamento de la vida social termina enfrentándonos unos con otros para preservar los propios intereses, provoca el surgimiento de nuevas formas de violencia y crueldad e impide el desarrollo de una verdadera cultura del cuidado del ambiente” (LS 229). Junto a las anteriores tensiones, el Papa Francisco, reconoce que las relaciones de los hombres y mujeres consigo mismo, con los demás, con la naturaleza y con Dios, se ven enfrentadas a ciertas primacías en la cultura: Cultura del Bienestar: “La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera” (EG 54). Cultura Consumista: “que da prioridad al corto plazo y al interés privado, puede alentar trámites demasiado rápidos o consentir el ocultamiento de información” (LS 184).

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Cultura Mediática: “La cultura mediática y algunos ambientes intelectuales a veces transmiten una marcada desconfianza hacia el mensaje de la Iglesia y un cierto desencanto. Como consecuencia, aunque recen, muchos agentes pastorales desarrollan una especie de complejo de inferioridad que les lleva a relativizar u ocultar su identidad cristiana y sus convicciones. Se produce entonces un círculo vicioso, porque así no son felices con lo que son y con lo que hacen, no se sienten identificados con su misión evangelizadora, y esto debilita la entrega. Terminan ahogando su alegría misionera en una especie de obsesión por ser como todos y por tener lo que posee los demás. Así, las tareas evangelizadoras se vuelven forzadas y se dedican a ellas pocos esfuerzos y un tiempo muy limitado” (EG 79). Cultura del Relativismo: “que empuja a una persona a aprovecharse de otra y a tratarla como mero objeto, obligándola a trabajos forzados, o convirtiéndola en esclava a causa de una deuda. Es la misma lógica que lleva a la explotación sexual de los niños, o al abandono de los ancianos que no sirven para los propios intereses. Es también la lógica interna de quien dice: « Dejemos que las fuerzas invisibles del mercado regulen la economía, porque sus impactos sobre la sociedad y sobre la naturaleza son daños inevitables » (…)… cuando es la cultura la que se corrompe y ya no se reconoce alguna verdad objetiva o unos principios universalmente válidos, las leyes sólo se entenderán como imposiciones arbitrarias y como obstáculos a evitar” (LS 123) y, Cultura del Descarte: “Hemos dado inicio a la cultura del « descarte » que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados » sino desechos, « sobrantes »” (EG 53). Es interesante a este respecto que el con este diagnóstico, Papa Francisco, no se aleja para nada de lo que numerosos académicos e investigadores de las ciencias sociales vienen señalando hace ya un tiempo, sobre la características de la sociedad en que nos ha tocado vivir. Una sociedad de la ligereza. Bauman identificó a la sociedad presente, a fines de los ‟90, como una sociedad liquida2, una sociedad de transformación, de

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Bauman, Zygmunt (2004): Modernidad líquida. Editorial Fondo de Cultura Económica, B. Aires, Argentina.

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cambio permanente. En esta misma línea Lipovetsky3 , en su último texto, (2016), caracteriza a la sociedad como de la ligereza. “Lo ligero, señala Lipovetsky, nutre cada vez más nuestro mundo material y cultural, ha invadido nuestras prácticas cotidianas y remodelado nuestro imaginario (…) hoy es un valor, un ideal, un imperativo en múltiples esferas: objetos, cuerpo, deporte, alimentación, arquitectura, diseño. En el corazón de la era hipermoderna se afirma por doquier el culto polimorfo de la ligereza (…) se ha introducido en todos los aspectos de nuestra vida social e individual, en las « cosas », en la existencia, en los sueños, en los cuerpo” (p. 7). Si bien antes, dice el autor “la modernidad podría definirse por lógicas estructurales como la racionalización, la diferenciación funcional, la individuación, la secularización e incluso la mercantilización del mundo (…) [hoy] ninguna idea aclara mejor la dinámica de la sociedades modernas que la de « aligeramiento de la vida »” (p. 25). “La ligereza, en la era del omniconsumismo -agrega el autor- se impone como norma general, ideal universal y permanente, principio fundamental de la vida en sociedad, estimulado por el orden comercial. Por obra y gracia del consumismo, vivimos el tiempo de la legitimación y generalización social de la ligereza, celebrada como valor cotidiano y modo de vida para todos” (p. 27). Una sociedad claramente más individualista. En esta realidad de ligereza, de liquidez, de incertidumbre o de riesgo, según la califican diferentes autores, a juicio de Ulrich Beck (2001), surge la primacía de un individualismo, de una ética de la realización personal y del triunfo individual. El vivir en una sociedad altamente diferenciada facilita e invita a vivir una vida propia, pero donde paradojalmente la lucha para vivir la propia vida no resulta fácil, ya que se habita un mundo donde las interconexiones avanzan. Una sociedad, además, donde la menor importancia de las tradiciones hace de la vida algo experimental, en que las recetas heredadas y los estereotipos no sirven. El personaje central de nuestro tiempo, afirma Ulrich Beck, es el ser humano capaz de escoger, decidir y crear, que aspira a ser autor de su propia vida, creador de una identidad individual. Un individualismo que en definitiva, cuando es llevada a un extremo, genera una desconfianza extrema en los demás, apareciendo con ello un nuevo estadio del individualismo: el narcisismo. A juicio de Lipovetsky4, si la modernidad se identifica con el espíritu de la empresa o la esperanza futurista, señalaba en 1983, está claro que por su indiferencia histórica el narcisismo inaugura la postmodernidad. Pero más aún, indica el mismo autor, ya entrado en el Siglo XXI (2006), si antes el narcisismo era una preocupación por el propio cuerpo, por la propia imagen, hoy en día no es esa 3

Lipovetsky, Gilles (2016) De la ligereza. Ed. Anagrama, Barcelona, España. Ver de Lipovetsky: “La era del vacío. Ensayo sobre el individualismo contemporáneo” de 1983 y el texto del 2006 “Los tiempos hipermodernos”. 4

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la preocupación mayor que tiene el hombre en la sociedad actual. El narciso no está tanto enamorado de sí mismo, sino que está atemorizado por la vida cotidiana. Es un narciso que frente a las situaciones de incertidumbre tiene miedo, un narciso que está aterrorizado por el miedo a las enfermedades como también a la vejez. Vive asustado e inquieto por su cuerpo y por su entorno social que ve como agresivo. Una sociedad de mayor desconfianza. Una sociedad donde en lo individual sólo se confía en la propia familia y en lo social, prácticamente, no se confía en ninguna institución, lo que conduce a una verdadera retracción social. A un fuerte nosotros familiar que se acrecienta con una sensación de exclusión por parte de los otros. Los que no son de la familia5. En este marco, de una sociedad cada vez más amenazante, muchos autores indican que si antes nos refugiábamos en la familia por diversión, ahora nos refugiamos en ella por temor. La confianza se encapsula. Se genera lo que llama Rorty (1995) los círculos de lealtad o círculos de confianza. Esa relación elástica que va variando con relación a la inclusión de los otros en nuestro círculo, según los grados de confianza o desconfianza que se tenga con los demás, producto de lo atemorizante que me resulte el medio. A mayor temor, miedo o inseguridad, el círculo se hace más estrecho. El tema es que la confianza es un elemento básico en la cohesión social y ésta es un elemento central para construir democracia. Un país donde hay desconfianza es un país que no tiene construcción de relación entre las personas, y por lo tanto, hace muy frágil al país, y eso puede debilitar también la democracia Una sociedad de profundas desigualdades. Un mundo con una fuerte concentración de la riqueza, que cuando uno examina los últimos 250 años, señala Thomas Pikketty (2014)6, lo que se ve es que la riqueza no se comienza a distribuir, sino que tiende a aumentar y a concentrarse, aumentando así la desigualdad. Hoy se sabe con más certeza que antes, que hay un 1% en la población mundial que se está llevando los grandes ingresos del mundo. El 2015, Indica el Informe Mundial sobre Ciencias Sociales (2016) 7 “el 1% de la población mundial concentraba en sus manos casi la mitad de la riqueza poseída por el conjunto de las familias del planeta. Asimismo, las 62 personas más ricas del mundo poseen por si solas tantos bienes como la mitad más pobre de la humanidad” (p. 3). Un estudio sobre este aspecto en Chile, realizado por Ramón López y otros (2013), publicado por la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile, señala que el 0,01% de la 5

Ver Baeza, Jorge (2013): “Ellos” y “Nosotros”: la (des)confianza de los jóvenes en Chile. Thomas Pikketty (2014): El Capital en el Siglo XXI. Ed. Fondo de Cultura Económica, Madrid, España. 7 UNESCO y CICS (2016): Informe Mundial sobre Ciencias Sociales 2016. En www.worldsocialscience.org 6

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población de Chile es el grupo donde se está concentrando la riqueza del país. Esto nos ubica en una situación internacional de primera categoría. Somos uno de los países de peor distribución de ingresos del mundo. Detrás de esta realidad, lo que se esconde en opinión de Jesús Martín – Barbero, es que estamos pasando “de una sociedad integral, en el sentido de que era una sociedad que buscaba integrar en ella al conjunto de la población, a todos, aun cuando fuera para explotarlos (…) [a un] nuevo modelo de sociedad de mercado neoliberal, que es la sociedad dual -de integrados y excluidos- en la que el mercado pone las lógicas, y mueve las claves de la conexión/desconexión, inclusión/exclusión, social”. Análisis que para nada es distinto a la opinión del Papa Francisco, de estar viviendo en una sociedad de la cultura del descarte. 3.- Consecuencias y desafíos de la realidad sociocultural a la educación de la fe8. Frente a una realidad ya no solo de cambio, sino de cambios permanentes, la educación de la fe requiere de una especial atención al antiguo tema del discernimiento, de la reflexión sobre la acción; que no es otro, además, que el aprender a realizar un adecuado uso de la libertad. La cultura actual descansa fundamentalmente en el principio de la libertad y de la autonomía de la conciencia personal. Por lo tanto, resulta de vital importancia formar: (a) Para la responsabilidad individual, para la gestión de sí mismo en entornos inciertos e inestables, en los valores del auto-control y la auto-disciplina; (b) Pero junto a lo anterior, también en el necesario reconocimiento de que la libertad no puede ser sólo para uno, sino que siempre debe ser anhelada para todos. Dentro de esta misma realidad de cambio permanente, la educación de la fe, debe enfrentarse a una realidad multicultural y multiconfesional. Una realidad no solo en permanente cambio, sino también de interacciones entre partes muy diversas entre sí. De aquí que la educación de la fe en los jóvenes, debe reconocer que, previo a la confesionalidad y a sus contenidos doctrinales, la dimensión religiosa es un constitutivo esencial de la existencia humana y que, en consecuencia, el fenómeno religioso, como indica Bentué (1998), posee un valor en sí mismo. Por ello, debe favorecer el diálogo, el respeto y la comprensión mutua entre las distintas manifestaciones religiosas presentes en la cultura. Deberá, además, visibilizar la racionalidad que posee la cuestión del sentido y del absurdo existencial. En efecto, aquella experiencia común, que supone el encuentro intersubjetivo, en el amor, entre la Persona de Dios y la persona humana, bajo la 8

Este apartado es textual del articulo ya citado de Ábrigo y Baeza (2015), páginas 408 a 413.

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permanente iniciativa divina que la sustenta, es la que permite descubrir la profundidad salvífica que ella conlleva y la acción consecuente en el mundo de toda persona de buena voluntad. Las palabras del Papa Francisco en Evangelii Gaudium respecto a esto, serían válidas para todos los seres humanos que han tenido la experiencia de un Dios amor: “Solo gracias a ese encuentro -o reencuentro- con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad. Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero. Allí está el manantial de la acción evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido a la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a los otros?”(EG. Nº 8). En este sentido es necesario que la educación de la fe vaya de la mano de una antropología filosófica que, como indicaba el Papa Juan Pablo II (1982), busque “en las estructuras esenciales de la existencia humana las dimensiones trascendentes que constituyen la capacidad radical del hombre de ser interpelado por el mensaje cristiano, para comprenderlo como salvífico, es decir, como respuesta de plenitud gratuita a las cuestiones fundamentales de la vida humana”. Por cierto, para la comprensión del mensaje cristiano como palabra de sentido salvífico, la racionalidad lógica tendrá que aliarse con aquella dimensión que conecta ontológicamente al ser humano con la trascendencia. Esa dimensión estaría constituida por la conciencia y la libertad que le otorgan a la razón la posibilidad de captar dicha palabra, en términos de Bentué (1995), no como “logos” informativo, sino -en su sentido más profundo- como “dabar” interpelativo, y responder en consecuencia. La realidad de hoy, cambiante y de interacciones entre diferentes, que exige aprender a ejercer la libertad y a superar la autoreferencia, debe ser vivida, además, en un ambiente centrado en lo individual y la satisfacción personal, lo que desde luego tensiona una educación de la fe, que es una experiencia comunitaria y de pertenencia a un pueblo. La educación de la fe, en este sentido, debería plantearse el desafío de contribuir al desarrollo de la conciencia de alteridad. En efecto, la alteridad implica el encuentro con los otros en su dimensión profunda (en su dimensión mistérica) y por ello, el reconocimiento y el respeto por sus manifestaciones espirituales y culturales. Ello, por cierto, permitiría asumir que la experiencia de ser cristiano, más que implicar una adhesión a contenidos nocionales, consiste, en primer lugar, como dice el Papa Francisco citando a Benedicto XVI, en “un encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (EG. Nº 7). Tal 13


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orientación no se identifica con una actitud de repliegue intimista, de satisfacción personal privada; antes bien debería conllevar una relación profunda con la comunidad eclesial, pues es ella el lugar privilegiado donde debería suscitarse la experiencia del encuentro; es en ella y a partir de ella donde ese encuentro debería transformarse en salida de sí para los otros. Por cierto, cuando la comunidad eclesial centra su atención preferentemente en los aspectos formales y jurídicos, las relaciones entre los miembros corren el peligro de transformarse en relaciones meramente funcionales. Es posible que esto contribuya a generar un contexto que favorezca, en algunos, el uso de la racionalidad lógica al servicio de las demandas del instinto egocéntrico y selvático en relación al tener, al poder y al placer. La búsqueda de la propia realización olvidando a los demás, que es hoy el proyecto de vida de muchos, cuando es llevada a un extremo, genera una desconfianza extrema en los demás. Aparece con ello un nuevo estadio del individualismo: el narcisismo. El surgimiento de un perfil inédito del individuo en sus relaciones con él mismo y su cuerpo, con los demás, el mundo y el tiempo. Es en esta realidad, donde la educación de la fe debe convertirse en un camino de formación para la fraternidad, para superar la sociedad de individualismo y exclusión. En la sociedad de hoy, altamente individualista y excluyente, donde la situación de los pobres se agrava cada vez más, la respuesta es educar en la fe en una verdadera conversión personal y social. Donde optar por la pobreza voluntaria, por el compromiso solidario con los otros, sea el camino para superar la pobreza involuntaria de muchos: la del hambre y la injusticia. Educar la fe para la libertad, educar la fe para la aceptación del otro y educar la fe para el compromiso fraterno, no será posible si ello no se hace acercándose y acompañando al joven en su realidad de hoy, su cultura actual; lo que implica que la escuela católica, “está llamada a transformarse ante todo, en un lugar privilegiado de formación y promoción integral, mediante la asimilación sistemática y crítica de la cultura, cosa que logra mediante un encuentro vivo y vital con el patrimonio cultural. Esto supone que tal encuentro se realice en la escuela en forma de elaboración, es decir, confrontando e insertando los valores perennes en el contexto actual” (Documento de Aparecida Nº 329). Tarea, a la que se suma lo indicado por los Obispos de Chile, en cuanto “lo que realmente interesa es evangelizar no de un modo decorativo, sino de manera vital, en profundidad, llegando hasta las mismas raíces de la experiencia cultural de cada persona y de cada pueblo. Esto será posible si nos animamos a entablar un diálogo en profundidad, franco y sin temores, con las realidades nuevas de nuestro mundo, que a veces parecen estar tan alejadas de la vida eclesial. De 14


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modo especial urge un diálogo con los jóvenes y con los creadores de cultura” (OO.PP 2014-2020, N° 27a). Este encuentro con el joven y su cultura, implica superar los modelos formativos que se ubicaron al interior del paradigma enciclopedista instruccional, que sigue instalado aunque sea en crisis, dado el peso y prestigio que ha tenido en el pasado relativamente reciente. En el marco de ese paradigma, lo que había que saber en términos nocionales y actitudinales, en materia religiosa, estaba contenido en textos que intentaban explicar objetiva y lógicamente las verdades de orden doctrinal y sobrenatural y la voluntad de Dios en materia de conducta humana. El Papa Francisco en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, indica al respecto, que “los enormes y veloces cambios culturales requieren que prestemos una constante atención para intentar expresar las verdades de siempre en un lenguaje que permita advertir su permanente novedad. Pues en el depósito de la doctrina cristiana „una cosa es la substancia […] y otra la manera de formular su expresión‟. A veces, escuchando un lenguaje completamente ortodoxo, lo que los fieles reciben, debido al lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no responde al verdadero Evangelio de Jesucristo. Con la santa intención de comunicarles la verdad sobre Dios y sobre el ser humano, en algunas ocasiones les damos un falso dios o un ideal humano que no es verdaderamente cristiano. De ese modo, somos fieles a una formulación, pero no entregamos la substancia. Ése es el riesgo más grave. Recordemos que „la expresión de la verdad puede ser multiforme, y la renovación de las formas de expresión se hace necesaria para transmitir al hombre de hoy el mensaje evangélico en su inmutable significado‟” (EG. Nº 41; cf. 43; 45). Por último, educar la libertad, la aceptación del otro, el compromiso fraterno, fuera de exigir un salir al encuentro con la cultura actual y concentrase en lo sustantivo y no en las formas, requiere además, la exigencia de educar la fe con el testimonio más que con el discurso. Hoy en una sociedad de incertidumbre, de exclusión, de desconfianza, la educación de la fe se ve demandada por la exigencia de la coherencia de vida, de la credibilidad. Se espera de los que viven en Cristo “un testimonio muy creíble de santidad y compromiso” (Doc. Aparecida Nº 352). Un testimonio “de proximidad que entraña cercanía afectuosa, escucha, humildad, solidaridad, compasión, diálogo, reconciliación, compromiso con la justicia social y capacidad de compartir, como Jesús lo hizo” (Doc. Aparecida Nº 363). Un testimonio que para ser creíble, dice el Comité Permanente de la Conferencia Episcopal de Chile: “debemos vivir hoy conforme al espíritu de Dios. La humildad, la sencilla alegría y la esperanza 15


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deberán ser el signo de la presencia del Espíritu. Sólo así seremos testigos de Jesús. Por eso el primero debe hacerse el último y el que manda debe servir. La santidad ha de consistir, no tanto en el esfuerzo obsesivo por carecer de faltas, sino en un seguimiento radical de Jesús. Tenemos que meditar con especial atención la Palabra del Señor y poner el centro de nuestra oración en la gratitud a nuestro Dios y en el servicio. Se hace necesario adecuar nuestras celebraciones litúrgicas y nuestra formas de piedad. Tenemos que recuperar el sentido festivo, comunitario, alegre, sencillo y religioso en nuestras celebraciones. Es esencial revisar el lugar central de la comunidad, que corrija una visión individualista de la fe. La eucaristía nos reúne en una mesa familiar y no hay acto más humano que el compartir en esa mesa. En la celebración de la muerte y resurrección de Jesús se expresa el centro del misterio de nuestra fe. En una palabra, tenemos que ser testigos del amor de Dios y discípulos de Jesús. Vivir al modo de Jesús. Al testimoniar de esta manera los valores evangélicos, no debemos mostrarnos como dueños de esos valores. Sabemos y nos alegramos que muchos de ellos son compartidos totalmente o en parte por personas de otros credos y por hombres y mujeres que no profesan nuestra fe” (Conferencia Episcopal de Chile 2012). Bibliografía: 1. Ábrigo, C. y Baeza, J. (2015): Educar para la fe en el contexto de la realidad juvenil de hoy. En: Patricia Imbarack (editora) Educación Católica en Chile. Perspectivas, aportes y tensiones. Editorial Universidad Católica, CEPPE, Santiago, Chile, páginas 391 a 414. 2. Baeza, J. (2013) “Ellos” y “Nosotros”: la (des)confianza de los jóvenes en Chile. Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud. Ed. CINDE, Manizales, Colombia; N°11 (1), páginas 273 a 286. 3. Bajoit, Guy et Franssen, Abraham (1995): Les Jeunes dans la Compétition Culturelle. Sociologie d'aujourd'hui. PUF, Paris, France. 4. Bauman, Zygmunt (2004): Modernidad líquida. Editorial Fondo de Cultura Económica, B. Aires, Argentina. 5. Beck, Ulrich (2001): Vivir nuestra propia vida en un mundo desbocado: individuación, globalización y política. En: Anthony Giddens y Will Hutton (editores) En el límite. La vida en el capitalismo global. Ed. Tusquets; Barcelona, España. p. 233-245 6. Bentué, A. (1998): Educación valórica y teología. Editorial Tiberíades, Santiago, Chile. 7. Bentué, A. (1995): La opción creyente. Editorial San Pablo, Santiago, Chile. 16


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8. Conferencia Episcopal de Chile (2012): Carta Pastoral Humanizar y compartir con equidad el desarrollo de Chile. Santiago, Chile. En: documentos.iglesia.cl 9. Conferencia Episcopal de Chile (2014): Orientaciones Pastorales 2014 – 2020. Santiago, Chile. En: documentos.iglesia.cl 10. Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y el Caribe (2007): Documento de Conclusiones del CELAM en Aparecida. Centro de Publicaciones del CELAM, Bogotá, Colombia. 11. Francisco (2013): Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium. Librería Editrice Vaticana. 12. Francisco (2015): Carta Encíclica Laudato Si‟. Sobre el cuidado de la casa común. Tipografía Vaticana. 13. Lipovetsky, Gilles (1983): La era del vacío. Ensayo sobre el individualismo contemporáneo. Ed. Anagrama S. A., Barcelona, España. 14. Lipovetsky, Gilles (2006): Los tiempos hipermodernos. Ed. Anagrama S. A., Barcelona, España. 15. Lipovetsky, Gilles (2016) De la ligereza. Ed. Anagrama, Barcelona, España. 16. López, Ramón; Figueroa B., Eugenio y Gutiérrez C., Pablo (2013): La „parte del león‟: nuevas estimaciones de la participación de los super ricos en el ingreso de Chile. Serie Documentos de Trabajo, SDT 379, Departamento de Economía, Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile. Santiago, Chile. 17. Martín – Barbero, J. (2004): Crisis identitaria y transformaciones de la subjetividad. En: Laverde, María Cristina, et al (editoras) Debates sobre el sujeto. Perspectivas contemporáneas. Ed. Universidad Central DIUC – Siglo del Hombre Editores, Bogotá, Colombia; pp. 33 – 45. 18. Pikketty, Thomas (2014): El Capital en el Siglo XXI. Ed. Fondo de Cultura Económica, Madrid, España. 19. Rorty, R. (1995): Pragmatismo y política. E. Paidós, Barcelona, España. 20. UNESCO y CICS (2016): Informe Mundial sobre Ciencias Sociales 2016. En www.worldsocialscience.org 21. San Juan Pablo II (1982): Discurso a los Profesores de teología en la Universidad Pontificia de Salamanca. En: https://w2.vatican.va/content/johnpaul-ii/es/speeches/1982/november/documents/hf_jpii_spe_19821101_universita-salamanca.html 22. Souza Silva, José de (2001): ¿Una época de cambios o un cambio de época?. Elementos de referencia para interpretar las contradicciones del momento actual. En Boletín ICCI “RYMAY” (Publicación mensual del Instituto Científico de culturas indígenas). Año 3, Nº 25. En: http://icci.nativeweb.org/boletin/25/souza.html

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Lectura Obligatoria: 

Ábrigo, C. y Baeza, J. (2015): Educar para la fe en el contexto de la realidad juvenil de hoy. En: Patricia Imbarack (editora) Educación Católica en Chile. Perspectivas, aportes y tensiones. Editorial Universidad Católica, CEPPE, Santiago, Chile, páginas 391 a 414.

Conferencia Episcopal de Chile (2012): Carta Pastoral Humanizar y compartir con equidad el desarrollo de Chile. Santiago, Chile. En: http://www.iglesia.cl/cartapastoral2012/texto.php

Conferencia Episcopal de Chile (2014): Orientaciones Pastorales 2014 – 2020. Santiago, Chile. En: http://www.iglesia.cl/especiales/oopp2014-2020/

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Contenido 1 Diplomado en juventud CECh  

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