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José Luis Sáenz

Los sobrevivientes del Castillo de las Luces (JUVENILIA DEL CINCUENTENARIO)

( novela )

2011

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Índice

La convocatoria de Marín Federico Wrack Acuña El Castillo de las Luces Diálogo en la Puerto Rico El exilio de Luciano Bernardelli Crónica de un amor que no fue Rencuentro tardío Un poeta en la televisión Arreglo con el rector El Pico Sarachaga Negociando el discurso El pianista amateur La segunda convocatoria Pancho Aguilar Tras el incendio Burman recuerda a Dalayrac Tito Raimondi y su feudo Pipino Falcón, al margen El vuelo de Ícaro Ultimando preparativos El gran día

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Advertencia (a mis ex compañeros de promoción en el CNBA) Mi ámbito de pertenencia entre 1950 y 1956 fue el Colegio, donde recuerdo con gratitud a grandes rectores como Moyano y Herrera, y maestros como Márquez Miranda, Ariel Guerrero, Gerardo Pagés y muchos otros. Luego, ya en la década del 60, mi ámbito de pertenencia fue la Facultad de Filosofía y Letras, con maestros como Vassallo, Borges, Jaime Rest, y Delfín Garasa. Otro ámbito de pertenencia fue el Seminario de Autores noveles de Argentores, con Pablo Palant, y siempre – debido a mis aficiones operísticas – el Teatro Colón, con intervenciones en las conferencias, la revista y los programas del teatro. Además de ello, revistas como “Sur”, “Señales”, “L ´Opera” de Milán, Correo Musical Argentino, periodismo especializado en “La Nación”, “Clarín”, etc., hasta cerrar mi vida laboral en la UCA. Durante todos esos años traté a la gente de mi generación en los más dispares ámbitos, y compartí los años difíciles que siempre nos tocó vivir a los argentinos de uno u otro bando, desde la Revolución de 1955 hasta la actualidad. Por eso, al escribir esta novela sobre el Colegio, no me centré en mis compañeros iniciales sino también en toda mi generación, para recolectar protagonistas de otros ámbitos de pertenencia con los que me tocó compartir esta tragicomedia nacional, que alguna vez quise reflejar en mi novela “La Traviata Argentina”. A otros directamente los inventé, haciendo módicos “frankesteins” con varios de ellos, o extrayéndolos de mi pura fantasía (que también suelo manejar) como posibles personajes significativos de los años vividos. Por eso, ruego a mis queridos compañeros que no caigan en la tentación de husmear y descubrir el “who is who” de esos personajes, porque no hay claves posibles para reconocerlos salvo dos o tres casos, que por otra parte modifiqué totalmente en sus circunstancias. En suma, les ruego la lectura de una obra de ficción y no biográfica. Y en lo demás, Honni soit qui mal y pense! J. L. S.

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La convocatoria de Marín Aquella promoción de bachilleres del Colegio cumplía los cincuenta años de su graduación, por lo que se consideró obligada a festejar, con esa costumbre matemática de celebrar los aniversarios caídos en cero o cinco, mientras que los terminados en cuatro, siete o nueve, no ofrecían mérito suficiente para la fiesta, y se solían pasar por alto. Pero en cambio, un cuarto de siglo o más aún: ¡un cincuentenario!, ésas ya eran cifras bien redondas y mágicas como para tirar la casa por la ventana. Varios meses antes, la comisión directiva de la asociación de ex-alumnos, siempre alerta a las efemérides, había verificado las posibles celebraciones del año, para encomendar la de ese cincuentenario a un vocal de la comisión, el Contador Marín, que casualmente pertenecía a dicha promoción. Marín, ya experto en estos trámites, se puso a ubicar a todos los de aquella camada que – como los hijos de Martín Fierro – se habían diseminado a los cuatro vientos. No era una averiguación simple. Algunos figuraban como socios de la asociación, por lo que disponía del dato de sus domicilios y teléfonos, aunque no siempre actualizados. En una segunda instancia surgía la consulta a los que iba localizando, que generalmente mantenían contacto con alguno de los no localizados, con lo que se podía aumentar la lista. Pero ahí se cortaba la cadena directa; el resto ya era cuestión de paciencia, guía telefónica y pesquisa. Con los apellidos raros no había problema, porque si no daba con el interesado directo casi siempre tropezaba con algún pariente que podía informarle; el problema eran los infaltables Fernández y Rodríguez, tan multitudinarios en la guía como para resultar imposibles de rastreo. Eso sin contar los que se habían ido al interior o al exterior, o también al cementerio. Pero el Contador Marín sabía perseverar en sus ratos libres; en menos de un mes de averiguaciones pudo reunir los teléfonos y direcciones de la mitad de aquella promoción. Entonces los citó a una reunión preparatoria en la asociación de ex -alumnos. Para aquel primer encuentro, Marín tenía preparada una lista de todos los temas que su experiencia aconsejaba plantear, que incluía: 1º) la elección de un comité ejecutivo (cuya presidencia descontaba que recaería en él, no por simpatía especial sino porque así se sacarían el problema de encima);

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2º) la elección del que diría el discurso en nombre de toda la promoción (honor que eso sí, como lacónico hombre de números prefería declinar, para que eligiesen a algún abogado o político, de esos con facilidad de palabra y frases sonoras a mano); 3º) el contacto con las autoridades del colegio para solicitarles el uso del aula magna, eventualmente con la presencia y el discurso del rector actual (ni pensar en algún profesor de illo tempore, porque ya no quedaría ningún sobreviviente, o estaría peligrosamente gagá); 4º) la decisión siempre polémica de oficiar una misa de acción de gracias en San Ignacio (tratando de evitar la habitual escaramuza entre católicos y no católicos); 5º) la confección y entrega de diplomas y medallas conmemorativas, para que a falta de “legion d´honneur” cada uno se retirase solemnemente condecorado por una vez en la vida; 6º) la gran cena de camaradería en la asociación, más la decisión de hacerla con o sin las respectivas esposas (tomando en cuenta la capacidad máxima del salón); 7º) el catering a disponer, con marcas de vinos y champañas bien especificadas que aventasen toda suspicacia posterior (él se encargaría después de pedir dos o tres presupuestos distintos en “El Querandí”); y 8º) las otras mociones que fuesen surgiendo en la reunión. Por cierto que también aprovecharía la redada para asociar a todos los que aún no lo hubiesen hecho, a fin de inyectar savia y mensualidades nuevas a las finanzas de la asociación, siempre en rojo. Con estos preparativos, el Contador Marín se dispuso aquella tarde a presidir el rencuentro de sus ex – compañeros, tomando el recaudo de ser el primero en llegar a la cita, para tratar de reconocerlos a medida que llegasen, algo que sospechaba que no iba a resultar tan fácil, con los años que les habían pasado por encima Se encaminó a la sede de la asociación por la calle Perú. Al cruzar la Diagonal Sur vio que la base de pórfido del monumento al General Roca estaba toda embadurnada de insultos al “genocida”, como si por allí hubiese pasado algún malón de indios resentidos en manifestación hacia la Plaza de Mayo, ahora que el gobierno era “nacional y popular”. ¡Nadie se había molestado en limpiarlo!… Así andaba el país. Pero no por eso ellos iban a dejar de celebrar las efemérides del “Colegio de la Patria”… La disyuntiva era muy simple: civilización o barbarie, y él estaba con Sarmiento. Lo reconfortó ver llegar a sus ex compañeros a la asociación, de a uno en uno, entre exageradas exclamaciones, abrazos, palmadas y demás alardes de afecto. Abundaban los rostros ajados, los cuerpos encogidos y las panzas prominentes, que dificultaban reconocerse. Pero todos se saludaban entre joviales:

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- ¡Vos sí que estás igualito, pibe! ¿Cómo hiciste? - ¿Y vos, caradura? ¿Escondés el cuadro de Dorian Gray en el altillo? - No; me conservo en whisky, que huele mejor que el formol. - Yo le firmé un pagaré a Mefistófeles, que se olvidó de protestármelo. - ¿Pagaré? ¡Qué anticuado, che! Eso ya ni existe en plaza, abuelito. - ¡Ah, hacete el pendejo vos, que aquí todos los que estamos somos de la cofradía del Pami! Tras ese alboroto de bromas y camaradería, todos se integraban al grupo de su división. También Marín trató de reunirse con los suyos, los de la tercera de la mañana, en los pocos momentos libres en que no tenía que recibir a nadie en la escalinata. Uno de los de “la tercera de fierro” era el muy afable Reinaldo Acevedo, del que se había enterado al convocarlo por teléfono que actualmente era presidente del Colegio de Escribanos. Lo felicitó por su presencia a pesar de tantas ocupaciones. Acevedo aprovechó para anunciarle que Tito Raimondi no vendría; que hacía dos días lo había llamado por otros asuntos, y de paso le había dicho que tenía que viajar de apuro, porque necesitaba resolver problemas muy urgentes en las sucursales de su negocio en Córdoba y Tucumán, por lo que no sabía cuánto tiempo lo iba a demorar eso. - ¿Pero cómo? ¿Todavía no se quiso jubilar y pasarles la antorcha sagrada a los hijos? - No; ahí el que sigue siempre al pie del cañón es él; los hijos son los que se rascan, o más precisamente los yernos, porque no confía en ellos, y menos todavía en las hijas. Ya una vez que se había embarcado en un crucero le armaron un desbarajuste tal que tuvo que volver de apuro, así que imaginate, vive atornillado en su escritorio como un preso en su celda, y los turistas son los zánganos. ¡Así es la vida del “rey de los electrodomésticos”! Eso sí, me aseguró que va estar sin falta para el gran día, pero que hoy yo vote por él todo lo que haya que votar. El Contador Marín optó por interrumpir la charla para sobrevolar ecuánimemente por los demás grupos, de modo que ninguno se sintiese marginado. Estaba confraternizando con los de la tarde cuando vio sin mayor agrado que por la escalinata ascendía el popular Pico Sarachaga, que después de graduarse con ellos había seguido trabajando en el Colegio, hasta llegar a regente. Marín salió a recibirlo al mismo tiempo que otros, que se dedicaron a piropear con afecto al recién llegado: - ¡Abran cancha que aquí llegó el olímpico Pico Sarachaga! - ¡”Pico de oro”! Ya tenemos orador de lujo para el discurso de la promoción… - Me imagino que vendrás a imponer orden, como cuando manejabas la prefectura.

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Exultante por el recibimiento, Sarachaga continuó la broma: - ¡Un momento, mis fieles súbditos! Más respeto, que yo no manejé la “prefectura de disciplina” sino la “regencia de estudios”, que no era lo mismo… - ¿No? ¡No jodás! – rió alguno. - Bueno… – concedió el Pico con un guiño – se entendía “prefectura” pero se pronunciaba “regencia”. No olviden que ya eran los nuevos tiempos de la “autodisciplina” y el “gabinete psicopedagógico”. ¡Democracia, mis sufridos camaradas de juvenilia! Marín lo observaba con desconfianza. A ver todavía si Sarachaga venía a disputarle su liderazgo. Que no se confundiese, que después de todo, estaban en la sede de la Asociación, por lo que a él y sólo a él le habían delegado la organización de los festejos. Pero, al mismo tiempo, se indignaba consigo mismo por rivalizar sobre una tontería así… ¿Acaso iban a seguir compitiendo por cualquier partícula de poder hasta el último día de la vida, en que lo perderían todo para siempre? Inquieto, esperó unos minutos más y luego decidió que ya había pasado el tiempo de espera para empezar la reunión. Que los impuntuales se fuesen integrando a medida que llegasen. Había dispuesto unas sillas enfrentadas a un escritorio del que tomó posesión sin el menor gesto dubitativo, mientras les proponía a los demás que se distribuyesen a su gusto. Fue en ese momento, cuando ya se callaban todos y él se disponía a decir algunas palabras de apertura, que desde la primera fila alzó su voz Federico Wrack Acuña para anunciar que antes que nada quería leer algo muy importante para que “el espíritu del Colegio descienda sobre nosotros como el Espíritu Santo sobre los apóstoles”. Antes de que Marín pudiese reaccionar ante aquel inesperado arranque místico, Federico explicó que se trataba de un discurso del Rector Moyano – “nuestro venerado rector cuando ingresamos al Colegio”, según aclaró con voz conmovida – para echarse a leer.

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Federico Wrack Acuña

Cuando Federico Wrack Acuña había dado su examen de ingreso, le había tocado redactar una composición sobre el tema “¿Por qué quiero ingresar al Colegio?”. Él había argumentado sin vacilar: “para seguir el camino de mi padre, que también estudió en sus claustros seculares”, porque venía ya adoctrinado por el Contador Federico (también) Wrack, y aunque no comprendiese mucho eso de “seculares”, había aprendido a creer firmemente en los Próceres de la Patria, en mayúscula. Por cierto que había aprobado el ingreso. Después, casi se había sentido condiscípulo de Belgrano aquel día en que el Rector Moyano apareció en su aula a ponerles personalmente en sus solapas el escudito del colegio que rezaba “Patria Labor Virtus”, para luego darles un abrazo como promisorio espaldarazo de aspirantes al patriciado. Lástima que un año más tarde el gobierno peronista echaba a Moyano de su cargo, de la manera menos patricia del mundo, golpe al que su amado Rector no pudo sobrevivir, y murió de un ataque cardíaco dentro del mismo colegio antes que lo llegasen a desalojar como proyectaban. Con semejante desenlace, Federico odió desde el principio a su reemplazante, el interventor D´Agostino, del que se comentaba que era un paniaguado del gobierno que venía a peronizar el colegio. Por eso Federico integró los grupos de estudiantes que aparecían de pronto por la calle Florida gritando la consigna no muy académica pero sí muy clara de “¡Tomate, pepino, abajo D´Agostino!”, antes de dispersarse cuando los corría la policía. Después, por algún arcano golpe de timón nunca muy aclarado, el gobierno había suprimido a aquel impresentable D´Agostino, para poner como nuevo rector al que era secretario de Moyano, el Doctor Herrera, con lo que la paz había regresado al colegio. Pero en 1955, al caer Perón, la Revolución Libertadora le había cedido el gobierno de la Universidad al Reformismo entre socialista y progresista, y hacia fin de año – cuando el colegio estaba ya en receso – los nuevos patrones universitarios habían querido aprovechar la ocasión para intervenirlo sin mayores problemas y repartirse las cátedras. Pero habían equivocado el cálculo: la noticia de la intervención había corrido con una prisa sospechosa, voz a voz, teléfono a teléfono. Ya ese mediodía los alumnos habían

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tomado al colegio para hacer una asamblea multitudinaria que rechazaba la intervención y exigían que fuese repuesto el Rector Herrera. Para Federico siguieron muchos días entusiastas de asambleas, idas y venidas. Muchas noches también, durmiendo o intentando dormir en los inmensos sillones de la sala de profesores, la vicerrectoría, o en el suelo o donde se pudiese, aún en las colchonetas del gimnasio. Hacía calor. Mucho calor. Algunos hacían vivacs en los patios descubiertos. Otros aprovechaban para bañarse en la piscina del subsuelo. También en aquellas largas horas de convivencia forzosa y espera tensa se anudaban amistades que antes no habían pasado del compañerismo mecánico de las aulas cotidianas. Todos estaban saliendo de la adolescencia con su intimidad oculta pero a flor de piel; al abrigo de la noche se hacían confidencias y relataban sus ilusorios romances y aventuras. Ahora sí aquello era una nueva Juvenilia, una república de jóvenes que ni siquiera Miguel Cané hubiese imaginado, ¡dueños del colegio para ellos y nadie más! Era como si de pronto Federico hubiese ingresado en una comunidad o una cofradía juramentada. Entre tanto, mientras creían velar las armas para un combate en el que estaban seguros de triunfar, había entretelones en las esferas del poder político, que ni siquiera sospechaban. La Universidad reformista estaba decidida a adueñarse del Colegio, pero como los alumnos seguían encerrados en el edificio con el apoyo de los padres, era momento de iniciar un juego confuso, que mezclase astucia y violencia disimulada. Anunciaron entonces que reconocían aquel “statu quo”, y como se acercaban las fiestas había que dejar una guardia simbólica en el Colegio, para que los alumnos pudiesen volver a sus hogares. La propuesta fue a votación: se votó mantener una guardia simbólica hasta después de las fiestas, y se hicieron los turnos para que no todos los estudiantes siguiesen pernoctando allí. Dos días después, casi sobre la medianoche, las fuerzas de choque reformistas saltaron democráticamente por los ventanales de atrás y echaron a golpes y empujones a los pocos que estaban de guardia, y se encerraron. Al día siguiente, en los diarios aparecía un comunicado de la Universidad que afirmaba que en el interior del colegio se había producido una refriega entre “grupos antagónicos”, por lo que al enterarse, el interventor (que jamás se había atrevido a mostrarse por allí) había acudido a poner orden; al llegar se había encontrado con que los alumnos que custodiaban el edificio lo invitaban a entrar, y él había aceptado ingresar y constituirse en el rectorado. En resumen: ¡ya estaban adentro! ¿Y ellos? ¡Ellos afuera, despojados de su heredad! A la entrada del colegio, había una numerosa custodia policial, teóricamente para impedir peleas entre “los grupos antagónicos”, pero en la práctica para proteger a los que se habían apoderado del edificio. De pronto Federico comenzaba a conocer las hipocresías del poder. Total, ¿qué le hacía

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una injusticia más al país? Si de pronto comprobaban que aunque no hubiese más peronismo, la prepotencia continuaba, también desde la vereda de enfrente. Así, envenenado contra los reformistas – a los que se había habituado a llamar “bolches”, aunque no todos lo fuesen - tiempo después había ingresado en la Facultad de Filosofía y Letras, allá en Viamonte 430, para estudiar la carrera de Historia. Pero aquello era un carnaval permanente, entre actos políticos, asambleas y movilizaciones diarias, enmarcados por las paredes y hasta los techos con afiches colgantes de Fidel Castro, el Che, Vietnam, la lucha antiimperialista, y la gran revolución proletaria latinoamericana. Todos decían que el mundo marchaba inevitablemente a la izquierda, aunque en realidad lo querían obligar ellos a marchar a la fuerza con sus actos y movilizaciones, por los compañeros presos, el presupuesto, las reivindicaciones populares, la Universidad abierta al pueblo, y demás consignas repetidas hasta el hartazgo. Entre tanto, desde las descascaradas paredes del aula magna los miraban por sus vetustos cuadros algunos decanos remotos, de cuello duro, alarmados sin duda por el gran barullo de esa “unidad obrero- estudiantil” a todo bombo, en la que creían participar los estudiantes, aunque los obreros no apareciesen jamás por allí. El clima era insoportable. En medio de cualquier clase, algún barbudo entraba y la interrumpía para arrearlos a alguna asamblea por los “compañeros presos” o los “militantes perseguidos”. Él se había asociado a una agrupación anti-reformista, pero los bolches les habían incendiado el local, porque se sentían los dueños de la Facultad; tomaban el edificio central con cualquier pretexto; a los que tenían fichados como “fachos” no los dejaban entrar ni para ir a la biblioteca; hasta las autoridades les tenían miedo, y los dejaban hacer. Federico ya no tenía más paciencia; vivía peleándose con media Facultad. Un profesor le había dicho “Usted es un rebelde de derecha, pero en el fondo, el único rebelde, porque anda muy peinado y afeitado, de saco, chaleco y corbata, mientras todos los demás andan bien iguales, barbados y mal vestidos”. Muy sagaz la observación, pero eso no modificaba el panorama. Para colmo, un muchacho que había descubierto que en Ciencias Antropológicas estaban sucediendo viajes muy sospechosos hacia el norte del país, de pronto una noche había sido acribillado a balazos cerca de su domicilio. Entonces Federico no lo había dudado más: había decidido largar la Facultad, antes de que le pasase lo mismo. De ahí en más estudiaría Historia por su cuenta y gusto, en su propia casa. Fue organizándose una gran biblioteca temática en la casona familiar de la calle Ramón Freire al 2100, a la vuelta de la estación Belgrano R., donde pasaría sus días leyendo, estudiando y tomando apuntes para una historia sobre la época de Rosas, aunque sin decidirse nunca a volcarlos en un libro, quizás por pereza, o por exceso de autocrítica.

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Algunos de sus antiguos camaradas de lucha lo fueron a convocar cuando en 1963 los reformistas perdieron las elecciones en la mayoría de las facultades y el consejo superior de la Universidad. Era el momento ideal para recuperar el Colegio, la vieja heredad, según la idea del ex rector Herrera, que había que llevar a la práctica. Entre tanto habían creado un combativo Centro de Bachilleres, un mero sello de goma sin sede social como la apacible asociación de exalumnos, pero muy apto para poder moverse institucionalmente. Federico aceptó entonces salir de su cueva, para reunirse con ellos casi a diario, a juntar datos y redactar un informe bien detallado sobre las anomalías, arbitrariedades y decadencia del colegio en aquellos siete últimos años de reformismo, desde que habían puesto como rector o mascarón de proa a un viejo profesor que había sido dirigente estudiantil de la Reforma más de cuarenta años atrás. Con aquel informe fueron a visitar uno a uno a cada decano, a cada miembro del Consejo Superior de la Universidad que fuese supuestamente no reformista, para entregarles el informe, comprometerlos a leerlo, lograr que oyesen, y tratar de interiorizarlos en aquella injusticia que no conocían. Ellos prometían estudiar el caso, hacer justicia, y dejar que el Colegio recuperase sus carriles normales. Así llegaron a la frustración final: los muy hipócritas miembros del honorable Consejo Superior, ¡politiqueros viejos!, que los habían oído sin largar opinión, solemnes y silenciosos como dioses (y hasta habían asentido), al llegar la votación votaron en bloque prorrogar el mandato de aquel rector, con el pretexto versallesco de no interferir en las celebraciones del centenario del Colegio. Más tarde, a las cansadas y a desgano, lo habían remplazado por otro del mismo signo, como una exquisita demostración de gatopardismo enmascarado de olímpica ecuanimidad. ¡Así se cocinaba todo! Entonces Federico Wrack Acuña había decidido que no lo volvieran a llamar nunca más para ninguna de esas cruzadas o patriadas que siempre fracasaban porque así era el país, incapaz de recuperar su antigua excelencia. Luego siguió fiel a su retiro y biblioteca de Freire al 2100, mientras su padre seguía manteniendo la casa con sus negocios inmobiliarios y le financiaba sus ocios entre contemplativos y haraganes, porque también su madre, Dña. Mercedes Acuña, prefería tenerlo siempre cerca en vez de salir a trabajar… ¿total, para qué? ¡si no hacía falta! Pero aunque él dejaba suceder la vida en vez de intervenir en ella, hubo algunos episodios en su historia privada. El más notable fue su boda con la hija de una amiga de Dña. Mercedes, sin duda por gestión directa de ella que quería tener algún nieto, o mejor una nieta que heredase sus joyas. Pero no obtuvo ni uno ni otra, pues la nueva pareja se instaló a vivir en la casona de Freire; en pocos meses la nuera tuvo cartón lleno con la

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dependencia materna de Federico, y plantó bandera con un divorcio que intentó gestionar ante la Sacra Rota. Con todo eso, Federico se sintió cumplido con las pretensiones de Dña. Mercedes, de modo que siguió abocado a sus estudios e investigaciones históricas rigurosamente inéditas, que sólo trascendían en muy contadas conferencias para un público no menos contado. Claro que con ellas jamás podría influir sobre el destino del país, que siempre lo decidían hombres muchísimo menos cultos pero de acción, o al menos de calle. Inesperadamente, de aquellas conferencias surgió la posibilidad de un negocio a su medida. Como siempre hacía, viniese o no a cuento, una referencia más o menos prolongada sobre la época de Rosas (según él, la única en que la Argentina había tenido estilo propio, al margen de las modas europeas), muchos oyentes copetudos comenzaron a acercársele para consultarlo por los objetos que habían heredado de sus antepasados, y a pedirle que fuese por sus casas a aconsejarlos para su eventual cotización en el mercado de las antigüedades. Así, Federico se fue echando fama de especialista en el tema, con lo que terminó entusiasmándose en adquirir para si muchas piezas de colección – vajilla, cartas autógrafas, documentos, divisas punzó, imágenes religiosas, cuadros de familia, mates de plata, sillones fraileros, etcétera. Él esperaba instalar con todo eso su propio negocio de anticuario, por lo que en principio iba acumulando sus adquisiciones en su casona de la calle Freire, donde sobraba espacio en altillos y recovecos. Pero después, entre las demoras por conseguir el local adecuado en San Telmo, su indolencia de dejar todo para mañana, y en especial sus fibras secretas de coleccionista compulsivo

que

no

aceptaría

deshacerse

de

lo

que

ya

consideraba

como

irrenunciablemente suyo, fue transformando su idea de comerciar en antigüedades por la de realizar el sueño de un museo privado, con lo que distribuyó su colección por todos los salones y la recepción de su casa, encerrándose más aún en ese pasado intemporal en que flotaba. Entretanto, en su familia la inmovilidad se mantuvo inalterable a lo largo de las décadas, porque su padre vivió ocupándose de todo hasta pasados los ochenta años, y Doña Mercedes lo sobrevivió hasta los noventa y dos. Claro que ahí, con la muerte del Contador Wrack comenzaron los enredos para el hijo, no sólo con las finanzas familiares, que nunca había manejado, sino además con el manejo diario de la casa, la artrosis progresiva de su madre casi siempre en cama, y encima la depresión de su viudez. Federico no daba abasto corriendo por médicos, remedios, plancha, riego y demás necesidades cotidianas. Tenía que hacer guardia permanente desde el mediodía, en que se retiraba una mujer mitad enfermera y mitad mucama, que también hacía la comida

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mientras a él le tocaba hacer las compras. Después de almorzar tenía que lavar los platos, regar el jardín, administrar los remedios, y sobre todo atender a la madre con su malhumor, sus caprichos e indicaciones. Así, hasta le había tocado aprender a planchar la muda de sábanas casi diaria de la enferma. Todo lo demás quedaba sin resolver: las malezas del jardín, la pintura cada vez más descascarada, las goteras de los aleros, y en el garaje el viejo Chrysler Imperial 1942 de su padre, allí empantanado, primero sin batería, luego con sus cuatro ruedas en llanta y por último con todo su motor corroído e inutilizable luego de tantos años en que no se había movido ni puesto en marcha. Había que hacer algo. ¿Pero qué? ¿Existiría algún museo de automóviles para vendérselo, o que directamente se lo llevase gratis, antes de que se lo devorasen las ratas? Pero al menos, lo que Federico lograba revender de a poco eran las antigüedades que había coleccionado, aunque le pagasen mucho menos de lo que él las había pagado, porque así eran las leyes de mercado de los revendedores. Claro que aún a precio vil, le iban sirviendo para financiar algún gasto imprevisto y de apuro en su economía ya tan restringida. Lo malo era que no tenía ni tiempo para reorganizar su museo desmantelado, por lo que cada antigüedad que vendía era un dramático hueco que quedaba. Poco a poco Doña Mercedes fue muriendo, desde sus piernas y su cabeza – su voz, sus oídos, sus ojos – hasta llegar a su corazón. Pero cuando terminó de morir, para Federico ya era tarde. Imposible organizar una nueva vida. Quedó como viudo, cubriendo sus rutinas vitales y hasta intelectuales sin saber para qué, viejo, solo y ajeno a si mismo, quizás como había vivido siempre, por mandato o por condena.

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El castillo de las luces

Federico Wrack Acuña les leyó pues a sus antiguos compañeros: “Cuenta una leyenda nórdica que en lo alto de una montaña, junto al mar, y envuelto entre las brumas, como un fiordo gigantesco, se erguía un castillo encantado, que los habitantes del lugar llamaban “el castillo de las luces”. Al decir de las gentes, había sido reconstruido en siglos pasados sobre las ruinas de una antigua abadía y pertenecido a una noble familia de rancio linaje y señorío, cuyos miembros, tan hidalgos y piadosos como ilustres en el saber y las armas, habían dado fama y gloria a la comarca, por sus virtudes, su talento y su fe, y más que todo por el grande amor que los uniera en torno a la vieja heredad. Mas lo cierto es que su misterioso encantamiento consistía en que, aún deshabitado el castillo, todas las noches se encendían las luces, brillando a través de sus ventanas infinitas y de los arcos de sus miradores, a pesar de la bruma, como un faro fantástico y maravilloso, bendecido por los navegantes. Siempre que algún extraño osaba penetrar en él, las luces se apagaban como por encanto; y cuando los audaces pretendieron posesionarse del mismo alguna vez, quedaron en tinieblas permanentes aún de día. Mucho tiempo pasó sin que brillaran las luces del castillo y tuvieron que abandonarlo para no volver. Y dicen, que aquel hechizo provenía de un juramento de amor fraterno de los primeros hijos de aquellos castellanos, realizado el día en que salieron a cumplir su destino, antes de separarse por los caminos del mundo, y que se hallaba encerrado en esta magnífica sentencia: “Nadie nos arrebatará lo que es nuestro, mientras el amor, que es luz, ilumine y guíe nuestras almas”… Fue en ese momento que se alzó desde algún rincón de atrás una voz potente:: - Perdón, Federico Wrack, pero ¿se puede saber a qué se debe este sermón de la montaña que nos vemos forzados a oír? Era Luciano Bernardelli, también de la tercera división, que después había sido profesor de latín en el colegio antes de exiliarse en Italia, donde había vivido unos veinte años.

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Ahí el Contador Marín se vio en la necesidad de recuperar su manejo de la reunión antes de que se le escapase para siempre: - Sí, mi querido Wrack Acuña: no veo el motivo para que vos te hayas adueñado de la palabra así, sin esperar ni siquiera a que yo diese por iniciada esta reunión, de acuerdo a la convocatoria. - Miren, no me vengan con pajerías ni mociones de orden – saltó Wrack, con todo el ardor exabrupto de los mansos – Lo hice precisamente para darle sentido a esta reunión; no olviden lo que Moyano decía; ¡oigan esto! – y volvió a retomar la lectura: “El Colegio nació con el signo de la Cruz, a la sombra de un templo cristiano, bajo la advocación de una orden religiosa, la venerable Compañía de Jesús que fundara San Ignacio de Loyola. Más que casa fue un castillo del saber, almenado de todas las donosuras del espíritu, y resplandeció tal claridad en su interior…” Pero ahí volvió a sonar la voz de Luciano Bernardelli: - ¡Un momento, Wrack! Si vos pensás eso, estás en todo tu derecho de pensarlo, pero hay otros que pensamos distinto, y que también estamos en todo nuestro derecho para pensarlo, así que no podés imponerte a los que no estamos de acuerdo, porque el colegio no es ni de tu color, ni del otro, ni del otro. ¿Entendido? Algunos aplaudieron, otros se largaron a hablar en voz alta y al unísono. Ante aquel barullo se alzó con tono bromista la voz bien impostada del Pico Sarachaga: - ¡Calma, radicales! Como regente, y en ausencia de otra autoridad competente, yo impongo el orden y se callan, o se van con veinticinco amonestaciones a casa. - ¿Qué orden ni orden? – saltó Marín – Aquí no estamos en el colegio sino en la asociación de ex – alumnos, y la asociación delegó en mi esta reunión, así que el único que impone el orden soy yo. - ¡Bueno! – volvió a clamar Bernardelli – Imponelo ya mismo entonces, en vez de declamarlo, si no me estoy yendo, porque el colegio es de la Nación, de todos, laico y no confesional, y yo no lo acepto de otro modo. - ¡Sí, sí, “de todos”! Por algo dejaron de brillar las luces del castillo hace ya tanto tiempo – se largó Federico Wrack a enfrentarlo – Así nos lo convirtieron en un verdadero antro de politiquería y huelgas, a imagen y semejanza del país: los alumnos lo toman cada vez que se les ocurre, porque no les gusta el rector o el vicerrector o los profesores… - ¿Pero qué? ¿Acaso nosotros no hicimos lo mismo? – saltó Bernardelli una vez más. El resto de sus palabras se perdió en medio del tumulto en que todos hablaban al mismo tiempo, entre los gritos más fuertes aún de Sarachaga, que intentaba restablecer la paz entre carcajadas:

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- ¿No les da vergüenza, gente ya grande, con nietos, y peleando como chiquilines? ¡Alboroto en el geriátrico: la riña de los gerontes!… ¡Grotesco, absolutamente grotesco! Luego, algunos más serenos atinaron a rodear a los más exaltados, los condujeron afuera del salón para hacerlos entrar en razón, con lo que fue bajando la tensión. Un rato después el Contador Marín pudo retomar la reunión, aunque anunciando que no aceptaría ningún tipo de interrupciones para que no hubiese nuevos desmadres. Entre tanto, los comedidos mediadores habían conseguido que Bernardelli y Wrack Acuña sellasen la paz con un abrazo medio de compromiso, pero abrazo al fin. Todos regresaron satisfechos a sus lugares. Ahora la reunión era mucho más tranquila: todos se esmeraban en aparentar un clima de cordialidad entre forzado y fingido. De ese modo fueron votados casi unánimemente todos los puntos que Marín traía en su agenda. También lo nombraron por aclamación secretario ejecutivo del grupo. Sólo cuando se abocaron a la elección del que daría el gran discurso, Reinaldo Acevedo planteó con criterio notarial que habría que darle una mejor base de sustentación a la misma reuniendo a un mayor número de ex - alumnos, para lo que proponía que todos se comprometiesen a ubicar a quienes no habían podido ser citados todavía, por lo que volverían a reunirse en quince días para elegir “ya por simple mayoría de los presentes”. Todos aceptaron la moción del Escribano Acevedo. Marín preludió el fin del encuentro con un “no habiendo más que deliberar”, cuando se oyó la voz de Mario Burman: - Yo querría proponer algo, pero que no sea motivo de disputa sino de la más estricta justicia. Les recuerdo que en nuestra promoción tuvimos a un desaparecido en la dictadura militar: Armando Dalayrac, que se había hecho sacerdote y actuaba como cura obrero en las villas… Yo creo que tendríamos que homenajearlo. Pero ahí lo interrumpió Felix de Murúa, que había seguido la carrera naval y actuado como oficial durante el proceso militar: - Mirá, Burman, me parece que en ese caso tendríamos que relevar a todos nuestros compañeros que murieron, e ir por los diversos cementerios llevando ofrendas florales. ¿No te parece que eso convertiría nuestro cincuentenario en un funeral en vez de un festejo? - Yo pienso que todos los demás murieron por muerte natural, pero en el caso de Dalayrac es muy distinto, porque hoy tendría que estar con nosotros. - Pero desgraciadamente no está; los muertos siempre son muertos, y tu propuesta sería discriminatoria con los otros y politizaría nuestra celebración. Ahí terció Marín desde su escritorio:

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- Tengamos la fiesta en paz, Burman; quizás (que Dios no lo quiera) sea éste uno de nuestros últimos encuentros. ¿Por qué politizarlo, entonces? - Porque el mundo es así; está politizado – replicó el otro. - Bueno, no caigamos en el mismo error. - No es un error. - ¡Basta, Burman! ¿O vamos a entrar en una nueva polémica? – insistió Marín, y luego con desgano – Si querés lo ponemos a votación. ¿Quiénes apoyarían ese homenaje? Pero no hubo más de cuatro o cinco que levantaron la mano. Y Marín: - Como ves, no hay quórum, así que se levanta la sesión para dentro de dos semanas. ¿Estamos de acuerdo? Algunos aplausos rubricaron el cierre. Todos se pusieron de pie y se integraron en los grupos ya estructurados por divisiones. El Pico Sarachaga vio que Burman salía solo hacia la escalera con el rabo entre las patas. Se acercó solidario para tomarle el hombro y decirle: - Esperá, Burman, salgamos juntos, y acompañame un par de cuadras. Bajaron juntos pues. Sarachaga con cierta dificultad que lo obligó a ir sosteniéndose del pasamano. Ya en la calle, y mientras caminaban, el Pico le dijo: - Me diste pena; eso de poner la cara para que te den la cachetada no es digno de un comunista de siempre como vos sino mas bien de un cristiano. Ni que Dalayrac hubiese llegado a influirte tanto. Burman calló un instante, para luego replicarle: - Me enorgullece que haya influido en mí. Después de todo, éramos como hermanos. - ¡Qué curioso! Un cura y un comunista... – y después, con orgullo – Eso se pudo dar tan sólo en el colegio, donde el individuo superó siempre a la psicología tipo. - ¿Qué pretendés decir con eso? ¿Que ya no soy un comunista verdadero? - No sé, no sé… Hay comunistas y comunistas – concluyó el Pico – Cuando yo era periodista, fui al festival de cine de Karlovy Vary, en tiempos en que existía Checoslovaquia todavía y formaba parte del bloque socialista. Allí conocí a jerarcas del festival que vivían como aristócratas en las mismas estancias que habían sido del Kaiser Francisco José, y no por eso dejaban de ser comunistas. - No, esos no eran comunistas; eran jerarcas despreciables. Mi padre sí fue comunista, y tan fiel a sus principios que se negó a ser propietario: alquiló siempre su vivienda hasta su último día. Esos eran sus principios. Yo los recogí con orgullo. - ¿Para qué? ¿Para no tener dónde caerte muerto cuando seas viejo? La vida es una sola, y te da una sola oportunidad. Vos tenés que decidir si vas a ser perdedor o

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triunfador. Mirá el pobre Dalayrac. Él eligió una villa obrera; así murió, rodeado de obreros pobres y grises. Ahora es tan anónimo que hasta le niegan un miserable recuerdo los que triunfaron y pudieron sobrevivir a la guerra. El mundo es así; lo sé por experiencia propia: a los “principistas” no los quiere nadie. Asustan. Caminaron unos pasos en silencio, hasta que el Pico se detuvo diciéndole que iba a tomar un taxi, porque el dichoso reuma no lo dejaba dar un paso más. Se despidieron. Burman se quedó observando cómo el otro entraba dificultosamente al auto. Al verlo partir pensó casi en voz alta: - ¡Pobre Pico! Dijo que quería hablar sobre mí, y sin darse cuenta tan sólo supo hablar de si mismo… Sin duda, además de individualista, está más reblandecido de lo que se imagina…

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Diálogo en la Puerto Rico

- Vení, Federico, te invito a tomar un café en la Puerto Rico como en los buenos tiempos, para que fumemos la pipa de la paz. Tal la inesperada y cordial invitación de Luciano Bernardelli cuando todos bajaban en lento tropel la escalera de la asociación. Pero, tomado por sorpresa, Wrack Acuña respondió con un huraño “tengo que hacer”. - Vamos, Fefé, no me vas a decir que todavía Mamá Mercedes te controla el horario sacrosanto de la cena… Dale, que es una ocasión muy especial. Aquella referencia inesperada a su antiguo apodo en desuso y a su madre que ya nadie recordaría, logró que Federico quebrase el hielo por la reciente pelea en la reunión, y aceptase ir. Así se encaminaron por Moreno hacia el río. Doblaron por la esquina del colegio, para seguir por esa vereda estrechada por árboles frondosos que en sus tiempos no existían. Bordearon las paredes oscuras como murallas donde se acumulaban los vestigios a medio borrar de pintadas y graffiti de tantas huelgas y demás escaramuzas estudiantiles. - ¡Mirá cómo lo han puesto al “viejo y glorioso”! – comentó Federico, entristecido ¡Si viviese Moyano! - Quizás vería la señal de que adentro todavía hay juventud y entusiasmo, lo que es más importante que una pared limpia. - ¿Te parece? Evidentemente, nosotros nunca podremos ponernos de acuerdo. - ¿Pero acaso no lo estuvimos antes? ¿O ya no te acordás más de cuando nos turnábamos para hacer cola en el Colón, y después íbamos juntos al paraíso de pie a ver a Rubinstein, a Gieseking, a Gulda?... Esta nueva referencia a aquella afición a la música, luego traspapelada por el camino, tuvo la virtud de aflojar aún más a Federico. Habían llegado ya a la “Puerto Rico”. Al entrar, Federico abarcó el amplio salón con su mirada. Comprobó que la confitería era pero no era la misma. Conservaba su inconfundible aroma a café, pero en donde había estado el mostrador ahora estaban las mesas y viceversa. Por suerte, algunas de ellas conservaban su tablero original de granito, con las letras metálicas incrustadas. Observó que los mozos ya no llevaban los largos guardapolvos de antes, ni sus anchos cintos y las gigantescas cafeteras y lecheras de largos mangos que solían empuñar.

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Luciano captó de inmediato su desazón, y le dijo jovial: - ¡No te quejés, que ya es bastante que no te la hayan tirado abajo! Luego, tras hacer el pedido al mozo, aprovechó el silencio para decirle que él también tenía su provisión de frases célebres, y en cambio de las de Moyano prefería recordar aquella otra de Carlos Pellegrini que les aconsejaba a los estudiantes que no dejasen que las luchas políticas y los antagonismos enfriasen la amistad nacida en las aulas, porque ese sentimiento fraternal era irremplazable como tesoro de la vida íntima. - ¿Cómo? ¿Vos, todo un socialista, citando a un patriarca del establishment como Pellegrini? – se extrañó Federico, quizás para ocultar que la frase lo había tocado. - Bueno, yo no lo cito como presidente de la República sino como ex - alumno del colegio – sonrió Luciano – Además, todos evolucionamos; el que no evoluciona se muere. Ahí Federico suspiró, y tras un silencio consigo mismo, le respondió: - Yo no, no pude evolucionar, no me dejaron. No eran tiempos fáciles. Tan sólo tuve que vivir replegándome. No resistí el clima de la Facultad, y tuve que largar la carrera, para convertirme en un autodidacta. Así me quedé sin discípulos, sin hijos. Eso fue todo. Pero Luciano no se quedó con esa explicación: - ¿Por qué no te pasaste a la Universidad Católica o a la del Salvador para recibirte? Allí no ibas a tener problemas con los bolches rusos o los de Mao. - No; yo no quería una universidad confesional sino nacional, que nos congregase a todos por igual. Nunca tuve vocación de ghetto sino de nación. - Bueno; vos querías demasiado para un país en crisis permanente. Yo, como sabés, seguí en la misma facultad, pero en la carrera de Lenguas Clásicas, que era más tranquila, y ahí me recibí y fui profesor de latín en el colegio, que tampoco era tal como lo habíamos conocido, pero era lo que había. “La política es el arte de lo posible”… - Claro, posible para vos, que eras socialista, y podías sentirte a gusto en aquel corso de contramano. Pero para mi era muy distinto. Ahí Luciano sintió que Federico se había pasado de la raya con su respuesta. Su réplica no se hizo esperar: - Pero decime, Fefé, y seamos sinceros: aquel corso de contramano que podía parecerte la Facultad, ¿no habrá sido además una buena excusa para largar la carrera cuando uno pierde el estímulo por algún bochazo o algo así? - No sé, no sé, ya no podría decirlo – decidió Federico, y tras un silencio – Hubo algún bochazo con un profesor con el que había discutido en clase por temas ideológicos. El muy desgraciado me tiró a matar al tenerme a mano en el oral. Yo reconozco que nunca aguanté la obsesión de los exámenes, que eran veinticinco finales como veinticinco torturas, triplicados por los parciales. No podía entender que la vida fuese ese examen

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permanente, en el que el mundo te podía dictaminar alegremente “reprobado”. Pero tampoco el medio ambiente ayudaba. Quizás fui débil; no sé; tampoco importa ya. De ese modo Federico evitaba la referencia al miedo que había tenido tras el asesinato del alumno de Ciencias Antropológicas, porque tampoco era cuestión de andar proclamando que había sido cobarde. Después trató de explicarle que también había tenido circunstancias familiares especiales, como haber sido hijo único, con una madre posesiva y una posición económica holgada que no lo obligaba a salir a ganarse la vida. - ¿Te casaste? - Sí, pero sólo por poco tiempo. Yo ya estaba casado con mi madre. Era muy cómodo. Después, cuando quedó viuda y vieja, todo se me complicó, pero era irreversible. Fue la suya una larga decadencia, en la que yo también terminé apagándome al mismo tiempo. Así quedé: vacío. Luciano había quedado conmovido ante tan descarnada confesión del viejo amigo. Por consolarlo, reciprocó confesando lo suyo él también: - Problemas de familia tuvimos todos; yo también, cuando ya hacía veinte años que estaba radicado y bien instalado en Italia tuve que dejar todo para regresar, porque mi padre había quedado viudo y viejo, y no podía bastarse a si mismo. Federico se sorprendió: ¿Pero no era que Luciano tenía una hermana mayor, que bien podía haberse hecho cargo del padre? Porque él, en cambio, como hijo único se había visto atado a la larga enfermedad de su madre hasta su muerte, y ella se había tomado todo su tiempo para morir. - Sí, pero mi hermana murió de cáncer antes que mi madre – explico Bernardelli así que el viejo quedó solo en la casona de La Boca, negándose como buen tano recalcitrante a vivir en un geriátrico, que yo le hubiese pagado sin ningún problema desde Italia. ¡Pero él, su departamento o nada; así me cagó la vida! Federico no pudo menos que reír, por dramática que pareciese la situación. ¿Así que a los dos les había terminado pasando lo mismo? - ¡Asi es!... Pensar que yo había elegido ser “ciudadano europeo, de Roma y París, de Viena y Londres, viajero insaciable, de la raza de Ulises”, pero en cambio terminé en La Boca, en la misma casa donde nací, en un oscuro departamento interno de la calle Brandsen, como una maldición genovesa. - Yo nunca conocí tu casa – comentó Federico, por decir algo – La verdad es que nunca me invitaste en aquellos tiempos. - Quizás me daba vergüenza; no era como la casa tuya, allá en Belgrano R, en la calle Ramón Freire si mal no recuerdo. - ¿Pero vergüenza de qué? – protestó Wrack Acuña – Ni que yo…

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- VergĂźenza de adolescente. Es una historia muy larga. Si querĂŠs te la cuento.

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El exilio de Luciano Bernardelli

Mi padre era ateo y garibaldino, de estricta observancia socialista. Pero por sobre todo era hijo de inmigrantes genoveses. Recuerdo a un amigo del abuelo, que al pasar por su vereda, me frenaba e insistía en hablarme en genovés, aunque yo lo entendiese a medias, para obligarme a conservar el idioma, cuando el Nonno ya se había muerto. ¡Como para que después uno pudiese sentirse totalmente argentino! Sin embargo, Papá me mandó al “Colegio de la Patria”. Un cliente de su taller de relojería lo había convencido de que le convenía hacerme entrar al colegio, donde se había recibido de bachiller Alfredo Palacios, el primer diputado socialista de América, elegido por la gente de La Boca. Ante semejante ejemplo, Papá me pagó maestras particulares para que me preparasen para el examen de ingreso. Así conseguí entrar, para verme transplantado de la humilde escuelita de barrio a los “gloriosos claustros” donde habían estudiado los héroes de los libros de historia. Pero yo me sentí, desde el primer día, un sapo de otro pozo. Los demás pertenecían a un nivel social y económico superior; en mi timidez, me veía como un intruso al que nadie llegaría a tomar en cuenta, por más que me esmerase. Fue con ese complejo que me acerqué a vos, que eras más tímido que yo aunque pertenecieses a otra clase social. Nos unió la música. En cuanto a la vocación, desde el vamos me enamoré del latín, que provenía directamente de Italia, de la que España había sido sólo una colonia más, aunque siglos después se hubiesen intercambiado los papeles de amo y señor. Seguí la carrera de Lenguas Clásicas; al recibirme me dediqué a ser profesor. Mi mayor orgullo fue unos diez años después, cuando conseguí unas cátedras de latín en el colegio. Pero ya en ese entonces, el colegio no era el mismo, ni siquiera para mí que era socialista, en medio del caos con el regreso de Perón al país, la masacre de Ezeiza, los cien días de líos y la renuncia de Cámpora, la elección de Perón, su pelea con los montoneros, y todo lo demás que recordarás muy bien. Aquello repercutía en el colegio. Había un clima crispado, con asambleas y militancia a toda hora, “insurrección y resistencia”, “movilización y lucha”, “universidad abierta al pueblo”, más todo lo que te imaginarás.

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Para colmo, hasta el latín había dejado de ser una asignatura apacible para convertirse en motivo de polémicas, ante temas como la colonización o conquista española, el imperialismo yanqui, o si en el colegio había que enseñar guaraní y otras lenguas aborígenes en vez de latín y francés. Los alumnos vivían alborotados, dispuestos a cuestionarlo todo, y hacer mis clases inmanejables. Les expliqué que yo también tenía ideas izquierdistas pero no violentas, sin aclararles que el mío era un socialismo liberal y sin revolución, que veía al peronismo como un fascismo prepotente y anacrónico. Fui juntando un grupo que me tenía más por amigo que por profesor. Pero así eran los tiempos; yo no veía otra salida. Trataba de comprenderlos, porque les admiraba ese entusiasmo juvenil de cambiar el mundo, enfrentarse a los poderosos, y hasta perder la vida en aras de esos ideales, por más que pudiesen estar equivocados. De todos modos, gestioné una beca en la embajada de Italia, con la sospecha de que en el país podía suceder cualquier cosa, desde la revolución proletaria hasta otro golpe militar con intervención de la universidad y eliminación de los profesores progresistas, incluido yo. Después los hechos se precipitaron. Uno de mis alumnos, David Nudelman, murió en un enfrentamiento con la policía, o fusilado por la Triple A según otras versiones; sus compañeros decidieron hacer el velorio por su cuenta en el mismísimo claustro de sexto año. Cuando llegué aquella mañana al colegio para dictar clases, me enteré de todo al mismo tiempo: el colegio estaba tomado por las agrupaciones estudiantiles y militantes; en la entrada estaban algunos de mis alumnos, que me pusieron al tanto y me invitaron a pasar al velorio. Yo pensé que seguramente habría otros profesores y autoridades, además que era el mínimo tributo a un alumno excelente, al que lo habían matado por sus convicciones, y yo tenía que repudiar esa muerte, ser solidario ante sus compañeros, o perdería el respeto que había logrado conquistar. Sin dudarlo más, entré. El claustro de sexto año hervía como una trinchera en medio del combate. Pululaban las banderas rojas y negras, entre carteles con inscripciones como “¡Hasta la victoria, siempre!” o “David Nudelman: un minuto de silencio y 365 días de lucha”. Noté que, además de alumnos, había muchos desconocidos armados, pero que los otros profesores y las autoridades brillaban por su ausencia. Entonces me pregunté qué estaba haciendo ahí en medio de esa vorágine. Quería quedar a un costado y pasar inadvertido, pero me resultaba imposible porque mis alumnos me rodeaban, me convertían en el centro de sus miradas. Alguno me pidió que dijese algunas palabras, pero yo di a entender que estaba demasiado conmovido para hablar, y simulando que

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me faltaba el aire aproveché para salir. Ya en la vereda miré el reloj: había estado un cuarto de hora. Pero había estado. Esa misma noche hubo un extraño llamado telefónico en casa; atendió Papá, oyó en silencio y colgó demudado, para decirme: - Te dan cinco días para irte del país, o… sos “boleta”, así dijeron. Quedé cortado, pero traté de recomponerme. Le dije que sería alguna broma de mal gusto de mis alumnos. Pero él: - No, no sonaba a broma. También dijeron que prestases mucha atención y que ni se te ocurriese volver a poner los pies en el colegio porque entonces sí que no te darían ni esos cinco días de chance, y que serías “boleta ya”… Ahí Mamá se me abrazó llorando, diciéndome que ella había tenido ese pálpito, que llamase a mi primo Nicolás, que estaba en la Policía y podía resolver todo. Al día siguiente fui a verlo a la comisaría donde era oficial. Al oír mi relato, él me asustó más aún: - ¡Pero sos un boludo! ¿Cómo se te pudo ocurrir, con los tiempos que corren, ir a meterte en esa cueva de bolches? – me decía - Bueno; si te ficharon, no va en joda. Suerte que te avisaron y te dan un plazo, porque otras veces ni eso. Tenés que irte del país tal como te dijeron; ni se te ocurra mostrarte por el colegio ni para cobrar el sueldo. Olvidate y andate; conseguite un pasaje, y chau, a Ezeiza… Si obedecés, no te va a pasar nada, estoy seguro. Pero si te hacés el loco, hoy la vida de un hombre vale muy poco. Mejor que no lo comentes con nadie. Pensá que te están vigilando sin duda, que están al tanto de todo, hasta de que ahora estás aquí. No hagas tonterías. Los heroísmos se pagan caros, y los héroes no sobreviven. Porque vos querés vivir, ¿no? Así tuve que irme de apuro a Italia. Recién me pude serenar cuando abordé el avión; ahí tuve la sensación de que aquella pesadilla había quedado a mis espaldas, y hacia adelante volvían a abrirse el mundo y el futuro a mi paso, aunque por el momento sólo fuese un salto al vacío. Pensé en mi abuelo. Yo también me había transformado en un emigrante, sólo que en la dirección inversa, porque esa Argentina que había abierto sus puertas generosamente a “todos los hombres del mundo que quieran habitar nuestro suelo” me las había cerrado a mí. Ese era el país que me había tocado en suerte, que al menos me había perdonado la vida. Pero todo lo demás, me lo habían quitado.

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En Firenze estuve un año como becario. Al concluirlo, las cartas de casa me alertaron que no regresase, que la situación seguía igual o peor, y me convenía esperar. Pude convalidar mi título de profesor, pero ni aún así conseguí una cátedra porque para eso necesitaba la ciudadanía italiana. Lo más que obtuve fue alguna suplencia en academias privadas, trabajo en negro, mal pagado. Pero peor era nada, si quería prolongar aquella residencia no muy legal, entre depósitos bancarios falsos y otros rebusques inevitables, como viajar cada tres meses a la frontera suiza o francesa, a sellar el pasaporte y seguir haciendo mérito por dos años ininterrumpidos, hasta obtener la dichosa residencia. También viví la sensación nueva y enajenante de ser extranjero, de estar de paso. A veces, al leer “La Eneida”, pensaba en Eneas forzado como yo al destierro pero en función de un destino glorioso, que no era el caso mío. ¿Qué penates había traído a Italia? Ninguno; tan sólo mi necesidad de sobrevivir oculto en un presente oscuro, sin pasado ni porvenir, sin echar raíces, ni hijos, ni nada. Mi destierro carecía de heroísmo; solo me imponía rutinas minúsculas, molestias cotidianas, o a lo sumo el heroísmo de afeitarme cada mañana para empezar un día lleno de cosas, pero vacío. Sin embargo, había descubierto una válvula de escape, un desahogo: eran las extranjeras jóvenes que pasaban por Firenze en sus vacaciones, desquitándose del trabajo del año. Claro que con las nórdicas tenía que entenderme a monosílabos y sonrisas, además de que tras un par de días regresaban a su rincón de Europa, y yo las despediría. Pero eran las reglas del juego: había que vivir el momento, aunque se agotase en sí mismo y después se fuese como había llegado, para empezar de cero cada nuevo día, reiterando cada jornada con otros rostros, con otros vacíos. Después, al tramitar la ciudadanía como nieto de italianos, conseguí cátedras mejores en Parma, Regio Emilia, Módena; de las pensiones de mala muerte pude saltar a alquilar un departamento más amplio; también aproveché la mejoría económica para viajar, y conocer Europa, de Lisboa a Moscú y de Suecia a Sicilia, porque ya le iba sintiendo el gusto a eso de sentirme ciudadano europeo, viajero insaciable, más de la raza de Ulises que de la de Eneas. Pero entre tanto, las noticias que me llegaban de la Argentina no eran buenas, ni mucho menos. Por un lado, las muy perentorias de que había caído la dictadura militar, con lo que nada me impedía regresar a recuperar mis cátedras… ¡justo cuando mi situación en Italia había comenzado a ser mucho mejor de la que podía tener en Buenos Aires! Por otra parte, la repentina enfermedad de mi hermana Gaby,

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con un cáncer que la consumiría en sólo un año. ¡Yo no quería volver, quería huir de aquello! No fue mi madre quien me comunicó la noticia de su muerte, sino mi padre, que no solía escribirme, pero ahora debía hacerlo para decirme que Mamá había quedado destruida y bajo tratamiento psiquiátrico. De ahí en más siguió apagándose, hasta morir antes del primer aniversario de la muerte de mi hermana. Yo tendría que haber regresado en ese momento, al menos a hacer acto de presencia, porque podía regresar sin problemas. Pero era un trago muy duro volver a esa casa donde ya no estaban ni ella ni mi hermana. Fui postergando el regreso, mientras me refugiaba en mis viajes de fin de semana, ciudad a ciudad, y oferta a oferta, de esas “de última hora” que las agencias turísticas hacían con las plazas sobrantes. De esa manera, hoy decidía la excursión y hacía mi valija, para escapar al día siguiente al lugar más inesperado. No eran correrías tan sólo exóticas sino también eróticas, porque al llegar la noche y concluir paseos y museos, brotaba otra vida paralela en esas calles y bares desconocidos, invadidos por rostros jóvenes, frescos, fugaces, ocasionales, que agotaban el deseo de esa noche. Luego se disiparían en la niebla nostálgica de la distancia, llevándose hasta la resaca. En una escapada a París, mientras revisaba libros viejos entre los bouquinistes, reparé que una mujer joven se quedaba observándome muy sorprendida, para decirme luego con acento porteño: - ¡Profesor Bernardelli! ¿Es Usted, si no me engaño? La reconocí. Era Marga Silver, de la 2ª división de cuarto año, la división de David Nudelman, el montonero muerto. Me refirió que en el colegio nunca les habían querido explicar mi repentina desaparición; ellos sólo habían tenido el rumor de que la Triple A me había hecho expulsar, por lo que muchos me daban por muerto, aunque sin ninguna certeza. También me contó que siempre me habían recordado con admiración en sus reuniones, y que en una de ellas, Enrique Denis me había hecho un homenaje. Conmovido, le pedí a Marga la dirección de aquel ex alumno para enviarle mis señales de vida. Ya de regreso en Italia, le escribí para agradecerle aquel homenaje “prematuramente post mortem”. Él me respondió de inmediato en términos muy efusivos, explicándome que quizás por admiración hacia mí, había estudiado la carrera de Letras Clásicas; ahora era profesor de latín en el Colegio, por lo que era no mi colega sino tan sólo – si le permitía el atrevimiento - “su discípulo más indigno”. Así iniciamos una correspondencia que me resultaba más estimulante que las cartas quejosas de mi padre, que sólo servían para hacerme sentir culpable por

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haberlo abandonado. Pero así también me veía en el compromiso de tener un discípulo, algo que había rehuido siempre con mis alumnos italianos. No quería sentirme ni orgulloso ni halagado; al contrario, me parecía que la Argentina me estaba tirando un anzuelo avieso para volver a atraparme, y me asustó que Denis me enviase un trabajo de investigación que había realizado sobre las poesías de Catulo, pidiéndome opinión. De golpe me sentí incapaz de emitir un juicio; recapacité en que tan sólo había vivido repitiendo mis lecciones sin refrescarlas con nuevos estudios desde mis tiempos de becario, más preocupado en sobrevivir al principio, para luego viajar, viajar y seguir rodando, quizás buscándome a mi mismo, sin poder encontrarme. Pero Denis, por su parte, estaba ansioso de restañar las heridas que la Argentina me hubiese dejado. Me escribía que ahora la situación era muy distinta, porque quienes me habían echado ya no manejaban más el poder. Si regresaba sería recibido con júbilo por quienes se habían tenido que quedar. ¿Por qué no volvía entonces, para retomar la actividad intelectual que había tenido que interrumpir en Buenos Aires? Me citaba a Murena, aquello de “los viajes no sólo no liberan de la tierra originaria sino que nos atan a ella más y más”, para concluir en que el país me necesitaba para rehacerse, porque la Argentina no podía prescindir de nosotros, los que habíamos tenido que irnos, que éramos precisamente su luz, su otra mitad, el lado oculto y más desgarrado de ella. Le respondí que la Argentina aún me producía rencor y resentimiento, que dudaba si volver me haría bien o mal, porque además no estaba tan convencido de que sería bien recibido por quienes ahora ocupaban los lugares que había dejado al partir, porque no era lógico que aceptasen perderlos o compartirlos. Por eso, en el hipotético caso de que volviese, sería tan solo de paso – le escribía - como un paréntesis dentro de ese interminable paréntesis que era ahora mi vida. Hasta le confesaba que sabía que yo estaba perdiendo el tiempo y mis raíces en Italia, donde no pertenecía en absoluto, pero donde tenía un trabajo bien remunerado, lo que ya era mucho ante el panorama de una tierra como la nuestra, siempre hostil e injusta, para concluir en que si la Argentina no me había querido antes, cuando yo la necesitaba; no me iba a tener ahora, que ya no la necesitaba y podía prescindir olímpicamente de ella. Pero todo aquello no dejaba de ser una discusión retórica y de principios, a proseguir indefinidamente, hasta que recibí una carta de mi primo Nicolás, aquel que me había aconsejado salir del país, que ahora me llamaba con urgencia.

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El tema era mi padre. Se había caído en la calle; estaba en el hospital. Él le había sugerido que le convenía vivir en un instituto geriátrico porque ya tenía ochenta y tres años y era un peligro que estuviese solo. Pero mi padre le había respondido que de su departamento no lo iba a sacar nadie, porque ahí había tenido su taller y su hogar por más de medio siglo, ahí había muerto su esposa y su hija, y de ahí saldría él también sólo con los pies para adelante, pero mientras tanto seguiría allí haciéndose su comida, sus compras y la limpieza, porque estaba acostumbrado a arreglarse solo. Pero la verdad era que ya no podía; por eso mi primo me pedía que fuese a hacerme cargo. Por suerte era agosto, mes de vacaciones en Italia, de modo que podía organizar mi viaje a Buenos Aires sin mayores complicaciones, viaje que esperaba que no sería por más de dos o tres semanas, para organizar todo lo de mi padre, y volverme. Hasta compré pasaje de ida y vuelta, para no tener margen de arrepentimiento. No quería conmoverme. Sin embargo, cuando el avión ya descendía rumbo a Ezeiza, vi cuadras y cuadras de lucecitas anónimas que titilaban, desde Lanús o tal vez Quilmes, diciéndome irónicas: “¡Tuviste que volver, eh!”. Me pregunté si no habría también una manzana en el barrio de La Boca que me reconocía a la distancia, y me estaba guiñando una luz querendona desde la esquina de Brandsen y Almirante Brown. En el aeropuerto me estaba esperando mi primo, que me llevó directamente a casa, a desensillar. Al entrar al edificio pensé en Mamá y Gaby, que ya no estarían, mi padre en el hospital, y yo el único en casa, mientras el vestíbulo me saludaba con su olor archisabido, que resurgía desde los laberintos del recuerdo. En el departamento todo parecía igual. Solo la mesa del comedor ya no tenía ni el moletón ni el florero con las flores siempre frescas de Mamá; ahora era una mesa de paso que apilaba lo que viniese, mientras el florero juntaba moneditas y botones. Quedamos con mi primo en que me vendría a buscar al día siguiente para ir al hospital a ver a mi padre. Cuando quedé solo, me puse a recorrer las habitaciones silenciosas. Mi memoria quería regresar a aquellas fiestas familiares de Nochebuena y Año Nuevo, todos juntos, todos vivos, todos alegres. Una escena remota que creía olvidada: una fiesta de Año Nuevo en que Gaby se había derramado la jarra de clericó encima de su pollera nueva, entre su furia y la risa de los demás… Volví a verme en la mesa familiar, pero ahora me tocaba a mi y no a Mamá servir los platos con los manjares; cuando llegaba a Papá veía que en las fuentes ya no quedaba absolutamente nada

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para darle, yo me quedaba mirándolo sin saber qué decirle, y abrumado de culpa sin saber por qué. Pero el rencuentro verdadero con mi padre en el hospital no fue melancólico así sino más bien crispado. Al abrazarlo me conmovió comprobar que estaba ciñendo un manojo de huesos sin la solidez de antes. Pero su carácter seguía siendo exactamente el mismo: me reprendió porque no había vuelto antes, al morir Mamá… - Bah, que en resumidas cuentas, tu padre no te importaba en lo más mínimo. - Pero vos estabas joven todavía, con diez años menos. Tenías tu casa y tu taller – traté de hacerle entender, pero al ver que no podía: - Papá: no te hagas la víctima, que en aquel momento estabas en mejores condiciones que yo. - Si, pero no iba a poder seguir eternamente con el taller: tuve que cerrarlo, y liquidar también los clientes que me traían los relojes, porque ya no me daba ni la vista ni el pulso. Pero si hubieses querido, podría haber conservado todo. Trabajo siempre había. Sólo era cuestión de que hubieses aprendido el oficio; yo podía enseñarte. ¿O te avergonzaba ser relojero? - ¿Pero para eso había hecho mi carrera universitaria? Además, yo era joven, no quería quedar encerrado en el barrio, quería llegar a conocer el mundo. De todos modos, no quiero seguir discutiendo con vos. El asunto es que ahora estoy aquí, tarde o temprano he venido, para ver qué puedo hacer por vos. - ¿Y que podés hacer ahora por un viejo de ochenta y tres años? Traté de enfrentarlo con la realidad; le dije que no podía seguir viviendo solo. - ¿Qué vas a hacer? – saltó entonces - ¿Pensás quedarte a vivir aquí conmigo? - Ya sabés muy bien que no puedo, que mi lugar está en Europa. Aquí no tendría ni jubilación ni trabajo ni nada. Se trata entonces de organizar tu vida de aquí en adelante. - ¡Ah! ¿Te pusiste de acuerdo con tu primo? ¿Viniste para encerrarme en un asilo, e irte feliz y contento con la satisfacción del deber filial cumplido? Le respondí que un asilo no, que había residencias muy buenas para mayores donde podría entrar y salir cuando quisiese como en un hotel, que le limpiarían la habitación, le prepararían la comida, y sobre todo él se vería acompañado. Pero me interrumpió con una risa despectiva: - Bah, no me vengas a vender un buzón, porque yo sé muy bien que no son ni “asilos” ni “residencias geriátricas para mayores” o “para la tercera edad”, sino muy simplemente “morideros”… ¡Sí, depósitos de viejos haciendo antesala; que de ahí sólo salen rumbo al cementerio!

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No insistí más. Comprendí que “institucionalizarlo” – como decía mi primo - era imposible, salvo por la fuerza. ¿Pero tendría yo coraje para hacerlo, y volverme después a Italia, con la certeza de haberlo dejado en el “moridero”? No; no iba a ser una decisión fácil, ni mucho menos. Habría lucha interior, heridas y desgarrones. De todos modos, por muy frío y racional que pretendiese ser, no sería yo el que terminaría decidiendo. Fueron todas y cada una de mis fibras. Aquella noche, al volver a casa, me encontré de pronto recorriéndola en penumbras como si fuese la última vez. Desolado, prendí más luces. Al abarcarla con la vista la sentí vibrar desde cada rincón, cada mueble, cada objeto, y sobre todo desde cada recuerdo renacido. Oí como en un susurro: “¡No te vayas! Quédate con nosotros; ahora sólo podemos contar con vos y nadie más; no nos abandones. Si no, la casa desaparecerá; nosotros nos dispersaremos, y ya no estaremos todos juntos para sostener la memoria de Mamá, de Gaby, y muy pronto también de tu padre”… Me resigné entonces, por todos ellos: ¡me quedaría! O al menos, lo iba a intentar. Al día siguiente hablé con mi ex alumno Denis para encontrarlo tal como habíamos quedado. No sólo para vernos por fin personalmente, sino también para que me conectase con las autoridades del colegio y la Facultad, de forma de obtener alguna cátedra que me permitiese reinstalarme. El encuentro fue aquí mismo, en la Puerto Rico. Un encuentro en verdad curioso. Si a través de la correspondencia epistolar siempre habíamos tenido temas de sobra, ahora el encuentro personal, cara a cara, se llenaba de silencios y temas forzados, como entre dos tímidos. Denis me propuso organizarme un homenaje de bienvenida con sus otros ex compañeros, que yo preferí derivar a un simple encuentro entre amigos. Además – lo más importante – me prometió plantear mi regreso en el colegio y en la Facultad. Dos o tres días más tarde el rector del colegio me recibió con gran cordialidad en su despacho, casi como al hijo pródigo; me dijo que era de estricto derecho que yo recuperase mis horas de cátedra, perdidas por culpa de la dictadura militar, aunque eso sí, recién a partir del próximo año, porque ya las cátedras estaban repartidas. Algo parecido sucedió en la Facultad, de manera que mi situación económica quedaría mal que menos resuelta, claro que muy lejos de lo que yo podía ganar en Italia, pero también mis gastos iban a ser menores. Sólo me restaba regresar a Parma a levantar mi departamento, y enviar a Buenos Aires mis libros, papeles, ropa y demás bártulos. Así retomé mi vida en Buenos Aires, o más bien la tuve que iniciar de cero, porque luego de tantos años todo había cambiado: la ciudad, el barrio, mi casa. Y, lo peor, nada para bien.

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La ciudad exhibía con impudicia la decadencia general del país. Había dos ciudades entremezcladas: la de los muy pobres y la de los ricos. Florida se había convertido en un mercado turco, donde no había ni lugar para andar con tanto buscavida vendiendo sus chucherías en plena calle, músicos callejeros con su bandoneón, y parejas de baile disfrazadas de guapos y milonguitas para los turistas. Lo más triste era la invasión de cartoneros que amontonaban, abrían y desparramaban las bolsas de residuos, entre chicos desnutridos que se disputaban los restos mugrientos de comida chatarra que emergían de las bolsas de los Macdonalds, mientras como contraste, ahí mismo, en las Galerías Pacífico, se refugiaban el lujo, la moda y las marcas internacionales, debajo de los azorados frescos de Berni, Castagnino, Soldi y demás. Ni hablar de La Boca, porque allí el derrumbe era mayor aún. Las cantinas de Necochea habían cerrado todas; los antiguos locales estaban clausurados a piedra y lodo, mientras que los mismos policías aconsejaban no aventurarse por allí si uno no quería ser asaltado. Los que seguían en pie eran todos los conventillos, pero cada vez más viejos, más inhabitables, y más habitados. El olor pútrido seguía siendo el mismo; nadie se había molestado en limpiar el Riachuelo, a pesar de todas las promesas. ¿De quién era la culpa? ¿De la dictadura militar? ¿De la pseudo democracia corrupta que la había seguido? ¡Misterio! Pero aquellas ruinas eran la más visible realidad que levantaba ahora a la faz de la tierra nuestra ya vieja y no gloriosa nación. El problema de mi casa era coherente con el panorama de decadencia que me rodeaba. La vejez inevitable de mi padre estaba jaqueada por la jubilación miserable que recibía, que sólo le alcanzaba para comprar sus remedios y alimentos, pero tenía que prescindir de todo lo demás. Así el departamento estaba muy caído, sin pintura ni manutención; los electrodomésticos perimidos, ya casi sin funcionar; su ropa vieja y llovida por el cuerpo, porque databa de cuando había sido más robusto, y ni había atinado a hacerla achicar, resignado al fatalista “no tiene importancia”. En cuanto a mi vida profesional, luego de la reunión con los ex alumnos que organizó Denis, el país sintió saldada su deuda conmigo. Toda posible aureola de exilado se me diluyó en la rutina del colegio cotidiano y las trenzas perpetuas de la Facultad. Ese era un mal endémico en las disciplinas que como mi latín tenían por único desahogo económico la docencia, y por cada cátedra había cien aspirantes. Para colmo, mi larga ausencia de los círculos donde se repartían las canonjías me había convertido en un intruso a postergar en general. Por cierto que así no había vocación que no terminara marchitándose. Al menos, la mía.

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Sin embargo, el pobre Denis seguía recorriendo tercamente editoriales en su vano intento por conseguir que le publicasen su libro sobre Catulo, con una ingenuidad que me hacía sentir culpable de haber despertado en él esa vocación suicida de apostar por las Humanidades en una tierra hostil como la nuestra. Pero él, a su manera, era feliz; yo en cambio vivía añorando mi vida en Italia, mi paraíso perdido. Siete años después de haber regresado al país, mi padre murió por fin en su casa, tal como había querido, mientras yo seguía viviendo en ella tal como no había querido. ¡Viva el deber! Así había cumplido con él y con el país, aunque no conmigo mismo. Pensé que ya era libre y que podía volver a Italia. Pero ya no tenía treinta y cinco años para volver a empezar como la primera vez. El juego estaba hecho. Y así seguí.

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Crónica de un amor que no fue

Luciano Bernardelli y Federico Wrack Acuña no fueron los únicos que se reencontraron esa tarde en la asociación de ex alumnos tras tanta separación. También Abel Hewitt y Miguel Pereyra Núñez volvieron a verse luego de cuarenta años en que nunca más habían estado frente a frente, aunque sin duda muchas veces se habrían acordado el uno del otro. Había sido la de ellos una relación muy intensa y particular, que aunque no hubiese durado, había marcado sus vidas, por más que hubiesen preferido anularla. Se habían conocido en sexto año, cuando Miguel había pasado del turno tarde a la mañana, por lo que no habían crecido juntos durante los cinco cursos anteriores sino que al conocerse ya ambos cumplían los dieciocho años. Desde el primer día, Miguel quedó muy deslumbrado por Abel, y se propuso llegar a ser su amigo más íntimo, en un grado de exclusividad que no solía darse en el colegio. Pero como todo sucedía en aquel clima de camaradería, cuando quiso acercarse invitándolo a un almuerzo en su casa el Día del Estudiante, debió invitar no sólo a él sino también a otros tres compañeros más, para que todo quedase dentro de los carriles insospechables de la amistad plural. Aquel almuerzo resultó un éxito total, del que los cinco salieron sintiéndose amigos de toda la vida, para culminarlo en el auto de familia de Miguel paseando por la Avenida Santa Fe llena de una multitud de jóvenes, entre las flores y los carruajes que celebraban la llegada de la primavera. Para Miguel fue el despertar a otra vida. Al anochecer, al regresar con el auto al garaje, descubrió que en el asiento de atrás había quedado olvidada la camiseta que Abel se había quitado porque había hecho calor. La recogió para devolvérsela al día siguiente, y al tomarla la notó impregnada con todo el aroma del perfume y el sudor de su nuevo amigo. La llevó entonces a su rostro y la aspiró embriagado. Ya no tenía la menor duda: estaba enamorado. Sintió miedo, mucho miedo, pero una inmensa alegría también. Luego siguieron saliendo los cinco, siempre inseparables, aunque Miguel hubiese preferido estar solos los dos. Iban a una confitería en los bosques de Palermo, al cine y al teatro, a buscar cigarrillos de contrabando en el puerto, o a algún baile al que alguno de ellos era invitado, y llevaba como colados a los demás.

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Abel, por su parte, aportó un club de remo al que solía ir los domingos. Los invitó; por una u otra razón los demás no fueron, salvo Miguel que aceptó encantado, y así pudo monopolizar a su amigo todo el día en El Tigre, y verlo remar al aire libre, luciendo su magnífico cuerpo esculpido por el deporte y bronceado por el sol. Con aquella amistad que crecía día a día, ahora sólo entre ellos dos, llegaron a fin de año, en que se recibirían de bachilleres. Abel estaba indeciso entre seguir Arquitectura o Ingeniería (que era la carrera que quería su padre, dueño de una empresa constructora). Miguel, por su parte, había quedado huérfano de padre el año anterior y no tenía quien le impusiese una carrera, de modo que aunque hubiese preferido Arquitectura optó por Ingeniería, de acuerdo a la decisión de Abel, de manera de poder seguir juntos, pues no resistía la idea de una separación, aunque sólo fuese de estudios. Finalmente se inscribieron de acuerdo a los deseos de Papá Hewitt, y mientras los otros tres compañeros se desperdigaban en otras facultades, ellos dos iniciaron las mismas materias. Se reunían a estudiar en casa de Miguel, que disponía de una habitación independiente para él al fondo del jardín. Tarde a tarde, se instalaban en aquella “sala de estudios”, sin que nadie los viniese a interrumpir. Tras una primera hora de estudio cundía el aburrimiento, la cercanía se hacía diversión e inventaban desafíos de más en más audaces y excitantes, con la adolescencia a flor de piel. Era una escalera descendente que cada vez costaba más interrumpir en las zonas peligrosas, y seguían enredados sin retorno hasta atravesar la frágil frontera entre lo arriesgado y lo prohibido. Pero lo más curioso era que en vez de Miguel, que no se atrevía, era Abel el que iniciaba aquel juego sexual, quizás más como travesura que como vocación, aunque siempre abriendo las compuertas del tabú. También parecía que Abel estaba tanteando el dominio incondicional que podía ejercer sobre Miguel, y él lo dejaba hacer. Así, una tarde en que estaban estudiando sin ropas en el sofá, de improviso Abel recorrió con sus manos el rostro y el cuerpo de su amigo, que aceptó en silencio el extraño rito, al mismo tiempo alarmado y extasiado hasta que él también desplegó con timidez aquel insólito juego. Todo fue creciendo y creciendo, para desembocar en un beso ávido, interminable, y un abrazo repleto de caricias, que sólo se desanudó tras recibir y compartir sorprendidos el más exaltado orgasmo que jamás hubiesen podido imaginar. Al separar por fin sus cuerpos, Miguel preguntó entusiasmado si aquello podía considerarse amor.

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- No, es algo distinto, en realidad somos como hermanos, que estamos aburridos y nos distraemos haciendo gozar el uno al otro. Total, vos y yo somos casi la misma persona. A esa identificación hemos llegado. - Como hermanos, resulta un poco incestuoso, ¿no? – bromeó Miguel. - No te pongas a complicar las cosas… Miguel pensó: “¿Te amo… no te amo?” ¿Qué importaba esa definición tan peligrosa, si de última, Abel era suyo, como había querido, o casi. Sin embargo, también había indicios alarmantes. Abel no aceptaba en la Facultad el menor indicio de una relación especial entre ellos, por lo que le exigía actuar como dos extraños. Esto a Miguel no le resultaba una dulce complicidad sino una duplicidad sospechosa. ¿Por qué nadie tenía que enterarse? ¿Quería reservarse para mejores episodios en su vida? ¿Esa unión no era definitiva sino ocasional entonces? Días más tarde sucedió algo desconcertante, precisamente luego de una fiesta a la que Abel había sido invitado por una vecina, y a la que no había podido – o querido -incluir a Miguel. Estaban en la sala de estudios cuando Abel encendió su cigarrillo, para divertirse en tirarle a Miguel el fósforo adentro de su camisa. Verdad que ya estaba apagado, pero aún quemaba. El agredido se quejó, a lo que Abel insistió en encender más fósforos y arrojárselos aún encendidos. - ¿Pero qué te pasa? ¿Hoy estás incendiario? – trató Miguel de tomarlo en broma. Abel se mantuvo en silencio aspirando su cigarrillo. Después le dijo con voz grave que había estado pensando mucho, y tenía que comunicarle que se fuese olvidando de todas las “cosas raras” que habían pasado entre ellos en los últimos tiempos, porque había decidido que se habían acabado para siempre. - ¿Pero por qué? ¿Qué te pasa? Abel entonces estalló en su furia contenida: - Porque sí, porque no es la vida que quiero para mi, ¡y se acabó; no va más! Sorprendido, Miguel sólo atinó a responderle: - ¿Acaso podemos elegirla así, tan alegremente, después que llegamos a ser “una misma persona”? - ¡No, no lo somos! ¡Somos distintos! Yo no estoy obligado a nada con vos, y tengo que casarme, tener hijos como mi padre… - Yo también; pero eso es para más adelante; hay tiempo, ¿no? Ante esta réplica, Abel se enfureció más aún:

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- No, no para mí; yo ya lo decidí desde hoy, y para siempre. Así que tampoco nos conviene que sigamos estudiando juntos, ni que nos veamos más. Ante ese exabrupto, a Miguel se le llenaron los ojos de lágrimas, y aunque quiso evitarlo, se echó a llorar. Entonces Abel se asustó de esa reacción; le dijo que ese juego había llegado demasiado lejos, que había que extirparlo de cuajo, por el bien de los dos. Dejándose llevar por su desesperación, Miguel lo quiso abrazar llorando: - No, no es juego, es algo mucho más profundo – le dijo - ¿O no te diste cuenta? Pero Abel lo apartó bruscamente, y aprovechó ese abrazo para echarle la culpa de todo lo que había pasado entre ellos: - ¿Ves, ves? ¡Te ablandaste! Tu afecto es excesivo, enfermizo – concluyó – y por eso me vi arrastrado hasta situaciones que no supe cómo manejar. - ¿Te creés que acaso yo supe manejarme? Directamente me dejé llevar por el impulso, sin asustarme, sin arrepentirme. - No, no lo sé, ni me interesa saber por qué lo hiciste vos. Sólo me interesa saber por qué lo hice yo, para no hacerlo más. - ¡Pero ¿por qué?! – insistió Miguel, desolado. - Porque lo quiero así, y mi voluntad también cuenta en esto, ¿no te parece? Miguel sintió que se le agolpaban los argumentos, los reproches, y eventualmente las súplicas, pero que por el momento era mejor no arriesgarse a una ruptura definitiva de la que luego se arrepentiría. Tendría que aguantarse. Entre tanto, Abel había reunido precipitadamente sus apuntes y libros para irse. Miguel, por su parte, se sentía lo suficientemente indignado y ofendido como para negarse a seguir suplicándole, así que el otro se fue sin intercambiar ni un saludo final. Cuando Miguel quedó a solas, sus lágrimas siguieron brotando en silencio. Se sentía despojado, burlado, humillado, estafado, usado por su amigo para distraer su sexo, mientras él se había entregado ingenuamente, sin reservas, al amor. Y lo peor era que lo seguía queriendo, o deseando, tanto o más que antes, a pesar de todo, aunque Abel huyese, o quizás por eso. Luego tuvo un fogonazo de celos al pensar en la fiesta de esa maldita vecina. ¿Pero cómo luchar contra ella? ¡No, no lucharía, no haría nada, tan sólo esperaría! Estaba decidido: no pensaba renunciar a Abel. Pero tampoco sabía cómo recuperarlo. Tal vez tendría que seguirlo a lo lejos, siempre a la espera, porque tarde o temprano iba a tener que arrepentirse, volver para pedirle perdón, convencido ya de que nadie lo había amado con la valentía y la abnegación incondicional suya, ¡porque sí, porque así tenía que suceder! Esa misma noche Miguel le escribió la primera de sus largas cartas, admonitorias, confusas. En ella le decía que si quería cambiar el rumbo de su vida

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estaba en todo su derecho, que él mismo estaba dispuesto a ayudarlo a cambiar aunque así jugase en su contra, pues su deber de amigo lo obligaba a ayudarlo por sobre todo, que eso era lo más importante para él, que prefería eclipsarse si era necesario para que saliera adelante… A medida que seguía argumentando, la carta terminaba siendo contradictoria con sus propios deseos, en proclamas de abnegación tan extrema que fatalmente terminarían sonando a hipócritas para el otro, que por su parte se cuidó muy bien de responderle. Entonces Miguel, tras la tensa e inútil espera de respuesta, escribía una y otra carta más, declamando que “al pasado no se lo cambia, sino se lo redime”, por lo que ellos tenían que “redimirlo juntos”… que el día en que Abel comprendiese la amistad en toda su magnitud, tal como él – para bien o para mal – la había comprendido y asumido, entonces vislumbraría su sacrificio de amigo… Pero también esas proclamas ambiguas iban quedando sin respuesta. Entre tanto, Miguel había resuelto pasarse a la Facultad de Arquitectura, no sólo porque siempre había odiado las matemáticas, el álgebra y la trigonometría como para seguir torturándose, sino también para evitar la otra tortura de tener que cruzarse con Abel en cada aula, en cada pasillo, y tener que seguir de largo como si no se hubiesen conocido. Así pasaron dos años de distancias y silencios para Abel; para el otro fueron dos años de esperas y amarguras. Hasta que un día, al atender distraídamente el teléfono, Miguel se encontró con la voz de Abel, inesperada ya de tan inútilmente esperada. De todos modos se sobresaltó; el mundo se le hizo música cuando lo oyó decir que quería encontrarse con él. Acudió a la cita con desconfianza, pero allí se encontró con un Abel muy cordial, dispuesto si no a las disculpas al menos a reconocer que se había dejado llevar por el temor y sobre todo por el egoísmo. Luego de la ruptura, había tenido una vida sexual desordenada, como para asegurarse su atracción definitiva por las mujeres, hasta dar con una amante que le triplicaba la edad y era mayor que su madre, pero que lo había ayudado a madurar. Ahora por fin había descubierto el amor; así había comprendido las abnegadas lecciones de amistad que había recibido a través de esas cartas, que confesaba haber leído una y otra vez aunque sin atreverse a contestarlas. Sobre todo lo había tocado aquella frase de que al pasado no se lo cambiaba sino se lo redimía… Miguel estaba estupefacto ante el imprevisto discípulo, con ganas de gritarle que las suyas no habían querido ser lecciones de amistad sino de amor camuflado, forzado

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a replegarse en si mismo. Pero prefirió callar; de todos modos Abel no venía a dialogar sino a exhibir sus avances. Después, el flamante enamorado le mostró una foto de su novia, que era uruguaya y vivía en Montevideo, por lo que podían verse sólo algún fin de semana cada mes. - Mejor así – suspiró Miguel – quizás sea la manera para que las cosas duren. Abel no acusó lo amargo del comentario. Le propuso ir juntos durante las vacaciones al Uruguay, así la conocía, pues él le había dado a leer alguna de las cartas suyas, y ella había quedado tan impresionada que quería conocerlo, convencida de que era “su mejor amigo”. Ante semejante indiscreción, Miguel se sintió halagado y molesto al mismo tiempo, pero no hizo ningún comentario. Esos fueron los puntos salientes de aquel reencuentro, en el que Miguel evitó hablar de si mismo, salvo lo de su cambio de carrera. Quedaron en que volverían a verse, “no a diario como antes – según puntualizó Abel – porque estoy ocupadísimo con la Facultad, pero sí mantenernos siempre en contacto”. Así se separaron, con la promesa de Miguel de pensar en esa propuesta tentadora de compartir las vacaciones en Montevideo. Cuando se vio solo, Miguel quedó más estupefacto aún, incapaz de hacer una evaluación en frío de aquel encuentro. ¿Estaba mejor posicionado ante Abel? ¡Y no para una amistad inocente, sino para recuperar el mismo vínculo de antes!... No lo sabía; eso sólo lo podría ir viendo sobre la marcha. Pero sí estaba seguro de algo: que seguía enamorado, irrazonablemente quizás, pero a fondo, como antes, hasta la médula. Entonces, no tenía otra decisión posible: contra viento y marea, iría con Abel al Uruguay. Una vez allí, que el destino le fuese propicio. En enero viajaron juntos; se hospedaron en el mismo hotel, en la misma habitación, pero en camas separadas, sin ninguna migración nocturna de una a otra. A la mañana siguiente se encontraban en el control de ómnibus con la novia uruguaya, para tomar uno anchote y negruzco con algo de funerario, que los llevaba hasta algún nuevo balneario, casi desierto, entre Carrasco y Atlántida. Allí se separaban hasta la tarde: la pareja iba por la orilla hacia el este y Miguel hacia el oeste, o viceversa, a hacer su día de playa cada uno por su lado. Desde lejos, a dos o tres kilómetros de distancia, Miguel veía recortarse a lo lejos la silueta de los enamorados. Sobre el atardecer solían reencontrarse a mitad de camino para tomar el ómnibus de regreso. Luego ambos amigos volvían al mismo hotel y a la misma habitación, pero no a la misma cama.

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Sin embargo, una noche en que tuvieron que ponerse crema humectante en sus cuerpos incendiados por el sol, terminaron poniéndosela uno a otro, entre caricias disimuladas aún por zonas íntimas que no habían recibido los rayos solares. Pero no pasaron de ahí. Cuando regresaron, juntos también, a Buenos Aires, Miguel se preguntó si aquello había sido vacaciones o suplicio, o más ramplón aún: si Abel no lo había invitado a compartir el viaje para no tener que gastar el doble por una habitación single de hotel. Pero también cabía pensar que Abel estaba tan supeditado a él que ni enamorarse podía sin tenerlo a su lado. Esa era una buena señal, por lo que le convenía seguirle el juego con paciencia, porque al fin el fruto maduraría hasta caer definitivamente en sus manos. Con esa paciencia Miguel vivió todo otro año tan solitario como los dos anteriores de la enemistad, porque entre su dichosa Facultad de Ingeniería y sus fines de semana en Montevideo, Abel se dejaba ver lo estrictamente necesario como para demostrar que aún seguían siendo amigos. Luego aquel idilio con la uruguaya se extinguió, o se hundió en tanto agua como los separaba entre viaje y viaje. Miguel quiso pensar que su momento había llegado. Pero aquella crisis sólo sirvió para que Abel se encerrase más y más en sus estudios, desesperado ahora por recibirse cuanto antes para irse a Norteamérica a algún postgrado que su padre prometía financiarle como premio, antes de entronizarlo en la empresa familiar. Miguel tuvo que aceptar que esa relación se había venido enrareciendo más y más, y que a él se le había retorcido en si misma, como un tumor que le impedía vivir y respirar. ¡Él necesitaba, como decía la Biblia, “que tu sí sea sí, y tu no, no”, en vez de esa nebulosa de esperanzas y falsos síntomas del “ya pasará”, que le estaba convirtiendo los mejores años de su juventud en un erial. ¿Pero cómo y cuándo decidirse a quemar las naves, si él había vivido multiplicando la apuesta a cada nueva desilusión? Luego llegó la despedida del flamante Ingeniero Hewitt que partía rumbo a New York donde pasaría uno o dos años de postgrado universitario, mientras el Arquitecto Pereira Núñez era todavía una esperanza a la que aún le faltaba más de un año de cocción en la Universidad. Antes de la separación Miguel, y Abel cenaron juntos. El viajero - cordial como nunca – le prometió que le escribiría todas las cartas que nunca le había escrito, para empatar así con las redentoras que había recibido años atrás de él. Pero pasaron meses y meses sin que llegase la más mínima carta, hasta que hacia fin de año a Miguel le llegó un suntuoso tarjetón de navidad, con su “Merry Christmas and a Happy New Year y un pedido de disculpas muy grande del más

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perezoso de tus amigos. Un abrazo. Abel”. Entonces Miguel se armó de coraje, desgarró la mitad del dibujo navideño con su Santa Claus y el trineo, y allí le inscribió tan sólo: “Andate a la puta madre que te parió”. Se lo envió, quizás esperando que Abel reaccionase y le diese mejores señales de vida. Pero no hubo respuesta. En los más de cuarenta años siguientes nunca volvieron a verse ni a comunicarse. Ni siquiera un nuevo saludo de navidad.

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Rencuentro tardío

Ahora se habían visto de lejos y de reojo durante la reunión, pero sin cruzar las miradas como para esbozar algún conato de saludo. Cuando comenzó el desbande, el Ingeniero Hewitt se quedó rezagado ex profeso, quizás para evitar el encuentro, o quizás para darle ocasión. Entonces el Arquitecto Pereyra Núñez, muy tenso, en vez de ir hacia la salida se dirigió al interior del salón donde estaba el otro. Intentó sonreír, pero sólo logró quedar detenido en mueca. - ¿Me reconocés, Abel Hewitt? El otro suspiró: - Claro que sí; pero todavía sigo esperando las disculpas por una puteada injusta, aunque pienso que después de cuarenta años o más, ese delito ya prescribió. Lo que no prescribió es mi derecho a preguntar el por qué de aquel agravio gratuito. - ¡Ah! ¿Es necesario preguntarse sobre esas cosas lejanas? – le respondió Miguel, tratando de abrazarlo. El otro se dejó abrazar sin ningún gesto de reciprocidad. Entonces Miguel optó por adoptar un tono entre poético y nostálgico: - Como decía el fallido suegro de Manon: “Où vont les premières amours, où vole le parfum des roses?”… - Claro que un insulto no es precisamente el perfume de las rosas… - O quizás sí, en cuanto es un pecado por exceso, y la juventud es así… - Por suerte ya no somos jóvenes. - ¿O por desgracia? - Según para qué… - afirmó Abel, con evidente lejanía. Se produjo un silencio engorroso, que Miguel intentó quebrar: - Alguna vez, leyendo el diario, me topé con el aviso fúnebre de tu padre, y así me enteré que te habías casado y tenías hijos, alguno de ellos con tu nombre,,, - Yo no leo nunca los avisos fúnebres, así que no me enteré si vos te casaste o no. - ¿Y no lo podés sospechar? - No me interesó sospecharlo ni me interesa saberlo. Hemos seguido caminos muy distintos. - ¿Y cómo lo sabés, si el mío no lo conociste?

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- Precisamente por eso no lo conocí: porque ya no se cruzaron, porque fueron distintos. – concluyó Abel, e hizo ademán de irse. Entonces Miguel lo retuvo por el brazo, para decirle casi conmovido: - Te pido formalmente perdón por aquella puteada, pero en aquel momento yo necesitaba desprenderme de vos de algún modo; no podía seguir así varado, esperándote. Era mi grito de libertad… - ¡Bah! ¿Qué importa todo eso ahora? Mientras fuimos amigos, una pregunta me asustaba: ¿Y si me había enamorado de vos? La rechacé; a mi me interesaban las mujeres; enamorarme de un muchacho no formaba parte de mi proyecto social. ¿Cómo me iba a orientar hacia un destino marginal, inconfesable? ¿Qué puertas me habías abierto? ¿Hacia qué mundo despiadado, fronterizo, del que ya no podría salir? - Hacia la libertad – murmuró Miguel, como para sí mismo. - Yo ya no era libre; estaba el mandato de mi padre. – decidió Abel - ¿De qué me valían entonces tus verdades? Había otros objetivos para la vida. Reconozco que tenía gratitud hacia vos, y también una mezcla de admiración y lástima. Quizás por eso te conservé. Hasta que pude abrirme. Vos me serviste la excusa en bandeja. Miguel calló, quizás porque no quería que su voz se quebrase. Abel continuó: - Nuestra relación era un juego tortuoso entre egoístas, en el que cada uno hacía el suyo. Sólo que para vos, tu juego era yo; y en cambio, para mí, vos no lo eras. Lo siento. Yo también tuve que patearte; no me quedaba otra. No quería hacerte daño, pero tampoco quería hacérmelo. No te ataqué; me defendí. Luego me llamé a silencio. Eso fue todo. Estamos a mano. Ahí sí, el Ingeniero Hewitt no se dejó retener más, y avanzó hacia la salida. Ya no quedaba nadie en el salón. El Arquitecto Pereyra Núñez lo observó alejarse, mientras recordaba un sueño que años atrás lo había hecho despertar llorando. En él, Abel venía a buscarlo, lo acariciaba, le preguntaba condolido: “¿Siempre te va mal?”, a lo que él le respondía: “Si, siempre, pero ya estoy acostumbrado; ahora al menos vos ya no sos culpable de lo que me pasa, ahora es asunto mío”. Pero no era verdad; él seguía viendo en Abel la raíz de todos sus males, con la perpetua sensación de que ya había atravesado su horizonte, y a cada paso que daba, aquel horizonte le iba quedando más y más a su espalda. Pero ya no tenía regreso, necesitaba seguir, aunque no supiese hacia dónde. Por ahora, hacia afuera de los recuerdos. Estaba entrando en el último tramo de su vida. Ahora, las caídas ya no se curaban, ni se soldaban las fracturas. Por suerte tenía una costra, como para que no le llegasen los golpes... Claro que así tampoco llegaba la felicidad. ¿Pero quién la esperaba a los setenta años? A lo sumo uno se

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conformaba con que el día de hoy no fuese peor que el de ayer. Aunque malo, el ayer ya lo conocía, sabía cómo manejarlo y cerrarle la tapa, cuando los viejos aromas amenazaban con regresar. En cuanto al futuro, lo encontraba con tan pocas energías como para no derrocharlas en intentar nueva fortuna. Mejor, j´y suis, j´y reste. O, como decía aquella poesía que habían aprendido en el colegio: “Il est brisé; n´y touchez pas!”.

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Un poeta en la televisión

Algunos de los convocados por el Contador Marín no habían podido acudir a la reunión. Tal fue el caso de Bonifacio Ahmed, que recién llegaría de Europa dos días después, para encontrarse con que la cita ya había tenido lugar. En su contestador telefónico estaba el llamado de Marín, que al oírlo le provocó una ráfaga de nostalgia que lo llevaría a buscar un viejo álbum de fotos, donde estaba la que les habían tomado cuando ya se recibían. Desde ella se sintió reclamado por unos treinta pares de ojos juveniles (inclusive los suyos de entonces) que parecían saludarlo sonrientes, para decirle: “¡Hola! Aquí estamos; entre todos hemos salido a buscarte y rescatarte. Estamos viejos como vos; te comprendemos porque nos encontramos en tu misma encrucijada; no sos el único en crisis. Pero una crisis compartida no es tan grave como en soledad. Vení con nosotros. Te esperamos”. ¡Pero él, maldita suerte, les había fallado! Le dolió, porque ya desde su jubilación, venía arrastrando un momento muy crítico, y ese reciente viaje a Europa había servido para agregarle nuevos nubarrones. Hasta ahí había sido la suya una vida muy agitada, sin tiempo para mayores análisis, urgida siempre por el lío de cada día. Pero de pronto, al jubilarse, el tiempo era lo que le había sobrado, como para ver que su destino se había torcido, y él había vivido entre poco y nada de lo planeado. Porque si regresaba a sus años de colegio, su primera vocación había sido sin duda la poesía. Debido a su sangre árabe (o con mayor precisión, libanesa, por parte de padre) había escrito sus poemas más fantasiosos sobre hipotéticos abuelos del desierto, para desembocar en la poesía arábigo-andaluza, que le sumaba idioma y antepasados. De allí había descubierto a Antonio Machado como su poeta personal e ídolo máximo, a cuyo influjo había ingresado a la carrera de Letras a pesar de las protestas de Papá Ahmed, que quería algo más seguro que endecasílabos y alejandrinos para su hijo bachiller. Ya en la primera materia, Introducción a la Literatura, había conocido en su comisión de trabajos prácticos a Erica Greindl, y así como los opuestos se atraen, ellos se habían atraído mutuamente. Bonifacio con su cabello crespo y renegrido, sus cejas espesas, sus grandes ojos negros y su aspecto varonil; Erica rubia, muy rubia,

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muy blanca, muy alemana, como brotada de un cuento de hadas nórdicas, aunque con una voz agria, como de bruja, por un problema de mala fonación que más tarde reeducaría. Pero Bonifacio no atendió tanto a su voz chirriante como a sus ojos azules, con los que quedó totalmente encandilado. La Facultad no era un ámbito convencional ni mucho menos; entre idas al cine y otros encuentros íntimos, ese mismo año Erica quedó embarazada, o como dijo furiosa la madre de Bonifacio “se descuidó a propósito, para sacarme a mi hijo”. Dos semanas después de la noticia se casaban, a pesar de los padres del novio, que no quisieron o no pudieron aportarle nada a esa pareja de apuro. En cambio, la viuda Frau Greindl aportó lo que pudo, sin blanduras pero con toda su practicidad germánica, asignándoles como dormitorio un desván en la humilde casa que alquilaba en Olivos, además de un turno rígido de desayuno y comidas en su cocina-office, independiente de los horarios suyos. Pero también aportó algo más importante, al ver a Bonifacio quedarse a estudiar o escribir poemas para el hijo que llegaría, mientras Erica, con su panza creciente, se iba al trabajo de secretaria trilingüe, que tenía ya de antes. Lo importante que Frau Greindl aportó, fue la vecindad de un alto directivo de un canal de televisión, al que le planteó si no podía conseguir algún trabajo para su yerno. Precisamente en el canal se había creado una hornada de pichones de ejecutivos juniors, y el vecino consiguió inscribir en ella a Bonifacio. Así, el poeta de antepasados guerreros e hijos a llegar dejó en cuarentena su carrera de Letras para ingresar en el mundo de la Televisión. También dejó a medio hacer una monografía sobre las diversas variantes de la poesía de la fuente en las “Soledades” de Machado. El canal de televisión le resultó ser un mundo complejo y competitivo, muy competitivo bajo su apariencia de camaradería, a descifrar en el entrenamiento junto a los otros aspirantes de ejecutivos. Era en una verdadera guerra secreta, pues no todos ellos iban a quedar, en un aprendizaje de la ley de la selva que quizás los mismos directivos del canal fomentaban para lograr la selección natural de los más fuertes. Bonifacio tuvo que desempeñarse en todos y cada uno de los sectores: noticiero, producción artística, transmisión, gerencia técnica, publicidad, ventas, etc. Pronto vio que lo más importante sería elegir al padrino mejor ubicado para seguir en carrera. De esa manera se hizo discípulo e incondicional del jefe del noticiero, sacrificándole su lealtad y contracción al trabajo sin fijarse en el horario, además de ofrendarle los domingos para acudir a su casa-quinta de Del Viso a comer sus asados,

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celebrar sus chistes, y compartir todas sus ideas para cuando lo nombrasen gerente artístico. Aquella devoción le dio sus frutos, pues su jefe le tomó simpatía como para enseñarle todas las tretas del juego sucio para triunfar sobre sus competidores. Así, una vez entrenado, Bonifacio superó aún las lecciones de su protector. Luego, cuando éste alcanzó la gerencia artística, él pasó a ser su asistente y su mano derecha. Entre tanto, nacía su primer hijo, triplicaba su sueldo, y Erica podía abandonar su trabajo de secretaria para dedicarse al bebito mientras continuaba su carrera de Letras. Para él, en cambio, de la poesía tan sólo le quedaría el libro de Machado en la mesita de luz, para leer alguna página hasta que lo ganase el sueño. Al día siguiente, Bonifacio hacía exhibición pública de sus desvelos por la empresa, apilando ante su escritorio cuatro televisores sintonizados en la programación de “nuestra pantalla” y las otras tres de la competencia. Alguna vez, al pasar por ahí el mismísimo dueño del canal, se quedó observando tanto denuedo mientras humeaba su habano entre sorprendido y halagado, para decirle con su tonada caribeña: - Óie, chico, que con tanto merequetengue al unísono vas a quedar esquizoide… Pero “el Turco Ahmed” – como lo llamaban en todo el canal – sabía mover sus fichas, por lo que estuvo muy bien posicionado cuando el gobierno intervino por decreto los canales privados, y los patrones caribeños se quedaron sin canal. El jefe de Bonifacio los debió seguir al ostracismo; él en cambio se encontró con que los políticos que venían a manejar el canal necesitaban a alguien que les cubriese la programación artística, para lo que él era el candidato natural por conocimientos y maleabilidad. Así el Turco Ahmed se hizo cargo de la dirección artística, con una gran docilidad para llevar a la práctica lo que sus superiores le ordenasen, por lo que también lo apodaron “el Tornillo” porque – según decían - sabía tanto apretar hacia abajo como aflojar hacia arriba. De esa manera, cuando entró el gobierno militar, y los marinos se hicieron cargo del canal, Bonifacio siguió firme en su cargo, recibiendo y dando órdenes – o mejor, recibiendo. Su situación económica había mejorado mucho, desde un primer departamento minúsculo hasta otro más amplio, luego una casita y por fin toda una casa con jardín y piscina. También sus autos habían ido creciendo hasta llegar a un super sport. Al mismo tiempo, Erica había tenido un hijo más y se había recibido de profesora, para enseñar Literatura en un colegio inglés. Bonifacio, por su parte, algún gusto literario se daba, aunque con sordina, como cuando se cumplió el centenario de Antonio

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Machado, al que homenajeó con alguna de sus poesías en un ciclo de microprogramas culturales llamado “Los Poetas”, en cuya asesoría literaria había puesto a la Profesora Erica Greindl a secas, para disimular el nepotismo. Pero también había otros gustos que Bonifacio se permitía, en compensación por tanta vocación que había tenido que postergar. Lo curioso era que la misma alemana solía inculparlo desde las alturas de su docencia literaria, sin pensar que había sido por su propio bienestar económico que él había renunciado a tanto. El desquite del Turco consistía en mantener relaciones íntimas con sucesivas actrices cuyas actuaciones dependían de él. Al principio se trató de un caso especial por algún deslumbramiento fulminante, pero luego la excepción se tornó costumbre, costumbre que por otra parte era casi regla en todo el canal, entre ejecutivos, productores, farándula y mujeres vistosas y fáciles. Bonifacio se dio demasiados gustos que llegaron a ser chismes del espectáculo en algún diario. Erica se enteró – o la enteró alguna colega en el colegio - provocando el consiguiente conflicto conyugal. Luego hubo un largo itinerario de promesas, perdones, nuevas lunas de miel y recaídas, hasta que Erica terminó separándose de hecho en la misma casa, cada uno por su cuenta, pero aparentemente unidos ante los hijos y las amistades, entre épocas de mayor acercamiento y otras de incomunicación casi total. Bonifacio solía declarar cuando le preguntaban por “la alemana”: “No podemos vivir ni juntos ni separados”, lo que le hacía sentirse protagonista de un amor incomprensible, o al menos muy especial, digno de alguna telenovela. Luego, la caída del gobierno militar provocó un período de inestabilidad en la televisión, con el regreso de los políticos al poder, la caída de los ejecutivos muy comprometidos con los milicos, y su reemplazo sistemático por otros que fuesen adeptos al gobierno civil. Por último, el gobierno liberal de Menem volvió a privatizar los canales, con lo que una vez más se barajó el mazo de directivos. En esas idas y venidas, algunos de ellos pasaron a cuarteles de invierno, otros regresaron de allí, y los que siguieron en carrera auxiliaron disimuladamente a los caídos en desgracia con algún cargo menor que los dejase sobrevivir, en función del previsor “hoy por ti, mañana por mí”. Entre todos estos tejemanejes, el Turco Ahmed cayó en desgracia, esperó, intrigó, hizo antesalas, pasó a otro canal, volvió a caer y volvió a subir, a veces como director o gerente artístico, otras como productor ejecutivo u otras denominaciones. Fue en uno de esos interregnos de bonanza recuperada que llegó a conocer a Dalila

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Fontaine, nombre artístico de la psicóloga, parapsicóloga, locutora y periodista Delia Fontana. La Licenciada Dalila Fontaine – como se hacía designar – pretendía llevar a la televisión su programa de radio “Ayudándote a ayudarte”, en el que dialogaba o más bien monologaba, aconsejaba y daba contención a sus oyentes con problemas de soledad, drogas, adicciones, infidelidad, fobias, penas del corazón, etcétera. En la larga entrevista que tuvo por ese tema con Bonifacio, ambos descubrieron que eran almas gemelas, nacidas para comprenderse y complementarse. Por supuesto, el Turco Ahmed dio la orden de incluir a “Ayudándote a ayudarte” en la programación, aun a costa de generar una verdadera masacre en la grilla nocturna. Así comenzó Bonifacio la segunda relación sentimental en su vida, la de su madurez, quizás otoñal pero apremiante, como que estaba desde hacía mucho tiempo atrás en una soledad afectiva que no conseguía compensar con aventuras. Dalila, por su parte, experta en diagnosticar debilidades e inmadurez, supo ver en él a un niño grande, necesitado de afecto y sobre todo de aprecio tras tantas críticas y reprimendas de la alemana. Además, como mujer práctica, la atraía el Turco no sólo como hombre, sino además por el plus de su cargo en el canal. Esta vez Bonifacio decidió quemar las naves, por lo que hizo abandono de su hogar formal para alquilar un buen departamento e ir a vivir con su nueva pareja. De todos modos, sus hijos ya estaban lo suficientemente grandes para comprender la situación (si ya no la habían comprendido) aunque en general lo único que ellos le reclamaban era dinero, así que mientras se los pudiese dar… En cuanto a Erica, le tenía sin cuidado lo que pudiese pensar o decir con su actitud de perro del hortelano. Dalila tenía una agenda complicada que incluía yoga y expresión corporal para mantenerse en línea, sus pacientes como psicóloga, la preparación de su programa, y sus lecturas sobre temas esotéricos que la apasionaban, además de una vida social que le gustaba compartir con Bonifacio, quien a su vez se pasaba el día en el canal. En suma, no tenían mucho tiempo para aburrirse sino el mínimo necesario para vivirlo intensamente entre ellos. La unión había resultado. Ella se proclamaba ecologista, pacifista, decía querer a la humanidad entera, aunque más se quería a si misma. Fiel a su egolatría, había convertido su “Ayudándote a ayudarte” en el santuario de su ego desmesurado, al que le gustaba decorar con fotos de sus padres y su infancia, lo que por la pantalla se veía entre pueblerino y grotesco. Pero Bonifacio le daba carta blanca. Eso sí, él le había buscado un horario que no fuese central, porque era un programa que tenía más pacientes o clientes que audiencia normal, lo que se dejaba notar en el rating.

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Algunos directivos intermedios del canal comenzaron a apuntarle sus cañones, pero el Turco Ahmed lo defendía con todo su poder, con lo que el programa se convirtió en la piedra del escándalo y de las burlas por detrás, y – lo peor – en la prueba palpable del mal manejo de la programación. Mientras tanto, Bonifacio trataba de emular el impulso creativo de Dalila. Al verla tan feliz con su programa, no quiso ser menos e intentó retomar su vocación poética para una nueva tanda de poemas de amor. Pero era como si su inspiración y fantasía se le hubiesen retirado con la juventud. Entre tanto, su posición como director artístico se estaba deteriorando mucho por culpa de “Ayudándote a ayudarte”. Hasta llegaron a aparecer algunos graffiti en las paredes del canal, que rezaban “Ayudándote a rajar” o “Al turco Sansón, Dalila lo va a dejar pelado”. Él trató de resistir al temporal, pero de pronto en una Junta de Programación se resolvió el levantamiento del programa a pesar de su oposición, y para colmo se vio ante la encerrona de tener que informárselo a la propia interesada. Trató de salvar su responsabilidad, escudándose en que había sido una decisión “de arriba”, porque la Junta decía que “el programa ya cumplió su ciclo”. Dalila saltó como una fiera acorralada: - ¡Y yo digo que vos también cumpliste tu ciclo conmigo, así que chau! ¿O te creíste que estoy enamorada de vos? ¿Yo; nada menos que yo? ¡Haceme el favor, Turquito, no seás ingenuo! Bonifacio se quedó sin respuesta. Sólo atinó a balbucear: - No seas injusta, porque mientras pude sostenerte te sostuve… - Yo también mientras pude aguantarte te aguanté. Pero esto se acabó. Ya estaba todo dicho, aunque la agria discusión se prolongase inútilmente por un tiempo más. Dalila le puso fin juntando de apuro algunas cosas en una valija para irse a su antiguo departamento, que había tenido la precaución de conservar. Bonifacio se quedó observando aquel su segundo hogar, ahora inmenso para él solo, mientras se preguntaba si no se había precipitado en su decisión de constituirlo. Pero ya todo estaba hecho; el arrepentimiento era tardío. Había fracasado. Por desgracia, el fracaso no se redujo tan sólo a su vida privada. Ya desautorizado por aquel malhadado programa, la Junta todopoderosa siguió cuestionándolo por otros errores, hasta terminar pidiéndole la renuncia. En el estado depresivo que Dalila lo había dejado, Bonifacio renunció pensando que los otros canales estaban pendientes de su vacancia para venir a ofrecerle algún puesto similar o mejor.

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Pero no vinieron, ni a pesar de que hizo algunos llamados estratégicos para que se enterasen. Un ex compañero de canal que ahora estaba en la competencia lo desalentó: - Mirá, Turco, para la televisión abierta nosotros ya estamos viejos; ahora quieren gente joven, con mucho empuje e ideas nuevas. Aunque no las tengan, o sean malas. Creo que hay que refugiarse en la televisión por cable; ahí no son tan pretensiosos, y hay muchas más opciones. Claro que no te pagan lo mismo. En realidad, es como un aguantadero. Pero es lo que hay, y hay que vivir, ¿no? Bonifacio aceptó el consejo. Así fue a dar con la empresa de un viejo “peliculero” al que conocía de cuando le compraba filmes y series para el canal. Ahora el hombre había acumulado mucho material fílmico, que amortizaba a través de dos señales de cable que quería ampliar a cinco, para lo que necesitaba gente experta en programación. Pero ya no era una tarea de planear programas, aprobar libretos, elegir actrices y actores, tal como a él le gustaba. Ahora era un trabajo solitario, sin mayor poder, de pasar horas frente a una moviola o un proyector, revisando películas y series ya hechas y enlatadas, decidiendo como mucho en qué horario irían. Bonifacio se aburría. Muchas veces se adormecía para despertar media hora más tarde, a tener que retroceder la película. Su única tarea artística consistía en escribir el texto de apertura para el animador o la animadora que presentarían el ciclo. En su aburrimiento terminó tirándose un lance torpe con una chica animadora que insistía en levantar sus brazos para exhibir su ombligo ante las cámaras. Un ombliguito por otra parte muy tentador, que a Bonifacio le hizo regresar a las fantasías de sus primeras infidelidades. Pero él ya no tenía cuarenta años, y para colmo la animadora resultó ser sobrina, o algo así, del viejo peliculero, con lo que estuvo a punto de perder su trabajo por un episodio que sólo le trajo vergüenza. Ahí comprendió que aquella etapa de donjuán también se le había cerrado, y que estaba comenzando a ser viejo, con lo que intentó alguna elegía de los tiempos idos, también a lo Machado. Luego la vida le fue trayendo más novedades propias de su edad, como el casamiento de su hijo mayor, para el que tuvo que ir al pueblo cordobés de la novia a representar con Erica la parodia de pareja bien constituida durante la ceremonia y la fiesta. Allí Erica aprovechó el encuentro para plantearle el divorcio y división de los bienes gananciales. Después sucedió que el viejo peliculero puso a la venta su canal y sus señales de cable para dedicarse a otros negocios. Se las compró un venezolano que

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manejaba desde Miami un trust o pulpo televisivo que extendía sus redes por Latinoamérica. Con esta transacción, Bonifacio encontró su oficina y atribuciones invadidas por un tropel de jóvenes asistentes y creativos, que llegaban de México y Puerto Rico a imponerle alegremente ideas y cambios. Aunque no los aguantaba, trató de seguirles la corriente para que terminasen estrellándose en sus propios errores. Pero ellos le ganaron de mano, pidiendo al venezolano que lo eliminase del equipo por no estar “positivamente integrado”. No le quedó otro remedio que negociar su retiro, con un arreglo por el cual le pagarían su sueldo íntegro, hasta su jubilación. Pero a pesar del arreglo, se sentía eliminado como trasto viejo por la sociedad del trabajo, y lo peor era que esa sociedad sólo le había enseñado a trabajar. ¿Como ahora, de pronto, ya no le servía a nadie toda su experiencia laboral? Veía que el tiempo le iba a sobrar hasta el agobio como para no saber en qué ocuparlo, así como cuando él había necesitado ese tiempo para su propia vocación no se lo habían querido conceder. Ante esa sensación de salto en el vacío, decidió acudir a las fuentes en busca de consejo. Iría directamente a Soria, a consultar su oráculo de Delfos. Compró su pasaje, y para el avión incluyó en el bolso de mano la edición de bolsillo de las poesías de Machado, para predisponerse a su casi peregrinación. Aprovechó las largas horas de vuelo para saborear una vez más esas Soledades que amaba tanto; releyó también los Campos de Castilla aunque los sabía de memoria. Al pasar por las poesías de la viudez se prometió subir al cementerio del Espino, para poner una rosa en la tumba de Leonor, tal como el poeta le pedía a su buen amigo Palacio. Luego iría por las orillas del Duero hasta encontrar algún olmo seco, “hendido por el rayo y en su mitad podrido”, para pedirle un nuevo milagro, una rama verdecida “hacia la luz y hacia la vida” para él, que también la necesitaba. Así llegó a Italia sintiéndose un penitente arrepentido, casi un Tannhäuser moderno rumbo a España en busca del perdón papal. Se apareció por Soria en un día muy frío, con un sol intermitente y débil que asomaba cada tanto entre densas nubes, acorde a aquello de “Soria fría, Soria pura”. Lo mismo, tras dejar sus valijas en el hotel, corrió hacia el Espino, al preámbulo fúnebre de su peregrinación, para iniciar desde allí su descenso a aquel viejo puente del Duero, también cantado por Don Antonio. Estaba muy conmovido. Pero en ese momento lo llamó a la realidad el viento helado que bajaba de la sierra por las orillas del río. Tuvo que correr hasta un árbol porque se estaba meando encima. Suerte que no había nadie cerca, pero lo mismo se

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indignó consigo mismo. Nunca le había sucedido eso de tener que hacerlo en la vía pública. ¿Y ahora, de pronto, en los árboles de Don Antonio? ¿Qué le pasaba? ¿Era el frío… o la vejez inevitable? Trató de serenarse y buscar el camino que conducía hasta San Saturio, allí “por donde traza el Duero su curva de ballesta”. Machado lo esperaba; acudiría a la cita. Pasó bajo un puente ferroviario. Luego se encaminó hacia San Polo, atravesó una arcada, recuperó el camino de álamos que iba bordeando el río. Trató entonces de recitarse algunas de las poesías de Machado dedicadas a esa ribera, pensando que con semejante homenaje de devoción sus manes deberían conmoverse y acudir complacidos a brindarle el consejo que había venido a buscar Pero los manes en cuestión no acudían, el oráculo callaba, y Bonifacio comenzaba a sentirse un imbécil por aquel camino solitario. Ante tanta ausencia deliberada y cruel del maestro no pudo menos que lanzar en voz alta (total, allí no había ni un alma que pudiese oírlo) toda su desilusión: - ¡Pensar que por tu culpa mi vida fue como fue, y hoy estoy en este punto muerto, por haber querido ser poeta, por seguirte, por imitarte! ¿Pero ahora, qué? Fue entonces que, proveniente de Machado o de su propia desazón, oyó en su interior esta respuesta: - “La tuya fue una decisión unilateral, que ni te la pedí ni te la aprobé. Tú me elegiste, pero yo no te elegí. ¿Por qué tendría que haberte elegido? ¿Porque me lo exigías? A lo sumo soy responsable de mi poesía, pero no de la tuya, o mejor dicho, de la que no cumpliste, porque bien sabes que la abandonaste por tu televisión. Lo demás lo siguió oyendo con su propia voz interior, que le recriminaba: “Cuando joven, bueno o malo, eras poeta, y ésa era una vocación de la que no podías renegar, al margen del éxito o del fracaso que lograses. Pero renegaste, y cuando el ángel se retira, ya no regresa. Así, ahora ya no sos poeta. Aunque quisieras volver a serlo, es tarde. Tu oportunidad pasó; hoy no obtendrías ni el consuelo de un solo verso que no fuese la sombra de alguna emoción ya remota y gastada. Para ser poeta lírico hacen falta condiciones objetivas que vos ya no posees: algún mal de amores, una muerte a llorar, una ausencia, alguien a quien cantar, una alegría, un adiós … Pero de todo eso hoy estás vacío, porque tenés miedo a amar, a imaginar, a desear, a esperar, y sobre todo a sufrir …” Bonifacio respondió lleno de indignación: - ¿A mi edad, “amar, desear, esperar”…? ¿Para qué? ¿Para que se rían de un viejo estúpido y pretencioso, que no supo sentar cabeza? En cuanto a sufrir, eso sería una falta de madurez inconveniente para mi edad, que yo no me la permitiría.

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- Bueno; entonces entrégate a morir dignamente ya de una buena vez, sin tanta vuelta… En ese mismo momento se largó la lluvia, como si Machado se la enviase para ahuyentarlo de sus lares. Vio que a lo lejos, por sobre los árboles, se alzaba la ermita de San Saturio; pensó que si corría podía ir a refugiarse en su cueva hasta que pasase el chubasco. Pero sintió que no tenía derecho a poner sus pies en ella. Comenzó el regreso a paso rápido, por senderos que se iban embarrando, luego calles con pendiente hacia el río, agua que bajaba, zapatos anegados, pies húmedos, estornudos y chuchos de frío. ¡Lo que le faltaba, venir a pescarse una buena gripe por querer hacerse el poeta! Pensaba en lo que Machado le había dicho, o había imaginado que le habría dicho, eso no importaba, era secundario; lo importante, lo grave era esa certeza repentina de haber errado el camino, y llegar a darse cuenta recién ahora, cuando ya era tarde para empezar de nuevo. ¿Entonces, qué hacer? Cuando llegó de regreso a Buenos Aires, aún seguía haciéndose esa pregunta, siempre sin respuesta. En su teléfono lo esperaba la cita de su promoción del colegio. Pero también para esa cita era tarde.

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Arreglo con el rector

El Contador Marín había quedado satisfecho con la convocatoria. De un total de ciento setenta graduados (según los datos del colegio), había conseguido comunicarse con el 42% (ochenta y dos de ellos, para ser más exacto). Había tenido un total de cuarenta y siete concurrentes, o sea un 57%, de acuerdo a los que había podido tildar en su lista. Eso sin contar con que alguno se le habría escapado en el barullo. La cifra no era mala, aunque sólo significase el 28% del total, si se consideraba que se había tratado de un encuentro preliminar, que había que restar los muertos (de los que no había cómputo), los que vivían en el interior o fuera del país, los enfermos y otros imposibilitados de asistir, además de todos los que él aún no había encontrado la manera de ubicarlos. Si a ellos sumaba los que habrían tenido algún inconveniente de último momento, casi podía evaluar la reunión como un verdadero éxito. Tampoco se podía quejar de su desarrollo, salvo el delirio de Wrack Acuña con su discurso de Moyano, o el conato de disputa ideológica entre Burman y Murúa. Por suerte había conseguido conjurarla, aunque se temía que el tema del “proceso de institucionalización” o “dictadura genocida” iba a traer alguna cola todavía. Pero ya vería cómo neutralizarla. En lo demás, había logrado todo lo que se había propuesto: lo habían elegido secretario ejecutivo, con lo que tenía las manos libres para hacer y deshacer; había logrado frenar la elección del Pico Sarachaga como orador en el acto; le habían encomendado la confección de los diplomas y las medallas conmemorativas, la conexión con las autoridades del colegio, y todo lo referente a la cena de camaradería. Claro que para todo eso tendría que moverse bastante, pues había prometido una nueva reunión en quince días (que él podría postergar por otra semana, pero no más). Eso sin contar con que tendría que retomar la búsqueda de los egresados aún sin localizar. Pero por suerte varios se habían comprometido a conectarlo con algunos de ellos. Y si él no los conseguía a todos, tampoco podía hacer milagros ni iba a enloquecer. Ahora se trataba de ir a ver cuanto antes al rector del colegio. Por suerte con él tenía buen trato desde unos años atrás, cuando a su vez había cumplido sus

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cincuenta años de egresado, y la asociación de ex alumnos se había encargado de los festejos. Por eso, llamó por teléfono para pedir una entrevista. Sin ningún problema consiguió una cita para el día siguiente en el rectorado. Hacía tiempo que Marín no iba por el colegio. Al entrar volvió a sentir el antiguo temor y orgullo reverente ante la blanquísima y brillante escalinata de mármol que conducía al primer piso. Desgraciadamente, las paredes y los techos mostraban los vestigios de manchas mal limpiadas, o imposibles de limpiar, de la última “vuelta olímpica” de los energúmenos que a fines del año anterior habían dado que hablar a todos los diarios. Para colmo, habían intentado tapar con pintura las churreteadas de los huevazos, con lo que sólo habían logrado hacerlas más notables, aún en esa grisácea “piedra París” que las había sufrido. Por suerte, al entrar en los dominios del rectorado, con su antiquísimo ascensor y los sólidos muebles de la época de Nielsen, pudo sentirse en otro colegio y otro país, el paradigma, acorde con aquel discurso del Castillo de las Luces del Rector Moyano. El rector actual lo recibió entre apretones de mano y la misma cordialidad con que recibía a todo el mundo, lo que le había permitido sobrevivir por más de veinte años a todos los cambios y cimbronazos periódicos de la política universitaria. Luego, solemne, melifluo, amistoso y sobre todo muy hábil para conducir la charla, al oír que Marín se lamentaba de las manchas indelebles que esa última vuelta olímpica había inferido al edificio, se dedicó a lamentarse más aún que él, recalcando que había obligado a los culpables a ayudar a limpiarlo. - Bueno, hay que reconocer que muy a conciencia no lo hicieron – se atrevió Marín a comentarle. - Ah… mi querido amigo, hay que pensar en qué país estamos viviendo. Nos llenamos la boca hablando de “la manzana de las luces”, pero le propongo que al salir del colegio mire enfrente de nuestra gloriosa manzana, en la esquina de Moreno, y después me cuente… Si pensamos que ya hace más de sesenta años, los muchachos peronistas fueron a lavarse los pies en la fuente de Plaza de Mayo, ¿qué podemos esperar hoy, a sólo dos cuadras, con la estudiantina desmandada y dispuesta a hacer tropelías, que por otra parte ya se hacían en la Juvenilia de Cané? ¿Que vengan a bailar un minuet? Hay que darse por contento si uno logra que no incendien el colegio, aunque cada tanto tengamos sus erupciones volcánicas más o menos politizadas algunas, además de las erupciones de acné juvenil, que tampoco podemos impedir en esta etapa democrática del país luego de tanta represión …

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En suma, él era exactamente lo mejor que el colegio podía tener al frente, en esas épocas entre populistas y anárquicas, como una garantía de su supervivencia. Entonces el Contador Marín prefirió cambiar de tema, para entrar de lleno en su pedido del aula magna y la presencia del rector en el acto, con su consiguiente discurso. El rector, a su vez, concedió todo eso, pero con una condición fundamental: él necesitaba saber quién de los ex alumnos iba a dar el discurso en nombre de toda la promoción, y en lo posible revisar previamente ese discurso, pues no quería aguantarse en medio del acto algún chubasco descomedido con críticas a su gestión. - Yo facilito todo, pero eso sí, “noblesse oblige”… ¿de acuerdo, mi amigo? Marín trató de abrir el paraguas, recordándole que la designación del que hablaría era por elección y simple mayoría de votos. Pero el rector: - ¡Me extraña, mi buen Marín! ¿Cómo un hombre de su habilidad, que además es el secretario ejecutivo del grupo, no va a poder inclinar la balanza hacia algún candidato, al que sólo le pedimos que sepa estar a la altura de las circunstancias? Ahí el contador se dio cuenta que le tocaba aflojar, y aunque le hubiese puesto la proa al Pico Sarachaga cuando lo propusieron, tendría que respirar hondo y hacerlo su candidato. Largó pues su nombre. - No es mala idea; pero eso sí, va a tener que hablar con él para averiguar en qué aguas navega hoy, y qué garantías ofrece, porque es medio veleta. ¿De acuerdo? Un apretón de manos signó el arreglo. Luego el Contador Marín salió del colegio resignado a encontrarse con el Pico. Ya en la vereda, recordó lo que le había dicho el rector, y miró hacia la esquina de Moreno. Allí, enfrente, aquel viejo y sólido edificio de departamentos que recordaba con su altiva e inconfundible cúpula, ahora era un conventillo de “ocupas”, lleno de ropa tendida en cada uno de sus balcones, celosías oxidadas, y yuyos en las grietas de sus muros librados al abandono. ¡Eso, a dos cuadras de la Plaza de Mayo! Miró hacia atrás, hacia la fachada del colegio, lleno de graffiti, pintura y más graffiti; se alzó de hombros, y siguió su camino sin querer ver mucho más.

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El Pico Sarachaga

Roberto Sarachaga había sido el menor de los tres hijos varones de una familia venida a menos por la muerte temprana de la madre, y los reveses económicos del padre. Papá Sarachaga había llegado a ser secretario del Presidente Ortiz (de quien Roberto había heredado su nombre), pero en los años siguientes no había tenido continuidad en sus sucesivos empleos, por lo que había vivido con estrechez en la vieja y descascarada casona que habitaba al sur del barrio del Once, amparado en esa ley de alquileres que, por muy antiperonista que fuese, tenía que agradecerle a Perón. Los dos hijos mayores habían estudiado en la escuela normal, donde se habían recibido de maestros. Pero ante la inteligencia vivaz del menor, el padre lo había querido bachiller para llegar a doctor. Así Roberto se recibió en el colegio con muy buenas notas, tanto que ya en quinto y sexto año le dieron la chapa de celador, y al graduarse le ofrecieron ser auxiliar. Él aceptó, porque estaba necesitando un sueldo para compensar lo poco que Papá Sarachaga le podía dar, aunque postergase por un tiempo la carrera universitaria, que todavía no estaba decidido sobre cuál elegir. Luego, ya en el ejercicio de sus funciones, pudo comprobar que ser auxiliar era como una superación del que había sido hasta ahí, al dejar el rol de hermano menor mandoneado por los mayores, para convertirse en el hermano mayor capaz de mandar a los alumnos e imponer disciplina. Era como una repentina vocación que había ignorado. La tomó tan a pecho que logró imponer en la práctica su idea de poner orden sin reprimir más de lo necesario, consciente de que no era posible seguir con la rigidez de sus predecesores en aquella “prefectura de disciplina”, cuyo mero nombre le había parecido siempre una declaración de guerra. Los alumnos lo respetaban, y muchos lo querían, sobre todo aquellos con quienes ejercía el “amiguismo” con mucho estilo, repartiendo sus favores para formar un círculo áulico de incondicionales, que serían sus próximos celadores, o que descartaría para mandarlos de vuelta a la tropa si no le convencían. Así logró hacerse no sólo necesario sino también muy popular, mientras comenzaban a apodarlo “el Pico” por su hábil retórica y el peculiar chasqueo que hacía entre la lengua y el paladar, para llamar al orden sin alterar su perpetua sonrisa de gentleman.

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De ese modo, cuando el rector (reformista, pero chapado a la antigua) reorganizó la “prefectura” con el nombre medio hipócrita de “regencia de estudios”, le propuso ser el regente, aunque aún no tenía veinticinco años. El Pico Sarachaga supo comprender de inmediato el sentido real de las instrucciones secretas, por las cuales “se pronuncia regencia pero se entiende prefectura, aunque con suavidad”, convencido de que era necesario contrarrestar las utopías muy intelectualizadas de los “psico-pedagogos” que mandaba la Universidad para implantar la dichosa “autodisciplina”, tan descolgados que si algún alumno hacía una trastada, en vez de ponerle amonestaciones se dedicaban a psicoanalizarlo. En ese sentido, al Pico nadie se le iba a pasar de vivo, porque se las conocía todas, y eso lo hacía imprescindible para el manejo de los díscolos. Pero además él tenía otras inquietudes, más allá de su oficio de represor con sordina. Sarachaga era un gran aficionado al cine. Desde años atrás no se perdía una película de los grandes directores, de Bergman y Fellini a Huston y Kurosawa, pasando por las históricas de Einsenstein, Chaplin y demás. Por propia iniciativa logró organizar un cine-club en el colegio, donde confraternizaba y daba cátedra entre los alumnos. Claro que entre el cine-club y su cargo de regente, que lo ocupaba mañana y tarde, poco o ningún tiempo tenía para empezar sus demorados estudios terciarios. Pero estaba muy feliz con su estilo de vida. Sin embargo, pronto surgió una sombra en el panorama: el reformismo acababa de perder el manejo político de la universidad, una situación que podía generar cambios drásticos en el colegio, ante los embates de los grupos antirreformistas de 1955 que seguían al ex rector Herrera, y habían comenzado a movilizarse para echar al rector actual, que a fin de cuentas era quien lo había hecho regente. Por suerte al muy tonto de Wrack Acuña se le ocurrió llamar a su ex compañero Sarachaga, para incluirlo en esa cruzada de recuperación, pensando que él seguía con la misma ideología de aquel entonces. Entonces el Pico vio la posibilidad de entrar en un juego doble, que lo dejase bien ubicado ganara quien ganara. Les contó a los conjurados que el colegio era un caos, que él estaba esperando ansioso que echasen al rector para manejar la regencia como se debía (con lo que les imponía su continuidad laboral si el complot ganaba). Pero de ahí acudía al rectorado a encerrarse con su superior para ponerlo bien al tanto de todo lo que se iba tramando contra él, y asegurarse su adhesión. Acaso aquella actuación suya (que el Pico manejaba entusiasmado casi como si protagonizase alguna película de espionaje) fue uno de los factores principales para debilitar el complot, pero como los que estaban afuera del colegio necesitaban

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imperiosamente información de lo que sucedía adentro, dependían por fuerza de él. Eso le permitía ser imprescindible para ambos bandos. El tira y afloja entre ambos grupos terminó a la larga en el Consejo Superior de la Universidad con un empate salomónico: al rector le aceptaron esa renuncia “pro fórmula” que había presentado al asumir las nuevas autoridades de la universidad, pero en vez de remplazarlo por alguien del grupo Herrera, nombraron rector a un ingeniero entre incoloro e insípido en lo ideológico, que para colmo llegaba sin ningún equipo, por lo que tuvo que apresurarse a confirmar al Pico como regente. Los que estaban afuera, afuera quedaron, quizás con la sospecha imposible de confirmar de que el Pico les había jugado sucio, mientras él comentaba a sus segundos más leales: “¡Que se jodan, por boludos y retrógrados, así aprenden!”. Con aquel episodio él también aprendió que su cargo no dependía de su eficiencia sino de los vaivenes de la política universitaria, en los que hoy se estaba adentro y mañana afuera. Pero como él necesitaba comer todos los días del año, resolvió buscar una salida laboral paralela al colegio, no sólo para no verse de la noche a la mañana sin trabajo ni sueldo, sino porque ya tenía la certeza de que a esa altura no iba a iniciar una carrera universitaria. Su mejor opción sería entonces ingresar en el periodismo. Para eso disponía de sus antecedentes con el cine club del colegio, además de varios artículos publicados en algunas revistas especializadas. Pero mejor aún, contaba con el amiguismo de algún ex compañero que providencialmente estaba en la redacción de un diario, y podría hacerle un lugar en la sección espectáculos. No se equivocó ni en su diagnóstico ni en sus precauciones. Un par de años más tarde hubo otra quiebra institucional en el país con el golpe militar de Onganía. Una vez más, por supuesto, volvió a quedar descabezada la Universidad, en un terremoto que llegó también al colegio, donde se produjo el consiguiente reemplazo del rector por otro conectado con el grupo que antes había quedado afuera, y que al Pico Sarachaga se la tenía jurada por traidor. De inmediato le pidieron la renuncia, con el argumento de que no tenía título habilitante para ejercer esa “delicada labor altamente especializada”, aunque de hecho la hubiese ejercido durante años. Pero por suerte él ya estaba en condiciones de iniciar una carrera de periodista cinematográfico en sucesivos diarios, con una capacidad de recuperación que a todos dejaría boquiabiertos, y a sus enemigos mucho más. No se fue solo; también se llevó consigo a Irene, una noviecita con la que estaba enredado desde que era alumna de sexto año, pero que él, fiel a su necesidad de no mezclar los asuntos del colegio con los personales, la había mantenido muy en

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secreto y a lo sumo la había nombrado auxiliar, como una manera de tenerla siempre cerca. Pero ahora, que se iba, bien podía darle estado público al noviazgo, total ella era una candidata firme a que la echasen también, como toda la gente que él había designado. De esa manera, Sarachaga comenzó su nueva vida de periodista casándose. Irene era una muchacha muy bonita, dulce y apacible, en suma: el remanso ideal para esa sistemática inquietud e hiperactividad del Pico, que del colegio había transferido al diario. Desde el principio resultaron ser perfectamente complementarios; antes de cumplir un año de casados ya habían tenido una nena que los hizo muy felices. Pero él quería además el varón, y perseveró en sus intentos hasta que otro año y medio después nació el tan esperado de sexo masculino, que vino a colmarlo de entusiasmo. Por desgracia, la exaltación duró muy poco al descubrir que la criatura había nacido con “síndrome de Down”, y sería deficiente mental de por vida. Todas las frases hechas para el consuelo se estrellaron entonces contra la realidad insoslayable de sus ojitos achinados, y aquella cabeza que a él le parecía más y más deforme cada vez que intentaba acostumbrarse a mirarla con buena voluntad. No podía resignarse a aceptar que tanta desgracia se hubiese abatido sobre él, Irene, y hasta la hijita, por esa simple e inocente copia extra del cromosoma 21, tal como se lo explicaban. Todo eso se comprendía muy fácil desde afuera y las leyes inexorables de la genética, pero desde adentro y como padre le resultaba imposible de digerir. Era como una bomba que había aniquilado para siempre el entusiasmo en su vida, mientras Irene se entregaba sin pensarlo demasiado a la tarea ímproba de mantener con vida a esa pobre criatura que ni siquiera podía mamar bien la leche materna. ¿Con qué ánimo iba a retomar él la rutina del diario y los cursos de historia del cine que daba en las academias? Sólo le quedaba el alivio de refugiarse en la oscuridad propicia de los cines, mientras se distraía viendo una y otra película para el diario. Pero luego, en cuanto se acababa la película y volvía a la vida real, o se iba del diario para regresar a su hogar, en casa lo estaba esperando esa cruz que seguía creciendo y creciendo en su cuna, hasta tornársela inhabitable. Se obligaba a aspirar hondo y callar, porque de nada le servía ya hablarlo o llorar. También tenía sus arranques de desesperación, en los que fantaseaba con matarlo o huir de la casa, para luego tener que serenarse, horrorizado de sus propias fantasías. Luego se empecinaba en trabajar todo el tiempo que pudiese y aún más, no sólo para mantener el hogar y sus nuevas necesidades, sino también para estar lejos lo

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más posible. A veces se quedaba demorado en el bar de la esquina del diario, con un vaso de whisky y la charla con algún colega. Ya ni siquiera se atrevía a mantener normalmente relaciones sexuales con Irene, por miedo a terminar engendrando otra criatura igual, lo que lo llevaba a detenerse lleno de furia e impotencia en medio del acto. Desahogos providenciales fueron entonces los viajes que el diario le encomendó para cubrir los grandes festivales internacionales de cine, con todos los gastos pagos, lo que le permitiría no sólo conocer Cannes, Venecia, San Sebastián y Karlovy Vary, sino de paso sentirse en vacaciones, para hacer alguna escapada por su cuenta a París, Roma, Madrid y Praga en los días intermedios. En esas estadías, gracias a las notas de color y las entrevistas que tenía que hacer para la revista del diario además de las crónicas de los estrenos, tenía la satisfacción de codearse con los grandes directores y estrellas que acudían a los festivales. También tenía la compensación de conocer las estrellitas y aspirantes a estrellitas, que anónimas pero siempre ávidas de publicidad, intimaban con los periodistas que prometiesen sacarlas del anonimato. Con estas compañías más o menos tramposas vivió fiestas y noches inolvidables que le hicieron sentirse Marcello Mastroianni en “La dolce vita”. Pero cuando también esa novedad se torno costumbre, esas infidelidades o gajes del oficio lo compensaron muy a medias de los tragos amargos que lo aguardaban. Así, a su regreso a Buenos Aires, en los fines de semana tenía que hacer de padre de familia, para andar flanqueado por un hijo en cada mano, hasta que inventaba algún pretexto para quedar solo con la nena, y endilgarle el hijo a Irene para que ella se encargase de cobijarlo y ocultarlo de su lado… ¡Sí; era un desalmado, un padre desnaturalizado; lo que quisiesen pensar, lo reconocía, aceptaba su culpa! ¿Pero qué podía hacer, si no resistía su vergüenza ante el mundo? Hasta trató de asumir al hijo de alguna manera, escribiendo un guión para un filme inspirado en su propio drama, con el título muy descarnado de “Síndrome de Down”. Pero no consiguió interesar a nadie para su realización porque lo consideraron muy crudo como para que tuviese éxito comercial. Tampoco Irene aliviaba su depresión. Ella se había resignado a “lo que Dios le había querido enviar”, convencida de que no era ni castigo ni estigma, sino tan sólo “una prueba”. La desgracia no sólo la había hecho regresar a la fe religiosa, sino que también se conectaba con los grupos de apoyo de padres con hijos “down”. Quería que él la acompañase a sus reuniones para asesorarse y consolarse mutuamente. Pero mal de muchos era consuelo de tontos, y él no podía pensar que ese hijo fuese

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una bendición de Dios. ¿O iba a entrar también en el delirio generalizado de decir que esos hijos eran más dóciles y cariñosos que los normales? Sin embargo, más allá de lo que creyese o no, necesitaba apuntalar con todas sus fuerzas lo que aún le quedaba de hogar, porque podía llegar a ser peor todavía. Entonces prefirió olvidar sus convicciones para acudir con su esposa a esas reuniones de padres, y envió a su hijo a esas instituciones que aseguraban integrarlo social y laboralmente. Al menos, servían para mantenerlo ocupado y afuera del hogar por algunas horas diarias, lo que permitía aliviar de sus ocupaciones a la pobre Irene, que llevaba la parte más pesada y absorbente, mientras que él podía aislarse en el diario. Así manejó Sarachaga su vida. Como pudo; no como se lo había propuesto. Irene solía consolarse citando aquel refrán que aseguraba que Dios siempre escribía derecho sobre renglones torcidos. Pero a él, como ateo, ni ese consuelo le quedaba, y tampoco podía mentirse tanto.

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Negociando el discurso

Marín multiplicó su actividad. Llamó a esos otros ex alumnos cuyos números de teléfono le habían dado en la reunión. Además pidió los presupuestos para la cena, los vinos, los diplomas y las medallas conmemorativas. También, de acuerdo al pedido del rector, habló con Sarachaga para verlo por el tema del discurso. Pero aunque él prefería encontrarse por el centro, el Pico le dijo que estaba medio inmovilizado por un ataque de reuma, por lo que tuvo que ir él a verlo a su casa de San Telmo. Se trataba del piso alto de una antigua casona en la calle Cochabamba, al que se accedía por una larga y empinada escalera de mármol que configuraba un instrumento de tortura para un reumático. Arriba lo esperaba Sarachaga, con la barba crecida y ropa de entrecasa, que justificó explicándole que prácticamente no se había podido mover desde que había regresado de aquella reunión de egresados. Parecía la sombra de aquel Pico que días atrás había visto muy elegante y divertido, seduciendo a todos con sus ironías. Hasta tuvo miedo de que rechazase la propuesta de dar el dichoso discurso. El dueño de casa lo condujo por un corredor que daba a un patio, donde retumbaba el rumor incesante de la autopista que se perfilaba al fondo. Entraron en una amplia habitación que parecía un aula, ocupada por varias sillas con pupitre distribuidas en torno a una pantalla de cine. Sarachaga lo hizo sentar frente a su escritorio, presidido por un proyector y muchos casetes de películas. - Aquí estoy dando mis cursos particulares de historia del cine – le explicó – así que si sabés de alguien o de alguna institución que quiera tomarlos, me harías un gran favor, y hasta podría pagarte una buena comisión si es un grupo. Algo cortado por la propuesta, Marín le preguntó si tenía muchos alumnos. - Tengo, tengo… - imprecisó el Pico – Después de todo, son muchos años que estoy dictando estos cursos. Pero con la crisis cada vez vienen menos, así que nunca es de desdeñar algún discípulo nuevo. Además, desde que me jubilaron en el diario, mi nombre ya no aparece en letra impresa; vos sabés cómo son estas cosas: uno tiene que luchar a brazo partido contra el anonimato como los jardineros con los yuyos que invaden todo, ¿y a la larga, quién gana? ¡Los yuyos, for ever!

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Después, sin que su visitante llegase a preguntarle nada, el Pico le habló plañidero sobre la muerte prematura de su hijo, “por graves problemas de salud” – según le dijo, sin más explicaciones; la ausencia de su otra hija, radicada en Norteamérica como si hubiese querido huir del clima de su hogar, enrarecido por la enfermedad del hermano; y la otra lejanía espiritual, la de su esposa, dedicada de manera casi obsesiva a la beneficencia en una asociación de ayuda a discapacitados. En suma, a él lo único que le quedaba para distraerse eran esos cursos sobre historia del cine, en los que podía ejercer su paternidad intelectual. - Hasta aceptaría alumnos gratis, con tal de poder comunicar todo lo que sé para que no se pierda… – reconoció Sarachaga, para luego concluir con una triste sonrisa – Pero hoy por hoy, son mayoría los que no quieren aprender ni siquiera gratis, hasta tendría que pagarles yo a ellos para que viniesen. Marín dejó transcurrir una pausa con el comodín de “¡Así anda el mundo!” para luego encarar directamente el tema que lo traía. Le refirió sumariamente su diálogo con el rector, y la sugerencia de que fuese el orador del acto. El Pico sonrió complacido: - Yo no tengo ningún problema en hablar desde el ángulo anecdótico que Ustedes quieran, porque no soy un desubicado como Wrack Acuña para introducir temas ideológicos en lo que tiene que ser un festejo … Aunque eso sí – recalcó querría que el colegio me hiciese no digo un homenaje, no pido tanto, pero al menos algún reconocimiento explícito de esos casi diez años en que velé con ecuanimidad y eficacia por el orden. Yo sé que después de mí sobrevino el diluvio, la hecatombe de la guerrilla y la dictadura militar; en suma: todo lo que se derrumbó sobre el país y el colegio, pero no se puede olvidar que muchos hicimos muy bien lo que dependió de nosotros, y a cambio sólo recibimos la puerta en las narices, y si te he visto no me acuerdo. Marin trató de abrir su paraguas: - Mirá, Pico: todos a su turno terminaron con la puerta en las narices; a veces los portazos vinieron de la derecha y otras veces de la izquierda, pero vinieron siempre: el país es así, se equilibra a los golpes, pero yo no sé si en las circunstancias actuales el rector tiene las manos libres para hacer ese reconocimiento. Él tan sólo habló bien de vos y me dijo que le gustaría que vos fueses el orador, pero no puedo comprometerme a lo que no depende de mí. A lo sumo, puedo hablarle. En ese momento se abrió la puerta de la habitación, y se asomó una mujer menuda y canosa, muy envejecida para su edad. Era Irene, la esposa del Pico, que se disculpó por interrumpirlos, pero él le dijo que se acercase a conocer a un ex

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compañero suyo. Al presentársela a Marín, Sarachaga le explicó con orgullo que ella era una de las primeras bachilleres mujeres que se habían llegado a recibir en el colegio, para comentar entre desafiante y risueño: - Ya sé que hay muchos de nuestra promoción que consideran una herejía que se hiciese ingresar a las mujeres, y dicen que se debería haber creado un liceo universitario femenino en vez de transformarlo en colegio mixto. - Bueno, yo no soy Wrack Acuña, che – se defendió Marín, aunque él también era de los que opinaban que así habían alterado la fisonomía tradicional de colegio de élite que pretendían Jacques y Nielsen. Pero trató de contemporizar: – El mundo cambia, y el colegio también. Imposible remar contra la corriente. - ¡Así es! Hoy las mujeres nos gobiernan, y a mi me gobiernan también, aunque ya casi ni me atienden – bromeó Sarachaga. Su mujer, por su parte, explicó que se quejaba porque ella iba todas las tardes a ayudar “en la Fundación” que era para ayudar a los padres de los hijos con “síndrome de Down”. - Es una obligación que me impongo en memoria de nuestro pobre hijo, que ya falleció. Marín dedujo que los “problemas de salud” que el Pico acababa de declararle sobre su hijo habrían consistido en alguna deficiencia mental congénita; vio con sorpresa que su rostro enrojecía, sea de vergüenza póstuma por el pobre, o de furia actual ante la indiscreción de la esposa. Se sintió violento por haber recibido esa información que Sarachaga quería ocultar como una enfermedad pudenda. Se apresuró a ponerle fin al encuentro con el pretexto de estar apurado. El Pico quiso acompañarlo hasta la escalera, explicándole que “lo que sigue, hoy no es pan para mis dientes, o escalones para mi reuma”. Luego le retuvo la mano mientras lo despedía, y le dijo en voz baja: - Vos sabés, después de la muerte de un hijo, y un hijo tan especial como fue el mío, nuestra vida nunca vuelve a ser la misma de antes. ¿Pero qué podemos hacer?... Marín comenzó a bajar la escalera sin saber qué responderle.

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El pianista amateur

Bernardo Méndez Castelbarco había estado indeciso hasta último momento entre asistir o no a la convocatoria de Marín; al final optó por no ir. La causa era muy simple: él nunca se había sentido muy integrado con sus ex compañeros. Eso no sólo por ser tímido y reservado, sino también por haber debido deambular de división en división sin estabilizarse en ninguna. Las razones habían sido ajenas a su voluntad: su primer año lo había cursado en una cuarta división que había sido disuelta entre las otras tres; luego, al terminar el tercer año, había ido con su familia a Europa, en un largo viaje de marzo a noviembre que lo había obligado a perder el año, y al regreso pasar a la promoción siguiente, ni siquiera en el turno de la mañana por falta de vacante. Después había cursado otros dos años, hasta que al llegar a sexto había logrado regresar a la mañana, así siempre entre compañeros nuevos con los que no llegaba a intimar, porque las camaraderías ya venían establecidas. Aquellos meses en Europa habían configurado un viaje muy especial, de los de antes, quince días de ida y otros quince de vuelta en el barco, en la bodega el auto de la familia, y en el puerto de Barcelona un chofer para conducirlos a través de España, Portugal, Francia, Bélgica, Holanda, Alemania Occidental, Austria e Italia, hasta embarcar de nuevo en Génova. A su regreso al colegio, Bernardo Méndez Castelbarco se sentía un ser superior, casi internacional, ante sus compañeros que sólo conocían Mar del Plata. Esa lejanía, agregada a sus arduos estudios de piano con Lalewicz (y a su muerte con el no menos ilustre Maestro Bures) habían significado que el colegio no pasase de ser, para él, un accidente inevitable pero secundario. Tampoco se había esmerado mucho en una carrera universitaria, más allá de algún examen en Derecho sin mayor entusiasmo. Por suerte, dinero era lo que sobraba en su casa, pues su padre era el Doctor Méndez, un prestigioso médico cirujano que ganaba grandes sumas con sus operaciones quirúrgicas. El hermano de Bernardo, varios años mayor, había seguido la carrera del padre, y estaba a punto de ser médico también. Él menor, en cambio, había sido consagrado por su madre a las musas. Porque Medora Castelbarco había querido para él la carrera artística que a ella su familia le

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había negado, reduciéndola a un destino de ama de casa. Claro que había logrado el nivel de la alta burguesía gracias al bisturí mágico de su esposo. Pero eso era poco para su insigne prosapia lombarda, emparentada según creía con el mismísimo Toscanini. Por eso había impuesto su apellido para el nombre artístico de su hijo: Bernardo de Castelbarco, eliminando ese Méndez sospechable de una vulgar procedencia gallega. Ya a los seis años Medora lo había puesto a estudiar piano. No sólo le había instalado un piano de cola muy caro en su salón, sino que antes de su ingreso al colegio le había hecho dar su primer recital, engalanado con un chaqué de joven prodigio. Después había descartado que iniciase su carrera pianística en el país, convencida de que estaba destinado a triunfar en Europa, por lo que se preocuparía mucho más por controlar sus ejercicios diarios ante el teclado que por sus estudios en el colegio. Por temperamento, Bernardo – o Bebé, tal su apodo en la familia – resultó ser retraído y estudioso; huía de los deportes o la vida al aire libre, para volcarse a la lectura y la poesía. También escribía sus poemas, aunque nunca quedaba claro si realmente eran suyos o si los había recopilado de algún poeta poco conocido, como aquel que rezaba “¡Oh luna burlona, de luz que apasiona, soberbia y divina!” y concluía en “No dejes que nunca la mano del hombre te robe el enigma de tu sangre azul”. Tenía la capacidad de cautivar y fabular sin cesar; así conseguía transitar por los caminos de la fantasía y lo irreal con una gracia y levedad que lo alejaban del delirio. Un episodio que vino a confirmar su espíritu romántico fue cuando el hermano mayor se recibió de médico. En esa gran fiesta para celebrar su graduación no tuvo mejor ocurrencia que plantar a la noviecita que lo había acompañado a lo largo de sus estudios, con algo de “vida nueva, novia nueva”. Bebé quería mucho a la que ya imaginaba como cuñada, y ante la traición del hermano decidió repararla él, tomando su lugar en la continuidad del noviazgo, aunque ella le llevase algunos años de edad. Por supuesto que un proyecto tan a contrapelo no podía cuajar, y no cuajó. Pero sirvió para vislumbrar su perfecta caballerosidad, y también su falta de objetivos propios en cuanto a su destino. Mientras vivía melancólicamente ese conato sentimental como el gran amor imposible de su juventud, el Doctor Méndez anduvo moviendo sus relaciones a pedido de la muy preocupada Medora, que quería distraer al hijo con algún recital. Consiguió tres: en el Círculo Militar, en el Naval, y en el Palacio San Martín de la Cancillería, que no le reportarían cachet artístico pero sí prestigio social. Luego, esa última conexión le

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permitió combinar una serie de recitales a realizarse en las embajadas argentinas de Madrid, París, Londres y Roma. Tampoco allí cobraría cachet pero le pagarían los gastos de viaje y hoteles, lo que ya era bastante. Bernardo de Castelbarco preparó entonces tres programas de recitales con sus obras predilectas: Sonatas Claro de Luna y Waldstein de Beethoven, valses y nocturnos de Chopin, Impromptus de Schubert, Carnaval y las Infantiles de Schumann, algún Debussy y Ravel, y como bises el tango de Albéniz, alguna milonga de Williams, la Danza del Fuego, y – broche de oro – el Estudio Patético de Scriabin, que siempre le reportaba el gran aplauso final. ¡Y con este repertorio, a Europa! Esta vez Bebé consideró que ya era mayor como para viajar solo; hasta el Doctor Méndez aceptó la idea, ansioso de acabar con la sobreprotección materna. Pero Medora se negó rotundamente: ¿Cómo iba a dejar que su hijo no tuviese quien lo ayudase con los pasajes y los mil detalles del recital, desde llevarle su maletín para que no cansase sus manos hasta repasarle el frac, las camisas, lustrarle los zapatos, y todo lo necesario para que pudiese concentrarse sólo en su música? En suma, Bebé tuvo que viajar con su madre como acompañante, y además en barco, porque ella le tenía miedo al avión. Eso les permitió integrarse a la vida social de la primera clase del “Eugenio C”, que fue bastante activa a partir de que el pianista se hizo aplaudir en un petit- recital, en el que además de sus piezas de bravura debió acompañar a una célebre soprano que regresaba del Colón a Italia. Entre los muchos admiradores que cosechó Bernardo de Castelbarco en la velada artística, el más entusiasta era un francés muy distinguido, quien a su vez regresaba de Brasil, a donde había ido a instalar la filial de una fábrica de perfumes y cosméticos que poseía en las afueras de Niza. Apuesto y elegante, con sus cuarenta años dorados por el sol y sus cabellos rubios casi cenicientos, Max de Monteil se declaraba descendiente del Barón de Chateauneuf de Grasse, cuyo escudo heráldico presidía tanto su tarjeta personal como los frascos de sus perfumes de esencias provenzales que solía obsequiar. Al ver que el joven pianista hablaba francés aprovechó para monopolizarlo con su charla, mientras Medora quedaba al margen por el idioma. Entonces Max se permitió esa impunidad para ahondar en temas más íntimos y personales, que al tímido Bebé lo inquietaban y atraían al mismo tiempo. Tanto la madre como el hijo se deslumbraban con su sociabilidad de alto nivel. Quedaron más deslumbrados aún al saber que tenía una villa y un yate en Beaulieu-sur-mer, uno de los balnearios más exclusivos de la Costa Azul, y que los estaba invitando a pasar allí unos días de descanso cuando concluyesen sus compromisos artísticos.

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Por cierto que aceptaron la invitación. Entre recital y recital Bebé fantaseó con aquella semana como un verdadero fin de fiesta luego de su tournée por las embajadas. Sentía que se le abrían las puertas del gran mundo al que siempre había anhelado acceder, quizás influido por los sueños de su madre. Claro que ahora – curiosa paradoja – la cercanía inevitable de Medora le impedía manejarse con la soltura y libertad que quería. Pero así venía barajado el juego, y así tendría que aceptarlo. El rencuentro en Beaulieu con Max de Monteil fue muy grato. Como excelente anfitrión que era, los agasajó y paseó con su auto por Niza, Cannes, Mónaco y Menton. Luego les ofreció hacer una escapada en su yate hasta Mallorca, para que el pianista conociese la cartuja de Valldemosa donde Chopin había vivido junto a George Sand. Pero cuando Medora vio las dimensiones del yate y las cotejó con las del mar a navegar se asustó hasta desistir de la travesía; Bebé en cambio se encaprichó en ir, por lo que resolvieron que ella se quedaría en la villa de Beaulieu a esperarlo mientras él se entregaba a la aventura. Así los dos amigos pudieron largarse al mar Mediterráneo sin más testigos que un viejo marinero ya amaestrado para esos cruceros idílicos. Todo parecería indicar que Max pudo consumar por fin su demorado himeneo con el joven pianista romántico, mientras el mar cómplice los acunaba. Entre la travesía y los paseos por la isla, los amigos tardaron una semana larga hasta el regreso. Cuando Medora se vio nuevamente ante su hijo, lo urgió a viajar a Génova para abordar el primer barco hacia Buenos Aires, pues ya se habían demorado mucho con esa estadía en la Costa Azul. Entonces Bernardo le anunció que él había resuelto prolongar algún tiempo más esas vacaciones en la villa, porque aún le faltaba conocer todo el resto de la Provenza y los Alpes Marítimos, ¿o tenía que rechazar la hospitalidad de Max? Medora insistió, pero esta vez se veía ante la voluntad inconmovible del hijo, que de pronto había dejado de obedecer sus mandatos. De todos modos, ella no quiso plantear un conflicto en un ámbito donde sólo era huésped. Sin querer indagar las causas de esa rebeldía filial, prefirió creer que se trataba de un capricho pasajero en la fantasía siempre exaltada de Bebé, por lo que le convenía aflojar la cuerda. Además, su hijo le había dicho confidencialmente que Max prometía mover sus conexiones como para abrirle el camino de una carrera artística en Francia. ¿Cómo iba a dejar pasar esa ocasión que no se repetiría?

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Esto último no era cierto, pues en sus largas pláticas Max le había aconsejado vivir su juventud más despreocupada y libremente, de manera que el piano no resultase un agobio diario, sino un placer y una cualidad para brillar socialmente. - ¡Ah! ¿Pero de qué vivo entonces? ¿De mis padres? – había sido su reacción. - ¿Por qué no? Yo también viví de los míos, hasta que heredé los negocios. No hay que vivir tan tensionado. La suerte o el destino intervienen siempre, sobre todo si se tiene tu charme natural… Sólo es cuestión de saberse valorar; ya te enseñaré todo lo que eres capaz y hasta ahora lo ignoraste, mon cher Bebé. Bernardo porfió entonces hasta lograr que su madre se decidiese a regresar sin él, con la promesa de seguirla luego de sus vacaciones provenzales, aunque ya con el firme propósito secreto de quedarse definitivamente en Europa, con o sin piano. De ahí en más vivió en Beaulieu, gracias a la afectuosa hospitalidad de Max que llegó a durar unos cinco años, y también gracias a las oportunas remesas de dinero que le llegaban cada tanto de la Argentina, entre promesas de regreso que luego iba postergando siempre por algún concierto a realizar justo en esas fechas en algún salón muy exclusivo de la Costa Azul u otras ciudades provenzales como Aix, Aviñón, Nîmes o Arles. A estos recitales de piano, Bernardo había agregado la música de cámara, integrando un trío con un violinista y un violoncelista de Niza. Pero no se podría precisar con certeza cuáles de todas estas actividades artísticas sucedieron en la realidad y cuáles quedaron en su imaginación, porque era imposible saber dónde comenzaba en Bernardo la fabulación o la mentira, con sus límites tan vagos y personales entre la realidad y la fantasía. Casi coincidente con el lento deshojar de su vínculo con Max, le llegó la noticia de la muerte repentina de su padre, por lo que tuvo que viajar de apuro a la Argentina en avión para llegar al entierro a acompañar a la madre. Más allá del duelo familiar, Bernardo regresaba arrastrando con leve melancolía ese fin de ciclo entre sentimental y amistoso (hubiese sido exagerado llamarlo crisis). Durante el viaje, hizo un balance de esa etapa que acababa de cerrarse. Reconoció que la había pasado muy bien, aunque a costa de dejar su piano en estado casi vegetativo. Verdad que en la Costa Azul había disfrutado de una perpetua primavera, con inviernos benignos y veranos llenos de playa, sol, mar y yate, que le permitían flotar en un presente sin exigencias de futuro. No se arrepentía, no, de esa vida. Pero tampoco podía estar plenamente satisfecho de haberse aletargado en aquel paraíso artificial para la tercera edad, en vez de abocarse a la segunda que estaba transitando.

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En Buenos Aires debió pensar en otros asuntos. El Doctor Méndez había dejado una fortuna considerable a repartir, y su hermano mayor pedía quedarse con la casa de familia donde tenía su consultorio. Bernardo evaluó que todo esto le permitiría a él reunir un capital suficiente para alquilar algún pequeño apartamento en París y vivir de rentas, sin lujos pero sin zozobras. Entre tanto Mamá Medora se mudaría a otro departamento tan amplio como para cobijar el adormecido piano de cola de Bebé y su biblioteca, convencida de que muy pronto regresaría definitivamente a vivir con ella, en cuanto pudiese poner punto final a la que creía una carrera, a partir de sus relatos. Bernardo se instaló pues en París, cerca de Pigalle, donde tuvo la suerte de alquilar una minúscula mansarda, por cuya ventanita tenía vista directa sobre la mole blanca del Sacre Coeur. Pero no tuvo la misma suerte para retomar – o iniciar – una carrera profesional. En la gran capital la superpoblación de pianistas era atroz, y más atroz aún la competencia, además de que sus actuaciones en salones de provincia no le valían como antecedentes. Por otra parte carecía de padrinos artísticos, y ya no estaba en edad de presentarse a competir en algún concurso con jóvenes que llegaban con diplomas de maestros célebres y vertiginosas digitaciones. Entonces bajó sus miras; aprovechó que había conseguido hacer entrar en su salita un piano (vertical, más grande imposible) para publicar algún anuncio en una revista musical ofreciéndose como maestro de piano y repertorio, más que todo para ver lo que podía salir de esa botella al mar. Lo que salió, además de algún chico con sus aburridas escalas y solfeos, fue Nicole, hija rebelde de una familia alsaciana, que se había venido a París a intentar una carrera de cantautora, por lo que necesitaba mejorar sus conocimientos de piano para poder acompañarse con sus canciones. Nicole no tenía veinte años; a Bernardo lo cautivó con sus traviesos ojos verdes, que cuando los entornaba se hacían soñadores, y la sonrisa siempre irónica que marcaba unos hoyitos irresistibles, allí donde concluían sus labios. Siempre reía, aún cuando algo no le salía bien, como buscando complicidad. No sólo era una ráfaga de juventud que le hacía recordar a aquella inalcanzable novia de su hermano; también era una nueva oportunidad que parecía brindarle el sexo femenino tras su interregno con Max. ¿Cómo rechazarla? Por cierto que a él no le interesaba el tipo de música que ella hacía. Pero no eran precisamente sus gustos musicales lo que le atraía, así que se entregó a su encanto. La posición correcta de manos, muñecas y brazos ante el teclado le permitió una lección magistral que logró derivar en caricias más o menos disimuladas. Así comprobó que ella no hacía ningún rechazo a esos avances sino que más bien los incentivaba con su risa cómplice. Siguió avanzando entonces. Cuando se quiso

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acordar ya estaban en plena relación sexual. Se sorprendió por tan espontánea facilidad; pero pensó que Nicole era de una generación más libre que la suya, sin problemas ante el sexo, aunque eso sí, lo practicaba sin otorgarle tanta importancia. Pero él era lo suficientemente anticuado como para pensar que ella se le hubiese “entregado”, lo que lo obligaba a la gratitud. Así, cuando Nicole se apareció con la novedad de que había conseguido alguna actuación en un cabaret aunque aún no estaba entrenada para acompañarse, le tuvo que aceptar el pedido de que la secundase. Eso sí, no le gustó nada cuando supo que tendría que disfrazarse con una gorra y un chaleco con colorinches; hasta recordó a aquel profesor Unrat que se terminaba degradando por seguir a Marlene Dietrich en “El ángel azul”. Nicole le preguntó con una lógica irrebatible si acaso un concertista no se disfrazaba también con su frac o su chaqué para actuar ante el público, por lo que debió aceptar ese otro tipo de disfraz. Luego fueron surgiendo otras presentaciones en Rouen, Poitiers y Tolouse, para las que él tomó el seudónimo de Max Mendez por preservar esa carrera de concertista, que en la práctica ya estaba cerrada. El problema surgió cuando les salieron unas actuaciones en Niza, Montecarlo y Menton. Ahí la proximidad de su antiguo amigo lo asustó; temió que pudiese llegar a descubrirlo disfrazado y de segundón de Nicole, a él que siempre se había jactado de ser ni más ni menos que un concertista. Entonces se empacó en que no pensaba ir ni por la fuerza, lo que provocó la ruptura violenta de aquel dúo entre laboral y amistoso. Nicole siguió su destino, y Bebé se quedó en su ventanita de Pigalle viendo refulgir el Sacre Coeur en el cielo. Ahora se sentía solo, sin nada que hacer. Prefería salir a pasear por los bulevares para no deprimirse encerrado. Pero se aburría de dar vueltas; terminaba en la vereda vidriada de algún bar, ante un café o una copa, mientras veía pasar aquel enjambre afanoso de gente extraña, ajena, y lo aguijoneaba el miedo de terminar reiterando aquel viejo cliché tanguero del “Anclao en París”. En sus andanzas había conocido a un argentino ya mayor, empleado en una de las principales casas de modas, que lo invitó a ir a su casa aquel sábado, donde acudiría un grupo de compatriotas exilados, para ver películas de Niní Marshall, Pepe Arias y Paulina Singerman. Fue. Allí conoció a un escritor, un régisseur de ópera, un director de cine, y un cantante, pero no pudo comprender que hubiesen recorrido tantos miles de kilómetros para juntarse a añorar un Buenos Aires que ni siquiera existía más. A ellos no les iba mal; hasta estaban obteniendo cierto éxito en sus

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profesiones; sin embargo, la nostalgia y la melancolía los estaba corroyendo; se buscaban unos a otros como para darse tibieza de amistad y origen común. Estaba decidido; antes de terminar con un brote depresivo, prefería regresar a la Argentina, donde lo seguía esperando su madre con su departamento gratis, el piano de cola y su biblioteca. Después de todo, la inflación endémica del país hacía que sus rentas en divisas cada vez resultasen menores, de modo que el alquiler de su habitáculo en Pigalle lo dejaba corto de presupuesto. Al llegar a Buenos Aires descubrió dos novedades. La primera, que Medora había resuelto el vacío de su viudez dedicándose a obras de beneficencia, con una nutrida agenda de té-canastas, bingos, desfiles de modas, y otros rebusques para recolectar fondos. La segunda, más hogareña, era que ella había compensado el abandono filial adoptando como hijo sustituto al nieto, al que ya venía absorbiendo y entrenando como su nuevo Bebé. En cuanto vio que había recuperado al hijo pródigo, Medora lo comprometió a dar algún recital de beneficencia, que él tuvo que aceptar como pago a su hospitalidad. Total, su vida ya estaba jugada, y a él no le desagradaba la idea de tener que retomar sus horas diarias de estudio para poner nuevamente en dedos las obras abandonadas, volver a ser pianista en un salón, y luego ser agasajado por esas damas de beneficencia que estarían convencidas de hallarse ante un célebre pianista que tocaba en Europa. Eso sí, también tuvo la generosidad de hablar con su hermano mayor para advertirle del peligro que corría su hijo de terminar atrapado como él en las redes de Medora. Quizás nunca había sido tan generoso como en esta oportunidad, hasta el grado de reconocer su propia frustración. Lástima que el hermano creyó que era por celos que Bernardo lo alertaba sobre la super madre y abuela, y no le hizo mayor caso. Quizás eso de los celos, también podía ser un componente de esa generosidad.

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La segunda convocatoria

Cuando el Contador Marín convocó a la segunda reunión, a realizarse veinte días después de la primera, creyó que iba a ser muy simple, porque se reduciría a aprobar sin mayores discusiones todo lo que él ya traía organizado: los presupuestos de medallas y diplomas, y el catering de la cena y los vinos. A lo sumo quedaría por resolver la misa en San Ignacio y la elección del orador del acto. Esto último seguía sin definición porque no se había atrevido a plantearle al rector las pretensiones de Sarachaga, para no indisponerlo. Eso sí, había llamado por teléfono al Pico para recordarle la nueva reunión. El muy testarudo había vuelto a insistir sobre su posible homenaje. Luego, molesto ante la falta de solución a su pedido, le había dicho que no sabía si iba a asistir a la nueva reunión porque todavía seguía con artritis. Por eso, Marín consideraba la conveniencia de buscar otro candidato a orador que fuese más confiable, a ver si todavía como represalia Sarachaga se le borraba. Como secretario ejecutivo, llegó a la reunión con la anticipación adecuada para recibir a los demás, pero al subir las escaleras de la asociación se encontró a Mario Burman que ya estaba allí esperándolo, con dos de sus camaradas de ideas. Marín sospechó de inmediato que querría insistir con lo del homenaje a Dalayrac que había planteado sobre el fin de la reunión anterior, y él había creído desactivar. No se equivocaba: ofuscado y sin mayores cortesías ni preámbulos, Burman le planteó que él no había quedado conforme con la “patoteada” anónima que le habían hecho para rechazarle su moción, sin siquiera haber dejado que les expusiese sus argumentos, por lo que iba a insistir en una “moción de orden” para poner a votación nominal su pedido de homenaje a Dalayrac, así se vería quiénes lo aprobaban y quiénes se oponían, para que se quitasen la careta de una buena vez aquellos que apoyaban la dictadura militar. Tomado por sorpresa, Marín le declaró que él no consideraba prudente crear una situación conflictiva que condujese a una ruptura dentro de la promoción, porque eso equivalía a boicotear el festejo del cincuentenario y hacerlo imposible, cuando él estaba ahí precisamente para facilitarlo. ¿O pretendía que se peleasen unos con otros?

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- Cuando hay pelea es porque no ha habido justicia – se escudó Burman. - Me parece que vos pretendés sacar dividendos ideológicos – aventuró Marín – y esto tiene que ser un encuentro fraternal de todos, con las ideologías al margen. - ¿Pero no te das cuenta de que tu prohibición de ideologías ya es de por sí una forma de ideologización? - No, Burman, no me vengás con sofismas… Uno de los que acompañaba a Burman trató entonces de contemporizar: - Yo estoy con él en que, por lo menos, tendríamos que hacer una referencia expresa a Dalayrac en el discurso. Sería la manera de demostrar al menos que repudiamos la dictadura. Ahí intervino Reinaldo Acevedo, que al llegar se había integrado al grupo: - ¿Por qué tenemos que repudiarla o aprobarla? ¡No tiene sentido! ¿Qué más tendríamos entonces que repudiar o aprobar? Yo considero que tenemos que atenernos estrictamente a lo nuestro. - ¡Pero Dalayrac era nuestro, ¿entendés?; hoy estaría ahí mismo, donde estás vos, si no lo hubiesen asesinado! Por eso tenemos que recordarlo; para tenerlo en ese día también con nosotros. ¡Todos o ninguno! – exclamó Burman conmovido. Ahí surgió otra voz tonante, la de Wrack Acuña, que también había llegado y asistía con indignación creciente al altercado: - Ese homenaje organizátelo vos con los que quieran concurrir, Burman, porque yo, por mi parte, me opongo, y no voy a jugar de hipócrita para quedar bien. ¡Basta de este chantaje macabro que desde hace treinta años nos quiere seguir enfrentando a unos argentinos contra otros, como si el tiempo no hubiese pasado!… ¡Yo no maté a nadie! ¿Por qué tengo que vivir entonces proclamando mi inocencia? ¡Fue una guerra, y en la guerra unos matan y otros mueren, unos ganan y otros pierden! ¿O vamos a tener que hacer una declaración contra Hitler, y otra de apoyo a Abel y repudio a Caín? - ¡Pero vos sos un fascista hecho y derecho, tratando de justificarlos! – saltó uno de los acompañantes de Burman. - ¡Yo no tengo nada que justificar! Ahí Marín se alarmó al ver que eso ya estaba al borde de la gresca, así que trató de imponer orden a los gritos: - ¡Basta, termínenla ya! ¡Se los exijo en nombre de la Asociación! ¿Nos hemos reunido para terminar a los golpes? Los que quieran pelear, a la calle, pero aquí no. Aquí todos somos “hermanos en el aula y en la vida”… ¿Entendieron?

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Los gritos de Marín tuvieron la virtud de imponer una momentánea calma. Entonces él aprovechó para decirles que pasasen al salón, a debatir ordenadamente como universitarios civilizados y no como barrabravas del fútbol. Todos fueron entrando, pero era evidente que cada bando se iba agrupando en ángulos opuestos, como disponiéndose a una pelea parlamentaria. Marín trató de enfriar los ánimos tomando lista de los presentes, para anotar con parsimonia a los que no habían asistido a la reunión anterior. Luego pretendió empezar la sesión tal como la había planeado, con el tema de los diplomas y medallas. Pero una vez más se volvió a alzar Burman para decir que la suya era una moción de orden que debía tratarse antes. Wrack Acuña lo interrumpió a su vez para exigir que se respetase el orden del día. Ya parecía que de nuevo iba a arder Troya, cuando Pancho Aguilar se alzó de su asiento, aislado tanto de uno como de otro bando, y abarcando a todos con un gesto imponente de sus brazos, les dijo: - ¡Muchachos! ¿Qué les pasa? ¡Por favor! La otra vez no pude venir; llego ahora aquí, y en vez de verlos a los abrazos como debería ser, me los encuentro como perro y gato, a pesar de que todos estamos viviendo ya el último tramo de nuestras vidas. Todos callaron, porque Aguilar era un abogado de gran prestigio, que había sido juez y también preso político de los militares. Tras un silencio, Aguilar siguió con su arenga: - Ya no nos queda tanto tiempo para seguir peleándonos al pedo, ¡carajo!. ¿Qué sentido tiene entonces todo esto? Si antes pudimos y supimos ser como hermanos, cuando teníamos tanto por vivir y disputar, ¿por qué no podemos hacerlo ahora, cuando sólo nos quedan moneditas en el bolsillo? Ustedes saben que soy sobreviviente del “proceso militar”, que tuve que soportar cárcel y torturas que no les voy a referir, porque no pretendo reclamar lástima ni dividendos políticos. Aquello fue lo que me tocó a mí en el reparto, pero eso sucedió ayer, y hoy les digo sin falsos patriotismos que es la paz y sólo la paz lo que el país espera y exige de nosotros. - Estoy de acuerdo, pero no la paz a cualquier precio – argumentó Burman. - La paz significa siempre ceder de ambos lados. - ¿Pero los que están del lado de enfrente, qué ceden? Luciano Bernardelli propuso entonces que si Burman necesitaba recordar ese día a Dalayrac por una cuestión de conciencia, había que aceptárselo, aunque no todos estuviesen de acuerdo, y se debía incluir en el discurso algún párrafo explícito de homenaje a Dalayrac.

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Pero Félix de Murúa, que había seguido luego la carrera naval, se opuso de plano: - ¡No, un homenaje expreso a Dalayrac, no! ¿Por qué? ¿Porque fue subversivo? Como mucho, hagamos un homenaje a todos los muertos de nuestra promoción. Pero como no hay constancia fehaciente de quién ha muerto y quién no, no podemos nombrarlos, así que no se nombra a ninguno. Esto es lo más que se puede conceder. - ¡Pero esto es más de lo mismo! – resolvió Burman - No se está reconociendo nada, y eso no lo podemos aceptar. Ante este planteo, el Contador Marín volvió a tomar la palabra desde el lugar privilegiado de su escritorio: - Ya lo ven: tirando y tirando de la cuerda de uno y otro lado, han logrado llevar todo a este callejón sin salida. ¿Qué pretenden ahora? ¿Suspender los festejos? ¿Era esto lo que buscaban? Cundió el silencio, hasta que lo quebró el turco Ahmed con tono amistoso: - Yo creo que nos estamos ahogando en un vaso de agua, muchachos. La solución es muy simple: ¿Acaso Dalayrac no era cura? Muy bien: Se puede hacer la misa de acción de gracias en San Ignacio también en memoria de los compañeros muertos, sin nombrarlos porque no sabemos quiénes murieron, pero mencionando especialmente a Dalayrac, porque de su muerte tenemos noticia cierta. Nada más lógico que hacer una misa por un sacerdote, ¿no les parece? Pero ahí saltó Burman: - ¡No, no me parece en absoluto! Yo soy ateo y no pensaba ir a la misa. Además, el homenaje a Dalayrac tiene que ser por su actuación como ciudadano y no como cura. Ahí le replicó Ahmed: - Yo también soy ateo, y sin embargo voy a ir a la misa por compañerismo. Tendrías que ser un poco más abierto, Burman. De atrás se oyó a Wrack Acuña, ya con tono burlón: - A mi me parece una propuesta muy ecuánime: nosotros le damos una misa a un bolche; como retribución, los bolches vienen a la misa. - A mi me parece que me están tomando el pelo, ¡así que basta, o me retiro! – se ofendió Burman. Entonces Ahmed trató de recomponer ese nuevo exabrupto que él mismo había desencadenado: - Bueno, veamos: ¿qué otra solución hay, que nos pueda unir, muchachos? .

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- Una muy simple, pero difícil. – recogió el guante Pancho Aguilar – La misma que yo tuve que tomar ante mi propio rencor: renunciar a él, haciendo de tripas corazón, el día en que me soltaron de la cárcel y me encontré con que tenía que seguir viviendo y conviviendo, como pudiese, a pesar de todo. Ese día me di cuenta de que había que mirar sólo hacia adelante, y nada más. Por eso, yo les propongo lo mismo: que celebremos juntos todos los que hoy estamos o hemos quedado, y recordemos a nuestros muertos queridos en silencio, dentro de nosotros mismos, con unción y sin proclamas, porque con proclamas o sin ellas, ya no podrán volver. Quizás esto sea sólo un mínimo común denominador, pero es el único posible para quienes han vivido una guerra, desde uno u otro bando, y ahora tienen que compartir la paz, que es algo más difícil todavía, porque exige un itinerario interior, personal, secreto. Aguilar quedó callado, conmovido quizás, y no menos conmovido estaba Reinaldo Acevedo cuando lo felicitó efusivamente por sus palabras, para decirles a los demás que proponía que fuese el orador de la promoción, por cuanto había sabido interpretar el sentir más profundo de todos. Muchos asintieron con aplausos, mientras que los que habían intervenido en el altercado quedaban en silencio. Entonces Marín aprovechó aquella coyuntura para proponer que pasasen al orden del día, y comenzó por presentar los presupuestos de las medallas y diplomas. Pero ahí también volvió a interrumpirlo Burman, para preguntar si no era absurdo gastar todo ese dinero para “auto homenajearnos entre nosotros” mientras había tanta miseria en el país, en las calles y en esas villas de emergencia que nunca podían emerger. Ahí le respondió risueño Reinaldo Acevedo: - Mirá, mi querido Burman: con lo que gastemos en una cena y una medallita que ni siquiera es de oro o de plata, no creo que podamos hacer ricos a los pobres. - Sí, pero podemos evitar el escándalo de “unos todo y otros nada”. - ¿Pero vamos a festejar nuestro cincuentenario, o a ponernos en apóstoles de la igualdad social? – saltó Wrack Acuña, provocando algunas risas entre los demás. Entonces se alzó Burman de su silla, y se dirigió ofendido a la puerta diciendo: - ¡Allá ustedes, son unos burgueses dignos de lástima! Pero conmigo no cuenten más. ¡Que disfruten el acto! Los dos que habían llegado con él lo siguieron, haciendo más dramática la salida. Algunos trataban de detenerlos y pedirles que se quedasen. Otros, en cambio, gritaban “¡Que se vayan! ¡Sí para eso vinieron, para armar lío!”. Bernardelli propuso un cuarto intermedio en la reunión para gestionar el regreso de los que se habían ido. Pero, ya alterado, Marín se negó tajantemente:

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- Si decidieron irse ellos, no veo por qué tenemos que frenar todo para ir nosotros a suplicarles que regresen. Yo no voy a interrumpir nada; estoy harto; la retirada fue de ellos, la puerta sigue abierta si quieren regresar, pero eso sí: sin pedidos especiales. Ahora, sigamos con el orden del día, o yo también me doy por ofendido y me voy al demonio, ¡qué tanto joder! Todos se sorprendieron al ver que el mismo Marín, siempre tan circunspecto, había perdido su mesura. Se produjo silencio. Marín logró dominarse. Y la reunión pudo seguir.

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Pancho Aguilar

Pancho Aguilar era abogado como su padre y también su abuelo, aunque más por tradición familiar que por influencia directa, porque al abuelo no había llegado a conocerlo, y su padre se había muerto cuando él recién estaba cursando su primer año del colegio. Esa muerte paterna había sido prematura y violenta, con la violencia oculta del primer peronismo. Aquel Doctor Olegario Aguilar, segundo de la dinastía, era miembro de uno de los estudios jurídicos más prestigiosos de Buenos Aires, y abogado principal de una de las empresas eléctricas de la ciudad, siempre en riesgo de ser absorbida por el Estado. También era dirigente del Colegio de Abogados, verdadero reducto de la oposición al gobierno. En suma, había poderosas razones para caer preso luego de la fallida revolución del General Menéndez allá por 1951. Cuando lo tuvo en su poder, la “sección especial” de la policía no se privó de torturarlo con la picana eléctrica. Pero se les fue la mano; el abogado sufría del corazón y casi se les murió durante la sesión, por lo que optaron por lavarse las manos devolviéndolo de apuro al hogar, para que falleciese allí pocas horas después. Así, a los doce años, a Pancho Aguilar le había tocado el trance traumático de asistir a la detención y muerte del padre, con un velatorio y entierro poblado no sólo por colegas y amigos de Don Olegario sino también por rostros desconocidos, seguramente esbirros policiales infiltrados para husmear y controlar todo. Luego le había tocado llevar al colegio su corbata y brazalete de luto todos los días, con la consigna de no andar divulgando entre sus compañeros las circunstancias de la repentina muerte paterna, por temor a las represalias. Como curiosa simetría, esa no había sido la primera muerte por motivos políticos en la familia, pues según la tradición un antepasado suyo había sido asesinado por la Mazorca en las inmediaciones de la posta del Caballito. Pero nadie se habría imaginado que esa historia volvería a repetirse cíclicamente en el país. Más allá de la exaltación poética de Borges al insistir en “estas crueles provincias” y el “destino sudamericano”, se entendía que, aún con la prepotencia del peronismo, la civilización sarmientina había triunfado sobre la barbarie originaria.

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Pancho vivió su bachillerato bajo el escudo póstumo paterno, que resolvía la situación económica de la viuda y el hijo con sus honorarios, siempre tardíos pero metódicos, que el estudio jurídico les iba devengando por su intervención en largos juicios que recién ahora concluían. Además, le había dejado una excelente biblioteca que invadía el escritorio y los pasillos de la casa. Gracias a ella, Pancho, que era de una inteligencia muy despierta - más dada a libros y lecturas que a la vida libre o las diversiones - desplegaría un auténtico espíritu enciclopédico, abierto tanto al derecho y la filosofía como a la historia, la astronomía, la heráldica y hasta la física y la química. Cuando debió elegir carrera universitaria, optó por la paterna: ingresó a la Facultad de Derecho, dispuesto a ser – como diría Borges en aquel mismo Poema Conjetural – “un hombre de sentencias, de libros, de dictámenes”. Realizó una carrera rápida y brillante. Estaba por empezar su último año de Derecho cuando decidió acudir desinteresadamente, como Wrack Acuña y varios otros, al llamado del rector Herrera para recuperar la línea tradicional del colegio. En aquella cruzada le tocó actuar como secretario del Centro de Bachilleres, por lo que debió asistir junto al presidente a la serie de visitas a los decanos de las facultades y miembros del consejo superior de la universidad, en un inútil intento de convencerlos. Luego, con la derrota, comprendería que había perdido ingenuamente su tiempo en luchar contra el poder, que no entendía de ideales sino tan sólo de intereses creados. Ese amargo aprendizaje le serviría de mucho en los años que se avecinaban al país. Ya abogado, Pancho inició su vida profesional ingresando en el estudio de un antiguo colega de su padre, que le derivaba algunos juicios a cambio de que le diligenciase otros suyos en Tribunales. Todo eso reportaba mucho más trabajo que honorarios, casi siempre retrasados, pero era un buen comienzo. Fue entonces que cometió su primer error: se apresuró a casarse antes de tener resuelta su situación económica, por lo que tuvo que instalarse a vivir con Mónica – su flamante esposa – en el departamento de la madre, que era lo suficientemente amplio como para desplegar también allí su estudio privado con la biblioteca paterna. Esta primera solución conyugal no resultó muy del agrado de su esposa, habituada a ser consentida como reina en la casa de su padre. Tras algún roce con la suegra, Mónica empezó una lucha sorda pero sistemática para irse de allí con “Francisco” - a quien se resistía a designar con el inmemorial apodo de Pancho, y hasta prohibía a sus amigos de toda la vida que lo siguiesen llamando así. Pancho, o Francisco, por su parte, aceptaba entre divertido y bromista esa invasión en la que creía ver un exceso de afecto y voluntad de posesión. Pero Mónica

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no cejaba en su cometido diario de convencerlo de que más allá de su afición por los libros y el saber, necesitaba ser un hombre práctico y no el utopista que había sido hasta entonces, con mucha sabiduría jurídica pero ni siquiera un autito usado. La defensa de Pancho consistía en decirle que no era tan fácil forzar su situación económica, porque toda carrera de abogado requería su tiempo de despegue. Entonces Mónica se puso a movilizar por su cuenta a todas sus amigas. A través de una de ellas, hija de un militar destinado a una intervención federal, consiguió durante el gobierno militar de Onganía que lo nombrasen juez de instrucción en una lejana provincia patagónica de esas que, antes de ir a establecerse allí, no sabían ni siquiera si estaba más al sur o más al norte que las otras. De ese modo, el joven matrimonio Aguilar fue a parar a una ciudad que aunque capital era más pequeña que muchos pueblos grandes de la provincia de Buenos Aires. También su sociedad era pueblerina; resultaba imposible pasar desapercibido tal como a Pancho le hubiese gustado. Su afición al estudio de los temas técnicos del Derecho muy pronto fue conocida por la universidad provincial, que en su indigencia académica le ofreció la cátedra vacante de Filosofía del Derecho. Allí Pancho pudo dedicarse a la epistemología, la ontología y la axiología jurídicas, que eran una golosina para él, y para sus colegas del foro un arcano. Esto le hizo ir ganando prestigio. A pesar de su juventud, dos años después lo designaban presidente del “Superior Tribunal de Justicia”, o sea la máxima autoridad judicial de la provincia. Claro que Pancho no podía discernir si se trataba de un premio o de un presente griego que nadie quería, pues el gobierno militar ya se venía batiendo en retirada, jaqueado cada día más por Perón desde España y los atentados montoneros en todo el país. Pero Mónica estaba radiante con su nueva dignidad de “señora del presidente”, que le llegaba cuando ya esperaba un hijo, y jamás hubiese aceptado que su marido declinase semejante honor con acceso al procerato social. Entre tanto, Pancho veía que la situación del país estaba cambiando día a día, y que todo el mundo se iba haciendo peronista de un día para otro, sobre todo los que provenían de hogares antiperonistas y querían borrar su pecado original. Ante estos cambios, ¿él que podía hacer? ¿Iba a perder el tren, o peor: iba a ser perdedor de nuevo, como cuando aquella inútil quijotada del colegio? Puesto ante esa disyuntiva de ser leal a los que se iban, o recibir sin hostilidad a los que llegaban, optó por una actitud estrictamente legal y técnica, que resultase irreprochable. Todo sucedió de acuerdo a sus previsiones: el gobierno militar llamó por fin a elecciones, que las arrasaron los candidatos peronistas, de un peronismo más cercano a los montoneros y a “la tendencia” que al mismísimo Perón. Al menos en un

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principio, Pancho continuó en su cargo sin que le reclamasen la renuncia. Entonces se dispuso a perdurar, insistiendo en su perfil constitucionalista y neutral, claro que con algún guiño a los nuevos amos, inclinando la balanza hacia ese lado. Mientras la izquierda de Cámpora manejó el poder, fue “garantista” ante cada detenido sospechado de actividades terroristas, aplicando la ley con total rigor y poniéndolos en libertad si no existían pruebas suficientes. Por otra parte, a muchos de aquellos “montos” cuestionados, él solía tenerlos como alumnos o colegas en su cátedra universitaria, así que no podía jugarles en contra. Pero después Cámpora y sus montoneros cayeron en desgracia para dar paso a Perón y luego a la viuda con una oleada de políticos que acordaron con el ejército la tarea de acabar con la subversión. Entonces a Pancho le pidieron la renuncia, quizás por parecerles blando, aunque al menos no le tocaron su cátedra universitaria. Desencantada, Mónica consideró que era tiempo de liquidar aquella aventura patagónica y regresar a Buenos Aires, antes que la situación empeorase. Pero Pancho estaba demasiado apegado a esa cátedra de la que había sido su creador; él quería seguir allí, donde ya estaba instalado, aunque en las aulas reinase el marxismo revolucionario. Una vez más, los hechos le terminaron dando la razón a Mónica: la lucha de los militares contra la zurda se tornó más y más virulenta, mientras recrudecían las razzias de sospechosos. Ella insistió en dejar esa provincia que se había tornado inhóspita, ahora que ya nada los retenía allí. Pero Pancho porfiaba en que él no tenía que temer, que había quedado al margen, por lo que no cedió a las exigencias de Mónica, aunque estuviesen al borde del ultimátum “quedate vos si querés, pero yo me vuelvo”. Tal fue la amenaza de ella. Pero antes de que la llegase a cumplir, Pancho cayó preso también. Así, al igual que su padre un cuarto de siglo antes, le tocaría conocer la cárcel desde atrás de los barrotes, él que la había conocido siempre del lado de afuera, como abogado o juez. Todo sucedió sin orden judicial de detención, ni abogado defensor, ni habeas corpus, ni la más mínima garantía. Simplemente se lo llevaron “a disposición del Poder Ejecutivo”, para ir a parar a un antro donde se amontonaban y entremezclaban todos

los

detenidos,

fuesen

funcionarios,

dirigentes

gremiales,

políticos

o

estudiantiles. Allí quedó incomunicado, en condiciones infrahumanas, sin catre ni servicios sanitarios ni nada, a la espera no ya de sumario o juicio legal sino tan siquiera de comida, que llegaba tarde y poca, mientras debían convivir entre sus miasmas,

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obligados a hacer sus necesidades en un rincón, que tenían que turnarse para limpiar cada mañana. Pero más allá de la humillación, lo más terrible eran las torturas que lo rodeaban: picana eléctrica, brutales palizas y otros tormentos más, que podía sospechar al oír los bramidos lejanos de las víctimas, y luego confirmaba cuando esos presos regresaban destruidos al antro. Así se enteró de suplicios que ni siquiera hubiese imaginado que existirían, como sumergirles la cabeza en una pileta con agua casi hasta ahogarlos, darles zapatillazos en las plantas de los pies hasta que perdiesen el conocimiento, o golpes en los oídos, tan terribles como para hacerles confesar lo que sabían y lo que no sabían también. A Pancho no lo torturaban, porque no necesitaban ninguna información; sólo lo acusaban de entorpecer las tareas militares con sus “burocratismos”. Pero tampoco estaba tan seguro de que en cualquier momento no le tocasen las torturas también a él. Por ahora lo tenían allí, como escarmiento o como si se hubiesen olvidado de que lo tenían. A veces se preguntaba si no lo harían así a propósito, para que los otros presos lo creyesen un espía, y desconfiasen de él. Quizás por eso, le parecía que ellos callaban cuando se les acercaba, lo que lo sumía en la más irrazonable de las paranoias. Pero lo que más lo angustiaba era pensar que no tenía la menor noticia de Mónica ni de su hijito. ¿Dónde y cómo estarían? Era imposible que también a ella la hubiesen metido presa… ¿Entonces? ¿Lo estaría esperando en la casa? ¿Se habría vuelto a Buenos Aires? ¿Intentaría alguna gestión para lograr liberarlo? Verdad que últimamente habían peleado bastante, pero no por eso podía dejarlo librado a su suerte… ¡El era su esposo, y más aún: el padre de su hijo! Sin embargo, no sabía nada de ellos; su incomunicación con el mundo exterior era absoluta. Entonces volvía a verse uno más en aquel rebaño sufriente, humillado, hambriento, mugriento, aterrado, desesperado, anónimo, con la trágica incógnita de su futuro y su presente, porque en ese mismo momento, de pronto, podían irrumpir a llevárselo - ¿hacia la libertad, hacia la muerte? – como a esos que no había visto volver, y que muy rápido eran remplazados por otros nuevos que iban llegando. Así cayó en un brote psicótico, entre insomnios, pánicos y pesadillas. A veces se veía como un héroe trágico, que reiteraba el destino de su padre veinticinco años atrás, y que eso también le sucedería a su hijo. ¡Por eso tenía que escapar de allí y del país, para ponerlo a salvo más que por si mismo! ¿Pero cómo? ¡Si por el mero hecho de ser argentino, también su hijo venía estigmatizado con el terrible “destino sudamericano”!

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Todo siguió así, entre la angustia y la locura, hasta que un día también vinieron a llevárselo a él. Sin explicarle nada, lo metieron en un camión militar sin ventanillas, en el que no podía enterarse por dónde iban o a dónde lo llevaban. Cuando lo bajaron estaba ante un avión militar al que lo obligaron a subir. Eso lo aterró, al no saber si lo estaban trasladando a algún lugar, o si en mitad del vuelo lo arrojarían al vacío. No sabía, no podía saber nada; tan sólo tenía la certeza de que estaba a merced de un poder superior que lo subyugaba y jugaba con él. Cuando el avión aterrizó, estaba con sus nervios destrozados. Lo bajaron y metieron en otro camión hermético, una vez más hacia algún lugar ignoto. Al llegar lo condujeron a través de corredores y rejas de una prisión interminable hasta depositarlo en un calabozo individual. ¿Una buena señal, un mal presagio? ¿O solo una estación más en su via crucis que seguía indefinidamente? No quiso saberlo: estaba agotado. Recordó aquel cuento de “la tortura por la esperanza” de l´Isle Adam. Lo que él necesitaba era precisamente lo contrario: desechar toda esperanza, toda impaciencia, para quedar en estado vegetativo, como única posibilidad de sobrevivir. Lo que no sabía era que con ese traslado había sido “blanqueado”, para recuperar su condición de ser humano o casi, por lo que su juicio o liberación sería sólo cuestión de tiempo y burocracia. Días después lo llevaron a un único interrogatorio sumario, en el que pudo declarar que su nombramiento de juez provenía del gobierno militar anterior, y explicar los motivos legales y de jurisprudencia de las libertades que había concedido. Además tuvo que aclarar que ya no era juez, con lo que comprendió que lo habían detenido por error, como otra chantada más “a la argentina”. Después llegó la orden de soltarlo sin explicaciones, pero como él no se iba a quedar allí a exigirlas, calló, y así de pronto se vio en la calle casi sin poder creerlo, sin saber ni siquiera en qué día estaba viviendo. ¡Pero estaba vivo y libre! Debilitado, con los nervios destruidos tras tan larga tensión, lo primero que atinó con la poca energía que le quedaba fue dirigirse a la casa paterna, donde el portero lo ayudó a subir hasta el piso de su madre. Ella lo recibió como si lo viese salir de la tumba, mientras él se derrumbaba exánime en sus brazos. En cuanto volvió en si, aún antes de descansar o alimentarse, le preguntó a su madre qué sabía de su esposa y su hijito. Pero ella no podía darle mayores informes. Sólo sabía que, al caer preso, Mónica había regresado a Buenos Aires con el hijito, pero directamente a su hogar paterno. Únicamente se había comunicado con ella una sola vez, para descargarse en quejas contra Francisco, proclamando que todo aquello

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había sucedido por su culpa y nada más que su culpa, así que nunca más quería volver a tener noticias de él porque no estaba dispuesta a seguir casada con un preso o desaparecido por estúpido, por lo que iba a iniciar los trámites para la separación legal, y quitarle la patria potestad sobre el hijo. - ¡En resumidas cuentas, que ni pude llegar a conocer a mi nieto! – concluyó la madre, desolada. Pancho quedó perplejo, ya sin capacidad de reacción ni de respuesta ante esa novedad. Por lo pronto, no se sentía con fuerzas suficientes como para plantearse nada, y mucho menos las recriminaciones de Mónica. Primero tenía que reponerse, recuperar su voluntad, sus energías. Su madre lo condujo a su antiguo dormitorio, con la cama ya tendida como esperándolo. ¡Necesitaba descansar, bañarse una y otra vez tras tanta mugre; comer bien tras tanto rancho inmundo! Ya habría tiempo para emerger de esa pesadilla y volver a ser él, de a poco. Si podía… Pero sus penurias no habían concluido tan repentinamente. Al contrario: las secuelas recién comenzaban ahora, y eran terribles. Aunque necesitase dormir, al mismo tiempo tenía pánico de quedar dormido, indefenso, a merced de cualquier ataque. Luego, por fin agotado, se adormecía, pero para caer en alguna pesadilla con carceleros, gritos de torturas, aviones y laberintos, de la que despertaba sobresaltado y más cansado que antes, para desembocar de vuelta en el miedo irracional a dormirse. Se sentía con palpitaciones, el corazón le latía y se paraba, le dolía la cabeza, la nuca sobre todo, con una cefalea persistente, y terminaba cayendo en una fuerte depresión nerviosa, siempre sin lograr dormirse por más que lo necesitase. Su madre llamó a un médico psiquiatra, que al enterarse de todo lo que le había pasado diagnosticó “stress postraumático” y colapso intelectual con síndrome de fatiga crónica por extenuación emocional. En resumen, le recetó una batería de calmantes, como una primera etapa de recuperación para salir de su trauma psíquico. Iba a ser un largo proceso, sin un final previsible. Pancho fluctuaba entre momentos de cansancio e insensibilidad, casi como ausente, con la mirada perdida, y otros momentos de irritación en los que no podía soportar nada, ni siquiera la presencia compungida de su madre. Caía en la desesperanza de que no volvería a ver nunca más a su hijito; lloraba; luego se olvidaba de todo, hasta del hijo. Pero de repente regresaban todos los recuerdos más atroces entre sobresaltos: la cárcel, sus compañeros de cautiverio, los gritos, los gritos siempre… Quería olvidar, pero no, olvidar nunca. ¡Necesitaba recordar todo! Y si recordaba, no resistía los recuerdos… El psiquiatra había aconsejado que no saliese a la calle, ni oyese la radio, ni viese televisión. Totalmente aislado; sólo con libros y música. A veces hacía alguna

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incursión en la biblioteca paterna, pero no lograba concentrarse ni retener lo que leía, por más que se esforzase. Tampoco quería ni abrir esos libros de Derecho que en la Argentina se habían convertido en la más absoluta falsedad e hipocresía. Lo habían vencido; él ya no era “un hombre de sentencias, de libros, de dictámenes”. En realidad, no era nadie. Tampoco era un hombre dispuesto a luchar. Se conformaba con que lo dejasen en paz. Lo demás, lo concedía. Que se olvidasen de él. ¡Ah, si él también hubiese podido olvidarse! Pero no, no podía. Así vivió casi en estado de latencia, prácticamente sin enterarse de lo que estuviese sucediendo afuera de su habitación. Le bastaba con lo que le había sucedido. Una imagen lo obsesionaba: la de un edificio de varios pisos, al que años atrás había visto envuelto en un gran incendio desde el tercer piso hacia arriba. Luego, con el tiempo, lo habían reciclado suprimiendo toda la estructura alta incendiada, a partir del segundo piso. La imagen de aquel edificio mocho, deforme, lo perseguía, lo hacía compararse con él. ¡Si al menos pudiese recuperar esos pisos que no se habían incendiado! ¿Pero su esposa y su hijo? Todo aquello era lo irrecuperable. A lo más que podría aspirar sería a empezar de nuevo. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Para qué? ¿Con qué ganas? Solo el tiempo lo decidiría.

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Tras el incendio

Al concluir aquella segunda reunión, el Contador Marín quiso hablar a solas con Pancho Aguilar, en vista de que lo habían elegido el orador del acto. Él nunca lo había tratado mucho porque eran de distinta división, pero le parecía una persona sensata, y convenía ponerlo al tanto de su arreglo con el rector. Con ese propósito, al salir de la asociación le propuso caminar juntos unas cuadras, para invitarlo a tomar algo. Comenzaron por comentar la áspera disputa entre los dos grupos. Luego Marín se dedicó a halagar a Pancho por su generosa y ecuánime intervención como mediador, a pesar de que hubiese estado preso y hubiese sido torturado por el gobierno militar. - Pero claro, aquellos a quienes les tocó sufrir todo en carne propia – concluyó Marín – tienen una autoridad moral de la que carecen otros, que se quedaron rumiando en su cueva, y ahora se hacen los héroes a posteriori, sin haberlo sido… Aguilar trató de neutralizar esa interpretación que era un dardo directo contra el pobre Burman: - No es tan así. Fueron tiempos muy difíciles para todos, Marín. Cada uno se comportó como pudo. Y si a mi me tocó vivirlos desde adentro, en vez de observarlos desde afuera, no fue porque yo lo hubiese querido así, sino todo lo contrario. Ya estaban instalados en una mesa de la London, y tras hacer el pedido, Aguilar siguió: - Lo más complicado fue que, así como me tocó vivir aquello, también me tocaría superarlo, para poder retomar la vida y seguir hacia adelante. ¡Eso era lo bravo! Salir como pudiese de aquel pozo en que había quedado. Necesité una larga terapia, en la que tuve que ir comprendiendo de a poco que sólo podría reorganizar mi vida aceptando el cierre definitivo de aquella etapa para iniciar de cero otra nueva y distinta. No era entonces cuestión de olvidar o de recordar, de perdonar o de prepararme para el desquite, sino de dejar de lado todos esos recuerdos, rencores y nostalgias, porque la vida que iba a pasar ahora bajo mi puente ya nunca más podría ser la misma de antes, y yo quería seguir viviendo.

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Fue ahí que el mozo apareció con el pedido, y Aguilar calló. Marín respetó aquel silencio. Pancho tomó algún trago de su bebida, y retomó el hilo del relato, como si necesitase objetivarlo ante un extraño: - Era cruel, pero yo no podía volver a buscar ni a mi esposa ni a mi hijo; tenía que darlos por irremediablemente perdidos, por mucho que me doliese. A mi hijo sólo pude verlo mucho después, con intervención judicial, por cuentagotas y sin poder influir en su educación. Ni siquiera llegaría a estudiar Derecho como yo o mi padre. Pero lo acepté. Mirar hacia atrás hubiese sido quedar petrificado como la mujer de Lot. Eso también le pasó a Orfeo al ir buscar a Eurídice, y pobre de quien no comprenda ese símbolo. Yo lo comprendí; por eso mi recuperación no fue hija ni de la memoria ni del olvido, sino tan sólo de volver a barajar para iniciar otro juego. En eso, las raíces de la vida son inagotables. Aguilar detuvo su relato, y Marín quiso preguntarle cómo había logrado organizar esa nueva vida. - Ahí, por una vez, me ayudaron las circunstancias – reconoció Pancho - Al terminar la dictadura militar, los radicales vinieron a buscarme para que integrase los cuadros de gobierno de Alfonsín, no sé si como una garantía de antimilitarismo, o porque les convenía mostrar en su elenco a ex presos y torturados, que no tenían tantos en sus filas. Y yo acepté, aunque sin aquel entusiasmo inicial también perdido para siempre. Me hice funcionario público, fui asesor jurídico, tuve uno y otro cargo técnico, en la Casa Rosada, en la Cancillería; gané bien, me pude volver a casar, tuve nuevos hijos. Así alcancé mi jubilación actual que algunos llaman “de privilegio” pero que a mi no me avergüenza tenerla porque me costó demasiado ganarla. Hoy no me veo ni un vencedor ni un vencido, sino tan sólo uno que logró reflotarse en este naufragio general que se llama “la Argentina”. Aguilar calló, y ahí Marín aprovechó la ocasión para llevarlo hacia el tema que a él le interesaba. Le preguntó cómo veía la situación del colegio dentro del país actual. - ¡El Colegio!...- suspiró Pancho - ¿Qué podría decir? Todo cambió tanto … Hoy ya no creo que tuviésemos razón cuando pretendimos retomarlo en 1963 para retrotraerlo a una época anterior, porque el país había seguido andando y nosotros no. Nos habían enseñado la Historia Argentina desde un ángulo muy parcial, el de las glorias de Caseros y la Generación del 80, y todo eso ya había desaparecido y existían otras visiones, no menos válidas, que ya andaban en boga… ¿y cuál era la verdad, entonces? ¿Sólo la nuestra, o la de los demás también? ¿Y además, importa

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eso acaso? La Argentina ya me aburrió con esa obsesión por darle siempre vueltas a la Historia como una calesita… Pancho volvió a quedar por un instante pensativo, y luego continuó: - Quizás idealizábamos demasiado; el Colegio no había sido nunca ese solemne “castillo de las luces” que nos decían; en realidad siempre fue bastante enquilombado y, sobre todo, quilombero. Aquella toma del 55 no era la primera ni sería la última; dos años antes habíamos tenido un gran lío para echar al chupamedias peronista de D´Agostino, ¿te acordás?, y luego los líos, paros y protestas seguirían hasta hoy, siempre bajo distintos signos y circunstancias. Que nosotros hayamos intervenido en el del 55 fue una simple fatalidad cronológica. Pero el futuro del Colegio – que no podría ser ni mejor ni peor que el del país - tampoco nos incumbe ahora a nosotros, porque no nos podemos vanagloriar de nada ni dictar cátedra; a lo sumo avergonzarnos de todo lo que hicimos mal, y sobre todo de lo que no hicimos, que fue mucho, tal como hoy salta a la vista ante el país que nos quedó. Ahí Marín aprovechó para encaminar el diálogo, diciéndole que había estado hablando con el rector actual, que le había confesado que hoy por hoy era imposible lograr el orden entre la muchachada, porque hasta los padres los apoyaban cuando hacían lío. Lo más que se podía hacer era mantener el caos bajo un relativo control, sin que el escándalo saliese del edificio y se derramase en los diarios, lo que sería mucho peor. Por eso, en el discurso convenía no tocar esos temas álgidos de la disciplina, ni tampoco entrar en la polémica que esa tarde los había enfrentado en la asociación, y en cambio evocar a los viejos profesores, hablar de “hermanos en la vida como hermanos en el aula”, brindar por el Colegio y la Patria, y nada más. - Bueno, si los cimientos del “viejo y glorioso” colegio de la patria están tan frágiles que un taconeo fuerte lo haría venirse abajo, lo mejor que podemos hacer por respeto a él es caminar en puntas de pie y sin hacer ruido, ¿no? – rió Aguilar. - Exactamente, esa sería la idea más sensata. - De acuerdo – concluyó Pancho – Entonces, que sea “hermanos en el aula y en la vida”, brindis, abrazos y punto final.

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Burman recuerda a Dalayrac

Entretanto también Mario Burman estaba en un bar de la Avenida de Mayo, pero más modesto, en la vereda de enfrente, intentando neutralizar con una cerveza el chubasco que había debido aguantarse en aquel encontronazo con sus muy burgueses ex compañeros. Ya el Pico Sarachaga le había advertido tras la primera reunión que tendría que ser menos peleador y más diplomático si quería conseguir ese homenaje a Dalayrac. Pero él no podía dejar de ser tal como era. Tampoco comprendía que ellos no hubiesen querido adherirse, ni siquiera ante el hecho sorprendente de que un comunista propiciase el homenaje a un cura. Claro que Armando Dalayrac había sido un cura muy especial, enemigo de ellos, lo que toda esa manga de reaccionarios sabía de sobra. Sin embargo, él no pretendía homenajearlo por sus ideas, que por cierto no compartía, sino por su calidad humana, su valiente actitud ante los militares, y sobre todo por aquella amistad que los había unido desde primer año hasta el momento mismo de su muerte. ¡Y después, eran ellos los que le decían “sectario”! Ya desde el primer año de colegio habían sido inseparables como hermanos, aunque él fuese judío y Armando católico practicante. Pero más los unía al principio la afición compartida por la filatelia, que en las charlas de los recreos los convertía en los dos bichos raros de la división, frente a aquellas interminables polémicas futbolísticas de la abrumadora mayoría. Después, con los años, también surgiría el gusto en común por el cine-arte, aunque eso tal vez sería por influencia directa de él, que fue el primero en concurrir al Cine Lorraine. Luego llevó a Armando a esas tardes cinematográficas, que marcarían el comienzo del interés de su amigo por la problemática social. Así había influido él sobre Armando, a través de las charlas y discusiones que solían mantener a la salida del cine. Pero Mario, a su vez, recibía otras influencias. La principal era la de su padre, ateo y comunista, que en su consultorio de dentista atendía gratis (prótesis y materiales al margen) a algún obrero del partido. Fiel a sus ideales políticos, el Doctor Burman era inquilino en su consultorio y su vivienda, para no ser un propietario burgués.

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También Mario había tenido la influencia de Sara, su hermana mayor. Ella, sin fe religiosa pero con fidelidad racial, se proponía estudiar Medicina para luego irse a ejercerla en un kibutz de Israel. Todo eso lo había hecho oscilar al principio entre el comunismo y el sionismo, sin saber cuál de los dos elegir. Pero luego había recibido la visión crítica de Armando. En cuanto a su padre, su amigo consideraba que más que comunista era un individualista que ejercía su propia omnipotencia al decidir a quién no cobrarle y a quién cobrarle de más para compensar sus ingresos, lo que estaba más cerca de la represalia ideológica y la lucha de clases que de la solidaridad social. En cuanto a Sara, le criticaba que no se sintiese obligada ante la sociedad que le costeaba sus estudios, y quisiese ir a ejercer su profesión a otro país. Así, su amigo había influido sobre sus ideas más de lo que se hubiese imaginado. Por su parte, Armando había recibido otras influencias que no provenían de él. En la iglesia a la que iba, los curas lo habían comprometido a acompañarlos por los conventillos de la parroquia para hacer catequesis y repartir alimentos y ropa. Sin duda había entrado en esa tarea por complejo de culpa, porque Papá Dalayrac era dueño de un comercio de comestibles especializado en cafés, turrones y golosinas importadas, en donde no regalaban ni una nuez partida. Esas tareas sociales le permitían a Armando decirle a su amigo que él tenía un compromiso verdadero con los pobres y oprimidos, mientras que el compromiso de Mario era puramente intelectual, fruto de sus libros y las consignas ideológicas, no del amor a Dios y la caridad al prójimo. Entonces Mario le replicaba con fastidio que lo importante no era hacer menos pobres a los pobres, sino adoctrinarlos y hacerles tomar conciencia de clase para que combatiesen por la causa revolucionaria: - Porque ustedes sólo sirven para suavizar y disimular la desigualdad social, pero la mantienen – predicaba Mario. Y Armando: - Y Ustedes, ni siquiera eso hacen; sólo hablan. Pero por más que discutiesen, seguían juntos porque siempre era mucho más lo que los unía que lo que los separaba. Luego llegó el momento de la separación, al recibirse de bachilleres e iniciar sus carreras universitarias. Ante la rotunda oposición paterna a dejarlo entrar al seminario, Armando eligió Ciencias Naturales como mal menor, con la intención oculta de esperar la oportunidad para salirse con la suya, siempre con la idea fija del sacerdocio. Mario, por su parte, no tuvo oposición en elegir Sociología, e ingresó sin problemas en la facultad de Filosofía y Letras. Pero muy pronto la facultad devoró

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todo su tiempo, o más precisamente se lo devoró el Cefyl (el centro de estudiantes) con sus asambleas y movilizaciones casi cotidianas. Aunque se había inscripto en el máximo de materias, cada vez le reclamaban más su tiempo las necesidades del Cefyl: hacer carteles, vender apuntes y libros, repartir panfletos, etcétera. Por ellas no asistía a las clases teóricas, a los trabajos prácticos obligatorios, y por último perdía la regularidad y el cuatrimestre. Así terminó su primer año sin rendir ninguna materia, con la ilusión de preparar alguna libre para marzo, que luego desbarataría el verano con sus distracciones. De ese modo ambos perdieron casi dos años: Armando arrastrando una carrera que no le atraía; Mario yendo todos los días a trabajar gratis en su facultad, mientras se iba convirtiendo en alumno crónico. Luego ambos tuvieron también una crisis casi simultánea, Armando al decidirse a afrontar una pelea con su padre y entrar al seminario, le gustase o no. La crisis de Mario, en cambio, fue inversa, pues fue su padre el que dijo “basta”, aunque compartiese el compromiso ideológico de su hijo, conminándolo a trabajar en algo que redituase dinero, porque el trabajo gratuito en el Cefyl le parecía muy loable, pero su consultorio odontológico no daba para seguir manteniéndolo eternamente, así que… Así que Mario, ante la necesidad de conseguir algún trabajo, aunque más no fuese para calmar al padre, logró que los dirigentes del Cefyl – siempre con muy buena relación con el decanato – le encontrasen algún puesto de oficinista, primero en la biblioteca de la facultad y luego en el registro de alumnos. Eso le permitiría ganar un sueldo no muy suculento, pero seguir escapándose la mayor parte de su horario de trabajo al local del centro, casi como un vicio irrefrenable. También podría asistir a alguna clase, en un intento postrero por retomar – o iniciar por fin – su carrera; intento que, por cierto, volvería a diluirse, esta vez ya para siempre. Entre tanto Mario no había abandonado su afición por el cine-arte. A veces lograba llevar a Armando a alguna función de fin de semana, que eran los únicos días en que su amigo estaba afuera del seminario. A la salida, tras discutir sobre la película que acababan de ver, la charla recaía fatalmente en lo mismo: Armando le criticaba que el ámbito de la facultad era un microclima dialéctico e intelectualizado, que no le permitiría salir de esa catacumba ideológica y elitista para insertarse en la “realidad nacional”. - ¿Y vos, en qué realidad nacional te insertás? – le replicaba - ¿En la de rezar y estudiar la Biblia? Entonces, el seminarista le explicaba que la Iglesia estaba cambiando mucho con el Concilio Vaticano y las nuevas tendencias, comprometiéndose con los pobres a

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través de los sacerdotes para el tercer mundo. También le hablaba con entusiasmo de la cosmovisión de Teilhard de Chardin, y de un Padre Mugica que había sido alumno del colegio, y que en sus sermones citaba a Mao, el Che y otros apóstoles de la revolución, para horror de las señoras gordas que asistían a sus misas. ¡Ése era el nuevo cristianismo con el que comulgaba! - ¿Pero vos qué pretendés? – reía Mario - ¿Qué yo me bautice y comience a ir a esas misas, para que me enseñen cómo tengo que ser revolucionario, así de paso aprendo a rezar el rosario? Al final, cada uno quedaba firme en su idea, pero convencido de que el otro estaba muy cerca en esa lucha que compartían. Luego la situación política del país se complicó más y más. Onganía dio su golpe militar contra el gobierno civil, y un mes más tarde intervenía la universidad con una violenta toma de las facultades que luego se daría en llamar “la noche de los bastones largos”. En Filosofía y Letras, a Mario Burman le tocó salir desalojado del edificio en medio de una doble hilera de policías que daban bastonazos a diestra y siniestra; él ligó más de uno, de ahí fue llevado herido a la comisaría para ser liberado recién a la mañana siguiente, gracias a que pudo justificar que no era ni estudiante ni profesor sino tan sólo un empleado administrativo que estaba cumpliendo con su trabajo. Después de aquel episodio, Mario comprobó algo mucho más grave: ahora tenía miedo, un miedo visceral por su vida y su integridad física. Para peor, de golpe había vislumbrado que ese episodio no era el desenlace sino el comienzo de una nueva época, terrible, violenta, ya sin reglas de juego, en un vale todo que bien podía acabar con su libertad y también conducirlo a la muerte. ¡Y no! ¡Él quería vivir, seguir viviendo, porque aquella noche había descubierto que aunque su ideal revolucionario fuese entre heroico y quijotesco, su cuerpo tenía todo el rechazo a sufrir de un Sancho Panza! Luego la facultad permaneció cerrada por varias semanas; cuando la reabrieron, Mario decidió no regresar a su trabajo, pensando que los demás compañeros de la oficina conocían de sobra sus ideas, por lo que ahora - que los palos habían comenzado a llover del otro lado - no iba a faltar quien lo denunciase. Ante sus camaradas bien podía declarar que se iba por solidaridad con los alumnos y profesores, y aún conseguir que lo admirasen. Pero él no se podía llamar a engaño: tenía el ideal, pero le faltaba el coraje; eso era todo. Quizás a partir de aquel día Burman comenzó a sentir admiración por Dalayrac, y también algo de envidia. Precisamente, Armando ya terminaba sus estudios en el

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seminario. Fue consagrado sacerdote, y luego derivado a una provincia del norte como primer destino pastoral, en una experiencia que asumió con verdadero entusiasmo. Mario, por su parte, obligado a buscar algún trabajo para remplazar el sueldo perdido, terminó por emplearse en un kiosco de la calle Corrientes donde vendía cigarrillos y golosinas durante más de diez horas diarias. Comenzó diciéndose que era como un refugio de normalidad para salir de tanto microclima revolucionario en la Facultad. Pero después terminó por convencerse de que sólo era la mejor manera de castigarse por su cobardía y deserción de la lucha. Ya era tiempo de ponerle punto final al castigo, para buscar algo más acorde con su personalidad. Entonces consiguió un empleo en una distribuidora cinematográfica, que le permitiría conocer desde adentro el negocio del cine que siempre había visto desde afuera. Entre tanto Dalayrac había regresado de su estadía en alguna parroquia pobre de algún pueblo perdido en una provincia feudal, muy motivado ante la realidad de que sus pobladores no eran pobres sino pobrísimos hasta la miseria, sin trabajo ni tierra ni educación ni medicinas. Ahora estaba convencido de que “no había compromiso cristiano sin compromiso político”; se enroló en los movimientos conciliares de sacerdotes por el tercer mundo, donde participó con otros curas jóvenes en la “marcha del hambre” de Villa Ocampo. Luego, como ex alumno que era, le ofrecieron actuar como asesor espiritual de la juventud estudiantil católica del colegio. Pero ya no lo satisfacía eso de tratar con muchachos de la clase media o alta de la capital, cuando ahora tenía clara conciencia de otro país, de otra realidad mucho más candente, necesitada de un apoyo real y no sólo espiritual. - Yo sé que hago muchísima más falta poniendo el hombro en el interior del país en vez de quedarme a enseñar aquí en el asfalto – le decía a Mario, al plantearle su disyuntiva. - ¿Pero no pensaste que las revoluciones se gestan y se hacen desde la ciudad hacia el campo, nunca desde el campo a la ciudad, por muy necesitada que esté esa gente? ¿No te das cuenta de que movilizar a las masas es mucho más importante que ayudarlas? La solución no está en esa ayuda solidaria sino en formar los cuadros dirigentes para la revolución – le insistía Burman. - En esto no vamos a poder ponernos de acuerdo nunca.- concluyó Armando Para nosotros, los pobres son los bienaventurados de Cristo y no carne de masa; así que se trata de asumir la caridad y la mística de la Cruz, como Cristo la llevó por nosotros. Hasta el martirio, si hace falta.

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- Por suerte, semejante martirio a mi no me involucra – concluyó Burman a su vez, pensando que él se había llamado por el momento a cuarteles de invierno, y más que actuar iba a esperar resultados. Poco tiempo después, acertó a aparecerse el turquito Ahmed por la distribuidora donde Mario trabajaba. Ahora Ahmed era gerente artístico de un canal de televisión, y venía a elegir material fílmico. De inmediato los ex compañeros se reconocieron, se abrazaron, evocaron los tiempos del colegio. Al separarse Mario aprovechó para preguntarle si no le podía conseguir algún trabajo mejor en la filmoteca del canal. - Poder puedo, Burman, pero me acuerdo que vos tenías en el colegio unas ideas políticas bastante jodidas para un canal del Estado. No te olvides que donde se come no se caga, así que vas a tener que comprometerte a dejar la hoz y el martillo del lado de afuera, porque yo no te voy a poder bancar el más mínimo desliz. Llegado el caso, voy a ser el primero en pedir que te rajen. ¿Lo tenés bien claro? Mario tuvo que aceptar el compromiso. Un mes más tarde ingresaba en la filmoteca del canal a revisar en la moviola el estado del material fílmico, visualizar películas para hacer la síntesis argumental, y aconsejar los cortes y los horarios para su programación. De esa manera, también por su arreglo con Ahmed, tuvo que seguir al margen de su militancia. Entre tanto, Dalayrac conseguía ubicarse en un lugar ideal para sus aspiraciones sacerdotales. Se había enterado que el obispo de San Nicolás estaba encarando un trabajo pastoral a fondo en las villas precarias que rodeaban el polo siderúrgico de Acindar y Somisa. Precisamente había consagrado sacerdote a algún obrero de las plantas metalúrgicas, para desplegar la evangelización en los mismos núcleos obreros, que en general eran de la izquierda peronista enfrentada a la conducción central de la CGT. Para Armando era su gran oportunidad para actuar codo a codo con los obreros metalúrgicos; entusiasmado, viajó a San Nicolás para plantearle al obispo su deseo de colaborar en esa “pastoral villera”. De ese modo consiguió ser transferido al obispado de San Nicolás, por lo que casi no volvieron a verse con Burman, pues sólo podía venir a Buenos Aires muy de tanto en tanto. Tampoco tuvieron una correspondencia epistolar constante, porque – según decía Armando en una de las pocas cartas que llegó a enviar – no tenía tiempo ni para sentarse a escribir. Aquel eje industrial de San Nicolás, Ramallo y Villa Constitución era un polvorín social que podía estallar en cualquier momento. Ya en 1974 había habido una toma violenta de las plantas siderúrgicas. En marzo del año siguiente sucedió por fin el gran

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estallido, al comenzar una huelga confusa e indefinida donde se mezclaban las demandas salariales con las políticas y las revolucionarias. Hubo entonces una gran represión en Villa Constitución, a través de un operativo conjunto de la gendarmería y la policía federal que sumó cuatro mil hombres. Del otro lado la resistencia obrera, en una batalla revolucionaria con detenidos y desaparecidos que nunca reaparecerían. El sacerdote obrero Armando Dalayrac fue uno de ellos. No hubo forma de averiguar dónde había estado aquel día ni dónde estaba ahora – si era que aún estaba, algo que en los meses siguientes se fue confirmando que ya no. Claro que al principio esa desaparición no parecía tan dramática y definitiva como una muerte confirmada; siempre quedaba la esperanza de que reapareciese detenido y con vida en algún lado. Esa fue la primera hipótesis a la que se aferró su familia. Cuando Burman fue al negocio del padre a preguntar si tenían alguna noticia de Armando, quiso ponerse a su disposición por si tenía alguna diligencia que hacer. Pero Papá Dalayrac clamó furioso que toda la culpa la tenían precisamente él y todas las malas compañías de su hijo que querían poner al mundo patas para arriba, por lo que concluyó por echarlo a la calle con la amenaza de que si no desaparecía ya mismo de su vista iba a llamar a la policía. Entonces Mario pensó en largarse a San Nicolás y Villa Constitución a indagar por su cuenta. Pero enseguida consideró que si él no era ni familiar ni enviado de los padres, aparecería sólo como amigo y lo tomarían por un camarada ideológico. Si a eso le sumaba los antecedentes policiales suyos, el resultado sería como ir a meterse en la boca del lobo, por lo que desistió de esa iniciativa más peligrosa que útil. Después, a medida que día a día fue creciendo la certeza de esa desaparición, Mario pensó que le habría podido tocar a él, si no hubiese sido porque la toma de la universidad había sucedido antes y con una violencia menor, por lo que su miedo había podido actuar muy rápido como el más eficaz instinto de conservación. Entonces la imagen de Armando muerto por sus ideales comenzó a agigantarse como la de un héroe. A veces se le ponía la carne de gallina de sólo pensar que había muerto en cambio de él. También sentía que con Dalayrac había desaparecido una parte muy importante de si mismo, quizás la mejor, para no retornar nunca, así como tampoco retornaba la juventud. ¿Qué le quedaba? Su ideología, firme como una roca, aunque la Unión Soviética se hubiese desmoronado. Pero era una ideología no refrendada con la vida, una mera ideología muerta.

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Tito Raimondi y su feudo

Indudablemente, de toda la promoción había sido Tito Raimondi el que había alcanzado el mayor éxito económico. Desde ese ángulo, nadie podía competir con su cadena de locales de electrodomésticos en todo el país. El problema era que vivía tan ocupado con su “Raimondi, el mundo del confort SACIF” que no había podido concurrir a ninguna de las reuniones previas, aunque había mandado avisar por Reinaldo Acevedo que no dejasen de contar con él para la celebración central. La suya había sido una vida desplegada entre complicaciones, autoexigencias y desquites, desde el mismo momento en que, mientras cursaba el tercer año del colegio, su padre había hecho abandono del hogar para irse a vivir con una empleada. Claro que esa crisis matrimonial había venido anunciada por disputas casi diarias en la casa, que invariablemente concluían con el portazo del padre que se iba. Pero Tito había preferido ignorarlas, para ensimismarse en su distracción favorita: el ajedrez, con su tablero, sus piezas blancas y negras, amén del estudio metódico de los libros con los ataques, defensas y contraataques. Entre esas lecturas y la reconstrucción de las jugadas en su tablero, aquel jaque mate hogareño lo había tomado casi por sorpresa. Pero aunque hubiese estado al margen, le tocaron de lleno las consecuencias, con tragos realmente amargos, como la humillación de tener que ir a buscar la mensualidad al negocio del padre, donde la culpable de la crisis familiar era la encargada de entregarle el dinero, mientras el otro gran culpable prefería no mostrarse ante su hijo, y simulaba estar muy ocupado. Peor molestia fue la mudanza forzosa a un pequeño departamento, en los fondos de una terminal de ómnibus suburbanos en Plaza Constitución, atrás de la iglesia. Allí había un único dormitorio, para su madre y su hermana, por lo que a él le tocaba dormir en el sofá del living, donde desde las cuatro de la mañana debía aguantar el concierto de ronroneos y aceleradas de los motores hasta que se levantaba para ir al colegio. Eso sin contar el clima de velorio sin muerto que flotaba en el nuevo hogar, del que no tenía manera de abstraerse por más que aparentase indiferencia y se sumergiese en su ajedrez.

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En un principio había pensado en dejar el colegio para ponerse a trabajar, ganar un sueldo que le permitiese prescindir de la mensualidad paterna, y buscar otra vivienda más adecuada. Pero calculando que con lo que pudiese ganar no alcanzaría ni de lejos esos objetivos, resolvió que más le convenía terminar primero su bachillerato para poder aspirar luego a un sueldo mejor. Se resignó entonces a aguantar las humillaciones mensuales, mientras su madre estiraba cada peso para alcanzar el fin de mes, con lo que tanto su hermana como él siguieron con sus estudios secundarios. Por cierto que en cuanto se vio bachiller, Tito decidió que su camino inmediato no pasaría por la universidad sino por la solución mucho más rápida del comercio. Llevó esa decisión a la práctica con todas sus jugadas pensadas y sopesadas de antemano, como una partida de ajedrez cuyo triunfo sería resultado de una estrategia cambiante pero rigurosa, jugada a jugada, a través de un inexorable plan previo. Sólo así dejaría de ser la víctima jaqueada y condenada a la defensa pasiva, para emerger al mundo con vocación de victoria. Gracias a su rigor pudo evolucionar en los siguientes cinco años, desde su ingreso como empleado raso al negocio del padre de un ex compañero, Félix de Murúa, hasta convertirse en el empleado favorito. Luego, en vez de un ascenso prefirió instalarse por su cuenta con un local pequeño pero en una ubicación muy estratégica, gracias a su buen ojo comercial. Al principio, Murúa, que iba a ingresar en la Marina, le había preguntado por qué se quería dedicar al comercio en vez de seguir una carrera liberal en la universidad, que justificase sus estudios y le permitiese seguir alguna vocación. Tito le había replicado entonces que por su situación familiar no tenía tiempo para eso, y que además el mundo actual estaba atravesando la “era burguesa”, y de esa fatalidad histórica no podía escapar nadie, ni siquiera los revolucionarios o los artistas por más que lo soñasen, porque vivir dentro de la “sociedad burguesa” era inevitable… - O burgués o linyera, no hay otra disyuntiva – concluyó tajante - y si yo también tengo que transar y entregarme, va a ser para aspirar al estrato más alto: el de la burguesía con guita, con mucha guita, porque lo contrario sería el fracaso total. De ese modo, definió su futuro de comerciante con visión de ajedrecista ante las jugadas que disponía, que no eran tantas. Ni se preocuparía por elegir a qué rubro dedicarse, porque eso ya venía establecido por el negocio de Papá Murúa. Además, lo principal de todo comercio no era el rubro sino la posibilidad de ganancia, fuese con pizzas o con tornillos, si eso daba más.

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El asunto por ahora era aprender el comercio desde su lugar de empleado, sin pagar el derecho de piso de la inexperiencia inicial, en aquel gran negocio de artefactos eléctricos, que vendía desde lámparas y arañas hasta equipos de sonido, bandejas y altoparlantes profesionales. También se preocupó en entender bien los resortes de la relación con los proveedores mayoristas, al ver que la ganancia partía de la compra de la mercadería. Una vez que se sintió seguro de si mismo y con buenas conexiones, consiguió mercadería con facilidades de pago, para echarse a volar por su cuenta. Le fue bien, muy bien, y mucho más rápido de lo que hubiese esperado. Dos años más tarde ya había tenido que alquilar un local más amplio, de dos plantas, para extender sus ventas a una gama más amplia de electrodomésticos, a través de una pauta muy agresiva de publicidad que había lanzado con el eslogan: “¿Pero a dónde va todo el mundo? ¡A Raimondi, el mundo del confort!”, repetido hasta el cansancio por la radio, y refrendado por un plan de créditos bancarios a sola firma y sin anticipos. Claro que para desplegar tanto crecimiento había tenido que enajenar su vida en jornadas laborales que nunca sabía a qué hora podían acabar. Así había podido llevar a su madre y su hermana a un departamento mejor; luego se había casado con una muchacha que trabajaba en el negocio como secretaria, único lugar donde habría podido conocerla, sin reparar (o reparando tal vez) en que estaba eligiéndola igual que lo había hecho su padre… ¡pero eso sí: sin destruir el hogar de nadie! Quizás para tenerla siempre cerca, porque era celoso y posesivo, o porque no podía concebir la vida sin el trabajo, la hizo seguir trabajando con el mismo horario de cuando era soltera, o más aún, porque llegaban al negocio los primeros, para irse los últimos. Así entendía Tito la felicidad cotidiana: de casa al negocio, y del negocio a casa, por lo que así también tuvo que entenderla su joven esposa. Sólo la dejó descansar en dos oportunidades: cuando estuvieron por nacer sus dos hijas. Pero tras el período de la lactancia, prefirió contratar una niñera que se quedase a cuidarlas en casa, y la esposa tuvo que retomar su ritmo de asistencia en “el mundo del confort”, mientras él controlaba todo, hacía sus números y planes, y abría más sucursales. Tantas preocupaciones tendían a complicarle su carácter. Vivía ensimismado; si ella le preguntaba para qué preocuparse tanto por la empresa, si con lo que ya tenían les alcanzaba de sobra para vivir, él le respondía orgulloso que un negocio era como una flecha: si no iba hacia arriba, se caía. - ¡Siempre hacia arriba! Así, a los míos no les faltará nada, como me faltó a mi. - Eso está bien, Tito, pero trabajar y sólo trabajar, sin distraerse nunca…

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Entonces Raimondi pensó que su familia necesitaba también una diversión para sus fines de semana, y compró en Don Torcuato una quinta para el descanso. Pero muy pronto encontró allí otra forma de trabajo: cultivar su propia huerta, para regresar a Buenos Aires todos los domingos con el auto lleno de verduras de cosecha propia, y él lleno de dolores de cintura y riñones por haber pasado las horas en cuclillas con sus almácigos… pero a su manera feliz, sin preguntarse si estaba haciendo feliz a su gente, o si las hijas y la esposa hubiesen preferido otras distracciones. Para él no había ni cine ni teatro ni fiestas. Le gustaba celebrar sus cumpleaños rodeado de sus empleados, a quienes llevaba muy democrático a un picnic en su quinta, que incluía un gran asado y un sorteo de artículos de “Raimondi, el mundo del confort”, del que nadie salía sin su regalo. Claro que al día siguiente, había que cumplir con el horario y el trabajo. Así alternaba entre las exigencias patronales y las dádivas patriarcales. Tuvo un gran sobresalto el día en que lo llamó al negocio una voz masculina que se identificó como su hermano desconocido, hijo de la segunda unión del padre, para anunciarle que el viejo estaba muy delicado de salud, y quería verlo antes de morir. Su primera reacción fue responder que para él su padre había muerto hacía mucho tiempo ya, cuando se había ido del hogar, y así como jamás se había dignado mostrarse cuando más lo había necesitado, ahora que no lo necesitaba para nada, tampoco él iba a ser quien se dignase aparecer. Tito había colgado el teléfono furioso, sin dar tiempo siquiera para la réplica, pero luego se enteró por su esposa que el otro había vuelto a llamar, para dejarle su número de teléfono por si cambiaba de idea. Así se encontró ante la disyuntiva de tener que decidir qué pensaba hacer. Fueron horas de insomnio y rencores que renacían entre los sentimientos más opuestos. Se retorcía en la cama pensando cómo lo interpelaría. ¿Qué diablos le pasaba, que ahora aparecía a dar señales de vida? ¿Necesitaba dinero, y querría tirarse un lance porque estaría muy al tanto de su éxito en los negocios? ¡Ojala fuese así! Porque en ese caso, hasta sería capaz de ir a verlo, sólo por tener el placer de oírle pedírselo, y él poder negárselo. ¡Más: llevaría consigo un fajo de billetes para quemárselos delante de sus narices!... ¿Pero si no era por dinero que reaparecía, sino para lloriquear un pedido senil de perdón y ponerse a declamar su arrepentimiento? Entonces sí que habría caído en la trampa, porque ante su presunta agonía se tendría que olvidar de tanto rencor acumulado. ¡Pero no, eso no lo aceptaba! Sin saber qué actitud adoptar, Tito fue a consultarlo con su madre.

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Ella, en vez de darle su opinión, se escudó en que “eso es una decisión tuya y sólo tuya”, y la moralina de que “él siempre fue así, pero es tu padre y le debés la vida”. - Sí, la vida, ¡la vida y nada más!, o a lo sumo sus mensualidades como limosnas. - Pero limosnas o no, te alimentaron. - ¿Para qué? – clamó Tito, fuera de si - ¿Para hacerme vivir dentro de los límites que me imponía? ¿Para haber tenido que huir de él, y tener que aceptarlo ahora, porque se digna reaparecer a cerrar en paz su vida, a convertir la mía en resentimiento, y tener que olvidarme de todo lo que hizo? ¿O tendría que agradecerle esa juventud que no tuve, esa carrera que no pude hacer, y por sobre todo esa vida que no pude elegir? Descargó un puñetazo en la pared de ese departamento materno que también había tenido que pagar él, igual que todo lo demás. La madre le respondió: - Sea como sea, tan mal no te fue. Me parece que hablar con tu padre te haría bien a vos más que a él mismo. Pero ya te lo dije: la decisión es sólo tuya; no me pidas más opinión. Tito calló. Prefería irse. De todos modos, ella ya acababa de darle su consejo. Pero no, no le podía hacer caso. ¿Cómo iba a borrar todo lo vivido en función de ese rencor que de pronto resurgía – o peor aún, que nunca había muerto? A fin de cuentas, él poseía una buena fortuna, aunque no supiese disfrutarla sino a lo sumo acumularla. Además, también tenía una esposa que no sabía si lo quería pero que al menos lo aguantaba, dos hijas que tampoco sabía si lo querían pero lo necesitaban… ¡No; él no les iba a fallar, por más que el gran egoísta de su padre le hubiese fallado! A falta de palabras altisonantes, esa era su manera de demostrarles su afecto: dando, dando en silencio, dando siempre. También tenía gente a su cargo, gente que dependía de él y su empresa, aunque algunos empleados creyesen que los explotaba y no lo quisiesen; el sabía muy bien sus responsabilidades, e iba a cumplirlas. No podía permitir que en su vida hubiese cambios, aunque lo hiciesen más libre. Él ya estaba atado a si mismo. Era su destino: trabajar, progresar siempre, aunque no supiese hasta cuándo ni para qué. Por eso decidió que no podía acudir al llamado paterno. Si su padre había abandonado su vida por la mitad para iniciar una nueva, allá él. Que se las arreglase como mejor pudiese. El era fiel; él no abandonaría a nadie. Salvo al primero que lo había abandonado. Pero ahí sí ¡jaque mate al rey!.

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Lo demás se daría a su tiempo: los casamientos de las hijas, la tortura de los dos príncipes consortes o zánganos, la alegría de los nietos, los almuerzos familiares de los domingos en su quinta… y los lunes a las ocho de la mañana, firme como siempre en su puente de mando. Alguna vez le concedió a su esposa un crucero de placer, pero tuvo que interrumpirlo por la mitad para regresar de apuro a Buenos Aires y su negocio, a resolver los desastres que le estaban haciendo sus yernos durante la ausencia. Eso provocaría la minúscula rebelión de su esposa para no seguir yendo a trabajar como hasta entonces, y darse por jubilada. Pero Tito aceptó filosóficamente su decisión y la dejó en libertad - según alguna mala lengua, que nunca falta, para quemar sus últimos cartuchos con una secretaria más joven. De todos modos, para su reinado no había abdicación posible, hasta que lo tuviesen que sacar de su escritorio en camilla, fulminado por algún infarto. Si antes no llegaba a suceder este contratiempo final, acudiría sin falta al festejo del cincuentenario del colegio, también como aprendizaje para el gran cincuentenario de Raimondi, el mundo del confort SACIF, que esperaba festejar pocos años después.

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Pipino Falcón, al margen

Durante aquella segunda reunión tan agitada, alguno comentó que si allí hubiese estado Pipino Falcón, él lo habría arreglado todo con un buen par de chistes, de esos que siempre tenía a flor de labios. Pero Pipino estaba ausente, y tampoco había aparecido para la primera reunión. Según Marín no había podido ubicarlo por más averiguaciones que hubiese hecho. En pocas palabras: al buen Pipino se lo había tragado la tierra. ¿Muerto? ¿Desaparecido? ¿En el extranjero, o en algún rincón del interior? No había manera de saberlo. En realidad, Falcón había quedado tan consustanciado con el apodo de “Pipino”, que nadie se acordaba de que su verdadero nombre era Ezequiel. A él, ese apodo siempre le había molestado, como que era la versión reducida de “Pipino el breve”, que algún maldito había encontrado en el libro de historia para burlarse de su estatura. Una estatura muy escasa, que lo había hecho llegar a tercer año sin los pantalones largos, a pesar de que el bozo ya quería ser barba, o el vello le brotaba en sus piernas sin cubrir. Las bromas habían seguido hasta que finalmente su familia se había resignado a no esperar más el esquivo “estirón”, ascendiéndolo a “los largos” – claro que no tan largos - con los que se había aparecido muy orgulloso por el colegio. Ese día no había faltado quien dijese que ni en “Casa Muñoz” tenían pantalones para su medida, por lo que había tenido que ir a comprárselos en “El Niño Argentino”. Ezequiel se aguantó también ese chiste, pero harto de aguantarlos comprendió que la única manera de suprimirlos sería adelantarse a hacerlos él. Así, con su olfato muy alerta, se dedicó a convertirse en el humorista de la división, inagotable inventor de los apodos más cómicos y las bromas más certeras. Eso en el colegio. En su vida privada, Ezequiel se había puesto a indagar en serio por libros y enciclopedias para escribir una curiosa monografía sobre los “grandes petisos” de la historia, desde Napoleón y Einstein pasando por Wagner, Chaplin y Toscanini. Pero ya escrita, comprendió que la única manera de que no se la tomasen en broma sería tomándola en broma él, con lo que también el investigador se convirtió en humorista, la firmó “Pepino el largo”, de modo que la monografía como broma pasó.

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Quizás aquella investigación había significado el comienzo de su afición por la historia, luego concentrada en el capítulo argentino. Había devorado los libros de Mitre, Grosso y Levene, luego se había volcado a la vereda de los revisionistas, y por fin había tomado distancia entre crítica e irónica de unos y de otros, para terminar en una visión escéptica y burlona, sobre todo ante las feroces descalificaciones mutuas de ambos bandos. Desde ella pensó que la ceguera de los argentinos consistía en no saber distinguir entre lo sublime y lo ridículo, además de no reconocer que más de un episodio nacional no era ni vendepatria ni patriótico como unos lo denigraban y otros lo exaltaban, sino que simplemente había sucedido como había podido suceder, y punto. Entre tanto, a falta de mejor vocación, había comenzado a estudiar Abogacía, aunque sólo lo mínimo indispensable para que su familia no resolviese que era un vago y lo intimase a buscar trabajo. Pero lo que realmente lo atraía era la política y la historia. Sobre esta última, como un intento de verla más racionalmente, quiso enfocar el polémico siglo XIX argentino sin héroes ni traidores, a través de un panorama entre desalmidonado y humorístico de aquellas luchas por la independencia o la guerra civil entre unitarios y federales. Pero muy pronto comprendió que el país no estaba preparado todavía para abandonar la impronta épica, por lo que no iba a encontrar quien lo siguiese en sus ideas. Pensó entonces en derivar su sátira hacia el presente, ante la evidencia de que aquellos comienzos de la década del 60 daban mucha tela cómica para cortar. Además, había bastante libertad de expresión y de ideas, claro que – pequeña excepción - no para las mayorías peronistas. Ezequiel acuñó entonces aquella paradoja: “el peronismo es el colmo de la democracia, por eso los democráticos lo proscriben, por exagerado”, y “Usted tiene un Frondizi para cada necesidad: para la derecha y la economía, Arturo; y para la izquierda y la cultura, Risieri. Si Usted no elige algún Frondizi multiuso, es un antidemocrático”, o “La culpa la tuvo Sáenz Peña con eso de que todos tuviesen que votar. Ahora ya es tarde, todos votan y votan mal, pero no se les puede prohibir que voten. Por eso hay algunos nuevos rebusques.”, o “El vacío político no existe: o botas o votos, that is the question”. También hizo alguna incursión en lo internacional, como: “A la paz mundial por el comercio mundial; vendamos armas;¡viva el comercio!, ¡viva la paz!”, o “El Che Guevara es un niño bien que se fue de mochilero por América Latina, y allí descubrió a los pobres. El problema es que todavía los pobres no lo descubrieron a el”. Ezequiel presentó sus textos en alguna radio, y quizás porque los humoristas nunca sobran, logró que le encargasen libretos para sus audiciones. Así pudo ponerle

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punto final a la ficción de sus estudios de Derecho. El trabajo no era desagradable: leía los diarios con cuidado, recortaba las noticias que podían servir para la chacota – que siempre eran bastantes -, las exprimía y las amplificaba, de forma que la realidad cotidiana le proveía servicialmente de todo el material que necesitase para completar su producción cotidiana de textos. En eso la Argentina era muy productiva y cumplidora. Después, tras la caída de Frondizi, llegó la andanada de chistes etílicos sobre el presidente siguiente, aquel oscuro Guido bautizado “el Barón de Río Negro” por su presunta afición al vino del valle. El que no daba tanto para la broma fue aquel buenazo de Illia que lo sucedió, pero la metáfora de las tortugas y las siestas provincianas le permitieron cubrir la cuota necesaria para sus textos, que ahora no sólo salían por radio sino también en un teatro de revistas, para el monólogo político de un actor cómico. Pero una nueva revolución lo puso en el brete de tener que suavizar los chistes sobre un gobierno militar que no tenía el más mínimo sentido del humor y la sátira. Era una verdadera lástima, porque el General Onganía daba más tela todavía que todos sus antecesores juntos, con su ceño prócer, aquel labio que parecía morderse el bigote para que no se le escapase ninguna idea, y sus solemnes ministros elegidos por la cantidad de hijos procreados en el seno de sus hogares catoliquísimos. Ezequiel comenzó entonces a tantear el nuevo terreno, pero era muy resbaladizo: le vigilaban y sopesaban cada palabra; por poco que se desmandase, después de salir el programa al aire le llovían los tirones de oreja desde la dirección de la radio. Cada día se aventuraba menos, pero lo mismo cada día lo tironeaban más. Luego llegó directamente la prohibición de los chistes políticos. Lo derivaron a manejar otro tipo de humor, pero esa censura se le convirtió en una autocensura que lo agobiaba y le impedía encontrar alguna idea cómica que no le resultase o peligrosa o estúpida. Prefirió no seguir. Entonces un locutor de la radio le aconsejó que probase suerte en el mundo de la publicidad, al que estaba predestinado por su ingenio y creatividad. - Vas a ganar la guita a paladas; vos sabés que ahí el asunto consiste en inventar cosas que sean muy originales, o tan locas que no se le hayan ocurrido todavía a nadie. Eso es lo que siempre necesitan: ideas nuevas. Y a vos, imaginación es lo que te sobra. Yo te voy a presentar en alguna agencia, ya vas a ver … Lo presentó al dueño y director general de una empresa de las medianas, que lo aceptó a prueba durante un mes.

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Allí, la primera persona con la que Ezequiel simpatizó fue con Leticia, secretaria y factotum que coordinaba los diversos sectores de la agencia. Fue un deslumbramiento mutuo y a primera vista. Él, siempre enamoradizo (aunque con la timidez y cortedad que le imponía su estatura), se entusiasmó ante la cordialidad de aquella muchacha, que a su vez le tomó confianza por ser humorista, explayándose muy suelta y divertida en la descripción de los integrantes de la agencia. Aquella fauna abarcaba desde los creativos que se creían genios hasta los jefes de cuentas, burócratas que se vestían como potentados y les chupaban las medias a los clientes para adueñarse de ellos y abrir sus propias agencias, pasando por los “psicólogos sociales” con el arcano indemostrable de sus motivaciones de mercado, y los dibujantes que siempre vivían en la nube irracional de sus diseños, y no admitían ni la menor idea que los obligase a aterrizar. Al ingresar en aquella fauna, a Ezequiel le tocó la jaula de “junior”, cuyo cuidador era un creativo “senior” que le descargó con saña algunos problemas que su genialidad no conseguía resolver. Uno era un jingle para vender la leche “Las Tirolesas”. Pero cuando el nuevo junior lo resolvió con la ocurrencia de poner tres vacas a cantar un jodeln muy alpino, el senior le respondió despectivo que las vacas no tenían nada que ver con la leche “Las Tirolesas”, porque una vaca era suciedad, ordeñe, sufrimiento y sangre, mientras que esa leche tenía que ser una golosina pura, una diversión para los niños. - Con eso aprendí hoy que la leche no tiene nada que ver con la vaca, ni la vaca con la leche – rió Ezequiel cuando le reportó a Leticia su primer contratiempo. Ella trató de hacerle comprender, pero él estalló en rebeldía: - Sí, serán las leyes de la publicidad, pero si seguimos así me parece que corro el riesgo de idiotizarme y perder todo contacto con la realidad. - Bueno, tomalo como un desafío al buen humor – propuso Leticia. Así lo intentó Ezequiel cuando después de otros rechazos le propusieron un problema más. Ahora se trataba de un cliente que había traído su propia – y ramplona – idea para promover su producto, que eran unos tapados de pieles de ínfima calidad a ser vendidos en su propio local en cómodas cuotas. El cliente proponía mostrar una pareja joven, que el chico le dijese a la chica que no le podía comprar el tapado, y alguien les explicase que sí, que en “XX” lo podrían comprar financiado. Casi como una broma, Ezequiel propuso entonces una filmación vertiginosa como de cine mudo, con una pianola a lo Chaplin de fondo, en la que él mostraba su bolsillo vacío, ella lloraba sobre la vidriera de la peletería mientras aparecía el cartel sobreimpreso: “¡buah, buah!”, y ante ellos aparecía como salvadora una actriz muy

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gorda y muy popular de la televisión, disfrazada de hada madrina, entre tules, alitas en la espalda, una varita mágica y una aureola colgando de la cabeza, que los hacía entrar en el negocio. La idea gustó, pero en su realización fílmica le fueron suprimiendo todo el aspecto burlón o cómico, con lo que la escena chaplinesca se convirtió en una mera cursilería. Una vez que todo eso se fue a pique, ¿de quién era la culpa? ¡Del junior Ezequiel, por supuesto, no del senior que la había alterado a su gusto! A los pocos días, a Leticia le tocó avisarle extraoficialmente que mejor renunciase antes de fin de mes, para evitarse el mal trago de que lo echasen. Ezequiel reaccionó proponiéndole ir a tomar un café a la salida de la oficina; ella aceptó con algo de culpa por haber tenido que ser la mensajera de sus patrones. En aquel encuentro, la simpatía mutua derivó en un comienzo de idilio. Así, a fin de mes, cuando él se desligó de la agencia, ya estaba totalmente ligado a Leticia. Ella resultaría ser una chica bastante contradictoria. A primera vista muy moderna y desprejuiciada, pero si se la observaba bien estaba educada a la antigua. Incapaz de cortar sus amarras de hija menor, había alquilado y amueblado un departamento para ella sola, pero no se había atrevido a independizarse e ir a habitarlo. Ahora, en cambio, admiradora incondicional de ese bohemio caído en desgracia y necesitado de ayuda, no dudó en ofrecerle su departamento (o quizás se lo propuso él, y ella aceptó) para intentar una vida en común. Así comenzaron la convivencia. Laboralmente, él había quedado desorientado tras las dos marginaciones sucesivas en la radio y la publicidad. Tal como le confesó a Leticia, se sentía harto de golpear las puertas de la sociedad para que lo aceptase sin tener que claudicar en sus principios. Ella le respondía a su vez que era él quien tendría que hacer un esfuerzo para comprender a la sociedad tal como era, y allanarse. - ¡Estos intelectuales terribles que no transigen nunca! – concluía, con un mohín cómico, más como un elogio que como una crítica. - ¿Yo? ¡Por supuesto! – se enorgullecía Ezequiel – Ya comprobé que este país es el paraíso de los mediocres e improvisados, así que no me voy a prestar a competir con ellos. ¿Qué puedo hacer, entonces? ¡Irme! Pero no, Leticia no aceptaba que se fuese, ahora que había comenzado a quererlo y sobre todo a sentirse orgullosa cada vez que él condescendía en dictar cátedra para ella sobre política o historia, con esa labia de poeta y erudito que le admiraba tanto. Para retenerlo, prefirió que se desintoxicase de sus reveses laborales, ayudándolo con su propio dinero mientras el pobre siguiese en banda. Después de

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todo, ella ganaba un buen sueldo, y gracias a él había logrado por fin independizarse de la familia. ¿Por qué no lo iba a ayudar? ¿Acaso no se querían? Ezequiel aceptó la solución. Le resultaba lógico que, dado que Leticia era su única admiradora, fuese también su protectora ante los embates del mundo. La tomó entonces como mecenas, escudo y pañuelo de lágrimas, con el difuso compromiso de “hoy por ti y mañana por mí”. De ese modo, lo que había comenzado como un romance relativamente normal fue tornándose en una relación simbiótica, sentimental pero enfermiza, con los roles trastocados: ella trabajaba y mantenía a ambos, mientras que él se dedicaba a su ocupación favorita de meditar y leer. Por supuesto que Ezequiel no se rebajaba a ocuparse de la comida o las compras. Pero lo más grave era que tampoco se privaba de rebajar a Leticia a un nivel inferior, de discípula. Ella aceptaba ese rol; le obedecía con sumisión, como obligada a pagar ese tributo para que no se fuese. La situación se mantuvo así bastante tiempo, hasta que Leticia quedó embarazada. Ante la inesperada noticia, Ezequiel le propuso la solución de abortar, argumentando que no se sentía ni espiritual ni materialmente en condiciones de ser padre como debería, además que ella no podría seguir trabajando con un crío a cuestas, ni él hacer de niñera, porque tampoco podía descuidar sus lecturas e investigaciones. Leticia debió aceptar aquella lógica. Tras el aborto siguió con el trabajo en la agencia y la rutina hogareña, tratando de convencerse de que la decisión había sido también para su propio beneficio. Claro que ella habría preferido que nada de todo eso hubiese pasado. Pero había pasado, y de pronto todo le parecía distinto, como si algo hubiese muerto entre ambos. Ahora, hasta se sentía culpable de volver a mantener relaciones sexuales con él. Ezequiel, por su parte, no se sentía culpable sino perseguido. Perseguido no sólo por la mala suerte sino también por la sociedad, aunque a veces sospechaba que en realidad la sociedad le estaba propinando un castigo más grave que la persecución: lo había olvidado o dejado de lado. Entre tanto, sus investigaciones en las bibliotecas seguían, aunque con otra orientación, porque al ir tomando conciencia de su propia marginalidad, había comenzado a interesarse por el destino de los que la sociedad marginaba, e indagar el caso de aquellos a los que les había tocado perder las guerras, para ser derribados y destruidos por el establishment vencedor. Así se había apasionado en estudiar el ocaso de aquel novelista Drieu La Rochelle ex amante de Victoria Ocampo, suicidado al entrar De Gaulle en París; aquel

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Brasillach fusilado tras una parodia de juicio legal aunque sólo hubiese sido un joven poeta comprometido, o el olímpico Ezrah Pound llevado por la fuerza a su país para que lo exhibiesen en una jaula. Vivía obsesionado por esos destinos de apogeos y caídas, siempre frágiles y precarios en el trágico subibaja de una Historia tan inagotable como cruel. Pero en vano se llenaba de apuntes, simetrías y esquemas, porque luego no sabía como ordenar y relacionar los casos, que parecían una caótica hidra de mil cabezas, en las que creía reconocerse en todas ellas, y de pronto en ninguna. Pensó que aquellos derrotados tenían un denominador común: todos ellos habían ascendido y luego caído, mientras que él tan sólo se había quedado a un costado del camino, sin haber logrado ascender antes. ¿Pero acaso tenía ideales por los que jugarse, como habían tenido ellos? Entonces se decía que tenía que encontrarlos, abrazar alguna causa noble por la que valiese la pena vivir, y descubrirla con urgencia, antes que su juventud se le diluyese en la nada. Desalentado, cometió el desliz de hablarle de todo esto a Leticia, en busca ya no de su admiración sino al menos de su comprensión. Pero esta vez, ella no fue la discípula incondicional sino que le dijo que dejase ya de mirarse el ombligo, que buscase alguna ocupación que al menos sirviese para ayudar a esas finanzas comunes a las que sólo aportaba ella. - Yo no sirvo ni para este país ni para esta sociedad. Estoy fuera de lugar, o fuera de época – fue la respuesta descorazonada de Ezequiel – Tampoco aguanto más la ciudad; me oprime. Quizás tendríamos que irnos al campo, a trabajar la tierra, a quedar exhaustos, pero ver el cielo y el horizonte cada día. Luego, como quien propone una travesura: - ¿Y si nos fuésemos de aquí a empezar una nueva vida? Pero Leticia: - ¿Al campo? ¿Y yo, cómo vendría todos los días desde allí a la agencia, que es lo único que tenemos en concreto para vivir? - No sé… tal vez tendrías una hora o dos más de viaje, pero cuando se quiere, se puede. Además, se podría buscar otro trabajo por allá afuera. - ¿De qué? ¿De peón de campo, o de tambero para ordeñar las vacas tirolesas? – rió ella – Me conformaría con que consiguieses un puesto por aquí, en alguna oficina pública, que te ocupase unas seis horas, pero que te diese unos pesos a fin de mes. - Si vos me proponés algo así es porque nunca me comprendiste, y sería inútil seguir hablando – decidió él, entre muy digno e indignado.

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- Bueno; encontrame una solución mejor, porque yo no pienso largar mi trabajo en la ciudad para dar un salto en el vacío, y muchísimo menos con tu falta absoluta de iniciativa, aquí, en el campo o donde sea… Así terminó la disputa. Pero Ezequiel comprendió que Leticia ya no resistía más esa desigualdad doméstica que venía aceptando desde el principio, por lo que la prudencia gatopardesca aconsejaba cambiar algo para que todo siguiese igual. Resolvió entonces ir a ver a Tito Raimondi, al que no veía desde que se habían recibido de bachilleres, pero que a juzgar por los carteles de la calle (para algo servía esa

maldita

publicidad)

le

estaba

yendo

muy

bien

con

su

negocio

de

electrodomésticos. No se trataba de pedirle dinero, sino tan sólo algún trabajito para guardar las formas. Tito Raimondi lo recibió afablemente, quizás resignado al imaginable sablazo. Oyó el relato de sus desventuras humorísticas y publicitarias, sus investigaciones históricas, y por fin su necesidad de un empleo que no lo encerrase en la rutina de una oficina, sino que le diese una cierta libertad de acción. - ¡Qué vivo! La independencia no cotiza muy alto en el mundo laboral, mi buen Pipino – le comentó entre escéptico y condolido. Luego, como empresario ejecutivo, le buscó alguna rápida solución: quizás podía integrar la nómina de cobradores a domicilio de su negocio. Sería un trabajo sin horario pero sin exigencias y a comisión; cuanto más tiempo le destinase, más ganaría; si alguna semana no quería ocuparse, no habría ningún problema. Ezequiel aceptó la propuesta, por desdorosa que pareciese. Si rastreaba en la historia argentina, algunos políticos de esos que habían sido honestos, al terminar sus mandatos habían sabido ser cobradores o corredores de comercio. Así Elpidio González, el vicepresidente de Alvear, o Reynaldo Pastor, ex gobernador de San Luis. ¿Por qué no iba a aceptar él, que no había sido nada más que un marginado anónimo? Con este arreglo, Ezequiel pudo continuar su vida en común con Leticia, a pesar de algunas protestas de ella, porque los ingresos como cobrador a lo sumo servían para sus gastos personales, pero no ayudaban a la economía casera. Tampoco él estaba muy satisfecho; veía que seguía llevando su vida a los tumbos, que no se había recibido de nada ni había progresado, que en vez de una profesión digna tenía una changuita ínfima. ¿Y a cambio, sus lecturas e investigaciones de qué le habían servido? ¡De nada! Todo esto lo llevó a un estado depresivo, a culpar por su fracaso a los maestros de su generación, que lo habían preparado para una Argentina que ya no existía más,

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con principios y prejuicios fatalmente diluidos por el camino. “Ya no somos la juventud dorada sino intrusos en un país perfectamente ajeno” – solía decir, y también: “No tenemos nada que decir, sólo nos enseñaron a repetir lo que nos enseñaban, y nosotros lo repetíamos muy dóciles, mientras el tiempo pasaba y nos dejaba atrás”. Pero de pronto hubo un cambio en su vida, con la muerte de su madre, al verse único heredero del departamento materno. Una de las opciones posibles era instalarse allí con Leticia, donde dispondrían de mucho más lugar, además que él ya no sería huésped sino dueño de casa. Pero pensó que la relación ya venía demasiado desgastada como para eso. En cambio, renacía ese viejo sueño de irse a vivir lejos de Buenos Aires, que Leticia le había denegado. Odiaba la ciudad, para colmo ahora inhóspita de bombas, atentados terroristas y represalias. Él necesitaba ver verde, recibir el sol, abarcar el cielo. Sin ruidos. O a lo sumo con ladridos lejanos en vez de motores torpedeándole el oído. ¿Sería la asunción final de su anonimato y su rebeldía no menos anónima? ¡Que importancia tenía! Lo importante era desintoxicarse, serenarse al fin. Eso también era vida. Si de sólo imaginarlo, hasta volvía a sentir aquel entusiasmo adolescente que ya creía perdido para siempre. Se decidió a hablarlo con Leticia. Pero como lo sospechaba, elle recibió su idea como si hubiese terminado por enloquecer del todo. - ¿Al medio del campo? ¿Vos, tamaña rata de biblioteca? ¿No pensaste que en tres meses te habrás arrepentido y querrás volver a Buenos Aires? ¿Y entonces, qué…? Tal la sentencia. Pero por suerte él ya no la necesitaba para llevar sus sueños a la práctica. Era dueño de su destino, por lo que pudo darle esta respuesta: - Bueno; no me importa, quiero hacer la prueba. Perdí tanto tiempo en mi vida que bien puedo perder tres meses más. - Hacela, pero conmigo no contés. Yo también perdí mucho más que tres meses, y de dinero ni hablemos… En las semanas siguientes Ezequiel comenzó a recorrer pueblos que estuviesen apartados de Buenos Aires y pareciesen tranquilos, para averiguar el precio de alguna casita pequeña con terreno al fondo para tener una huerta y gallinero. Después volvía provisoriamente al departamento que había heredado, porque al verlo firme en su propósito, Leticia lo había echado de su casa sin esperar a que se fuese, dando por concluida la unión, “y si te arrepentís, ni se te ocurra volver por acá, porque aunque tarde ya aprendí que estás piantao, piantao, y que no tenés cura”… - ¿Es necesario que terminemos así? – protestó él. Pero ella:

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- ¿“Terminemos?”… Si ni siquiera sé si alguna vez empezamos. Tras visitar Domselaar, Brandsen, Lobos, Cortinez, Carlos Keen y otros pueblos más perdidos todavía, Ezequiel encontró una oferta interesante que le permitiría quedarse con una diferencia a su favor en la venta del departamento materno, para aguantar el primer tiempo hasta terminar de instalarse. Tras la operación inmobiliaria y la mudanza, la tierra se lo devoró, y no hubo forma de seguirle el rastro. ¿Viviría aún? ¿Cómo? ¿Dónde? ¡Quién lo podría saber!

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El vuelo de Ícaro

Si Tito Raimondi había sido el que más dinero había ganado de la promoción, sin duda Hermes Cavagna Pearson era quien más había trascendido por su prestigio como científico. También era un hombre de gran fortuna, no por haberse preocupado en amasarla sino por haberla recibido como herencia familiar. Ante esas dos virtudes, el Contador Marín - que solía enorgullecerse de los logros de sus compañeros de camada como un mérito compartido - había intentado muy especialmente establecer contacto con él desde un principio, para que no dejase de participar de los festejos. Pero le había resultado imposible conseguir por teléfono al personaje. Cuando lo llamaba, la secretaria le respondía que “el Doctor” estaba en el extranjero, en algún congreso de su especialidad. Ella prometía pasarle su recado, pero después pasaba el tiempo y nunca tenía la respuesta, de manera que Marín no había logrado hablar personalmente con él para ninguna de las dos reuniones previas. Todos estos contratiempos habían aguijoneado su curiosidad, hasta concluir por satisfacerla en las páginas de Internet. Así se había puesto al tanto de que el esquivo prohombre había cursado Medicina, Psiquiatría, y Sociología. Había sido discípulo de Pichon Rivière en Psicología Social, y de Gino Germani también, para desplegar luego importantes investigaciones en el campo de la Terapia Sistémica y la Terapia Cognitiva. De ahí en más las explicaciones le resultaban un arcano técnico de “estilos relacionales y patrones comunicacionales de un grupo social comprendido como sistema”, así que el Contador se conformaba con seguir de largo porque todo eso era demasiado problemático para él. De todos modos, había leído también el reportaje de una revista, donde decían que Cavagna Pearson se había hecho edificar un castillo pasando Traslasierra, al que solía llegar piloteando su avión privado. Esta noticia lo había impresionado mucho más aún, hasta obsesionarlo en comunicarse a toda costa con quien podía constituirse sin duda la gran figura de la reunión. Pero la secretaria del personaje siguió siendo una muralla inexpugnable, y ante un nuevo intento que ya fracasaba, Marín perdió los estribos para terminar increpándola por su inoperancia. La otra lloró, se produjo un silencio en la línea, y

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luego se oyó la voz no muy amistosa de quien sería el mismo Cavagna Pearson en persona, que le decía que no molestase más a su secretaria, que ella sólo cumplía sus órdenes, y si no le había pasado la llamada era porque él no quería comunicarse. Cortado, Marín no se atrevió a tratarlo familiarmente con el voseo de los ex compañeros. Optó por darse a conocer de manera impersonal, invocando la asociación como escudo, para explicarle lo del cincuentenario y los festejos, y decirle que estarían muy contentos de volver a tenerlo entre ellos. - Esas reuniones no me interesan – fue la respuesta inmediata – Yo no estoy retirado como Ustedes; todo lo contrario, estoy mas ocupado que cuando era joven, y necesito mi tiempo. Eso sin contar con que no me siento identificado con el colegio. El bachillerato fue como la escalerilla del avión: cuando uno cobra vuelo, la escalerilla queda fatalmente en tierra, y no se puede regresar a buscarla. Marín tartamudeó sin encontrar el modo de insistir o al menos tener una retirada honrosa. Pero parecía que el otro no había terminado de apabullarlo, e insistía: - Uno está en los fenómenos de las masas, las grandes transformaciones humanas, las revoluciones, las migraciones, el alma colectiva, el instinto social, los mecanismos psíquicos marcados e interaccionados por lo social… ¡y vienen a invitarlo para una reunión de jubilados! ¡Faltaba más! Ahora Marín no encontró mejor manera de responder a aquella andanada injusta que cortarle ya mismo la comunicación para dejarlo hablando solo. Pero quedó furioso. Y lo peor, no tenía cómo desquitarse, salvo con su propio teléfono. El desquite recién llegaría en la misma semana de los festejos, cuando Marín se dispuso a leer “La Nación” en su estudio, como todas las mañanas, y al abrirla se enteró de la trágica muerte del ilustre científico Hermes Cavagna Pearson, al que una tormenta en la Provincia de Córdoba lo había hecho precipitarse a tierra con su avión. El Contador no pudo menos que recordar aquella idea de Chesterton sobre “la gran democracia de los muertos”, en la que el omnipotente científico acababa de ingresar. Y lo tachó olímpicamente de la lista de ex alumnos a llamar.

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Ultimando preparativos

Consciente de que era arriesgado intentar una tercera reunión previa que pudiese derivar en un nuevo zafarrancho bélico, Marín resolvió que esa instancia deliberativa ya estaba agotada, así que ahora había que pasar a la ejecutiva. O mejor, a los números. Hablaría con el rector para fijar la fecha exacta del acto, y se la informaría a todos con el importe definitivo por la cena, el diploma y la medalla, para que pasasen a pagar por adelantado y en efectivo de tal a tal día en su propio estudio. Así, sin más dilaciones, podría saber cuántos cenarían, y cuántas medallas y diplomas habría que encargar, para ultimar todo y hacer el pago. Los que no viniesen a abonar en término quedarían descartados, sin posibilidad de pagar a último momento. A ver si todavía en el revuelo final lo terminaban clavando. A lo sumo, quienes no pagasen podrían asistir al acto del aula magna y la misa en San Ignacio, y nada más. También les avisaría a Burman y a los que se habían ido con él, por si querían rever su actitud y venir. Pero eso sí, sin reabrir ese debate que él ya daba por votado y cerrado. Combinó con Pancho Aguilar para ir al colegio a ver al rector. Pidió la entrevista, y allí se aparecieron juntos. Tras una antesala más o menos prolongada, el rector los recibió con sus habituales abrazos y palmadas (aunque a Aguilar nunca lo había visto, pero el muy figurón lo había confundido con otro a quien sí conocía). Marín le informó que Aguilar había resultado elegido para dar el discurso de la promoción, y para su tranquilidad le habló sobre su cárcel durante la dictadura militar, con su posterior actuación pública en el gobierno democrático de Alfonsín. Ante estos antecedentes, el rector expresó su satisfacción por una elección tan acertada, para echarse a pontificar que el colegio había sido siempre el “ágora de la democracia y la libre expresión de las sucesivas generaciones”, y ·”por eso nunca cambió el colegio; los que cambiaron fueron los ideales de cada generación, que el colegio se esmeró en ir albergando a todos”. - De ahí – concluyó - que no podemos pretender que los chicos de hoy piensen igual que nosotros, o que muchas veces no podamos llegar a comprenderlos, por más que lo intentemos, así como nuestros mayores no nos comprendían a nosotros.

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Aguilar se declaró totalmente de acuerdo con sus palabras. Por eso él no pensaba hablar de los ideales polémicos del presente o del pasado, sino hacer una semblanza entrañable de los maestros y recuerdos de su generación, porque no era momento de polémicas sino de unidad y festejos. Luego se pusieron de acuerdo sobre la fecha para el acto. El rector prometió decir unas palabras de apertura, y entregar las primeras medallas y diplomas, para que luego siguiesen las autoridades de la asociación de ex alumnos con el resto. Tras anotar la fecha en su agenda para que estuviese todo dispuesto, se planteó el tema del organista para el himno y la marcha del colegio, de cuyos honorarios tendrían que hacerse cargo ellos. Después vino el secretario del rector a tomar nota de todo, y tras los apretones de mano finales, Marín y Aguilar se retiraron satisfechos con los resultados de la entrevista. Tan satisfechos iban, que decidieron entrar en la sacristía de San Ignacio para encargar desde ya la misa para la tarde del acto. Pero ahí tuvieron el gran disgusto de enterarse que el templo estaba desactivado temporalmente al culto, por la amenaza de derrumbe del edificio histórico. Marín había visto que el frente de la iglesia estaba lleno de andamios, por lo que habían prohibido el tránsito vehicular por Bolívar, pero no se le había ocurrido vincular esos indicios con la posibilidad de una clausura efectiva. El párroco les dijo que podían hacer la misa en San Francisco o Santo Domingo, pero pensaron que eso no iba a ser lo mismo para los ex alumnos, que siempre habían considerado San Ignacio como la capilla privada del colegio, sobre todo en épocas de exámenes. Salieron muy indecisos, después resolvieron suspender la misa, porque sin San Ignacio sería un acto puramente religioso, sin el plus de la tradición de la Juvenilia del Padre Agüero y Miguel Cané. El Contador Marín estaba desalentado: primero la agria disputa con Burman y los suyos, ahora ese incordio de no contar con San Ignacio, como un doble mal presagio para los festejos. ¿Qué más podía pasar en contra todavía? Aguilar trató de inyectarle entusiasmo: - Bueno, no es para tanto. Nunca sale todo perfecto. Pero tenemos lo principal, que es el aula magna con rector y órgano incluidos, además de la cena en la asociación. ¡Vamos, arriba ese ánimo! Esa misma noche Marín echó las cuentas finales, con los honorarios del organista, más los gastos de imprenta para las invitaciones y las tarjetas de la cena. Al día siguiente envió por correo electrónico la fecha definitiva y las cifras del prorrateo

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para que todos pasasen a pagar por su estudio durante la próxima semana, sin prórroga ni segundo llamado. Luego esperó. Al terminar la semana eran sesenta y seis los que habían pasado a pagar, sobre un total hipotético de ciento setenta graduados. De ellos, ninguno de los seguidores de Burman había dado señales de vida. Marín pensó que casi era mejor así: él había cumplido en avisarles; el resto ya escapaba a su responsabilidad. También se dijo que aunque hubiesen podido ser más, esa cifra de sesenta y siete (contándose también él) estaba bastante bien. Se apresuró a hacer el pago del catering de la cena, los diplomas y las medallas. Compró los estuches para las medallas, las puso en orden alfabético, preparó las listas, envolvió con cintas argentinas los diplomas, y dispuso todo para el gran festejo.

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El gran día

¡Compañeros, compañeros del Colegio Nacional de Buenos Aires! Juntos cantemos la marcha del colegio en cuyos claustros de gloria secular nos precedieron los ínclitos varones que combatieron por nuestra libertad… Florida y Diagonal Norte; hermosa tarde de primavera, como para exaltar el corazón de un porteño sentimental, por más septuagenario que fuese. Por allí venía Federico Wrack Acuña con el mejor traje que le quedaba. Impecable aunque de una elegancia anticuada, él que ya no se compraba más ropa. Debajo, su más fina camisa y una corbata que conservaba como reliquia de cuando era estudiante. Además, el par de gemelos heredados de su padre, los de platino y brillantitos para las grandes ocasiones. En la solapa el escudo del colegio que el Rector Moyano le había impuesto cincuenta y seis años atrás, y en los labios aquella vieja canción que brotaba orgullosa y límpida de su memoria porque allí siempre había seguido resonando. Con los zapatos refulgentes de tanto brillo, por aquel mandato de Doña Mercedes: “No dejes de lustrarlos muy bien, que ahí se nota la verdadera distinción”… Y conmovido, al evocar aquella luminosa mañana en que había redactado su composición sobre “Por qué quiero ingresar al Colegio”. Tan conmovido que, por muy grandilocuente que resultase, aquella canción seguía poniendo lágrimas de orgullo en su mirada: Nuestra divisa es “patria, labor, virtus”, eso nos marca la senda del deber para alcanzar los triunfos anhelados que nuestro esfuerzo nos haga merecer ¿Qué importaba hoy que Buenos Aires estuviese mugrienta como nunca? Que las paredes del Banco Boston apareciesen pintarrajeadas con todas las amenazas de represalias y revoluciones, que en la Catedral sus columnas sobrellevasen graffiti con insultos para los curas, que en la Municipalidad hubiese alguna manifestación con

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algo de murga, entre redoble de tambores y bombas de estruendo, que en la Plaza de Mayo brotasen carteles y tiendas de los que no habían combatido en las Malvinas pero se proclamaban combatientes, y que en una calle lateral alguna ambulancia reclamase el libre paso a costa de enloquecer más aún a la ciudad con su sirena. ¡No, no importaba! Él iba a reunirse a celebrar con sus pares en la Manzana de las Luces, en el Colegio de la Patria, al abrigo de San Ignacio, y todo eso también era una realidad presente y ya inmutable, que preexistía, una realidad de la Argentina inmanente y definitiva – como decía Borges – “en el viviente seno de los eternos arquetipos”… En la esquina de Bolívar y Diagonal Sur, entre abstraído y distraído, tropezó y estuvo a punto de caerse en los desniveles sin arreglar de la vereda. Por suerte logró recuperar su equilibrio. Fue entonces que oyó: - ¡Fefé! Tratá de sobrevivir, muchacho, al menos hasta después de la cena. Era Luciano Bernardelli, que iba también engalanado rumbo al colegio. - Esperemos que se pueda hacer el acto – fue su primer comentario tras saludarlo. - ¿Por qué no? – descartó Federico con su tono más lógico. - ¿Qué, no te enteraste? Al mediodía dijeron por el noticiero que los muchachos tomaron el colegio, así que no sé si nos dejarán entrar… - ¿Los muchachos? ¿Qué muchachos? - ¡Los alumnos, Fefé, los alumnos actuales! ¿Entendés? - ¡No, no puede ser! – saltó Federico, alarmado. Luego, bromista - ¡Me estás queriendo tomar el pelo, te conozco muy bien, desgraciado! - ¿Sí? Ya vas a ver… Wrack Acuña se apuró entonces a recorrer el trecho que aún le quedaba hasta el colegio, como si por atrás se le viniese encima una avalancha. Ya desde la vereda de San Ignacio notó que algo raro debía estar pasando. Veía varios grupos arremolinados al pie de la escalinata central, ante las puertas y las rejas herméticamente cerradas. Eran hombres y mujeres mayores: sus ex compañeros con las esposas y algunos otros invitados. Se acercó; lo reconocieron; les preguntó ansioso qué pasaba. - Muy simple; no nos dejan entrar. - ¿Pero por qué? - No se sabe; exigen la renuncia del rector. Dicen que el colegio está tomado por la asamblea de alumnos, que nadie que no sea alumno puede entrar. - Pero nosotros somos alumnos… bah, fuimos, que es lo mismo.

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- No, para ellos no es lo mismo. Se sienten los únicos dueños. - ¿Y Marín, dónde está? - Llamó para hablar con el rector, que no está en su despacho; ahora fue a un locutorio a averiguar el teléfono de la universidad… Como si hubiese oído que lo llamaban, en ese mismo momento reapareció el Contador Marín, cargado con la bolsa de los diplomas y el paquete de las medallas. Venía muy alterado: - No hay nada que hacer, muchachos; nadie se hace responsable de nada; dicen que es una medida de fuerza, de facto. - ¿Pero cómo no vamos a poder entrar nosotros? - ¡Eso! ¡Entremos por la fuerza! - ¿Cómo? Si ellos ya están adentro, y cerraron todo. - Llamemos a la policía. - ¿Y qué comisario se va a arriesgar a entrar por su cuenta en la Universidad? ¿Para que lo echen del cargo? No te olvides que para el gobierno los estudiantes son las niñas bonitas e intocables, por más tropelías que hagan… - ¡Bueno: nosotros también las hicimos! - Hay que pedir amparo a un juez… - ¡No seas iluso! ¿Para qué? ¿Para que nos dé la razón dentro de cinco años, después de llenar una carretilla de escritos? - ¿Entonces…? Wrack Acuña ya no prestaba atención a todas aquellas disquisiciones. Había quedado abatido, atónito, al pie de la escalinata infranqueable. Acudía a su memoria, como una vieja pesadilla, aquella noche de 1955 en que se había llegado hasta allí a tomar su guardia en el comité de toma del colegio, cuando se había encontrado con que los reformistas lo habían tomado por la fuerza y no lo dejaban entrar. Aquello había sucedido entonces. ¡Y ahora, que estaba irremisiblemente viejo, una vez más se veía echado, despojado de su heredad, porque la Argentina era así: un péndulo que iba y volvía siempre! ¿Tendría que aguantarse otra vez sus corcoveos? - Y bueno, muchachos, la cosa es así – recapitulaba Marín – así que vamos a la sede de la asociación, que no todo está perdido: allí nos espera la mesa ya puesta para la cena, con un buen vinito para los brindis: antes daremos el discurso, entregaremos las medallas y los diplomas tal como teníamos dispuesto desde antes, nos abrazaremos, ¡y aquí no habrá pasado nada grave!.

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Pero no, Wrack Acuña no quería quedarse. ¿A qué? ¿A oír palabras vacías y glorias pasadas, mientras los prepotentes acababan de echarlo una vez más del colegio como un desperdicio, y todavía seguían muy orondos ahí adentro? Quizás Luciano Bernardelli adivinó sus pensamientos melancólicos, y al ver que se apartaba se acercó a tomarlo por el hombro mientras le decía: - Vení, Fefé, no te hagás mala sangre, que el país es así: a la larga nos caga a todos, de derecha o de izquierda, conservadores o revolucionarios. ¿O vos te habías creído aquello de “una nueva y gloriosa nación”, como lo creían Cané y los suyos? - Y… así nos enseñaron nuestros maestros… - susurró Federico casi para sí. - Pero la Argentina nos enseñó otra realidad, querido, y como decía el Padre Castellani, “ser boludo es pecado mortal”. Federico asintió, pero Luciano no consiguió convencerlo para que se quedase con ellos. Compadecido, lo acompañó hacia la esquina de Moreno para que tomase un taxi.. Al despedirse le prometió que recogería en su nombre el diploma y la medalla, para hacérselos llegar oportunamente. - ¿Para qué? – se lamentó el otro - ¿Para recordar el acto fallido del Castillo de las Luces? - Bueno… al menos será un pretexto para volver a vernos, Fefé. Wrack Acuña se conmovió, y abrazó a su amigo antes de subir al auto, con un “gracias” casi imperceptible, que tenía algo de despedida tras un entierro. - Cuidate. Te llamaré… - le dijo Luciano, y se quedó mirando cómo se alejaba el auto. Estaba conmovido de pensar que el pobre había sido el más ilusionado en aquel festejo y ahora prefería estar ausente. Luego prefirió disipar esa reflexión, y regresar a la vereda del colegio, donde todos los demás seguían deliberando todavía ante el portal de hierro siempre cerrado. Ahora el problema consistía en que alguna de la gente de Burman que no se había anotado para la cena quería asistir al acto previo. Marín les explicaba que ese acto iba a quedar reducido a su mínima expresión, y el salón ya estaba dispuesto para los que cenarían, por lo que allí no iban a caber todos con esposas y familiares incluidos. Acevedo anunció que él podía conseguir el salón de actos del Colegio de Escribanos, pero que para eso necesitaba al menos un día para disponer todo. Algunos aceptaban la postergación, pero muchos otros no. Ya estaban por ponerse a votar la moción en medio de la vereda cuando llegó un piquete policial, a pedirles que se desconcentrasen para evitar incidentes.

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Muchos comenzaron a protestar que en vez de desconcentrarlos a ellos, pacíficos ciudadanos, la policía se dedicase a echar a la patota que les impedía la entrada al colegio. Otros preguntaban dónde estaban el rector o las autoridades universitarias. - ¡Es una vergüenza! - Desaparecieron los muy caraduras. - Primero se comprometen, y después no se hacen cargo de sus palabras. - ¿Y vos, Marín, tenés algún contrato por escrito para obligarles a cumplirlo? - ¿Acaso no sabías que las promesas se las lleva el viento? - A fin de cuentas, vos también sos responsable. Molesto de ver que el asunto se le estaba escapando de las manos, y que hasta querían convertirlo en el chivo expiatorio, el Contador Marín resolvió entonces que vinieran todos a la asociación, que allí podrían caber mediante el expediente de apartar las mesas del ágape, para después volver a colocarlas. Poco a poco fue logrando que se encaminasen en grupos a la sede social. Ya allí logró que aunque medio apretados fuesen entrando todos. Claro que no sólo hubo que mover las mesas sino también desalojar la vajilla de algunas para preparar los diplomas arrollados y los estuches de las medallas. Después de todo ese zafarrancho, y ante la creciente impaciencia general, Marín se apresuró a hacer ingresar a todos al salón. En ese momento algunos se acercaron a notificarlo del reciente fallecimiento de Cavagna Pearson, y pedirle que se hiciese un minuto de silencio por él. Marín se mordió la lengua para no revelarles la respuesta del difunto a su invitación al festejo, y optó por responderles que no le parecía oportuno el homenaje, tras la pelea que habían tenido por homenajear o no a Dalayrac, tan muerto a fin de cuentas como el célebre científico. Después se dirigió a la cabecera e inició el acto con algunas pocas palabras para reemplazar las del rector. Lamentó lo sucedido, “pero ya se sabe, las emergencias son así”, y pidió que comenzasen directamente sin tanto preámbulo, cantando el Himno nacional y luego el himno del colegio. El coro resultó escuálido, sobre todo en la marcha, porque los que podían recordar la letra y cantarla eran pocos, además que faltaba el órgano para reforzarlo. Al final, tras los aplausos, hubo algún grito de “¡Por nuestros compañeros ausentes!” que varios respondieron con un “¡Presente!” sin duda previamente convenido, pero por suerte sin destinatarios especiales, así que podía ser por cualquiera, desde Dalayrac hasta Cavagna Pearson. De inmediato, Pancho Aguilar se apresuró a atacar

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con su discurso, que tal como lo había prometido estaba lleno de recuerdos pero vacío de ideología, de manera que todos aplaudieron también. Después, para la entrega de diplomas y medallas, Marín reemplazó la ausencia del rector con el recurso de hacer él la primera entrega por orden alfabético, para que los demás los fuesen entregando cada uno al compañero que seguía en la lista, con un alarde de igualitarismo democrático que salió muy bien. Así, entre abrazos mutuos y aplausos culminó esa primera parte del festejo, o sea la más riesgosa. Marín pidió a los que no asistirían a la cena que se retirasen, y a los otros que esperasen afuera del salón, para permitir que los mozos pudiesen reorganizar las mesas. Todo esto demoró bastante la cena. En medio de la espera, algunos repararon en que les habían repartido equivocadas sus medallas en los respectivos estuches, y comenzaron a reclamarle a Marín, quien a su vez les dijo molesto que no fuesen chiquilines y las intercambiasen entre ellos, porque él se había encargado de controlarlas y estaban todas, así que nadie se quedaría sin su medalla. - ¡Yo tampoco puedo estar en todo, así que colaboren! – concluyó, y para que se tranquilizasen hizo anticipar una copa de vino, aunque eso sí, con la recomendación de llevarla consigo al pasar a las mesas porque estaban justas. A todo esto, se iban generalizando las charlas en los diversos grupos. Alguno – el más bullicioso – derivó en una discusión sobre River y Boca, en vísperas de un nuevo clásico, con la apología o la crítica de sus respectivos jugadores, y un ardor que más los semejaba a hinchas en la cancha que a profesionales egresados del colegio. Muy cerca, Pancho Aguilar estaba rodeado por algunos de sus ex compañeros que lo felicitaban por el discurso, mientras se dedicaban a ampliar sus evocaciones de los profesores que habían tenido. En otro grupo se solazaban en relatar sus últimos viajes a Europa, que incluían desde simples excursiones por España, París o Italia hasta intrépidas incursiones por los fiordos noruegos, el ferrocarril transiberiano, el Tibet y la gran muralla china. A un costado, Tito Raimondi y el Escribano Acevedo aprovechaban para hablar de unas hipotecas que tenían pendientes de resolución. En otro rincón, un cirujano obsesionado con su quirófano se jactaba ante dos o tres ex compañeros sobre los milagrosos avances de su ciencia, mientras que otro – que era veterinario – le replicaba que aún para perros y gatos había unidades móviles de alta complejidad, terapias intensivas y las más sofisticadas operaciones quirúrgicas.

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Cerca, el Pico Sarachaga exhibía un majestuoso bastón con puño de marfil, que le había permitido llegar a la reunión a pesar de esa maldita artritis y los calmantes que le atacaban al hígado. - Lo peor de todo – decía a dos que se habían acercado a saludarlo – es que se ha convertido en la protagonista de mi existencia, como si ya no pudiese pensar en otra cosa que no sean mis achaques. Uno de los que parecía oírlo (pero sin escuchar) era el Arquitecto Pereyra Núñez. Había acudido al encuentro del Pico sólo por acercarse al Ingeniero Hewitt, que en el grupo de al lado era de los que discutían sobre River y Boca como si en eso le fuese la vida. ¿Tanto había podido cambiar en esos años? No recordaba que a Abel le hubiese interesado el fútbol cuando andaban juntos. ¿O ésa era una de las tantas concesiones hechas a la sociedad? Insistió en seguir observándolo sin llamar la atención, para comprobar si le dirigía alguna mirada a él. ¡Pero nada, absolutamente nada, ni siquiera de reojo! Tan sólo le preocupaba “la mística” de los equipos… Ahora el Pico había interrumpido sus lamentaciones sobre la artritis para detener a Marín y reprocharle por no haber organizado el homenaje a su actuación como regente. Pero el otro, que andaba a las corridas de un lado a otro para preparar el salón, le contestó de mala gana que no lo viniese a hinchar él también. Tampoco faltaba quien soñaba con hacer un crucero en su yate, para largarse con su hijo y sus nietos hasta la desembocadura del Amazonas, y luego remontarlo por la selva hasta el Orinoco, para intentar la ruta del conquistador Lope de Aguirre en busca de El Dorado. Ante ese proyecto, el Turco Ahmed le replicaba muy patriótico que él iba a salir en una casa rodante a recorrer todo el país desde La Quiaca hasta Ushuaia, porque mientras le quedase algún pueblo de la Argentina sin conocer, no se iba a permitir ir al extranjero “en donde no nos saben apreciar”. Claro que se cuidaba de referir su malhadada visita a los lugares de Machado en Soria. En otro ángulo, Félix de Murúa tentaba a un viejo camarada de correrías para largarse después de la cena a reventar la noche en algún “piringundín” del Bajo como cuando estaban en sexto año. El otro reía: - ¿Pero te parece que todavía existen? Yo tengo mi oficina en Tucumán y 25 de Mayo, y creo que ya no hay ninguno. - Y bueno, entonces nos vamos a otro lado, porque siempre hay alguno en algún lugar… ¿Te acordás aquel sábado a la noche que nos levantamos una negra medio

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jovata pero bastante fuerte en el “Jimmy´s”, y la llevamos con mi auto a Villa Cariño? ¡El julepe que tenías! - Ah… teníamos veinte años, y ahora ya no los tenemos más… - ¿Qué importa? Hay que pensar en aquello de “ma sempre avanti!”, ¿no? Mientras las charlas seguían, Luciano Bernardelli deambulaba por los grupos, sin saber en cuál quedarse. En realidad no le atraía ninguno en lo más mínimo; pensaba que quizás Federico había tomado la decisión más acertada al irse. Pero ahora él ya estaba en el baile… Vio que otro que andaba por ahí también medio despistado era el Tano Biglieri, con una copa en una mano, y en la otra una botella que había conseguido apropiarse. Alguien le había comentado que el Tano había tenido un accidente cardiovascular – como les llamaban ahora a los ataques de presión – y que no andaba muy bien de la cabeza. Allá estaba, rehuido por los demás así como también le rehuían la esposa y los hijos – según le habían contado - que dejaban que anduviese suelto por ahí, total era inofensivo. Al ver a Bernardelli también solo, Biglieri se le acercó con sus ojos saltones, bovinos, y su rostro inexpresivo, mofletudo y sanguíneo que contrastaba con el cabello blanquísimo que había sido tan rubio. Luciano vio con alarma que por el labio le caía un hilo de baba. - Me dijeron que vos fuiste profesor en el colegio, che – le espetó el Tano, con la palabra entre dientes y sin modulación - ¿Por qué no hacés algo para que esos hijos de una gran puta nos abran las puertas? ¿O vamos a tener que ir a sacarlos con gamexane como a las ratas, para que sepan quiénes somos los verdaderos dueños? Bernardelli quedó desconcertado. Nunca había tenido amistad con Biglieri, desde siempre en sus antípodas políticas, pero tampoco había recibido de él un ataque tan directo. Optó por señalarle la botella y decirle sin alzar la voz que no tomase alcohol si estaba medicado porque eso podía traerle una grave complicación. Luego, tras aclararle que hacía años que él estaba jubilado, así que no tenía nada que ver con esa camada de alumnos, le propuso que antes de ir a desalojarlos pensase que eran jóvenes en todo su vigor creciente, mientras que ellos en cambio ya no estaban en condiciones de entablar una lucha. - ¿No? ¡Ponémelos por delante y vas a ver cómo los reviento uno a uno! – se ensanchó el otro, irguiendo ese cuerpo que había sido atlético alguna vez. - Bueno, andá a desafiarlos no más, y que tengas suerte – concluyó Bernardelli, para escabullirse rápidamente entre los grupos.

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Pero si antes de este encuentro seguía con la intención de quedarse a compartir la reunión y “la última cena” – tal como había bromeado - ahora Luciano ya no se quería quedar ni un minuto más. Había logrado emerger de aquella aglomeración; estaba en el hall de entrada, ante la escalera que podía conducirlo a la calle, al aire libre. Bajó. Salió. A la derecha, en la vereda de enfrente, veía alzarse el flanco sombrío de la mole del colegio. “Este gran palacio no me dice nada” – quiso decirse, como Fernández Moreno. Pero tal vez a él le decía demasiado, o mucho más de lo que podía resistir en ese momento. Quizás toda la frustración de los suyos, de la Argentina que le había tocado en suerte, y también ¿por qué no reconocerlo?, de sí mismo como miembro no sólo de su generación, sino también de ese pobre país por el que no había sabido hacer nada. Pensó en esos muchachos que en ese mismo momento seguían encerrados en el colegio, dispuestos a arreglar el mundo, exactamente igual que ellos medio siglo atrás. Y se alejó cabizbajo por el otro lado de la calle. ------------

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