Las veredas de el salado vuelven a reír

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LAS VEREDAS DE

EL SALADO VUELVEN A REÍR

CRÓNICAS DE SALUD HERNÁNDEZ-MORA, RICARDO SILVA, DANIEL SAMPER OSPINA, HÉCTOR ABAD FACIOLINCE Y JORGE ENRIQUE ROJAS


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Barranquilla

Cartagena

océano atlántico espiritano Emperatriz danubio

El Bálsamo

Villa amalia

El Salado santa clara

Sincelejo


Santa Marta

maracaibo valledupar

ocĂŠano atlĂĄntico

El Salado

colombia


© Salud Hernández-Mora © Ricardo Silva Romero © Héctor Abad Faciolince © Jorge Enrique Rojas © Daniel Samper Ospina Edición: Diego Garzón Diseño: María Cristina Jaramillo Corrección de estilo: Liliana Tafur Foto de cubierta: Manuel Olarte Primera edición: octubre de 2013 Impreso por H&A. Este catálogo no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito de Ayuda en Acción. Todos los derechos reservados


ÍNDICE

Qué es Ayuda en Acción

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Carta de Jaime Montalvo, presidente de Ayuda en Acción

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Carta de María Isabel Cerón, directora de Ayuda en Acción para Colombia

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Carta de Claudia García, directora de Fundación Semana

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Qué es y cómo funciona el Plan de Apadrinamiento

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Plegaria desde El Salado, por Ricardo Silva

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El niño que se cansó de La Hamaca, por Salud Hernández -Mora

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Un héroe en El Salado, por Daniel Samper Ospina

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El niño de cristal, por Jorge Enrique Rojas

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Los motivos de Jessica, por Héctor Abad Faciolince

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Cronistas y fotógrafos

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Agradecimientos

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¿QUÉ ES AYUDA EN ACCIÓN? Somos Ayuda en Acción, una organización española, y trabajamos desde 1981 para mejorar las condiciones de vida de las comunidades más desfavorecidas mediante programas de desarrollo y campañas de sensibilización. Actualmente tenemos presencia en 22 países en América, África y Asia. Desde 2006 trabajamos en Colombia en pro de la erradicación de la pobreza a través de programas autosostenibles y hemos logrado mejorar las condiciones de vida de más de 17.000 personas. El Programa de Apadrinamiento consiste en destinar los fondos a la financiación de proyectos que la comunidad considera prioritarios. Este programa lo entendemos como el conjunto de familias en las comunidades en las que trabajamos, no es que se apadrine solo un niño o una niña. Consideramos que para lograr un impacto real en las zonas de desarrollo en las que actuamos, los recursos deben ir destinados a los proyectos y para toda la comunidad sin excepción. Usted puede ayudar haciendo un aporte mensual mínimo de 30.000 pesos, o más, si así lo considera. Por supuesto, tendrá conocimiento de los informes, los avances, y podrá mantener comunicación con la comunidad que ayuda a través de cartas. Queremos promover ese vínculo solidario y una comunicación permanente entre los padrinos y la comunidad. El pago lo pueden hacer por débito automático, “mi pago amigo”, es decir, por internet (PSE) o, si lo prefieren,

AYUDA EN ACCIÓN

por consignación. Es importante tener en cuenta que no es un contrato ni que usted estará amarrado; en el momento en que no pueda aportar o quiera dejar de hacerlo por diferentes motivos, avisa a la Fundación y listo, se cancela la vinculación al Programa de Apadrinamiento. En El Salado, donde trabajamos de la mano con Fundación Semana, en las veredas de Santa Clara, Villa Amalia, Emperatriz, Espiritano, El Bálsamo y Danubio, beneficiaremos a 1.208 personas, entre las que se encuentran 435 mujeres, 512 hombres, 123 niñas y 138 niños. LOS OBJETIVOS SON: 1. Establecer la atención integral de la población de niños y niñas de 0 a 5 años en las veredas de El Salado. 2. Contribuir al mejoramiento de las condiciones de acceso al agua, que impacta en los aspectos de salud y seguridad alimentaria de la población. 3. Generar una cultura empresarial de emprendimiento en la comunidad que permita mejorar su productividad. 4. Promover y fortalecer el reconocimiento y el ejercicio pleno de los derechos de los niños de las veredas de El Salado. Ojalá se motive a apoyar estos proyectos, que ayudarán a cientos de personas.

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CARTA DE JAIME MONTALVO PRESIDENTE DE AYUDA EN ACCIÓN

Quiero que mis primeras palabras sean de afecto y agradecimiento, en nombre de todos los niños y niñas, mujeres y hombres que participan en este gran proyecto colectivo que es Ayuda en Acción, presente en 22 países del mundo, y que constituye un sistema de intercambio de solidaridad entre personas de orígenes muy distintos. Nuestra organización nació hace poco más de 30 años, a partir del modelo y la experiencia de la organización inglesa ActionAid. Un tiempo corto pero suficiente para conformar e ir desarrollando un proyecto de compromiso, en donde lo esencial es la solidaridad entre ciudadanos y comunidades, la reivindicación humana y la valoración de la dignidad de los demás. A partir de esta base, del respeto hacia los demás, queremos forjar un futuro de libertad y progreso, sin importar de qué lugar del mundo estemos hablando. Ningún rincón del planeta puede estar ajeno a los mismos derechos por difíciles que sean sus condiciones. Convencidos de esto, podemos definir el trabajo que desarrolla Ayuda en Acción Colombia. El país se encuentra en una situación capaz de generar enormes expectativas de crecimiento y desarrollo. Sin embargo, la sociedad demanda un importante esfuerzo para corregir el escenario de desigualdad, desarticulación social y debilidad de los derechos ciudadanos en el que, como consecuencia de una dinámica social lamentablemente arraigada en el tiempo, cuestiona y dificulta el resultado de esfuerzos de diferentes actores sociales y económicos. Esta ONG, Ayuda en Acción Colombia, quiere servir de espacio compartido de compromiso en diferentes ámbitos: desde empleados, trabajadores, campesinos, académicos, medios de comunicación, hasta empresas privadas y públicas. Así, desde este esfuerzo de participación de todos, se pretende trabajar en la reconstrucción del tejido ciudadano, en especial en un

ámbito rural particularmente enfrentado a una violencia que ha golpeado nuestra sociedad por años, con enormes consecuencias como las que viven los desplazados. Inicialmente, Ayuda en Acción, de acuerdo con sus postulados estratégicos fundamentales, ha buscado la participación de entidades y organizaciones con implantación y trabajo en el país, a partir de programas de educación y desarrollo en medios geográficos y sociales particularmente afectados por la crisis y la violencia. Por ejemplo, en Soacha, en algunos sectores de Barranquilla y de Chocó y, ahora, en El Salado. Queremos expresar nuestro firme compromiso con la ciudadanía, a partir de la educación y el desarrollo económico, desde el fortalecimiento de la recuperación de las capacidades y el empoderamiento. En definitiva, desde una firme reivindicación de los derechos humanos. Hoy, creo que podemos contemplar con esperanza la presencia de este nuevo ámbito de actuación y compromiso colombiano, firmemente vinculado al conjunto de la organización, que se sustenta en un admirable grupo de personalidades intelectuales y sociales del país. Estas, sin duda, han de servir de garantía al valor del trabajo que, al lado y al servicio de las comunidades y sus integrantes y desde el reconocimiento de su protagonismo, hemos de realizar. Quisiera también manifestar mi satisfacción, como presidente de Ayuda en Acción y miembro de su Consejo en Colombia, desde luego con la esencial colaboración del Consejo Asesor, por la labor de nuestra directora María Isabel Cerón, cuya trayectoria y experiencia en el compromiso solidario constituyen una garantía de futuro que compromete e ilusiona. Ojalá que entre todos podamos prestar el servicio que las exigencias de justicia y dignidad que nuestra sociedad demanda. Y a eso es a lo que queremos apostarle, con ilusión: a toda la sociedad colombiana. ~7~

AYUDA EN ACCIÓN


CARTA DE MARÍA ISABEL CERÓN DIRECTORA DE AYUDA EN ACCIÓN PARA COLOMBIA

Me permito darles un saludo cordial y compartir con ustedes un poco de nuestra experiencia en el marco del lanzamiento del Programa de Apadrinamiento de Ayuda en Acción Colombia. Quisiera iniciar este espacio señalando que desde el año 2006 comenzamos nuestro apoyo en el país beneficiando a más de 17.500 personas, a través de proyectos enfocados a la satisfacción de necesidades básicas, la dinamización de la economía local y el empoderamiento ciudadano de las comunidades urbanas y rurales, gracias a la solidaridad de los padrinos y madrinas españoles. Es así como, basándonos en esta experiencia, hemos identificando que existen posibilidades de desarrollar este modelo de apadrinamiento en el país: nuestros esfuerzos se concentran en involucrar a la sociedad colombiana en las problemáticas sociales, pero con el propósito de promover acciones reales que permitan generar cambios estructurales en las condiciones de la población más desfavorecida. Nuestro compromiso está dirigido al fortalecimiento de las capacidades individuales y colectivas de las personas, apoyando su aspiración de alcanzar una vida digna mediante el desarrollo de proyectos viables y sostenibles. Para lograrlo y obtener un impacto real en las áreas de desarrollo donde se concentra nuestra actuación, hemos implementado una estrategia denominada el “vínculo solidario”, que consiste en crear una relación muy estrecha entre la comunidad, las familias y los niños, con los padrinos. Este programa permite reconocer las realidades, las transformaciones y la efectividad de la ayuda a través de una comunicación constante que logra tejer fuertes lazos. En Colombia hemos priorizado los proyectos de inversión social en las regiones del Pacífico y el AYUDA EN ACCIÓN

Atlántico, fundamentalmente en zonas donde los niveles de pobreza y vulnerabilidad son más altos. La población con la que actualmente estamos trabajando ha logrado sobrevivir a las dinámicas del conflicto, enfrentando una realidad rural muy adversa y desigual frente a las condiciones urbanas. En este contexto, queremos reducir las brechas de la pobreza y la exclusión, generando confianza y permitiendo que cada donante pueda ser testigo de los avances y el crecimiento colectivo, el cual va sustentando el desarrollo a lo largo de los proyectos. Las crónicas que encontrarán a continuación reflejan las condiciones de vida actuales de personas que habitan las seis veredas del corregimiento de El Salado, Bolívar. La Fundación Semana lleva más de cuatro años trabajando con la comunidad del poblado de El Salado en su reconstrucción, y ahora, de la mano de Ayuda en Acción, iniciaremos una nueva etapa de trabajo respondiendo a las necesidades más urgentes que fueron identificadas por las comunidades de estas veredas. Quiero hacer un llamado especial a todas las personas que desean aportar y aunar esfuerzos en torno a las problemáticas sociales que nos rodean, para que apoyemos a las personas que más lo necesitan, siendo testigos directos del progreso de las comunidades y sus habitantes, estrechando nuevos vínculos solidarios como un aporte importante en la construcción de un mejor país. En nombre de todo el equipo de Ayuda en Acción, de nuestros socios locales, las comunidades, las familias, los niños y las personas que han estado vinculadas en este proceso como colaboradores, espero que disfruten de esta publicación y agradezco muchísimo el acompañamiento y apoyo que nos han brindado.

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CARTA DE CLAUDIA GARCÍA DIRECTORA DE LA FUNDACIÓN SEMANA

En septiembre de 2009, la Fundación Semana se puso como meta colaborar en la reconstrucción de El Salado: montar en ese pueblo, cuyos habitantes padecieron una de las peores masacres de la historia colombiana, un laboratorio que demostrara que transformar una comunidad es un objetivo posible, y que se puede conseguir con voluntad política y la ayuda armoniosa entre las empresas privadas, las entidades públicas y las organizaciones sociales que quieran participar. Cuatro años después, no solo hay grandes transformaciones sino un esquema de alianza que hoy asciende a 70 aliados públicos y privados que, en compañía de la comunidad de El Salado, piensan incrementar su ayuda irradiándola a otras poblaciones de los Montes de María. El Salado cuenta con una comunidad unida alrededor de grandes proyectos de beneficio colectivo. Hace algunos años padecían en carne propia no solo la violencia, sino el abandono: después de la masacre, El Salado quedó a la deriva, como si la sociedad y el Estado le hubieran dado la espalda. Pero gracias a la convicción para retomar las riendas de su destino, con la decisión política y la generosa solidaridad de muchas empresas, el pueblo, hoy en día, está lleno de vida. Tiene evidentes mejoras en la infraestructura, inversiones concretas en alcantarillado, antenas de comunicación, mejoramiento de vías y demás. Pero mucho más importante que lo anterior, es un pueblo que volvió a tener alma. Ahora los adultos mayores cuentan con una casa que los asiste; hay jardín infantil para todos los niños de 0 a 5 años, y de esa edad en adelante pueden estudiar en el colegio, que no solo los gradúa de bachilleres, sino que cuenta con una granja demostrativa que les permite adquirir el bachillerato técnico agropecuario. Florecen las tiendas y los negocios, y la vida gira en torno al centro cultural, que permanece lleno de jóvenes, de niños, de personas que montan en él múltiples actividades; hay una escuela de fútbol, grupos de música, proyectos productivos y estación de policía.

Desde que Ayuda en Acción arribó a El Salado, se puso de manifiesto un riesgo de carácter: se trataba de una ONG capaz de actuar de manera respetuosa, con la actitud de aprender antes que de enseñar. El trabajo juicioso que hicieron sus miembros durante varios meses se empieza a traducir en el avance de las veredas cercanas al pueblo, las zonas rurales donde las condiciones son bastante deplorables. Para la comunidad de El Salado y para quienes trabajamos con ellos resulta angustioso ser testigos de las dificultades que atraviesan los habitantes de esas veredas para tener acceso a agua, a educación, a salud y a otros servicios básicos. Niños de 10 años que nunca han ido al colegio; arduos trayectos a los que menores de 8 se deben someter para recoger agua de los mismos reservorios turbios en que beben los búfalos; hombres y mujeres que viven con hambre. Por eso, la entrada de Ayuda en Acción es fundamental para cambiar de forma definitiva la calidad de vida de todos ellos. Apostarle al acceso al agua y a la atención de la primera infancia, y resolverlo de modo pleno, cambiará del todo la vida de las generaciones que vienen en camino. El ingreso de Ayuda en Acción será felizmente definitivo. Su reconocida vocación para sumar, para construir sobre lo construido, coincide del todo con el esquema de trabajo que ha forjado la alianza por El Salado. Esta alianza entiende que el único desarrollo posible es el que provenga desde las comunidades; que aquí no importan los chalecos ni los logos, sino trabajar con la gente en una actitud de iguales, no de redentores; que lo importante no es adelantar proyectos, sino facilitar procesos: el problema no es siempre financiero; a veces resulta más beneficioso el aporte que cada cual suma desde su especialidad que generosos cheques girados al azar. Me tomo la vocería de muchas personas que vemos con felicidad el ingreso de Ayuda en Acción, y que sabemos que no solo consolidaremos el esfuerzo de estos años, sino que aprenderemos de ellos. Bienvenidos. Y gracias por todo. ~9~

AYUDA EN ACCIÓN


QUÉ ES Y CÓMO FUNCIONA

EL PLAN DE APADRINAMIENTO ¿Quién se beneficia de mi aporte económico?

Toda la comunidad, sin excepción. Nunca se entrega dinero directamente a los niños o a sus familias. Los fondos que usted aporta se destinan a financiar proyectos que la comunidad considera prioritarios en diferentes áreas de actuación, relativas a la satisfacción de necesidades básicas, al fortalecimiento de las capacidades de negociación, a la dinamización de la economía local y al impulso de la participación ciudadana. Combatiendo las causas y los efectos de la pobreza se garantiza un futuro mejor para la comunidad.

¿A qué niños se apadrina?

Partimos de la comprensión del sistema de apadrinamiento por parte del conjunto de las familias en las comunidades en las que trabajamos que, junto con el personal técnico de Ayuda en Acción, deciden quiénes y en qué número participan. Si los niños acuden regularmente a un centro escolar y pueden ser localizados en las comunidades donde viven, se puede recoger información de forma habitual sobre su situación y resulta factible apadrinarlos. En este caso se recogen sus datos y fotografías de grupo.

¿Qué significa apadrinar un grupo de niños?

Para lograr un impacto real en las zonas de desarrollo en las que actuamos, hemos encontrado que una forma especial de consolidar recursos es a través de la unión de varios padrinos. Para que el niño no se sienta confundido al tener varios padrinos, es mejor establecer un vínculo solidario entre un grupo de padrinos y uno de los grupos existentes de niños en la zona. Esto hace que sea más natural la relación y que a través del grupo conozca las realidades de la comunidad y de los proyectos que se realizan en la zona. Cuando apadrina a un grupo puede ver su crecimiento colectivo, apreciar la diversidad cultural y acompañar su desarrollo a lo largo de la duración del proyecto. AYUDA EN ACCIÓN

¿Qué tipo de comunicación puedo mantener con los niños y con el proyecto?

Recibirá dos comunicaciones al año sobre el grupo de niños que apadrina. En una de ellas le enviaremos una manualidad, dibujo o carta hecha por uno de ellos en alguna de las actividades de promoción de derechos en las que participan. Este regalo en ocasiones puede estar elaborado por el profesor, por un voluntario o algún familiar en el caso de que el niño sea muy pequeño. En la otra recibirá información detallada sobre cómo va el grupo, noticias de interés sobre su desarrollo educativo y sobre su comunidad. Ambas comunicaciones irán acompañadas por un informe del proyecto en el que lo pondrán al corriente de la marcha de las actividades. Una vez al año, la directora de Ayuda en Acción Colombia le enviará una evaluación general de los avances conseguidos. Lo invitamos a escribirle a su grupo de niños cuantas veces desee, y lo animamos a que lo haga porque motiva y hace muy felices a los niños. Siempre recibirá respuesta a las cartas que envíe.

¿A qué dirección envío mis cartas?

Puede mandarlas a nuestra oficina y nosotros nos encargaremos de redirigirla a la comunidad respectiva. Faltaría la dirección, pues estamos a punto de mudarnos a otra oficina.

¿Puedo escribir a los niños a través del correo electrónico?

Puede escribirles al correo socioscolombia@ayudaenaccion.org y nosotros lo haremos llegar al profesor o promotor de vínculos solidarios, quien podrá leérselo al grupo y podrá recibir la respuesta de los niños. Esta respuesta se la haremos llegar por correo electrónico o físico.

Al escribirle, ¿debo tener en cuenta algo importante?

Como ya hemos comentado, a los niños también les en-

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canta recibir cartas y ello los estimula a seguir escribiendo. Por eso no olvide escribirles, ya que de esta forma se fortalecerá la relación de amistad que se ha creado entre ustedes. No ponga su dirección o información de contacto personal en la correspondencia. Así se evita que pueda caer en manos de alguna persona sin escrúpulos que quiera realizar peticiones con fines diferentes a nuestros objetivos. Desde Ayuda en Acción apoyamos al niño en su propio ambiente, respetando al máximo su contexto cultural y sus costumbres. Esperamos que comprenda que el contacto que puede mantener con el niño podría verse limitado por estas diferencias culturales, geográficas y económicas.

¿Es posible visitar el proyecto?

¿Cuánto va a durar mi relación de apadrinamiento?

¿Puedo traer al niño a mi casa, con mi familia?

Usted es libre de decidir cuánto tiempo quiere que dure esta valiosa relación. Por nuestra parte, el apadrinamiento durará mientras Ayuda en Acción continúe trabajando en la zona o bien cuando el grupo de niños que apadrina finalice la escuela, o que por necesidades económicas tenga que trasladarse su familia. En cualquiera de estos supuestos, le ofreceremos la posibilidad de seguir colaborando con el proyecto a través del apadrinamiento de otro grupo. Tenga en cuenta que incluso en las circunstancias en las que el apadrinamiento termina, si los niños y su familia siguen en la zona, seguirán disfrutando de los beneficios del apoyo de Ayuda en Acción.

¿Puedo enviar obsequios?

Nuestra política, derivada de la experiencia, es firme respecto a este tema: enviar regalos no es adecuado, entre otras razones porque crea desigualdades y diferencias entre los niños, entre distintos grupos de apadrinamiento o, por ejemplo, entre hermanos en el interior de una familia. Nuestros equipos locales, al explicarles nuestro sistema de trabajo, hacen especial hincapié en que la relación que se establece a través del apadrinamiento es una relación solidaria y de amistad. Implica la colaboración y el esfuerzo de todos por conseguir el pleno desarrollo de las comunidades en las que trabajamos y, por lo tanto, la contribución de los socios colombianos se invertirá en este proyecto común. En este sentido, las aportaciones individuales y los regalos no tienen cabida en nuestros objetivos.

Esta es sin duda una magnífica experiencia, por lo que, si lo desea, puede visitar el proyecto. Solo tenga en cuenta que en las épocas de gran actividad, el personal de Ayuda en Acción no podrá dedicarle toda la atención que quiere. Por favor, comunique a nuestra oficina de Bogotá su interés por conocer el área de trabajo con unas semanas de antelación. Así podremos asesorarlo sobre las condiciones y viabilidad del viaje, ya que ninguno de nuestros proyectos está en zonas o rutas turísticas. Lo invitamos a que conozca el trabajo y los avances conseguidos en las comunidades a las que apoya. Ayuda en Acción no considera beneficioso para los niños salir de su ambiente. Además, nuestro compromiso con las familias es de respeto absoluto hacia sus formas de vida; no debemos ni podemos interferir en su estilo de vida.

¿Se puede trabajar como voluntario en los proyectos?

Ayuda en Acción tiene un programa de voluntariado para poder colaborar en los proyectos. Estas son experiencias muy enriquecedoras pues aportan al voluntario tanto como a la comunidad. Puede informarse de las oportunidades en la oficina de Bogotá y a través de la página web.

¿Tengo que comunicar los cambios de domicilio o datos bancarios?

Es muy importante que comunique a Ayuda en Acción, por correo postal, teléfono o e-mail, los cambios que haga, tanto de domicilio como de datos bancarios. De esta forma evitaremos demoras en las cuestiones administrativas que, en algunos casos, pueden suponer la pérdida de contacto con el proyecto e impedir la recepción de nuestras comunicaciones.

¿Puedo deducir mi colaboración con Ayuda en Acción en la declaración del Impuesto de Renta?

Sí. El monto anual de aportes que hace a través del apadrinamiento podrá deducirlo en la declaración de la renta del ejercicio fiscal del siguiente año, de acuerdo con el artículo 125 del Estatuto Tributario de Colombia. Esto puede hacerse hasta los topes máximos que fija el mismo artículo.

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PLEGARIA DESDE EL SALADO POR RICARDO SILVA

FOTOGRAFÍAS DE CLAUDIA RUBIO

LA HISTORIA DE ELIGIO Y MARILUZ, DOS NIÑOS QUE ENCARNAN LA ESPERANZA Y EL FUTURO DE EL SALADO.

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UNO: Hubo una vez una masacre. Sucedió en el corregimiento de El Salado, en el municipio de El Carmen de Bolívar, cuando todavía se daba como un hecho que a todos los que se vieran obligados a vivir en estos montes —los bellísimos y estoicos Montes de María, que se han tragado ya tanta violencia— les esperaba una vida abandonada a su suerte. Mariluz, de 13 años, nació dos meses después de la matanza. Y Eligio, de 11, apareció en la familia dos años más tarde. Pero en su casa en la vereda de Villa Amalia, a una hora y media de El Salado si uno va a pie, de tanto en tanto se escuchan las peores historias de aquel día. Hoy es jueves 15 de agosto de 2013. Desde temprano han estado ayudándole a su padre, a don Eligio Torres, en los trabajos de las plantaciones de tabaco. Y ahora están yendo los dos al estanque de las tierras vecinas, igual que todas las jornadas, a recoger agua sucia con las cuatro canecas de siempre. Y sin embargo, han oído esto y lo otro de la masacre pues sigue ocurriendo en boca de todos lo que ocurrió aquella vez. Solo es cuestión de preguntarlo. A esta hora no hay nada impune bajo el sol: el sol es el aire al mediodía. Y no obstante, Mariluz, con una sonrisa a prueba de todo, va llevando a una burra sin nombre por la orilla de la carretera. Eligio, que aguanta, cabizbajo, este calor que va doblegando, abre y cierra las cercas de púas y cuida los pasos del camino. Y entonces se van metiendo los dos entre los pastizales y el lodo, a pesar de las vacas y las cabras y los bueyes, y sobre las huellas de los riachuelos que se crecen cuando cae un aguacero, porque la idea es mostrarnos el lugar en donde día por día han estado llenando las garrafas de plástico blanco: “No hay dónde más”. Hoy la charca está más clara, según dicen, porque los animales no se han parado

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allí “a hacer su mierda”. Hoy no hay que competir con las reses, no. Todo está, al parecer, mucho más tranquilo. Se meten los dos, pues, en el estanque. Llenan juntos los cuatro recipientes roídos. Se los suben a la burra en el lomo uno por uno. Y emprenden el camino de regreso sin asomos de queja. Todas estas tierras son las tierras del mismo dueño. Y es bueno aclarar, pues no suele suceder así en Colombia, que a nadie le quitó sus dominios. Ni él ni los demás. La verdad es que los hacendados del país de estos últimos años tuvieron a la mano en el momento preciso el poquísimo dinero —400.000 pesos— que se estaba pidiendo entonces por una hectárea en los Montes de María. Y quién da más por un paraje a cuatro horas de Cartagena que se quedó esperando en vano la voluntad de los gobiernos, que le sirvió de refugio a la guerrilla más obtusa de la historia del mundo “porque por aquí no llegaba nadie más”, y luego fue el escenario que eligieron los peores entre los peores (“esto será bueno a largo plazo”, explicó en su momento el comandante Carlos Castaño) para llevar a cabo un holocausto a plena luz del día. Ni Mariluz ni Eligio eluden el tema: se encogen de hombros mientras vuelven a escuchar escenas de aquella masacre en la voz del hombre que nos guía, y avanzan a la cabeza del grupo, espantando ramas, en su camino de vuelta por esta pradera incierta, porque quizás ya se han dado cuenta de que los hijos vienen al mundo a reponerse de las guerras de sus padres. DOS: Hubo una vez una masacre. Que empezó un miércoles como cualquiera en las veredas del camino. Llegó hasta El Salado, “aquí adelante”, a las once de la mañana del viernes 18 de febrero del primer año de este

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siglo: hace mucho, hace muy poco. Y se fue, a las seis y media de la tarde más o menos, cuando este caserío que parece anterior a los Montes de María era ya un pueblo fantasma con los andenes plagados de 66 —y quién sabe cuántos más— cadáveres torturados, descabezados, empalados, como si no hubieran tenido nunca nombres ni apellidos. Todo ese horror imposible de recrear y de digerir fue cometido hace ya más de 13 años por un ejército de 450 paramilitares, en otra bestial, afiebrada y cobarde exhibición de poder, con la excusa de que entre esas casas descansaban —y era la verdad y era el estigma— ciertos guerrilleros de pesadilla, pero su relato, para bien y para mal, sigue produciendo arcadas y escalofríos. Padres e hijos asfixiando, desmembrando, matando a palos a hijos y a padres: de eso se sigue tratando ese día. Fue en esta cancha de piedra en donde los verdugos jugaron fútbol con las cabezas de las víctimas, celebraron cada ejecución con tambores y gaitas y acordeones, y dejaron que los cerdos de la plaza hicieran lo que les diera la gana con los muertos. En este lugar, que alguna vez fue un árbol, degollaron a una muchacha porque sí. Entre ese hermoso monte de enfrente, que va a estar ahí cuando ni usted ni yo estemos en la vida, una niña moribunda le dijo a una vecina: “Abrázame como me abrazaba mi mamá”. Por este cielo, bajo un sol que no da tregua, cruzó un helicóptero disparándoles a los techos de todos. Esta es la esquina en donde uno de los jefes sentenció: “Aquí nadie va a quedar vivo, aquí a todos los vamos a matar”. Acá un soldado gritó: “¿Y las mujeres qué?, ¿se van a salvar?”, mientras se secaba AYUDA EN ACCIÓN

el sudor con el dorso de la mano. Y allí el niño paramilitar les dijo a sus comandantes: “Yo quiero matar”, y le concedieron su deseo. Los verdugos fingieron una gesta. Simularon un rito enfrente de una iglesia que se quedó vacía desde entonces. Obligaron a los pobladores de El Salado, que para ese entonces, a fuerza de miedo, ya no eran 7.000 sino 4.000, a ser el público de su propio sacrificio. Y porque lo que se dice deja huellas muy profundas siguen oyéndose las peores frases, “mochémosle la cabeza”, “me dio vaina, pero, bueno, esa es la guerra”, “yo los llamo perros hijueputas”, “uno no aguantaba la hediondez”, “y todos esos muertos tirados ahí”, de tanto en tanto en todas partes. TRES: La gente empezó a volver a El Salado meses y años después. El bloque paramilitar Héroes de los Montes de María, hecho de 594 soldados de piedra, se desmovilizó en las primeras planas del 14 de julio de 2005. Los empresarios, en un gesto que suele llamarse “hacer país” pero no es más que despojo, compraron las tierras cuando aún valían muy poco. Y en un raro giro de septiembre de 2009, por cuenta del atrevimiento de la Comisión Nacional de Reparación, del extraordinario informe que el Grupo de Memoria Histórica hizo sobre la masacre y del liderazgo incansable de la Fundación Semana, que dirige la periodista Claudia García, este pequeño corregimiento en el limbo del posconflicto —en ese entonces hecho de solo 750 habitantes— comenzó a convertirse en una parábola de la ardua reconstrucción que le espera a Colombia si en verdad pretende ser una nación. Volvió ‘el Estado’ a la cancha de fútbol, a la plaza, a la iglesia. Pero ‘el Estado’ no era ya solamente el

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impredecible gobierno de turno, sino también, y sobre todo, una marcha de colombianos a salvo en la empresa privada que sin embargo entendían que las ruinas de ese caserío estaban sucediendo en su propio país. Qué inverosímil. Qué esperanzador. Hoy, cuatro años después de que empezara la campaña de reparación, la gente sí quiere vivir en El Salado. Se puede trabajar. Se puede dormir. Pedir a Dios que salga bien el día siguiente no es una pérdida de tiempo. Pasan los cerdos, las gallinas y las cabras frente a la estación de Policía, el centro de salud, las guarderías, la tienda del trueque y una biblioteca extraordinaria en la que ya hay niños risueños que —como en cualquier biblioteca del planeta— leen un libro y otro y otro más con la esperanza de que después les dejen jugar con los computadores. No han vuelto los curas a la iglesia del corregimiento: quizás, por obra y gracia del uniforme, no se sientan parte de “la sociedad civil” y, después de años y años de sermones partidistas, no les haya sido fácil encontrar su lugar en un lugar en posconflicto. Pero sin duda es mejor, más importante, que les lleguen el agua potable y la educación a las cien familias que están viviendo en las veredas del corregimiento. La reparación de El Salado ha conseguido, de paso, que reaparezcan en el mapa sus veredas: El Bálsamo, Espiritano, Emperatriz, Danubio y Santa Clara. Y Villa Amalia, por supuesto, en donde Mariluz y Egidio y su familia siguen abasteciéndose de agua en aquella charca turbia de lunes a domingo, y en donde de sábado a sábado esperan a que un profesor les siga dando las clases de español en las que ya han aprendido a firmar. Don Egidio, el padre, que vive angustiado

porque sus niños no volvieron a la escuela, pues “se insolaban en las dos horas de camino”, pero que está contento porque ni sus hijos ni su esposa han dejado de estudiar los fines de semana, recuerda el día en que el gobernador lo mandó a callar (“cállese la boca —le dijo—, que está hablando con la autoridad”) por pedirles que no les prometiera burros sino buses para llevar a los niños de la región hasta los poquísimos colegios que hay. Sus dos niños inquebrantables, Egidio y Mariluz, acaban de descargar las pesadísimas canecas y se le han escondido al sol (“hoy sí que está bravo”) bajo el techo en donde se pone a secar el tabaco. Y él reconoce que tienen razón los que le han dicho que hay que hervir el líquido viscoso que viene del estanque: “Porque cuando no hay desechos de animales es que acaban de fumigar”, acepta. Pero, ahora que los gobiernos y las empresas privadas de aquí y de allá han comenzado a entender que ayudarlos no es ejercer la caridad sino responder por una sociedad propia, ahora que El Salado ha dejado de ser un paraje exótico para convertirse en una esquina del país en donde una vez permitimos que se pusiera en escena todo el horror que cabe dentro de un hombre, se pregunta si más temprano que tarde alguna voz dará la orden de darles una mano con el agua. El Salado regresó del infierno, de la mano de todos, con la noticia de que se salvan los pueblos que logran recobrar la voluntad. Pero don Egidio Torres solo se atreve a responderse “ojalá”.

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*Esta crónica fue escrita para el periódico El Tiempo. AYUDA EN ACCIÓN


EL NIÑO QUE SE CANSÓ DE LA HAMACA YÉNDER TORRES, DE 12 AÑOS, Y SU HERMANO LUIS ALBERTO, DE 16, CRECEN ENTRE PLANTACIONES DE TABACO Y ESTÁN CONVENCIDOS DE UN FUTURO QUE BORRE EL PASADO.

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TEXTO Y FOTOGRAFÍAS DE

SALUD HERNÁNDEZ-MORA

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ESPIRITANO (EL SALADO). Solo conoce la violencia que padeció su terruño por lo que le cuentan sus padres. Y entonces la imagina parecida a la de las películas que ve en la tienda de don Saba, desbordantes de sangre y puños, en las que los buenos siempre salen frescos y triunfantes. Por eso no le escuecen los dolorosos recuerdos de sus progenitores; para él no hay pasado que deje marcas, y el futuro pinta lindo. Yénder Torres Salazar, 12 años, se dibuja de grande en una finca mayor que la de su papá, rebosante de tabaco, con buenos burros, una moto y una casa de material con una cama para él solo. Será una de sus conquistas más preciadas: cama con colchón y cobija, similar a las dos que ocupan sus papás y sus cuatro hermanos menores. A él le toca, como a su hermano mayor, dormir en una hamaca y es algo que no le gusta para nada. “Una cama para mí”, repite con una sonrisa. El rancho de la familia de Yénder es el típico de las veredas de El Salado que viven del cultivo del tabaco: estructura grande, alta, abierta, con techo de palma sujeto con palos, piso de tierra y unos pedazos de cortina que dividen el dormitorio familiar del espacio que hace las veces de cocina, sala y secador de tabaco. No hay baño, la cocina es de leña y el agua para tomar, guisar y lavar la recogen de un estanque cercano con poca corriente y aspecto insalubre. Algún programa gubernamental donó tanques para acopiar agua lluvia a todas las casas de la comunidad de Espiritano, esparcida en varios kilómetros, pero la tapadera plástica se la llevó la primera brisa y tampoco les entregaron el armazón de tablones de madera y techo de zinc para mantenerlo en alto. Por eso, los tanques están en el suelo, vacíos, esperando mejores tiempos. “Llegaron unos señores de afuera, entregaron los tanques, armaron en una de las casas un modelo improvisado para mantenerlo en lo alto, le tomaron fotograAYUDA EN ACCIÓN

fías y nunca más volvieron”, se queja Donaldo Torres, pariente de los Torres Salazar. Son viviendas amplias porque las utilizan para secar las hojas que recogen en cada cosecha, tradición que inunda la casa de insectos y causa gripa en los niños. Al ser meros quioscos, apenas unos palos y la techumbre, las levantan entre toda la comunidad en cuatro días y el costo mayor son los 20.000 pesos de los clavos. Para hacer más agradable el hogar, Yénder, nombre que su mamá se inventó, armó tres sillas de madera. A quien no le alcanza, se sienta en el suelo. Y como le encantan los pájaros, tiene nueve “montañeros” y cuatro “tuseros” que cazó con una trampa y guarda en jaulas, algunas hechas por él mismo con alambres. MAMÁS DE 12 AÑOS La familia Torres Salazar se instaló en la vereda Espiritano, del corregimiento de El Salado, municipio del Carmen de Bolívar, cuando los echaron de El Bálsamo, otro caserío cercano. “Los papás de mi marido también andaban con la vaina de la violencia dando vueltas y al final se vinieron acá. Esta tierra es del papá del suegro mío y estaba desocupada”, explica Marta Salazar, treinta y ocho años, la mamá de Yénder. Alumbró a nueve hijos, cinco de los cuales viven con ella y su esposo. “Donde nosotros estábamos era de un señor de El Salado. Al llegar los paracos se fue y eso quedó solo. Nos metimos y trabajamos la tierra diez años, pero el señor se murió y los hijos vendieron a unos cachacos. Nos dijeron: tienen que desocupar, ahora es de nosotros”. Al ser propiedad del clan Torres la finca donde están instalados en la actualidad, aunque no tienen títulos que lo acrediten, confían en envejecer en ese lugar y tanto ellos como sus parientes andan haciendo

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las vueltas para que les registren a su nombre lo que siempre fue de todos ellos. “Ahora estamos viviendo felices, tenemos una vida muy bonita, pero antes no. En los años de los paracos nos tocó dormir dentro del monte, no teníamos plata para aguantarnos en el pueblo. A la niña que tiene ahora 17 años la tuve que alumbrar en el monte. Era una pesadilla —rememora Marta—. Mi hijo mayor quiere ir a pagar servicio y yo le digo que no conoce la violencia, esos años fueron terribles, que mejor se quede acá”. Su esposo, Luis Eduardo Torres, de su misma edad, conserva intactos sus recuerdos amargos. “Yo duré cuatro años en medio del conflicto, tiros hasta cuatro veces en el día. Vivía en el centro de los combates. Hoy en día no me lo resistiría, no sé cómo hice. Entra un grupo y ahí mismo me voy”. A Yénder y las dos hermanas con las que más comparte, Elit Johana, 10 años, y Yuleidi, 7, les costó amañarse en su nuevo hogar porque estaban muy apegados a sus abuelos maternos y a varios de los 16 tíos con los que pasaban mucho tiempo cuando vivían en El Bálsamo. Pero poco a poco se fueron aclimatando y ahora se sienten bien. Les gusta ir a la escuela, máxime desde que la Fundación Semana les regaló dos bicicletas y el trayecto les parece un juego. Pero los días de lluvia, por los barrizales que se forman en la trocha, deben cambiar las dos ruedas por el burro de su papá y si el animal anda trabajando con el progenitor, caminar una hora hasta la vereda Emperatriz, donde se halla el diminuto centro escolar. Consiste en dos chozas sin paredes y dos docentes que hacen lo imposible por enseñar al grupo de alumnos de entre 5 y 15 años. Los baños son el monte y el almuerzo lo sirven en una cabaña contigua.

“Yo siempre lucho por brindarles lo mejor, pero no hay las condiciones por mucho que uno le ponga ilusión y ganas —afirma Lidia Rodríguez, la profesora que cada día llega en moto desde el Carmen de Bolívar—. Creo que un niño de la zona rural tiene los mismos derechos que uno del centro urbano, pero con estas condiciones solo les damos una pincelada, una maquillada de formación, con la intención de que piensen más allá del machete y que las niñas no se embaracen, que tengan horizontes mayores”. Hace unas semanas, una alumna de 12 años dejó la escuela para irse con un novio de 25; otras se fueron con hombres incluso mayores, como una de las hijas de Marta, que cuando también contaba 12 años de edad “se casó” con un señor de 38. Las muchachas buscan quien les ofrezca un hogar cómodo y, en todo caso, la costumbre local, en especial los hombres, no ve mal que a partir de los 15 las adolescentes quieran formar su propia familia. Yénder tiene otros proyectos, no piensa aún en chicas. “Las matemáticas es lo que más me gusta, y la religión”, dice. Su mamá querría que no se conformara con terminar la primaria e hiciera el bachillerato en El Carmen de Bolívar y luego una carrera, lo que no quisieron sus cuatro hijos mayores, pero la economía familiar no alcanza para costearle la estancia en el pueblo, y de todas maneras a Yénder le apasiona el campo. “Me gusta el monte, cultivar de todo, quiero trabajar la tierra”, asegura. Y aunque por un azar del destino siguiera los deseos maternos, con la preparación que reciben y el nulo acceso a materiales pedagógicos o a la tecnología, resultaría milagroso que pasara un Icfes y entrara a una Universidad.

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“DELE PALO” Además de asistir a clase, Yénder tiene otras obligaciones. Una de sus favoritas es ir hasta la tienda de don Saba cada ocho días, si no va su hermano Luis Alberto, 16 años, para cargar el celular. Como no hay energía en la zona, el señor tiene una planta eléctrica y cobra 500 pesos por conectar los flechas, el modelo más extendido en la región. Es una hora de caminata, monte a través, que se ve recompensada por la oportunidad de sentarse delante de un televisor y pasar unas horas embelesado ante la pequeña pantalla, viendo cómo el protagonista de turno reparte puños y balas a mansalva porque todas las cintas son de acción. Sus hermanas querrían sustituirlo de vez en cuando para ver la tele, pero la mamá no lo permite por temor a que algún desconocido con malas intenciones se tope con ellas en el monte. A falta de paramilitares y guerrilleros, el miedo son los abusadores sexuales. “El peligro es que un mayor de edad las engañe, porque a veces vienen de afuera y convidan a las niñas —comenta Marta—. Yo siempre le digo a Yénder: si ve a uno que se acerque a sus hermanas cuando van a la escuela, dele palo”. El niño también ayuda a su papá y Luis Alberto a recoger la cosecha si no interrumpe sus clases, y todos los hijos, salvo Diari Luz, de un año, y Joiner Enrique, de tres, deben ensartar las hojas de las matas de tabaco tras cada colecta, para ponerlas a secar colgadas de palos que atraviesan en la vivienda. La cosecha va de agosto a diciembre, recogen hojas cada ocho días, las secan durante dos semanas y las venden en El Carmen. Los Torres Salazar tienen dos sembrados a los que sacan 1.040.000 pesos cada uno de los AYUDA EN ACCIÓN

cinco meses en que hay tabaco. De ahí descuentan los plaguicidas y otros gastos, y estiran lo más que pueden las famélicas ganancias para los tiempos en que las matas están creciendo. “Cuando uno viene a recibir, ya es para pagar”, cuenta Marta, porque viven en buena parte de fiado y, sobre todo, de lo que producen ellos mismos. El desayuno de la familia Torres Salazar consiste en yuca cocida de su cultivo y suero que la mamá prepara con la leche que Luis Alberto recoge cada mañana en casa de su abuelo, el único que tiene una vaca. El muchacho emplea una hora en esa tarea entre ida y vuelta a pie. El almuerzo suele ser sopa con plátano y, en temporada de cosecha, al arroz le añaden espagueti; por las noches son frijoles de su huerta y arroz. En ocasiones, los varones de la casa cazan venado con la escopeta artesanal del papá o matan alguna de las gallinas, cabras y cerdos que crían, animales que venden cuando necesitan efectivo y no les fían. Le pregunto a Marta si no debió tener menos retoños, porque alimentar tantas bocas, trabajar desde el amanecer hasta la noche, ayudarles a labrarse un futuro mejor, parece misión imposible con tantas carencias y unas tradiciones que alimentan la rueda de la miseria. “Sí, es una locura, me casé de 13 años y tuve el primero de 15, no quisiera que mis hijas siguieran ese ejemplo, pero luego uno está feliz con sus hijos, con la familia”. Para paliar el cúmulo de carencias, la Fundación Semana, que lleva cuatro años en el poblado de El Salado, ampliará a veredas como Espiritano, de la mano de Ayuda en Acción, proyectos de desarrollo ajustados a la idiosincrasia y las características locales.

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*Esta crónica fue escrita para el periódico El Universal de Cartagena.


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UN HÉROE EN EL SALADO POR DANIEL SAMPER OSPINA FOTOGRAFÍAS DE ALEJANDRA QUINTERO

UN HOMBRE QUE POR MEDIO DE LA MÚSICA LES CAMBIÓ LA VIDA A LOS NIÑOS DE EL SALADO.

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Esta es la historia de un montón de niños y de un héroe. Los niños, en estos momentos, están cantando en El Salado, en Montes de María: tocan gaitas, hacen tronar los tambores, sacuden las maracas. Es 15 de agosto y el pueblo se derrite del calor. Los niños inauguran la Casa del Adulto Mayor. Revientan una cumbia con los instrumentos. Los ancianos bailan. Y hay una persona que los dirige y que tiene una gaita en la mano: ese es el profesor Gerardo Cepeda. Y es el héroe de esta historia. La alegría de los tambores no parece coincidir con el pasado del pueblo, tristemente célebre por haber soportado una de las peores masacres de la historia de Colombia: en febrero de 2000, más de 400 paramilitares, bajo el mando de Juancho Dique, obligaron a salir a los habitantes a la cancha de microfútbol y los sometieron a una carnicería de niveles medievales, que incluyó cercenar cabezas, empalar mujeres y descoyuntar ancianos. Mataron a 66 personas. A algunas les cortaron las orejas a cuchillo. A otras, las desmembraron a martillazos. Llamaron lista y fueron matando uno a uno a los campesinos que, según ellos, colaboraban con la guerrilla. Después asignaron números entre la población y rifaron muertes al azar, muertes como premio. A una mamá la rajaron delante de sus hijos y los obligaron a ver cómo se desangraba. Y, como lo certificó el cronista Alberto Salcedo, tras cada asesinato había un estrépito de tambores y de gaitas tocado por los propios paramilitares, que arrasaron también con la Casa de la Cultura del pueblo y usurparon sus instrumentos: celebrar cada muerte con música era otra manera de matar a los habitantes; de seguirlos matando, esta vez por dentro, desde el fondo de su historia. Porque en El Salado, la música no es tanto una manifestación cultural como una forma de ser: un patrimonio ancestral que se respira en el aire. AYUDA EN ACCIÓN

Los campesinos pasean ganado mientras cantan décimas. Cualquiera sabe soplar una gaita. Cualquiera sabe cómo es el golpe de una cumbia. De ahí que, al día siguiente de la masacre, cuando los sobrevivientes observaron que los paramilitares ya se habían ido del pueblo y se asomaron a la cancha de microfútbol a recoger sus muertos, se encontraron con una porqueriza llena de sangre seca, un reguero de muertos y de vísceras que se disputaban los cerdos en medio de un arrume de instrumentos rotos, dispersos por el suelo: era la estela de los paramilitares, los sobrados de la guerra. Era el último paisaje que vieron los casi 7.000 habitantes que para entonces tenía El Salado y que huyeron con lo que les cupo en las manos después de haber arrastrado hasta el cementerio a sus familiares y haberlos dejado a medio cubrir bajo la tierra. Pero esta no es una historia de paramilitares. Tampoco es una historia de guerra. Esta es la historia de un héroe: de un profesor de música perdido en los Montes de María que tiene a todos los niños del pueblo cantando. Un profesor de música cuya gesta, expuesta en tono menor, jamás saldrá en los noticieros ni ocupará los titulares de ningún periódico, pero cuya persistencia invisible es la que permite que este país no sucumba del todo, que no termine de colapsar. Esta es la historia de un héroe de verdad. Y para contar su historia es necesario regresar varios años en el tiempo. EL DOLOR DE LOS “MIGRANTES INTERNOS” Antes de la masacre, El Salado albergaba 7.000 habitantes que molían tabaco sobre sus ardientes calles de arena. En un fin de semana, se convirtió en un pueblo fantasma, sin habitante alguno: todas esas personas que en el pueblo tenían nombre y apellido, que ocupaban un oficio y eran, a su modo, piezas fun-

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damentales de un engranaje, personajes concretos de un mundo propio, se dispersaron por Cartagena y Bogotá como almas en pena: en menos de una semana se convirtieron en desplazados desposeídos y borrosos que pedían en la calle para subsistir; gente desterrada que iba a la deriva, de semáforo en semáforo, mientras algunos panelistas se referían a ellos en los foros como “migrantes internos”. Unas cuantas familias de esos “migrantes internos” no soportaron la humillación del destierro ni la angustia del hambre, y, dos años después de la masacre, decidieron regresar, machete en mano, a pelar la maleza que ya para entonces se había tragado al pueblo: huían de nuevo, pero esta vez de la miserable vida de los desplazados. A algunas de esas familias pertenecen los niños que en estos momentos, bajo las instrucciones del profesor Gerardo, inician los acordes de Zoila, la célebre canción de Toño Fernández. Entre de ellos están Gabriel y Mateo; Javier y Carlitos Cohen: niños de 13, 14 y 15 años, cuyo talento musical ahora es famoso en el pueblo entero, pero que hace algunos años vivían en el vacío, sin educación, sin comida: sin futuro. Gabriel confiesa que él era especialmente difícil; que a veces se metía a las casas ajenas a robar comida; que vagaba por las calles, desde temprano, listo a robarse unas patillas en épocas de cosecha. Se metía a los patios y se comía la carne de los vecinos. Mochaba la cabuya de los animales que estaban amarrados. Me dice que no recuerda nada de la masacre, pero sabe que a un tío suyo, que huía por el monte, los paramilitares lo mataron; también, que su profesor de Ética y Valores se salvó por un pelo porque en la rifa de los paramilitares a él le asignaron el número 22. Y mataron al 23. AYUDA EN ACCIÓN

También me dice que por los años en que sus papás trataban de corregirlo a punta de limpias con varas de totumo, descubrió que el tarrito que utilizaba para bañarse le servía de guacharaca; y que con su amigo Mateo montó un dueto de vallenatos: él tocaba la guacharaca y Mateo un balde roto que, según él, sonaba como caja. EL RENACIMIENTO DE EL SALADO Desde septiembre de 2009, la Fundación Semana —que recoge la política de responsabilidad social de esta casa editorial— tomó El Salado como pueblo piloto de reconstrucción. Su función ha consistido en articular los esfuerzos de más de 60 entidades, públicas y privadas, y de cerca de 200 personas comunes y corrientes que se han unido al esfuerzo, no de asistir a la población, sino de conseguir que tengan lo suficiente para valerse por sí mismos. La Fundación ayuda a que las piezas encajen, pero el mérito es de quienes aportan esas piezas y, muy especialmente, de la comunidad: la valerosa y digna comunidad, los habitantes valientes que atravesaron el horror y que hoy se están apropiando de su propia resurrección. Gracias a ellos, hoy el pueblo es otro: tiene una poderosa Casa de la Cultura, redes de alcantarillado, jardines infantiles, puesto de salud, escuela de fútbol, microempresas, casa para los ancianos, colegio con bachillerato. Y tiene, sobre todo, lo más importante: un ímpetu invisible, pero palpable, de superación y fe en sí mismo, y una ansiedad de autonomía que, antes que las obras de cemento, es la que los impulsa a convertirse en un pueblo libre, autónomo y capaz de encontrar su propia estatura. Nadie podría negar que las cosas han mejorado. Cada uno de los niños que en estos momentos guardan

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silencio por órdenes del profesor Gerardo antes de acometer la siguiente canción tiene garantizada la salud y la educación, ambas de manera gratuita; pueden acudir a la escuela de fútbol; hacer parte de proyectos productivos. Y reciben clases de música organizadas por la Fundación Batuta. Y es el momento en que el profesor Gerardo Cepeda se adueña de esta historia. Se trata de un músico de 29 años que toca el saxo y el clarinete, y que llegó a Montes de María pensando que, por ser la tierra de Lucho Bermúdez, encontraría múltiples orquestas a las cuales pudiera integrarse. Lo hizo, pero a un grupo de gaitas, que fue lo único que encontró. Con algunos amigos músicos deambuló por Sincelejo y Bolívar siempre con la obsesión de sumarse al torrente musical de la zona, de enriquecer la increíble herencia folclórica que recibió. Y en medio de su peregrinaje se enteró de que la Fundación Batuta buscaba profesores de música para El Salado. Se presentó y le asignaron el trabajo de inmediato. Al llegar al pueblo, se encontró con Gabriel y Mateo, músicos empíricos que trataban de sacarles ruido a sus improvisados instrumentos, carcomidos por el óxido. Dice que ambos eran sobresalientes en términos musicales. Y desde entonces se convirtió en su profesor, en horarios informales. Y, más que eso, en el hombre definitivo, la persona capaz de cambiarles la vida. A ellos se fueron sumando otros niños de evidente talento musical, y, ante eso, el profesor decidió montar un grupo de gaiteros por su propia cuenta. Cumple sus compromisos con Batuta y después reúne a sus gaiteros. Ensayan tres noches a la semana, durante varias horas. Y no recibe un solo peso por ello: ni uno solo. AYUDA EN ACCIÓN

Dice que le gusta hacerlo por un asunto más importante que el dinero, y es que él sabe que gracias a la música, todos estos niños ya se salvaron: que la música los rescata de sus casas, de los regaños de sus papás, de los vicios que los puedan acechar. Este profesor consiguió que, para ellos, la música no sea una manifestación, sino una terapia y quizás un destino: porque ninguna condición social, ninguna tentación que se les cruce por el camino, podrá sacarlos de lo que ya son: músicos. Y si en el infernal fin de semana de febrero de 2000 los paramilitares acudieron a la música para ambientar sus asesinatos, el profesor Gerardo se la está devolviendo: les está regresando la música que les pertenece. Ha organizado a estos niños durante las noches que tiene libres, y no solo lo ha hecho por honor, sin recibir nada a cambio, sino con un sentido de compromiso ejemplar: durante los días de ola invernal, por ejemplo, cuando la carretera de El Salado era un lodazal resbaloso imposible de penetrar, el profesor caminaba durante cinco horas para no fallarles. Siempre llega. Nunca falta. Les enseña canciones de Adolfo Pacheco, de Gustavo Gutiérrez, porros de Pacho Galán. Les enseña que el tambor es un instrumento africano y la gaita, indígena. Y les ofrece técnicas para tocarlos: los sitúa en la torrentera musical a la que pertenecen y los impulsa a que la engrandezcan. Hace un año padeció de sordera súbita. Repentinamente, dejó de oír determinados tonos graves en el oído derecho. Se trata de una enfermedad caprichosa, que se cuela en el tímpano, cuyos efectos son fácilmente reversibles con un diagnóstico oportuno. Pero Saludcoop tuvo al profesor Gerardo yendo de un lado al otro durante meses, mostrando exámenes, solicitando citas, y el saldo de la enfermedad ya no se puede reversar.

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Y allá va, de todos modos, sin falta y con lo que le queda de oído, entregado del todo a su gesta silenciosa pero crucial, a su épica anónima: dicta clases gratuitas, saca la mejor versión de cada niño; se inventa métodos para aprender música jugando. Ni siquiera habla de la masacre porque lo suyo es mirar hacia el frente: cuando, en un generoso acto de compromiso y solidaridad, Carlos Vives preparó una presentación con el grupo de gaiteros y cantó con todos ellos en un concierto que todavía retumba por los Montes de María, el profesor Gerardo preparó el espectáculo con él. Dirigió a los niños en la tarima mientras se le notaba su obsesión vital: rescatarlos de sí mismos; arrebatárselos al dolor, a la herencia de la violencia; al tedio y a la desesperanza. Darles una guarida en el mundo. AYUDAR ES POSIBLE Las evidentes mejoras de la población de El Salado son insuficientes para la realidad social de la zona: quien viaja a las veredas aledañas, que quedan a unos 40 minutos del pueblo, se siente viajando en el tiempo. La vida es silvestre, casi salvaje, como hace 100 años. La gente bebe agua de los mismos abrevaderos de los bueyes; las familias comen lo que consigan en el monte, las yucas que arranquen, los animales que cacen; hay personas que nunca han ido a un médico y niños que ni siquiera saben qué edad tienen. Para cubrir esas necesidades, la ONG Ayuda en Acción, una organización española, seria y con una reputación reconocida en tres continentes, lanzó su plan de apadrinamiento: se trata de conseguir recursos para mejorar las condiciones de acceso al agua potable de las veredas; atender todas las nece-

sidades de niños entre 0 y 5 años y apoyar proyectos productivos. Si usted apoya a esta ONG, y apadrina con un mínimo de 30.000 pesos al mes estos proyectos —donación que puede interrumpir cuando quiera, sin contratos ni cláusulas de por medio—, la realidad de esos niños puede cambiar, como cambió la de los muchachos que ahora soplan unas canciones de Lucho Bermúdez bajo la dirección del profesor Gerardo. La masacre de El Salado no envileció la guerra colombiana: nos envileció a todos como especie. Y, sin embargo, el pueblo hoy es otro y está cargado de futuro. Su presente está lleno de personas como el profesor Gerardo, personajes tan modestos como imprescindibles, héroes de una proeza que nunca sale a la luz, que se cuaja en el silencio: personas capaces de convertir a este pueblo, antes ícono de la violencia, en un ejemplo feliz de lo que nos puede esperar. El mismo profesor sabe que el infierno se instaló en El Salado durante un fin de semana, pero eso no es lo importante. Lo importante son estos muchachos que hacen vibrar sus instrumentos bajo el sol. Lo importante es que existe un profesor que se llama Gerardo Cepeda. Lo importante, en fin, es que esta historia puede seguir su curso; que con una mínima ayuda suya podrán existir muchas historias como esta. Que por acá pasó la guerra, pero también dejó esto: esta historia reluciente en medio del horror; la historia de estos niños músicos y de un profesor que los salva. Y que al salvarlos a ellos nos está salvando a todos; que al salvarlos a ellos nos rescata como especie.

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*Esta crónica fue escrita para la revista Semana. AYUDA EN ACCIÓN


EL NIÑO DE CRISTAL POR JORGE ENRIQUE ROJAS FOTOGRAFÍAS DE OSWALDO PÁEZ

LA HISTORIA DE UN NIÑO QUE PADECE UN TRASTORNO GENÉTICO QUE LE OCURRE A UNO ENTRE 100.000 NIÑOS. USTED TAMBIÉN LO PUEDE AYUDAR.

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El niño de cristal mira con ojos vidriosos. Está sentado sobre una cobija de lana tendida en el piso de tierra, y todo parece doler. Bajo él, sobre él, dentro de él. Su papá, Éver Torres Álvis, cuenta que sí, que habla, aunque no sea mucho para los 5 años que ya casi cumple. El papá se encoge de hombros: “Pues no es que converse; él avisa cuando algo le duele. Por ejemplo, dice papi, me rasca; papi, me arde; papi, una ampolla; papi, se me pegó la ropa”. Los ojos del hombre ahora miran también vidriosos. Bajo él, sobre él, dentro de él, la vida está hecha de vidrios rotos. Allá, lejos, podría quedar el fin del mundo. O al menos eso parece: no hay energía eléctrica. Ni teléfonos. Ni hospitales. Tampoco carros o vías o médicos o vecinos. No hay casas, no hay mercados, no hay ríos. Ni siquiera alcaldes ni gobernadores ni presidentes. Espiritano, la vereda del corregimiento de El Salado donde ocurre todo aquello, donde no ocurre nada, queda tan lejos del resto como para que ni los políticos lleguen. Tampoco el agua. El sol, tal vez por eso, parece tan duro, tan cerca, tan amarillo. Tan abajo como para casi poder ver cómo se derrite en goterones que caen sobre las plantaciones de tabaco y las matas de ñame, que es lo único con vida que hay afuera del rancho. Tan gordo como para recostar su barriga contra Capitán, un perro con la biología en contra que a la una de la tarde, tendido en el barro con sus costillas asomadas, parece más un tapete molido por el calor que el guardián de esos cultivos. Tan insoportable como para hacer rebuznar a Farid Ortiz, burro bautizado en honor al cantante vallenato, de tanta bulla que hace el pobre con el sol encima. El cuento del bautizo del animal será el único recuerdo que ese día haga sonreír a Éver Torres Álvis, de apenas 29 años: en ese otro mundo, a solo tres horas de Cartagena, la ciudad más turística de Colombia, todavía no ha sido inventada la felicidad. La piel de cristal es un trastorno genético que hace reventar úlceras, ampollas y llagas sobre todo el cuerpo.

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También puede producir heridas internas que cierran el esófago. La enfermedad es llamada así, pues, en alegoría a la fragilidad evidente de quienes la padecen, generalmente niños recién nacidos o bebés de pocos meses. Su piel, al menor roce o golpe, se astilla, se quiebra, se hace pedazos. Uno entre cada 100.000 niños nace con el mal. Cuando el niño de cristal de Espiritano nació, con las manos y pies en carne viva, pasó cuatro meses en el Hospital de Cartagena. El papá habla con la exactitud que las afugias marcan en el calendario de la memoria: cuatro meses, porque eso fue lo que duró la plata de los dos novillos que tuvo que vender para atender al pelao. Cuatro, dice mirando al pequeñito que lleva su mismo nombre. Cuatro, repite Érika Rivera Salazar, la mamá, que a los 20 años es otra niñita de ojos vidriosos. Cuatro meses. Porque después de eso, allá lejos, en algún sitio de los Montes de María que no aparece en los mapas, esos dos se las han tenido que arreglar para no dejarse morir ni dejar morir a su hijo. Hasta hace poco lo hacían casi por instinto: si al niño le salía una ampolla, Éver se la reventaba con una puya de limón; si al niño se le pegaba la ropa a las llagas, lo metían en una paila con agua-lluvia hasta que la tela se desprendiera. Si el niño lloraba en las noches, ellos lloraban también, hasta que todos, ya cansados, se quedaban al fin dormidos. Pero sucede que los asesinos, como dijo con tanta puntería el periodista Alberto Salcedo en la inolvidable crónica sobre la masacre de El Salado, nos enseñan a punta de plomo el país que no conocemos. “Los habitantes de estos sitios pobres y apartados solo son visibles cuando padecen una tragedia. Mueren, luego existen”, escribió en el año 2009, para la revista SoHo. Y así es: solo mucho después de que se supiera todo lo que había pasado tras los 66 asesinatos cometidos entre el 16 y el 19 de febrero de 2000 por el Bloque Norte de las Autodefensas, fue que el niño de cristal empezó a existir. Casi

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13 años después de perpetrada la que quizás es la matanza más atroz en la reciente historia de Colombia, en el proceso de reconstrucción del tejido social de aquel pueblo arrasado por los paramilitares, alguien más supo que ese chico se llama Éver Andrés Torres Rivera, que nació el 10 de noviembre de 2009 y que su vida está hecha de vidrio molido. Ahora, al verlo ahí, caigo en la cuenta, tan lejos de todo, de espaldas a todo, olvidado por todos, su cuerpo no es solo el de un muchacho enfermo, sino la metáfora viva del país campesino: mapa lleno de lamentos, heridas y sangre de los que nadie sabe nada. Úlceras incurables que no importan; estómagos cerrados que no preocupan; cicatrices cubriendo más cicatrices. Aquí, en Colombia, la guerra no solo deja penosas lecciones de geografía, sino que nos recuerda, en la anatomía de otros, ancianos abandonados, hombres mutilados, familias desplazadas en los semáforos, campesinos miserables, niños de cristal, lo poco que sabemos del dolor. *** Lo más cercano al fin del mundo, a una hora de trocha cuando no ha llovido, es El Salado. Tanto tiempo después de todo lo que pasó, la vida parece haber empezado su camino de regreso. Ahora allí hay tres billares donde los domingos suenan vallenatos clásicos y otros entonados por voces destempladas que recuerdan los roznidos de algún burro asoleado. Luz Marina, el Negro, Roberto, Lucía, Ledys, Teresa, Emiliana, el Cachaco y Róbinson, tienen tiendas y graneros. La enfermera Delcy Méndez Ricardo montó el restaurante y hospedaje La Trampa. Entre El Bajo, Centro, Arriba y La Loma, los cuatro barrios que existen, hay dos cultos cristianos, una cancha de fútbol sin pasto y 215 casas donde viven 900 personas. Algunas de ellas, más de la mitad, sobrevivientes de la masacre. De la cancha de microfútbol donde los paramilitares cortaron orejas, acribillaron mujeres, patearon las cabezas mochadas de los hombres que condenaron por ser supuestos auxiliadores de la guerrilla, solo queda un rectángulo de AYUDA EN ACCIÓN

cemento. Está a la entrada de El Salado, pero de entrada no se ve. Y no se ve porque lo primero que uno encuentra cuando llega es una biblioteca magnífica, con estantes altos como árboles de donde brotan libros y documentales que los niños leen y miran en las tardes después de salir del colegio. Allí, también, hay un salón con computadores y ventiladores y paneles de energía solar que mantienen todo funcionando aunque la electricidad vaya y venga como capricho adolescente. A veces, en las noches más claras, contra una de las paredes de la biblioteca rozada por las ramas secas de un árbol de Cocuelo sobre el que hace cinco meses cayó un rayo, pasan películas por un proyector donado por Cine Colombia. Y al lado dos kioscos, amplios y luminosos: pisos y bancas en concreto pulido, techos de paja, mecedoras, ninguna puerta, solo ventanas. A todo eso lo llaman la Casa del Pueblo, un diseño donado por el premio nacional de Arquitectura Simón Hosie, llevado hasta allá por la Fundación Semana, que ha liderado la reconstrucción de El Salado. De ese modo entonces, justo allí, donde hace 13 años los paracos celebraron la muerte soplando gaitas y aporreando tambores, ahora la gente, los niños, las señoras, los viejos, los muchachos, las mamás, los músicos que también volvieron, toman el fresco, hablan de la cosecha, tocan gaitas y tambores que ya no suenan a miedo. Celebran la vida. Es la vida que está de regreso. Leiner Ramos, un muchacho de 28 años que en el 2000 salió corriendo al monte con un sobrino de 5 años colgando de su espalda, hoy ya no es solo otro sobreviviente. Leiner, dueño de unos dientes blanquísimos que se le asoman cada tanto, encargado ahora de la gestión cultural y deportiva en el pueblo, cuenta que en El Salado también tienen un equipo infantil de fútbol, un puesto de salud, un odontólogo, un médico y una ambulancia. Leiner, mientras cuenta de partidos épicos jugados contra el equipo de Carmen de Bolívar, quizás el único rival que hoy tienen los saladeños, habla de niños felices, de dolores conjurados, de vacunas para enfermedades que se incuban en el resentimiento heredado, en los malos recuerdos. Leiner, aliviado del peso en la espalda, sonríe a un costado de la cancha.

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Delcy Méndez, la enfermera, cree lo mismo que el muchacho. O algo parecido. “Mira, aquí los niños se siguen enfermando de la misma vaina: gripa y diarrea, que ya es cosa conocida. Los viejos, más bien son los achacosos. Ahora hay mucha consulta por hipertensión. Ajá, será de comé tanto frito”, dice ella con ese típico acento caribe atropellado por el humor y las erres mordidas. Lejos de chanzas y bromas, en todo caso, Delcy cuenta de otras consultas. De vez en cuando, la señora Juana y la seño María, Sery Romero y Diana Redondo se aparecen por ahí, buscando sosiego para los problemas que les dejó la masacre: síntomas de esquizofrenia, estrés postraumático, falta de sueño. Hay noches, dicen, que a Diana Redondo se le ve por ahí, sonámbula, dando pasitos temerosos por fuera de su casa como si caminara sobre vidrio molido. El Salado tiene seis veredas: Santa Clara, Villa Amalia, El Bálsamo, Emperatriz, Danubio y Espiritano. Allí, por allí, entre plantaciones de tabaco y ranchos levantados en la mitad de la nada, se cree, viven 400 personas. El número es una aproximación, un cálculo, un tiro al aire. Nadie, a ciencia cierta, sabe cuántas son. Nadie sabe de qué sufren, de qué mueren, cuándo mueren, si es que no mueren por la guerra. Antes, mucho antes, cuando El Salado era uno de los pueblos más prósperos de todo Bolívar, ahí llegaron a contarse 7.000 habitantes. En el 2012, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo reconoció que aunque se estima que en el país hay 7,1 millones de campesinos, la verdad sobre la cifra es imposible de saber. En un país con cinco millones de hectáreas cultivables y tres millones de desplazados, 8.000 en lo que va del año según la ONU, el desconocimiento de la verdad campesina, debería tallar tanto como un vidrio incrustado en el pie. *** En febrero de 2000, cuando los 450 paramilitares empezaron su marcha fúnebre por los Montes de María, Éver Torres Álvis, de 16 años, salió corriendo de la mano

de su papá. El papá de Éver se llama Eduardo Alfonso Torres y hoy, a los 60 años, parece un hombre de 80, con el espinazo doblado como un signo de interrogación. Sus ojos, enrojecidos por el humo del tabaco que cuelga de sus labios cuarteados por el sol, vidriosos por lo que vio entonces y lo que tiene que ver ahora, son acaso suficientes para saber de su tristeza perpetua: “Yo tenía vacas, caballos, burros, mulas. Todo se perdió: la casa, los cultivos, las gallinas, los chivos. Salimos con lo que teníamos puesto y solo me quedaron estas dos manos, que ya están tan viejas. Dígame usted, ¿ahora yo qué puedo hacer?”. Huyendo, buscando la vida, Éver y Eduardo pasaron por El Carmen, Turbaco y Bayunca, en Bolívar. Subieron hasta Maicao, en La Guajira. Aquí y allá hicieron lo que pudieron: sembrar patilla, fumigar fincas, arreglar cercas, arrear ganado, tirar machete. Pero un campesino sin tierra es como un cielo sin aves, cosa tan rara que solo se ve en las ciudades; así que un día, igual de asustados, igual de vaciados, igual de derrotados, decidieron regresar. En el 2007, cuando ya de vuelta pararon en El Bálsamo, Éver conoció a Érika. Y el amor, que no sabe de miedos, ni de guerras, ni de bolsillos vacíos, les dio alas a esos peladitos para creer que allá, en Espiritano, donde una vez todo fue posible, había un mundo esperando por ellos. Entonces en el medio de la nada, en esas tierras que una vez fueron suyas, pero de las que ya nadie tiene papeles, levantaron un rancho con palos de majagua y palma amarga, pidieron plata prestada, sembraron tabaco para vender y ñame para comer, creyendo que sí, que la vida rota también podía remendarse. Dos años más tarde, nació el niño de cristal. El niño de cristal tiene unos ojos tan bonitos que no existe color para describirlos. No en este mundo. Podrían ser azules o grises o verdes. O la suma de todos los colores del cielo y de las montañas y de la lluvia, quién sabe. Ni siquiera su papá lo sabe. Lo que sí sabe es que están buenos. La sabiduría del instinto o el desespero de la indefensión han empujado a Éver a convertirse en un comprobador de las facultades de su hijo. Así pues, cuando un día tuvo du-

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das, se arrancó una hebra de la cabeza y se la puso al frente. El niño, por fortuna, agarró el pelo que pendía en el aire y su papá descartó que también hubiera nacido ciego. Así también, otro día, cuando se dio cuenta de que los dedos de los pies se le pegaban unos con otros y que eso le impedía andar erguido, entendió que eso que hacía el niño apoyándose en las manos, imitando los movimientos en cuatro patas de Capitán y el burro Farid Ortiz, no era juego ni pereza, sino la única forma que tenía para ir de un lado a otro. Así, comprobando dolores, sintiendo sus dolores, quebrándose con él, fue que comprendió que el pelao no se puede sentar sobre ninguna silla plástica porque se le ampollan las nalgas; que no puede comer nada seco porque se escapa de ahogarse; que no puede cargarlo levantándolo de las axilas, porque su piel se le queda en las manos. Y así noches. Y así semanas. Y así meses. Y así años. Éver es flaco. Tal vez pese 60 kilos. Los dedos largos y fibrosos. La nariz puntiaguda, el pelo negro. Los zapatos con las suelas gastadas. De cuclillas junto a su hijo, cree que tal vez el milagro de haberlo tenido con vida todo este tiempo se deba a unos baños con albahaca, paico, yerba santa y balsamina, que le recomendó el viejo Alejo Rodríguez, curandero de Raizal, donde a veces lleva al niño cuando las llagas se le infectan más de lo normal. Pero Raizal está lejos, a una hora en moto y 20.000 pesos de pasaje que él casi nunca tiene. Eso es lo más cerca que puede llevarlo de algo parecido a un médico. El Salado, a 20 kilómetros, algunos días solo transitables para el campero de José Torres, y otros 20.000 por viaje, es otro país. Cartagena, la luna. A finales del año pasado, sin embargo, por esos descubrimientos que permite la guerra, el comienzo de un censo poblacional realizado por cuenta de la reconstrucción del pueblo masacrado, llevó hasta Espiritano a un grupo de gente que conoció al niño y le tomó fotos y reportó su caso a Bogotá. En cosa de días, después de aquello, mandaron a recoger a toda la familia y en la capital le hicieron pruebas y exámenes al pelao en una clínica de vidrios limpios y pisos relucientes. Allá, cuenta el papá, conoció a otros niños que sufrían de lo mismo. “Y hasta a un man de 46 años que se veía lo más de bien”.

Después de los tratamientos, que aliviaron por un tiempo la rasquiña y las ampollas, Debra, una ONG que alrededor del mundo ofrece apoyo a las víctimas de piel de cristal, empezó a enviar hasta Espiritano cajas con vendas medicadas para cubrir las llagas del chico, cremas para sus heridas, agujas para reemplazar las puyas de limón, tarros de complemento nutricional. Las remesas llegan cada dos meses. De la mano de la Fundación Semana y organizaciones como Ayuda en Acción, quizás un día el invento de la felicidad llegue hasta el fin del mundo. Ojalá. Antes de dejar Bogotá, cuenta Éver, los doctores le recomendaron que le diera muchos jugos al niño. Que le licuara caldos de pollo. Que le picara frutas. Éver, mientras recuerda lo que le dijeron, mira su casa. La casa que cabe en su mirada. Y en su mirada no hay licuadora, ni nevera, ni frutas, ni agua, ni pollo. Apenas una hornilla de barro, un chinchorro donde duerme con su esposa y un colchón cubierto por un toldillo, que es la cama del niño de cristal. Los médicos, claro, no saben dónde queda Espiritano. Casi nadie, en realidad. El niño de cristal sigue sentado sobre la cobija de lana. Con los ojos vidriosos mira un enjambre de moscas que le revolotea encima. Sobre él, bajo él, dentro de él, todo sigue doliendo igual. Ya no quedan dudas: no es que parezca, es que duele. Su mamá, a un lado, carga a una bebé de un año. Tiene los ojos grandes y la piel intacta. Se llama Banessa y es su hermana. Banessa, con B grande, como una ratificación gramatical de su existencia; Banessa, con B grande, como un refuerzo desde la pila de bautismo de lo bien que se encuentra. Sobre un retablo de esterilla que hace las veces de división entre el dormitorio y la cocina, la mamá de los niños ha colgado dibujos que ella ha hecho sobre trozos de cartón. En algunos, hay mariposas sonrientes y gallinas gigantes; en otros, muchachitos felices que llevan encima los nombres de sus hijos; en uno solo, corazones rojos y robustos que todavía laten. El fin del mundo, tal vez, podría ser el comienzo de otro.

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*Esta crónica fue escrita para el periódico El País de Cali. AYUDA EN ACCIÓN


LOS MOTIVOS DE JESSICA POR HÉCTOR ABAD FACIOLINCE FOTOGRAFÍAS DE DANIELA ABAD

JESSICA QUIERE ESTUDIAR PERO PARA HACERLO DEBERÍA CAMINAR MÁS DE HORA Y MEDIA PARA LLEGAR A SU ESCUELA. EL TRANSPORTE EN LOS ALREDEDORES DE EL SALADO HACEN QUE SUS SUEÑOS TENGAN MÁS DE UN OBSTÁCULO.

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Las vías de acceso a El Salado son tan malas que la mayoría de los 450 paramilitares que cometieron la masacre en este corregimiento de los Montes de María llegaron a pie. Los jefes llegaron en helicóptero, y unos pocos más, en jeeps que se robaron en el camino. Cercaron el pueblo, bloquearon las vías de salida y luego entraron a requisarlo casa por casa. Algunos pobladores oyeron los tiros mientras los paramilitares se acercaban matando por la trocha, y se escaparon al monte; por eso se salvaron. Otros se escondieron en los pozos sépticos. Pero cuando esa manada de asesinos llegó al caserío, en El Salado todavía quedaban cientos de habitantes, parapetados en sus casas. De allí los sacaron a la fuerza y los obligaron a reunirse en una cancha de fútbol al frente de la iglesia. Ahí interrogaron, torturaron, abalearon, acuchillaron, machetearon, empalaron a 66 mujeres, hombres, ancianos y niños (y a otros 50 en los alrededores), entre el 18 y el 20 de febrero del año 2000. Y volvieron a irse, la mayoría a pie, otros en jeep y los líderes en helicóptero, bajo la vista gorda del ejército, tras dejar una estela de sangre y terror. Los sobrevivientes salieron de sus escondites y fueron a las casas a recoger lo más esencial. El pueblo de miles de habitantes fue abandonado, quedó convertido en un caserío fantasma, sin una sola alma, y durante años se lo tragó la manigua. Algunos valientes saladeros —que es el gentilicio de sus pobladores— intentaron un primer regreso dos años después, liderados por un líder nato, inteligente y altivo, Luis Torres Redondo, pero tres años más tarde tuvieron que volver a salir despavoridos, diezmados por la guerrilla y desprotegidos por el Estado, amenazados nuevamente por los paramilitares en proceso de desmovilización, y acosados por terratenientes y empresarios que poco a poco —y a precios irrisorios— les iban comprando las tierras convertidas en rastrojos por el abandono y el miedo. Al nuevo éxodo siguió un nuevo retorno, más reciente, esta

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vez con acompañamiento internacional y con el apoyo de algunas fundaciones, en especial de la Fundación Semana y su directora, la dulce y firme Claudia García. Visito El Salado por primera vez en mi vida, como quien peregrina a un Guernica colombiano, un sitio que se ha convertido en el símbolo del martirio campesino de la guerra en Colombia, pero también de su renacimiento. Para llegar allí cogemos un automóvil en Cartagena y vamos hacia el sur durante dos horas hasta El Carmen de Bolívar. Hasta El Carmen la carretera es amplia, asfaltada, una troncal. Allí cambiamos de carro porque en la temporada de lluvias solo entran los jeeps y recorremos en 50 minutos la trocha de 18 kilómetros que lleva hasta el caserío renacido. El paisaje es exuberante y sobrecogedor, la tierra fértil, pero como ha llovido el camino es un barrial. Antes era peor; ahora, en las cuestas más empinadas, han construido unas huellas de cemento que hacen posible la subida sin que los 4x4 se queden patinando en el lodo jabonoso. En el casco urbano de la población el ambiente es de trabajo y esperanza. En los últimos cinco años El Salado ha resucitado. Hay escuela primaria, hay colegio de bachillerato, hay guardería infantil, hay hogar para ancianos, hay Casa del Pueblo con una bien surtida biblioteca. Una niña camina tranquila, con su uniforme, por la cancha donde hace 13 años se cometió la masacre. Tienen agua potable y hay alcantarillado. Hay comercios y talleres de artesanos, hay tiendas con mercancía. Hay un pequeño monumento a los masacrados, al lado de donde los enterraron de afán, tratando de unir sus partes desmembradas, en fosas comunes. En los alrededores de El Salado se cultiva yuca, plátano, ñame, mango, hortalizas, y sobre todo hojas de tabaco negro y de tabaco rubio. En el pueblo se producen ahora puros de gran calidad para los cuales ya hay planes de exportación. No han vuelto los 6.000 o 7.000

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habitantes que tuvo el pueblo, pero los 1.300 que ahora lo habitan son un ejemplo de optimismo y resurrección. Todos recuerdan la masacre, todos recuerdan su huida, pero ahora han regresado, han vuelto a levantar sus casas, y se quieren quedar. Todos, además, quieren contar, quieren hablar, y hablan sin miedo de su tragedia pasada, de sus amigos y parientes asesinados, y hablan también con orgullo de sus planes presentes. Queremos ir más allá para ver cómo viven los que no volvieron al caserío, sino aún más lejos, a las veredas donde tienen sus parcelas y donde otra vez cultivan las magníficas hojas de tabaco, flexibles, anchas, aromáticas. Conseguimos cuatro caballos y en ellos seguimos tierra adentro por una trocha aún más estrecha y embarrada que la que nos trajo de El Carmen. Nos dirigimos hacia Santa Clara, una vereda a más de una hora de camino a caballo. Atravesamos el arroyo Morrocoy, que da al arroyo Mancomoján (célebre por batallas durante la Independencia y la Guerra de los Mil Días). Los cascos de los caballos se hunden en los saltanejos y el barro salpica todo alrededor. Los dueños de las fincas, los accidentes del paisaje, nos los va describiendo el guía que llevamos, el mejor que se pueda conseguir, Lucho Torres (el mismo líder del retorno), que en las dos horas de cabalgata va desgranando la historia de su vida, ligada íntimamente a la trágica historia del pueblo donde nació. Pero no es este el cuento que voy a contar, pues este ya ha sido narrado en detalle en otras partes (véase el estupendo recuento hecho por el Grupo de Memoria Histórica: http://bit.ly/19mVrGQ). No, el cuento que quiero contar es uno mucho más simple: se trata de la historia de una niña que vive en esta vereda apartada del mundo, Santa Clara. Allí, en diciembre del año pasado, ella terminó la primaria, porque la vereda tiene escuela elemental. Sabe leer, escribir, sabe las cuatro operaciones aritméticas. Tardó un poco más de AYUDA EN ACCIÓN

lo normal en terminar, porque la presencia de la maestra aquí era irregular. Pero desde hace un año habría podido y quisiera haber entrado a hacer la secundaria, en el colegio que ahora existe en El Salado, y sin embargo en todo este año no ha podido asistir. EL CANEY DE LA FAMILIA FLÓREZ Si Jessica Flórez fuera hombre, estaría estudiando bachillerato en el colegio de El Salado. Si no fuera una niña de 13 años, sino un niño, Jessica Flórez saldría cada día desde el rancho que su familia reconstruyó hace seis años, haría a pie o en burro la hora y media de camino para llegar hasta el pueblo, estudiaría desde las siete de la mañana hasta el mediodía, y volvería otra vez a pie o en burro hasta el caney de tabaco donde vive con su familia, por una trocha polvorienta en verano y empantanada en invierno, otra hora y media de camino. Pero Jessica es mujer y tiene miedo de hacer ese trayecto sola, que en todo caso sus padres nunca se lo dejan hacer si no va en compañía. Es comprensible: dejando de lado el clima (sol calcinante en verano, barro y lluvias torrenciales en invierno), por esos parajes no vive casi nadie, y una niña sola sería presa fácil de cualquier maldad. Héctor, el hermano mayor de Jessica, de 18 años, no quiso estudiar y le ayuda a su padre a cultivar y recolectar las hojas de tabaco; la hermana mayor de Jessica, Olga Lucía, tampoco quiso hacer la secundaria, y ahora, a los 17, ya tiene un niño y otro viene en camino. Vive con su marido muy cerca de ahí. “Si tuvieran caballo —les sugiero—, tal vez podrían acompañar a Jessica hasta El Salado todas las mañanas, y recogerla por la tarde”. Mientras lo digo pienso que yo mismo podría conseguirles de regalo un animal. Pero el hermano me aclara: “Caballo hay; lo

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que no tenemos es tiempo para llevarla y luego volver por ella. Una hora de ida y otra de vuelta, cuatro horas al día… Lo primero es lo primero; se pierde la cosecha, mi papá no me dejaría”. Tienen razón, el caballo no sirve. El viaje, hecho una vez, es un paseo agradable: todos los días sería una tortura, sin contar con que un caballo puede cojear o enfermarse en cualquier momento. Después me entero de que esta es la solución que les ha dado el gobernador de Bolívar: mandarles burritos de regalo. Una solución que nada arregla. En la vereda de Jessica no hay más niños de su edad. La única que hay es una prima, que sí estudia en un pueblo, pero porque tiene una familia de confianza que la recibe toda la semana. La prima vuelve a la vereda los sábados, y así el problema del transporte es menos grave. Les pregunto si se les ocurre alguna otra solución. La madre de Jessica, Marelbis Bohórquez, niega con la cabeza. Mientras piensa, hierve café en el fogón de leña. Bajo ese mismo techo de paja en que cocina su madre, duerme en hamacas toda la familia. Y allí mismo se mueven los perros, las gallinas, los pavos y los cerdos. De las varas del techo cuelgan las anchas hojas del tabaco. En esta temporada el rancho es el caney donde se seca el tabaco. Cuando esté seco se entonga en las prensas, y ahí se fermenta, ya listo para vender. De eso viven. Por mucho que lo piensa, la madre no encuentra ninguna solución. Moto no tienen, pero propongo una moto. Jessica me contesta: “Aun si tuviéramos moto, cuando llueve, las motos no pueden pasar”. Le pregunto qué ha hecho en todo este año, desde enero hasta octubre, y me cuenta que le ayuda a su madre en las labores de la casa; trae agua del pozo, barre, cocina. Lo que ella quiere es terminar sus estudios, pero no sabe cómo. ¿Vivir en una casa de El Salado? No conocen a nadie bien, y no tendrían cómo

pagarle el hospedaje y la alimentación. Al fin me dice que hay una solución: esperar un año más, hasta que un niño y una niña de la vereda crezcan y terminen la primaria; así serían tres y en compañía de otros la dejarían ir. Ya tendrá 15 años cuando empiece el bachillerato, pero ¿qué más se puede hacer? Su sueño es estudiar. Volvemos a montar en los caballos y regresamos a El Salado por la misma trocha empantanada. Lucho Torres, la memoria viviente de este lugar, sigue contando la historia del pueblo y de su vida. Es un hombre ponderado y sabio, sobrio. Hablamos del abandono en que el Estado ha dejado todas estas regiones. Los particulares, las fundaciones privadas, han tenido que hacer lo que el gobierno y sus representantes, los políticos, no han sabido hacer. Para que Jessica pudiera estudiar se necesitaría un camino transitable y un transporte —quizás un jeep— escolar. Esta es la solución que la Secretaría de Educación de Antioquia, lejos de Bolívar, ha encontrado para sus estudiantes de las veredas más lejanas. La Fundación Semana y los pobladores de El Salado han hecho mucho por mejorar el pueblo, que ya no es una sombra ni un pueblo fantasma, sino un ejemplo de rescate para todos los pueblos abandonados y martirizados de Colombia. Un modelo replicable que debería servir de paradigma en muchos otros sitios. Los motivos que tiene Jessica para no estudiar no tienen nada que ver con su deseo ni con sus capacidades, y ni siquiera con la ausencia de escuelas. Es un problema de vías y de medios de transporte. Los paramilitares llegaron aquí a matar en jeep, a pie, a caballo e incluso en helicóptero. ¿Qué transporte podemos ingeniarnos para que Jessica pueda ir desde su vereda hasta El Salado a estudiar? *Esta crónica fue escrita para el periódico El Espectador de Bogotá.

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LOS CRONISTAS HÉCTOR ABAD FACIOLINCE

SALUD HERNÁNDEZ-MORA

Poeta, novelista, columnista de El Espectador, y periodista de Blu Radio. Su novela El olvido que seremos es uno de los libros más exitosos de los últimos tiempos y ya ha sido traducido a varios idiomas.

Columnista de El Tiempo, corresponsal del periódico El Mundo, de España, pero ante todo una cronista que se ha dedicado a recorrer el país y a contar esa realidad rural que pocas veces aparece en los medios.

DANIEL SAMPER OSPINA

JORGE ENRIQUE ROJAS

Director de la revista SoHo, columnista de las revistas Semana y Fútbol Total. Estudió Literatura en la Universidad Javeriana y ha publicado los libros Sálvese quien pueda, El club de los lagartos y Volveremos, volveremos.

Ejerce como periodista desde hace 12 años y desde entonces se ha dedicado a la crónica. Es becario de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y hoy es el editor de la Unidad de Crónicas de El País de Cali.

RICARDO SILVA ROMERO

ANDRÉS WIESNER

Escritor y columnista del periódico El Tiempo. Fue crítico de cine de la revista Semana y ha publicado novela, teatro, biografía, cuento, poesía y literatura infantil.

Trabajó en SoHo, Semana, Conexión Colombia y Especiales Pirry. Allí obtuvo el Premio India Catalina y ganó el Premio Simón Bolívar. Creó la Fundación Tiempo de Juego, la cual beneficia a 1.500 jóvenes.

LOS FOTÓGRAFOS DANIELA ABAD

CLAUDIA RUBIO GÁMEZ

Nació en Turín, Italia, estudió Medicina dos años, pero después se dedicó a estudiar Dirección de Cine en Barcelona. Actualmente vive en Medellín y está terminando su primer documental.

Es reportera gráfica de El Tiempo. Ha trabajado en medios como Cambio, Cromos, Avianca y también en el Ministerio de Cultura. Hizo trabajos para la Agencia Prensa Latina en Cuba y otros países.

ALEJANDRA QUINTERO

JORGE OSWALDO PÁEZ FONSECA

Editora fotográfica de SoHo. Ha retratado a los personajes más importantes del país, ha fotografiado modelos, pero también se ha destacado como reportera gráfica.

Editor fotográfico de El País de Cali. Ha trabajado en medios como El Pueblo, Occidente, la Agencia France Press y Associated Press. Fundó con otros colegas la agencia colombiana Colpress Photos.


AGRADECIMIENTOS Primero que todo, queremos agradecer a toda la población de El Salado y sus veredas Santa Clara, Villa Amalia, Emperatriz, Espiritano, El Bálsamo y Danubio por su colaboración. Les agradecemos que nos dejaran contar su historia y la lección de vida que le han dejado al mundo. Gracias a los autores de estas crónicas por su tiempo, pero también por interesarse en contar la realidad de los niños de El Salado. Es un honor para nosotros que grandes escritores y periodistas como Salud Hernández-Mora, Daniel Samper Ospina, Héctor Abad Faciolince, Ricardo Silva Romero y Jorge Enrique Rojas se hayan unido a este proyecto. También a los fotógrafos que los acompañaron en el registro de estas excelentes crónicas: Daniela Abad, Claudia Rubio, Alejandra Quintero y Oswaldo Páez. A Andrés Wiesner, toda nuestra gratitud por su crónica en video La selección Colombia. Por supuesto, debemos un agradecimiento muy especial a la Fundación Semana que, por medio de su directora, Claudia García, nos permitió sumarnos a la apuesta por las veredas de El Salado, con acciones que fortalecen a estas comunidades, a través de nuevas oportunidades que impulsen su desarrollo. Adicionalmente, muchas gracias a todos los directores de los medios que colaboraron en esta publicación: Fidel Cano, de El Espectador; María Elvira Domínguez, de El País; Roberto Pombo, de El Tiempo; Pedro Luis Mogollón, de El Universal, y Alejandro Santos, de la revista Semana. A todas las personas que ayudaron en este proyecto, un agradecimiento sincero por trabajar a favor de una población que está renanciendo para siempre.


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El Bálsamo

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