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ADRIANO MARÍN PÉREZ RELATOS


A continuación muestro una selección de textos que he ido escribiendo a lo largo del tiempo sobre cuestiones que atañen a la sociedad. Enmascarados bajo una apariencia de relato o cuento, siempre trato de ofrecer una visión crítica e irónica del mundo que nos rodea.

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Madrid Dirigía mis pasos por una céntrica calle de la capital sin haberme percatado de su presencia. Me encontraba absorto, con los ojos puestos en la lontananza, ajeno al inminente encontronazo. Impávida, serena, osada, esperaba mi llegada. El primer contacto fue una auténtica escabechina. Los transeúntes que circundaban la zona observaban atónitos mis movimientos convulsivos, llenos de ira, expresiones corporales de la más absoluta impotencia. La excrecencia quedó adherida a mi zapato, y una vez perdió su configuración original, la voluptuosidad que su creador le había imprimido se redujo a una simple mancha en el pavimento. Dice el saber popular que este tipo de encuentros dan suerte; veremos si es cierto, porque ya van tres este mes. Si al final se descubre esta creencia como cierta y me toca la lotería, no dudaré en escribir al Ayuntamiento para agradecerle que mantenga así las calles, plagadas de suerte, pensando siempre en el ciudadano.

Resve, resve El mundo es un gran show, un tremendo espectáculo donde todos somos actores. Como nos aburrimos, el director de la obra ha decidido que todo debe ser al revés, y en los últimos tiempos nos esforzamos por seguir los caminos opuestos a la lógica. De este modo acusamos al juez por investigar los crímenes y detener a los corruptos; indemnizamos a los banqueros que han llevado a los bancos a la quiebra; construimos hospitales para luego cerrar los quirófanos; inauguramos aeropuertos sin aviones; invertimos en armas con dinero que no tenemos para guerras inexistentes; construimos viviendas inhabitadas y palacios de congresos vacíos. Como tragicomedia nos llevaríamos el Oscar a mejor película. La paradoja global es de tal magnitud que los ciudadanos, a la sazón los extras del filme sobre el escenario del mundo, estamos desconcertados. No sería de extrañar comenzar a llamarnos a nosotros mismos del teléfono fijo 2


al móvil para preguntarnos qué tal ha ido el trabajo; comer de espaldas a la mesa o empezar los libros por el final. Seguramente acabaremos dando la vuelta al televisor y nos sentaremos a ver el tubo de rayos catódicos. En lugar de buenas noches diremos sehcon saneub y nos vestiremos de traje para ir a dormir con la cabeza donde los pies. Existe la posibilidad de saltarse el guión con el consiguiente riesgo de terminar linchado en la Plaza de Cataluña, por ejemplo. O tal vez deberíamos subirnos en una barca y navegar mar adentro hasta que podamos tocar el decorado de cartón piedra que delimita el horizonte del mar.

Los mercados Una carrillada de ternera con chutney de verduras, amenizado con media botella de vino, bastó para sumirme en un profundo sueño del que desperté tras producirse una catástrofe nuclear sin precedentes a la que sólo sobrevivimos los mercados y yo. Los mercados son inmortales e impasibles a lo que sucede a su alrededor. Pero sobre todo son insaciables. En el momento del cataclismo, desayunaban en Nueva York y al mismo tiempo se daban un festín al otro lado del mundo. ¿Qué desea hoy el señor? preguntaba el sirviente. Hoy me apetece una bancarrota, dos rescates financieros y el barril de brent a 200 dólares, replicaba una corbata de nudo cruzado. La imagen del mundo era desoladora; donde antes había edificios, ya sólo quedaban escombros; los cadáveres se amontonaban en las calles y una nube de ceniza cubría el cielo. No hay que ser muy avezado en materia apocalíptica para darse cuenta de que me encontraba ante el final de la raza humana. Sin embargo, y pese a la dantesca situación, los mercados continuaron a lo suyo, como si nada hubiera pasado: la prima de riesgo subía y bajaba de manera esquizofrénica, Wall Street cerraba un día en números rojos, y al siguiente repuntaba con fuerza, mientras el mercado de derivados se derrumbaba. 3


Pero, cómo es posible que esto ocurra, me preguntaba, a quién va a afectar que las gasolinas se disparen si ya no hay vehículos que abastecer, ni fábricas que produzcan nada. Qué importa ya que los países quiebren si nadie los habita. Me dispuse a llamar a los mercados para tratar de explicarles la absurda situación, pero para los mercados, que se mueven bajo una lógica indescifrable, estas cuestiones eran de orden secundario. En los días sucesivos a la hecatombe, el FMI se mostraba preocupado por el endeudamiento de algunas naciones, y el BCE anunciaba la necesidad de nuevos recortes salariales, sin percatarse de que los sueldos iban a ser ingresados en las cuentas de la morgue. No recuerdo si pasó una semana o dos meses, el caso es que me desperté frente a los restos de una carrillada recién ingerida y dos botellas de vino vacías.

El pecado, ¿qué es eso? Desde hace pocos días se puede observar una hilera de pequeñas construcciones de madera situadas en el parque del Retiro de Madrid. Esta genuina aparición se asemeja al desembarco de una flota de navíos cuyo propósito será, al parecer, erradicar el pecado de la ciudad. Formará parte de un impresionante despliegue que tendrá lugar en la capital de España con motivo de la visita de su santidad el Papa. En los tiempos de crisis que corren, parece algo contradictorio que la iglesia y sus patrocinadores inviertan tal cantidad de dinero en una celebración religiosa en la que se pregonan, supuestamente, valores como la humildad y el sacrificio por los pobres. Así mismo, sentiré una gran vergüenza ajena mientras los beatos y la jerarquía vaticana aplauden las alocuciones de un señor llamado Ratzinger, en las que se discriminará cualquier modelo de vida libre que no acepte el yugo de las sotanas. Un discurso para “alimentar el espíritu” y apartar a la juventud del 4


pecado, mientras en Somalia y en otros rincones del mundo se muere la gente por inanición. Una arenga alejada de la ciencia, la lógica y el raciocinio, que sólo busca imponer una moral arcaica muy distante de la realidad en que vivimos y que se sufragará, además, con dinero público.

Corrupto Abro el periódico por la sección Internacional y comienzo a leer un artículo sobre la situación en Oriente próximo. De repente, la palabra dictador se alza desde su posición original hasta la cabecera de la página, donde aparece escrito dinero, y se detiene a su lado en actitud dialogante, dejando tras de sí un reguero de sustantivos y adjetivos partidos por la mitad. Cierro bruscamente el diario, y, pasados los primeros instantes de perplejidad, vuelvo a abrirlo, en este caso por la sección de política nacional. Me llama la atención como adquiere cierta viscosidad el adjetivo corrupto, el cual comienza a deslizarse por todos los artículos que tiene alrededor, en busca de algún hueco donde poder acoplarse y descansar unos instantes. Rápidamente, encuentra un pequeño espacio libre al lado de la palabra camps, que abandona instantes después, no sin dejar una pequeña marca de tinta a su paso. El susodicho adjetivo sigue arrastrándose, cual sabandija, por toda la página, realizando pequeñas paradas para recobrar el aliento. Se mueve a tal velocidad que es difícil retener la ingente cantidad de nombres propios con los que platica en sus momentos de pausa, tan solo se distinguen las sutiles marcas que durante su periplo va dejando. Y así, puedo atisbar cómo se desplaza desde roca, hasta correa, con quien parece mantener sexo duro, a tenor de las salpicaduras de tinta en ese párrafo. Acto seguido, describe una trayectoria esquizofrénica, como si huyera de algo, de alguien, tal vez de mis ojos, o de los ojos de la gente que como yo tiene curiosidad por saber qué pasa. Finalmente, el adjetivo en cuestión se pierde por uno de los bordes del periódico, quizá en busca de nuevas noticias y nombres propios con los que copular. El paisaje que queda frente a mí es miserable, las deyecciones que fue dejando a su paso dibujan un mosaico de mierda inconmensurable, hay palabras que han quedado, literalmente, sepultadas. 5


El paraíso Los políticos son a la realidad lo que la Biblia es a nuestro mundo. Por poner un ejemplo, los cuatro evangelistas se afanaron en describir y respaldar como Jesús sació a cinco mil hombres con cinco panes y dos peces, ¿milagro o truco? Al parecer, en el transcurso de este extraño suceso, se produjo una multiplicación espontánea que permitió llevarse a la boca el alimento, que apenas quitaría el hambre de una pequeña familia, a toda una multitud. Los políticos de hoy día también hacen milagros. Sin ir mas lejos, Alberto Ruiz Gallardón ha conseguido, de súbito, reducir la contaminación de la capital de España un 26%. ¿Cómo lo ha conseguido? ¿Asistimos a un nuevo milagro? Según la clase política, este hecho se atribuye a la aplicación de una serie de medidas sostenibles en pro de la salud de los ciudadanos para reducir la cantidad de dióxido de nitrógeno que nos tragamos por la boca. Sin embargo, esta espontánea reducción de emisiones no se puede achacar a una reducción del tráfico, ni a un plan de renovación del parque automovilístico, ni a la creación de zonas de bajas emisiones. Nada de eso. La Guardia Civil, tras la denuncia de unos ecologistas, se percató de que el ayuntamiento eliminó algunas estaciones de medición y cambió otras de lugar. Se da la casualidad de que las estaciones que liquidó eran las más contaminantes y las que movieron de lugar fueron a parar a zonas sin apenas tráfico, en definitiva, un pequeño truco para engañar a la población y hacernos creer que respiramos un aire más limpio cuando no es así. Para muchos, Alberto Ruiz Gallardón es uno de los mejores alcaldes que Madrid ha tenido en su historia, al igual que para otros Jesucristo fue el individuo más espléndido y bueno que el mundo ha visto jamás. Sin embargo, algunos estamos ya hartos de que nos tomen el pelo; ni el hijo de Dios alimentó con un par de peces a la población equivalente a un barrio entero de Madrid, ni nuestro Alcalde ha transformado la capital, por mucho que se empeñe en contarnos, en el paraíso de Dios en la Tierra.

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El muro de Berlín En un comercio de Berlín pude observar, apilados en filas sobre las estanterías, pequeños pedacitos del Muro de Berlín al módico precio de 4.99 euros. A simple vista es un souvenir más, pero si prestamos atención uno se da cuenta de la gran ironía que esto representa. Si a un miembro del gobierno de la RDA le hubieran comentado que su querido muro anticapitalismo iba a acabar literalmente en los estantes de una tienda de souvenirs, hubiera alucinado. También me gustaría saber que opinan aquellos que vivían en la zona occidental y que denominaban a esta tapia el Muro de la Vergüenza, seguramente aquellos que hoy día se lucran vendiendo estos trozos de hormigón. Basándonos en el precio y en el peso de cada fragmento (20g aproximadamente), el kilogramo de Muro nos sale a 24.96€, total nada. Además hay que tener en cuenta el hecho de que este material se está agotando, de manera que no resultaría extraño ver un incremento de su precio próximamente. Me pregunto si invertir mis ahorros en comprar este material para venderlo más tarde cuando duplique o, quién sabe, triplique su valor. Lo que está claro es que cualquier cosa se puede vender, por absurdo que parezca. Y si no, que le pregunten al artista Piero Manzoni cuando consiguió colocar en el mercado sus propias heces enlatadas a precio de oro. Vendía algo más que excrementos, vendía Mierda de Artista, o así lo tituló él. Desde luego, si tuviéramos que decidirnos entre decorar nuetra casa con cachos de hormigón soviético o con latas llenas de defecaciones, tendríamos un gran dilema.

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