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5 de abril del 2014

La revolución del periodismo en el siglo XXI Por Adriana Valdés Campos

La era de la información ha sido el detonador de una revolución que deja sin alternativa a los periodistas y el resultado será sin duda positivo para los más interesados, que son las audiencias, pues surgirá una nueva generación de profesionales de la información que deberá dedicarse exclusivamente a alimentar el interés público con las historias que representen su avance o deterioro y que ofrezcan elementos para motivar el cambio. El diluvio informativo que es internet ahoga a los ciudadanos con toda clase de datos, algunos útiles, otros inútiles, en una cascada sin fin que es imposible controlar. Ahí resurge la misión del periodista. Siempre es la misma: informar, en un entorno en el que ya no es el reto escarbar en el desierto para encontrar agua-noticias, sino navegar en el océano buscando los peces que sirvan para alimentar a los navegantes. 1


Los periódicos no van a dejar de existir. El análisis de los especialistas –Ignacio Ramonet, Hugo Dixon, Robert Shimley,

Tomás

Eloy

Martínez

y

hasta

Ryszard

Kaspuscinski y el mismo Joseph Pulitzer—conduce por todos los caminos a un solo destino: el ciudadano necesita comprender la realidad. Además, como rescata Ramonet en su libro “La explosión del periodismo”, la vorágine informativa y de nuevos medios replicadores en internet conducirá por simples cuestiones de mercado a una depuración a la que sobrevivirán

solo

quienes

verdaderamente

puedan

convencer a sus lectores de ofrecerles esas historias reales, cercanas, fiables y de calidad. Los que se preguntan diariamente ¿qué les ofreceremos a los lectores mañana? Trasladar este paisaje al entorno mexicano tiene sus peculiaridades: si bien a nivel internacional el principal lastre de la prensa ha sido su dependencia de la publicidad y los intereses mercantilistas, en México se le suma el componente de que, además de esta incómoda atadura, los medios han sido utilizados como un cuarto poder, en beneficio de los que ocupan alguno de los otros

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tres, en lugar de fomentar condiciones para que co-exista como un contrapoder. Televisa fue capaz de poner en la Silla del Águila a su presidente,

en

manipulaciones,

la del

era

de

los

perverso

montajes,

de

las

capitalismo

de

la

indiferencia de las audiencias. Antes se sabía que los presidentes usaban a Televisa para llegar al poder, es decir, a la inversa. Los ciudadanos no ganaron espacio en ninguno de los dos sentidos. La credibilidad es nula. Peligrosamente, una buena parte de las audiencias mexicanas –al menos las que siguen viendo cada noche el Canal 2—han perdido hasta la capacidad de sorpresa: si es un montaje, les divierte; si no, no les importa. No es culpa de los ciudadanos, ni de su inteligencia ni de su condición social o económica. Es, recordando un texto del

escritor

y

académico

estadounidense

George

Saunders, que visualizo la voz de Televisa como la predominante: desplaza a las otras voces, se inserta en la conversación pública con un megáfono. El efecto de esta voz amplificada es devastador para la audiencia, pues no solo apaga las otras voces sino que su pensamiento se

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centra exclusivamente en las ideas que plantea el de la voz en el megáfono, apagando sus conciencias. Internet es el nuevo megáfono. Puede ser la herramienta que dote de fuerza a las audiencias para que sea su discurso el que resuene, por encima de las voces de los poderosos, para ser entonces quienes dicten las ideas dominantes y se despierten las conciencias. Este desafío de los periodistas ha sido permanente, desde los tiempos de Pulitzer, el fundador de la prensa de masas: “Nuestra República y su prensa triunfarán o se hundirán juntas. Una prensa capaz, desinteresada y solidaria con la sociedad, intelectualmente entrenada para conocer lo que es correcto y con el valor para conquistarlo y defenderlo, conservará esa virtud pública sin la cual un gobierno popular es una farsa y una burla. En cambio, una prensa mercenaria, demagógica y corrupta producirá, con el tiempo, un pueblo tan vil como ella. El poder de moldear el futuro de la República está en las manos de los periodistas de las futuras generaciones”. Pulitzer murió en 1911. Y las futuras generaciones de las que hablaba son hoy añejas. Y ya han dejado muestra de haber cumplido con su misión, la de participar en la democracia, con reportajes históricos: el icónico Watergate 4


de la prensa estadounidense y más recientemente el toallagate de nuestros colegas mexicanos. Hay esperanza. La llegada de internet no es lo que amenaza la supervivencia de los periodistas, es la urgencia de diferenciarse. En el mundo global, los productos pelean por un espacio en la sociedad internauta y la única forma de ganar el interés es probar a las audiencias que se tratan de algo distinto. En el caso del periodista su diferenciador es la credibilidad: “que una información se publique primero en Internet no supone necesariamente un hándicap para el resto de medios más lentos, siempre y cuando el mensaje guarde todo su valor informativo y no se desmienta o resulte falso, mutilado, sesgado o manipulado”, dice Ramonet. Igualmente, el paradigmático Kapuscinski descarta que la inmersión del ciudadano en la red vulnere la figura del verdadero periodista: “Internet ofrece un periodismo de información inmediata, sirve mucho para acelerar la transmisión de datos, para divulgarlos rápidamente por el mundo. Sin embargo, acumular una enorme cantidad de información no sustituye al razonamiento, la reflexión, el entendimiento”. 5


Y naturalmente da la respuesta a la constante pregunta sobre el futuro incierto de su profesión: “El verdadero periodismo es el de contacto vivo con la gente y con las situaciones: ese conocimiento directo constituye la base del reportaje serio y con ambiciones literarias.” El activo de los periodistas La voz unificada de los ciudadanos debería ser recogida por los medios de comunicación, quienes al transmitirla con fidelidad conquistarían lo que hace latir al corazón del periodismo: la credibilidad. La credibilidad es el activo único del periodista. Es lo que lo distingue de los demás emisores de información. De los internautas comunes, de los blogueros de oficio, de los autoproclamados “reporteros ciudadanos”. El reto es construir esa credibilidad para atraer la atención de la audiencia, para que valga la pena pagar por leer el resumen de la realidad de hoy, con la seguridad de que el todopoderoso Google no tiene nada parecido qué ofrecer al momento. Si bien la credibilidad es el activo, el insumo del periodista, lo que le permite ofrecerlo ante las audiencias 6


es su ética profesional, que marca el distintivo en su conducta:

presenta

información

precisa,

veraz

y

equilibrada, una verdad objetivada, que se puede comprobar. Adicionalmente, el elemento clave de la credibilidad es que la información debe reflejar el interés de la audiencia. Desafortunadamente, es lo que menos se ve en los medios de comunicación de hoy. Según los datos del “Proyecto para una excelencia periodística”, realizado por el Pew Research Center, apenas una de cada tres personas cree en lo que publica la prensa. Las páginas se llenan de escándalos fugaces, de noticias sin sentido que disfrazadas del poder de la prensa parecen relevantes para la audiencia,

las

integran

momentáneamente

a

su

pensamiento y luego las desechan, quedando en un vacío informativo e intelectual que aletarga el avance de la democracia. Y ahí tenemos el ejemplo del reportero que en Viernes Santo se apuesta en la salida de la carretera MéxicoCuernavaca. Enlace en vivo en el noticiero de mayor audiencia en el país para reportar que una fila interminable de automóviles avanza lentamente tratando 7


de cruzar la caseta de peaje. Entrevista a un automovilista que espera pacientemente en el interior de su vehículo para dar cuenta de que ¡está dispuesto a esperar para poder llegar a su destino! Arriesgadamente acude a otros automóviles para que sus aburridos conductores ¡repitan lo mismo! Y retoma su micrófono para declarar ante el conductor estrella del país que ese día de inicio de vacaciones efectivamente está lleno de vacacionistas tratado de salir de la ciudad. El noticiero vuelve un par de veces más al reporte en vivo durante su transmisión de la noche. En otros canales de televisión, en la radio, en los informativos en internet y en los periódicos del día siguiente aparecerá la historia destacada: miles de personas van de vacaciones en la temporada vacacional… ¡Vaya sorpresa! Nota sería que nadie vaya de vacaciones ante el elevando índice de inseguridad en el vecino estado de Morelos. Nota sería que los noticieros ofrecieran algo distinto a lo que ofrecen cada Viernes Santo. La decepción de los ciudadanos se ha tornado en querer tomar –en una suerte de justicia por propia mano—la posición de informantes, los llamados “periodistas 8


ciudadanos”. No existe tal cosa como el “periodismo ciudadano”. Que una persona emita información a través de los canales que ofrecen las redes sociales no lo convierte en un periodista porque no cumple con las reglas básicas del rigor periodístico. No emiten la información con un fin intencional, regularmente son protagonistas del hecho noticioso y está ausente la búsqueda de los elementos complementarios que construyen una noticia. Carecen de universalidad. “No pueden ocupar el espacio de nuestro trabajo, de nuestra dedicación al mismo, de nuestro estudio, de nuestra exploración y búsqueda”, dijo Kapuscinski al hablar de las nuevas modalidades informativas que no son orquestadas por periodistas. La pérdida de credibilidad no puede atribuirse a la existencia de internet, pues la red es en realidad el multiplicador de fuentes informativas, pero no de periodistas. Si las audiencias han dejado de comprar periódicos y se fían de la información en las redes, poniendo en jaque la viabilidad de los medios de comunicación, sobre todo de los impresos, por la falta de ventas y publicidad enganchada a éstas es, nuevamente, 9


porque no han encontrado el elemento diferenciador que los haga mantenerse fieles a los medios: la credibilidad. En su análisis titulado “El periodismo es noticia”, el especialista Pascual Serrano explica: “Cuando hace veinte años los grandes medios de comunicación lograban fabulosos ingresos gracias a la publicidad, la democracia no era más saludable ni ellos colaboraban más en su mantenimiento o mejora, puesto que se convirtieron en máquinas de hacer dinero al servicio de accionistas y anunciantes a los que nunca les importaron el rigor y la profundidad de los contenidos informativos”. La credibilidad implica que la audiencia dé por cierto lo que ve, lee o escucha. La ética del periodista lo obliga entonces a presentarle información valiosa, que le permitirá tomar acción frente a algo o alguien. “El verdadero periodismo es intencional, a saber, aquél que se fija un objetivo y que intenta provocar algún cambio”, dijo Kapuscinski en el libro “Los cínicos no sirven para este oficio”. Inevitable recordar que en ese mismo texto, Kapuscinski advirtió que para ser periodista hay que ser buena persona y la explicación encierra el secreto de la 10


credibilidad: “Si es buena persona se puede comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino”. Estamos escasos de Kapuscinskis. ¡Extra! ¡Extra! a la mexicana Cuando el PRI dejó el poder en el 2000, poniendo pausa de doce años a su “dictadura perfecta” –como la denominó Mario Vargas Llosa— hubo dos cambios fundamentales en la vida democrática nacional: el elemental respeto al voto y la libertad de prensa. Desafortunadamente, al día de hoy, con el PRI de regreso en el poder, no parece que el periodismo haya dado un salto para consolidarse como fogón de la democracia. México es un país privilegiado: tierra del hombre más rico del mundo, Carlos Slim, y de su fortuna; segunda economía de Latinoamérica; décimocuarta economía mundial; principal destino turístico de Latinoamerica y el décimotercero en el mundo. Vecino del país más poderoso del mundo, Estados Unidos, y humilde hogar de más de 120 millones de personas. 11


Sin embargo, la prensa es local, mediocre e hipócrita en general. No existe publicación que más allá de competir, siquiera pudiera leerse a la sombra de El País o The New York Times. Las notas que publica la prensa mexicana son de nulo interés para el mundo, carecen de universalidad, nacen y mueren en un solo día. Las columnas de rumores se han vuelto secciones comunes de los diarios y sirven de intercambio y jaloneo de intereses entre la clase política y empresarial. Nulo el papel del ciudadano de a pie. Las audiencias se han acostumbrado a hojear los diarios sin sorpresa, con escepticismo, enganchadas en el sensacionalismo y el absurdo: el 10 de enero del 2013 leíamos en diversos diarios de circulación nacional el titular “Exoneran a 25 perros detenidos por asesinato”, relativo a la muerte de tres personas en una localidad de la Ciudad de México y la posible presencia de jaurías en la zona de los hechos. ¿Exoneran? ¿asesinato? La única fuente citada en la nota es la autoridad. Ningún familiar de las víctimas que perecieron en la zona fue entrevistado. Casi parece una burla, cuando hay personas muertas. Y no es que se nos haya muerto el humor mexicano, como dice León Krauze, pero definitivamente cae en su frase de que 12


“este es el México de la incredulidad crónica”. En otra nota, el 27 de febrero del 2014, el diario Rumbo de México publicó

una

nota

sobre

las

enfermedades

raras

atribuyendo citas texuales a un diputado que nunca estuvo presente en el foro sobre el tema realizado en el Palacio Legislativo. Más aún, incluyó una foto del legislador

en

tribuna.

Remató

diciendo

que

las

enfermedades raras son apenas cinco, cuando en realidad son más de 7,000. Parece que ni su editor, ni el fotógrafo del medio ni las docenas de asistentes al foro tuvieron voz ni voto en su historia. Evidentemente, los reporteros no estuvieron en el lugar de los hechos, tampoco verificaron la información ni consultaron a los ciudadanos afectados por cada uno de estos hechos. Ninguna de estas historias es relevante ni a nivel local, menos internacional. En estos casos, es evidente la falta de profesionalismo de los redactores. Pero también la poca exigencia de la audiencia. La poca relevancia de la prensa ha creado una audiencia pasiva, conformista, desconfiada, en resumen, complaciente. Una democracia sin uñas o dientes.

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México quiere seguir viviendo el mito de la prensa libre, objetiva, cuando los medios de comunicación están plagados de notas sin sentido, sin investigación, sin fuentes, sin ciudadanos, sin relevancia. El regreso del PRI ha moldeado la agenda a los temas de interés para el gobierno, dejando de lado otros que son fundamentales para la ciudadanía, como son los de salud y seguridad, más allá del crimen organizado y ni siquiera hay que culpar a los gobernantes de incurrir en sobornos y amenazas, pues los medios simplemente se dedican a reproducir sus declaraciones: lo que dijo uno, lo que le contestó el otro. Y los editores se pavonean orgullosos de su cercanía con el poder que les permite tener una entrevista con el presidente de vez en cuando. Daría lo mismo tener a otro partido en la presidencia cuando los medios no siguen la exigencia de mantener la distancia con el poder. Los medios de comunicación en México faltan a varios de los principios fundamentales del periodismo: no tienen lealtad a los ciudadanos, no verifican la información, mantienen cercanía con el poder, no ofrecen espacios públicos para la crítica y en general carecen de rigor 14


periodístico. Dicen respetar la conciencia individual y quizá esa sea la razón por la cual alguien como el futbolista Cuauhtémoc Blanco puede escribir una columna de opinión. El escritor Sauders es contundente. A esto se le llama de una forma muy simple: estupidez. “No hay mucha diferencia entre esto y pura propaganda, y tenemos un problema, uno que atenta directamente contra la salud de nuestra democracia”. Afortunadamente, ofrece un remedio, un antídoto: “Sencillamente percatarnos de la tendencia megafónica y debatir sobre la misma. Cada refutación bien razonada del dogma, cada pedacito de lógica inteligente, cada vez que se reduce una actitud intimidadora al absurdo, se está aplicando el antídoto”.

La oportunidad del periodismo del siglo XXI El panorama no es halagüeño. Pero no todo está perdido. Como aseguré al principio, la llegada de internet, la democratización del acceso a la información, obliga a una revolución del periodismo para que urgentemente vuelva 15


la mirada a su misión auténtica: informar a las audiencias, centrarse en el interés de los ciudadanos, construir los pilares de las democracias. Hace un siglo, los periodistas eran un grupo de élite, unos cuantos que eran los intérpretes de la realidad para el resto de los ciudadanos. Eran respetados, protegidos. Pero hoy, como dijo Kapuscinski, en cada pueblo hay una iglesia y una escuela de periodismo. Entre los millones de empleados de los medios apenas unos miles son los verdaderos reporteros comprometidos. En este sentido, sin duda, continuará el adelgazamiento de las filas de colaboradores de la prensa, pues entre los malos periodistas y cualquier persona con acceso a internet no existe diferencia. Solo los periodistas verdaderos, solo esos artesanos del producto más buscado por los ciudadanos, la credibilidad, tendrán lugar en el reacomodo de los medios de comunicación. El ejemplo lo pone Carmen Aristegui, titular del noticiero matutino de la cadena MVS en México. No es que sea la figura del periodista ideal, pero Aristegui ha demostrado que pelear por sus convicciones, cuando éstas están dirigidas a informar transparentemente a la audiencia, la han convertido en la 16


más escuchada del país, se ha ganado su megáfono. Y cuando el otro gran megáfono quiso apagar su voz –en ese ya mítico episodio del “berrinche presidencial” que la dejó fuera del aire un par de semanas por transmitir una noticia en la que acusaban al presidente Felipe Calderón de alcohólico--, las voces amplificadas de las redes sociales lograron reinstalarla detrás del micrófono. Megáfonos unidos para amplificar la voz de las audiencias. Y el rating sigue al alza, con ganancias cuantiosas para quien alquila el espacio radiofónico. El buen periodismo es un gran negocio. La credibilidad se construye en las páginas de los diarios y en las pautas de radio y televisión cuando las historias hacen contacto con la audiencia. La habilidad del reportero debe completarse con la maestría para contar historias. Porque no solo se trata de enlistar las cifras y los hechos. Como dijo el gran Tomás Eloy Martínez, “el periodista no es un agente pasivo que observa la realidad y la comunica (…) sino ante todo una voz a través de la cual se puede pensar la realidad, entender el por qué y el para qué y el cómo de las cosas con el deslumbramiento de quien las está viendo por primera vez”. Las audiencias 17


nos identificamos con el formato tradicional tan popular gracias a Walt Disney: somos la Cenicienta que vive feliz, tiene ilusiones, pero la vida le da la espalda, se topa con la infelicidad de ser sometida por fuerzas externas (su madrastra

y

malvadas

hermanastras).

Suge

una

esperanza, llega el hada madrina. Conoce la felicidad. Se hace de herramientas para consumarla y lo logra. Y vivió feliz para siempre. Esa es la ilusión del ser humano: ser un personaje con aspiraciones, que se enfrenta a un mundo lleno de retos, hay altas y bajas, las historias tocan un clímax, y al final se dibuja una esperanza. Los periódicos no podrán dejar de existir, pues los ciudadanos necesitan que alguien les ayude a entender lo que está pasando en este mundo global. Pero tiene que cambiar el modelo de negocio. Apostar por la credibilidad como si fuera un invento surgido del genio de Steve Jobs: hacer que para los ciudadanos la credibilidad no solo sea un objeto deseable, sino indispensable.

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Bibliografía 

El periodismo es noticia. Serrano, Pascual. Icaria Editorial. Barcelona, España, 2010.

La explosión del periodismo. Ramonet, Ignacio. Capital Intelectual. Buenos Aires, Argentina, 2011.

Los cinco sentidos del periodista. Kapuscinski, Ryszard. Fondo de Cultura Económica.

Los cínicos no sirven para este oficio. Kapuscinski, Ryszard. Editorial Anagrama. Barcelona, España, 2002.

Periodismo y narración: desafíos para el siglo XXI. Martínez, Tomás Eloy. Conferencia pronunciada ante la Asamblea de la SIP. Jalisco, México, 1997.

El

megáfono

descerebrado.

Saunders,

George.

Revista Nexos. México, 2013. 

Se nos murió el humor. Krauze, León. Revista Letras Libres. México, 2014.

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El nuevo periodismo en el siglo XXI