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No sé si te conozco bien, o quizás tan solo te intuyo a través de esta red que no puedo odiar porque he de salvar el hilo que nos mantiene unidos aunque no sepa nunca dónde están los límites de lo real y dónde lo imaginado. “Paradojas”, dices tú. El contrasentido de lo que tiene sentido. A veces nos conformamos con ser partícipes de ese mundo virtual donde cuesta poco darse besos que se tornarían imposibles en la parte real de nuestras vidas. Es fácil que la paradoja pueda caer en el absurdo. No te conozco bien, me cuesta abrir espacios aun cuando sé que todos los espacios son historias inconclusas. Me obligo, entonces, a realizar un esfuerzo de intuición. En este terreno, aunque impreciso pero de largo recorrido, puedo imaginarte en situaciones distintas donde te adjudico, sin juicio previo, diferentes respuestas y salidas en escenarios muy diversos. Me arriesgo a equivocarme pero, acierte o no, voy construyendo de significados el puzzle y más cuando uno comparte con Hölderlin el convencimiento de que el hombre es un dios cuando sueña y

un mendigo cuando reflexiona.

Decía Borges que todos acabamos por perder nuestro jardín, ese jardín habitado por todos los rostros de la inocencia abolida, rostros con ojos dibujados, espejismos con boca que nos miran preguntando la razón de su abandono. Jardín lleno de oportunidades perdidas, de elecciones erróneas que no tienen remedio, rebosante de trágicas claudicaciones, de todo cuanto amamos y dejamos pasar solamente por miedo; y en medio la culpa, una culpa con dedos señalando nerviosos al hombre que contempla, impotente, su jardín perdido, con la esperanza de resucitarlo, esperando el milagro de su propia resurrección: melancólico jardín que la vida arrasara.

La realidad, como una herida, surge con toda su crudeza, sangra sentimientos, sonidos, luces y colores. Pretende con metáforas disimular la fragilidad de las palabras y pintados a color, los silencios flotan entre secretas pasiones y dudas hasta integrarse en pentagrama. Saber la existencia de las cosas es insuficiente, gocémoslas y nos daremos cuenta de que todavía podemos sorprendernos.

ORILLAS CIEGAS

ORILLAS CIEGAS ¡Cómo mirar al mar y no verte vital en sus orillas! Atrapo tu sonrisa. Coloco la toalla. Me sacudo impaciente la arena. Me gritas desde lejos. Te alejas confiada y el sol ciega sin piedad mis ojos...

Esta escena se me presenta cada mañana de este frío otoño. Eran tiempos donde caminábamos sin vértigo, calculando la distancia, esquivando el vuelo roto de los insectos, reescribiendo la historia, ahuyentando los peces muertos. Pero no logro saber en qué momento o porqué las olas cruelmente nos traicionaron sin aviso.


Intento dibujar un mapa de tu rostro y no logro definir los límites. Trazo meridianas intentando acotar el tiempo y estallan confusos los ecos de tu voz en las cuencas de mis ojos. Cien gaviotas picotean mis recuerdos y la luna resbala por las paredes de este maldito cuarto creciente de soledades y olvido. A veces, doy explicaciones confusas y abandono el trabajo para telefonearte. Marco teléfonos al azar y respondo que te echo de menos. Relleno los huecos vacíos con crucigramas inexplicables que casi nunca termino y vuelvo cada anochecer a la misma playa que te vio partir con la intención de juntar caracolas que cobijen tu cuerpo. Exhausto, me duermo en tus mejillas y una brisa me mece generosa. Cierro los ojos y crecen trigales en las orillas. El mar florece y las estaciones ya no están vacías. Y me quedo así, sin atreverme a mirar de frente para no darme cuenta que hace ya más de un año y medio que la tierra cubre tus labios para que yo no pueda besarlos. Debes de perdonarme porque entre el vacío y la pena elegí lo primero.

No sé si te conozco bien  

texto de reflexión

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