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ORILLA CIEGA ¡Cómo mirar al mar y no verte vital en sus orillas!. Atrapo tu sonrisa. Coloco la toalla. Me sacudo impaciente la arena. Me gritas desde lejos. Te alejas confiada y el sol ciega sin piedad mis ojos… Repito incesante esta escena y no encuentro dónde está el final. Caminamos sin vértigo, calculando la distancia, esquivando el vuelo roto de los insectos, reescribiendo la historia, ahuyentando los peces muertos. Y no logro saber en qué momento las olas nos traicionaron. Cada mañana, antes de irme a la oficina, escucho atento el parte del tiempo y presto agónica atención por dónde se producen las tempestades, por dónde las marejadas. Busco —entre los signos— algún indicio, algún mensaje que me hable de ti y señalen el lugar estéril de tu paradero. Dibujo un mapa de tu cuerpo y no logro descubrir los límites. ¡Es tanto lo que he amado y tanto lo que he perdido!. Trazo meridianas intentando acotar el tiempo y estallan confusos los ecos de tu voz en las cuencas de mis ojos. Cien gaviotas picotean mis sienes y derramo el alcohol que sujetan mis manos. La luna resbala por las paredes de este maldito cuarto creciente de soledades y olvido. Doy explicaciones confusas y abandono el trabajo para telefonearte. Te digo que te hecho de menos sin saber con certeza si he marcado correctamente tu número. En realidad no sé donde vives ni qué ciudad o corazón habitas. En la farmacia no saben qué medicina necesito ni porqué compro tantos pasajes a ningún puerto conocido. Relleno los huecos vacíos con crucigramas inexplicables que casi nunca termino y vuelvo cada anochecer a la misma playa que te vio partir con la intención de juntar el rompecabezas de tu ausencia. Construyo tu silueta en la arena mojada y el mar diluye tu nombre tímidamente pronunciado. Me duermo en tus mejillas y una brisa nos mece generosa. Cierro los ojos y crecen trigales en las orillas. El mar florece y las estaciones ya no están vacías. Y me quedo así, sin atreverme a mirar de frente para no darme cuenta que hace un año y medio la tierra cubre tus labios sin que yo pueda besarlos, sin saber que entre la pena y el vacío elegí lo último preguntándome, cada día, para qué quiero alas si no puedo sentir ya el viento en mi cara… M.M. Samaná


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