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6 Estaciones Alejandro Dolz

Oporto

La ciudad está hecha de pequeños encantos. Y es sincera. No esconde sus defectos y ofrece generosamente sus virtudes. Oporto le debe todo al río y sus casas y balcones invaden las colinas formando un muro de humildad a ambos lados del Douro. Los barcos rabelos, con lentitud, acarician la desembocadura y traen y llevan los deseos y los recuerdos. Oporto no es refinada, pero sabe de costumbres y desafíos. Ciudad de contrastes que teje diariamente su vida en un eterno equilibrio entre lo alegre y bullicioso, cuando es bañada por el sol, o triste y melancólica cuando la bruma, espesa y gris, la cubre con la primera hora del día. En esta ciudad escondí un nombre escrito en una moneda de plata para un día volver.

Línea del tiempo

Hay una indiscutible línea del tiempo que transcurre desde el color más sencillo hasta los tintes más inquietos del blanco y negro. ¿Dónde descansa la mirada? La vida acumula cientos de naufragios. Varado en la orilla se esconde un latido superviviente de mi malgastado corazón.


Piedra y sombra

La piedra se enmaraña, serenamente, fría y dura mi propia sombra. Las dos parecen confidentes para ver pasar y sentir la vida. Donde el hombre flaquea, la piedra exhibe su coraza. Donde la piedra rueda débil, el hombre alimenta un permanente fuego.

Ciudades del centro

No conozco otros lenguajes que los múltiples sonidos que habitan las ciudades del centro por muy deshabitadas que parezcan. Detrás de cada muro o ventana cerrada hay restos de aliento y corazones que palpitan al ritmo impenetrable del tiempo. En el perfil de la noche de invierno, es cuando la escucha se convierte en un vientre estéril y amargo que durante siglos nos ha obligado a habitar en un mar de láminas de acero. Es en ese momento cuando me siento bajo una torre huérfana a descansar.


Gotas

Las gotas golpean los besos que se derraman en la colcha desordenada; luz y sombra, alegría e incertidumbre. Casi hemos pasado todo el día juntos, cuerpo a cuerpo, mirada a mirada, complicidad con sonrisas. Nos hemos despedido casi en silencio, aceptando la distancia con ojos de arrepentimiento. En la noche suceden extraños equilibrios dentro de la mudez de la alcoba. Vértigo, refugios y cuerpos ardiendo. Aprendimos a tender hilos de plata hacia la luz blanca de la luna porque no teníamos tiempo para vernos vivir.

Figura

La luna desabrochaba los tejidos que cubrían tu inocencia. Yo te miraba complaciente al otro lado de la mesa. Me divertía imaginarte turbada, silenciosa, dejándote hacer sin comprender cómo la vida tiene estos caprichos que nos rescatan, a veces, de tormentas y dormitorios vacios. Me permitiste que te acariciara con una pluma y tu sonrisa rozó la ternura. El calor se posaba en tus mejillas y tus ojos desprendieron el color de la fruta fresca. Una gota de agua resbalaba por los surcos de mis manos y resolví cederle mis venas. Fue entonces cuando necesité escribirte estas palabras para contarte que cada cuarto de hora imagino cuentos que duran mil segundos dentro de un reloj de arena.


6 estaciones