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Cuerpo efímero; símbolo perpetuo En algún lugar del mundo, los tanques avanzan implacables, impregnando en el concreto su falso ritmo redentor. Un hombre camina a la mitad de la calle y, de pronto, se detiene. No lleva en las manos más que bolsas plásticas, como las del mandado; una en cada mano. El tanque detiene su avance. El sujeto anónimo levanta la mano haciendo una señal para que se vayan. Otros dos tanques imitan al primero y se paran prácticamente en seco. El primer tanque que fue bloqueado para avanzar trata de cambiar la dirección y continuar su marcha. El de las bolsas de compra da un par de brincos y vuelve a colocarse enfrente del tanque a pesar de las múltiples maniobras del auto de guerra para evitarlo. A escasos pasos de atropellarlo, la máquina vuelve a detenerse. El civil escala la estructura metálica; no hay manera de saber lo que dice o está haciendo. El atrevido anónimo se asoma a la parte superior del vehículo. Finalmente, alguien emerge del interior de esa criatura de espanto color olivo y dialoga con quien le ha estado impidiendo el paso todo ese tiempo. ¿Qué dirá? Las voces se las ha llevado el viento. ¿Qué tendría un joven ordinario que decirle a un militar protegido en la impenetrabilidad de su caparazón metálico? ¿De dónde obtuvo el valor para ponerse de pie, sin armas, sin nada más que enojo, hartazgo, indignación y las compras del día? ¿Fue valentía, ignorancia o sincera curiosidad? ¿Sabría de la sangre derramada, de los anhelos de democracia o simplemente querría regresar a la cotidianidad? El piloto regresa al interior de su cabina, acelerando el tanque hasta hacer aparecer una fumarola blanca en la parte posterior. El anónimo es necio; no piensa dejar a la máquina mantener su rumbo. El primer tanque se detiene y el segundo y el tercero; cadena de dominó. El hombre sacude nuevamente la mano. Otro soldado surge de las profundidades del motorizado. Más gestos, más silencio. Una persona en bicicleta se acerca. Y otras dos personas; una tiene las manos elevadas al aire. Y aparecen otros sujetos más. La multitud se lleva al escudo humano a rastras. El resto de la historia ha sido engullida por el tiempo. Y es que nadie supo jamás de que entraña surgió ese hombre ni cuál fue su destino; su identidad, oculta, controvertida y hasta negada, fue fragmentada por el ojo


internacional en cuatro fotografías; cuerpo efímero inflamado en el exilio o la ejecución. Las preguntas son equivocadas porque lo que importa no es la materia; las piernas se doblan, los brazos desfallecen, los ojos abandonan sus cuencas, los pulmones dejan de respirar, los cerebros dejan de pensar y los corazones detienen sus latidos. Lo esencial es el símbolo cuyo significado trasciende y deja de ser mera carne para convertirse en pensamiento y acción. El símbolo como asociación de dos realidades, como detonante de una infinita cadena de otros muchos signos, nace, vive y da vida a nuestra cultura. El símbolo puede o no tener nombre; es ese instante, atemporal y denso, en que los colores, las formas y el acontecimiento significa e iluminan el resto de los pasajes de la humanidad. Mientras el cuerpo decae, es enterrado y se pudre, el mito construido tras de sí permanece. Entonces, un militar de boina con la mirada clavada en el horizonte puede convertirse en la rebeldía y una niña que huye de la brutalidad de las llamas químicas se transforma en las víctimas de la crueldad de la guerra. Y los llamamos cuando queremos explicar lo inefable y necesitamos sacudir razón y emoción, y que lo irracional, lo doloroso y la barbarie adquieran significado y no sean producto del azar y de la tremenda locura del existir. Requerimos de los signos para orientarse, para justificar nuestras inclinaciones e indiferencias, para ordenar una realidad intrínsecamente caótica. Y, al símbolo, para recordarnos que tenemos la posibilidad de convertirnos en un eterno, en un llamado, en una verdad explicada por la forma, el matiz o la palabra. El hombre frente a los tanques; la fotografía como huella indicial de su paso por la Tierra; el video transmitido por televisión esa misma noche y años después de la masacre: todas son formas de volver inmortal la coincidencia de actores y decisiones en una fracción limitada de la corriente infinita del tiempo y el espacio. Hoy en día hay miles de intentos de reunir las piezas y entender por qué un sujeto común enfrentaría a la fatalidad de una mano represora dispuesta de aplastar la hormiga que obstaculizara su avance. Y, pese a los cuestionamientos vigentes y las verdades a medias, tenemos la certeza de que aunque huesos, sangre y carne sean


meros parpadeos, el sĂ­mbolo puede transformarse en monumento perpetuo del colectivo. Adriana Navarrete CDMX, noviembre 2016.


La fotografía del Tankman viajó en una caja de té El mismo cinco de junio en el que un hombre saltó al frente de cuatro tanques en la plaza de Tiananmen, Beijing, cuatro fotógrafos, de diferentes medios, ocultaron sus rollos fotográficos en cajas de té, tanques de inodoro y en la ropa interior de sus colegas. Todos ellos se esmeraron por esconder el material, pues reconocían la importancia del suceso y el inminente peligro que este corría tan cerca de la plaza. Las dificultades a las que esas fotos se enfrentaron para poder salir de Beijing evidenciaron el control excesivo del Partido Comunista, además de los brutales e intrusivos actos que cometía el buró de seguridad chino (PSB). Después de todo, los motivos por los cuales los ciudadanos lucharon por la democracia se hicieron aún más evidentes durante los días de protesta en la plaza. El control mediático y el maltrato a la prensa internacional se intensificó, con el objetivo de mantener tales actos en la oscuridad. Por fortuna, no lo lograron. Una hora después del incidente, los oficiales de la PSB irrumpieron en las habitaciones de los periodistas que se hospedaban en el Hotel de Beijing, lugar desde el cual se dispararon las fotografías más icónicas del tank man, para despojarlos de sus cámaras. Se llevaron rollos que documentaban, en el celuloide, los diversos enfrentamientos gestados entre las fuerzas armadas del Partido Comunista y los civiles en defensa de la democracia. Eran buenas fotografías, de acuerdo con Charlie Cole, corresponsal de Newsweek magazine y uno de los afortunados fotógrafos del tank-man, pero no eran suficiente en comparación con el acto que acababa de presenciar. Al ver a aquel hombre sostener sus bolsas de plástico frente a las máquinas de guerra, se preparó para disparar en el momento preciso: el momento en el que los tanques lo arrollaran. Pero no pasó, los militares circundaron al hombre y eso fue lo más sorprendente del día. Jeff Widener, un fotógrafo asignado por The Associated Press, esperaba lo mismo: una imagen que develara el cuerpo de un hombre aplastado en la plaza de Tiananmen. Él se levantó ese día completamente adolorido y cansado por las revueltas de la noche anterior. Se subió a una bicicleta para viajar hasta las oficinas de la AP, luego regresó al hotel de Beijing y engañó a los policías que lo custodiaban para conseguir llegar a un balcón con buena visibilidad. Allí, al lado de otro incógnito


personaje de nombre Kurt (¿o Kirk?) fotografió al tank-man. Su material, minutos después, recorrió el lobby del hotel y la Avenida de la Paz Eterna oculto en la ropa interior de Kurt. Arthur Tsang, de Reuters, se encontraba tan sólo unos cuantos pisos abajo, anunciándole a su periódico por teléfono que había conseguido una fotografía icónica. El rollo de Stuart Franklin, horas después de haber registrado la protesta contra los tanques, llegó a la revista Life gracias a un estudiante francés. Él partiría de Beijing ese mismo día y por eso decidió hacerle ese gran favor a Franklin. Viajó con un empaque de té extra (con el rollo fotográfico oculto) en las maletas para luego dejarlo en las oficinas de Life. En la actualidad, las imágenes que lograron rescatar, después de haber esquivado revisiones aleatorias e inspecciones de cuarto, han sido vistas por millones de personas alrededor del mundo. El incógnito tank man consiguió una fama y reconocimiento internacional por el acto solidario que llevó a cabo tan sólo un día después de una terrible masacre. Las personas de diversos países reconocen la imagen, a pesar de que no sepan nada de la plaza de Tiananmen o de la lucha por la democracia. Eso es el resultado de la persistencia periodística y de la pasión de los fotógrafos por no desprenderse de un trabajo lleno de connotaciones valiosas. Pero, ¿de qué sirve eso si los jóvenes chinos, en la actualidad, no reconocen la imagen? La historia del registro fotográfico del tank man devela las discrepancias entre los medios y el gobierno. China intentó utilizar esa escena, de vuelta en 1989, para dotar de humanismo a su ejército, pero después de eso veto su difusión en cualquier sitio. Por eso, muchos oriundos de la nación desconocen el suceso. No ocurrió para ellos, no existe. En este punto, el anonimato de aquel personaje se vuelve peligroso. En este punto es preciso cuestionar hasta qué momento vivirán esas fotografías y si es que alguna vez, en otra ciudad, en otro momento, un registro diferente tendrá que viajar en cajas de té para burlar la seguridad de un país. Michelle Fernández Olivares CDMX, 2016


El encuentro Las calles estan vacías. Se escucha a la tierra moverse y el viento recorrer las habitaciones en los edificios que circundan la plaza de Tiananmen en China. Es como si todo el mundo estuviera escondido o hubiera huído de un terrible acontecimiento que se anunciaba por venir. El viento lo grita y relame en las paredes. Es una alerta. De pronto, tres tanques y otros más que se divisan a unos kilómetros, van rodando pesados con olor a muerte y una sensación de horror que dejan a su paso; una estela de desaires y angustias venideras que azotaran al pueblo de China. Nadie secará las lágrimas de la gente. Nadie tendrá el valor de asumir lo que vendría. Nadie querrá encarar este 4 de junio como una de las peores represiones y masacres que ha habido en el mundo. Un hombre camina por la plaza, escucha el andar de los tanques, se asoma a verlos avanzar. Decide salir a enfrentarlos. Se acerca decidido a erguirse frente a ellos y detenerlos. Piensa en sus hijos: dos jóvenes estudiantes que, desde hace dos días, luchan por la instauración de democracia en China. No han vuelto. El hombre llora y teme; teme por la vida de sus niños, por su vida, por el futuro que le avecina, por lo que pueda suceder mientras se acerca a los tanques, pero no se detiene. Los tanques siguen su camino, se encuentran tan cerca el hombre y la máquina y ninguno decide detenerse. Ambos se miran. Respiran. El hombre inhala y exhala despacio, muy lento y profundo. La máquina exhala más fuerte, negro y asfixiante humo de muerte. Parecen mirarse y conversar. El hombre imagina que el tanque esta vivo, piensa que no puede existir arma que esté controlada por humanos, porque ¿quién puede ser tan malo?, ¿quién puede seguir órdenes y matar a su gente creyéndose por un momento superior, y luego, saben, serán ellos quienes limpien y carguen los cuerpos? Se siente ingenuo. “¡Detente!”, grita al tanque. Éste responde con un rugido de motores que hacen que el hombre trastabille un poco al querer retroceder. Vuelve a ponerse erguido. “¡Detente, he dicho!” alza sus manos ocupadas con un portafolio y un saco que parecen haberse encarnado a la fuerza de sus dedos. Poco a poco los tanques comienzan a formarse uno detrás del otro haciendo una larga fila de feroces bestias hambrientas de miedo. El hombre insiste y se mantiene fiel a su deseo de vida. No ha parado de pensar en sus hijos. Desea volver a verlos sonreír y abrazarlos. Llora.


Los tanques intentan rodearlo, desviar su camino del hombre que obstaculiza su trayecto al cumplimiento de órdenes. Algún valiente escondido en el edificio que da a la derecha del hombre decide tomar una fotografía. Se escuchan disparos. El hombre huye. Ya nadie detiene el paso de las bestias que avanzan ahora con más fuerza y decisión. El hombre les mira pasar la plaza, se hunde profundo en un llanto incontrolable, en una explosión de emociones que lo inundan de culpa y tristeza. Lamenta no haberlos contenido más tiempo; lamenta no haberse despedido hace dos días de sus hijos; lamenta lo que está a punto de ocurrir… Se sabe impotente. El hombre se levanta sin aún soltar el portafolio y el saco, camina lejos de la plaza y desaparece en la penumbra y soledad de las calles queahora se ahogan de gritos y llanto... Desde entonces nadie ha conocido la identidad de aquél hombre que con valentía enfrentó a los tanques. Únicamente se le conoce como un héroe. No hay necesidad de saber su nombre. Ya todos lo llevan presente. El 4 de junio de 2016, se conmemoró el 27° aniversario de la masacre de la Plaza Tianmen (1989), un hecho que aún no es conmemorado en China debido a que el gobierno comunista de dicha nación intenta ocultarlo hasta debajo de las piedras, pero el color de la sangre jamás se olvida. Manchada tienen su bandera y el nombre. Que el mundo lo conmemore. La gente no olvida. Daniela Maya. CDMX, 2016.


El cuerpo que grita sin rostro Admitir la existencia de un acontecimiento presupone que todo orden establecido es puramente artificial. La persecución incesante del ser humano a este objetivo (el de dominar el caos de la realidad), es tan perceptible en la forma que entendemos, por ejemplo, la historia geopolítica de las naciones, y el lenguaje; que esta termina demostrando lo inútil que resulta tratar de sobreponerse a la naturaleza. Porque cada cierto tiempo, las épocas se rompen, se fragmentan, los sistemas colapsan, el acontecer llega en el declinar de la tarde, en el momento ulterior al despuntar del alba, o en la más inminente cotidianidad de una plaza a plena luz del día; todo lo previamente establecido cae de rodillas ante la amenazante contingencia humana. Quienes afirman que la llegada inesperada de estos eventos se convierte muchas veces en el orden imperante, seguramente estuvieron vivos para espectar lo que sucedió en mayo de 1968. Otros, aseguran que la humanidad no ha conocido un año semejante a 1989. Los hijos del siglo XXI, por otro lado, aún seguimos tratando de encajar en algún tipo de explicación el famoso 9/11. Cuando los incendios dejan de ser la excepción y se convierten en regla, muy pocos de ellos son verdaderamente recordados, solamente -creo yo- pasan a la historia aquellas tragedias a las cuales la humanidad les pone un rostro. Que los eventos sean simultáneamente identificación, produce la sensación de recordar a uno de los seres humanos que ha desafiado con mayor contundencia la regularidad impuesta a una sociedad caótica. Aunque no es posible identificar sus facciones; la carne y los huesos de su temeraria figura parada frente a cuatro tanques de guerra, son el rostro de una masacre gracias a la cual hoy muchos jóvenes del mundo conocen la existencia de un legendario lugar llamado Plaza de Tiananmen. Nadie sabe su verdadera identidad, qué palabras pronunció cuando decidió subir a uno de los tanques, quiénes fueron los civiles que arrebataron ese instante de sus manos, y mucho menos dónde yace su cuerpo. Los esfuerzos son inútiles y los resultados decepcionantes, porque los seres humanos obstinados son tan


conscientes de lo salvajes que resultan los giros de la historia, que procuran tener la mayor cantidad de variables bajo su control. Creer que el Tank Man estaba de pie frente a un militante del Ejército en China es ingenuo; su plantón en el lugar es en realidad uno de esos incendios que llegaron sin aviso a un régimen que, históricamente, está condenado a sufrir de pánico frente a la idea de fragmentación. Por otro lado, los jóvenes se encontraban gestando una revolución algo más lúdica que agresiva, procuraban fraternizar con los militantes de dicho régimen, rompiendo las barreras, resquebrajando el orden en pedazos muy pesados y ruidosos al caer. Así, esta mayoría dominante y obstinada (llena de pánico por lo que contempla del proceso soviético, y cerrado a una propuesta económica que busca ser traducida en términos políticos),

decide sacar a los

soldados de Pekín y traer de regiones muy apartadas a militantes que no hablan el mismo idioma que esas nuevas generaciones hambrientas de cambio, y conocedoras del arma mortífera de la verdadera comunicación. Todo en orden y bajo control, de nuevo. Resulta aterrador aceptar que tal vez por eso es improductivo excavar en lo que ignoramos del acontecimiento en Tiananmen. Probablemente el diálogo allí pronunciado fue solo un esfuerzo inútil por adecuar dos interpretaciones imposibles, un momento carente de sentido y entendimiento; una vez más el carácter contingente del lenguaje y de todo lo humanamente establecido, jugando en contra de la valentía y el valor. Nos quedamos solamente con la imagen del cuerpo delgado y anónimo, con las bolsas que cargaba y arrebataba de un lado a otro furiosamente. Y aunque no es posible identificar sus facciones ni su historia, el Tank Man es el rostro que tenemos de un año plagado de incendios eventuales, es la memoria más nítida que guardamos veintisiete años después y que celebramos como una de esos incendios inesperados que invitan a la lucha y que llenan de esperanza; pues los hechos no existen de un modo en el que no proyecten futuro. Laura Tamayo Ciudad de México, noviembre de 2016


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Ensayos literarios acerca del Rebelde Desconocido