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Colegio Nacional Santa Lucía Ferreñafe

Área: Comunicación

EL CABALLERO CARMELO LIBRO DE CUENTOS

Unidad de Aprendizaje III

Lambayeque - Perú 2011

Director Edilberto Bardales Román Compiladora: Ada Lucía Vásquez Chambergo

Contenido Introducción.................................................................................................................................. 4 EL CABALLERO CARMELO .......................................................................................................... 5 LIBRO DE CUENTOS ..................................................................................................................... 5 1. Detalles de la primera edición ................................................................................................. 5 2. Estructura ................................................................................................................................. 6 3. Elaboración............................................................................................................................... 6 4. Abraham Valdelomar ............................................................................................................... 8 5. Sobre el cuento el caballero Carmelo ...................................................................................... 9 5.1.

El Caballero Carmelo ................................................................................................ 9

5.2.

Época ....................................................................................................................... 17

5.3.

Movimiento literario: Cólonida ............................................................................ 19

5.4.

Género Literario: Narrativo ................................................................................ 19

5.5.

Especie literaria: Cuento .................................................................................. 19

5.6.

Personajes: ............................................................................................................ 19

5.7.

Escenario ............................................................................................................... 20

5.8.

Argumento ............................................................................................................. 20

6. Cómo se lee un cuento de Abraham Valdelomar .................................................................. 21 7. Análisis estructural ............................................................................................................. 23 8. Análisis estilístico ............................................................................................................... 23 9. Análisis temático.................................................................................................................. 24 10.

Entre la ficción y la realidad ....................................................................................... 25

11.

Importancia .................................................................................................................... 26

12.

Mensaje .......................................................................................................................... 27

13.

Referencias ................................................................................................................... 28

Introducción

En el transcurso de la Educación Secundaria, la acción pedagógica estará dirigida a afianzar determinadas competencias y a desplegarlas en profundidad. Así como, de enriquecer el lenguaje, tanto oral como escrito, en el doble proceso de comprensión y de expresión y de avanzar en la educación.

Por ello, el área de Comunicación

tiene por finalidad que los alumnos alcancen

habilidades en el uso de la lengua. Es decir, que aprendan a leer y entender lo que leen, que logren una redacción y una expresión oral que sean fluidas, claras y coherentes. Por esto, considerando que se debe dirigir el aprendizaje de los alumnos contenidos

para que

usen

el lenguaje adecuadamente, se ha

seleccionado

específicos del área que permitan, en cada unidad de aprendizaje,

lograr el propósito antes mencionado;

asimismo

contribuir al desarrollo del

pensamiento creativo y crítico. Además sabemos que la lectura de textos es una actividad permanente en la vida del estudiante, del profesional y de todos los seres humanos. Es el vehículo fundamental de la cultura. Vivimos en la sociedad del conocimiento, en la que la información académica y cultural, así como la vida misma se construye sobre la base de un conjunto de información estructurada. En este sentido, la lectura es una actividad que nos permite desarrollarnos como constructores de conocimiento. De ahí que se haya considerado

ejercitar

progresivamente al estudiante en la interpretación y valoración crítica de textos especialmente los literarios.

EL CABALLERO CARMELO LIBRO DE CUENTOS

El Caballero Carmelo es un libro de cuentos del escritor peruano Abraham Valdelomar donde figura el cuento del mismo nombre, que ha sido considerado por la crítica como lo mejor de toda su creación ficticia y uno de los cuentos más perfectos de la literatura peruana. fue publicado en Lima, el 12 de abril de 1918,

con prólogo

de Alberto Ulloa Sotomayor. Fue el segundo libro publicado por el autor (el primero había sido su biografía sobre la mariscala).

1. Detalles de la primera edición Fue impreso en los Talleres Tipográficos de la Penitenciaría de Lima, siendo su primera edición de unos 2.000 ejemplares. Cada ejemplar se vendió a dos soles. En la cubierta del libro aparecía el retrato casi yacente del autor, enmarcado por una orla de carácter colonial. Debajo se leía como título lo siguiente: EL CABALLERO CUENTOS DE DON ABRAHAM VALDELOMAR CON UN PROLOGO DE ALBERTO ULLOA SOTOMAYOR UN APENDICE CRÍTICO SOBRE ESTAS Y OTRAS OBRAS DEL ARTISTA

Y

2. Estructura El caballero Carmelo es una miscelánea de cuentos y relatos, encabezados por los llamados cuentos criollos (los cinco primeros), el primero de los cuales da el título a la obra. Se incluyen además dos cuentos yanquis (Tres senas, dos ases y El círculo de la muerte), un cuento cinematográfico (El beso de Evans), cinco cuentos chinos, un cuento simiesco o humorístico (La tragedia en una redoma), un cuento incaico (Chaymanta Huayñuy) y un cuento fantástico o metafísico (Finis desolatrix veritae). En total 16 cuentos. (Ver recopilación de cuentos)

3. Elaboración La mayoría de los dieciséis cuentos y relatos que conforman esta obra habían sido ya ubicados en revistas y diarios de Lima, desde 1910; el autor solo hizo ligeras correcciones en algunos de ellos antes de agruparlos y hacer un tomo de todo el conjunto. El círculo de la muerte había aparecido en la revista Variedades en dos partes: 29 de enero y 5

de febrero

de 1910 con el título de El suicidio de Richard

Tennyson (cuento yanqui). El beso de Evans se publicó en la revista Balnearios, el 13 de agosto de 1910. Es uno de los pocos ejemplos vanguardistas del autor. El cuento criollo que encabeza el libro, el celebérrimo El caballero Carmelo, lo escribió durante su estancia en Roma en 1913, y con él ganó un concurso literario convocado por el diario La Nación de Lima, el 27 de diciembre de 1913. Planeaba entonces reunir todos sus cuentos criollos en un volumen titulado La aldea encantada, y entró en tratativas con la editorial Ollendorf en París, pero dicha intención se frustró. En ese mismo año de 1914 apareció en La Opinión Nacional dos de sus cuentos criollos: El vuelo de los cóndores (28 de junio)

y Los ojos de Judas (1º de

octubre). En 1915 el diario La Prensa de Lima le publicó dos de sus cuentos: Tres senas, dos ases (7 de julio), cuento yanqui; y El hombre maldito (28 de julio), cuento incaico que fue la primera versión de Chaymanta huayñuy. El llamado cuento “simiesco”, La tragedia en una redoma, apareció en la sección “Crónicas frágiles” del mismo diario (28 de octubre de 1915).

Entre octubre y noviembre de 1915 aparecieron también en La Prensa su serie de Cuentos chinos, una suerte de crítica hacia la dictadura de Oscar R. Benavides en forma de apólogos ambientados en China: - Las vísceras del superior (3 de octubre) - El hediondo pozo siniestro (11 de octubre) - Los Chin-Fu-Ton (16 de octubre) - Whong-Fau-Sang (10 de noviembre)

Un quinto cuento chino fue publicado en la revista Rigoletto, el 5 de febrero de 1916. En 1917 la revista Mundo limeño publicó su cuento Hebaristo, el sauce que murió de amor (18 de agosto); y la novela corta (o cuento largo) Yerba Santa (en dos entregas: 30 de agosto y 30 de setiembre). Esta última, según confesión del mismo Valdelomar, lo escribió cuando contaba apenas con 16 años de edad (es decir hacia 1904). Fracasado su proyecto inicial del libro La aldea encantada,

Valdelomar se

propuso hacer una amplia antología de sus cuentos, que abarcarían, además de sus Cuentos criollos, los llamados cuentos chinos, yanquis, incaicos, etc. Inicialmente el nombre del libro iba a ser Los hijos del Sol, tal como se anunciaba en la Revista Literaria Colónida3 pero luego optó por el de El caballero Carmelo, en honor a su narración emblemática. El título de Los hijos del Sol sería después utilizado para su recopilación de cuentos incaicos publicado de manera póstuma en 1927.  El Caballero Carmelo  El vuelo de los cóndores  Hebaristo el sauce que murió de amor  Los ojos de Judas  Yerba santa  Tres senas; dos ases  El beso de Evans  El círculo de la muerte  Cuentos chinos: 

Las vísceras del superior o sea La historia de la poca vergüenza

El hediondo pozo siniestro o sea La historia del Gran Consejo de Siké

El peligro sentimental o La causa de la ruina de Siké

Los Chin-Fu-Ton o sea La historia de los hambrientos desalmados

Whong-Fau-Sang o sea La torva enfermedad misteriosa

 La tragedia en una redoma  Chaymanta huayñuy  Finis desolatrix veritae Volver a Estructura

4. Abraham Valdelomar Nace en Ica el 27 de abril de 1888. Sexto de seis hermanos; su Padre, por motivos de trabajo, se ausentó del hogar, lo que hizo que la familia viviera en una constante estrechez económica. Viaja a Lima a continuar sus estudios en el colegio Guadalupe, donde funda y dirige un periódico escolar: “La Idea Guadalupana”.

Estudia en la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos. Ingresa a la política en defensa de las ideas de Guillermo Billinghurst. Escribe en El Perú Ilustrado, Aplausos y Silbidos, y Gil Blas. Alterna su vocación literaria con el dibujo y la caricatura.

Llegado Billinghurst al poder lo nombra director de El

Peruano, en octubre de 1912. Al año siguiente es nombrado secretario de la Legación del Perú en Italia. El contacto con el viejo mundo amplía y enriquece su cultura estética y literaria, al mismo tiempo que despierta su anhelo por la patria lejana, y sus recuerdos de infancia toman forma en sus cuentos y narraciones.

De regreso a Lima ingresa a colaborar en la plana de redacción de La Prensa, firmando con el seudónimo de “El Conde de Lemos”. En 1918 empieza una vida de giras y conferencias por el norte y sur del país. En 1919 es elegido representante por Ica al Congreso Regional del Centro. Marcha a Ayacucho, sede de sus nuevas actividades. En esta ciudad es invitado a una comida de gala, sufriendo allí mismo un accidente que le fractura la espina dorsal. Fallece al día siguiente. Volver a Caballero Carmelo

5. Sobre el cuento el caballero Carmelo El cuento

El Caballero Carmelo del autor peruano Abraham Valdelomar;

es

considerado su mejor ficción; publicada en 1918, es de los primeros testimonios del cuento “criollista” peruano. En el Caballero Carmelo, el autor, utiliza un vocabulario antiguo y una retórica propia de las novelas de caballería para narrar la triste historia de un gallo de pelea amado por los niños de la casa.

5.1. El Caballero Carmelo Un día, después del desayuno, cuando el sol empezaba a calentar, vimos aparecer, desde la reja, en el fondo de la plazoleta, un jinete en bellísimo caballo de paso, pañuelo al cuello que agitaba el viento, sampedrano pellón de sedosa cabellera negra, y henchida alforja, que picaba espuelas en dirección a la casa. Reconocímosle. Era el hermano mayor que, años corridos, volvía. Salimos atropelladamente gritando:-¡Roberto! ¡Roberto! Entró el viajero al empedrado patio donde el Florbo y la campanilla enredábanse en las columnas como venas en un brazo, y descendió en los de todos nosotros. ¡Cómo se regocijaba mi madre! Tocábalo, acariciaba su tostada piel, encontrábalo viejo, triste, delgado. Con su ropa empolvada aún, Roberto recorría las habitaciones rodeado de nosotros; fue a su cuarto, pasó al comedor, vio los objetos que se habían comprado durante su ausencia y llegó al jardín:¿Y la higuerilla?- dijo. Buscaba, entristecido, aquel árbol cuya semilla sembrara él mismo antes de partir. Reímos todos:¡Bajo la higuerilla estás! ... El árbol había crecido y se mecía armoniosamente con la brisa marina. Tocóle mi hermano, limpió cariñosamente las hojas que le rozaban la cara y luego volvimos al comedor. Sobre la mesa estaba la alforja rebosante; sacaba él, uno a uno, los objetos que traía y los iba entregando a cada uno de nosotros. ¡Qué cosas tan ricas! ¡Por dónde había viajado! Quesos frescos y blancos, envueltos por la cintura con paja de cebada, de la Quebrada de Humay; chancacas hechas con cocos, nueces, maní y almendras; frijoles colados en sus redondas calabacitas, pintadas encima con un rectángulo del propio dulce, que indicaba la tapa, de Chincha Baja; bizcochuelos, en sus cajas de papel, de yema de huevo y harina de papas, leves, esponjosos, amarillos y dulces; santitos de "piedra de Guamanga" tallados en la feria serrana; cajas de

manjar blanco, tejas rellenas, y una traba de gallo con los colores blanco y rojo. Todos recibíamos el obsequio, y él iba diciendo al entregárnoslo:-Para mamá.. para Rosa.. para Jesús.. para Héctor..-¿Y para papá? -le interrogamos, cuando terminó:-Nada.-¿Cómo? ¿Nada para papá? Sonrió el amado, llamó al sirviente y le dijo:-!El "Carmelo"!A poco volvió éste con una jaula y sacó de ella un gallo, que libre, estiró sus cansados miembros, agitó las alas y cantó estentóreamente: -¡Cocorocóooo! -¡Para papá! -dijo mi hermano. Así entró en nuestra casa este amigo íntimo de nuestra infancia ya pasada, a quien acaeciera historia digna de relato, cuya memoria perdura aún en nuestro hogar como una sombra alada y triste: el Caballero Carmelo.

II Amanecía, en Pisco, alegremente. A la agonía de las sombras nocturnas, en el frescor del alba, en el radiante despertar del día, sentíamos los pasos de mi madre en el comedor, preparando el café para papá. Marchábase éste a la oficina. Despertaba ella a la criada, chirriaba la puerta de la calle con sus mohosos goznes; oíase el canto del gallo que era contestado a intervalos por todos los de la vecindad; sentíase el ruido del mar, el frescor de la mañana, la alegría sana de la vida. Después mi madre venía a nosotros, nos hacía rezar, arrodillados en la cama con nuestras blancas camisas de dormir; vestíamos luego, y, al concluir nuestro tocado, se anunciaba a lo lejos la voz del panadero. Llegaba éste a la puerta y saludaba. Era un viejo dulce y bueno, y hacía muchos años, al decir de mi madre, que llegaba todos los días, a la misma hora, con el pan calientito y apetitoso, montado en su burro, detrás de los dos "capachos" de cuero, repletos de toda clase de pan: hogazas, pan francés, pan de mantecado, rosquillas... Madre escogía el que habíamos de tomar y mi hermana Jesús lo recibía en el cesto. Marchábase el viejo, y nosotros, dejando la provisión sobre la mesa del comedor, cubierta de hule brillante, íbamos a dar de comer a los animales.

Cogíamos

las

mazorcas

de

apretados

dientes,

las

desgranábamos en un cesto y entrábamos al corral donde los animales nos rodeaban. Volaban las palomas, picoteábanse las gallinas por el grano, y entre ellas, escabullíanse los conejos. Después de su frugal comida, hacían grupo alrededor nuestro. Venía hasta nosotros la cabra, refregando su cabeza en nuestras piernas; piaban los pollitos; tímidamente se acercaban los conejos blancos, con sus largas orejas, sus redondos ojos brillantes y su boca de niña presumida; los patitos, recién sacados, amarillos como yema

de huevo, trepaba en un panto de agua; cantaba desde su rincón, entrabado, el Carmelo; y el pavo, siempre orgulloso, alharaquero y antipático, hacía por desdeñarnos, mientras los patos, balanceándose como dueñas gordas, hacían, por lo bajo, comentarios sobre la actitud poco gentil del petulante.

Aquel día, mientras contemplábamos a los discretos

animales, escapó se del corral el Pelado, un pollón sin plumas, que parecía uno de aquellos jóvenes de diez y siete años, flacos y golosos. Pero el Pelado a más de eso era pendenciero y escandaloso, y aquel día, mientras la paz era en el corral y los otros comían el modesto grano, él, en pos de mejores viandas, habíase encaramado en la mesa del comedor y roto varias piezas de nuestra limitada vajilla. En el almuerzo tratóse de suprimirlo, y, cuando mi padre supo sus fechorías, dijo pausadamente:-Nos lo comeremos el domingo...Defendiólo mi tercer hermano, Anfiloquio, su poseedor, suplicante y lloroso. Dijo que era un gallo que haría crías espléndidas. Agregó que desde que había llegado el Carmelo todos miraban mal al Pelado, que antes era la esperanza del corral y el único que mantenía la aristocracia de la afición y de la sangre fina.-¿Cómo no matan -decía en su defensa del gallo- a los patos que no hacen más que ensuciar el agua, ni al cabrito que el otro día aplastó un pollo, ni al puerco que todo lo enloda y sólo sabe comer y gritar, ni a las palomas que traen la mala suerte. ..?Se adujo razones. El cabrito era un bello animal, de suave piel, alegre, simpático, inquieto, cuyos cuernos apenas apuntaban; además, no estaba comprobado que hubiera muerto al pollo. El puerco mofletudo había sido criado en casa desde pequeño, y las palomas, con sus alas de abanico, eran la nota blanca, subíanse a la cornisa a conversar en voz baja, hacían sus nidos con amoroso cuidado y se sacaban el maíz del buche para darlo a sus polluelos. El pobre Pelado estaba condenado. Mis hermanos pidieron que se le perdonase, pero las roturas eran valiosas y el infeliz sólo tenía un abogado, mi hermano y su señor, de poca influencia. Viendo ya perdida su defensa y estando la audiencia al final, pues iban a partir la sandia inclinó la cabeza. Dos gruesas lágrimas cayeron sobre el plato, como un sacrificio, un sollozo se ahogó en su garganta. Callamos todos. Levantóse mi madre, acercóse al muchacho, lo besó en la frente, y le dijo:-No llores; no nos lo comeremos...

III

Quien sale de Pisco, de la plazuela sin nombre, salitrosa y tranquila, vecina a la Estación y torna por la calle del Castillo que hacia el sur se alarga, encuentra, al terminar una plazuela, donde quemaban a Judas el Domingo de Pascua de Resurrección, desolado lugar en cuya arena verdeguean a trechos las malvas silvestres. Al lado del poniente, en vez de casas, extiende el mar su manto verde, cuya espuma teje complicados encajes al besar la húmeda orilla. Termina en ella el puerto y, siguiendo hacia el sur, se va, por estrecho y arenoso camino, teniendo a diestra el mar y a izquierda mano angostísima faja, ora fértil, ora infecunda, pero escarpada siempre, detrás de la cual, a oriente, extiéndese el desierto cuya entrada vigilan de trecho en trecho, corno centinelas, una que otra palmera desmedrada, alguna higuera nervuda y enana y los toñuces

siempre coposos y frágiles. Ondea en el

terreno la hierba del alacrán, verde y jugosa al nacer, quebradiza en sus mejores días, y en la vejez, bermeja como sangre de buey. En el fondo del desierto, como si temieran su silenciosa aridez, las palmeras únense en pequeños grupos, tal como lo hacen los peregrinos al cruzarlo y, ante el peligro, los hombres.

Siguiendo el camino, divídase en la costa, en la

borrosa y vibrante vaguedad marina, San Andrés de los Pescadores, la aldea de sencillas gentes, que eleva sus casuchas entre la rumorosa orilla y el estéril desierto. Allí las palmeras se multiplican y la higueras dan sombra a los hogares tan plácida y fresca, que parece que no fueran malditas del buen Dios, o que su maldición hubiera caducado -que bastante castigo recibió la que sostuvo en sus ramas al traidor- y todas sus flores dan fruto que al madurar revientan. En tan peregrina aldea, de caprichoso plano, levántanse las casuchas de frágil CarIa y estera leve, junto a las palmeras que a la puerta vigilan. Limpio y brillante, reposando en la arena blanda sus caderas amplias, duerme a la puerta el bote pescador, con sus velas plegadas, sus remos tendidos como tranquilos brazos que descansan, entre los cuales yace con su muda y simbólica majestad el timón grácil, la cabeza que "achica" el agua mar afuera y las sogas retorcidas como serpientes que duermen. Cubre, piadosamente, la pequeña nave, cual blanca mantilla, la pescadora red circundada de caireles de liviano corcho. En las horas de medio día, cuando el aire en la sombra invita al sueño, junto a la nave teje la red el pescador abuelo; sus toscos dedos anudan el lino que ha de enredar al sorprendido pez; raspa la abuela el plateado lomo de los que las vísperas trajo la nave; saltan al sol, como chispas, las escamas, y el perro husmea en

los despojos. Al lado, en el corral que cercan enormes huesos de ballenas, trepan los chiquillos desnudos sobre el asno pensativo, o se tuestan al sol en la orilla; mientras, bajo la ramada, el más fuerte pule el remo, la moza fresca y ágil saca agua del pozuelo y las gaviotas alborozadas recorren la mansión humilde dando gritos extraños. Junto al bote duerme el hombre del mar, el fuerte mancebo embriagado por la brisa caliente y por la tibia emanación de la arena, su dulce sueño de justo, con el pantalón corto, las musculosas pantorillas cruzadas en cuyos duros pies de redondos dedos, piérdense, como escamas, las diminutas uñas, la cara tostada por el aire y el sol, la boca entreabierta que deja pasar la respiración tranquila, y el fuerte pecho desnudo que se levanta rítmicamente, con el ritmo de la Vida, el más armonioso que Dios ha puesto sobre el mundo. Por las calles no transitan al medio día las personas y nada turba la paz en aquella aldea, cuyos habitantes no son más numerosos que los dátiles de sus veinte palmeras. Iglesia ni cura habían, en mi tiempo, las gentes de San Andrés. Los domingos, al clarear el alba, iban al puerto, con los jumentos cargados de corvinas frescas y luego, en la capilla, cumplían con Dios. Buenas gentes, de dulces rostros, tranquilo mirar, morigeradas y sencillas, indios de la más pura cepa, descendientes remotos y ciertos de los hijos del Sol, cruzaban a pie todos los caminos, como en la Edad Feliz delinca, atravesaban en caravana inmensa la costa para llegar al templo y oráculo del buen Pachacamac, con la ofrenda en la alforja, la pregunta en la memoria y la Fe en el sencillo espíritu.Jamás riña alguna manchó sus claros anales; morales y austeros, labios de marido besaron siempre labios de esposa; y el amor, fuente inagotable de odios y maldecires, era entre ellos, tan normal y apacible como alguno de sus pozos. De fuertes padres, nacían, sin comadronas, rozagantes muchachos, en cuyos miembros la piel hacía gruesas arrugas; aires marinos henchían sus pulmones, y crecían sobre la arena caldeada, bajo el sol ubérrimo, hasta que aprendían a lanzarse al mar ya manejar los botes de piquete que, zozobrando en las olas les enserIaban a domerIar la marina furia. Maltones, musculosos, inocentes y buenos, pasaban su juventud hasta que el cura de Pisco unía a las parejas que formaban un nuevo nido, compraban un asno y se lanzaban a la felicidad, mientras las tortugas centenarias del hogar paterno veían desenvolverse, impasibles, las horas -filosóficas, cansadas y pesimistas, mirando con llorosos ojos desde la playa, el mar, al cual no intentaban volver nunca- y al crepúsculo de cada día, lloraban, pero, hundido el sol, metían la cabeza bajo

la concha poliédrica y dejaban pasar la vida llenas de experiencia, sin Fe, lamentándose siempre del perenne mal, pero inactivas, inmóviles, infecundas, y solas. IV Esbelto, magro, musculoso y austero, su afilada cabeza roja era la de un hidalgo altivo, caballeroso, justiciero y prudente. Agallas bermejas, delgada cresta de encendido color, ojos vivos y redondos, mirada fiera y perdonadora, acerado pico agudo. La cola hacía un arco de plumas tornasoles, su cuerpo de color carmelo avanzaba en el pecho audaz y duro. Las piernas fuertes que estacas musulmanas y agudas defendían, cubiertas de escamas, parecían las de un armado caballero medioeval.Una tarde, mi padre, después del almuerzo, nos dio la noticia. Había aceptado una apuesta para la jugada de gallos de San Andrés el 28 de julio. No había podido evitarlo. Le habían dicho que el Carmelo, cuyo prestigio era mayor que el del alcalde, no era un gallo de raza. Molestóse mi padre. Cambiáronse frases y apuestas y aceptó. Dentro de un mes toparía el Carmelo con el Ajiseco de otro aficionado, famoso gallo vencedor, como el nuestro, en muchas lides singulares. Nosotros recibimos la noticia con profundo dolor. El Carmelo iría a un combate y a luchar a muerte, cuerpo a cuerpo, con un gallo más fuerte y más joven. Hacía ya tres años que estaba en casa, había él envejecido mientras crecíamos nosotros. ¿Por qué aquella crueldad de hacerlo pelear? ...Llegó el terrible día. Todos en casa estábamos tristes. Un hombre había venido seis días seguidos a preparar al Carmelo. A nosotros ya no nos permitían ni verlo. El día 28 de julio, por la tarde, vino el preparador y de una caja llena de algodones sacó una media luna de acero con unas pequeñas correas: era la navaja, la espada del soldado. El hombre la limpiaba, probándola en la uña, delante de mi padre. A los pocos minutos, en silencio, con una calma trágica, sacaron al gallo que el hombre cargó en sus brazos como a un niño. Un criado llevaba la cuchilla y mis dos hermanos le acompañaron.-¡Qué crueldad! -dijo mi madre. Lloraban mis hermanas, y la más pequeña, Jesús, me dijo en secreto, antes de salir:-Oye, anda junto con él... Cuídalo... iPobrecito!... LIevóse la mano a los ojos, echóse a llorar y yo salí precipitadamente, y hube de correr unas cuadras para poder alcanzarlos.

V Llegamos a San Andrés. El pueblo estaba de fiesta. Banderas peruanas agitábanse sobre las casas por el día de la Patria, que allí sabían celebrar con una gran jugada de gallos a la que solían ir todos los hacendados y ricos hombres del valle. En ventorrillos, a cuya entrada había arcos de sauce envueltos en colgaduras, y de los cuales pendían alegres quitasueños de cristal, vendían chicha de bonito, butifarras, pescado fresco asado en brasas y anegado en cebollones y vinagre. El pueblo los invadía, parlanchín y endomingado con sus mejores trajes. Los hombres de mar lucían camisetas nuevas de horizontales franjas rojas y blancas, sombreros de junco, alpargatas y pañuelos anudados al cuello. Nos encaminamos a "la cancha". Una frondosa higuera daba acceso al circo, bajo sus ramas enarcadas. Mi padre, rodeado de algunos

amigos, se instaló. Al frente estaba el juez ya

su derecha el dueño del paladín Ajiseco. Sonó una campanilla, acomodáronse las gentes y empezó la fiesta. Salieron por lugares opuestos dos hombres, llevando cada uno un gallo. Lanzáronlos al ruedo con singular ademán. Brillaron las cuchillas, miráronse los adversarios, dos gallos de débil contextura, y uno de ellos cantó. Colérico respondió el otro echándose al medio circo; miráronse fijamente; alargaron los cuellos, erizadas las plumas, y se acometieron. Hubo ruido de alas, plumas que volaron, gritos de muchedumbre y, a los pocos segundos de jadeante lucha, cayó uno de ellos. Su cabecita afilada y roja besó el suelo, y la voz del juez:-¡Ha enterrado el pico, señores! Batió las alas el vencedor. Aplaudió la multitud enardecida, y ambos gallos sangrando, fueron sacados del ruedo. La primera jornada había terminado. Ahora entraba el nuestro: el Caballero Carmelo. Un rumor de expectación vibró en el circo:-¡EI Ajiseco y el Carmelo!-¡Cien soles de apuesta!...Sonó la campanilla del juez y yo empecé a temblar. En medio de la expectación general, salieron los dos hombres, cada uno con su gallo. Se hizo un profundo silencio y soltaron a los rivales. Nuestro Carmelo aliado del otro era un gallo viejo y achacoso; todos apostaban al enemigo, como augurio de que nuestro gallo iba a morir. No faltó aficionado que anunciara el triunfo del Carmelo, pero la mayoría de las apuestas favorecía al adversario. Una vez frente al enemigo, el Carmelo empezó a picotear, agitó las alas y cantó estentóreamente. El otro, que en verdad no parecía un gallo fino de distinguida sangre y alcurnia, hacía cosas tan petulantes cuan humanas: miraba con desprecio a nuestro gallo y se

paseaba como dueño de la cancha. Enardeciéronse los ánimos de los adversarios, llegaron al centro y alargaron sus erizados cuellos, tocándose los picos sin perder terreno. El Ajiseco dio la primera embestida; entablóse la lucha; las gentes presenciaban en silencio la singular batalla y yo rogaba a la Virgen que sacara con bien a nuestro viejo paladín. Batíase él con todos los aires de un experto luchador, acostumbrado a las artes azarosas de la guerra. Cuidaba poner las patas armadas en el enemigo pecho, jamás picaba a su adversario -que tal cosa es cobardía- mientras que éste, bravucón y necio, todo quería hacerlo a aletazos y golpes de fuerza. Jadeantes, se detuvieron un segundo: Un hilo de sangre corría por la piema del Carmelo. Estaba herido, mas parecía no darse cuenta de su dolor. Cruzáronse nuevas apuestas en favor del Ajiseco y las gentes felicitaban ya al poseedor del menguado. En su nuevo encuentro, el Carmelo cantó, acordóse de sus tiempos y acometió con tal furia que desbarató al otro de un solo impulso. Levantóse éste y la lucha fue cruel e indecisa. Por fin, una herida grave hizo caer al Carmelo, jadeante...-¡Bravo! ¡Bravo el Ajiseco! -gritaron sus partidarios, creyendo ganada la prueba. Pero el juez, atento a todos los detalles de la lucha y con acuerdo de cánones dijo:-¡Todavía no ha enterrado el pico, señores! En efecto, incorporóse el Carmelo. Su enemigo, como para humillarlo, se acercó a él, sin hacerle daño. Nació entonces, en medio del dolor de la caída, todo el coraje de los gallos de "Caucato". Incorporado el Carmelo, como un soldado herido, acometió de frente y definitivo sobre su rival, con un estocada que lo dejó muerto en el sitio. Fue entonces cuando el Carmelo que se desangraba, se dejó caer, después que el Ajiseco había enterrado el pico. La jugada estaba ganada y un clamoreo incesante se levantó en la cancha. Felicitaron a mi padre por el triunfo, y, como esa era la jugada más interesante, se retiraron del circo, mientras resonaba un grito de entusiasta:-¡Viva el Carmelo! Yo y mis hermanos lo recibimos y lo condujimos a casa, atravesando por la orilla del mar el pesado camino y soplando aguardiente bajo las alas del triunfador que desfallecía.

VI Dos días estuvo el gallo sometido a toda clase de cuidados. Mi hermana Jesús y yo le dábamos maíz, se lo poníamos en el pico; pero el pobrecito no

podía comerlo ni incorporarse. Una gran tristeza reinaba en la casa. Aquel segundo día, después del colegio, cuando fuimos yo y mi hermana a verlo, lo encontramos tan decaído que nos hizo llorar. Le dábamos agua con nuestras manos, le acariciábamos, le poníamos en el pico rojos granos de granada. De pronto el gallo se incorporó. Caía la tarde y, por la ventana del cuarto donde estaba entró la luz sangrienta del crepúsculo. Acercóse a la ventana, miró la luz, agitó débilmente las alas y estuvo largo rato en la contemplación del cielo. Luego abrió nerviosamente las alas de oro, enseñoreóse y cantó. Retrocedió unos pasos, inclinó el tornasolado cuello sobre el pecho, tembló, desplomóse, y estiró sus débiles patitas escamosas y, mirándonos, mirándonos amoroso, expiró apaciblemente. Echamos a llorar. Fuimos en busca de mi madre, y ya no lo vimos más. Sombría fue la comida aquella noche. Mi madre no dijo una sola

alabra y, bajo la luz

amarillenta de llamparín todos nos mirábamos en silencio. Al día siguiente, en el alba, en la agonía de las sombras nocturnas, no se oyó su canto alegre.

Así pasó por el mundo aquel héroe ignorado, aquel amigo tan

querido de nuestra niñez: El Caballero Carmelo. flor y nata de paladines y último vástago de aquellos gallos de sangre y raza, cuyo prestigio unánime fue orgullo, por muchos años, de todo el verde y fecundo valle de Caucato.

5.2. Época Hay que distinguir la época en que fue esbozado y escrito el cuento (entre los años 1912-13) y la época en que está ambientado el relato, lo cual podemos fechar, teniendo en cuenta su carácter autobiográfico, entre los años 1896-97, es decir cuando el protagonista-narrador tenía entre 8 a 9 años de edad. Prueba del talento del escritor es que, siendo un hombre mayor, se retrotrae a la época de su lejana infancia y con la sensibilidad de un niño relata esta historia sencilla pero que bajo su pluma se convierte en maravillosa.

Los hechos relatados transcurren en Pisco , en torno a la familia del narrador, quien recuerda en primera persona un episodio imborrable que vivió en su niñez, a fines del siglo XIX. Un día, después de un largo viaje, Roberto, el hermano mayor de la familia, llegó cabalgando cargado de regalos para sus padres y hermanos. A cada uno entregó un regalo; pero el

que más impacto causó fue el que entregó a su padre: un gallo de pelea de impresionante color y porte. Le pusieron por nombre el «Caballero Carmelo» y pronto se convirtió en un gran peleador, ganador en múltiples duelos gallísticos. Ya viejo, el gallo fue retirado del oficio y todos esperaban que culminaría sus días de muerte natural. Pero cierto día el padre, herido en su amor propio cuando alguien se atrevió a decirle que su «Carmelo» no era un gallo de raza, para demostrar lo contrario pactó una pelea con otro gallo de fama, el «Ajiseco», que aunque no se igualaba en experiencia con el «Carmelo», tenía sin embargo la ventaja de ser más joven. Hubo sentimiento de pena en toda la familia, pues sabían que el «Carmelo» ya no estaba para esas lides. Pero no hubo marcha atrás, la pelea estaba pactada y se efectuaría en el día de la Patria, el 28 de julio, en el vecino pueblo de San Andrés. Llegado el día, los niños varones de la familia acudieron a observar el espectáculo, acompañando al padre. Encontraron al pueblo engalanado, con sus habitantes vestidos con sus mejores trajes. Las peleas de gallos se realizaban en una pequeña cancha adecuada para la ocasión. Luego de una interesante pelea gallística les tocó el turno al «Ajiseco» y al «Carmelo». Las apuestas vinieron y como era de esperar, hasta en las tribunas llevaba la ventaja el «Ajiseco». El «Carmelo» intentaba poner su filuda cuchilla en el pecho del contrincante y no picaba jamás al adversario. En cambio, el «Ajiseco» pretendía imponerse a base de fuerza y aletazos. Repentinamente, vino una confrontación en el aire, los dos contrincantes saltaron. El «Carmelo» salió en desventaja: un hilillo de sangre corrió por su pierna. Las apuestas aumentaron a favor del «Ajiseco». Pero el «Carmelo» no se dio por vencido; herido en carne propia pareció acordarse de sus viejos tiempos y arremetió con furia. La lucha fue cruel e indecisa y llegó un momento en que pareció que sucumbía el «Carmelo». Los partidarios del «Ajiseco» creyeron ganada la pelea, pero el juez, quien estaba atento, se dio cuenta que aún estaba vivo y entonces gritó. «¡Todavía no ha enterrado el pico señores!». Y, efectivamente, el «Carmelo» sacó el coraje que sólo los gallos de alcurnia poseen: cual soldado herido, arremetió con toda su fuerza y de una sola estocada hirió mortalmente al «Ajiseco», quien terminó por «enterrar el pico». El «Carmelo» había ganado la pelea pero quedó gravemente herido. Todos felicitaron a su dueño por la victoria y se retiraron del circo contentos de haber visto una pelea tan reñida. El «Carmelo» fue conducido por Abraham hacia la casa, y aunque toda la familia se prodigó en su atención, no lograron reanimarlo. Tras sobrevivir dos días, el

«Carmelo» se levantó al atardecer mirando el horizonte, batió las alas y cantó por última vez, para luego desplomarse y morir apaciblemente, mirando amorosamente a sus amos. Toda la familia quedó apesadumbrada y cenó en silencio aquella noche. Según palabras del autor, esa fue la historia de un gallo de raza, último vástago de aquellos gallos de pelea que fueron orgullo por mucho tiempo del valle del Caucato, fértil región de Ica donde se forjaban dichos paladines.

5.3. Movimiento literario: Cólonida 5.4. Género Literario: Narrativo 5.5. Especie literaria: Cuento 5.6. Personajes: Caso insólito en la literatura peruana hasta ese entonces (aunque no en la hispanoamericana), que los personajes principales sean animales, en este caso dos gallos de pelea: 

El Carmelo y,

El Ajiseco

Estos apelativos no son nombres propios, como se podría pensar, sino que aluden al color del plumaje de ese tipo de aves, tal como era costumbre clasificarlos entre la afición gallística peruana desde el siglo XVII. Habría que mencionar también al gallo «Pelado», el protagonista de la sección II del cuento. Este es otro gallo de estirpe, que fue suplantado por el Carmelo en las preferencias de la familia. El otro personaje principal es el narrador y testigo de la historia, es decir el mismo Abraham Valdelomar, que cuando aquella transcurre debía tener entre 8 y 9 años de edad, no más (algunas versiones dicen que tenía entonces 12 años, pero esto es improbable, ya que cerca de cumplir 11 años abandonó Pisco con toda su familia y se fue a vivir a Chincha). Luego están los integrantes de la familia del narrador:  Los padres (cuyos nombres no se mencionan). El padre, el aficionado de

la gallística, se levantaba temprano para ir a trabajar. La madre se dedicaba a las tareas del hogar y al cuidado de sus 6 hijos menores todavía. 

Los hermanos:

Roberto, el mayor, quien retorna al hogar luego de un largo viaje trayendo regalos.

Anfiloquio, el protector del gallo «Pelado».

Rosa, la hermana mayor.

Jesús, una niña muy inquieta y sensible, de menor edad de Abraham.

Héctor, sin duda muy pequeño aún, pues no participa en la historia y

solo se le menciona como uno de los receptores de los regalos del hermano mayor. Finalmente, son mencionados también el panadero («un viejo dulce y bueno»), el entrenador del Carmelo, el juez de las jugadas de gallos, el dueño del Ajiseco, los espectadores y apostadores de las peleas de gallos, los pescadores de la caleta de San Andrés.

5.7. Escenario La casa donde convivía la numerosa familia del narrador, personaje de esta historia, se hallaba en la ciudad de Pisco, situada frente al mar, con tres plazuelas (una de ellas la principal) y su muelle, ciudad que entonces más parecía una aldea grande.

Inmediata a dicho puerto, yendo por el camino de la playa hacia el sur, estaba la caleta de San Andrés de los pescadores, «aldea de gentes sencillas, que eleva sus casuchas entre la rumorosa orilla y el estéril desierto». Esa es la «aldea encantada» que el autor evoca constantemente en sus cuentos criollos, la misma donde se realizaban peleas de gallos en el marco de la celebración del aniversario patrio del 28 de julio. En las cercanías de Pisco y en la ruta hacia Ica, se extendía la Hacienda Caucato, que ocupaba un verde y fértil valle, copioso de árboles frutales, explotado antaño por los jesuitas. Era la tierra del Carmelo y de otros gallos de pelea de la región.

5.8. Argumento Contado en primera persona con un lenguaje tierno y conmovedor, y ambientado en un entorno provinciano y rural, este cuento nos narra la historia de un viejo gallo de pelea llamado el Caballero Carmelo, que debe enfrentar a otro más joven, el Ajiseco. El Carmelo, sacando fuerzas de

flaqueza, gana, pero queda gravemente herido y poco después muere, ante la consternación de sus dueños. Este es el tema central. Como temas secundarios podemos mencionar la vida familiar en el hogar del protagonista-narrador (incluida las peripecias del gallo «Pelado») y la vida de los pescadores de la aldea San Andrés, cercana a Pisco.

6. Cómo se lee un cuento de Abraham Valdelomar 6.1. Herramientas sencillas para comprender un texto Durante decenios, en nuestro país se han aplicado diversos y complicados sistemas de enseñanza de lectura y aprendizaje escolar, con los resultados catastróficos de todos conocidos. Promociones enteras de peruanos han pasado por las aulas,

privadas y públicas, sin por ello

acceder al más elemental nivel de comprensión en la lectura de textos corrientes.

Sin embargo, es de todos sabido, que en los niños de nuestra especie “homo sapiens” hay un momento en que se pasa del pensamiento concreto de los sentidos al pensamiento abstracto. Ese tránsito no es algo natural sino cultural, vale decir, los niños ganan lentamente su conocimiento del mundo por un generalizado proceso de autoconstrucción, en el que intervienen la familia y el medio social; pero, por otra parte, ese salto mental se adquiere, no es hereditario sino social, y depende de las prácticas sociales a las que tengan acceso en la escuela. El hábito del entendimiento se aprende en las aulas, hábito decisivo que le permitirá acceder, más tarde, al sistema de reglas lógico-científicas del saber humano. Sea cual fuese el campo profesional o artístico al que se dedique. Hay que entender, de una vez por todas, que la costumbre del razonamiento, la autorreflexión y la experiencia directa en un niño, es un proceso que se produce entre los seis años y aquellos de la pubertad. O no se produce nunca. Esclavo de lo concreto, le serán negados para siempre los objetos hipotéticos y el mundo de lo imaginario.

Para preparar este concurso, la Biblioteca Nacional del Perú, publica una colección, llamada «Primeros Pasos». En efecto, esta es la primera entrega de la que será una colección (y de lectura de textos en prosa, no únicamente

textos literarios). Publicamos ahora un relato conocido de Abraham Valdelomar, «El Caballero Carmelo». Lo que acaso sorprenda es la sencillez de la explicación que acompaña al cuento mismo; el llamado, por parte de los editores, a ejercicios simples, pero necesarios. Este tipo de enseñanza que exige del lector infantil prestar algo de atención al método de trabajo, no es distinto de los que se utilizan en otras sociedades, otras naciones y otras culturas. Se lee al comienzo de la vida por placer y de un tirón. Pero hay que decirles a los pequeños que se vuelve a leer para preparar el comentario, siguiendo el orden de los párrafos, identificando los personajes, el centro de la intriga o el drama humano de la historia contada. Por eso, cada texto invita a que se responda a cuestiones sencillas, que no cierran sino abren paso a la opinión personal. Todas esos pasos o caminos –eso es un método– se practican corrientemente en otras lenguas, otros países, y también en castellano, en la vasta comunidad de la lengua, entre nuestros vecinos latinoamericanos. Pero se han dejado de practicar en nuestro país. Señalamos esa escandalosa negligencia, sin entrar a indagar por sus causas. Observemos, brevemente, sus inmediatas consecuencias. Nadie se sorprenda que, sabiendo leer, millones de peruanos no lean. Eso se aprende en las aulas, de pequeños, y combinando el placer del texto con la práctica de la lectura que observa el texto como algo que se puede comprender, es decir, entender, fraccionar, trabajar, criticar. Por todas esas razones y ante la temible circunstancia del estado crítico de la lectura en el país, la Biblioteca Nacional del Perú convoca su primer concurso de comprensión (sencilla) de textos escritos, al que seguirán otros, que no necesariamente girarán alrededor de la explicación de un texto literario, sino de lo que podemos ir llamando, textos argumentativos.

Bien mirado, debe entenderse que esta salvedad permite dar a conocer nuestro objetivo: la práctica de la lectura con algo de método, apuntando a los textos de prosa escrita; abarca todo tipo de lectura es decir, al ancho campo del saber humano. Queremos combatir un enraizado prejuicio: la idea de que el comentario y la lectura crítica es un asunto de literatos.

Todo ser humano, en la sociedad del conocimiento de nuestros días, debe estar armado intelectualmente para enfrentar los innumerables textos:

científicos, filosóficos, artísticos, religiosos, unos prácticos y otros teóricos, que los libros, y los recursos de lo virtual, nos dan acceso. Pero ninguna computadora lee por uno. Quien no entienda un texto, está fuera de contexto. Haga lo que haga, y se dedique a lo que se dedique.

7. Análisis estructural El cuento está dividido en seis secciones o capítulos cortos. Cronológicamente el relato es lineal, con la clásica secuencia: inicio – desarrollo – clímax – desenlace.  Inicio (la llegada del Carmelo).  Desarrollo (la descripción del entorno y los preparativos de la pelea entre el

Carmelo y el Ajiseco).  Clímax (la pelea entre el Carmelo y el Ajiseco, y el triunfo del primero).  Desenlace (la muerte del Carmelo en el seno del hogar).

En el inicio el autor sabe capturar a sus lectores, utilizando la llamada «técnica del anzuelo»: en el relato irrumpe un jinete desconocido, lo que motiva a que el lector sea picado en su curiosidad y se adentre en la lectura, hasta llegar al nudo del relato. El final se puede interpretar técnicamente como un anti-clímax pues el verdadero desenlace es cuando el Carmelo gana a su rival dos días antes.

8. Análisis estilístico En «El caballero Carmelo» Valdelomar evoca con ternura y sencillez la vida de la infancia, del hogar, del puerto y de la provincia. Su lenguaje es claro, expresivo y breve, todo lo cual supone una admirable destreza técnica.

En este cuento encontramos también descripciones de fino impresionismo y una prosa que pone en relieve detalles llenos de colorido, en una estrategia cuya pretensión es dar vitalidad a los hechos comunes, a las cosas sencillas, como por ejemplo, la enumeración de las viandas que el hermano mayor distribuye a los miembros de la familia: Quesos frescos y blancos envueltos por la cintura con paja de cebada, de la quebrada de Humay; chancacas hechas con cocos, nueces, maní y almendras; frijoles colados, en sus redondas calabacitas, pintadas encima

con un rectángulo de su propio dulce, que indicaba la tapa, de Chincha Baja; bizcochuelos, en sus cajas de papel, de yema de huevo y harina de papas, leves, esponjosos, amarillos y dulces…

Ingenuas y encantadoras son también algunas descripciones, como la de los animales del corral: Venía hasta nosotros la cabra, refregando su cabeza en nuestras piernas; piaban los pollitos; tímidamente ese acercaban los conejos blancos con sus largas orejas, sus redondos ojos brillantes y su boca de niña presumida; los patitos, recién «sacados», amarillos como yema de huevo, trepaban en un panto de agua; cantaba desde su rincón, entrabado, el «Carmelo», y el pavo, siempre orgulloso, alharaquero

y

antipático,

hacía

por

desdeñarnos,

mientras

los

patos,

balanceándose como dueñas gordas, hacían por lo bajo comentarios sobre la actitud poco gentil del petulante. Al mismo tiempo, con este relato la subjetividad entró de lleno en la narrativa peruana. Los acontecimientos importan más por las impresiones que producen en la conciencia de los protagonistas. El creador tiene una conciencia que valora y modula la realidad. Por su lenguaje, materia y referencia, «El caballero Carmelo» y los demás cuentos criollos representaron una saludable superación del artificio y cultismo extremo de la prosa modernista, todavía en boga.

9. Análisis temático En este relato, Valdelomar maneja la animización, por la cual los seres o entidades de la naturaleza son caracterizados con atributos humanos. El «Carmelo» ha sido dotado con las virtudes humanas como la caballerosidad y la nobleza, añadidas al arrojo y la valentía. El narrador le endilga de epítetos como «hidalgo», «amigo íntimo», «héroe», «paladín» y «caballero medieval». El gallo es el paradigma o emblema de un tipo de conducta deseable, al mismo tiempo que símbolo evocador de todo lo que es sano y hermoso en el mundo: hogar, campo, cielo, mar, ruralidad laboriosa. Frente a él se alza la arrogancia y la ruindad de su joven rival, el «Ajiseco» quien «no parecía ser un gallo fino de distinguida alcurnia» y que «hacía cosas tan petulantes cuan humanas: miraba con desprecio a nuestro gallo y se paseaba como dueño de la cancha». Cuando el «Carmelo» lo

vence, simboliza también el triunfo de la nobleza sobre la vileza, la caballerosidad sobre la villanía, la autenticidad sobre la vanidad.

10. Entre la ficción y la realidad Si bien hemos remarcado el carácter autobiográfico del cuento, ello no necesariamente es una regla estricta, ya que el autor, como todo creador literario, sin duda ha debido recrear la historia, agregando muchos detalles ficticios o inventados. El mismo lo explicaba en una carta a su madre, al referirse a una colección de cuentos criollos, ambientados también en Pisco en los años de su niñez: «Naturalmente, hay mucho de fantasía, pero mucho de verdad, sobre todo en la descripción de ciertas cosas».10 Tampoco Valdelomar se preocupó de reconstruir con fidelidad los detalles referentes a las peleas de gallos y a las características de estos animales, tal como lo ha demostrado Marco Aurelio Denegri en su libro Arte y Ciencia de la Gallística (Kavia Cobaya editores, Lima, 1999), citada por el biógrafo del escritor, Manuel Miguel del Priego: “…tanto en la descripción del gallo Carmelo, como en la descripción de la riña en que éste participa y su secuela, Valdelomar cae en errores de nomenclatura y de comprensión de lo que verdaderamente ocurre durante una pelea de gallos y aún después. Así lo demuestra el polígrafo y experto en gallística Marco Aurelio Denegri en su libro acerca del tema, quien, implacablemente, deja en cueros, con las «plumas al viento», y privado hasta de su nombre al gallo de la narración, porque, como lo pinta Valdelomar, tiene características distintas a las que distinguen a un carmelo. El carmelo que lo es de verdad «tiene el dorso, los hombros y el arco del ala, de color pardo rojizo, acanelado; la golilla y la silla, de color anaranjado o rojo acastañado; el resto del cuerpo, blanco, y también la cola». El Carmelo del cuento, en cambio, adolece de «imprecisión cromática» – por ejemplo, no se llega a saber de qué color era su cola– y deviene «un remedo, un gallo de varios colores mal combinados, vale decir, un gallo de plumaje abigarrado», acaso «un carmeloide». Pero las inexactitudes enumeradas por Denegri con relación a muchos otros aspectos, y contenidas en el cuento, son tantas, que no nos animamos a reproducirlas, limitándonos a señalar que, en efecto –al menos, según nos parece– Valdelomar de gallística lo ignoraba todo, de pico a patas, y que, probablemente, no tuvo cómo documentarse acerca del tema estando en Roma, donde escribió su famoso relato sólo con la memoria del

corazón, a muchas millas de Pisco o Lima, y en 1913, y con apenas los datos del niño de ocho o nueve años que era cuando probablemente tuvo lugar la anécdota que lo inspiró.

11. Importancia Jorge Basadre Grohmann, quien además de historiador es también uno de los más lúcidos críticos literarios, considera que con «El caballero Carmelo» se inicia el cuento criollo en el Perú, en forma de cuento costeño que retrata la vida del hogar provinciano. Aunque la más correcta definición sería «neocriollo», para diferenciarlo del antiguo criollismo, festivo y a menudo satírico, que contrasta con la nota de melancolía con que están teñidos los cuentos criollos valdelomarianos. Habría que agregar que estos cuentos son los que han marcado con mayor intensidad y duración el proceso de la literatura peruana. Con ellos prácticamente la narrativa peruana ingresa a la modernidad. Basadre señala también que con Valdelomar aparece por primera vez el niño como protagonista en la narrativa peruana. “Con el Caballero Carmelo puede decirse que comienza en el Perú el cuento criollo. Las Tradiciones de Palma algo de eso habían tenido en cuanto pintaban algunas características de nuestro ambiente pero fugazmente u opacadas por el paramento de la evocación. Las Tradiciones, tenían, además, predominante sabor limeño. Valdelomar supo perennizar en los cuentos que inician aquel libro la vida de la provincia y, al mismo tiempo, la vida del hogar. Como López Albújar hizo el cuento de la sierra, él hizo el cuento costeño. Además, es aquí donde recién aparece el niño como protagonista de la literatura peruana, que había sido tan adulta en el gimoteo romántico como en las risas de los epigramáticos. Y al mismo tiempo, nuestra literatura donde escasea el sentimiento del paisaje, se enriquece con estas visiones límpidas del puerto y del mar. La sensibilidad de Valdelomar, un poco femenina en su dulzura y en su delicadeza, se prestaba para miniar estas páginas autobiografiadas donde el recuerdo detallaba lo pintoresco”

12. Mensaje Algunos intentan «dilucidar» en el cuento un mensaje contrario a las peleas de gallos; sin embargo no es esa la intención del escritor. Lo que entristece al niño Abraham y a sus hermanos es que se haga pelear a un animal ya viejo, con el grave riesgo de que sucumba frente a un rival más joven. De acuerdo al contexto cultural de entonces (y aun de ahora) se considera que el gallo de pelea nace y vive para pelear (lo mismo se diría de un toro de lidia), al menos hasta donde las fuerzas lo permitan; no hay ninguna objeción al respecto, incluso el autor idealiza la lucha gallística y la compara con los duelos de caballeros medievales. Si se quiere entresacar mensajes del relato, estos serían:  El amor filial y fraternal. La unidad familiar. El hermano mayor que retorna al

hogar luego de recorrer el país (en busca de trabajo) y trae regalos para cada uno de los miembros de su familia (padres y hermanos).  El entorno hogareño armónico. La madre, abnegada y cariñosa, que cumple

devotamente sus tareas conyugales y vela por su numerosa familia. El padre que sale temprano a trabajar y que regresa al atardecer al hogar.  El respeto a la autoridad paterna; a pesar de que la decisión del padre causa

pesar a la madre y a los hijos, ninguno de ellos se rebela de manera desaprensiva contra tal decisión.  El sentimiento de sincero respeto y admiración hacia la raza nativa, «los hijos

del sol»; y en general hacia todas las personas sencillas dedicadas a tareas como la pesca y la artesanía.  La sensibilidad por el sufrimiento de un animal; cuando el Carmelo es llevado a

casa gravemente herido es «sometido a todo tipo de atenciones»; cuando muere, toda la familia queda apesadumbrada. Desde un punto de vista ideológico, la pelea del Carmelo y el Ajiseco puede interpretarse como un símbolo de la lucha entre dos prototipos de personalidades: el Carmelo representa la nobleza (es de buena estirpe), la caballerosidad (no usa malas tretas y se limita a atacar con sus patas armadas) y la autenticidad (no presume lo que no es), mientras que el Ajiseco representa la villanía (no parecía ser de alcurnia), la vileza (trata de imponerse a aletazos y picotazos) y la vanidad (era presuntuoso). El Carmelo triunfa y con él todas sus cualidades buenas y ejemplares, pero a costa de su propia vida. Pero su recuerdo perdura imborrablemente y sin duda allí es donde radica su mayor victoria. Volver al inicio

13. Referencias El caballero Carmelo. Disponible en http://www.diarioinca.com/2008/04/resumen-el-caballero-carmelo-de-abraham.html Citado el 18.08.11

El caballero Carmelo. Disponible en http://www.diarioinca.com/2008/04/resumen-el-caballero-carmelo-de-abraham.html Citado el 18.08.11

El caballero Carmelo. Disponible en http://biblio.perueduca.edu.pe/documentos/cdapoyo/Promolibro/Recursos%20educativ os/Libros/El_caballero_Carmelo.pdf Citado el 18.08.11


"El Caballero Carmelo"