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BOLETÍN INFORMATIVO Nª 14. Marzo 2010

adafa, asociación de acogimientos familiares de aragón

LA DESPEDIDA EN LOS ACOGIMIENTOS.

E

n 1968 Bolwby definía la conducta de apego como cualquier forma de comportamiento que hace que una persona alcance o conserve proximidad con respecto a otro individuo diferenciado o preferido. Planteaba que como resultado de la interacción del bebe con el ambiente y, en especial, con la principal figura de ese ambiente, es decir, la madre, se crean determinados sistemas de conducta que son activados en la conducta de apego.

demandas en situaciones de estrés a obtener respuestas inmediatas, personalizadas, desde la cercanía y el afecto. En los mayores de veinticuatros meses desde el dialogo y el desarrollo sociocognitivo.

Generalmente entendemos que el apego es el lazo afectivo duradero que se establece entre el bebe y su cuidador principal y que ofrece al niño seguridad, placer, confort, apoyo, cobijo y la seguridad que ofrece tener una figura protectora accesible posibilita la exploración y las conductas autónomas.

Si la transferencia del apego es a una situación no extraña, conocida por el me no r, qu e no le genera estrés o no la vive como amenazante por el desconocimiento, los cambios bruscos, la percepción de no abandono, hace que este nue vo a peg o se sig a viviendo como seguro.

Los estudios sobre interacción temprana ponen de manifiesto la importancia que tienen las experiencias tempranas con cuidadores sensibles, disponibles y emocionalmente accesibles para el desarrollo socioemocional del niño. Dado que la conducta de apego es un proceso basado en la interacción, este proceso primario puede ser transferido a otro cuidador si la transferencia es hecha con atención y planificación (Grace, 1998). El acogimiento es un espacio donde ofrecer al menor un ambiente donde aprender conductas de apego seguro. Es desde aquí que el menor aprende ante sus

D e s d e a q u í l a importancia de transmitir toda la información relativa al menor, de preparar para que conozca la situación nueva a la que se va a enfrentar como una


situación no amenazante, normalizada, sin secretismo que pueda provocar falsos fantasmas y fantasías. Que no la viva como culpabilizadora. La narrativa de la historia personal del menor, de sus transiciones, del papel que desempeña cada miembro

Jose Angel Gimenez Alvira, Psicólogo y técnico del IASS, recientemente ha finalizado su vida laboral. Desde ADAFA le agradecemos su aportación al Programa de Acogimientos familiares de Aragón, especialmente en la formación de

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omo se señala en el borrador del programa de Acogimientos no Preadoptivos la entrega del menor a sus padres una vez finalizado el período de estancia en la familia acogedora, es el acto que representa de forma más nítida el sentido del acogimiento familiar, porque nos ofrece en un momento determinado todo un re su me n d el mi sm o. Po r e so es necesario que ese momento se rodee de un pe queño ritu al simbólico que confirme a todos los participantes el sentido de lo que han realizado. El éxito de un acogimiento vendrá señalado por la consecución del objetivo fundamental que, como repetidamente hemos señalado, consiste en el regreso del menor a la situación definitiva que se haya decidido como más adecuada a sus necesidades, bien sea el regreso a su familia de origen, bien sea su incorporación a una nueva familia por el camino de la adopción. En ese momento crucial, nada

en su vida, le ayuda a entender e interiorizar su situación. La experiencia nos señala la importancia de...(tantas cosas)....

familias acogedoras. En este boletín nos ofrece su reflexión acerca de las despedidas en el acogimiento y se acompaña con dos experiencias de dos familias. Esperamos que todo ello pueda ser de interés para todos.

simbolizará mejor para el menor, como un resumen de lo sucedido, que la presencia de las dos familias que lo han cuidado, atendido y querido. Las familias acogedoras tienen que asumir en ese momento las consecuencias que se derivan de su función acogedora, consistentes en hacer la transición adecuada entre las dos familias, transmitiendo a los padres del menor, bien sean los propios con los que retorna o los nuevos padres adoptivos, toda la información significativa de lo que ha ocurrido con ese niño durante el período que ha convivido con ellos. Nadie mejor conoce al menor y por tanto nadie debe sustituirles en ese momento fundamental. Es el mejor apoyo que puede tener un niño en tan delicada situación, en la que necesita comprender lo que está pasando y acompañar esa comprensión del apoyo y afecto de las personas que han estado junto a él, que le quieren, le dan confianza y con su


presencia le confirman que esa entrega es buena y necesaria para su desarrollo. Ese momento “si un menor es que culmina capaz de mantener el período de separación viva su capacidad familiar del de vincularse, es m e n o r , también capaz de s u p o n e hacer transfeprecisamente l o q u e rencias correctas si gn if ic a en de este vínculo con esencia el p e r s o n a s ac og im ie nt o significativas” familiar: la transmisión de un vínculo fuerte y seguro que se ha mantenido así en la familia acogedora con el fin primordial de que se pudiera transmitir sin interferencias a la nueva situación familiar del niño. Como se señala en el Programa de Acogimiento Familiar “si un menor es capaz de mantener viva su capacidad de vincularse, es también capaz de hacer transferencias correctas de este vínculo con personas significativas”. La separación de la familia de origen tiene el riesgo añadido de romper la vinculación del menor con su familia y dejarle en una situación de “limbo afectivo” que puede ocasionarle graves trastornos emocionales. Este p ro bl em a n un ca qu ed ó b ie n solucionado con los centros de internamiento y de ahí su precariedad en la atención de los menores aún cuando sus organizaciones sociales y materiales han mejorado mucho en los últimos años. Pero el principal problema sigue sin solucionarse: qué hacer con la situación afectiva y vincular de los menores atendidos en instituciones. El acogimiento familiar viene a dar una respuesta a este problema,

facilitando en el entorno de la familia acogedora, el mantenimiento de la situación afectiva del menor, de su capacidad vincular de forma que, cuando llegue el momento de incorporarse definitivamente a su familia, la transferencia de un vínculo sano pueda hacerse sin problemas”. Todo el ritual de la despedida gira alrededor de este momento que debe ser especialmente cuidado, pensando fundamentalmente en las necesidades del niño, en su bienestar, en su comprensión de lo que está sucediendo, procurando una transición fácil entre las dos fam ili as, que cie rra el cic lo del acogimiento, que supone el reconocimiento del trabajo realizado por la familia acogedora y el inicio de la nueva y definitiva experiencia familiar del niño. Ese momento significa también de manera muy especial la transmisión del vínculo, que no debe tener interferencias ni rupturas, creando además un ambiente que apoye la aspiración inconsciente de todo acogido, consistente en tener en un momento determinado junto a sí y en armonía, a las dos familias que lo han querido, porque, como una vez más dice el texto del programa de acogimientos, “eso supone una reconciliación consigo mismo y con su propia historia, elemento fundamental para la construcción de su identidad”. José Angel Giménez Alvira Psicólogo


BIBLIOGRAFIA “...esta guía trata de responder desde una perspectiva teórica y práctica a algunas de las preguntas que intrigan a quienes trabajan y conviven día a día con niños y adolescentes que padecen trastornos del apego.”

“Sólo entre los humanos hace falta algo más que la conducta de la paternidad biológica: la función paterna simbólica que está en la raíz de nuestra existencia como seres culturales.”

“Pues bien, en este primer volumen, Bowlby avanza sus célebres y cuidadosas investigaciones [...] acerca del enorme impacto que tiene sobre el niño la separación temprana de la figura materna”


LA DESPEDIDA de nuestro niño de acogida o cómo trabajar bien para hacerlo enriquecedor para todos. Maite Granado, familia acogedora

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legó como un tornado. Había pasado por varias manos, unas ve ce s de ma si ad o pe rm is iv as , otras, llenas de indiferencia, abandono, sacudidas y golpes; Había alternado caprichos y mimos, derechos y protección, con frío, suciedad, piojos y malnutrición. Y había aprendido de los adultos cómo “sobrevivir” en ese caos: Gritar, golpearse, autolesionarse lo había visto y vivido, pero cuando se lo infringía ella en grado extremo, debía de atraer la atención : y lo utilizaba. Nos informaron bien y nos aconsejaron firmeza, y no entrar en su “táctica inconsciente” para no alimentar lo que le hacía tanto daño. Cuando llegó a nuestra casa y a la primera frase que le dirigimos , “zas”, como si fuera un ataque de epilepsia, se tiró al suelo y empezó a agitarse, a patalear… Los zapatos salieron volando y con los talones se golpeaba en el mosaico del suelo a la vez que con la cabeza. Sonaba como si se fuera a partir. Y mientras daba alaridos, se metía los dedos en la boca y se los mordía mientras babeaba… ¡qué choque psicológico, qué impacto, cómo sentía cada golpe en mi pecho!… Pero nos habían avisado y si empezábamos con una táctica inapropiada luego sería mucho más difícil reconducir. Había que intentarlo en el primer “ataque”. Como un resorte me di la vuelta para mirar a René y comencé a preguntarle qué tal le había ido el día de trabajo, y a comentar temas cotidianos, sentados “tranquilamente” y de espaldas a lo que estaba sucediendo, con un punto de temblor en la voz y el corazón desbocado de angustia… ¿Cuánto duró? Un minuto, dos? Eterno se nos hizo, pero fue aflojando ella. Debió de pensar: Tanto daño que me he hecho y

aquí no me sirve de nada. El caso es que, excepto algún momento en que se desbordaba demasiado, nunca más repitió tal violencia y agresividad. Pasó a llorar, patalear y gritar pero sin tirarse al suelo y luego a enfurruñarse y cruzarse de brazos enfadada… y luego a escuchar y a aprender a asumir la frustración, los “no”, los “ten cuidado” y las normas y límites… Fue como domar un potro salvaje, susurrando al oí do y t ir an do de la s r ie nd as , espoleando los dones y los valores positivos y frenando y reconduciendo la ira, la violencia y la angustia. Todo esto fue un trabajo constante, donde apenas había momentos de relajación porque a la mínima, ella volvía a la conducta aprendida. Y tanta dedicación, tanto tiempo pasado juntos crea un vín cul o muy fue rte . Los niñ os son pequeños pero yo he observado que intuyen lo que les hace sentirse mejor. Y en este caso, empezó a dormir mejor y a levantarse más relajada; y por tanto a comer mejor, sentada en la mesa, en familia, y a entender y comprender mejor lo que veía, lo que escuchaba… A convivir con los iguales, a obedecer las órdenes, a sonreír, a mejorar su autoestima... Y empezó a crear vínculos, a dejarse abrazar y a besar, a sentarse en el sofá entre los dos, a disputarle el sitio al perro, a trepar hasta el sillón de la “yaya” y llenarla de besos… Y a vivir. Todo muy bien. Y el tiempo pasaba y el cariño, los apegos y los lazos afectivos se iban apretando… Y empezó a pensar que esta era ya su vida definitiva. Y nosotros temíamos al momento de la despedida, de la separación… porque se iba alargando y eran ya 6 meses, y 7, y 8…


Cuando se iba acercando el momento, nos ofrecimos para acoger a otro niño. Cuando llegó, le explicamos que a este bebé le pasaba lo mismo que a ella, que su mamá no podía cuidarla y que estaría también un tiempo con nosotros, y que luego veríamos lo que era mejor para cada una. Y empezamos a contarle un poco su vida, lo que le había ido pasando y a plantearle lo que iba a pasar: “Tus papás se han ido y no van a poder cuidarte. Pero van a venir unos papás nuevos que te van a querer muchísimo y te van a cuidar siempre” ( y acompañaba mis palabras con mucha alegría y confianza, risas y besos transmitiéndole la felicidad que nos suponía el hecho de que ella fuera a ser feliz.) Y al principio me miraba extrañada y de soslayo, era algo nuevo que no había escuchado hasta ahora pero como nunca la habíamos engañado, se fiaba de nosotros; y empezó a escucharlo como algo natural. Y apoyándonos en el otro bebé, le ayudábamos a crecer, a madurar, a asumir que era bueno … Cuando los padres adoptivos ya estaban elegidos, les pidieron que prepararan un álbum con unas pocas fotos, de cada uno de ellos, de la pareja, del pe rro, de las diferentes habitaciones, terraza, cocina, salón… de su casa definitiva… Su cuarto con los juguetes y peluches preparados… Nos lo hicieron llegar un viernes. Estuvimos todo el fin de semana enseñándoselo, dejándole pasar las hojas, pidiéndole que les escribiera su nombre y lo que ella quisiera, con los gusanitos de preescritura que se tomaba tan en serio ya. Repasando cada rato las fotos: “Mira tu papá D…., qué guapo, y mira, mira tu mamá M…, ay que bonita mamá vas a tener, y te va a querer, y te va a dar unos besos así y así”(y le daba yo muchos por todos los sitios y risas las dos…). “Y tu perra, ¿la has mirado bien?

la pasearás y jugará contigo. Y tu cuarto, anda, mira tienes un Fluvi que te está esperando encima de tu cama. Ay qué cama de mayor, qué chuli…” Fue una gran ayuda, fue ponerles cara, concretar los proyectos, acercarle y facilitarle la comprensión de la situación. El lunes, con nuestro álbum lleno de patas de mosca y garabatos dedicados a sus nuevos padres , fuimos (sin ella), a conocerlos, a contarles cómo había ido, a entregarles su primer regalo, y a contestar todas sus dudas y miedos. Fue enriquecedor, tranquilizador, estimulante más si cabía para todos; cada uno con su labor era muy importante en la despedida y comienzo de la nueva vida de la niña de nuestro corazón. Que ella diera ese paso sin miedo, con confianza y naturalidad era una garantía de éxito en gran medida para sus padres, porque era una niña difícil (había sido una niña difícil) y era momento de demostrarle que tenía derecho a tener una vida plena y feliz y que era capaz de entrar en ella con pie firme. Y desde ese momento y hasta el día siguiente, todo lo que se habló y se hizo, giró en torno a la marcha, al encuentro, al paso. Durmió ella bien, como una marmota agotada del día pero en un sueño reparador (había tenido tantas pesadillas hasta no hacía mucho…) El día de la entrega fue precioso aunque temblábamos como flanes. Es verdad que el entorno escogido era bueno. Evitamos el despacho frío e impersonal o el parque a la vista de todo el mundo. Era una sala donde había colores pastel, juegos disponibles y muebles y biombos decorativos con un aire agradable. Es la sede de nuestra asociación, ADAFA


Nosotros habíamos llegado un ratito antes: un café, juegos, risas, saludos…Un poco más tarde llegaron los padres con la técnica que iba a seguir el caso: llamaron, abrimos: “Mira, qué alegría, ven, ya han venido a buscarte tus papás, hola D…, hola M…, ¿qué tal estáis?, Mirad, aquí está vuestra hija”. Cerrad un momento los ojos y podréis sentir las emociones, temblores, el afecto y el amor se salen por la piel y abrazan, y miran y admiran a su niña, a su hija ya, por fin. De pronto, de pie, nos volvimos invisibles, mientras ellos comenzaban a conocerse. Nos quedamos muy quietos sin molestar. La niña nos miraba de reojo entre extrañada y tranquila, porque estaba pasando tal y como le habíamos contado. Se dejó abrazar y besar sin montar números, sin tirarse al suelo ni repetir la conducta aprendida que durante tanto tiempo se le disparaba cuando no controlaba la situación. Y yo estaba encantada, orgullosa de su conducta, emocionada del momento tan importante que se estaba dando en su vida y nosotros poder ser partícipes de su paso a la nueva vida, con aquella alegría, paz y “naturalidad” por parte de todos los agentes que estábamos ayudándola. Realmente todos hacíamos un esfuerzo por hacerle el momento lo mejor posible. Para completar la ceremonia, fuimos todos hasta su coche, saludamos a la perra que la estaba esperando en el maletero y la senté en su sillita de seguridad como hacía siempre en nuestro coche. Le dimos dos besos después de abrocharle el cinturón y otros dos a su papá y a su mamá. “Que vaya muy bien”. Emocionados y con los ojos brillantes nos dieron una vez más las gracias por todo. Cerramos la puerta del coche y nos fuimos. Punto. Yo andaba y creo que apenas pisaba el suelo de la calle, de lo emocionada y

satisfecha que me quedaba. Había podido conocer a sus padres, charlar animadamente transmitiéndoles información sobre la niña, contestando a sus dudas y preguntas, siempre ayudados por la coordinadora quien nos dejó hablar, nos apoyó y nos acompañó en el proceso de entrega. Las fotos y los objetos importantes para la niña que les entregamos, las fichas y dibujos dedicados para sus nuevos papás… les acercaron a su hija antes de tenerla, les hizo sentirla un poco suya antes de conocerla… Creemos que todo esto ayuda al éxito de la adopción. Y para nosotros, es la culminación de un trabajo hecho con tanto mimo y esfuerzo. El reconocimiento de la importancia de nuestra labor, el poder desearle Buena ruta, buen camino de la vida y cerrar el ciclo en el que un niño viene desorientado, confuso, aturdido, y emprende su nueva vida confiado, estable, tranquilo y preparado para el cambio.


Otro final Beatriz Vázquez, familia acogedora

E

n e l t ie mp o q ue ll ev am os realizando acogimientos hemos vivido diferentes finales: Niños que han vuelto con sus padres, algunas adopciones y también un caso en el que el niño fue a vivir con familia extensa, que es del que os queremos hablar. Fue nuestro segundo acogimiento, de eso hace ya cerca de cuatro años, pero, fue uno de los niños que más huella nos dejó, no sólo por lo necesitado que llegó sino también porque fue un acogimiento bastante largo. Cuando le recogimos tenía seis meses, llevaba tres viviendo en el Jardín de infancia y antes había pasado algunos días en el hospital. Llegó a casa asustado pero, antes de una semana se había acostumbrado tanto a nosotros que si lo cogía otra persona lloraba. Ese apego fue creciendo conforme pasaban los días y llegó a estar con nosotros más de 10 meses. Durante este tiempo le vimos crecer y compartimos muchas cosas: sus primeras sonrisas, sus primeros dientes, sus primeros pasos, sus primeros bailes, sus primeras palabras, sus primeras patadas al balón, sus primeras rabietas...era un niño muy alegre y gracioso y todos disfrutamos mucho de ese tiempo. Po r f in s e ac erc ab a e l fina l del acogimiento, su caso se iba resolviendo y el niño iba a ir a vivir con unos tíos a los que él no había visto nunca. Sabíamos que el niño lo iba a pasar muy mal por el gran apego que nos tenía, si no nos veía a alguno de nosotros lloraba. Con dieciséis meses era pequeño para explicarle y que entendiese lo que iba a

pasar por lo que pensamos en la posibilidad de que pudiera ver a sus tíos por lo menos una vez antes de irse con ellos y no le resultaran desconocidos. Preparamos la salida con el equipo de AD AF A y pa ra al iv io nu es tr o, se concertaron varias visitas antes de que el niño se fuese. Como era verano se hicieron las primeras en el parque, al principio estando alguno de nosotros y luego ya pudimos irnos. En esos primeros encuentros pudimos informar a sus tíos de sus costumbres y aclararles dudas. La siguiente salida fue de varias horas una mañana y hubo una más en la que fue a pasar todo el día a casa con ellos. A la vuelta de cada visita el niño se lanzaba a nuestros brazos y les decía adiós a ellos todo el rato. Después de la última nos dijeron que había estado feliz con todos, que cuando tuvo hambre cogió un yogur y una cuchara y se lo llevó a su tía para que se lo diera, que había dormido la siesta... y entonces supimos que ya estaba preparado para irse. Cuando llegó el día de la despedida y lo tomó su tío de brazos de mi hija el niño no protestó y se fue contento y confiado. En el coche llevaban ya sus juguetes favoritos: su corre-pasillos, su balancín, sus piezas de madera...eso también le ayudaría a hacer menos brusco el cambio y sentirse antes “en casa”. Cuando días después aun nos salían sus piezas de madera en cajones, en el pa ra gü er o o do nd e la s ha bí a id o metiendo, no teníamos la sensación de tristeza que esperábamos, nos reíamos al recordarle porque sabíamos que él estaba feliz. sede social:

C/ de la Ripa 9, local A, 50006 Zaragoza Tfno: 976-07.66.03 , Fax: 976-09.21.43 , Email: adafa@adafa.es , web: www.adafa.net

marzo 2010  

la despedida en los acogimientos

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