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ACROCORINTO es aquella montaña donde Sísifo fue castigado por los dioses a empujar una roca y dejarla rodar una vez estando en la cima para volver a repetir su destino eternamente. A pesar de todo y a manera de venganza Sísifo encuentra la dicha en su destino porque le pertenece. Tal como Camus explica en su libro, El mito de Sísifo, “El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso”. ACROCORINTO es la revista de arte, literatura y pensamiento que nace de la idea de un sueño, que por accidente fortuito produjo una reacción en cadena en la cual, los que formamos parte de ella, nos hemos visto atrapados en el placer de hacerla. Partimos de la necesidad de expresar nuestras inquietudes y encontramos en la revista el espacio donde poder hacerlo. ACROCORINTO es la unión de varias cabezas que conforman la revista y por ende comparten esa inquietud literaria y artística que los identifica. Desde este pequeño bastión acompañados por muchos otros, no queremos ser mejores, ni pretendemos descubrir nada nuevo, sino sumarnos a la lucha de todos aquellos que también buscan divulgar y reflexionar sobre la cultura. Nos encontramos en la retaguardia de una sociedad en la que las humani-


dades van perdiendo peso y las palabras se desvalorizan. Creemos en el poder que éstas tienen para guiarnos por nuestra vida, por nuestro camino, ése por el que debemos arrastrar nuestra propia piedra. Mostrar nuestras inquietudes a través de las palabras que conformarán nuestros textos, curiosidades resueltas y preguntas sin responder. Nuestro punto de apoyo es el entusiasmo, lo que no queremos perder, el espíritu del que escribe por afición, siendo consciente de lo que comporta, construyendo una faena seria y lo más profesional posible. Todos los sísifos de nuestro ACROCORINTO particular nos encontramos cada domingo en la base de la montaña para hacer rodar nuestra piedra hacia la colina, compartiendo nuestro trabajo, aquél que llega a los lectores a través de la revista, pues nosotros nos leemos, nos corregimos y nos escuchamos. Eso es lo que queremos ofrecer.


- CONTENIDOS -

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Editorial La redacción 8 Correspondencias Chema Seglers 9

Poesía Para no volver Edmar T. Vega 13 En tus ojos el tiempo Ana Valeria Jiménez 14 A mis chopos Roser Martínez 15 Entregarse Edmar T. Vega 17 Microrrelato Por si vuelves Esmeralda Barreyro 18 Imaginemos esta historia Ana Valeria Jiménez 20 Aeropuerto Aina Sau 21 Cuento

Toc toc Enrico Banzola 23 Ella viaja sola Belisa Bartra 26 Camino con Camilo María Laín 31 Basado en los versos de Catulo Carla Pascual 34 El flaco del alma Toni Carrera 38


44 Artículos Viaje a la abstracción Blanca Fullana 45 Aller simple Lluís Bertran 51 60 Crítica al crítico Muerte con diamantes Maria Notó 61 Souvenirs Roser Martínez 65 70 Entrevista Entrevista al viajante: Carlos Skliar Edmar T.Vega y Roser Martínez 71

77 Viñeta L.D.C. Ana Tirado


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-EDITORIAL-

V i a j e . Al escoger este tema nunca hubiéramos imaginado que sugiriera a las mentes de nuestros colaboradores tal cantidad de ideas. Éstas se han visto reflejadas en una cuantiosa variedad de textos creativos, que han eclipsado la mayor parte de la revista. Pocos son los que se han atrevido a alejarse de la ficción, para tratar el tema de una forma más académica. ¿A dónde irán las palabras, a dónde nos llevarán…? ¿Viajeros, cuál será el recorrido en esta aventura? ¿Existe algún destino?

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-CORRESPONDENCIAS“Una obra de arte sólo se explica con otra obra de arte.”


Weymouth Sur de Inglaterra. En la resguardada bahía de Weymouth sopla el viento con fuerza. El cielo encapotado está surcado por gaviotas. ¡Y cuervos! Caminamos por la bahía de Weymouth, su playa de piedras y gravilla. En la lejana línea del horizonte, el cielo gris se confunde con el grisáceo azul del mar. Al atardecer, los niños juegan en la playa. Corren, saltan, gritan. En sus manos, esas piedras se convierten en pequeños y certeros proyectiles que lanzan a las gaviotas. Estos pájaros sobrevuelan los tejados de colores oscuros de las casas e inundan con su grito todo el pueblo. Hay dos calles principales en Weymouth: St. Thomas y St, Mary. Paseamos por sus calles: tiendas típicas de destino turístico donde puedes comprar postales, bañadores, pelotas de plástico, zapatillas verdes, un flotador, un llavero, etc. Muchos establecimientos ofrecen el “Fish and Chips” inglés y su triste cerveza sin gas. Último día en Weymouth. Continúa soplando el viento. Hace frío. Antes de ir a la estación, miramos la playa y la ancha bahía gris. Esta tierra se la disputan los niños contra las gaviotas y los cuervos.

s e r d n o L

f ri n. A e o t d rix e B os don d e o r arri ndede De est n b , s y te tas. En u dre Lon iendas as, fru tante. ras p t de t es, ro o cons Mien n e o r r u ca mig u lib r Ho e de s b Uri

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as llen , s sa , rvio cados e n s e . es call ano, p icanos men s u s a ir m tt. lan unda s jam de K b qua e s a o g u l n e p m nu de s eren poe bes es e s ára óviles e sugi este e y on al. os leo ss m jap o. ndi s u can nden ltura azar, e r ilba rra M e cu al n. T se v co de glés y : xto elo a B a Gue , i r eB vu da in nd sai no io d añana Segu tan na mo típico la ma r r la Ba sto e M en pub ógem res. nado. os de no cu s de te d n m "Lo os ce habla Japón s libro . to c tan em té, lo se: rra en

a H n gue l a fr s, e nos ne Co ancia s má ona la a únic ki" E asa Los uno. menci os, est g a N e al dic no se o men ay ndi m u i i s h s y ya.” os ca o má aM err 42-45 e Hisr isca c u V o P s. 19 s d de aG rna sas und s años omba u a t g c c e s S b lo s la s no "La entre n las uta alle o n c c i e s fu inó su o. dim por ilba la son term r B a d nil acia y an o h venta n l o e t x Vu de la Bri 10 en Des r i Viv


s o e de n y dill eve us icca a y br con s P s r s ñ pue peque diose a. Cae e los err ua ruc el c a estat mor a de gu d o ta l pos o te ntr l ce lumna dader n tiem dilly. e n n: r e icca a. E e la co có ve amar tow de los o. í P a d n o n r o s hi oj edi a sob prov teme eder e r C parate a de r oja y M o o z . l c n p y d a os esca umin unta r dill -, se to ala y quie ede su a m c a i a il b c os a Pi plaz bich s. H or pu min s en l do se mara a a c a e e t , h na un s. Es flec el am he e to ant ad s noc errog inens uto. ¡U Pas e Ero grosa iones . l t d D n o n i o ra bs ío. lon oi pel as pas rixt jo gi n su e fr com hina licio a B c l O e a e d en o h sados n la c n bul ón l Gran empo Pero N i s . E a u o . s , .E l ti pen he. nos ero Soh ato ña ndres ena e a noc e En lgan p es chi ervid u Su Lo t eq el h a p esis. uevo. ras d cue auran s un l a e t n ho ám os res arrio ! am a el T eza de estas s a b e d z l r i p E endi eg ru sa a . a. R que c do em digio sueño d enc a ro ug el nte y to adr el pue Ben me y p ncilia m De s por el Big , enor no co mo ente d inada ansa, r c enf e ilum o des r tor dres n Lon

FRANCIA,

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la Provence y Marseille A ambos lados de la carretera se sucede el paisaje de la Povence francesa. AquĂ­, la naturaleza es suave, armĂłnica, de proporciones humanas. Tierras de cultivo y tonalidades verdes y marrones. Se acerca septiembre. Los rayos de sol del atardecer se deslizan por el paisaje. Claroscuros. Los campos de lavando duermen ya cosechados. Todo adquiere de repente textura. Dejamos atrĂĄs carreteras comarcales y entramos ya en la autopista. Por la radio suenan los primeros acordes de Fina Estampa. Y Caetano. Chema Seglers

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-POESÍA-

Para no volver Edmar T. Vega

Vuelvo para no perder, para no perderme, para no olvidar este que soy ahora, para decir esto que es mío, que no es nada y se me escapa. Hoy el que escribe no es el que ha sido, el que fue se extravió en cada paisaje de montañas escondidas, de ríos de calles empapadas y ciudades infestadas. Del olvido, contemplo y me contemplo, miro el camino perdido y busco el lugar donde no estuve, lugar que existe sin estar conmigo. Vuelvo porque tengo que. Porque no existo más aquí sino allí donde nacieron las piedras de mi infancia, lugar de polvo y sal. Vuelvo para no perder, para no olvidar este que soy ahora, después de todo y después de tanto vuelvo porque el mundo ya no me ata. Esta vez vuelvo para no volver.

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En tus ojos el tiempo Ana Valeria Jiménez

Quién te viera dando vueltas, andando de un lado a otro, y sin perder la magia de lo impredecible. Quién te viera recorriendo la tierra y llenando tus ojos de horas sobre paisajes ordinarios, sobre miradas cualquiera. Quién te viera a ti observándolo todo, llorándolo solo, mientras no dejan de caer las hojas en otoño, mientras no cesan las mareas. Quisiera penetrar tu mirada un segundo al menos, mirar contigo mientras desnudas las calles con sus historias más íntimas, mientras las cubres de júbilo soñando la eternidad, mientras callas. Pues tus ojos esconden tiempo, pues tus ojos han imaginado. Desde dónde nos miran, desde cuándo.

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-POESÍA-

A mis chopos Roser Martínez

Chopos de Machado, sé que no me odiáis, entre ellos no te escondas Duero. De andares me encuentro, entre mis propias llanuras esas fértiles secas de las que el cielo es dueño, - no ha llovido- me dicen al llegar a la aldea donde todo se detiene y el observar te aguarda. Ella sale cachaba en mano, a bajar rudas escaleras, espalda de campo, que mira a la tierra, de arados dados en juventud. -¡Pocas alegrías da el campo!- gritan voces viejas. Transito viendo desde la ventana con motor viñas y trigo, sabia de mi sabia, no paro a saludarlos. Soy extranjera en mi casa, mi horizonte, sólo hablo con las nubes que con su oído tosco no me oyen. De Villaciervitos para Villaciervos, aliento a aliento, botella a botella, yo no conreo, sólo bebo.

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El verde de los árboles del Madero saludan a su rey el Moncayo, lleva corona blanca los días fríos, y yo lo miro y me extraño. Y paso sin más, en busca de un sentimiento extraviado, encontrando nuevos en su florecer, capturo un instante, lo saboreo y me marcho para así volver.

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-POESÍA-

Entregarse Edmar T. Vega

Entregarse, rendirse a las llamas de la sangre que despierta del frío, ofrendarse a la bestia de fuego que alimenta los sentidos. Es la carne ahogada en el sueño que nace del silencio entre las sombras. Sobre mis ojos tus ojos, reposan y arde el cielo. Quita esta piedra de mi pecho, no hay rincón en esta sala que no desvele mi amargura; cada región, cada páramo de este cuerpo entumecido. Es la distancia, el trayecto de dos manos que no se rozan, que no se encuentran, que viajan a un cuerpo extraño e inalcanzable, casi palpable pero que nunca llega. Sobre este álveo de sábanas yace todo cuanto poseemos, tu cuerpo, el mío. Sobre mis ojos, tus ojos, y el trayecto de dos vidas que no se tocan, que no se encuentran.

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- MICRORRELATO-

Por si vuelves Esmeralda Barreyro “Así de simple…ni yo me voy ni vos te quedás.” No mires para abajo, Eliseo Subiela

Vale que empezó con lo del sexo tántrico, pero ahora ya viajabas, sin moverte del lugar, siempre que te lo proponías. Además hace años que hasta elegías los destinos. Es verdad que solían ser viajes cortos, pero sólo porque no podías pasar mucho tiempo sin prestar atención al presente. Al principio, tus primeros viajes premeditados los programabas en momentos precisos del día en que estar ausente no fuera un problema, pero aun y así, algunos se percataban de tu mirada perdida; y esas primeras veces tus paseos por ciudades extranjeras se veían interrumpidos por algún codazo, o porque alguien repetía tu nombre con vehemencia. Yo misma alguna vez, con un gesto brusco, te habré hecho volver de Praga o de Taipei, cómo saberlo. Sin embargo, últimamente, -y espero que no creyeras que no me había dado cuenta- fingías todo el tiempo. Ni siquiera te molestabas en buscar un rincón, un momento del día en que nadie fuera a interrumpirte. Fingías con alevosía y tu técnica era realmente prodigiosa, porque hasta yo, que he sido testigo de tu don desde el primer día (aquel fatídico día en que te convencí para probar el sexo tántrico), no me enteraba de que no estabas hasta que pasaban ya unas cuantas horas: en la consulta del médico, en reuniones familiares, en cenas de cumpleaños con amigos… Eso cuando me daba cuenta y estaba a tiempo de hacerte volver. Sucedió más de una vez y más de dos, en que yo no sabía que estabas fuera y pasaba días enteros sin ti y sin saberlo; que si no te llamaba yo, no volvías, porque por lo visto ahí en tus viajes el tiempo transcurre mucho más lento. Y así estamos, llevas fuera cuatro meses y medio. Tus amigos ya empiezan a preguntarme por qué no contestas las llamadas; tus padres que por qué ya no les invitas nunca a comer;  los niños que qué pasó

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con los domingos en el parque. Yo, la verdad, a estas alturas, me conformaría con saber por dónde andas y si es bonito el paisaje, porque te vas a quedar ahí, créeme, que yo no vuelvo a llamarte.

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- MICRORRELATO-

Imaginemos esta historia Ana Valeria Jiménez Hace un par de días me propuse escribirte una carta para contarte todo lo que no te he contado desde que me fui, aquello que no nos decimos nunca. Entonces, de pronto, intervino mi imaginación: me imaginé que estábamos solos en el mundo recordándolo todo, sentados sobre una tabla de madera gigante, flotando en todas las aguas, dulces y saladas, sin tierra a la vista, sin nada más que andrajos mojados sobre la piel y un amanecer. Tú estabas igual que siempre, sonriendo con los ojos caídos y respirando esa calma excesiva, casi enervante. Yo no paraba de reír y de llorar, de los recuerdos, de tanto hablar y de lo absurdo que resultaba todo. Y tú y yo vivos, y esa tabla que nos alargaba la vida lo suficiente como para contárnosla por última vez; y revivir la tierra, la que habíamos habitado de niños, la que pisamos durante largos años sintiendo que era nuestra. Y me contaste tus miedos, los más infantiles y tiernos, y celebramos nuestra infancia como la etapa más cuerda de nuestra existencia. Después yo te conté mis sueños megalómanos sobre el entendimiento, y mi miedo a la urticaria y a los hormigueros. Así nos desnudamos sin razón ni consciencia, como lo más natural del día, como un bostezo en la mañana, mientras el sol subía hasta llegar a lo más alto del cielo secando mis lágrimas. Alabamos a sabios y a artistas, y recuerdo que callamos unos minutos cuando no pudimos encontrar nada que se pareciera al estornudo, entonces tú reíste y te recostaste sobre mis piernas. Se nos fue la vida en palabras; yo te lo conté todo mi amigo; y al final, la noche.

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Aeropuerto Aina Sau Corríamos, aunque íbamos sobradas de tiempo: su avión salía en dos horas. El aeropuerto del D.F. era enorme, pero en comparación con lo que había allí fuera me parecía un sitio recogido, como una habitación nueva y blanca. Al despedirla me hubiera encantado llorar hasta que se me secaran los ojos, para mostrarle la alegría que sentía dentro por lo grande de este mes juntas, y la tristeza que suponía separarnos tan de repente y en un sitio tan impersonal; de todos los rincones que recorrimos, el único realmente neutro, sin identidad. Estábamos en México, pero hubiéramos podido estar en cualquier otro aeropuerto, de cualquier otra ciudad. La despedida tuvo poco de emocionante, escasas palabras, y nada de mexicano. Sólo un abrazo silencioso. Con los brazos la apretaba bien fuerte, a ella y a todas las emociones que estaban allí y que se hubieran podido escapar de un momento a otro. La vi alejarse, con su mochila violeta y su caminar poco elegante. Con los dedos de la mano izquierda se tocaba un mechón de pelo y hacía tirabuzones. Desde el otro lado de la barrera no lo veía con claridad pero lo sabía. Hacía tirabuzones con el pelo siempre que conducía o que estaba nerviosa o pensativa. Todavía faltaban seis horas para que tuviera que ir a embarcar, y ahora se me presentaba una mañana vacía. Por primera vez en un mes estaba sola, pero lo peor no era esto, sino que realmente me sentía sola, abandonada en este mundo de ajetreo y de tránsito, en el que realmente no hay habitantes, sólo pasantes. Estuve matando el tiempo como pude: mirando revistas, tiendas de souvenirs carísimas, observando a una pareja de adolescentes que lloraba desconsoladamente al despedirse, releyendo nuestro diario de viaje… De repente escuché por los megáfonos del aeropuerto una voz de mujer pronunciar mi nombre. No podía ser. Miré el reloj: todavía faltaban más de cuatro horas para que saliera mi vuelo. ¿Qué estaba pasando? ¿Me había equivocado de hora?

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- MICRORRELATO-

¿De vuelo? Tal y como había pedido la mujer del megáfono me dirigí a la caseta número tres, que estaba muy cerca de mi asiento. Caminaba rápido y el corazón me iba a mil. Ya visualizaba la caseta y… alguien acompañaba a la señora que acababa de hablar por el altavoz. De lejos parecía un enorme bulto violeta, pero sabía perfectamente quién era. Casi simultáneamente tiramos las mochilas al suelo y corrimos hasta lanzarnos al cuello de la otra, en un abrazo que de tan fuerte seguramente nos dolió. La miré emocionada, esperando una explicación a todo aquello: “¡Me han atrasado el vuelo porque un pájaro se metió en el motor, tenemos dos horas para estar juntas!” Me reí con gusto, de pura felicidad. Y ella también. Era el mejor regalo que nos podrían haber hecho. En realidad, fue la primera y única vez en la que nos regalaron algo tan valioso como es el tiempo.

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- CUENTO-

Toc toc Enrico Banzola

Hola. Estaba pensando, justo antes de empezar a escribirte, que es posible que este mail ni siquiera lo leas. No, no estoy pensando en la papelera, una inmotivada confianza me anima a creer que, al menos por curiosidad, acabaras echandole un vistazo a estas pocas palabras imprevistas? improvisadas? El problema es otro. Quien me asegura que en todo este tiempo tu no hayas cambiado direccion? Y si me viera el mensaje rebotado que? Bueno, intentare arrojar la piedra de cualquier manera: prometo desde ahora no apartar la mano. Oye, voy al grano: te escribo despues de todo este tiempo porque de vez en cuando vienen a verme fantasmas. Metaforicamente hablando, claro esta, creo que aun no estoy totalmente chiflado. Por un conjunto de razones y casualidades que no tengo la mas menor intencion de explicarte sin recibir antes una respuesta tuya, me he largado de Espania. Hace poquito, mira. A saber si alguien te lo comento, asi, de rebote, igual yo ahora estoy aqui escribiendote y sin saberlo ya se me fue al traste el efecto sorpresa Pero hagamos como que no te has enterado. Entonces, yo voy a hacerme un poquito el misterioso, te voy a decir que estoy en un pais relativamente lejano, donde aun no conozco a nadie y donde no entiendo una mierda, o mejor dicho, donde no conozco a nadie tambien porque no entiendo una mierda (e ingles chapurrean poquito). Tan solo escribir con este teclado misterioso, oracolar, con los acentos escondidos no se donde (y para uno como yo, que incluso los mensajes del movil los escribo con puntuacion plena... mejor dejemoslo, ojala me arreglen rapido el portatil). Y entonces, como estoy aqui, solo, (todavia) exiliado en la incomunicabilidad a pesar de los cursos de lengua gratis, vienen a verme fantasmas (me doy cuenta de que me he ido un poco por las ramas, perdon). 23


Para encontrar algo familiar en mi entorno, llego a ver cosas que, lo se perfectamente, no estan. Que bueno, creo que le pasa a todos aquellos que de golpe y porrazo se encuentran en un ecosistema extranio. Por ejemplo, el otro dia estaba en una tiendecita tipo paki, tratando de descifrar una hortaliza tan verde como misteriosa y de repente aparecio Carmen haciendo cola en la caja con apenas una red de cebollas. Desde luego no era ella, salvo prueba contraria se donde vive, pero como te decia mi cerebro aun no se ha recuperado de la desubicacion masiva al que le he sometido y procura guiarse sembrando, por lo poco que pueda servir, detalles conocidos en este infinito mar de ignoto. El domingo pasado tambien: estaba volviendo de una suerte de excursion en las afueras, todo solito, y al bajarme del tren, entre todo el barullo que puede haber a esa ora, oigo claramente la voz de la locutora anunciando, por encima de toda sospecha “Proxima estacio: Sabadell Estacio�. Sin comentarios.Y bueno, que estuve yendo regularmente a Sabadell durante muchos anios, pero desde que lo deje con Nuria, no lo volvi a pisar, me falto una razon fuerte para tragarme todos esos kilometros asi como asi... Y bueno, nada, solo queria decir que en todo este vaiven inmaterial de cosas y personas tal vez, tal vez, me acorde de ti, de ese famoso viaje a Irlanda y de tu esmerada obra de clasificacion de las incontables cervezas locales Entonces intente reconstruir por que llevamos anios sin hablarnos, y me parecio un trabajo de arqueologos, mientras en cambio recuerdo perfectamente Irlanda o, para poner otro ejemplo, todas las tardes y noches que pasamos sudando en el local de ensayo No se, quiza la distancia, en el espacio mas aun que en el tiempo, puso a cero todas las cuentas pendientes que todavia creia que tenia. Quiza, ahora que estoy aqui, mantener un comportamiento ofendido me parece perfectamente inutil. Por esto acabo de intentarlo: en el caso de que no me contestes, yo no tengo nada que perder, no van a haber tragicas repercusiones para mi orgullo herido, porque todo lo 24


- CUENTO-

que paso para mi ya es material de archivo. Entonces oye, sin compromiso: espero una respuesta tuya, sintetica tambien, y si te parece luego te envio una postal con el mas esplendoroso panorama de la ciudad que pueda conseguir, para que puedas formarte una idea. Unos dias de vacaciones puedes tomartelos? O crees que voy demasiado de prisa? Sea como sea, de entrada, aqui no vuelan todas las companias del mundo mundial pero algo por un precio mas que razonable se puede conseguir. Bueno, basta ya, para variar he hablado demasiado. Tu ten paciencia y cuidate. J.

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Ella viaja sola Belisa Bartra

“Viajero: un ser en movimiento constante, un extranjero perpetuo que, como tal, contempla la realidad con ojos nuevos.” David Roas, prólogo de No tienen prisa las palabras. “El extranjero. Aquel a quien los sonidos de la calle le alcanzan un poco más tarde.” Carlos Skliar, No tienen prisa las palabras. “Recuerdo un día como hoy, me fui de casa a tocar rock’n’roll y no volví nunca más […] todo lo que pude sentir, todo está sellado en mi alma.” Fito Páez, La rueda mágica

Desde el balcón de la segunda planta la vio salir del edificio. —¿Estás viendo a esa mujer? —preguntó Mario a su amigo. —Sí, es la sudaca que vive en el piso de abajo. —Hostia, pues no tiene pinta de extranjera con esa piel tan blanca… ¿sabes de dónde es? —No, pero tiene un acento raro. —Ah, pero es que hablas con ella… —No, me la cruzo cada día en la escalera, apenas me saluda y sigue su camino. A veces va con un chaval que tendrá unos cinco años. Mientras tanto, la mujer caminó hasta la esquina y se detuvo, distraída con su teléfono móvil; parecía sumergida en el aparato, escribía

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- CUENTO-

rapidísimo, «como pez en el agua», se dijo Mario, «un pez electrónico, cibernético». El cabello, larguísimo, gravitaba en sus hombros para deslizarse luego por su espalda. En algunas culturas el cabello implica fuerza, valor; se preguntó si en el caso de esta mujer sería así. Se preguntó cómo sería, de dónde vendría, por qué habría llegado a España y qué hacía. ¿Habría vivido en otros sitios hasta decidir que este era el que le ajustaba mejor, o habría venido desde su tierra directamente a esta? «Supongo que parte de su familia será de aquí porque tiene facciones bastante europeas, mezclada seguro, porque en esos países, donde estuvieron nuestros antepasados de cacería, el mestizaje fue brutal». Le costaba entender a esos seres inquietos, esos viajantes incansables. Por ejemplo, no podía comprender a los conquistadores, tan aventureros, así como tampoco a esos inmigrantes, tan arriesgados. Para él la ocupación de viajero era peligrosa, errática, en eso se la pasaban toda la vida, de un sitio a otro, del pasado al presente, del timbo al tambo, del aquí al allá y de este último al más allá. ¿Por qué iba uno a ir de un sitio a otro buscando lo que no se le ha perdido? En un intento de empatía, dejó que penetrara la duda: quizá era simplemente algo que no se había encontrado, en algunos casos se podría llamar esperanza, en otros alegría, también se podría afirmar que los viajantes no buscan nada que no pudieran encontrar en sí mismos si se tomaran la molestia de buscar bien. Mario se preguntó cómo alguien podía abandonar su propia tierra, su patria, que es como decir la madre. ¿Cómo habría podido alejarse de todo su mundo, de lo conocido, de lo amado? Él se sentía incapaz de lanzarse de esa manera al vacío y decidió que aquélla era una mujer valiente. La observó un rato más, hasta que desapareció de su vista cuando la luz del semáforo señaló el paso peatonal.

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Horas después, cuando bajaba las escaleras del edificio, supo que la mujer había regresado a casa porque a través de su puerta se escuchaba a Fito Páez mezclando su voz con la de ella. Los dos sudacas cantaban: «…un sueño con el Liverpool bar y ella que siempre se va, una foto de los Rolling Stones, mi vieja nunca los escuchó y no me puse a llorar…». Ya en la planta baja, decidió husmear en el buzón de correos. Se podía leer su nombre impreso en una etiqueta blanca: Isabel Leal. No le sonaba a nada extranjero. «…los días en cualquier lugar, perdido en una inmensa ciudad, en una rueda mágica…». Por la rendija del buzón se veía el borde rectangular de un sobre donde pudo reconocer el logotipo de Carrefour. Con los dedos haciendo una pinza extrajo el sobre por la ranura y leyó su nombre completo, así descubrió su segundo apellido: Morillo. «Coño, eso suena a moro… Morillo es un moro chiquito. No es que sea racista, es que los extranjeros son tan distintos». «…recuerdo un día como hoy, me fui de casa a tocar rock’n’roll y no volví nunca más…». Cuando Isabel tomó la decisión de dejar atrás su país, lo hizo con la intención de huir de los pedazos de patria que amenazaban con caerle encima y aplastarla. Afirmaba que no podía vivir en un lugar donde se sentía asfixiada por la falta de oportunidades, simplemente no encontraba la manera de mantener firme la esperanza en la mano para evitar que ésta se le escapara como si fuese arena. Y se fue. Le molestaba aquello de “madre patria”, pero escogió una ciudad española situada a unos diez mil kilómetros de distancia de su presente, que entonces le daban la sensación de estar más bien en otra galaxia. 28


- CUENTO-

Isabel bajó las escaleras, con una bolsa de basura en la mano izquierda y las llaves de su casa en la derecha, para encontrarse con un hombre de unos treinta y tantos que, ceñudo, observaba una carta. Él, absorto en sus pensamientos, no sintió los pasos que se acercaban hasta que comenzó el interrogatorio: —¿Eres de correos? —No… —Mario sintió cómo la sangre se deslizaba bajo la piel de su cara hasta hacerla arder. —Pero esa carta es mía, ¿no? —no lo dijo con mucha seguridad, pero en realidad sí estaba segura. —Sí, es tuya —Mario tragó saliva pero le pareció que era como engullir una bola de papel arrugado. ¿Cómo explicarle a esa mujer que su estrambótica curiosidad era inofensiva? Tras unos cinco minutos de engorrosas explicaciones, de hablarle sobre el interés que le provocaba lo lejano y lo ajeno, Mario se atrevió a preguntar: —¿Por qué estás en España? Ella también se había preguntado eso, especialmente en los días que pasó de vacaciones en su propio país, recorriendo las calles de la infancia disfrazada de turista. Y mucho después, cuando regresó a España. Los viajes de ida y vuelta que ya no se sabe dónde empiezan ni dónde terminan, o si acaso empiezan o terminan. «El viaje al origen, o el regreso al pasado, o viajar al olvido, o cualquier cosa que se le parezca al hecho de regresar al país que uno dejó atrás, que uno siente que traicionó porque lo dejó así como a un amor despreciado. Uno se excusa con eso de que no eres tú, soy yo, y es así, no eres tú, país amado y abandonado, soy yo, que no me hallo, que no me 29


encuentro dentro de mí misma cuando estoy dentro de ti y tengo que salir de tus entrañas y largarme a una patria adoptiva, que hace mucho tiempo fue una madre impuesta pero que hoy me enseña a extrañar ese vientre materno que es mi propio país pero a la vez, sí, también, a amar la casa ajena, y hasta a hacerla propia». Isabel había escogido esa ciudad, pero sobre todo ese país, porque asumía que una parte de él le correspondía por derecho propio, porque tenía sangre mezclada y porque aunque madre no hay más que una, también hay abuelas, que son madres de las madres. Para ella, España era la abuela patria. —¿Por qué estoy en España? Pues mira, chico, yo estoy aquí en la reconquista. «…todos ya nos fuimos de aquí, todos ya nos fuimos de casa… todo lo que pude sentir, todo está sellado en mi alma».

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- CUENTO-

Camino con Camilo María Lain

Me pasaban factura los sentimientos igual que una mañana de resaca, cuando te despiertas desnudo con el balcón abierto, la garganta anulada y la lengua fosilizada, siendo por primera vez consciente del giro orbital del planeta, de su inercia, su rotación involuntaria como un latido humano, y con ese ardor entre y dentro de los ojos, del estómago, del corazón. Mirar hacia delante. Y sí, ahí está el cielo azul, como un dios comprensivo y misericordioso, que te sonríe benevolente a pesar de tu lamentable enajenación y pérdida, a pesar de tu locura barata que se constata en el vaso de agua con el que pretendes limar tu equivocación. El cielo está por encima de todo esto. Es ilimitado, pleno y, sonriente, lloraría sus lágrimas dulces sólo para llenar de nuevo tu vaso de agua, para lavarte tus lágrimas saladas y borrar el rechazo que él no siente, que no puede sentir, pero tú sí. Gracias, cielo. Las cortinas de tela opaca ondean convertidas momentáneamente en un inmaculado vestido griego, chocante en torno a mi piel ennegrecida de tanta noche, de tanto miedo. Pero el miedo ¿qué es sino el deseo de cambiar? La existencia es entendible desde un doble prisma: el ser humano con miedo y el ser humano sin miedo. Este último acepta los días, tal como amanecen, lindos y en blanco, y sus horas vadean por un dulcísimo estanque, más o menos parecido a los de Monet. Sus atardeceres sólo anuncian la hora en que los pájaros duermen, y nosotros también. Los humanos con miedo salen a la calle porque la habitación les oprime, y en la calle caminan y caminan, buscando un lugar inmenso, desconocido y virgen, porque también ésta les oprime y causa temor y, una vez hallado aquel lugar de idilio, la guarida en la que nada podría causarte mal, el miedo no hace más que aumentar, 31


se dilata y la huida vuelve sobre sus pasos, del idilio a la calle y de la calle, andando, hasta la habitación. Los sin miedo triunfan, sin duda. Pero no caminan. La gente estática se despierta cada mañana con el rostro iluminado y se acuesta con él idéntico. La gente miedosa ni siquiera se mira al espejo, porque de ninguna forma se va a reconocer. La larga búsqueda les transforma a cada instante los rasgos, a veces para embellecerlos, a veces para estropearlos, pero lo que nunca jamás cambia es que, para ellos, el cambio es continuo. Su hoja en blanco se manchó de sangre fresca al nacer y, desde entonces, el lienzo no deja de ser modificado. Hay un doble prisma para entender la existencia. Y el cielo… Al cielo es donde miramos como último recurso. Más allá del idilio, de nuevo en nuestro cuarto, con la mente desenfocada pero curiosamente nítida, abrimos los ojos al azul que sonríe. Y nos vemos desde arriba. Ahora todo parece cobrar sentido, ya entiendo, las piezas encajan en un trencadís gaudiano y la vida se vuelve tan… tan… inaprensible. ¿Por qué? Y ¿Para qué? Si el cielo está tan lejos y yo estoy tan cerca, si él sigue sonriendo mientras yo tengo resaca de amor y odio, si mi lienzo, que quedará colgado en su noche estrellada, en este preciso instante está siendo pintado… ¿qué conexión nos une? Mis pupilas alzadas no abarcan la inmensidad de su extensión, la profundísima profundidad que sobrepasa la imaginación y los deseos y las carencias y las caricias y los dolores y el 32


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miedo. Su sonrisa no siente mi duda, mi euforia, mi juventud instantånea ni mi vejez acuciante. Y, sin embargo, me calma. Y, sin embargo, no te llenes de calma. Y, sin embargo‌ De nuevo el miedo.

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Basado en los versos de Catulo Carla Pascual

“Puedo odiar y amar. ¿Cómo es posible? Tal vez me pregunte. No lo sé, pero siento que así sucede y me atormento.”

Lara tomó el tren muy temprano para hacer camino hacia Mali, país de desiertos y tierras muertas, un país de aquellos a los que ella llamaba “de silencio cósmico”. Se disponía a hacer una ruta siguiendo el curso de una vida, la vida del río Níger y todos aquellos pueblos a los que éste diera nombre. Jamás Lara pensaría que el silencio guardara tantos secretos, ni que las tierras sin hombres tuvieran tanta sabiduría, ni que los mismos hombres del silencio fuesen tan elocuentes en la conversación. De camino a Tombuctú, a horas del crepúsculo, la jornada había sido agotadora y Lara vio a un hombre en la arena, sobre una alfombra, de rodillas y con las manos reposando sobre las piernas. Media cara al sol, media cara a la sombra. Lara se le acercó: - Cuando hayas terminado lo que el día de hoy te pide, tu cuerpo reposará en el placer de un propósito conseguido. - Pero ya no puedo caminar más, maestro. Me tiemblan las piernas y ya no me fío de lo que ven mis ojos. - Dime cuál es tu destino, que el buen maestro pueda acompañarte y hacerte el camino ligero hasta llegar sin sueño a tu agüero. - Tombuctú, maestro. Allí me esperan para hacer noche. Lara trataba de maestro a aquel hombre que rezaba con media cara al sol y media a la sombra, aquel hombre de unos treinta años que hablaba con pocas palabras y se hacía entender mejor que un sabio, aquél 34


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que hablaba desde la experiencia y le exponía sus leyes morales como a un discípulo. Es cierto que el camino a Tombuctú fue fácil con dos personas rompiendo la armonía del desierto, pero solos, en las marcas de los pasos en la arena húmeda del anochecer, Lara y el maestro no se dirigieron la palabra. - Gracias, maestro, por hacerme placiente buena parte de mi viaje. - Dame las gracias tan sólo si no tienes sueño. - Gracias, maestro, porque no tengo sueño. Mis piernas están doloridas pero mi alma está contenta y viva porque ha realizado aquello que el día le pedía. Ahora no quiere dormir, más que compartir la alegría que lleva. - Y, ¿cómo piensas compartir tal gozo si en este pueblecito todos los hombres están durmiendo? Sólo hay silencio. - Silencio, y vos, maestro. Pasad la noche conmigo y compartamos nuestro deber del día de hoy. - De acuerdo. Pero mañana cuando te levantes ya no me verás a tu vera, habré partido siguiendo lo que me pida el mañana. La noche había sido larga y plena. Lara fue despertada por una mujer que le ofrecía un bol de madera con leche. Lara lo aceptó y se entendió con ella con facilidad. Lo primero que pensó fue: “el día me pide que escuche la voz de este pueblo, y que le enseñe todo lo que yo tengo para ofrecer”. Ésa fue su misión, según creía. Y la cumplió enteramente.

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Cada día, ahora, tenía una razón de ser, y Lara despertaba cada mañana deseando saber qué le pedía el nuevo día de su vida. Nunca habría una jornada en la que se sintiera de aquella manera que todos hemos sentido alguna vez; llámese triste, o inútil, o sin razón de existencia, o desplazada, o vulgarmente dicho, muerta. Al cabo de una semana Lara llegaba a Mopti, un pueblo fronterizo de otro país, Burkina Fasso. Allí pasó dos noches y al tercer alba partió hacia a la capital de Mali. Lara caminaba con fuerzas para llegar a Bamako. A la hora del crepúsculo el estado físico de sus piernas repercutía en su consciencia pero seguía, hasta que vio un hombre en el río, con medio cuerpo en el agua y medio cuerpo expuesto al viento del desierto. Estaba rezando. Lara se le acercó: - Cuando hayas terminado lo que el día de hoy te pide, tu cuerpo reposará en el placer de un propósito conseguido- Lara y el maestro se habían reconocido el rostro rápidamente. - Pero ya no puedo caminar más, maestro. Me tiemblan las piernas y ya no me fío de lo que me dice la conciencia. - Dime tu destino, que el buen maestro pueda acompañarte y hacerte ligero el camino hasta llegar sin sueño a tu agüero. - Bamako, maestro. Allí me esperan para hacer noche. Como en la última ocasión, el maestro la acompañó, y en el silencio se apoyaron en el largo camino que conducía a Bamako. Pasaron juntos la noche, de nuevo, pero después de muchos besos y tantos más, hablaban: - Lara, mañana cuando despierte, me levantaré para seguir mi camino, lejos de cualquier hombre. 36


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- Pero yo lo amo, maestro. - Y yo tendré que partir para seguir mi camino lejos de tu amor. - Pues déjeme decirle que le odio, maestro. Puedo odiar y amar. ¿Cómo es posible? Tal vez me pregunte. No lo sé, pero siento que así sucede y me atormento. - Sucede de la misma forma en que yo rezo con media cara al sol y media a la sombra, y medio cuerpo en el agua y medio afuera. Tú odias y amas a la vez. Si no me amases, no me odiarías. Del mismo modo en que jamás podrás tener plenamente un sentimiento sin una parte del opuesto. Tu alma se contradice. Lo que te pide hoy, es quizás que olvides lo que aprendiste en lo que te pedía el ayer.

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El flaco del alma Toni Carrera

La lágrima asoma por un ojo de Fulano de Tal (los dos ojos se clavan bruscamente en el suelo). Se trata de una lágrima de ésas que escuecen, de las que parecen salidas del núcleo mismo de la Tierra, y bien: puede que esta lágrima no haya surgido del centro del planeta, pero desde luego Fulano la ha sacado desde muy adentro de sí. Él la siente sofocando el lacrimal, iniciando su viaje a lo largo del pómulo, aunque está demasiado absorto pensando en otras cosas, sobre todo en la pregunta que acaban de hacerle. La ha estado esperando de antemano —cierto—, pero a Fulano le sigue pareciendo la pregunta más decisiva que le han hecho jamás. Se figura de lleno metido en LA encrucijada. La lágrima vence el pómulo y llega hasta la mejilla, y en este tiempo han ido y venido por su tarro toda clase de recuerdos, mezclados, inciertos, escurridizos. Fulano piensa que ha visto toda clase de imágenes, incluso cree que ha escuchado voces durante el silencio que ahora mismo reinaba entre todos los presentes (no se oye ni mu; si alguien tosiera, se escucharía un eco, como ahora ocurre en algún lugar del recinto… ¿lo oís?) Fulano, por su parte, siente un gran peso en la nuca, el tonelaje de toda su familia y el de todos sus amigos esperando que dé el siguiente paso. Estamos todos a su espalda, sentados. Le observamos a él: está de pie y empapado está su cuerpo. La lágrima; el sudor; las dudas. Fulano no piensa en nada entero, su cabeza es un enjambre por donde zumban millares de piezas de un grandísimo puzle, como el recuerdo de su abuela pellizcando sus mofletes cuando los tenía rollizos (Fulanito era muy pequeñito entonces); o aquel otro: su madre empapándole el moflete con un beso mmmuá (Fulanito salía berreando de su primer día de cole); o recuerda cuando empezó el instituto, que coincidió con el paso de Fulanito a Fulano de Tal (se espigó, la cara le quedó más chupada y empezó a crecerle una especie de alfalfa, que más que barba parecía velcro); y también recu38


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erda cuando aquel velcro se fue convirtiendo en la barba que acostumbra a dejarse el tal Fulano. Hoy, sin embargo, el tío se ha dignado a afeitarse, pero se ve que ha apurado de tal manera que el muy cafre parece el del anuncio de Gillete, lo mejor para el hombre, y es por eso que la lágrima no se detiene en la pelambrera que suele llevar, sino que discurre libremente por la piel de su mejilla. Los recuerdos de Fulano van que zumban. Muchos. Sin orden. ¡Bzzz! Recuerda ahora el primer beso que una niñita le dio en la mejilla, el primero en la boca, el primer coño que se comió. Y los presentes esperamos que Fulano abra precisamente su mentolado orificio, que permanece todavía cerrado. Cerrada. La vista de él al suelo. Por Dios. Fulano se siente ahora mismo un puntito, el engranaje de las rodi-llas ay se le está aflojando, una oleada de calor lo sofoca. Sigue pensando en la pregunta que acaban de hacerle, ¿y sabéis qué? Todos los presentes esperamos justo lo que Fulano duda tantísimo en decir, y mira que en realidad es muy fácil. Pero, en cierta manera, quien más y quien menos está viendo que Fulano se siente en pleno dilema. Exacto. Que Fulano veía un camino ante él. Recto. Pero ¡oh! he aquí un sendero. El sendero —aunque sea un sombrío y angosto caminito que sólo plantearse ya le produce vértigo— lo siente de alguna forma su camino. «¿Me decido pues a tomar el sendero?», se pregunta. Aunque Fulano sabe que senderos como éste ha visto otros en su vida, y raras veces se ha atrevido siquiera a tantearlos (no señor, si lo ha hecho, siempre ha vuelto a tientas donde estaba el camino recto que llevaba), así que Fulano se repite que nunca ha hecho algo así, que nunca ha hecho algo así, con lo cual tampoco debería hacerlo ahora. No. ¿O qué? Todos los presentes le seguimos observando, el tonelaje se acrecienta en la nuca de Fulano. Jajajá. Nunca. No hay nadie que no piense: ¡Vamos Fulano! Su cabeza continúa gacha, se está convirtiendo en un enjambre todavía mayor. Preguntas, dudas, más zumbidos. Y más recuerdos… Un buen consejo que le dio un buen día su abuelo; después otro que le dio 39


una amiga en la adolescencia; otro consejo que sacó de una canción en inglés; otro de algún libro; otro consejo infame de una tía abuela que le cogía por la barbilla y le obligaba a comportarse como es debido, ¿eh, Fulano? Y la lágrima —como cera cuando ésta se deshace— le lame el rostro hasta alcanzar la barbilla. Allí se detiene, gradualmente se perfila una gota cristalina y en este mísero tiempo a Fulano se le repiten otra vez todas las voces. Se confunden en una sola voz. ¿Se estará volviendo loco? No se plantea siquiera si lo que oye ahora lo ha leído. O si lo ha oído por la tele. En alguna serie. En alguna película. En algún debate. O tal vez en un concierto. Pero puede que no, que lo escuchara de algún amigo. En algún programa de radio. Durante la cena de Navidad. O yo qué sé. Puede que se esté volviendo loco como planteábamos en un principio y andando. La cuestión es que Fulano oye una voz y esta voz le dice claramente: Lo que hay a tu lado no es el alma — ¿no sientes que todavía late carne en su pecho? Y esto de aquí tampoco es el alma — ¿no sientes que todavía pide carne en tu mano? Porque amar… Bien: digamos que tú estás queriendo, y queriendo es amando con reservas; lo que llamo amar tú lo llamarías locura. Digno ser de regalarse está al alcance de muy pocos — amar de verdad, de muy pocos. Y amar así no es don del ser modesto — no es tampoco el del ser vanidoso. Y como está claro que aún ignoras que a un flaco nunca apuntan las 40


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flechas de Cupido yo te confieso que para ser digno de amar hay que estar dispuesto a nunca ser amado. Cuando la lágrima se despega de la barbilla de Fulano, adquiere una aceleración de 9’81 m/s2. Pasa junto a la pajarita que tan bien ceñida lleva en el cuello. Muy cerca a su vez de la flor que luce en la solapa de su traje. Recorre el resto de los botones de su camisa blanca, sobrepasa el cinturón, luego vence todo el largo de sus pantalones de pinza y termina el viaje que inició en el lacrimal precisamente en uno de sus lustrados zapatos. Entonces —sin dejar de sentir el tonelaje de las miradas de todos y cada uno de los presentes— Fulano de Tal alza su cabeza, mira al frente, decide que ya no soporta más que existan dos caminos (que se dirigirá hacia uno), y responde por fin a la pregunta que le acaban de hacer: —Sí, quiero.

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Blanca Fullana1

Viaje a la abstracción con Kazimir S. Malévich … Quizá si Malévich (pintor ruso, 1878-1935) hubiese realizado su “Cuadrado Blanco” (1918) hoy, su perspectiva sobre la expresión mínima posible, sobre la armónica síntesis de lo absoluto; si hubiera querido representar aún a estas alturas lo esencial –en su lenguaje estético-artístico: lo “supremo”- , es razonable afirmar que quizá el resultado final del artista, casi cien años después, hubiese tenido que ser otro. Debiera en el contexto actual representar una multi-dimensionalidad e incorporar una transmisión de volatilidad e ingravidez, algo más “desestructurada” de la que nos fijó con su cuadrado. Atendiendo a la descripción del mundo globalizado actual del sociólogo Zygmunt Bauman, hubiera tenido que dejarnos percibir la “liquidez” de nuestras formas para dar cuenta de la interacción que existe entre ellas mismas (más que entre ellas y nosotros). Porque algo está pasando en nuestras sociedades actuales: ciertos desengaños “estructurales” y “formales”, que nos llevan a pensar en una nueva definición del concepto de abstracción, entendido hasta ahora y de forma incompleta como la capacidad de separar, eludir todo lo superfluo para constatar solamente aquello que resulta esencial; sintetizar plenamente. Y a la que cabría añadir la otra cara de la misma moneda: la capacidad de unir, de incorporar todo lo que está en el contexto y de interpretar, colectivamente, todo aquello que resulta en esencia una unidad.

“... hubiera tenido que dejarnos percibir la “liquidez” de nuestras formas para dar cuenta de la interacción que existe entre ellas mismas...” 45


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La abstracción es en la actualidad, un concepto de expansión y participativo; un viaje en curso. La abstracción en estos días, sólo se puede representar mediante un caos de imperceptibles confines, donde los parámetros del tiempo y del espacio superan sus atribuciones iniciales y con ello mutan las ideas, también las de nuestras conciencias. La ausencia de limitación entre lo real y lo fantástico, nuevas capacidades derivadas de nuevas tecnologías, la magnitud de nuestro conocimiento y por tanto nuestro comportamiento, y por todo ello nuestras interpretaciones sensibles entorno a la pregunta primogénita: ¿Quiénes somos, de dónde venimos y a dónde nos dirigimos?, sacuden nuestra conciencia individual para perderse colectivamente en el asfalto derretido sobre el que vertimos nuestra existencia más de 7,000 millones de personas en el mundo, hoy. ¿Demasiadas?

Uno podría imaginar a principios del S.XXI, un “Cuadrado Blanco” que en su cuadratura frente al entorno hubiera diluido sus vértices y sin forma concreta –mucho menos inmóvil- respirara un aire de flotabilidad y trashumancia orbital en forma de babosa semi-translúcida, que diera cuenta, a la vez, de las distintas dimensiones en que cohabitamos y que podemos lograr ver en juegos de sobre-exposiciones de luz (como cuando frente a una noche oscura, el paso de otro cuerpo en movimiento frente a nuestra linterna de luz blanca provoca que nuestro cerebro retenga la luz durante más tiempo y veamos por ello un efecto de sombras diluidas y repetidas del mismo cuerpo). El contraste se vuelve necesario en la búsqueda del equilibrio. Quizá si Malévich hubiese realizado su “Cuadrado Blanco” hoy, su superficie-plano hubiera tenido que estar suspendida y su cuadrado hubiera tenido que ser una sombra polvorienta del cuadrado original y sus líneas más tenues y difusas. Al estilo de un desconocido aunque 46


cercanamente coetáneo a Malévich, que fue el artista tardío Odilon Redon, quien también realizó estudios de arquitectura, el “Cuadrado Blanco” de Malévich pudiera haber sido transparente, más una intuición tras una cortina de agua fina de lluvia que un cuadrado en si. Un atisbo de cuadrado tras una enorme nube de niebla que trascendiera los límites de la tela para imposibilitarnos ver su final; percibir la eternidad. Decía Redon: “…recurrir a los juegos misteriosos de las sombras y al ritmo de las líneas concebidas mentalmente…Son las raíces de las palabras de su lenguaje. Solo siento las sombras, los relieves visibles, sin duda, todo contorno es una abstracción.” “Todo deriva de lo universal.”2 Por supuesto Malévich ya recabó también en lo inexorablemente expansivo que resulta el universo. Y es obvio que en El Espejo Suprematista3 quería asimismo atribuir a ese punto O la capacidad del movimiento –aunque no necesariamente la alteración por causa del movimiento- que tenían los objetos en el mundo. “La esencia de la naturaleza es inmutable en medio de todos los fenómenos variables”, decía el pintor. Su “Weltanschanuung” (concepción del mundo) arribaba a concebir –en parte- lo que se avecinaba. En su paso por la estética del Suprematismo en la arquitectura, Malévich fue capaz de intuir lo que serían los parámetros de lo decorativamente “estético”; del diseño y de las “estructuras” que han triun -fado en la segunda mitad del S.XX (Pe. Los poliominos –formas modulares compuestas por cuadrados que dentro de la sencillez de sus formas- aportan riqueza volumétrica y modularidad, estableciendo correspondencias con formas de uso arquitectónico4). Edificios que han querido sintetizar el equilibrio: la funcionalidad y el pragmatismo individual y minimalista (influencia que ya se reveló con Mies van der Rohe, quien conoció la obra de Malévich de cerca). Con todo ello, Malévich imaginó las estructuras del futuro –las físicas-, pero no pudo anticiparse a una sociedad carente de “estructuras mentales” creíbles, viables, dignas…, como la actual. De las estructuras caídas del hombre moderno, a nuestra incapacidad por definir las estructuras del

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“...Malévich fue capaz de intuir lo que serían los parámetros de lo decorativamente “estético”; del diseño y de las “estructuras” que han triunfado en la segunda mitad del S.XX.” ciudadano postmoderno y global, nuestros estándares y estandartes se han diluido. Y como si apuntaba irónicamente Juan José Millás en su artículo “Un hombre estructurado: “la palabra estructura posee (todavía) un prestigio colosal”4, que no sepamos establecer el marco de actuación pa que nos acontece, nos desarma, nos silencia y nos hace cuestionarnos, más que nunca, hasta la propia vida. Antes de que nos absorba el túnel negro del fracaso de nuestras “estructuras” obsoletas, queremos sentirnos libres. Y si somos honestos, reconocemos que esquivamos a todas horas la idea de un “suicidio” noble y premeditado, provocado por un vértigo atroz a la atracción al abismo. En nuestra desidia, se nos nubla la vista, tornándose en un devenir de blancazos que acontecen como contracciones al parto, en cualquier lugar y a cualquier hora, de cualquier día de cotidianeidad. Nuestras “estructuras mentales” hoy, nos hipnotizan y no nos sirven sus modelos para afrontar la vida: en el carácter interconectado y de co-responsabilidad que empezamos a vislumbrar. Frente al abismo blanco que sin duda hemos alcanzado, lejos de sentirnos aliviados, hoy, tenemos miedo. Tenemos miedo a los colores de la manipulación, a las geometrías de la gestión de las empresas…, de las organizaciones académicas, políticas, sociales…, de los países. A las líneas que trazan nuestros destinos, repletas de juegos azarosos e incontrolables. A los puntos sobre los que nos debiéramos detener: como la ética y la estética para una existencia “feliz” y no abismal, que quisiéramos poder alcanzar colectivamente y no individualmente. 48


Así, en ese salto al vacío al que nos vemos abocados, desde ese mismo abismo blanco de falta de referentes colectivos, de la derrota más hendida en el fondo de nuestro corpus –indivisible por fin a nuestra alma –allí dónde Todo y Nada son el punto O-, el discurrir de la esperanza, en un acto reflejo, volverá a cambiar la orientación del destino. El abismo blanco no es uno, sino varios. Una sucesión probablemente cíclica que volverá una y otra vez, para después vernos alumbrar, una y otra vez. Porque quizá si Malévich hubiese visto nuestro mundo hoy, desde el epicentro de ese “Cuadrado Blanco” rediseñado y semi-desnudo, nos aparecería al final de nuevo un punto más oscuro, acercándose hacia nosotros; alegoría de un renacer. En un camino de regreso al negro (resaltando su densidad y por tanto su actividad) pero en una tonalidad nueva de negro ceniza -contaminado e intoxicado-, que se encontrara a medio camino entre el blanco y el negro, en una especie cromática paletizada artificialmente, en movimiento, de acción motriz entre los artefactos codificados multiplicando exponencialmente las posibilidades a su paso; en ese “entorno”: antiforma y anti-estructura, el punto negro nos indicaría que estamos acompañados de otros, que ocupamos los mismos espacios y los mismos tiempos y que los distintos colores que en principio no podemos distinguir entre la negritud forzada por la presencia de los demás, están ahí, escondidos, aguardándonos, a la espera de ser rescatados y re-descubiertos. Un nuevo “Cuadrado Blanco” que constatara un viaje entre amigos; la unión indivisible de nuestra individualidad frente al contexto común. Escoger quién debe acompañarnos depende, en gran medida, de nosotros mismos.

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[1] Blanca Fullana (Barcelona, 1972) Es Licenciada en Filología Inglesa, Máster en Estudios Comparativos de Literatura, Arte y Pensamiento y Doctoranda en Comunicación. Ha dedicado los últimos quince años de su carrera a la Publicidad y las Relaciones Públicas en agencias internacionales de prestigio (Weber Shandwick y Edelman), siendo actualmente Consultora Free-lance y Profesora Asociada de esta disciplina en la Universitat Pompeu Fabra en Barcelona.

[5] Millás, Juan José. “Un hombre estructurado” en El Pais Semanal. Marzo, 2012.

[2] Redon, Odilon. En Arte y Parte. Nº97. Pp. 32-47. [3] Ver esquema de Dios al tiempo en “El Espejo Suprematista (Manifiesto del conocimiento absoluto)”. Escritos. Ed. Síntesis, Madrid, 1996. Pág. 299. [4] Serrentino, Roberto H. & Molina, Hernán. “Arquitectura modular basada en la teoría de los policubos”. Facultad de Arquitectura y Diseño de Tucumán, Argentina. http:// cumincades.scix.net/data/works/ att/8a44.content.pdf

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Lluís Bertran

Aller simple Às vezes o exílio è uma árvore aberta na imponderável noite A veces el exilio es un árbol abierto en la imponderable noche Luís Carlos Patraquim, Monção (1980)

La idea de este texto surgió de la página web Pepas y Pepes 3.0, dolorosa instantánea semanal de la inteligencia y de la humanidad que va dejando el país. Sirve para constatar que, si las razones del éxodo se parecen a las de los años sesenta, la calidad de la catástrofe cultural se asemeja mucho más a la del exilio del 39. Yo me fui antes. Y me fui con la ilusión del ilustrado, del ciudadano del mundo, con el recuerdo reciente de los spaghetti con trufa de Sudán y caviar de Azerbaiyán que servían en los restaurantes del Fòrum de les Cultures – Barcelona siempre ha sido una ciudad de mercaderes. Eso sí, si algo tuvo de bueno nuestra escuela ciudadana fue recordarnos que el mundo no termina en Badalona, luminosa y pobre verdad que algunos incluso consiguen olvidar al son del tam-tam macabro de las caídas bursátiles. En realidad Sudán y Azerbaiyán son sitios llenos de colores y sedas y gente que ríe agradecida por los spaghetti que les mandamos desde Barcelona. Ahora sé que hay algo de exilio en que me fuera a estudiar al extranjero, pues lo que empezó en viaje casi de placer va acabando en destierro. Dejamos atrás un país que nos obliga a no volver. Pueden decirme que sufro de severa inconsciencia ética al lamentarme yo, afortunado parisino, de lo que me ha tocado vivir. Es cierto. Soy un 51


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exiliado de la especie de los pensadores de salón, es decir, de red social, de los que se sublevan de palabra pero se aferran al sofá cuando tocan a sometent. Lloro ¡ay! spaghetti con trufas y caviares. Por las noches tengo visiones luminosas. Se me aparece, por ejemplo, la vuelta verde-mística de los plátanos del Passeig de Sant Joan de Barcelona, verde por los plátanos y mística porque en sus copas, con buen tiempo, se orgasmiza el sexo de los ángeles a la sombra palpitante de la batuta – y del bigote – del maestro Clavé. Late – ¡metales! – con ellos un rutilante desfile de fachadas más o menos bellas – más o menos venerables – mientras mis ojos, curiosos, fisgonean a través del trémulo incendio de las hojas-alas agitadas por el viento de mar. El sueño del exiliado no perdona.

“ Dejamos atrás un país que nos obliga a no volver. ” Nosotros, un nosotros amplio y diverso, que soñábamos trabajar España, a España en sus aceros, como decía aquél, y de repente, obreros que éramos, nos encontramos vencidos. “I els soldats van retrobant-se batuts”, como no decía el otro. Pero me queda la palabra – “Il me reste, finalement, ça veut dire: il nous reste”-. A falta de soldados del verso, seremos científicos de la pancarta – daremos la guerra perdiendo. Sorprendido no. Mirándolo ahora con un poco de perspectiva, me parece increíble que en la enseñanza media existiera, exista tan poco la idea, ya no digo la cultura, del esfuerzo. Que nos hablen tanto del examen de la semana que viene, del mes que viene, del 52


año que viene, y tan poco de la vida real. Es que no hacíamos nada, como si la vida no se nos fuera con ello. No es que lo que nos enseñaron no sirviera, es que nunca nos enseñaron a servirnos de ello, y por eso no sirvió que nos lo enseñaran. La “sele” no es un objetivo, el objetivo es construir juntos una vida, una sociedad, un mundo y un tiempo. Después de la “sele” no empieza la tierra prometida, empieza la vida es dura, mentirosa y desafiante. Pero así andamos, recalentando ad infinitum una ciudadanía caducada. El déficit en cultura de la ciudadanía – un bello antónimo para la asignatura homónima – nos mantiene en un desconocimiento que roza la ignorancia absoluta sobre los engranajes de nuestro sistema económico, político y social. Sistema, recuerdo, en el que, nominalmente al menos, el poder es nuestro. En los demás ámbitos, humanístico o científico, la educación no ha hecho más que seguir las miras superiores de la política: predicando la democratización de la cultura, ha logrado la desculturización de la democracia. No cabe duda de que la falta de entusiasmo intelectual es una de las cualidades que más felizmente exhibe y promueve nuestra clase dirigente. El éxito, en este ámbito, sigue siendo completo. Hoy podemos comprobar con regocijo cómo se da satisfacción, ante todo, a este punto del programa político – aun estando ausente, por obvio, de todos los programas. Nos quieren creativos y fabrican ignorantes creativos; nos quieren formados y fabrican eruditos formateados. No, no quieren críticos y por eso saben que la crítica surge del diálogo entre la creatividad y el conocimiento.

“... predicando la democratización de la cultura, ha logrado la desculturización de la democracia.”

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Yéndonos, además, se van muchas cosas con nosotros. Tengo también la visión de un taller oscuro de la calle Industria de Barcelona, con el pavimento bruñido por el betún oloroso de los aceros y los aceites, las sombras fabulosas de las máquinas en un contraluz de vidrieras. Donde el trabajo de las manos, esas manos fuertes – aquel dedo de payés penetrando en el alioli que entusiasmaba a Pujols, la cerámica del dedo contra la cerámica del recipiente, y la viscosidad candente de la salsa –, donde el diálogo con la máquina, la amenaza constante y seria del corte y de la astilla. Es el cigüeñal que mueve los sueños, el motor generoso y sereno de mi familia paterna. Detrás palpita un modesto pasado rural en Murcia, un negocio de vinos en Vilafranca – carros cargados de botas por las calles lunares del primer Eixample. Mi bisabuelo murciano fue un jugador de primera división en los felices 20 del Club Esportiu Europa, cuando los campos de fútbol eran eso, campos. Jugó en la primera liga española. Mi abuelo, por su lado, conoció el Ebro, los campos franceses (Amélie-les-Bains) y los franquistas (León) y tuvo que hacer la mili de la dictadura después de hacer la guerra de la República. Luego nació el taller, la prosperidad en el vacío de la posguerra. Conocieron la Barcelona loca de las sombras y de las oportunidades – palma de una mano trabajadora en un claroscuro de Català-Roca. Conocieron el Liceu –Donizetti silbado entre motores – y llevaron a los hijos al Liceo Francés. Mi abuelo sigue conociendo Barcelona, todas las Barcelonas, como la palma de su mano trabajadora, con la seguridad del conocimiento bien hecho.

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Tengo también la visión de un barquito de vela, blanco de espumas en una mar de obsidiana pulida por la tramontana, un sol estridente balanceándose en un cielo verde de verano. En él, unas gentes que ríen en silencio y, a lo lejos, un perfil ampurdanés en plata quemada. Y el crepitar del Super-8. Es el verano de los sueños de invierno, la constancia en el ideal de mi familia materna. Desde el 39 esta familia ya sabe de exilios, pero desde Francia o desde México, los Xirau siguen cantando y soñando los veranos en la Costa Brava. “En la nit dels teus ulls / s’enfilaven les barques; / el taronger penjava / cel endins / ones daurades de la tarda” decía nuestro primo mexicano Ramon Xirau en 1974. Descendiente de generaciones de notarios, mi bisabuelo Josep barnizó el humor arisco del republicanismo ampurdanés con la pátina de modernidad que le proporcionaron sus estudios en Italia y Alemania. Catedrático, diputado de la República, impulsor de la Universitat Autónoma de Barcelona, compartía con sus hermanos Joaquim, filósofo, y Antoni, redactor del Estatuto de 1932, el compromiso político y la pasión por el mar y los barcos. Su mujer, mi bisabuela, Mey Rahola, fotógrafa aficionada – en la época en que esta palabra aún conservaba un aura de prestigio –, fue una decidida partidaria del comfort y del sport, santo y seña de los movidos 30, vistiendo pantalones y bronceándose en la cubierta del velero familiar.

“ Cada partida es un roble menos en nuestro bosque; un trozo de cultura que se derrumba, mayor la ruina.”

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Con estos padres ya en el exilio, el ingeniero industrial que fue mi abuelo Albert tuvo la ocurrencia de volver a Barcelona e incubó con determinación la llama cultural heredada – espíritu crítico y hedonismo socialista – para que llegara hasta nosotros, mientras que de las manos de mi abuela, sentada al piano, salían las canciones de su propio abuelo, Joan Llongueres, coreografías para la escuela de rítmica y bellísimos dibujos llenos de niños en la más pura tradición de las dibujantes catalanas. Ciertas noches de verano de mi infancia, en Cadaqués, en las que mi abuelo, licor de pera en mano y tramontana en la chimenea, tenía algo de Josep Pla, simbolizan hoy, para mí, el triunfo de una conservación cultural sobrellevada, a fuego lento, durante los años desérticos de la dictadura. Éste es el conglomerado de memoria que ha moldeado mi forma de existir en el mundo, el paisaje de mi consciencia. Pero me marcho. Nos marchamos todos, arrancando las raíces, raíces que se hunden en el siglo en el que nacimos y en los que siguen debajo – para plantarse en otro sitio y fecundar otras tierras. Son raíces de roble centenario – “forma viva del que eren ja des de l’arrel de llurs morts”– no una mota de polen. Cada partida es un roble menos en nuestro bosque; un trozo de cultura que se derrumba, mayor la ruina. Son ya miles los árboles-columnas que se abren-arden en la noche del exilio. Con nosotros se van todos, y aquí cuando digo todos quiero decir nuestros muertos, los que en un diálogo milenario y único entre la variación y la repetición de ciertas constantes han esculpido las formas amenas o severas, rudas a veces, de la comunidad que compartimos. Nuestro pasado es ese accidente, ni bueno ni malo, con el que deberíamos construir nuestro futuro. La sentencia de exilio es seguir perdiéndolos ambos.

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La cola del pan de 1937, Mey Rahola, Barcelona. 58


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Muerte con diamantes Maria Notó

Este verano, mientras millones de personas quedaban hipnotizadas ante el televisor observando las enrevesadas figuras que las deportistas de natación sincronizada realizaban con aparente facilidad, mientras dejó de hablarse en España durante unos días de la prima de riesgo y de la crisis, en Londres, en la misma ciudad donde se celebraban los Juegos Olímpicos, también se representaba algo, esta vez algo más próximo al circo. No, no me refiero al espectáculo del dopaje en el mundo del ciclismo, sino a la retrospectiva que ofrecía la Tate sobre la obra de Damien Hirst. Por desgracia (o por suerte, no lo sé), no pude hacer la cola de tres cuartos de hora que tuvo que hacer Mario Vargas Llosa para poder entrar en el museo y contemplar el tiburón en formol, ni ninguna de las demás creaciones conocidas del artista británico. Para aquel que no conozca el controvertido trabajo de Damien Hirst es un artista que ha ganado la medalla de oro en su territorio, es decir, en el mundo de 61

hacer dinero a costa de una marca artística. Anna María Guasch le ha bautizado como “extraño híbrido entre Duchamp y Warhol”. Yo diría que Hirst está desprovisto del ingenio de Duchamp, al que veo mucho más irónico y perspicaz con su conocida Fontaine, por ejemplo, que a un Hirst que cubre una calavera entera con diamantes (For the Love of God). Hirst no es el realizador de sus obras sino que los empleados de su taller son los encargados de llevar a cabo las “ideas” del maestro. El arte de crear una estampa y conseguir una gran fortuna no es nuevo, pues Warhol ya lo consiguió anteriormente. Así que no hay nada de meritorio ni de novedoso en la actuación de Hirst. En todo caso, como decía, no pude ser testigo directa del efecto del tiburón tigre muerto dentro de una caja llena de formol, obra titulada “La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo” (The Physical Impossibility of Death in the Mind of Someone


Living). Pero Internet permite milagros: ¿Qué mejor que ver la exposición entera acompañados por Damien Hirst y Ann Gallagher, comisaria de la exposición en la Tate? No pretendo hablar de toda ella, básicamente por falta de tiempo y espacio. Mi pretensión es más la de dar una imagen genérica de la obra de Hirst, sobre todo en relación a la imagen que da de la muerte, su tema favorito. Se ha empleado mucha tinta sobre la obra de Hirst. El día 10 de marzo de 2012, el suplemento cultural del ABC dedicó una parte de su número a una elección por parte de grandes expertos en arte entre Damien Hirst y el artista chino Ai Weiwei. Hirst “ganó la partida”. Entre uno de los defensores de Hirst se encontraba Sergio Rubira, cuyas declaraciones fueron las que más llaman la atención, desde mi punto de vista, porque afirma que Hirst es “un malo que le cae bien”, y lo llega a comparar con el Joker de Batman. Y es justamente esta asociación la que veo muy poco acertada. Joker es un personaje crítico con la sociedad, que con unos métodos más que cuestionables pretende que ésta se dé cuenta de sus incoherencias. Hirst no es en absoluto parecido en este

aspecto al payaso, sino todo lo contrario: su intención principal es la de aprovecharse, la de sacar el máximo beneficio de las principales carencias de la comunidad occidental. Una de las cosas que llama más la atención de Hirst es este distanciamiento al hablar de la muerte que destaca, por encima de todo, por el hecho de ser muy cínico. No digo que una perspectiva con humor, irónica, no pueda ser aceptable a la hora de hablar de la muerte en ámbito del arte, Woody Allen lo ha demostrado más de una vez. Un buen ejemplo sería “El séptimo sello” (Allen, 1974), una parodia teatral de la obra homónima de Ingmar Bergman. Tampoco quiero decir que la seriedad sea criticable, el caso de la película de Bergman es una cuidadosa y excelente reflexión sobre la vida y su fin. Lo que chirría en el caso de Hirst es la absoluta falta de sensibilidad a la hora de hablar de un tema tan trascendente. En este sentido, y sólo en algunos aspectos, mi opinión se encuentra mucho más cercana a la de Vargas Llosa, muy crítico desde hace tiempo con Hirst. Con sus artículos periodísticos, Vargas Llosa me 62


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ha recordado extremadamente a las consideraciones sobre el arte que se desprenden de La gran batuda de Llorenç Vilallonga, siendo pues los dos autores miembros de la alta cultura con capacidad de hilar grandes críticas sobre las tomaduras de pelo de algunos artistas contemporáneos. Y es que no puedo dejar de estar de acuerdo con ellos cuando destacan la falta de conocimiento, las ganas de hacer dinero y la absoluta carencia de criterio de este tipo de artistas.

mostrándole una mueca macabra. Al otro extremo de estos ejemplos esquizoides de Damien Hirst que disocian la muerte del dolor, de la pena, de la tristeza hay otros artistas mucho más sabios y humanos. Coincidiendo con el primer mes de la exposición de Hirst, del 28 de abril hasta el 14 de junio de 2012, se expuso en la Galeria Valid Foto de Barcelona una muestra de 170 fotografías que hacía un repaso de los 20 años de carrera de Masao Yamamoto.

Las obras de Hirst hablan de la muerte como si fuera algo controlable, algo que se puede meter en formol y de lo cual nos podemos reír tranquilamente. Me parece muy ilustrativa la escalofriante foto que se hizo Hirst al lado de una cabeza humana en 1991 (With dead head), riéndose del cadáver.

Este prestigioso artista japonés, lejos de la perversidad de Hirst al tocar temas tan sensibles como la muerte, sigue la filosofía Wabisabi, una corriente estética que, como escribe Rebeca Pardo, “va de lo estético a una forma de comprender el mundo que se basa en la fugacidad y la impermanencia” (Pardo, 2012). Así pues, a través de fotografías de un tamaño muy pequeño, nos ofrece Haikus visuales con un respeto y delicadeza extremas por la vida y la muerte y, en general, por la naturaleza. En este caso la naturaleza se refleja en su libertad más profunda, y no encerrada en cajas de cristal por Prometeos deseosos de controlar a la muerte.

Quizás el hecho de que Damien Hirst sea el artista vivo más cotizado del mercado refleja el tipo de sociedad en la que vivimos, una sociedad fría, cínica, que ha llegado a extremos de demencia con resultados fatales. Quizás es así como la mayoría de personas quieren afrontar la muerte, sin aceptarla, sin pensarla, sólo 63


Bibliografía: - Allen, Woody, (1974), “El séptimo sello” in Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, Tusquets editores, Barcelona. - Pardo, Rebeca, (11 de Junio de 2012), “Masao Yamamoto: la recóndita poética de lo imperfecto” in La Retaguardia, URL: http://rebecapardo.wordpress.com/2012/06/11/ masao-yamamoto-la-recondita-poetica-de-lo-imperfecto/ (consultado el 23 de septiembre de 2012). - Vargas Llosa, Mario (2012), “El honesto embaucador” in La Nación, edición digital: http://www.lanacion.com.ar/1484440-el-honesto-embaucador - Vargas Llosa, Mario (2008), “Tiburones en formol” in El País, edición digital: http:// elpais.com/diario/2008/10/05/opinion/1223157612_850215.html - Verena Fakiner, Nike, (2005-2006), “Damien Hirst: el artista como preparador in Espacio, Tiempo y Forma, Serie VII, Hª del Arte, t. 18-19, págs. 447-468. - Suplemento cultural del ABC del día 10 de marzo de 2012: http://hemeroteca.abc. es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/cultural/2012/03/10/001.html

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Souvenirs

Roser Martínez

Barcelona alberga en estos momentos dos exposiciones dedicadas a los turistas. La primera es una exposición virtual organizada entre el Instituto de Estudios Fotográficos de Cataluña (IEFC) y el Museo Frederic Marés, que bajo el título El turismo en Europa hace cien años1. En ésta se recuperan las fotografías de los aficionados –Barrie Zafra, Perdigó Cortés, Jaume Roca y Monteys Serra- de principios del siglo veinte, los cuales se podían permitir viajar a todo lujo con sus cámaras estereoscópicas entre su equipaje. Fotógrafos aficionados que capturaron instantáneas que nos aproximan al nacimiento del turismo como lo entendemos hoy. En “Excursión a Hampton- Court. Vista del parlamento al salir de Londres por el Támesis”, de 1911, somos cómplices de un tour en barco por el río que cruza la ciudad, una de las rutas turísticas usuales implantadas en las poblaciones de agua dulce. Visiones alejadas de la figura del viajero perteneciente a una clase aristocrática que hasta mediados del s.XIX construía el viaje como 65

una experiencia privada. El turismo en Europa hace cien años es una recopilación de fotografías con la clara voluntad de atestiguar los viajes que sus autores llevan a cabo, en las que aparecen familiares que posan confirmando su presencia junto al lugar visitado. El mismo tipo de fotografías que Albert Calvet Jones había tomado entre 1845 y 1846, retratándose junto a su familia frente al Coliseo romano. Éstas se convirtieron en el referente de las imágenes familiares que llenan nuestros álbumes de viaje, ya sean en soporte físico o digital, y que demuestran cómo la relación entre fotografía y turismo ha tenido lugar desde sus respectivos orígenes. Pero, ¿por qué posamos frente a los monumentos visitados? Quizás lo que queremos demostrar es que hemos estado allí. Ojeando los álbumes de viajes de mis abuelos siempre encuentro la misma postal, un retrato de mi abuela delante el monumento visitado, sin la presencia de mi abuelo puesto que es el


autor material de la fotografía. Imágenes que dejan el camino abierto a la hipótesis humorística familiar que concluye que en verdad quien viajaba era solamente mi abuela, quien en cada parada del autocar se hacía fotografiar por cualquiera que pasara por allí. Hasta ella, que nunca se deja capturar, como si fuera una obsesión, goza del rol de turista que entre estacionamiento de autocar y partida aprovecha para retratarse antes que visitar. Son los turistas aquellos que se mueven solos, en pareja, en pequeños grupos, con sus familias, en manadas guiadas por un hombre con micrófono auricular y paraguas amarillo o aquellos que tienen la gran idea de visitar en grupo las estrechas calles del centro pedaleando, el objeto de estudio de la segunda exposición a comentar. Aquellos que inundan Barcelona no se han conformado este verano sólo con tomar sus calles sino que han entrado en las salas del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona de la mano de Martin Parr, en la exposición Souvenir. Martin Parr, fotografía y coleccionismo, con permanencia hasta el 21 de octubre de 2012. En esta exposición se muestra la masa turística absurda, banal, vulgar e

insustancial que año tras año visita los mismos parajes turísticos y de la que todos en mayor o menor medida formamos parte, como lo forma el propio fotógrafo, el cual toma sus imágenes de ella. “Souvenir” es la construcción y análisis de la mirada de Parr, “su gran puzzle”2. Parr, fotógrafo independiente, documentalista, forma parte de la agencia Magnum desde 1994, y se podría catalogar como sociólogo fotográfico, con un evidente interés por una masa en particular: la universalizada clase media. Una inquietud que inicia bajo un contexto concreto, el mandato de Margaret Thatcher, -durante los últimos años de la década de los ochenta-, con The cost of living, proyecto paralelo a Last Resort, su primera serie de aproximación al turismo. Dos conceptos marcan el trabajo de Parr, el primero es el turismo y el segundo, el coleccionismo. Estos se ven relacionados por la idea del souvenir del viaje, objetos que mostramos orgullosamente en nuestras vitrinas: que si una máscara veneciana, un cencerro de Croacia, una mamushka de los Beatles liverponense o una maraca cubana. La colección de souvenirs fotográficos de Parr se vuelve inte66


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resante por su mirada irónica del mundo: “la lucidez es inseparable del humor”3. Parr se retrata junto a Putin practicando judo en una playa o en góndola por la artificial Venecia de Las Vegas, haciéndonos así espectadores de la ficción que el turismo comporta hoy en día. Como observa Marc Augé “En nuestros días[...]: lo real copia a la ficción”4, quizá por eso nos impacta tanto la panorámica en que Parr captura una playa artificial japonesa repleta de nipones que pasan su día de fiesta. A partir de esta imagen me surge una duda: si nadas hacia el horizonte puedes reconstruir la escena final de The Truman Show, ¿existirán las escaleras que te conducen a la puerta donde la realidad vuelve a existir? No sólo de souvenirs y postales se nutre la exposición. Martin Parr es el editor de dos tomos que componen la historia del foto-libro, una recopilación de libros que le ha llevado años agrupar, siendo él el poseedor de la mayoría de los ejemplares estudiados y de los que espera que el Estado Británico se acabe haciendo cargo. En la exposición se muestran seis de estos, entre ellos The Americans de Robert Frank. 67

No es hasta el final de la muestra que la parte gamberra de Parr se deja ver, teniendo así tiempo el espectador para acostumbrarse a la mirada particular del fotógrafo y prepararse para ver la reconstrucción de la casa de Juanjo Fuentes, otro coleccionista. Ésta está llena de objetos con cierto horror vacui, donde el arte más selecto se confunde con el artilugio más industrial y común, poniendo en entredicho nuestra mirada como espectadores y el propio concepto de “arte”. La muestra no se ha librado de la pregunta que todos nos hacemos al pasear por delante de espacios turísticos. ¿Por qué se fotografían junto al monumento visitado? La respuesta de Parr es clara: “My theory is that the act of photographing ourselves at tourist sites becomes so important because it makes us feel reassured that we are part of the recognizable World”5. Él ha aprovechado la ocasión para sumar un destino turístico más a sus fotografías con una serie no muy conseguida de Barcelona encargada por el CCCB. En conclusión, Souvenir. Martin Parr, fotografía y coleccionismo es una muestra imprescindible en la


que la mirada de Parr se desnuda completamente, y nos predispone a hacernos cuestionamientos sociológicos y hasta antropológicos en los que nosotros mismos y nuestros comportamientos se vuelven el objeto de estudio.

[1] http://www.iefc.es/documentacio/galeria-viatges-turisme/indexviatges-turisme-cast.php [2] Idea que titula el escrito de Marina Palà publicado en la web del CCCB. [3] Afirmación hecha por Martin Parr y recogida por Marina Palà. [4] AUGÉ, M. El viaje imposible. El turismo y sus imágenes. Editorial Gedisa. Barcelona, 2008. [5] http://www.martinparr.com/ blog/

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-ENTREVISTA-


“Si el otro no estuviera ahí no habría mundo, no habría percepción, no habría nada.” Carlos Skliar

Entrevista al viajante

Edmar T. Vega y Roser Martínez

A Carlos Skliar lo conocimos entre encuentros literarios y lecturas junto a Chantall Maillard. Su carácter afable y cercano rápidamente nos cautivó, pero no fue hasta la presentación de No tienen prisa las palabras (Editorial Candaya), su último libro escrito durante su estancia en Barcelona, que encontramos en él la figura del viajero que andábamos buscando. Ahora lo esperamos en un bar, horas antes de su regreso a su Argentina natal, somos unos afortunados. Una vez que aparece, rompe el hielo contándonos su reciente aventura por la Capadocia y poco a poco desvela el viajante que lleva bajo su piel. ¿Cómo ha sido la experiencia con este último libro? A pesar de que había publicado poemas, las editoriales de poesía no tienen espacio en librerías, puedes presentar el libro pero no obtiene impacto. Hasta entonces siempre pensé desde el punto de vista de la propia producción escrita: ¿Qué has escrito?, ¿Qué escribís? Pero escribir es sólo una parte, y yo no conocía la otra, de la que se encarga la editorial. A partir de este libro aprendí que una editorial te hace escritor desde el mundo literario. Un viaje, ¿no? Sí, es otro viaje donde el libro sigue teniendo una vida que en mis otros casos no conseguía. Yo sentía que el libro no tenía vida propia, que a partir de ahora era cosa del lector, no mía, y me doy cuenta de que aún hay un trayecto que tengo que hacer con él. 71


- ENTREVISTADel viaje descrito en el libro, ¿cuál es la sensualidad, esa emoción, ese razonamiento que tú viste o sentiste? Para mí hay dos detalles que componen esa erótica y esa sensualidad de este libro. Uno es claramente el paseo, es un libro, una escritura construída a partir de la posibilidad de un caminar sin urgencia, de un caminar sin destino y de un caminar sin utilidad. Recuperando el aire fresco, la mirada, el aliento, el oído, que es para mí la primera sensualidad. Todo tuvo que ver con una extraña sensación de no mirar ni hacia atrás ni hacia delante durante el paseo, sino hacia los lados, y creo que eso dilata el mundo, dilata el cuerpo, lo abre de tal manera que sólo existe el presente mismo. ¿Eras como un observador? Yo no sé cuánto era de observación o de pura perturbación. De alguna manera la piel se había abierto tanto que escuchaba todo, veía todo pero no estaba observando en el sentido clásico de la palabra. Lo que estaba es, quizás, tan abierto en el sentido poroso que creo que empecé a escuchar cosas que antes no escuchaba, a ver cosas que antes no veía, y entonces ahí apareció la posibilidad de mirar, escuchar y tocar todos los sentidos.

¿Quién es Carlos Skliar? Carlos Skliar es Doctor en fonología especializado en problemas de la comunicación humana. Llevó a cabo trabajos de post-doctorado en el Instituto Italo-Latinoamericano de Roma y posteriormente en la Universidad Rio Grande do Sul de Porto Alegre de Brasil. Durante el período de 20072010 fue director del Área de Educación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO/Argentina. Ha publicado diecinueve libros entre ensayos, obras propias, textos colectivos y tres poemarios. Desde 2005 conduce un programa de radio en Buenos Aires bajo la impronta del “Preferiría no hacerlo” de Bartleby. De sus estancias en Barcelona frecuentes desde 1990, surge su último libro No tienen prisa las palabras (Editorial Candaya 2012). 72


Más que un diario de viajes es un álbum. Quizá si tomamos una de esas imágenes y las enmarcamos son fotografías. Sí, eran imágenes de viaje que yo mandaba a mis amigos , en vez de decirles “Queridos amigos, hoy he estado en el bar tal y resulta que …” cogí un tipo de lenguaje, un tipo de escritura que envía percepciones a otro. Jorge Larrosa lo llamó “sensamientos” a mí me gustó la expresión. Una cosa que encontramos es que hay la necesidad del otro porque sin el otro muchas imágenes desaparecen, no existirían como tales. En el 2001 yo escribí un libro, aquí en Barcelona, que se llama Si el otro no estuviera ahí. En él una frase Gilles Deleuze decía que si el otro no estuviera ahí no habría mundo, no habría percepción, no habría nada. Es evidente que esta idea de alteridad me ha conmovido desde entonces; de alguna manera no es un concepto sino una forma vital de estar en el mundo. ¿Es más como un interrogante definido o con un cierto camino? Es como explorar por dentro, no tanto queriendo definir sino tratando de describir. Yo creo que el libro, siendo poético, porque lo es, no deja de ser una forma de pensar estas cuatro cosas: qué hay en eso de percibir, qué hay en el lenguaje, qué hay en eso de leer y escribir. ¿Es buscar lo esencial? Sí, por eso la escritura es fragmentada, es breve, yo no intenté explorar un género, hay quienes han nombrado a esto microrrelatos. David Roas, el que hizo el prólogo, intenta caracterizarlo de esa manera, yo lo que digo es que no sólo me declaro ignorante sino inocente, no soy usuario del género. 73


- ENTREVISTA-

Nos recuerda a narraciones que no son microrrelatos, que tampoco son imágenes fijas, sino algo que no llega a encasillarse en nada. No busqué un efecto sino que quería contar cosas, que es lo más genuino, lo más primitivo que puede haber en un acto de escritura, que es tener algo para contar. A veces, creo que cuando uno se mete en la polémica del género, no se pregunta lo fundamental, que es si hay algo para contar, y a mí me pasaba eso con la literatura. Yo lo primero que busco es qué es lo que me quieren contar; si lo que me quieren contar me vale la pena. Se pueden llenar páginas pero: ¿tienes algo para contar? “Doce mil kilómetros para darse cuenta de que uno quisiera estar así, allí.” ¿Dónde es ese allí? Lo que pasa es que el allí no sé cuál era, y entonces hay un juego probablemente literario. No sé si es la infancia, la patria imaginada, la patria ilusoria, la utopía, no sé si es Argentina, tal vez me refiero a Brasil, no lo sé: no hay un origen geográfico.

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¿Puede ser que tu propia patria sea tu lenguaje? Cuando me vine a vivir aquí al Raval y notaba que no había nativos, decía que era el paraíso porque para mí todas las discusiones sobre cuál es la lengua o cuál es la identidad, quiénes somos, me aburren profundamente, ya que son discusiones de identidad política pero no de identidad literaria. Este lenguaje del cual dispongo, que está cargado de toda una historia que no es personal, es universal, sí que es mi patria, pero ésta cambia todo el tiempo como cambia mi identidad. En tu libro, ¿hay algo de memoria o hay algo de querer que ese momento sea guardado? Bueno, ahí sufro los efectos de la idea del instante. Un sitio donde detenerse, y guardar en la memoria. Creo que también está la idea de detención: si no hubiera un poco de detención, el tiempo no se ensancharía; además la piel tiene que estar abierta para percibirlo, si estoy encegado, si estoy enfurecido, si estoy ensordecido, no veo nada. ¿Y ese abrir la piel es también una mirilla, es decir una mirilla del viajante por donde miras en todo el libro de una forma especial? Sí, pero para mí es diferente estar espiando el mundo protegido de él, desde el otro lado de la puerta, detrás de la ventana, que sentirse en medio de todo eso, donde la puerta se sabe de qué lado está y la ventana te parece que está de un lado y luego de otro. En este libro hay un niño, un volver a sentir, abrir los poros para poder experimentar eso que quizá de mayores olvidamos. A mí me duele inmensamente la distancia con mi propia infancia, ya tengo cincuenta y dos años y no puedo hacerme la ilusión de que está a la vuelta de la esquina. Cada vez es más difícil recuperar eso que se 75


- ENTREVISTA-

llama la atmósfera, eso que Virginia Woolf decía, podemos hacer de todo pero recuperar la atmósfera, jamás, entonces todo lo que se le parezca me conmueve. ¿Podemos decir que tu viaje ha sido y el libro es? Sí, lo que hay en común aquí es que el viaje y el libro podrán continuar si la escritura no se me escapa de las manos, no para seguir escribiendo libros iguales sino para sostener esa capacidad de escribir mirando, de escribir escuchando. Si esto no ocurre, tanto el libro como el viaje habrán sido momentos que ocupan una época de la vida pero que no seguirán conmigo. ¿Crees que habrá una Barcelona, en Argentina o en Brasil? ¿Esos “poros” que se te abrieron aquí, que pudiese pasar lo mismo en otra parte? Lo que hoy me llevo de Barcelona es la sensación de quitarle peso al mundo, de que nada es tan importante desde ese yo que habla. Me gustaría conservar este lenguaje que narra el encuentro pero que no opina, no se pone por encima, no es un lenguaje que toma posición. Transitar por un lenguaje sin juicio que es sumamente difícil. ¿Contento? Muy contento, este libro que por casualidad me aceptaron, que yo envié en señal de amistad y no como objeto literario, ha hecho que mi viaje no haya sido solo académico y de intercambio con colegas. El libro produjo la diferencia, ha sido muy hermoso.

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-VIÑETA-


-VIĂ‘ETAL.D.C. por Ana Tirado

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Dirección: Edmar Tovar Vega

Ilustración: Gabriel Molist

Codirectoras: Roser Martínez Maria Notó

Maquetación: Roser Martínez

Consejo editorial y redacción: Robert Frago Ana Valeria Jiménez Roser Martínez Renata Moreno Maria Notó Aina Sau Edmar Tovar Corrección y traducción: Renata Moreno Colaboradores: Enrico Banzola Esmeralda Barreyro Belisa Bartra Lluís Bertran Toni Carrera Blanca Fullana Ana Valeria Jiménez María Laín Roser Martínez Maria Notó Carla Pascual Aina Sau Chema Seglers Ana Tirado Edmar Tovar

Portada y contraportada: Roser Martínez Maria Notó Edmar Tovar Logotipo: Roser Martínez Gestión y administración: Robert Frago


Agradacimientos: A Carlos Skliar por su amabilidad y su tiempo.


Acrocorinto núm.2 Viaje  

Revista de arte, literatura y pensamiento.

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