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por Gabriel Magalhães, fotografías de Juanjo Bolaño (ByN) y Fran de la Cruz (Color)

uando entramos en nuestros cuarenta años, la vida se nos llena de hospitales: aquellos sitios blancos donde se nos mueren los familiares más ancianos y donde nosotros mismo empezamos una peregrinación de consultas, exámenes médicos y posibles operaciones. En los hospitales, cada uno se distrae como puede de la sombra transparente de la muerte: con una revista, con el paisaje suburbano de una ventana o con un garbeo hasta la cafetería del piso bajo. A mí, para relajarme, me gusta leer esas plaquitas que dicen “Quirófano” o “Secretaría” o “Análisis Clínicos”. El otro día, en Póvoa de Varzim, en el Norte de Portugal, me encontré con una colección fantástica de señales de este tipo, en un hospital precisamente: debo confesar que, en este tema de las placas, soy como un entomólogo coleccio-

nando mariposas. Hay una razón para ello: estos pequeños letreros nos dicen mucho sobre un país. La personalidad de cada nación se siente mejor en estas pequeñas cosas: en sus grandes momentos, todos los países son un poco cursis. Exactamente como todos resultamos un poco cursis en el gran día de nuestra boda. La primera placa me la encontré en un ascensor. Ponía, en portugués: “Uso exclusivo de utentes”. Algo así como, en castellano, “Para uso exclusivo de los utilizadores”. Suena un poco absurdo, ¿no? Claro está que lo que se pretendía decir es que aquel ascensor era para los enfermos del hospital (los “utentes”) y que seguramente habría otro ascensor para médicos, enfermeras y celadores. Pero en este cartelito se revelaba muy bien el alma barroca de los portugueses: esta tendencia que tenemos en Portugal para complicar lo que puede ser sencillo.

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“... para que un español se sienta a gusto en Portugal tiene que aprender a desdibujarse un poco...”

Las paredes de las casas se nos llenan de azulejos a todo color. Nuestro trato social rebosa cumplidos de todo tipo. Las aceras las hacemos con una infinidad de pequeños adoquines que transforman nuestros pasos en una melancólica película en blanco y negro. Al portugués le gustan los arabescos: Portugal como país es un precioso arabesco peninsular que se ha salido de la sobria geometría española. En nuestro país, lo innecesario es fundamental. Además aquella plaquita demostraba otra cosa importante: al lusitano no le gusta decir las cosas directamente. No somos un país de gente frontal. El ciudadano de la patria de Camões prefiere la oblicuidad: solemos ser tan discretos como la esquina de una calle donde no pasa nadie. Todos los portugueses somos agentes secretos de nuestra patria. El portugués raras veces pregona su nacionalidad: la esconde, casi como si fuera una de estas enfermedades que no se pueden confesar.

Al español por lo general le cuesta entender estos dos rasgos lusitanos: la pasión decorativa del portugués, su amor al arabesco y, por otra parte, su carácter reservado. Portugal es un país indirecto; al contrario, España es una nación en directo. Cuando un castellano habla con un portugués, éste tiene la impresión de que le están soltando una sarta de puñetazos. Esto pasa porque el español todo lo dice demasiado alto: casi como si cantara ópera. Ser español es cantar ópera; ser portugués consiste en musitar la melodía escondida de la portugalidad. Por ello, para que un español se sienta a gusto en Portugal tiene que aprender a desdibujarse un poco: algo así como coger una goma y borrar un poco los perfiles de su manera de ser, de estar. Por otra parte, un portugués, para existir bien en España, deberá lograr subrayar un poco sus rasgos. Si no, parece que no se le oye bien. Y ésa también es una de las primeras impresiones que tiene el español en Portugal: la de que no entiende a la gente porque todo el mundo habla demasiado bajo. Portugal es un país de murmullos; España, de gritos. Por algo a los gritos en España se les llama voces (“dando voces”, se suele decir), como si el grito fuera el estado natural de la voz. En aquel hospital de Póvoa do Varzim todavía me esperaba una placa más, tan asombrosa que me distrajo para siempre de la muerte. En un pasillo se encontraba un letrero extraordinario

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que ponía en portugués: “Corredor de circulação”. O sea, en buen castellano: “pasillo de circulación”. Admirable. Claro que podríamos ironizar preguntando si había pasillos de aterrizaje o de despegue. Pero esto sólo probaría que no entendemos nada de Portugal. En aquella placa lo que se revelaba es la pasión portuguesa por lo accesorio, por lo innecesario: el alma barroca lusitana. Una pasión manierista que nos lleva a decirlo todo con demasiadas palabras. Por otra parte, una vez más se nota en esta expresión la preferencia portuguesa por la oblicuidad. En efecto, lo que se está diciendo es que las personas deben permanecer en las salas de espera, para no atascar los pasillos. Pero esto se dice sutilmente: tan sutilmente que casi no se entiende. Estas cosas indirectas, evasivas, los portugueses las entienden muy bien aunque los españoles quizás no.

que se escuchan en la soledad de las dos de la mañana. Una última nota: en Covilhã, la ciudad donde vivo en Portugal, hay dos pastelerías importantes. Una se llama “Leitimel”, o sea “lecheymiel”; la segunda tiene el precioso nombre de “Pérola Doce”, lo que, traducido al castellano, nos da “Perla Dulce”. Por el contrario, la pastelería más importante de Salamanca, ciudad donde también he vivido muchos años, se llamaba sencillamente “Gil”. En resumen: un español que quiera vivir a gusto en Portugal tiene que aprender la hermosura de la complejidad y la eficacia específica de existir indirectamente; un portugués que quiera ser un poco español deberá asimilar la belleza de la sobriedad y el pragmatismo de ir al grano. Y es que, afortunadamente, somos diferentes.

En mi colección privada de placas, he anotado también muchas españolas. Todas son más concretas, más directas que las portuguesas: “Prohibido el paso”, “Prohibido aparcar”. O una fantástica que vi en Madrid, en la entrada de un garaje: “Llamo grúa”. No se puede ser más claro. España es eso: un país en directo. Y Portugal una misteriosa redifusión peninsular: algo como uno de estos programas de radio 32 · noudar

Gabriel Magalhães Profesor en la Universidad de Beira Interior, en Covilhã, Portugal. Autor de obras de tema peninsular como Estar Entre (Salamanca, Celya, 2007) e Garrett e Rivas: o Romantismo em Espanha e Portugal (Lisboa, Imprensa Nacional – Casa da Moeda, 2009). También es escritor: acaba de salir su novela Não Tenhas Medo do Escuro (Lisboa, DIFEL, 2009), que obtuvo el Premio Revelación de la Asociación Portuguesa de Escritores.


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