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INSTITUTO DE EDUCACIÓN SECUNDARIA PADRE ISLA LEÓN

DEPARTAMENTO DE LENGUA Y LITERATURA

POEMAS Y CUENTOS PREMIADOS EN EL

XXXVI CONCURSO DE CUENTO Y POESÍA “EUGENIO MIGUÉLEZ RODRÍGUEZ”

LEÓN, 2014


I. MODALIDAD DE POESÍA A) NIVEL BÁSICO

PRIMER PREMIO

Tú Tu risa nos ilumina, El lobo te aúlla, ¿Qué forma te toca? Cerca del sol, ¡Luna, lunita, luna! ¿Qué forma te toca? Lejos de mí, Refugio del cielo, ¿Qué forma te toca? Le lo la le lo la luna, Tú y yo a su luz. LAURA GONZÁLEZ SUÁREZ (2ºE de la ESO)


SEGUNDO PREMIO

Ángel de la Guarda Un niño dormido, con su ángel al lado. Para no despertarlo, una nana cantando. El niño duerme, duerme sin parar, porque el ángel despierto le cuidará. Quizá lo que soñaba, quizá lo que pensó, el niño de la cama, sin más, se cayó. El ángel al recogerlo al niño despertó. Pero con él corriendo a la cama volvió. JAIME MARTÍNEZ GUNDÍN (2ºE de la ESO)


B) NIVEL SUPERIOR

PRIMER PREMIO

¡Oh, tú, mi dulce y amargo amor, dame esas tus alas celestiales para librarme del fuego en el que mi deseo me enterró! ¡Oh, tú, Dios, escucha mi clamor! ¡Oh, manda a tu ángel de espirales, quien entró puro en tu cielo, para lograr lo que mi alma soñó! JORGE LÓPEZ NATAL (4ºC de la ESO)


II. MODALIDAD DE CUENTO A) NIVEL BÁSICO

PRIMER PREMIO

Viernes a última hora. Matemáticas. Todos los alumnos ansiaban que sonase el timbre que les devolvería la libertad. Sin embargo, Rodrigo García apuraba cada segundo como si fuera el último que iba a pasar entre aquellas cuatro paredes. ¿Que en qué los apuraba? En admirar la belleza de la chica que estaba sentada en la otra punta de la clase. En contemplar sus ojos, en sonreír a cada una de sus ocurrencias. Cada vez que llegaba el fin de semana era un suplicio para él. Y no porque no la fuese a ver, sino porque siempre que la veía no era el único que la miraba. Todos los tíos de la discoteca morían por sus caderas. Pero era sólo eso: morir por sus caderas. Ninguno se atrevía a vivir para ella. Mucho menos por ella. Dos de la madrugada, una discoteca cualquiera de una ciudad cualquiera. Rodrigo entró al baño. Vio su reflejo en el espejo que había encima del lavabo. Hoy no se había esmerado mucho en arreglarse. Nunca lo hacía demasiado pero aquella vez ni siquiera se había afeitado y su pelo ya pedía a gritos una visita a la peluquería. El aspecto desaliñado junto con sus gafas de vista negras le confería el look bohemio que tanto estaba de moda. Ojalá le gustara eso a ella, Cristina González. Pero sabía perfectamente que no era así. Su musa sólo necesitaba música, poesía y algunas dosis de teatro. Algunos decían que las dosis que necesitaba para vivir no eran precisamente de música, poesía o teatro pero Rodrigo se negaba a creer que su princesa fuera así. Que fuera tan frágil como para necesitar drogas a la hora de divertirse. Volvió a la pista de baile y la vio allí, como siempre rodeada de sus amigas y fingiendo que no sabía que todos la miraban. Cuando Rodrigo consiguió entablar la vista con Cristina ella rápidamente bajó la mirada. Aún así a él le dio tiempo a ver sus ojos y se dio cuenta de que estaba mal. Aunque fingía reír, no conseguía que la alegría subiera hasta su mirada. Los ojos estaban rojos, como los de todos los allí presentes y cualquiera podría haber dicho que eran unos ojos normales, incluso bonitos. Pero él no. Él, que la conocía tan bien, que había compartido tardes de inagotables charlas y noches en vela cuando ella le confesaba sus sueños más bonitos y sus peores pesadillas veía que el brillo que siempre los acompañaba no estaba allí. Algo le ocurría a Cristina González aquella noche.


–Es una creída. Nos mira a todos por encima del hombro. Rodrigo sabía que lo que le pasaba a su amigo era que el viernes Cristina le había dejado claro que no tenía ningún interés por él. –No es como todas– respondió secamente mientras cruzaba las puertas del instituto. Estaban en la hora del recreo y habían salido a fumar. –¿No es como todas? ¿Pero qué respuesta es esa? Rodrigo no paraba de mirar a todos lados buscándola; no había venido a las primeras horas y eso le preocupaba. –¡Rodrigo! ¿Me puedes contestar?– insistió su amigo Dani. –Sí, sí…Es que ella…No es como las demás. Por mucho que se esforzase, Rodrigo no podría expresar todo lo que quería decir. No era capaz de confesarle a nadie que amaba la visión del mundo que tenía Cristina, que amaba todas y cada una de sus sonrisas. Que la amaba hasta cuando dejaba de fingir y era ella misma; cuando cogía la guitarra y era capaz de llevarte a otro mundo. Todos esos pensamientos había estado intentando ordenar aquel fin de semana. Después del viernes no volvió a salir, se encerró en su habitación entre versos y canciones. «Que cuando ella cruza por debajo del cielo sólo el tonto mira al cielo». Fue leer aquel verso y convencerse. En la oscuridad de su habitación decidió que tenía que decirle todo a Cristina. Porque como ese mismo poema decía: “que razones tenemos todos, pero yo muchas más que vosotros.” Si, era él el que la amaba de verdad, el único que sabía sus sueños y sus pesadillas. Con esos pensamientos, llegaron de nuevo al instituto. Cuando entraron se encontraron con María, la mejor amiga de Cristina. Se acercó corriendo a ellos. Llevaba el rímel corrido. No supo por qué, pero Rodrigo solo pudo pronunciar una palabra: –¿Cristina? –Se ha ido– dijo María entre llantos. –¿Cómo que se ha ido? –No me ha dicho adónde. Solo me ha dejado esto para ti– respondió mientras le entregaba una carta. Ni siquiera esperó a estar solo. Abrió la carta y empezó a leer: «Rodrigo, lo siento. Pero tú más que nadie sabes cómo soy. Que aunque parezca fuerte, soy la más frágil de todas…Tengo miedo. El otro día, en tus ojos, lo vi. Vi amor. Sé que no me quieres hacer daño pero es que ese sentimiento duele. Y mucho. Fíjate en mis padres, lo que se querían y luego cómo acabaron…El amor es atarse y sabes que mi mayor meta es ser libre. Solo espero que algún día encuentres a una menos loca, menos idealista y más romántica. Me despediría diciendo te quiero, pero ya sabes. Suerte, hasta siempre.» Rodrigo volvió a salir y miró al cielo. Iba a llover. Pensó en Cristina. En realidad, no era tan raro, siempre había sabido que ella quería ser libre. Se sentía raro. Volvió a mirar al cielo y vio cómo empezaba a llover. En sus ojos también llovía; no sabía si de tristeza, rabia o impotencia, pero llovía. BLANCA ESTHER JIMÉNEZ DÍAZ (3ºA Divers.)


SEGUNDO PREMIO Un recuerdo en el tiempo Empiezo a recordar cómo era mi bisabuelo. Nunca se me había ocurrido pensar en él, pero hoy, al ver esa foto suya en el periódico, sentí la necesidad de saber cómo era o lo que le pasaba por la cabeza. Fui hacia la cocina buscando a mi madre, El delicioso aroma a galletas recién hechas se colaba por la puerta e inundaba toda la casa. –Mamá. –Dime, hija. –¿Puedo preguntarte una cosa?– dije mientras alcanzaba la galleta que ella me ofrecía. –Claro. ¿Es sobre tu bisabuelo? –Sí. ¿Cómo lo sabes?– le pregunté sorprendida. –Yo también he visto la foto. Hoy se conmemora el 30º aniversario de su desaparición en la larga travesía hacia los antípodas del navío "Santa Valoria de Aguilar", después de la cual nunca se le volvió a ver. "Era un gélido diciembre en la España de 1954. Por las bocas de los lugareños solo corría una noticia: un navío pretendía emprender su viaje hacia los antípodas dirigido por el capitán más nombrado del momento: el comandante Santullán. Todos estaban seguros de que no podrían conseguirlo; aquellos mares eran conocidos por su bravura y sus corrientes marinas. Ningún barco había conseguido salir de ellos, pero al capitán Santullán le daba igual: había planeado partir en cuanto saliera la luna la noche del 27. Llegó aquel día y zarparon si problemas. En los siguientes meses todo sucedió según lo previsto, pero las condiciones de vida de la tripulación fueron empeorando a medida que avanzaba el viaje. Cuando llegaron al mar de Timor, los marineros, hartos de su penosa situación, decidieron sublevarse contra su capitán. Un día, mientras Santullán estaba durmiendo, le ataron de pies y manos y le llevaron a cubierta. No podía gritar, pues le habían amordazado la boca, pero daba igual, nadie le habría escuchado de ningún modo. Le metieron en un bote, le lanzaron al mar y le abandonaron a su suerte, mientras partían con rumbo desconocido en busca de riquezas y de buena vida." Cuando mi madre terminó, me acerqué hacia la ventana, pensativa. No sabía por qué, pero tenía una extraña sensación. Esos días me había sentido vigilada por alguien. En el supermercado, en la calle... incluso en mi propia casa, pero no sabía por quién. Solo en una ocasión había llegado a ver un mechón de pelo blanco y unas gafas rayadas, que desparecieron fugazmente cuando giré la cabeza. Asustada, intenté apartar esos pensamientos de mí y me fijé en la carretera, en los coches pasando de un lado a otro llenos de familias, cada una con una historia que contar. Seguramente no sería la única que tenía algún familiar desaparecido en el mar, pero eso no me reconfortaba. Yo tenía miedo, mucho miedo. Y entonces lo vi. Estaba allí de pie, plantado como un muerto. El señor de la foto, mi bisabuelo, estaba justo delante de mí. CLARA MARIÑO PEÑA (2ºE de la ESO)


B) NIVEL SUPERIOR

PRIMER PREMIO

El entierro de la Cenicienta El teléfono. Se levantó con pereza y descolgó el auricular. –¡Hola, buenos días! Le habla María Teresa, de su operadora telefónica– trinó una voz latina al otro lado–. Era para ofrecerle nuestra nueva tarifa plana, con la que puede hablar con todos sus amigos todo lo que quiera, porque dispondría de 5000 minutos gratis, y… –Oiga, de esos 5000 minutos me sobran 4999, no tengo amigos a los que llamar ni nadie que me llame. –Entiendo– dijo María Teresa, y colgó mientras al otro lado de la línea una mujercaía muerta en el suelo. ****************************************************** No éramos muchos en el entierro de la Cenicienta. Aún así, todo se hizo como ella pidió. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? La calle que subía al cementerio se llenó de camisetas hechas trizas que se colgaron por todos los cables de luz y teléfono que vimos. Los paraguas negros se rompieron para que pasase la luz a través de ellos y se tejieron guirnaldas con flores que pendían de las esquinas. Todos llevamos la ropa que debíamos: estaba terminantemente prohibido vestir de negro. Algunos incluso cosieron la ropa para la ocasión. La banda, por una vez, no llegó tarde, y no como en su boda. Era de nuevo carnaval. Una niña llevaba la cara pintada como un payaso llorando, pero no reconocí quién era. Cuando la estrambótica comitiva enfiló la cuesta, con el ataúd a nuestros hombros, supe que aquel sería un acontecimiento que pasaría a la historia en nuestro pequeño mundo. Más que la inesperada muerte de la Bella Durmiente, más que el suicidio de la Sirenita porque un día descubrió que no podía nadar a braza. Ya quedaban pocas cuando se dieron cuenta de que no las necesitábamos. Y era cierto, pudimos seguir viviendo igual, enterrando cada vez un poco más ese aire de armonía y belleza que tenían, a la vez que las íbamos enterrando a ellas. Así que fue muy tarde cuando nos dimos cuenta de que ellas también eran humanas, y entonces el aire era siempre con el mismo olor a comida recién horneada y lejía. Sí, el ataúd de la Cenicienta también olía a lejía. Lo habíamos pintado por fuera con todo lo que encontramos en su casa que pudiera servir. Luego pegamos todas y cada una de las fotos suyas que teníamos: las de la prensa rosa, las de su álbum personal y las que alguno de nosotros tenía, como recuerdo de las fiestas que daban en los viejos tiem-


pos en la Casita de Chocolate, antes de que a la bruja le dijeran lo de la diabetes. Algunos habíamos recorrido un largo camino para asistir. Yo mismo, tuve que venir desde el País de las Maravillas. Peter Pan fue el primero. Siempre estuvo muy unido a la Cenicienta, después de que Wendy no volviera a Nunca Jamás. Su hada madrina, en el momento en que la llamaron por teléfono para darle la funesta noticia, solo articuló un atónito “Lo siento” para su querida Ceni. Luego sus alas cayeron hechas pedazos al suelo porque ella misma había dejado de creer en las hadas. Los hechizos hasta media noche no valen para nada, y el hada madrina lo sabía, pero la felicidad completa es algo que las hadas tienen prohibido regalar, ni siquiera a las princesas. ¿Y el Príncipe Azul? Ese hacía mucho que no se sabía nada de él, pero allí no estaba. Decían que trabajaba en una oficina y que ya no vestía de azul. Tampoco nadie le pidió que viniera, ya todos le habíamos olvidado y no estábamos seguros de que él quisiera vernos. De todas formas, a la Cenicienta nunca le hizo falta ningún príncipe para lucirse. Sabía hacerlo muy bien ella sola. Ah, las fiestas de otros tiempos. Sí, todo fue como ella hubiera querido. Se encargaron de vestirla con su vestido favorito, ese que parecía espuma y que solo se ponía cuando estaba sola. Llevaba la cara pintada de verde y sonreía como nunca había sonreído en los últimos años. La última vez que estuve con ella, hace mucho, cuando todavía su pelo era casi del todo castaño, me contó con gesto despreocupado que quería estar guapa cuando muriese. Que hasta ese momento le daba todo igual. “Querido –dijo después de mirar fijamente la taza vacía- ya no se trata de escobas o de bailes de medianoche, se trata de dos y dos son cuatro, de que siempre llueve hacia abajo, de que las calabazas no pueden ser carruajes. Y yo ya no puedo hacer nada para remediarlo. Pero cuando muera todo volverá a ser como antes. Sí, como siempre fue. Y te reservaré un baile.” Posamos el ataúd junto a todos los enseres, la ropa, los muebles… Todo el contenido de su casa estaba allí. A última hora parece que llegó más gente. Las amapolas que había en los bordes de la carretera se mecían con el viento. La procesión terminó y todos se quitaron las máscaras. Las velas se hicieron antorchas. Me acerqué a la Cenicienta y tiré mi sombrero al montón. Era mi mejor sombrero, pero tenía muchos más. Esperaba que me lo devolviese junto con el baile que me había prometido. –Ya podemos empezar– dije con una sonrisa. CARMEN REIVELO DÍAZ (4ºB de la ESO)


SEGUNDO PREMIO

Arrugas, labios, corazón Le agarro la mano cuando un pitido agudo y chillón traspasa mis oídos como traspasaba mis ojos la luz del sol, cuando aún era de día. De pronto la sala se llena de enfermeras y médicos que van de un lado a otro hablando en susurros y portando jeringuillas. Me veo transportado en el trajín de estas personas y pongo los ojos en blanco, con las pupilas clavadas en el sol que desaparece tras un espeso manto de sombras. Las sombras del crepúsculo. Cuando todo acaba, las enfermeras salen silenciosamente del cuarto y el médico, un hombre joven de barba de dos días, me murmura algo en silencio. Asiento casi sin escucharle. Aquí todo el mundo habla en susurros. Me levanto, cierro la puerta y pongo el último disco de un Tony Bennet que lucha por volver a una juventud ya perdida entre conciertos y vasos de vino tinto. La música jazz llena la estancia como si de agua se tratara, mientras las sombra van comiéndose mi rostro y los cadáveres que se encuentran esparcidos en esta habitación de hospital. Cuando el sol se va del todo, abandonándonos en la negrura, no me molesto en encender los fluorescentes que penden del techo. Me molesta su frialdad artificial. Abro la ventana y corro las cortinas. Al instante, al luz de la luna, bella y salvaje, ilumina mi cara y también su cuerpo, apenas un fardo de carne y huesos nadando entre las sábanas. Me desvisto con parsimonia, con toda la lentitud y la paciencia que me han otorgado mis setenta años de vida. Miro de reojo la pantallita que marca el ritmo de los latidos de su corazón: sigue vivo. Todavía. Cuando las ropas caen al suelo, como lo hizo mi juventud hace muchos años, me acerco a su cama y entro, escabulléndome entre las sábanas. Sonrío. Noto su cuerpo cálido contra el mío, el fuego que emana de cada centímetro de su piel. Aparto las sábanas y coloco la cabeza en su pecho, escuchando el devenir de su corazón, como el del sol y el de la luna. Noto su respiración, ese breve movimiento de su cuerpo que lo aferra a la vida. Marcos tiene noventa años. Está en la unidad de paliativos, no creo que tarde mucho en cruzar ese borde que lo separa de la gloria. Lo conocí hace ya dos años, cuando yo aún tenía sesenta y ocho, y el cáncer de próstata estaba ya en un estado avanzado. Mi mente está compuesta de viento y arena, pero hay instantes que guardo como si fueran mis mayores tesoros. Y, en cierto modo, lo son. Uno de ellos es el momento en que nos conocimos. Yo había salido a caminar como tantas otras veces por el parque que está cerca de mi casa. Tras media hora, decidí sentarme en un banco. Mi corazón es un viejo gato que ya no tiene ganas de mover el rabo. Y allí estaba él. Contemplaba extasiado cómo una pareja de jóvenes, de no más de veinte años, reían y se besaban… Yo me senté a su lado y él me dijo: “¿no es maravilloso?”. Miré a todos los lados y le respondí, desconcertado: “¿el qué, si puede saberse?”. “El amor”, dijo él, “mire esos jóvenes. Brillan con un aura especial. ¿No le gustaría volver a probar ese fruto de la


vida, ese elixir de juventud?”. Y yo me reí. Eso estaba bien, porque hacía mucho que nadie me hacía reír. “Tenemos demasiados años para esas niñerías”, le respondí. Pero Marcos me miró por encima de las gafas y dijo: “Nunca es tarde, señor. El amor no es como ese impreso que hay que entregar en el Banco, ni como esa manzana que tiene que comer porque si no se pone mala. El amor es más largo que la vida”. Y el resto del día se desdibuja en mi mente como si fuera un puñado de azúcar en agua hirviendo. A partir de ese momento, mis recuerdos son un cliché con infinitas imágenes que se suceden a una velocidad vertiginosa al ritmo de una pegadiza melodía de alguna canción de jazz, cuyo nombre ya no recuerdo. He pasado los dos últimos años memorizando cada arruga, cada grano, cada lunar que marca su piel, saboreando el tacto amargo de su lengua en mi boca y respirando cada trozo del aliento cálido que exhalaba cuando hacíamos el amor en las noches de luna llena. Hoy vuelvo a tenerlo a mi lado, en la cama, dos barcos esperando llegar a puerto acompañados tan sólo por los pliegues de las olas. Hoy vuelvo a besar sus arrugas y a acariciar su piel áspera y maltratada por el tiempo; hoy vuelvo a sentir ese amor de viejos estallar en mi pecho y recorrer el vello de mis brazos y de mi cuerpo. Porque no, no estoy loco. No estamos locos. Sólo somos dos hombres que han mandado a arreglar sus corazones destrozados por el tiempo y los recuerdos. Dos hombres al borde. Pero dos hombres felices. Abre los ojos y me abrazo a su pecho. Sonríe, y las arrugas de sus labios se juntan, por fin, con las mías, un instante antes de que nuestros corazones se paren y la oscuridad lo invada todo. CARLOS VARELA FERNÁNDEZ (2ºA de Bachillerato)



Cuento y Poesía 2014