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SEMANA SANTA 1966 Miguel Esplugues Yerbes


SEMANA SANTA 1966 Tres meses llevábamos de preparación, y es que en 1966 preparar una salida de Semana Santa un grupo de diez jovenzuelos no era cosa de un día para otro. Algunos de nosotros teníamos mochila y lo necesario para estar varios días de autosuficientes fuera de casa, pero lo normal era ir a Altarriba y alquilar lo necesario. Teníamos una tienda de campaña en propiedad para seis personas con suelo de linoplastic. Era alta tecnología que no dejaba entrar el agua en el aposento pues era un buen aislante, tenía doble techo para protegernos de las inclemencias, frío o calor, en definitiva, una buena tienda de campaña para aquellos tiempos. Como curiosidad diré que la conservo como oro en paño, pues es una reliquia con muchas historias. Alquilamos una tienda e individualmente cada uno lo que le faltaba, casi siempre mochilas y utensilios de cocina. Ya todos con nuestras mochilas cargadas con la manta, el camping-gas, cubiertos, linternas, machete, cantimplora… Parecía que nos íbamos a la guerra en vez de a la montaña a pasar unos días. En 1966 si veías a un grupo de chavales con esta guisa, solían también ir uniformados de la OJE, pero nosotros jamás. Para nosotros era una vergüenza que nos pudiesen identificar con este grupo de cachorros de la Falange. Metimos nuestros bártulos en el maletero de la Chelvana y nos dispusimos a realizar el viaje al lugar de partida de nuestra aventura de Pascua de este año. Todos los años, desde que cumplimos los catorce, solíamos irnos de acampada en esas fechas y este año tocaba bajar de Alcublas a Segorbe pasando por la Cueva Santa y la piscina de Altura que ya conocíamos de otra acampada. Una vez acoplados en los incómodos asientos del autobús que nos llevaría a la Serranía, empezaron las bromas, el jolgorio, y comprobar que José Enrique estaba sentado junta a una muchacha de nuestra edad fue suficiente para que sufriese la mayoría de las bromas, más tarde comprobamos que la joven nos acompañaba hasta nuestro destino. A la caída de la tarde confiábamos en llegar a Alcublas, pero aquel traqueteo parecía el de un carro y no el de un bus, además paraba continuamente y hasta en Casinos subieron a vendernos peladillas, cosa que mis amigos tomaban como parte de la fiesta que nos esperaba, pues cualquier cosa era motivo de jolgorio. Tan sólo yo conocía el trayecto, pues para llegar a Canales, pueblo de mi madre y abuelos, tenías


que viajar a Alcublas o bien a Andilla para desde allí, caminito San Fernando, llegar a Canales y para ello no había otro medio que la Chelvana. La explanada de la fuente de la Virgen de la Salud fue nuestro terreno elegido para montar las tiendas. La tarde empezaba a dar paso a la oscuridad de la noche cuando estábamos en estos menesteres, cosa que casi siempre nos ocurría pues alargábamos el tiempo del disfrute y nos cogía el toro montando las tiendas.


Con las tiendas montadas, el bocadillo que nuestras madres nos preparaban para el primer día fue verlo y no verlo. Arranchamos y nos dispusimos a darnos una vuelta por el pueblo. Esto era siempre lo más peliagudo, pues el sábado de Semana Santa las mozas, alborotadas esperando los días de Pascua y además por el grupo de forasteros que habían montado sus tiendas de campaña y de momento estaban en el pueblo, esto se presentaba bien. Siempre nos tocaba intentar congeniar primero con los chavales, pues no sería el primer pueblo en que nos apedrearon y nos tocó de noche largarnos como pudimos. Pero aquí de momento parecía que todo marchaba bien, pues incluso nos invitaron al baile que había esa noche (previo pago claro). El salón del baile recuerdo que era rectangular y se entraba por una esquina. En Valencia ya funcionaban las discotecas y al entrar en aquel cuarto nos pareció algo familiar, como un guateque, por lo que esperábamos disfrutar con estas mozas que no nos quitaban la mirada de encima cuchicheando Dios sabe qué. Lo primero que me llamó la atención es que todas las chicas estaban en una pared y los chicos en la de enfrente. Se miraban pero no se juntaban, ya habían sonado varias canciones y no se movía nadie. Nosotros siempre esperábamos que los de casa empezaran para no destacar, pero como tardaban pues nos decidimos. Qué ilusos, pensábamos bailar con aquellas hermosas serranas. Nada de nada, tan solo José Enrique consiguió bailar una vez con la compañera de asiento en la Chelvana, el resto cero patatero. Las muchachas sabían que si bailaban con nosotros, los próximos sábados podían tener vendetta por parte de los mozos, así que con el rabo entre piernas nos fuimos a dormir a nuestras tiendas de campaña dentro de nuestra manta y refunfuñando. Lo de irnos a dormir también es un decir, pues los alcublanos estuvieron de romería toda la noche visitando a aquellos muchachos que como los gitanos dormían al raso bajo una manta. Alguno de nosotros habíamos sido monaguillos, pertenecíamos a la JOC (era la parte izquierdosa de los jóvenes de la Iglesia, otros más sumisos y místicos eran de Acción Católica) y por aquellos tiempos solíamos asistir a misa los domingos. Así que, una vez aseados y las tiendas recogidas, después de desayunar nos dirigimos a la puerta de la Iglesia para esperar a misa de domingo de resurrección y luego partir camino de la Cueva Santa. Fue el momento que aprovechamos para acercarnos al horno a por el pan y ver cómo el tío José María peleaba con aquellos artilugios, poleas y bandejas con las


que se ayudaba para amasar el pan y cocer luego las barras y rollos a leña. A pesar de intentar convencerle, nos tocó regresar tras la misa a por el pan que le encargábamos, pues se horneaba el pan encargado previamente y metía en los sacos para que cada vecino fuese a recoger el suyo cuando pudiese. Las mochilas contra la pared, las risas y bromas esperando la partida y nosotros ya nerviosos de que nadie venía a abrir la iglesia faltando quince minutos para la misa. Se nos acercó un cura viejo, con sotana descolorida pero con andar seguro y firme, extrañado de vernos en la puerta a esas horas y con tantos trastos, debió pensar para sus adentros ¿qué gente sería aquella? Con carácter afable quiso averiguar la causa de nuestra algarabía y risas. Al contarle el motivo de la espera, fue tal su alegría y sorpresa que se ofreció a llevarnos los bártulos hasta la Cueva Santa y así podríamos ir más descansados y frescos. No necesito decir que aceptamos de muy buen grado y tras él entramos en el templo. Nunca sentí subir la sangre a mi cara, nunca sentí mayor sonrojo que ese día en la homilía. Pues no se puso a decir Don Alejandro (pues así se llamaba aquel buen hombre, cura antiguo y a la par agradecido a ese grupo de muchachos que anteponían el ir a misa antes que salir de excursión) todas las bondades que se le ocurrieron… Fuimos puestos de ejemplo, fuimos utilizados como arma arrojadiza contra los que no van a misa, fuimos… fuimos los que pasamos la mayor vergüenza de nuestra vida, pues las cuatro ancianas que había en misa se giraban, nos miraban, comentaban entre ellas y el cura dale que te dale. Esto fue motivo de comentario y risas durante años, pues una vez en la calle, incluso estas ancianas se nos acercaban para decirnos que estábamos locos, ¡Qué necesidad tenéis de ir andando a Segorbe! Que dirían hoy si supiesen que hay eventos deportivos que suben corriendo de Puzol a La Pobleta pasando por el prao. Le cargamos el coche a Don Alejandro, le vimos partir y nosotros, más frescos que una rosa a pesar del calor que se barruntaba en el cielo, nos dirigimos hacia la primera meta, la Cueva Santa, que por cierto qué fresco cuando bajamos a la cripta tras el calor asfixiante y la sudadera del camino. Aquello parecía el taller de Debón, artista fallero como pocos, donde yo trabajaba algunas horas diarias, pues estaban las paredes llenas de brazos, piernas, manos y no sé cuantos azulejos y ofrendas por los bienes recibidos así como los milagros otorgados. La verdad es que hoy, desde la distancia, lo veo como algo lúgubre


(constato que hoy es diferente), sin poner peros ni críticas a los creyentes en la Cueva Santa. Por la noche acampamos cerca de la carretera, a unos cuatro quilómetros de la Cueva Santa. Y siguieron los problemas, esta vez no por las visitas nocturnas. Coincidió que en lugar elegido para la acampada había un ciruelo, algo verde, pero un ciruelo y Paco, como hijo de la huerta, nos advirtió, amenazó y se enfadó diciéndonos que no tocásemos una fruta, que respetásemos el trabajo y el esfuerzo del dueño que vendría a recogerla. Así que a dormir y todos quietos. ¡Ay, todos quietos!, por la mañana amaneció la mitad con la cara pintada de mercromina y el pobre ciruelo mas pelao que un plátano a punto de comerlo. Cuando llegamos a Altura acampamos junto a la piscina, bajo unos pinos, y nos bañamos. Bueno, se bañaron los más valientes, pues el agua estaba como la nieve de la Bellida y con una profundidad no apta para los que no sabíamos nadar, que éramos la mayoría. Ya, desde aquí, a subir en Segorbe al tren que venía de Teruel y nos dejó en la estación de Aragón, que hoy podemos ver en postales. Al llegar a casa ya estábamos preparando la salida de la semana siguiente, Pascua de San Vicente.

Semana Santa 1966  

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