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ASOCIACIÓN CULTURAL LAS ALCUBLAS

Diversos autores

2011

Ayuntamiento de Alcublas

ALCUBLAS ESCRIBE


© AsociAción culturAl lAs AlcublAs EditA: AyuntAmiEnto dE AlcublAs colEcción AlcublAs EscribE dEpósito lEgAl: ilustrAcionEs: rosA rosElló gArrigó, disEño y mAquEtAción: J. blAnco pAz


ÍNDICE SALUDA DEL CONCEJAL DE CULTURA

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PRESENTACIÓN

9

PRÓLOGO: COMO EN UNA BOTICA DE DIMENSIONES INCALCULABLES

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III CERTAMEN DE RELATOS - 2011 EL SANTUARIO

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ME GUSTA HACERLO CADA JUEVES

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ALMENDRAS DE TERCIOPELO VERDE

27

LOS OLVIDADOS

31

LA VISIÓN

39

LA FIAMBRERA

46

LA CONFESIÓN

50

EL MEDIO POLLICO

53

SEMANA SANTA 1966

57

LA PEÑA RAMIRO Y EL GAVILÁN

61

EL SONIDO DEL SILENCIO

65

DESDE AQUEL DÍA NUNCA MÁS

68

EL SECRETO ESTA EN SALUD

71

AL PIE DE MONTMARTRE

77

LA HIJA DEL REY BO BO

81

QUERIDOS MAESTROS DE ESCUELA EN ALCUBLAS

85

HAZLO CON CUIDADO, PERO HAZLO

89

CANELA

93


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SALUDA DEL CONCEJAL DE CULTURA Santiago Cabanes Navarrete

El libro que en este momento tienes en tus manos es una recopilación de los relatos breves correspondiente a su tercera edición. Si continuas leyendo encontrarás historias que seguro te conmoverán y en algún caso te retrotraerán a un pasado reciente que de no haberlo vivido cuesta reconocer, pero esto tienes que descubrirlo por ti mismo/a. Espero que la curiosidad sea una de tus debilidades y que esta necesidad te incite a seguir con la lectura de este libro y a continuación necesites de más historias y cojas otro libro, continuando de este modo hasta convertir esta acción en un hábito que tengas que repetir con frecuencia. En este punto entrarás a forma parte del colectivo de lectores habituales y descubrirás, con asombro, que necesitas más historias cada vez, y puede que incluso necesites reflejar las que tu mismo/a imagines y te pongas a escribir contando o contándote lo que te acontece, o inventes dejando constancia tuya a los que te sucedan. Esto, que un principio parece tan difícil, puede ocurrir casi sin darte cuenta. No olvides que el camino más largo empieza dando un paso. Como concejal de cultura he de felicitar a las personas que han participado, por la alta calidad de sus trabajos, y animar al resto de ciudadanos a contar sus vivencias, anhelos o fantasías para que a través de estos relatos podamos disfrutar, conociéndonos más, a la par que aprendemos. En este punto, he de reconocer a la Asociación Cultural de Alcublas “ACLA” el trabajo realizado e invitarla a seguir con la labor. Es más, me atrevo incluso a pedirles que den el siguiente paso ampliando el radio de acción a toda la comarca e incluso más, pero con tiempo, ya que reconozco que no es fácil, del mismo modo que sé, que cuando se hace algo con ilusión poniendo ganas y todo el ingenio del que uno es capaz, lo más normal es que se alcance el objetivo deseado. Como reflexión final, quiere señalar que el altruismo que mueve a las personas para hacer algo bueno por alguien desinteresadamente es lo que nos hace progresar y prosperar, más que ninguna otra circunstancia, y este libro y los anteriores de la colección más los que se añadirán en un futuro, son claro ejemplo de lo que digo. En este punto hay que recordar el gran número de personas que de diversas maneras han colaborado con este municipio aportando su esfuerzo de forma desinteresada, para conseguir que el mismo sea un poquito mejor cada día. El genérico “personas” lo empleo de forma deliberada pues no quiero olvidar a ninguna de ellas, y son muchas, y mi memoria frágil, pero con el agredecimiento sincero, así, de esta forma, no personalizando, os abarco a todos y a todas. Gracias por estar cuando ha sido necesario, y ánimo para seguir estando.


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PRESENTACIÓN Serafín Martínez Marz Presidente de la A.C.L.A.

Participar, dar el salto, atreverse a intentar comunicar lo íntimo, porque la comunicación es una necesidad inherente al ser humano: esa es la premisa con la que se creó este Certamen de Relatos y ese es el motor que nos mueve a presentar este año una nueva selección de escritos. El éxito de la publicación del libro con los relatos de las dos primeras convocatorias, hizo que pusiésemos más entusiasmo y más ilusión, si cabe, en la tercera edición de nuestro concurso y que lográsemos implicar a diferentes personas que compartían con nosotros el interés por promocionar la escritura como forma de expresión y que también creen que el mundo rural tiene mucho que decir. Para nosotros ha sido un gran placer y una experiencia muy enriquecedora poder contar como miembros del jurado con profesionales de la literatura y el periodismo como son Emili Piera y Alfons Cervera, con el conocido psicólogo y escritor Vicente Garrido, con José Enrique Sánchez Menaya, un conocedor profundo de la sociedad alcublana, adquirido a través de la realización del Estudio Sociológico de Alcublas y, cómo no, con Pilar Comeche, bibliotecaria de Alcublas, y con Pepa Martínez, que aportaban al conjunto la perspectiva local, siempre necesaria en un certamen de estas características. La reunión del jurado en la casa El Mirador de la Torre nos permitió disfrutar de una interesante velada literaria y nos hizo entender que la palabra, escrita o de viva voz, debe tener un lugar en la Serranía: nuestro esfuerzo futuro va a dirigirse en esa dirección. En las páginas siguientes os presentamos una selección de los relatos presentados el año 2011, entre los que debemos destacar los que resultaron premiados: - Primer Premio para el relato “El santuario”, de Santiago Cabanes Gabarda. - Segundo Premio a ”Me gusta hacerlo cada jueves”, de José L. Alcaide Verdés. - Accésit para “Los olvidados”, de Santiago Cabanes Navarrete. - Accésit para “Almendras de terciopelo verde” de Alicia Garrigó Giralt. El magnífico prólogo a este libro lo ha escrito Alfons Cervera, persona comprometida con la cultura y con la Serranía como pocas y en quien hemos tenido, más que un colaborador, un amigo siempre dispuesto a ayudar en lo que fuese necesario: os recomiendo su lectura con detenimiento. Él se ha ocupado también de la


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corrección de estilo de los relatos, bajo la premisa del respeto máximo a la libertad creativa. También hemos contado con la colaboración de Rosa Roselló Garrigó, joven artista plástica que se ha encargado de enriquecer esta edición con sus originales y divertidas ilustraciones de los relatos y la portada, y con el magnífico trabajo de maquetación y diseño gráfico de nuestro compañero y amigo Joan Blanco: a todos ellos, jurado y colaboradores, muchas gracias por su participación y ayuda. Por último queremos hacer llegar nuestro agradecimiento al Ayuntamiento de Alcublas por el interés y esfuerzo que está haciendo para promocionar la cultura a pesar de los tiempos de crisis y por hacer posible que esta edición sea una realidad. Esperamos que sea de vuestro agrado.


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PRÓLOGO

COMO EN UNA BOTICA DE DIMENSIONES INCALCULABLES Alfons Cervera

Escribir es inventar un mundo. Muchos mundos. Un planeta entero. Una galaxia. Todo. El horizonte que se despliega delante de una ficción es ilimitado. Imposible descifrar la distancia que existe entre la primera y la última página de un libro. El misterio. Nada está previsto cuando empieza una lectura. Lo que vayamos encontrando a su paso será una sucesión de luces y de sombras. A un espacio iluminado habrá de suceder uno distinto, casi seguro que sumido en la brumosa sensación de que en ese punto se abre un abismo lleno de oscuridades a destajo. Cuando leemos estamos escribiendo por segunda vez un libro que pronto empezará a ser más nuestro que de nadie. Leer es inventar esa realidad que la escritura ha hecho suya. Cuando escribo, leo. Y al revés. En las páginas que siguen encontrarán un buen puñado de historias. Historias de antes y de ahora. De siempre. Un concurso convocado por la Asociación Cultural Las Alcublas abrió las puertas a esa hermosa posibilidad de que quien quisiera podría urdir a su manera la trama de un relato. Libertad absoluta. La creación no admita ninguna complicidad con la falta de aquella libertad. Escribir lo que se quiera. Contar lo que a lo mejor siempre tuvimos en la cabeza y nunca sacamos al aire de los otros. A veces se dice que escribimos para nosotros mismos. Pero estoy convencido de que siempre escribimos para los demás. Para que nos lean. Para que una mirada ajena, que mira de lejos lo que hacemos, pueda meterse de lleno en ese laberinto lleno de secretos que es toda escritura salida de la imaginación. Aunque pensemos que estamos escribiendo la realidad, comprobaremos en el final del proceso que la tarea ha sido imposible. La realidad se habrá convertido en una historia arrancada a la imaginación. Lo sabían sin margen de error Antonio Machado y Max Aub. La verdad también se inventa, decía el poeta. Los fantásticos relatos de Aub aseguran la certeza evidente de aquella afirmación. Los cuentos que vienen después de esta presentación vienen de esa capacidad inmensa que sin tal vez darnos cuenta tenemos para construir el relato que nunca habíamos pensado escribir un día. El


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reclamo de un concurso literario es el principio de una ruptura: deja de darle vueltas a la cabeza a esa historia y suéltala de una vez. Escribe. Aquí, en este libro, encontrarán de todo. Como en una botica de dimensiones incalculables. Paisajes dibujados con tinta de leyenda. Tradiciones que duran desde que la tierra no era redonda todavía. Fiestas borrachas porque, puestos a inventar, la palabra gorda tiene su dominio propio en el terreno de la irreverencia escatológica. El amor que persevera en la lectura de esos libros que nos salvan la vida. La íntima satisfacción de sabernos herederos de una dignidad que vuela por los techos de las escuelas de antes, con sus maestros y maestras enseñándonos que los tiempos oscuros se hacen más claros cuando la cultura se transmite en términos de generosidad y servicio a los demás. Todo cabe en un libro que nunca -ni cuando era sólo un proyecto de libro anunciado en las bases de una convocatoria de creación literariaestuvo sujeto a regla alguna que no tuviera que ver, únicamente, con el respeto a las reglas de la propia creación. A partir de este momento, todo lo que sigue es suyo, de ustedes. Todo lo que sigue es una serie de relatos escritos por gente cercana. Y digo cercana en el sentido más noble del afecto: por primera vez nos vamos a reconocer no sólo en las calles y en las casas y en el pueblo de siempre sino en la escritura, en la lectura de esa escritura, en lo que somos como hombres y mujeres y en lo que como hombres y mujeres escribimos. Escribimos y leemos juntos. ¡Menudo gozo!


TERCER CERTAMEN

2011


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EL JURADO Alfons Cervera Pilar Comeche Vicente Garrido Pepa Martínez Emili Piera J. Enrique Sánchez


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EL SANTUARIO Santiago Cabanes Gabarda

Ucerbas volvió a paladear aquel vino, sabiamente rebajado con agua. Era uno de sus mejores negocios. Los edetanos, sus compatriotas, no eran muy aficionados a esta bebida, preferían la tradicional cerveza, pero él que tenía tratos con las gentes del mar, se había acostumbrado a su áspero sabor. Ahora poseía más de doscientas ánforas en sus bodegas, listas para ser vendidas, y esto ocupaba la mayor parte de sus pensamientos. “Algún día, la nuestra será una tierra de vinos”, profetizaba. Y la ocasión bien merecía los mejores caldos, pues iba a sellar uno de los acuerdos comerciales más importantes de su vida. En la habitación contigua se encontraba Ahirom, un fenicio de barba apuntada y gorro frigio. Vestía las más lujosas sedas orientales, rara vez vistas en tierras de los edetanos, y portaba numerosos amuletos de oro macizo. Había venido acompañado de varios soldados y ayudantes. Todo indicaba que, pese a su avanzada edad, era un hombre con una gran fortuna. Y había accedido a casarse con su hija menor, llamada Nisunin. Esto era sumamente beneficioso para el comercio de Ucerbas, pues sellaría una alianza permanente que le permitiría enriquecerse y tratar como iguales a los aristócratas y los comerciantes más ricos de su ciudad. El pecho se le henchía de orgullo ante esta perspectiva, y una euforia ambiciosa recorría sus venas. Ya estaba todo acordado, las copas habían brindado, se había sellado el acuerdo matrimonial y había mandado a un sirviente a buscar a su hija. Le enorgullecía haberla concebido, con aquella belleza inusual, con aquel porte esbelto y ojos azulados más propios de los celtas, con aquellos cabellos arrebujados en rizos enloquecedores... Era normal que aquel fenicio hubiera perdido la cabeza por ella, y que hubiera accedido a aquel acuerdo matrimonial tan favorable para los intereses de Ucerbas. Con aquella alianza todos sus rivales comerciales quedarían desplazados... Pero el sirviente regresó solo y con el semblante lívido. Evitaba alzar su mirada del suelo, le temblaban las manos y casi tartamudeó al pronunciar lo siguiente: -Vuestra hija no está, mi señor, se ha escapado... Las siguientes horas fueron atronadoras, toda la casa parecía revuelta... Ahirom, el fenicio, se marchó enojado y airado, y humilló a su anfitrión al decir que era incapaz de someter y controlar a su hija. Los sirvientes y los guardianes no descansaban,


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registraban todos los rincones, preguntaban a los viandantes. Finalmente descubrieron que faltaba un caballo en las cuadras, y que Antorbanen, un liberto, también se había fugado. Entonces Ucerbas lo entendió todo. Últimamente su hija se había mostrado extraña. Suspiraba, lloraba a escondidas, incluso se apartaba de las cenas animadas y se consolaba en la terraza contemplando las estrellas. Además, siempre había tratado a aquel sirviente con demasiada condescendencia, con complicidad... Aquellas miradas significaban algo... El corazón de Ucerbas dio un vuelco, en una sensación intensa y dolorosa parecida a los celos de un enamorado… Y ahora ese miserable, un mentecato liberto, había robado a su hija... No cabía otra solución entre los hombres respetables. Debía encontrar a ambos y matarlos. Conclusión que hoy puede parecernos salvaje y despiadada. Pero debemos entender que para un antiguo el honor actuaba como una carta de presentación, la gente le respetaba en función de si pertenecía a una familia o una institución honorable. Una persona podía no obtener un trabajo, o ser rechazada de la vida pública, si carecía de honor. En este aspecto, actuaba como una suerte de currículum vitae. Y si esto era así para el común de las personas, mucho más para un comerciante que podía ver cuestionada su palabra y su credibilidad, negados los préstamos, engañado en el cambio de monedas... Además, estaba el desprecio, los cuchicheos en el mercado, las miradas de desprecio y reprobación… Y una hija díscola e irrespetuosa podía mancillar el honor de toda una familia. Y esto cegaba a Ucerbas, que subió presto a su caballo. La edad y una vida fácil y regalada habían hecho mella en su cuerpo, pero aún conservaba buena parte del vigor de su juventud. Se hizo acompañar de sus mejores hombres: cuatro aguerridos soldados, temidos por su manejo de la falcata, y dos expertos honderos. Entre ellos se encontraba su fiel amigo y consejero, Nersiadin, un contestano que lucía un llamativo parche en el ojo, numerosas cicatrices y varios tatuajes de origen celta. La comitiva partió presurosa. A Ucerbas le poseía la ira. Siquiera se planteaba cómo sería el horrible momento en que ordenaría a sus hombres asesinar a su propia hija. Tan sólo pensaba en la humillación sufrida ante un extranjero, en la rabia por ver truncados sus planes, en la desobediencia absurda de su hija, en que odiaba con todas sus fuerzas a aquel mísero liberto al que efectivamente deseaba lo peor. Siquiera escuchaba los lamentos de su hija mayor, que había acudido con su esposo al conocer la noticia, y quien con los ojos empañados suplicaba desde la puerta: - Padre, pensad en lo que hacéis… Es vuestra hija y la amáis… Pronto dejaron atrás la ciudad de Edeta. Por varias personas sabían que los fugitivos habían huido hacia el oeste. Atravesaban ahora fértiles campos cultivados con esmero, y en menos de media hora Ucerbas reconoció la villa donde vivía un aristócrata amigo suyo, en lo que hoy en día se llama el Castellet de Bernabé. Recordaba aquel lugar en el que había realizado algunas transacciones. Su muro sólido, su puerta imponente que anclaba el hierro de los goznes sobre la piedra tallada, su única calle a la que se accedía después de una cuesta empinada. Pero no era la ocasión de detenerse allí y disfrutar de la hospitalidad de los vecinos, ni de rendir pleitesía al noble local. Prosiguieron su trote enloquecido. Ascendían ahora las empinadas montañas al oeste de la ciudad. Conforme lo


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hacían se introducían en una espesura formada por carrascas y robles. Los bosques que en aquella época cubrían buena parte del continente europeo, tenían poco que ver con las superficies forestales actuales. Densos e impenetrables, apenas existían en ellos caminos y senderos, y en muchas ocasiones era preciso abrirse paso entre la maleza con la ayuda de una espada, o seguir la trocha creada por algún animal. Los troncos eran amplios y rugosos, las ramas se agitaban susurrantes, en ocasiones algún pájaro o alguna alimaña hacían estremecerse la espesura. Las copas frondosas de los árboles impedían que se colara entre ellas la luz solar, y el ambiente se poblaba de sombras y humedades. No era infrecuente tropezar allí con algún bandido. Y por primera vez en todo el día, Ucerbas se preocupó por su hija, a la que había cuidado con esmero desde que era una niña. Pero apartó pronto aquellos pensamientos de debilidad. Le había humillado, robado y desobedecido. Pero sobre todo la odiaba por haberle arrastrado hasta aquella situación, por haberle desgarrado el corazón, por haberle obligado a tomar aquella espantosa decisión. No merecía el perdón. En lo alto de aquellas montañas descubrieron una vista maravillosa, a cuya belleza cedieron incluso los rudos guerreros. Nersiadin comentó admirado que desde allí se contemplaba la propia Edeta. Y también se apreciaba el llano en el que un día se fundaría la ciudad de Valencia. En aquella época no era más que un cenagal insalubre, donde sólo vivían algunos miserables campesinos expuestos a las enfermedades y a los ataques de los piratas. A los íberos no les gustaban las zonas de costa, probablemente más inseguras, y por eso su capital y asentamientos se situaban en el interior. También encontraron una pequeña hondonada en la que siglos después se fundaría la villa de Alcublas. En aquella época ya estaba cultivada, y existían algunos caseríos dispersos, en especial en lo que hoy se denomina el Cerro de los Molinos. En algunas montañas cercanas los edetanos habían construido atalayas y fortificaciones, que se comunicaban entre sí mediante señales de humo, y defendían su territorio de las tribus agrestes y bárbaras del interior de la península. Sin embargo, la mayoría de los lugareños vivían hacia el oeste, en el barranco que hoy conocemos como las Torrecillas. Allí había dos pequeños poblados, y hacia allí dirigieron sus monturas los jinetes. Atravesaron nuevamente algunos de los bosques y campos de cultivo de aquellos parajes, y llegaron al anochecer a una de esas poblaciones. En ellas había algunos soldados que afirmaban haber visto llegar a una pareja de jóvenes fugitivos, pero nadie sabía dónde se habían escondido. Así que Ucerbas y sus guerreros buscaron alojamiento, y regaron su descanso con cerveza. Sin embargo, el comerciante no pudo pegar ojo. La única vez que logró conciliar el sueño contempló ríos de sangre y rayos atronadores de tormenta, un mal presagio… El resto del tiempo, cuando entornaba sus párpados, no podía evitar recordar el rostro de su hija. Sumido en la zozobra abandonó su habitación y decidió pasear en el silencio arrollador de la noche. Como el resto de poblados íberos, aquel se situaba sobre una colina, al resguardo de los bandidos. Ucerbas trabó amistad con los guardas de la muralla, y se asomó a


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ella. Incluso en la penumbra, la luna llena permitía atisbar la hermosa profundidad de los densos bosques cercanos, su penetrante olor a ozono, e imaginar su verdor… El verde en un paisaje es como el dulce en el paladar, una golosina para los ojos. Sólo eso podía tranquilizar su mente excitada y sus pensamientos precipitados. Y así esperó el amanecer. Entonces descendió de la muralla, y tropezó con un extraño joven encapuchado, que arrastraba tras de sí un caballo. No tardó en reconocerle, era Antorbanen, el liberto que había raptado a su hija. Profirió un grito, y el muchacho brincó sobre su montura y emprendió la huida aterrado. Ucerbas ordenó a los vigilantes que le detuvieran, pero el fugitivo ya había atravesado la muralla. Allí, en los campos cercanos, el mercader encontró el campamento improvisado donde aquella noche habían descansado él y su hija. Y se detuvo unos segundos a contemplar la hoguera extinta, los parcos restos de comida… Imaginó a su hija durmiendo a la intemperie, y fue la primera vez que sintió ternura o compasión hacia ella, sentimiento que le arrastró al recuerdo de su esposa muerta unos años atrás. Realmente su hija se parecía físicamente a su madre, y también compartían numerosos gestos y expresiones. Pero no se dejó dominar por la nostalgia mucho tiempo. Con un grito llamó a sus guerreros, y se dispusieron a seguir las huellas. Ya sólo era cuestión de tiempo que atraparan a los fugitivos. Al cabo de unas horas, descubrieron que la pareja se había adentrado por un barranco, por el que en aquella época del año discurría un pequeño torrente. Seguramente se sentían acosados y desesperados, y habían pensado que el agua borraría sus huellas. Pero no fue así, pues los hombres de Ucerbas eran cazadores experimentados, y con el leve susurro de un suspiro eran capaces de encontrar a la presa. No tardaron en dar con los jóvenes y, cuando el mercader llegó, los tenían arrodillados y maniatados. Ya sólo esperaban la espantosa orden de eliminarlos. La hija de Ucerbas lloraba desconsolada. “Le amo, padre, piedad, le amo”, sollozaba. Pero el comerciante también observaba la mirada expectante de sus guerreros,


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y entendía que no podía echarse atrás o su honor quedaría mancillado para siempre, y perdería el respeto de sus propios hombres. Cuando alzó la mano para dar la fatídica orden, se produjo un silencio abismal. Y quizá este hecho permitió que se escucharan unos cánticos religiosos que provenían de una de las montañas que conformaban aquel barranco. Entonces todos alzaron su cabeza, y dirigieron su vista hacia la loma. Era especial, pues una de sus caras parecía cortada a cuchillo en escarpados precipicios. Altiva, orgullosa, mostraba sus entrañas descarnadas, ese corazón de piedra cuyo lento palpitar es posible percibir las noches más apacibles y silenciosas. En su cima, los soldados habían construido una atalaya, desde la que se podía observar toda la comarca. Y a sus faldas, las gentes del lugar se reunían espontáneamente y realizaban ofrendas y oraciones, pues en aquella época se pensaba que todos los seres de la naturaleza, vivos o inertes, poseían un alma a la que había que rendir cuentas. En aquellas religiones primitivas, que en muchas ocasiones no precisaban ni templos ni sacerdotes, era necesario ganarse aquella fuerza, que en ocasiones personificaban como hadas, faunos, elfos, ninfas y otras criaturas mágicas que merecían el máximo respeto. Y también aquella montaña poseía vida, una energía poderosa. Ucerbas y los suyos entendieron entonces que se encontraban en un santuario. Años después, interpretó como un augurio acertado el que los dioses hubieran conducido hasta allí a los fugitivos. -¡Deteneos, insensatos! Es impío derramar sangre en un lugar sagrado -bramó el mercader a sus soldados. Y rompió a llorar, quizá conmovido por las fuertes emociones que había vivido, por el recuerdo de su esposa fallecida, por el temor a los dioses, o por el poderoso espíritu que imperaba en aquel lugar. Y se agachó sollozando, y abrazó a la pareja y bendijo su unión. Varios siglos después, las gentes del lugar denominaron a aquella montaña la Peña Ramiro.


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ME GUSTA HACERLO CADA JUEVES José Luis Alcaide Verdés

Supongo que en la elección del día influye que el jueves es ese día de la semana en el que estás algo cansado del trabajo, en el que la rutina diaria empieza a pesar demasiado, pero en el cual se preludia ya el descanso del fin de semana. Sin duda este hecho te proporciona ráfagas de buen humor y te predispone a imaginar, a idear maneras de recuperar el tiempo perdido de lunes a viernes; por eso me levanto y desayuno, acompaño a los niños al colegio y luego inicio mi particular ritual. Regreso a casa, entro en el despacho y me dirijo a la librería con una bolsa en la mano; agarro un libro de los de la segunda fila, de ese estante donde están en espera los libros que he seleccionado antes, como en un peculiar corredor de la muerte. Luego salgo a grandes pasos y me dirijo por el camino más corto a la calle de la Reina, tan llena de vida, con esos edificios tan alegres y populares. Paso por la puerta de la papelería, el bar, la notaría con sus geniales forjados de hierro, por enfrente del Ateneo Marítimo (benditos bingos, ¡qué habría sido de muchos de los ateneos y casinos culturales si no se hubiese inventado los bingos…!), por enfrente de la parroquia de Cristo Redentor, y finalmente llego a mi destino. La Casa de la Reina te impacta cuando la ves, es sobria, elegante, y sobre todo muy diferente. Entras y te encuentras en un ancho pasillo empedrado, cubierto hasta media altura por un zócalo de azulejos y allí, en un lado, se encuentra una pequeña mesa rectangular con un cartel que reza: “biblioteca libre”, y sobre ella unos diez o doce libros y un cartel que indica que puedes coger uno si quieres. Al entrar me fijo si hay alguna persona en el vestíbulo, o miro con detalle a quienes entran delante de mí o a quienes me cruzo cuando salen. Espero con disimulo mirando el tablón de anuncios hasta que nadie me observa y entonces me acerco a la mesa. Normalmente es un momento del que me gusta gozar con cierta intimidad: observo los títulos y el aspecto de las obras y finalmente cojo uno, abro mi bolsa y lo guardo, sacando al tiempo mi ejemplar, que coloco en el centro de la mesa pero un poco hacia la izquierda y hacia la parte de arriba: no sé por qué, pero siempre me fijo primero en los libros que están colocados en ese lugar, así que imagino que es el sitio más visible para el mío, el que lo hace más apetecible. Suelo entretenerme en reorganizar los libros de la mesa con un criterio estético, porque no es lo mismo


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poner un libro con tapas de colorines junto a uno marrón que junto a uno rojo, y suelo hacerlo de forma que todo contribuya a hacer más atractivo mi regalo anónimo. A veces pongo el mío bocabajo, para que el observador compulsivo no pueda evitar cogerlo para colocarlo correctamente y que así se vea tentado de leer su título y ojear su contenido. Al principio llevaba esos libros que me resultaban muy malos, los que no pude terminar de leer o los que acabé más por amor propio que por placer. Pero poco a poco fui añadiendo algún libro al que le tenía un cariño especial, o algún libro que esté de acuerdo con mi estado de ánimo, o simplemente como un juego: hoy una novela policiaca, hoy teatro clásico, hoy un libro de pedagogía, uno de poesía… Así, poco a poco voy reduciendo mi biblioteca, se van quedando los libros más escogidos, mis libros más amados, y aun éstos también los voy llevando, como ofrendas a un dios peculiar. Son libros que ya han cumplido su función: unos ser leídos, otros ser regalados, otros apagar la curiosidad o las ganas de aprender. Los que cojo nunca me los quedo más de un par de semanas, rara vez los leo, para mí son objetos que han atrapado momentos de la vida de otras personas y son esos momentos prisioneros los que me interesan, no el libro en sí. Me gusta volver a casa con el libro en la mano, pero sin abrirlo. Cruzo el mercadillo del Cabañal repleto de gente y me entretengo mirando las paradas sin excesivo interés, más pendiente de las personas que de las mercancías; me gusta pensar que alguna de esas personas a lo mejor se dirigirá luego a la biblioteca a buscar uno de los libros de la mesilla, o que a lo mejor viene al igual que yo de depositar uno de sus libros liberados, incluso a veces fantaseo sobre si por su aspecto una persona a la que veo con una bolsa de compras podría ser la anterior propietaria del libro que he cogido: el aspecto intelectual de esa mujer tan seria le pega o no, o si le pegaría coger el libro que he dejado hoy. En casa lo dejo sobre la mesa hasta la noche, y después de cenar, con la tranquilidad y el sosiego del final del día, me siento en el sofá con el libro en la mano y lo observo por fuera detenidamente, igual que un filatélico observaría con la lupa una nueva adquisición para su colección: si está muy manoseado es porque se ha leído mucho, ha tenido una vida intensa; si las tapas están bien conservadas puede que sea por todo lo contrario, su utilidad es posible que haya sido pequeña o que haya tenido una función muy concreta o un uso muy limitado; si está amarillento por el paso del tiempo me dispongo a indagar sobre su fecha de edición; observo si es una edición barata o una edición buena, porque los libros de ediciones baratas suelen ser libros que se leen, los de ediciones caras no siempre cumplen esa función. Me gusta leer la contraportada y ojear el índice para ver un poco de qué va, y si es un libro con solapas me leo la mini-biografía del autor y los “Otros libros de la


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Colección”. Si es un libro de estudio me gusta seguir los párrafos subrayados para ver cómo sintetizaba su anterior dueño los contenidos: ¿Realmente aprovechó la lectura de ese libro? ¿Aprobó la asignatura? ¿Le gustó el libro o simplemente lo tuvo que sufrir para aprobar? Estos últimos son los libros más inútiles que se leen, los libros que antes se olvidan, libros que luego se abandonan con desdén en un estante hasta que los años o una mudanza los van matando. Para la semana que viene ya he escogido el libro que voy a llevar. Se trata de un libro editado por el ayuntamiento de un pequeño pueblo valenciano, un libro que recoge relatos breves presentados a un certamen de una asociación cultural local. Como podéis imaginar son relatos muy variados, sencillos, escritos la mayoría por gente que no se dedica a la literatura, pero todos tienen algo de autobiográfico, reflejan los gustos, la forma de ver la vida, la forma de relacionarse de sus autores. Está casi nuevo porque se editó este mismo año, y aunque puede que alguna vez en el futuro lo volviese a releer, prefiero que tenga otra vida menos previsible, más azarosa. Creo que esta semana, después de dejarlo en la mesa, me apostaré en la puerta con disimulo, como si esperase, o en la sala de lectura junto a la ventana del patio, y observaré durante un rato. A veces me gusta esperar con disimulo para ver si alguien coge mi libro; otras veces soy más indiscreto y me acerco cuando alguien está mirando los libros y ojeo alguno, esperando que mi vecina o vecino tome otro: muchas veces actuamos por imitación compulsiva. Observo su elección, y si finalmente se lo lleva fantaseo acerca de las razones por las que lo hace, intento asociar su aspecto y el contenido del libro, fantaseo sobre si lo leerá completo o no, sobre si le gustará, si lo regalará o lo volverá a traer a la mesa al cabo de unos días. Los libros más especiales son los que llevan notas manuscritas al margen, y sobre todo los que llevan dedicatorias: ¡lo que permite fantasear una dedicatoria! Dedicatorias sencillas y escuetas, dedicatorias de compromiso, dedicatorias de amor, enigmáticas… ¿Es cierto lo que se pone en una dedicatoria o es sólo una impresión que se quiere causar? “Para Ana con todo mi amor”, firmado “Enric”. Hoy estoy juguetón y me entretengo poniendo una dedicatoria falsa en mi libro. Probablemente quien lo coja no le prestará mayor atención, pero a lo mejor se da cuenta de que el libro se editó hace apenas tres meses y de que igual de breves que son los relatos fue el amor de Ana por Enric… Pensaréis que estoy algo trastornado, pero lo cierto es que este juego solitario me proporciona muy buenos ratos, ratos en los que la lectura no es el medio ni es el fin, sino que es sólo un pretexto para el mayor placer con el que cuenta el ser humano, un placer para el que los libros, se lean o no, pueden ser la excusa perfecta, la excusa para imaginar.


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ALMENDRAS DE TERCIOPELO VERDE Alicia Garrigó i Giralt

Corría el año 1816 en la Baronía de Alcublas. La Cartuja era sombría, fría y despiadada, los monjes rezaban, mandaban y cantaban latinajos, en su tesón por agradar a Dios, su vida silenciosa y contemplativa, con aquel dormir en dos, convirtieron su infancia en un desangelado desencuentro con la especie humana. Nunca supo qué hacía en aquel lugar, pero no recordaba familia alguna, ni nada parecido a un hogar. Allí creció y aprendió a silencios, sólo el lenguaje corporal le daba alguna señal de que estaba en el mundo de los vivos, no tenía conversación, ni amigos, sólo una perra, que vigilaba el patio, le lamía cariñosa aquellas manos. Fue creciendo encerrado en sí mismo, estorbando siempre y trabajando mucho. Callando y mirando aprendió a leer con un monje escribano a cambio de una ración de más del vino sobrante de las comidas. Comprendió que el silencio era su gran fortaleza, le aislaba de todos. Los demás sólo se fijaban en su torpeza, en aquel aspecto de torpe patán que con los años iba adquiriendo. Pronto fue a trabajar a la Masía Valero y entre el ganado, las veintidós cahizadas de huerto, la viña, el algarrobar y los olivos, supo que en esta vida se venía a todo menos a descansar. Parco en palabras, con la piel reseca de tierra, las manos curtidas de sol y campo, de sol y tierra, de sol y hacina. A ratos, paseaba el monte, rastreaba el monte, observaba el monte, sentía una fascinación enorme por aquel paraíso vivo y sonoro, conocía cada senda, cada camino, cada piedra. Un día, un buitre leonado planeó sobre su cabeza, trazando una majestuosa elipse invisible en el aire… y entonces se fijó en el cielo… El cielo, que estaba tan lejos, era su gran misterio, un escenario con tantos acto-


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res que le maravillaba de día y de noche, con nubes, con sol, con truenos con tempestades… con lluvia y con pedregás estivales. De noche, cuando titilaban las estrellas, se estremecía, y al observar que la luna redonda menguaba y crecía, aquellas curvas quietas y vivas, a contraluz, aquellas redondas esferas. **** Ella apareció de la nada, silenciosamente, recogiendo tomillo. Tatareaba una canción, sus descalzos pies se deslizaban entre las piedras como una bailarina, en un equilibrio sutil. Tatareaba bajito una canción y se movía como una lunita redonda y pequeña caída del cielo en un día de sol. Aquella voz… Aquella voz que canturreaba era más dulce que toda la miel que las abejas fabricaban, su voz era más fresca que toda la lluvia vertida del cielo en una noche de mayo. Sus ojos, pequeños como almendras de terciopelo verde, brillaban, se abrían y cerraban y un gesto nuevo, que llamó sonrisa, se contemplaba en su rostro. Escondido entre matorrales observó a aquel ser. Y en su cuerpo una extraña reacción le turbó del todo. **** Tomillo. Buscó tomillo, lo tocó, lo olió, lo mordió, su sabor, su olor… Más tomillo, más olor, más recuerdo. Lo mordió suavemente, entornando los ojos…y aparecía en su mente la lunita redonda. La preciosa descalza.


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La preciosa descalza con voz de agua de lluvia y frescura de mayo. No podía olvidarla, y no la encontró de nuevo. Le dolían las sienes de tanto pensarla. Como una espina cruel se le atravesó en el alma, aquella mujer menuda.

**** El tiempo le ayudó a curar el dolor de aquel encuentro, pero mientras tanto, mientras en el corazón le escocía una sinrazón dolorosa e inquietante, mientras todo el cariño sentido era el de la perrilla que le lamía aquellas manos cuarteadas que parecían de esparto. Sacó del monte la fuerza terapéutica para sanarse, creyendo que toda substancia se componía de tres partes -espíritu, alma y cuerpo-, se esforzó en encontrar algún sentido y orden en la naturaleza. Empezó a experimentar con el tomillo, la planta que le había robado el espíritu, con el fin de que su cuerpo encontrará la paz del alma. Sus experimentos alquímicos del reino vegetal, tras años de esfuerzos y dedicación, dieron sus frutos y consiguió extraer los aceites esenciales de aquella planta. Las gotas de aquella esencia eran su medicina mágica. Un recuerdo sin olvido en la selva de la comarca. En los inviernos solitarios y fríos, se encerraba en sus aposentos y en un ritual secreto organizaba una orgía de aromas, con sólo un testigo, aquella perrica flaca que le miraba esperando la vueltecita de noche y la caricia del amo. Pero de noche, cuando titilaban las estrellas, se estremecía, y al observar que la luna redonda menguaba y crecía, aquellas curvas quietas y vivas, a contraluz, aquellas redondas esferas… y soñaba… con la preciosa descalza, con voz de agua de lluvia y frescura de mayo. Y entonces, de sus ojos cansados y adormecidos, resbalaba un rocío humano, unas gotas destiladas desde el corazón, y aquella esencia la recogía con un pétalo de rosa, para mezclarla con el aceite de tomillo de propiedades milagrosas.


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LOS OLVIDADOS Santiago Cabanes Navarrete

Hoy, repasando viejos escritos, he dado con uno que escribí hace más de un lustro. Al leerlo me ha embargado la nostalgia y de repente mi mente se ha trasladado a aquellas tardes de verano pasadas en una era próxima al garaje de Antonio, de mote, Huevo Duro, en la que sentados en improvisados asientos intercambiábamos confidencias, rodeados de un montón de chatarra que poco a poco había acumulado José Orero, (Torano), otro singular ciudadano de Alcublas, antitesis de Antonio. Los dos eran supervivientes de un mundo que les desbordó, pero que instalados en la periferia del mismo lograron acomodarse cada cual a su manera sacándole el máximo provecho posible. Sirva lo dicho como introducción al escrito que menciono y que a continuación transcribo tal y como se confeccionó a finales del año 2005. El año pasado, por estas fechas, descubrí a un personaje curioso en este pueblo. No es que no lo conociese, que lo conocía de toda mi vida, pero había pasado desapercibido para mí y creo no exagerar si digo que es la persona más inadvertida por todos a pesar de haber desempeñado a lo largo de su vida toda clase de oficios públicos. Que recuerde en este momento, fue vigilante, basurero, enterrador, sereno, y entre un oficio y otro se dedicaba a la agricultura trabajando como jornalero en muchas ocasiones. También trabajó en la repoblación forestal cuando a la dictadura de Franco le dio por este empeño -pero ésta es otra historia que seguramente algún día tendremos que desarrollar pormenorizadamente y con objetividad para librarnos, de una vez por todas, de un pasado que nos atenaza y condiciona por no haber sabido tratarlo desde la distancia con la tranquilidad y sosiego que merecen las personas que de una u otra manera la hicieron. Se da el caso de que Antonio o Huevo Duro, como se le conocía en el pueblo, tenía cuatro años cuando terminó la guerra civil y jugando, al parecer, con un fulminante u otro explosivo que siempre quedan esparcidos cuando termina una guerra, le estalló en las manos, de resultas de este accidente le quedó una mano convertida en un muñón y donde debería estar el dedo pulgar tenía un pequeño apéndice casi sin movimiento que él utilizaba con una maestría sin igual realizando, como queda dicho, toda clase de trabajos del campo. Quien conozca cómo se trabajaba en el


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campo en los años cincuenta, convendrá conmigo que se necesitaban las dos manos y además que éstas fuesen fuertes para ser labrador, (que es como se denominaban los agricultores de entonces y en consecuencia así rezaba en su carné de identidad). Para quien carezca de este conocimiento, bien porque no lo ha vivido ya que le faltan años al haber nacido con posterioridad a la década de los cincuenta, librándose así de haber pasado los difíciles años que sufrimos los españoles en el medio rural, o bien porque teniendo años suficientes los han vivido en otro entorno (aunque seguramente no sería, su situación, mejor que la nuestra dado que en toda España se tuvo que sufrir mas de tres décadas de carestía sin precedentes), quiero recordarles, o por lo menos intentarlo, que los trabajos del campo de entonces eran totalmente manuales, siendo las maquinas más sofisticadas con las que podíamos contar, el arado romano tirado por un mulo y el trillo. Y cuando tocaba refrescarse tras horas de trabajo sin descanso, nos esperaba en cualquier sombrajo el botijo o la botija, magnifica obra de ingeniería que tenía la virtud (según se decía posteriormente en ciertos ámbitos del saber popular) de conservar el agua más fresca que el mejor de los frigoríficos, claro está, que por entonces no teníamos la oportunidad de comprobarlo pues, por no tener, no teníamos ni el conocimiento de que estos artefactos existían. A continuación, y bajando el escalafón, nos encontramos con la azada, el pico, la segur o hacha y la hoz, y también disponíamos del serrucho y el serrón y alguna que otra herramienta de parecida tecnología. El medio de transporte era el carro, pero no estaba al alcance de todos por lo que se utilizaba mucho el serón, especie de alforjas que se ponían encima de las caballerías y dentro se podía meter cestas, cantaros…, aunque para acarrear la mies se utilizaban las amugas, que eran dos palos atados entre sí que se ponían encima de la albarda directamente, y en ellos se iban atando los haces de trigo, cebada o cualquier otro cereal. Cómo cogía la azada, la hoz o manejaba el arado, o cómo se las ingeniaba para atar los haces tanto para formarlos como para el acarreo, era una cosa que llamaba la atención por la soltura adquirida en estos menesteres, según él mismo contaba, reafirmado por José. Todo lo contrario que para expresarse (y esto lo comprobé yo) o comunicar. Esto le resultaba sumamente difícil, o por lo menos esta sensación daba en ese tiempo, ya que se mostraba esquivo en todo momento y era raro entablar una conversación con él, pues se limitaba a responder a los saludos y si por alguna circunstancia tenía que decirte algo más extenso lo hacía de forma escueta y procurando terminar lo antes posible. Era parco en palabras y desconfiado, caminaba con la cabeza inclinada hacia el suelo pero con la mirada atenta, observando con quién podría encontrarse y procurando evitarlo si éste era su deseo, aunque para ello tuviera que acortar o alargar el paso o incluso dar un rodeo. También elegía las horas en las cuales era más difícil encontrase con alguien. Esta actitud le fue granjeando a lo largo del tiempo el calificativo de una persona extraña, de trato difícil. Él, sin lugar a dudas, captaba el rechazo que de forma paulatina iba creciendo a su alrededor, lo que generaba que se distanciara más y más hasta que en sus últimos tiempos, tras morir su hermana, quedó totalmente solo a pesar de vivir en el centro del pueblo y rodeado de gente que le conocía desde siempre.


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Por supuesto que yo no era una excepción, y si bien procuraba saludarle de forma afectuosa, no hacía nada por acercarme a él, a pesar de que conocía su situación de aislamiento. Mas, como es cierto y notorio que los caminos de las personas que viven en un mismo entorno se cruzan en algún momento y que sólo te resta estar atento para darte cuenta que encuentras afinidad, así ocurrió aquella tarde en la era de Torano. Que nos encontramos de forma fortuita y que ambos decidimos confiar mutuamente alguna de nuestras inquietudes, y a partir de ese momento nuestros encuentros se fueron haciendo más frecuentes, y de alguna manera Antonio y yo iniciamos una amistad que desafortunadamente duró muy poco, ya que terminó el día catorce de diciembre del dos mil cuatro, al mismo tiempo que su vida. Soy una de esas personas que las empresas consideran que a los cincuenta y dos años no somos aptos para desempeñar el trabajo que hemos realizado a largo de nuestra dilatada vida laboral, y un buen día deciden pactar un despido colectivo y mandarte al paro hasta que llega la edad de jubilación. Yo, como otros muchos, decidimos acogernos a esta oferta pensando que la otra opción lo único que podría acarrearnos era un despido más injusto. Y de esta forma tan sencilla, pasamos a formar parte de los desocupados permanentes hasta que la naturaleza decida que dejemos de serlo para pasar a formar parte de los desaparecidos. Otra lista mucho más extensa que la de parados y jubilados juntos y de la que inexcusablemente hemos de formar parte todos. Esto me ocurrió (el ingresar en las listas del paro) en el otoño del dos mil tres, así que decidí pasar el verano siguiente en el pueblo. Tenía y sigo teniendo mucho tiempo libre y lo ocupo de múltiples maneras, y una de mis favoritas es hablar. Pero esto, que a simple vista parece fácil, no lo es tanto en un pueblo con pocos vecinos y máxime si los pocos que hay están muy ocupados, es como si tuviesen que realizar las tareas de los que faltan en el trabajo, como si de un pueblo más grande se tratase. Así que un día en que deambulaba con la bici por los alrededores del pueblo me topé de sopetón con una era que en otros tiempos servía para trillar y que en la actualidad es la chatarrería de José Orero -de mote, y en lo sucesivo, Torano-, pues, al contrario que Huevo Duro, Torano se sentía orgulloso de su mote y no quería que lo llamasen de otro modo y hacía gala como los buenos toreros de su nombre artístico, coincidente en este caso con su mote. En este punto hay que añadir que afición a los toros la tenía enorme, y no había fiesta en los alrededores con suelta de vaquillas en la que Torano no estuviese presente haciendo alarde de su buen estilo con el capote y la muleta, por regla general, al pie de la barra de algún bar. Luego, en la plaza o calle del pueblo con el animal presente, lo más normal es que corriese como el resto delante del toro en busca de refugio. En numerosas ocasiones me contaba sus años gloriosos con el Chulla, aunque después de tanto relato, lo único que me quedó claro del Chulla era que procedía de una familia de carniceros de Burjasot. Pero él se perdía por los toros participando en todos los festejos taurinos que podía, andando de pueblo en pueblo, verano tras verano, en busca de la fama como otros muchos jóvenes de la época. Estas gestas adquirían para Torano una dimensión épica y en consecuencia no podía perderse por nada del mundo estas correrías. Si a esto le añadimos que, al parecer, en alguna ocasión el


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Chulla se vistió de luces, podemos imaginar las emociones que recorrían todo su ser cuando lo contaba. Casi puedo asegurar, por la intensidad con que lo vivía, que en esos momentos oía los sonidos de la banda mezclados con las ovaciones del público al terminar una faena memorable en cualquiera de nuestras plazas, teniendo como protagonistas principales a la cuadrilla del Chulla incluido él, por supuesto. Ni que decir tiene que Torano se encontraba seleccionando la chatarra, esto es, separando el metal del hierro y éste de aluminio y del plomo, y como se trataba de una persona habladora, incluso en demasía, le faltó tiempo para decirme, apenas yo le saludé, que me parase a charlar diciéndome: “¡eh, ¿dónde vas tan deprisa, siéntate aquí”, y me mostró una silla de loneta recogida del vertedero, al igual que el inmenso montón de trastos que había acumulado convirtiendo a su vez su garaje y el entorno en otro vertedero. Tenía verdadera obsesión por acumular cosas, complejo de Diógenes dicen, él ni sabía nada de Diógenes ni tenía complejo alguno. No se limitaba únicamente a la chatarra, como queda dicho. Torano recogía de todo, es como si se hubiera propuesto trasladar el vertedero a su era, repasar lo que llevaba y devolver al vertedero lo que despreciaba, que por cierto era poco. En esta titánica tarea imposible de concluir pasaba la mayor parte de sus días. El vehículo utilizado normalmente era su moto y en casos excepcionales, cuando la carga a transportar era muy grande, optaba por sacar su muleta mecánica, pero eso sí, tenía que estar plenamente justificado ya que el ahorro de recursos era una de sus máximas. Como herramienta utilizada para tal fin, no pasaba del alicate, una llave inglesa vieja y un martillo. Y una vez dicho esto, tengo que añadir que en la mobilette era capaz de trasladar hasta una lavadora encima de dos o tres somieres de hierro. Cómo lo cargaba todo es tan complicado de explicar como de hacerlo, pero doy fe de que así era y de que alcanzaba a trasladar en un sólo viaje hasta ochenta kilos de chatarra o, pongamos por caso, un colchón grande de lana o una puerta de hierro. Cosas inverosímiles como inverosímil era su moto llena de colgantes, banderines y alguna que otra estampa. A continuación me contaba cómo la gente tira las cosas nuevas a la basura, de lo cual él se alegraba pues de resultas del derroche de los demás se sacaba algún voltio, (es decir, dinero, ya que de esta forma tan original denominaba Torano tanto a las antiguas pesetas como a los actuales euros). Estando en estas fue cuando apareció Huevo Duro, como solía hacerlo, de improviso, y cuando nos percatamos Torano y yo, lo teníamos junto a nosotros preguntando como era su costumbre: “¿Qué se hace?”. A lo que respondimos, saliendo de nuestro asombro: “Aquí, pasando el rato. ¿Quieres sentarte?”. Entonces, él, diciendo algo que no recuerdo, se sentó y los dos mirábamos cómo clasificaba la chatarra Torano. Mientras hablábamos de cosas sin importancia, no obstante tanto a Torano como a mí nos sorprendía que soportara nuestro parloteo durante tanto tiempo y aún más, considerando a nuestro parecer que lo hacía con gusto. En un principio pensé que estaba interesado por la chatarra ya que también él recoge toda la que encuentra, o eso creía yo, hasta que me sacó de dudas al decir que él solamente se dedicaba a recoger metal, aluminio y cobre, que son lo materiales que mejor se pagan, despreciando el hierro por su escaso valor y al que consideraba no rentable por la cantidad


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de quilos que tiene que mover para ganarse algo sustancioso, y que bajo ningún concepto compartía la aptitud de Torano de recoger todo sin ton ni son. Él separaba cuidadosamente los metales haciendo paquetes según su composición que luego metía en sacos para pesarlos meticulosamente antes de venderlos, en esta tarea siempre utilizaba su romana y generalmente no consentía otro medio de peso. En esta operación de venta se hacía acompañar por su hermana, que era la que ajustaba las cuentas sin saltarse ni un céntimo. Siempre acudían con su propio papel y lápiz que luego, por supuesto, se volvían a llevar bien doblado en el bolsillo. Por esas fechas, verano del dos mil cuatro, ya había muerto su hermana, y su falta la acusó de muchas maneras. Pero la más visible fue que perdió el interés por seguir recogiendo chatarra, e incluso dejó de vender la que tenía acumulada. Es como si hubiera decidido que ya no necesitaba más recursos para pasar lo que le quedara de vida y empezó a ser generoso consigo mismo y con las personas que él quería. Empezó a cuidarse o lo que él consideraba cuidarse. Prácticamente no trabajaba nada, pero su estado de salud no era todo lo bueno que sería deseable y nos contaba que su estómago no soportaba los alimentos y que apenas tenía ganas de comer. Le hicimos ver que tenía que ir al médico y efectivamente se había hecho visitar, y le dieron cita para hacerse una revisión en el hospital para septiembre, no me acuerdo qué día, pero sí que a mediados de agosto me lo encontré en la calle Altura después de varios días sin verlo y me preocupó mucho su estado, y más al contarme que cada vez se le hacía más difícil comer. Me ofrecí a llevarle a Valencia para que ingresara de urgencias, pero se negó en redondo alegando que sería pasajero. Pasaron las fiestas de agosto, durante las cuales ni me acordé, por supuesto, de Antonio. A finales de mes nos volvimos a encontrar y ante su estado le repetí que nos fuéramos de urgencias. La respuesta fue la misma: “Total faltan doce días. Tengo la carta de citación. Me estoy cuidando y no creo que deba molestar a nadie.” Recuerdo que le insistí y que mi ofrecimiento era sincero, pero siempre me quedará la duda de si debiera haber sido más exigente en mi demanda de llevarlo al hospital. El no insistir más se debió a que intuía, o mejor, sabía con certeza, que si algo le incomodaba sobremanera era molestar o pedir favores, y esta actitud la mantuvo hasta el final y sólo pidió socorro cuando se vio cercado por una muerte que ya casi le abrazaba una fría noche del mes de noviembre. Ese día salió, según me contó, arrastrándose a gatas, ya que no podía ponerse en pie, hasta la puerta de un vecino con quien tenía alguna confianza pidiendo desesperadamente ayuda. De inmediato, le trasladaron al hospital. A primeros de septiembre volví a Valencia y mi vida transcurría como de costumbre, paseos, biblioteca, reuniones con los amigos…, y los fines de semana, en el pueblo. ¿Que se me olvidó Antonio? Casi por completo. Mientras estaba en Valencia, totalmente, y cuando deambulaba por el pueblo, pues lo de costumbre. Le preguntaba a Torano, cuando le veía si sabía algo, y él me contestaba sin interés alguno que alguna vez lo veía pero que no hacía buena cara y añadía que si era muy raro, que siempre solo, en fin, que procuraba evadirse y cambiar de conversación, cosa que Torano hacía constantemente. En cuatro minutos podía haber hablado de infinidad de cosas sin coherencia alguna pero eso sí, con la eterna pregunta: “¿Y tu que dices?”, cuando la verdad


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es que casi nunca te dejaba decir nada. Lo cierto es que dejó de acudir a la era y que nosotros, tras la pregunta y respuesta de rigor, “¿Has viso a Antonio?”. “No, hace unos días que no le veo”, nos poníamos a otra cosa. Hay que reconocer que en estas fechas los días que nos veíamos se habían reducido una quinta parte. En alguna ocasión tuve la tentación de ir a su casa, pero siempre la descarté por respeto a él, no quería ponerlo en el compromiso de decidir si me recibía o no ya que no faltó alguna vez la advertencia o recomendación de que en su casa no quería que entrara nadie. Y de hecho nunca me invitó, ni siquiera a entrar en su garaje. Cuando me enteré de que había sido ingresado, me sentí en la obligación de hacerle una visita por lo menos, y así fue como nos reencontramos tras un corto paréntesis de tres meses, ya que tras la primera visita siguió la segunda y otras a continuación. Fue en estos días cuando descubrí un nuevo Antonio que tenía inquietudes sociales, al corriente de la lucha de clases, bien informado y conocedor del estatus que ocupaba en una sociedad injusta. Él lo expresaba de otra manera pero era muy consciente de cómo el poder juega con los desfavorecidos utilizando de forma abusiva la fuerza de trabajo que estos aportan para lucrarse sin miramientos. Tenía anécdotas de todo tipo, ya que había trabajado para muchos amos (como él decía). A mí, esa sola palabra me revolvía el higadillo, pero me hizo ver que aun siendo dura no es la palabra sino la actitud del que manda el que hace que adquiera un significado u otro. Lo que ocurre es que venimos de una época muy reciente en la cual el amo lo era hasta tal punto que se apropiaba de la misma persona que dejaba de tener voluntad, y sólo de esta forma era considerada una persona de bien. Como es natural también hablábamos de cuestiones agrícolas, de recolección de hierbas medicinales y de otros muchos temas intranscendentes. Pero, sobre todo, de la evolución de su enfermedad. Del presentimiento que tenia de no superarla y que día a día se confirmaba. Aunque no queríamos aceptarlo, Antonio perdía paulatinamente la vitalidad; comer, casi no lo hacía, le costaba un esfuerzo tremendo hacerlo y los resultados de las pruebas que le practicaban no auguraban nada bueno. En definitiva, las fuerzas le iban dejando y en la misma medida que esto sucedía aumentaba su interés por desprenderse de sus bienes hasta el punto de que fue su mayor inquietud en los últimos días de su vida. Una persona que vivió en austeridad máxima, que no gastó ni una sola peseta de forma inútil, en sus últimas horas lo daba todo como si quisiera expiar alguna culpa por lo que había acumulado, y una vez concluido este acto de purificación, de motu propio o inducido, se dejo morir en paz. Sirva lo relatado como recuerdo y homenaje a millones de trabajadores y trabajadoras anónimos que, como Antonio y José, soportaron con decisión indomable tiempos difíciles de incontables dificultades y carencias, agravadas éstas por una insoportable ausencia de justicia social y que a pesar de todo, haciendo gala de una gran imaginación y sobre todo realizando tremendos esfuerzos a lo largo de sus vidas, fueron capaces de superarse dejando atrás uno de los periodos más oscuros de nuestra historia, haciendo posible que este país saliera de nuevo adelante situándolo en uno de los mejores lugares del mundo.


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LA VISIÓN Javier Albalat Requena

La vida es más simple de lo que uno quiera pensar. Paso y vista al frente. Ella no pone obstáculos, nos los ponemos nosotros solitos en la búsqueda incesante de la verdad cuando realmente la tenemos en nuestras narices. Salto y vista al frente. Ya casi estaba. Todos queremos ser más que los demás. La ambición es buena si no es por egoísmo o avaricia, pero queremos una casa más grande o un coche más potente. O simplemente ganar más dinero. Me paré y me di la vuelta. Impacto. Alegría. Satisfacción. Melancolía. Sensaciones que recorrieron mi cuerpo. Distinguí la torre de la iglesia, centro neurálgico de Alcublas, mi amado pueblo. Me quedé unos minutos observando desde las alturas y luego me senté. Bebí agua ávidamente para calmar la sed acuciante. El sol me daba de lleno. Crucé las piernas y cerré los ojos, sintiendo la gélida brisa contrarestada por el sol, sumergiéndome en mis cavilaciones. - Hola, joven. Vengo a traerle una buena noticia -dijo una voz cascada a mis espaldas. Abrí los ojos y me di la vuelta, sorprendido. Había un hombre encorvado con pinta de ser muy mayor, con una barba canosa tirando a blanca acabada en punta y apoyado en un bastón que me sonaba bastante. - Hola… -respondí de forma automática. - Bienvenido seas -me respondió con una sonrisa carente de dientes. Miré a mi alrededor y no veía ningún medio de transporte. ¡Qué extraño! Un hombre que debía de tener no menos de noventa años no podía subir por una senda tan empinada como la que yo acababa de subir y con esfuerzo. - Perdone, decía algo de una buena noticia… -comenté tratando de romper el hielo. El misterioso anciano sonrió otra vez. - Te decía que traigo buenas noticias para ti -repitió. - ¿Y ha venido hasta aquí solamente para traerme una buena noticia? -pregunté intrigado. - ¡Claro! -sonrió el hombre.


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El anciano me miraba sin dejar de sonreír. - Usted dirá… -le dije, con una media sonrisa, tratando de ser amable. - El final está cerca -me dijo, borrando la sonrisa de su arrugado rostro. - ¿El final de qué? -pregunté, cada vez más intrigado. - ¡Del mundo! -gritó el viejo mientras se agachaba hacia mí abriendo unos ojos como platos. Reconocí que estaba asustado por un señor de unos noventa años, con una especie de cayado que me era familiar de haberlo visto en otra parte. Nos quedamos mirándonos fijamente durante unos segundos para luego recobrar la compostura. El hombre levantó su bastón hacia el horizonte, hacia la Serranía. - Dentro de poco todo este paisaje tan verde y fértil se convertirá en fuego y muerte -aseguró. - ¿Y eso por qué…? -pregunté atónito. - Porque dentro de muy poco bajará nuestro señor Jesucristo del cielo para castigar a Lucifer y a todos los seres humanos que hayan predicado o hecho el mal. Lo quemará todo y el fuego arderá durante mil años -susurró el viejo con una voz áspera y sibilina que recordaba a una persona agonizando. - Acabáramos… Con la iglesia hemos topado… -pensé molesto. Posiblemente el hombre se había escapado de algún manicomio o era uno de esos locos que van predicando la palabra del Señor puerta por puerta. Pero el contexto en el que nos hallábamos no cuadraba. Un hombre muy mayor en la cima de una montaña, sin ningún viso de algún tipo de transporte, hablándome de Jesucristo y de un futuro más bien negro. Ante mi silencio, el viejo prosiguió: - Cuando hayan pasado mil años, nuestro señor Jesucristo volverá con sus ángeles para apagar el fuego eterno y perdonar a las almas arrepentidas. A Lucifer y sus adeptos los enviará para siempre a las entrañas del infierno y luego… - Espere -interrumpí, levantando una mano- Mire, debo advertirle que no me interesan estas cosas. Si le soy sincero, ni creo en Dios ni en la iglesia. - Tú crees en Dios -aseveró el viejo con gesto serio, señalándome con un dedo curvo. Este hombre empezaba a ponerme nervioso. - Tal vez, pero no en la iglesia que usted representa -le espeté ya mosqueado. El hombre rió como un motor que no quiere arrancar. - Esos a los que te refieres son los primeros de la lista -dijo sonriéndomeHáblame sin miedo y con franqueza -me pidió con otra sonrisa. Titubeé antes de contestar: - Pues… Tengo una relación nefasta con la iglesia. Pienso que no se puede ser más hipócrita. Predican lo contrario a la palabra del Señor que usted predica. Me


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refiero a que me parece increíble que una institución que predica las sagradas escrituras sea una patraña para engañar y estafar a las personas. Lobos disfrazados de piel de cordero o, más bien, de ricas telas y terciopelos, con una dieta prohibitiva, así como anillos y crucifijos de oro fastuosos… Lo siento, pero no es algo con lo que esté muy de acuerdo. No es la imagen que desearía ver Jesús, lo que han hecho con sus doctrinas, sus parábolas y sus enseñanzas. Uno lee la Biblia, censurada por la iglesia, y no puede evitar odiar a sus representantes actuales. Se han dedicado a amasar enormes fortunas que podrían solucionar de un plumazo la hambruna -dije, finalizando mi argumento con un suspiro. El viejo me miraba sonriéndome, como si estuviera orgulloso de mí, como un padre lo estaría de su hijo. - Acabas de demostrarme que a pesar de tu juventud, eres sabio y sensato -dijoY como te he dicho antes, aquellos a los que te refieres serán los primeros en sufrir el castigo divino. Sólo los que muestren verdadero arrepentimiento, serán perdonados de sus pecados. - ¿Pero de qué sirve perdonar si ya se ha hecho todo el daño? -pregunté- Yo los haría sufrir por toda la eternidad. - ¡Ah! Ahí está la diferencia entre el ser humano y Dios, pues Él es grandiosamente misericordioso. Dios nos entregó los diez mandamientos para que los cumpliéramos, para así ganarnos la eternidad en el cielo… -explicó el anciano. No pude evitar echarme a reír a carcajada limpia. El viejo me miraba con un rictus serio, apoyando las dos manos sobre su bastón, como esperando a que terminara de reírme. - Perdone, no lo he podido evitar… Pero de ser esto cierto, el cielo se quedará vacío y el infierno sufrirá overbooking durante siglos, pues hoy en día el que no es pecador o es tonto de remate o es un puritano que vive pisando huevos -me defendí. - ¿No has pensado, joven, que quizás estés equivocado, que hay más corazones puros de lo que puedas imaginar? -preguntó el anciano. - Perdone señor, pero eso casi es una utopía a día de hoy. Me explico: Desde hace muchos siglos el hombre se mueve por dinero, sexo y drogas. Por lo tanto, entre tanta depravación y una sobredosis de los siete pecados capitales, no se escapa ni el tato -le expliqué. Ante la mirada impasible del viejo, proseguí: - Usted mismo, a lo largo de su larga vida, seguro que lo ha vivido muchas veces. Hombres y mujeres que acaban seducidos por el ansia de ser más ricos o poderosos, sin importar el precio que cueste o aún peor, segando vidas inocentes con tal de conseguir su objetivo, para al fin y al cabo, después de una relativa corta vida, morir y volver a ser polvo y cenizas… Entonces, ¿qué sentido tiene esto? Si sólo tenemos que vivir y disfrutar de lo que disponemos o lo que se nos ofrece, ni más ni menos. Está bien que evolucionemos en otros sentidos para por ejemplo


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hallar una cura para cualquier enfermedad. Pero no, hallan la cura para un simple resfriado y las empresas farmacéuticas se llenan los bolsillos. Como ocurrió con la gripe A. ¡No es justo! -me quejé. El viejo parecía una estatua, así que continué con mi diatriba: - Si es cierto lo que usted dice, entonces deseo que Jesucristo venga cuanto antes y empiece a limpiar con su fuego toda la porquería, porque estoy muy triste de ver en lo que se ha convertido el mundo, pero me provoca mucha más tristeza saber en lo que se convertirá, pues no hace falta ser muy listo para saber lo que ocurrirá. Tan sólo hay que ojear un periódico para darse cuenta de ello. Guerras, corrupción, crímenes, violaciones y una larga lista de cosas deleznables que ocurren a diario -dirigí la mirada al horizonte con gesto derrotado- ¿Cómo hemos acabado así? Tal vez sea el convencimiento de que no existe ningún Dios que luego nos castigue por nuestros actos, pues, que yo sepa, el Dios del que usted habla tan bien no hace acto de presencia desde hace por lo menos dos mil años, por lo tanto, hemos perdido la fe y cuando digo hemos, me incluyo a mí mismo, lo cual nos lleva a pecar pensando que luego no habrá castigo. Si Dios por lo menos nos hubiera guiado cual rebaño, otro gallo hubiera cantado… Se hizo el silencio. Un silencio incómodo pero revelador. Miré al cielo azul como buscando algo, para luego mirar al viejo ya realmente cabreado, que seguía mirándome impertérrito. - ¡¿Dónde está?! -le espeté- ¡¿Por qué permite Dios que pasen tantas cosas horribles?! - La culpa es vuestra. Si nuestro señor Jesucristo no hubiera muerto en la cruz gracias a vuestra falta de fe, el mundo sería distinto -dijo con toda la tranquilidad del mundo el anciano. - Dios mío… ¡este hombre está loco de remate! -pensé, mirando al hombre. El viejo tenía la desfachatez de culpar al hombre de todos sus males. Increíble. - A ver. ¿Me está diciendo usted que por culpa de unos incrédulos y locos que acusaron a Jesucristo llevándolo a la cruz hace como unos dos mil años, debemos pagar las generaciones venideras durante siglos y siglos? -pregunté, perplejo. - No fue un castigo. Jesús era un regalo de Dios para la humanidad, pero en vez de agradecerlo, lo despreciasteis. ¡Imagínalo por un momento! ¡Era el hijo de Dios! ¡Él lo envió a la tierra para enseñar al hombre la palabra del Señor y no se os ocurre otra cosa que crucificarlo! ¡A su propio hijo! Jesús no vino a juzgaros y sin embargo, vosotros lo juzgasteis. Imagínate la tristeza que sintió Dios cuando vio que su propia creación mataba a su propio hijo. Entonces tomó la decisión de abandonar a la humanidad un poco a su aire, pues se sintió enormemente decepcionado. - Pero buen hombre, entienda que caminar sobre el agua, resucitar muertos, multiplicar panes y peces o curar enfermedades incurables no era algo muy común en aquellos tiempos. La única explicación que se me ocurre es que se asustaron


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tanto que creyeron que aquello solo podía ser obra del maligno… Aunque por otro lado, la explicación quizás sea más sencilla… -dije cavilando. - ¿Cuál es? -inquirió el viejo. - Aplicando aquello de que la explicación más sencilla suele ser la cierta. Estoy casi convencido de que no fue otra cosa que envidia. Creo recordar que los sumos sacerdotes lo entregaron a Pilatos por la envidia que les corroía por dentro… expuse. - ¡Ah! -sonrió el viejo, satisfecho- Ahí le has dado, muchacho, y ahí es donde se dio cuenta de que había creado a un monstruo. - Pero vamos a ver… Vuelvo a repetir, ¿por qué hemos de pagar por algo que ocurrió hace tantísimo tiempo? ¿Qué culpa tiene el hombre que está allá abajo cuidando de sus almendros o yo mismo? -pregunté, tratando de aplicar algo de cordura a la conversación. El viejo se encogió de hombros. - Ya está escrito y no se puede hacer nada para cambiarlo. De todas formas, hay algo en lo que te equivocas. Dios ha hecho breves intervenciones para evitar males mayores, pero hay cosas que ya estaban predestinadas. Nunca ha abandonado al hombre, ni lo abandonará, pero tienes que entender que han existido otras civilizaciones que han desaparecido de la faz de la tierra porque el hombre es, como vosotros decís, el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra y esto hay que corregirlo de alguna manera, pero Dios no puede intervenir, cuando el Diablo siempre interviene y es cuando el hombre desaparece con la ayuda maligna y no la de Dios. Él nunca se cansará de daros oportunidades pues, como he dicho antes, posee una misericordia infinita. Él desea que el hombre se dé cuenta por sí mismo de sus errores y, ante todo, que renuncie al Diablo de una vez por todas pues sólo así reinarán la armonía y el amor, haciendo de la tierra un paraíso comparable al cielo. Pero para que eso ocurra, el hombre debe tener fe en sí mismo y en el Señor para cambiar radicalmente su forma de ver la vida y a Dios. Y para que abráis los ojos, Él tendrá que intervenir… -sentenció el viejo, con un dedo apuntando al cielo. Desvié entristecido la mirada hacia mi querido pueblo, reflexionando sobre la información que había recabado hasta ahora. Al parecer este viejecito con pinta de abuelito de Heidi parecía tener línea directa con Dios, lo cual acrecentaba mis sospechas de que no estaba muy cuerdo que digamos. Pero por otro lado, de todo lo que había dicho había cosas que parecían tener su propia lógica, pero posiblemente las había estructurado a su favor. Mi propia lógica sumada a mis conocimientos adquiridos durante mi corta vida, me hacía ver que las cosas eran muy distintas de lo que el viejo trataba de convencerme. Hablo de lógica racional y documentada, pues conozco las teorías sobre los orígenes del planeta. Por eso no casan las teorías teológicas de Dios creó la tierra en seis días y al séptimo descansó con la teoría del Big Bang. Son dos fundamentos totalmente opuestos, contradictorios a más no poder. Por eso, siempre me he incli-


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nado más por lo que puedo ver y tocar que no por un libro escrito hace casi dos mil años y, además, fuertemente censurado. La ciencia pura y dura versus el falso misticismo de la Iglesia Santa, Apostólica y Romana. Aun así, no podía evitar sentir cierta simpatía hacia el viejo, es más, me recordaba poderosamente a alguien que no precisaba recordar. Lástima que me hallara ante un demente, pues parecía atesorar una gran sabiduría, pero, por desgracia, cuando se llega a una determinada edad, la mente empieza a jugar malas pasadas, como la de creer a pies juntillas que el día del juicio final está cerca. Aires de grandeza o narcisismo agudo figurarán casi con total seguridad en su expediente psiquiátrico, pero aún así había algo que me reconcomía por dentro, un desasosiego que crecía cada vez más. Levanté la mirada y me llevé la sorpresa de mi vida. ¡El viejo había desaparecido! Me puse a buscar por todos los lados, pero fue completamente inútil. Caminé unos metros en todas direcciones para encontrarlo, pero se había esfumado. - Todo esto ha sido una alucinación. -pensé, recordando que había sentido dolor al pellizcarme- No puede ser cierto… Miré hacia el cielo y me di cuenta de que el sol empezaba a ponerse, así que emprendí la vuelta a casa, asustado por lo que había sucedido. No podía creer que una alucinación se hubiera apoderado de mí, pero no podía ser otra cosa. Pero aun así, mi cabeza seguía dando vueltas a la ficticia conversación que acababa de tener con un fantasma, si es que se le podía llamar así. En mi cabeza retumbaban las palabras del viejo como advertencias. Me venía a la cabeza la eterna lucha del bien y del mal, de ángeles caídos y de la pugna por el poder. Estaba hecho un lío que me consideraba incapaz de resolver, pues escapaba a mi comprensión humana. Tomé la decisión de tratar de olvidarme del asunto y no comentar nada a mis allegados para evitar que juzgaran seriamente mi salud mental. Pero aun así, me era imposible dilucidar un motivo o causa sobre lo que había ocurrido. Partiendo de la base de que soy muy escéptico en lo que se refiere a fantasmas o almas que vagan por ahí o a una hipotética segunda vida después de la muerte, algo que siempre he rechazado de plano. La ciencia dice que somos un


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conjunto de células que nacen, viven y mueren. Y ya está. Pero el ser humano, a lo largo de su existencia, la ha tergiversado sin parar, tratando de hallar alguna explicación a la vida, buscando consuelo cuando alguien muere con el convencimiento de que lo volverán a ver en el cielo o en el más allá, vaya usted a saber. La vida es tan simple como la muerte. Pero no. Siempre hay alguien que dice que hay una dimensión paralela a la nuestra. No, no y no. Hay que ser prácticos y pragmáticos, o dicho de otra forma: realistas. Pero aun así, había algo que no cuadraba… Unas horas más tarde, no sin dolor de cabeza, empezamos con los preparativos de las hogueras de San Antón. Era un ambiente gélido que apenas notábamos, pues la ilusión de disponer las aliagas borraba completamente la palabra frío de nuestro vocabulario. El hecho de esperar el sonido de las campanas para prender las hogueras, para, de alguna forma, purificar nuestras almas, era simplemente emocionante. Luego siempre había algún cohete pululando por ahí, pero ello no impedía a los vecinos disfrutar de unos minutos de fiesta. Aunque sea tradición, es una alegría cumplirla, pues así honramos a los que no están y al sentir común de un pueblo. Después de cenar y de charlar animadamente con los amigos y vecinos, fui a la plaza mayor para presenciar la gran hoguera. Todo un pueblo alrededor, como desde la antigüedad la familia se sentaba alrededor del fuego. Todo era una fiesta, se percibía en el ambiente la pólvora quemada y el chocolate líquido esperando. Luego una traca y comenzaba el espectáculo. A pesar de mi forma de ser, práctico y pragmático, hay un trasfondo de romanticismo y de ensoñaciones, algo que me hace mirar el fuego pensativo durante largo rato. De repente, lo que hacía unos minutos había sido la cima de una gran hoguera, se desmoronó, dejando dentro de mi campo de visión la fachada de la iglesia junto con el aullido de sorpresa de los presentes. Algo me llamó la atención. Algo que no quería ver. En la fachada, justo encima de la puerta principal, había una figura que me era familiar. Abrí la boca sorprendido y los ojos se me abrieron como platos. ¡No lo podía creer! Las lágrimas brotaron de mis ojos sin permiso al mismo tiempo que reía como si hubiera recordado un viejo chiste, pero con la diferencia de que me lo habían contado desde el Reino de los Cielos….


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LA FIAMBRERA Charo Alcaide Verdés

La crónica de la Romería a la Cueva Santa que aparece en los libros y que uno suele contar a sus amigos y conocidos, no tiene nada, nada que ver, con lo que sucede en la realidad, sobretodo si además hay QUINTO-A en la familia ese año. La historia comienza unos días antes, un par de semanas antes, cuando tu madre, en mitad de la comida familiar del domingo, justo en el momento en que los hermanos nos estábamos riendo de las anécdotas de la última excursión, dice con un tono de voz un poquito musical eso de: - ¿Qué prepararemos para comer en la Cueeevaa? Aquí se nos cortó la conversación de forma instantánea, nos pusimos en alerta y nos miramos con ojos muy abiertos y empezamos a disimular. Intentamos desviar la conversación hacia otros temas, no queríamos ver lo que se avecinaba. No sirvió de nada. Mi madre, que se hacia la sueca, repitió la frasecita: - Que digo que qué hacemos de comer para la Cueva. Y aquí empezó todo, había opiniones para todos los gustos, unos que si un bocadillo es suficiente (ése soy yo porque sé lo que pasa), otro que ese día hay que comer empanadillas y comida de fiambrera y además mucho (sobre todo si hay quinto en la casa, no vayan a decir que vaya la merienda que llevaban estos…). Y después de mucho discutir, se llega a un acuerdo: ¡Habrá comida de fiambrera! ¡Cielos, qué horror!, yo sé que comeré bien pero… eso significa que hay que preparar ¡LAS FIAMBRERAS!, pero eso es lo de menos, lo peor es que además hay que añadir toda la infraestructura. Después de varias discusiones, por fin se decidió el almuerzo; consistiría en primer lugar en unas empanadillas para todos (que a esas horas entran muy bien) y para los que van andando un bocadillo suplementario de jamón y queso, y … el huevo, que hay que comerse el huevo. Como postre, café y pastas variadas además del tradicional panquemado con chocolate (tengas o no tengas hambre). Como bebida se sacarían la mistela y el whisky con el café y punto, ya que no hay mucho tiempo para el almuerzo.


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Para comer se decidió lo típico: habas, tortilla española, lomo con tomate, albóndigas de bacalao, longanizas, más empanadillas, huevos duros, queso, jamón, chorizo y longaniza seca… POR SI ALGUNO SE HABIA QUEDADO CON HAMBRE, YA TE DIGO. Cuando ya tenemos decidida la primera parte, viene la infraestructura: ¿Qué necesitaremos para pasar un día bueno de romería? Pues está claro, ¿no? Los platos, cubiertos (tenedores, cuchillos, cucharas de postre), servilletas, vasos de agua y de vino, mantel de tela para la mesa (porque si no la tía Manolita dirá que vaya desmanotada que es tu madre), la mesa de pic-nic y sillas y hamacas para todos, la garrafa del agua y la nevera (que no falte la nevera, por favor, pero con hielo), poner refrescos con y sin azúcar, cervezas con y sin alcohol, llevar vino blanco y uno tinto pero que tenga nombre raro y cueste más de tres euros (es una ocasión especial y se tiene que aprovechar para quedar bien con el resto de familiares). No nos olvidemos de la bebida para los postres, la bebida estrella de las celebraciones: el cava, y por supuesto el whisky, y un poquito de mistela, brandy… Y el pan, no se nos vaya a olvidar…


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¡Ah! No hay que poner todo en el mismo bolso, el dulce o sea los pasteles de boniato, el panquemado, el chocolate y los rollitos de anís y el licor, más el café y azúcares (o sacarina, ¡algunos ese día toman sacarina…!), todo en una cesta pero que sea mona, tapadito todo con un mantel a cuadros, no vayan a decir que somos poco aseados. La comida del mediodía tiene que ir en un bolso y algunas cosas en nevera, tienes que llevar lo que se te ocurra, y eso sí, cuanta más comida en fiambrera, mejor. Mi madre preparó tres grandes y hermosas fiambreras, cada una de un color. Cuando ya tienes la infraestructura controlada, viene el momento de subir la adrenalina al máximo: tienes que cargar el coche. Los bolsos de comida los llevaban encima los pasajeros y el perro se quedó en casa, no cabía un alfiler ni en el maletero, ni dentro del coche. Al final dejamos las hamacas. Y empieza el día, suenan las campanas, el chupinazo (hay que poner la cafetera al fuego), corriendo a la plaza, salen los quintos, corriendo a Santa Bárbara, despedimos a los quintos… Que por cierto salieron zumbados como si vinieran de los tercios de Flandes por lo menos, qué ímpetu y ¡queeé garbo!, eso sí, aplausos, bendiciones y empieza la caminata, doce maravillosos kilómetros para ir haciendo ganita. A todo esto, el día amaneció nublado y las previsiones eran fatales, pero como aquí aunque lluevan ranas la romería dice que sale ¡y sale! ¿eh?, pues nada, todos a los coches y adelante, que a las diez reparten los huevos y además hay que salir deprisa a coger sitio, y además hay que tener cuidado no pillemos las caravanas de carros y nos tengamos que tragar el olor a boñigo. El almuerzo fue tranquilo, no había mucho coche. Hubo quien fue a la Cueva Santa la noche de antes a coger sitio para la comida (eso es ser previsores, lo demás son tonterías). Nosotros, la verdad, es que una vez conseguimos encontrar el bolso donde llevábamos el almuerzo, ya la cosa pintó de otra manera porque frío hacía un rato, así que le dimos al chupito de lo primero que pillamos, pues alguien cambió de sitio las botellas de licor y había que sacar el maletero para buscarlas, así que decidimos no ponernos sibaritas. Terminado el almuerzo, corriendo, corriendo a los coches no sea que lo único que nos quede para aparcar el coche sea el barranco. Llegamos a la Cueva y efectivamente nos quedó, no el barranco, sino el final del camino que da a el barranco, en el fin del mundo, pero bueno, ya habíamos llegado, no llovía (todavía) y ya empiezan otra vez las prisas: corriendo para ver el cambio de varas, la llegada de la Virgen, los bailes, la misa, dar una vuelta por las paraetas, comprar turrón y peladillas, algún pañuelo, una cerveza en el bar, charlar con fulano y mengano (o sea, dejarse ver, que es lo que hacen la mayoría de los que van a la Cueva Santa, dejarse ver, porque la mayoría ni va andando, ni va a misa, ni come en la Cueva si me apuras, o sea de romería tiene…el nombre, es mas bien un día de carga y descarga de energía). Cuando ya terminaron los esperados pasodobles, el cielo que hasta entonces estaba de color blanco nuclear, se fue poniendo gris plomizo. La famosa canción-rogativa “que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva” me vino a la cabe-


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za pero al revés, había que tomar una decisión: aunque no llovía, el cielo amenazaba y mucho, teníamos que decidir si abrir las fiambreras y comer en el barranco, o por el contrario marcharnos al pueblo y regresar a las cuatro para que el Quinto hiciera el camino de vuelta. Gran dilema, se hicieron votaciones, NOS QUEDÁBAMOS, mientras no cayera el diluvio. Tendríamos los paraguas a mano. Así que, para no perder el ritmo del día, corriendo nos fuimos a desplegar las mesas y sacar los aperitivos, al tiempo que cientos de coches se batían en retirada hacia el pueblo, incluidos los que habían cogido sitio la noche anterior. En un momento nos quedamos solos en el camino del barranco, todos los coches desaparecieron, las caballerías que estaban en lo alto de la montaña, también. El silencio lo invadió todo. Parecía mentira, hacía un momento todo eran saludos y parabienes y de repente, la nada y… NOSOTROS. Para empezar y ahuyentar los malos pensamientos (marcharnos sensatamente), pusimos música festiva en el coche, sacamos las cervezas, los aperitivos y empezamos la fiesta antes de tiempo, por si acaso llovía. Nos reímos tentando la suerte pues comimos con los paraguas casi desplegados. Cumplimos el ritual, pero con tanto trajín no encontrábamos el bolso con las fiambreras, (hubo quién se apiadó a San Cucufato, luego rectificó y se aclamó a la Virgen de la Cueva), apareció, ya lo creo que apareció, y dimos buena cuenta de ello, y entre bocado y bocado, pasodoble, y mi tío Pepe, que es genial, nos puso esa música de cha-cha–chá, de esa música que cuando suena le cambia la cara, sonríe y mueve las manos con los puños cerrados moviéndolos con un ligero vaivén y siseando la canción. Llegado este momento ya sabes que le digas lo que le digas te va a decir que sí y entonces llega el momento que dicen ¡SACAR EL CHAMPAN! que empiece la fiesta, el champán no, el cava, pues es igual, lo que sea, y los dulces y lo que haga falta, tras la primera botella, toda la familia, el quinto, los niños, todos, nos pusimos a bailar y a hacer fotos, era una sensación extraña, solos en el camino, no se oían ni los pájaros, las nubes se estaban levantando y … ¡vaya si se levantaron! De repente, cuando ya íbamos a tomar la segunda botella de cava, un estruendo nos avisó de que la fiesta llegaba a su fin, corriendo, corriendo para no desentonar con el día, desmontamos el campamento y pusimos pies en polvorosa porque el lugar donde estábamos era barranco y se podía convertir en barrizal. Nos refugiamos en el bar y esperamos que los quintos ante semejante granizada decidieran si regresaban andando o si las inclemencias del tiempo lo impedirían. Tras varias deliberaciones decidieron volver andando y entonces otra vez corriendo salió la romería, nosotros regresamos en coche, rendidos tuvimos que descargar la intendencia, las sobras y corriendo otra vez para ver llegar la romería, la música, el Cristo, la Virgen, los quintos, las quintas, la gente, total un día agotador, pero eso sí, cumplimos con la tradición, lo que pasa que luego, al día siguiente, nos quedaba la sorpresa, cuando llega la hora de comer y dice mi madre: - ¿A que no sabéis lo que vamos a comer hoy? Hasta el próximo año, tierra trágame.


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LA CONFESIÓN José Civera Martínez

Han pasado más de cincuenta años y, como creo que habrá prescrito el delito, me atrevo a confesarlo. Son hechos reales de los cuales me arrepiento y avergüenzo, pero repito, son hechos reales y quiero descargar mi conciencia. La víctima era morena, con el pelo negro azabache, peinado en una media melena, siempre impecablemente cepillado. Guapa era, pero lo que más llamaba la atención era su cuerpo, con unos senos espléndidos y no exhibidos que se adivinaban en un recatado escote. A sus veintipocos años, la frescura de su cuerpo era evidente. Su modesto vestido de algodón, estampado con flor, ciñe una cintura ideal que resalta unas caderas cimbreantes y unas nalgas que dan forma a un trasero tentador, famoso en todo el pueblo. Cuando pasaba por delante de los viejos que estaban tomando el sol, la miraban con ojillos maliciosos, y algunos se animaban a piropearla, añorando una juventud pasada, mientras dejaban volar su imaginación con pensamientos más o menos eróticos. Y los mozos, ¿qué hacían los mozos? ¿Es que no había ningún valiente dispuesto a cortejarla? En un pueblo pequeño, donde las habladurías son frecuentes, nadie tenía nada que decir sobre su comportamiento, incluso por discreción lavaba sus prendas más íntimas en casa, para así no mostrarlas en el lavadero de la Cava. Todo estaba pensado y dispuesto para consumar los hechos; aquella tarde, junto a mi amigo, que era el dueño de la casa, habíamos preparado a conciencia el lugar. La bodega tenía una pequeña ventana sin cristales, como de un palmo, que desde el exterior estaba a ras del suelo. Unas gavillas de sarmientos apiladas ocultarían la visión desde fuera y completamente a oscuras sería mucho más fácil ocultarnos. Las paredes de las casas que ya lindaban con los bancales formaban como una especie de callejón, cerrado por unos matojos de cardenchas que protegían de las posibles miradas indiscretas. Y allí sucedieron los hechos que tanto habíamos preparado. Era una tarde de verano, y ya anochecía en el pueblo cuando apareció ella. Deslumbrante, preciosa y confiada. Apenas dobló la esquina hacia las eras, nos pre-


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cipitamos a la bodega y allí, agazapados, esperamos unos segundos, que creo nos parecieron horas. Se situó junto a la ventana y, después de asegurarse lejos de miradas, se subió las faldas. Había llegado el gran momento, tanto tiempo esperado de conocer íntimamente a una mujer. Se bajó las bragas y se agachó. Teníamos a dos palmos de nuestras narices el tesoro más deseado de todo el pueblo, y el culo más bonito de la comarca. Pero de pronto, sonó como si fuese un trueno, y unas gotitas nos salpicaron, al retirarnos bruscamente, casi nos vamos al suelo con los sarmientos. Aquella tarde y a mis nueve años, aprendí que hasta los culos más bonitos también van de diarrea.


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EL MEDIO POLLICO Abel Chiva Mañes

La mañana hacía rato que había comenzado. La posada, con sus puertas abiertas de par en par, permanecía tranquila y silenciosa. Carreteros, tratantes, vendedores y viajeros estaban ya en su faena y sólo las boñigas en la puerta y por la calle delataban su paso por el recinto. El sol, cual descarado invasor, se adentraba hasta mitad del pasillo. Al final de una empinada escalera, a la izquierda de la entrada, en la cocina, Fina se encontraba preparando el almuerzo cuando unas voces llamaron su atención: - ¡¡Tía Fina!!, ¡¡tía Fina!! - ¿Quién es? -contestó mientras se secaba las manos con el delantal y abría la puerta de cristales. - Soy yo. - ¿Túuu?, ¿qué quieres a estas horas?, con la faena que tengo ahora. - Mire, hace más de seis meses que su madre me debe dos reales y ya me ha toreao dos meses, vamos, que se hace la remolona y no me los quiere pagar, así que me los paga usted o voy a cobrarlos ahora mismo aunque tenga que ir a Sacañet. Pero luego no diga que le he dado un disgusto de muerte a la tía Genoveva y que tengo la culpa de todos sus males. Como resulta que es su madre siempre la defiende, y a mí esta vez me lo paga...¡vaya que me lo paga! - Pero qué pesadico que estás últimamente, arrea, que la Macarena te guíe que yo no te doy ni un chavo y me voy a preparar el almuerzo antes de que vengan los tíos. En aquel momento una sombra se perfiló en la entrada y el Medio Pollico se quedó helado: - ¿Qué haces tú por aquí, perillán? - Nada, a hablar con su mujer de la tía Genoveva. - Vaya conversación que has elegido, ahora que si es a cobrar lo que te debe, o te vas echando chispas o en el cocido de Frasquito hoy va a haber carne... Sin acabar de escuchar lo que decía el tío Marcial, como alma que lleva el diablo, el Medio Pollico echó a correr calle Mayor arriba y no paró hasta Santa Bárbara. El tío Marcial era el tío Marcial y muy gracioso, muy gracioso, pero cuando se le torcía el morro... mejor desapa-


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recer, que ya sabía que la tía Genoveva no era santo de su devoción. Una vez que hubo recuperado el resuello, tranquilo y decidido se encaminó a Sacañet, dándose ánimos y como aquél que va a conquistar el mundo. En ello estaba cuando a su paso por la Pedrera una voz le pegó un susto que casi se cae de medio culo: - ¿Adónde vas, Medio Pollico? -, era una vieja maza olvidada en un ribazo. - A Sacañet, a cobrar lo que me debe la tía Genoveva. - ¿Y puedo ir contigo? Aquí siempre sola me aburro mucho. - Pues métete entre mis plumas y arreando, no se nos haga tarde. Reanudó el camino más contento que unas pascuas, mira por dónde ya no estaba solo para enfrentarse a la tacaña de la tía sacañetera. Y en estas estaba cuando pararon a tomar un poco de agua en la Balsa Silvestre: - ¿Dónde vais a estas horas y con la solina que cae? - A Sacañet, a cobrarle a la tía Genoveva. - Eso no me lo pierdo. Si quieres, ahora cuando almorcéis un poco, me llevas y así me paseo un poco de paso, que todo el día aquí aguantando a estas ranas tan pesás... - Pues vamos. Y el agua se metió entre las plumas, y una vez acabado el escaso almuerzo que llevaba tomaron el sendero para subir hasta las Peñas de Domingo, desde donde ya se notaba el aire fresco, donde la agradable sensación de sentir en su media cara secarse el sudor y la proximidad de su destino le daban alas pese a ir cargado con sus dos amigos o colaboradores. Cuando más confiado estaba y le daba la sensación de ir volando, algo en medio del sendero le hizo frenar en seco y su pobre medio corazón a punto estuvo de estamparse contra el pino en el que se apoyó para no caerse: - Hola, ¿dónde la echas a estas horas? -le dijo una zorra que a él le pareció un burro de lo grande que era. Al principio no sabía que decir pero enseguida comprendió, por la expresión de la cara, que la zorra no le iba a hacer ningún mal. Le explicó lo que pretendía, que eran demasiadas veces las que la tía Genoveva le mandaba hacer recaos con promesas de pago que luego nunca llegaba a cumplir, pero que su paciencia se había acabado, escamao como estaba de anteriores veces, la última le había tenido que jurar y perjurar que le daría dos reales, y esos, por lo menos, los quería cobrar aunque fuera lo último que hiciera, ¡¡bastante cachondeo se llevaban los alcublanos con la tomadura de pelo al Medio Pollico!! La zorra le confesó que sabía su historia ya que era famoso en toda la comarca, pero ella también se la tenía jurada porque una vez que se acercó por su casa, al olor de las gallinas, le pegó tal paliza que aunque pudo escapar no fue zorra durante mucho tiempo, y todavía padecía una pequeña cojera que le hacía más difícil la vida de raposa. - Mira, zorra, en el camino se me han unido una maza y el agua, si quieres te puedes venir entre mis plumas y vamos a plantar cara a nuestro destino. Y allá que se metió la zorra y ocultos en el Medio Pollico llegaron todos juntos a Sacañet.


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Era mediodía, hora de hacer la comida, cuando llegaron a la puerta de la casa. Nadie en la calle. Tan sólo a las afueras se oía aullar a un perro protestando por su encierro. Al pasar por delante de la capilla, antes de torcer a la izquierda, se había santiguao y como los toreros le había pedido suerte a San Antón, patrón de los animales, que aunque estuviera en Sacañet era el de su pueblo. - ¡Tía! –gritó, a la vez que tocaba. - ¿Quién va? - Soy yo, el Medio Pollico. - Entra, entra, que estoy con la comida y me dices lo que se te ofrece. Tanta amabilidad no le hizo confiarse, lentamente y mirando a los lados llegó hasta la cocina y se quedó mirando el perol que tenía en el fuego con agua y verduras, un perol grande como si preparara comida para un regimiento. - Anda, siéntate aquí, chiquillo Y aún no había llegado a la sillita, al lado del hogar, cuando lo enganchó del cuello y lo quería meter en el perol. - ¡¡Agua, sal!! -apenas pudo decir. Y al momento empezó a salir agua, haciendo que todo el contenido del perol se derramara, apagó el fuego y todos los carbones y palos se esparcieron por la cocina. ¡Vaya desastre! La reacción inmediata de la tía Genoveva fue salir corriendo al corral, casi se cae al abrir la puerta de doble hoja, y en el cociol que había en la salida, bajo de la canal, sumergir al Medio Pollico: - ¿No te gusta el agua? ¡Pues toma agua hasta que te hartes! Con el cuello atenazao y bajo del agua, lo único que pudo hacer es mover su única ala y gritar más con la cabeza que con el pico: - ¡Maza, sal! -y al momento el cociol quedó hecho añicos. Los hechos se sucedían a un ritmo vertiginoso. Todavía con el atontamiento del ahogo y la inmersión, sin apenas recuperarse, se vio cogido por la pata en volandas yendo a parar en medio del gallinero. - Ahora, valiente, ahora vamos a ver cómo te va con las gallinas y mi gallo Lucero, ahora sí que te van a poner como un zaquito a picotazos -le gritaba desde la puerta con el sofocón que llevaba la tía Genoveva. - ¡Zorra, sal!! Y lo dijo con rabia, con la satisfacción del que se sabe ganador con un golpe definitivo, con la certeza de que allí se acababa la pelea. Sí, se acababa la batalla igual que la zorra acabó con varias gallinas y salió en dos saltos de la casa llevando al gallo entre los dientes. La tía Genoveva metió la mano en el bolsillo del delantal y le dio los dos reales que le debía, y nunca más encargó recados a nadie, aquel día aprendió que no hay enemigo pequeño. El Medio Pollico volvió a Alcublas más contento que unas pascuas y ya nunca, nunca, nadie dejó de pagarle los recados. Él también aprendió una hermosa lección aquel día: EL RESPETO NI SE COMPRA NI SE REGALA, SE CONSIGUE Y SE GANA.


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SEMANA SANTA 1966 Miguel Esplugues Yerbes

Tres meses llevábamos de preparación, y es que en 1966 preparar una salida de Semana Santa un grupo de diez jovenzuelos no era cosa de un día para otro. Algunos de nosotros teníamos mochila y lo necesario para estar varios días de autosuficientes fuera de casa, pero lo normal era ir a Altarriba y alquilar lo necesario. Teníamos una tienda de campaña en propiedad para seis personas con suelo de linoplastic. Era alta tecnología que no dejaba entrar el agua en el aposento pues era un buen aislante, tenía doble techo para protegernos de las inclemencias, frío o calor, en definitiva, una buena tienda de campaña para aquellos tiempos. Como curiosidad diré que la conservo como oro en paño, pues es una reliquia con muchas historias. Alquilamos una tienda e individualmente cada uno lo que le faltaba, casi siempre mochilas y utensilios de cocina. Ya todos con nuestras mochilas cargadas con la manta, el camping-gas, cubiertos, linternas, machete, cantimplora… Parecía que nos íbamos a la guerra en vez de a la montaña a pasar unos días. En 1966 si veías a un grupo de chavales con esta guisa, solían también ir uniformados de la OJE, pero nosotros jamás. Para nosotros era una vergüenza que nos pudiesen identificar con este grupo de cachorros de la Falange. Metimos nuestros bártulos en el maletero de la Chelvana y nos dispusimos a realizar el viaje al lugar de partida de nuestra aventura de Pascua de este año. Todos los años, desde que cumplimos los catorce, solíamos irnos de acampada en esas fechas y este año tocaba bajar de Alcublas a Segorbe pasando por la Cueva Santa y la piscina de Altura que ya conocíamos de otra acampada. Una vez acoplados en los incómodos asientos del autobús que nos llevaría a la Serranía, empezaron las bromas, el jolgorio, y comprobar que José Enrique estaba sentado junta a una muchacha de nuestra edad fue suficiente para que sufriese la mayoría de las bromas, más tarde comprobamos que la joven nos acompañaba hasta nuestro destino. A la caída de la tarde confiábamos en llegar a Alcublas, pero aquel traqueteo parecía el de un carro y no el de un bus, además paraba continuamente y hasta en Casinos subieron a vendernos peladillas, cosa que mis amigos tomaban como parte de la fiesta que nos esperaba, pues cualquier cosa era motivo de jolgorio. Tan sólo yo conocía el tra-


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yecto, pues para llegar a Canales, pueblo de mi madre y abuelos, tenías que viajar a Alcublas o bien a Andilla para desde allí, caminito San Fernando, llegar a Canales y para ello no había otro medio que la Chelvana. La explanada de la fuente de la Virgen de la Salud fue nuestro terreno elegido para montar las tiendas. La tarde empezaba a dar paso a la oscuridad de la noche cuando estábamos en estos menesteres, cosa que casi siempre nos ocurría pues alargábamos el tiempo del disfrute y nos cogía el toro montando las tiendas. Con las tiendas montadas, el bocadillo que nuestras madres nos preparaban para el primer día fue verlo y no verlo. Arranchamos y nos dispusimos a darnos una vuelta por el pueblo. Esto era siempre lo más peliagudo, pues el sábado de Semana Santa las mozas, alborotadas esperando los días de Pascua y además por el grupo de forasteros que habían montado sus tiendas de campaña y de momento estaban en el pueblo, esto se presentaba bien. Siempre nos tocaba intentar congeniar primero con los chavales, pues no sería el primer pueblo en que nos apedrearon y nos tocó de noche largarnos como pudimos. Pero aquí de momento parecía que todo marchaba bien, pues incluso nos invitaron al baile que había esa noche (previo pago claro). El salón del baile recuerdo que era rectangular y se entraba por una esquina. En Valencia ya funcionaban las discotecas y al entrar en aquel cuarto nos pareció algo familiar, como un guateque, por lo que esperábamos disfrutar con estas mozas que no nos quitaban la mirada de encima cuchicheando Dios sabe qué. Lo primero que me llamó la atención es que todas las chicas estaban en una pared y los chicos en la de enfrente. Se miraban pero no se juntaban, ya habían sonado varias canciones y no se movía nadie. Nosotros siempre esperábamos que los de casa empezaran para no destacar, pero como tardaban pues nos decidimos. Qué ilusos, pensábamos bailar con aquellas hermosas serranas. Nada de nada, tan solo José Enrique consiguió bailar una vez con la compañera de asiento en la Chelvana, el resto cero patatero. Las muchachas sabían que si bailaban con nosotros, los próximos sábados podían tener vendetta por parte de los mozos, así que con el rabo entre piernas nos fuimos a dormir a nuestras tiendas de campaña dentro de nuestra manta y refunfuñando. Lo de irnos a dormir también es un decir, pues los alcublanos estuvieron de romería toda la noche visitando a aquellos muchachos que como los gitanos dormían al raso bajo una manta. Alguno de nosotros habíamos sido monaguillos, pertenecíamos a la JOC (era la parte izquierdosa de los jóvenes de la Iglesia, otros más sumisos y místicos eran de Acción Católica) y por aquellos tiempos solíamos asistir a misa los domingos. Así que, una vez aseados y las tiendas recogidas, después de desayunar nos dirigimos a la puerta de la Iglesia para esperar a misa de domingo de resurrección y luego partir camino de la Cueva Santa. Fue el momento que aprovechamos para acercarnos al horno a por el pan y ver cómo el tío José María peleaba con aquellos artilugios, poleas y bandejas con las que se ayudaba para amasar el pan y cocer luego las barras y rollos a leña. A pesar de intentar convencerle, nos tocó regresar tras la misa a por el pan que le encargábamos, pues se horneaba el pan encargado previamente y metía en los sacos para que cada vecino fuese a recoger el suyo cuando pudiese. Las mochilas contra la pared, las risas y bromas esperan-


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do la partida y nosotros ya nerviosos de que nadie venía a abrir la iglesia faltando quince minutos para la misa. Se nos acercó un cura viejo, con sotana descolorida pero con andar seguro y firme, extrañado de vernos en la puerta a esas horas y con tantos trastos, debió pensar para sus adentros ¿qué gente sería aquella? Con carácter afable quiso averiguar la causa de nuestra algarabía y risas. Al contarle el motivo de la espera, fue tal su alegría y sorpresa que se ofreció a llevarnos los bártulos hasta la Cueva Santa y así podríamos ir más descansados y frescos. No necesito decir que aceptamos de muy buen grado y tras él entramos en el templo. Nunca sentí subir la sangre a mi cara, nunca sentí mayor sonrojo que ese día en la homilía. Pues no se puso a decir Don Alejandro (pues así se llamaba aquel buen hombre, cura antiguo y a la par agradecido a ese grupo de muchachos que anteponían el ir a misa antes que salir de excursión) todas las bondades que se le ocurrieron… Fuimos puestos de ejemplo, fuimos utilizados como arma arrojadiza contra los que no van a misa, fuimos… fuimos los que pasamos la mayor vergüenza de nuestra vida, pues las cuatro ancianas que había en misa se giraban, nos miraban, comentaban entre ellas y el cura dale que te dale. Esto fue motivo de comentario y risas durante años, pues una vez en la calle, incluso estas ancianas se nos acercaban para decirnos que estábamos locos, ¡Qué necesidad tenéis de ir andando a Segorbe! Que dirían hoy si supiesen que hay eventos deportivos que suben corriendo de Puzol a La Pobleta pasando por el prao. Le cargamos el coche a Don Alejandro, le vimos partir y nosotros, más frescos que una rosa a pesar del calor que se barruntaba en el cielo, nos dirigimos hacia la primera meta, la Cueva Santa, que por cierto qué fresco cuando bajamos a la cripta tras el calor asfixiante y la sudadera del camino. Aquello parecía el taller de Debón, artista fallero como pocos, donde yo trabajaba algunas horas diarias, pues estaban las paredes llenas de brazos, piernas, manos y no sé cuantos azulejos y ofrendas por los bienes recibidos así como los milagros otorgados. La verdad es que hoy, desde la distancia, lo veo como algo lúgubre (constato que hoy es diferente), sin poner peros ni críticas a los creyentes en la Cueva Santa. Por la noche acampamos cerca de la carretera, a unos cuatro quilómetros de la Cueva Santa. Y siguieron los problemas, esta vez no por las visitas nocturnas. Coincidió que en lugar elegido para la acampada había un ciruelo, algo verde, pero un ciruelo y Paco, como hijo de la huerta, nos advirtió, amenazó y se enfadó diciéndonos que no tocásemos una fruta, que respetásemos el trabajo y el esfuerzo del dueño que vendría a recogerla. Así que a dormir y todos quietos. ¡Ay, todos quietos!, por la mañana amaneció la mitad con la cara pintada de mercromina y el pobre ciruelo mas pelao que un plátano a punto de comerlo. Cuando llegamos a Altura acampamos junto a la piscina, bajo unos pinos, y nos bañamos. Bueno, se bañaron los más valientes, pues el agua estaba como la nieve de la Bellida y con una profundidad no apta para los que no sabíamos nadar, que éramos la mayoría. Ya, desde aquí, a subir en Segorbe al tren que venía de Teruel y nos dejó en la estación de Aragón, que hoy podemos ver en postales. Al llegar a casa ya estábamos preparando la salida de la semana siguiente, Pascua de San Vicente.


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LA PEÑA RAMIRO Y EL GAVILÁN Santiago Garrigó Tortajada

Bastantes siglos antes de cumplirse el primer milenio del calendario cristiano ya existían Las Alcublas; grupos de viviendas rurales cuyos moradores se dedicaban a las labores agrícolas dentro del perímetro del actual termino municipal, enmarcado entre los puntos geográficos conocidos hoy como El Codadillo, La Montanera, El Alto y la Peña Ramiro. El indicado territorio estaba repartido en aquella época entre cuatro Señores que tenían sus respectivos castillos en los indicados puntos. En el Alto estaba ubicado el Señor de Los Altos y desde allí dominaba las vertientes de las Rochas y los llanos de Liria, y podía divisar el mar en los días de cielo claro y limpio. En el Castillo del Codadillo vivía el Señor de los Llanos y desde ese lugar dominaba, por un lado, todas las Hoyas Ciberas hasta los confines de la Boragila, de la Masía de Cucalón y del Cerro Pedroso y, por el otro, todo el pueblo y las tierras que lo circundan. Este Señor era extraordinariamente duro y violento y por tal motivo se le apodaba El Cruel. El Castillo de la Montanera era propiedad del Señor de los Vientos, que dominaba todas las tierras que rodean, por una parte, el monte Montmayor y, por la otra, el gran llano de la Balsilla. Según la leyenda, también dominaba los vientos a su antojo, que usaba para castigar a sus súbditos y a sus enemigos en las batallas. En la Peña Ramiro se levantaba otro gran castillo en el que habitaba Don Ramiro, que era el más sabio de todos los señores, el más justo y el que trataba con mayor humanidad a sus súbditos, por lo que se le conocía también por el sobrenombre de El Culto. Era una época de continuas guerras entre los grandes Señores terratenientes , cuya voracidad por acumular más tierras a sus posesiones era insaciable y les mantenía en constante lucha. Entre ellos se dividía la población rural que ocupaba aquellas tierras, las trabajaba y vivía de sus cosechas y a la que tenían sometida como esclava más que como súbdita y a la que debían proteger y a la que, por el contrario, le exigían como tributo un importante porcentaje de sus cosechas, cuyo producto destinaban a aumentar el número de sus guerreros mercenarios y a la compra de armas. Los pequeños ejércitos, así formados, de que disponían dichos Señores estaban constantemente hostigando a los Señores de los castillos mas próximos y los agricultores, sus súbditos, ya estaban acostumbrados a trabajar sus tierras acompañados del fragor de sus batallas, con la natural zozobra y angustia por los desastrosos efectos de las mismas sobre sus personas, sus tierras y sus bienes. Las fuerzas de estos cuatro Señores eran parejas, motivo por el cual se temían unos a otros y, para poner fin a la más larga y cruel de sus batallas, llegaron a un gran acuerdo por el que se


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establecieron los limites definitivos de sus respectivos territorios, límites que a partir de su fijación se dedicaron a defender a toda costa contra las perturbaciones de sus vecinos. El tiempo de paz y tranquilidad que siguió al gran acuerdo fue aprovechado por Don Ramiro para emprender un largo viaje a caballo, acompañado de un pequeño séquito, con el que llegó a la India, después de haber visitado otros países de Asia. Con este viaje amplió notablemente sus sabiduría con nuevos conocimientos en todos los ámbitos de la Ciencia, y muy especialmente en el de la Magia, fruto de sus contactos con los grandes Magos de los países orientales que, además de sus conocimientos, le transmitieron grandes poderes mágicos entre los cuales se contaba el poder de encantamiento. Mientras Don Ramiro se encontraba por territorios muy lejanos a Las Alcublas , los Señores del Codadillo, Los Altos y La Montanera se dedicaron a hostigar a los súbditos de aquél, robándoles sus cosechas y sus mujeres a la vez que alteraban los límites del territorio, cuya superficie iban reduciendo en beneficio de sus respectivas posesiones . Cuando regresaba Don Ramiro de su viaje, en los lindes de su territorio le salió al encuentro una comisión de sus súbditos que le puso en conocimiento del comportamiento de los tres Señores indicados. Las noticias indignaron a Don Ramiro, que prometió hacer justicia inmediatamente y acompañado de los comisionados se dirigió a su territorio. Cuando llegaron a la cumbre de la Peña Ramiro los acompañantes de Don Ramiro quedaron sorprendidos y admirados al darse cuenta de que ya no se divisaban los castillos de los otros tres Señores; sólo existían de ellos unas pocas ruinas que indicaban su anterior existencia. Al mismo tiempo observaron que tres grandes aves, de anchas alas, sobrevolaban Las Alcublas en dirección al lugar en el que se encontraban y al llegar a presencia de Don Ramiro se posaron juntas sobre una gran piedra y a la vez abrieron y cerraron sus grandes alas por tres veces en señal de acatamiento y sumisión a sus poderes. Una de las aves de rapiña era el Señor del Alto convertido en Búho Real, otra el Señor del Codadillo convertido en Halcón y la última el Señor de la Montanera convertido en gavilán. Don Ramiro, en aquel mismo momento, se transformó él mismo en Águila Real, al tiempo que con grave voz decía así: “Por los poderes que me han sido concedidos y en castigo de vuestra deslealtad y traición os he convertido por encantamiento en aves de rapiña bajo mi mandato e imperio, y os he destruido vuestros castillos, dispersado vuestras huestes guerreras y desposeído de todos vuestros bienes condenándoos, desde ahora, a sobrevolar pacíficamente los cielos de vuestros antiguos territorios, que quedan unificados en uno solo bajo mi protección y amparo, para buscar vuestro alimento asignándoos las hendiduras y cortes de la escarpada pared de esta peña para que anidéis y viváis en ellas por los tiempos de los tiempos”. Concluido el discurso Don Ramiro emprendió camino hacia su castillo, en compañía de la comisión de súbditos quedando todos sorprendidos y obnubilados al observar que el Castillo de Don Ramiro el Culto también había desaparecido sin dejar rastro de su pasada existencia. Al mismo tiempo oyeron una voz, que Don Ramiro reconoció como la del Gran Mago que le había otorgado poderes de encantamiento, que dijo: “Ramiro, tu también acabas de ser castigado por hacer mal uso de los poderes que te conferí, abusando de ellos para saciar tu codicia sobre los territorios de Las Alcublas apropiándote de ellos y sometiendo a vasallaje a todas sus gentes. Te retiro los poderes que te otorgué y en lo sucesivo serás el Águila, en la que tú mismo te has convertido, que cuidará del gobierno y


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protección de todas las aves de rapiña que vengan a cobijarse en los recovecos de esta peña”. Así fue como las gentes y los territorios de Las Alcublas recuperaron su libertad y se unieron para administrarse y organizar sus vidas para el logro de un progresivo bienestar, que ya no fue jamás perturbado por Señor alguno. Y así, desde aquellos remotísimos tiempos, la Peña Ramiro tomó su actual configuración y ha estado siglos y siglos poblada de aves de rapiña, especialmente de gavilanes que los lugareños han visto sobrevolar aquellos contornos hasta nuestras fechas. De esta historia no hay referencias ni noticias escritas en jeroglíficos manuscritos en antiguos papiros o documentos escritos en pergamino, o en viejos libros conservados en antiquísimas bibliotecas, ni en lugares ocultos y secretos descubiertos por prestigiosos arqueólogos o historiadores. La historia la conocí en mi juventud, transmitida de viva voz por un viejísimo gavilán que recogí herido en el barranco de la Peña Ramiro. De joven iba con mucha frecuencia a visitar ese lugar provisto de una vieja escopeta de un sólo cañón, del calibre 16, que me dejaba el tío Salvador, hijo de la tía Manuela la Germana. En aquellas fechas yo andaba sin un céntimo en el bolsillo y era mi madre la que me facilitaba los fondos para proveerme de cartuchos, que compraba en el estanco del pueblo regentado por el tío Gabino quien, además de tabaco, proveía a sus clientes de las cosas más variadas e insólitas .Yo intentaba cazar algún gavilán de los muchos que volaban y se anidaban en la famosa Peña; pero lo único que hacía era gastar cartuchos sin conseguir mi propósito, pues las rapaces tenían una extraordinaria habilidad y astucia para situarse en su vuelo fuera de tiro de mi escopeta. Tantos fueron lo cartuchos que llegué a gastar que mi madre, ya cansada de dispendios, me dijo: - Se ha acabado el darte dinero para cartuchos. Sólo te daré veinticinco pesetas por gavilán que me traigas a casa. Tal cantidad era justamente lo que valía una caja de cartuchos en aquella época. Me quedé profundamente preocupado, pues por los resultados conseguidos hasta la fecha veía muy difícil conseguir dinero para la compra de más cartuchos. Con esta preocupación me fui al estanco y hablé con el tío Gabino, que era un gran cazador y un magnífico tirador. El tío Gabino me escuchó y me dijo: - No te preocupes. Ya te acompañaré yo. Pasa a recogerme mañana por la tarde, a las cuatro. Así lo hicimos y una vez los dos en la cima de la Peña Ramiro, el tío Gabino logró abatir un gavilán que cayó al fondo del barranco, descendió a buscarlo y me lo entregó herido en un ala; cuando lo cogí me arañaba el brazo fuertemente con sus garras y me picoteaba con su acerado pico. Yo comencé a acariciarlo pasándole la mano suavemente por su plumaje; él cesó en sus acometidas contra mí y, ante mi asombro y el del tío Gabino, después de fijar sus ojos en los míos, comenzó a hablarme. En su parlamento se lamentó de que, después de mas de mil años de vida en aquellos riscos, hubiera ido a caer en manos de tan joven e inexperto cazador y seguidamente me contó la historia que aquí ha quedado escrita Quien la lea se la puede creer u opinar que no es creíble; pero en ningún caso discutiré la opinión del incrédulo. El gavilán no volvió a hablar; sanó a los pocos días de su herida, le abrí la puerta de la jaula en que lo cuidé, y recuperó su libertad volando directamente hacia la Peña Ramiro. Ya nunca supe de él; pero estoy seguro de que, sin reconocerlo, alguna vez lo he visto inmóvil en el cielo azul de aquellos parajes, con la alas desplegadas al acecho de alguna presa.


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EL SONIDO DEL SILENCIO María González González

Nací en un pueblo pequeño y gris de Castilla pero soy más de ciudad que un semáforo. Mis padres, como tantos miles de familias de aquella España pobre y franquista de los sesenta, se vieron obligados a dejar su pueblo y emigrar a la ciudad en busca de pan. Así crecí, viví y maduré siempre en ciudades, unas más grandes, otras más pequeñas, pero todas llenas de contaminación, de aglomeraciones arquitectónicas y humanas y de ruido, mucho ruido. Mi contacto con lo rural se limitó a excursiones, fotos, documentales y lo que una oye. La vida, como tantos otros, la fui llenando de hermosas y enriquecedoras experiencias, pero también de muchas frustraciones, fracasos, miedos, carencias, desengaños, soledades y vacíos. Pero sobre todo, de ruido, mucho ruido. A los cuarenta llegué agotada, saturada, desesperanzada, enferma, al límite de mis fuerzas. Un día un amigo me llevó a hacer un recorrido por algunos pueblos de la Serranía del Turia, ya llevaba algunos años en Valencia pero no conocía nada de esa comarca, me quedé en las bulliciosas y conocidas zonas playeras. Fue un amor a primera vista, desesperadamente me agarré a ese enamoramiento como a una lancha salvavidas. Busqué algún modesto lugar para vivir por esa zona, tenía que hacerlo, Chelva, Gestalgar, Bugarra, Alcublas, acabé en Chulilla. Era la primera vez en mi vida que salía a la calle y apenas veía y olía a coches y empecé a respirar. Que la puerta de mi casa se podía quedar abierta y empecé a tener menos miedo. Que los vecinos te saludaban, te ayudaban, te preguntaban y empecé a sentirme menos sola. Que la montaña, la naturaleza era lo primero y lo último que veía, comenzaron mis paseo diarios y empecé a sentirme más fuerte.


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Que cada día me bañaba en su río o en el balneario y empecé a sentirme mas limpia. Que cada noche miraba las estrellas, la luna en sus distintas fases y empecé a sentirme parte de algo. Que cada día era distinto porque distintos eran los colores de cada árbol, de cada atardecer, de cada estación del año y empecé a sentir la vida. La paz, la armonía, la belleza de esta Serranía fueron alimentando, impregnando mis desnutridas células. Un día subí a una de sus montañas, me senté en su cima, después de un rato escuché y vi el sonido del silencio como jamás lo había oído, visto y sentido. Ese silencio me llevó a escucharme, a verme tan profundamente como jamás lo había hecho, ese silencio toco algo en mi alma desconocido, ignorado y comencé a llorar como jamás había llorado, decidí dejarme llorar hasta el final, abandonarme en ese llanto tan necesario hasta que mis lágrimas se agotaran o me agotaran a mí, lloré tanto que por un momento pensé que moriría en ese llanto, de tanto dolor no llorado, negado, no expresado. Pero con la caída del sol paré, nunca había contemplado un atardecer tan limpio. En ese instante, en ese silencio externo e interno, contemplé mi vida sin engaños, mis fracasos, mis mentiras, mis carencias, mis heridas. Y supe todo lo que tenía que cambiar, eliminar, todo lo que me impedía vivir, no era la primera vez que lo veía pero si la primera que no sentía miedo, que no me ponía excusas, que la verdad de mi vida estaba tan clara como ese atardecer, que el victimismo inútil, innecesario, dañino, daba paso a la responsabilidad. Entonces me prometí que lo haría, ya no había más tiempo que perder. Bajé esa montaña, volví a la ciudad a comenzar esos cambios necesarios. No fue nada fácil, todo lo contrario, los grandes e importantes cambios siempre resultan difíciles y dolorosos para una misma y para los que más quieres, pero cuando uno se pone en serio con la vida y mirando en la dirección correcta, parece que el universo se alinea y alguna ayuda siempre llega y yo, en aquel lugar, había cogido la fuerza y la vida que me faltaban. Hoy, casi diez años después, la vida sigue siendo difícil pero la coherencia conmigo misma, lo que pienso, lo que digo y lo que hago están en la misma línea, la vida tiene un sentido, una alegría, una fuerza y mis ojos tienen un brillo totalmente perdido en aquellos días. Hoy sigo yendo de vez en cuando a esa Serranía testigo de mi metamorfosis, voy a descansar, a disfrutar, a vaciarme de ruidos molestos y llenarme de nuevo de aquel silencio y sobre todo agradecer a la vida la existencia de lugares así.


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DESDE AQUEL DÍA NUNCA MÁS Enrique Latorre Civera

Era septiembre y mi padre y yo, como casi todos los alcublanos, fuimos a recoger las almendras al Navajo Royo. En aquellas tierras casi todos los años teníamos almendras. Eso era una suerte ya que se helaban muy pocas veces, pues su ubicación y las corrientes de aire hacían que casi nunca se helaran. A pesar de que eran bancales con algo de pendiente, tierra poco frondosa y muy difícil de trabajar, guardábamos muy buenos recuerdos de todos los momentos que vivimos en aquellas tierras. Allí teníamos un corral de ganado con una caseta que nos servía para guarecernos del frío o del calor. El camino desde el Navajo Royo era bastante complicado ya que hasta pasar la rocha Juliana todo era cuesta arriba, y cuando llovía, el agua se llevaba la tierra y aparecían las piedras. Recuerdo cómo el carro botaba como una pelota. A la ida aún se podía recorrer casi todo el camino sentado en el carro, pero la vuelta era otro cantar. Después de estar todo el día trabajando, más de la mitad del camino había que hacerlo andando. Pero en esta ocasión no fue así. Al llegar a la caseta descargamos todos los instrumentos para coger almendras, nuestra comida y la del macho y poco más. Esa noche íbamos de queda, a dormir en la caseta. Trabajamos un rato y después nos pusimos a almorzar. Sin perder mucho tiempo empezamos la tarea. Era un caluroso día del mes de septiembre. El problema vino cuando al cabo de un rato nos quedamos sin agua y tuve que ir a cogerla de unas clochas que había en el barranco. De camino tuve la suerte de toparme con unas higueras. En todas sus ramas brotaban unos hermosos higos en su punto. Me dediqué a llenar la cantimplora y a llenar también el estómago sin ser consciente de lo que más tarde sucedería. Simplemente, me dejé llevar por mi apetito y por mis ojos. Eso sucedió en varias ocasiones, pues hice tres o cuatro viajes a lo largo del día. Terminamos el día y mi padre hizo la cena. Aún recuerdo aquellos huevos con patatas, hechos en una sartén que estaba por dentro casi tan negra como por fuera, aunque eso sí, estaba limpia. Una vez acabamos de cenar, acomodamos la pajera a modo de cama para


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descansar. Nos esperaba un largo y duro día en el campo. Era necesario coger fuerzas. Cuando intentaba dormir, escuchaba cómo del exterior entraba el canto de las chicharras, pero yo creo que era más fuerte el ruido que venía de mis tripas, pues el agua y las higas tenían urgencia por salir. Ahí me veías a mí con el culo al aire a la luz de la luna, parecía que el apretón pasaba y volvía a la caseta, y al poco rato otro apretón, y unos pocos más, aquello no tenía pinta de parar. Mi padre se asustó y enganchó el carro y el macho como pudo. Con el carro casi vacío y con algo de luz de luna, pusimos rumbo a Alcublas. La cuestión era llegar cuanto antes mejor. Aunque el camino se hizo muy complicado, el macho demostró que no era tan burro como parecía. Nunca había tenido tantas ganas de llegar a Alcublas como en aquel momento, cuando estábamos por el Codadillo y divisé aquel paisaje tan familiar y cercano. Al ver las luces del pueblo, vi la luz en medio de aquella angustiosa noche. Desde aquel día, me juré y perjuré que nunca más comería higos.


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EL SECRETO ESTA EN SALUD Vicente Mañes i Navarro

Una vez, leí: “Todo lo que voy a contar puede ser que te cueste creer que sea cierto, pero ni yo mismo lo tengo claro”. Vamos, que el lector decide. Alcublas, fiestas de agosto de 1980. Como todas las noches, nos hemos reunido para cenar y después bajar al frontón, lugar donde se celebran las verbenas; lo rodean con cañizo, pa no colarse, je, je, je,… Por cierto, hoy hay interés ya que viene Troya, la mejor orquesta de toda la semana. Para colmo, Pami ha encontrado un talonario de bebidas. La noche promete. La verbena empieza con una colada monumental de quince personas, pero la noche va muy acelerada: risas, bailes, tragos, culos contoneándose, ¡uf… qué noche! Al término de la verbena acompañamos a las mozas a casa y al que no se quiera quedar o no pueda seguir. Siempre son pocos, no puedes perderte nada: seguir, seguir… Llegamos a la Salud, culo a tierra, empieza la rondita de litronas y unas risas, y alguno abrevará en la fuente. - Ostia, esto se mueve -suelta Xavi. Risas. ¿Sabes dónde estás u qué? Pero las risas no continúan, la tenue luz que sale del hueco nos deja perplejos. ¿Es verdad lo que vemos o es producto de la fiesta? Deprisa, todo va deprisa. El Capi no se lo piensa, ayudado por la luz que surge del suelo inicia la bajada de escalones y grita: ¡Es un pasadizo hacia la Peña Ramino y encontrar la cadena! Nadie dice nada, estamos absortos, no puedo describir el momento. Cien escalones hemos bajado y con una puerta en los morros nos hemos dado. Abierta la puerta, una pequeña sala con dos pasillos. Capi sigue por el de la izquierda, la querencia, es normal. El pasillo es de uno cincuenta de alto por sesenta de ancho. Todos en fila y callados, cada vez más asombrados y pensando que no lo podemos contar: ¿cómo cuentas que los Mostros han descubierto un pasadizo, y por la noche? ¡Ni de coña irían sanos! Andar, andar y andar, llevamos demasiado rato andando; llegan los nervios, y todos van para el mismo: Capi, ya las liao, Capi, te has equivo-


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cado, siempre igual…, pero el túnel va menguando, entramos como en un embudo, paramos. - ¿Qué hacemos? -suelta Tito- ¿Seguimos o reculamos? -pero ¡oh sorpresa! - Hay que seguir, la luz desaparece a nuestro paso -dice Bogart, que va el último. Empiezo a caminar, a ir de cuclillas y a reptar, la ostia, una sala enorme aparece delante de mí. Va, tira, no pares -gritan a mi espalda, el túnel agobia. Alucinados, los ojos de mis amigos, según salen, no se creen lo que ven: una sala enorme, unos haces de luz que le dan unos brillos especiales a las estalactitas y rocas con miles de formas. - Heeei!, limpiaos la baba que hay que seguir -dice Gus. - Para, aguanta una peseta, ¿eh?, aguanta. ¿Por dónde seguimos, espabilao? suelta Tono. - Por el camino de la derecha, no hay otro, peseta -dice Gus. Empezamos a subir, hay momentos de pequeña escalada hasta el siguiente trozo de camino, sólo camino, una cuerda floja de cuarenta centímetros, el resto vacío y más vacío, adiós vértigo, eso sí, yo y alguno más subimos a gatas. Para colmo hay que dar un salto de un metro hasta la explanada donde están las cinco puertas, impulsado por una aerofagia descomunal he volado hasta la explanada, con el siguiente descojono de todo cristo, y ¡menos mal que eras el último! Cinco puertas, cinco signos, miramos todos a Tiri. Este se encoje de hombros y dice: - No tengo ni idea qué significan estos signos. Las cuatro primeras puertas no tienen salida alguna, ni siquiera la luz que hemos tenido en los túneles anteriores. Al final, la última por la que entramos tiene un túnel, con su clásica luz, que termina en una sala minúscula. Nos sentamos lo más juntos posible, para quitarnos el frío, estamos cansados, acojonados. - ¿Y ahora qué? -brrmm, se abre el suelo, caída al vacío, todos volando, ya se acaba todo. Chapuzón. Agua, es agua. - ¡Seguimos vivos! -decimos conforme vamos saliendo de la poza y nos sentamos a la orilla del río. - ¡Poporro, busilio, mafisio! -grita Tono. Risas- ¡Va cabrón, sal ya! -le gritamos. Vamos viendo la inmensa sala donde estamos, oscura y más fea que la anterior, desde nuestra posición vemos una pirámide en medio de la nave, con escalones en el lateral, en la cima, que es plana, hay un trono y un atril. Más allá de la pirámide se ve un túnel grande, será la salida. -Ya está claro, la salida, bueno, pues vale, vamos, tengo sueño, me quiero ir a casa ya -dice Xavi. -Aguanta una peseta, que falta gente, se han ido a abonar el terreno -dice Tono. Empieza a oírse música, se va escuchando mucho mejor, marcha militar y van cantando, por el túnel empiezan a salir formaciones militares, con antorchas y


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estandartes, éstas a su vez van formando delante de la pirámide. - ¡Qué narices es esto! -Tito y Capi a la vez, en un susurro, no les huele bien lo que ven. De golpe la música cesa y sólo se oyen los cantos, suenan a gregorianos, se ve salir del túnel una comitiva en la cual van bajo palio un General y el Obispo; el palio es portado por cuatro curas, luego lleva una escolta de monjes con antorchas, a su vez escoltados por soldados escoltando la comitiva. La guardia se va quedando en las escaleras, los monjes se sitúan rodeando el trono, los otros dos: el General delante del atril, mientras el Obispo va bendiciendo d’qui- p’lla. - ¡Españoles! -grita el General con voz gutural y cansina, a la vez que su brazo derecho, medio encogido, y su mano medio cerrada, van oscilando de arriba abajo. - ¡Presentes! -contestan a coro, a la vez que corean su nombre, la cantidad de pavos que hay delante. - ¡Ostia, que estos son el Paco y los flechas! ¡Pero si está muerto y enterrado bajo toneladas de hormigón! -dice Gus. - Pues vemos visiones. - Pues quien quiera que sea no me gusta -dice Xavi. - Con estos nos toca salir por patas -comenta Tito. - Mientras obraba he entrado en una grieta, tenía la luz que hemos tenido en los túneles, eso significa algo, podíamos probar y pasamos del espectáculo, y que vengan a por nosotros -dice Capi. - ¿Mientras cagabas? ¿Que has visto una grieta? ¿Otra vez de guía, Capi? -suelta Bogart. Llegan corriendo Pami y Tiri- ¿Habéis visto? ¡La leche! Pues os han oído y viene un grupo hacia aquí, hay que irse, ¿estamos todos? La tribuna está girada en nuestra dirección, tenemos que salir huyendo, no hay más remedio. - Vale, estamos todos, seguidme rápido, por aquí -dice Capi. Le seguimos rápido, mirando hacia atrás para ver si nos ven. - ¡Cuidado, no la chaféis! -dice Capi con una sonrisa de oreja a oreja, mientras nos indica su monumento con la mano derecha y con la izquierda la grieta- Deprisa, deprisa, vale, coño, me parece que están en la zona de río que ocupábamos. Capi ha pasado el último y ha tirado de unas ramas hacia sí, ¿las ramas cubrirán la grieta? Capi, riéndose, como si tuviera puesta una sordina, nos mira y con un susurro, dice: - Creo que la poná ha servido de algo, no se acercan, pasan de largo. En la pequeña sala, amontonados, asfixiados por el olor proveniente de la escultura de Capi, empezamos a reptar por una pequeña gatera, oscura como la boca del lobo. No puedo saber los metros recorridos, pero aquella sala fue un alivio y con la luz tenue de todo el recorrido te hacia sentir mejor. La siguiente puerta y una escalera de caracol.


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Después de comprobar que estamos todos, incluido el escultor que todavía está riéndose, empezamos a bajar las escaleras de caracol, ciento cincuenta escalones, para ir a parar delante de una puerta de madera con una inscripción “La Cadena de Oro”, bajo un gran aldabón con cierta forma masculina. - Imagínate que te cojan la pelila y te golpeen los guitos -dice Gus, lo coge y golpea con fuerza, pom pom pom… risas, pero a la vez un cruce de piernas porque imaginamos el dolor que produciría… La puerta se abre: ¡Ya estáis aquí! ¡Llegáis tarde! ¡Pasad y divertíos! -todo esto nos lo dice un armario ropero, uno noventa por uno diez de tío, unicejo, brazos tatuados, lleno de colorao. Entramos en un disco-pub: a la izquierda la barra, a la derecha hay un escenario con cinco tíos tocando. La música que suena es rock-rural con fusión folk y el estribillo, “Que le corten el raboooo con un serruchooo, que le corten el raboooo que tiene muchooo”, tiene profundidad, algunos y algunas están bailando, o mejor dando saltos. Nos acercamos a la barra -es la querencia, como el toro bravo- Hay un camarero más seco que un fideo, desgarbado, marcando paquete, careto mala leche y pasa de nosotros, - ¡Chatos! ¿Qué vais a beber? -dice la camarera, sacando mucho el morrete y dando un pequeño meneo a esas dos enormes tetas, tan enormes que no le hace falta bandeja para traernos las ocho cervezas que hemos pedido; la verdad que si te fijas en algún corro de mozas se van las ganas con el dichoso estribillo: “Que le corten el raboooo que tiene muchoooooooo…”. Otra ronda. La camata se vuelve a lucir con garbo, esta vez el meneo es más fuerte y el morrete tiene objetivo. La fiesta se anima, empiezan a tocar algo de rock bueno, nos animamos a bailar -sin alejarse mucho de la querencia.- ¡Uyyyy!, se nos arriman unas señoritas. Bien, la cosa se anima y mucho, y más quien de nosotros se ha quedado en la barra intentando encestar cacahuetes en el canalillo de nuestra amada camarera. Con el rabillo del ojo veo cómo mi amigo encesta el cacahuete en el canalillo… - Vicente, Vicente, despierta, están tus amigos abajo -me grita mi hermano desde la escalera- ¿Que qué pasa?, tus amigos están aquí. Me pongo el pantalón corto y bajo. Pami, Tito, Toño, Xavi, Bogart, Tiri ,Gus y el Capi, allí están en medio del comedor con una sonrisa en la cara, nerviosos y equipados para afrontar otra aventuras. - ¡Va tío, que se hace tarde! - Dos minutos y bajo, vale. - Sento, acuérdate de la linterna. ¡Ah, te esperamos en la fuente de la Salud! ¡No tardes! Las aventuras pueden ser fantásticas y las fantasías toda una aventura.


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AL PIE DE MONTMARTRE Serafín Martínez Marz

Hace no muchos años, en París, durante uno de esos viajes que solía realizar por Europa a causa de mis estudios, quiso el destino que en la cola para subir a la Torre Eiffel me encontrara con un alcublano que estaba pasando unos días de vacaciones junto a un grupo de amigos. Era un hombre bastante mayor que yo, pero con una mente muy lúcida y la palabra ágil. Nos habíamos visto en muchas ocasiones, y tras saludarnos y situar la familia a la que pertenecíamos cada uno con ayuda de los motes, decidimos quedar más tarde para ir a comer juntos. Al no tener mucha idea de por dónde íbamos, nos dirigimos al restaurante Moulin Rouge, situado en el Barrio de Pigalle, al pie de Montmartre, lugar de artistas y bohemios de todas las partes del mundo. Ya os podéis imaginar le sensación tan especial que teníamos, dos serranos en el corazón cultural de Europa, casi nada, ¡hasta recuerdo el menú que nos dieron! Los dos nos reíamos viendo aquellos platos un tanto sofisticados y pensábamos en una buena paella alcublana, con caracoles cogidos en el Mojón Blanco y conejo de monte, o en una ollica o un arroz al horno con bacalao en su cazuela de barro… A los postres, comparando aquellos dulces de difícil nombre con nuestros congretes y mantecados, decidimos proseguir la conversación en una de las terrazas de los Campos Elíseos, y en aquel ambiente cosmopolita nos dispusimos a charlar largo y tendido sobre nuestra lejana y amada tierra. - ¡Mira, como si estuviésemos una tarde de domingo en el café de la tía Batoya, en la plaza del pueblo! -exclamó mi interlocutor. Y a partir de ese momento comenzó un repaso sobre recuerdos y vivencias, sobre las diferencias existentes entre las formas de vida de cuando él vivía en el pueblo, con el trabajo tan duro de labrador, y de su posterior traslado a la ciudad, en busca de un futuro mejor. Sin darnos cuenta la conversación nos llevó a los años de la Guerra Civil y la posguerra, y aquí mi paisano empezó a ponerse un poco sentimental, como queriendo pasar un poco por encima del asunto, pero yo le dije que no pasaba nada, que podíamos hablar sobre cualquier tema, que aquello ya hacía muchos años que había ocurrido y que ya iba siendo hora de hablarlo como un recuerdo de lo que sucedió, porque se tenía que saber todo aquello que pasó, era un trozo de nuestra historia.


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- Tienes razón -me dijo-, por lo menos te lo contaré a ti, pues ni a mi familia se lo he contado nunca, son esas cosas que parece que quieras olvidar, que te gustaría que no hubieran pasado nunca, ni comentarlas te apetece; pero que al final están ahí, guardadas en un rinconcito de tu memoria, sin poder olvidarlas. Entonces comenzó a relatarme aquello que le había sucedido cuando todavía era casi un niño en nuestro querido Alcublas. Era una tarde-noche de otoño como tantas, y también como tantas se encontraba con sus amigos en la Fuente de la Cava. Todavía recordaba el juego al que estaban jugando sobre el banco de porlan existente en aquel lugar: era el “churro va”. De pronto uno de ellos se dio cuenta de que estaba saliendo una columna de humo del centro del pueblo: - ¡Es en la plaza! - dijeron otros- ¡Vamos a ver! -exclamó el más lanzado. Y cosa de gente joven que no puede estar quieta y de pueblos tranquilos, donde no suelen producirse acontecimientos fuera de lo normal, hacia allí que fueron a ver lo que estaba sucediendo. La mirada de mi interlocutor se iba volviendo más aguda conforme me relataba cómo subieron hasta el pueblo corriendo y cómo llegaron sin aliento hasta la plaza del Cura. Allí encontraron lo que les había llamado la atención: el humo tenía su origen en una hoguera que estaba en medio de la plaza, con cuatro retales y unos trozos de madera viejos e inservibles ardiendo; también había algunos curiosos como ellos que contemplaban la escena. Me contó que creía haber visto gentes a las cuales no conocía de nada, como si fuese la primera vez que estuviesen por el pueblo, porque esto sí que le llamó la atención. Al rato, pasada la novedad del espectáculo, se despidieron como siempre y se marcharon a casa a cenar y a dormir. Pasaron aquellos largos y difíciles años de guerra, cada uno como buenamente pudo y le dejaron, y acabada la incomprensible contienda, pareciendo que todo iba a volver a la normalidad, aquellos jóvenes que nada tenían que ver con lo que había pasado en España, fueron acusados de quemar las imágenes de la iglesia en la hoguera que observaron aquella ya lejana y fatídica noche. Recordaba con lágrimas en los ojos los días pasados en la cárcel Modelo de Valencia y me explicaba, con todo detalle, lo mal que lo pasó desde que entró en aquel recinto carcelario: los altos muros de piedra, los pasadizos, los módulos y galerías, y por enci-


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ma de todo, el ruido que hizo la reja al cerrarse, un sonido que se le quedó grabado en la cabeza y que nunca pudo olvidar, que aún después de salir en libertad seguía escuchando en el silencio de la noche al despertarse con un sobresalto. Tampoco olvidaba la enfermedad que le tocó pasar en la enfermería de la prisión y las largas e interminables noches en las que se acostaba pensando en las faenas de campo que tenía para hacer en el pueblo, ayudando a los suyos, y él metido allí, sin saber el porqué de aquella traumática situación que le había llevado a dar con sus huesos en aquel duro camastro. Por el día, recuentos y más recuentos en el patio y realizando algún trabajo manual para la familia, así como escribiendo alguna que otra carta y de esa manera ir pasando el tiempo lo mas entretenido posible, intentando no darle más vueltas a la cabeza. Pero lo más triste y doloroso fue ver a un amigo de su mismo pueblo no poder soportar aquello y morir allí dentro, con toda una larga vida que tenía por delante. Me quedé sin poder articular palabra, pero estábamos tratando de pasar un rato agradable, así que me armé de valor e intenté llevar la conversación a otro terreno, para así terminar la tertulia un poco más alegres y que tratase de olvidar aquel penoso recuerdo que le había marcado para toda su vida. Nos dimos cuenta de que empezaban a encenderse las preciosas farolas que alumbraban aquellos fascinantes paseos de los bulevares parisinos. Sin apenas enterarnos, comprendimos que nos habíamos pasado más de tres horas conversando. Nos despedimos dándonos un fuerte abrazo y quedamos emplazados para vernos y seguir charlando otro día no muy lejano y a ser posible no tan lejos de nuestro lugar de residencia. Tres días más tarde regresé a España. Además de visitar algún museo, la catedral de Notre Dame, dar un paseo en barco por el Sena, o traerme los típicos souvenirs que al final no sirven para nada y molestan por todos los sitios donde los coloques, quién me iba a decir a mí que en aquel viaje, lo más importante que iba a encontrar iba a ser una conversación que me traje muy bien guardada en la memoria, el recuerdo ajeno de unos sucesos que habían pasado hacía más de sesenta años en mi pueblo. Porque a mí tampoco me habían contado en mi casa casi nada de lo que había sucedido aquellos años: la historia y los recuerdos la habían escrito y los habían tenido otros.


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LA HIJA DEL REY BO BO Vicente Ortiz Sanz

"Regnava en el Regne de València un rei guerrer, diplomàtic, conegut per ser molt bo, bo entre els seus súbdits, que tenia una filla Leticia que era la princesa pupil·la dels seus ulls” Leticia era princesa de rancio abolengo que no compartía y entendía poco las normas protocolarias y tradicionales de su reino. Era una princesa con suspiros, melancolías y sueños fantásticos, no había ascendido a reina, se quedó en princesa, pasados los años ningún príncipe vecino la casó y transformó en reina. Su figura no era la de la cinturita de abeja, ni bailaba el vals de puntillas con un príncipe azul de sangre roja, era una princesa que disfrutaba en zapatillas con chándal, y delante de un teclado escribía... El teclado era su gran arma hacia el exterior, donde ganaba sus pequeñas batallas, allí sus herramientas eran la amabilidad, cortesía, cariño y sensibilidad con sus internautas. Pasaba largas temporadas huyendo de los calores de la capital del reino, en un hermoso Castillo, en territorio de la Baronía de las Alcublas, situado en la vertiente sur de la zona montañosa de enlace entre la Sierra Calderona y la Sierra de Andilla, que separaba la cuna del Turia del Palancia. Dicho Castillo estaba protegido por tres gigantes: la Pedrosa, de 878 msnm, Los Molinos, 904 msnm, y La Solana, 1124 msnm. En la parte sur se veía un inmenso monte cubierto de pinos, donde la princesa dio sus primero pasos, acompañada por su aya en las tardes frescas del verano, jugando y pescando gallipatos, anfibios propios del territorio donde pasaba sus vacaciones. En su reino, la dureza, frialdad, funcionalidad de las cosas y las situaciones le obligaban a poner su inteligencia a prueba, a decidir y ejecutar planes estratégicos, dejando el corazón en un rinconcito helado, donde con el frío se anestesiaba de los dolores, varios, que las princesas, también personas de carne y hueso, tienen. Entre tecla y tecla descubrió a un príncipe imaginario, que entró en su Facebook y ella imaginó de pelo rubio y ojos azules.


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Desde la distancia, en sus sueños, lo veía como galán de una estirpe de caballeros extinguidos, de un territorio lejano, enmarcado en las leyes de la antigua caballería: el respeto, las artes, la poesía, habitaban dentro de un reino fantástico que ella había creado en su imaginación, para su internauta. La distancia era realmente larga y al mismo tiempo, poco a poco, gracias a los gmails.com, fueron fortaleciendo una relación extraña, diferente. Aquí es donde los planteamientos del protocolo de las casas reales no habían expuesto ni relatado nada, no existía ningún manual que explicara si la mujer del César debía ser buena, mala o internauta. La princesa no quería dejar el teclado, que tanto le aportaba y reinventaba a diario aquella situación virtual, sin saber a ciencia cierta a qué jugaba. Tenía claro que quería cuidar aquella relación, dedicarle un poquito de tiempo, calor y mimo, esa ternura que nacía dentro de ella hacia aquel desconocido le sorprendía. Así que la princesa pensaba, meditaba, se preguntaba a sí misma el porqué de todo aquello, ¿qué sentido tenía? Temía ser descubierta y condenada, tan sólo por pensar en su galán, por adulterio. Por otro lado pensaba si estaba haciendo daño, las dudas y las teclas se entrelazaban creando unos escritos que jamás pensó ser capaz de hilvanar, pensar, sentir y explicar. Así que Leticia era buena como su padre el rey bo bo con todo el mundo, se sentía como caminando entre nubes mágicas en zapatillas, con miedo a caerse del séptimo cielo, o temiendo que la arrojaran desde tan alto a un vacío largo, en caída libre, con un estrepitoso choque contra el abismo, donde se acabara de romper aquel corazoncito duro y de cristal helado. El cristal es tan duro y tan frágil… Así que con dudas y miedos siguió escribiendo, regalando sentimientos. Compartía las teclas y los diferentes miedos, pero no quería renunciar a aquel encuentro. Y mientras escribía se dio cuenta: Que la princesa……. mujer, no había existido en mucho tiempo, se había perdido en una infancia bastante dura, entre las paredes de la ciudad-castillo donde residía. Y mientras escribía se dio cuenta: Que sólo era princesa mujer con el recuerdo de aquel galán que conoció una tarde de otoño, en una visita relámpago acompañando a su corte imperial al cap y casal a entregarle un premio al mejor poeta del reino, que otorgaba su padre el Rey, en el impactante edificio de los mercaderes de la Lonja de Valencia, donde su galán se dio a conocer, con una mirada que la dejó helada, cuando ambas se cruzaron y al ser presentados dejó en su mano un papel con su gmail.com, que al leerlo en la soledad de su alcoba y descubrir a su galán, tembló todo su cuerpo, quedó marcada para toda su vida, sólo con la mirada tierna y llena de amor de su internauta, aquel momento jamás podría quedar olvidado. Sólo le quedaba el consuelo de su imaginación, que con su teclear enviaba sus correos a su escribano mitad periodista mitad poeta, ya descubierto, tan diferente a aquellos nobles que la cortejaban, analfabetos en su mayoría, que sólo le hablaban de banquetes, batallas,


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cacerías… Su galán, periodista de la corte, le escribía líneas llenas de ternura, amor, poesía, relatos de amaneceres espléndidos y bellos que anhelaba algún día disfrutar junto a ella. Pasados unos años, un día, al despertar, comprendió que su destino no estaba en Jérica, acompañada por el Barón de sangre azul que su padre había elegido para bien de la Corona y continuación de la dinastía, un enlace con ese Barón de Jérica en el que ella no tomó arte ni parte. Sólo le queda a la Princesa Leticia hija del rey bo bo, esperar tiempos mejores donde ella, por ser mujer, pueda ser considerada persona libre, con independencia para elegir a aquél que desee, para formar su nido de amor y ser feliz el resto de sus días. Sólo le queda pensar que pronto un cambio hacia la izquierda en su país traiga el divorcio, su igualdad como mujer, abra puertas, ventanas, celosías y pueda gritar que la princesa, hija del rey bo bo, es libre para correr en busca de su galán, dejando atrás sus ataduras y poder llegar a ser una mujer feliz junto a su escribano poeta, que ni era rubio de ojos claros ni de sangre azul, tan sólo un escribano periodista que anunciaba las noticias de la Corte imperial por todos los pueblos y villas. Pero como dijo un dramaturgo español, la vida es un sueño y los sueños, sueños son. Seguía tecleando en silencio con su amado, pero la Señera amarilla, roja y morada no llegaba, las Cortes imperiales, atendiendo la solicitud de los ciudadanos plebeyos, al fin aprobaron el divorcio y la princesa hija del rey Bo Bo vio la luz, ella siguió durmiendo con el Barón de Jérica, siendo fiel….. pero sin dar un heredero al rey bobo. En un acto de valentía se atrevió a rebelarse, contando a su padre su infelicidad a través de internet, su falta de amor, declarando que como súbdita tenía derecho a ser feliz y deseaba a otro hombre que no era noble, tan sólo periodista escribano de la Corte imperial. Su padre el rey Bobo, noble y democrático, no podía permitir que la pupila de sus ojos estuviese sufriendo ese calvario y egoístamente pensó que aquella pareja, bendecida por él, no había dado sus frutos y el reino necesitaba heredero para consolidar la dinastía. Concedió el titulo de Barón de las Alcublas al escribano-poeta por quien suspiraba su hija, se casaron y fueron felices, comieron perdices de las que revoloteaban por la Solana, tuvieron descendientes que hicieron feliz al rey que era bueno bueno (bo bo), padre de la princesa Leticia. Al fin su dinastía podría seguir reinando con la llegada de un joven príncipe varón, fruto del amor del periodista y la princesa, y como dijo Calderón de la Barca, dramaturgo español: ”la vida es un sueño y los sueños, sueños son”, esta es la historia real que sucedió en la Baronía de las Alcublas allá por el año… vaya usted a saber cuándo… Y como las historias y los acontecimientos se suelen repetir, allá por 2004 un joven príncipe se volvía a enamorar y casar con una escribana plebeya, titulada en Ciencias de la Información, de ese amor nacieron dos joyas para la Corona, las infantas Leonor y Sofía, que seguramente harán de pantalla para que la Señera amarilla, roja y morada no ondee en el reino de nuestro relato y alguna de las princesas llegará a reinar siendo mujer, sin tener que casarse con ningún varón, y gestionar su reinado con pleno derecho.


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QUERIDOS MAESTROS DE ESCUELA EN ALCUBLAS Manuel Pérez Cubells

Llevando mi vida nonagenaria, entre la tercera o cuarta generación, vienen como ensueños, años de mi infancia y juventud, entre 1922 y 1933, época en que asistí en el pueblo como alumno, con algunos de los maestros que allí ejercían, y a los que quiero recordar con cariño y estima. Pienso que tendría unos cinco años cuando, como párvulo, asistí con el maestro Don Atanasio García Zapater a la escuela sita en la entonces llamada calle Nueva (hoy Av. de Don Victor Albalat, nº 5). Era un edificio antiguo, que debió ser, por lo que yo oía, una ermita de una sola planta, con un gran arco de piedra en el techo, y en el que junto a sus paredes había unos bancos de piedra donde se sentaban los alumnos. Por cierto que en el año en que yo nací, 1917, hubo un incendio la noche de Jueves Santo en la Iglesia Parroquial, y al estar cerrada por obras, me bautizaron en dicha ermita que hacía de iglesia. Posteriormente pasaron unos años en que asistí a la escuela con otros maestros y maestras a los que de manera breve mencionaré y también aquellos locales donde ejercieron su magisterio, para recuerdo de alumnos que estén con vida. Doña Rosa Martínez Torres era soltera y vivía con sus padres y tres hermanos, Anita, Salvador y Juanito; estos dos últimos terminaron aquí sus estudios para maestros y ya con sus títulos se casaron con dos chicas del pueblo y marcharon a ejercer en otros pueblos. La escuela sólo para chicas estaba en un edificio viejo, sito en la calle del Hospital. Don Vicente Nicolau, casado y con familia, ejercía en una escuela sita en el primer piso del edificio del Ayuntamiento. Voluntariamente, sin cobrar, dio clase de valenciano; además, fue autor de una obrita para niños, representación del Belén, que se representó en el pueblo y durante muchos años por Navidad en valencià. Don José Cotanda, casado y con familia, su escuela estuvo en la planta baja del Ayuntamiento. Por cierto, que yo, después de haber hecho el bachiller y mientras estaba estudiando para maestro allá por el año 1946, sustituí a Don José en las clases nocturnas que entonces se hacían para adultos, personas mayores que deseaban aprender o ampliar conocimientos sobre lectura, escritura y cuentas.


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Don Juan Ballester Gozalvo no sé donde daría clases; pienso si hubo alguna baja por jubilación o voluntaria en alguna escuela local. Doña María Lluch, maestra para niños y niñas infantiles, creo que su escuela fue en la calle Larga (hoy de Don José Albalat), en un piso de edificio antiguo; estando soltera, casó en el pueblo con el veterinario Don Venancio Pacios. En febrero de 1947, teniendo yo el título de Maestro de Primera Enseñanza, fui oficialmente nombrado para sustituir al maestro Sr. Martínez Valle, que se encontraba de baja por enfermedad, en la escuela de la calle Larga; creo recordar que sólo estuve tres o cuatro meses. Hago memoria de comentarios oídos a mis padres y personas mayores del pueblo, que por los primeros años de 1900 hubo un maestro que dejó huella por su excelente y magnífica actuación con sus alumnos, durante su larga permanencia en la educación; se llamaba Don Alejandro Pérez Moya, y los vecinos agradecidos y en su recuerdo dieron su nombre a una calle, conocida en aquellos años por “el Planillo de Afuera” (hoy calle de San Antonio). En estos años que estoy mencionando, nuestro pueblo tenía más de dos mil vecinos: los maestros permanecían en las escuelas varios años seguidos y como vivían en casas, tenían más relación de convivencia con los alumnos y familiares, asistían a clase entre cuarenta y cincuenta niños y niñas, aunque solían faltar con mucha frecuencia, cuando tenían ocho o más años, por ir a trabajar con sus padres en el campo. Con estas circunstancias y con escasos recursos económicos, los maestros tenían que sacrificarse para atenderles y que sus enseñanzas fueran efectivas y del mejor provecho para su porvenir.


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HAZLO CON CUIDADO, PERO HAZLO Juan Agustín Pérez Melgar

La mañana en que Serafín cruzó la puerta de la iglesia de San Antón, en Alcublas, sabía que ése no iba a ser un día más en su rutinario trabajo en el pueblo. Serafín era el alguacil desde casi toda su vida y ya se le empezaba a notar el paso del tiempo, debido a la cojera que arrastraba por el último ataque de ciática. La tía Julieta lo había despertado a las siete de la mañana muy asustada, para que fuera a la iglesia y viera lo que había sucedido. La tía Julieta era una solterona muy beata que se encargaba de limpiar la iglesia y hacer algunos mandaos para el ayuntamiento. De esta manera se ganaba un dinerillo extra que no le venia nada mal. Serafín era muy aficionado a la lectura fácil de libros de mucha tirada. Cuando entró en la iglesia y vio la escena, su mente lo transportó al Vaticano, creyéndose Robert Langdon persiguiendo a los illuminati. La iglesia todavía olía a cera de la última misa y aun siendo verano un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Delante de sus ojos se encontraba el altar con la figura de San Antón en el mismo centro y la tía Julieta rezando a los pies “Dios te salve María…”. En el suelo, un gran charco de sangre casi le hizo perder el equilibrio, ya que ni tan siquiera había desayunado con las prisas, y se había acostado un poco tarde, debido a que estuvo en la verbena de las fiestas hasta bien entrada la madrugada. Se repuso de la primera impresión, levantó la vista hacia la imagen de San Antón y los ojos se le abrieron tanto que parecía que en cualquier momento acabarían rodando por la iglesia. Respiró profundamente y se fue acercando poco a poco. San Antón tenía un pene colgando de la nariz y en la cabeza del puerco, una cabeza humana probablemente la del cura, el padre Eliseo. El padre Eliseo era el cura del pueblo tanto tiempo como Serafín era alguacil. La gente lo quería por su carácter amable y simpático. Lo único destacable era su afición al jazz. Ese fue el motivo por el cual intentó cambiar el órgano por un saxo, pero las beatas se le echaron encima y tuvo que desistir y resignarse a escucharlo en los discos o en algún evento patrocinado por el ayuntamiento.


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La puerta de la iglesia se abrió y entró don Joan, el alcalde. Don Joan (era de origen catalán por eso todo el mundo lo llamaba Joan) era alcalde tanto tiempo como Serafín era alguacil y el padre Eliseo el cura del pueblo. Es decir, toda la vida. Físicamente era justo lo contrario que Serafín ya que éste era alto y fuerte, con un pelo muy negro y don Joan era bajito, regordete y bastante calvo. Él se declaraba de derechas pero en el pueblo todo el mundo lo quería. Sabía que para que lo votasen tenía que tenerlos contentos a todos. Lo que más le gustaba era hacer monumentos de lo más simples, pero luego, en la inauguración, les daba un discursito y todos contentos. De esta manera, Alcublas era el pueblo con más monumentos de toda la Serranía. Por ejemplo, si los socialistas querían un monumento para la memoria histórica, iba al herrero, miraba lo que tenia y listo. En este caso, una puerta de hierro al lado del cementerio. En el discurso decía que por esa puerta entrarían todos al cielo, los unos y los otros y todos contentos. Si los homosexuales reivindicaban sus derechos, iba al herrero, y le servía un armario de hierro en el jardín de la piscina. El que quiera salir del armario ya puede salir. Así, hasta veintidós monumentos. Serafín informó al alcalde de todo lo acontecido y éste pensó que cuando el caso estuviera resuelto le haría un monumento al cura. Mientras esperaban a la guardia civil don Joan le preguntó a Serafín si sabía algo de María Antonia y Magdalena. Dos hermanas ecuatorianas casadas con ellos dos respectivamente. El alguacil le dijo que sabía lo mismo que él. Se fueron anoche a la cena de las amas de casa y todavía no habían regresado. Estaba empezando a preocuparse. La puerta de la iglesia se volvió a abrir y apareció el teniente Vicente. Era guardia civil el mismo tiempo que Serafín era alguacil, don Joan alcalde y el padre Eliseo cura del pueblo, es decir, toda la vida. Pero no era un guardia civil corriente, ya que tenía más pluma que un pavo real. Mientras don Joan ponía al corriente al teniente Vicente de lo ocurrido en el altar, Serafín cogió una escalera oculta tras la imagen de la Virgen de la Cueva Santa y se encaminó decidido con un suave balanceo hacia la de San Antón (su mente estaba en el Vaticano). Cuando empezó a subir la escalera notó un olor dulzón en el ambiente, que identifico inmediatamente, al ver a los pies del santo una botella rota de vino tinto Balcón de Valencia (“Qué lastima de vino”, pensó). Su corazón se aceleró cuando tocó la cabeza del cura, que era una careta de goma puesta en la cabeza del puerco y la sangre, el vino que goteaba lentamente. Ya se encontraba en el


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último peldaño de la escalera cuando alargó la mano para agarrar el pene que colgaba de la nariz del santo. Con un poco de asco lo tocó y como por arte de magia el pene empezó a vibrar. Del susto, Serafín perdió el equilibrio y cayó al suelo muy cerca de la tía Julieta, que seguía rezando “Dios te salve María…”. El pene dejó de vibrar y empezó a reproducir una melodía “la barbacoa, la barbacoa”. El alguacil maldijo en voz alta: “Me cago en todos sus muertos, es un consolador”. La música seguía sonando cuando se oyeron unos ruidos en la sacristía. Para sorpresa de todos, en primer lugar salio el cura don Eliseo seguido de María Antonia y Magdalena, todos en pelotas y bailando al son de la música. El baile consistía en levantar una pierna y con la otra giraban sobre sí mismos. De la sorpresa, la tía Julieta sufrió una bajada de tensión y cayó al suelo toda espatarrada, con la falda arremangada, dejando a la vista un tanga rojo por el cual sobresalía el bello pubiano. Serafín, que estaba cerca de la mujer debido a la caída, fue el único que pudo leer la leyenda que llevaba escrita en el tanga con letras brillantes: “Si me tienes que achuchar, hazlo con cuidado. Pero hazlo”. El teniente Vicente desenfundó su arma reglamentaria y dijo: “Quieto todo el mundo”, recordando tiempos mejores. Pero ni con el arma en la mano pudo disimular su voz afeminada. Aún así, todos se quedaros quietos. Cuando estaban todos pensando qué decir o hacer se hizo de día dentro del templo sagrado y una luz les cegó los ojos. En la parte superior de la iglesia apareció Dios. Dios era el creador y ejercía como tal tanto tiempo como Serafín era alguacil, don Joan alcalde, don Eliseo cura y Vicente guardia civil, es decir, toda la vida. Todos se arrodillaron ante Dios menos la tía Julieta, que seguía desvanecida. Dios se acercó levitando al altar y dijo: “Serafín, Serafín, qué haces arrodillado en la cama, venga, levanta, que la tía Julieta te trae un recado del alcalde”. Serafín se despertó sin saber qué estaba ocurriendo. Miró a su mujer con los ojos desorbitados y salió corriendo con unos calzoncillos de leopardo que le regaló Magdalena el día de los enamorados. Ya en la puerta, la tía Julieta lo miró de arriba a abajo y dijo: “Bonitos calzoncillos. El alcalde quiere verte para ultimar los detalles de la procesión de la Virgen de la Salud”. Serafín se quedó con la boca abierta y sus calzoncillos de leopardo, mientras la tía Julieta se alejaba. Cuando llevaba andados unos pasos, se giró, le guiñó un ojo y se levantó la falda para que Serafín pudiera ver con estupor su tanga rojo con la leyenda de letras brillantes que decía: “Si me tienes que achuchar…”


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CANELA Francisco Ponce Serrano

Canela era un perro viejo que perteneció a mi padre antes de venir yo a este mundo. Era uno más de la familia, ambos crecimos juntos y al morir mi padre todavía nos unimos más. Yo era para él su protector y él para mí la sombra alargada de mi padre. Un día, en hora temprana y luminosa de las que resplandecen bizarras tierra adentro, salimos a recorrer los caminos y veredas que conducen a la escasa huerta, que todavía existe. Canela no cesaba de saltar ribazos y girar varias veces en rededor de los manzanos que encontraba en su camino, ambos acabamos extenuados por lo que tomé la decisión de regresar por la carretera de asfalto que conduce al pueblo para que el camino llano y con pendiente a favor aliviara nuestro regreso. Ahora sé que nunca debí hacerlo. El perro caminaba delante de mí, acostumbrado a transitar por angostos caminos de caballerías, la pista de pavimento le debió resultar una inmensa llanura, lo que en principio pareció gustarle. Llegando al pueblo, apenas unos cuatrocientos metros antes, existe una cerrada curva que hizo que lo perdiera de vista por un instante, al momento escuché un fuerte golpe, un sonido hueco de campana sin badajo, que retumbó en mi cabeza con espanto. Corrí asustado hacia allí. Orillado en la cuneta, Canela lanzaba quejidos de dolor, no tenía ni la fuerza de un ladrido para maldecir al coche, que a toda velocidad le había embestido. Su conductor, al verme, ni siquiera se detuvo, todo lo contrario, todavía aceleró más su marcha. Con lágrimas en los ojos, sin saber muy bien qué hacer, abracé a mi perro, lo besé y corrí a mi casa confuso y aterrado, llamando a mi madre. Como pude le conté lo sucedido, mi madre me miró muy afligida, pero se guardó cualquier reproche, solo cogió un saco de esparto de los de abono orgánico y ambos salimos a toda la velocidad que nos permitían las temblorosas piernas hasta la revuelta donde quedó Canela. Llegué primero, el perro seguía inmóvil, pero en sus ojos todavía había vida y se percibía una mirada de agradecimiento al vernos.


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Mi madre, al tiempo que maldecía a los coches, cogió con sus manos resecas y encallecidas al animal, lo envolvió en el saco y utilizó su delantal a modo de hatillo para sujetarlo mejor. Regresamos al pueblo, en busca de auxilio. Durante el trayecto yo me esforzaba en ayudar en lo que podía para aliviar la fatiga de mi madre, que mostraba signos evidentes de cansancio. Descargamos a Canela en la entrada de la casa del veterinario, donde un cartel deteriorado por el sol que mostraba cabezas de animales desdibujadas, era ahora como una acuarela, borrosa, falta de colorido. - Llama al timbre, ¡aprisa! -inquirió mi madre Don Rosendo, un hombre de cara seria y ojos impenetrables, se hizo cargo de la situación y de Canela, lo puso sobre una camilla de blanca y limpia sábana, examinó al perro y volviendo la cabeza sólo nos dijo: -Ya no precisa nada, ha muerto. Rota cualquier esperanza que pudiera anidar todavía en mi corazón, comencé a llorar desconsoladamente, mi madre se derrumbó sobre la vieja silla que completaba el humilde mobiliario de aquella sala de urgencias y me abrazó. Sentí el calor de su vientre, sentí el olor a mi perro, sentí lo injusto de la vida, Canela había sido el compañero de paseos, en las frías noches de invierno calentaba mis piernas con su cuerpo, sus ladridos avisaban de cualquier ruido o intruso, era todo lo que junto a ese pequeño trozo de huerta, que ahora cultivaba mi madre, nos había dejado mi padre. Le pedimos a Don Rosendo que nos vendiera esa póstuma sábana blanca que había sustentado el cuerpo de Canela en su último aliento, se la pagaríamos en un par de veces. El veterinario nos ayudó a envolver al perro con ella y sólo dijo: -No preocuparos, os la doy. El sol comenzaba a esconderse tiñendo el cielo de tonos naranjas. Entre dos amigos de mi edad, que enterados del suceso vinieron a ayudarme, con Canela en brazos bajamos en silencio por la vereda que esa misma mañana habíamos recorrido camino de la huerta, mi madre detrás, con el rostro color cera y en su mano, una azada. En una esquina, al pie de un viejo nogal, bastante deteriorado por los años y los fríos, mi madre hizo un hoyo profundo, y cuando sus manos ya mostraban bambollas quizá de la rabia con que clavaba el hierro del azadón en la dura tierra, se sentó en un ribazo, depositamos en el fondo a Canela y lo cubrimos con la tierra extraída algo más húmeda por las lagrimas vertidas en cada palada. Ha pasado un tiempo, pero desde aquel día, en la revuelta de la carretera, cuando pasa algún coche, se escuchan unos fuertes ladridos, quizá es la protesta de los perros de este mundo reclamando justicia por los crímenes cometidos en las carreteras para con todos sus hermanos.


Este libro, de la serie ALCUBLAS ESCRIBE, se ha editado para ser distribuido en las fiestas de San Ant贸n 2012


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Alcublas Escribe 10  

Recopilación de Relatos Breves de la Asociación Cultural Las Alcublas