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HAZLO CON CUIDADO, PERO HAZLO Juan Agustín Pérez Melgar


HAZLO CON CUIDADO, PERO HAZLO La mañana en que Serafín cruzó la puerta de la iglesia de San Antón, en Alcublas, sabía que ése no iba a ser un día más en su rutinario trabajo en el pueblo. Serafín era el alguacil desde casi toda su vida y ya se le empezaba a notar el paso del tiempo, debido a la cojera que arrastraba por el último ataque de ciática. La tía Julieta lo había despertado a las siete de la mañana muy asustada, para que fuera a la iglesia y viera lo que había sucedido. La tía Julieta era una solterona muy beata que se encargaba de limpiar la iglesia y hacer algunos mandaos para el ayuntamiento. De esta manera se ganaba un dinerillo extra que no le venia nada mal. Serafín era muy aficionado a la lectura fácil de libros de mucha tirada. Cuando entró en la iglesia y vio la escena, su mente lo transportó al Vaticano, creyéndose Robert Langdon persiguiendo a los illuminati. La iglesia todavía olía a cera de la última misa y aun siendo verano un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Delante de sus ojos se encontraba el altar con la figura de San Antón en el mismo centro y la tía Julieta rezando a los pies “Dios te salve María…”. En el suelo, un gran charco de sangre casi le hizo perder el equilibrio, ya que ni tan siquiera había desayunado con las prisas, y se había acostado un poco tarde, debido a que estuvo en la verbena de las fiestas hasta bien entrada la madrugada. Se repuso de la primera impresión, levantó la vista hacia la imagen de San Antón y los ojos se le abrieron tanto que parecía que en cualquier momento acabarían rodando por la iglesia. Respiró profundamente y se fue acercando poco a poco.


San Antón tenía un pene colgando de la nariz y en la cabeza del puerco, una cabeza humana probablemente la del cura, el padre Eliseo. El padre Eliseo era el cura del pueblo tanto tiempo como Serafín era alguacil. La gente lo quería por su carácter amable y simpático. Lo único destacable era su afición al jazz. Ese fue el motivo por el cual intentó cambiar el órgano por un saxo, pero las beatas se le echaron encima y tuvo que desistir y resignarse a escucharlo en los discos o en algún evento patrocinado por el ayuntamiento. La puerta de la iglesia se abrió y entró don Joan, el alcalde. Don Joan (era de origen catalán por eso todo el mundo lo llamaba Joan) era alcalde tanto tiempo como Serafín era alguacil y el padre Eliseo el cura del pueblo. Es decir, toda la vida. Físicamente era justo lo contrario que Serafín ya que éste era alto y fuerte, con un pelo muy negro y don Joan era bajito, regordete y bastante calvo. Él se declaraba de derechas pero en el pueblo todo el mundo lo quería. Sabía que para que lo votasen tenía que tenerlos contentos a todos. Lo que más le gustaba era hacer monumentos de lo más simples, pero luego, en la inauguración, les daba un discursito y todos contentos. De esta manera, Alcublas era el pueblo con más monumentos de toda la Serranía. Por ejemplo, si los socialistas querían un monumento para la memoria histórica, iba al herrero, miraba lo que tenia y listo. En este caso, una puerta de hierro al lado del cementerio. En el discurso decía que por esa puerta entrarían todos al cielo, los unos y los otros y todos contentos. Si los homosexuales reivindicaban sus derechos, iba al herrero, y le servía un armario de hierro en el jardín de la piscina. El que quiera salir del armario ya puede salir. Así, hasta veintidós monumentos. Serafín informó al alcalde de todo lo acontecido y éste pensó que cuando el caso estuviera resuelto le haría un monumento al cura.


Mientras esperaban a la guardia civil don Joan le preguntó a Serafín si sabía algo de María Antonia y Magdalena. Dos hermanas ecuatorianas casadas con ellos dos respectivamente. El alguacil le dijo que sabía lo mismo que él. Se fueron anoche a la cena de las amas de casa y todavía no habían regresado. Estaba empezando a preocuparse. La puerta de la iglesia se volvió a abrir y apareció el teniente Vicente. Era guardia civil el mismo tiempo que Serafín era alguacil, don Joan alcalde y el padre Eliseo cura del pueblo, es decir, toda la vida. Pero no era un guardia civil corriente, ya que tenía más pluma que un pavo real. Mientras don Joan ponía al corriente al teniente Vicente de lo ocurrido en el altar, Serafín cogió una escalera oculta tras la imagen de la Virgen de la Cueva Santa y se encaminó decidido con un suave balanceo hacia la de San Antón (su mente estaba en el Vaticano). Cuando empezó a subir la escalera notó un olor dulzón en el ambiente, que identifico inmediatamente, al ver a los pies del santo una botella rota de vino tinto Balcón de Valencia (“Qué lastima de vino”, pensó). Su corazón se aceleró cuando tocó la cabeza del cura, que era una careta de goma puesta en la cabeza del puerco y la sangre, el vino que goteaba lentamente. Ya se encontraba en el último peldaño de la escalera cuando alargó la mano para agarrar el pene que colgaba de la nariz del santo. Con un poco de asco lo tocó y como por arte de magia el pene empezó a vibrar. Del susto, Serafín perdió el equilibrio y cayó al suelo muy cerca de la tía Julieta, que seguía rezando “Dios te salve María…”. El pene dejó de vibrar y empezó a reproducir una melodía “la barbacoa, la barbacoa”. El alguacil maldijo en voz alta: “Me cago en todos sus muertos, es un consolador”. La música seguía sonando cuando se oyeron unos ruidos en la sacristía. Para sorpresa de todos, en primer lugar salio el cura don Eliseo seguido de María Antonia y Magdalena, todos en pelotas y bailando al son


de la música. El baile consistía en levantar una pierna y con la otra giraban sobre sí mismos. De la sorpresa, la tía Julieta sufrió una bajada de tensión y cayó al suelo toda espatarrada, con la falda arremangada, dejando a la vista un tanga rojo por el cual sobresalía el bello pubiano. Serafín, que estaba cerca de la mujer debido a la caída, fue el único que pudo leer la leyenda que llevaba escrita en el tanga con letras brillantes: “Si me tienes que violar, hazlo con cuidado. Pero hazlo”. El teniente Vicente desenfundó su arma reglamentaria y dijo: “Quieto todo el mundo”, recordando tiempos mejores. Pero ni con el arma en la mano pudo disimular su voz afeminada. Aún así, todos se quedaros quietos. Cuando estaban todos pensando qué decir o hacer se hizo de día dentro del templo sagrado y una luz les cegó los ojos. En la parte superior de la iglesia apareció Dios. Dios era el creador y ejercía como tal tanto tiempo como Serafín era alguacil, don Joan alcalde, don Eliseo cura y Vicente guardia civil, es decir, toda la vida. Todos se arrodillaron ante Dios menos la tía Julieta, que seguía desvanecida. Dios se acercó levitando al altar y dijo: “Serafín, Serafín, qué haces arrodillado en la cama, venga, levanta, que la tía Julieta te trae un recado del alcalde”. Serafín se despertó sin saber qué estaba ocurriendo. Miró a su mujer con los ojos desorbitados y salió corriendo con unos calzoncillos de leopardo que le regaló Magdalena el día de los enamorados. Ya en la puerta, la tía Julieta lo miró de arriba a abajo y dijo: “Bonitos calzoncillos. El alcalde quiere verte para ultimar los detalles de la procesión de la Virgen de la Salud”. Serafín se quedó con la boca abierta y sus calzoncillos de leopardo, mientras la tía Julieta se alejaba. Cuando llevaba andados unos pasos, se


giró, le guiñó un ojo y se levantó la falda para que Serafín pudiera ver con estupor su tanga rojo con la leyenda de letras brillantes que decía: “Si me tienes que violar…”

Relato  

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