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CEREZOS EN FLOR

Te traerĂŠ de las montaĂąas flores alegres, copihues, avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos. Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos Pablo Neruda, Poema XIV


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Cuando abrí la primera carta al azar, llena de excitación, no iba dirigida a mí, - es su carta me dije -, sentí que violaba un secreto celosamente guardado. Lo mismo pasó al leer la primera página de su Diario de Vida. Mi corazón palpitaba con más prisa y de mis manos cayó una rosa seca y descolorida, que aún conservaba su leve aroma, como para recordar esa dulzura que ni el paso de los años, ni aún la muerte pudo borrar.

Voy barajando cartas como pétalos de rosas, nada más misterioso que el olor a vainilla que despiden las hojas amarillentas por el tiempo. El sólo pensar que ambos las han tocado al escribirlas, al doblarlas, al desplegarlas y al leerlas, agudiza mi interés. Los trazos de sus cartas son como era ella: firmes y decididos, los de él armoniosos y cuidados. Es lo que me gusta de las cartas manuscritas con borrones y todo, así puedo sentir situaciones, ánimos, prisa, y una impregna personal como huella indeleble, oculta al ojo desinteresado. Heidegger dice “la escritura manuscrita refleja la esencia del ser”, en cambio a través de la escritura a máquina, todos somos aburridamente iguales.

Diario de Vida, 6 de Julio 1926 ¿Por qué escribo?... No lo sé… Hace días estaba por hacerlo… pero temía. ¿Y qué? Pues no lo sé… Pero algo extraño a mí, me lleva a hacerlo,

en fin algo que ni yo

misma sé. Pero sí, sé que te he escogido a TI diario para contarte mis penas y mis alegrías; pero, qué digo alegrías, cuando éstas no se han hecho para mí, o al menos, han pasado desapercibidas.


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¿Me perdonas que te diga que después de Ti, también quiero a una personita muy simpática?

Conténtate con sólo saber que me gusta, y mucho, mas no me pidas su

nombre. Aunque prometí decírtelo todo… todo; pero no me atrevo… Pues no sé si soy correspondida de la misma manera. Porque has de saber tú, que entre otras cosas, tengo un grave defectillo, y es que soy algo incrédula. Al leer la novela “Sola” de Henri Ardel he quedado muy triste, porque en ella descubrí mucho de lo que a mí me ha pasado…

Diario de Vida, Domingo 11 de Julio de 1926 Sigue lloviendo. Salí a recorrer la quinta bajo el agua, para recoger algunos lirios. El agua me golpeaba fuerte la espalda y yo iba dentro de unos zuecos de la cocinera, quedé embarrada hasta las rodillas, se me salió un zueco, lo tomé con la mano y seguí caminando, en la otra mano el puñado de lirios. Estaba empapada pero feliz porque mi corazón me avisaba que él vendría. Almorcé muy intranquila, no comí casi nada, porque el cielo se oscurecía cada vez más, el viento rugía, los árboles se doblaban hasta que sus ramas tocaban el suelo y otros, caían bajo la mano destructora de tan fuerte enemigo. El agua golpeaba las ventanas como mofándose de mí. Serían las dos de la tarde cuando nos levantamos de la mesa. Al poco rato llegaron unos amigos de mi hermano. Nos pusimos a jugar a la Lotería. Me fue tan mal que perdí unos pocos pesos. Pero con qué gusto los perdí. ¿Sabes tú por qué? por lo de aquél proverbio: “Desgraciado en el juego, afortunado


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en el amor”. Cuando concluíamos un juego sonó el timbre y ¡es él que llega! ¡Qué bien me había avisado mi corazón! Pasamos una espléndida tarde todos: cantamos, bailamos, jugamos varios juegos y se quedó a comer. Al despedirse me miró con unos ojos, tan ¿cómo te diré? … tan… ya se me fue la palabra, pero tú me comprendes…

San Francisco de Limache, 26 de Diciembre de 1926 Para ti, Palmirita… Aquella noche… Comienzan a palidecer las últimas estrellas i se desvanece ya el misterio de la noche. Noche ebria de amor,

de perfumes de brumas azulinas.

Se apaga ya con

intermitencias el cántico nocturno de los grillos bajo las piedras de la ribera. Soñolientas corolas, pupilas abiertas al rocío. Así aquella noche juntos bajamos al río. Sobre ti extendía su manto de plata la reina de la noche i de la diadema que ceñía tu frente, mil destellos de preciosa pedrería refulgían al recibir ¡Oh amor mío! la caricia de sus argentinos besos. Tú ibas serena i majestuosa arrullada por la dulce canción que el viento de la noche modulaba en el follaje de los álamos cercanos. Así llegamos hasta la orilla i en el espejo de plata de las aguas se miraron las estrellas de los cielos i tus ojos. Yo a tus pies sumergía mi alma en el remanso cristalino i misterioso que temblaba en tu mirada; i una plegaria de intenso amor nacía de mi corazón hacia el Supremo que puso belleza tanta en tus


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ojos, en la cadencia armoniosa de tu voz i en tu amante corazón. Suavísimo perfume de tu amor. C. N. H.

Leyendo sus cartas pensé en la sentencia de Voltaire “Hay que saber que no existe país sobre la tierra donde el amor no haya convertido a los amantes en poetas”. Ella colocaba flores secas dentro del sobre y en las páginas de su Diario. Al tocarlas y olerlas me siento transportada en la espiral del tiempo, hago míos esos sentimientos tan bien expresados, tan auténticos, tan vivos.

Se habían conocido mientras ella cursaba 6º Humanidades en el Liceo Nº 1 de Valparaíso, y él terminaba su carrera de Odontología en la Universidad de Chile, sede Valparaíso. A veces se encontraban en el tren que unía el Puerto con la capital, pasando por su ciudad, Limache. Ella tenía 18 y él 24.

Diario de Vida, Lunes 12 de Julio de 1926 Con qué pena he vuelto al colegio. No es porque no me guste estudiar. Mientras venía en el tren intenté leer, mas no pude, en cada letra, en cada palabra veía esos ojos con los cuales me miró al despedirse. Volví a leer el mismo trozo pero las letras me bailaban; cerré el libro con enojo, apoyé el brazo en la ventanilla, afirmé la cabeza en mi mano y me puse a mirar los cerros, el agua, los árboles que pasaban tan rápidos ante mi vista. Hacía dos minutos que estaba en esa postura, cuando ante el


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vidrio de la ventana se aparecen los mismos ojos… aquellos que no me dejaron estudiar, di vuelta la cabeza y sonreí. Por fin llegué al colegio, entré a clases y siempre esos ojos… en todas partes esos ojos… y así pasé el resto del día. Me acosté y seguía viendo esos ojos.

Diario de Vida, Sábado 17 de Julio de 1926 El día estaba precioso, el sol iluminaba la pieza y el cielo tenía un hermoso color azul. Salí a tomar el tren diez minutos antes de terminar la clase. Tuve que correr para alcanzarlo. Al llegar a la estación me encontré con sus ojos. Aún no te revelaré su nombre. Al verlo las piernas me temblaban, el corazón, que ya lo tenía agitado por la carrera, parecía querer romper mi pecho y salir, lo tuve que sujetar con la mano. Como saludo, me regaló pastillas de violeta, pues él sabe que me gustan mucho. Ya instalados en el carro, hojeamos una obra de Pierre Loti, “El castillo de la Bella durmiente”, resultó muy interesante. Tenía unos versitos muy bonitos y me los hizo leer dos veces. Realmente no sentí el camino, cuando nos dimos cuenta, ya habíamos llegado a Limache, era cerca de la una de la tarde. Al despedirse me pidió que a las 6 nos encontráramos en la estación.

En la tarde como a las tres, fuimos a Quillota en el auto, un amigo nuestro me está enseñando a manejar, pero pude hacerlo sólo en partes ya que los caminos están malos por las lluvias. El trayecto que se hace como en 20 minutos, lo hicimos en una hora.

El auto debía sortear grandes escollos de barro y las chiquillas gritaban


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asustadas creyendo que nos volcaríamos. Una vez que llegamos a Quillota, volvimos de inmediato porque se estaba llenando de nubes negras que anunciaban lluvia. De regreso venía yo manejando cuando un guardián me hizo parar diciendo: “Disculpe… ¿tiene permiso la señorita para gobernar el auto? Yo lo miré sonriente, miré a mis hermanas, que también se reían, y le contesté “NO”. Tuve que dejar el volante. Al llegar a Limache quedamos pegados en un barrial. El auto se hundió hasta la mitad, tuvimos que bajarnos, nuestros zapatos tan brillantes y nuestras medias transparentes quedaron hechos adobes. Para poder avanzar a pie tuvimos que subirnos a una tapia y caminar por ella.

Mi hermana se mareaba con la altura y me pedía auxilio,

tomándose de mí desesperadamente. Por fin llegamos a la casa y yo iba feliz con esta aventura. No pude acudir a la cita de las 6 de la tarde y para pasar el mal rato me puse a tocar el piano. Después de comida leí unas poesías que venían en un diario. Me acosté a las 10.

Diario de Vida, Domingo 18 de Julio de 1926 Me levanté temprano, el día estaba hermoso e invitaba a salir a respirar aire puro y deleitarse con la naturaleza. Fui a misa, recé por todos los de mi casa, por mí, para salir bien en mis exámenes y también recé por él. ¿Qué pedía para él? No lo sé. Pero sí estoy segura que en medio del rezo mis labios pronunciaron muy calladamente su nombre. Y al instante sentí que mis mejillas se encendían y mis piernas temblaban. Seguí rezando, mas ya no supe qué.


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Llegué a mi casa, arreglé mi pieza, recogí algunas violetas y adorné los rincones. Más tarde me puse a tocar el piano hasta el almuerzo.

Serían más o menos las cuatro de la tarde, me asomé a la puerta y a lo lejos divisé que venía. ¡Cómo te describiera yo lo que entonces pasó por mí. Yo estaba feliz…!

Fuimos al biógrafo, pero como llegamos atrasados, ni supe cómo se llamaba la película, ni de qué se trataba, él se sentó junto a mí. Conversamos muchas cosas, yo le conté que tenía un diario de vida. Le prometí mostrárselo. Pero no sé si quiero hacerlo… no es porque aquí haya escrito cosas que no son correctas, las podría leer hasta mi papacito, pero por ahora no quiero que las lea él. Así se daría cuenta de lo mucho que lo quiero. Es como el cuento del niño que acumula agua en un pequeño laguito donde pone unos barquitos de papel, pero cuando el laguito no puede contener más agua, revienta y arrasa con sus barquitos y todo lo que hay junto a él. Así yo también acumulo cada día más y más cariño, lo encierro dentro de mi corazón, pero si yo no lo dejo salir de a poquito, ya no lo podré contener por más tiempo callado y oculto, hasta que estallará.

Diario de Vida, Jueves 19 de Agosto de 1926 Después que desayuné fui a arreglar la pieza y llegó la Chela con un ramito de violetas que me mandaba él. Venían medio marchitas por el viaje, así que las puse en agua y las cuidé. La coloqué en mi escritorio y así las tengo delante de mí en todas las


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clases. Cuando se sequen las guardaré en mi álbum, como un recuerdo suyo. Pero me hicieron recordar una poesía llamada “La flor de la vida” donde el amante regala a su amada una rosa y le pide que la cuide por siempre porque es símbolo de su amor. Sucede que la rosa se marchita y él se casa con otra. ¿Para qué me habrá regalado violetas! Ahora pienso que terminaré como la niña de la poesía, sola y él casado con otra. Pobrecitas, ¡qué culpa tienen las violetas! Yo por mi parte le estoy pintando un cuadro al óleo que le regalaré, es una joven sentada en la playa, mirando el horizonte, cuando lo terminé veré si me atrevo…

Diario de Vida, Sábado 21 de Agosto de 1926 En la mañana lo de siempre, en la tarde como a las 6, mientras me arreglaba para ir a la estación siento el timbre, pensé que sería él. Me trajo el álbum donde me escribió algo y con algunos dibujos que me hizo. Me dijo léalo, pues lo que le escribí es lo que realmente siento. ¿Será verdad? Supongamos que le creo… El tiempo lo dirá… Luego nos acompañó a dar un paseo a la estación, la luna estaba preciosa,

una

noche completamente blanca. En un momento nos quedamos solos y me ha llamado por mi nombre, no Palmirita, como me llaman en mi casa, sino Palmira. Pero también me dice un nombre más cariñoso, que me hace sentir tan pequeñita a su lado. Además me llama “mi regalona”

Diario de Vida, Domingo 10 de Octubre de 1926


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El día está muy bonito, me levanté muy temprano y fui a misa de ocho. A las 10 nos arreglamos con mis hermanas y salimos en el auto al otro pueblo, en el camino me encontré con él, también iba en auto, fuimos todos a la iglesia a una fiesta religiosa. ¡Qué hermosa estaba la iglesia!, llena de gasas y flores blancas. El altar todo iluminado y tres curitas en el centro. Dirigí mis plegarias a la Virgen de Lourdes de la que soy muy devota, pedí muchas cosas buenas, entre ellas que nunca me separe de él. Lo tenía a mi lado y ante Dios, lo que hacía nacer lazos que………La orquesta irrumpe con el Ave María de Schubert, yo me vuelvo a él y le pregunto ¿Conoce esta música? Y él me dice sí… y a continuación tocan la marcha nupcial de Mendelssohn, yo lo miro, me sonrío y bajo la cabeza. Desde allí nos fuimos a la plaza, donde había una buena fanfarria de músicos, nos sentamos en un banco bajo unos hermosos árboles. Después de unos momentos de silencio me pregunta:

- ¿Por quién rezó en la iglesia? Yo – me dijo - pedí ante el

Supremo que nunca, nunca, jamás me separe de usted. Por lo visto los dos pedimos lo mismo ¿No es esto el mismo Dios que nos acerca?

Diario de Vida, Domingo 17 de Octubre de 1926 Fuimos juntos a Olmué a la Fiesta de la Primavera, ¡nunca lo había pasado tan bien! Estuvimos siempre juntos y bailamos toda la tarde. A la vuelta nos vinimos en una góndola. La luna estaba preciosa. ¿Te fijas querido diario? Los días mejores para mí son aquellos en que alumbra la luna. Él se sentó a mi lado… ¡Cuántas cosas me dijo! Quiero escribirte su nombre, pero me tiemblan las manos, tal como me tiembla la voz


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cuando lo llamo. De esto él ya se ha dado cuenta y me lo ha dicho: - Dígame Carlos, me he dado cuenta cuánto le cuesta nombrarme ¿Por qué? Desde hoy en adelante la trataré de tú. – Y así lo hizo… Cariñosamente me llama mi Sakura, que en japonés significa Flor del cerezo. Al despedirnos le dije Carlos…

Sn. Francisco de Limache 19 Marzo1927 Palmirita: Como pasa el tiempo i tú no vienes…! Aquí, bajo un plátano oriental i a la orilla del camino espero tu llegada. ¡Cuánto tardas…..! bien se adivina que estás temerosa… temerosa que ojos extraños profanen este momento tan ansiado para mí… Después de tanto tiempo, por fin voi a estrechar entre mis manos, con ternura, tus suaves manitas de diosa…! Sí mi preciosita… el tiempo pasa lento… Mui lento aquí bajo el plátano del camino, i entre la hojarasca seca modula el viento su triste canción de otoño. ¡Oh! ¡Que noche tan sombría…!

¡Tan llena de malos presentimientos! Algunas

claras estrellas se asoman a través del espeso manto de la noche… Y a lo lejos las luces del poblado de donde espero que vendrás. Mis ojos agrandados en la sombra escrutan a lo lejos… Y por las claras vitrinas ha pasado tu sombra…. ¿No es acaso la llamarada de roja pasión que te acompaña? Siento latir con fuerza mi corazón… I ya estás mui cerca, te


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acercas con paso presuroso i estás mui cerca de mi, i en esta noche te ensueño, tiendo mis brazos, voi en pos de ti a través del blanco sendero… Esta noche quiero decirte muchas cosas… i en este momento único se atropellan confusamente las ideas… ¿No ves que mis ojos escrutan los abismos sombríos de tus ojos? ¿Qué me dirán ellos? Momento fugaz ¡ah! huyes, huyes de mí. Huyes de las sombras, huyes de los blancos espectros, de los gigantescos espectros que se alzan por doquier para atemorizarte. I no oyes mi voz que en lo oscuro de la noche implora tu nombre llorando… C. N. H.

Algunas de las cartas de ella estaban escritas en papel celeste. Dicen que ese color confiere tranquilidad y da protección. Por ahí leí que “es el color de la generosidad, el color preferido de las personas que eligen dedicarse al bien y las causas nobles...”

Limache, noche 15 Junio 1927. Palmirita:

Llueve sobre la tierra de tu pueblo, brillan los suelos mojados; bajo el crepúsculo que se avecina en esta tarde de invierno, estoi a la espera de tu llegada mi preciosita. Y no sabes que esta tarde mi corazón te guarda el secreto de un sueño. ¡Ah! Como con las claridades del alba, se alivió mi dolor…¿He de contártelo? No, mil veces no. Perdura tu imagen con una sonrisa extraña, que se esfuma…


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I este secreto de mi dolor, lo confié a las olas una tarde que seguía el rojo camino a la orilla del mar.

Brumas marinas,

esmeraldina espuma,

cantan las olas entre las peñas i entre la

mientras arrecia el viento y huyen veloces olas blancas,

gaviotas mensajeras de mi pena, que se pierden en las brumosas lejanías de los confines del mar. Y esta noche se desgrana dulcemente la lluvia sobre los techos, íntima sinfonía vernal que canta dulcemente al oído. I despierta un recuerdo dormido en mi corazón… Entonces tú llegabas a mi hogar, ahí desde mi ventana mirabas la calle y los árboles, pronto te envolvían las sombras de un efímero crepúsculo. I tú allí de pie junto a mi ventana, ¿veías acaso alguna visión lejana? ¿Sufriste acaso el hechizo de un rápido relámpago que iluminó la palidez de tu rostro de virgen? Entonces mi preciosita, entonces me acerqué a tu vida ¡i principió a latir mi corazón! Esa noche mientras gemía con furia el temporal i veloces cruzaban las sombras los relámpagos, te ofrecí mi brazo i al sentirte tan cerca i tan mía, se estremeció todo mi ser…… C. N. H.

Base aviación Naval Quintero, 4 Diciembre 29 Palmira, Sakura mía: He llegado sin novedad a la Base de Aviación Naval. En este momento siento el ruido de las olas que azotan en la playa i solo en mi habitación abro mi corazón a tu recuerdo.


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Mi Sakura no sabes cuanto me cuesta este cambio repentino, esta vida tan distinta de la de allá. He vagado tardes enteras por la playa con el pensamiento fijo en ti, en tu imagen grabada, adentrada en mi ser. La tarde del Lunes en compañía del segundo comandante llegué a un hermosísimo paraje llamado “la playa de los enamorados” i pensé en la dicha soñada tantas veces, de que tú fueras mía; en el cambio repentino y favorable en las apreciaciones de tu familia para conmigo, en fin, te vi, nos vimos sentados en la arena tan blanca de esta ensenada rodeada de verdes pinos, las olas muriendo a nuestros pies, tus sienes en mis sienes, tus ojos en mis ojos, bebiendo el azul del cielo i del mar. Allí permanecí hasta que el sol se hundió en el océano i regresamos atravesando un bosquecillo fragante de pinos.

Yo con mucha pena

mirando las serranías lejanas que me separan de ti. Conseguí una bonita casa para instalar mi oficina particular que traeré luego.

El Domingo nos veremos, parece prometer ser un día excepcional para nuestros destinos ¿no?. No sé todavía si podré irme el Sábado. Sakura mía, mi linda, no te escribo más. Recibe todo el amor del corazón de tu Carlos.

San Francisco de Limache 13 Diciembre 1929 Sakura mía: Mi vida, esta noche te escribo desde mi oficina. El mar que lo tengo mui cerca azota la playa con mucha violencia,

i el ruido de las olas es lo único que turba la

tranquilidad de la noche. He abierto mi ventana que da hacia el mar i solo con mis


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recuerdos sueño contigo. De ayer a hoy apenas ha transcurrido un día i sin embargo me parecen fugaces los instantes pasados junto a ti. Así me pasa siempre: vivo con el recuerdo de las horas felices. Después el ensueño se ha prendido en mis ojos. En el azul de la tarde en un camino que sube bordeado de álamos amarillos, juntos hemos visto la pálida luna de otoño. Entonces lenta, lentamente se unieron nuestras manos, se miraron nuestros ojos.

Antes también así fue… En primavera con los cerezos en flor. Bajo el ardiente sol de estío que hacía más fragantes los rojos claveles que prendías en tus labios. En el invierno también se unieron nuestras manos, se miraron nuestros ojos, palpitaron nuestros corazones de alegría, como la lluvia que perfuma la tierra i derrama sus lágrimas en la ventana desde donde me mira mi amor!

Mi Sakurita, mi preciosa te amo intensamente. Tuyo, tu amor, Carlos

Una mañana de 1937, él en su uniforme de oficial de la Aviación Naval, más pálido, con un aire de preocupación en el rostro, recién cumplidos los 35 años; ella más bella, como un jazmín en sus 29, no se molestó en ocultar su felicidad: - “prometo amarte y serte fiel en la salud y la enfermedad, la riqueza o la pobreza, hasta que la muerte nos separe” -


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Luego de 11 años de relación, alcanzaron a vivir un año juntos, aunque jamás tuvieron aquella casita ni los hijos que soñaron. No habían pasado más de 6 meses cuando se vieron sobresaltados de temores al descubrir la dolorosa e irremisible enfermedad, de la que Carlos murió al año de casados, cuando tenía 36.

El suyo fue un amor constante más allá de la muerte, ella guardó luto severo por un año,

encerrada en su habitación matrimonial.

El dolor de su ausencia física la

acompañó el resto de la vida, dedicada al servicio público, para ayudar especialmente a los más desprotegidos.

Su recuerdo perdura en la memoria colectiva, sobreviven sus obras, su historia y la leyenda acariciada en el corazón del pueblo. Cuando la recuerdo siento sensaciones y sentimientos encontrados,

amó,

fue amada,

algo que algunos jamás logran

experimentar en toda su vida. La felicidad le fue esquiva, duró lo que duran los cerezos en flor. Pero no siempre es primavera, mientras Perséfone baja al Hades, ella aprendió a sonreír haciendo felices a otros, murió a los 92 años, sus restos descansan junto a los de su amado Carlos, polvo serán, mas polvo enamorado.

“La vida es como la flor del cerezo en primavera Primero capullo, Enseguida marchita. ¿Cómo esperar que su fragancia sea eterna?” Almirante Takijiro Onishi fundador de los Kamikazes


Cerezos en flor