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República de las Letras N.o EXTRA - 2

LAS

ABRIL 1987

DOS

LITERATURAS

DE

FINLANDIA EDITA: ASOCIACION COLEGIAL DE ESCRITORES DE ESPAAA


R

e P u b 11 e a d e 1a s L et ra s /

Revista de la ASOCIACION COLEGIAL DE ESCRITORES N.o EXTRA 2

ABRIL 1987

Director:

Sumario

And ré s SOREL

Págs . Consejo de Dirección: Raú l GUER RA GA RRID O Isaac MONTERO Carmen BRAVO-VILLASANTE Gregorio GALLEG O Anton io FERRES Juan MOLLA

Ed itorial. Las dos literaturas de Finland ia , A. Sorel .. ...... . 1.

Redacción y distribución: ASOOIAOION COLE GIAL DE ESCH ITORES Sagast a, 28, 5. ° - 28004 Mad ri d Teléf. 446 70 47 Confección: Angel PATON

11. 111.

IV.

V. VI. REPUBlICA DE LAS LETRAS d eja absoluta libertad de opin ión a tod os los esc rito res que escr iben en la revi sta , lo cual no significa que se identifique con los ju icios c riticos en ell a vertidos . Encontrarán acogida en sus páginas, las ré plicas o matizacio nes a dichos artícu los, siempre qu e así lo cons idere opo rtuno el Con sejo de Dirección. Los trabajos e informacio nes pub li cados en REPUBUOA DE LAS LETRAS pu eden s~r reproduc ido s lib rem ente siempre que se cite su procedencia .

El Kalevala ......... '"

3

..... .

5

Del mito al símbolo , Michael Branch ..... . . . .

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Sumario .. . ... .. . ... ......

16

Canto XXX VII , fragmento finaL

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El ias U i nnrot, crea do r del Ka levala ... .. ............ .

23

El Du elo de los Magos , Joaquín Fernández ... . .. . . .

24

·EI libro en Finlandi a goza de bue na salu d, Matti Rinne . ..

27

La I iteratu ra vi sta po r un escritor. Aspectos de la literatura f inlandesa , Veijo Meri ' "

33

La cosec ha del mal, Claes Andersson .. . .. .... .. .

37

Finla nd ia, un buen país , Matti Miikel ii .. . .. . ... ... .. . .. . .. .

43

Si nuhé el egi pcio , l a historia rec uperada, Andrés Sorel ...

49

RELATOS Hum ana liberta d, Mika Waltari

57

Bajo la pi ed ra , Runar Schildl.

67

Reflejo en un esca parate , Solveig von Schoultz . . . . ..

73

La Mona, Tove Jansson . ..

79

La To rm enta , Bo Carpelan

82


2

SUMARIO. Págs. El peine, Veijo Meri ...

86

El informe, Eeva Kilpi

90

La botella, Eino Saisa El abuelo y el Hannu Salama

VIII.

Po.ESIA

100

muchacho,

Pentli Saarikoski

151

Jarkko Laine .. .

154

Sirkka Turkka ... ... . ..

157

Bo Carpelan . .. . ..

160

Lars Huldén ... . ..

162

107

Canberra? Do you hear me?, Johan Bargum .. . ... . ..

VII.

Págs

Claes Andersson .. .

164

Marta Tikkanen . .. . ..

167

500 Aniversario del libro finlandés, Ursula Ojanen

169

150 años de literatura finlandesa en 33 obras .. . ..,

173

111

La visita, Antti Tuuri ... . ..

119

Temas, Jouko Turkka

.. .

128

Dos relatos, Rosa Liksom

130

IX. X.

Aportaciones de la literatura finosueca a la literatura de Finlandia, Kai Laitinen ... . ..

Literatura finl andesa en español

179

133

Relac ión de autores y traductores.

181

El teatro en Finlandia, Soila Lehtonen

139

Instituciones relacionadas con el libro y ,la literatura en Finlandia .. .

187

Coordinaron este número : Ursula Ojanen y Joaquín Fernández Ilustración de cubierta : Composición de Erik Bruun Caricaturas: Pekka Vuori

JUNTA DIRECTIVA 'DE LA A. C. E. Presidente: Raúl GUERRA GAHRIDo. Vicepresidentes: Isaac MONTERO. Elena SORIANO. Secretario General: André s SOREL Vicesecretario: Carmen BrAAVo.-VILLASANTE Antonio FERRES Teresa BARBERO.

Tesorero: Gregorio GALLEGO. Vocales: Meliano PERAILE Jesú s PArADO.

Asesor Jurídico: Juan Mo.LLA Lauro OLMO. Jac into Lo.PEZ Go.RGE

Consejeros: Carmen Co.NDE Ca rlos BARRAL Mercedes SALlSACHS Eduardo DE GUZMAN Fra nc isco GARCIA PAVo.N - - - - - - - - PRESIDENTES SECCIONES AUTo.No.MAS - - -Andalucía: Rafael DE Co.ZAR

Catalunya: José CORREDo.R MATHEo.S Traductores: Esther BENIT'EZ

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Asturias: Victor ALPERI


EDITORIAL

LAS DOS LITERATURAS DE FINLANDIA La literatura es el más auténtico vehículo de comunicación, de conocimiento , entre los pueblos . Acerca a sus habitantes en sus trabajos, en su vida cotidiana. Grita contra las guerras, los odios , las discriminaciones que entre ellos desatan quienes precisamente hacen de sus vidas y gObiernos antítesis de la literatura. La lengua es el mayor rasgo distintivo de la identidad de un pueblo. Es tal vez su último reducto de libertad. La lengua ,es el camino hacia el pasado , el enlace con la 'historia, el alimento de los sueños , la identificación de las caricias. La lengua es música , es interpretación , es ,el viento del alma, el descanso del sudor, la prolongación del beso. Como 'e scribe Paavo Haavikko al hablar de sus gentes: "est'e pueblo está agarrándose al viento " . El ha aprendido a hablar al pueblo en su propia lengua: " el finés no es una lengua, es una manera de estar sentado en un ,banco con las pieles sobre los oídos, viejas palabras sobre la lluvia y ,el viento , hendiendo la mesa con la violencia heredada" , buscando la llegada de la primavera , despreciando palabras a medio crecer, embriagándose con las sencillas cosas que en la vida dan color, ternura y cordialidad a las gentes sencillas, y pueden ser nominadas ...


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ANDRES SOREL

Era yo muy adolescente cuando leí la novela de SiIlanpaa, Silja. Soñaba ya con las brumas, los hielos del norte de Europa: porque en su contraste estaba el calor del heno, la suavidad del heno, donde una joven mujer había de acunarme entre sus hermosos pechos. El vaho del corazón navega por las más largas noches de nuestro continente fundiendo el hielo con la más maravillosa de las soledades: aquella que entre dos se comparte. Correr 'Por los países nórdicos, llegar hasta esas otras mil y unas noches escandinavas, era también escapar al cerco 'e str,eoho, castrense, trentino, de nuestra postguer.ra. Por muchas alambradas que pretendan ponernos, siempre habrá un reducto -el del arte, el de la poesía, el de la belleza en fin- que no podrá cercarse: a través de él ,escaparán nuestros pensamientos y sueños. Por él escapábamos. De Leningrado a Helsinki, cuántas noches blancas, cuántas familias campesinas, cuántos cantos de amor y libertad, acunaron nuestra adolescencia. Hoy REPUBUCA DE LAS LETRAS da una sencilla 'Pero hermosa muestra de las dos literaturas de Finlandia. Se inicia con su gran poema épico, el Kalevala. Se acerca a la interpr,etación de su cultura, al desarrollo de su obra ·e scrita, con una muestra de lo que en ambos idiomas , sueco y finés, se 'e scribió y se escribe en la patria de Sibelius. Es no sólo un homenaje a su pueblo. Es una forma de romper también los marcos de imperialismo cultural con que en las actuales circunstancias , a través sobre todo del lenguaje visual , se pr·etente borrar las señas de identidad de cada pueblo para uniformarlos bajo una única y distintiva civilización que precisamente no guarda ni memoria de su historia. Lo que con Finlandia hacemos , intentar,emos repetir con otras lenguas, culturas y países del mundo, ·en la medida de nuestros limitados medios. Pluralidad , diversidad , señas de identidad propias y diferentes: otro grito de libertad y de independencia necesario en la agonía de este siglo que hacia su fin camina.

Andrés SOREL


EL KALEVALA

Fragmento de los frescos de Akseli Gallen-Kallela en el techo de l M useo Nac ional (Helsinki) Foto: Kuvamiehet jAntonin Halas


KALEVALA: DEL MITO AL SIMBOLO MrCHAEL BRA CH

El 28 de febrero de 1835, Elias Lonnrot firmaba el prefacio a la primera edición de Kalevala. Esta colección de 32 cantos, recogida de la poesía oral, poesía reunida en su mayor parte por el propio Lonnrot de entre aquella que compone la tradición oral, procedía de las recónditas regiones del noreste de Finlandia y de las zonas situadas en la provincia rusa de Arkangel en las que se hablaba el careliano (lengua sumamente parecida al finés) . Catorce años más tarde, en 1849, Lonnrot publicaría una versión ampliada de Kalevala edición que sería reconocida mundialmente como la epopeya nacional de Finlandia. La publicación de ambas ediciones tuvo una clamorosa acogida en Finlandia, pues contribuía a avivar las ansias del movimiento nacionalista, naciente e n aquellos años. Sin embargo, sólo un reducido número de finlandeses pudo leer esta primera edición: limitado era -e l número de personas que en 1835 tenía conocimiento suficiente para leer el finés. Pese a ello, bastó que este núcleo de personas captara la importancia de la obra, para que las autoridades prestase n su apoyo y concedieran ayuda económiea a Lonnrot al objeto de que preparase una segunda edición. Limitado fue igualmente -e l número de lectores de la edición de 1849, y así continuaría siéndolo durante más de veinte años, siempre por la misma razón: escasos eran los finlandeses

educados con capacidad lin güística suficiente para alcanzar a comprender toda la belleza poética del Kalevala en su idioma original, el finés, Paradójicamente, hasta las últimas décadas del siglo XIX Kalevala fue de seguro mucho más ampliamente leído en u versión traducida que en su idioma origina l. Mas esto carecía de importancia para la mayoría de los finlandeses. En estos primeros afios, lo fundamental, aquello qu e realmente tenía trascendencia, era el «mito» del Kal evala: el mito que Lonnrot había rescatado del olvido y que recuperaba una trad ición literaria a nti gua y plena de maj estuosa b elleza . Y fue este mito preci sam ente el que po ibilitó los cambios necesarios para que en el corazón y en la mente de los habitantes de este pueblo se abriese camino ].a -e xaltación del finé a len gua nacio nal y se con olidase una conciencia nacionalista finlande a. La compilación de Kalevala fue la auténtica personificación de un conjunto de idea latentes a fines del siglo dieciocho que se asocian estrechamente con -e l pensador alemán J. G. Herder (1744-1803). H erder mantenía que una «nación » sólo podría existir si poseía una identidad cultural distintiva y basada en la l e n~ua y la literatura oral del pueblo. En Finlandia, donde el sueco era la lengua principal, adoptada por el gobierno y el sistema educativo a finales del siglo dieciocho (y habría de seguir siéndola hasta la segunda mitad del siglo diecinueve), un


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MICHAEL BRANCH


KALEVALA : DEL MITO AL SIMBOLO

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La madre de Lernrninkainen, de Akseli Gallen-Kallela

Foto : WSOY


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MICHAEL BRANCH

pensamiento, un concepto semejante, no haría sino caer ·en tierra ya abonada, apoyando las ideas que el eminente profesor finlandés H. G. Porthan (1739-1804) había impartido a sus estudiantes 'e n la Academia de Turku. Tras el establecimiento ,e n 1808-1809 de Finlandia como Gran Ducado del Imperio Ruso, el interés de los finlandeses por las ideas de Herder y Porthan, se fortaleció, y el desarrollo de una identidad nacional se convirtió en un sagrado deber para los finlandeses más cultos, a pesar de que muchos de ellos apenas estudiasen el finés . Por otra parte, en los primeros años del estab lecimiento del Gran Ducado, sus ideas nacionalistas encontrarían tolerancia y hasta en ocasiones apoyo por parte de las autoridades imperiales de San Petersburgo, que veían en la naciente conciencia nacionalista de los finlandeses una .forma de debili tar los antiguos y potencialmente peligrosos lazos que los unían con Suecia. A principios del siglo diecinuev,e los jóvenes finlandeses más cultos, identificaban al «pueblo llano» con la población de las tierras más alejadas del Gran Ducado que hablaban finés, y con los carelianos de la provincia Arkangel, al otro lado de la frontera con Rusia. Cuando estos jóvenes finlandeses comenzaron a recoger las tradiciones orales de aquellas zonas, descubrieron abundantes poemas e historias transmitidas de generación en generación, sobre tiempos pasados, en los que todos los aspectos de la vida y el entorno del hombre estaban regidos por una multitud de invisibles dioses y espíritus. Los compHadores recogieron mitos sobre ,e l origen del mundo y sobre las fuerzas y los elementos vitales para la existencia del hombre: luz y oscuridad, fertilidad, fuego, metales, plantas, animales, la muerte. Oyeron historia sobre antiguos héroes que determinaban el ciclo 'a nual del desarrollo en el inicio de los tiempos, e imponían el orden en el mundo primitivo. Vieron a he-

chiceros que aún solicitab an ayudas del Otro Mundo ... Lannrot era uno de estos jóvenes compiladores, y fue con materiales de este tipo con los que compuso su Kalevala.

Me 'está rondando un deseo, la idea viéneme a la mente de comenzar a recitar, declamar términos sagrados, entonar cantos fami liares, viejas canciones de la raza; palabras fúndense en mi boca, palabras que cayendo lentas, precisas llegan a mi lengua, entre los dientes se disipan. entrelacem.os nuestros dedos, bellas canciones entonemos, contemos los mejores cuentos para que puedan los que quieran, los jóvenes que van creciendo, los mozos de este pueblo próspero, oír aquellas cantilenas que antes cantal'on los ancianos, extraídas del cinturón de l justo y viejo Vi:iinamoinen, de la herrería de Ilmarinen, de la espada de Kaukomieli, de la flecha de J oukahainen, con los campos de Pohja al fondo, y los bosque de Kalevala (1) En los versos que abren Kalevala, Lannrot presenta a sus lectores el tradicional estilo de los cantos realizados con los tetrámetros trocaicos sumamente ceremoniosos con que la poesía épica finlandesa-karelj.ana ,está elab orada. Los versos describ en cómo los cantores se sientan cogidos de las manos, ayudándose y apoyándose los unos en los otros, en una representación que puede durar varias horas. Al tiempo, estos versos iniciales también ponen al lector en contacto con los héroes cuyas gestas fueron narradas por generaciones sucesivas de cantores y que son las que Henan las páginas de Kalevala. (1) Traducción: Ursula Oj anen y Joaquín Fernández.


KAl..!EVALA: DEL MITO AL SIMBOLO

Partiendo de los mitos y leyendas sobre éstos y otros personajes . Lonnrot construyó y ordenó una nueva mitología, que r ecogía la historia antigua de los finlandeses, desde la cr,e ación del mundo en el inicio de los ti empos hasta la llegada de la ·e ra moderna, en la que los viejos héroes dejan paso ya a uno nuevo, un niño milagrosamente concebido por la Virgen Marjatta. Es alrededor de V¡ünamoinen, e l «sabio eterno», que impone el orden sobre el caos y que funda la tie rra de Kaleva, que giran la mayoría de los acontecimientos de Kalevala. Su decisión de buscarse ·e sposa, pone a su propia tierra de Kaleva en relación, amistosa en un principio, hostil posteriorm ente , con su oscuro y amenazador vecino del norte. Pohjola. I1marinen, ,e l primitivo h errero, y Lemminkainen, un Don Juan de la Edad de Piedra, también buscan esposa en Pohjola, aunque con diversas suertes, y grandes espacios d el Kal evala están dedicados a las misiones que han de realizar para conseguir esta aspiración. Ilm ari nen ocupa el centro de la acción en varios cantos mientras forja e l sampa, tarea e ncomendada por la Señora de Pohjola a cambio de la mano de su hija. Reaparecerá más tarde en la epopeya, cuando celebre su boda. El sampa es un molino mágico que asegura una riqueza sin fin al que lo posea, y des encadenará los principales sucesos de la segunda mitad del Kalevala. Es motivo de lucha entre Pahjola y la tierra de Kaleva, cuando Vainamoinen y sus seguidores van a Pohjola e n un intento por hacerse con el sampa foriado por Ilmarinen. Tras una violenta batalla en el mar, el sampa se hace pedazos y cae por la borda, aunque algunos de sus fr·a gmentos, arrojados por las aguas en la tierra de Kaleva proporcionan al pueblo .de Vainamoinen desarrollo y prosperidad. En los cantos finales de Kalevala, Vainamoinen tiene que defender su ti erra de los sucesivos intentos de des-

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trucción que le infrin ge la Señora de Ponhjola, en venganza por la pérdida de su sampa. Los poderes mágicos de Vainamoinen salvan a su pueblo de los estragos de la enfermedad; su destreza como gran cazador le asegura la victoria sobre un terrible oso ·e nviado para destruir sus huestes; por último , sólo el gran conocimiento de Vainamoinen pueden conseguir l·a recuperación del sol y de la luna después que éstos fueran arrebatados y ,e scondido s en una montaña por la señora de Pohjola. En la apoteosis de sus poderes, en el canto que cierra el Kalevala, Vainamoinen reconoce al hijo de Marjatta como al nuevo líder de su pueb lo, yel h éroe mesiánico se marcha: El justo y viejo Vainamoinen remó despacio mar adentro en su herm.oso barco de 'co b re, perdióse hacia la lejanía, donde la tierra se levanta, donde desciende el firmam.ento. Allí ama¡'ró el bardo su barca, allí acabó su singladura, pero dejó a los finlandeses su bella cítara, el kantele, eterno júbilo a su pueblo, grandes canciones a sus hijos. (1) Folkloristas, antropólogos y literatos, reconocerán en el Kalevala cuanto se puede e ncontrar en culturas y literaturas populares de muchas partes del mundo. Un análisis más profundo de la epopeya, multiplicará ,e l número d e rasgos universales del mismo. En opinión de algunos estudiosos finlandeses, el material original de que se ha servido Lonnrot, preserva poemas orales que a pesar de la evolución sufrida en el transcurso de los siglos, conservan fragmentos de creencias y rituales practicados hace dos mil años. La evidencia de antiguas creencias y mitos universales puede tal vez deducirse de los diversos papeles que Vainamoinen y otros héroes desempeñan ,e n esta (1) Traducción : Ursula Ojanen y Joaquín Fernández.


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MICHA'EL BRANCH

epopeya. A veces interpretan a dioses propios de los orígenes de los tiempos; en otros poemas son héroes reconocidos en diversas cultur,a s que portan a sus puehlos los elementos esenciales de la vida; sus hazañas en el más allá parecen indicar una época en la que el shamanismo del tipo euroasiático del norte era practicado en el área kareliana-finlandesa - la creencia de que en circunstancias especiales el alma podía abandonar el cuerpo y viajar al Más allá para buscar ayuda y consejo en los espíritus de la muerte. La práctica de la magia impregna todo el Ka'levala. Un acontecimiento tras otro ilustra el papel central que dicha magia revestía en las sociedades antiguas. Los sucesos del canto inicial del Kalevala -la creación del mundoson demostrativos de esta práctica triunfalista de la magia; la asociación de hechizos unidos a los hechos que acaecieron al comienzo de los tiempos, er,a n la demostración palpable de los poderes que un mago poseía en el área finlandesa-kareliana para asegurar la efectividad de sus influencias. Es a tales poderes a los que recurren una y otra vez los cantores de Lannrot cuando a través de sus poemas buscan controlar sus propios destinos. La mayor parte del material recogido por Lannrot es el vivo recordatorio de las horribles inseguridades que condicionan el propio desarrollo de la vida humana. Frecuentemente vislumbramos en los versos de Kal evala la multitud de ritos con los que hombres y mujeres buscaban conjurar su propia ins eguridad, practicándolos para apaciguar a los espíritus omnipresentes, para proteger a sus familias y animales cuando no pudieran acogerse a la seguridad del hogar, y para defenderse de las enfermedades y males múltiples. Con sus relatos de luchas entre shamanes, su riqueza de ritos propios de las diversas estaciones del año, sus coloristas descripciones de ceremonias nupciales, su elaborada crónica de nacimientos vida,

muerte y resurrección del oso, la más reverenciada y temida criatura del bosque del norte, su descripción de hechizos, etc., el material del Kalevala es un completo monumento al «hombre ritual». UNA NUEVA LITERATURA

Kalevala puede, por supuesto, leerse sin referencia a sus conexiones antropológicas. Considerada como un ,e jemplo de la literatura imaginativa, invita a la comparación con otras grandes epopeyas de la lit,e ratura universal como medio o método de formarse una idea más profunda de la épica. Algunos críticos incluso han caído en la tentación de ver en Kalevala un ejemplo de cómo otras grandes obras épicas pudieron haber sido compuestas ,e n un pasado más lejano. De igual forma, los p ersonajes, acontecimientos, imágenes poéticas y la métrica del Kalevala proporcionan un campo muy rico a la crítica lit,eraria y a la investigación estética. Con todo el conocimiento pormenorizado del por qué y el cómo Lannrot recopiló su epopeya, se puede añadir una nueva dimensión a la valoración del significado de la obra, unien do ,e l análisis de la obra al fenómeno del nacionalismo; Kalevala representa el único intento en la época de Lannrot de transformar los poemas de la «pequeña tradición » del pueblo llano en literatur,a nacional, dentro de las grandes corrientes tradicionales educativas y civilizadoras. Por los documentos de Lannrot se puede apreciar cómo utilizó lo s modelos literarios clásicos y de otro tipo para desarrollar las propias e innatas características de su material poético finlandés-kareliano y elaborarlos e introducirlos en una serie de secuencias narrativas independientes aunque relacionadas entre sí. Cuando la ocasión lo exigía, no dudó en dar coherencia interna al material que poseía reordenándolo, componiendo nuevos versos y


KALEVALA : DEL MITO AL SIMBOLO

Frescos de Akseli Gallen-Kallela en el techo del Museo Nacional. Foto : K uva miehetjAnto ni n Halas

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MICHAH BRANCH

fundiendo varios personajes distintos y de mutuo aniquilamiento (y que fue en una única figura. Los modelos clá- asimismo tema de alegorías en otros sicos de Lonnrot aparecen claramente escri tores finlandeses del siglo dieciconfigurados en la forma en que con- nueve). A otro nivel, sin embargo, se figura el material de los cantores ora- podría considerar que los cincuenta les según la sensibilidad y el criterio cantos del Kalevala alegorizan a través de un hombre fiel a su tiempo. La crea- de la creciente prosperidad de Vainación que Lonnrot realiza de los dos moinen y su pueblo el significado de personajes trágicos de Kalevala, la mu- una tradición cultural como medio chacha Aino y ,e l joven Kullervo, ilus- para definir y mantener unido a un tran este procedimiento de trabajo. grupo nacionalista. Sus trágicas vidas sólo existen en las páginas del Kalevala: creadas por UN SÍMBOLO NACIONAL Lonnrot a partir de una serie de poeA mediados del siglo diecinueve Ka.. mas sobre personajes y acontecimientos inconexos que fueron cantados en levala dio, a los seguidores de la causa auténticas representaciones en circuns- nacionalista finlandesa, una confianza tancias totalmente diferentes y con fi- en su lengua y cultura propias, que alentó ,e l cambio político de los años nes igualmente distintos. La adaptación que de su material 60. El finés gozaba del mismo estatuto poemático realizó Lonnrot, utilizando y tenía igual importancia que ,e l sueco, criterios contemporáneos, también in- como idioma utilizado ,en la educación, troduce en Kalevala varios niveles ale- administración y Gobierno. En las sigóricos, frecuentemente a costa del sim- guientes décadas se fue adaptando bolismo que impregna los poemas ori- gradualmente para responder a las ginales, lo que es fundamental para nuevas exigencias impuestas por las comprender al «hombre ritual». Así la sucesivas generaciones de escolares lucha entre la tierra de Kaleva y la de que comenzaron a recibir su ,educación Pohjola se presenta de manera que en la lengua materna, y durante la dépueda ser interpretada como la eterna cada de los 80 incluso comenzó a ser confrontación entre la luz y las tinie- posible el continuar los estudios de deblas. La interación de ideas paganas y terminadas materias de la universidad cristianas común en todo material en finés. Para éstas y sucesivas geneauténticamente popular, desaparece en raciones el Kalevala ya no fu e un mito, Kalevala, para, a través del canto final, y al iniciar el nuevo siglo era casi una dar una mayor trascedencia a la dis- obligación, para cualquier joven fintinción entre los dos sistemas de creen_ landés, estudiar la epopeya y aprender cia. Los modelos clásicos de Lonnrot de memoria largos pasajes. Los inteny su empleo de la alegoría, forman la tos zaristas por restringir el alcance base de los seis cantos de Kullervo. de la autonomía finlandesa e introducLa esclavitud del trágico héroe, el em- cir medidas de rusificación, no hicieron brutecimiento, el inconsciente incesto sino impulsar y estimular ,e ste estudio. con su hermana, y su suicidio, encuenEn el florecimiento indudable que tran equivalencia fácilmente identifica- experimentó el arte en estos comienbles en la literatura europea. El epÍ- zos de siglo, junto a la música, la litelogo con el que Lonnrot concluye la ratura, el diseño y la arquitectura, en historia de Kullervo puede interpretar- Finlandia, el Kalevala se convirtió en se como la advertencia que Lonnrot una fuente de inspiración, forma y condirige a sus contemporáneos, cuando tenido, puesto que los finla ndeses perla lucha por una identidad nacional seguían una expresión propia en la que finlandesa entraba en una fase amarga presen tar las principales formulaciones


KM.!EVALA: DEL MITO AL SIMBO LO

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artísticas e uropeas : realismo, n aturali s- publicándola en Bu eno s Aires on gll1 amo, expresionismo , simbolismo . Conoci- r iamente, aunqu e el público de ha bla dos frecu entemente como «la Edad de castellana te nía ya noticia de la exisOro del Arte Finlandés», los veinte tencia de Kalevala a través de las Ca raños comprendidos entre 1890 y 1910, tas Finland esas de An gel Ganiv et. contemplaron cómo la influ encia de La traducción m á s r eci ente apa r eció Kalavela y su inspiración se extendían en 1984, en la desa par eci da E d ito r3 m ás allá del a rte a todas las es feras Nacional, y fue r ea lizad a en ver so p or sociales. Ursula Oj anen y Joa quín Fer nán dez Los p er sonaj es del Kalevala tienen partiendo del original fin és. Fu e obra sus homónimo s en los no mbres de va- candidata a l Premio Nacional de Trarias ge neraciones de niños; los nom- dición del Ministerio de Cultu ra . bres de calles, b arcos, edifi cios , ofió Kalevala figura entre las obra se]ccnas, tiendas, co mpañías, fábricas, p e- cionadas por Borges pa r a su B ibli o teca riódicos, t eatro s y clubs, son un a p er- Universal. man ente referen cia de la necesidad de La influencia qu e a co mi enzos de siafirmar la fuerza del patriotismo a tra- glo tuvo Kal evala en Sibelius ha provés de la asociación con un símbolo piciado el estab lecim ic nto de una r e lapod eroso. A p esar de lo d efectuosa- ción simb ólica entre K nleva.la y F inla nmente que han sido entendidas su n a· dia para mucha ge nte. La pop ul arid a d tu raleza y significación, Kal evala se de la música de Sibeliu s ase¡!ura qu e convirtió, y sigu e si endo pa ra mu ch a gra nd es audi encias estén continu a mengente en todo el mundo , en el símb olo te recordando Kal e vala y sus contenide Finlandia. Es la ob ra más traducida dos. No es exager a do afi r mar qu e mu · de la lit eratura finlandesa, con ver sio- ch a gente se informa a decuadam ente nes completas en casi cu arenta lenguas. sobre Finlandia sólo tras la in trodu cSu prim er impacto en el mundo de h a- ción efectuada por S ib eliu s y Kalevala bla inglesa tuvo lugar muy pronto, en en la sala de con ciertos. E s ta r elaci ón 1855, por m edio de H. G. Lon gfell ow, s imbólica entre el poema épico v el que conoció la epop eya finland es a en país, es , por ta nto, o t ra face ta m ás traducción alem ana. La versificación de la fu sión existente entre 10 nac iode su Hiawatha es un a floja imitación nal y lo internacional p er seguid a, susdel tetrámetro Kalevala; la obra d e cinta m ente y a vario s niveles , por KaLongfellow contiene, asimismo, vario levala. temas con rem ini scencias d l Knl eva/a. Al cumplirse los cie nto ci ncuenta La primera tra ducción dcl Kal evala años de la publicación de Kal evala en publicada por John Martin Crawford 1985, mucho s países rind ieron hom e· en Nueva York, no apareció h asta 1888, na je a la misma, dando a conocer la despertando un gran interés entre los epopeya fin land esa a las nu eva s ge nera c ione s . Arti s ta s, escr ito res, mllsi cos especia li stas de las religion e el e los e i nves ti gado rcs con trib uye ro n a hacer pueblos primitivos . En España, la primera tradu cción patente la dedi cación qu e en dos c<'Im · del Kalevala al castellano data del año pos fundamentales, Kal evala y la autén1944. Fue el dramahlrgo y poeta Ale- tica tradición popular, Kal evala y las jandro Casona quien reali zó una ver- artes, vienen reali zando para la proyec· sión ab reviada y modifica da en prosa, ción de esta obra. T raducc ión del inglés: Ana Pérez Humanes.


Manuscrito de Elias Uinnrot Foto : Antonin Hal as.

KALEVALA: SUMARIO Poema 1. Tras un preámbulo, el bardo procede a re latar có mo la Virgen del Aire descendió hasta el mar, fue za ra nd eada por los vientos y las o las, modeló la tierra y di o a luz a l héroe Vainamüillen. qut: nada hasta la ori lla. Poema 2. Vainamoinen limpi a la tierra y siembra cebada. Poema 3. El lapón Ioukahainen pretende rivaliza r en canto con Vainamoinen, pero éste lo arroja a una ciénaga, ar rancándo le la promesa de ent regarle a su hermana Aino, tras lo cua l lo libera. dejándole regresar, desco nce rtado. a su tierra. Pero Aino se aflige terriblemente ante la idea de se r ob li gada a casarse con un anciano. Poema 4. Vainamoinen hace el a mor a A in o en e l bosque. pero ella reg resa a

su tierra llena de dolor y rabia, y al emprender un nuevo camino, se a hoga mientras intentaba alcanzar nada ndo a una ninfa en un lago. Su madre la ll o ra inconsolablemente. Poema 5. Vainamoinen pesca a Aino en forma de salmón, pe ro se le escapa y su madre le aconseja que busque esposa en Pohjola, el País del Norte, a veces identificado con Laponia, aunque aparentemente situado todavía más al norte. Poema 6. Mientras Váinamoinen cabalga sobre las aguas en su corcel mágico, Ioukaba inen dispara a los flancos del caballo. Váinamoinen cae al agua y es arrastrado por una tempestad, mientras Ioukabainen regresa junto a su madre, que le re prende por disparar al cantor.


KALEVALA : SUMARIO

Poema 7. Vai na moi nen es tra nsportado por un águila a la región del Cast illo de Pohj o la, donde la dueña del castillo, Louh i, lo recibe hosp itala ri amente, y le of reec a su bell a hij a si fo rj a para ella el sampo. E l contesta que no puede hace rl o él mismo, pero q ue enviará pa ra realiza r la tarea a su he rmano lI marinen, y Louhi le da un trineo para que pueda reg resa r a su tierra. Poema 8. Va ina moinen encuentra, en su viaje, a la hij a de Louhi sentada en un tejido de arco iris, y le decla ra su amor. Al intent ar cump lir las ta reas que ell a le impone, se hi ere gravemente, ma rchá nd ose en busca de un a ncia no que le p romete restañ ar la herid a. Poema 9. E l a ncia no cura a Va inamoi nen, que le narra al ti empo el ori gen del hier ro , le pone un un güento en sus heridas.

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Poema 17. Salta a la ga rganta del gigante muert o. Antero Vipunen, y lo obliga a co ntarle toda su sabidu ría. Poema 18. V¡lina moinen e llma rinen viajan a Pohjola , uno po r mar y el otro por ti erra, poniéndose de acuerd o para que la do ncell a el ija entre los dos. Ell a prefiere a Ilmarinen. Poema 19.

La do ncella ayuda a rea liza r a II ma rincn todas las ta reas encomendadas po r Louhi .

Poema 21. En Pohjo la. es sac rificado un enorme buey para la fies ta nu pcial, después de lo cual la cerveza es elabo rada po r Osmotar, «la más bella hi ja de Kaleva». Todo el mund o es in vitado, exce pto Lemm inka inen. a l que se posterga por ser pe ndenciero y ma l educad o. Poema 2 1. La rece pción de invitad os. Canció n nu pcial de Va ina moinen . Poema 22. La novia se prepara pa ra el viaje. llena de presentimient os. Los invitados la confo rta n.

P oema JO. Va ina moinen reg resa a su tierra, y co mo Ilma rin en se ni ega a ir a Pohj ola pa ra fo rj a r el sampo, p rovoca un to rbellino que lo a rrastra hasta el castill o. Ilma rinen fo rj a el sampo, pero la doncella se ni ega entonces a casa rse con él, y regresa a su tierra desco nsolado.

Poem a 24. Co nsejo para jóve nes es posos, e histo ri a del mendi go. llmarinen lleva la nov ia a su ti erra.

Poema 11 . las primeras ave nturas de Lemmin ka in en. Se lleva a la bell a K yllikki Y se casa co n ell a.

Pocma 25. F iesta en casa de ll ma rinen. Segu nd a ca nció n de Va ina mo inen, que reg resa a su pro pi a ti erra.

Poema 12. Se pelea co n ella y parte hacia Pohj o la.

Poema 26. LCr.1m inka inen, furioso por no haber sido in vitado a la boda de Il mari nen y la hi ja de Louhi , via ja al cast illo de Pohjola.

P oema 13. Corteja a la hij a de Louhi. Louhi le impone la ta rea de captura r el alce de H iisi. Poema 14. Captura el A lce, pero es ases inado, arrojad o a l rí o de Tuoni , el di os de la muerte, y co rtado en pedazos. Poema 15. Pero es rescatado y resucitado po r su madre. Poema 16. Va ina mo inen se la menta de haber renunciado a la hij a de L ouhi en favor de Ilma rinen, y comienza a construir un barcO, aunque no puede termina rlo mientras no p osea el conocimiento de tres palabras mági cas, que en va no busca en Tuonela, el reino de la muerte.

Poema 23. Co nsejo pa ra jóvenes esposas, y la histo ri a de la mendi ga.

Poema 27 . E ntra en el castill o por la fuerza y ases in a a l Hi jo del N o rte. Poema 28. H uye nd o de la bruj a Louhi y de sus part idarios, busca refugio en su madre, q ue 10 diri je a la Isla de las M ujeres. Poema 29. Obli gado a huir de la Isla de las M ujeres, regresa a su tierra, d onde descubre qu e su casa ha sido ince ndi ada por invasores de Pohjola. Si n emba rgo su madre sobrev ive. Poema 30. Lemmin ka inen y su comp añe ro, Tiera, pa rten pa ra lucha r co ntra Pohj ola pero son derrotados por el hi elo.


KALEVALA: SUMARIO

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Poema 31. Lucha fraternal entre Untamo y Kalervo; Untamo vende como esclavo al hijo de Kalervo, Kullervo. Poema 32. KuUervo guarda el ganado de su amo I!marinen, cuya esposa le juega una mala pasada. Poema 33. En venganza la mata. Poema 34. Regresa a casa de sus padres, que le dicen que su hermana ha muerto. Poema 35. Encuentra y seduce a una muchacha en el bosque, ambos descubren , demasiado tarde, que ella es la hermana «perdida» de Kullervo; la muchacha se suicida. Poema 36. Kullervo invade y asola las tierras de su enemigo Untamo, pero más tarde, al encontrar su propia tierra arruinada, se suicida. Poema 37. llmarinen llora la muerte de su esposa, luego se forja una esposa de oro y plata, sin que esto le consuele. Poema 38. Ilmarinen corteja a la segunda hija de Louhi, Señora del Norte. Pero su nueva esposa lo irrita de tal manera que él la convierte en una gaviota. Le cuenta a Vainam6inen sus amores desgraciados, y acerca del sampo mágico, tesoro de Pohjola. Poema 39. Vainam6inen e Ilmarinen parten hacia Pohjola, con el fin de robar el sampo. A ellos se une Lemminkainen. Poema 40. Los tres paladines cogen un enorme lucio, con cu yas mandíbulas Váinam6inen fabrica un arpa «kantele) que nadie puede tocar,

regreso con el sampo, son sorprendidos por una tormenta provocada por Louhi, durante la que el kanteJe se cae por la borda. Poema 43. Louhi los persigue en una galera y se produce una batalla entre las fuerzas de Kalevala y Pohjola, en el transcurso de la cual se rompe el sampo. Louhi se retira derrotada con un pequeño fragmento del mismo. Vainam6inen recoge y recompone los otros fragmentos. Poema 44. Vainam6inen al no poder recuperar su kantele de espinas de lucio, hace uno nuevo de maderas de abedul. Poema 45. Las maldiciones de la bruj a Louhi provocan la peste en la tierra de Kalevala, pero Vainam6inen la conjura con sus drogas. Poema 46. Vainam6inen mata al oso enviado por Louhi para hostigar el ganado de Kalevala. En la subsiguiente fiesta que se celebra con la carne del oso, Vainam6inen acompaña las canciones que festejan al oso, Poema 47. - - - que por su dulzura hacen que la luna y el sol bajen del cielo. Louhi los captura y oculta y apaga todos los fuegos de Kalevala. Pero Ukko, el creador, enciende el fuego para un nuevo sol y una nueva luna. Vainam6inen e Ilmarinen parten en busca del nuevo fuego. Poema 48. Después de conseguir que el fuego no se apague, éste está a punto de escapárseles y provoca una gran conflagración; pero al final es contenido y llevado a Kalevala.

Poema 41. - -- salvo Vainam6inen, que produce una música tal que todos los seres vivos se acercan a él y le rodean para escucharla.

Poema 49. I!marinen fabrica un nuevo sol y una nueva luna, pero no brillarán. Va a Pohjola y obliga a Louhi a liberar al viejo sol y a la vieja luna.

Poema 42. Una vez llegados al castillo de Pohjola, los tres paladines retan a Louhi. Ella recurre a sus partidarios, pero Vainam6inen los hechiza y los duerme con el kantele de espinas de lucio. De

Poema 50. La inmacul ada concepción de la Virgen Marjatta. Su hijo, bautizado y aclamado Rey de Carelia. Vainam6inen, parte de Kalevala, legando sus canciones y su música al pueblo.

Según W. F . Kirby. Kalevala. La Tierra de los Héroes. Primera Edición, 1907. (London. D ent). Traducción: Ana Pérez Humanes.


KALEVALA

CANTO XXXVII -Fragmento final-

Soplaron los asalariados con toda su alma hasta extenuarse, sin ponerse en las manos guantes, sin protegerse con capucha; el propio herrero avivó el fuego para hacer una imagen de oro, forjar una mujer de plata . Cuando soplaban los obreros ya sin aliento, el propio Ilmari sopló una vez el fuelle, dos, y a la' tercera se asomó al fo ndo del hogar, al borde del crisol para comprobar lo que del horno surgiría. Una mujer con trenzas de oro, cabeza de plata y un cuerpo sin parangón salió d el horno. Todos quedáronse asustados, pero no Ilmari el forja dor. El herrero martilleó noche y dí-a la imagen de oro, y le forjó piernas y b razos, pero eran piernas que no andaban, brazos que no abrazaban eran . De modo igual le puso orejas, unas orejas que no oían; forjóle una perfecta boca, así como brillantes ojos, pero aquélla no hablaba y éstos ningún dulzor manifestaban. El h errero Ilmarinen dijo: «¡Qué adorable muj er sería si tuviera espíritu, lengua! »


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KALEVALA

Más tarde trasladó la estatua tras una tenue cortina, sobre mullidos almohadones, en cama recamada en seda, y él mismo preparó la sauna, un tibio baño, caldeado con perfumados, suaves bálsamos; él mismo hizo blandos ramos, llevó tres cubos llenos de agua para el pinzón, para que el lindo pajarillo las limaduras de oro del cuerpo se limpiara. Ilmarinen se lavó el suyo con todo esmero y se tendió después al lado de la estatua, detrás de la delgada tela. Llegó la noche e Ilmarinen se proveyó de varias mantas, sumióse bajo pieles ,de oso para yacer junto a su esposa, al lado de la imagen de oro. El lado que tapado ,e staba tenía calor, pero el otro, el que rozaba a la mujer tallada en oro estaba frío cual hielo de la mar, a punto de convertirse ,e n dura piedra. Entonces Ilmarinen dijo: «No es la mujer que yo deseo; voy a llevármela a VainoHi. y r egalarla a Vainamoinen para que sea su eterna esposa, una paloma entre sus brazos.» Se dirigió pue s a VainoHi., y allí expr,e sóse como sigue: «Oh, justo y viejo Vainamoinen, esta muchacha es para ti, una mujer de gran presencia que apenas habla, casi nunca mueve los labios la doncella. » El justo y viejo Vainamoinen la imagen contempló despacio,


CANTO XXXVII

Frescos de Akseli Gallen-Kallela en el techo del Museo Nacional. Foto: KuvamiehetjAntonin Halas

recorrió el oro con la vista, y luego dijo lo siguiente: «¿Por qué me ofreces -e ste objeto, esta dorada y rara imagen? » Ilmarinen le contestó: «¿Cómo preguntas que por qué? Por tu bien, para que ella sea tu esposa eterna, una paloma perpetuamente entre tus brazos.»

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KALEVALA El viejo Vainamoinen dijo: «Ilmarinen, querido hermano, echa a la joven a las llamas para forjar otros objetos o, si te place, llévala a tierras rusas o germanas, donde se la disputarán los potentados, los más ricos; no es esta imagen de mi raza, no es mi propósito casarme con una moza hecha de oro, con una novia hecha de plata.» y dirigiéndose a los jóvenes, aconsejóles Vainamoinen que seducir no se dejaran por el oro ni se inclinaran ante la plata, así diciéndoles: «Chicos que vais para mayores, aunque viváis con desahogo o aunque os acucie la pobreza, nunca jamás en esta vida, mientras la luna de oro brille, se os ocurra contraer nupcias con una moza de oro o plata, puesto que ,e l oro exhala frío y de la plata sale escarcha.» (Edición de Joaquín Fernández y Ursula Ojanen) Editora Nacional, J985


ELlAS LONNROT

Elias Lónnrot, creador del Kalevala nació en Sammatti al sur de Finlandia el 9 de abril de 1802 y murió en la misma parroquia el 19 de marzo de 1884. Se graduó en filosofía en la primavera de 1827. Cursaría Lónnrot sus estudios de medicina, logrando su doctorado en 1832. En el otoño de 1832 fu e nombrado médico de Oulu y en 1833 sería médico comarcal en Kajaani. En 1853 Lónnrot fue nombrado sucesor de M. A. Cas-

trén, pasando a ser profesor de lengua finesa en la Universidad de Helsinki . En 1862 se retiró de dicho cargo pasando los restantes veinte años de su vida en su parroquia natal de Sammatti, dedicado activamente a la erudición y a diversos trabajos literarios. Entre 1828 y 1844 Lónnrot realizó once largos viajes con el fin de recopi lar poesía por el Este de Finlandia y especialmente en el Este de Carelia; también fue a Estonia e Ingria.

Algunas publicaciones:

De Vliinamoinen, priscorum fennorum numine. (Sobre Vainamoinen, una divinidad de los antiguos finlandeses), 1827 Om finnarnes magiska medicino (Sobre la medicina mágica de los finlandeses), 1832. Kantele taikka Suomen kansan seka Vanhoja ett'.i Nykyisempia Runoja ja Lauluja. (El Kantele o los antiguos y más recientes poemas y canciones del pueblo finlandés). I-TI 1829, m 1830, IV 183!. Suomen Kansan Arvoituksia. pueblo finlandés) , 1833.

(Refranes del

Kalevala taikka Vanhoja karjaJan Runoja Suomen kansan muinaisista ajoista. (El Kalevala o los antiguos poemas careli anos de los primeros tiempos del pueblo finlandés) , 1835.

Kalevala, 2." Edición. (El denominado Nuevo Kalevala, 1849). Oro det Nord-Tschudiska sp';ket. (Sobre la lengu a Chudish del Norte) , 1853. (Tesis inaugural para la cátedra de Finés). Kahdeksankymmentli ja kuusi virtHi. (Oc hent a y seis himnos) , 1867. Suomalais-ruotsalainen sanakirja. (Diccionario finosueco) , 14 fascícu los 1867-80. (Comprendiendo más de 200.000 palabras). Elias LOnnrotin matkat. (Los viajes de Elias Lonnrot) , I-Il, 1902. (Publicado en el centenario de su nacimiento; recogido de sus re· latos de viajes, cartas, diarios y otras notas). Alku-Kalevala. (El Proto-Kalevala), 1928. Elias LOnnrots svenska skrifter. (Las obras sue· cas de Elias Uinnrot) I-Il, 1908-11. (Trad ucció n del inglés: Ana Pérez Humanes.)


EL DUELO DE LOS MAGOS *

JOAQUÍN FERNÁNDEZ

Hasta las nebulosas tierras del Norte, en la lejana y helada Laponia, llegó cierto día la noticia de que mucho más al sur, en la templada y fértil Ka'ievala, la voz poderosa de un famoso bardo inundaba bosques y prados, se alzaba sobre las fragorosas olas del mar, resonaba en las profundidades de los lagos, y se elevaba hasta los cielos primaverales. Se decía que las melodiosas canciones . del bardo, ricas en ensalmos, rimadas en misteriosas estrofas incomprensibles, revelaban los antiguos saberes, explicaban, a quienes supieran entederlas, los orígenes remotos de las cosas. El rumor, corriendo de aldea en aldea, de boca en boca, llegó hasta el joven Joukahainen, el esbelto hijo de Laponia, veloz en el tr,ineo, certero en la flecha, impaciente con la espada. Alardeaba Joukahainen de conocer y entonar mejor que nadie viejos conjuros, arcanos cantos generadores de prodigios, que su propio padre le había transmitido. T'emiendo que su prestigio, muy arra,igado en la comarca, se viera disminuido, el joven lapón preg untó en granjas y chozas y pueblos y caminos. Todas las indicaciones señalaron al sur, a Kalevala. Todos los labios se entreabrieron para pronunciar un solo nombre : Vainamoinen. Ciego de c61era y de envidia, J oukahainen dispuso el trineo de gala, enjaezó su caballo, bruñó su casco, templó su espada, y, tomando arco y flechas, anunció a sus anoianos padres su propósito de partir al encuentro de Vainamoinen. - Voy a retar al viejo brujo. Yo le enseñaré quién de los dos canta las mej ores canciones, quién salmodia mejor los profundos conjuros ---'les dijo. Los ancianos quisieron disuadirle. - Hijo, no vayas a la tierra de los brujos - le rogó la temblorosa madre-o Evita a las malas gentes de Kalevala. Te hechizarán. Hundirán tu cuerpo en la nieve. Te convertirán en hi elo para siempre. - Canciones me enseñó mi padre, ensalmos heredé de los abuelos para hechizar a quien quisiera hechizarme. Y a quien quiera convertirme en hielo, yo me adela nta ré a convertirlo en piedra. y antes de que la buena madre pudiera rean udar sus súplicas, ya el ardoroso joven había saltado a su trineo dorado, y fusti gado a su caballo con látigo de perlas. •

(Del libro de prox lma apanclOn Allá donde la Luna de Oro, ve rsión libre y en prosa del Kalcvala. de Elias Lónnrot).


JOAQUIN FERNANDEZ

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Tres días, horas incontables duró el viaje de Joukabainen, durante el cual nadie pudo darle noticias seguras de V¡ünamoinen, a unque todas las cabezas se incünaron con respeto al pronunciar su nombre, y muchas puertas y ventanas e cerraron Pero el varón prudente, el bardo mágico, no se ball aba muy lejos. Seguía Vainamoinen en su tri neo un helado camino, la vista puesta en el profundo bosque tras el. cual declin aba el sol lloroso, cua nd o, en un recodo. se le vino enoima un rápid o trineo . F rena ron los caballos sudorosos, sólo separados por los alientos; saltaron chi spas de los timones; se hi cieron una las lumbres de los ojos. -¿A dó nde va quien tanto co rre? --exclamó Vainamoinen- . Extra njero d ~ bes de ser, muchacho, que tan ma l conoces los peligros del cami no. - Soy J o ukahainen, el, 'lapón, y vengo de notable familia. Famosas son mis canciones, milagrosos mis ensalmos. ¿Y tú quién eres que con tanta a ltivez me tratas? - Pregú ntales al leñad or en el bosque, al labrador en el surco, a l marino en el escollo, al pescad o r en el lago, al mozo en la cuadra, a la doncella en la sala, al mendigo en el zaguán. Ellos te dirán quién soy. O pregúntales, si quieres, al cuclillo sobre el abedul, o a l abed ul bajo el cuclillo. También ellos me conocen. Y a hora, joven, apá rtate del camino de quien t~ excede en edad y en prudencia. - No haré tal - replicó J oukahain en empuñando el látigo de perlas- si no accedes a escuchar algunas d e las muchas cosas que encierra mi sab iduría. - Adelante -<:lijo Vainamoinen-. Sepamos tus conocimientos. Con voz campanuda y modales petulantes, desenhebró el joven lapón por su boca una sarta de vulgaridades, y habría seguido devanando vana palabrería hasta que la luna subiera a su trono, si no fuera porque Vainamoinen le interrumpió. -Las cosas que tú sabes las sa be el mozo imberbe, o la muchachita con trenzas, o la a ldeana zafia y desocupada. Dim e, ap rendiz de brujo, ¿qué sabes tú de las palabras primeras?, ¿q ué sabes de las ca usas profund as?, ¿qué de los remotos orígenes? J o uka hainen enrojeció hasta la uni ón de la frent e con el casco do rado. Se mesó la negra perilla con mano nervi osa, y tropezando con las palabras d·ijo: - Has de saber, intruso entre los magos, descarado impostor, que yo estuve presente cuando eL océano, revolvi éndose, excavó abismos profun:! os, cuevas insondables, monta ñas bajo los ma res, a rrecifes sobre las o las. Yo estaba presente c uando la masa info rme, g.irando, empezó a configurar la tierra , sus llanuras y valles, sus bosques y campos. Yo estaba presente, junto a lin os pocos héroes elegidos, cuando empezaron a alzarse las columnas del firmamento, y se formó la bóveda celeste, y eL sol, la luna y las estrellas acudieron ordenadamente a ocupar sus sitios. Yo estaba presente cuando ... - Ya está bi en de burdas mentiras, jovenzuelo - sonrió Vainar.lO inen sin alterarse- o No profanes más con tus burdas palabras el océano que vela la paz dé los tri stes, la ti erra que da blando asiento a los pies fatigados. el sol que presta abrigo a los que no tienen lumbre ¡Vamos, sal ya de mi camino! - No pareces corto en palabras, viejo baboso - gruñó entre dientes J o ukahainen- . Despleguemos, pues, nuestros más hermosos cantos, y namos quién vence a quién, con la palabra ... o con la espada si lo prefieres. Vainamoinen miró a Joukahainen en silencio. -¿ Vas a quitarte ya de delante, insolente moza lbete? E l joven lapón le sostuvo la mirada, desafiante.


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- Empieza a cantar, te digo, si no quieres que te convierta en uno de los que hozan con bajo hocico y te atraviese con mi espada. Cantó el varón prudente, el bardo eterno. Las olas del lago se encresparon. Vibraron los montes de cobre. Se agitó el bosque como si lo barriera un vendaval. Se resquebrajó el hielo en la llanura. y V¡ünamoinen hechizó a Joukahainen. El hombre de Kalevala, cantando sin cesar, modulando las arcaicas palabras, los primitivos sorti1egios, fue hundiendo al lapón en el pantano, primero hasta los tobillos, Luego hasta -las rodillas, luego hasta los sobacos, f.inalmente hasta la barbilla. Se debatió Joukahainen por salir del fango, pero no pudo: su botas eran de piedra. - Gran Vainamoinen, mago eterno -dijo angustiado, tragando espesa agua al hablar-, renuncia ya a tus sortilegios. Libérame de 'este suplicio, te lo ruego, y te daré a cambio espléndidos regalos. - ¡,Cuáles serán estos regalos, mozo imberbe? - Dos magnificas ballestas. - Penden a docenas de las paredes de mi casa. Di otra cosa, muchachito. - Dos hermosas barcas veleras. - Una flota entera recorre las riberas de mis mares. Di otra cosa. - Dos caballos que son la envidia de mis vecinos. - Llenan los míos una cuadra entera. Di otra cosa. - Te ofrezco un casco de plata lleno de piezas de oro ... o mejor un casco de oro repleto de piezas de plata. - Quieres confundirme con tus juegos de palabras, truhán . De oro es la Luna, de plata el Sol. Oro y plata rebosan en mis arcas. Di otra cosa. - Mis trigales, mis campos .. . - No sigas. Voy a hundi,rte en el fondo del pantano; allí los torpes peces que se arrastran sin cola podrán oír complacidos tus estúpidos cantos. - Apiádate de mí, cantor ilustre. En verdad que tú eres Vainamoinen, mago de los magos. Espera - pudo decir Joukahainen, echando burbujas por boca y nariz- o Te ofrezco a mi querida hermana Aino, la doncella más hermosa de la a'ldea. Alegróse Vainamoinen pensando que una bella moza calentaría su lecho, cocería su pan y, algún día, iluminaría su sombría vejez. Luego, subiéndose a la roca de la Alegría, cantó hasta tres veces para que el encantado J oukahainen saliera del panta no. Desde lo alto de la roca vio al joven lapón, vestido de Iodos y hojas viscosas, arrastrarse hasta el trineo desvencijado, fusti gar al penco huesudo con una endeble rama, y perderse, difuso, la nuca rencorosa, al final del camino hel ado, entre las sombras encorvadas de 'los vencidos.


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EL LIBRO EN FINLANDIA GOZA DE BUENA SALUD M ATTI R INNE


En Finlanda las librerías hacen promoción de los autores. Anna-Leena Hark6nen (n. 1965) firma su novela Bliriintappoase (El estoque), que ha aparecido ya traducida al sueco. Foto: Akateeminen kirjakauppa.

El acto durante el cual se otorga el mayor premio literario del país, el ·"Premio Finlandia», es un gran acontecimiento nacional. El acto en cuestión ha rebasado sus límites, desembocando en lo caótico: un ejército de fotógrafos asedia al galardonado, los periodistas radiofónicos de las distintas emisoras forcejean entre ellos para conseguir la primera entrevista, los operadores de TV hacen ruido con sus cámaras y los focos luminosos elevan la temperatura a grados de sauna. Se halla presente, como es natural, la flor y na ta de la literatura en su totalidad. El nombre del galardonado debería ser un secreto celosamente guardado hasta el momento mismo del fallo, pero los periodistas más perspicaces le persiguen ya desde por la mañana observando cómo se prepara para el gran acontecimiento. Los más tenaces siguen sus huellas en las altas horas de la noohe hasta la últim a

copa de ohampán. Y los periódicos <;e llenan de artícu los de perfiles biográficos, de entrevistas especiales, y también de trabajos donde se analiza seriamente la obra del premiado. El Premio ,F inlandia está envuelto en un cierto aire de concurso. Una comisión seleccionadora elige diez candidatos y el jurado del premio resalta a uno de ellos sobre los demás. Esta modalidad ha heoho del premio una especie de campeonato de la literatura finlandesa, y, corno es sabido, el pueb lo finlandés ama los campeonatos. Por otro lado la desmesurada popularidad que el Premio Finlandia ha obtenido, refleja la amplia aceptación de la literatura en el país. La tradición cuL tural es fuertemente literaria y a los escritores se les sigue considerando corno magos y sabios cuya palabra se escucha en ternas tan diversos corno, por ejemplo, el problema del paro, la


EL LIBRO EN FINLANDIA GOZA DE BUENA SALUD

moda de sombreros de verano, o las posibilidades de Finlandia en el concurso de Eurovisión. 'El escritor es indiscutiblemente una celebridad pública. Contemplado desde fuera podría decirse que al escritor le va bien la vida, a condición de que no se sienta fatigado por formar parte de la rueda de la publicidad que le rodea. La literatura misma tampoco tiene por qué estar preocupada. En el concierto internacional se ha manifestado continuamente que los finJandeses son unos grandes consumidores de literatura. Proporcionalmente en Finlandia se produce y traduce literatura casi a esca la de marca mundial; la biblioteca es tá muy desarrollada; las cifras de préstamo de libros, que están en alza en estos momentos, son de vei nte obras por per_ sona al año, etcétera. De todo ello nos sentimos muy orgullosos. Hace un par de años los escritores empezaron a hablar d e la crisis del libro. La producción editorial quedó estancada. Por número d e ejemplares se estableció en unos treinta millones, de los cuales menos de la mitad eran libros de enseñanza; no se p ercibía aún una caída, pero como es sabido los empresarios siempre exigen crecimiento. Ultimamente ya no se oye hablar de la crisis de l libro (o de las editoras). Los dos o tres últimos años han demostrado que el libro ha resistido y aún se podría decir qu e ha fortalecido su s posiciones. Los datos previos de las ventas de 1986 demuestran que hay un crecimiento de un 5 por 100 en cuanto a los ingresos por ventas. Como una característica nueva en el mercado del libro puede señalarse también una rápida generalización de los libros de bolsillo. En un país pequeño como Finlandia los libros de bosillo no tienen las mismas posibilidades naturales que en los países más grandes. Las tiradas son relativamente modestas y el precio, por tanto, no puede rebajarse a un nivel que lo haga atractivo para el comprador. Además, el respeto

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del finlandés por el libro se d mue tra por el hecho de que aspire a una calidad de encuadernación que le permita colocarlo en un lugar de honor en su casa. Actualmente parece existir una tendencia a un cambio de actitud: las editoriales más importantes han introducido en el mercado sus propias eries de bolsillo, que han sido bien acogidas. Exteriormente todo se halla, pues, moderadamente bien, incluso la ubsistencia de lo s e critores. Aunque es verdad que los ingre os de los autores sólo alcanzan a asegu rar unas cantidades aceptables sólo para una pequeña parte del grem io , un sistema de becas mejora sin embargo la ituación. El Estado otorga anualmente una con iderable cantidad de becas de uno, dos y cinco años, y a partir de esta década también de quince años destina das a art istas, y como es natural también a escri tores. Una importante fuente de ingresos para los escritores se obtiene también a través de un canon por su s libros existentes en las bibliotecas, ,el cual no está relacionado con el número de préstamos sino más bi en con la calidad de l autor. Ya es hora de preguntarse qué tipo de literatura se produce en estas circunstancias. Tradicionalmen te Fi n landia ha sido un país de prosa larga y minuciosa, lo cual se sigue produciendo. Una de las peculiaridades de la literatura finlandesa es Kalle Paatalo, que con gran minuciosidad etnográfica describe el transcurso de su p ropia vida, tal como fue para la mayoría de los fin landeses hace un a generación : la vida de un pequeño agricultor y leña_ dor con sus carencias. Paatalo publica anualmente una gruesa novela-ladri llo cuya v,e nta no baja de los cien mil e iem pIares, cifra enormem ente grande en nuestro país. También por otro lado la literatura finlandesa ha estado particularm~nte orientada a aspectos sociales y sociológicos, anclada en el pasado cer-


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MATTI R'ININE

cano, habiendo contribuido a edificar la identidad nacional. La Segunda Guerra mundial fue una dura prueba de la que todavía nuestra literatura no ha podido despojarse. DeSipués de la guerra muchos combatientes e inmigrantes de los territorios cedidos fu eron reinsertados dándoles tierras p.ara cultivar y construir. Muy pronto, sin embargo, empezó a desarrollarse la industria y se inició una gran corriente de emigración del campo a la ciudad, que en muchos casos se tradujo en una em igración fuera del país: cientos de miles de finlandeses se trasladaron especialmente a Suecia con la esp eranza de mejores condiciones de vida. Estas circunstancias han sido ampliamente tratadas en nuestra más reciente literatura, y en muchos casos con una visión muy acertada. CuaIlldo la .literatura finlandesa alcanzó su punto de madurez, obtuvo los mayores e logios en los círculos internacionales por su apego a la naturaleza y por su fuerza primaria. La Finlandia ,de hoyes un país de un alto nivel de vida, muy industrializado y urbanizado. Su situ ación política es es table, siendo su mayor problema el índice de paro d el 6 por 100. La vida del país en los últimos años está exenta de un gran dramatismo, pareciendo a veces que la liter.atura se halla perpleja en esta nuev.a si,tuación. Los temas antiguos ya han si do tratados hasta el límite, dando la sensación de que en estos momentos carecen de interés, y los nu evos temas no están clarificados todavía. Nu es tra literatura nunca ha sido muy experimental , habiendo preferido apoyarse en nuestra propia realidad. Lo característico en el a ño 1986, por lo que a la literatura se refiere, h a ido la prosa b reve. Se podría enum erar sin dificultad más de diez colecciones de cuentos o novelas cortas que soportarían las más duras críticas . Es indudable que existe talento li terario , pero por lo que a su contenido se refiere serí.a inútil tratar de empaqu etar jun-

tas estas obras, pues tampoco hay en ellas nada tan innovador o sorprenden_ te como para causar sensación. Hace unos cuantos años empezó a crecer en nuestra literatura una duda sO'bre la justicia social, comenzado a disminuir la confianza en el hombre y 'e n el humanismo. La maldad levantó su ,cabeza sobre nuestra literatura, haciéndose visible t.anto en las estru cturas sociales como en el hombre mismo, arparecieron personajes que carecían de ataduras morales. La forma de d escripción no era valorativa. El año pasado esta ol.a par,e cía haber perdido fue rza, pero no había desarparecido; en cambio parecía haber aumentado la angustia. En mu_ chas obras se describió especialmente la angustia de los hombres de med iana edad, su malestar espiritual dentro de un marco de bienestar material. Al mismo tiempo la temática de nuestra literatura se ha ul1banizado y hasta internacionalizado. El pueblo campesino ha sido dejado atrás. Naturalmente queda por saber lo que va a significar la renuncia a una prosa agraria larga y lenta. Sin embargo es evidente que la prosa finlandesa está atravesaIlldo una ruptura que no es especialmente dramática, pero tal vez muy profunda. Sin embargo no ha renunciado a una cosa: su cer·cana relación con la naturaleza. Los finlandeses son tan jóvenes como pueblo urbano que el bosque, las praderas, el campo, el canto de los pájaros son para ellos una realidad más familiar que las canes, las plazas, los altos edificios. Esto se revela con más claridad en la poesía. He aquí un ejemplo: un.a de las obras poéticas más significativas del año ¡pasado es Matkalla niityn y li. CA través de la pradera), de Lassi Nummi. Es un extenso poemario en el que verdaderamente se atraviesa una misma y única pradera. En él se incluye todo el amplio y variado espectro de la vida. Retrocederemos otra vez al Premio Finlandia, aun a riesgo de que su im-


EL LIBRO EN FINLANDIA GOZA DE BUENA SALUD

portancia en la vida literaria resulte sobrevalorada. Naturalmente hay que recordar que es sólo uno entre los muchos acontecimientos literarios, sólo uno entre los varios que producen un alboroto en la literatura; sin embargo, el h echo de que reporte a su ganador 100.000 marcos lo convierte en una especie de premio gordo de la lotería. Como habíamos dicho fueron presentados diez candidatos al premio. De ellos, c os escriben en sueco y uno en lapón. La minoría fino sueca (que es sólo un 6 por 100 del total de cinco millones de habitantes de Finlandia) mantiene en su propia lengua una cultura de alto nivel que se halla en una pacífica y fructífera relación con la cultura en lengua finesa . Por tradición está internacionalmente orientada, y muchas veces con menos prejuicios que és ta. La literatura finos u eca atraviesa actualmente un a fase ,de gran ma-

'J I

durez. La inclusión de una novela escrita en lapón fu e más bien una rareza que, aunque positiva, no pasó de tal. La población lapona, de unos pocos miles de individuos, ha vivido culturalme n te som etid-a, pe ro su pretensiones d e lograr una id entidad propia, empiezan a dar resultado. El Premio Fin a ndia recayó en la poeta Si r kka Turkka, por su libro Tule takaisin, p ikku Sh eba (Vuelve, Sheba). De sus poemas se h a dicho qu e e n ellos se entrem ezclan la natural eza y la cultura , el presente y el pasad o. Construyen un mundo lleno de sorpresas y de evidencias imp er ios-as. Sirkka Turkka es una irreprim ibl e ima gina tiva, pero con un sentido absoluto de .Ja r ealidad; su voz es maje stuo sa y ti ern a ; su poem as so n tan capr ichosos como rigurosos, Están llenos de vida, y la muerte nunca está lejos d e ellos. Son visiones reales.

Traducción: U rsula Ojanen y Joaquín Fernández-!S

Libros seleccionados para el Premio Finlandia 1987. Foto: LehtikuvajAri Ojala.


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LA LITERATURA VISTA POR UN ESCRITOR

ASPECTOS DE LA LITERATURA FINLANDESA

VEDO MERI

La literatura finlandesa, tanto en lengua fines a como sueca, describ e las clases bajas de la sociedad : lo s camp esinos , los obreros y la baja clase m edia. También son originarios de estos estratos de la sociedad la mayor parte de los escritores. La lengua escrita no difiere demasiado de los dialectos. Esta literatura popular ·y social, tradicional, existe desde hace más de cien años y se sigue escribiendo. La prosa y la poesía moderna tienen más o m e-

nos la mi sma edad. Ciertamente, ya se h ab ían publicado en los años 1890 antologías de poesía m oderna; no se referían, no obstante, a la poesía en lengua finesa. La li teratura finlandesa moderna sólo vio el día hacia lo s años 1950. Sus maestros espirituales son, Baudela ire, Rimbaud, Apollinaire, y para la prosa, Flaubert. El modernismo llegó a Finlandia por mediación de Ezra Pound, de T. S . Eliot, de Hemingway y Faulkner.


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VEIJO MERI

El mercado de la prosa está dominado por los amplios frescos populares, realistas y naturalistas, y por los « bestsellers» históricos de Mika Waltari. Desde hace 40 años la crítica sólo dirige sus loas a la prosa moderna y también le otorga a ésta los premios literarios. Este dualismo se encuentra en todas las formas de arte. Los frescos populares ven ahora cómo la literatura ligera americana, a menudo violenta, que intenta ganar el interés del gran público, les hace la competencia. La literatura finlandesa de calidad tiene sin embargo una posición sólida. Como ha señalado un investigador americano, en los países escandinavos se aprecia excesivamente a los escritores nacionales, al contrario, por ejemplo, que en Bélgica o en Holanda. Esto se explica por la alta estima en que se tiene la literatura. El invierno nór. dico es largo y encierra a la gente en sus casas lejos de los demás, por lo que leen mucho y les gusta hacerlo. Hace trescientos años que todo el mundo sabe leer. A principios del siglo pasado, todo el mundo tenía una Biblia en lengua finesa. La obra de base de esta literatura Los siete hermanos de Aleksis Kivi es, por el ritmo de la lengua y por el contenido, bíblica, como Moby Dick de Melville. Entre los prosistas de estos últimos años, alguien como Hannu Salama, un escritor de Tampere, considerado como un hombre y un escritor muy inmoral, es un puritano y un moralista que predica con ardor, como los profetas del Antiguo Testamento, contra la indiferencia general, la suficiencia y elesgoísmo de los dirigentes. Está de lado de los pobres y de los débiles, y en contra de los fuertes, los dotados, los ricos y los guapos. Tan sólo desde los últimos años estos grupos han encontrado sus defensores y sus admiradores entre los escritores al perder la izquierda cada vez más poder en la vida económica y cultural del país. La guerra lingüística entre finófonos

y suecófonos, que dividió al país duo rante un siglo cesó en la Segunda Guerra Mundial y no se ha reanudado desde entonces. La poesía en lengua finesa moderna ha sido influida por la poesía modernista finlandesa ,e n lengua sueca, que también dio impulso 'a la literatura de Suecia en los años 20. Asimismo, la prosa finlandesa en lengua sueca ha sido influida estas últimas décadas por la prosa finesa muy desarrollada, siendo un elemento importante de la lite.. ratura nacional, aunque ya se dieran en el pasado prosistas importantes. En Finlandia coexisten hoy numerosas escuelas literarias, tanto tradicionales como modernas. La novela río ya no domina el mercado como lo hacía hace diez años. Se escriben muchos más relatos cortos y pequeñas novelas que antaño. El récord del mundo debe de estar en posesión del prosista a la antigua usanza Kalle Piüitalo, que ya escribió más de once mil páginas de su vida en forma novelada. Todos los años se publica un nuevo tomo de 600 páginas donde el autor avanza aproximadamente seis meses. El personaje principal pronto va a cumplir 30 años. Sólo le quedan otros 30 años más de vida. Paatalo es el escritor más leído de Finlandia. En un país de cinco mi. llones de habitantes, la primera tirada de estos libros es de cien mil ejem_ plares. En España, correspondería a una primera tirada de ochocientos mil. El sucesor de Mika Waltari será sin duda Antti Tuuri que tras haber sido durante quince años un escritor de prosa moderna se puso a escribir novelas picarescas, humorísticas y exuberantes, .describiendo la vida actual, escritas en primera persona como Waltari de manera alegre y con sentido de las proporciones. Entre los escritores en lengua sueca encontramos a Christer Kihlman y Johan Bargum, que hablan del mundo y de ellos mismos de manera severa, con mirada cortante y sin concesiones. El humor es la primera marca distintiva de la prosa en lengua


La nu eva sede principa l de la Biblioteca Municipa l de Helsinki fue ina ugurada a co mi enzos de 1987. Arquitecto: Kaa rl o Leppanen. Foto: Simo Ri sta.

fi n esa, pero no para la sueca: en ésta, es el pensami ento estricto. La mejor expresión del humor de la prosa finlandesa la hallamos en la nove la de Aleksis Kivi, Los siete h.ermanos y en su obra de teatro Zapat eros del campo. K.i vi ha leído sin descanso las obras de tea tro de Shakespeare y Don Qui jote, sobre todo de Shakespear e. En Kivi, el humor se h alla en la acción, en los monólogos de los personajes y en que el humor puede perfect amente h allarse en una obra al mi smo ti empo que lo trágico y lo lírico, y que pu ede encontrarse en toda la obra. La obra puede ser divertida en su conjunto y en sus detalles también, a p esar de qu e los p ersonaj es que se describen estén condenados a la destrucción, o que vivan en la mentira, o que sean demasiado débiles y es túp idos y

lleven una vi da si n sentido. El a mbiente de Char li e Ch aplin se encuentra ya en Don Quijot e y en Sha kespea r e. La crítica había asesi nado Los siete hermanos: no era nad a más que un a sátira y un a ob ra bl asfema sobre el pu eblo, la reli gión y las buena man eras burguesas fin landesas. Uno de los pocos defensores de Kivi reconocía que ].a ob ra era cruda y decía qu e estaba contento de que Ki vi no hubi ese leído a Rab elais y se hubiera vuelto aún m ás atrevi do. H aquí que de repente en lo s años 20 y 30 se publican do s novelas largas muy modernas por su forma: La caPí.ada de las malas h.iel'bas, de Joel Lehtonen, y En la sala de Alastalo, de Volter Kilpi. Son do s obras m aestras de la prosa finlandesa. Ambas son una descripción de un a colectividad , y en las dos novelas la acción se d esarro-


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V,8IJO M8RI

lla en un día. La cañada de las malas hierbas describe una gran .familia de la gente campesina pobre de Finlandia Oriental y una noche bena y clara de verano. En la novela de Volter Kilpi, un grupo de campesinos de la costa oeste, que con sus pequeños veleros transportan por mar mercancías a toda Europa, discuten en la sala de un rico granjero de la construcción en común de un nuevo barco. Cuando uno de los hombres se levanta para ir a coger de una estantería una larga pipa, este desplazamiento de algunos metros y la selección de la pipa se desarrolla en 50 páginas. Se dice a menudo que en este libro no pasa nada. Sin embargo, el año pasado un investigador sueco destacó que pasan muohas cosas apasionantes en las largas narraciones internas. Vemos Londres y los puertos de Alemania, y uno de los héroes desaparece durante años en el Mediterráneo yen el Atlántico, porque ha encontrado sin cesar flete que transportar y no tiene así tiempo de volver a su casa, hasta el día en que su barco está tan viejo y podrido que ya nadie se atreve a transportar e n él sus mer,can cías. El propietario del barco había d ado éste como perdido desde hacía tiempo , cuando ve aparecer el capitán del b arco que le r inde cuentas precisas y esparce una bolsa de cuero con dinero de difere ntes países, tanto diner o que hasta el mismo suelo queda recubi erto . Ninguno de los dos escritores, ni Lehton en, ni Kilpi, h abían leído el Ulis es de J ay ce y no sab ían nada de éste. La cañada de las malas hierbas de Lehtonen se publicó antes. Una escritora Maria J otuni, escribió igu almente una novela que se desarrollaba en un día en los años 10. Relata un día de verano en una gran granja de Finlandia Oriental, los interminables preparativos de la boda de la hija de la casa y la tragedia que acontece cuando una sirvienta se acu esta con

un criado al cual aborrece, después de haber visto el criado al que ama reconocer como suyo un niño nacido de otra sirvienta. Este libro de Jotuni, V ida cotidiana tiene sólo cien páginas, pero contiene la vida misma, como es tarea de la literatura hacerlo: describir toda la vida y el mundo entero. Ohejov dijo: lo que n ecesitamos no es Finlandia, o Escandinavia o Europa, es el mundo entero. Al final de los años 30, Sillanp¡üi, que iba a r ecibir el premio Nobel de literatura, publicó una novela lírica que cuenta los acontecimientos de una noche de verano. Esta novela marcaba el final de una tradición novelesca donde el tiempo quedaba eliminado del libro. Después de esto llegaron las crónicas, las novelas cronológicas, que, como trenes, conducen de una década a otra y recogen en las estaciones gente y equipajes, para no cederlos a nadie, salvo a la muerte. Al final de los años 40 El extranjero de Albert Camus fue para mi un choque. Lo fue también para muohos escritores finlandeses que eran jóvenes entonces. Era una liberación. Despreciaba al nacionalismo, no hacía sensiblería, no ofrecía refugio: arrojaba a su lector en plen a r ealidad. E st e libro es un monumento . Conviene p erfectam ente al clima severo del norte. Africa y Laponia son países rudos, comparabl es un o a otro, e n uno hay demasiado sol y en otro demasiado poco. El traductor del libro es hoy en día diplomático. Le «pi co» cada vez que le veo, la última vez en Berlín-Este, al ponerme a elogiar su tra ducción finesa, y hablarle de ello toda la noche, ya que ha hecho much as otras cosas y esta traducción es sólo un error de juventud. Hay que estar agradecido por un libro recibido en el momento oportuno, a la edad oportu na, aunque h ayan pasado cuarenta años d esde entonces.

Traducción del francés: Manuel Adr ián Devis Ordaz.


IV LA COSECHA DEL MAL CLAES ANDERSON

A lo largo de los años 60-70, Finlandia atravesó una metamorfosis estructural de las más rápidas y peor planificadas del mundo. El campo se ha despoblado, por centenares de miles de p ersonas , la gente emigró hacia las m etrópolis industriales del sur del país, dond e se creaban los nuevos puestos de trabajo. Cerca de una décima parte de la población se vio obli gada a irse a Suecia que, entonces, aún necesitaba para sus industrias y su sector terciario en fuerte expansión -gracias a un p eríodo de coyunturas favorables- una mano de obra barata. Esta transformación brusca y caótica de la sociedad arrastró profundas modificaciones en la vida de la mayoría de los finlan deses. Lo que necesitaba la economía era una familia reducida y móvil , las consideraciones de política familiar sólo venían en segundo o tercer lugar. La vieja familia agraria, y, por tanto, su modo de vida, desap areció casi completamente. La célula familiar es talló. Se transformó volviéndose una pequeña, una frágil familia de los extrarradios . El número de los divorcios aumentó hasta tal punto que hoy más de un tercio de los matrimonios contraídos en las ciudades acaban de esta manera. La gente vivió en las torres de cemento de los nuevos extrarradios , en ciudades desintegradas, que, en un principio, funcionaron mal. Se sentían extranjeros, estaban cansados de vivir; de ahí todos los problemas de desarraigo , de abandono de tradi-

cion es, de delincuencia juvenil, de incremento de la s tend e ncias a la violencia, del abuso del alcoho l y de las drogas y de aumento del número de -ui cidios. En la literatura de los años 70 este proceso de ruptura socia l se refleja en el realismo é pico o psicológico, con autores como H eikki Turunen, Alpo Ruuth, Antti Tuuri y Orvokki Autio. La descrip ción de la modificación del panorama soc ~ al y económico parecía Il e.. var consigo esta forma épica y realista. La vida de l individuo estaba regida por fuerzas asociale que no se dejaban influir por lo particular. A m e nudo se trataba de adaptarse e n una noche, a un cambio de esti lo que perduraba desde hacía má s de cie n años. Y era necesario o lograrlo o hundi r e. En los años 80, la transformación social se hizo má lenta y e consolidó. La migración h acia e l ur del país se paró y una parte de lo s emigra do s que marcharon a Suecia regresaron. Lo nuevos extrarradios ya no eran nuevos y poco a poco habí a n encontra do su estilo de vida y creado su s propias tradicion es. Durante estos años, también, el compromiso social y político conoció un declive. La gente se cansó de las artimañas del juego parlameptario y de la retórica parlamentaria, que parecían tan alejadas de la vida vivida cotidianamente. Amenaza de las armas nucleares, medio ambiente, guerras, terrorismo, hambre en el mundo, todos estos


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CLAES ANDERSSO N

problemas, todas estas noticias, corrían a mares por el conducto de los «mass media». Al mismo tiempo la gente cerraba los ojos, se tapaba los oídos. No querían saber nada de este asunto. La migración fue sustituida por una retirada sobre todo 10 que les era propio. El «consumismo» se convirtió en la ideología preferida de los años 80 . El egoísmo y la autosatisfacción, tanto privados como nacionales, reemplazaron al compromiso social y político. Los cambios -esbozados aquí- apar ecen de diversas maneras en la prosa escri ta en Finlandia durante estos años. Desaparecido el dominio del realismo épico y psicológico, aparece en su lugar una literatura «postmodernista» y desilusionada. Por un lado, describe de una manera fría y brutal los esfuerzos del hombre urbano para desideologizarse », todo él absorto por su ascensión social y su consumismo; por otro, está interesada cada vez más en los problemas 'e xistenciales acarreados por la luoha de un individuo tras el poder y el éxito y todos los comportamientos destructivos y dañinos que la envuelven. Efectivamente, es el mismo mal, en tanto que cualidad distintiva de la especie humana que podemos designar como tema central de varias novelas que fueron las más destacadas a lo largo del año pasado. ¿Cómo explicar este cambio? ¿Cómo explicar este nuevo interés por la descripción del egoísmo, la falta de «empatía»? ¿El Mal humano se torna una cualidad o es el resultado de todo lo que una vida en la confusión puede destruir? El escritor describe , claro, lo que puede ver o lo que le es posible percibir. Hoy, en la niebla «postmoderna », la sociedad y nuestra historia parecen haberse vuelto casi invisibles o, al menos, escondidas por las paredes del «sí mismo» . La fijación en el éxito, la felicidad personales, impiden tener una visión de la sociedad y del mundo; el contenido de la vida parece, en gran medida, haberse vuelto idéntico «a lo

que se ve»: la superficie. La indumentaria, la moda, los gestos son más importantes que el alma, las ideologías y el análisis. En El extmnjero de Camus un hombre es condenado a m u erte y ejecutado porque ha matado a un árabe al cual no conocía. De hecho se le condena porque el fiscal considera que no muestra ningún arrepentimiento y que no tiene ninguna conciencia de su culpabilidad cuando se le pone delante de su acto. Su indiferencia, su manera de ser extranjero frente a su vida y a la vida son juzgadas imperdonables y confirman su culpabilidad. En la novela de Esa Sariola (nacido en 1951) Querido amigo (Rakas ysüiva) se describe un mundo donde no hay fiscal ni equidad. El personaje principal Visa (es a la vez el nombre de una tarjeta de crédito) es un hombre de unos treinta años. Estudia Ciencias Políticas, pero no se interesa ni por la sociedad ni por la política. Su única meta en la vida es el ascenso social, el poder personal. Su unión con Tuu li (el nombre significa «viento» ,e n finés) es una manera como otra cualquiera de especulación tanto erótica como soezmente material. Tuuli, una ex-activista marxista convertida al feminismo radical, no tarda en revelarse como una mujer de negocios hábil y sin escrúpulos que explota sus <<ideologías» pasadas para triunfar. La existencia de Visa sólo tiene como fundamento el éxito y el poder personal. Su vida sin ellos no tiene ningún valor. Su principal mecanismo de defensa psicológico es la fragmentación, es decir la facultad de dividir la realidad en partes inconexas que no parecen tener ninguna influencia una sobre otra. Asesina o hace asesinar fríamente a dos de sus antiguos colaboradores. Se ocupa de un comercio de droga a gran ,e scala. Consume a las mujeres o sus cuerpos con tanta avidez e indiferencia que goza viendo a su propia mujer fornicar con otros hombres; lo que


LA COSECHA DEL MAL

no hace otra cosa que estrechar los lazos que le ligan a ella. Al mismo tiempo, sólo tiene una meta: organizar una vida tranquila y feliz para sus hijos y ser para ellos un padre ideal y comprensivo. Visa personifica el mal neo-urbano . Tien e un gran agujero n egro en su alma, un hambre de siempre más dinero, siempre m ás pod er, siempre más cuerpos de muj eres, hambre de un «estatus » social siempre m ás alto . Y esta hambre es imposible de aciar. Es el hombre nuevo del «borderJin e», el nu evo Narciso de la gran ciudad. En su mundo, el sentimiento de culpabilidad no existe. Todo es cuesitón de eficacia . No hay combate entre el bien y el mal, como en Camus o Dostoievski . El más astuto, e l más brutal, el más hábil gana. Al principio, su muj er Tuuli está vacilante, guarda us distancia en relación con los actos criminales de su marido, pero llega el momento en que sabe que Visa ha asesinado a su h ermano y a su ex-amante. Y sólo cuando se e ntera es cuando se siente liberada y puede amar totalmente a Visa. Se reencuentran en su criminalidad común y deciden ofrecerse un nuevo hijo. Lo interesante y lo «postmoderno », tal vez, en la novela de Sariola, es la total ausencia de juicio moral. El mal de Visa y de Tuuli no está amenazado ni por la voz de la conciencia, ni por un fiscal como e n El extranje1'O de Camus. El hombre es malvado. Sólo una mala acción garantiza -el éxito material y aporta, por esto mismo, una justificación a la vida. Mientras la fragmentación d e la realidad funciona , la realidad sigue siendo maniobrable : este fenómeno, lo conocemos bien, lo hemos encontrado en hombres como Rudolff Hess o Alb ert Speer, sin olvidar a algunos de los dirigentes de las grandes potencias actuales. Aquí, la alienación clásica avanza un paso: es una alienación de la alienación, una indiferencia ante su propia indiferencia. A su manera, Sariola ilustra -e xcelen-

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Esa Sariola. F o to : Ka i Norclbcrg.

te mente la tes is de Pasolini según la cual el consumi mo e el fascismo de nue tra época, la base uni forme y portadora de unifor mes, la raíz de donde alen lo s frutos del mal. En La caída (La chute) de Camus, Clam ence dice: <dos hombres só lo se convencen de las razone de usted y de la gra vedad de sus pena s on su muerte. Mi en tra s usted siga vivo, su caso e dudoso, sólo tiene der cho al escepticismo. Luego, si hubi era una sola certeza de que se pudi era gozar del espectáculo, va ld ría la pe na de mostrarles lo que no -q uieren creer y asombrarles». Antti , el personaje principal de Mi hermano S ebastián (Veljeni Sebastian) la novela de Annika Idstrom publicada el año pasado, lo hubiese podido haber dicho . Antti só lo tiene diez años, pero es un viejo esmirriado, lID niño rebelde, demasiado cercano tal vez al pequeño Oscar del Tambor de hojalata de Günter Grass. Con su madre Kaarina, una mujer sin defensa y


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sin recursos, crónicamente depresiva, abandonada, traductora fracasada que se aferra a su gran novela -el libro que debe metamorfosear su vida y darle una buena situación- vive en uno de esos lúgubres barrios de torres al este de Helsinki. El mundo, lo vemos con los ojos del pequeño Antti. Su existencia está cargada de imaginaciones terroríficas y de sueños alrededor de su propio aniquilamiento y el del mundo. Nunca fue un niño, o mejor, nunca tuvo la ocasión de ser un niño. Su lucidez y su cinismo son espantosos. Reina sobre su madre con furor edípico y no acepta que se vea con amigos o amantes a los que arrebata su lugar, sin piedad. Se ha dicho que Annika Idstróm ha sido fuertemente influida por Alice Miller. Y ciertamente lo ,f ue en la acusación y el juicio que emite sobre esta madre destruida por su propia historia. Pero la influencia de Melanie Klein parece haber sido más fuerte aún. Antti jamás ha superado las imaginaciones depresivas y paranoicas del primer año de su existencia y toda su vida afectiva está marcada por una especie de furor oral debido a su miedo a ser abandonado, que dirige contra sus allegados, lo que equivale para él a este aniquilamiento personal y universal que no cesa de conjurar de modo ritual y obsesivo cuando, al mismo liempo, siente con respecto a él una atracción irresistible. En el libro de Annika Idstróm, la maldad de Antti y la maldad del hombre son el resultado de una grave negligencia y de una falta de amor profundo en la imancia. Hasta en las relaciones madreJhijo el hombre es un lobo para el hombre. El amor y la se. xualidad son un hambre jamás saciada, muy cercana a un odio insondable y de una violencia homicida. El motor del drama sangriento ·e dípico es la mala acción que revela la falta de amor. En el mundo que ella describe, los hombres se aniquilan mutuamente en es-

cenas con detalles repugnantes de sadismo y de violencia refinada. Antti sobrevive físicamente tras haber envenenado a su propia madre por error, pero no tiene porvenir, ya que jamás pudo vivir con confianza y seguridad su relación con los demás . ¡A la vez fuera del tiempo y típico de nuestro tiempo!, este mito lleno de sangre y de terror de Annika Idstróm ilustra ciertamente una parte de la angustia y del sentimiento de inseguridad existente en la vida destruida de muchas células familiares mutiladas donde los niños se las tienen que apañar como puedan. El libro es frío, clínico, parece una disección. No hay alternativa positiva. Las motivaciones de actos aparentemente condescendientes se revelan sólo como egoísmo. Annika Idstróm parece decir: no hay ninguna esperanza, ningún porvenir para el hombre. Con un escalofrío dejamos este libro, y con el sentimiento de que aca. bamos de participar en una autopsia colectiva familiar. También es la cara edípica del mal la representada en Los prisioneros del paraíso (Paratiisin vangit) de Eira Stenberg (nacida en 1943). Este libro describe también una lucha despiadada por el poder en el seno de una familia. Se trata aquí de dos hermanas rivales. Una de las dos hermanas, el «yo» de la novela, vuelve en edad adulta a su casa de la infancia, en el campo, donde su hermana Anna vive en simbiosis con su madre, tras haber matado al padrerival y enterrado sus cenizas en el estercolero, delante del gallinero. Anna misma se ha transformado en un pájaro. Del gallinero ha hecho su taller. Allí es donde pinta y dibuja sus autorretratos-páj-aros. Mientras las dos hermanas se encuentran y hablan de sus vidas, se quema el gallinero. Todos los sueños, toda la obra de Anna vuela en humo. Se vuelve loca. La encierran en un asilo. Su hermana ocupa su sitio al lado de su madre y se vuelve la confidente.


Annika Tdstro m.

Los pnswneros del paraíso es un mito freudiano que implica numerosos elem entos de realismo fantástico. En el sistema familiar y no en la sociedad es dond e se crea la es tr uctura social de la luch a y de las m alas acciones. «¿ Por qué ten emos qu e nacer? Nos deja una cicatriz para toda la vida», dice el autor. Y.a en las relaciones primarias d el principio d e la vida est án trazados los plan es de la edad adulta. Lo que h emos vivido cuando éramos niños, dirige nuestras vidas según un de terminismo donde la elección y el acto del adulto no son más que quim eras, vana luch a contra las sombras del pasado. En su pesimismo y en su fe en las fu erzas ciegas e irracionales, Eira Stenberg se muestra tan implacable como Annika Idstrom. En su novela Mués trame la estrella (Visa mig stjarnan) Paul von Martens (nacido en 1930) se acerca a la problemática del mal de una manera totalmente diferente a la de estos tres auto-

Foto : Lehtikuva O y/ H a ns Pau l.

res de los cuales acabamos de hablar. No r epre enta en nada un a co nciencia «pos tmod ern a», aborda el probl ema del m al y del pod er de un a man era tradicion a l, más analítica y al mi sm o tiempo m ás din á mi ca ya que describ e el mal, o el diablo, o el diablo en el hombre, co mo un a función de la lucha por el pod er e ntre los individuos, pero también como la prolongación de las estructuras de opresión y de viol encia qu e existen en el seno de la sociedad y en tre las difere ntes sociedades. Cua ndo empi eza la novela el «yo» del rela to , periodista de profesión va a l monte Athos para buscar en los conven to s las vanguardias de la piedad verdadera y simple y de la bondad, en un mund o de violencia general y de locura. En la es ta ción de Atenas , asiste, por casualidad , a u na escena donde un hombre ya mayor y ciego, el Coron el, amenaza con mata r a Lili, una muj er joven. El narrador es atraído como un imán por la relación que ata


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CLAES ANDERSSON

a estos dos seres, una relación toda ella de poder, de opresión física y psíquica y también de sumisión masoquista. Mantiene al principio la ilusión de que va a poder ser un espectador neutral, un observador, un intelectual, pero poco a poco es implicado más y más, emocional y sexualm ente. Está fascinado por los apóstoles del mal en el mundo. Lleva un fich ero de imágenes, que recorta en los periódicos donde los potentes de este mundo, los embajadores, los directores del mal exhiben sus rasgos indiferentes y falsos. Es el arquetipo mismo del intelectual libera l que cree que 'e s posible contemplar el mal a distancia y analizarlo, con la mirada fría de un «outsider ». Ti ene una aventura con Lili y de repente se encuentra cogido como lo está una ardilla en la r ueda de s u jaula. Una rueda de violencia y de abuso de poder. Violenta a Lili, se deja fascinar por el Coronel, como a su pesar, y será u na de las causas del suicidio de la joven muj er. Van Martens parece pensar que la violencia, poder y sumisión es tán siempre estrecham ente atados. No podemos encontrarnos delante del m al del mundo y de nuestro propio mal como si no t uviésemos parte alguna en lo que pasa. Pero este libro es más que una descripción detallad a de las fuerzas de destrucción que surgen de estas relacion intimas marca das por la dependencia, el temor a ser abandonado y una intensa m ezcla de odio y amor. Es también representativo ,e n un plano social y general. Es una alegoría de la responsabilidad de los países contentos de ellos mismos y pretendidamente democráticos, de la violencia glohal que mantiene a una gran parte de los homb res de nuestro planeta en el hambre y la pobreza. Se inserta en el debate que atañe a nuestra responsabilidad con respecto a esta opresión que reina en el mundo y a nuestra culpabilidad que nos negamos a reconocer. Creer

que podemos mantenernos fuera o por encima de los m ecanismos del mal es de hecho una obcecación que deja que la opresión y la destrucción se mantengan. Es una «traición de los clérigos». Si queremos situar estas cuatro novelas en un contexto más general, podemos decir que los libros de Sariola, de Idstróm y de Stenberg representan una conciencia «postmoderna » ya que parecen decirno s que nuestra sociedad y nuestra civilización descansan sobre arenas movedizas y que no existe ya verda d absoluta, nor mas y b ase ética o moral que puedan conducir nuestra vida. «Postmodernos», lo son también en su manera desilusionada de p ensar: es imposible comprender al hombre a través de una descrip ción histórica linea l o causal; nuestras formas de cultura son t emporales, cambian muy rápido, no tienen pasado analizable; sólo vivimos en el presente; ya no creemos en un porvenir utópico que podría traernos confianza y esperanza. Van Martens, al contrario, pertenece a una corriente de ideas cristiana y existencial. Mira al mundo como un campo de fuerzas entre fuerzas que p elea n entre sÍ. Como en Dostoievski y en Camus, la bondad, el Bien existen al m enos como una posibilidad hacia la que podemos tender, una fuerza opuesta al mal, al Demonio. Esta posibilidad puede ser percibida por la persona a la que no le hasta hacer separación dicotómica de la realidad: la parte buena y la parte mala. El bien y el mal, parece pensar Van Martens, e implican el uno al otro como la oscuridad y la luz. Admitir este conocimiento convierte la realidad en compleja y ambivalente. Si es tamos a la búsqueda de lo humano esto es, sin emhargo, nuestra única posibilidad: comprensión y conocimiento mutuos y paz en nu estro planeta común.

Traducción del francés : Manuel Adrián Devis Ordaz.


v FINLANDIA, UN BUEN PAIS MATTI MAKELA

Matti MakeJa Foto: Leht ikuva Oy/ Matti Tapola

Desde hace ya tiempo mi corazón experimenta un sentimiento cuyo origen es muy simple: a mi parecer Finlandia es un buen país y yo, como escritor, quisiera contar con palabras propias todo lo que tiene de bueno y de bello. Esto procede, por una parte, de nuestra historia, de todo lo ,que hemos realizado nosotros, los hombres. Verdaderamente mueren entre nosotros pocos niños y adolescentes, lo cual es bueno puesto que de todos los dolores el de una madre o un padre ante un hijo muerto es de los más . difíciles de soportar. La gente tiene en Finlandia una libertad relativamente amplia. Es difícil demostrarlo : no es más que una impresión. Aquí, en Finlandia, se pue-

den criticar la cosas con pasión, y no por e o el que critica irá forzosam ente a la cárcel, porqu e el más duro de los críticos no arrastrará tras sí muchos partidarios ni mucho m enos un grupo armado. Se analizarán sus palabras con calma se calibrará su verdad y se hará lo que haya que hacer sin olvidar jamás que e l que critica no habla, por lo general, por hablar. Esta calma procede de que los finlandeses no se ven ya en el aprieto de pasarse todo el tiempo ocupándose de sus necesidades elementales. Las abundantes ofertas de ocio disminuyen la amargura de un individuo, y ocurre que la seguridad social ofrece a todos, incluso a los más desfavorecidos, el


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mínimo indispensable, pero el celo finlandés es todavía tal que el sentido de la vergüenza de cada uno impide los abusos. Los bienes se reparten equita. tivamente, y la vivienda es buena en general. Por consiguiente, la envidia raramente se traduce en actos, y la ínfima parte de la población realmente privilegiada puede dormir en paz. La joven gen eración no la envidia, puesto que su actitud ante la vida es cada vez m enos materialista. Incluso la clase dir igente puede moverse libremente entre el pueblo llano, tomar, por ejemplo, el tr·a nvía, cosa que sucede con bastante frecuencia. La calma se debe también al alto nivel ed ucativo; el que sabe tiene perspectiva, sonríe con indulgencia ante un a novedad propuesta a la ligera y la pasa en seguida por la criba de su saber. Los finlandeses comienzan a ten er confianza en ellos mismos, lo que les permite actuar según sus capacidades sin darse pisto. Creo, en el fondo, que esto se debe a los dos principales rasgos de la naturaleza en Finlandia. La naturaleza es aquí tan ingrata que ha habido que construirlo todo pensando en lo peor. La gente, aquí, tiene grabada en su mente la idea de que la naturaleza no les da nada gratis y que sólo los que han nacido tramposos puede confiar en la buena suerte. Sin embargo -y éste es otro rasgo de la naturaleza de Finlandia- el hombre tiene medios para dominar la. Las tempestades y el frío pueden destrui r, pero la destrucción no es nunca total. Aunque la natural eza no origina una riqueza excesiva, tampoco produce catástrofes irreparables. Ha conseguido hacer comprender a los hombres que vale la pena luchar, y que todo trabajo a largo plazo es rentable y que el que se ha dejado de hacer comporta un castigo. A mi parecer lo que es esencial en Finlandia es aprender a vivir mes tras mes, aprender a daptarse al clima, a la luz, al calor del momento. Esta era

la tradición entre los antiguos finlandeses que trabajaban en los campos, pero es también aplicable a los hombres que, hoy, trabajan en el medio urbano. Esto habría que volver a aprenderlo, ,escapando a la atracción de los países extranjeros que tienen también su propia atmósfera espiritual, modelada por el clima. Un ser adulto es incapaz de asimilar completamente esta atmósfera. Si es a España adonde va, sólo podrá disfrutar la naturaleza del país si conoce la del suyo propio, corno, por ejemplo, la escasez de los días en que en Finlandia se puede disfrutar de la playa. Las estaciones actúan de manera diferente sobre las personas. En enero la luz no es más que un rayo oblicuo, delgado y seco, que penetra a travé.s del frío compacto de un bosqu e helado. El alma se cierra, casi se hi ela también. En enero todo el mundo vive a marcha lenta. Nadie engorda ni adelgaza, nadie organiza escándalos, nadie se desmorona. En enero los finlandeses se concentran en existir. Las personas ,e n buena forma que trabajan aún, pueden corno mucho bosquejar proyectos, ·a brir su congelador, dibujar el plano para ampliar su casa de verano. Los que proyectan para el futuro pueden hacer reservas con vistas a un próximo viaje, estudiar el mapa, la lengua, la civilización del país al que piensan dirigirse. Día tras día el trabajo continúa de una manera uniforme. Más vale no tener ide,a s gran diosas en enero, porque nad a se mueve. Sin embargo, uno puede dedicarse a los deport es de interior, ir a la piscina, nadar y calentarse en la sauna hasta que sien te arder todo el cuerpo . Cuando se sa le, con el pelo mojado, los poro dilatados, a un frío de treinta grados bajo cero, caminando h acia el coche lentam ente uno se plantea la pregunta de cuán vulnerable es todo lo que en este país ha podido ser creado por el trabajo del hombre. En febrero ya se puede permanecer fuera, a condición de abrigarse bien.


FINLANDIA, UN BUEN PAIS

Hay toneladas de nieve en los á rboles, y sigue cayendo sin cesar. Cuando se pasea por el bosque sobre los esquís, se puede ver un pájaro carbonero, solo, que está arrojando nieve de las ramas de los árboles. ¿Cómo ha podido sobrevivir en el bosque durante todo el invierno? Y después, cuando uno se dirige a su trabajo en coche, el horizonte, que cada mañana se colorea de rosa un poco más temprano, despierta un recuerdo fugaz, teñido de esperanza . .El conductor, aún no despierto del todo, guarda el recuerdo para él. no habla de ello con nadie para no pasar por majareta ante sus colegas. Pero todo el mundo contempla en febrero ese lienzo de cielo rosa. En el mes de marzo llega la luz. En los bosques se comienza a transportar la madera. El sol derrite la nieve de los árboles cortados; puede uno sentarse sobre los troncos cubiertos de re.. sina sin sentirse inmediatamente agarrado por el frío. Las personas mayores sienten el choque de la luz. La diferencia inalcanzable entre la oscuridad de su habitación, sus propias manos gasta das por el trabajo, y la claridad deslumbrante. El contraste, demasiado fuerte, se hace sentir por una congoja en el pecho fatigado. Del m es de abril sólo es n ecesa rio decir u na cosa. Cuando algu ien, una tarde, e tá sen tado en los peldaños de la escalin ata, y mira el aire que ti embla, el arroyo qu e murmura y se entibia, los árboles des nudos y la t ierra pelada, respirando el aire húm edo de la arena, tiene ante sí, brutalmente, la infancia, terriblemente presen te por h ab er sido perdida, y e siente roído por una extraña p ena. Entonces hay que volver a entrar rápidamente para ocuparse de los deberes d e los niños y para h acer algo práctico. En el m es de mayo .llega el p r im er día cálido, los vesti dos li geros, el verano pleno, como se dice entre nosotros. Las mujeres se transforman súbitamente cualquiera qu e sea su edad.

Ríen exageradamente por el calor, se vuelven desmedidamente act ivas. Se diría que esta especie de verano , surgida e n un solo día, después de un duro invierno, es excesivo para ellas, que h a n de procurar ser siempre com edidas en la vida. Afort unadamente en primavera el trabajo es tanto que absorbe el exceso de sentimientos, aunque, de vez en cuando, no se puede evitar levantar la vista para a dmirar el paisaj e y respirar honda mente de júbilo. La ti erra en gestación se cubre en algunos días de verdor, despuntan las primeras flores en la maleza grisácea y, acompañados por bandadas de ga_ viotas, los campesinos, con el rostro ya tostado por el sol, trabajan sus tierras. En junio, en los días de mucho viento , antaño consagrados a la reparación de los t ejados y de las cercas, los niños pueden sacar sus cometas, las cuales se elevan por encima de los árboles, y aún los jóvenes enamorados las aproveohan para escribir en ellas sus nombres en grandes le tras , con objeto de verlos uno junto a otro en el cielo, m ás altos que todos los demás nombres. La tarde de verano: un fenómeno incomparable. Es tan h ermosa un a tarde de vera no en Filandia que cualquier cínico qu e pres uma de inte li gencia es com o un a ll aga; la naturaleza es tan b ella qu e h ay qu e ser inoce nte para poder sopor tarla. Una tard e de vera no está h ech a para escuchar cada frase del ca n tor de tangos, p ara can tar, m eciéndose, toda s las canciones de coro. En u na tard e de verano h ay que mirar a los h ombres y mujeres corrientes como a un milagro, y decir sí si se nos propone un paseo por la playa o el matrimonio. Quien no lo h aga no soportará los veranos venideros y menos aún a todas las personas que oportunamente h an vivido la tarde de verano finlandesa y que viven gracias a esta viven cia; personas que representan la mayoría de lo s partidos políticos o que son simplemente n eutrales. A quien no comprenda esto le iría bien que le col-


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garan al cuello una corbata y una cha- miel líquida de diente de león que se queta sobre los hombros y lo arrojaran toma con leche y a la que se encuentra al fondo de una oficina en la ciudad por todas partes cuando se derrama de para que se precipitara hacia el oscuro los cubos en que se la lleva a la oscudescanso de la tumba, porque no po- ridad de la sauna, a la espera de que drá soportar ya jamás la luz de una adqu iera más consistencia. Entonces el tarde de verano. Lo mismo le sucederá colmenero va a buscar un pequeño al escritor que envejece, quien no debe frasco de miel que envía por correo acercarse en una tarde de verano a un después de haber escrito en la etique.baile al aire libre. Si mira un solo ins- ta: las abejas se han .ido a libar la miel tante los cuerpos flexibles y llenos de en las flores que yo miro todos los salud de una muchacha y un mucha- días. cho bailando, comprende que las más En el mes de agosto son frecuentes b ellas frases escritas no son más que las tormentas, pero algunas veces teneel sucedáneo de «Memorias escritas en mos un verano indio, un buen tiempo un subterráneo », una especie de fraca- fijo durante semanas, un tiempo que so, y que cada escritor debería . estar no se distingue del verano si no se dispuesto a quemar todo cuanto se ha mira el calendario. Todo madura. Las impreso, sus genialidades y las de los frambuesas, los arándanos en el bos_ demás en un tiempo de mil años, a que, las setas, las primeras dulces mancambio de poder sentir lo que .cada zanas; las espigas inclinan sus cabezas uno de esos jóvenes siente mirándose en los campos. La naturaleza sufre la unos a otros sin falsedad, con los ojos invasión de la exuberancia de los frumuy abiertos. tos, rebosa, como uno se siente tentado A finales de junio y comienzos de a decir. Los viejos árboles dejan correr julio llueve frecuentemente en Finlan- una savia oscura como el fin del verano, dia. Después llega una mañana cálida y en el calor de la tarde grandes may resplandeciente. Un zumbido furioso riposas se reúnen en compañía de raros se eleva alrededor de las colmenas, un y brillantes escarab ajos para saborear enjambre de abejas emprende el vuelo; la savia. En los rincones de la sombra esto quiere decir que va a seguir ha_ se puede descubrir un caracol gigante ciendo buen tiempo durante una tem- o una oruga peluda, tan gruesa como porada. Los amarillos han cedido su un dedo. puesto a los azules y a los malvas; los En septiembre y en el sur de Finla nepilobios púrpuras y los cardos se yer- dia , a finales de mes aparecen los priguen inmóviles en el aire cálido. La meros signos del otoño. A pesar de tira de badana de la gorra se moja, todo las noches son todavía increíble.aunque los brazos permanezcan colga- mente cálidas, aunque se percibe ya la dos ante el trabajo pendiente. Poco a oscuridad otoñal. Las hojas amarrillas poco el verdor de las plantas vira al de los arces caen en los surcos de los verde seco, ca i azulado , y en los cam- patales, y si se arranca una raíz al papos se siente el olor del h eno cortado sar, es tá plagada de tubérculos h enchiy seco. El trigo ondea bajo el viento, dos . En otoño el aire es transparente y y allí donde todavía hay vacas, no en- luminoso: toda la b r uma formada por cuentran gran cosa que pacer en el el polen y lo s in ectos ha desaparecido. prado. Por la t arde se pesca n muchos Se pu ede pasear entre las rocas cerp ececillo , r efl j:índo e la luz am arilla can as o por la ri b era con el esp íritu de la ser en a u erf ' cie del lago en el im p r egna do a ún por -e l recu er do del tranquilo ro ~t ; b ro f' ceado del ciuda- pasado verano . dano ef' vacaciones. A fin ales de m es E n oc tubre comienzan las lluvias de se p asa la miel a la cent rifugador a, esa otoño ; llueve varios días seguidos . E s


FINLANDIA, UN BUEN PAIS

el momento de comenzar los trabajos de mantenimiento. Al mismo tiempo que se ll evan a un cobertizo seco los utensilios de verano, y se raspa la tierra que quedó p ega da a las palas, o se engrasa lo que h aya que engrasar, y se colocan las cosas ordenadam ente, aquel que haya vivido su niñez en el campo puede, en una noche d e oc tubre, ir pensando en visitar su lej ana tierra, donde los campos han sido arados. E s tarde. El sol está a punto de ponerse detrás de lo s bosques, los contornos de los campos labrados se difuminan. Ante él, a lo lejos, más allá de los campos, se destaca una casita gris: la casa de la infancia, d eshabitada desde hace ti empo. Y cuando el caminante avanza por los campos, mir ando fijamente la casa, parece como si de repente las ventan as se iluminaran con una luz rojiza. Entonces aprieta el paso y por un instante imagina que la casa está habitada, y que él mismo es el muchacho que fue, y que se encuentra dentro. Llega a creerse que es verdad, p ero entonces la luz desaparece: no era más que el reflejo del sol poniente en los cristales. De nuevo la casa es gris, casi n egra en medio de los campos negros , alejada de toda vecindad, aislada. Es una tarde de otoño en el campo deshabitado. En octubre-noviembre las carreteras se hallan en un estado espantoso. Lluvia, n egrura, barro. De vez en cuando sobreviene felizmente una h ermosa mañana escarchada, ideal para la caza. Pero lo que más satisfacción proporciona en esta estación es un buen coche con limpiaparabrisas y ventilación. El conductor puede entonces contemplar cómo los potentes focos de luz de los faros rasgan la noche lluviosa. En octubre, por las tardes, lo m ejor

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es quedarse en casa leyendo en viejos libros cuentos monótono , cerebrales. También entonces comienzan las fiestas previas a avidad, los labios pin_ tados, los tintin eos de vasos. Entre tantos vestidos negros y brillantes, en un estru endo de música y de voce, e encuen tra un poco de carne desnuda y cálida, y h ay qu e aferrarse a ella con fuerza y con pasión porque en noviembre, en Finlandia, h ay tan poca luz, que inclu so el p eca do está permitido. En la luz del próximo verano ya no existe el pecado ... En diciembre la ni eve ha cubierto ya las r amas n egras y húm edas, pero en la ci ud ad se h allan iempre pre ent es el b arro y la oscuridad. La humedad deja p a o en seguida a u n frío seco, acompañado de un cierzo glacial. Las p istas de patinaj e se hi elan. Chorreando d e sudor, las mejillas encendidas , los niño con umen en ellas su exceso de vi talidad. Las personas mayores se ajetrean, n erviosas, en los supermercados; por todas pa rtes envoltorios de papel, bolsas de plástico y, en medio de todo, dos cab ezas que su rgen, preocupadas: son las de do s finlandeses irritados . Poco a poco la tensión va cediendo ; se nota de hora en hora. Está lista la repostería, se hi cieron los asados, las compras. Finlandia alienta , un breve instante; sólo la nieve cae en silencio sobre las farolas de la calle desierta. Se come mucho, se mira en la t elevisión los anuncios pu_ blicitarios de trineos y se piensa en lo que fu e, en lo que será. El niño desh ace sus paquetes en m edio de un montón de papeles y, absorbido por sus regalos, no nota la cara ausente de sus padres. Un suave ruido de vajilla llega desde la cocina. La abuela vive todavía y pronto llegará en ero.

Título original: H yva m aa. D el libro: Vapaan ajattclu n cstcct. (Impedimentos pa ra pensar libremente) 1985. Traducción y adaptación: Ursula Oj anen y Joaquí n Ferná ndez.


La reunión internacional de escritores se ha venido celebrando en Lahti , a unos 100 kilómetros de Helsinki, cada dos años, desde 1963, con participación de escritores españoles y latinoamericanos , tales como Ana María Mátute, Juan Goytisolo, Nicolás Guillén, Manuel Scorza, Miguel Angel Asturias, etc. En la fotografía, participantes en algunas de las sesiones de estas reuniones de literatura que incluyan recitales poéticos, discusiones colectivas y hasta a medianoche un partid o de fútbol entre la selección de Finland ia y un combina do mundial, naturalmente de escritores.


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SINUHE EL EGIPCIO: LA HISTORIA RECUPERADA ANDRÉS SOREL

PALABRA, ESPEJO DE LA HISTORIA

El tiempo, para el creador, es una obsesión. Lucha contra él en dos frentes: pasado, por recuperarle, huellas que marcan, tal vez explican sus propias señas de identidad; futuro, alcanzarle, no quedarse marginado: más allá de la coyunturalidad testimoniar en la belleza, contribuir a la propia transformación de su presente. Muchos son los cambios que los ríos sufren en su decurso: lo importante es qu e el agua continúe fluyendo. Y en última ins tancia , siempre frente a los horror es y miserias de la época, el escritor es cribe para sí mismo. Los estragos de la primera guerra mundial no contribuyeron a impedir que en la segunda éstos se multiplicaran. Waltari escribía sobre una lejana historia en la que tiempo llevaba trabajando, que sin embargo serviría para su propio y angustioso presente. Al comenzar su relato Sinuhé confiesa:

«Estoy cansado de los dioses, de sus faraones ... , de la esperanza en la inmortalidad. Escribo para mí solo.» Con 20 años de edad Mika Waltari había publicado «La gran ilusión» -Finlandia de entre guerras-o Viajaba después a Turquía. De la contemplación de la miseria pasaría a su obsesión por el futuro. ¿Acaso éste no está siempre

Mika Waltari en 1927

presente - seres humanos son sus hacedores y protagonistas-, en las propias huellas del pasado? En 1937 publicaba una obra de teatro: «Akhenaton, el hijo nacido del sol». Ruinas de imperios, transición hacia tiempos nuevos le acompañaron toda la vida: Egipto, Constantinopla, los etruscos, Roma y el cristianismo ... fe y poder,


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una larga cnSIS engendradora de vio_ lencias sin fin. Y que revierte en el arte, la literatura. El espejo necesita de la visión múltiple y estética y de la reflexión filosófica y poética. El autor se sitúa en primera p ersona y una vez ordenadas las notas, las fichas, los datos, las fotografías, comienza su apasionante viaje. Es el sexto año del reinado de un Caudillo militar usurpador de la línea faraónica - todos los Caudillos lo son por la gracia de un Dios-, llamado Horemheb. Sinuhé va a ser desterrado. ¿Por qué? En sus errores y caídas buscó la verdad. Algo que nunca -ni ayer ni hoy- puede ser perdonado por el poder.

«La ve/'dad es un cuchillo afilado, la verdad es una llaga incurable la verdad es un ácido corrosivo. Por eso durante los días de su juventud, de su fuerza, el hombre huye de la verdad hacia las casas de placer y se ciega con el trabajo y con una actividad febril, con viajes y diver_ siones, con el poder y la destrucción.» La narración es directa. Con la primera persona la fusión autor-actor se complementa. El autor se desviste de prejuicios, abandona su presente -cañones , destr ucciones cercanas se remontan a los gritos y atrocidades de las antiguas guerras- se instala en el pasado que ha estudiado puntillísticamente para hacer de él un auténtico, real presente, es más, para introducir al lector en el mismo, viajeros de un mismo viaje. La fantasía es un barco que calmosamente ha surcado las oscuridades del túnel de la historia para emerger a una luz nueva, mágica y r eal al tiempo. Es el triunfo de la literatura. La agonía colectiva se disipa, diluye en la búsqueda individual, reflejo épico del latir de otra civilización. Los sones y músicas de aquélla preludiaban ésta: la primera contienda, el primer hom-

bre, albergaban ya las más sucias y miserabl es contradicciones del progreso-. Pero el autor contiene su explosión para, sobre el cristal del libro, recoger la belleza de una instantánea que dura casi un siglo y que sólo él es capaz de recrear. El diálogo siempre renovado entre ciencia-religión, ambición-esclavitud, poder-miseria, sexomuerte, va a cobrar vida en el estallido de auténticos seres humanos. Cuando Waltari corrija pruebas de su obra, la explosión atómica iniciará la civi lización del miedo, del terror universal , la pesadilla que envuelve la propia supervivencia de la historia. Junto a una narración, un procedimiento. Y la presencia de otras lecturas. El Eclesiastés. Herodoto. Las Maravillas de la Antigüedad de J. A. Hammerton, que él mismo tradujo, W alter Scott, Hugo, Stevenson. Museos. Imágenes. Esculturas. Ruinas . La repetición -del Kalevala a la Biblia- es un procedimiento primitivo que se encuentra en la literatura de casi todos los pue.blos. Con la dialéctica intención de, al contar dos o más veces la misma historia, bajo formas distintas o incluso reiteradas, conseguir que se fijara en la memoria de los oyentes:

«Mi escritura no es el fruto de una reflexión, es simplemente una narración que avanza bajo el efecto de una inspiración constante y silenciosa; como un largo río, que avanza poderoso a través de días, prolongadas jornadas de trabajo.» Pero la reiteración, r epetición estilística, no busca sólo dar mayor credibilidad a lo narrado, a lo que ,s e expresa, sino que consigue un efecto musical, literatura de arpegios, de acordes, de ordenad·a s sinfonías. Vaciado de cualquier dependencia coyuntural, el escritor pone la investi_ gación al servicio de la novela, en un ejercicio de sensibilidad que le elevará


SINUHE EL EGIPCIO: LA HISTORIA RECUPERADA

por encima de los meros recopiladores y profundizará su versión respecto a la de los compiladores de datos o referencias arqueológicas. HOMBRES, DIOSES, CIUDADES

15 son los libros de que consta Sinuhé, procedimiento tomado de la vieja costumbre de dividir, igualmente en libros, las narraciones e historias. ¿Personajes? Sinuhé es el relator, el bardo homérico aquí dramático y dramatizado que asiste a los hechos históricos, concepciones epopéyicas, desde su vital realización humana; él es el cronista del enfrentamiento de dos mundos: Akhenaton y Horemheb, el reformador religioso , artístico y social y el caudillo restaurador e imperialista. La revolución ideológica, cultural, no sobrevivirá a su creador: las armas volverán los ríos a su cauce y la historia a su viejo discurrir. Son muchos los personajes que saltan, de la simple referencia histórica -fragmentos de un muro enterrado por los vientos y arenas del desierto , de una estatua rescatada a la tumba de ti erra y recompuesta en el fervor de los investigadores del pasado, el apunte de un papiro, una mítica leyenda- a la plenitud de la recreación: en sus rasgos físicos, en sus sentimientos, en el pronunciado drama de su vida. Como en las grandes novelas -y el Quijote es una de las que está latente en Sinuhé-, éste tiene un antagonista: es Kaptah. Pueblo llano frente a idealismo mesiánico. Realismo de la vida práctica, del quehacer cotidiano frente a los buscadores de sueños. Un Kaptah que alcanzará en algunos episodios resonan_ cias plenas del Sancho quijotesco: la Insula Barataria de los Duque es la Babilonia de Burraburiasch r ey por un día administrando la justicia del sentido común frente a la institucional. Thotmés es el pintor reformista que rompe con el Academicismo.

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«Desde el principio de los tielll pos es tá presc rit o cómo d ebe trabajar un artis ta, y quien no se su jeta a ello será arra jada del telll pio y privado de piedra y pin cel. ¡Oh, Sinuhé, am igo mío!, ta m bién yo he p reguntado, ¿por qué?» refl ejo a su vez del autén tico e cultor Bek, predil ec to del fa raón qu e se apodaba «discípulo de Su Maj es tad », y qu e impulsa re tra to y e culturas r ealizadas con búsqu eda de p rsp ectiva , movimi e nto , inte rés por los grupo , paisajes, los acontecimien to di arios, la tensión espiritual, tal vez todo 1I0 culminación de cor ri en te popul a res soterradas y explosion adas en e ta época. y Min eo, Nefernefe rn efer , Ptahor, Aziru, Merit, Mehun efe r, Ai , el qu e durante 20 años sería ma estro del Caballo de la Corte de Akh ena ton y qu e impulsaría el fin de es ta época y la restauración amóni ca junto al Caudillo, Tutankhamon , siempre niño que de Tutankaton se convirtió en servidor de Aman por orden de los sacerdotes, yerno y sucesor del Faraón que h abía mu erto en su r eposo-soledad de la ciudad maravillosam ente creada y sin futuro, el joven que vu elto a Tebas no podría gobernar más allá de lo 19 años de edad y quedaría inmortalizado por su propia mu erte, el epulcro qu e r esistiría siglos a los violadores de tumbas hasta el hallazgo de los creadores de museos. y sobre todos Sinuhé, nacido durante el r einado de Amenhotep III, que había casado con la reina siria Tii, hija del sacerdote del dios Min, que apoyaría e incluso impulsaría las concepciones religiosas de su hijo, como haría después la mujer de éste, la bella Nefertiti, Sinuhé, nacido precisamente el mismo año en que vino al mundo el hereje, el que buscó la verdad, el que cambiaría su nombre de Amenhotep IV por el de Aknenaton, aquel que es grato a Atan, quien ya en el principio de su


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reinado escribía en uno de los templos tehanos: «Re-Harekhta, el que se alegra en el horizonte bajo el aspecto de la luz que está en el Atan», entronizado a los 11 años de edad y sujeto al inmenso poder de los sacerdotes de Tebas, contra el que lucharía buscando apoyo en los de Re, en Heliopolis. Sinurhé que también buscará la verdad y habrá de concluir su vida en el exilio. Porque la obra se desarrolla en una de las é pocas más ricas, controvertidas, estudiadas del Imperio Nuevo, que se caracteriza por la expulsión de los hicsos, la reunificación bajo una sola dinastía de todo el territorio en una concepción faraónica imperialista de expan sionismo militar, y cuya capitalidad va a ser Tebas. Imperio roto, precisamente, y por breve tiempo, 13641347, por Amenothep IV, el servidor de Atan, que junto a la revolución artística impulsó la religiosa, una revolución espiritual monoteísta, triunfo del hombre sobre la magi·a, individualismo, creador impulsor del naturalismo, del amor a la naturaleza, liberaliza dar de la vida política y la organización soci·al, cuyos principios de paz y amor universal llevarán a la disgregación del Imp erio y al triunfo del antagonista, el miJitar Horemheb. ¿No es lógico entonces que la obr·a se inicie en el sexto 'año del reinado de éste, con el destierro d e Sinuhé, encerrado para relatar sus m emoria ? La misma lógica del escritor <, autodes terra do » en su interiOl-ización literaria durante los terribles fragores de l·a gu erra impulsada por los hitlerianos. Dos son las ciudades que nuclean la obra y han sido rescatados a la m emoria y las viejas láminas para recrearlas al lector. Tebas, en las márgenes del Nilo cuya orilla izquierda, a occidente de la puesta de sol agrupaba los templos funerarios e hipogeos encerrados en el Acantilado, mientras en la derecha, Karnak y LtL'wr llamaban a los viajeros de tres contienentes que a sus abigarradas calles acudían al asombro

y la admiración. Tebas, la ciudad del Amor, que magníficamente va describiendo en sus sonidos, colores, luces, olores, Mika Waltari:

«Mi padre Senmut vivía cerca de los muros del templo, en el barrio bullicioso y pobre de la villa. No ;lejos de su casa se extendían los muelles del río arriba donde los barcos del Nilo descargaban sus mercancías. En los callejones estrechos, los tugurios de vino y de cerveza acogían a los marinos y había también casas de lenocinio, a las que algunas veces los ricos de la villa se hacían llevar en sus literas. Nuestros vecinos eran preceptores, suboficiales patronos de barcas y algunos sacerdotes de quinto orden ... A veces, viniendo del puerto, el aroma salubre del cedro y de la resina invadían el callejón. O bien una go ta de perfume caía de la litera de una mujer noble que se inclinaba para regaña¡- a la ,chiqui_ llería. Por la tarde, cuando la barca dorada de Aman descendía hacia las colinas de Occidente, de todas las terrazas y de todas las cabañas salía el olor a pescado frito que se ¡nezclaba con los efluvios del pan fresco. Este olor de barrio pobre de Tebas, aprendí a amarlo desde mi infancia y no lo he olvidado jamás.» y la Ciudad del Horizonte, Akhetaton (Tell-ell Amarna), construida a partir d 1 cuarto año de su reinado, y en la que se instalará en el sexto, a mitad de camino entre Tebas y Menfis, paralela al río, de 5 kilómetros de longitud por 1 de anohura, que tenía avenidas de 45 metros de ancho y se revestía de bellos jardines, ciudad de amplias calles paralelas en las que los palacios y templos se espejeaban al sol y a las que convergían las trasversales ocupadas por las residencias de los nobles y familias de dignatarios en una moderna concepción arquitectónica. Santuario a su vez de un arte realista y rebelde


SINUHE EL EGIPOIO : LA HISTOHIA RECUPERADA

-Akhenaton aparece rodeado de su familia, incluso con su esposa sentada en sus rodillas no ocultando los rasgos más deformes de su aspecto , aunque si el mentón es deforme sus alargados ojos nos hacen ver a un príncipe de los sueños, a un hombre de una sensibilidad y sensualidad acusada. La ciudad sería abandonada quince años después de la muerte del rey y causaría, al descubrir sus ruinas, el asombro de Leonard Woolley, J ahnn Pendlebury y Henry Frankrfort, en la década de los años 30, inflamando los relatos de éstos al propio Waltari, ruinas sobre las que hoy continúa trabajando un equipo bajo la supervisión de B. J . Kemp . Era la ciudad de Atan , símbolo del sol, principio y fin de la vida universal y eterna, cuyas figuraciones simbólicas -rayos que terminaban en manos portadoras del símbolo de la vida- no escapan al carácter pacifista y generoso del nuevo faraón que sin duda se reflejaba en las ansias de la terrible época en que Mika Waltari escribía su novela. El Atan de Egipto es similar al Shamash mesopotámico. Dice aquél: «Creaste la tierra según tu corazón , mientras estabas sólo; los hombres, y todos lo s rebaños y greyes, todos los seres que hay sobre la tierra y andan sobre sus p ies ; todos cuantos hay en lo alto que vuelan con sus alas.» Y el hünno de Mesopotamia: «Tienes poder sobre los montes, y miras sobre la tierra; cuelgas los dobladillos de la tierra en lo más recóndito del cielo; los homb res de las tierras, de todos ,ellos cuidas tú. » Atan era sustitutivo de Re, y significaba el astro del día como única potencia eterna y dadora de vida. En el Libro de la Sala Escondida, «'e l disco es ·e l elemento inmutable, aunque pasivo, del ser solar, que se desplaza a

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través del cuerpo carnal de Re, regenerándose todas las noches mediante los ,e ternos poderes cósmicos». Hubo un relato titulado «Aventura s de Sinuhé», egipcio que ll egó a ser Jefe de una tribu de b eduinos, y hubo r elatos como el «Cuento del Náufrago », antecedente de Simbad, y cientos de hi storias que de Summer a Palestina h ablaron de niños abandonados en canastillas untadas de p ez a orillas de los ríos, diluvios y arcas construidas a la mayor gloria de los patriarcas en ellos milagrosamente salvados, jardines edé.nicos situados en el país de los ríos que corren hacia arriba, h éroes forjadores de ciudades y pueblos, castigo ante la depravación y relajación de las costumbres en ellos imperantes, b atallas, genocidios, descubrimi entos ... mientras qu emaban los b esos, se ahitaban las gargantas de vino y cerveza y el miedo a la muerte prolon gaba las historias sobre los países del m ás allá de los que por des gracia nunca ha de volverse. Era la aventura. El esfu erzo humano. Era todo lo qu e posibilitó el largo viaje de la literatura , de de Gilgamesh a Salomón pasando por Homero o el Quijote, o poemas como el egipcio «El amor de mi bien amad·a corre por la orilla del arroyo» o el babilónico «Dios mío , dulce es la bebida que escancia la doncella , y su vulva es dulce como su b ebida, su bebida es dulce », que trazaron hu ella , hi cieron camino , y hallaro n continuidad en este finlandés, Mika Waltari , h acedor de Sinuhé el egipcio. Con obras así, la literatura no muere. y la historia , la auténtica, la que no se hace d e simples nombres y cifras, la que vive en la sangre, el semen, las lágrimas y las risas de los seres hu. manos, se recupera. Unicamente espera su continuidad.


RELATOS

Dentro de sus extensos programas culturales, la librerĂ­a Akateeminen kirjakauppa de Helsinki convoca todos los viernes un acto en el que se presenta al pĂşb li co un nuevo libro y escritor. Foto: Akateeminen kirjakauppa.


HUMANA LIBERTAD MI KA W ALTA RI

«¿Dónde estamos?» preguntó Yvonne. «Esta no es ta mpoco la calle que buscábamos. Nos dijeron que estaba entre Alma y Jorge V . Pero aq uí no aparece el Acuario por ningún sitio.» «Hablando de acuarios», sugerí. «Hay una tiend a de perros cerca de aquí , en la que los lavan en la parte trasera . Si quieres nos acercamos para que veas cómo lo haoen. Es una experiencia relajante.» «Estás ,loco», dijo Ivonne. Me sentí herido. «Es posible que duerma mal», admití, «pero te amo. Me paso la noche en el embarcadero, paseando de un lado a otro. Me duele el corazón, el cerebro me arde. Después me invade una plácida embriaguez y puedo, al menos durante un rato, ser feljz. Y todo lo que a ti se te ocurre, es seguir criticánd ome, Gertrude». E lla frunció el ceño, pero continué con impaciencia . «Escucha . Rose, en este preciso instante siento pa lpitar, en mi s sienes, en las puntas de mis dedos, el mund o entero. Viejos poemas se desbordan en mi cuerpo. Lloro porque estoy perruendo mi juventud. Tiembl o ante el f uturo. Es por eso que en este momento sólo ahora, puedo ver la vid a co n la mirada de un a uténtico ser huma no. ¿Por qué entonces ,no quieres q ue sea feliz?» M uy cerca de mí, o í una apagada y tímida voz que me decía: «He ca minado doscientos kilómetros.» Me detuve. Yvonne me había tomado del brazo. También ella se detuvo. Los dos bajamos la vista viendo a un hombrecito que se quitó un a gorra rota, y nos sa'lud ó medi ante una reverencia. E nrojecid as cicatrices le brillaban a través de una gri sácea barba de tres dí as. Vestía un traj e mili tar lleno de rem iend os, del que hacía tiempo ya que habían desaparec id o las co nd eco raciones. I nnumerab les arrugas cruzaba n su rostro, pero sus ojos eran vivos y tristes. «He ca min ado doscientos kilómetros», repitió paci'entemente. «Dormí en cobertizos y graneros has ta llegar aq uí. U nos pocos f ra ncos que me meran me serían de gran ayuda. Me haría un a uténti co favo r, señor.» Portaba debajo del brazo un fardo de arpiHera, primorosamente atado. Los zapatos se le veían destrozados. «Debe haber camin ado mucho más de doscientos kilómetros», le dije reprobadoramente. Se encog ió de hombros, y excusá nd ose, dij o: «Dosc ientos kilómetros esta vez, señor. Antes tuve que camin ar mucho más. Tal vez dos mil, o tres mil. No llevo la cu.enta. Pero no quiero molesta rle.» «¿De dónde es usted? ¿Qué problema tiene?», le pregunté. El viejecillo miró a l suelo, arrastrando los pies nerviosamente. «Solo soy un


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refugiad o», dijo. «Eso es todo. No importa el origen. Sólo un ser human o, si lo prefi ere. Y no pido mucho: un ciga rrillo, un a co rteza d e pa n, lo que no es poco. Pero tengo hambre. H e llegado aquí. Eso supone mucho más que el ha mbre.» «Pero, ¿por qué?, insistí. «Usted es un hom bre culto. ¿D e qué se tra ta pues?» «De la libertad huma na», dijo, y las cica tri ces de su rostro comenzaron a brilla r. «La libertad humana.» Eso es lo que el refugiad o me dij o, una helada ma ña na de primavera en la esquina de una calle la teral a los Campos E líseos. y la forma en que lo expresó llevó ,el fuego a mis ojos. Yvonne se mov ió nerviosa. «Da'le v,e inte f ra ncos», sugirió. «O cincuenta si te apetece, pero vámonos.» O bedecí, ofreciénd ole cincuenta fra ncos a l refugiado. Yvonne hi zo ademá n de co ntin ua r a nda ndo . P ero yo no me moví. El hom brec ill o a lisó el billete co n dedos amora tados po r el frí o, y dij o fe rvorosamente: «Dios le bendiga, señor. D ios la bendiga, señora. Esto me s'erá de gra,n ay uda.» Torpemente se desabrochó un botó n de su chaq ueta desliza nd o el bi ll ete en su interi or y a brochá nd osela de nuevo, sin deja r de co ntempla rme ni un solo insta nte, como si a ún quisiera decirme a'lgo. «Las m ujeres son así», d ije para reemp render la co nversación. El susp iró agradecido. «(Usted es un homb r'e inteli gente, señor», dij o mirá ndome fijamente. «No exageremos», elud í. «Venga, vámonos», ins istió Yvo nn e, tirá ndome de la ma nga. E l viento helado trajo el a roma a flores d esprendido de la abierta puerta de una flor,istería . Me recordaba el olor de los cementerios. F río era el tiempo, a ún , pa ra dormir en gra neros y cobertizos, au nq ue fuese ya primavera. «De ac uerdo, vá monos», asentí de buena ga na . «Hay un pequeño cafetín en esta misma calle, a pocos pasos de aq uí. Si me lo permite, me gustaría invi ta rle a tomar algo. U n café, un vaso de vino, un bocadillo, un huevo duro, lo que ].e apetezca.» «¿Cómo, otra vez?, susp iró Yvonne co n reproche, a la man'era del campesi no del cuento, cua ndo estaba a pun to de ar roja r al pozo su hacha completa mente n ueva. «No vaya bebe r nada», le di je in dignado. «No lo necesito, soy f'eli z a hora. Por ta nto no n ~cesito beber.» «Si la señora lo J esap ru eba ... », comenzó a decir el hombrecillo, enrojoeciend o las cicatrices de s u rostro. P use la ma no en su hombro, .inc itá ndole a a nd a r al tiempo que lo hacía yo. Yvo nne nos sig uió, a lgo detrás ... pero nos sigui ó. E l caf,etí n estaba a unos cua ntos pasos. Casi enfrente de él se encontraba un giga ntesco caba ll o de tiro, enga nchado al pesado carro de un verd ulero. C ua ndo entramos en el café, el caballo leva ntó la cabeza mirá nd ome directa mente a los ojos. E l sue lo d el ba r había sido recubie rto de serrí n y rociado con agua. E l patrón estaba m uy ocupado, 'lim piand o el luga r. Yo a poyé el codo e n el m ostrador de zinc, po ni endo al tiem po una ma no so bre el muslo de Yvo nne, pa ra impedi r q ue se ma rchase .«R ose, querida», le d ije. «¿No estás enfad ada, verdad ?». Si n respo nder, Yvonne tomó un huevo duro del mos trador, comenzand o de forma dist raída a romper la cáscara sobre el mostrado r. E l patrón d ejó d e mala gana el cubo y la escoba acercánd ose a seca r co n su dela ntal el mostrador. F rente a nosotros, se quedó m irando, feroz mente, con sus ojos sa'ltones, al diminuto refugiado, como si se tra tase de a lgún insecto repuls ivo. La cabeza canosa del refugiado a penas s i alca nza ba el mostrador. Todavía me contemplaba, como si fuese a p regunta rme algo. Yo no pude mira rle a los ojos. Pedí pa ra él un


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café y un bocadillo. Mientras el patrón comenzaba a cortar violentamente el pan con un relampagueante cuchillo me toqué el bolsillo del pa'ntalón. Entonces se me ocurr,ió. «Un minuto», dije, y salí a la calle. Tenía un poco de azúcar en el bolsillo. Todas las tardes, a la ho ra del té, había ido cogiendo en secreto el azúcar que sobraba, incluso la del plato de Yvonne. La verdad es que era una cosa absurda. Ahora sobraba el azúcar. Pero la costumbre se había mantenido. «Aquí tienes», le dije al caballo, alargándole ·los terrones de azúca r. El caballo bajó la cabeza ansiosamente, mas se contuvo, y dijo: «Perd óneme, señor pero no puede hacer eso». No me sorprendí en lo más mín imo. Sólo lo hice cuando añadió: ~Perdóneme, pero yo estaba aquí primero.» Porque entonces comprendí que no era el caballo quien hablaba, sino un bronceado joven que se encontraba al otro Jado del animal. Po r a lgun a razón, vestía un ulster de pelo de camello . Acarici ó poses iva mente las revueltas crines del caba ll o, añadiendo con bastante agresividad: «No deseo ofenderle, pero con toda segurid ad que yo estaba aquí primero. ¿No habla usted francés?» «Al contrario», contesté. «No hablo inglés, si eso es lo que usted quiere decir. No mucho, por lo men os. Perd one no le contestase inmediata mente, pero mis pensamientos estaban en otra parte. Creí que el caballo me hablaba. ¿Es usted americano?» «¿Y qué?», respondió, con aire juvenil. «No es una cosa pa ra aV'ergonza rse. Pero ¿cómo lo sabe usted ?». «Por la forma en que se manti ene erguido, la ma nera de estar de pie», l:e expliqué. «Hay algo así como de rel ajado y libre en us mov imientos, co mo si nunca en su vida se hubiera preguntad o qué hacer con sus manos y sus piernas, tal como sabemos hacer en este hemisferi o de cuerpos y ruinas. ¿A tl eta? » «Entomólogo», me corrigió. «¿Y usted ?» «Soy fi n landés», confesé. Animóse su expresión. «Nurmi, sauna, Sibelius», gritó abri'end o su cerrad o puño. El también tenía un puñado de terrones de azúcar. «Se los iba a dar al caballo», explicó . Intercambiamos un a mirada de si ncero entendimiento mutuo. Pero ·e l caball o nos contemp ló con ojos de suave tristeza equina ante la fatuidad del ho mbre. «Mirad mis arreos», parecía decir con su mirada. «Mirad este horrible carro al que estoy uncido. Hago mi trabajo, me so meto, no pu edo evitar mi esclavitud . ¡Iros al infierno con vuestros terrones de azúcar!» El americano se cruzó con la mirada acusadora del caballo . «Santo Di os», d ij o, palideciendo. Dando por sentado que Dios existe, confirmé: «El caballo v está poni end o nervioso. Después de usted. Usted estaba primero, no deseo discutir sob re ell o. En mi país sabemos por amarga exper.i'eI1cia que no debe discutirse con aq uellos que son más importantes que nosotros. Y yo hago todo cuanto puedo por ma ntener la tradición .. Así pues, adelante, es todo suyo». El joven americano alargó inmediatamente la palma de su mano y el caball o recogió todo el montón con sus grandes y blandos labios, torció la cabeza y comenzó a mascar rápidamente. El entomologista extrajo un pañuelo del bolsillo de su abrigo secando a hurtadillas 'la baba depositada por el caballo en su ma no . Me contempló inquisitivamente. En contraste con la tez morena de su rostro . sus o jos tenían el azul del nomeolvides. Me encogí de hombros dicie ndo: <<Hay un cafetín aquí mismo. Entremos. Pero no respondo de las consecuencias. Ya nadie responde de las consecuencias en este mundo. Y de todas formas tenernos que entrar. La puerta del futuro.


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Unicamente debemos recordar esto: Renunciad a la esperanza cuantos entréis aquí.» «Después de usted», me invitó educadamente. «Ni hablan>, respondí con cierto énfasis. «No soy tan viejo. Usted primero Fiat iustitia, pereat mundus.» «Amor omni,a vincit», añadió él, paPa honra de su universidad. Entramos y lo presenté. Yvonne sonrió. El americano emitió un largo silbido, buscó apoyo en el mostrador de zinc, y preguntó con débil voz: «¿ Quén van a beber?» Hubo un silencio, mirándonos los unos a los otros. El canoso hombrecillo que ya había devorado la mitad de su bocadillo, masticaba ahora una y otra vez el mismo bocado, como incapaz de tragar nada más. Había lágrimas en sus ojos. Se disculpó: «Cuando era joven y pobre estudié aquí, en París. A veoes me tomaba un vasito de kirsoh en un café frecuentado por taxistas. Si no le importa, me tomaría un vasito de kirsch b1anco. Es barato. A la memoria de aquel pobl1e estudjante.» «Zumo de fruta para mí», dijo Yvonne. Yo permanecí callado. Enfadado, el patrón sacó una pequeña botella de zumo de fruta de debajo del mostrador sirviéndola en un vaso que empujó y puso frente a Yvonne como si odiase todo y a todo el mundo. Con más calma cogió después una botella de kirsch blanco del estante situado a sus espaldas, y con destreza llenó un vaso hasta el borde. Después me miró provocadoramente. Yo soy un hombre débil. Miré a Yvonne, pero Yvonne dijo con firmeza: «No.» «No», dije, disminuyendo la tensión. «Nada para mí, gracias.» El patrón trasladó su hosca mirada a mi amigo americano. El bronceado de su rostro se oscureció. «Un poco de vino tinto no puede hacer daño a nadie jamás», dijo. «Siempre había soñado con París, pero hasta ahora nunca estuve aquí antes. En París se bebe vino tinto ¿no? Nada malo hay en ello.» El patrón llenó un vaso, titubeando por momentos. Luego, las compuertas fueron bajadas. «Bonito día, señora, señores», dijo. «Su nombre es Gertrude»·, observé. <<No me diga», gritó el joven a mericano sorprendido. «Creí que hace un momento dijo Ivonne». Me miró guardand o silencio . El hombrecillo canoso a largó hacia el vaso una ma no temblorosa. R everencialmente ol ió la transparente y f uerte bebida, sorbiendo del borde del vaso. «¡Juventud, f,elicidad, el pasado!», susurró, y su rostro a rrugado comenzó a brillar en la semi oscuridad del bar. «En realidad sólo estoy de paso camino de Suiza», explicó a modo de excusa el joven americano. «Ex iste un instituto tropical en Basilea. Pero no pude resistir la tentación de quedarme unos días en París. La Venus de Milo, Mona Lisa, la tumba de Napoleón, el Tabari n, todo lo he visto. ¡Fabuloso!» Miramos su joven rostro encendido los dos, el refugiado de barba gris y yo. Las ruinas de Europa ardían en el marcado sembla nte del viejo. Lo que ardía en el mío es otra cuestión. «Et ego in Arcadia natus», dije, a pesar de todo, intentando que mi voz expresase toda la envidia sentida por su juventud . Para mi sorp resa, el hombrecillo colocó el fardo a sus pies, tomo otro trago de su vaso, levantó ambas manos y comenzó a declamar con el rostro radiante: «0 fons Bandusiae - splendidior vitro.» Y recitó el poema completo, titubeando


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sólo una o dos veces. La estrella de su mirada se volvi ó de un rojo brillante, un débil rubor encendió sus mejillas y continuó recitando de memoria una oda griega, El joven entomologista y yo escuchábamos respetuosamente, fascinados por el ritmo de la a ntigua 'lengua, el auténtico, explendoroso idioma de una civilización perdida. Sentía como si las campanas de una desaparecida Atlántida sonasen en mis oídos. Tal vez era sólo el insomnio. Pero pensé: «el toq ue a muerte de nuestra civilización». El hombrecillo se detuvo. Desvanecióse el resplandor de su rostro. «No», dijo. «Mi memoria está llena de agujeros, como una red . No hay donde inspirarse, todo se ha perdido.» (<En absoluto», respondí. «Hay gotas que brillan en los nudos de la red. Los manantiales no se han secado. ¿Acaso no es esa la angu tia y el orgullo de la humanidad, hacer fluir e l agua viva de la eternidad a través de un tamiz? Es cuanto nos ha quedado, nuestro privilegio . La libertad del hombre, como dijo usted, la única libertad del hombre.» «Hermoso», dijo el joven americano. «Todo es hermoso hoy.» «Hermoso de una forma cruel» admití. «Como yo con Rose.» «¿Rose?», repüió sorprendido. Primero me contempló a mí , luego miró a Yvonne. «Ahora mismo dijo usbed ... » Se refugió en su vaso y sorbió cautelosamente. «¿Cuál es su especialid ad dentro de la entomología ?», le pregunté. «(Resulta difícil de explicar», respondió, mirando a Yvonne, aunque continuando resueltamente. «Recientemente he estado estudiando las construcciones patológicas en el resto de ciertos insectos hembras tropicales. Es un tema trascendental.» Sonrió con generosidad, como sino esperase que ],e comprendiéramos . Pero el pequeño refugiado adujo rápidamente: «Por supuesto. Nada carece de importancia para la ciencia. El problema más i,nsignificante nos conduce a otros más trascendentes: el origen de la vida - enfermedad-muerte- el meca ni smo de la evol uci ón . La ciencia es grande hasta en las cosas más ínfimas .» ((y pequeña en las gra ndes», concluí yo. Una vez más el americano y yo nos miramos en un tácito entendimiento. Profundamente conmovido le recordé: «Nos esta mos olvidando del caballo.» E l entomologista y yo nos dirigimos simultáneamente hacia la puerta, saliendo precipitadamente. El canoso hombrecillo nos siguió llen o de curi osidad. Yvonne mascaba el huevo distraídamente. Sus pintadas uñ as rel uci an en la penumbra del bar, color rosa frente al blanco de muerte de la cáscara. F ue la cosa más hermosa que he visto durante mucho tiempo. En la calle, el caballo se vol.vió alarmado a mirarnos. Nos detuvimos, contemplándonos el uno al otro, mi amigo americano y yo. «Debe t'e ner sed», surgirió él angustiado. «Tenemos el café», le dije. Sin mediar más palabras nos pusimos a desenganchar cuidadosamente al caballo, el por un lado, yo por el otro. El caballo nos miraba alternativamente, torciendo la cabeza cuanto podía. Oímos el martilleo de unas suelas de madera. El cochero cruzó corriendo la calle desde la puerta del hotel de enfr,ente, con una cesta de verduras, vacía, bajo el brazo. Lo ignoramos. Al ver nuestra calma, dejó caer el puño que había apretado lleno de rabia. «(Señores», gritó. «Ese es mi caballo. Soy dueño de un negocio ],egal, soy un pobre trabajador. Pago altísimos impuestos. El Gobierno se ha vuelto loco. No tienen derecho a hacerle daño a mi caballo.»


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«Tiene sed», le dije. «Usted también debe estar sediento. Venga con nosotros. Un vaso de vino tinto no le vendría mal, estoy seguro, nunca ha hecho daño a nadie. Somos pacíficos.» «¡Están ustedes locos!», gritó 'lanzando improperios aún peores. «Llamaré a la policía. Dios mio, ¿es que un hombre no tiene der'echos en este país?» Pero el americano ya estaba cond uciendo al caballo hacia el cafetín. Y el caballo lo seguía confiado, haciendo lo que podía para atravesar con su voluminoso cuerpo su estrecha puerta. Escuché el ruido prod ucido por un vaso al romperse. «Nosotros pagaremos», dije rápidament<e. «El pagará, o yo, uno de los dos. O los dos. No se preocupe. No le haremos daño a su caballo. Pero entre.» El sonido de algo que se desgarraba llegó procedente de la puerta, y los cuartos traseros del caballo desaparecieron de nuestra vista . El cochero se desprendió de la cesta preci pi tándose tras ellos. Yo les seguí, cerrando lo que quedaba de puerta tras de mí. El vaso había caído de las manos del patrón haciéndose añicos. Yvonne se retiró para hacer sitio al caballo. <<Es un poco torpe», se excusó el americano. «Es terriblemente grande, si es a eso a lo que se refiere», observó Ivonne desaprobadoramente. «Por supuesto que es grande, querida Mary», repliqué malhumoradamente. «Nunca estás satisfecha. Si'empre deseando armar jaleo. Por supuesto que el caballo es grande. ¿Qué esperabas, un ponny?» Aunque tuve que reconocer para mis adentros que el caballo parecía inmenso en el débilmente '¡luminado bar. El rostro del patrón se había amoratado, y pugnaba por arrancarse la camisa con ambas manos, luchando por respirar. Explotó: «¡Esto es demasiado!», rugió. «Ya aguanté demasiado. Voy a llamar a la policía. ¡Vagabundos, locos, borrachos y extranjeros! ¿Para esto tomamos la Bastilla? ¡Ciudadanos, a las armas!» «¿Es que vamos a rendirnos a la fuerza?», pregunté desafiadoramente. Y yo mismo respondí. «¡No! Sería indigno de un ser humano. O de un caballo», añadí tras r.eflexionar un momento . El hombrecillo de barba gr:is salió gateando entusiasmado de debajo de la mesa. «¡Jamás!», exclamó con estridencia. «No, sería indigno de la huma'nidad. ¡No nos rindamos a la fuerza! Se detuvo para reflexionar unos instantes, y añadió: «Esa es la razón por la que estoy aquí.» Empecé a comprender por qué había debido caminar dos mil kilómetros. El cochero también estaba vociferando, y sus frenéticas imprecaciones lograron que el patrón recobrase la cordura. Se inclinó, descansó las hinchadas palmas de sus manos sobre el mostrador, y siseó con una voz temblorosa por la rabia: «¡Usted idiota, usted loco, usted-person! ¿Con qué derecho insulta a mis clientes? ¿No comprende, señor, que son americanos? Todos ellos.» Furiosamente sacó un sucio terrón de azúcar de debajo del mostrador de zinc arrojándolo sobre el mismo. El caballo agachó la cabeza con agradecimiento y ca utelosament'e lo tomó entre sus suaves labios. Temblando todavía de cólera, el patrón separó las manos y dijo: <illien, ¿qué desea tomar?» E l cochero hizo institivamente la señal de la cruz y exhaló un profundo suspiró. «Un vaso de vino tinto, pues», dijo, intentado salvar lo que podía del naufragio.


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«Tómese un o usted tam bién», le sugerí a l patrón. La ma no le tembla ba a ún m ientras llena ba los vasos, respi ra ndo estertó rea mente. E l a m ~ r i c a n o a ca riciaba el c uell o d el ca ball o. Pregun tó a migablemente: «¿Qué toma rá él?» «¡Oh , D ios mío! », suspi ró el cochero entre soll ozos. «U na vez se bebió un poco de sidra . Es un caballo norma ndo . Pero no lo ma te. Es el ún ico caba llo que tengo. Y soy un pobre hom bre.» E l ca ballo agudi zó el oído . «En ese caso, sidra», o rdenó el entoma tologista. «Pero con mucha agua . No des ea mos qu e nad ie se e mborrache aq uÍ.» «¡No qu iere que nadie se embo rrache», gi mió el co:;hvro, la nzá ndonos una desagrada ble y s::gnifica tiva mirada . Pero el patrón lo igno ró, entra ndo e n la ha bi ta :;ión trasera . R egresó tray ~ n do un cubo en el q ue empezó a echa r s:multán ea mente la ama rill enta sid ra de dos botell as. U n lu m inoso o lor a sid ra llenó la ha bitació n. « iPor F ra ncia! », di je yo . «Pa rís es el úl timo refugio que le q ueda a la huma nid ad .» E l cochero me miró bur ló n. «¿Có mo?», ,excla mó , «Todo se está yendo a l inf.ierno. U na g uerra tras o tra , y cada vez los vasos son más peq ueños y el vino más ca ro. Eso es algo de lo que puede usted esta r seguro de a n t~ m a n o . » y remov ió e l fo nd o de su vaso desdeñosa m",nte. «Es una d ific ultad », asi ntió con la ca beza el refugi ado de la ba:'ba gris . «Sin em ba rgo, no es insupera ble . U no pued e suf rir cosas peores.» «Fra ncia es un buen país», d ije. «Pero uno no debería considera r a ningún pa ís mejo r que a l resto, ni siquiera a l propio . A hí se encuentra la raíz de todo e l ma l. Se puede amar a l propi o país, po r supuesto.» «Yo soy un ci ud ada no d el mund o», d ijo el refugiado, ma nosea ndo distraída mente su raíd o tra je de cam pa ña . R ea lmente, no hay otra cosa. El mund o es ah ora mi único pa ís. Así que he de a ma r a l mund o entero. E l ho mbre es e l único herma no del ho mbre. Los ho mbr,cs no debería n ma ta rse entre sí. «Usted lo ha dicho», asen tÍ. «Pero, ¿qué se puede hacer?» « Li bertad, buena vo luntad », susurró e l ho mbr'vci llo co n lágri mas en los ojos . «y herm osos desatin os», suge rí. «Hay si tio pa ra un a buena ca ntid ad de hermosos desatinos ta mb ién. La huma nid ad no puede ava nza r sin esto.» E l a mericano le estaba da nd o de beber a l ca ball o. L eva ntó la vista d el ba lde y preguntó con interés : «¿Cuá nto tiempo ll eva n ustedes casados? » «¿ Y vo nne y yo? , preg unté so rp rend ido . «And a rá cerca de los vei nte aJños.» «P,e ro .. .» empezó, me miró desconfiada mente y gua rd ó silencio. E l patrón murmuró en voz ba ja a lgo ininteli gible. «Toma un vaso de leche ca li ente», sugirió Y vonne. «Te ay udará a dormir,» «Leche ca uente pa ra mí , por favo r», pedí. Sentía, po r vez prim era en vari as sema nas, bro ta r el. sueño, oscu ro y cá lid o, en mi f rente y en mis do lo ri dos ojos. «Soy menos fe liz que hace un m omento», me qu ejé. «Estupend o», di jo Yvonne. E l patrón a pagó el mechero de gas derra ma nd o so bre mi la leche cal iente. «Soy un hombr,e pa c i.en te», dijo con voz tembl orosa. «Pago im puestos conti nuos, si n queja rme. Ni siqui era echo pestes del G obierno, po rque c ua lq uier nuevo Go bierno es peo r qu e el a nteri or. Pero odi o a los a bstemi os fa ná ti cos. D esde que fi na li zó la guerra los jóvenes no beben otra cosa que li mo nada, zumo de frutas, leche ca liente, ¡pnaf !» «No odiemos a nadi e hoy», le supliqué. «Hoyes un buen día . Seamos sólo ci nco seres huma nos. A m igos que no odi amos a nadie.»


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MIKA WALTARI

<<Cinco seres humanos y un caballo», remarcó Yvonne. «Una mujer, cuatro hombres y un caballo», no pudo evitar de puntua.lizar el patrón, puesto que era francés. «Otra ronda», insistió entusiasmándose. «Esta por cuenta de la casa.» «Nada más para el caballo», dijo el americano con inquietud, pues el caballo comenzaba a comportarse de una muy peculiar forma, golpeando con su casco el balde vacío, y meneando la cabeza que sacudía de uno a otro lado con una mirada distraída de sus ojos. «¡ Ba(jh !», señaló desdeñosamente el cochero. «Eso no es nada. No sería la primera vez que tomase una copa de más y da un traspiés.» «Pero si tiene cuatro patas», objeté. «No está borracho», dijo Yvonne, de forma protectora. «Quiere decir algo.» y realmen~e también yo tenía la impresión de que el caballo estaba luchando. infructuosamente, por expresar alg0. «Hasta hoy no he sabido 10 hermosa que podía ser la vida», dijo el joven entomologista. «Si pudiéramos solamente vivir y dejar vivir.» ¿Qué hizo usted durante la guerra?», ],e pregunté. <<Estudiaba los insectos tropicales», contestó. «Para prevenir enfermedades», añadi ó, como excusándose. «Yo escribía», dije. Y nuevamente me odié a mi mismo por ello. Me estaba viniend o el sueño, y la felicidad huía de mí como la sangre de un aherida «¿Y usted, señor?», le pregunté al viejo refugiado. «¡Ah! , no habIemos de eso», dijo. «Yo no culpo a nadie. Ni siquiera a mí mismo. Sólo somos seres humanos. Pero es mejor caminar dos mil kilómetros que continuar.» «¿Continuar con qué?», le pregunté. Pero él no contestó. La estrella de su mirada simplemente brilló de forma más intensa. «No Cfiea que yo no he comprendido», habló el americano con la mayor seriedad. «Puedo ser joven, pero sé lo que estoy haciendo. Un estudio de dos o tres pág¡inas sobre los trastornos en el aparato di gestivo de un insecto tropical puede conducirnos a cualqui er cosa: el descubrimiento de una enfermedad mortal; su curación; incluso la forma de relac iona rl a con las fuerzas destructivas. En alguna pa rte hay un límite. Y después la ciencia tendrá que ser cercada. Pero eL ser humano ha de continuar. Porque de no ser así, no merecería la pena viy:ir. Eso es lo que yo pienso.» «Lo q ue signif.ica ser joven», dije. «Pero el muchacho lleva razón», arguyó el refugiado. «Incluso la fil osofía puede utiliza rse con fines destructivos. Aunque el hombre ha de mantener sus ideas hasta el implacable final. Si no, no sería humano .» «Sí», respondí. «Incluso la poesía puede matar. Tendría mos que arrojarlo tod o por la bord a si rehusáramos continuar». «¿Hasta el vino?», preguntó perplejo el cochero. «Sin embargo es cierto. A veces no dejo de pensar que todos los políticos deben estar borrachos. Hablo de mi propio país .en pa rticular», añadió pacíficamente. «Sin ofenderlos.» E n ese momento el caballo levantó la cabeza, estiró cuanto pudo el cuello, y emitió un relincho que resonó tan fuerte en la pequeña habitación que los muros del. cafetín parecieron a punto de derrumbarse igual que ocurriera con los de Jericó. Todos dimos un salto y miramos fijamente al caballo . «El caballo tiene razón», dije. «Hay un tiempo para cada cosa, los buenos tiempos se acaban, las bromas se evaporan y la muerte es la única certeza que el hombre posee. Me está entrando un sueño delicioso. Vámonos, querida.»


HUMANA LIBERTAD

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«¿Cómo? ¿Ahora que nos los estábamos pasando tan bien?», se quejó el joven americano. «Sueño», dije láJnguidamente. «Detrás de los ojos. En el estómago. Es hora de acostarnos, Yvonne, única amada». El «patrón» y el coohero jnkrcambiaron una mirad a signi ficativa y se echa ron a reír. Afortunadamente mi amigo americano no comprendió el significado de sus risas. Advirtió el cochero mi reprochadora expresión y se apresuró a decir: «Si me permiten, señora, caballeros, tendría mucrusimo gusto en ll evarlos a u hotel.» A pesar de la fuerte resistencia op uesta por el caballo, conseguimos entre todos arrastrarlo hasta la puerta . Ya en la calle, alargó el cuello a rrogantemente y volvió a relinchar. Sin que lo hubiésemos advertido, una multitud se había congregado a la puerta del cafetí n para seguir el curso de los acontecimientos. Pagamos el destrozo de la puerta. Fuimos al cincuenta por ciento, «menos de cuatro dólares cada uno», expresó asombrado el entomologista. El «patrón» se había trasladado rápidament,,, a la puerta desde la que, con los brazos cruzados, miraba despectivamente por encima de la multitud. Esta, por su parte, observaba con respet uoso si lencio, mientras el caballo era colocado entre las varas del carro . El cochero bajó la trampilla trasera del mismo. «Señora, caballeros, por favor», nos in tó. «Ya los he molestado bastante», dijo indeciso el ca-noso hombreci ll o. «Pero hay algo espec ial que desearía pedirles, me encantaría pasear por los Ca mpos Elíseos.» «Nos vendría muy bien», dij o Yvonne rápidamente. Lo subimos al coche ayudándonos entre noso tros, fraterna lmente. El cochero cerró la trampilla deslizando en su sitio el cerrojo de cierro, que produjo un ruido metálico. Se encaramó luego en su propio asiento y el caball o se puso en movimiento con ceremoniosa solemnidad, escuchándose tan só lo el leve resbalamiento de los cascos. En la esquina de la Avenida Georges V y los Ca mpos Elíseos, relinchó por tercera y última vez. Paseamos a lo largo de los Campos Elíseos en medio de un a interminable riada de acelerados automóviles. Tras de nosot ros, el Arco del Triunfo relucí a blanco-azulado. Apoyábamos los codos cómodamente en los laterales del carro . Gozábamos de una vista espléndida . «La rea lidad es más extraña que los sueños», dijo el refugiado, seca nd o sin rubor su barba gris. «Ni siquiera en mis sueños veía a París tan bella .» Pasamos por e l Puente. En el parque los setos a ma rill os estallaba n de flores. Vimos al cruzar el viejo Clemenceau, corriendo inca nsablemente hacia adelante, en su bloque de piedra, los caballos de bronce encabritados sobre sus patas traseras en el tejado del Grand Palais; y las doradas esculturas del puente en la dista ncia, lanzando la luz del so l sobre nosotros . No encontramos, en nuestro paseo, nadie de quien mereciese la pena hablar. El pequeño refugiado apretaba bajo el brazo su fardo de arpillera. «Lo llevaré a la barbería y le compraré alguna ropa», me sugirió el amer:icano. «No, no», dijo angustiado el hombrecillo .«Mientras menos posea menos tendré que perder. He vuelto a ver los Campos Elíseos. Esto es suficiente. Cualquier otra cosa estaría de más.» «Ninguno de nosotros posee nada», expresé en un somnoliento tono argumentador. «Sólo es un préstamo. Un día habremos de entregarlo todo. Más tarde o más temprano. Al menos eso hemos aprendido. Supongo que las bombas nos enseñaron. Y además están los impuestos. Ya no tenemos nada que nos pertenezca, excepto nuestra capacidad de trabajo.»


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MIKA WAL TARI

«¡Brabo!», respondió el americano. «Viva la capacidad de trabajo.» «y viva el ocio», añadí. Cuando llegamos al Louvre, y a los bouquinistes situados a la orilla del río, yo me había quedado profundamente dormido.

* * * En algún momento de la mañana siguiente, abrí los ojos sintiéndome de nuevo infeliz. Ella ya se había levantado y se peinaba el cabello abstraídamente frente al espejo. Vestía una bata de pana color vino. Tenía car~ño a esa bata. «Soy el gusano más despreciable de la creación», confesé con una v'oz débil. Se acercó doblándose para besarme en la frente, justo al lado de la ceja izquierda. «Dormiste muy bien», me dijo. El velo del sueño cayó de mis ojos cuando miré los suyos. Para mi ella siempre sería hermosa y dulce, aunque fuese ya de mediana edad, un poco metida en carnes y con arrugas alrededor de los ojos. «Rose, querida», le pregunté. «¿Cómo pudiste soportarme estos veinte años?» Estaba de pie, junto a mi cama; golpeó mi cálida frente con sus largos y bellos dedos, se sonrió y elijo: «¡Ayer mi nombre era Yvonne!» Me sentí tan avergonzado que la bilis me subió a la garganta. Pero le rogué: «Sabes muy bien que tu siempre has sido Yvonne para mi.» «y Gertrude», me recordó. «y Rose. Y Mary. Y Elisabeth», me apresuré a admitir, para impedir preguntas incómodas. «No me las recuerdes. Tú sabes perfectamente que eres la única mujer a la que siempre he amado. La única, en cierta forma.» ¿Te has arrepentido?», preguntó. «Nunca», le juré. Sentí que volvía mi equilibrio espiritual.. {(Sólo dos o tres veces al día durante los últimos veinte años, más o menos. Para decirte la verdad, la única cosa de la que me he arrepentido es de que lilas casáramos tan jóvenes. ¿Y tú?» «A veces te mataría», dijo. Y rodeó mi garganta con la punta de sus dedos. «Te creo absolutamente», le concedí, bostezando con fruición y recostándome para desperezarme completamente. «¿Y ahora?», preguntó. «¿Ahora que por fin has dormido bien?». «¿Ahora?», reflexioné. «Ahora me gustaría plantar flores en un pequeño jardín junto al río. Me bastaría un jardín muy pequeño y un río muy estrecho. Pero no plantaríamos nada que no fuesen flores. En todo caso árboles», añadí. Lo importante es no plantar nada útil. Ya existe demasiada gente que planta cosas útiles. Alguien tiene por tanto que pensar en las cosas :inútiles.» «y ¿de qué vamos a vivir?», preguntó ella con enloquecedor sentido común. «Escribiré algo de vez en cuando, por supuesto», le contesté irritado. «¿Más disparates?», preguntó irónicamente. «¿Eres bastante bueno para eso?» «Por supuesto», le respondí. «No cuenta tanto lo que viertes en el papel, sino lo que puede leerse entre líneas. La gente es mucho más lista de lo que pensamos.» Apoyó su mejilla -las dos- en las palmas de sus manos, me miró con toda la dulce sabiduría de su sexo y preguntó inocentemente: «¿Vamos a tener también un caballo en nuestro jardín?» «No», dije con firmeza. «No más caballos, te lo prometo». Pero no me atreví a mirarla a los ojos. Instintivamente ya había comenzado a preguntarme qué tal estaría un canguro. Es decir, si es que alguna vez podía hacerme con uno. Título original: Ihmisen vapaus, 1950. De la colección Kuun maisema (Paisaje lunar), 1953. Traducción del inglés y versión: Ana Pérez Humanes.


BAJO LA PIEDRA RUNAR SCHILDT

Dos horas de espera inmerecida en una estación de ferrocarril son un castigo, que quizá valdría para a.ligerar la lista de nuestros pecados, si no fuera porque, al mismo tiempo, alargamos nosotros esa lista maldiciendo y colmando de malos deseos a nuestros projimos y a las cosas. Esta fue la mala suerte que me cayó a mi hace poco, cuando, después de una corta estancia en el campo, quise volver a Helsingfors (1) en el rápido del norte, que hacía el viaje de día. Llegué a la estación una hora larga antes de la habitual de partida del tren he hice llevar mi equipaje concienzudamente a la sala de espera, luego despedí al servicial cochero con palabras amables y una discreta propina. Sin sospeohar nada me dirigí a la taquilla, donde me dieron la noticia de que el tren iba a llegar con unas dos horas de retraso. Esta información me irritó de tal manera que no me habría enfadado mucho más si me Uegan a decir que ya se habían vendido todos los biUetes, tragedia por la que el bromista de mi amigo Kar]'in asegura haber pasado. Pero convendréis en que mi situación era poco envidiable. La finca donde había estado invitado distaba demasiado de ,l a estación para rehacer ahora el camino y pasar de una manera agradable el tiempo que me tocaba esperar. No era fácil que encontrase aquí inesperadamente a algún conocido; yo, en general, conozco a relativamente poca gente, y además me resulta psíquicamente imposible hacer amistades casuales y, encima, por pura irreflexión y desidia, no me hab.ía provisto, como suelo hacer, de lectura; los libros que ofrecía el kiosco de la estación no me tentaban, porque me ,inspiran muy poca simpatía las novelas de detectives y los relatos de amor ingleses con sus campeones de boxeo y sus primeros besos, siempre en la última página. Sin saber qué hacer estaba yo en el andén empedrado, desierto ahora entre dos trenes. Era aquella una estación grande, importante encrucijada que estaba convirtiéndose en pequeña población, en pequeña ciudad incluso. Ante mí se extendía una explanada poco extensa, la mitad cubierta de vías de empalme y apartadero. Como telón de fondo se levantaba un monte talado con casitas grises de troncos, alineadas sin orden por la ladera, alternadas con chalets, también de madera, recién construidos y de tejado abuhardillado. ¡Qué chalets y qué tejados! Me quedé perplejo pensando en la fealdad que el talento humano era capaz de acumular en tan poco espacio. (1)

lHelsinki (Nota del Traductor).


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RU N'AH SCHILDT

Hacía buen tiempo, y ya era a.Jgo. Al menos podría darme una vuelta por los alrededores para acortar las horas vacías. La solución más razonable: sentarme a tomar algo en la sala de espera, preferí aplazarla lo más posible. En fin, que me decidí a dar una vuelta, pero eligiendo algún lugar que la mano del hombre no hubiese echado a perder aún. Aquel lugar era, sin duda, todo menos bonito, pero yo, por lo menos, me las arreglé para pasar media hora larga de manera relativamente satisfactoria. Cuando volví a la estación la encontré muy distinta . El andén hervía de gente que acababa de bajarse del tren correo del norte llegado de San Petersburgo para comer un bocado en los catorce minutos de que disponían. Abriéndome camj,no como pude entre tanta gente conseguí llegar a la sala de espera, movido por casi la misma curiosidad que le ind uce a uno en el extranjero a ir al parque zoológico a las horas en que se da de comer a las fieras. En la barra y en torno a las mesas se apretujaba una colección de personas de lo más curioso; el zumbido de idiomas de tierra caliente llegaba a mis oídos por primera vez desde mis buenos -o quizá fuera mejor decir malos- tiempos . Además de los tipos que suelen llenar nuestras salas de espera -que ya, de por sí, tienden a ofrecer muchos y variados colores- observé aquí cierto tipo de gente que la guerra forma y pone en circulación: buscavidas de todas las razas y categorías fiscaJ.es, que, yendo y viniendo. como lanzaderas entre los países costeros de Occidente y el gran bloque, tierra adentro, de Oriente, saben crearse nuevas relaciones, de las maneras más curiosas, en lugar de las que la guerra les ha roto. El hambre del oro estaba marcada en sus rostros de manera inconfundible. Yo no soy de su raza, y, por eso, este tipo de personas despierta en mí el mismo divertido ánterés que inducen en uno los paisajes exóticos. Había allí también personas a quienes, sin duda, nunca se les habría ocurrido 'dirigirse a nuestra pobre y .Iejana tierra, situada en los confines de la señorjal f inca europea, de 111 0 ser por causa de la guerra mundial. En particular recuerdo a un alto oficial francés de uniforme, así como a varios ingen iosos asiáticos, 'uno. de ellos príncipe siamés, según decían los periódicos. Y tan extrañamente había embrollado el destino sus hilos que todos estos personajes se estuvi'eron reunid os unos momentos entre las mismas paredes humosas y puntuadas por .las moscas en un país cuyo nombre apenas conocían. Entre estas numerosas apar.iciones extranjeras: cesáreas cabezas anglosajonas con desmedidas y tigrescas quijadas, barbitas francesas, sonrisas rusas y occipucios suecos, distinguí un rostro que me era conocido. Este hombre, de mejillas cóncavas, frente hendida por hondos surcos, pelo encanecj.ente bajo el gorro de viaje, cuyos grandes ojos ahondaban grises en su propio jnterior, era, sin el menor género de dudas, Karl Henrik Brisman. Yo conocía a Karl Henrik Brisman y sus andanzas como nos conooemos todos, o por lo menos sabemos unos de otros, en estos racimos dispersamente poblados de casas nuevas. Por o.tra parte tenía yo. razo.nes para suponer que él a mí no. me cono.cía, no. sólo por la diferencia d e edad sino. también po.r o.tras razo.nes. Ella había abando.nado la universidad y el país estando. yo. to.davía en el jardín de la infancia. Co.mo. mi rostro. le era casi seguramente desco.no.cido., pensé dedicarme a o.bservarle de una manera que, en o.tras circunstancias, habría resultado. impo.sible.


BAJO LA PIEDRA

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¿Qué necesidad tenía yo de observarle? En primer luga r, porque a lgo tenía que hacer para p asar el tiempo, y, además, porque aquel hombre me i'nteresaba realmente, hasta cierto punto. Lo que yo sabía de él, no era en modo algu no, particularmente notable o digno de loa, pero, a pesar de todo, había llegado a despertar interés en mí, y qui zá incluso un a cierta simpa tía. Era hijo de un comerciante que había prosperado mucho en una pequeña ciudad de Botnia Ori·ental. A la muerte de su padre había heredado, po r er hij o único. tanto el negocio como una importante ca nt idad de dinero en metálico. y en luga r de dejar que el negocio sigui ese adelante por sí solo, o de d'edica rse a otra activid ad provechosa, a escoger otra profesión, lo que hi zo fue apres ura rse a v,e nder casa y tienda a poco precio y lanzarse inmediatamente a viajar. En general, la gente pensó -según me dijeron mi s info rmadores- que Karl Henrik Brisman quería divert.irse a fond o durante unos años y volver desp ués a su tierra a crearse una situación segura y agradable. Había ap robado sus exámenes de derecho a ntes de la muerte de su padre; todos los cami nos le estaban abiertos, como es de rigor e n nuestro país. Pero los que así pensaban se equivocaron de medi o a med io. Karl Heruik Brisman no pertenecía en abso luto a ese tipo de hijos de padres ricos que üenen que echar a toda costa un a ca na al ai re, refocilarse por los hoteles de luj o y las boites caras y «viajar por Europa pegados a fa ld as», como suele decir mi amigo Ka rlin. Bri sma n viajaba únicamente por viajar. A él lo que le apetecía era dejar a sus espaldas la mayor extensión posible de tierra, nunca, o apenas nunca, dormir más de un a noche bajo el mi smo techo, poder pedir la cena en un ,idi oma distinto a'l que le había se rvido para pedir el desayuno. Viajaba muy sencilla mente, pero había reco rrid o E uropa y Estados U nid os de ca bo a rabo. E ra ésta una ma nifestació n del mismo osc uro insti nto que había dejado casi desierta gran parte de Botni a Oriental, que había cast rado a Nyland (1), empobreciéndola de brazos jóvenes, y que obliga a los que disponemos de medios a sa lir todos los a ños en busca de cielos ext ra nj-eros. Pero ha bía otra cosa, además. E n alguna pa rte, al udiendo al Kaiser Wilhelm y a Herman Ba ng (2), había yo leíd o que el afán de tragar kilómetros y el instinto de viajar están rel acionados con un a lto grado de neurastenia, por lo que im aginaba que Karl Henr ik Brisma n tenía que sufrir, por lo menos en cierta medida, de este mal' incurable. Aproximadamente veinte años ha bí a durado su fortuna. Y un buen día, haría cosa de diez a,ños, Brisman se vio de nuevo en Fi nla ndia, co n el pelo gri s, fatigado, sin recursos de ninguna clase. Sus amigos de juventud le atendi eron y le encontraron un medi ocre pasar. El sueldo le llegaba justísim o para atender a sus necesidades; y los vi a jes se habí an aca bado pa ra siempre. Sus am igos eran amables, y tenían influjo, pero ¿dónd e encontra r un buen puesto para un hombre cincuentón, que no ha trabajado nunca y desconoce los dos idiomas nuevos que se ha n vuelto más o menos imprescindibles aq uí desde los años juveniles de Karl Henrik Brisman ? Esto era lo que sabía yo de Karl Henrik Brisma n, recogido aq uí y allá de los cotilleos que corren a su antojo por todas partes en nuestra ti erra. Tengo que confesar 'que me sorprendió en cierto modo verle aq uí en traje de (1) (2)

Nyland, en sueco: Tierra Nueva; región de Finlandi a (Nota del Traductor) . Novelista danés de este siglo (Nota del Traductor) .


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viaje muy usado, pero muy práctico y de muy buen corte, con horarios de trenes negligentemente as amándole de un bolsillo de la chaqueta, o sea, en apariencia, listo para un viaje largo, quizá al extranjero. A mi me había parecido tremendo rasgo de amarga ironía del destino el que este hombre que amaba ijas vistas siempre nuevas y el ondular de los hilos del telégrafo junto a las ventanillas del vagón más que cualquier otra cosa de esta vida, que este adorador de la velocidad y gran conocedor de las rutas más cómodas, estuviese ahora reducido a tal pobreza que apenas podía rega'larse un viaje en tren entre Helsingfors y Aggelby, donde vivía. A lo mejor alguno de sus amigos ricos de la infancia había querido darle una gran alegría antes de que fuese demasiado tarde, porque, la verdad, no daba la impresión de quedarle mucha vida por delante, o eso me pareció, y, con tal motivo, le había puesto en la mano una carta de crédito para viajar. Sí, seguro, eso tenía que ser, me dije y me alegré sinceramente por él. También yo sentí de muy jov.en la punzada del peligroso impulso que había poseído a Karl Henrik Brisman, por eso comprendía tan bien su radiante alegría. y cuando empleo la expresión «radiante alegría», no se crea que exagero. Los demás pasajeros estaban nerviosos, descontentos, se mostraban descorteses, daban empujones y apretujaban a los demás si n la menor consideración. Pero no así Karl Henr.ik Brisma n. Evidentemente t'enía prisa, como todos los demás, comía con gran rapidez y echaba de vez en cuando una o.jeada escrutadora al reloj de ]a pared, pero pude comprobar que elegía metódicamente lo mejor y estaba comiendo con gran aplomo hasta quedar satisfecho. La habilidad con que pelaba una patata en un momento y se untaba una rebanada de pan era sorprendent,e, como. también la destl'eza con que sostenía en equilibrio plato y vaso mientras comía tanta gente en torno a él. Y todo esto sin perder en ningún momento su di gna serenidad . Cua nd o el empleado de la estación entró y anunció ]a salida inminente del tren, Karl Henrik Brisma n no se dejó dominar por el nerviosismo y la prisa como los demás pasajeros; se hizo servj r una taza de café y charló un momento con las chicas de la barra, diciéndoles sin dud a algo gracioso, porque 'ellas se echaron a reír con ganas. Después de pagar se apresuró a salir al andén, a paso ~argo y vivo, pero si n correr. Confieso que le seguí deliberadamente al a ndén, para seguir mirándole. Mi curiosidad puede parecer un poco absurda, pero la forzada ociosidad en que me veía pued,e servirme de excusa. Y por esta misma razón me sentí contento de verdad cuando me di cuenta de lo intensamente que Karl Henrik Brisma n gozaba de los más insignificantes detalles del viaje, hasta de las dificultades. Parecía buscar los sitios donde la muchedumbre era más densa, donde tenía la oportunidad de rozarse con el mayor número de solapas y mangas de desconocidos y oír la melodía de las lenguas en su más vivo contrapunto. Le vi ayudar a unas señoras a llevar pesados maletines y responder a sus preguntas; sus grandes ojos grises relucían ante sus sonrisas de agradecimiento. y todavía encontró tiempo para conversar un momento en francés con un viejo que se asomaba a una de las ventanillas del vagón, au nque la verdad es que no se me ocurre con qué pretexto. A toda prisa compró un periódico en el kjosco y se subió de un salto al vagón justo cuando el empleado de la estación cogía la cuerda del badajo de la campana para hacerla sonar por tercera vez.


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Envidiable persona, pensé yo, ahora está gozando con cada uno de sus nervios, ahora le llena el sentido el vino rojo de la vida, por primera vez en muchos años, y quizá también por última. Vi sus ojos. Era la suya una mirada de hombre completamente feliz. Pero precisamente cuando sonaba el silbido de partida sucedió algo inexplicable. Vi de pronto a Karl Henrik Brisman bajarse de un salto del vagón y atravesar el andén a toda prisa. El tren arrancaba en aquel mi mo momento. Dios mio, me dije, se le habrá olvidado algo en ,la sala de espera, algo importante que no puede dejar abandonado, y ahora el tren ya está en marcha. Pero no volvía la cabeza para mirar a los vagones que se a lejaban veloces, ni tampoco dirigía sus pasos hacia la sala de 'espera . Lo que hizo fue dar la vuelta a la tienda, bajar a la carretera y desa parecer finalmente entre los cha lets y las chabolas por la ladera. Durante todo este camino no miró para at rás una sola vez, aunque fue aminorando la marcha, como por fatiga, y su elástico y ágil porte iba perdiendo energía, o tal me parecía a mí por lo menos. Todo esto tuvo lugar muy rápidamente, no tuve tiempo de a ju tar mis pensami,entos desde el momento en que saltó del tren hasta que desapareció. Pero ahora se me había despertado de verdad la curiosidad, tenía que averig uar lo que había detrás de tan insólita conducta, la cual, por ot ra parte, había llamado también la atención de la gente que quedaba en el a nd én. y me dije: Si alguien puede jnformarme sobre este mi sterioso as unto, será sin duda la encargada del restaurante, que hace un momento parecía tan ri sueña y rebosante detrás de la barra, y qu e, con sus amplias formas y su rostro reluciente, parecía la madre feliz de todos nosotros. En vista de eso vo],ví a la sala de espera, pedí una taza de té y la bebí en pie junto al bufé. Tuve suerte, porque fue la encargada misma quien me sirvió, pero para no hacer el ridículo mostrando demasiado interés dejé pasa r un os minutos y me tomé un par de canapés antes de hacer mi pregunta, co mo al acoso, con el tono más indiferente que cabe: -¿El señor Brisman? -dijo la importante, a unque amable dama, riendo- , sí, ha a lquilado una casita por un mes, allá arriba, en el bosque, tiene vacaciones y las pasa de una manera muy ridícula. Es posible que usted mi smo lo haya presenciado, hace un minuto, siempre suele ca usar gran sensació n en el and én, se baja de un salto al arrancar el tren . -¿Es que suele ... siempre? - tartamudeé perplejo-, quiero decir, ¿es un a costumbre?, ¿se comporta co n frecuencia el señor Brisman de la mi sma manera que hoy? Todos ,los días desde que está aquí, y llegó el primero de agosto. Esa es la razón de que viva aquí, o por lo men os eso es lo que dicen. Llega a la estación minutos antes que el tren de Petrogrado y se va enseguida que arranca. Dicen que se ha pensad o ponerle pleito por turbar el orden público, pero Dios sabe si lo harán. Lo que haoe entre tren y tren nadie tiene la menor idea, pero se dice que es tan tacaño que nunca come como es debido, excepto cuando viene aquí. Eso sí, aquí paga esc rupulosamen~e, no crea, Ino es de esos que se van sin pagar, de modo que no puedo quejarme de él. Pero ¡santo Dios, .Jo que nos pudimos reír con él, ha sido un verano de veras divertido, aunque sólo sea por esto! Pero ahora ya só lo le quedan unos pocos días, vuelve a su trabajo a fin de mes.


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RUN'AH SCHILDT

Pagué mi té y saludé cortésmente con el sombrero a la comunicativa señora. Salí y me senté en un banco sombreado. Vi en la hierba una piedra pesada. Le di la vuelta con el pie y vi debajo de ella hierba enfermizamente blanca, aplastada contra la tierra dura, pero continuaba echando hojas, viviendo, actuando a su manera. Mis pensamientos ahora recibieron nuevo estimulo. El tiempo dejó de parecerme largo; y finalmente llegó el rápido y me llevó a la ciudad, donde vivo tranquilamente entre otras cien mil personas y trato de dar forma a mi vida según las exigencias de mi carácter mientras mis débiles fuerzas me lo permitan. Título original: Under stcnen De la colección: Perdita och andra noveller (Perdita y otros relatos), 1918 Traducción del sueco : Jesús Pardo


REFLEJO EN UN ESCAPARATE SOLVEIG VO

SCHOULTZ

Solveig von Shoultz Foto: Pressfoto.

Murmullo en los pasillos, pasos silenciosos y mOVlJl1Jentos de cabeza: ¡esos dos que comen a la misma mesa y van juntos al teatro! Alguien la babía visto a ella entrar de atardecido en la habitación del contable. Qué se sabía de Taina, babía sido artista publicitaria, y eso no parece cosa buena. Pero la encargada era joven y se encogió de hombros: la vida privada de sus pupilos no era cosa suya. Si dos de ellos se llevaban bien, pues mejor para ellos. Bueno, resultaba cierto todo esto. Era necesario verse a veces en el centro de la ciudad, donde nadie pudiera oírles, en medio de la verdadera vida, entre gente de edades diversas que se tropezaban camino de cosas urgentes e importantes. Era necesario, ahora, recordar la propia identidad, el propio lugar, sin sentirse solos en él. ¿Había notado Walter que ella se querí a ir de la subasta de sellos? ¿Y qué había sacado él de pasearse entre cuadros de Chagall en el museo? A veces, no con frecuencia, se tocaban sus respectivas importancias; ¿Se daría cuenta la gente de esto? Entre el chapoteo de las calles, el barro y la nieve del invierno que linda ya con la primavera, costaba andar y costaba respirar. Era un o de esos días en que marzo cierra su verja gris. Cuando llegaron a la Alexandersgatan (1) comenzaron los sofocos; Taina abrió e l bolso, se dio cuenta de que él, con mucha del.icadeza, fingía no saber porqué se había parado. No era la primera vez que él se permitía m irar los escaparates en su compañía. Y este escaparate era apropiado para un cabaUero: una horda de sombreros y de gorros de piel, emperchados en cráneos anónimos. -No tengas prisa -dijo él, mientras ella tomaba su píldora-, podemos mirarles. Tenemos tiempo. (1)

Calle de Alejan dro. " Gata" es calle, en sueco (Nota del Trad uctor)


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¿Tiempo? Tenía toda la razón del mundo, el poco y desconocido tiempo que le quedaba a uno de vida. Pero ella rio viéndole mirar; no podía ver mucho con aquellas gruesas gafas negras que le obligaban a andar con cuidado. Ella los veía a los dos en el cristal centelleante entre los sombreros. Un viejo caballero muy atildado, un poco cargado de espaldas, había perdido muchas veces su bastón de puño de plata, pero siempre conseguía recuperarlo. Y una mujer con un magnífico abrigo ruso y gorro de visón, de diseño antiguo, lo llevaba muy calado. Se lo enderezó un poco y se metió en él unos mechones grises rizados. Quién sería en realidad esa mujer, lo cierto era que 1110 .Ja reconocía cuando se encontraban .i nesperadamente en un espejo; esas cosas se olvidan. -Menos mal que no ves bien, Walter -había dicho ella, casi en broma, pues no había nada que tomar en serio. Uno es como es, y a nadie puede parecerle mal. -Yo soy más viejo que tú - había dicho él, añadiendo algo que a ella le emocionó un poco-, y sé que eres bella . Taina. ¿Bella? Puede ser, por lo menos lo había sido, y todavía andaba por sus propios pies, y bien derecha. Ella les veía a ·los dos allí, en el vano del escaparate. Daba la impresión de una casualidad, y qué otra cosa era, si es que realmente existen las casualidades. Se daba la circunstancia de que sus habitaciones estaban una enfrente de otra, se daba la circunstancia de que comían a la misma mesa, y él, se había puesto a hablar ae un libro que se dio la circunstancia de que ella también tenía, sí, y muchas otras coincidencias pequeñas y cotidianas. Por e}emplo, ¿cómo puede tolerar una muj-er que un hombre viejo trate de coserse un botón? Hablaron, hablaron mucho, pero ocurrió que perdi,e ron la pista en sus mundos respectivos, dieron pasos en falso y hubo que aclarar malentendidos. Ella no había comprendido la razón de que él se encerrase en sí mismo como en una concha cuando ella le hablaba con mordacidad de los temerarios paseantes dominicales y del' frágil hielo primaveral. Había entrado bruscamente en su pasado, su hijo había muerto ahogado. ¿Cómo era posible saber dónde comenzaban los puntos sensibles de los demás? Ellos dos no sabían el uno del otro más de lo que pueda n saber dos lanchas que están amarradas en el mismo atracadero, ambos habían llegado de muy lejos y de puntos distintos. Había que tener cuidado, y ella tenía propensión a excitarse, mientras él. sopesaba cada palabra, y se retraía y se volvía a abrir. Pero de sí mismo solo daba gota a gota, tanto tiempo llevaba viviendo solo. -¿Qué te parecen? ¿Crees que necesito un gorro nuevo? Diciendo esto, él se inclinó hacia adelante y tra tó de distinguir lo que había en el interior del escaparate. Ql1izá pensase que ella estaba todavía fatigada. -Veremos -dijo ella, distraída, pensando todavía en la impresión que habría prod ucido e n él Chagall. El se había limitado a responder vagamente que sí, mientras iban los dos por la sala, forzánd ola a ella a veces a detenerse. Ciertamente, por causa de su corazón, pero de doble manera: en su interior, en su mundo nostálgico, se mecía al compás de la pareja de !llovios en el cjelo nocturno, con rosas de color rojo oscuro en ambas manos; regresaba, flotando, a la tierra perdida. -Vámonos -dijo él, y ella receló que le desasosegaba de verdad el que las terneras pudieran volar sobre los tejados. Pero: ¡no seas injusta! Se recordó a sí misma, sentada, con el' álbum de sellos de él sobre las rodillas, escuchando su ansiedad. No comprendía que la gente pudiese pasarse años pendient1e de tales cuadraditos de papel, tenía que


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ser cosa curiosa. Y había bostezado, pero en terreno sagrado, y él no dejó de darse cuenta. -¡Taina! - poniéndole la mano en el brazo-, ¿en qué piensas? - Pues en tu gorro, naturalmente. Hale, ven, vamos a probártelo. Te ayuda ré yo a escogerlo. Walter rezongó un poco, pero agradecía el consejo de una mujer, y mientras el dependiente le calaba a la fuerza gorro tras gorro en la cabeza blanca y lisa, Taina le seguía mirando. Tenía buen aspecto, con sus sienes finas, su nariz recta, su boca que sabía sal ta r a veces, cortante, contra preguntas incómodas. - No -dijo ella-, nada oscuro, te hace demasiado pálido, la de piel gris claro me parece que te sienta mejor. Un caballero vi ejo y discreto. Se ha bía para petado tras sus gafas negras, pero ella sabía leer lo que decían aq uellos ojos pardos. Unas veces furtiva, otras sorprendentemente abierto. Por lo demás: ¿era viejo? Dependía de cómo lo viese la gente, Walt'e r todavía iba erguido, sólo un poco curvo el cuell o, ese cuello fino que era donde más se le notaba n los años: un os años tontos e innecesarios que no ha bían sido suyos, sin o de otra. Para, se dijo Taj·na, este no es tu territorio; o, por lo menos: aléjalo de ti, spera a saber tú misma lo q ue quieres. El estaba ev identemente incómodo por la atención co n que le miraban dos señoras, y murmuraba que no podía decidirse tan de prisa, el gorro viejo aún ],e servía y, por lo demás, los que había aquí e ran demasiado ca ros . Todavía estaba irritado cuand o sa li eron de nuevo a la calle, ¡qué oc urrencia! - Pues fue tuya. Y a mí me parece que te iba bien -dijo ell a, con toda veracidad-, a ti te va bien la ropa ca ra, Walter. - Bueno .. . Por lo menos tengo dinero suficiente para invitarte a café -dijo él, uno de sus fallidos intentos por ser gracioso. Ella hizo una mueca, porque era lo oportun o, y lo que él esperaba, pero sería importa nte av,e riguar si los dos sabía'n rei r de las mi smas cosas. Poco antes se había divertido ell a mucho viendo un a pelicula de Cha rlot en la televisión, mientras Walter se quedaba mirand o como un pasmado al pobre diablo raído y derrotado. ¿Qué le habrí a hecho la vida para que viese así las cosas? Los sordos y los desa rraigados que se desli zaban por los pasillos de la ca a L daban mucha pena, pero a cierta cortés distancia. La distancia de ell a e expresaba en una serie de trazos que él llamaba caricaturas no le gustaba n, estaba claro que no. Pero ell a los necesitaba, eran su protesta. M uy bien -dijo ella cuand o le vio abrir la puerta del café- , voy a pedir la taza más grand e y el past'el más dulce. Tú eres mucho mejor persona q ue yo, Walter - a ñadi ó, pero él no la oía, enseguida había corrido a apoderarse de una mesa en el rincó n más alejado. Era como una pequeña habitación íntima entre paredes de charla y ojos ajenos a ell os, ningún conocido, nadi e que pudiera ir luego por ahí con el cuento . Tai na se desabrochó el abrigo, y él dejó sus guantes sobre la mesa, aquí hacía calor, un hogar para los dos. Ella le miró las manos, se miró también las suyas : las de él eran más finas, co n venas tensas. ¿Se habría dado cuenta alg una vez de que dos de sus dedos estaba n torcidos en las articulaciones? Todavía eran manos capaces de as ir y de retener. El cogió uno de sus guantes y l o escrutó. - Parece nuevo -dijo-, que amabJ.e fuiste, le remataste la costura. - No digas amable. Aborrezco esa palabra. He sido amable demasiadas veces en mi vida. Ahora lo que hago es no pensar más que en mi misma -dijo ella, tratando de creerse lo que estaba diciendo.


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-Bueno, como quieras. Lo que pasa es que no me he dado cuenta -dijo él, con un suspiro. La verdad, ya era hora de pensar en una misma, siempre había estado rodeada de exigencias ajenas, siempre cediendo, siempre haciendo de med.iadora. Ser objeto de ruegos es lo mismo que recibir. Pero es un don peligroso, había que tener cuidado cuando hasta en el aire se respiraban ruegos; y los peores son los que se formulan sin palabras. Y, sin embargo ... Ese guante, por ejemplo: un punto decisivo aquella tarde. Ella sólo había querido pedirle prestado un periódico, y allí estaba el guante, en el pequeño vestíbulo, desgarrado, pero aún se le podía r,esucitar. No lo pudo resistir, fue a su cuarto a por aguja e hilo y volvió enseguida al de él a cosérselo. El llevaba una chaqueta muy usada, una vieja compañera, y sacó un fondo de coñac que tenía escondido en el armario, reservado sin duda para ocasiones importantes. Pero casi nunca le visitaba nadie, su hija vivía en el norte de Fi nlandia y si había tenido amigos estaban ya olvidados o muertos, nunca hablaba de ellos. Ella se sentó junto a la lámpara mientras él fumaba en el sillón. Apenas osaba mostrar lo bien que se sentía, y ella se dio cuenta de que por dentro ronroneaba como un gato. Una imagen de paz y equilibrio que, por el momento al menos, era ilusoria. Pero ella se dio cuenta de que había pasado un umbral, de que, ahora, había una :nueva responsabilidad a su alcance, escond id a apenas. Y estaba harta de responsabilidades, cansada de cuidar niños pequeños, ,los adolescentes la habían hecho llorar, había ayudado a hijos crecidos a divorcia rse, buscando trabajo a chicas ignorant,es en la agencia de pubJ.icidad . Ya estaba bien. Era hora de pensar sólo en sí misma en el tiempo que le quedaba. ¡Sí, bueno, pero esto IilO era solamente una responsabilidad, era Walter! Walter, tan temeroso de caer pesado que dejaba en sus manos todas las decisiones. ¿Quería ir al teatro? ¿Compraría entradas para el concierto sinfónico? Le había dicho que le gustaban las azaleas, ¿podría ofrecerle una? ¿Y de qué color? Lo cierto era que ella no quería nada en absoluto, se retraía, pero no pudo resistir durante mucho üempo verle silencioso en su habitación solitaria. También ella estaba sola; ¿por que sería que los hombres lo pasan tantísimo peor? Los hombres viejos son como ramas que se han roto dd árbol, pero las mujeres son como raíz, siempre les queda contacto con la tierra. -Se te está enfriando el café -dijo él-, este es el mejor pasteL que vi, parece bueno, como éclair. -Ah, sí, gracias, me había quedado abstraída, pensando. Bueno, Walter, dime, ¿cuánto tiempo hace que se muri ó? E l tuvo un ligero sobresalto. Lo pensó: -Pronto hará dieciséis . ¿Por qué quieres saberlo? - No, nada, estaba pensando en lo que has pasado. ¿Estuvo enferma mucho tiempo? -Tuvo congestión pulmonar, al final... Pero los dos años últimos los pasó en una clínica psiquiátrica -dijo, como a la fuerza. -¿Una clínica psiquiá trica? -Nunca se pudo reponer de lo del chico. Y además tenía tendencia a la depresión. Esas son cosas que yo trato de olvidar, Taina. -No estoy segura de que olvidar sea buena cosa -dijo ella, pensando en su álbum de sellos-, a veces es mejor recordar, en compañía de otra persona. -¿Estarías dispuesta tú? Las gafas negras estaban fijas en ella.


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-¿ YO? -se sintió desconcertada un instante. Pero: no . El no quería entenderla. Había salido de una larga fidelidad, interpretaría mal su vida, más abierta e inquieta. Pensaría en los hombres que habían pasado por ella. No, eso no. -Me gustaría pensar que podría -dijo al fin, despacio- , hay cosas que pesan, naturalmente. Errores que una ha cometido. Persona a quienes un a ha herido. -J usto lo que yo ' quería decir: tus penas son tuyas, y eres tú quien debe lleva rlas. - No, ésa es una frase tonta, Walter. Lo que quiero decir es solamente que la vida tiene muchas cosas que nadie más que uno mismo puede llevar. y tampoco las pueden comprender los otros. -¿Los otros? Evidentemente se sentía rechazado. -Lleva tiempo conocerse, Walt·er. Mientras bebía su café, vio lo que se le avecinaba: la responsabilidad. Ya casi la tenía encima. -Pienso -d.ijo él al cabo de un momento- que cuando la gente ha vivido tanto tiempo debiera concentrar su vida en las cosas que les qued an, en el momento presente. Eso es lo más importante ... ¿No estás de acuerdo, Taina? ¿No ·es eso lo más importante? . Se inclinó hacia ella, sobre las tazas de café; ella no vio su mirada, pero sintió su calor. Y ya apenas le quedaba resistencia, como un montón de nieve en marzo. - Qué me dices de esto -dijo él-, hay viejos que viven juntos. Quiero decir juntos. He oído de casos así, también tú, ¿no? Ella juntó las manos sobre la rodilla, se encerró en sí mi sma. -Claro que sí. Pero en eso hay algo que no va. Y te diré una cosa, Walter. Con las mujeres ocurre que sólo hay dos fases en las que son personas pura y simplemente, solo personas, y es al principio y a l final. Y cuando han pasado todos esos años de inq uietud, la paz llega a tener un enorme va loro Se ve una gran cantidad de cosas que antes no se veían. Es una co nqui sta que ha costado muy cara. No sé cómo explicá rtel o: es un a libertad, Walter. Puede un a respirar. El estaba en silencio. ¿Le habría ofendido? -¿Piensas que la gente se molesta tanto unos a otros? -dijo luego, bajo. - Eso no lo sé, la verdad. ¿Cómo saberlo? -Ya. No hablemos más del as unto. ¿Term inaste tú café? No. Todavía quedaba un sorbo, y un poco de pastel. - Wa1ter, te olvidaste de beber el tuyo. - Da jgual. Pero te comprendo. Lo que quieres decir es que con un hombre viejo no vale la pena vivir. Y tienes razón. - No, no es eso ... -.se dice que es la vejez cuando mejor se sabe lo que significa. Me refiero al amor. -Por Dios, Walter. Acaso piensas que yo rno sé lo delicado que puede llegar a ser. Por lo menos debería saberlo ... Pero en lo que pienso es en la serenidad, se disfruta de una gran tranquilidad cuando no se siente la necesidad de querer demasiado. - No hay ningún peligro de eso -dijo él, y la interrogante quedó colgando en el aire.


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~Podría ocurrir, Walter. y entonces se ata uno a todo lo que suele acompañar al amor, y entonces hay que separarse, y sin pérdida de tiempo. -¿Vale acaso la pena? .. Como te decía ... -miró en torno a sí, todos los rostros eran desconocidos, toda la charla les era ajena-, como te decía. El hombre viejo no vale como hombre, eso lo sabes. Pero ¿qué me djces de la mujer, Taina?: quiero decir, cuando envejece. -Las mujeres son otra cosa. Sólo necesitan recibir ~ijo ella, y sabía perfectamente que el zumbido de vida que dormía en su interior podía despertar de nuevo y echarle a perder la existencia-, nosotras, las mujeres, vivimos demasiado tiempo ~ijo . -Basta con querer de veras estar juntos ~ijo él, cauto-, ¿no opinas 10 mismo sobre la simple cercanía?, ¿sentir a otra persona junto a uno? Desde el otro extremo de las mesa vio ella su rostro, habituado a rechazar al mundo. Siempre completamente abierto, esperando, indefenso. Y, a través de los años, vio los primeros desengaños de un muchacho, ¿qué era lo que le había negado?, ¿quién le había hecho daño? No podía seguir cerrándose a la ternura, le salía por los ojos, y él se había atrevido. - De qué cosas estamos hablando. Piensa en Jenny y en Alli y en Kerstin, y en todos los demás del pasillo ~ijo ella, intentando tomar la cosa a -la ligera. Absolutamente cierto: él se sintió aliviado. -Ya hace ti'empo que echamos a perder nuestra reputación ~ijo él-, hale, nos vamos. ¿Nos? Ella sabía desde hacía tiempo que esa palabra es la piedra de toque. ¿Qué se siente cuando alguien dice «nosotros»? El veredicto era infalible. Escuchaba su propio interior al abrocharse el abrigo. ¿Quedaba así la cosa? Ya había pasado el umbral. -No son más que las cuatro y media. Vamos a Alko a comprar una botella de vino, ¿qué prefieres? La guardo yo en mi armario hasta que vengas ~ijo él, y su voz, ahora, era mucho más joven. Cogió los guantes, la costura que ella le había rematado no era más que el comienzo. No volvería a pasarle, ahora ella cuidaría de su ropa, de sus medicinas, de sus ojos, de todo. El le daría trocitos de su vida, confidencias a las que ella corresponda ría, pero con cuidado, pues ahora era también respon_ sable de su vulnerabilidad . Taina evitaba mirarle, mientras él se guardaba las gafas en la cartera y se cercioraba de que estaba alli la caja de las píldoras. Walter se había abierto una rendija en su soledad, ¿cuánto sería capaz de soportar?, ¿se sentiría, quizá, necesitado de volver a cerrarla? Ante el escaparate de los sombreros ella se detuvo, y no para tomar su píldora. Lo que quería era volverles a ver otra vez a los dos. La gente pasaba junto a ellos, sombras oscuras se deslizaban contra el cristal. Dentro la hueste de cabezas anónimas se esfumaba, como personas que uno ha conocido y que uno ha sido. Y apenas conseguía distinguir claramente a los que se veían allí: dos viejos. pero también un hombre y una mujer.

Título original: Spegling i ett fijnster De la colección:Kolteckning, ofuUbordad (Dibujo al carbón inacabado), 1983 Traducción del sueco: Jesús Pardo


LA MONA TOVE JANSSON

Tove Jansson Foto: Per Olov Jansson.

El perjódico llegó a las cinco, como todas las mañanas. El encendió la luz de la mesita de noche y se puso las zapatillas, recorrió muy despacio, por el suelo liso de oemento, el mismo camino de siempre, entre caballetes, cuyas sombras eran negras como cavernas. Había limpiado y pulido bien el suelo después de que se derramara el yeso. Soplaba viento, y la farola que había delante de su estudio hacía mecerse las sombras, las alejaba de sí y volvía a atraérselas, era como cruzar un bosque a la luz de la luna en plena tormenta. No le gustaba . La mona había despertado en su jaula y se cogía a la reja; se quejaba, zalamera. Monita, dijo el escultor, y saLió al vestíbulo a recoger el periódico. Al volver abrió la mirilla y la mona se le subió al hombro, cogiéndose con fuerza a él. Temblaba. Le puso el collar y se sujetó bien la correa a la muñeca. Era una monita corriente de Tánger. Alguien la ha bía comprado barata y vendido cara. De vez en cuando cogía pulmonía y había que darle penicilina. Las niñas del bardo le hacían jerseys. El volvió a meterse en la cama y abrió el periódico. La mona estaba echada, quieta, calentándose con los brazos en torno a su cuello. Un rato después se sentó frente a él con las manecitas sobre el vientre, mirándole fijo a los ojos. Su rostro gris y delgado tenía el sello de una eterna y triste paciencia. No haces más que mirar, condenado orangután, dijo el escultor, y siguió leyendo. A 1a segunda o tercera página la mona saltaría súbitamente, con la precisjón de un relámpago, a través del periódico, pero siempre desgarrando páginas ya leídas. Esto era un rito. El periódico quedaba desgarrad o, la mona chillaba de triunfo y se echaba para dormir. Es comprensible sentirse liberado desgarrando todos 10s días, a las cinco de la mañana, las insensateces del mundo entero, y comprobando que son insensateces precisamente porque, de puro desgarradas, han quedado ileg.ibles. La mona, a él, le ayudaba a deshaoerse de aquellas insensateces. Ya saltaba. So bestia, dijo el escultor, so cretina, mona piojosa. Cada día se le ocurrían insultos nuevos. Luego la metía debajo de la colcha para que se durmiese, cerciorándose bien de que podría respirar. La


sO'

TOVE JANSSON

mona empezaba a ro~dr, y él buscaba la sección de arte. Sabía que hoy iba a meterse con él, pero el artículo resultó tener una condescendiente benevolencia con la que no había contado; era ya tan viejo que se creían en el deber de tratarle con miramiento. De no ser por la mona habría pasado la página de arte, pero ella le ayudaba a leerla por encima, como una hoja más del periódico. Duerme, condenada, dijo, no enÜcndes nada, lo único que quieres es llamar la atención. Y desgarrarlo todo. Y era cierto; la mona era como los otros en cuanto veía la menor mota, la menor mancha, el menor defecto, alargaba los dedos para ponerlo todo peor y agrandarlo; todo lo que veía, todo 10 que mostrara el menor síntoma de debil idad le inducía a cortar y desgarrar y destrozar; los monos son así, pero también 'es cierto que no saben lo que hacen y no hay más remedio que perdonarlos. A los otros -no se les puede perdonar. El escultor tiró el perjódico al suelo y se volvió hacia la pared. Cuando despertó era ya tardísimo y se levantó con la habitual sensación desagradable de haber perdido el tiempo. Estaba muy cansado. Lo primero que hizo fue meter a la mona en la jaula, y ella ni se movió, se limitó a sentarse en un rincón, muy delgada de espaldas con su jersey puesto. Fuera, en la calle, había mucho tráfico; no tardó en oírse el asoensor. Lavó un poco los paños de la arcilla y barrió el suelo. Resulta fácil barrer el cemento liso: un cepillo largo que pasa por entre las patas de los caballetes y se desliza como sobre s-eda, y luego la pala recoge la basura y al cubo con todo. Le gustaba barrer. Fue un par de veces, por costumbre más que nada, a la ventana, pero ya no se veía nada, la luz cegaba entre tanto plástico. Dio de comer a la mona. Se le ocurrió cambiar la sábana y pensó sacar al patio la caja del yeso, pero lo dejó y barrio un poco más. Reunió los pedazos de jabón que había por el suelo, tan pequeños que era imposible cogerlos, y los metió en una lata y la puso bajo el grifo. Quitó los paños de la estatuilla y la contempló, le pasó la paleta hasta la mitad de su contorno y luego en sentido contrarjo. Fue a la jaula de la mona y dijo: so carroña, eres tan fea que das ganas de vomitar. La mona chilló, llamándole, y sacó Jos brazos por entre las rejas_ El llamó por teléfono a Savolainen, pero volvi ó a colgar el auricular antes de recibir respuesta. Se dijo que podía ir a comer algo, y era buena idea, decidió llevarse consigo a la mona para que cambiase un poco de ambiente. Pero ella no quería, se limitaba a echarse de un lado para -el otro entre las paredes de la jaula. Qué es lo que quieres, dijo él entonces, qui eres salir o quedarte en esta mierda. Esperó. Finalmente salió la mona y se estuvo sentada, muy quieta, mientra-s él le ponía la pelliza de piel de gato, y, cuand o le hubo anudado la cinta del gorro bajo la barbilla, ella levantó el rostro y le m iró: fu e una mirada directa, inexpresiva, de ojos amarillos y muy juntos. El 'escultor apartó la vjsta, sintiéndose penosamente afectado por la actitud de absoluta indiferencia del animal inmóvil. Salieron juntos y él la tenia abri gada bajo la chaqueta. Seguía soplando el viento. Los niños estaban en la avenid a, desocupados, y cuando les vieron salir se pusieron a correr y a gritar: ¡la mona! Ell a saltó y se agitó y les chilló, tirando de la correa que le sujetaba el cuell o, y ellos a su vez le gritaban y les siguieron hasta la esquina. Allí la mona mordi ó a un o, rápida y escocient-emente. ¡Manita!, ¡manita!, canturriaban los niños. El escultor se metió en el. figón y dejó suelta a la mona, en el sue lo. - Vaya, aquí la trae otra vez - dijo el encargado de guardarropía-o No sé si recuerda usted lo que pasó la última vez. No se permit-e aquí la entrada a los animales.


LA MONA

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-¿Animales? L repiti ó el escultor-, ¿se refiere usted a perros y gatos? ¿O, en general, a los que frecuentan esta tasca? Savolainen y los otros estaban allí comiendo. -Los monos -observó Savolai nen- son conocidos por su instinto destructivo. -De qué demonios hablas. - De su necesidad de dest rucci ón. Todo lo hacen pedazos. - y de su ternura -dijo elescultor- , intentan consola r. Lindholm soltó una risita, y dijo que sin duda tú eso lo necesitas hoy. Pero también es cierto que podría haber sido peor. La mona se había metido en la chaqueta, y él se dio cuenta de que temblaba sin parar. -¿Peor? - prorrumpió Savolainen con fingido espanto- , ¿q ué quieres decir, que podría ser peor? EI. escultor dijo: -Anda, estáte quieto, so bestia - y, al cabo de un súbito silencio, añadió- , no, nada, hablaba con la mona. - Oyeme --dijo Pehrman-, lo mejor es no hacerles caso, di cen lo que piensan, y qué más da. Aunque también es una lásti ma que todos le haga n caso; en el fondo no es más que eso: que uno está out. Y luego lo difícil que es volver a levantarse. -Sobre tod o cuando se es viejo - indicó Stenberg-, ¿y qué come la mona? , ¿arcilla?, seguro, ¿cómo se llama? -So mentecato - respondió él-, idiota del diablo. De pronto la mona se subió a la mesa, volcó vasos y mordió a Stenberg de través en una oreja; luego volvió chillando a metér ele bajo la chaq ueta . -Sí, sí, ternura --dijo Lindholm- , ¿no fue eso lo que dijiste? Es un animal de lo más sensible. El escultor se levantó y respondi ó que eso era exactamente lo que había dicho que, por otra parte, no le gustaba nada el menú de aq uella tasca, y además tenía otras cosa-s que hacer. - Dan una película de Tarzán en el Ritz --dijo el encargado de guardarropía- , ¿no es allí a donde debía ir? - Por supuesto --dijo el escultor-, usted sí que es inteligente. y le expresó su desprecio con una propina ,excesiva. El vjento había ido arreciando. Cruzaron la avenida, ya no había nlTIos por allí. No vale la pena, pensó el escultor, -se me ha'll quitado las ga nas . La mona estaba completamente intratable. Trató de abrigarla bien con la chaqueta, pero ella se soltaba y a punto estuvo de estrangularse con su propia co rrea, se puso a chillar y finalmente no tuvo más rem edio que soltarle la correa que la sujetaba. Estuvo un momento quieta, luego se le escapó de entre la-s manos y se subió a un árbol, se agarró bien al tronco y allí se qued ó, como una ratita gris, con aire de susto. Tanto frío tenía que se agitaba entera. La larga cola estaba al alcance de la mano del escultor, podía cogérsela, pero también él se quedó quieto, sin hacer nada. Con la rapidez del relámpago desapareció la mona árbol deshojado arriba, se colgó de las ramas más altas como una fruta oscura, y él pensó: pobrecita, te morirás de frío , pero, pase lo que pase, tienes que encaramarte a los árboles. Titulo original: Apan De la colección: Dockskapet (Casa de muñecas), 1978 Traducción del sueco: Jesús Pardo


LA TORMENTA Bo

CARPELAN

Bo Carpelan Foto: Ewart Kaj.

Recuerdo que soñé con la gran tormenta que, en una tarde de otoño de hace más de cuarenta años, sacudió nuestro viejo colegio, junto al Parque Marítimo. Mi sueño está lleno de nubes fugitivas y de quejas, de ecos desvanecientes y de extrañas coincidencias, es un brebaje mágico que todavía hierve y humea con el recuerdo de aquel día de grandes nubes amarillas. Nuestra profesora de matemáticas -una mujer pequeña y nerviosa que parecía haberse tragado un signo de interrogación y estaba siempre preguntándose de qué estaríamos hablando; bajando la voz y los ojos, se dirigía a nosotros como si no existiéramos, aunque lo cierto es que sus ojillos negros veían todo cuanto ocurría en la clase y saltaba como una comadreja en cuanto alguien la desobedecía- estaba escribiendo la tabla de multiplicar del número siete en la pizarra, cuando una luz extraña llenó la clase en~era. Miramos por la ventana: parecía como si todo el colegio se hubiera transformado súbitamente en una estación de ferrocarr.il. Temblaba y se estremecía, un sonido sibilante penetraba por los gruesos y fríos muros de piedra, y, contra las altas ventanas, resbalaban a furiosa velocidad nubes deshilachadas de humo que proyectaban nuestra clase hacia adelante como si estuviéramos en un avión. Nuestra profesora dejó de escribir y levantó la cabeza oscura y delgada. Sin decir una palabra fue hacia la ventana y se asomó a mirar ·las nubes a la deriva. Fuera, en el pasillo, se oían gritos estridentes y puertas que se abrían. Los pupitres temblaron ligeramente, y, como a una señal, nos precipitamos todos a las ventanas, nos subimos a los hondos alféizares y nos pusimos a seguir con los ojos la carrera del viento. Tenía una voz profunda y oscura y otra más aguda y chillona, y ambas voces se entretejían como gritos y golpeaban


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los troncos de los viejos a rces, a rra ncaba sus últi mas hojas y dejaba el pa rq ue convertid o en un montón de haces negros y humea ntes q ue se doblaba n co mo a rcos contra las tremend as masas llegadas del mar. - ¡A vuestros si tios ! gr,itó nuestra profesora con voz co rta nte, pero nosotros seguimos enca ra mados a los a lféizares. Las nubes f ugi tivas desapa reciero n, a hora, rei naba f uera una oscurid ad resona nte y las seis lá mparas del techo se encendieron pa ra volver a apagarse ens·eguida. - ¡A vuestros sit ios ! gritó nuestra profesora, y nosotros, a desga na, volvimos a los pupi tres. -¡Escribid! , grjtó ·Ia voz desde el pas illo . Y, de pronto, ll a meó la luz con toda su fuerza y se a brió la puerta . Co rrim os hac ia ell a, nos tragó el pasi ll o o curo y no ago lpamos todos contra la sa lid a . D e pronto oímos un tremend o est répito que dom inó el asti ll ar e del cris ta l, el zumbid o de miles de voces del fuerte viento a ma rill o . Por las venta nas de la esca lera vimos el reluci en te tejado de chapa del co legio desga rra rse con un chasqu ido de las viga", y sa lir vola ndo hacia el ma r co mo una sába na ondul ea nte. Por el ca mino iba rasgand o las copas de los á rbo les de la a venida de a rces y aca bó desa pa reci·end o entre rugidos por encima del observa torio as tronómico, so bre la oscura y vaci la nte co lin a qu e se levanta ba en medio del pa rq ue tembl oroso. Inmedi a tamente después del tejado sa lió vo la ndo un a bla nca nube de cert ifi cados de estud ios y deberes escola res que a lo la rgo de cien años había n ido acumu lánd ose en el desván d e la escuela. A p lumas de un co jín interm inablemente gra nde semej a ba es te remolin o de bla ncos copos de pape l elevá nd ose sobre la escuela y d eri va nd o hac ia el ma r, o ba rri dos con terr ib le velocidad tierra adentro. ¡Qué extra ña es la na tura leza! R esultó luego que los ejercicios de tema libre: «Mi C ha let de Vera no», «Un A ma nacer», «Có mo Siento el Ma n>, «M i Escritor F a vorito», <<.Flores F uera y Dentro de Casa», y otros so bre temas pa recid os, vola ron haci a el ma r, dond e, dura nte va ri as generac iones de pescadores, fueron tiernamente leíd os en el oto ño a la luz de las lá mpa ras . Dura nte la rgo ti empo tra taron --eso es lo que me co ntó mi madre- de seca r con gra n cuidad o sobre las rocas los empa pados cuadernos azul es que ta n ines perada mente les ha bí a n caíd o del cielo y de recorta r sus bellas mues tras ca ligráfi cas, mientras e n el norte cazadores y la bradores pod ía n leer a su vez so bre «El He roico Rey Ca rlos D oce», «La Influencia de Europa en la C ultura America na», «Mussolini, un Dirigente», y «La E lectricid ad como F uente de energía». Cuando la nube de deberes y certificados escola res - nadi e se interesó rea lmente por estos últimos: desa pa recieron y no se les volv.ió a ver, se usa ría n qui zá como combustible- se leva ntó sobre nuestra escuela desvergonzada mente desnud a, subió corriend o el director - un hombre la rgo y delgado que sabía doblarse de las maneras más extra ñas- esca'leras a rriba hasta el desvá n, y el colegio en pleno subi ó corriend o lea lmente en pos de él. E n va no tra tó de pa ra rnos el viejo bedel: pasa mos junto a él como un torrente y subimos a todo correr hasta el desvá n, d onde, de pronto, se impuso el más comp leto silencio. E l colegio ha bía sido el. centro del ciclón, y un silencio sini es tro caía so bre los escasos restos del a rchivo. Pe ro a lo largo de las pa redes ha bía a rma rio tras a rma ri o llenos del orgullo del co legio: los pá jaros d isecados, donativo de d irectores a nteri ores. Subiénd ose a la mesa nos gritó el d irecto r que cogiésemos los pá ja ros y Jos llevásemos a lugar seguro. ¡E nseguid a vuelve la tormenta !, gritó, erizándosele el pel o bla nco, como en un cuadro que ha bía visto yo una


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vez en el altar de una iglesia. El viejo del cuadro tenía una espada en la mano, pero el director lo que asía era un puntero. ¡Qué razón tenía! El viento volvió en cuanto abr.imos las puertas de los armarios donde estaban los pájaros pequeños, aunque también había allí patos y paros, cisnes y tordos ,ibis y cigüeñas, cornejas y buhos, gaviotas y águilas. En el cielo, que veíamos abierto ante nosotros, llameaba ahora una luz roja, y, con un aullido, cruzó de pronto un torbellino onduleante la vasta estancia destejada, arra ncándonos los pájaros de las manos. ¡Y los pájaros! ¡Fue como si durante tantos años de polvo y silencio no hubieran esperado otra cosa que esta señal para escapar! Con un grito unánime como de una fortísima arpa de múltiples voces, volaron todos rasando nuestras viejas paredes, se elevaron gritando y gorjeando, mugiendo y croando, aullando y crujiendo, piando y arrullando, hasta perdérsenos de vista. Con alas ruidosas, alas agitadas, alas enloquecidas, con ojos relucientes y cuellos estirados, con las patas recogidas hacia atrás y las garras bien fuera dieron una vuelta silbando como balas en torno al director, que alargó hacia ellos el brazo largo, lívido, impotente, y sin más desapareóeron, como hojas de árboles, lejos, fuera, hacia lo más profundo del cielo, y sus gritos murieron en extrañas ondas yecos, mientras nosotros, arrastrándonos por el desván silencioso y pesado, conseguimos llegar a la escalera y bajar por ella. De pronto nos dimos cuenta de que 10 único que oíamos eran nuestras propias voces y nuestros estrepitosos pasos, que el desván había callado tan súbitamente como I1eventara por segunda vez, y que fuera también reinaba un vasto silencio, blanco como la leche. Las puertas del patio del colegio se abrían suavemente por sí solas. Retorcidos y caídos en los lugares más inesperados estaban los postes de las farolas que iluminaban d patio, y nuestro severo profesor de gimnasia gritó: -¡Dejad de mirar los postes de las farolas!, ¡escuchad! pero su grito quedó solo y sin fuerza: ¿por qué no íbamos a mirar toda aquella devastación, el viejo colegio con sus gruesos y sucios muros remendados, sus aleros que salían como costillas de ballena vieja contra el cielo rosado, los árboles que se erguían desnudos y sin hojas, las ramas rotas, el mundo, que se había muerto y volvía a resucitar? Cerrando los ojos podía verlo todo: chicos con pantalones de golf y chaquetas demasiado estrechas, chicas con v'estidos de lana a cuadros y medias a medio caer, con trenzas y chaquetas, todo eso lo podía ver yo con solo cerrar los ojos: estaban todos en el patio del colegio, sus rostros relucientes después de la tormenta, la terrible tormenta amarilla, que, según oí más tarde, había sido puramente local y no había azotado ningún otro colegio ni ninguna otra parte de -la ciudad que la nuestra .. . Me desperté porque nuestra profesora de matemáticas estaba junto a illl pupitre con su grácil regla en la mano; me llevan té, aun medio dormido. -¿Te duermes en clase, Carpelan? ¿Acaso no sabes lo que les ocurre a los que se duermen en clase? ¡Contesta! En la clase reinaba eL silencio más profundo, todos me miraban. Susurré: -Que sueñan. -Más alto -gritó nuestra profesora, completamente desesperada-, ¡más alto! -Que sueñan -chillé. -Que sueña-n -chilló la clase entera, regocijada y ruidosa-, ¡que sueñan! ¡que sueñan!, y la lección se perdió entre risas y gritos, y tuve que quedarme encerrado en la clase.


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Pero en el patio oscuro, cuando salí para ir a casa, encontré un cuadern o de ejercicios empapad ísimo, donde se leía, escrito con elegante letra: «La gran tormenta a ma rilla». Estuve un momento a la luz de la farola, entre los lI ameantes a rces, cuyas hojas todas esperaban el momento de caer serena mente bajo la primera helada dura . Me latía el corazón, y leí: «Recuerdo que soñé con la gran to rmenta q ue, en un a ta rde de otoño de hace más de cuaren ta a ños. sac udió nuestro viejo colegio .. .». Ante mis ojos relucían hojas vírgenes de toda otra escritura. Y en la cubierta no constaba nombre a lgun o. Me llevé el cuaderno a casa y lo guardé en el cajón de mi escri to rio. Pero a ma má no LUve más remedio q ue enseña rl e mis notas: «Se d uerme en clase y contesta ma linten cionadamente». M i madre me miró, proc upada : -¿ y qué voy a hacer? -Pues f irmar. -Sí, bueno, pero ¿qué es lo q ue contestaste? - Que estaba soñand o. - Bueno, ¿pero no es eso lo que hacen tod os los q ue d uermen? No supe qué contesta r a esto. Nos m iramos, desconcertad os, el uno al otro . - ¿y qué es lo que soñaste? - P ues soñé con la gra n tormenta amarilla. - ¿Con la gran tormenta a ma rilla? Muy bien. Mamá as in tió, y esc rib ió. - Yo misma ' he v.isto ·Ia gra n tormenta amarill a, y fi rmó su nombre debajo. Pero cada vez que el viento arrec ia y las nu bes se precipitan en el cielo, recuerd o yo el d ía en q ue e l tejad o del colegio sa li ó volando cielo arriba y desa parecieron los pájaros, cuand o el Pa rq ue Marítim o devi no siniest ra oscuridad y todo gritaba y tembla ba bajo el empuj e del terrible viento, el mis mo q ue todavía rond a por aquí , en espera de ca mb iar y agita r todo lo que se cruce en su ca min o. T ítul o original : Storrncn De la colección: Jag rnínns att jag dro rndc (Recuerd o qu e soñé) . 1979 Tradu cció n del sueco: Jesús Pa rd o

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Veijo Meri Foto : Otava.

El peine del joven había caído detrás de los tubos de la calefacción, bajo la ventanilla . El joven se agachó para mirar y tanteó entre los tubos y a lo largo del suelo. Ni ras tro del peine. Si se pierde algo en eL tren es dificil encontrarlo. Una vez a mí se me cayó un billete de tren que había puesto en el saliente de la ventanilla y que fue a ca'er precisamente detrás de los tubos de la calefacción, y no pude encontrarlo. Llegó el rev isor y dijo: «Los que ha n subido en Hyvinkaa, billetes, por favor.» Yo estaba sentado como si tal cosa cuando él pasó. Estoy seguro de que hay pocos detalles que esca pen a los revisorles; saben quién acaba de subir al tren. Los nuevos pasajeros tienen, de algún modo, un aire más vivaz, son más observadores. He oído decir que len invierno miran los zapatos de los viajeros. Si tienen nieve alrededor, no hay duda. En la mayoría de los casos basta con mirar a los viajeros directamente a los ojos. Hasta los que han subid o de extranjis acusan la mirada y luego desvían la suya hacia otro lado. Yo procuré no mirar a 'los ojos del revisor, lo cual me resultó bastante fácil concentránd ome en las largas cuerdas de la tapa del ventilador que se balanceaban cerca del techo. Todas se mecían en la misma dirección, pero algunas .]0 hacían con retraso, lo cual se debía tal vez a que todas eran li geramente direfentes en peso y longitud. Ahora recuerdo q ue no es el peso lo que cuenta, del mismo modo que no es el peso lo que afecta al balanceo de un péndulo. Cuando el revisor se había ido, empecé a buscar mi billete de nuevo. Seguí buscándolo durante todo el trayecto hasta Tampere. Era evidente que el joven, por su parte, seguiría buscando su peine hasta su lugar de destino, sin encontrarlo. Una vez un tipo que vendía billetes de lotería subió al tren en Hameenlinna. Pasó deslizándose, como si los asientos fueran invisibles. Yo compré un billete:


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DO gané nada, DI siquiera otro para seguir juga ndo. El tipo tenía un taco de billetes de más de un palmo de grosor, sujeto con una delgada goma roja . La goma se rompió y salió disparada por el aire, yendo a caer en el respald o del asiento a mi lado, quedándose adherida a la tela. Una vez a nú se me disparó una goma como esa y se quedó pegada al papel pintado, muy cerca del techo. Me pregunté qué adhesión la sujetaba alli. Por la noche se había caído al suelo. Los billetes de lotería escaparon de las ma nos del hombre en dos ráfagas, todos al suelo. Lo más probable es que el sujeto no tuviera permiso para vender lotería en los trenes. Yo no me atreví a ayudarle porq ue temía que pudiera darse cuenta de lo fácil que me hubiese resultad o mangarlos. El hombre se bajó en Riihimaki. Yo seguía hasta Helsinki. Me apoyé en el respa ld o con alivio. E ntonces me di cuenta de que debajo del asiento de enfrente había un billete de lotería. Lo cogí y lo abrí. No hubo suerte. Luego descubrí otro debajo del tubo de la calefacción y, al inclinarme para recogerl o, vi tres más debajo del asiento. Los recogí y los abrí rasgando los extremos. Con dos de ellos habría ganado otros dos más. Empecé a excitarme y me puse a mirar más detenidamente. E ncontré un montón de bilJetes debajo del asiento, los abrí y miré los números. Eran unos pocos más de treinta. Ni un o solo me habrí a proporcionado la bicicleta, la radio, la cámara fotográfica. Pero habría ga nad o diez nuevos billetes. La papelera de hojalata semicilindrica empezó a ll ena rse gradualmente de bi lletes de lotería abiertos. Eran sumamente largos, con cinco dobleces cada un o. Finalmente estaba hasta la coronilla de buscar más, puesto que no había saboreado la victoria. Pero cuando, llegando a Helsinki, me levanté para ponerme el abrigo, me di cuenta de que había estado sentado sobre otros cuatro billetes . Los abrí, ya de pie. Estaban vacíos. No quiero decir que todas las loterías sean malas. Una vez tomé parte en una r.ifa en un té de estudi antes: una d e aquellas rifas benéficas para las que no hacía falta solicitar ningún permiso. La ganó el profesor, como si los organizadores lo hubiesen preparado adrede. El premio consistía en una bolleta de litro de vino blanco. El tamaño y los colores de la etiqueta me impidieron leer la marca cua ndo mostra ron la botell a por la sala. Los estudiantes se mostraban reaci os a llevársela a l profesor porque sabían que éste era abstemio por cuestión de principios, y hasta pensaron darle, en luga r de la botella, una lámpara de mesa del despacho del presidente de los estudiantes. Sin embargo, como el premio le había sido ya mostrad o a todo el mundo, no se atrevieron a hacer el cambio. Todos estaban muy a nimados; el profesor levantó la botella para que la vieran todos y se uni ó a las ri sas, tal vez un poco más de lo necesario. Se marchó antes de que comenzara el baile. Pero apenas acababa de pisar el corredor cuando se le cayó la botella, la cual fue a parar a la puerta y a un a la misma call e. Probable mente todavía quedan trozos de la botella por allí. Podían haberle dad o al profeso r un maletín, ev ita nd o así que hubiese tenido que esconder la botella debajo del abrigo como suelen hacer los borrachos contumaces con sus botellas de petaca. No pude recrearme en los recuerdos porque el joven seguía buscando su peine sin cesar. De vez en cuando se sentaba como si no le importara, pero pronto empezaba la búsqueda otra vez, como si est uvi era convencido de que realmente no le había buscad o. Sólo a hora empezaba a busca rlo, pues de no ser así sería imposible creer que no llegara a encontrarlo, después de un registro tan minucioso. Y nadie se preocupa por buscar algo que está seguro que no va a encontrar. El joven no paró hasta que llegamos a Tampere, donde se bajó. Pero cuando estaba en el pasillo, todavía se volvió para agacharse y echar una


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última mirada debajo de los asientos. Fue entonces cuando vi su otro lado por primera vez. El peine babía caído dentro de la vuelta de la pata derecba del pantalón, por la cual asomaban algunas púas. No me atreví a decir nada por temor a bacerIe creer que era un idiota. También cruzó por mi mente que podría tratarse de otro peine, o que yo no lo había visto realmente. Tal vez la vuelta del pantalón estaba cosida con bilo negro. Cuando el tren reanudó la marcha fui a sentarme en el asiento del joven y empecé a mirar. Quería saber si el peine estaba realmente en la vuelta del pantalón. Yo tenía un lápiz largo. Hurgué con él en todas las abenturas, pero no pude baIlar el peine. Parecía que, en efecto, babía caído en la vuelta del pantalón. Una vez encontré en la vuelta de mi pantalón un pendi'ente que todos los de la reunión babían estado buscando durante tiempo y tiempo. No me atreví a devoJ,vérselo a su propietaria. Aquella particula r señora nunca hubiese creído lo que le dijera . Al final babría resultado sospechoso de pretender quedarme con el pendiente. En casos así, haga uno lo que haga no sirve de :nada. Por ejemplo, si uno intenta decirle a una mujer, de miJ maneras, que se ha puesto más guapa, lo que le queda a uno como compensación es un mal sabor de boca. La muj'er creerá que lo que se ha querido decir es que ant,es era fea. Conocí una vez una mujer, antigua licenciada, que perdió su aniBo de licenciatura. Lo estuvo buscando durante quince días, hizo limpieza general, y llegó a la conclusión de que lo había perdido aireando la ropa. Esto tuvo por lo menos la ventaja de que dejó de buscar su anillo. Pero un día, un alumno particular suyo fue a su casa para hacer un examen de matemáticas. El alumno estaba sentado, escribi'end o, ante una mesita red onda en la sa la de estar. La mesa estaba cubierta con un grueso tapete de lino, bordado con toda clase de hojas, guirnaldas y colibrís de multitud de colores. El alumno quitó de la mesa algún pequeño objeto que sobresalia bajo el papel de escribir. El «pequeño objeto» era el anillo de oro, el cual se hallaba incrustado en el tapete de manera que parecía formar parte de uno de los dibujos. Todavía no comprendo qué clase de limpieza general babía hecho la mujer, cuando ni siquiera había sac udido el tapete. Bueno, es asunto suyo. Estaba yo escarband o debajo del rad iad or con mi lápi z cuando un viajante de comercio, tirando a viejo, bastante rechoncho, llegó y se sentó frente a mí, y se puso a secarse el sudor de la frente con un pedazo de tela de diversos colores que formaba parte de un muestra ri o. -¿Ha perdido algo? - preguntó. -Un peine se cayó alli. El hombre se agachó también a mirar en el suelo y apartó los pies. - No era un piene especial -dije-o Un peine de los de cincuenta centavos. Pero como aquí se aburre uno, pensé que podía echar un vistazo. --Siempre vale la pena echar un vistazo. Si cada vez que se echa de menos un peine se comprara un o nuevo, supondría nuevos gastos. Así es como hablan todos los comerciantes. Parece que sacan a lguna ventaja si logran convencer a la gente de que ellos cuidan bien de las cosas, de ma nera que no son responsables de que éstas vayan escaseando. El hombre pronto se a nimó, tratando de ayud a rme más que con palabras. Se quitó el cinturón y hurgó con él, diciendo qu e, puesto que era flexible y podía alcanzar todas las aberturas, sería más útil. Dijo que co n e l cinturón sería capaz de forzar las cerraduras de las casas tres de cuatro veces. Muchas personas, cuando se quedaban fuera de casa, solían desmontar el buzón de correos de la puerta y ensanchar la abertura de la madera de forma que una mano cualquiera,


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o en cua lqui er caso la de un niño, cupiese por ella. A veces ocurrí a que el metal que cubría el buzón ocultaba la abertura, de manera que no se podía ver... pero definitivament'e el caso era que, de cada cuatro pu ertas, por lo menos tres pueden abrjrse. Me bajé del tren en Haapamaki, pero el hombre se quedó. Estaba muy claro que seguía buscando el peine, porque cuando dejé nues tro co mpa rtimento y bajé al a nd én, no pude ver desde él su cabeza en la ventana. Podía ser que se estuvjera atand o un zapato, por supuesto, ya que llevaba uno desabrochado cua nd o entró en e l compartimento. Los hombres gordos suelen lleva r desabrochados los zapatos. Título origi nal: Kampa D e la colección: Novclli t (Relatos), 1985 Traducción y adaptación: Ursula Ojanen y Joaquín Fernández

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EL INFORME EEVA KILPI

Eeva Kilpi Foto: WSOY.

«Querido colega: Antes que nada quiero daros las gracias a ti y a tu mujer por la agradable tarde que mi mujer y yo pasamos en vuestra casa de verano en agosto. Briitta (¿te acuerdas: con dos í,es y con dos tes, así entre viejos amigos?) me encarga especialmente que te diga que nunca olvidará aquella media luna tr,epando por la colina detrás de vuestra sauna, sorprendiéndonos con su velocidad. ¡Cuando la miramos por segunda vez estaba ya arriba, en lo alto del cielo! Sin duda vuestra buena tequila tuvo algo que ver en el asunto, no debería olvidarse. Aun así, era todo en «extra show», lo mismo que aquella vez cuando nosotros, los hombres so los, fuimos a esquiar y tú te jactabas de haber organizado aquel incendio en el hen.i l. Espero que tú y tu mujer -quiero decir Alli- podráis visitarnos el próximo invi ern o y probar un soberbio vino de Mallorca, llamado Comas, que trajimos a casa. Es con mucho el mejor vino tinto que yo he probado jamás, e indecentemente barato por añadidura. Espero que vengáis pronto . El vino no se conserva .indefinidamente, como bi'en sabes. Lo guardaremos para vosotros . Gracias de nuevo. La razón por la cual te escribo, o más bien la segunda razón, tiene que ver con eL medicamento Richel LVM 500 que me diste para experimentar. Tú mencionaste, si mal no recuerdo, que no está aún comercializado. Por lo menos yo no he podido encontra rl o en ningú n catálogo. El prospecto es muy general, como tú señalaste, pero indudablemente interesante. Si las indicaciones son válidas, tenemos entre manos un producto de amplios efectos. Como recordarás, yo tenía que hacer un info rme oficia l del prepa rado antes de la primavera. ¿Y por qué no? Pero ahora quiero transmitirte una información inoficial y confidencial de un incidente, puesto que el medicamento en cuestión, si comprendí correctamente, tiene un i'nterés personal para ti. Tenemos una conocida, o más bien una amiga de mi mujer, de algo más de cuarenta años, divorciada hace unos pocos años. Somos viejos amigos de


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familia, y a ntes solíamos vernos mucho. Menciono esto para señalar que la conozco desde hace tiempo y más íntimamente de lo que suele conocerse a un paciente corri ente. Se trata de un a persona muy agradable, tra nquila e inteligente, y sobrellevó muy bien su divorcio. (Su marido es ingeniero· tienen un a hija; s u otro hijo viv.ió solamente un año : un lamentable caso de lesi ón cerebral). Nuest ra amiga tiene un título académico medio, creo, y trabaja en la ofici na centra l del Instituto de Estadística . Sus asuntos financieros están en o rd en, y se lleva muy bien con su a nt iguo marid o. La niñ a visita a su padre, y él la lleva a ver a su famil ia . También la ll eva al ci ne, etcétera. Pa rece que todos ha n colaborado, o por lo menos eso es lo que tengo entendido. Y mi muj er tiene tanta amistad con Annikki (lIa mémosla así) que considero seg ura la información. Además, Annikki genera lm ente hab la co n franquez'a, sin intentar encubrir las cosas, au nque tengo la sensación de q ue últimamente evita a la gente, y a veces no contesta a la preguntas que se le hacen. Por nuestra parte hemos intentad o lo mejor que hemos podido ma ntenerla en co ntacto con la vida. Siempre que es posible la invitam os a nuestra casa, y ell a y Briitta mantienen largas charlas por teléfono. Mi mujer ha hecho cuanto ha podido por animar a Annikki a que busque co mp<Lñía y nuevas relacion es. C reo que las dos han ido incluso a a lgún baile juntas. A nni kki es una muj er enca ntadora: ningún problema po r aquí. E n realidad no ha sido paciente mía po rque, tal como ell a dice, no quise que me pagara. Ya conoces mi nor ma, La verdad es que ni siq uiera sé si ha sido tratada por a lgún especialista durante la cri sis del divorci o, ya q ue le gusta presumir de que ella es su prop io psiquiatra. Alguna,s veces está muy call ada, pero otras ut iliza un lenguaje muy br usco. U na vez dijo : «Pueden hurga r en mi hí gado y en mi vesícula y en cualq ui er cavidad que encuentren en mí. Pueden exti rpar los bultos que descubran. Pero que no hurg,e n en mi espírit u. Mi espírit u es mío, con todas sus revueltas y recovecos . ¡Que aparten las man os de mi 'espí ritu!» . Se trataba de una broma, por supuesto, y un psiquiatra que se hall aba presente por casua lid ad, encontró en Annikki un caso interesante y curioso, puesto que la gente suele descargar sus problemas. E l mencionado ps iquiatra añadió luego que esta clase de retraimiento jactancioso podría ser también una máscara, una de esas paredes que la enfermedad mental levanta a lrededo r con objeto de desarroll arse si n perturbacio nes. Esta actitud forma parte de su lucha por la existenci a, por así decirlo. Y cua ndo más difícil es el caso más co labora el paciente -o quizá debería decir la «víctima»- con la enfer medad, y la defiende. Bueno, me pa r,ece que sobra palabrería, pero ya conoces mi debilidad por escrib ir. Es mi ma nera de relajarme, como la de otros es pintar - tus pinturas de pájaros, di cho sea de paso, son realmente excelentes, especia lmente la serie de los patos posándose; ¡deberías de hacer una exposición!- , y creo que una vez te lamentabas de que la gente ya no escribiera cartas .(Pero dejaré que mi secretaria tra nscriba las partes que están en la cinta magnetofó nica. E ll a no conoce a la persona en cuestión, de manera que el asunto q ueda rá entre nosotros.) Volvamos a la señora A. La última vez que nos visitó se quejaba de insomnio. E n realidad no se quejaba, sólo lo mencionaba. Dij o que le molestaba, puesto que frec uentemente trabaja pasada la medi a noche y necesita dormir para despertarse a tiempo y si n 'esfuerzo por la mañana. Había probado varias pastillas para dormir, si n mucho éx ito. Mencionó los medica mentos que más usa la gente, tales como nitrazepan, hexamal, etcétera. Entonces me acordé de las cápsulas


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que tú me habías dado, y como el prospecto mencionaba entre otras indicaciones el insomnio y los calambres en las piernas, decidí que Annikki las probara . Ella dud ó a l principio. Ya sabes lo usual: ({Oh, ¿puedo? ¿Así, sin pagar? Gracias, muchas gracias.» Y así sucesivamente. Pero cuando oyó decir que las cápsulas estaban sólo en fase experimental, que todavía no estaban comercializadas y que si las usaba e informaba de los resultados podía ser útil, dijo que le alegraría intentarlo. Inmediatamente empezó a mirar el prospecto, y cuando leyó que las cápsulas debían de tomarse un par de horas antes de irse a dormir, se tragó una sin más. D ijo que no iba a estar esperando sentada en la cama durante dos horas con las manos cruzadas esperando a dormirse. Al principio no adv,ertimos nada especial en ·s u comportamiento, y casi nos olvidamos de la cápsula, aunque yo pensé observar sus efectos en las pupilas de Annikki . Algunas veces el efecto de sólo una pequeña dosis es notable. Los niños vinieron a darnos las buenas noches. M.i mujer le dijo a nu estra pequeña que le diera un beso a tía Annikki, y la niña la abrazó y apretó los labios contra sus mejilla·s. La señora A. rodeó con sus brazos a la niña y le ofreció una mejilla para que la besara, pero, tal como ahora lo pienso, ya entonces babía a lgo raro en ella. Aunque sonrió, parecía distante y reservada. C uando se apoyó en el respaldo del sillón, después de que la nhlía se había ido, tuve la sensación de que así era como debía de estar en su propia cama: lánguida, pr.esente de cuerpo, pero con el espíritu volando a alturas inalcanzables. Como sabes, uno, incluso dentro de su propia casa y rodeado de toda la fami li a, puede a veces olvidarse de todo. Está subiendo por sus propias construcciones mentales, alejándose cada vez más. Y de repente, cuando abres la boca y empiezas a hablar, nadie entiende lo que dices. Yo 'he experimentado esto frecuentemente. Después me he marav.illado de haber llegado tan lejos en sólo unos pocos segundos, y de haber alcanzado el final de una complicada cadena de pensamientos. Ocurre a veces que, en el momento en que un terrón de azúcar cae de mis ded os a una taza de café, he estado en algún lugar remoto. Ta l vez esto sucede porque siento una gran neces idad de estar solo, y raramente tengo esta oport unidad. Si huyo de mi trabajo, tengo la familia alrededor; y sólo pued o huir de mi famil.ia con buena conciencia en el trabajo. No sé qué me ocurrió, pero cuando vi la expres ión de A nnikki puse en marcha mi grabadora, lo cual no es inusual en nuestra familia, puesto que frecuentemente la utilizamos mucho y grabamos toda clase de cosas por diversi ón. Annikki se di o cuenta de que yo había puesto 'el micro en la mesa, pero no lo prestó ninguna atención . Sólo sonrió, manteniend o los ojos extrañamente fijos, como cansados. Las pupilas estaban completamente ab iertas y el iris sólo podía verse como un delgado cerco alrededor de ellas. Comenzó a hablar con su voz habitual, y al principio no concedimos atención a sus palabras. Sí, por casualidad, yo no hubiese registrado en la cinta lo que sigue, ahora podría incluso pensar que todo lo había imagin ado. Ella sonreía dulcemente entre sus palabras, movió el azúcar en el té, aceptó un os canapés cuando le fueron ofrecidos, utilizó su servilleta y se comportó correctamente en todos los aspectos. Mirándola, tuve la impresión de que podía haber estado hablando con Briitta sobre la última moda, sobre si en la próxima primave ra se lleva rí a maxi o minifa ld a. Desp ués de un rato se puso más seria. (De aq uí en adelante, el texto ha sido transcrito directamente de la grabadora. Estamos sintonizando en el punto en que mi mujer le dice Annikki que d ebería visitarnos con más frecuencia.) no te veía sabe Dios desde cuándo. Vente por aquí siempre que te sientas sola. -oo '


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-Pero es aquí donde me siento sola, aquí, en vuestra casa. En una familia. Me asustan las familias. No, odio las familias. Actualmente todas las familias son insoportablemente felices y dulces . No aguanto ver la felicidad familiar. -¡Cielo santo! Tú sabes que cada fami li a tiene su propio ... --Sí, ya sé que el setenta y ci nco por ciento es farsa, exhibición ante las visitas, pero eso no sirve. Siempre que he estado aq uí, cuando vuelvo a casa siento ga nas de vomita r. Efectivamente un par de veces he vomitado. - ¡Annikki! -Odio hasta vuestro tresillo, esta sa ntísi ma trinidad: padre, madre y dulces niñitos. D es pués de una de estas visi tas familiares, de haber tenido un hacha ha brí a hecho astillas mi propio tresillo. Pero act ué de un a manera civilizad a: lo doné a los jóvenes de la pa rroq ui a. ¡Oh, si hubi eran sabido con qué animo lo doné! Pero hasta el á nimo tuve que disimular. ¡Menud a generosidad! Bienestar, dondequie ra que voy. Gracias. Estoy bien. ¡Estoy bien-estoy bien-estoy bien! Tengo que grita r a todos los vientos que estoy bien, a ntes de que se me conceda el derecho a mi propi a enfermedad, a mi propio dolor privado. ¡Qué host ias! (Al ll ega r aq uí Annikki levantó un poco la voz, pero pronunció de nuevo la expresión «qué hostias» con un a dulce sonri sa. Estába mo impresionad os. Yo me di cuenta inm edi a ta mente de que era la cápsula la que co ntrib uí a a provoca r todo esto. Briitta estaba como si a lgui en le hubi ese sacudid o una bofetada. Yo temí por un mo mento que pudiera hacer a lgo irreflexivo. Había un a mesa de cristal entre ellas dos, y tuve que aga rrar a Briitta de las manos a ntes de que se diera cuenta de que yo intentaba hab la rle. La parte conf usa de la ci nta es mi intento de aclarar a Briitta que Annikki no era respo nsable de sus palabras, sino qu e nosotros éramos responsa bles de ella mi entras estuv iese bajo los efectos del medicam ento. La mecanógrafa ha hecho lo que ha podido por transcribir lo que sigue:) - Annikki ... Briitta, escúchame ... ¿có mo pued es? .. escucha 10 que te digo . .. fuera de esta casa ... he estado tan preocupada por ti ... ell a no sabe que ... mientras dure el efecto de la cápsula ... está loca ... solamente podem os esperar. .. loca ... desagradecida ... no me extraña que Simo ... no podemos dejar que e vaya ahora, ¿co mprendes? - Annikki, ¿co mprendes lo que estás diciendo? --Sí, 10 comprendo. Son palabras que he deseado decir durante mucho tiempo, me parece, pero no es así. - Anda, entonces sal de esta casa. - Briitta, trata de comprender, por favor. Annikki , ¿es que no eres capaz de comprender que Briitta está muy afectada por lo que acabas de decir, que es demoledor? - Desde luego . P or eso es por lo que nunca lo dije. Yo también creo que es demoled or. ¡Qué pena que no podamos decir lo que pensamos! Que no podamos decir: No, no quiero venir porque me hace daño. Dejadme en paz hasta que esto se pase. No me obliguéis a representa r este papel. No me obliguéis a demostrar lo bien que me las he arreglado, lo valiente que soya pesa r de todo, el buen aspecto que tengo, casi rejuvenecida. No me hagáis entrar por la fuerza en este sainete. -Annikki, ¿por qué dices eso ahora? -¡.Que por qué digo eso ahora? Porque odio estos montajes. Los odio tanto que algún día estallarán dentro de mí. Quizá ahora estoy cansada, o a punto de enfermar. Tal vez tengo la gripe. Con cada resfriado tengo que sobrevivir a todo de nuevo. Mi resistencia se debilita.


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-Kauko, ¿cuánto tiempo tengo que seguir escuchando esto? Briitta, cariño, déjala en paz. Yo no conozco este medicamento aún, y no puedo hacer nada ante esta situación. Deja que hable, deja que se calme. No podemos dejar que se vaya a su casa en estas condiciones. Briitta. cariño ... - Briitta, cariño. ¿Sabes, Bri.itta, cariño, que las dos estuvimos a punto de morir por ello? Tú y tu acompañante, tus cortejantes, tus bailes... Dios mio, seguramente todavía en mi lecho de muerte oiré tus murmullos: Tienes que buscarte un hombre que te acompañe. Tienes que divertirte, dar reuniones, comprarte ropa nUeva, un vestido nuevo, un nuevo amor. .. Dios mío, no querías dejarme con mis penas un solo momento. A una le permiten lamentarse por la muerte de un perro, lo cual se supone que es un signo de sensibilidad . Pero no tiene derecho a lamentarse cuando una relación humana se derrumba. Se considera algo vergonzoso. Siempre debemos demostrar lo fuertes que somos, lo duros que somos. Sin sentimientos, sin corazón. La gente aprecia esto. - Briitta, no digas nada. Limítate a escuchar. ~ó l o una persona me dijo: No contengas el dolor. Déjalo que llegue y madure y muera de muerte natural, y cua nd o vio que yo era capaz de ello, d ijo que mi fuerza residia en mi capacidad para encajarlo todo. Ahora sé que puedo soportar una enorme presión psíquica. Este es mi refugio . Es terrible, pero pUedo soportarlo. - Esto es una especie d e harekrishna. Probablemente ha caído en manos de aq uellos falsarios. - Nadie cree que pueda pensar con mi propio cerebro. Nadie cree que una sea capaz de pensar. La gente trata de pegarme etiquetas. - Annikki, ¿quieres beber algo? Aquí hay agua. Anda, bebe. (Bebió un vaso de agua y después se frotó la cara con ambas manos. Sus movimientos eran tranquilos. No le temblaban las manos, a unque los ojos parecían más dilatados de lo normal, y só lo las comisuras de los labios tenían esa expresión carente de sonrisa que ningún acto de voluntad puede eliminar, pero que siempre se encuentra en el fondo, si se busca. Algunas veces he pensado que se trata del signo infalible de una mujer solitaria. He visto incontables mujeres con toda clase de enf.ermedades: de vesicula y de corazón, gastríticas, diabéticas. pacientes con jaqueca y artritis, en todas las cuales nunca falla este signo. A la sazón, Briitta ya había superado su primer shock. Fumaba, como si nunca más quisiera decir una palabra. Sus dedos temblaban. Yo dudaba, no muy seguro de si debía presionar a Annikki para que continuara y desenmarañara todo, o deja rla como estaba pa ra que se desfogara por sí sola. Volv,ieron de nu evo a mi m~nte aquellos viejos estudi os de psicología, interrumpidos. Me di cuenta de que Annikki había partido un montón de cerillas en su plato, haciéndolas rodar entre los dedos con evidente satisfacción. Bri.itta empezó a tranquilizarse. Las palabras que siguen me las dijo en voz baja.) - Alú está. Por algo he sentido en mis huesos que hay algo patológico en ella. Cualquier persona normal no hubiera dejado escapar tantas oportunidades. -¿Qué es lo norma l? - Oh, vamos. ¿Estás tú empezando también? Uno se da cuenta de lo que es norma l, a unque es difícil defin.irlo. Sí, curi osamente se siente. Tan locos como som os nosotros en cierta forma, en realid ad somos normales. - D e acuerdo, Briitta. Vosotros sois normales y no tenéis por qué avergonzaros de Ho. Vosotros no tenéis que explicar en el mismo momento que sois normales a unque bastante locos, como algo necesari o para adquirir más espacio de movilid ad . Vosotros constituís una unidad social normal, d igna de mención


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por las cantidades que representáis: dos adultos y dos nmos. Especialmente el número de ad ultos aumenta vuestro valor social. Yo frecuentemente experimento un complejo de Infer.ioridad cuantitativo. Vosotros sois muchos, sois como una pequeña fortaleza, como una guarnición, vaya. -Esa no es razón para odiarnos. Qué podernos hacer. -Cuando hablas de tus asuntos, siempre dices suavemente «nosotros»: nosotros haremos, nosotros iremos, nosotros pensarnos, nosotros qué podernos hacer. Suena muy bien. Yo he s ufrido especialmente por perder este plural. Una vez intenté cultivar el plural conscientemente, en todos los Jugares posibles. Pensé que éramos también dos, mi hija y yo. Pero cuando luego dije: H aremos nuestra declaración de impuestos, so nó tan horroroso que lo aba nd oné. De de entonces acepté utilizar el sigular, el solitario único yo, ni siqu iera la más pequeña unidad social, que según se dice es dos, corno un joven radi ca l explicó una vez. Por esto es por lo que experimento la soledad como a lgo honesto, por lo menos. No te extrañe que yo odie. Cuando se tiene miedo se odi a. Se está siempre alerta, dispuesto a defenderse. No me restregéis por la na ri z vuestra dicha fami liar para que os admire. No me agrada qu me inv.iten para que ad mire la vida familiar. Quiero saber cuá l es el otro modo de vivir, cuáles son las otras posi bilidades. Cómo sobrevivir sola, sin arrastrarme a los pies de los demás, sin deprimirme totalmente. Cómo arreglármelas sin vida sexual. Cómo ap r::nd er a tolerar las relaciones circu nstanciales que un a detesta . ¿Pero có mo aga rrarse a ellas cuando a una no le gusta trasnochar ni beber, cuando un o no soporta los restaurantes ni a los viajantes de comercio y quiere escapar de los hombres casados? ¿Y cómo y dónde desarrollar esas relaciones cua nd o se tiene un a niña? ¿Y cómo se puede evitar esa terrible convulsión que aún te pers ig ue a veces de ser una inadaptada, esa sensación de que todos los demás están casados, agrupad os, asociados? Esta sensación me afecta especialmente cuando estoy mal de salud, y entonces me asusto por causa de mi hija. Es como si lo llevara debajo del corazón. Sólo entonces estoy realmente embazarada. Me trae completamente sin cuidado lo que vosotros habéis comprado y a dónde han ido vuestras inversiones, cómo está el tejado de vuestra casa de vera no y adónde planeáis viajar juntos. Quiero saber cómo una puede vivir so la. ¿Puede una vivir sola? ¿Es posible? ¿Podría incluso ser natural la soledad fund amental? ¿O es antinatural y lo que es natura l es este sufrimiento? Tal vez estoy sana porque estoy enferma de esta forma . Quizá ésta es mi única reacción sana durante años. Pero todos vosotros tratáis de curarme. Es así que debería estar acabada, completamente acabada. Pero me niego . Me niego. Tengo derecho a este dolor, tengo derecho a este ser hum ano llamado yo. Por lo men os tengo este derecho. Y poseo este dolor. Es todo lo que poseo . ¿Posee usted a su cónyuge? Sí, yo poseo a mi cónyuge. Estoy casada en mi soledad y le soy infiel, de vez en cuando, tendida junto a mi dolor. Es fácilm ente posible en este tiempo de amor libre y la infidelidad -¿no os acordáis?- sólo fortalece la unión, es casi una condición para el éx ito matrimonial. Buscáis en vano, hurgáis en mi en vano, porque no lográis localizar mi dolor. Sólo él. lo encontró, siempre.» Kauko se detuvo, con los dedos quietos sobre el teclado. Estaba preguntándose cómo hacer observaciones so Ae esta cita, sobre esta situación en que todo parecía estar torcido, algo que de berí a no existir. Oírlo en la grabación lo hacía todo más crudo. Sólo d e vez en cua nd o el sonido metálico de una cuchara traía algún a livi o. Pero todo el ambiente agradable que había rodeado la situación había desaparecido: la hermosa mesa con sus canapés adornados,


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el rojo de los tomates, el brillo húmedo de las rodajas de pepinillos, la luz indirecta que iluminaba los rostros tan favorablemente . La carta daba una falsa impresión; incluso la autenticidad deja espacio para muchos énfasis y matices diferentes. Pero también se sentía satisfecho: la verdad era que no había tratado de favorecer a Briitta ni a sí mismo. Ambos aparecían bajo una luz desagradable, expuestos a toda clase de crítica. Por lo menos había sido honesto. Pero luego empezó a pensar en la honestidad. Algún día las viejas v.irtudes serán por sí mismas evidentes, no especialmente apreciadas. Serían nada más que modos de comportamiento, no cualidades notables o rasgos del carácter. ¿Pero no tenía este pensamiento alguna relación con Annikki? Por alguna razón se acordó de un campo de centeno. Un día Briitta qu iso detenerse a un lado de la carretera para coger unas flores, y él tuvo tiempo de observar el campo, que aparecía espléndido, con las espigas erguidas y con su color verde grisáceo, el color del centeno antes de que madure por completo. Era como un lago claro con el fondo cenagoso, algún lago del sur de Finlandia antes de que la polución tomara el poder. Esto había traído a su mente algo sobre la honestidad, algo que tenía que ver con confesarse y ser honesto. ¿De qué sirve que seamos muy honestos después de los sucesos ... ? Le molestó no acordarse de ese pensamiento. Parecía una idea valiosa, algo que podía haber podido aprovechar en alguna parte. El primer verano en el campo, cuando Kauko paseaba por el bosque que rodeaba la casa, halló los cimientos de una vieja casa con un patio y un pozo. En su impaciencia, comenzó a limpiarlo. Era poco profundo y parecía un manantial, pero desde el fondo subía una interminable cantidad de madera podrida y barro. Esto también trajo a Annikki a su pensamiento, o bien hizo que Annikki le recordara el pozo. ¿Debería escribir: «Desde luego nos daba pena, pero tam, bién nos sentíamos ofendidos? 0': «No hemos tenido el valor de invitarla desde entonces.» Pero todo esto era inesencial, puesto que su intención era hablar de las cápsulas. «Es evidente que el medicamento tiene un poderoso efecto tranquilizador y desinhibitorio sobre algunos individuos y agrava el efecto del alcohol. Tanto los efectos tranquilizantes como los acumulados reclaman un estud io más extenso. Debido a la experiencia descrita anteriormente, no tengo deseos de experimentar con el medicamento en mi círculo familiar.» Alargó la mano para coger los cigarrillos, pero cambió de pensamiento. Abrió el cajón central del escritorio y sacó su pipa. Uno debería acostumbrarse a fumar en pipa. Se dirigió a la ventana y la cargó. En el campo abierto, en un solar del suburbio, una niña había exclamado una vez en medio de la noche: «Madre, no me dejes; madre, madre, no me dejes .» La gente de las casas vecinas se había despertado y corrió a ver qué pasaba. La niña tenía unos quince años y junto a ella se hallaba un niño de la misma edad, pálido pero con aire \'aliente, sujetando su motocicleta. Kauko había llamado una ambulancia y enviado a la niña a la clínica psiquiátrica. Los casos en que a lguien llora y corre por el bosque, o de personas en las que cada una está en las gargantas de las otras, son en realidad más sencillos. Uno puede intervenir: una persona furiosa puede calmarse, el que llora puede dejar de llorar, los que pelean tienen que terminar alguna vez. Hay posibilidades de acción inmediata que se pueden emprender cuando la pena, el trastorno o la depresión rompen ciertos límites, rozan las barreras electrificadas de alarma social, alteran, por ejemplo, la paz nocturna de un suburbio que duerme. Pero si sólo han sido violadas las leyes de la hospitalidad y las buenas costumbres, nadie sabe qué hacer. Uno se queda como si le hubiesen rechazado de un manotazo. Kauko comenzó a encender su pipa, lo cual produjo un ruido silbante como


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el de agua cayend o sob re las frías pied ras de la sa una. Sintió escozo r en la lengua. Verdadera molestia la elasticidad del cerebro huma no en materia de tiempo, pensó. Todas las cosas tiend en a al macena rse. Mi mente no es un a excepción. ¿Po r qué esa niña ha ac ud ido a hora a mi m ente? De nuevo puso en funcionami ento la grabadora. Se di ría que la voz de Annikki so na ba tra nquila, no rmal: -.. . y tú no cejabas de intentar meterme a la fuerza a tus viejos a mi guetes, y también a aquel cretino que sólo sabía hablar de teq uila. Esta frase había sido un a seña l para la meca nógrafa. Aquí tenía que detenerse. Después sólo se oía a Briitta sus urrar acerca de «alucinaciones paranoicas». - No te preocupes por todo esto. L o pasado, pasado - oyó decir Kauko a su propia voz. E ra la voz segura de un hombre experi men tado . Se sintió co mpleta mente satisfecho. La voz propia signifi caba mucho . Volvió la cinta atrás un poco y esc uchó de nu evo. No, la voz no vacilaba. Que lo escuche el viej o co],ega si así lo desea . U n pi nchazo le vendría bien, si es capaz de comprenderlo todo. K a uko paró la grabado ra y e sentó para co ntinuar la carta. «Aq uí ti enes la pa rte esencial de lo que ocurri ó. La cinta continúa, pero básicamente viene a decir lo mi smo. Puedes oí rl a toda si te interesa. La prim era pa rte es más cla ra. El so nid o de la última parte es más pobre porque estamos sali.endo hacia el recibid or. Comprendes nuestros senti mi entos, por upuesto. De a lgún modo teníamos un a difusa ga na de ll ora r, de tan impotentes co mo nos sentíamos, y po r todas las cosas. También, a fuer de honesto, porque la situació n tenía que romper de este modo. Era como si un plato se hub iese roto en nue tras man os, justo en medio de un a agradable reuni ón; co mo si algún líquid o, vino, café, jarabe, se hubiese vertid o d e repente en nuestros dedos ma nchá nd olo todo, una sustancia que se puede controlar en un recipiente, pero que si se sale lo p one todo hecho una porquería . Debo de confesar también que en esta ocasión reaccioné más como ser humano que como médico. Aunque lo que estaba haciend o era bueno para experimentar profesionalmente, no pude act uar co mo lo ha rí a en condicion·es normales. Tal vez con pregun tas y estí mul os adec uados habrí a diri gid o los pensamientos de Annikki por canales más positivos, pero estaba tan sorprendido y aturdido que no pude hacerl o . E l ráp id o gi ro de los acontecimientos tambi én pa rticipó en mi confusión. E n este momento nos hallamos e n un apuro. Briitta telefoneó a Annikki una vez para preguntarle cómo le iba . Ella respondi ó: Graci as, estoy bien, ¿.y tú que tal ? Gracias por la velada. ¿Có mo os va a los dos? ¿Es tá todavía cubierto de colorines de hojas de otoño el techo de vuestra casa de verano? » Kauko se levantó y paseó por el despacho. La pipa se habí a acabado. Tiró la ceniza y estuvo a punto de cargarla de nuevo, pero, en luga r de ello, se inclinó sobre la grabadora y apretó el botón. Se quedó junto a la venta na, escuchándola, y sacudió la pipa vacía contra un zapato. Briitta: - Kauko, siento angustia en el corazón. La voz de Annikki: -Escucha, cuando te vayas a la cama pon tu mano e n el corazón, así. - ¡ Mi propia mano? -Sí, eso ayuda. Kauko se preguntó repentinamente qué podría ocurrir si éL se enamorara de Annikki . Si se enamorara verdaderamente. ¿Podría ocurrir un caso así? A la


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gente le oc urría . Verdaderamente no sería deseable. Dura nte la mayor pa rte de la vida humana, enamo ra rse no era deseable. Eso les oc urría principalmente a las personas q ue no tenían otra cosa que hacer, que no pa rt icipaba n en los sucesos más importa ntes de su época, o aquellas cuyos sistemas d e valores se habían enredado. Y luego, como tantas veces antes le había suced id o en momentos del atardecer como éstos, Ka uko si ntió el irreprimi ble deseo de dec idirse por fi n y anu ncia r q ue se iba a Africa. Ha bía reuni do toda la info rmación necesaria, preparado el papeleo ... Lo había di scutido con Briitta : un curso de preparación de ocho meses en Londres, a partir del otoño, y un contrato por tres años. Briitta tenía su diploma de enfermera, y había luga res en el mundo donde su trabajo era necesario, donde podría ser út il de un modo co ncreto. La voz de Annikki habló clara y lúcidamente desde la grabadora: - No quiero vis itar vuestra casa de verano ... Kauko sintió de pronto cuán intensamente anhelaba esta r en el campo, en la casa, precisamente ahora en q ue el in viern o se a prox ima ba y no ha bría nadie alrededor, sólo la oscuridad y el f uerte cruj ir de los árboles. Siempr.e estaba contento en el campo. U na casa en el campo no es un símbolo de posición soc ial, había pensado el verano pasado cuando, comp letam ente rendido, había conseguido con dificultad dos semanas de vacaciones para él solo . Para muy pocos una casa de verano es un símbolo de posición soc ia l, después de todo. Corre mos a nuestras casas de verano con objeto de ser nosotros mismos. Sólo en el bosq ue nos atrevemos a ser lo q ue no somos en otros lugares. Para eso pa rece q ue necesitamos un escenario especial. Ka uko había estado trabajando hasta ento nces en un proyecto de investigación sobre el índice de mo rtal id ad de los va rones en F inla·ndia. Uno de los facto res de p resión co ntribuyentes era la fa lta de un sentido nac ional de autovalía la necesid ad de una afirmación individual p ropia entre hombres de un pequeño país que ha bía hecho y perd ido una guerra y que estaba ahora practica ndo un precario acto de equilibri o político; la necesidad de ser algui en cuand o no hay ninguna fuerza nacional que le a poye a uno .. . E l proyecto de investigación estaba si n termin ar, pero tendrí a ocas ión de acabarlo. Ma ña na hablaría del asun to con Briitta . Ella no se había opuesto ni siqui era a l p rincip io. Los niños no estaba aú n en edad escolar. Kauko estaba domi nado por una sensación de solemn idad; así es cómo la vocación toca a los seres huma nos. Aq uí estoy; existía la vida de juguete de la casa de campo y la vida de verd ad de Afri ca. Todo lo que estaba entre medias pa recía una actividad im precisa q ue no co nducía a objet ivo algun o, y Kauko huía d e esto. Y no se debía solamente al hecho de que, desp ués de todo, f uese un muchacho de procedencia r ural. - .. . Así es que siempre he envidi ado a la alta nera clase med ia, su paz y su autosat isfacción - oyó deci r a Anni kki. Sí, al día siguiente le conta ría a Brii tta su decisión . y de nuevo la voz de A nn ikki : - Dios mío, qué tarde se ha hecho. ¿Cómo demoni os he estado con vosotros tanto tiempo? Verdaderamente lo he pasado bien esta ta rde. A Kauko le invadió la loca idea de que An nikki lo había hecho todo a propósito. La gente es capaz de escenificar cosas peores, como un suicidio, por ejemplo. Recordó a las jóvenes muchachas, q ue llegaban medi o inconsci·entes a la clínica y cómo los médicos las rep rendían a veces. Cosa rara, este pensamiento cas i producía alivio. ¿Sería posible? Las voces de la grabadora iban bajand o de tono. H abían llegado al reci bidor. Todavía podía oírse cómo se ofrecieron a llevar a An ni kki a su casa . E lla no


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quería acep tar, pero finalmente accedi ó. La voz de Briitta pa recí a llo rosa. R ompió a llorar ta n pronto como entraron en el coche y se interna ron en la calles más osc uras. Briitta había escuchado la voz de A nn ikk i: Odi o lo coches fa miliares y las familias api ñadas en los coches, odio a los críos pequeñ os q ue se pelean en el asi,e nto trasero, y m ás que ningun a o tra cosa odi o a la mujer protestona, esa criatura protegida, al lado del conductor. Habían estado a punto de deja r si mpl emente a Annikki a l bo rde de la ca rretera . K a uko sentía todavía la solidaridad que se habí a creado en el coche entre él y Briitta. La voz de Annikki se oía a ún en la grabadora, esta vez muy débil, cua nd o decí a, ya junto a la puerta: - Os comprendo muy bien, co mprend o vuestras buenas intenciones . ¿Qué o tra cosa podíais ha ber hecho? Tratar de ag ua ntar. Yo sé lo duro que es .. . Kauko miró fijamente . Vio su prop io ref lejo en la ventana , la habitación duplicada, los muebles, los lib ros. Se vio a sí mi smo en medio de ell os, en su propia casa, con la doble dim ensi ón a su a lrededo r. ¿Había a lgun a pos ibilidad que no fuera penosa ... ? Salió de su inmov ilid ad cuando la grabadora se paró a uto máticamente al final de la cinta. ¿Habría estado funcionando sin so nido dura nte un rato? Durante ese tiempo su decisió n se había hecho fi rme. E l as unto es taba resuelto. Tení a la sensación de que actuaba co rrecta mente. D esconectó la grabadora y se sentó a loer las páginas que había esc rito. Luego acabó la ca rta: «Unos días después ll amé por teléfono a Annikki y le pregunté abier tamente si se aco rd aba de la cáps ula que ha bí a tomado y si tení a algo que info rmar sobre s us efectos. Dijo que había do rm ido bien. Y sabes ---di jo- , so ñé que hacía el a mo r durante toda la noche, de ma nera que mi c uerpo estaba ca nsado, y por la mañ a na me sentí bien y satisfecha. Era tan rea l que todo lo demás, a l desperta rme, no me lo parecía . Ese sueño me ha dado fuerza durante muchos días. ¿Podrí a,s receta rme esas cápsulas cua nd o estén a la venta?» ¿Qué quería decir Ka uko todavía? 0'h, sí, «¿Quieres que haga un informe oficia l so bre todo esto?» Se detuvo y se quedó pensa ti vo. Es taba preoc upado, co mo si a lgú n pensamiento hubi ese quedado pendiente. Título o ri gi nal: Raportti De la colección: Kcsa ja kcski-ikiiirncn naiDcn (El verano y la muj er de medi ana edad), 1970 Traducción y adaptación: Ursula Ojanen y Joaquín Fernández


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Bino Saisa Foto: Lehtikuva OyfPentti Nissinen.

Se había pasado la tarde pensando dónde poner la botella que había vaciado. Al principio no estaba en un primer pla no, pero luego I1esaltó a la vista como el fondo de un cuadro que borra los detalles, es decir, en este caso el contenido mismo de la bobella. Entonces, ¿dónde esconder la botella que acababa de vaciar? La tenía en sus manos, era de forma alargada, se podía agarrar por el gollete, que era excepcional, pudiendo las manos apuñarlo fácilmente. Alargó el! brazo, se jndinó ligeramente y colocó la botella en la esquina más alejada de la mesa. Al volver a su posición normal de toda la tarde tuvo que erguir9~, coger la botell a, dec idir entre las alternativas y ponerla all borde de la alfombra, junto a la pata de la mesa. Allí no estaba en alto, pero ha bía algo q ue no encajaba: la botell a y la pata de la mesa no se avenían bie n. y había otra cosa, la principal: Podría sonar el teléfono o ll amar algui,en; entonces él podría olvidarse de la botella y, é\!1 levanta rse, la daría con el pie. P od rí a romperse. O quién sabe si, mientras él permanecía sentado así, los detalles del cuadro destacaría n demasiado y él podría mover por descuido la pierna y la botella iría a para r al centro de la alfombra, rompiéndose. Sería imposible enco ntrar los trozos búscándalos una sola VeZ . Maña na aparecería un peq ueño trozo debajo de la alfombra, a la luz procedente de la venta'na, y desp ués de una semana se descubriría una pieza brillante y peligrosa debajo del sofá. No se está seguro die nada. Habría que tener mucho cuidado durante varias semanas a'l andar, no se podría sal ir descalzo por el periódico, o por la noche a oscuras para fu mar. Habría que tener siempre mucho cuidado y pensar en los fragmentos que podrían herir los delicados p ies, con lo importantes que son puesto que sostienen todo el cuerpo. Qué importan los pies de uno. Pero fíjense que I pedazo de cristal hiriera los pies de algun a otra persona o de algunas otras personas; o que el perro se encapricha ra y cogiera el pedazo


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con la boca y el pobre se lo tragara porque alguien en ese mo ment o le diera un susto. Dejar la botella en la habitació n supondrí a intencionalidad , y la intencionalidad es lo peor en su clase tanto en lo buen o como en lo malo. El hombre se levantó, apartó la mirada de la ventana, cogió la bo tella. sacó un calcetín y metió la botella en él, envo lvi ó el bulto en un papel de periódico, buscó una caja de zapatos y puso la bo tella dent ro, tapó la caja y la ató con una cuerda. Luego met ió el paquete en el caj ón del esc rito rio. lo cer ró con llave y dejó ésta sobre el marco de un cuad ro. Quédese allí por el momento. Hacia el atardecer el ho mbre se había sent ado sosteniendo por el cuell o una botella de vino tinto barato, mirand o por la ventana con la vista perdida, pero sabiendo que algo iba a suceder; había inclinado la cabeza para echar un trago, sin apartar los ojos de la ventana; había bebido y escuchado la voz del vino y el habla de la botella; la había co locado en la mesa dejand o que el líquido reposa ra, observand o cómo la superFi c'e iba poniéndose lisa y calculando cuánto tiempo le duraría, si tendría vino suficiente o si tendrí a que rec urrir al teléfono para continuar la juerga. Miraba la vieja {: tiqueta de color rojo. la escalera de la calle, abajo, unos cuantos escalones y, en la luz rojiza de la ca lle, gente de cejas oscuras, olores agradables y desagradabl e. V oces. Había dej ado que durante varias horas el tiempo fluyera dentro de él. Una vez ha bía soltado la botella trazando con el brazo un mov¡ mien to en ,,,1 aire: el tiempo. en aquel momento, le rozaba el borde de la ma no. U na mano que se movía como si fuera de otro. ¿Qué hacer con la botella vacía? Me acerco a la ventana y la tiro fuera , e ntre lo arbL!stos. Pero cada vez que me acerque a la ventana la veré. La veré hasta en el invierno. y seguro que va a dar contra un a piedra, rompiéndos e. Y a no vale la pena que siga por este camino; renun cio a esta alternativa. No sé si los cristales rotos traen buena suerte, como dicen , porque ¿y si se los pisa o se hier,e un o con ell os al recoger bayas en el bosque? Hasta en la alacena no hace más que estorbar, la botella. Y todo el ti empo te hace reco rd a r a lgo como un trabajo a medio hacer. La ll evaré a algún sitio para que la utilicen ll enánd o la de zumo . Todavía falta mucho para la cosecha y para qu e hagan zumos. Tendría que gua rd arla hasta que las bayas e mpi ecen a ponerse rojas y ll evar la entonces a alguna casa. No, no, debería deshacerme de ella inm ediatamen te, ll evármela ahora mismo. ¡Maldita botella! Pero ahora es de noche. Todos du ermen. Tendría <l. ue ll amar a la ventana, espera r a que se despertasen. Ruid os, hasta que ab ren b puerta. «Buenas tardes, au nque mejor sería decir ya buenas noches.» Una sonrisa atenuada . «AquÍ traigo un a botella para zu mo; tiene muy buen corcho. Miren. zas, con qué facilidad entra. Por favor, sean tan amables de quedarse con ella y guarda rla en la alace na hasta que llegu e la época de la cosecha.» No, no, esto no va. De entrada, no se ,s abe. No hay ningu na garantía de quv sa ben prepa rar bien el zumo de bayas. Habría que ver lo que ocurriría si charan el zumo caliente en la botella fría. No, gracias. Y a un en el caso de que supieran preparar bien el zumo, quién asegura que en invierno alguien no d eja la puerta de la bodega abierta y el frío hace de las suyas.


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Allí estaría yo. y ya no la puedo llevar a ninguna casa porque acabo de ver las consecuencias. Me amargaría el verano si la diera. Ni hablar. Me comeré la botella. Tendría que haber botellas con tripas bebestibles y cortezas comestibles. La ley del metaboljsmo. Enciendo la hornilla, meto la botella en un recipient,e y la derrito. Qué estás diciendo. Para eso se necesitan temperaturas muy altas, En la hornilla la botella sólo se rompería y sería aún más difícil deshacerse de ella. El hombre se levanta, coge la llave y lleva el paquete con la botella a un baúl de marinero. Que se quede allí; hoy no se me ocurren otras soluciones. Pero cuando volvjó a sentarse y miró el baúl, vio un barco, un velero, mares ... Fue a la ventana y miró el lago. El lago se había convertido en un mar. En la orilla flotaba una botella mensajera. Habrá que deshacerse de ella, quitársela de las manos y de la mente, llevarla a un lugar en donde no aparezca en runguna forma. ¿Dó nde ponerla? Ahora miraré el asunto como si no fuera conmigo. Manos a la obra. Sacó la caja de zapatos del baúl marinero y salió de la casa, se paró en el escalón inferior y observó la Üerra: la habían pasado el rastrillo cuidadosamente. ¿Irá a venir algún huésped? Es bueno dejar huellas fuertes, pensó, y se dirigió al garaje, intentó caminar derecho, sin hacer eses, pero cuanto más empeño ponía en andar recto más zigzagueba. Un tipo observador podría leer las huellas, pensó. Y no le voy a dar a nadie esa alegría. Dejó el paquete a su lado en el asiento del coche y lo amarró con el cinturón de s,egur.idad . El coche jadeó silenciosamente y, al escuohar el. jadeo, el hombre mantuvo una pausa de algunos segundos. Soy como un médico que reanima la vida, pensó, y puso el motor en marcha. El motor empezó a funcionar, y él se puso también e n actividad. Dio marcha atrás hasta la escalera e hizo desaparecer sus huellas. Que piensen si quieren cómo he llegado al garaje, si volando o cómo. Estas noches de verano no son noches. Encendió las luces de posición para no quedarse fundido con la carretera. A estas horas la mañana empieza a clarear en la noche. E l destructor de botellas, de estatura mediana, rechoncho, desplegó sus ideas mientras condUCÍa: E n la oficina uno tiene que revisarlo todo, hacer las operaciones con exactitud y no aproxi mad amente. Ser meticuloso es un hábito molesto. Uno tiene que revisar el debe y el haber de cada cual, estimar y calcular cada precio y va lor, borrar desgravaciones. Por la calle va encontrando personas naturales de 7.000 marcos, de 23.000 marcos, de 4.500 marcos. Los que están en el bar procuran convertise en personas naturales; a medida que avanza su edad ves cómo se van convirtiend o en tales . Una caja de zapatos; en la caja una botella. La hundiré en el río. Se le ocurri ó porque el coche se aproxi maba a l puente. Sobre e l pretil había una placa: «La longi tud del puente es de 35 metros». Condujo por el puente y aparcó ,en e l ensanche, sa li ó del coche y empezó a medir el puente con sus pasos. El resultado fue 43 metros. Tal vez di los pasos demasiado cortos, pensó, y decidió dar pasos más largos. Ahora el resultado fue 39 metros. «Se conoce que miden con metros más largos», dijo, y miró a los lados. Subió al coche, abrió el paquete y sacó la botelJa, lJegó hacia la mitad del puente, suspendió la botelJa por el cuello y mantuvo el brazo fuera del pretil.


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Ahora sí que nos libramos de ella. y cuando los dedos estaban a punto de aflojarse, oyó la voz d e la dud a. ---Si la sueltas con el corcho puesto se quedará flota nd o, se irá co n el agua, pasa rá por la orilla y se quedará entre los juncos. V endrá n los muchachos y empezarán a tirarle piedras. Alguno logra rá darla - cla ro que la da rá n, a ver si te crees que la iban a dejar así como aSÍ- y quedará hecha pedazos ... -No sigas. - .. . alguien que venga a nadar pisará los pedazos. A lo mejor hay lodo en el fondo; nadie va al médico por un a cosa tan peq ueña como un a herida en un pie, pero la suciedad le infectará, el pie se pondrá peor, y el resultado será que habrá que a mputa r la pierna. - Basta ya. Retiró el brazo dentro d ~ l pretil, agarró la botell a con las dos ma nos y la apretó contra el pecho, Había estado a punto de so ltarla. Lo peor sería no saber si alguien se había hech o da ño por cul pa de la botella. La tranquilidad no le bendeciría ninguna noche . Se quedó de pie junto al pretil mirando al rí o y, por si acaso, ret roced ió. Está visto que no puedo dejar la botella en ningún lado p orq ue más ta rde, de todas formas, e ncontraré algún fallo en el plan. Apretó más la botella cont ra el pecho escucha nd o las voces que sa lí a n de él, y se encaminó hacia el coche. Avanzaba a hurtadill as. Sólo cu a ndo hubo logrado meter la botella en el calcetín y éste en la caja se tranq uilizó . ¿Po r qué no llené la botell a de ag ua o de arena a ntes de hundirla en el rí o? El río es hond o y no se hubiese producido ningún accidente. ¿Accidente? Qué accidente, habrí a sido un acto hech o adrede. Qu ién puede dec ir con seguridad que la corriente no a rrastre un a botella aunque esté llena : las corr ientes del fondo son fuertes. Y a unque hubiese caído directamen te al fond o, siempre hay muchachos que dej a n caer piedras desde el puente. A veces has ta hombres mayores que no ti enen otra cosa que hacer se entret ien en asÍ. Pero, ¿qui én iba a ir a nada r allí? C uidado, siempre hay personas que se las da n de deportistas, acuérdate del jefe de bomberos . «Cuando Launis se tira a l río es señal de pri. mavera», y desde el pretil del puente del ferrocarril hay más a ltura que desde aquÍ. Cla ro, claro que alguien puede venir a nadar aquí, pero no ti ene por qué b ucear en el lodo . Sin emba rgo, los aluviones primavera les y los bl oq ues de hielo se ac umulan en un montón y arrastra n todo 10 que encuentra n. Qui én sabe si la botella no .iría a parar al lugar donde la gente suele ba ña rse. D ejémoslo. Hay que buscar un luga r mejor. U n lugar seguro. Un lugar donde pueda permanecer durante décadas, de ta l ma nera que ml en· tras yo vjva no cause ningún daño. Alguna vez ocurriría de todas formas, yeso es lo peor. Bueno. «Entiérrala en el s uelo». La idea cayó como llu via de nube a través de hojas. E l hombre sabía que tenía en -el maletero una pala, nu nca se sa be a dónde se puede ir a parar con el coche. Habría que buscar una cuesta de gravilla . Bueno, allí la tenemos. Dio la vuelta en el primer cr uce y rehízo el ca min o. Pasó el puente, giró a la izquierda. La.la·la·la ... La voz del coche era tenue y suave. El hombre: Vaya, por fin lograré deshacerme de la botella. Voy a cavar un hoyo de un metro de profundidad, un poco apartado de la carretera, en un luga r


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que parezca deshabitado. Allí permanecerá la botella. La enterraré en el hoyo, lo rellenaré con cuidado y pondré las matas de hierba en su sitio. ¿Qué tal si la enterrara al pie de un arbolillo? El camino era viejo, estrecho y mal cuidado. El hombre lo amaba. En el lugar previsto se quitó la chaqueta y se arremangó la camisa. Esto no es nada. Cuando sólo había dado dos paladas se aflojó el cinturón. Una palada aquí, otra palada allí. Un poco más ancho arriba, más estrecho abajo, es más fácil cavar así. Pronto sintió calor e inmediatamente después estaba sudando, tenía la frente llena de sudor, los sobacos húmedos. Tuvo que pararse a descansar y, sentado en el borde del hoyo, se acordó de su juventud y de las cantidades de grava que había cargado. Cavar, cavar. Metió la pala una y otra vez, diez, decenas de veces en la tierra. No dio con piedras, menos mal, por algo ya desde fuera se 10 había parecido. Estando más o menos en la mitad del hoyo empezó a estrecharlo en fo,rma de pirámide, de repente redondeó las aristas, y empezó a formar algo como un cono invertido. La superficie del fondo mult iplicada por la altura dividido por tres. ¿Cuánto hace? 25 X 25 = 625. Y esto hay que multiplicarlo por -¡¡; . En la oficina podría hacerlo con la calculadora, aproximadamente 2.000. Eso, es el fondo en centímetros. Ahora hay que multiplicarlo por la altura, que desde la mitad es 50. Lo cual da 100.000. 100.000 dividido por tres da 33.333 y coma treses por toda la eternidad. Como de una botella más botellas. Dejó la pala hundida, salió del hoyo, buscó un lugar seco y se sentó, miró hacia atrás de reojo y vio el costado del coche. Dijo: --Sí, sí, éste es un buen lugar, salvo que alguna vez piensen construir aquí una casa. Hasta yo \Sé que antes de empezar a edificar hay que excavar los cimientos. En cualquier momento alguien puede venir a ver este lugar, y no pasará mucho tiempo sin que vuelva con sus planos y se ponga a medir. Claro es que se podría averiguar en la oficina de urbanismo si alguien ha reservado este lugar para construir \S u casa. Pero, cuidado, esto no ga rantizaría nad a, nunca se sabe en qué momento alguien puede fijarse en este luga r. Además hoy en día está de moda construir barrios cerca de las ciudades, y este terreno no está más que a diez kilómetros. Dejó de hablar, pero co ntinuó reflexionando: Yeso sin contar con otras posibilidades, como la construcción de un a carr,etera o un ferrocarril. Tampoco voy a pensar en la posibilidad de que, aunque aquí no se construyera, se podría sacar buena grava. Esto es propiedad privada, y el bueno del propietario viajará un día a Las Palmas gracias a esta cuesta, vamos, estoy seguro. La gravi lla se paga a 60 peniques el metro cúbico, y cuando treinta camionetas empiecen a cargar grava día y noche, el dinero correrá que es un gusto. y entonces yo me vería en un aprieto cuando empezara a pensar a dónde habría ido a parar mi botella. Quién sabe si yo mismo tropezaría con eJl a y rompería mis neumáticos en un tramo nuevo. Y. Empezó a llenar el hoyo. Tardó más de media hora, especialmente colocar las hierbas donde estaban, 10 que le llevó mucho tiempo . Pero, vaya, nadie hubiese podido notar nada. La botella estaba un poco apartada, entre el musgo. Al mirarla empezó a ver muchas botellas en varias filas, en varias capas. Botellas de cuellos altos


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con etiquetas rojas, con corchos de plástico muy ap retados. Mucha bot: ll as vací as, las cual'es empeza ron a tra nforma rse e n pedazos; botellas que esta ll aba n y se resquebra jaba n en decenas de miles de pedazos . y qué tal si se fuera en el coche y dej a ra la botella allí . C ua lqui er otro lo haría y 6e desprend ería de ell a inmed ia ta mente. N o le importa rí a que a lgui en la rompiese. Tampoco que un niño pasara por all í. La ro mpería él mismo de una vez y no le dejaría ese placer a nad ie. Escogió una piedra y a puntó. Sólo un lanza miento pr~c iso y la botell a quedaría hecha pedazos, que se quedarían allí. En el vera no crecería la hierba y los tapa rí a . Para qué pensa r que los a nima les, o qu ien fuese, pod ría n pasa r por allí . R,ecogió la botella, la envolvió en el calcetí n y en los papeles, la metió en la caja, y la ató cuidadosamente con doble nud o. iAy, botell a de las botell as! P or qué no fabricáis vino en cartones o en latas. Y, después de todo, por qué fabricáis vino. P or qué me enseñasteis a co nsumirlo. Por qué, por qué. Vino con uve mayúsc ul a, botel las co n be mayúscul a. V y B. Qué o tra cosa hubiese podid o oc urrir sin o qu e el ho mbre puso el coche en ma rcha y empezó a conducir. Me voy a casa, le dijo a la botell a que no le veía desde la caja. Me voy a casa, deja ré las otras a lternativas, ya no pienso más, no qui ero pensar más. N o. Tú no estás segura en la ti erra ni en el agua, y no tengo fuerzas para tira rte ta n a lto que te queda ras gi ra nd o en el es pac io pa ra la eternidad. Botella, tú no tienes luga r. N o miraba el paisaje: era demasi ado conocid o . No fumab a mi entras co nducía: el humo era demas iado conocido. N o ca nta ba ca nciones mientras vo lvía de m adrugada: las canciones eran demas iado conocidas. Sólo sabía un a palabra: «botella». Tres sílabas, seis letras. Qué otras pa labras se podrí a fo rma r co n ellas: tebolla, betoll a, lIabeto ... 'nada coherente, só lo la pa la bra botella. iLa mi sma y única palabra de siempreí Bueno, bueno . Aceptaré que eres una botella, redo nd a y lisa. Todos tus lados so n igua les, no se te puede agarra r mej or por un lado que por ot ro. Aceptaré que eres así. Que eres f rágil vaya, que te ro mpes. Ahí está tu f uerza. Paró el coche frente a la casa, entró en el ga ra je, sacó un a lona gra nd e y la extendi ó sobre la arena. Sacó del coche la caja, deshi zo tra ba josa mente los nud os y co locó la botella tumbad a sob re la lona. Sacó un ma rt ill o del ma letero. Sujeto la botella por el cuello y la dio ,e l primer go lpe. La botella se ro mpi ó. H izo los p edazos ig ua les, teni end o que trabaja r mucho con el cuell o, pero el resultado fue satisfactori o. Guard ó los pedazos en la caja y sa lió hacia la ca rretera con ell a bajo el brazo. Al llega r a la ca rretera sacó la caja de deba jo del brazo, la abrió. sacó un buen fragmento de cristal y lo co locó sob re un a huella de neum á ti cos: Venga por donde venga el coche tiene que pasa r por enci ma. L uego reco rri ó va ri os cientos de m etros dej a nd o caer fragmentos a los lados, se mbrándolos a los costados, esparciéndolos a derecha e izqui erda. Dándose la vuelta se agachó y miró la superfici e de la carretera. Destellaba. U na vez preparada la ca rre tera co mo querí a, a travesó co rr iendo la pradera y tiró dos pedacitos en la playa y a lgunos en el bosque, pero no hall ó un parque infanti l, como esperaba, pa ra poder sembra r en él a lgun os pedazos. Esparció los que quedaban y la a renill a en el sendero que co nducía a la playa y dejó caer la caja, que se quedó a1lí , en la misma posici ó n en que había caíd o.


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Cuando subió hacia la casa, la parte trasera estaba ya iluminada por los primeros rayos de la mañana. El coche se quedó delante de la casa, como también la lona y el martillo. El maletero era como una gran boca. Abrió la puerta. Estaba en su casa. Ya no se desvistió sino que se tendió en el sofá tal cual, aunque, eso sí, se levantó para poner un periódico debajo de los zapatos, pero, cuando lo trajo, se los quitó. Levantó los brazos, poniendo las palmas debajo de la cabeza, y el otro codo quedó levantado contra el respaldo del sofá. Título original : Pullo De la colección: Kovat piippuihin (Plomo en la recámara), 1968 Traducción y adaptación: Ursula Ojanen y Joaquín Fernández


EL ABUELO Y EL MUCHACHO H ANNU S ALAMA

La abuela murió el pasad o ,inviern o. La lancha del abuelo fue robada en los primeros días de junio. El abuelo ha bía intentado pescar en un a barca co n su nieto, pero una barca no vale para una verd adera pesca, no da para vivir. El abuelo tuvo que emplearse otra vez como gua rd a noct urn o. Remaron much o aquel verano. Recorrieron leguas a lo la rgo de la costa para encontrar su buena la ncha motora. Cuando el a buelo tení a una noche libre, la pasaban en la caleta. Por la mañan a reanud aba n la busca. Cansado de tanto manej ar los r,e mos, algunas veces el niñ o cont inuaba durmiend o. El abuelo pesca ba entonces con cuchara en las cerca ní as. Sin embargo el niño jamás se quedaba acostado después de la salida del sol. Cuando vo lvía el abuelo, ya estaba de pie. Las rocas negreaba n por el rocío, que también brillaba sobre la hierba . En cuclillas ante el fuego, el niño hacía café o asaba una perca recién pescada . H abía cuatro ki lómetros desde la casa hasta el banco de percas, un o de los mejores. Aquel día el niño estaba extenuado a ntes de que salieran. Sus remadas eran irregula res. Empeza ba a harta rse de remar ta ntos dí as. Cuand o só lo había n avanzado un par de kilómetros, los remos se habían cruzado tres veces seguidas . E l a buelo dij o: -Vete detrás, r.emaré yo solo. - Prefiero ir delante. - Bueno, como quieras. De todas maneras tampoco pesarás mucho. E l niño se tendió sobre el banco delantero, y pegó la oreja a l borde de la barca. Se durmió mecid o por el ruid o de las olas. Calma chi cha . El sol había quemado un o de los tobi ll os del niño, y su mejilla estaba cubierta de manchas de alquitrán fundido por el so l. Se pararon para pesca r con caña. E l pequeño consiguió un a perca y una rega ñin a de su ab uelo por haber la nzado junto a su nariz'. E l anzuelo ha bía id o a clava rse en la madera de la barca. Había un a rrecife y, a l noroeste, las dos redes tendidas. E n una de ell as, un lucioperca de tres kilos se haIl aba aga rrado a la red por las agall as . Las redes, sin embargo, no estaban particularmente enredadas. Vo lvieron a hund irlas en el agua, y regresaron a la orill a para hacer café. - ¡Vaya ! Pa rece como si la lancha se hubiera derret id o como si f uera nieve -<lijo el abuelo después de sentarse e n la roca. La pérdida de su lancha le tenia atormentad o. No es que fuera muy grand e, pero comparada con la barca sí lo era . Tenía la envergadura de las de los lagos: cuadernas de madera delante, y detrás planas. El niño en seguida se vio agitado


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por sollozos disimulados. El abuelo habl aba de la lancha mejor que de un bijo perdido. El niño, ay, entraba en el mundo de los hombres. En ese momento tenía la clara impresión de que el abuelo se dirigía a él como a un hombre. Así, ahora, el café mismo, el café que estaba bebiendo, tenía casi -sabor a tabaco. Tendia ya la mano hacia la caja de cigarrillos cuando el abuelo la abr.ió y puso uno en el extremo hueco de la boquilla. Por suerte no se dio cuenta del movimiento del ni,ño. - Puedes comerte también mi bocadillo ... Un poco de brisa no vendría mal. El abuelo se tendió sobre la roca, apoyándose en un codo, con la flexibilidad de un joven. Al mismo ti.empo se echó el sombrero sobre los ojos. Despreciaba llevar gorra. Tenía que ser sombrero; en invierno un sombrero de Por.i, y en los días de fiesta un sombrero de boyardo. Al chaval siempre le había parecido que el sombrero era gris, pero, al mirarlo por dentro, comprobó que en sus mejores tiempos había sido azul oscuro. El chico metió el azúcar y la botella de crema en la mochila, que llevó en seguida a la barca junto con la cafetera. Al mismo tiempo se untó el tobillo con saliva. Empezó a comer el pan con rajas de salchicha y rodajas de pepino. No se puso mantequi ll a en el tobillo porque era salada. Después se acordó de que en el banco delantero había un tarro con vaselina, pero se tomó tiempo para acabar el bocadillo antes de volver a la barca. Destapó el tarro: estaba casi vacío. Sin embargo, pasando el dedo por los bordes consigui ó vaselina suficiente para cubrir el lugar quemado por el sol. El tobillo estaba rojo y delante se formaba una ampolla. La superficie del lago estaba inmóvil. El reflejo del sol reververaba en el mismo luga r. E l niño fue a refugiarse a la sombra, al lado del abuelo, y allí se tendió boca abajo. El viejo yacía sobre la roca y cerca, en el bosque, el niño, sobre una alfombra de agujas de pino. Un gran ba rco de pasaj.eros esperaba que el viento se levantara, abajo, en una de las avanzadas de la ciudad. Una ciudad que zumbaba, zumbaba día y noche. -Abuelo. -Sí. La chaqueta del abuelo apestaba a pescado. E l muchacho se acordó de cómo su abuela regañaba al viejo a causa de ello. -¿No sudas con esa chaqueta y ese sombrero que llevas todo el tiempo? -di jo. Por toda re puesta el abuelo cortó una ri sa. - Un viejo no suda tan fácilmente como un chiquillo -d ij o luego. - La fábrica de Tampella funciona con tres turnos, ¿no? -Supongo. Sí, creo que sí. - Ah. ¿Y la de Lapinniemi también? - y la de FinJayso n. Todas funcionan por turnos de tres equipos. - ¿Y durante la Navidad? ¿Es que funcionan siempre? - A veces las paran para lubricarlas o para cosas por el estilo. Con un dedo, el abuelo hi zo caer la ceniza de su cigarrillo. E l pequeño cilindro de ceniza gris destacaba sobre la tierra marrón. - Voy a bañarme. - Vete. - Cogeré la barca. -Cógela si quieres. Pero te advierto que desde aquella punta llegarás también a donde cubre el agua.


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¿Se puede bucear? --Seguro. ¿Y tú has ll egado a bucear? --Sí, claro que sí. E l n iño llegó basta el cabo y se desnudó. Le habría gustado mucho bañarse con su traje de baño, porque tenía uno completamente nuevo. Pero el abuelo le gritó: -Quítatelo. ¿Po r q ué vas a mojarlo? Hubo un destello en el agua. E l niño vislumbró un os gobio al pie de las rocas. Uno de ellos, grande, no se movía; su lomo parecía enorme. El ni.ño se acercó de p un tillas. - No me meteré todavía en el ag ua - le respondi ó al abuelo a media voz. El pez alca nzó lentamente las profundidades y se quedó allí. ¡Una perca gra nd e! ¡Justo en la ori lla! El muchacho corrió a la barca y cogió su caña de pescar, volvió inmediatamente a la roca y lanzó. D esde la som bra de los a rbustos el abuelo le observó y echó a a ndar con una ri sa ruid osa como una lluvia de patatas sobre el uelo. -¿Y cua nd o un gobio es gra nd e es ca rnívoro? -¿Entonces qué pasa, que tu perca se ha convertido en gobio? --Seguro que era un a perca. -Una perca del lago Nasijarvi no viene a dormir a la orill a con un ca lor semejante, si verdadera mente es grande. --Sí, pero aquí bay bastante profundid ad . El muchacho lanzó su caña un par de veces seguidas y rebobi nó lentamente con el ca rrete. El sedal era verd e, de cuerd a de tripa, y se encontraba a la venta desde hacía sólo un par de años; no existía n,i siqui era antes de la guerra . El niño miró si había nuevas marcas de d ientes en el cebo, pero la perca q ue había pescado en el a rrecife no había dejado ningun a hueJla. Llevó la caña y sus ropas a la barca. La perca flotaba tripa a rr iba cerca del tapón de desagüe. Debajo del banco de popa asomaba la cola del lucioperca. E l abuelo había go lpeado co n la es padi ll a la cabeza de éste, ha ta que dejó de moverse, mi entras el muchacho go lpea ba contra el ma ngo del remo la nuca de la perca, que se puso rígida y luego empezó a vibrar. A l segu ndo golpe no quedaba más que un cadáver. E l muchacho mataba en el acto los peces q ue pescaba, pues no soportaba pensa r q ue les do lerían las mandíbulas y las entrañas, y que además se asfixia ría n lenta mente. Se quitó el traje de baño y se la nzó a l agua desde la roca. E l agua estaba fría . -El agua está aq uí mucho más fría q ue en nuestra ori ll a. -Es agua de inter ior. Es más lim pia. Vuelve a ntes de que te hi eles. El agua del lago era, s:!gú n el lugar, fría o tem plada. E l pequeño rebasó el embarcadero y lu ego vo lvió. Dio saltos sobre la roca, se p uso el tra je de baño, y corrió a tenderse al so l junto al viejo. E l abuelo mOJo co n un dedo la punta de su cigarri ll o y, con la palma de la mano, dio a la boquill a tal golpe que la coli ll a fue a caer lejos. Se levantó y preguntó : -¿Volvemos ya? -¡.Y si siguiéramos pescando? -Como quieras. -Me gustaría ir al ci ne esta tarde, y tendríamos que pasar antes por casa.


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-Todavía te queda tiempo, aunque pesquemos aún un par de horas. ¿Tienes dinero? -Un poco. El abuelo sacó el monedero. Extrajo un billete -marrón- de 50 marcos. -Toma. -Llévala y guárdalo en el bolsillo del pantalón. Yo también voy contigo. Tal vez debemos irnos ya. El billete era como de cuero, igual de flexible. Caminaron lado a lado y llegaron a la barca. El viejo se paró un instante; e l muchacho también, y levantó los ojos hacia él. -¡Hostias, mira que haber perdido el barco! -exclamó el vi,ejo. -¿ y qué tal si nos hiciéramos con unos prismáticos? Así veríamos lejos. -Han tenido tiempo de hundir el barco y vender el motor. O se lo han llevado a otro lago. No vale la pena seguir buscando. Se quedaron donde estaban, silenciosos. Un rumor de voces llegó a sus oídos desde un barco de vela, a pesar de que navegaba a cuatro kilómetros por lo menos. A través del estrecho se veía la chimenea de un barco contra el horizonte; nav,egaba por Koljonselka, y pronto se vería enteramente. El penacho de humo estaba quieto, pero la corona tomó forma de nube. - Primero perdimos a Vappu, tu abuela, y luego el barco .. . Bueno, vámonos. ¿Pod rás remar? -Sí. -No estás obligado. -Seguro que podré. -Descansa siempre que puedas, hijito. Llegará un día en que no podrás. Dando golpecitos con la mano en el hombro del niño, la dejó reposar un instante. El pequeño subió a continuación a la popa, mientras el viejo empujaba la barca. El niño ,evitó mirarle durante un rato. Cuand o se sintió más entero se puso a cantar mirando al cielo. La canción acabó con un resoplido cuando vio a su abuelo rociar los escálamos a hurtadillas para remar con menos esfuerzo, El niño se volvió de perfil y se esforzó en pensar en otra cosa. - ¿Qué pasa, se cortó la canción? El muchacho no dijo nada. No sabiendo cómo expresar ~u afecto, prefirió callarse. Sentía pena por aquel viejo qu e había perdido a la compañera de su vida, y su lancha. Por primera vez descubrió que su viejo abuelo era una persona que sufría. Nunca antes había tenido una sensación parecida. Intentó convencerse con todas sus fuerzas: «A ~u edad, grande como es, no puede sufrir.» Sintió un miedo repentino. Se había echado encima más años que el viejo. Pero éste, adelantándose: - Ponte la cami a si no quieres quemarte la espalda. Las palabras fueron pronunciadas muy bajo, en un tono de ternura. El nmo se quedó un buen rato enganchado en ~u camisa. Cuando por fin sacó la cabeza, vio al abuelo remar a golpes espaciados y regulares, mirando fijamente con un solo ojo el lomo del agua, como siempre. El gran barco había arrojado una bola de humo negro a lo lejos, por Nasiselka. Más que escucharse, se adivinaba el estruendo de sus máquina~. Título o riginal: Vaari ja poilm D e la colección : Lomapaiva (Un día de vacaciones). 1962 Traducción y adaptación: Ursula Ojanen y Joaquín Ferná ndez


CANBERRA?, DO YOU HEAR ME? JOHAN BARG UM

J ohan Bargum Foto : Sinikka Nopo la.

El domingo por la mañana Lena me volvi ó a llamar. Yo acababa de levantarme y ya me había puesto de mal hum or porque Han nele, en lugar de irse a su casa, se había quedado echada en mi cama y roncaba como un cerdo. La línea era excelente: se oía un curi oso, pero débil eco, como si, por el a uricular, no me llegara solamente la voz de Lena, sino también la mia propia. Lo p rimero que dijo fue: -¿Qué tal se encuentra Hamlet? Su voz sona ba gutural, ya había comenzado a habla r así, marca nd o las erres, antes de irse, como para poner bien en cla ro que nos estaba viendo venir. - Bien - le dij e- , ¿y tú? , ¿q ué tal? - Nada d e particular. -Vaya. y se calló, estuvo sin decir nada durante un largo rato. - ¡Lena!, ¡haló!, ¿s·igues ahí? No contestó, sig ui ó callada, y de pronto no pud e resistir más: -Te saldrás con la tuya. Te le llevaré. Se oyó un grjto, y luego un a larga serie de palabras de alegría y un montón de «gracias papá», pero yo me quedé pensando en lo que acababa de prometer. ¿Cómo se puede env iar un bámster a París? En el ensayo del sábado había tres largas escena~ entre Stina y yo; como es natural Sigge se enfadó muchísimo cuando le dije que ese día tení a yo que estar en París. Sigge es la persona más terca que conozco, y así se explica, en líneas generales, el que haya Uegado a tener éxito como director de escena . Además habíamos estudi ado juntos, y me conocía a fondo. Se puso a dar zancadas de un lado a otro entre las filas de butacas, hasta llegar a tal grado de excitación que ex.plotó, con gran realismo, mientras yo trataba de dar la impresión de sentirme culpable, y Stina esperaba


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entre bastidores conteniendo. la risa . Todos los directores de escena reprimen un deseo de salir a las tablas, y esa es la razón de que hagan, a falta de mejor oport unid ad, hagan teatro durante los ensayos. Cuando volví a casa, por la tarde, después de la representación, Hannele ya había lavado la vajilla y aseado la ca-sa y hecho la cama y quitado de enmedio montones de periódicos viejos y comprando una azalea, pero lo que no había hecho era irse a su casa. Y esto me resultaba algo molesto, porque Stina venía conmigo, pero las dos damas hicieron como si estuviera llov.iendo y se sentaron a cenar, aunque Hannele sólo había puesto la mesa para dos, con un mantel rojo oscuro de hilo y velas. Así pues se sentaron y se pusieron a charlar de colegas y se encontraban muy a gusto mientras yo tenia qu e buscarme mi propio plato y encender las velas y llenarles los vasos de vino tinto y sacar del horno dos canapés calientes de mejillones. Ellas lo pasaban en grande, mano a mano, hasta que llegaron a la mesa los entremeses y entonces, de pronto, se volvjeron tan ceremoniosas que me inventé una excusa para salir al vestíbulo y coger la puerta sin más e irme al bar de SocioS y sentarme allí mirando a las paredes sin ocurrírseme ninguna manera de salir del paso en que me había metido. Cuando, por fin, volví a casa las dos damas ya habían terminado los entremeses y el vino y se habían ido a sus casas. Hannele había dejado la llave en la mesa del vestíbulo. Me eché y ,estuve dando vuelta-s en la cama, y cuando sonó el teléfono, poco después de medianoche, no tenía aún la menor idea de cómo se puede llevar un hámst,er a París. Tampoco Susan lo sabía. -¿Pero, de qué diablos se trata? -preguntó. La linea era igual de buena, se oía su respiración, corta y enérgica, como siempre que se excitaba. -Eo$ que se me ocurrió ir a ver a mi hija. -¿Ah, de modo que eso es lo que pensaste? ¿Sin preguntarme siquiera a mi si me viene bjen? - No, nada, ¿es que no te viene bien? -¿ Y, qué es eso de Hamlet? -¿Cómo? - No, Lena, que piensa que le vas a traer a Hamlet. -Hum. - Pero es que no puede ser. Ya hemos hablado de ello. ¿No te das cuenta de que se va a desesperar? -¿y, por qué? - Pues cuando llegues y vea que no se lo traes, ¿no te das cuenta? -Ah, no, es que se lo llevo de seguro, no tengas la menor duda. Se produjo. una pequeña pausa, Susann dijo algo incomprensible en francés, en el fondo se oía la voz de André, y luego volvió a hablar: -¿ y cómo diablos te la-s vas a arreglar? - Pues arreglándomelas. - Pero escucha --dijo ella, su voz parecía algo cansada- , eso no lo puedes hacer así. -¿Pues, entonces, cómo? - A mí no me parece mal que vengas a visitar a Lena. Pero eso es cosa que tenemos que planearlo juntos, tú y yo. -Pues eso es lo que estamos haciendo . -¿Qué? -Eso, planearlo juntos, ¿no es eso lo que estamos haciendo?


CANBER RA?, DO YOU HEAR ME?

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Suspiró . - y además --d ijo- Jo de Hamlet es una ve rdade ra extors ió n. Aparte de que Lena ya no lo necesi ta. Hace siglos que lo ha olvidado . -P ues no lo pa rece cua nd o habla conmigo . Volvió a suspi rar, calló, se oyó so lamente un suave susurro en el auric ul a r, y a lgui en que pa recía muy leja no gritó: «Canber ra!, do yo u hear m e?, Canberra!, do yo u hear me?», y volvía a oí r su voz: -¿Y, cuá nd o vienes?, ¿y dónde pi ensas a loja rte? Lo mismo me preg untó la señora de la agencia de VIaj es cuando fui a po r el billete, justo como si ell a tuvi era algo que ver con el as unto; y lo cierto es que me sorprendi ó mucho comproba r qu e no había planeado este detall e, co mo dando por supuesto que iba a dormir en casa de Susann y André, cosa que, por otra parte, no me tentaba nada. Al final me qu edé en el centro mismo de la ciud ad, en un hotel barato que se llamaba «de Fi nl ande». La Sociedad Protectora de Animales me envió a l Ministerio de Agricultura y R epoblación Fo resta l, cuyo departamento d e veterin a ri a me envió a la e mba jada francesa, do nde un fun ciona ri o, en ma l inglés, me ha bló de formula ri o y certificados administrativos (¿ para Hamlet?); o sea, justo lo que ha bía pensado. Sólo quedaba una salida. Con un pedazo de estor grueso qu e encontré en el armari o ropero de Susa nn , dond e todo seguí a en el mayo r desorden desde el suelo hasta el techo, hi ce un a bolsita a fuerza de hilo y aguja. Sujeté a su parte superi o r un pa r de cordones de zapatos. De esta forma guard é a Hamle t en la bolsa y la cerré con unos imperdibl es. Apreté bien los cordones con un nud o, me puse un cha leco de punto y me metí la bolsa deba jo de él, contra el cuerpo, y encim a me puse un a chaqueta de la na gra nd e y ancha. Era perfecto. Hamlet 'estaba en su bolsa, tranquil o y qu ieto . Además, si se le ocurría m overse un poco nadie lo notaría bajo la chaqueta. La cosa era sencill a a más no poder: un as horas en avión co n Haml et contra la tripa, nada podía salir ma l. Me senté junto a la po rtezuela, con un periód ico sobre la tripa para mayo r seguridad . E l as iento co nti guo a l mío estaba vacío. Junto a la vental~i ll a se sen_ taba una señora enhi es ta como un cirio y rígida co mo si a lgui en la estuviese a puntand o con una pis Lola. Hamlet to maba las cosas co n ca lma; yo había pasa do los controles de seg uri dad y la ad ua na si n ningún tra spiés, y lu ego me había beb ido una cerveza y hasta flirteado un poco co n una azafata de tierra que afi rmaba q ue ell a y yo nos conocíamos de a lgo, y todo este tiempo Ham let seguía tan quieto que cas i me había olv id ado de su ex istencia . La señora que es taba junto a la ventanilla se inclinó hacia adela nte y se cogió la nari z: -Excúseme --d ij o-, so n mis oídos ... Por los altavoces se oía un francés automático, interminable, y un a jeringonza con ppetensiones de inglés, los motores a reacción zumbaro n, el avión co menzó a ir rápido, pesadote, como contra su voluntad, y de pronto Ham let se agitó por prim era vez. Fue tan súbito que también yo me agité. Hamlet arañaba con las patas delante ras, subí a bolsa arriba con intenci ó n de sali rse de ella. Da!.. que te pego, con todas sus f uerzas, se d iría q ue estuviese tratando de abrirme un boquete en el diafragma. -Se siente algo raro en la tripa, ¿verdad?


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-¿Cómo dice? -Eso, volar así por el aire, y tampoco se puede evitar.. . La señora miraba angustiada por la ventanilla, se sumió en un largo y complicado monólogo sobre los aviones que chocan en el aire. La azafata se esforzaba con sus bandejas de comida y bebidas, yo me las arreglé para meterme una mano bajo la chaqueta y acar.iciar un poco a Hamlet. Pero no sirvió de nada, sólo cons,:,guí que se pusiera más frenét ico todavía. La señora se echó sobre el asiento vacío del medio, como si quisiera cogerme de la mano. Yo trataba de sonreír como si nada ocurriese, y Hamlet arañaba y tiraba de la tela. Con los ojos abiertos de par en par la señora explicaba que, aunque los pilotos se viesen a dos ki lómetros de distancia, sólo tardaría unos segundos en producirse la explosión. Pero yo no la escuchaba, lo único que sabía era que Hamlet estaba empujando con el hocico y tratando de morderme a través del tejido. Sus uñas cortantes me hacían daño. La señora se había instalado sobre la mesita toda una batería de frasquitos y comenzaba ahora a bebérselos uno tras otro. -Trabajo en la central de estadísticas -dijo, y sonrió como excusándose-, y sé de lo que estoy hablando, es un riesgo estadísticamente insigrufioante, pero eso ¿de qué nos sirve a nosotros? Un rato después se inclinó hacia adelante y volvió a cogerse la nariz. Ibamos camino de Estocolmo. Ham].et seguía trabajando sin interrupción con las patas delanteras. Si consigue abr.ir un agujero en la bolsa, pensaba yo, ¿qué es lo que va a ocurrir? En la sala de tránsito de Arlanda me encerré en el retrete y saqué a Hamlet de la bolsa. Se había tranquilizado de nuevo en cuanto tocamos tierra. Se quedó quieto, sentado en mi mano, mirándome con sus ojos como granos de pimienta. Todo su cuerpo temblaba como si tuviese fiebre. Yo llevaba en el bolsillo una hoja de leohuga, pero no quiso comerla. -Tampoco a ti te gusta volar -le dije. El avión se llenó de hombres de negocios suecos y franceses que iban a París. Entre la dama que estaba junto a la ventana y yo se sentó un gordinflón, que apestaba a cebolla y estuvo hablando francés conmigo largo rato sin que yo le entendiera una sola palabra; luego se quedó dormido. Nos deslizamos por la pista de despegue, y Hamlet se quedó quieto, como si también él se hubiese quedado dormido. La señora miraba con envidia a su vecino y se volvió a coger las ventanillas de l.a nariz; el avión aceleró, se elevó y buceó entre nubes, y Harnlet se puso de nuevo en movimiento. Trabajaba con un objetivo fijo, sus garras arañaban y arañaban, siempre en el mismo sitio. Las azafatas volvieron con sus carritos. El francés que apestaba a oebolla no se movía, la señora de junto a la ventana sacó una nueva provisión de frasquitos y se los puso delante, Hamlet era incansable, y no tardé en darme cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir: de un momento a otro abriría un boquete en la bolsa. Yo sentía sus garras cortantes, impacientes, contra mi carne. Dolían. La señora de junto a la ventana apuró medio vaso de coñac y me miró con ojos turbios: - ¿No se encuentra usted bien? y de pronto, como por encanto, Hamlet se quedó quieto. No respondí. El sudor me resbalaba de los sobacos. No me atrevía a decir


CANBERRA? , DO YOU HEAR ME?

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nada mientras Hamlet se estaba quieto, y un momento después me di cuenta de lo que pasaba: sentía algo más correrme tambi én por la tr ipa y baja rme hacia la ingle. Tómelo con calma -dijo la señora, a nimándome- , esto es mucho más seguro que ir en coche, desde el punto de vista estadístico. Hamlet se puso e n movim iento con renovad o brío. Yo sentía como si el ag ujero se estuviera haciendo más y más grande. Tiraba y desga rraba con sus di entes, y arañaba, todo al mismo tiempo. No quedaba más que una solución: me metí la ma no baj o la chaqueta y le cogí. Esto le puso furioso . Ya habí a salido casi de la bolsa. Excavó y hozó y mordió, tuve que tenerle bien sujeto para poder domin arle. y dolía terriblemente. -Mire, ahí está París -dijo la seño ra, con voz pastosa- , ¡hurra!. ¡allí abajo ! Cerré los ojos y apreté los di'entes. Le tenía en la man o, bien a pretado contra la tripa, para que no se me soltase. - En seguida aterrizamos -di jo la señora tranquili zá nd ome. Como si hubiera comprendido sus pa labras, comenzó Hamlet a calma r e. Mientras se encendían las seña les y se oía el clic de los cinturones de seg urid ad y la señora se cogía la nari z con los dedos, yo sentía qu e H a mlet se desten sa ba, dejaba de morder, dejaba de hozar con las patas del a nt era s: fin a lmente se echó, la na ri cita húmeda contra m¡ estómago, quieto y tranquilo, co mo dorm ¡do. Mientras hacía cola en el control de pasa jeros y pasaba por ad ua nas (me miraron el <equipaje de ma no, como de costumbre) y cogía el a utobús has ta la P orte Maillot y conseguía encontra r tax i, y, de paso, tenía tie mpo de so rprenderme de lo denso que era el tráfico en la Rue St. Denis, dond e estaba mi hotel, Hamlet no hizo lo que se dice un solo movi miento. No quiere escaparse, pensé, quitánd ome la ropa, ensangretada y ma loliente y sacándo le de la bolsa , y sólo entonces comprendí por qué se había qued ado tan quieto . Le eché por el retrete abajo y me lavé la herida del estómago, y las telefoneé. - ¡Hola, papá! - dijo Lena- , ¿ya ll egaste? - Sí, ya ves, aquí m e tienes. Yo estaba junto a la ventana, a ún había much a gente en la calle, ll enas de transeúntes las aceras, colas de peq ueñ os coches franceses dánd ole sin tregua al claxón. -¿Le trajiste? - y tanto ql1e sí. En los po rtales había mujeres que desaparecían d'e vez en cuando en comrañía de a lgú n tra nseú nte solitario, y de pronto me di cuenta de la razón de tanto a pretujamiento. -¿Dónde estás? En un hotel. -Mamá dioe que te puede ir a buscar en el coche. -Esta noche no. -¡ Sí, papá, sí, tienes que venir! -No, Lena, es tarde, y no me siento del todo bien. - ¡.Qué te pasa? -Debe ser que me mareé 'en el avión. Mañana a mediodía voy sin falta. Una de las mujeres me miraba desde la acera y me hizo una seña. -Papá -di jo Lena-, ¡da las buenas noches a Hamlet con un beso muy fuerte, en medio del hocico!


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JO'-lAN °ARGUM

A la mañana siguiente di con un taxista que hablaba inglés y no se reía de

mi, y me ll evó al otro lado del rí o, hasta St. Germain; era un día frío y despejado, y los parisinos se sentaba n en los cafés con abrigos de pieles sobre los hombros. En las calles angostas de detrás del Odeon di con una tienda de a nimal es. E l tax ista entró co nm igo y se sum ió en una apasionada conversación co n el empleado, que tampoco se rió, por raro que parezca, sin o que me ayudó a escoger entre los bámsters al que más me recordaba a Hamlet, y lo puso en una caja de zapatos y escribió Hamlet en la tapa y no me costó casi nada. E n el taxi el taxista se volvió hacia mí y me miró con ai re preocupado, viénd ome allí sentado con la caja de zapatos en el regazo . «Good look», me dijo. Los parisinos iba n por las aceras a l trote corto, se encogía n, se metían las manos en los bols illos, con panes o periódicos, como raquetas, bajo el brazo. «1'11 need it», dije, porque la cosa estaba cond enada a l fracaso y no podía salirme bien. Pero Lena abrió la tapa con un chillido de alegría y cogió al hámster y lo apretó contra el pecho, y yo, que debiera haberme sentid o aliviado, no pude menos, po r el contra ri o, de ex perimenta r una cierta deoepción. Le dije: - ¡Cuidado, diablos! -¿Qué pasa? -¡No le aprietes así, no les sienta nada bien! Vivían en un enorme apartamento detrás de los Champs Elysées, con habitaciones a ltas, paredes en jalbegadas y pequeños frisos a lo largo del techo, espejos por todas partes, sofás y sillones de color claro tapizad os de cuero, mesas de cri sta l y luces indirectas, era como estar en una expos ició n de decoración de interi ores. Susann se había cortado el pelo y empezaba a fumar Ga uloi ses. Me dio un abrazo de buena camarada y me sonrió, y dij o : -Me alegro de verte aquí. ¿Cómo te las a rreglaste para traer al hámst'er? -Ya ves - dije. A ndré estaba filmando, ciertas tomas sólo podían sacarse en días de fiesta. -Esto para mí no es nada nuevo --di jo ella, con un a risita. Lleva ba un vestid o color pastel y de tela medi o ri zado que la aniñaba. Me miraba con expresión d ivertida. Yo me sentí, de pronto, inseguro; no se me ha brá olvidado abrocha rme la bragueta, pensé, y ella me dijo: -¿Cómo te las arreglaste? E n aq uel mismo instante vi a l gato, un sia més, voluptuosamente echado en un sill ón, lo ojos líqu idos, fijos en el hám ster q ue Lena tenía en el regazo. -¿Verdad que es precioso? --dijo Lena-, ¿sa bes cómo se llama? -Voy a hacer café --d ij o Susann, y desapa reció en la coci na. -Haml et - di je yo, y de pronto me sentí cansado, y me senté. La herida me escocía. - ¡Qué estupendo!, ¿verdad, papá? -go rjeó Lena-, ¡ahora tengo dos Hamlets! El gato levantó lentamente la cabeza, si n dejar de mirar a l hámster. Ni siq uiera tenían un a jaula para el hámster, y, a l cabo de unas horas, yo era el único que le recordaba; yo y el gato, que, indiferente en apariencia, no se alejaba mucho de él. Para cuando ll egó André por la tarde ya había vuelto a meter al hámster en la caja de zapatos, que puse en una balda, en el arma rio ropero de Lena, y el gato se había echado en su cama y miraba ya a la puerta del armario, ya a mí, con expresión de burla en su rostro la rgo y estrecho de felino. André estaba cansado y parecía distraído. Susann reía y dijo que era exactamente igua l que yo: cua nd o filmaba si,empre estaba en otra parte, sólo su cuerpo venia a casa y dormía allí por las noches.


CANBERRA ?, DO YO U HEAR ME?

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Pues no es ta n to nto, después de todo, me g ua rd é mucho de deci r, la verdad e ra que no bacía fa lta en abso lu to, sa ltaba a la vista con so lo mira rla a ell a. Lena ha bí a a prendid o a ha bl a r f ra ncés co rri entemente, y a A nd ré le ll a maba p a pá . Susa nn sostení a que los d os ,s e ll eva ba n es tu penda mente bien. Dura nte la cena fu e L ena quien m ás ha bLó, sueco y f ra ncés mezc lados. Bebí mucho vi no pa ra a m o rti g ua r el do lo r pun za nte de m i herid a, y luego acosté a Lena y e t uve un ra to sentado a l bo rd e de su ca ma y le aca ricié la mejilla, como en ot ros ti empos. E n su a rma ri o ro pero hoz'a ba e l há mster, agitá ndose en su ca ja, y el si a més, que se ha bía a postado justo f uera de la puer ta, ag uzaba las o rejas. Ex pliqué que quería ir d a ndo un p aseo hasta el hotel pa ra ver «P a ris by night», p ero apenas reco rrí unas c ua ntas calles, empecé a senti rm e ca nsado. E n los «C ha mps E lysées» di con un «drugs tope», do nd e lo ún ico q ue tenía a lgo q ue ver con el inglés era el no mbre. Y o soy un m im o est upendo, pero me re ultó im posibl e haoer una imitaci ó n de un a po mada a nti éptica pa ra mi herida . Cogí un tax i y estuve a punto de que m e m o rdi era en el pie un te rr ier q ue esta ba ec hado en el asiento de d elante, d o nd e, po r o tra pa rte, no te nía yo necesi dad de sentarme. E l ta xista se enso mbreció y es tu vo rezo nga nd o pa ra sus adentros todo el tiempo que tard ó en ll eva rm e a l. ho te l. Allí m e ca mbi é 'e l es pa radra po, po r fa lta de algo mejo r eché whi sky en la herid a, m e escoció y tuve que esta r la rgo ra to sentad o, ja dea nd o. Algo más ta rde a pa reci ó la m is ma muchacha en la ca lle. Me volvi ó a hacer una seña , me so nri ó, reconoc iéndo me. Sabía un poco de inglés. C ua nd o subimos a la ha b itaci ó n me dij o que pod ía des nuda rme si quería, p ero me quedé co n la ca m isa puesta . Al día siguient,c salí con L ena po r la ciud ad. F uimos a un café d o nd e ella , con mucho apl om o, p idió cacao con c rema y dos g iga ntes os ba rquillos co n a lmíba r, aunque a mí m e costa ba tra ba jo co mer el mío, po rq ue no me en co ntraba bien d el todo a p esa r d e que la ma yo r par te de mi wh is ky se m e ha bí a id o e n la herida . L ena estaba a lgo pensa tiva, sil enciosa y co mo a usente, y aca bó co mi éndose mi barquillo, y fuim os los dos a un pa rqu e pa ra niñ os, do nd e juga mos a co lumpi a rn os; ell a en esto era in ca nsa bl e, y así estuvi mos hasta que S usa nn llegó a b usca rla . Susa nn ta mbi é n pa recía pensativa. Nos senta mos en un ba nco del pa rque, mientras Lena seguí a co lumpi á nd ose, y Susa nn dij o : - ¿ Te ha ha bl ado del há m ster? - No, ¿qué pasa? Susa nn se mo rdi ó los la bi os. - ¿Se lo comi ó el gato? Sus::\I1n as inti ó. -No f ue c ul pa mí a --cl ij o, irritada- , ¡un a no puede esta r en todo ! -¡'y qué d ij o Lena?, ¿se pu so muy tri ste? -No, po r ca usa d e l há mster, no. Pero esta ba inq ui eta, pensa ndo q ué d irías tú. Lena había dejado de co lum pia rse, nos mi ra ba, co mo si estuviera oyendo todo lo q ue nos decíamos. -Bien -di je-, ¿q ué c rees qu e debo decirle? -Nada --cli jo Sussa n- , yo creo que lo m ejor es no hablar de ello, lo más sencillo . Callé. -Tienes que 'e ntende rl a - dij o Susa nn- , está muy e nca ri ñada co n su gato. Ya ha bía o lvidad o a l. há mster, pero yo le ha bl a ba de é l, po r ti . S'usa nn se ofrec ió a ll eva rme en coche has ta el ho te l, pero pretexté que iba directa m ente al aeropuerto. L ena se sentó en el asiento trasero d el peq ueño R e-


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nault de Susann y arrancaron. A los pocos metros hubieron de pararse porque las luces del tráfico estaban en rojo. Había empezado a llover. Susann puso en marcha el limpiaparabrisas de atrás, como si estuvi era tratando de haoerme al guna señal. Lena apretó la cara contra la ventanilla de atrás. Yo le hice un ademán y le sonreí, como diciéndole que Susann tenía toda la razón: ¿qué importaba un hámster en comparación con un gato? y me pareció una eternidad hasta que, por fin, la luz pasó a verde y las dos dieron la vuelta a la esquina y desaparecieron. El lunes tuve que ir a una policlinica a que me v,i'e ran la herida, y esto me forzó a llegar tarde al ensayo, lo que fue causa de los pinchazos de costumbre: ,¿te importa que hayamos comenzado?, ¿se te ocurrió quizá hacer una pequeña visita a tu trabajo? Sigge tenía ya pensada la escena tercera, en la que Stina me perseguía y los dos dábamos cinco vueltas al escenario entero, y yo tenía que tropezar con los muebles y resbalar sobre las alfombras, y ella acababa 'd ándome una bofetada. Stina se esforzó de verdad, sobre todo cuando llegó el momento de darme la bofetada, pero Sigge notó que yo no ponía interés y me riñó, yen vista de qu e con ello no conseguía nada comenzó a sentirse preocupado y acabó diciéndoles a los demás que se fueran a descansar, y vino hacia mí y me preguntó: -¿Qué es lo que te pasa? - No, nada - dije yo. De la colección: Husdjur (Animales doméstico), 1986 Traducción del sueco: Jesús Pardo

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LAVISITA A TTI

T UURI

Antti Tuuri en Reykjavik, 5-3-1985. La Pres identa de Islandia. Vigdis Finnbogadottir. felicita al ganador del Prem io de Liteó rrat ura del Consejo dico . Foto: Le htiku va Oy.

Se ha bía acordado comer a las doce. Ladogin llegó con el pres id ente del consejo municipal, cuyo coche habían estado usando . Nos presenta mos nosotros mismos. Ladogin iba acompañado po r una intérprete: una mujer alta y delgada a la que Malmberg había conocido en Moscú . Cua nd o se había enterado de qui én era la intérprete de Ladogin, Malmberg ha bí a contado que era un a persona agradable y que traducía bien . Había ha bido veces en Moscú e n que había da do con esa clase de intérprete a quien por lo general no se le permití a traducir más que lo que di oen los que fo rman pa rte de los equipos de jockey sobre hiel o, ha biend o quedado demostrado que era de todo punto impos ible que tradujeran nada referente a los negocios que les había n ll evado a llí. Malmberg afirma ba que en Moscú él podía deci r, en el instante en que un intérprete abría la boca, cómo iban a valorar los empresarios del país vecino las nego ciaciones ... salvo que el intérprete fuera finland és. Malmberg declaró a hora lo mismo y la intérprete se lo traduj o a Ladogin , que le dirigió un a mirada fi ja, si n sonreír. Pregunté si a Ladogin le gusta rí a tomar un a copa antes de com~ r. Me parecía que neces itaba una; habí a pasado los últimos días yendo y viniendo con los ho mbres del Ayuntamie nto. Ladogin, comprendiendo la pregunta sin necesidad de que se la trad ujeran , dijo: - Whisky. Soda. Siguió explicando algo a la intérprete, y ella tradujo: --Según lo ve el camarada Ladogin, hay muchas empresas finlandesas que todavía imaginan que pueden vender a la Unión Soviética sus vi.e jos modelos o equipos p asados de moda. Que ellos cargarán con todo lo que nadie quiere.


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A NTTI TUURI

Todos asentimos con la cabeza. Un camarero trajo bebidas y las distribuyó. Ladogin cogió su vaso, lo leva ntó ·e n si],enci o hasta la altura de los o jos, se inclinó en una reverencia, y luego bebió de un trago. Nosotros bebimos también. Yo había encargado la comida por adelantado, y el maltre vino a preguntar si podía n traer ya los aperitivos. Afirmé co n la cabeza y nos sentamos. Cuando el maltre salió del comedor privado, le pregunté a Ladogin si estaba satisfecho de su viaje, porq ue la satisfacció n era un signo de que el progreso había llegado a un punto muerto, y Ladogin no qu ería que nos paráramos en el nivel en que estábamos ahora ; los seres humanos tienen aún un largo cam ino que recorrer, como las sociedades humanas. - y <el bienestar también puede aumentar de alguna manera dijo MeriHiinen. -Hablando de bienestar, de lo que se trata es simplemente de cómo puede ser distribuido equitativamente - tradujo .la intérprete la respuesta de Ladogin . Yo propuse un brindis por las buenas relaciones entre nuestros países. Dije que se puede ha blar de rel aciones entre países y pueblos, pero que en realidad se trata simplemente de relaciones entre personas; s.i las perso nas llegan a ·ser amigas, si tienen confianza unas en otras, las naciones estarán más cerca. Ladogi n chocó su vaso con el mío y luego, uno por uno, con los de todos los demás que estaban en la mesa. Los camareros trajeron los a peritivos y una botella escarchada de wodka finlandés; se llena ron las copas. La intérpret'e siguió trad uciend o los comentarios de Ladogin, quien llevaba la cuenta de cuántas veces durante esta visita a Finlandia le habían servido salmón crudo y reno. También esta vez ha bía salmón de ent rada, pero yo había encargado luci operca como plato principal, esperando que le gustaría a Ladogin. Me aseguró que se conformaría. MeriHiinen preguntó qué posibilidades teníamos de que la Unión Soviética nos hi ciera un encargo antes de las vacaciones de verano, aduciend o que, por razones de pla nificación de la producc ión, él tenía que sondear un poco las distintas posibilidades . MeriHi-inen era el respo nsable de nuestra prod ucci ón. Yo, Malmberg, yel pres idente del consejo municipal, sa bíamos que lo que MeriHiainen quería decir con eso de la planificación de la producción, era que si no co menzábamos a tener resultados verdaderos poco a poco en el intercambio comercial con la U nión Soviética, se producirían vacacio nes fo rzosas; otra posibilidad sería presci ndir de las idas y venid as a Moscú y empezar a planificarlo todo contando só lo con el mercado nacional y el occidcnta l. Pero el tiempo no permitía esta a lternativa para resolver el probl ema. Se supone que Ladog in lo sabía también. -No deben ustedes suponer - la intérprete trad uj o la resp uesta de Ladoginque la U ni ón Soviética fue f undada simplemente para hacerse cargo de las empresas fin landesas escasamente viables. -De ningún modo -se ap resuró a decir Malmberg. -Estoy seguro de que Malmberg sabe lo que estoy insi nua nd o. No es la primera vez que esto se ha mencionado: modelos, calidad, entregas, precie> . -¡Por suupesto! -i ntervin o Merila inen . MeriHiinen conocía ahora a Ladogin por primera vez. Malmberg había tratado con él en Moscú durante años y en sus visitas a Fin landia, obteniendo cosas para él, disponiéndolo todo para que un dentista finla ndés le hiciese a su mujer un puent'e de oro a expensas de mi empresa. Comimos un rato en silencio. Luego el presidente del consejo municipal, pidiendo a la intérprete que tradujera, cogió su vaso, lo levantó y decla ró que aunque él no era un hombre de negocios si no un servidor de los ciud adanos,


LA VISITA

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el chico de los recados de los contribuyentes. ta mbién consideraba importante las buenas relaciones entre nuestros paí es: la ci udad tenía incluso una ciudad herma na en la Rusia Bla nca, y el presid ente del consejo municipal dijo que tenía muchos buenos amigos allí, y que esperaba q ue Lad ogi n también llegara a serlo en esos pocos días . Bebimos, pues. E l ca ma rero irvi ó ot ra ronda. Ladogin declaró que había si do ami go de Fi nla ndi a desde siempre, a unq ue no era ni siquiera de Carelia, como su nombre podría sugerir. El pres ~ de nt e preguntó de d ónde era. Ladogin d ijo que era hij o de Moscú. Habí a rebasado ya los sesenta, y yo recordé haber oído decir que después de la guerra, y por el proceclimiento de cortar cabezas, se había elevado ha ta los pue tos dirigentes de la organización comercial, do nd e seg uía a pesar de los ca mb ios políticos, y que estaba más firmemente instalado que nunca a hora, cua nd o a todo lo viejo se le habí a devu elto su valor en Rusia. Y o dije que el presidente del co nsejo municipal y Ladogi n no debiera n de haberme privad o del derecho del anfitrión a proponer el primer brindis en la mesa ; como compensación tendrían que beber un tercer vodka. La idea no fue considerada mala. Trajeron la bebida. Yo dij e qu e, ha biendo sido ya propuestos y bebid os todos los brindis importantes y oficia les. a hora sim plemente teníam os que vac ia r nuestros vasos. Bebimos, y Ladogin pidió in mediatamen te una nueva ronda , aduciendo que nunca se debe de deja r la mesa si n haber brindad o por la s mujeres, que tan importantes y m a rav ill osas eran para los ho mbres. Ladogin me pidi ó que lo aprendiera, puesto que yo era más joven y todavía tenía mu cha vida po r delante. Brindamos por las mujeres. Ladogin acompañó con whisky con soda el plato principal. No hi zo caso algun o del vino que el «maltre» me ha bí a reco mend ado, un caro vino blanco francés, y acabamos bebiénd onosl o si n él. Y o habrí a deseado que por lo menos hubiese probado el vino qu e había elegido tan cuidadosamente, pero Ladogin prefiri ó pega rse al whi ky. Había empezado a ha bl a r alemán - fr ases la rgas, lentas, torpes- , olv idánd ose a veces de lo que estaba diciendo.

II A las tr·es, el presidente del co nsejo muni cipa l tel efoneó al Ayu nta miento para inform a rl es de que ese día no iría má a trabajar: estaba con un os visitantes ext ran jeros, si algui en pregun taba. Mientras la intérp rete tradUCÍ a, la expresión de la cara de Ladogin se abla ndó li geramente. A la sazó n, habiend o ya comido y acabado el café y el coñá, es tábamos sentados en si ll ones en el fondo del co medor, con vasos de whisky en las ma nos. Mer iHiinen hubi·era querido ir a la fáb ri ca, pero Ladogin no le dejó, diciendo que estaba empezando a aburrirse de escucha r las conversaciones y mentiras de los hombres de negocios. Merila~nen tenía qu e quedarse allí porq ue Ladogin todavía quería d iscutir sobre los procesos de producción de la fábrica, la o rga ni zació n del traba jo, la maquinaria, de todo lo cual Merilainen era el que más sabía de nosotros tres. - D e lo contra ri o, Ma lmberg y este vuestro directo r gerente acaba rá n teniendo que mentir sin cesar, puesto que ell os no están familiarizados con estas cosas -di jo Ladogi n en a lemá n. -Si n Merilainen no podríamos a paña rnos -d ij e- o Este vuestro director gerente es el prop ietari o de toda la fá brica y de doscientas guapas chicas. -Es un asqueroso capitalista -co ncedi ó M a lmberg.


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Ladogin romplo a reír, levantó su vaso, inclinó la cabeza hacia mí, y bebió. Yo también bebí un poco de mi vaso. - y ahora, como las cosas aquí van mal, nos envía cada rato sus peones para que le echemos una mano, ahora que ha hecho una chapuza de sus negocios. -Sin embargo, es un capitalista bastante simpático -<lijo Malmberg. Yo le hablé a Ladogin, en alemán, de mi padre, que había fundado la empresa, y de cómo en los sesenta la había desarrollado hasta el presente nivel, y le hablé de mi hijo, del que yo esperaba que se hiciese cargo de los negocios cuando yo me retirara. Ladogin dijo ahora que no entendía el alemán. Lo expliqué en finés, y la intérprete lo tradujo a l ruso. Ladogin no hizo ningún comentario. Se levantó, se tambaleó, empezó a caerse hacia un lado y, agarrándose a los respaldos de las sillas, derribando algunas, dio unos pasos. La intérprete se levantó para ayudarle, le sacó del comedor, y al poco tiempo volvió sola, se sentó en su silla y bebió un sorbo de su vaso de zumo de frutas . No dijo nada. Al cabo de un rato el presidente del consejo mun.icipal preguntó: -¿A dónde ha jdo el director? -Bueno -dijó la intérprete-, el señor Ladogin volverá pronto. y así lo hizo, sentándose de nuevo a la mesa. Dijo que estaba cansado de este comedor y que deseaba ir a otro restaurante, y exigió que el presidente del consejo municipal le acompañara puesto que ambos eran de la misma edad y había experimentado muchas cosas en su vida, mi,entras que todos los demás éramos jóvenes e inexpertos. -Oiga, ¿y si f uéramos al Hotel Municipal? -<li jo precipitadamente el presidente. Declaró que en todos los demás restaurantes tendríamos que explicar quién era Ladogin y por qué pretendíamos que una persona tan bebida entrara en un restaurante, pero que en el Hotel Municipal estaban acost umbrados a invitados, tanto extranjeros como nacionales, ya que la municipalidad tenía que echarles de beber. El presidente hizo una llamada telefónica, y yo pagué la cuenta. Ladogin observó cómo saldaba la cuenta y señaló que mi empresa no iría demasiado mal cuando yo todavía tenia recursos para tirar tarjetas de crédito sobre la mesa. Había empezado a hablar a lemán de nuevo. Yo dije que una tarjeta de crédito era simplemente un medio de aplazar los pagos, que un período de facturación de un mes era una ventaja importante para una empresa que vivía al día. Ladogin me miró solemnemente al principio y luego rompió a reír. Declaró que yo le gustaba porque tenía sentido del humor. Yo dije que, de lo contrario, ni siquiera <el mismo. demonio tendría nada que hacer en el comercio de trapos. Salimos al vestíbulo y recogimos nuestros abrigos de manos del portero. El presidente del consejo municipal se acercó a mí para murmurarme que e l Hotel Municipal nos había reservado una habitación privada detrás del comedor del segundo piso; nadie nos molestaría allí, pero había que pasar por la zona de los comedores. Yo dije que a esa hora no habría nadie allí, cosa q ue también deseaba el presidente del consejo municipal. El portero pidió un taxi por teléfono. Logramos meter a Ladogin, a la intérprete y al presidente en el coche de éste. Le dije al taxista que diera una vuelta bastante grande con objeto de dejarnos en el Hotel Municipal después de que los otro hubieran llegado al comedor privado. Malmberg empezó a contarnos en el taxi tal o cual historia sobre Ladogin en Moscú, pero DO puse


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atención. Me di c uenta de que MeriHiinen se había quedado dormido en el asiento trasero, pero se despertó cua nd o le dije que no debería do rmirse, se sentó derecho, y empezó a comportarse como una persona casi normal. En el comedor, Ladogin y los otros estaban ya discutiend o con el «maItre» sobre si íbamos a comer algo o sola mente beber. E l «mattre» nos invitó a que por lo menos probásemos el salmón crudo que había preparad o el día anterior y que era tierno y bueno; pero Ladogi n no quería sa lmón. Yo dije que por qué no lo considerábamos mientras nos tomábamos un whisky, y el «maltre» fue a buscarlo . Estuvimos sentados en silencio durante el tiempo que el camarero tardó e n traer los whiskies y e l que empl eamos e n beber un trago de la primera rond a. -¿Por qué hay cuadros de soldados en la pa red de este comedor? - preguntó Ladogin . Yo estaba sentado con la espa ld a co ntra la pared a la que miraba Ladogin, de manera que me di la vuelta y vi que en la pa red había un cuadro del mariscal Mannerheim, así como otros de algunos generales de la época de la guerra y de dirigentes cooperat ivi tas de postguerra, tod os ell o con marcos de made ra. -Es Ma nn erheim y algun os de sus generales -<li je. -¿Es ésta un a habitació n de vengativos? - preguntó Ladogin. Yo dij e que algunos de los cuadros de la pared eran de dirigentes izquierdistas del movimiento cooperativista, de manera que no podía decir con seguridad cuál era la intención de los cuadros. -Siempre han estado aq uí -<lijo e l presidente del co nsejo municipal. - Nunca a ntes me había n hecho semejante cosa, nunca me habían ll evado a senta rme en una habitación de guerra -<lijo Ladogi n. Ahora le hablaba a la intérprete en ruso, y ell a nos lo traducí a pausada y correctamente, como si Ladogin le hubi era apretado un botón en alg una parte; pero cuand o él di jo algo sobre Mannerheim, la in térprete no lo tradujo. Yo pregun té qué e ra lo que había dicho, y ell a me contestó que no estaba familiarizada con ta les palabras en finés. E l presidente del consejo muni cipa l ordenó a la intérprete que tradujera que él había luchado en dos guerras baj o el ma nd o de aq uel hombre y que había quedado satisfecho de sus do tes de mand o. Ladogin pregun tó a l presidente dónde había luchado, y éste co ntestó que había id o directamente desde el pupitre del co legio a la Guerra de Inviern o, en el 1940, cua ndo ya la guerra se desarrollaba a lrededo r de la ba hí a de Vibo rg, y que ha bí a vuelto de cumpl ir sus deberes militares en la Navidad de 1944, co mo cap itán de infantería. Ladogi n no dijo nada a esto. -¿Fui ste realmente promovido de est udi a nte a cap itá n de infantería? - se asombró Meriliii nen. -Bueno, no exactament,e -co ntestó el presidente. -Eso es lo que acabas de decir - respondi ó Meriliiinen. - Bueno -<lijo el presidente- , he oído hablar de hombres así. -¿Cuá l es su grad o militar actualm ente? - inquirió Ladogin. -Coma nd a nte de la reserva -<lijo el presidente. U n par de horas después, Ladogin y el presidente estaban sentados en el sofá del comedo r, entrelazados por los ho mbros co n los brazos, bebiendo tragos para sellar su amistad. Le habían ordenado a la intérp rete que se sentara fre nte a ellos, y cuando Ladogin hablaba acariciaba las rodillas de la mujer con ambas manos. Nosotros estábamos sentados al rededor de la mesa. Malmberg y Meriliii nen di scutía n sobre si aquél habí a vendido a los suecos a lgún pedido a un precio inferior a los costos de producción especificados por MeriHiinen.


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- La empresa no puede ir muy bien si lo que compra es más caro que lo que vende -dijo MeriHiinen-. Esto es lo que yo entiendo, aunque no sea licenciado en económicas. - Debes de comprender que incluso eso resulta más barato que tener a doscientas personas alrededor sin hacer nada y pagarles por ello -señaló Malmberg sin mucha convicción. Me di cuenta de que no se tomaba el asunto tan en s'erio como Mer,iliiinen. -Yo, y aquí Valeri, podíamos muy bien haber disparado el uno contra el otro por error -exclamó el presidente del cons ejo municipal desde el sofá, dirigiéndose a nosotros. El y Ladogin vaciaron sus vasos, celebrando este motivo. - Buenos fusiles debía is tener para dispararlos directament e desde la hahia de Viborg hasta Moscú, y viceversa -dijo Malmberg. Ladogin insistió en que la intérprete tradujera, y, cuando ésta lo hizo, él se levantó, se aoercó a la mesa haciendo eses, cogió a Malmberg con ambos brazos, le besó enérgicamente en las mejillas, y luego le soltó en su silla. -Un jefe de ventas debe saber pensar -dijo Ladogin en alemán.

III El presidente del consejo municipal empezó a hablar de ir a tomar una sauna. Explicó que, a pesar de habérselo prometido a Ladogin, todavía no habían tenido ocasión de llevarle a la sauna municipal reservada a los visitantes . Para el presidente era inconcebible que a un gran amigo de Finlandia como lo era Ladogin, se le permitiera abandonar el país sin visitar la sauna oficial, la cual había sido construida a expensas de los contribuyentes precisamente para ocasiones como ésta: promover la paz mundial y la amistad entre las naciones. El presidente empezó a telefonear, logró por fin hablar con algunos, exp]jcó el caso y logró que lo organizaran todo para tomar una sauna. Cuando completó sus llamadas, nos dijo que unos individuos de la delegaci ón de cultura habían estado en la sauna oficial; que él los había mandado desalojar la sauna; que había hablado con el encargd o y su mujer, qui enes le habían prometido limpiar el lugar, retirar las botell as de cerveza de los de la delegación de cultura, y ponerlo todo de manera que pudiéramos llevar a la sauna a un importa nte visitante extra nj ero. Podríamos lr dentro de med ia hora. Meriliiinen dijo que él se .iba a casa y fue a despedirse de Ladogin, el cual se leva ntó para abrazar le y besarle en la boca. Ladogi n explicó largamente a lgo a la intérprete, que tradujo: Meriliiinen debería ocuparse de la dirección y del personal; la gente y la producción eficaz eran fundamentales pa ra el futuro de una mpresa. Ladogin creía que los hombres encargados de la producción eran los que hacían posible que este mundo fuera un lugar mejor para vivir; durante el período de reconstrucción de la postguerra él mismo había estado en la producción, poniendo en marcha industrias modernas, el rendimiento de cada una de las cua les igualaba el. de toda la industria mad erera del norte de Europa. - Un gran abismo desde aq uell os talleres de costura de ustedes - la intérprete tradujo la obse rvación de Ladogin mi entras éste afi rm aba con la cabeza y miraba Meriliiinen co n afecto. M riliiinen se fue. El presidente del consejo municipal explicó que en un


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gran pa ís todo e ra a escala co mpl eta mente diferente de la nuestra - por lo menos cuantitativamente- , y que todas las cifras de producci ón escapaba n a la comprensió n de nuestros técnico . M a lmberg contó una hi storia de años atrás acerca de un intento de vender a una empresa al imenticia inglesa lenguas de reno fi nl a nd esas; la empresa había mostrado incluso cierto interés, pro, a l estudi a r el mercado, res ultó que el prim er pedido de prueba era tan grande que ha bría supuesto mata r a todos los renos de L a ponia y a rra nca rles la leng ua. -Co mo negocio úni co no hu biese sido rentable --di jo Malmberg. - Gran país, grandes tolerancias - añadió el presidente. F irmé la cuenta y salimos del comedo r. A la sazón Ladogi n es taba tan bebido qu e se apoyó pesada mente en el «maltre» y en la intérprete mientras cruzába mos el resta urante hacia el vestíbulo. El coche de l presidente ha bí a sido despedido, pero lo hicim os volver. Lo espera mos en la ca ll e. Ladogin se apoyaba si lenciosa mente en la intérprete. E l presidente y Malmberg se senta ro n en los asientos delanteros del coche. Ladogin quería sentarse en medio de los asientos traseros, entre la intérprete y yo, y lo hi zo. -¿A d ónde piensan ustedes ll evarme? --dijo Lad og in al cabo de un rato, severamente, cuando ya ha bíamos reco rrid o un trech o. - Vamos a tomar un a sa un a --di jo el presidente desde el a iento dela ntero. La intérprete se lo expl icó a Ladogin, que una vez más permaneció se ntado dura nte un rato en silenci o. -¿Tiene la sa un a una habitaci ó n de guerra ? - preguntó luego . El presidente, que no había entendido lo que había dicho L adogi n -o prefería no saberloreplicó que también él ha bía visto lo sufi ciente de la guerra y que esperaba que Ma lmberg, la intérprete, yo y el chófer nun ca tomáramos las armas contra otros, ni siquiera extranjeros. E n la sa una municipal todo estaba preparado: comida en una mesa e n la sala de desca nso, fuego ardiend o en la chimenea, bebidas en un ca rrito de servicio, y cerveza en una mesa . El pres idente señal ó las ofrend as co n la ma no y se inclinó, evidentemente más que satisfecho. Y o hice elog ios de él y del Ay untamiento. Ma lm berg qu erí a que la intérprete entra ra con nosotros en la a un a, prometiendo lava rl e la espa ld a. La in térprete se rió. si n comprometerse a unirse a nosotros . El presidente le dijo que comi era y bebi era algo, pero ell a fue a sentarse en un sofá junto a la pared . - Bueno, señor presidente del co nsejo muncipa l --d ij o-, hemos estado comiendo y b ebi end o toda la tarde - dijo. E ntramos en el vestuario y nos quitamos la ropa. El presid ente di tribuyó toallas y condujo a Ladog in a la sa una de la ma no, como si fu era un niñ o pequeño. Allí, Ladogi n d ijo en ale má n que durante su vida ha bí a estado por ]0 menos en baños rusos, turcos y fi nlandes es. Malmberg trad uj o. E L presidente suponía que quizá no era la pri mera vez que Lad ogi n había tenido que sud a r por otras razones. Cua nd o Malmberg intentó exp li cárselo a Ladogi n, és te se quedó callado, sentado en el banco con los puños cerrados y mirando a l presi dente. Este arrojó agua sobre las piedras. E l vapor era caliente y seco, co mo el de las sau nas caldeadas eléctricamente. Yo le dije al pres idente que debía de mandar a a lgún empleado que tra jera algunas pied ra s más para la est ufa, porque era el úni co modo de dar al va por las cualidad es adecuadas . E l presi dente di jo que en un futuro próx imo el Ayuntam iento tení a cosas más importantes de las que ocupa rse que de la humedad de la sauna ; se es peraba que el desempleo alcanzara el máximo a finales del verano. Preguntó si pretendíamos


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despedir a alguna de las chicas. Yo dije que todavía no era seguro, que dependía mucho de los encargos de nuestro vecino. Ladogin nos dij o que habláramos en alemán. Yo dije que el presidente del consejo municipal no sabía. Ladogin estaba asombrado de que semejante soldado y camarada de armas de los fascistas no hubiese aprendido la lengua de sus cómplices. Se lo trad uje al presidente, el cual golpeó a Ladogin cariñosamente en el hombro y dij o que en su día había disparado indist in ta mente contra a lema nes y rusos, y que siempre habí a sido partidario de la línea anglosajona. -¿La norteamericana? -preguntó Ladogin después de que traduje. - Supongo que sí --dije. El presidente d el consejo municipal echó más agua a las piedras. Ladog in abandonó la sa una; se oyó ruido de agua en el cuarto de aseo. El presidente nos dijo que se jubila ría dentro de año y medio. Esta ba seguro que no pasaría un solo día de su jubilación echa nd o de menos su trabajo actua l. Malmberg se asombró de que el presidente hubi era pasado d écadas haci end o un trabajo que ev identemente no le gustaba. Yo recordé cómo un os p ocos años a nt es Ma lmberg ha bía querido tras lad a rse a la capital e incorpora rse a una empresa más gra nde, suponiendo que allí podría desa rrolla r mejor su capacidad; no tendría que ocuparse él solo de la venta de la producción a los clientes y a todo el mundo. Pero se ha bía qu edado aq uí, dond e muchas cosas le ataban a s u ciudad: los colegios de los niños, los ami gos, el trabaj o d e su mujer, la casa en propi edad, y un nivel de vida al que se había acostumbrado tanto como a recibir el peri ód ico p or la mañana temprano. No dije nada. Cuando el presidente echó más agua a las piedras, abandoné la sauna. No había nadie en la sala de aseo . Me duché y entré en el vestuario . Tambi én estaba vacío . Me sequé, me envolví en una toall a, me puse otra alrededor de los hombros para entrar en calor, y fui a la sala d e descanso. Ladogin estaba tendid o encima de la intérprete, en el sofá. Me quedé en la puerta. La intérprete me miró desde debajo de Ladogin, con aspecto imperturba bl e. Había una extraña blancura en la pi el de Lad ogi n, y no pa recí a que ningún esqueleto sostuv iera su cuerpo en la forma que se acostumbra a esperar de un a persona. Las piernas de la intérprete estaban abiertas p or a mbos lad os de Ladogin, con las fa ld as leva ntadas . Volví a l vestuario y me senté en un banco. Bebí un a botella de oerveza y dejé que mi pi el se seCara. Me vestí. Llegó Ladogin, tomó una ducha y cntró en la sa una. F ui a la sala de descanso, cogí otra oerveza de la mesa, puse un poco de comid a en un plato, algo salado, y me senté a la mesa. La intérp rete esta ba sentada en un sofá. La sonreí. Bueno --di jo ella sin sonreír- , no vale la pena pr·eocuparse. -Yo tampoco me preocupo para nada --dije. P ronto saliero n los demás del vestuario y empezaro n a co mer y beber. Hacia la medi a noche Ladogi n empezó adesma nd a rse y hubo que ll eva rl o a su hotel. Malmberg y yo tuv imos que sostenerl e para llevarle a l coche y sacarle de él, .así como en los pasillos del hotel. La intérprete se metió en su ha b itació n. Nosotros pu irnos a Ladogi n en la cama, vestido. E l se agitó, hablándonos en ruso, pero pronto cayó. El presidente del consejo municipal estaba espera nd o ar-.. . jo, sentado en un cómodo si llón y durmiendo. Los porteros nos so nri eron cOfct::l lm ente. El chófer del presidente entró en e l vestíbul o y se quedó junto a a D 1erta . Derperté al ' presidente, que se alegró de verme. Todos estos a ños siempl hab' a mos ma ntenido buenas relaciones. Entraron un homb re y una m ujer viej os; en recepción


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les dieron su llave sin preguntarles. Parecían tan viej os que podría n hacerse añicos al más ligero roce. Hablaron entre ellos en un a lengua de la q ue no entendí una palabra. Entramos en el coche. El pres idente mand ó que me lleva ra n a mi casa pri m ero. En el camino contó lo feliz que se sentía siempre que veía gente mayo r que él, lo cual significaba que había esperanza de que todavía le quedaba n años de vida . Yo dije que a mí no se me había ocurrid o nun ca un pensa miento semejante. Aunque eran las primeras horas del amanecer, todavía de noche, había a lgo de luz, como ocurre hacia finales de mayo . El sol no ha bí a sal id o todaví a, pero daba c1arjdad d esde alguna pa rte leja na, detrás del ho ri zo nte. Ma lmberg estaba dormido. Yo pensé que de algu na m a nera íba mos a sa lir a fl ote de este tiempo difícil, que llegarían pedidos y las cosas serí a n fáciles pa ra noso tros .. . y que acaso más tarde llegarían ti.e mpos más difíciles. E l tiempo pasa rí a. Título o ri gin al: Vicmilu Publi cado en la rev ista Parnasso, 3- 1985 Traducci ón y adaptació n: Ursul a Oj a nen y Joaqu ín F erná ndcz


TEMAS JO UK O T URKKA

J ouko Turkka F oto: LehtikuvajMarja Seppanen.

Algunas veces he pensado escrib ir un libro que acabara con mi suicidio. La forma sería aquella que no contuviera más que lo esencial, sin descripciones ni prolegómenos. F uera cua l f uese el resultado, tendría por lo menos una buena cosa: el fi na l serí a verdadero. U na hi storia que por primera vez se convertiría en realidad. Nada de las parábolas y com promi sos convencionales que he escrito hasta a hora. Por supuesto qu e existen los diarios de Ana Frank, pero esto sería otra cosa : una autodestrucción premeditada . Sufro a lgo en el papel, a lgo tan horroroso que graci as a ello viviré etern amente. Pretend o una nu eva reli gió n, un nuevo mesianismo, y corr,e un poco de prisa, ya que la muerte de un Mesías tiene que clamar po r su injustic ia; no serviría para ell o un viejo que de todas formas estaría a punto de morir. Primero a traería la atenció n sob re mí co n unas cua ntas artimañas, dura nte las cuales pronunciaría un d isc urso q ue se rí a recordado, y haría algo ll amativo. Me abri rí a el vientre y co locaría mis intestinos en el picaporte del Teatro Municipal, y yo seguiría andando entre el público .al tiempo qu e continuaban saliendo mis intestinos. Mientras habla ra en voz alta, hasta donde le permitieran mis fuerzas, nadie pisaría los intesti nos, ni se rompería n, aunque qui én sabe qué ciega mesnada de mujeres podría haber ,po r allí. No sería conveniente morir por esto, aparte de que yo aguanto un par de metros más que una persona corriente, y el texto sería record ado por aquel públ ico con toda seguri dad. O para qué desperdici a r una historia de tanto jmpacto en el teatro . H a bría qu e ir al Parlamento, a l hemiciclo. Los ujieres no s a treverían a corta r el paso a un a persona cuyos intestinos pueden romperse. Allí sí que tendría agallas para deci r cuatro cosas sobre el parlamentari smo, sobre el estado y sobre la relación del individuo con la sociedad, antes de


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desplomarme. También, na turalmente, se podría subir encima de la cabeza de Aleksis Kivi y abrirse las venas y pronuncia r un di scurso y regular el cho rro de sangre para poder dominar a l público. Sería agradab le pedir que apla ud iera alguna pobre diabla de las que acud en al Teatro Nacional, y si no apla ud iera, yo dejaría salir un chorro más gra nde de mi vena. Incluso un cargador tendría que reconocer que hasta ,e n el teatro puede ha ber tíos fuertes. Pero abrirse las venas de la muñeca es a lgo pueril, a lgo tópico, porque en seguida vendrían y me pondrían un torniquete mIentras yo yacía pálid o, y empeza rí an a pensar en el simbolismo y en la sed de vanagloria. Más correcto sería cortarme la polla, o por lo men os la vena de a l lado, pero menud o a puro tener que exp li ca rlo psicológicamente. Difícil e lección. Lo mej o r serí a la garganta, lo más cerca del habla. Naturalmente uno podría recoger su muerte e n un vídeo, y ése sería el mejor de los vídeos. Yo en rea lid ad he estad o a punto de hacer lo. Nunca he pensado en e l suicidio en sí, sino e n una historia que fuera una representación perfecta o un libro rea l. He estado y estoy otra vez en un a sit uación en la que no tengo nada que decir sino quita rme la vid a para demostrar que he actuado ta n jodidamente en serio, y que a pesar de todo el resultado ha sid o malo. De los sufrimientos y de las penas monumentales no ha n nacido más que cosas pequeñas, insignifi ca ntes, naderías. Después de estos intentos de sucid io no he inventado un a verdade ra ma nera de quitarme la vida, por lo menos no un a ma nera sufi cientemente terri ble. La muerte de C ri sto entre dos ladrones es insuperable. Y, a h, también lo típ ico en es ta situació n es dejar el discurso para el último momento. Así es siempre. A l mi smo tiempo que estos temas he estado planeando un libro sob re el modo de vivi r: cómo llegaré a los ciento cua renta años y cómo joderé todavía a los cien años. A unque la verdad es que los libros ya no son co mo era n, ni por causa de ellos se deja de dormir y a l día sigui ente está un o ca nsado pero co ntento. Ya no se escriben libros para hacerse famoso, sino que de a lguna forma hay que ser fa moso para escribirlos. E n cierto modo los libros se ha n convertido en entrev istas con pastas duras. He intentado paliar la incapacidad exigiénd o me desarroll a r un a literatura completa mente nueva, como, por ejempl o, un libro que revele que la literatura es fa lsa, llena de símbolos vacíos que só lo son perjudiciales. D e la colección Aihcita (Temas), 1982, pp. 28-30 Traducción y adaptac ión : Ursula Ojanen y Joaquí n Fernández

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DOS RELATOS ROSA LIKSOM

Rosa Liksom Foto : Weilin & Goos, 1966.

1; Leena estaba fregando los p latos grasientos del a lmuerzo. En el barreño ,d e p lástico flotaba, sobre el agua de fregar, la salsa en bloques de grasa, y el agua de enjuagar era gris y estaba casi fría. Fregaba con furia, haciendo excesivo ruido con los platos que iba co locando sin orden en el estante inferior del escurreplatos. El pelo, largo, lleno de grasa, como si formara surcos, le caía hasta la mitad de la espalda, y un jersey de cuello alto y de color rojo le tapaba las tetas grandes y caídas. El pequeño vientre se había convertido en una barriga ,a lta en los gélidos meses del invierno, y la primavera aún no había conseguido rebajarla. Tauno estaba echado sobre la cama, y de vez en cuando lanzaba una mirada a Leena. Se sentía pesado y molesto. El corazón estaba acongojado y en una enfermiza tensi ón. La oscuridad del invierno y las interminables tinieblas de marzo habían dejado como h uell a una especie de presión que no cedía a pesar de que la primavera debí a de ser ya una realidad . Más o menos al terminar las lluvias del otoño, dos ideas engorrosas habían .e mpezado a rondar en la cabeza de Tauno. Una era Leena y su triste destino. La otra era que alguna vez él se convertiría en hombre, que empezarían a llamarle por su propio n ombre y a dirigirle la palabra directamente. Tauno ,hubiese preferido convertirse, antes que en hombre, en un pez que nada en el Jago. Pero eso era algo sobre lo que él no podía decidir, como no había podido decidir sobre su nacimiento. Leena había llegado a casa desde hacía un par de años . Antes, Tauno y el amo habían vivido solos. Tauno había sido ama, y el amo, amo. Así se habían ido apañando más o menos. Luego el amo había traído de alguna aldea perd ida en el bosque a Leena, que se había quedado a dormir junto a él. A Tauno


DOS RELATOS

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le habían preparado la cama en la sala. En rea lid ad Tauno se había sentido feliz por la ll egada de Leena, porque el estar a solas con el a mo le había parecido, desde hacía ya much o tiempo, antinatural. Por el pu eblo seg uían todavía vociferando porque un cerdo borrach o y diabólico y una mujer tan buena y joven vivían juntos. El amo, desde luego, habría podido ser el que engendra ra a Leena, pues to que pertenecían a generaci ones co mpletamente distintas. Todo el mund o sabía qu e Leena era un a buena mujer, a unque intrans igente. Había aprendido a trabajar y comía much o y sin entretenerse. El reloj de mediodía había dado las doce campanadas hacía ya mucho tiempo. Ta uno admiraba a Leena, su cuerpo vigo roso de campesina y sus deslu trados cabell os rub ios. Sentía una fuerte y conf usa tri steza por el hecho de que el amo hub iera llegado a ser el destino de Leena. Su mala vida y sus borracheras habían segu ido lo mi smo desde que Leena llegó a casa o, por decir verdad, d esde que Ta un o podía reco rdar. A los ojos de Ta un o el a mo era feo, viejo y rep ugnante. No hablaba nada, olía en la cabecera de la me a, y dejaba que su ba rriga creciera colga ndo como un saco enorme. Tauno hub iese deseado algo mejor para Leena, pue to que ella era siemp re bu ena con todos. hasta el punto de que había comprado para el a mo el televisor en co lor que estaba junto a l transistor. -¿Te a petece café? - preguntó Leena sin dej a r de mira r a la cocina. - Pu es sí, y en seguid a. Ta un o se sentó en l.a cama. Se acercó a la mesa y dejó que su mirada cansada descan sa ra en el paisaje gris del bosque. Leena sirvió el café y ambos se sentaron, co ncentrados en sus pensamientos. - Me voy a la sauna, ya no vale la pena esperar al a mo - Leena rompi ó el sile ncio y dirigió su mirada haci a Tauno. -¿Sola otra vez? -dijo Tauno a duras penas, y bajo su mirad a hac ia las manos de Leena, que desca nsaban fláccidas sobre el mantel a cuad ros. La expresi ón de su cara era a nodina y fría. E l co razón de Tauno se llenó de angustia y de dolor. Ahora tiene que oc urrir, pensó, tal corn o lo había pensado cientos de veces a ntes, cua nd o el a mo a nd aba por el pueblo. La compasión fue crec iend o d entro de Taun o, y miró fijamente y co n ojos de asustado las man os bl a ncas de Leena, su redond a ca ra de moza y sus labios delgados. La mirada de Leena era dura. Tauno dudó un rato, pero por fin leva ntó cautelosamente su ma no temblorosa por e ncima de la mesa sobre la mano de Leena . -¿Qué te pasa, chico? -se asustó Leena y la nzó un a mirada de reproche a la cara ensimismada de Tauno- . No intentes meterme mano; mi chocho no, es para mocosos como tú -gritó y salió de la sala con pasos firmes. Tauno, estupefacto, la siguió con la mirada . La luz tenebrosa produjo un silenci o en la sala. Tauno se qued ó sentado ante la mesa dura nte mucho tiempo y luego cruzó lentamente la sala hacia su cama. El tiempo desapareci ó a su alrededor y no supo fijar ningún pensamien to entr,e los que daban vueltas en su cabeza. Sólo veía la mirad a de reproche de Leena y sus ojos despreciativos. Se sentía ajeno a todo. Pero en aquella sensación de vergüenza y humillación había algo liberador, y antes de que los urogallos en celo empezaran a cantar en la madrugad a en el campo, detrás del serbal, sintió una fuerte presión alrededor del corazón, que fue desapareciendo lentamente.


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ROSA LlKSOM

2. -Ven a consolarme. - No sé. -¿Y por qué no? El hombre se quedó callado y desvió la mirada. La chica estaba sentada silenciosamente junto a la puerta, en una silla, siguiendo con la vista una mosca excepcionalmente grande que volaba de un lado a otro de la habitaci ón. - No daría res ultad o -dijo la muchacha cuando el hombre miró hacia la puerta. -¿Y por qué no? Hubo un si lencio elocuente. El susurrar de la mosca creció descomuna lmente. -Tú eres un mujeriego, un viejo verde. Yo soy todavía una fruta inmadura. No, no resultaría. -Tú piensas como todos; hablas como tu padre. ¿No te da vergüenza? -dijo el hombre, enfadado, y se volvió res ueltamente hacia la chica. La chi ca gi ró el busto en la silJ a y si nti ó ga nas de salir corriend o, pero se qu edó. -Te repito que vengas. La chica se movió en la silla y fue a senta rse al lad o del hombre. - Niña, lo único q ue qui ero es que te preoc upes un poco de un viejo y que pensaras de vez en cua nd o en mí y que dejaras que en la mad rugada mi ma no reposara en tu barriga. Esto es todo lo que q uiero. E l viejo hablaba con la voz grave de un hombre baqueteado por la vida, y no dejaba de m irar a la chica a los ojos. - No me meteré en tu vida ni en tus cosas. Podrás vivir tu juventud y anda r como quieras. Sólo que de vez en cuando te intereses por mí como ser humano. La chica miró la ma no vieja y a rrugada del hombre durante mucho rato. La cogió entre las suyas y empezó a ll orar. Siguió llorand o hasta la noche, la cabeza apoyada en el regazo del hom bre, y sintió un gran consuelo mi entras él le aca riciaba sus largos cabellos. -Seré tu co nsuelo, pero sólo por esta noche - susurró la chica en voz baja, mientras la esca rcha dibujaba en la ventana todos los colores del arco iris. De la colección: Unohdetta vartti (Un cuarto de bora olvidado), 1986, pp. 33-34 Y 68-71 Traducción y adaptación : Drsula Ojanen y Joaquín Fernández


VII

APORT ACIONES DE LA LITERATURA FINOSUECA A LA LITERATURA DE FINLANDIA KAI L AITINEN

1 ¿ Qué significa el término «finosueco» ? H ablando resumidamente sign ifica esa par t e de la población de Finlandia cuya lengua materna es el sueco y que en la mayoría de los casos ha sido educada en len gua su eca. La población finosueca asciende por el mom ento a Ull as 300.000 p ersonas, lo que supon e m ás o menos un 6 por 100 de la pobl ación total del país. En realidad la canti dad es mayor, ya que mu ch as personas son bilin gü es y muchos finoparlantes ·a b en fluidamente el su eco. La población suecoparlante se halla concentrada en do s zonas: en la costa occid ental del golfo de Botni a y en la costa sur del golfo de Finlandia. H elsink i, Turku y Vaasa son fu ertes centros finosu ecos. Ahvenanmaa (Aland) es e nteram ente su ecoparlante y ti ene un a forma de autogobierno excepcionalmente extensa: es casi una autonomía a la qu e sólo algunos cantones suizos pueden compararse en Europa. En las zonas suecoparlantes hay escuelas su ecas . En la ciudad de Turku exis te una unvi ersidad de len gua sueca, Abo Akademi, y la universidad de H elsinki es bilingüe. En Helsinki, Tu rku y Vaasa existen teatros en lengua sueca.

El diario má importante en lengua sueca, Hu fvudstadsbladet, es u no de los m ás imp ortan t s de la prensa fi nlandesa. La li teratu ra finosu eca es variada y relativamente : en 1982 representa un 8,7 por 100 de la li teratura (má o m enos un 8 por 100 del to tal de la literatura publica da). II

El co ncepto «finosueco » se for mó a fin ales del siglo X IX . Nació como contrapeso a las doctrinas del abanderado de ].a lengua fin e a, J. W. Snell man, en las cuales, a la man era de Hegel, ib an co necta das la le ngua y l·a nacionalidad. De acuerdo co n el mi smo m odelo, los finland eses de h abla sueca qu erían verse com o n acionalid ad sueca den tro de las fro nteras de Finlandia. Du ra nte lo primeros cuarenta años de nuestro siglo, en Finlandia hubo un a lucha de le nguas en la qu e amb as partes querían conven cerse un a a otra sobre su importa ncia y sobre su derech o a existir. Esto afectó también a la lit eratura: h asta la Segund a Gu erra m und ial la literatura en lengua fin esa y la liter-atu ra en lengua sueca llevaron caminos bastante separados. La gu erra, sin embargo, cambió la si-


KAlI LA ITI NEN

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tuación, mostrando que ambas partes del pueblo estaban sometidas a los mismos destinos históricos. La disputa lingüística cesó, empezando cada una de las partes a reconocer la importancia de la otra. Desde finales de los años cuarenta hasta este momento las relaciones en tre las li tera turas de expresión finesa y de expresión sueca han ido mejorando. La literatura en lengua sueca está considerada hoy corno parte de la literatura de Finlandia, si bien corno una parte original que difiere en muchos aspectos de la literatura ·escrita en finés, pero que forma una parte esencial de la literatura de Finlandia y que refleja problemas sociales y culturales del país.

III La lengua sueca tiene pr ofundas raíces en la historia de Finlandia. Finlandia formó parte de Suecia hasta 1809, y el sueco fue la lengua administrativa principalmente. Suecia era una gran potencia dentro de la cual los escritor es podían trasladarse sin problemas; la fundación de la universidad de Turku en 1640 trajo consigo un grupo de in telectuales suecos en tre los cuales habfa también escritores . En cambio, una par te de funciona r ios finland eses se trasladó a Suecia, donde alcanzó pue tos impor tan tes. Uno ue los poetas de expresión sueca más personales del iglo XVIII , Jacob Frese, procedía de Viborg en Finlandia Oriental, y se trasladó a E stocolmo pa ra apar tars e de la gran gu erra del Norte. El profesor de la Acad emia d e Turku y mejor poeta finland és de la époc-a, Frans Mikael Franzén, abandonó su patria en 1811 y se trasladó a Suecia, donde llegó a ser obispo. Las front,eras nacionales eran flexibles, así corno también las fronteras lingüísticas; en cuanto a la literatura antigua es extrema_ damente difícil distinguir entre la «sueca», «finlandesa» y «Ifinosueca». La literatura en lengua finesa nació

con las traducciones de textos bíblicos hechas por Mikael Agricola. Durante algunas décadas de afición por la literatura fines a fue claramente superior a la de lengua sueca, pero en la Academia de Turku se inició a finales del siglo XVII la expansión de la literatura sueca. A principios del XVI II le tocó el turno de nuevo a la literatura finesa, y a finales de ese mismo siglo se empezó a investigar en la Academia de Turku la poesía popular en lengua finesa, con Henrik Gabriel Porthan a la cabeza. La situación cambió completamente por razones históricas. Cuando Finlandia pasó del período de gobierno sueco a ser Gran Ducado Autónomo de Rusia, las viejas relaciones culturales con Sue.. cia se debilitaron y en algunos aspectos se int'e rrumpieron. 'Sin embargo el sueco se mantuvo durante mucho tiempo como lengua culta y administrativa, pero su significado cambió. En la nueva situación hubo que encontrar un camino propio, la línea finlandesa, que ya no podía ser sueca pero tampoco rusa. La Lengua y la cultura rusas se mantuvieron relativamente lejanas en Finlandia. La literatura escrita en sueco tuvo que ·a daptarse a la nueva situación histórica y expresar la posición de Finlandia y las opiniones nacionales . La lit eratura del país empezó a buscar y a fortalecer la identidad propia finlandesa, que se distinguía tanto de Sue_ cia corno de Rusia. IV El auge de la literatura en Finlandia empezó en la década de 1830 paralelamente en las dos zonas lingüísticas. El poeta Johan Ludvig Runeberg publicó su primera colección en sueco en 1830; cinco años más tarde Elias Lonnrot publicó ,en finés el Kalevala que había escrito a partir de los poemas populares. Sus obras fueron jalones en toda la literatura del siglo XIX. Runeberg obtuvo su mayor impor-


APORTACIONES DE LA LITERATURA FINOSUECA

tancia nacional con la colección de baladas V iínrikki Stoolin tarinat (Fanrik Stals sagner, I-II, 1848-1860), traducción española: Cuentos del alférez Stal, cuyo te ma era la guerra de 1808-1809. La obra se convirtió en una exa ltación del espíritu nacional finlandés. Las baladas fueron traducidas rápidamente al finés e incluidas en todas las escu elas como libro de lectu ra. La primer-a parte de los Cuentos del alférez StaZ emp ieza con el poema Maamm e (Vart land), en español Nuestra Patria que se convertiría en himno nacional de Finlandia. Y Runeberg llegó a ser el poeta nacional de Finlandia, venerado, leído y constantemente citado. Run eb erg fue durante muoho tiempo el ideal de todos los poetas, tanto de expresión sueca como finesa, y hasta un modelo condicionante. Otro escritor importante del siglo XIX, Zach ris Topellius, más joven que Run eb erg y ·a migo suyo, también escribió en sueco . Topelius, periodista y escritor, abrió un nuevo camino e n dos frentes: por un lado fundó la novela histórica finlandesa con su serie Viílskiírin kertom.uksia (Faltskarns b erattelser, 1853-1857; en ,español Historias de un cirujano militar) que tenía a Walter Scott por uno de sus mod elos, pero cuyo tema era la historia conjunta de Finlandia y Suecia . Por otro lado Topelius empezó la literatura finlandesa de cuentos infantiles con su serie Lukenúsia lapsille (Lasning far barn, 1865-1896; en español Lecturas para niños). Las dos obras principales de Topelius señalaron el camino. Las Historias de un cirujano militar enseñaron historia, presentando un concepto social idealista, pero en cierto modo también dramático, y crearon confianza en el futuro del pueblo finlandés. La obra fue durante mucho tiempo un modelo para las futuras novelas históricas y de clanes familiares. Los cuentos infantiles a su vez negaron a ser conocidos en todos los cuartos de los niños en las

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dos le nguas del paí . Top lius escri bió también para las escuelas un libro ti_ tulado Maamme kirja (Boken om vart land, 1875 ; en pafiol El libro de nuestro país) que presentaba de un a fo rma popularizada la historia, geografía y cultura de finlandia. Durante c rca de cien años fue libro de lectura en ambas Lnguas e n las escuelas. Al mismo ti empo que Runeberg y Topelius apareció también el novelista y primer clásico de la literatura finesa, Aleksis Kivi. Su período de actividad fue sin embargo mucho más corto qu e el de aquéllo. A tr·a vés de us obras s puede ver que conocía tan to la obra de Run eberg como la de Top elius a unque Kivi, como escritor, se diferenciaba completamente de su contemporáneos.

v A principios de siglo las literaturas en lengua finesa y en lengua sueca emprendieron caminos distintos. La prim er-a había alcanzado e n cantidad a la segunda, y poco a poco, en 1870, la h abía rebasado. La nueva generación literaria que se había educado en lengu a finesa -aunque en la práctica er·a todavía bastante bilin güe- quería hacer del fi nés una le ngua culta predominante, y la literatura en lengua fine a ·a un nivel europ eo. E ste grupo la «Joven Pinlandia ", introdujo el realismo en el paí e importó sus id eas de los otros países nórdicos y d e Francia; sus nombres más repre entantivos fueron Minn a Canth , Juh an i Aho y Arvid Jarnefelt. Cuando el real ismo se tran formó en el simb olism o nacional, es decir en el llam ado neorromantici mo nacional, la mayor parte de los escritores realistas fue también la representante del nuevo estilo, además del joven genio, el poeta Eino Lei no. A la vuelta del siglo la clase culta era bilingüe. La presión que empezaba a notarse por parte de la Rusia zarista hizo que los artistas cerraran filas, y la lucha lingüística quedó ,en segundo


KAI LAITINEN

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t érmino. En los cafés literarios de H elsinki se hablaba indistintamente finés y sueco, aunque éste quizá un poco más. El sueco fue la lengua materna del compositor Jean Sibelius y del pintor Albert Edelfelt. Eino Leino, atto Manninen y V. A. Koskenniemi utilizaron el sueco sin dificultad en sus conversaciones y en sus cartas, aunque desarrollaron su labor literaria en lengua fin esa.

VI La siguiente generación finosueca no sintió el problema lingüístico tan int ensam ente como sus antecesoras, dirigiéndose directamente a la lit'eratura europea y renovando toda la poesía en lengu a sueca en los años 1920. Los escritores de dicha generación fueron los vanguardistas de toda la literatura nórdica . Practicaron el verso libre, abandonando la rima; utilizaron imágen es audaces y derribaron las vallas entre el lenguaj e «poético» y el «no poético ». A su grupo de cabeza pertenecían cinco o seis escritores, poetas en su mayoría: Edith Sodergran Elmer Diktonius, Rabb e Enckell, Gunnar Bj orling y Henry Parland , con Hagar Olsson como el único verdadero pro ista. Form aron un a escu ela muy p eculiar que su ele denom inarse como modernismo finosueco de los años 20. Desarrollaron su labor al mismo tiempo que los futuristas expre ionistas, imaginistas y surreali taso Con tituyeron el único verdadero grupo de la poesía vanguardista finlandesa a escala eu rop ea. También en los círculos de lengua fi nesa eran conocidos los modernistas de los años 20. Se leía, apreciab a y traducía ·a Edith Sodergran. Elmer Diktonius escribió en dos len gu as, primero en finé , de pués la mayor parte en su;;co, y hasta él mismo tradujo algun a suya al finés. Hagar Olsson era bilin güe. No obstante, la influencia de todo el grupo era menor de lo que pudi era creerse. El grupo equivalente en lengua finesa,

Tulenkantajat (Los portador,e s de la antorcha) era mucho más ingenuo, más superficial y m enos crítico, tal como 10 vemos ahora. El modernismo finosueco no llegó a ex tenders e ni a influir en el lado finoparla nte, porqu e se 10 impedía la cada vez m ás marcada línea de separación lin güística. a para decirlo m ás exactam ente: no llegó a influir en su propio tiem.po. Desp ués de la Segunda Guerra mundial, cuando se produjo en los años 50 una renovación de la poesía, fu e cuando fueron descubi ertos . El modernismo finosueco, por tanto, llegó a la literatu-

Edith Siidergra n (Año y fotógra[o desconocidos)


APO RTACION ES DE LA LITERATU RA FINOSUECA

ra en lengua finesa con posterioridad a su auge, y ·a demás no influyó directamente en la renovación de la poesía (los impulsos llegaron de Suecia y de Inglaterra, especialmente por parte de Eliot), pero su importancia como iniciador de u n nuevo estilo poético quedó patente muy pronto y para los poetas modernos fineses era importante que en el p aís hubi ese existido un m agnífico grupo vanguardista. Actualm ente la literatura finosueca se conoce muy bi en por los finoparlant es. Poe tas tal es como Bo Carpelan, Lars Huldén y Claes Andersson , o prosistas como Johan Bargum, Ch rister Kihlman y Jórn Donn er se traducen mucho al finés. V J1

El significado de la literatura fino sueca en la finesa se puede sintetizar en cinco puntos principales: 1) El significa do hi stórico. La historia de la literatura finlandesa queda r ía incompleta si no se tomara en consideración la literatura escrita en sueco. Mu ch as veces ha servido como mediadora de nuevas corrientes. 2) E l significado ,estético. Runeb erg y Topeliu s sirvi eron como importa ntes modelos en cua nto a la forma poética en una época en que la lengua fines a sólo muy difícilmente se amoldaba a los modelos métricos occidentales . El sj gnificado del modernismo finosu eco en los años 20 fue así mi smo de gran importancia: dentro de él se experimentó y cultivó un nuevo estilo antes de que llegara a arraigar en la poesía hnesa . 3) El significado social. La literatura finos u eca ha ilustrado lo s problemas y modo de vid·a de la minoría suecoparlante de Finandia, y más a menudo que la literatura finesa · se ha ocupado en sus temas de la clase alta y media del medio urbano.

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4) La li tera tum fi nos ueca como paralela . Este punto es tá muy vincul a do con el sigui ente, por lo qu e lo s tra taré conjuntamente. 5) La literatura finosu eca como a lternativa. Cuando en un pa ís h ay dos litera tu r as que sin cr:nbargo se desarrollan dentro del mi mo m arco socia l y en la misma situació n histó ri ca se ofrece una oportunida d con la qu e sueilan lo s esp ecialistas en litera tura comparad a. Se pueden r ealm ente compa r a r difer entes sol ucion es, r es ulta dos y probl emas artístico s y es tilís ti cos, y estudiar las r aíces de di st in tas tra di cione . Al mi s mo ti e mpo se pu ede pregunta r el po r qué las li ter a turas fin osueca y fin esa a lguna vez ha n sido difer entes y han buscado di s tint os ca mino s. Pi e nso que, por ej emplo , la d iferenc iació n producida a fina les del siglo XIX fu e el r esultado de un p roceso de ca mbio social. Así mi smo la difer encia de las literaturas entre las dos guerras mundi a les r evela algo es encial: la litera tura finos ueca se mantuvo inclu so en ton ces m ás ágil, más curiosa intelectualmente, p ero también más escéptica. Dentro de ell a es evidente u na característi ca que ha pu es to de r elieve Johann es Sa lminen en su s en sayo s : una curiosid a d intelectu a l sin prejuicios, el deseo de ver lo qu e hay en la otra cara de la mon eda . En su mejor momento podría definirs e como valor cívico. Sin embargo no p uede afirmarse qu e la si tu ación de la lengua su eca e n Fi nlandia carezca de prob lemas a un qu e e n los círculos cultos se le con ceda un tra to de favor. En un punto se es tá de acuerdo en cualqui er caso: la litera tura finosu eca no es literatura de Suecia sino de Fin landia. Es una parte importante y esencial de la literatu ra finland esa. Significa para la cultu ra y para la literat ura fin land esas u na esca la más amplia, unas posibilidad es y alternativas más r icas, unas persp ectivas más extensas.

Traducción: Ursu la Ojallen y Joaquín Fernández


República de las Letras NUMEROS MONOGRAFICOS 13.

LOS ESCRITORES Y LA ,L EY DE PROPIEDAD INTELECTUAL. 14. ESCRIBIR: VOCAlOION Y PROFESION. 15. LOS ESCRITORES Y LA ENSEÑANZA DE LA LITERATURA. 1. Extra. LA GUERRA CIVIL. OULTURA Y LITERATURA. 16. LA EDICION EN ESPAÑA 17. LA CRITICA LITERARIA. 2. Extra. LAS DOS LITERATURAS DE FINLANDIA. En preparación: ULTIMAS TENDENCIAS DE LA LIJlERATURA ESPAÑ:OLA. Puede solicitar estos números o suscribirse a nuestra publlcaclÓll, mediante una subvención voluntaria a: REPUBLICA DE LAS LETRAS. A. C. E. o/. Sagasta, 28, 5.28004 Madrid. Teléfono 446 7047


VIII

EL TEATRO EN FINLANDIA: UN GENERO POPULAR SO lLA LETHO EN

Los siet"e hermanos, de Aleksis Kivi, dirigida por Kalle Holmberg para el Teatro Municipal de Turku en 1972, fue un gran éx ito. La sugestiva adaptac ión teatral de Kivi f ue una interpretación a nárquica y regoc ij a nte, que trató al clásico con una tierna ironía. Su música fue comp uesta por Kaj Chydenius. Foto: Koszubatis & Cerdes.


Los siete hermanos, de Aleksis Kivi , como ballet en la Opera Nacional de Finlandia en 1980. La coreografĂ­a era de Marjo Kuusela. En la foto una manada de toros acosando a los hermanos. Foto: Kari Hakli.


La mitad de los finlandeses van al teatro por lo m enos una vez al a ño , lo cu al es un error es tadístico, ya que el país cuenta con menos de cinco millon es de habitantes y en el año 1984 se vendieron 2,7 millones de entradas de teatro. De todas for mas d escribe a su m anera cómo es la situación del teatro en la sociedad finlandesa : el teatro es un género popular muy ap reciado por todos. A difere n cia del r esto de Europa, en Finlan dia no ha habido nunca un teatro cortesano, ya que no h a h abido nun ca un a corte propi a: durante los períodos de gob ierno, prim ero su eco y después ru o, anteriore a la ind epend ncia (1917), el teatro finlandés significó sobre todo una actividad en torno a una cu ltura nacional ele expres ión finesa, de escritores propios, de teatros de aficionados, de t eatros de obreros, de comedias populares. La estadística nos revela asimismo que el perfil del espectador m edio de teatro es és te: 30-39 afias, mujer a ltera, administrativa de profesión. Es esta espectadora, pues, la que ocupa con más frecuencia las localidades de cerca de cuarenta teatros profes ionales para ver aproximadamente trescientos títulos nuevos cada año. En Finlandia el t eatro está fina nciado por el Estado y por · los m u n icipios: la sociedad dirige y decide. Esto dota al arte escénico de una burocracia, aunque por otro la do los profesionales del teatro tienen el pan asegurado.

El t eatro pro fes iona l finl a ndés tiene sólo poco más de cien años. E n los 3110 1840 se escr ibieron y representaron las prim er as obras dramát icas en le ngua fi n esa. Hasta e n tonces se había vi s to teatro en Finlandia só lo ocasionalm ente en lengua sueca, a lemana o latina, representado por compañías amb ul antes o por estudiante . Se sabe con exactitud el día en qu e nació el teatro finlan dés profesional: ellO de mayo de 1869 la compañía de Ka arlo Bergbom represen tó e n H elsi nk i la obra ti tu lad a Lea, b asada e n la Biblia y escrita por Al eks is Kivi. El director del teatro, el a utor y la actriz principal eran profesionales . Tres afias más tarde se fundó el primer teatro permanente en lengua finesa. CLÁSICO

y

J\ I ODERNOS

El escritor naciona l Aleksis Kivi murió en 1872, cuando só lo tenía 39 años. Como poeta, autor teatra l, pionero de la lengua finesa li teraria y escritor de prosa r ealista, Kiv i iba por delante de su tiempo. La intol rante ignora ncia de sus contemporáneos h izo qu e su vida, transcurri endo entre disputas lingüísticas, problemas de id entidad de un pueblo joven en vías de formación, y en tre condiciones culturalmente precarias y económicamente pobres, fu era un suplicio. El escritor nacion al murió en la m ás extrema pobreza y en la locu ra, dejando sin embargo una obra qu e, considerada en su totalidad y den tro


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SOlLA LEHTON'EN

de las circunstancias de la época, hay que calificar de asombrosa. Aleksis Kivi escribió ocho obras de teatro, algunas de las cuales continúan siendo clásicos vivos. Las más importantes son las comedias Nummisuutm'it (Zapateros del campo), 1864, y Kihlaus (Compromiso matrimonial), 1866; la tragedia Kullervo, 1860 y la adaptación tea tral realizada a partir de su novela Seitsem.an veljesta (Los siete hermanos), 1870, en la que los hermanos que se refugian en los bosques huyendo de los estudios y de la sociedad rural, acab an convirtiéndose en hombres aptos para integr·a rse en la sociedad organizada. Ahora, 117 años después, la televisión finlandesa prepara una nueva versión de la vida de los hermanos: su autor es el polémico director de teatro y escritor Jouko Turkka (n. 1942), interviniendo como actores sus alumnos de la Escuela Universitaria de Teatro. Cuando este año se estrene la obra en televisión, va a ser un acontecimiento en la vida cultural de Finlandia. El director de teatro Kalle Holmberg (n. 1939) dirigió Kullervo, de Aleksis Kivi, para el teatro KOM en 1981. La obra se basa en un episodio de la epopeya nacional finlandesa Kalevala, publicada ,e n 1835 por Elias Lonnrot. Kullervo es un joven a quien su destino conduce a la destrucción: a ésta y al aniquilamiento parece destinada su vida. El grupo de teatro KOM representó Kullervo ,e n Helsinki en una antigua central eléctrica, dentro de un enorme generador y entre las paredes de una inmensa nave industrial. La historia de Kullervo adquirió valores pecualiares, tanto expresionistas como modernos. Minna Canvh (1844-1897), madre de siete hijos, casada con un profesor de bachillerato de la provinciana de Kuopio, también estuvo en la vanguardia de su tiempo. Era una adelantada «feminista», representante d el realismo, en cuyas obras puso de manifiesto los

defectos de la sociedad. Después de hab er escrito una comedia popular, Mur_ tovarkaus (Robo con escalo), 1882, sorprendentemente se ocupó de la dramaturgia social y escribió una obra titulada T yomiehen vaimo (La mujer del obrero), en la cual trató de la situ ación de la mujer en una sociedad cuyas leyes y costumbres, con su doble moral, oprimen a la mujer tanto 'e n el matrimonio como fuera de él. El Teatro Municipal de Helsinki puso en escena la obra Murtovarkaus en 1981, óen años después de haber sido escrita. El director, Jouko Turkka, suprimió todo el diálogo y la montó en un gran escenario sin decorados, donde él mismo y los actores jugaban al fútbol mientras el público entrab a en la sala . Utilizó en la representación la pantomima, la música y diferentes técnicas de interpretación del actor, y el argumento y los p ersonajes de la obra de Minna Canth fueron representados de forma auténtica, pero sin palabras. El resultado fue afortunado y regocijante: una comedia entrañablemente finlandesa vista con ironía. Una parte del público se sintió indignado porque, en su opinión, la obra clásic-a de Minna Canth había sido maltratada, y hubiera preferido verla como la había visto siempre, con el vestuario «correcto» y con la escenificación «correcta», y de ninguna manera sin el diálogo. El gran público de teatro es con ervador: quiere un entretenimiento sin sobresaltos, un teatro tradicional dentro de un mundo de ilusión. El director Turkka escamoteó al público la ilusión del viejo teatro y le dio a cambio un a nueva experiencia teatral. Las obras teatrales y los cuentos de Maria Jotuni (1880-1943) son en su mayoría descripciones de la eterna lucha entre los dos sexos y exposiciones trágicas, acertadas y perspicaces de la vida de la mujer. Sus comedias más conocidas son Miehen kylkiluu (La costilla del hombre), 1914, Savu-uhri (Ofrenda del humo), 1915, Kultainen vasikka (El


EL TEATRO <EN FINLANDIA

becerro de oro), 1918, y Tohvelisal1.ka. ril1. ro uva (La muj er del calzonazos), 1924, la cual causó una polémica teatral en el año de su publicación: hasta el Parlam ento llegó la discusión sobre la dudosa moral de la obra y sobre la «corrupción del teatro nacional». La manera en que Jotuni trata los temas del dinero y del amor, y especialmente la muerte indignaron a aquellos secto· res para los que el teatro era única· mente un lugar para representar diver. siones convencionales o ideales su. blimes. La única novela de Maria Jotuni , Huojuva talo (Una casa que e tamba· lea) es una historia matrimonial que fue publicada póstumamente en la dé· cada de 1960. Maaria Koskiluoma, adap. tadora al teatro de obras de otros gé. neros literarios, hizo de Huojuva talo una versión teatral que fue dirigida por Eija·Elina Bergholm (n. 1943), una de las más conocidas directoras de teatro finlandesas, que la nevó al escenario del Teatro Municipal de Lappeenranta en 1983. La versión, que apartándose del teatro realista fue una interpretación visualmente interesante del sueño y del arte abstracto, se convirtió en una re· presentación que describía no solamente el matrimonio sino también la lucha simbólica e ntre el bien y el mal. La obra se representó con éxito incluso en el extranjero. Hella Wuolijoki (1886-1954), finlandesa de origen estoniano, escritora, mujer de negocios y política, escribió die.ciséis obras de teatro. Juurakon HuIda y J ustiina, escritas en la década de 1930, son dos obras cuyo tema es la mujer, tema que cultivó también con maestría en cinco obras de la serie Niskavuori. El diálogo de la autora sigu e vivo. Aunque intentó criticar las costumbres y la moral conservadoras y convencionales de su época, y el t exto ha perdido, por tanto, un poco de su agudeza, sus personajes son seres auténticos, con sus debilidades y virtudes. Los temas de la serie Niskavuori

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La obra La joven señora de Niskavuori ( iskavuoren nuori emanUi) de la serie Niskavuori . de Hella Wuolijoki , en el Teatro Municipal de Hclsinki en 1977: exteriormente es teatro popular clásico, pero en el fondo es teatro actua l. Dirección: Jouko Turkka.

Foto: Kari Hak li.

son la sociedad agraria patriarcal o matriarcal, las ambicion es de poder, las h erencias, el honor, la in fidelidad, y el amor. Se han h echo muchas ver iones cine.matográficas de la serie Niskavuori. La más reciente es de 1984. en 1986 el Tea tro Nacional de Finlandia repuso Juumkol1. Hulda, que describe el trán· sito de una joven campensina a una mu. j er ind ependiente y culta. La obra cons· tituyó un gran éxito. HeUa Wuolijoki sigue siendo una clásica viva. EL TEATRO E

TRA TSFORMACIÓN

El teatro finlandés ha seguido las pautas del teatro ,e uropeo. Al lado de las obras de autores finlandeses, se han r epresentado en los escenarios tan.


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SO:LA L'EHTONEN

to dramas clásicos universales (Shakespeare, Goethe, Schiller, Moliere, Calderón, Holberg, y luego Ibsen, Chejov, Gorki, Gogol, Strindberg) como comedias, farsas y operetas ligeras. Los dramaturgos finlandeses han buscado sus temas a menudo en la historia de su joven nación. En Finlandia nunca ha existido la farándula ni los carnavales; el teatro nórdico ha confiado más en el diálogo que en el gesto. El corto p eríodo expresionista de los años 1920 y 1930 produjo algunos experimentos, pero a grandes rasgos la expresión teatral ha sido preferentemente realista. Finlandia es un país bilingüe, y la minoría suecoparlante (actualmente el 6 por 100 de la población) ha manif.estado un vivo interés por 'e l teatro. En Finlandia hay cinco teatros profesionales de expresión sueca, de los cuales especialmente ,el Lilla Teatern, un pe.. queño teatro en Helsinki, ha incluido siempre en su repertorio teatro de cabaret del momento, género que para el teatro de expresión finesa ha sido menos familiar. Los autores dramáticos finosuecos han tenido la oportunidad de llevar a Suecia y a los demás países nórdicos sus obras . En u momento entraron también en los escenarios finlandeses Pirandello, Eugene O'NeilI, Anouilh, Tennesse Williams,Camus, Sartre, Brecht: se había llegado ya a una nueva etapa. En los años 1950 llegó a la narrativa y a la poesía el modernismo y se representó el teatro del absurdo. El Teatro Nacional de Finlandia fue el segundo del mundo que puso en escena Final de partida, de Samuel Beckett, en 1957. El teatro del absurdo produjo por un momento una gran convulsión, dejando anonadados tanto a los críticos como al público. ¿Estaba cambiando el mundo más rápidam ente que antes? El teatro en la década de 1960 empezó a buscar nuevas formas, a experimentar, a romper con la tradición. Encontró conexiones con la realidad mucho más estrechas: se

entendió que el teatro puede conmover al espectador pronunciándose directamente sobre la actualidad. El teatro reflejaba cambios y camb ió el mismo tan.. to por lo que se refiere a su forma como a su contenido. La década de 1960 fue tanto en Eu ropa como en los Estados Unidos la época de los movimientos estudiantiles, la época de la juventud y de la política. La obra Lapualaisooppera (Opera de Lapua) del Teatro Estudiantil de Helsinki, de 1966, fue un acontecimiento significativo tanto para los que la hicieron como desde el punto de vista de la política cultural. Esta obra musical, escrita por Arvo Salo y dirigida por Kalle Holmberg, y qu e estaba basada en temas de la historia política finlandesa hasta entonces considerados intocables, utilizó recursos brechtianos. Las numerosas personas que intervinieron en su realización acabaron convirtiéndose en su mayor parte en profesionales del teatro. A finales de la década de 1960, los jóvenes profesionales querían actuar democrática y colectivamente. Los «teatros institucionalizados» fueron considerados por estos jóvenes como poco flexibles y conservadores en la elección del repertorio. Se formaron nuevos grupos teatrales que realizaron giras por el país al encuentro del público. En aquellos años se formaron,entre otros, el Teatro KOM, el Teatro Ryhma, el Ahaa, y los teatros infantiles de tL teres y marionetas, el Teatro Penni y ,el Vihrea omena , así como el teatro de danza Raatikko. En la actualidad siguen existiendo, aunque muchos de ellos ya no hacen giras . Pero por lo menos un teatro institucionalizado «en crisis», adquirió sin embargo en los años 1970 tal fama que se convirtió en La Meca del teatro finlandés. Durante más de seis años la compañía del Teatro Municipal de Turku, dirigida por Kalle Holmberg y Ralf Li'mgbacka (n. 1932) alcanzó importantes éxitos artísticos con su repertorio


EL TEATRO EN FINLANDIA

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La Escuela Universitaria de Teatro. mamen ida por el Estado, ha tenido que funcionar en un antiguo instituto con espacio insuficiente e inadecuado, ya que por falta de dinero no ha sido posible construir nuevas instalaciones. En esta foto. alumn os de Jouko Turkka ensayando en el patio de la escuela pa ra la representación de La dama de las camelias, en 1982. Foto: Leila Pitkanen.

compuesto tanto por clásicos ·c omo por obras nuevas. Podríamos mencionar, por .e j emplo, los montajes de Langbacl a de Galileo Galilei de Breoht, y La muerte de Danton de Büohner, y los de Holmberg de Aleksis Kivi sobre la vida del escritor nacional escrita por Veijo Meri, y Los siete hermanos, que fue representada durante muohos años para un público que llenaba siempre ,e l teatro, y que fue filmada por la televisión finlandesa. Se trataba de una versión moderna hecha con tierna ironía, que gustó a los críticos y al público. El teatro institucionalizado alcanzó éxito gracias a dos directores que trabajaban resueltamente y que no se doblegaban ante la burocracia. Parecía que en los años 1970 correspondía un nuevo cambio de generación.

El te·a tro político f ue apartado en beneficio de nuevos autores-actores cuyos temas giraban en torno a la soledad existen cial del individuo en el mundo , donde el poder colectivo y los factores de política partidista ya no tenían signific·a do. Pete Q (La muerte del saltimbanquis o cómo Pete Q adquirió alas) fue una famosa realización dirigida por Arto af Hallstrom (n. 1952) para teatro de verano e interpr·e tada por alumnos de la Escuela de Teatro y por otros jóvenes, y que se apartaba del estilo realista tanto por su forma como por su contenido. La industrialización y la emigración del campo a las ciudades son fenómenos fundamentales ocurridos rápidamente en Finlandia en este siglo. Los temas de las obras de teatro también


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SOlLA LEHTONEN

se han desplazado del campo a la ciudad: con alguna exageración puede decirse que del idilio campesino inf.antilm ente humorista se ha llegado al drama urbano que presenta una imagen despedazada del mundo y describe los aspectos angustiosos de la moderna sociedad finlandesa . La rotura y la angustia son rasgos naturalmente universales que el teatro refleja. Como eJemplo podríamos mencionar la adaptación teatral que de su propia novela, Betoniyo (La noche de hormigón), hizo Pirkko S-aisio (nacida en 1949) y que fue representada por el Teatro KOM en 1982. Es la historia de dos hermanos y su madre que no encuentran ningún asidero para su vida en la jungla de asfalto de la ciudad. Jussi Parviainen (n. 1955) escribió la obra Jumalan m kas taja (El amante de Dios), que cuenta la historia de un joven cuyos .proble.. mas narcisistas, sexuales y religiosos le llevan a la desesperación y a la violencia. Fue representada primero por la compama del Ryhmateatteri en 1984, la cual montó después entre otras obras Finlandia (1986), dramatización de una serie homónima de cinco novelas escrita por Hannu Salama entre 1976-1983, en donde el anv'e rso de la Finlandia del bienestar está tratado desde el punto de vista de los perdedores, d e los marginados y de los delincuentes. Komeetta (Cometa), 1985, también de la misma compañía, era una grotesca sátira política en la que se trataban las diferentes facetas de la ambición de poder. La última obra de su autor, Jukka Vieno (n. 1957), llmiantaja (El chivato), es una de las más populares del Teatro Municipal de Helsinki en la temporada 1986-1987: se tr·a ta de una historia de delincuentes situada en la gran ciudad nocturna. El director Jouko Turkka también es autor de algunos textos, montajes y vestuario de algunas de sus obras, ade.. más de profesor de la Escuela Universitaria de Teatro. Su influencia tanto en el teatro profesional como en la Es-

cuela ha sido notable desde los comienzos de los años 1970. En su teatro las tradiciones han sido trastocadas, de.. jando traslucir la mística ilusoria del teatro; la ironía postmoderna, tanto interior como exterior, ha puesto bajo una nueva luz los valores nacionales finlandeses. Como profesor, Turkka ha exigido de sus alu mnos una fuerte aportación física muy distinta del estilo anterior, lo que requiere un buen estado físico y capacidad de conoentración, para lograr lo cual los estudiantes de la Escuela Universitaria de Teatro fueron sometidos a un duro entrenam iento durante el tiempo ,e n que Turkka dirigió la Escuela (1983-1985). Los sectores consevadores del público han mostrado una fuerte oposición a su concepto del teatro, aunqu e los críticos y una parte del público han reconocido unánimemente su genialidad como reformador del teatro; el trabajo del actor finlandés ha empezado a adquirir un nuevo aire a través de los nuevos profesionales salidos de la Escuela. Los teatros de aficionados tanto de agrupaciones obreras como no obreras, se han convertido en teatros municipales en la Finlandia de hoy, y muchos se han 'e stablecido en edificios nuevos. Los municipios y el estado financian cerca de un 80 por 100 de la actividad de los teatros profesionales. La Escuela Universitaria de Teatro y la de Artes Aplicadas forman a nuevos profesionales del teatro que no van al paro puesto que hay demanda para todos. El teatro sigue las corrientes internacionales y en Finlandia se estrenan bastantes novedades en traducciones y adaptaciones. Se representan tanto las obras musicales de éxito (Chicago, Cats) como obras dramáticas nacionales. El teatro finlandés de la década de los ochenta está en buenas manos. Pero el carácter de la popularidad del teatro está cambiando. El público antiguo, fiel y convencional, está desapareciendo. ¿ Se logrará que la juven-


EL TEATRO EN FINLANDIA

tud acuda al teatro? El teatro está sufriendo la competencia del cine, la televisión, el vídeo, el rock y demás posibilidades de matar el ocio. Una gran parte del público sólo quiere ver musicales espectaculares. ¿ Qué va a pasar con el teatro más serio? ¿ Se convertirá en arte para minorías selectas? ¿. Se comprometerá la sociedad a mantener el arte de estas minorías? Por otra parte, el teatro convencional y los profesionales, al tener asegurado un alario mensual fijo y un puesto estable, van decayendo en su entusiasmo, pudiendo ocurrir que tenga que actuar en salas vaCÍas. El teatro ya no es una forma de arte uniforme que goza de una popularidad y un aprecio unánimes. Afortunadamente, puesto que un teatro que vive un idilio es un teatro condenado a muerte. Conscientemente he dejado al margen de esta exposición una lista de dramaturgos y de obras teatrales qu e abundan en Finlandia y qu e «m erecerían » ser mencionados; solamente he intentado mencionar algun os de los nombres más notables. La literatura teatral h a tenido sin embargo un papel importante en Finlandia. La tradición teatral reali ta h a utili zado siemp re la palabra escrita como punto de partida. Se han h echo muchas dra matizaciones de otros géneros literarios fin landeses; la historia <.le un país joven se h a contemplado en for ma de adap taciones teatrales de novelas famosas, habiéndose escrito innum erables obras de teatro de los p ersonajes importantes. Muchos de los escritores finlandeses han sido y son tamb ién dramaturgos . Muchas de las obras teatrales son sólo dramas para ser leídos; un a parte importante del perfil del escritor, pero menos significativa desde el punto de vista del teatro . Sin embargo hay decenas de dramaturgos · que en su ti empo fueron autores de obras importantes para su época, aunque al parecer muy pocos d e ellos llegan a ser clásicos; gran parte de la dramaturgia ná-

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La importa nte y o ri g in a l dra mati zac ión de U na casa que se tambalea (Huojuva ta lo) . nove la de Ma rí a J otun i. po r el Teatro Municipal de La ppeenra nla. La adapta ción teat ra l fue de Maaria I oski lu oma. la direcc ió n de Eija-Elin a Bergho lm . y el montaje de la artista Maari a Virkk a la . El es treno tuvo lu ga r en 198:1. Foto : K a ri Sohlberg

ciona l es una dramaturgia de consumo, necesa ria para su tiempo . En Finlan di a, desde el nacimiento de la radiodifusión, el teatro radiado ha ofrecido una dramaturgia de consumo que, en u apogeo, se m a nifestó en forma de emis ion es radiofónicas. El teatro finlandés probablemente h a alcanzado una mayor proyección en el extranj ero a través del teatro radiofónico. El teatro dramático nacional en forma de textos radiofónicos se ha difundido extensamente en el resto del mundo. La Compañía Estatal Televisiva dispone de dos unid ades para la producción teatral, existiendo además un teatro de televisión de la compañía comercial; ambas producen obras de teatro extran_


La ópe ra Punainen viiva (Línea ro ja) que se basa en la novela del mis mo nombre de Ilmari Kianto (1909) en la Opera Nacional de Finlandia en 1978. La ópera fue compuesta por A ulis Sall inen, d irigi da por Ka ll e Holm berg y la esce ni ficación fue del pintor K immo Kaivanto. Foto: Kar i Hakli

jeras y nacionales para un público cuyo número se calcula en cientos de miles de espectadores. Tanto la radio como la t elevi ión han ofrecido abundantes oportunidades a los autores teatrales finlandeses . La ópera finlandesa, parient,e del teatro, ha experimentado durante los últimos quince años un enorme crecimiento de público. La razón está, sob re todo, en el florecimiento de la ópera nacional; los libretos basados en textos de autores finlandeses y la nuevas composiciones han alcanzado extensa fama también en el extrajenro. Los festivales de ópera de Savonlinna, que se repiten cada verano se han convertido en escenario internacionalmente importante y popular de óperas nuevas y clásicas; allí se han estrenado varias óperas entre las cuales cabe mencionar Ratsumies (El jinete), de 1972, y

Kuningas lii.htee Ranskaan (El rey se marcha a Francia), de 1984, cuyo texto es de Paavo Haavikko y la música de Aulis Sallinen, así como Viimeiset kiusaukset (La últimas tentaciones), de 1975, con libreto de Lauri Kokkonen y música de Joonas Kokkonen. Los realizadores de teatro de la dé.. cada de los ochenta se inclinan tal vez un poco menos a la palab ra qu e los anteriores. Para ellos el teatro ofrece u na posib ilidad de experimentar, u tilizando por ejemplo medios propios de la ,e stética cinematográfica, o más concretamente la técnica del vídeo. Para estos profesionales el teatro es una experiencia más global que la escenificación de un texto teatral tradicional. Los jóvenes dramaturgos son hijos de la época de la imagen. (.Acaso por ello sobrevivirá y hasta florecerá el teatro en Finlandia?

Traducción: Ursu la Ojanen y Joaquín Fernández


POESIA

La nueva sede principal de la Bibli oteca Municipal de Tampere se in augur贸 en 1986. Arquitectos: Reima y R a ili Pi etiHi. Foto : Sima Ri sta


Pentti Saarikoski Foto : Lütfi Ozki:ik

PENTTI SAARIKOSKI

Al trasladarme a Helsinki yo quise saber me de memoria la ciudad. E n la tertuli a del «Ha ití», de poesía y política di sc utí a mos varios ma trimoni os y lo pasába mos muy bien . Cierto tipo de cosas yo pensaba: una fórmula simpl e cual «cada uno compl acer desea a los demás» en mi negro sillón, a l día sigui ente, por la ventana la esquina del Archivo Nacional: en el alféizar, un ces to co n ma nza nas. En mucho tiempo no me iré de aquí.

Kuljen missa kuljen (Voy por donde voy), de 1965


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PENTTI SAAR,IKOSKII

La muchacha hermosa cual diente de león cogiéndome la mano así me dijo: Soy la luz que te lleva a las tin ieblas. Cuando arranco patatas mezquina es la cosecha. Seco ha sido el verano y yo haragán. hermosa cual diente de león. Dormiremos estrechamente unidos, encogidas las piernas, son cortas estas camas para nuestra estatura. Charlando con la urraca le confieso que todos los hombres de la tierra son mis hijos y la luz eres tú, hermosa cual diente de león, que me llevas hacia lo tenebroso. Devorado he la ciencia del bien y del mal, el cielo está nublado, como las ramas secas se quebraron igual Filosofía que Política cuando al servicio estuve de su estudio. Limpio las hojas, cuento mi octavo otoño aquí, está la mar oscura, y una carta pienso al emperador con mi desdén. Nada existe tan verde como, al alba, del monte las laderas. Estudiaba 1.os hongos, iba al bosque, autodidacta, para analizarlos, distinguir su color, morder su carne y escupirlos. Ahora estoy aquí.

Fragmento de Hiimariin tanssit (Baile de tinieblas), de 1983

Arriba, hacia lo alto los á rboles se alzan, a través de la noche calbaga el oleaje, calla la arena, guardan su secreto las flores.

De Onncn aika (Tiempo de dicha), de 1959


POEMAS

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DIMENSIONES

Como el cielo, la tierra es de papel. Taladran mis brazos el cielo, perforan mis piernas la tierra. Las muñecas me las aprieta el cielo, los tobillos me los corta la tierra: iguaL siempre el vacío. Para escoger camino libre soy, hombre libre que huye a los confines del mundo abierto, igual en todas partes. Runot (Poemas), de 1958


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- - - - --~~-----.;;;.,..¡;....;;...::..:.= Jarkko Laine Foto: Leht ikuva Oy

JARKKO LAINE

AÑOS Y ESTACIONES

E l a rráez sarraceno echó a volar un pañuelo en el a ire. D esp ués desenvainó su cimi tarra y el pañuelo de un tajo dividi ó Que coloca ran , o rd enó Ri cardo Co razón de L eó n, entre dos bancos un a barra de hierro . Su espadón levantó y de un ma nd o ble la quebró. Siguió su curso el tiempo. E n la playa los niños edifica n con la a rena mojada su cast ill o. D e Niio se kiiy (Así pasa), 1971


POEMAS

HiOllBL DEL OLVIDO

Es una nube el humo del coche a meri ca no en que invade n las damas la ci ud ad. Le pregunta n a Homero si al final de la calle la Exposición U niversal se encuentra . «No es así, distinguida s señoras - les responde- , esta calle conduce al Hotel del Olvido». A la entrada del parki ng, en un si llón de mimbre, a punta Bil1y el Niño con s u ballesta al sol. D escienden las mujeres del vehícul o. «¿ Vamos por buena ruta ?» «No -contesta mientras escupe el chicl e de la boca- , aquí estamos enfrente del Hotel del Olvido». U n tiro de caballos, en el hall del hote l, da vueltas en la a rena. D e la pista despega un Boeing dorad o. E n e l baño, Ben Hur co n los a udífonos. En la radi o, Bill Haley y el Coro de la Opera. De D elfos el Oráculo, al teléfono, responde en el control: «Es aquí, sí señor, el H otel del Olvido» . Vestido de botones, Friedrich Nietzc he se esconde, tras el tronco de una hi guera, de tanto co rtesano que invade la terraza. y la Bell a Durmiente, quitá nd ose la másca ra de Bonn ie Pa rker, grita a los so ld ados: «iDetrás de aq uella hi guera! ». y ensordece un a ráfaga el Hotel del OLv ido . Catalin a la Grande y R odo lfo Va lentin o so licitan un tango. Por la esca lera cubi erta de ma leza suben las muj eres. porque qued ó la puerta 'del ascensor ab ierta. En silencio, solloza F riedrich Ni etzche. Reluce .el esplendor de las a ra ñas y Marilyn so nrí e en la pantall a: «Siempre tendrá una hab itación, mi rey, el Hotel del Olvido pa ra ti» . La puerta de su cámara a bren ya las muj eres. Atila está sentado en el bord e de la cama leyenda «El Paraíso Perdid o» en alta voz. Se ret iran, y sólo en ese instante Atila se percata de que están. «No se preocupen - dice-, todas equivocadas son las habitaciones del Hotel del Olvido».

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JARKKO LAINE

Ha extendido su carpa en el salón del piso sexto un circo, y Cyrano de Bergerac asciende por la ,escalera; invita a las mujeres a la función. Durmieron los trapecios, y pronto alumbrarán fuegos artificiales el Hotel del Olvido. La mañana siguiente al concurso de belleza la reina queda sola con su capa de armiño. Policías rellenan de t¡erra una tumba 'en el hall, y la rockola escupe monedas rechazadas. Se durmió Valentino en el estrado, y los televisores han cerrado los ojos. Volcó la multitud el coche americano, y arrastra el viento el resplandor del fuego al Hotel del Olvido. De Tulen ja jaan sirkus (Circo del fuego y del hielo), 1970

NARCISO

No traspases la puerta éntrate visionario como los semiciegos aún medio dormidos Por la puerta no: hay sombras d e rosales tras la puerta en las calzadas de arena la luz te acecha raíces de árboles te tientan seductoras aún no culminaste tu excursión letal todavía te queda tu perfil penetras visionario en el silencio rehuyendo la mirada a la fuente vas De Traagisen runoilijan talo (La casa del poeta trágico), 1985


Si rkka T urkka. Prem io F inland ia de Literatura 1987 Foto: Kimmo Mantyla

SIRKKA TURKKA Tras la lluvia nocturna, es el camino una cara marcada de viruelas y en cada charco el cielo se repite. Duerme un caballo, un mito, entre la niebla. ¿Con q ué derecho puede profanarlo el traqueteo de mi bicicleta? ¿Quién se cree que es el sol para cegar a media Europa con su resplandor?


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SIRKKA TUR KKA

La lluvia está muy triste, enferma de nostalgia, y no puedo entenderla. Tan triste está la lluvia tontiloca que quiero regalártela y que la guardes tú . Lejano bienamado, en ella estás con la misma certeza que yo tengo grabados en mi mano los signos del destino. Vete cuando los leas. No te entiendo ni a ti ni a la lluvia. Te quiero.

Acostada en el suelo. Lame el perro mi cara dolorida. (Una fiera que lame la cara de otra fiera). La lluvia va llegando por la senda con el paso de un fúnebre cortejo. La lluvi a que no cesa. Me robaron la luz del cielo, robada tu sonrisa. Me levanto, sacudo mi fatiga, lanzo aull idos como conjuros a la oscuridad . Le doy la bienvenida: «la oscuridad triunfe, la luz muera, y que se muera de tu amor la luz». Me oculto en mi rebaño: lo permitido al rey no lo está para el. buey. Los párpados de plomo, la 11 uvia que no cesa, quandoque bonus dormitat Homerus.


POEMAS

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Vuelve, mi Sheba . Siempre te a ño ro. Se me va la mirada al infinito, se osc urece mi ros tro, se oscurece la ta rd e y a nochece. Eres co mo un alerce entre los á rbo les del parque, tu porte sosegado un a luz invis ible ll eva dentro, mientras mi co razó n una pena invi sibl e es lo que encierra . Es de noche: la so mbre de la lun a besa el suelo; los á rbo les, de pl a ta se enga la nan ; yo escribo, prisionera entre los muros de mi corazón. Tus orejas que vuelan, de animal de los bosques, con atención me escucha n. Sheba, en cada lat id o mi corazón te impl ora : vuelve, mi Sheba.

Traducción de los poemas de Penti Saarikoski , J a rkko Lainen y Sirkka Turkka: Jyrki Lappi-Seppala - Carlos Alvarez


80 CARPELAN

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EL PAJAR O DE FUEGO

Un día el pájaro de fuego entró volando en el c u arto de estar. Muebles y paredes quedaron completamente devastados. Para no hablar del silencio ulterior, del humo que apenas se pudo desalojar, que quedó pegado largo tiempo al tejido de los sueños .


POEMAS

EL PATIO (Fragmento 41) Me despertaron los gritos de alguien en el patio . Me despertó el olor a gas: todos yacían muertos , yo también. Me despertó el estallido de la guerr·a y el fuego en mi s ropas. Había una calma total. Sólo se oían los tranquilizantes ronquidos de mi padre. Me despertaron tantas catástrofes . Era como estar entrenándose para el futuro.

EL SUEÑO Así me mirabas en el sueño. Allí había otras personas, estábamos tomando café. De una habitación vecina salía un torrente de luz que envolvía la difusa sensación: es toy soñando. Estabas sentada con el pelo negro pei nado hacia atrás. La boca serena, los ojos inquietos, las arrugas: cerca. Como si no te hubiese visto antes me dirigí a mi tío que estaha hablando con alguien a mi izquierda. «Pero si -está muerta», le dije. Interrumpió lo conversación, se volvió hacia mí: «¿No lo sabías?».

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Lars Huldén Foto: Pressfoto

LARS HULDEN

VEN Y SE MI EDREDON Ven y sé mi edredón. Yo soy la tierra que se cubrirá de nieve. Acuéstate suavemente sobre mí, nieve mía. Deja que tu dulce boca se encuentre con la mía. Que tus pechos sean montones de nieve sobr,e mi corazón, nieve que impedirá que mi corazón se congele. Deja que el sedoso interior de tus muslos se deslioe sobre el hirsuto exterior de los míos. Y deja que mi celéreo potro penetre en tu establo. Ha trotado un largo, largo camino y está dando con el hocico en tu puerta.


POEMAS

CONSEJOS A GENTES FELICES Si alguna vez tú, henchido de un sentimiento de felicidad, te levantas de un salto y gritas al viento, al mar o al silencioso bosquees lo mismo a cuál-, gritas « Yo soy feliz», debes saber que tus palabras te serán reclamadas 0. su debido tiempo con intereses; lo mismo que cuando se e capa un pre o antes de haber cumplido su condena pero e detenido de nuevo y se le impone una pena más dura que la de antes. Las autoridades de la vida no toleran ningún evadido, y la felicidad es esa sensación de que a uno no le afectan las duras condicion es de la vida, de que uno misteriosamente ha salido de la cantera. Por eso, si sientes que tu felicidad es tan grand e que te sale resplandeciente por los ojos, inclina tu rostro hacia la tierra y bájate la capucha sobre la frente como un leproso, prosi gue mudo tu camino, y que el tono de tu voz no traicion e lo que siente tu corazón.

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Claes Andersson Foto: Johan Bargum

ClAES ANDERSON

EL GATO ENTRA El gato entra con un pájaro en la boca Estados Unidos se hunde en el océano con Asia en la boca. En Africa unos negros calientan el agua de la sopa en una inmensa cacerola Escandinavia 'e s un congelador abarrotado de cerdos rosaditos. Cada vez que gruñe un cerdo nace un chino, un indio un africano con un gran cuchillo de cocina entre los dientes.


POEMAS

LA MATO LA DROGA

La mató la droga. ¿Quién? Alguien había mezclado caballo en la lech e materna . ¿Quién? El padre la zurraba todos los sábados. ¿Quién? La madre dejó todo sin más y se largó . ¿Quién? El poli le partió dos dientes y le m e tió dos dedos en el coño sin encontrar la droga. ¿Quién? En el reformatorio había una jodienda lesbi a na de no te 111enees. ¿Quién? Esos cabrones de los pelos largos se m eten aquí y nos ensucian la escalera. ¿Quién? Nosotros no podemos t en er a una tía con esa pinta sirviendo a nuestros clientes. ¿Quién? Ha estado vagabundeando un año y ahora no sab e ni siquiera cómo se llama. ¿Quién? Reunidlos a todos y haced con ellos salchichas. ¿Quién? Sí, estoy tan mal que ya no retengo nada en el cuerpo. ¿Quién? Préstame cinco duros para un pinchazo, gracias, muy .l egal. ¿Quién? En los últimos tiempos se ha podido comprobar un desplazamiento de las actitudes de consumo en relación, según parece. ¿Quién?

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ROBADNOS Y ... Robadnos y llamadlo economía nacional. Quitadnos nuestras casas y llamadlo planificación regional. HumiUadnos y llamadlo asistencia social. Volvednos locos y llamadlo higiene mental. Envenenadnos y llamadlo conservación del medio ambiente. Adormiladnos y llamadlo ideología de consumo. Lanzadnos al paro y llamadlo reconversión industrial. Confundidnos y llamadlo publicidad. Vended nuestros cuerpos y llamadlo libertad sexual. Engañadnos y llamadlo política de r,e ntas. Cosificadnos y llamadlo nivel de vida. Escarneced nuestro trabajo y llamadlo jubilación anticipada. Mentidnos y llamadlo libertad de expresión. Tiranizadnos y llamadlo democracia.

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Marta Tikkanen

Foto: Soderstroms

MARTA TIKKANEN TE QUIERO Te quiero tan desmedidamente dijiste nadie ha podido amar nunca como yo. He construido una pirámide con mi amor dijiste te he colocado sobre un pedestal muy por encima de las nubes . Esta es la historia de amor del siglo dijiste existirá para siempre será admirada durante toda la eternidad dijiste A mí me fue difícil dormir las primeras setecientas cincuenta noches después de haber comprendido lo desmedidamente que tú amas tu amor


EN CAMARA LENTA En cámara lenta levantas la mano que vas a descargar sobre mí hay tiempo de que pasen muchas cosas por mi cerebro antes de que tu mano llegue hasta mí pienso en todas las mujeres que en todas las épocas han vivido este instante el instante que precede al golpe de la mano el miedo m e paraliza impidiéndome soltarme morder dar patadas huir no puedo abrir la boca no grito la sensación de verse desamparada sin remedio sin posibilidades no tener fuerzas para nada no poder controlar lo que pasa no poder hacer nada no poder h"cer nada y finalmente

lo incr'e íble es eso que ahora se cierre sobre nosotroses algo irümaginable no ocurrirá no puede pasar

tú no puedes pegarme a mí. Antes de que tu mano me alcance ya lo sé: esto no se abate sobre nosotros por falta de amor sino por la desesperación del amor sin embargo es difícil de entender imposible de olvidar. Los poemas de Bo Carpelan, Lars Huldén , Claes Anderson y Marta Tikkanen son de la antología Quince poetas finlandeses (60 años de poesía finlandesa de expresión sueca), de Francisco J. URIZ Colección el Bardo, / 20 / 1986


IX 500 ANIVERSARIO DEL LIBRO FINLANDES URSULA O JANE


El próximo año 1988 Finlandia conm emorará la apari ción de su primer libro impreso, el Mi ssale Aboe nse, o Misal de Turku. Con esta efem ér ides se p ret ende r ecordar tamb ién, adem ás de este primer y único incun able fi nla ndés , toda la literatura anti gua finlandesa y las r elaciones culturales y cientÍfica s que Finlandia mantuvo en la Edad Media con el r esto de Europa, dentro del mundo católico al que perteneció durante más de 300 años. El Mis sale Aboel1se representa la muy poco conservada literatura finlandesa medieval. Se trata de una edición especial del misal dominico .preparado esp ecialmente para las necesidades de la Iglesia finlandesa . Kondrad Bitz, obispo de Turku, firmó su prólogo el 17 de agosto de 1488, y su impresión se ll evó a cabo en Lübeck, Alemania, ya que en Finlandia no se introdujo la imprenta hasta 1642. El Missale Aboel1se es una exquisita y lujosa obra de tamaño folio, que contiene .a proximadamente 550 páginas y que está considerada como la obra más preciosa de la historia del libro finlandés y una de las más valiosas obras medievales de todos los países nórdicos. Del misal no se conserva ninguna copia íntegra. La más completa se halla en Dinamarca, en la Biblioteca Real de Copenhague. Otros ejemplares han podido reconstruirse a partir de hojas sueltas, por lo que hay además tres copias en pergamino y qu ince en papel en Suecia y Finlandia.

Muchas de la obras re li gio as medievale qu e formaron parte de las bibliotecas de las iglesias o d lo particul·a res, obre todo obi spo, ta mbi én fueron desapareciendo por culpa de incend ios (recuérdese qu en 1827 la valio a biblioteca de la Univer s idad de Tu r ku qu edó cas i tota lm e nte des tr uid a e n el gra n ince ndio qu e aso ló la ciudad ) o llegaron a utili za rse co mo material de r efu erzo en los e mp as te de los libros de contabilid ad, ya qu e después de la Reform a la I glesia lutera na no las considero útil e . En la Biblioteca de la Universidad de H elsinki, que a la vez es la Biblioteca Nacional de Fin landia, hay una col ección de unos 10.000 fragmen to s de p er ga mino que se h a n ido encontrando e n los aludidos empastes y qu e r ep rese ntan más o menos un mill ar de obras difere ntes, testimonio de los vivo contactos que hubo entre las di stintas parte del mundo católi co . Mu cho s obi spos y sacerdotes finland eses h abían ido a estudiar a las grandes universid ades europ eas, París, Praga, la universidades alemanas y ha sta las itali a nas, como es el caso de Kondrad Bitz, que salió de Bolonia m ás o meno s en la misma época e n que acudió a su universidad .el célebre gra má tico es pañol Antonio de Nebrija, e ntre otros. La periférica diócesis de Turku no lo era más que las otras partes periféricas de los Estados papales, ya que lo s estudiantes finlandeses establecieron importantes contactos con los intelectua-


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URS ULA OJA NEN

les de Europa y, ·a l acabar sus estudios en las universidades europeas, llevaron en sus equipajes muchos libros notables a su país. Así, por ejemplo, hay en esta interesante colección de pergaminos algunas hojas de los textos de Tomás de Aquino, copiadas no muchas décadas más tarde de la aparición de los originales, y que son de sumo valor para los investigadores. Aparte de algunas menciones aisladas de finlandeses que tenían la -intención de ir a España para visitar la tum ba del Apóstol en Santiago de Compostela, parece que los contactos entre Finlandia y España fueron muy escasos, aunque no dejaría de ser interesante investigar más o fondo sobre el tema. Aun siendo los puntos de Europa más alejados entre sí, no sería nada raro que algún estudiante finlandés hubiera llegado hasta las universidades de Palencia o Salamanca. Aunque el número de obras de la Edad Media procedentes de distintas partes de Europa no era en Finlandia tan escaso como se ha venido creyendo, las obras de producción propia en esa época son muy exiguas . Después del Missale Aboense, en 1522 se publicó el Manuale Aboense, también en latín, naturalmente. Las primeras obras en lengua finesa no aparecieron hasta mediados del siglo XVI, cuando el reformador finlandés Michael Agricola, discípulo de Lutero en Wittenberg y futuro primer obispo luterano de Finlandia, puso los cimientos de la lengua finesa escrita y publicó el AbcJária (Abecedario) hacia 1537-1543, el Rucouskiria (Libro de oraciones) en 1544, y el Se Wsi Testamenti (Nuevo Testamento) en 1548. En contraste con el enorme acervo cultural que el pueblo finlandés transmitió de generación en generación de forma oral, no dejó manuscritos. La tradición oral fue recopilada sólo a partir del siglo XVIII y conservada luego en los Archivos folclóricos de la Sociedad de la Literatura Finlandesa,

formando u na de las más grandes colecciones de su género en el m u ndo entero . La historia del libro finlandés empieza m uy mo destamente si se la compara, por ejemplo, con la enorme riquez·a bibliográfica de manuscritos e incunables con que cu enta España. En Finlandia, al principio, el lib ro y la literatura fueron desarrollándose m uy lentamente, pero el ansia por saber, que era cada vez mayor, y las dificultades que hubo que vencer para conseguir una literatura propia en lengua finesa, contribuyeron a qu e los finJandeses comenzaran a estimar el libro. Actualmente Finlandia es uno de los más importantes productores de libros y el índice de lectura figura entre los más altos del mundo . E l libro impreso ha tenido siempre y sigue teniendo una gran importancia en el desarrollo de la sociedad y la cultura finlandesas. Los actos conmemorativos del 500 aniversario del libro darán comienzo en Turku, ya que la historia del libro, sus primeros pasos, están m uy estrechamente vin culados con esta ciudad, primera sede diocesana, primera ciudad universitaria (1640) y primera capital del país. Allí, pues, se organizará una gran exposición de la historia del libro, allí tendrá lugar la fiesta principal y un servicio reli gioso en la antigua catedral con la asis lencia de representan tes de las Iglesias católica y ortodoxa. Pero el comité nombrado por el Gobierno para las celebraciones prevé decenas de actos y festividades en todo el país, entre los que cabe de tacar la exposición sobre la literatura medieval d e Finlandia en el Museo Nacional de H elsinki, así como la publicación de obras conmemorativas y edición de libros antiguos. También en el extraniero se organizarán exposiciones, seminarios y conferencias sobre la historia del libro finlandés, así como sobre los contactos científicos medievales, sin olvidar, por supuesto, los temas y cuestion es actuales relacionados con la literatura.


x 150 AÑOS DE LITERATURA FINLANDESA EN 33 OBRAS 1830.

Johan LUDVIG RUNEBERG: Po em.as 1 (Dikter 1).

Primera obra notable de la literatura finlandesa en lengua sueca. Runeberg se convirtió en el «poeta nacional» tras la publicación de Cuentos del alférez S"tdhl (Fiinrik Stahls siigner) que describe los combates patrióticos de la llamada Guerra de Finlandia.

berattels~r (Historias de un cirujal10 I11LLLtar) Inaugura la novela histórica finlandesa.

1852. Eero SALMELAINEN : Cuentos y leyendas d el pueblo finlal1d és (Suomen kansan satuja ja [arinoita). E?ta colección h a tenido un a influencia considerable en la evolu ción de la prosa finlandesa .

1835. Elias LóNNROT : El Kalevala Una epopeya conocida en el mundo entero como un conj unto monumental que reúne los mitos y los cantos populares. Traducida a cuarenta idiomas aproximadamente. Versión espaúola completa más reciente: Editora Nacional, Madrid 1985, por Joaquín Fernández y Ursula Oj anen. Kanteletar, publicada en 1840-1841, reúne las piezas líricas descubiertas por Lannrot y elaboradas a lo largo de los siglos por generacion es de campesinos y campesinas anónimos. Entre 1908 y 1948 apareció un a edición científica que ofrecía más de 300.000 versos, es decir la totalidad recogida de la tradición oral (Los antiguos poemas del pueblo finlandés, Suymen Kansan Vanhat Runot, publIcados por Suomalaisen Kirjallisuuden Seura). 1847.

Za charias TOPELIUS: Cuentos (Sagor).

El Hans Christian Andersen finlandés de lengua sueca. Su libro Faltskarns

1870. Aleksis KIVI: Los siete hermanos (Seit seman v elj es ta). Considerada como la obra maestra de la literatura finlandesa, llamada «la novela del Re naci 111 ¡en to ». Primera obra de creación en len gua fin esa. A lo 134 libros vendidos en vida del autor, responde la tirada actual de más de 1.300.000 ej emplare s. 1893.

Jubani AHO: La mujer d el Pastor (Papin rouva).

Este libro, de un realismo que tiende al impresionismo, es frecuentemente considerado como la «Madame Bovary" de la literatura finlandesa. 1903.

Eino LEINO: Canciones de H elka (H elkavirsiii).

Baladas a l estilo del Kalevala, versificadas como la poesía popular, escritas por un adepto del simb olismo francés . Traducida al inglés y al ale.. m án.


1909.

Ilmari KIANTO: La raya roja (Punainen viiva) .

Novela social que describe las esperanzas y la decepción de los habitantes de las provincias alejadas en la época de las elecciones al sufragio universal de 1907 (abierto a las mujeres). El libro inspiró el libreto de la ópera del mismo nombre de Aulis Sallinen (1978). La novela ha sido traducida al alemán. 1910. Maiju LASSILA: Tulitiklcuja lainaamassa (Prestando cerillas). Esta novela humorística presenta en 200 páginas 178 personajes y seis peticiones de mano, todas de conveniencia. El autor, considerado como un

Eino Leino.

clásico de la prosa del absurdo, ha escrito novelas de t esis y panfletos políticos con tres seudónimos. El li_ bro ha sido traducido al alemán. 1916. Edith SoDERGRAN: (Dikter) .

Poemas

Poeta de lengua alemana al principio (en San Petersburgo) y después sueca, su singularísimo expresionismo ha creado el modernismo escandinavo. 1919. F. E . SILLANPAA: Santa Miseria (Hurskas kurjuus). Bergson y Maeterlinck fueron los padrinos de la prosa lírica de Sillanp¡üi. Una visión humana, elevada e impar-


150 AÑOS DE LITERATURA FINLANDESA

cial de la guerra civil de 1918 en Finlandia entre los rojos y los blancos descrita por un descomprometido. Su novela Silja. Un breve destino de mujel' (Nuorena nukkunut) le hizo acreedor al Premio Nob el en 1939. Traduccion es españolas: Silja. Un breve des_ tino de mujer. Barcelona 1945. Panorama Literario 50. Santa Miseria, Madrid 1962. Aguilar. Biblioteca Premios Nobel. 1920.

Joel LEHTONEN: La cañada de las malas hierbas (Putkinotko).

Un librero sibarita, enamorado de Anatole France, y su colono sobrecargado de familia. Un conflicto entre dos personaj es rebelaisianos, en el marco embriagador de un día de verano, pintado en pequeñas pinceladas por un neoimpresionista confirmado. 1920. Runar SCHILDT: El bosque embrujado (Haxskogen). En la última novela de este gran narrador de lengua sueca -que se puede leer como su testamento- se enfrentan dos tipos de personajes: el soñador, artista inactivo que para su obra de escritor se alimenta de la vida de los demás y sus parientes, una familia de terratenientes. Estilo denso y límpido. 1926. Aino KALLAS: El cura de R eigi. (Reigin pappi). Bajo la forma de una crónica arcaica, Kallas describe una pasión amorosa que rompe las convenciones sociales. La edición inglesa de esta novela femenina apareció en Londres, publicada por Jonathan Cape y obtuvo un gran éxito. 1927. Maria JOTUNI: La muchacha en la rosaleda (Tytto ruusutarhassa). Relatos -en forma de cartas o de diálogos-monólogos telefónicos- to-

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mados del natural. Una notable novelista. 1928.

Aaro HELLAAKOSKI: de cristal (liüipeili).

Espejo

Primera colección de poesía experi_ mental de un poeta naturalista influido por los Caligramas de Apollinaire. Tras un silencio de más de diez años, H ellaako ski fue reconocido después de la guerra como un eminen te po tao Arvid JAR EFELT: La novela de mis padres (Vanh ell1pielli romaani). Una gran novela burgue a, al esti lo de Tolstoi. La vida de una condesa de San Petersburgo, esposa de un general finlandés, que vivió medio siglo en medio de los precursores de la cultura nacional de su país de adopción.

1928.

1932.

Toivo PEKKANE : A la sombra de la fábl'ica (Tehtaan varjossa).

En Finlandia, la «conciencia de clase» de los escritores proletarios no les impide ser objetivos, como en este caso. El protagonista del libro es un adolescente en plena evolución, que pretende «elevarse más alto que su padre con el fin de ver más lejos que él» . Elm er DIKTONIUS: Janne Kubik. Novela resueltamente moderna, escrita en sueco según los criterios de la len gua finesa, dond e las influencias de Aleksis Kivi y de James Joyce se encuentran en un t erreno neutral e independiente en los monólogos inte_ riores.

1932.

Gunnar BJbRLING: Verde sol (Solgron t ). El más original y más inflexible de los modernistas finlandeses de expresión sueca. Una poesía abierta y di. námica que plasma su «misticismo de lo real» y su «individualismo dadá». Un universo lírico en un es. tilo inmediatamente reconocible.

1933.


'1933. Volter KILPI: En el salón de Alastalo (Alastalon salissa). Cercano a Proust, este escritor -favorito de la intelectualidad literaria- se considera influido por Cervantes y Aleksis Kivi. Mil páginas para describir la reunión -que dura seis horas- de unos propietarios de tierras sobre la construcción de un velero. Pentti HAANPAA.: La guerra en los grandes bosques (Korpisotaa). Durante la ofensiva de la Unión Soviética contra Finlandia en el invierno 1939-1940 un simple soldado, filósofo a ratos, acaba haciendo la guerra por su cuenta, al margen de los frentes «oficiales». El libro de este excelente novelista obtuvo un gran éxito también fuera de Finlandia.

1940.

1945.

P. MUSTAPAA. (Martti Haavio»: Despedida a la Arcadia (Jiiiihyviiiset Arkadialle). Con esta sorprendente colección, Mustap¡üi. -que comenzó a publicar en los años 1920- volvió a la poesía aportando nuevos elementos rítmicos y figurativos a la lengua finesa.

1945. Mika WALTARI: Sinuhé, el egipcio (Sinuhé egyptiliiinen). Apasionado por el antiguo Egipto y describiéndole como si hubiera vivido en él, Waltari creó, en un estilo preciso, una prodigiosa novela de aventuras donde la tensión ,e s constante. P,aradójicamente, fue la Segunda Guerra Mundial la que sirvió de detonante al libro, debido, como dijo el propio Waltari, «al cinismo de las relaciones internacionales y a las desilusiones cuyo testigo fue el tiempo ». Un libro siempre actual, como lo demuestra el hecho de haber sido traducido a más de treinta idiomas, el español entre ellos. 1946. Tove JANSSON: La caza del cometa (Kometjakten) . Es el segundo libro de la serie de 'e llos escrita para niños, que tiene por

protagonista a Mumín el Gnomo. Fue publicado un año después de la bomba de Hiroshima. Habiéndose enterado Mumín de que su valle estaba amenazado por la gran catástrofe, parte para intentar descubrir la razón de la amenaza. Un relato de aventuras. Tove J ansson, uno de los escritores más traducidos en Finlandia, no escribe prácticamente desde hace quince años más que novelas y relatos cortos. De expresión sueca. Vaina LINNA: Soldados desconocidos ( Tuntematon sotilas). Novela que se desarrolla durante la guerra soviético-finlandesa de 19401945. Dos versiones cinematográficas. Traducida al español. 1956.

Eeva-Liisa MANNER: Este viaje (Tiimii matka).

El primer libro de poesía modernista que alcanzó al gran público es éste, escrito por una mujer, el cual confirma el papel en Finlandia del verso blanco y el verso libre. Una poesía que frecuentemente se crea de su propia materia: las palabras. EevaLiisa Manner ha pasado unos años en España, cuyos paisajes y temas han influido en su poesía. Es autora de traducciones al finés de algunos poetas españoles. 1957.

Veijo MERI. Una historia de cuerda (Manillakoysi).

La respuesta de un modernista a Vaina Linna con un libro sobre la misma guerra, plagado de anécdotas grotescas y de un humor negro e irresistible. H. M. Enzensberger ha comparado incluso los personajes de Meri - «solitarios melancólicos que acaban siempre por descarrilar»con los de Buster Keaton. Traducción española: Seix Barral, Barcelona 1964. 1959

Paavo HAAVIKKO: El Palacio de invierno (Talvipalatsi).

Obra maestra del más original de los poetas finlandeses que considera


150 AÑOS DE LITERATURA FINLANDESA

la poesía como un mundo aparte y autónomo. Una visión de la historia y una erudición fascinante, manejadas por una inteligencia sensible y un humor excepcional. Laureado en 1984 con el premio Neustadt (Estados Unidos).

1961.

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Bo CARPELA : Un día fresco. (Den SI ala dagen).

Contin u ador de la tradición modernista de la poesía de lengua sueca, CarpeJ.an e su representante más auténtico. Gran Premio órdico de Literatura en 1977. 1962.

Pentti SAARIKOSKI : ¿Qué pasa de verdad? (Mita tapahtuu todella).

Traductor de J enofonte y de Safo, el joven Saarikos ki escribe descaradas bag·a telas al estilo de las d Hiponax, a quien consid ra u ma tro de pué de Catulo. Este calaje ubversivo, teñido de comunismo y lleno d s -n_ sibilidad y soberbia, causó el efe to d e una bomba. 1963.

Christer KIHLMAN: La madre azul (D en blQ modern).

Una novela que introdu ce la p icología de lo profundo en el mod rnismo finlandés. La exploración de actitudes, de mitos arraigados en nosotros. La rebelión contra «el padre» -la clase acomodada- derro tas, humillaciones, caos. Pero es en el inte.. rior mismo del cao dond e Kih lman descubre una especie de humanismo desacralizado y carnal. Lib ros de Kihlman han sido traducidos al inglés y al alemán. De expresión sueca. 1972. Hannu SALAMA: Do nde hay un suceso hay un testigo (Siina nakija missa tekija).

·-· r~ Hannu Salama.

Un poco a la manera de Sartre en Los caminos de la lib ertad, es ta novela describe la resistencia antihitleriana en Finlandia, p ero en e te caso se trata de hombres del pueblo. Salama fue condenado por la crítica comunista por «desviacionismo exis_ tencialista», del mismo modo que cuando la aparición de El baile de San Juan (Juhannustanssit) recibió los anatemas de la Iglesia por h erejía e impudor, lo cual no impidió a Salama continuar su «camino ». Donde hay un suceso hay un testigo do_ minó la literatura finlandesa de los años 1970.


La interpretaci贸n de Ryhmateatteri sobre El sue帽o de una noche de verano, de Shakespeare en el teatro de verano de Suomenlina en 1978. Direcci贸n de Arto af Hallstrom y Raila Leppakoski. Foto : Kari Hakli


LITERATURA FINLANDESA EN ESPAÑOL

La literatura finlandesa ha sido muy escasam ente traducida a l e pañol. Por otra parte conviene señalar que las traducciones de libros finlande e realizadas hasta la fecha lo han sido, casi sin excepción, a través de idiomas intermedios, tales como el inglés, francés y alemán, si se exceptúan las realizadas por Ursula Lindstram, principal traductora de las obras de Mika Waltari en los años 1960. Las primeras publicaciones de obras finlandesas en e pañol se remontan a los años 40, cuando fueron traducidos autores como Aleksis Kivi, Sally Salminen, Unto Seppanen y F. E. Sillanpaa. En esa década apareció también la primera versión del Kalevala al castellano. Po teriormente fueron traducidos otros autores, -e ntre los que cabe m enc ionar al propio Waltari, el autor finlandés más conocido en España (con más de 30 títulos traducidos), a Vaina Linna, Martti Larni, Gunnar Mattsson , Garan Schildt, Garan Stenius y Veijo Meri, que fue traducido a finales de los años 60, época en que Matti Rossi publicó en Buenos Aires una antología de poesía finlandesa (Doc e po elas de Finlandia). Muchas de estas traduciones, sin embargo, no se hallan ya en el mercado, siendo incluso difícil encontrarlas en las bibliotecas. Con carácter orientativo facilitamos a continuación una relación de traducciones aparecidas a partir de 1970.

Lannrot Elias: El Kalevala Edición preparada por Joaquín Fernández y Ursula Ojanen. Editora Nacional, Madrid, 1985. Carpelan, Bo: Viento salvaje de verano Trad. de Andrés Hernández Alende. Ediciones S. M., Madrid, 1985. - - J ulius B 10m. Trad. de Guilermo Solana. Ediciones S. M., Madrid, 1986.

Jansson , Tove: La Familia Mwnin. Trad. de María Luisa Borrás. Editorial Noguer, Barcelona, 1976.

- - La Familia Mwnin en invierno. Trad. de Manuel Bartolomé. Editorial Noguer, Barcelona, 1983. - - Memo¡'ias de Papá Mwnin. Trad. de Leopoldo Rodríguez Re. gueira. Ediciones Alfaguara, Madrid, 1982.


Jansson Tove: Una noche de San Juan bastante loca. Trad. de Leopoldo Rodríguez. Ediciones Alfaguara, Madrid.

- - Sinuhé, el egipcio I-JI. Versión castellana de Manuel Bosch Barret. Ediciones G. P., Barcelona, 1975.

- - La llegada del cometa. Trad. de Leopoldo Rodríguez. Ediciones Alfaguara, Madrid.

- - Un forastero llegó a la granja. Versión castellana de Rosa S. de Naveira. Plaza y Janés, Barcelona, 1977.

- - La niiia invisible. Trad. de Leopoldo Rodríguez. Ediciones Alfaguara, Madrid.

- - El ángel sOln brío. Trad. de Vicente de Artadi. Ediciones G. P., Barcelona, 1980,

Sandman-Lilius, Irmelin: Bonadea. Trad. de Asun Balzola. Ediciones S . M., Madrid, 1986.

- - Juego peligroso. Trad. de Víctor Scholz. Edi ciones G. J., Barcelona, 1980.

Uriz, Francisco J.: Quince poetas fil7landeses (60 años de poesía fin landesa de expresión sueca). S elección, traducción e introducción d el antólogo. Libros de la Frontera, Barcelona, 1986.

- - Sinuhé, el egipcio. Trad. de Manuel Bosch Barrett. Plaza y Janés, Barcelona, 1984.

Waltari , Mika: Vacaciones en Canzac. Trad. de Ramón Hernández. Ediciones G. P. Barcelona, 1970.

- - Vacacione s en Carnac. Una muchacha llamada Osmio Juego peligroso. Trad. de Ramón Hernández, J. Vidal Caldellans, Víctor Scholtz. Ediciones G. P., Barcelona, 1970. - - Marco el romano I-JI. Trad. de Ursula Lindstrom. Ediciones G. P ., Barcelona, 1973. Waltari, Mika: De padres a hijo,> I-JI. Trad. de Ursula Lindstrom. Ediciones G. P., Barcelona, 1973.

- - Sinuhé, el egipcio. Trad. de Manuel Bosch Barrett. Orbis, S. A., Ediciones, Barcelona, 1984. - - Juan el Peregrino. Trad. de Pirkko-Merja Lounavaara y Ramón Garri ga-Marqués. Edi ciones Grijalbo, Barcelona, 1986.

EN PREPARACION: Carpelan, Bo: Paradiset. (Título origi nal). Trad . de Blanca Aguirre. Ediciones S . M., Madrid, 1988. Kivi, Aleksis: Los siete hermanos. Trad. de Joaquín Fernández y Ursula Oj anen. Ediciones Alfaguara, Madrid.


RELACION DE AUTORES Y TRADUCTORES

ALVAREZ, Carlos. Poeta. Nació en Jerez de la Frontera, Cádiz, 1933. Ha obtenido el Premio Lovemanken de los poetas daneses en 1963 y la Medalla del Con ejo Mundial de la Paz, Helsinki, 1967. Traducido al sueco, danés, italiano, ruso, noruego, francés, etc. Más de 20 libros de poesía publicados. En 1978 la Editora Nacional de España publicó un a Antología de sus poemas . ANDERSSON, Claes. N . 1937. Psiquiatra. Escribe en sueco. Su primera obra (1962) fue un libro de poesía, Ventil (El ventilador). Además de poesía ha escrito textos para teatro de cabaret y novelas. Su último libro de poemas, Mina basta dagar (Mis mejores días) es de 1987. Fue e legido diputado en las elecciones parlamentarias de marzo de 1987. Sus poemas han sido traducidos al inglés, alemán, griego y español. BARGUM, J ohan. N. 1943. En 1965 vio la luz su primera obra, una colección de relatos titulada Svartvitt (Blanconegro). Ha -e scrito relatos, novelas, obras de teatro y textos para cabaret. Su última obra, de 1986, es una colección de cuentos, Husdjur (Animales domésticos). Libros suyos h an sido lraducidos al inglés, hola ndés , griego y ruso . Presi dente de la Asociación de Escritores suecoparlantes. BRANCH, M. A. Director del Instituto de Estudios Eslavos y Europeos Orientales de la Universidad de Londres. CARPELAN, Bo. N. 1926. De expresión sueca. Su primera obra es de poesía y data de 1946: Som en dunkel varme (Como un calor oscuro). Ha escrito poemas, relatos, guiones radiofónicos y libros para jóvenes y niños. Ha traducido poesía finlandesa al sueco. Su última obra es la novela Axel (1986). Obras de Carpelan han sido traducidas al francés, inglés, alemán, holandés, húngaro, japonés y español. Obtuvo el Premio de Literatura del Consejo Nórdico en 1977 por su libro de poesía 1 de mor ka rwnmen, i de ljusa (En las habitaciones oscuras, e n las iluminadas).


DEVIS, Manuel A. N . 1953. Almassora, Castellón. Estudió bachillerato francés en París (Lycée Turgot). Licenciado e n románicas en la Universidad de Barcelona. Profesor de francés en el Instituto Tierno Galván de Madrid. FERNANDEZ, Joaquín. Nació con el cine sonoro y el mismo año de la mu erte del poeta Maiakovski. Poeta, novelista y crítico literario. Ha escrito seis lib ros de poesía y tres novelas. Traductor del inglés, francés e italiano. En colaboración con la profesora finland esa Ursula Ojanen ha traducido El Kal evala, de ,Elias Lonnrot. HULDEN, Lars. N . 1926. De expresión sueca. Catedrático de Filología Nórdica, escritor y traductor. Su primer libro de poesía Driipa niicken (Mata a las deidades del agua), data de 1958. Ha escrito poesía, teatro , t extos para cabaret y prosa varia. Su última colección de poemas, Mellan jul och ragnarok (Entre la Navidad y el Fuego Universal) es de 1984. Sus poemas han sido traducidos al inglés, estoniano, chino, japones y español. JANSSON, Tove N . 1914. En 1955 apareclO su primera obra, Smatrollen och den stora oversvamningen (Los pequeños gnomos y el gran diluvio). Autor de libros ·i nfantiles en los que ha desarrollado el mundo fantástico de los habitantes del Valle Mumín. Des de 1968 ha publicado r elatos y novelas p ara adulto s. Su útima obra es una novela corta, Stenakern (Campo de piedras) , de 1984. Traducida a más de veinte lengua s, entre ellas el español. KILPI, E eva. N. 1928. En 1959 publicó una colección de relatos, Noidanlukko (La cerradura de la bruja). Ha publica do relatos , novela y poesía. Su última obra, de 1986, es Kuolema ja nuol'i mkastaja (La muerte y el joven amant e). Kilpi ha sido t r aducida al inglés, francés, alemán , húngaro, griego y japonés . LAINE, J arkko . N . 1947. Su p r im er libro de poemas, Muovinen Buddha (El Buda de plástico), es de 1967. Ad em ás de poesía h a escrito novelas, obras de teatro y guiones radiofónicos. Su última obra es Elokuvan ja17ceen (Despu és del cine), de 1986. Traduci do al inglés, francés y hún garo. Actualm ente es r edactor j efe de la revista literaria Parnasso y Vicepresidente de la Asociación de Escritores de Finlandia. LAITINEN, Kai. Catedrático de Literatura Finlandesa d e la Universidad de H elsinki. LAPPI-SEPPALA, J yrki. Intérprete y traductor. Ha traducido del español al finés, entre otros, a Ana María Matute, Jorge Am ado y Alejo Carpentier. Vive en H elsinki. LEHTONEN, Soila. Periodista y crítica en Helsinki.


LIKSOM, Rosa (seudónimo). Su primera obra, Yhd en yon pysiikki (La última parada de la no che ) vio la luz en 1985. En 1986 apareció Unohd ettu varlli (Un cua r to de hora olvidado), un libro de r elato. Fragmentos de esta obra h an sido tra duci dos al sueco, inglés y japonés. MAKELA, Matti. N. 1951. Ha publicado ensayos y e tudios sobre li teratura desd e 1983 , año en que apareció la colección de ensayos titula da H al7 het (Los gansos). Sus trabajos han sido publicados en inglés, alemán y francés. MERI, Veijo. N. 1928. Se inició en la literatura en 1954 con una col ección de r latos, Ettei maa vihel'ioisi (Para que no reverdezca la ti erra). Es a utor de rela to , novelas, obras de teatro , ensayos, biografías de es critores, poem as y guiones radiofónicos. En 1986 aparecieron dos obr as de Meri: un a co l cción de -e nsayos, Julma p,'insessa ja ko sijat (La princesa cru el y lo p retendientes), que comprende los escrito entre 1961 y 1986, Y u poes ías completas, Yhdes sii ja y ksin (Juntos y solo). Sus obras han sido tradu cidas al alemán, inglés, francés, holandés, griego, j aponés y esp a ñol. En 1973 le fue otorgado el Premio de Literatura del Con sejo Nórdi co por su novela Kersantin poika (El hijo del sargento). OJANEN, Ursula. Lectora de Lengua Finesa y Cultura Finlandesa en el Instituto de E tudios Orientales de la Universidad Autónoma de Madrid. Traductora. En colaboración con el poeta Joaquín Fernández ha traducido El K alevala, de Elias Lonnrot. PARDO, Jesús. N. 1927. Fue corresponsal de prensa en In glaterra , EE. UU., Suiza , E scandinavia, América Central, Europa Oriental y Oriente Medio entre 1951 y 1972. Ha publicado dos libros de poesía (Prese nte v indicat ivo y Faz en las fauc es del tiempo) y tres novelas (Ahora es preciso m orir, Ram as secas d el pasado y Cantidades discretas). Es tradu ctor directo del sueco de la obra dramática completa de August Strindberg, así como de Ezra POLlnd. Sigue vivo. PEREZ HUMANES, Ana. Nació en Sevilla en 1954. Licenciada en Filología In glesa por di cha Univer sidad, imparte clases de inglés en el Instituto Calderón de la Barca de Madrid. Ha publicado un libro de poemas y traducido varios libr os de crítica literaria y arte. RINNE, Matti. Redactor y crítico del periódico Ilta-Sanomat de H elsinki. SAARIKOSKI, Pentti. (1937-1983). Su primer libro, RUl10ja (Poemas) data de 1958. Publicó poesía, prosa, obras de teatro y ensayos. Fue traductor de obras literarias inglesas,


griegas, italianas y alemanas. Su última obra, Hiimiiriin tanssit (Baile de tinieblas) es una colección de poemas y apareció en 1983. Con carácter póstumo se publicó Nuoruuden piiiviikirjat (Diario de juventud), que fue editada por Pekka Tarkka. La poesía de Saarikoski ha sido traducida al inglés, alemán, francés, griego, japonés, italiano y húngaro. SAlSA, Eino. N. 1935. Su primera obra fue un libro de poemas, Twnmat (Gitanos). Es autor de relatos, obras de teatro y novelas, entre ellas una serie de seis volúmenes titulada Kukkivat roudan maat (Las heladas tierras floridas). Traducido al alemán, francés y ruso. SALAMA, Hannu. N. 1936. En 1961 publicó su primera novela, Se tavallinen tarina (Una historia corriente). Es autor de relatos, poemas y novelas, entre las cuales las que forman la extensa serie Finlandia. Su última obra es un libro de poemas titulado Punajuova (La veta roja), de 1985. Ha sido traducido al alemán, francés, inglés, húngaro, polaco y japonés. Fue galardonado con el Premio de Literatura del Consejo Nórdico en 1975 por su novela Siinii niikijii missii tekijii (Donde hay un sueco hay un testigo). SCHlLDT, Runar. (1888-1925). De expreslOn sueca. Su primera obra Den segmnde Eros (Eros triunfador) es de 1912 y se trata de una colección de relatos, al igual que Hiixskogen (El bosque embrujado), de 1920, título que da nombre a la colección y que está considerado como la cumbre de toda su producción. Traducido al alemán. SCHOULTZ, Solveig van. N. 1907. De expresión sueca. Se inició en la literatura con una obra para niños, Petra och silvempan (Petra y el mono de plata). Ha escrito poesía, ,libros para niños y jóvenes, obras de teatro, guiones radiofónicos y relatos. Su última obra es un libro de poesía, Vattenhjulet (La rueda de agua), de 1986. SOREL, Andrés. Actual Secretario General de la Asociación de Escritores de España dirige la revista «República de las Letras». Fue fundador y Presidente del diario Liberación. 6 novelas publicadas, la última Conciel'to en Sevilla, y más de 20 libros de en ayo, sobre García Larca, Miguel Hernández, Antonio Machado, Miseria de nuestra cultum, etc. TIKKANEN, Maarta. N. 1935. De expresión sueca. Su primera obra fue un drama para la televisión titulado ¿Eller vad tycker ni? (¿O qué os parece?), de 1970. Ha escrito tanto poesía como novelas. Su última obra es una novela, Rodluvan (Caperucita Roja), de 1986. Su producción se puede leer en alemán. La obra que la lanzó a la fama, Arhundradets kiirlekssaga (La historia de amor del siglo), de 1978, es un libro de poesía cuya adaptación escénica ha sido representada en decenas de teatros alemanes. Algunas de sus obras san sido publicadas en doce idiomas aproximadamente.


TURKKA, J ouko. N. 1942. Director de t eatro. Su primera obra , Aiheita (Temas) da ta de 1983 . Su novela Ka ntelu oikeuskanslerille (Una demanda al Fiscal General del Estado ) fu e publicada en 1984 . Algu nos de su s relatos h an sido traducidos al fr an cés y al inglés. TURKKA, Sirkka. N. 1939. En 1973 apar eció su p rimer libro de po esía, H uol1e avaruudessa (Habitación en el espacio ). El último , Tul e takaisin, pikku Sheba (Vu elve, Sheba ) fu e publicado e n 1986 y gala rdona do con el Prem io Finla nd ia 1987. Sus poem as h a n sido t raducidos al inglés, francés, gri ego y japonés. TUURI, Antti. N . 1944. Su prim era n ovela, Asioide n suhteel (La r elat ividad de las cosas) vio la luz en 1971. H a publica do n ovelas, r elato, gui on es ra diofóni co y p r osa varia . Su últim a novela es Am.eriikan mitti (Ca m inos de Am ér ica ). Sus ob ras h a n si do traducid as al inglés, alemá n, gri ego, eston iano y r uso. Obtuvo el Pr em io de Literatu ra del Consej o Nórd ico e n 1985 por su novela Pohjamnaa (O strob otni a). URIZ , Francisco J . Poeta y tra ductor. En col aboración coe Ar thur Lundkvis t lleva m ás de veinte a ños traducien do p oetas de lengua castellan a al sueco, así como poetas y dram a turgos su ecos al cast ellano. WALTARI, Mika. (1908-1979 ). Uno de los escritores finlan deses m ás co nocid os in tern acionaL m en te, d e cuya numerosa producción las ob ras m ás tra ducid as son sus novelas hi st óricas : Si nuhe egyptiliiinen (Sinuhé, el egipcio), 1945, Mika eL Kan 1ajalka (Mikael el aventurero), 1948, y Mikael Hak im. (Mikael el ren egado), 1949. Adem ás de es tas obras hi stóricas, Mika Wal ta ri escri bió novelas cortas, guiones radiofón icos y n ovelas p oliciacas. Sus obras h a n sido traducidas a unos treinta idiom as y fr ecu entem ente reeditadas .

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El clรกsico de Minna Canth Murtovarkaus (Robo con escalo) (1888), en el Teatro Municipal de Helsinki , 1979, dirigido por Jouko Turkka.

Foto: Kari Hakli


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La Asociación Colegial de Escritores agradece al CENTRO DE INFORMACION DE LITERATURA FINLANDESA Y especialmente a su Secretaria General, Marja-Leena Rautalin, y al MINISTERIO DE CULTURA ESPAÑOL (Dirección General del Libro y Bibliotecas) la colaboración prestada para la realización de este número.


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