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La independencia de Cuba en la narrativa española

Las guerras de Artemisa JESÚS FELIPE MARTÍNEZ


La Asociación Colegial de Escritores es una entidad libre e independiente que agrupa a los escritores españoles con el fin de fomentar la vida intelectual, las culh¡ras espai1olas, defender a sus asociados en los derechos que les reconozcan las leyes, propugnar sus reivindicaciones profesionales, representarlos en los organismos oficiales que les afecten, establecer relaciones de solidaridad y cooperación con otras entidades análogas mundiales y defender la libertad de expresión.

República de las Letras Revista de la Asociación Colegial de Escritores de España DIRECCIÓN, DISEÑO Y MAQUETACIÓN

ANDRÉSSOREL

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CON EL PATROC INIO DE CEDRO Entidad de Autores y Editores


FRAGMENTOS DEL ENSAYO " E L DESNUDO EN EL ARTE", REFERIDOS

A LA VENUS

DEL ESPEJO,

DE VELÁZQUEZ L UIS R OSALES

En este cuerpo la vida se transpira como un vah o que lo envuelve; su calor va empañando el espejo . Es curioso el valor del espejo, que parece entablar un diálogo con el cuerpo desnudo. Igual que en otros cuadros de Velázquez, el espejo desdobla la escena para representar, y hacer visible, lo que la posición de la figura nos oculta: el rostro de la Venus. Desde el punto de vista físico, este diálogo del espejo sirve a Velázquez para crear la representación del espacio simultáneo, del espacio que nos presenta una realidad, tanto en su haz como en su envés, desde una doble


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Fragmentos

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perspectiva. La creación del espacio simultáneo no es un descubrimiento del cubismo. No hay nada nuevo bajo el sol. Tampoco es un descubrimiento velazqueño. Lo había inventado Jan Van Eyck en su Retrato del matrimonio Arnolfini. Es muy poco probable que don Diego conociera este cuadro. Pero ha sentido el mismo impulso, la misma necesidad técnica de superar la perspectiva visual para poder pintar la realidad íntegramente, no ya como la vemos sino como es. Nadie ve entera una manzana, decía Ortega y Gasset. Para verla enteramente tenemos que completar su imagen visual con el recuerdo. Pues bien, en el cuadro de Velázquez el espejo hace la misma función que en la contemplación de la realidad hace el recuerdo. No existe nada en el mundo más individualizado que un cuerpo vivo de mujer. Nada más expresivo. La voz está en la línea; la palabra, en la carne; el alma está en la piel. El cuerpo femenino es más vivificante e interior que el desnudo: trasparece su intimidad. La mujer se rebela en el cuerpo, pero el desnudo, en cambio, vela su intimidad. Hay que disciplinar la contemplación para no extraviarse, para no confundirse. Estamos ante un cuadro que nos descubre un mundo. Hay que dar su destino a la mirada. Hay que mirar el cuadro desandando el camino que va desde el desnudo, que es siempre corporal, hasta llegar a ver el cuerpo, que es siempre personal. Un cuerpo vivo es íntimo.


JORNADAS

HOMENAJE ROSALES RIO

Muestrario de

." una resurreCClon

FÉLIX GRANDE

l/El poeta Luis Rosales nació en Granada el día 31 de mayo del año 1910 y murió en Madrid el 24 de octubre de 1992. Su vida enriqueció el contenido del corazón de la poesía española del siglo XX, y sus libros le abrieron una puerta a la poesía del siglo XXI. Demostró su amor al Barroco con espléndidos estudios sobre el Conde de Salinas, don Luis de Góngora, el Conde de Villamediana, Francisco de Quevedo y, sobre todo, con su profundo y luminoso libro Cervantes y la libertad. Alerta ante el júbilo creador de su tiempo, escuchó con placer toda la sinfonía de la Generación del 27. Celebró siempre las poéticas libertarias y el protagonismo de la imaginación en Federico Garda Lorca, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Pedro Salinas .. . y no omitió jamás su fervor por los dos grandes monumentos del


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Muestrario de una resurrcción

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27 americano: César Vallejo y Pablo Neruda. Su felicidad de lector viajaba desde Kafk3. ~ Camus, de Dostoievski a Rilke, de Gabriel Marcel aJean Paul Sartre, de Teilhard de Chardin a Cesare Pavese... Discípulo a la vez de Ortega y de Unamuno, le cambiaba la voz cuando se sumergía en el océano de intimidad y de piedad de la poesía de don Antonio. Fue cervantino y machadiano como quien firma con sus dos apellidos. En 1962 fue nombrado miembro de la Real Academia Española de la Len gua, y en 1982 se le agradeció su trabajo de poeta y de ensayista con el Premio Cervantes. Escribió de mane"': ra admirable sobre pintura y . sobre música, y un día, tomando como criatura ejemplar el escalofrío del cante flamenco, compuso un libro cuyo título abarca su vida, su genio, su testamento y su verdad: Esa angustia llan1ada Andalucía." Con los párrafos antecedentes presenté el programa del Homenaje a Luis Rosales en su Centenario, homenaje en cuya organización contribuyeron el Gobierno de España, el Ministerio de Cultura y-la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, y que se celebró en la sede del Archivo Histórico Nacional durante los días 6, 7, 13 Y 14 d e abril d e 2010. Los textos que allí fueron leídos, y posteriormente dialogados con el público, más otras cuatro colaboraciones que ahora incorporamos, son los que hoy reproduce este volumen de República de las letras. No podemos entregar a los lectores de nuestra revista el que tal vez fuese el momento más emocionante del h om enaje: un recital de cantes flamencos que el cantaor Paco del Pozo, con la guitarra de Gaspar Rodríguez, llevó a cabo desde algunos de los poemas del libro Canciones, de Luis Rosales. Confío en que el extraordinario trabajo que llevó a cabo Paco del Pozo, tillO de los más grandes canta ores de la actualidad, esté pronto grabado y a disposición de los lectores de Rosales y de la afición flamenca. Lo merecen el poeta, el cantaor y esa angu stia llamada Andalucía.


La independencia de Cuba en la narrativa es pañola Lasgllcrm s rlf' Artem;sll J ESÚS FELI PE MARTINEZ

República de las Letras

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SUMARIO Luis Rosales

Fragmentos del ensayo "El desnudo en el arte", La Venus del espejo

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Félix Grande

Muestrario de una resurrección

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Francisca Aguirre

Durar también es vivir

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Rogelio Blanco

Luis Rosales

15

Pilar Bravo Lledó

El legado documental de Luis Rosales en el Archivo Histórico Nacional

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Antonio Buero Vallejo

A Luis Rosales

29

Eladio Cabañero

Somisa y mirada del poeta Luis Rosales

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Luis Al berto de Cuenca

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Luis Rosales, el rostro iluminado Santos Domínguez

Lo vivo es lo junto. Luis Rosales y el Diario de una Resu rrección

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Pedro García Cueto

En el centen ario de Luis Rosales. La casa encend ida : La luz en la oscuridad

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Ángel García López 45

¿Recordáis?, en Granada todo ocurre en el Corpus An tonio Hernández

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Re tablo d e Nav idad Miguel A. Ortega

53

El ejemplo se llama Luis Fern ando Quiñones

55

Escrito para gui tarra M anuel Rico

La presencia de An tonio Machad o en la obra poética de Luis Rosales

57

Manuel Ríos Ruiz

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Luis Rosa les, poe ta d esde la carne al alma Luis Rosales Fouz

65

Mi padre, Luis Rosales José Ma ría Velázquez-Gaztelu

73

Luis Rosales, poeta de la vida y d e la música

Jes ús Felipe Martínez

La independencia d e Cuba en la narrativa española Lns guerrns de A rtelll isn

Este número ha sido coordin ado por con la colaboración de

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FÉLIX GRANDE

A NTONIO H ERNÁNDEZ

Corrección de pruebas ESTHER GAITERO


Luis Rosales con Francisca Aguirre (1972)

Durar también es vivir

FRANCISCA ACUIRRE

Escribir sobre Luis Rosales es, por un lado, la cosa más fácil del mundo y, por otro, algo realmente imposible. Atreverse a hablar de alguien como él es, para empezar, una osadía y, enseguida, una presunción. He vivido a su lado los mejores años de mi vida, los más intensos y también los más instructivos. Y esto ha sido así porque no había otra forma de vivir alIado de alguien como él.

De todo esto se deduce que tener la pretensión de reducir a un pequeño texto la conmoción que producía la personalidad, la mirada, la somisa del hombre, del poeta, del pensador, del amante del t~a­ tro, la música y la pintura que se llamó Luis Rosales, verdaderamente' es lo que podríamos llamar un despropósito. Sobre todo porque, fundamentalmente, lo que Luis Rosales era es algo


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Durar también es vivir

tan asombroso y tan inaprensible como un verdadero y auténtico ser humano. Pero n o un ser humano cualquiera, con ser esto algo muy sobresaliente, no : Luis Rosales era todo eso y algo más, algo casi inaprensible, algo que entraba en nosotros y se quedaba por un rato a nues tro lado por si nos era necesario, por si de alglma manera nos podía dar algo: una sonrisa, una mirada de afecto, un ges to d e aprobación. Lo que fuera: Luis Rosales siempre daba algo . Pero volviendo a lo que os d ecía al principio, contar a Luis Rosales es com o contar el aire, el mar, el movimiento. Siempre que trato d e explicar quién era y cómo era noto que me falta algo, que n o llego, que aquello, aquel ser, aquella voz eran todo lo que yo digo, p ero, adem ás, mucho m ás . Y entonces tengo la sosp echa d e que una zona de su ser, un m a tiz de su con ocimiento, algo sumam ente inapreciable, se m e escapa, n o es tá. y es to fundam entalmente es así p orque Luis Rosales era, ante tod o, un socrático y también un sen equista. Esencialmente vivía en su s palabras, tod o en él era len guaje. Y amab a desesperadam ente n o sólo las palabras sino cualquier tipo de len gu aje, cualquier forma de expresión : la música, la p intura, la d anza y, na turalmente, y quizás con un poco más d e p asión , las palabras . He dicho an tes 'que viví junto a él los mejores aii.os de m i vid a y lo he dicho sabiendo lo que d ecía. En esos aii.os casi todos los días escuch aba la voz andaluza y cálida de Luis Rosales. Ro ales era ta n oral, tan verbal que n o p ued o pen sar en él sin oír su voz. Recordarlo e recorda r su acento granadino, su ton o, su m an era d e bajar o elevar las palabras a la esta tura d el tema que d esarroft bao Él nos lo había dicho muchas vece : "Yo, la m ejor form a que

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tengo de pensar es hablando". Y era absolutamente cierto. Cuando vuelvo la vista hacia aquellos aii.os no puedo evitar confirmar que he tenido un privilegio raro, un privilegio inmerecido, gratuito e inmenso. Es como si la vida, de alguna manera hubiera querido compensarme y esa compensación consistió en acercarme a Luis Rosales. Había en él una entrega espontánea, natural, como la sombra en los árboles, el perfume en las plantas, la frescura en el agua. Era incapaz de medir el tiempo . y los que estábamos a su lado lo sabíam os. Le gustaba compartir su saber con gente como nosotros, aprendices de poeta, enamorados de la música, de la historia, de la pintura. Y él dilapidaba su tiempo con los grupos de jóvenes poetas que lo cercábamos incansablemente. Allá por el afí.o 1957, un buen día, la vida que, como todos ustedes saben, no su ele ser generosa, decidió hacer conmigo una excepción y en una taberna que tenía por nombre "El Quinto Toro", en el barrio de Argüelles., empezando ya a anochecer, un grupo de jóvenes poetas y un par de intelectuales ya mad uros charlábamos alrededor de unos vasos de vin o y unas patatas fritas. Uno de esos in telectuales era Luis Rosales. Todos los que estábamos allí pertenecíamos a una secta que vivía y respiraba y soii.aba con la literatura, con la música, con la pintura, es d ecir: con la cultura . En medio de un intercambio de opiniones, defensas, rech azos y alabanzas alguien nos presentó a mí y al poeta que me acompaii.aba, es d ecir, Félix Grande, con quien algún tiempo después me casé, a un hombre fuerte, risueii.o, de ojos azules y acento andaluz diciéndonos que se trataba del poeta Luis Rosales. Recuerdo a Claudia Rodríguez, Fernando Quiii.ones, Manolo Alcántara,


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Francisca Aguirre

Eladio Cabañero, Antonio Gala, Antonio I-Iernández, Luis Alberto de Cuenca, Pedro García Domínguez, Diego Jesús Jiménez, Eduardo Tijeras, Alberto Parlan, José Alberto Santiago, Hugo Gutiérrez Vega, Rafael Cante, José María Guelbenzu y tantos otros. Para Rosales nunca era tarde siempre pensaba que todavía p odíamos estirar un poco más la conversación. Oírlo hablar fue algo sorprendente, algo consolador. Luis Rosales tenía el raro don de saber cuándo necesitábamos que su voz nos abrigase. De pronto me doy cuenta de que no exagero si les digo que tienen ante ustedes a una mujer afortunada. Y esta afirmación no tiene nada que ver con lo que h abi tualmente entendemos por fortuna, es d ecir, situación económica, riqueza. Claro que todo aquello que está relacion ado con el dinero también está siempre amenazado por el acabamiento. El dinero se gasta, se desgasta, desaparece, etc. En cambio, la fortuna de que les hablo n o corre nunca ese riesgo, más bien es un ejemplo de lo contrario. La fortuna a que me refiero suele aumentar con el tiempo; es m ás: yo diría que, según afirman los entendid os, desde Sócrates hasta nuestros días, esa fortuna es un valor en alza. La amistad con Luis Rosales hizo de mí una mujer rica, casi millonaria. y lo más importante, puedo regalar p ar te d e esa fortuna sin perderla nunca . El amor, la admiración, el respeto, el entusiasmo ante la obra de arte, ante la conducta impecable siempre vuelven a nosotros aunque los regalemos a los demás . Muchas veces cuando abro alguno de sus libros oigo su acento granadino, su risa en pequeña cascada, sus pausas después de algunos versos. Durante años, al despertar, saber que un poco después iba a oírlo charlar fue como un

regalo anticipado. Un premio inesperado y, como ya he dicho, inulerecido. Mientras yo viva seguiré dándole las gracIas. Mientras viva estaré en deuda con él, con su generoso corazón, con su alegría, con su entusiasmo con la vida, y con su entrega a los seres humanos . Su conducta y sus palabras eran una sola cosa. Salía de pronto de su despacho con un libro en la mano y a mí me latía el corazón porque estaba segura de que había encontrado algo en ese libro que tenía luz, algo cálido, iluminador e inmediatamente venía a compartirlo con nosotros . Una de sus muchas lecciones fue ésa: compartir. Y no sólo lo bello o lo alegre o hermoso, sino también tener la gen erosidad de compartir a veces el dolor, la d esdicha, la angustia. De vez en cuando al echar la vista atrás y recordar aquellas reuniones, su clarividencia al hablar de algunos genios como Dostoiewski, Machado, Pessoa o Cervantes (¡Dios santo, Cervantes!) siento la extrañeza de no continuar v iviendo en aquel tiempo . Escucharlo hablar era algo muy parecido al prodigio. Hablaba del Quijote como nosotros hubiésemos hablado de nuestro hermano, d e nuestro primo, alguien de la familia cuyo comportamiento conocíamos de m anera natural. Él nos explicaba, tranq1.úlamente, que lo que buscaba el Quijote era "lo necesario inexistente". Y añadía: sí, eso que todos buscamos y casi nunca encontramos . Pero Don Quijote lo encontraba. Luis lo remachaba con tranquilidad : "no tenéis más que leerlo" . ¿Pero cómo no se nos había ocurrido? Y se reía, Rosales se reía mucho . Su entusiasmo con los clásicos, su deslumbramiento con Camus o Sartre. Luis era un defensor a ultranza de la libertad, pero también era un degu s tador d e los desastres d el corazón human o . Había

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Durar tamb ién es vivir

que oírlo h ablar d e Pavese, d e Kafka . N o sé si alguno d e los que estábam os cerca d e él pod rá o lv idar nunca s u charla sobre Dostoievski y de su descenso a los infiernos cu and o n os h abló de Los endemoniados y, concretamente, del capítulo titulad o "La confesión de Stavroguin" . La verdad es que con Rosa les daba igual de lo que h ablase porque él siempre se encargaba de con vertir el tema en algo interesante, inquietante, precioso. Daba lo mismo que fuese la música , los celos, la libertad, lo cotidiano del vivir. No sé si alguna vez habrá alguien tan profundamen te m achadiano como lo fue Luis Rosales. Le encantaba aqu ello que co n tanta sorna llamara Machado " los eventos consuetudinarios que acon tecen en la rile". Desd e luego, lo que pasaba en la calle, el vivir, el insuficiente, pobre, alegre y a veces enloquecedor vivir d e la gente, le g us taba a rabiar. Y se pasaba la vida observa ndo ese v ivir. Y co ntándonos la m aravilla d e esa historia. Ped ro Ga rcía Do m íng uez, Félix y yo podíam os es tar horas escu ch ánd olo . En Rosales solía ser p u ntual el tema de la libertad. La libertad era su gran batalla y, na turalm ente, en el grupo de amigos había alguno que no estaba muy d e acuerdo. Recuerdo una tarde con Eduardo Tijeras, Félix y Guelbenzu: las p alabras p a recían dardos. Guelben zu se m a ntenía un poco a la exp ecta tiva, G uelb en zu siempre h a tenido algo d e ing lés, p ero Félix y Eduardo tiraban a ma tar, p ero d aba ' ig ual, Rosales seguía en u trece. "Conden ados a la lib ertad" . La frase, d ecía Luis, era d e Ortega, p ero se h abía a propiado d e ella el amigo Sartre sin d ecir ni una palabra d e d on Jo é Ortega y Gasset. Pero a Luis le daba igual, porq ue la frase al ser una verdad era de tod os y s u a utor era lo d e menos.

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De pron to oigo d entro d e mí su voz como un eco retu mb ando en las pared es del cora zón. y en esas ocasiones s uelo ir a la estantería y sacar cualquiera de sus libros y empezar a leer los poemas en voz alta . Y luego, al acabar u n poema, suelo seguir el consejo d e Mach ado y hablar sola, es d ecit~ contes tarle a Rosales: "Pues, claro, maestro, durar también es vivir. Y l11.ienh'as estén tus libros, mientras s uene tu voz dentro de nosotros, tú vas a durar. Vas a durar m uchísimo" . Y no sólo p or tus libros, sino por la senda que para sie mpre ha marcado tu m anera d e vivir, tu mod o de expresión. Será difícil que alg uie n alcance tu manera de estar en el m u ndo . Tu democrá tica y sorprendente manera de estar en el mundo. En ti era tan na tural apropiarte de lo que am abas. Por ejemp lo: cantabas divinamente en gallego y, desde luego, recitabas de m em oria a Rosalía . Naturalmente leías en p ortug ués y recitabas d e memoria a Pessoa. En este caso se podría ad ucir que tal vez lo hacías como homenaje a María, tu mujer. Pero también recitabas d e mem oria "El testamen t d 'Amelia" y lo hacías porque ese poema pertenecía a la historia de tu corazón. Todo aquello que enriquecía al ser humano formaba parte de ti, era tu Constitución y también tu herencia, lo que tú querías legar al mund o d e cultura de tu tiempo. Amabas la música, d esde el folclore, los cantos gregorianos, Bach, Mahler, el flamenco o Keith Jarret. No he conocido a nadie que disfrutara tanto como tú aboliendo fronteras . Algunos días ten go de pronto conciencia d e que no es tá, que se ha ido, que no le puedo preguntar. Y algo en mí protesta y se queja. Luego echo mano a la caja de música qu e llamamos m emoria y lo veo, sonriente, ch arlando con One tti, con Ernesto Sábato, con Héctor Rojas Herazo, con Gonzalo Torrente Ballester, con José A ntonio Maravall o echándonos


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Francisca Aguirre

Luis Rosales y Ernesto Sábato

a todos encima su entusiasmo con los poemas de Neruda; era como si tuviésemos a nuestro lado a la anaconda, como si estuviésemos en Machu Picchu. Era de ver a Onetti preguntándole a Luis si sabía exactamente lo que quería decir Neruda con aquellos famosos versos tan citados: "es tan corto el amor y es tan largo el olvido". Luis en lugar de contestarle se echaba a reír. Pero de improviso hacía una pequeña pausa y empezaba a citar a Vallejo, y todos nos quedábamos en silencio. Y entonces, Rosales, para distender citaba versos de Federico. He visto y oído a muchos poetas hablar con admiración de otros escritores, de Borges, de Salinas ... ¡ay esa Voz a ti debida! Llegó un momento en que más que voz parecía un eco interminable. He oído y visto mucho entusiasmo por muy distintos escritores. Algunas veces se notaba que debajo del entusiasmo latía una cierta tristeza, como si el logro del otro lo disminuyera

a él. Pero c~m Luis Rosales la cosa siempre era distinta. Por ejemplo cuando hablaba de Machado era como si hablase de alguien de la familia, alguien que había ennoblecido a la familia para siempre. Pero en el caso de Federico había un eco de desdicha, de incomprensión. Era como si después de tantos años todavía no pudiese comprender la ausencia de su amigo y maestro. A veces solía terminar la conversación con aquellos cuatro versos del poema de Federico titulado De otro modo ... "Llegan mis ·cosas esenciales. / Son estribillos de estribillos. / Entre los juncos y la baja tarde, · / ¡qué raro que me llame Federico!". Y todos nos quedábamos como en el aire. Todos con una especie de tristura porque sabíamos que, de un momento a otro, aquello se acababa. Pero ya estábamos advertidos porque Luis solía repetirlo: "El amor es eterno mientras dura". Pues ya ves, ma~stro, esto va camino de convertirse en eterno.

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Durar también es vivir

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Luis Rosales con Pablo Neruda y Luis Felipe Vivan co

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Luis Rosales ROGELIO BLANCO

Director General del Libro, Archivos y Bibliotecas

Es un deber acoger estas jornadas en el Archivo Histórico Nacional. Como conocen, aquí está depositado el legado de Rosales, su archivo. Una adquisición realizada por el Estado para preservarlo y difundirlo. Las efemérides suelen concitarnos. Es un motivo. Y este año coinciden tres relevantes: Torrente Ballester, Miguel Hemández y Luis Rosales. Y Luis Rosales es el que hoy convoca. Es verdad que ciertos hombres representan lo mejor de la c,:ultura de una época, no sólo por la excelencia de sus obras, sino porque sus manifestaciones son tan abundantes y diversas, y su prod ucción tan lúcida y sincera, que no se puede aprehender el espíritu de un tiempo sin conocer su actividad. Ese es el caso d e Luis Rosales. Poeta, ensayista y colaborador d e prensa, ávido lector y vinculado a múltiples revistas, ya como articulista o como director, fue una de las más grandes figuras literarias de posguerra. Se le incluyó, junto con Luis Felipe Vivanco o Leopoldo Panero, en la llamada generación del 36, la de quienes se iniciaron en la vida literaria ya tras la contienda, y cuya herencia amarga definió Dámaso Alonso con el título de su libro Los hijos de la ira . Su obra poética, en realidad, se dio a conocer un poco antes del estallido del conflicto, en 1935, con su poemario Abril, en el que proponía la naturalidad expresiva d e los moldes clásicos frente a los desgastados recurs0s de vanguardia. Fue sólo el comienzo de una larga y fecunda trayectoria. Sobrio, siempre hondo y preocu-

pado por el lenguaje, influido por el sentimiento religioso, constituy~ uno de los mejores exponentes de lo que Dámaso Alonso denominó "poesía arraigada". En efecto, como reacción a los poetas neogongoristas, Rosales propuso una poesía íntima, en la que proliferan las referencias a las. rutinas cotidianas, a la familia y al hogar, a las costumbres diarias que constituyen la realidad vital del escritor. Hubo un hecho que le marcó para siempre, su relación con Federico García Lorca, no sólo por el privilegio de su amistad, sino porque éste se refugió en su casa de Granada en los primeros días de la guerra civil, y allí fue descubierto y fusilado por las tropas insurgentes. Luis Rosales, injustamente difamado, en lugar de defenderse revelando que arriesgó su . vida para salvarlo, respondió con el silencio y con unos versos. "Viniste a Granada a verme / viniste cuando mis ojos / ya no podían sostenerte", escribió. Siempre, sin embargo, se le recordó vinculado a ese mal azar que terminó con la ejecución del dramaturgo . Pero el espíritu de Luis Rosales estaba muy lejos del crimen, del odio o el rencor. "Nada hay de bélico, de violento, de dogmático en la poesía de Luis Rosales", dijo sobre él el crítico Rafael Conde. Cierto, pues lejos de hermanarse con cualquier lastimosa victoria, Rosales escribió ya durante el conflicto imprecaciones tan sinceras e imparciales como las de sus Poemas de la muerte contigua. IfCa~la . Tienes que oírla. Es la voz d e los muertos, / polvo en el aire, polvo


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Luis Rosales

donde se avenía España". Además, Félix Grande, en su obra La calu mnia procuró dejar d emostrada y zanjada la responsabilidad de Rosales en el suceso. Sin embargo, el principal d año no fue el d el oprobio, sino el hecho de que aquella anécd ota haya contribuid o a que se hable más de aquel suceso oscuro que de su obra . Y este es el objetivo del encuentro, que se reflexione sobre la obra del poeta. Una obra luminosa, clásica y al mismo tiempo en constante evolución, con reminiscencias del flamenco y del hecho solemne de la oración. Retablo sacro del nacimiento del Señor, de 1940, fue su segundo poemario publicado, para ofrecer pocos años más tarde, en 1949, el que quizá sea tmo de sus mejores libros, La casa encendida, en el que se funden poesía y narración, en un largo y evocador p oema unitario en el que la voz d el poeta alcanza plen a madurez. Hasta el final de sus días vendrán más libros de poesía, com o El contenido corazón, de 1969, o el Diario de una resurrección, de 1979, siempre forma lmente excelentes y transidos de una proftmda espiritualidad. Al mismo tiempo, Rosales, desde el principio un referente para los poetas más jóvenes que él, realizó una intensa actividad colaborando con revistas literarias como Escorial, Isla y Vértice, además de dirigir otras dos publicaciones durante aíí.os, Cuadernos Hispanoamericanos (1953 a 1965) y Nueva Estafeta (1978 a 1982). También frecuentó el artículo periodístico con sus famosas "terceras" de ABC, y el ensayo, con algtmos libros sobresalientes, corno Cervantes y la libertad. Su indiscutible altura poética, su lucidez y su maestría verbal, le hicieron merecedor de los más insignes galardones del país, corno el Premio Nacional de Poesía, en 1949, el premio Nacional de Literatura, en 1951, el ingreso en la Real Academia de la Lengua Española,

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en 1964, Y el Premio Cervantes, en 1982. No ha sido el único reconocimiento institucional, ni el más valioso, porque el Ministerio d e Cultura compró su archivo personal en 1999, para su posterior clasificación y ordenación, en un esfu erzo que garantiza la perpetuidad y la publicidad universal de la obra d el poeta . El proyecto, realiza do por el Archivo Histórico Nacional en colaboración con La Casa Encendida, se ha llevado a cabo en un tiempo récord y cuenta ya con un total de 115.000 imágenes digitalizadas. Gracias a esta iniciativa, cien años después del nacimiento del poeta granadino, hay acceso libre a los manuscritos d el autor, a sus artículos en prensa y en revistas, y a su correspondencia personal, de tal forma que los versos de Luis Rosales quedan alejados definitivamente de cualquier riesgo d e injusta desaparición. Tan actuales corno en el día que los escribió, vivos para siempre como los grandes tex tos clásicos, sus versos luminosos, su voz templada, su palabra esperanzada en el tiempo hostil d e la posguerra, perdura así con el mismo tono imperecedero con que los concibió: íntimos en la evoca ción de los dramas domésticos del h ombre, y tan clarivid entes y es trem ecedores que h a logrado que su s palabras queden ya para tiempo incontable d e la posteridad. Son palabras d e conocimiento poético, mediadoras del imago mundi, las propias de110gos poético, las diseminadas por los inters tici os d el vivir. Pau1 Valery afirma que "el ac to poético es un ac to de desmesura " . Es el carácter hipertélico propio d e aquellos creadores que se acercan a los " hondones" de lo humano, a las m e táforas como requiebros, a la vida corno poesía o a la poesía, y su s consecuencias, como vida. Y así fue el modus vivendi d e Luis Rosales.


El legado documental de Luis Rosales en el Archivo Histórico Nacional

PILAR BRAVO LLEDÓ

Archivo Histórico Nacional

No siempre un archivero tiene la oportunidad de explicar las experiencias laborales en un foro ajeno al de su ámbito profesional. La primera labor de un archivero es la identificación de la docum entación que va a t.r abajar y, para eso, debe conocer el fondo a través del estudio d el productor de esos documentos, en este caso Luis Rosales, y a través de los documentos generados y acumulados por él. Estos pasos previos permitirán dotar al fondo d ocumental de una estructura que se traducirá en un cuadro de clasificación, lo que conducirá al acceso de la información. En la actualidad, esta documentación se encuentra a disposición de los usuarios que deseen su consulta por Internet en la web del Ministerio de Cultura, en el Portal de Archivos Españoles ' (PARES)l. No es mi intención entrar en consid eraciones técnicas sobre cómo se ha organizado la documentación de este fondo o cuáles han sido los criterios a seguir a la hora de realizar las series. Lo que pretendo es mostrar cómo, a través de estos documentos, Luis Rosales sigue comunicándose con nosotros y cómo estos papeles son un fiel reflejo del escritor y también del hombre. El archivo de Luis Rosales fue comprado por la Subdirección General de

Archivos Estatales en 1999, fecha en la que ingresó en el Archivo Histórico Nacional, pasando a: formar parte de los fondos de la Sección de Diversos, donde se custodian otros muchos fondos de carácter privado y personal, entre ellos los de dos Premios Nobel de Literatura : Jacinto Benavente y Juan Ramón Jiménez. Para contextualizar este tipo de archivos, hay que partir de la definición de lo que es un archivo personal: "aquel generado por las actividades de una persona a lo largo de su vida, tanto profesionales como personales, en cualquier formato y con una organización muy subjetiva 2". Estos fondos personales presentan una serie de peculiaridades comunes. Destaca la variadísima tipología docu. mental. En primer lugar, la correspondencia, que suele ser la documentación más abundante y de las más ricas en matices. Por otro lado, está la documentación de función; que se corresponde con la actividad que realice el personaje al que pertenezca el fondo . Junto a los anteriores, abundan documentos que ilustran su forma de vida, el ambiente en que se mueve, así como los gustos personales -corno las inv.itaciones de boda,

Myriam Mejía, El archivo personal, Bogotá, Archivo General de la Nación de Colombia, 1997, p . 4.

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PARES: (http ://pares.rncu .es).


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El legado documental de Luis Rosa les

los programas culturales, los menús o la propaganda-o Un lugar destacado en es te tipo d e archivos lo ocupan las fotografías, gracias a las cuales ponemos caras a es tos personajes, conocemos cuestiones tan frívolas o triviales como su forma d e vestir, a qué y con quienes iban a los acontecimientos sociales o cuá les eran los lugares qu e les gustaba frecuentar. Por último, hay que citar los recortes d e prensa, que se convierten, desde el siglo XIX, en una fu ente docum ental valiosísima, por medio de los cuales podemos conocer los acontecimientos más destacados de la época, la opinión d e o sobre süs protagonistas, qué temas resultan interesantes a éstos, am én de toda la información complementaria, como anuncios de la época o las formas de expresión utilizadas a la hora d e dar las no ticias. En los legados más actuales, se conservan documentos sonoros y gráficos, así como sus propias "colecciones" . Otra singularidad que se da en los archivos p ersonales en general y de los escritores en particular es la "reutilización d el papel" . Cualquier soporte es vá lido para plasmar, en un momento determinado, una idea, una refle xión o un pensamien to que puede ser fuente d e inspiración para un título o para un p oema . En estos archivos, y producto d e esta espontan eidad, encontramos an otacione e critas en un trozo d e papel, en un bille te d el transporte público, en una servilleta o en una receta d e farmacia. Esto e traduce en una variedad d e formatos con iderable, con lo que se supone la e pecial a tención que se debe prestar en u con ervación . A tra és de es tos documentos también se pueden seg ui r o tras transformaciones, como la evolución de la calidad del papel, dato importante a la hora d e poder con ervar los documentos, el for-

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mato d e estos éstos o la utilización de las tintas. A partir d e princip ios d el siglo XX, es frecuente el u so d e máquinas d e escribir, cuya tinta es muy frágil, como frágiles son algunos d e es tos p ap eles. El uso d el lápiz pasa a ser o tra caracterís tica en este tip o d e archivos, utilizad o para ano taciones en las cartas o en p ap eles su eltos. Una vez hechas estas con sideraciones de carácter gen eral, m e centraré en lo qu e nos tran smiten los papeles d el fo ndo de Luis Rosales m ás allá d e lo puramente escrito, d e m an era que a través de su lega d o, com o si d e un esp ejo se tratara, se p ued a llegar a las d iferentes face tas de su person alidad y d e su vid a, tanto en el aspecto intelectual com o en el personal. La primera impresión que llega h as ta nosotros cu ando empezam os a an alizar la documentación es la d e un h ombre d e mundo, extrovertido, rod ead o en tod o momento d e amigos. Muestra d e ello es la numerosa corresp ondencia con amigos, m uch os d e ellos p erten ecientes a su círculo literario. En ella encontramos, junto a comentarios alusivos a su s actividades propias d e escritor, referencias a encuentros, cenas, reunion es literarias, viajes, intercambio de impresiones, etc. De estas cartas se despren de la importancia que para él ten ía la relación humana, en particular la am istad , com o así lo dejó patente Juan Panero al d escribir su relación con él: "Nuestra amistad es tá allí, en lo más alto, más próxima de Dios que d e los hombres"3. Entre sus gra n des amigos se encontraban Alfon so Moren o, Juan y Leopoldo Panero, Dionisio Ridruejo o la familia Vivanco, por citar algunos ejemplos . Su unión con Luis Felipe Vivanco fue tan estrecha que les llamaba n "Vivales" y "Rosanco". ' DIVERSOS-LUIS ROSALES, 14,N. 16.


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La cercanía o lejanía física también se pued en p ercibir, ya que dará lugar a que el fluj o epistolar sea más o menos voluminoso . Es el caso de Leopoldo Pan ero, Dionisio Ridruejo, Luis Felipe Vivanco o Vicente Aleixandre, con quien es m antenía un contacto prácticamente diario, d e ahí que los testimonios docum entales su elan coincidir con los períodos d e vacaciones. Esto se observa claram ente en su relación con su gran amigo Alfonso Moreno, con quien mantuvo una intensa correspondencia durante los p eríod os estivales' . Estas relaciones de amistad quedan patentes en cualquiera d e las series d el fondo: en las fotografía s, en los p oem as, en los libros dedicados o en las distintas invitaciones. O tra face ta d e su personalidad que trasmite su lega do es la d e hombre conciliador, d e m ente abierta y liberal, como d a buen a fe el amplio abanico de person ajes con los que se relacionó. Lo mismo d ep artía con importantes intelectuales d e muy d iferen tes ámbitos d e la cultura com o Dionisio Ridruejo, Pedro Laín EntraIgo, Leop oldo Panero, Rafael Alberti, Jorge Guillen , Zabaleta , Luis Felip e Viva n co, Gregorio Marañón, Vicente Aleixandre, Antonio Gala, Ian Gib son, Dám aso Alon so, etc.; que se codeaba con p olíticos d e diferentes signos y tendencias, Javier Solana, Antonio y Joaquín Ga rrig u es, Felip e Gonz ález, Manuel Fraga, Enrique Tierno, etc. Un lugar d estacad o lo ocuparon escritores hispanoam erican os, tanto los ya consagrados com o Manuel Mújica Laínez, Octavio Paz o Ernesto Cardenal, como jóvenes p ro m esas, como el nicaragüense Carlos Rivas 5 o el cubano Justo Rodrígue z Santos 6, con quien es mantuv o un conti-

, DIVERSOS-LUIS ROSALES,12,N .38 . , DIVERSOS-LUIS ROSALES,n ,N .64. " DIVERSOS-LUIS ROSALES,16,N .14.

nuo e intenso contacto d es d e sus comienzos. Son numerosos los comentarios de otros autores que le escrib en y le dan su opinión acerca de su obra, como Pureza Canelo? o Eduardo Zepeda s . Este talante aperturista, conciliador y siempre dispuesto a tender una mano, no sólo lo muestra en su contacto con personajes públicos. Entre sus documentos encontramos ejemplos en los que Luis Rosales era una persona a la que se podía acudir p ara que intercediera ante algunas cuestiones, como es el caso de José María Moreno Galván, quien solicite.ba la ayuda de Rosales para poder reingresar al ICI, pues por su condición de comunista había quedado fuera 9 ; hay una citación de la Policía Nacional relacionada con el visado a favor de una ciudadana cubana, d e la que Rosales era garante lO; o la carta d e César Leante agradeciendo las ges tiones realizadas por Luis Rosales ante el Ministerio de Interior de Cuba para que su familia pudiera viajar a España ". De la misma manera, se puede apreciar como había un Luis Rosales má s cercano a la gente d e la calle, a la que no mostraba ningún imp edimento para mantener contacto él, gente d e la calle que, de manera espontánea, le exponía sus opiniones sobre sus libros, le pedía consejo, etc. En este contexto, es curiosa la numerosa correspondencia d e colegios e institutos, tanto d e profesores DIVERSOS-LUIS ROSA LES,3,N.41. Pureza Can elo, con respecto a Diario de una resurrección, le dice "Tu Diario es una entrega p ara desp acharse ~n ~ sa felicidad d e al fin tener algo que declr. ... H DIVERSOS-LUIS ROSALES,171;N.7. Edu ard o Zep ed a, poe ta nicaragüense, d escri be la importancia de La casa encendida com o "Un a fluidez del lenguaje. Influye en la corriente nicaragü ense conocida como con versac ional". DIVERS05-LUIS ROSALES,12,N.35. 111 DIVERSOS-LUIS ROSALES,4,N .99. l' DIVERSOS-LUIS ROSA LES, lO,N.23. 7

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corno de alumnos, que le envían sus impresiones y numerosos dibujos de niños para él. Uno de los episodios más significativos fue su relación con Federico Garda Lorca, poeta al que conoció en Granada durante su época de estudiante. Son numerosas las huellas de su "obsesión" por la muerte de Lorca. Reunía toda esa información en dosieres y guardaba los recortes de prensa relativos al terna . También son abundantes las cartas sobre este mismo asunto J2 . Lorca estuvo presente en todo momento. Félix Grande escribió La calumnia. (D e como a Luis Rosales, por def ender a Federico Garda Larca, lo persiguieron hasta la muerte) !3, obra dedicada a defender la inocencia de Luis Rosales frente a las acusaciones que le implicaban en la muerte de Federico Garda Lorca. Interesantes son las anotacion es manuscritas d el propio Rosales en el libro d e Ian Gibson La repres ión nacionalista en Granada en 1936 y la muerte de Federico Garda Larca, rectificando y comentando ciertos p árrafos del texto!4. Otro punto importante en el archivo d el escritor, y una d e las fuentes p rin cip ales para con ocer la ob ra d e Luis Rosa les, es lo que se h a d enominad o "Obra literaria", d onde se pued e encontra r un m a teria l sumam ente rico e impor tante d esd e el punto d e vista literario. En él se localizan tex tos originales, tanto m ecanografi ad os corno m anuscri11 Entre otros testi monios, hay una ca rta de 1983 donde Luis Roca Urtecho le infor ma sobre unos doc um entos re lati vos a la m ue rte de Lorca DIV ERSOS-L UIS ROSALES,16, .3; o L ui~ Vilches Ávi la, en 1984, entre otros temas hace refe rencia al enterram iento d el poeta, DIVERSO -LUIS ROS LES,19,N.61; o la ca rta de Pérez Cab rerizo, admirad or de Lo rca, quie n escr ibe a Luis Rosales p a ra fe lici ta rle po r su com portamiento, DIVERSOS- LUIS ROSALES,14,N .65 . " DIVERSOS-LUIS RO ALES,88,N.15. " DIV ERSOS-LUIS ROSALES,136,N.6.

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tos con an otacion es m arginales, diferen tes borradores y version es d e un mism o texto, anotacion es, etc. En d efinitiva, n os ofrece la posibilidad d e con ocer las d istintas face tas de su proceso crea tivo, así como la evolución que su fre esta m etodología a lo largo d el tiempo. Lo p rimero que se observa es un material perfecta m ente organizad o y sistematizado, p erten eciente a los añ os comprendidos entre 1940 a 1960 y cuya temática está relacion ad a b ásicam ente con los clásicos!5. Es m uy interesante la preparación que realizab a sob re los d istintos personajes que p os teriormente trataría en el libro, así corno el an álisis del contexto h is tórico en el que és tos se d esenv olvían corno en el caso d el Cond e de Salin as! 6 o el Cond e d e Villamediana!7. Así, entre o tros d ocu m entos, se localizan transcripcion es d e documentos de person ajes de la ép oca, corno el rey o algunos con sejeros, fu entes literarias de la ép oca, corno p oem as y endechas, o cualquier d ato que con tex tualice el momento, corno la inform ación que recib e d e la Parroquia d e San Sebastián de Mad rid sobre el enterramiento de Lope de Vega!8 en ese lugar y hay numerosas fuentes literarias d e la ép oca, corno romances, redondillas o d écimas!9. Visualmente, a la hora d e trab ajar el fond o, queda patente la p lasm ación d e una recogida concienzuda y sistem ática de poem as, versos y textos d e autores d e la época, con su correspondiente fu ente p erfectam ente anotada . En n o pocas oca-

15 Tamb ién sigue la misma metodología cuand o escribe Poesía de Pablo Nemda . Ih DIVERSOS-LUIS ROSALES,27,N.5. 17 DIVERSOS-LUIS ROSALES,32,N .4. " DIVERSOS-LUIS ROSALES,75,N .15. ,. Por ejemplo, se pueden locali zar en DIVERSOSLUIS ROSALES,33,N.4; DIVERSOS-LUIS ROSALES;29,N. l ; DIVERSOS-LUIS ROSALES,39,N.3.


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siones, este material suele aparecer ordenado por temas o por autores e incluso, en algunas ocasiones, nos hemos encontrado pequeñas" carpetillas" hechas por él mismo, con este tipo de agrupaciones y su anotación correspondiente 20 • A veces, era ayudado en la recogida de da tos por terceras personas 21• También se pueden encontrar con cierta frecuencia listados d e palabras utilizadas en el castellano antigu0 22 o recopilación de refran es que aparecen en textos clásicos y que él posteriormente utilizará en su trabaj0 23 . Por citar una curiosidad, decir que gran parte de este material de los primeros años fue recogido en cuadernos y en muchos de ellos sólo escribía una frase, d ejando el resto en blanco o en un mismo cuaderno trataba varios temas. Junto a todo esto, aparecen mezcladas cu estiones tan variopintas y cotidianas como el listado de libros prestados y devu eltos a sus amigos, lo que se traduce en la importancia que tuvieron los libros para él. Prueba de ello era la importante biblioteca, hoy en Granada, que llegó a tener, de los que en este fondo contamos con una pequeña pero interesante muestra de ejemplares con anotaciones manuscritas y correcciones, así como dedicatorias de importantes p ersonalidades del mundo intelectual y social.

Sir va d e ejemplo unos poemas de Lope de Vega, Antoni o Solís y d e Agustín d e Salazar, con la anotac ión d el propio Rosa les que agrupa por el tema qu e tratan, DIV ERSOS-LUIS ROSALES,71 ,N .16. " Es el caso d e María Fo uz, qu e realizó la copia d e un a se ri e d e poemas clásicos DIVERSOS-LUIS ROSA LES,75,N.4; o el caso d e la carta escrita por Ju ana desd e la Biblioteca Naciona l de Lisboa , d onde d a todo tipo de datos, signaturas, informac ión d e libros consultados y d em ás materia l relacionad o con el conde de Salina s, DIVERSOSLUIS ROSALES,41,N.2. 22 DIVERSOS-LUIS ROSALES,65,N.l, doc. 244. D DIVERSOS-LUIS ROSALES,65,N.15, doc. 13. 21l

Pero S111 duda, una de las fuentes más interesantes son los diferentes borradores, copias, anotaciones y versiones que realiza de una misma obra, de un mismo capítulo o de un mismo verso. A través de estos documentos se pueden apreciar los cambios que va introduciendo, lo que puede dar idea de la evolución creativa del autor 24 • Algo similar pasa con las diferentes ediciones de una misma obra . En algunas ocasiones, una vez publicado el texto, éste es utilizado como borrador donde se anotan las correcciones precisas, añadiendo y eliminando partes, convirtiéndose en un borrador que dará lugar a un texto distinto 25 • Según pasa el tiempo, esta minuciosidad en la recopilación de material de estudio es mucho más pausada, seguramente fruto de la experiencia, madurez y de la diversidad de temas en los que trabajó. En sus últimas creaciones ya no hay ese cuidado en la recogida de material y de organización. De hecho, en numerosas ocasiones lo que nos encontramos son anotaciones, aparentemente dispuestas de una manera anárquica, en hojas sueltas o en los márgenes de otros textos que, a priori, carecen de significado, reflejo de la espontaneidad de su creación, de un momento de inspiración, de una reflexión o, simplemente, de una idea que puede dar lugar posteriormente a un título, un poema o un trabajo d e mayor envergadura 26 y que, en ocasiones, reflejan un estado emocional y de Contamos a lo largo d el fondo con numerosos ejemplos, por ci tar uno DIVERSOS-LUIS ROSALES,43,N.1, doc. 14-17, p erteneciente a Diario de una resurrección. 25 Es lo que oc urre con La poes ía heroica del IJ/lperio, Con ten ido del corazó n, Mu erte y resurrección de An tonio Machado , DIVERSOS-LUIS ROSALES, 70, N.12, doc. 51 y 52. 2' DIVERSOS-LUIS ROSALES, 43, N.3; DIVERSOS-LUIS ROSALES, 54, N .9.

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creación del autor que va mas allá de las palabras. Es el caso de una nota marginal, en m edio de un borrador, en la que expresa lo que significa para él un tumor cerebral: "Un tumor cerebral que, como todo el mundo sabe, es una enfermedad imposible y frecuente" 27. A través de esta fuente documental asistimos en primera persona a su proceso de creación intelectual, tes timonio que es de suma importancia para entender la obra de un autor. Por último, en cuanto a su actividad literaria, una de las facetas, a mi juicio, más interesantes que presenta este material, son los numerosos poemas que no se incorporaron a ningún libro. Poemas su eltos, algunos de ellos dedicados, entre los que encontramos algunos inéditos, es el caso del poema titulado "Es tela"2S o el de "Grumete"29. Como ya indiqué al principio, en es te tipo d e archivos d e tipo personal, y má s concretamente de literatos o de científicos, es frecuente la reutilización del papel. Es to que aparentemente carece d e importancia y parece trivial pued e poner de relieve facetas de su vida person al y de su trayectoria profesional d e la cual, a veces, quedan muy pocos vestigios. Como pasa con otros autores 30 , Luis Rosa les lo mismo escribía en una fac tu ra 3 !, qu e en un sobre32 . Con respecto a esta última parte, es llama tiva la reutili zación d e papel con los membretes impresos de diferentes instituciones en las que trabaj ó, como la revista Cruz y

~7 ~.

DIVERSOS-LU IS ROSALES, 48, N .3, d oc . 14. DIVERSOS-LUIS ROSALES, 74, N.lO. '" DIVERSOS-LUIS ROSALES, 75, N.7. x, Es el caso de Juan Ramón Jiménez, para qu ien igualmente cua lquier sopo rte, fuera el que fuera su tamaño o forma, era válido para hacer anotacio nes. J' DIVERSOS-LUIS ROSALES, 64, .13, doc. 2; DIVER OS-LUIS ROSALES, 74, N.42. 3~ DIVERS S-LUI ROSALES, 71, N.8. Aquí son anotaciones sobre Antonio Machado.

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Raya, Cuadernos Hispanoam ericanos 33 o Vida Española, de la que fu e d irector 34. En otras ocasion es, reu tili za su s p ro p ios borradores. Es d ecir, q u e en el reverso d e un papel donde ap arece escrito un texto suyo -m uchas veces b orrad or- escrib e otro diferente sobre otro tem a, incluso much o tiemp o despu és, resultando un material de gran riqueza info rmativa desde el punto de vis ta literario, pues n o dejan de ser textos corresp ondientes a las distintas face tas crea d oras por las que pasa un text0 35 . La escritura p u ed e expresar estad os d e ánimo, d e con cen tración o de salud . Así, vem os en una primera época u na letra p equeñ a, ordenada, redonda, qu e p oco a p oco evoluciona a rasgos más d esord en ad os, agudos e ininteligibles. De la ép oca el) que estaba enfermo, se pued e ob servar com o escribía una letra d e trazos grandes, temblona, y que en algunos tra m os p asa a ser una especie d e lín ea continua 36 . Estos rasgos se p u ed en apreciar en la escri tura que presen ta, con claras d ifi cultades para pod er realizarla, tras el infarto 37. Pero no sólo la me tod ología d e trabajo evoluciona, también los tem as que va tratando, como el b arroco, Cervantes, Antonio Machado, Pab lo Neruda, el lenguaje, el desengaño, etc., así com o su actividad profesion al como litera to. H ay una continua reutilización de m a terial de unas obras para otras, en esp ecial en el caso de los clásicos, tem a recurrente a lo largo de su vid a literaria, lo que h a dado lugar a ciertos p roblem as a la h or a de la organización de es tos d ocumentos, ya que junto a apuntes relativam ente DIVERSOS-LU IS ROSALES, 70, N .14, doc . 3. ~ DIVERSOS-LUIS ROSALES, 70, N.12, doc. 40. 35 DIVERSOS-LUIS ROSALES, 41, N.8. y, DIVERSOS-LUIS ROSALES, 68, N .3, d oc. 28 y 33. J7 DIVERSOS-LUIS ROSALES, 97, N.18 . 33


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recientes, se encontraban otros que, evid entemente, habían sido realizados en otra faceta anterior. Hace y deshace una y otra vez. El mismo Luis Rosales explica el por qué trabaja así en la 'introducción d e Cervantes y la libertad 38 • El tema de la religión siempre estuvo presente en toda su obra, y en particular, los villancicos . Fue muy prolífico en su creación , d e manera que los reunió en un libro Retablo sacro del nacimiento del Seño r39 . Nunca dejó de escribir estos villancicos, d e manera que tuvo que hacer o tra edición años más tarde incluyend o nuevos textos . Es interesante cóm o son utilizados para realizar tarjetas n avid eñ as, p ero no sólo por editoriales, sin o p or el propio autor para enviarlos a su s amigos, estando acompai'lados en la ma yor parte de las ocasiones por dibuj os d e ar tis tas amigos como Carlos Lara 40 , Grego rio Pri et0 41 , Manuel Mamp as0 42 . Algunos de estos villancicos fu eron interpretado s musicalmente, com o el villancico "Canción de la divina p obreza"B o la partitura publicada por Ricordi Am ericana de "Villancico de la falta d e fe" 14. Pero no sólo los villancicos fu eron objeto de la música, también recibió ofertas para poner música a otros p oemas45 . En es te sentido, en el fondo se pueden encontrar contratos con casas musicales y programas donde participó junto con otros cantantes, en especial

con el folclorista, Ismael Pei'la 46 o los que se hicieron para el poema "Nana"'17. Si bien en un ' primer momento se dedicó plenamente a la literatura y a la investigación, poco a poco, su ritmo 'f ital se vio alterado por continuos congresos, homenajes, premios, publicaciones, etc. De esta etapa han llegado hasta nosotros numerosos documentos sobre los discursos, conferencias, palabras alusivas, etc . Estas actividades le permitieron estar en contacto con algunas de sus grandes aficiones y participar en ellas de una manera activa, como fueron la pintura y la cerámica. De ello da fe el volumen de textos por él realizados dedicados a las artes plásticas y de los que tenemos numerosos ejemplos: introducciones de catálogos de exposiciones, programas d e galerías de arte, presentaciones de exposiciones, conferencias o artículos en los que la pintura o los pintores eran el tema principa148 . Numerosa es la correspondencia que muestra la proximidad y relación que mantuvo con artistas del momento como José Zabaleta, César Manrique, Paco Lozano, José Llorens Artigas, Antonio Cumella, quedando ejemplos gráficos de la gran amistad que mantuvo con algunos de ellos, como en el caso de Benjamín Palencia 49. Es muy interesante como, muchos de estos artistas, muestran sus dibujos junto Contratos entre Ediciones Musicales Kirios S.A., por una parte, y Luis Rosales e Ismael Peña Poza por otra, DIVERSOS-LUIS ROSALES, 96, N .6. 47 Copia del contrato entre M aría Esteban de Varela y Luis Rosales, con ediciones musicales Fonópolis, por los derechos de edición, publicación y reproducción .de la obra, DIVERSOS-LUIS ROSALES, 96, N.22. 4M "Un pintor siempre actual", "Vanguardismo pero por dentro", "Exposición en la presencia y recuerdo", son algunos de los títulos dedicados a pintores del momento como Benjamín Palencia, . Lara o Valdivieso y que se conservan en este fondo. 4" DIVERSOS-LUIS ROSALES, 186, N.125. 46

'" DIVERSOS-LUIS ROSALES, 53, N .1. 3" DIVERSOS-LUIS ROSALES, 73, N .8 Y 163, N.13. 40 DI VERSOS-LUIS ROSALES, 4, N .93. 41 DIVERSOS-LUIS ROSALES, 14, N.l11. " DI VERSOS-LUIS ROSALES, 73, N .8 Y 11, N .9. 43 Del que se conserva la partitura manuscrita en DIVERSOS-LUIS ROSALES, 73, N .14, doc. 39. 44 DIVERSOS-LUIS ROSALES, 120, N.1. 4, DIVE RSOS-LUIS ROSALES, 19, N.61.

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a p oem as d e Lu is Rosales p ara realizar tex tos de presentación o felicitaciones n av ideñas, com o ocurre con José Rom ero Escassi, d e las que h an llegado a n oso tros n umerosos ejemplos. En otras ocasion es, son éstos los que envían una carta para Lu is con un dibujo y que realm en te resulta una d ocumentación muy cu riosa, como la carta Anton io Mingo teSO, la d e Luis Carda Och oa51, la d e En rique Paduap2 o César Manrique53 . O tra de su s pasion es fu e el fla m enco, presente en su obra y al que d edicó much os mom entos d e su vid a. Entre su s tex tos se en cu entran numerosos testim onios q u e da n fe d e es ta d evoción : trabajos sobre el cante jondo, invitacion es a reci tales, fo togr afías y h om en ajes a ar tis tas como Sain z d e la MazaS'1o a cantaores com o Antonio Ma iren a 5s . Luis Rosales siempre es tu vo vin culad o con el ambien te flamen co a trav és de varias p eña s fla m en cas com o "La peña Pletería"56, "El Taranto"57, "DI. Negrete"58 o "Ami gos d el flamenco d e Extremadura"59. N o se p u ed e d ejar de m encionar su vin culación con la cá ted ra d e Flamencología , con la que estuvo relacion ado desd e el año 1954. Se le concedió el "Título de Miembro d e Honor concedido a Luis Rosales por la Cá tedra d e Flam encología" en 198460 y para la ocasión dio un discurso titulad o Esa DIVERSOS-LUIS ROSALES, 11, N.lOO. DIV ERSOS- LUI S ROSALES, 7, N .57. 52 DIVERSOS- LUIS ROSA LES, 14, N .3. 5J DIVERSOS-LUIS ROSA LES, 11, N.10 54 Entre otros el homenaje confe rencia de Luis " Retra to vagame nte ap rpximado de Regi no", DIVE RSOS-LU IS ROSALES, 76, N.13, junto a fo tografías del art is ta, DI VERSOS- LUIS ROSALE , 181, N .l Y DIVERSOS-LUIS ROSALES, 186, N.1. s.; DIVERSOS-LU IS ROSA LES, 109, N.7. 5ó DIVERSOS-LUIS ROSALES, 83, N.43. 57 DIVE RSOS-LU IS ROSALES, 14, N.52. 5/< DIVERSOS-LUI RO A LES, 14, N.50. 5. DIVERSOS-LU IS ROSALES, 14, N.48 . MI DIVE RS S-LUI ROSALES, Ca rp.1 , .5

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angustia llamada A ndalu cía , qu e fu e publicado en 198761 . Por último, en relación con su s actividades literarias, no quisiera p asar por alto su faceta de articulista sobrad am ente representada en su legado p or medio d e borradores, tanto manuscritos com o mecan ografiados, así com o p or los artículos impresos en los diferentes diarios en los que colab oró, en esp ecial con El Sol y el ABC6z Fruto d e esta ac tividad quedan testimonios d e su p ar ticipación en algunos p remi os d e p erio dism o, com o el Premio Na cional Fra n cis co Franco, en 1942, d el que ten emos el dosier que realizó para dicho premi0 63 . Pero su lab or n o se vio recompen sad a h asta que, en 1962, le concedieron el Premio de p eriodismo Marian o d e Cavia 64 , p or el que recibió numerosas fe licitacion es. No fu eron los únicos premios, ni a los que se presentó ni los que le fu eron concedidos. En 1947 ganó el Concu rso literario Cervantes, S.A. con el tex to La previsión en la obra de Cervantes 65 • Su premio más importante fu e el Premio Cervantes concedido.,en 1982, d el que se conserva corresp ondencia, comentarios, felicitacio nes, recortes de pren sa, fotografías, el d iscurso pronunciado en el acto d e entrega, etc. 66 Pero también qu eda con stancia, de manera indirecta, del Premio Ciudad d e Melilla (1981), Premio Mangold (1 961), por Cervantes y

su

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'1 DIVERSOS-LUIS ROSALES, 78, N .15 . . " Hay una serie entera d enominad a" Artíc ul os d e prensa de Luis Rosales", d onde en numerósas ocasiones se encuentra el ejemplar impreso junto al manu scrito. '3 DIVERSOS-LUIS ROSA LES, 80, N.4. " DIVERSOS-LUIS ROSALES, 175, N.9. h5 DIVERSOS- LUIS ROSALES, 118, N.3. M DIVERSOS-LUIS ROSA LES, 83, N .28. Se trata de un auténtico dosier d onde encontram os el di sc u'r~o, tríptico, in vi taciones, la ord en minister.ial, etc. Igualmente se pued e loca lizar gran cantid ad de materia l fo tográfi co sobre el acto d e entrega d e tal galard ón en DI VERSOS-LUIS ROSALES, 186.


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la libertad y Premio Crítica (1970), entre otros. Esta gran actividad, tanto social como intelectual, queda plasmada de una manera gráfica en los numerosos "menús" e invitaciones de cenas y celebraciones, firmados y dedicados muchos de ellos por los participantes. 67 Documentos que a priori pueden resultar un tanto inútiles, resultan una fuente de información muy interesante para saber cóm o y con quién se relacionaba, tanto a nivel p ersonal como literario, cuáles eran su s gu stos y aficiones o para conocer cu ál era su presencia en el espacio público d el momento . Otro aspecto del p oe ta al que la documentación nos permite acced er es el relacionado con las ac tividades más lúdicas y familiares en la s que p articipaba. Un ejemplo fueron su s actua ciones en la cabalgata de Gran ad a 68 , las fotografías de Luis Rosal es ejerciendo como rey mago en Granad a 69, el "Pregón de Navidad"70 o su p ertenen cia a la Sociedad de Mozas de Cercedilla 7l. O tro punto de interés en la vida de Luis Rosales fu e su participación activa en la p olítica d el momento . La evolución d e su s ideas políticas y su compromiso también se refleja en su legado, desde diferentes d ocumentos que atestiguan su p erten en cia a Falange Espai'í.ola y de las JONS, hasta su acérrima defensa de la m onarquía . Durante los ai'í.os de la guerra, así como los inmediatamente posteriOl"eS, es tuvo muy vinculado al régimen. Fue durante esta época, en 1940, cuando escribe, junto a Luis Felipe Vivanco La poesía heroica del Imperio . En es ta época nacería su amistad con ", DIVERSOS-LUIS ROSALES, Carp.1, N.18. (,X DIVERSOS-LUIS ROSALES, 1, N .155. "" DlVE RSOS-LUIS ROSALES, 185, N .5. 71' DrVERSOS- LUIS ROSALES, 79, N .23. 71 DrVERSOS-LUIS ROSALES. 17, N .125.

Dionisio Ridruejo, amistad que fue intensa y que se mantuvo hasta el fina l. Dionisio fue Jefe de Propaganda y con él colaboraría Rosales durante los ai'í.os inmediatamente posteriores a la guerra 72 , época de la que han llegado hasta nosotros algunas fotos de prensa que conservan el sello de Censura de la Dirección General de Prensa, pertenecientes a los ai'í.os 1946-4T3. El círculo en el que empezó a moverse fue distanciándolo del régimen, de manera que desarrolló ideas de carácter más liberal que le eran más afines, hasta un acercamiento a la causa monárquica, de la que fue un defenso r a ultranza, pasando en el ai'í.o 1964 a formar parte del Consejo de don Juan7l. . Cuando llega la democracia a Espafí.a, Luis Rosales continuó manteniendo su contacto con la Casa Real, como queda constancia en la correspondencia con los secretarios de Casa Real, así como con el Rey, como muestran su s felicitaciones de todo tipo, invitaciones a cenas y recepciones en la Zarzuela, los discursos que Luis Rosales le escribió al Rey o los poemas dedicados a distintos miembros de la familia real, uno de ellos dedicado a la reina Victoria Eugenia, "Aún nos queda tu herencia"75, y el escrito en 1963 "Poema dedicado a una infanta de Espai'í.a"76. Pero su vinculación no se circunscribía sólo a la Casa Real, también mantuvo una interesante relación con otros miembros de la familia, en especial con los Duques de Soria, DIVERSOS-LUIS ROSALES, 98, N.17. DIVERSOS-LUIS ROSALES, 187, N .3. 74 De esta fac eta se conservan la carta no mbramiento del Consejo d e don Juan DIVERSOS-LUIS ROSALES, 2, N .71 ; el manifies to sobre la Monarquía en el A BC, DIVERSOS-LUIS ROSALES, 76, N.41; o la carta d e Torcuato Luca de Tena a don Juan de Borbón sobre el pronunciamiento del A BC sobre la monarquía, DIVERSOS-LUIS ROSALES, 24, N .26bis. '5 DIVERSOS-LUIS ROSALES, 74, N.54. ,. DIVERSOS-LUIS ROSALES, 74, N.40 .

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El legado documental de Luis Rosales

el Dr. Zorita y Margarita de Borbón, hermana del Rey, cuya correspond en cia deja entrever una cierta amistad que iría más allá del puro formalismo . Otro aspecto íntimamente relacion ado con la persona y que se puede percibir a través de la d ocum entación , es el carácter marcadamente religioso de Luis Rosales. Son muchas las referencias a su catolicismo y a su s inquietudes religiosas desde su más temprana ju ventud 77 en la correspondencia con o tras personas 7S o en las largas e intensas conversaciones que a través de las cartas mantuvo con su hermana María, religiosa en Granada 79 . Importan tísima fu e su participación, junto con otros intelectuales, en la s denominadas "Conversaciones de Intelectuales Ca tólicos de Gredos". Esta etapa de la vida de Luis Rosales tuvo mucha transcendencia, no solo a nivel religioso, sino también p olítico. Estas "Conv ersa ciones", reunían a intelectuales lib era les conscientes d e la necesidad d e autocrítica como cristianos y d e una ren ovación en los m étodos y manifestacio n es d e la pastoral en aqu ellos momentos, en los que la Iglesia mostraba un conservadurismo muy marcado y, en todo m om ento, había una vinculación con el Estad o. Su papel fue muy importante (1951-1968), de manera que fue una puerta de entrada - -8 los id ea les del Concilio Vaticano II y, posteriormente, muchos de su s miembros jugarían un importante papel en 16s momentos de la transición . Fue el padre A lfonso Querejazu SO , junto con Joaquín GarriguesSl , fuero n los impulsores de estas reuniones a las que acudían p ersonajes

tan vin culad os a Luis Rosales com o Pedro Laín Entralgo, Luis Felip e Vivanco o Dionisio Ridruejo. De estas conversaciones qued an algunos tex tos sobre los tem as allí tratad os82 . "Acción d e gracias a Don Alfon so Querejazu ", es un texto qu e se realizó en su h on or en 197783 . Infinitas son las referen cias a su s participacion es en actos d e carácter p oético, den tro y fu era d e Esp aí'í.a, sirva n de ejemplo el congreso d e p oesía celebrad o en Segovia en 1945, el con greso sobre Rub én Darío o la celeb ración d el b icentenario de And rés Bello. Pero si una destaca por encima d e las d em ás, es ta es la "Misión poética p or H isp an oamérica", en 1949, viaje d e vital importancia que m arcó un hito en a qu el momento. Luis Rosa les junto C0 11 Leopoldo Panero, Agu s tín d e Foxá y Antonio Zubiaurre reco rrieron A m érica difundiendo la poes ía qu e en aqu el momento se hacía aquí, contribuyendo de alguna manera a abrir y m ejorar la imagen d e Espaí'í.a en el exterior. De aquella misión, nos han llegad o fo tos 84 , el programa del recital organiza d o p or la Dirección de Educación Pública 85 , recortes de prensa sobre el tema 86 , una entrevista' radiofónica b ajo el título "Despedida en Radio M undial d e la Misión Poética"87 y un interesante d iario de viaje en el que se recogen las impresion es del poeta 88 . Fue un poeta altam ente reconocido, tanto fuera como den tro d e Esp ail.a . De sobra es conocida su labor d ifu sora en Hispanoamérica, continente al que siem -

DIVERSOS-LUIS ROSALES, DIVERSOS-LUIS ROSALES, '~ DIVERSOS-LUIS ROSALES, I<S DIVERSOS-LUIS ROSALES, ,. DIVERSOS-LUIS ROSALES, " DIVERSOS-LUIS ROSALES, SH DIVERSOS-LUIS ROSALES, '2

77 DIVERSOS-LU IS ROSALES, 70, .1 Y 2. -, DIVERSOS-LUIS ROSALES, 20, .99. '" DIVERSOS-LUl RO ALES, 16, N.37. ,,1 DIVERSO -LU IS R SALES, 15, .2 " DIVERSOS-LU IS R ALES, 7, N .82 .

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'3

64, N.7 Y 67, N.4 . 77, N .1 9. 185, N.1. 109, N.3 . 175, N.6. 95, N.24. 67, N.3.


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Pilar Bravo Lledó

pre estuvo muy vinculado, siendo amigo p ersonal d e escritores de la relevancia de Pablo Neruda, Octavio Paz, Héctor Rojas, Ernesto Cardenal, etc. Pero su labor difusora de la literatura espaí'í.ola fuera de nuestras fronteras no se limitó a Hispanoamérica. Sus poemas fueron traducidos al sueco por Jorge Justo Padrón y al árabe por Clara Janés s9 . En Italia, todavía en vida d e Luis, su obra y estilo fue motivo de estudio . Se trata de un curso que se impartía en la Universidad de Pisa, en el Departamento de Lengua y Literatura Romance, a cargo de María Nuzzo bajo el título "Lengua escrita viva. Curso sup erior d e lengua espaí'í.ola para es tudiantes italianos a través de un ma es tro, La casa encendida de Luis Rosales "90. En Bulgaria, el Instituto Cervantes d e esa ciudad lleva el nombre d e Luis Rosales, conservándose el discurso y la m edalla con la que fue condecorado91. Este reconocimiento internacional llevó a que se propusiera su candidatura p ara el Premio Nobel de Literatura. La propuesta vino de la mano del también acad émico Dámaso Alonso, que contó con la ay uda d e Jorge Justo Padrón para la candidatura 92 • De estos momentos es · el poema "Hay que habitar de nuevo las palabras", que Luis Rosales dedicó a Ar tur Lundkvist, secretario de la Acad emia d el Premio Nobe1 93 o la carta de Eu sebio Sempere 9.1.

") DIVERSOS-LUIS ROSALES, '111 DIVE RSOS- LUIS ROSALES, 'JI DIVERSOS-LUIS ROSALES, 'lO DIVERSOS-LUIS ROSALES, '" DIVERSOS-LUIS ROSALES, '14 DIVERSOS-LUIS ROSALES,

17, 86, 77, 84, 74, 17,

N.16. N.36. N.25 . N.20. N.50. N.97.

En este tipo de fondos también se puede encontrar otra documentación, como la de carácter familiar, diferentes recuerdos, la patrimonial e incluso documentos pertenecientes a otros miembros de la familia. Es el caso de algunos documentos de su tío abuelo Antonio Corona Camach095, de quien se conservan numerosas poesías manuscritas. . También se encuentran cartas de Benavente y Falla o textos de autores como Antonio Machado, Manuel Machado o Federico Carda Lorca. Para finalizar, y como ya dije en un principio, esto no ha pretendido ser más que una breve muestra delcontenido del archivo de Luis Rosales, archivo que ayudará a profundizar en el hombre y en el poeta, y que ofrece la posibilidad de conocer el contexto político, social e intelectual de toda una época, así como de la evolución sufrida en su obra y en su entorno. Estas líneas no son otra cosa que un acercamiento de lo que se puede encontrar en el fondo y una puerta abierta a la investigación. Son muchos los puntos que no he podido abordar y numerosas las fuentes documentales que ahondan en el personaje y que no han podido ser tratadas, pero sí quiero finalizar apuntando que cada documento es único, que ofrece múltiples lecturas e infinitas posibilidades de estudio. En definitiva, queda a disposición de los investigadores el legado d e Lui s Rosales .

"3

DIVERSOS-LUIS ROSALES, 86, N .18.

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El legado documental de Luis Rosales

Luis Rosa les y Antonio Buera Vallejo

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A LillS ROSALES

Fraterno L:t;t.is, testigo enternecido. Tú respondiste a una pregunta mía traspasada ,de llanto y de agonía brindándome un mañana trascendido. Desde la orilla en que seguí perdido me aventuré a buscar, día tras día, el luminoso Abril que me ofrecía tu tiempo eterno, tu dolor vencido. Oscura está la casa y la conciencia. Quisiera yo pescar en tu almadraba para encender su luz en mis balcones. Tras ellos sueño a veces la presencia de mis padres, del hijo que yo..amaba. Mas sólo sombras son, sólo ilusiones. No importa, Luis. Sueña tú el son entero. Vuélvalo la belleza verdadero.

ANTONIO BUERO VALLEJO


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A Luis Rosales

Luis Rosales con Augusto Roa Bastos y Félix Grande (1983)

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SONRISA Y MIRADA DEL POETA LUIS ROSALES

"Verte, ¡qué visión tan clara!, vivir es seguirte viendo como sólo ve la luz el ciego de nacimiento. " LUIS ROSALES

Esa humana sonrisa y esa frente y entrecerrados ojos de ternura, esa sonrisa o pan en su cochura, desde su luz nos mira incandescente. Tras de habernos mirado fijamente con rostro de ola ardido en su dulzura, quizás desde nosotros -una voz oscurahable consigo mismo lentamente. Ya se adentró en el sueño ... Se diría que en su amor no abolido, su mirada nos sigue sonriendo todavía. Puede que esté buscando por Granada su juventud y la historia de aquel día, la luz de su niñez más olvidada.

ELADIO CABAÑERO


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Sonrisa y mirada del poeta Luis Rosales

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Luis Rosales: El rastro iluminado

LUIS ALBERTO DE CUENCA

Instituto de Lenguas y Culturas del M editerráneo y Oriente Próximo (CSIC)

Tuve el honor de coincidir no pocas veces con Luis Rosales (1910-1992) cuando éste no se había mudado aún al otro lado del espejo, y en todas ellas pude disfrutar de su ingenio, de su hombría de bien y de su simpatía. Como Jorge Guillén en las sucesivas ediciones de Cántico, como Julio Martínez Mesanza en las de Europa, Rosales imagina sus Rimas, su obra poética, como una pirámide en construcción donde buscarse y extraviarse hasta ,el final. Un final que llegó para Rosales en 1992, cuando la casa dejó de estar encendida y los recuerdos se oscurecieron de manera definitiva. En 1951, y al frente de la primera edición de las Rimas (1937-1951)', Dámaso Alonso hablaba de la ilusión poética de Luis Rosales -una ilusión total, sola, definitiva- como elemento básico a la hora de trazar su perfil como autor. De la ilusión no como engaño de los sentidos', SinO como esperanza que se acaricia sin que haya fundamento racional para ello . Ilusionado y absorto en la tarea de recordar (poesía es memoria siempre) e ir desviviéndose en cada verso, de hurgar I Reimpresas en Luis Rosales, Rimas y La casa encendida , Prólogos de Dámaso Alonso y Julián Marías. Madrid, Espasa Calpe [col. "Selecciones Austral", núm. 57], 1979.

en su pasado -sigue Dámaso Alonso-, Rosales ni siquiera advierte la oleada de luz que le baña el rostro y que inunda sus ojos con lágrimas encendidas. Y esa operación deja huella: un rastro iluminado, una huella de lumbre que acaso no conduzca a ninguna parte, pero que al menos brilla en la oscuridad, como aquel sendero de baldosas amarillas que ilumina las páginas de El mago de Oz. Una señal de tiempo roto y, sin embargo, resplandeciente que no nos lleva a salvo al otro lado del puente en ruinas, pero que, como una antorcha en medio de la noche, nos guía hacia la cara oculta del laberinto en un inolvidable viaje que, aunque muy triste, mantendrá vivo el estupor, y no hace falta insistir aquí en lo que eso supone. ' Por esta razón vale la pena coger la pluma y descansar de la abominable tiniebla cotidiana; de esa penumbra sin destellos que es demasiadas veces la vida, y dejarse llevar, dejarse ir tras la huella quemante de un poeta por unas ,horas y unos pobres párrafos. La ocasión prínceps en que las Rimas, con el espléndido prólogo de Dámaso, se imprimieron - su tercera aparición, en unión de la cuarta edición de La casa encendida, es la de Selecciones Austral-, fue un momento privilegiado, pues ese libro obtuvo el Premio Nacional


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Luis Rosales: El rastro iluminado

de Literatura correspondiente al a11.o 1951. Las Rimas de Rosales constituían el número 8 de la colección "La Encina y del Mar", de Ediciones Cultura Hispánica, e iban graciosamente acompaíi.adas d e unos dibujos de Antonio Valdivielso . Félix Grande y Francisca Aguirre pusieron hace treinta a11.os en mis manos un ejemplar de ese volumen ilustrado, y pude consul tarlo y aspirar el perfume de sus páginas todo lo que quise (que fue mucho). De cuarenta y dos composiciones -veinticuatro en la primera parte y dieciocho en la segu nda- constaba aquellas Rimas primeras de 1951. Los títulos de cada una de las dos grandes zonas del libro quedaron acu11.ados en mi memoria para siempre: "Juntos los dos en mI memoria sola" (verso de Leopoldo Panero) y "La palabra del alma es la memoria" (verso del propio Rosales que figura al comienzo de la segunda y de la tercera parte de La casa encendida). La pieza número 12 de "J un tos ... ", rotulada "Viento en la carne" y dedicada a Pepe Ruméu, no volvería a imprimirse en ulteriores ediciones de las Rimas. La pieza 20, "Separación", puede encontrarse en la egunda edición (1971), pero no en la tercera (1979). En lo que ataíi.e a la segunda parte, "La palabra ... ", tres de las poesías que la forman, "Canción de rueda", "La fuente" y "La nieve transeúnte", aparecen por vez primera y única en e ta editio princeps. Hay, además, títulos de poemas individuales q'-le variarán en las ucesivas reediciones, así como cierta d dicatorias que más adelante se van a suprimir o modificar. La labor, pues, de llevar a cabo una edición crítica de la Rimas de Luis Rosales pre- . nta dificultades y, entre las flores evidente de toda diversión textual, no oculta su e pinas. En 1951, el poeta se

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plantea su s versos -los versos de sus Rimas- en una fase inaug ural, algo imprecisa y vacilante. Bas te d ecir, por ejemplo, cómo m ezcla, en una misma zona del lib ro, poemas que luego, a partir d e la tardía segunda edición, figurarían plenamente diso ciados, perteneciendo a partes diferentes del torno. En 1971, Rimas y La casa encendida asociaba, p or vez primera en un solo volumen, una colección de piezas diversas en diversos metros y es tilos -las Rimas- y un libro unitario es tructurado en base a un largo poema en cinco momentos - La casa encendida-o Editorial Doncel patrocin ó tan singular simbiosis, que vio la luz corno número 1 d e su popular colección "Libro joven d e bolsillo". Las Rimas son aquí 63, veintiuna más que en 1951. Los treinta p oemas d e la primera parte prefiguran ya la ordenación de 1979. Los treinta y tres d e la segunda presentan, d e cara a una edición rigurosa y erudita de las Rimas d e Rosales, la novedad de incluir tres composiciones nuevas -au sentes, pues, d e la edición príncipe- que, sin embargo, n o se incluirían en la edición p os terior. Son "El ángel de los lugares d el am or", "La fuerza sin brío" y "Ya no llueve en la tierra", sin mencionar el ya citado poem a "Separación", que apa recía también en las Rimas de 1951. De la príncep s al libro de Doncel han transcurrid o veinte afios, y Luis Rosales ha so11.ado otras Rimas sobre la idea y las cenizas d e la s antiguas . Del mismo modo que Troya, Jericó, el palacio cretense de Cnoso o la ciudad de Harappa (a orillas del Indo) no son una realidad única, sino la suma d muchas realidades d ócilmente es tra tificadas ante el arqu eólogo, así la s Rimas no sor: más que un pretexto del poeta para situarse desd e una persp ectiva sincrónica y diacrónica a la vez en relaciór con su poesía, para vivir e his toriar a 1-


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Luis Alberto de Cuenca

vez su propia escritura, haciendo de su biografía un edificio de puntos suspensivos, una novela inacabada, una batalla fragmentaria de papel, un mosaico inconcluso. Como Jorge Guillén en las sucesivas ediciones de Cántico, como Cernuda en La realidad y el deseo, como tantos otros poetas de nuestro Siglo de Oro, Rosales imagina sus Rimas como un zigurat actÍmulativo, como una pirámide en perpetua construcción donde buscarse y extraviarse hasta el final, como una torre de Babel que, en el pensil de su intimidad, es tuviera creciendo y cayendo siempre, p erdiéndose y encontrándose, cerca y lejos, refl ejando una imagen perfecta de una existencia que se complace en fundir contrarios, para perplejidad de moralistas, confusión de racionalistas y alivio de p oet?s. Una d e las terrazas de ese zigurat es la edición d e Selecciones Austral, que consta d e sesenta y seis poemas . Las 31 piezas d e la primera parte son las mismas que aparecían en 1971 con la incorpora ción d el poema "Durar también es vivir", que en la edición de Doncel de las Rimas figuraba al comienzo de la segunda p arte. Como en 1971, el libro está d edicado a Pedro Laín Entralgo. Las citas que asesoran y alientan el poemario son las mismas de siempre, pero distribuidas d e forma diferente: mientras las anteriores ediciones situaban todos los lemas en los preliminares del libro -la . príncep s lo hace incluso antes del prólogo d e Dámaso-, la presente edición los rep arte al frente de cada zona (las citas d e Antonio Machado y de Unamuno encabezan "Juntos los dos en mi memori a so la", y la s de Dámas o Alonso, Leop oldo Pan ero y Luis Felipe Viv anco presid en "La palabra del alma es la m em oria") . La mayor novedad reside en la segunda p arte, que incluye por prime-

ra vez en el corpus de las Rimas siete composiciones: "El mundo pictórico de Manolo Rivera es anterior al paraíso" (con un grabado), "Ahora y en la hora de nuestra muerte amén", "A Jorge Guillén en su continuado nacimiento", "Cementerio de lluvia" (con grabado; el poema está dedicado a Paco Lozano por su cuadro La resurrección de las algas), "Citada con la luz", "Alguien llama a la puerta" (un homenaje muy personal a Dionisia Ridruejo) y "Primavera en estatua" (con subtítulo, "Oda escrita con tierra para Joan Miró", y grabado). La casa encendida (4 a edición, Selecciones Austral, 1979) lleva un prólogo de Julián Marías fechado en 1971 con un título muy guilleniano, "Al margen de La casa encendida" y con dos epígrafes: "Luis Rosales y "La casa encendida". Este libro de Rosales es, para infinidad de críticos, uno de los libros más importantes de la literatura española de posguerra. La introducción de Marías, que se incorpora aquí como prefacio 'a La casa encendida, da la impresión de haber sido compuesta como texto independiente del poemario de Rosales, no como pórtico. Nos lo indica la fecha, 1971, que acompafí.a a la firma. Otra posibilidad es que Marías lo escribiera para la tercera edición (Editorial Doncel) de La casa encendida y de las Rimas y que, por una causa u otra, no viera la luz en dicha ocasión. Lo cierto es que el discípulo amado de Ortega interpreta a las l:nil maravillas el sentido y las claves del libro. Espléndido trabajo, pues, el del prologuista. Hay que pensar que, en lo sucesivo, acompañe a toda edición que aparezca de La casa encendida. La editio princeps de La casa encendida se publicó en Madrid en 1949, d entro d e la colección "La Encina y el Mar", número 4, que auspiciaba entonces el Seminario de Problemas Hispanoamericanos (Cultura Hispánica) . Lleva una s es tu-

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Luis Rosales: El rastro iluminado

pendas ilustraciones surrealistas, a caballo entre Max Ernst y Giorgio de Chirico, de José Caballero (el mismo que ilustró el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de Lorca en 1935). El libro es ya una rareza bibliográfica . La impresión príncipe de La casa encendida guarda notables diferencias con la nueva versión que del largo poema publicó Rosales en 1967 (Madrid, Revista de Occidente). La edición de Revista es la esencial en la historia textual d el libro: aumenta el texto d e la primera y fija un texto que apenas se modifica en la tercera (Doncel, 1971) y en la cuarta (Selecciones Austral, 1979). Lo que n o varían, desde la prínceps, son los epígrafes, que -endecasílabos, corno los que in au guran cada una de las dos zonas de Rimas- presiden las cinco partes d el libro o, si se prefiere, las cinco estancias de la Casa. Los autores de los epígrafes son, nada más y n ad a menos, Villamediana, Antonio Machado, o tra vez Villamed iana (recu érdese que Rosales había publicado en Ed itora Nacional en 1944, bajo el disfraz poco seguro de unas iniciales L. R. C. [Luis Rosales Camacho], una antología d e Villamediana), el conde de Salinas y Lope d e Vega. Corno puede verse, las ob esiones del poeta han funcionado de forma inmejorable a la hora de elegir sus lemas . Sobre La casa encendida se h a escrito todo, o casi todo. o voy a añadir aquí tópicos pr suntamen te novedosos a lo dicho ya por la crítica, entre otras cosas porque los topoi nunca son nuevos. Ro al s se autobiografía poéticamente en la Casa. Todo lo hacen10s a diario. Quizá la imagen de la casa no sea más que otro

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artilugio para describirse a sí mismo, pues las habitaciones son como vísceras, y los cajones de la cómoda y los interminables pasillos se encuentran llenos de recuerdos, y hay gafas rotas en los gabinetes, y besos rotos en las alcobas, y llanto y miedo en el desván . Y si al final la casa está encendida, no quiere decir eso que vaya a estarlo siempre. Ni siquiera sabemos si mañana va a amanecer. Como curiosidad, diré que en la edición d e 1949 d e La casa encendida el son eto-zagu án se titula "Temblor junto a la memoria", y que, a partir de la segunda edición (1967), va a rotularse "Recordando un temblor en el bosque de los muertos". Ese zaguán del libro es muy bello, y Marías lo copia íntegro en su prólogo a la cuarta edición . En las Rimas d e 1951 y 1971 se llamó "Recordando entre el bosque d e los mu ertos", y en las de 1979 (SelecCiones Austral) pasó a llamarse "Recordando un temblor". El hecho de que el vestíbulo de la Casa sea también una de las Rimas nos h abla d e la interconexión d e los libros poéticos d e Rosales, de la univocidad de su obra. Ésa es la pieza que ahora ofrezco con mucho, mucho cariño. Transcribo el soneto del ejemplar de La casa encendida que perteneció a don Santiago Magariños (número 16.810 d e su biblioteca), con dedicatoria autógrafa del maestro. La referencia bibliográfica completa es la siguiente: Luis Rosales, La casa encendida, con dibujos d e José Caballero, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1949 [colección "La Encina y el Mar", núm. 4], página 19.


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Luis Alberto de Cuenca

TEMBLOR JUNTO A LA MEMORIA

Si el corazón perdiera su cimiento y vibraran la tierra y la madera del bosque de la sangre, y se pusiera tu propia carne en leve movimiento total, como un alud que avanza lento borrando en cada paso una frontera, y fuese una luz fija la ceguera y entre el mirar y el ver quedara el viento, y formasen los muertos que más amas un bosque ciego bajo el mar desnudo -el bosque de la muerte en que rfeshoja un sol, ya hacia 'otra tarde, su oro mudoy volase un enjambre entre las ramas donde puso el temblor la primer hoja ...

Uno y el mismo, penJ ~all1bién el otro y muchos, y demasiadas veces nadie, ¿qué es lo que queda del poeta? Como d el sabio : apenas nada. Tan sólo un débil rastro de luces que acaban por borrarse en el momento de traspasar el umbral de la casa común de los hombres, de la casa de olvido y de silencio donde todo es

oscuridad. Acaso un rastro iluminado que, como en el relato infantil, desaparece en el momento del regreso, al anochecer. Pero el camino de ida -la densa biografía poética, intelectual y humana de Luis Rosales- ha dejado una luminosa y perdurable huella en la literatura española del siglo XX .

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Luis Rosales: El rastro iluminado

Luis Rosa les con Juan Rulfo (1983)

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Lo vivo es lo junto Luis Rosales y el Diario de una Resurrección

SANTOS DOMÍNGUEZ

Un libro más es un libro menos, afirmaba Julio Cortázar. Dicho de otra manera, cada nuevo libro es un escalón menos en ese particular camino de perfección, en esa búsqueda de la voz propia por la secreta escala que sube todo poeta consciente. Lo recordaba estos días mientras releía el Diario de una resurrección, el libro que Luis Rosales publicaba en junio de 1979. Apenas dos meses después, en agosto, fechaba Félix Grande el texto prologal (La poesía de Luis Rosales más junta que una lágrima) de la Poesía completa de Rosales en Trotta. Donde acababa aquel prólogo querría empezar yo, haciendo mías las palabras que escribía allí Félix: "Yo debo mucho a Luis Rosales. A su espléndida obra, a su cabal forma de ser. Sé que es uno de mis maestros /. ../ Creo además que Luis Rosales no es sólo maestro mío: es uno más de los maestros, no muchos por desgracia, con que cuentan la conducta liberal y la poesía de nuestro tiempo. " Ese magisterio tiene en mi caso una fecha concreta, 1974, y un título, Como el corte hace sangre, un libro que se editó en Cáceres en una edición artesanal muy res tringida y que fue una revelación

para el joven aprendiz de poeta que yo era entonces. Luego supe que aquel era un libro no tan menor como se podría deducir de las pocas reflexiones críticas que ha suscitado, supe que ese silencio era menos un problema del libro que una declaración de insolvencia de la crítica. Supe que sus poemas seguían la línea iniciada cinco años antes con El contenido del corazón, un deslumbrante conjunto de poemas en prosa que se habían publicado en 1969 aunque su origen estaba en 1940, antes por tanto que La casa encendida, uno de los vértices del triángulo esencial que resume lo mejor de la poesía de Luis Rosales. Cinco años después de Como el corte hace sangre aparecía el tercero de esos vértices, el Diario de una resurrección, que era la culminación del ciclo iniciado con El contenido del corazón, pero era mucho más que eso. Y lo sigue siendo hoy: un libro tan milagroso, tan nuevo, tan futuro que se pudo escribir mañana. Pero ahora vuelvo al pasado, al tiempo en que conocí. a Luis Rosales . Fue en 1983, en lmas jornadas de poesía lusoespañolas que se habían iniciado en Coimbra, siguieron en Lisboa y terminaron en Cáceres con una lectura poética en la que participamos algw10s poetas locales a instancias de Sánchez Pascual.


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Lo vivo es lo junto

Aquello tenía algo de excurSlOn de las Misiones pedagógicas, de peregrinación poética que recordaba a otras que se organizaban en los años cincuenta. Promovía aqu ellas jornadas la asociación Prometeo, un grupo de poetas madrileños de un entusiasmo admirable. Sin formar parte de esa asocia.ción, como poetas invitados, venían Francisco Garfias, Luis Jiménez Martos, Carlos Murciano y Luis Rosales. Luis Rosales h abía publicado el año anterior Un rostro en cada ola, un libro sorprendente y d e enorme calidad y fuerza poéticas. Pero yo le recuerdo leyendo en el escenario un texto d el Diario de una res urrección. Era un poema largo sobre un vagabundo extremeño. Oigo todavía su voz solemne y cadenciosa y veo sus dedos índice y pulgar unidos, como oficiando, mientras lee algunos versos:

se llamaba Malina, nació en Extremadura y había vivido andando. Quien h a hablado con Luis Rosales alguna vez, ya n o olv id a nunca su aspecto, ni sus gestos, ni su palabra. Rosales tenía por entonces casi 75 años, pero su aspecto seguía mostrando a un hombre de físico poderoso, alto y ancho. Su indumen taria era algo trasn ochada, como la montura de sus gafas gruesas. Y detrás de su s gafas, unos ojos pequeños, expresivos, inteligentes y de un azul cálido y muy líquido. Unos ojos proclives a la sonrisa, a la benevolencia, al guiño vitalis ta y a la complicidad. Eran los ojos de un hombre limpio y entero, qu a veces se perdían, sin sombras melancólicas, en el pasado o en la ensoñación. En tonces entraban en acción sus manos, una mano grande .y delicadas que dibujaban las palabras en el a ir~, como si la acabara de descubrir,· como si e 1 acabaran ~e revelar después de un

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largo y placen tero esfu erzo . Con su avidad de entom ólogo, Luis Rosales cogía entonces las palabras con d os d ed os y nos las regalaba, exactas y d ominadas. Tenía un gesto muy característico en ese trance. Apoyaba el d ed o índice d e la mano derecha en el b ord e in ferior d el labio y con su d ulce acento ceceante silabeaba despacio y satisfecho. Su voz era poderosa, era la voz de un buen b ebed or de cofí.ac y fumador an tigu o, pero la controlaba y la admin istrab a cuid ad osa mente en susurros lentos y suaves . También equilibraba casi musicalm ente las palabras y los silencios y semb raba la conversación y la frase d e p au sas su gerentes. y así era, transitiva mente, su poesía. Una poesía que se convierte en integración y en juntura, en u n a m anifestación creativa que habita en la fron tera d e lo clásico y lo contemporán eo, d e lo íntimo y lo prójimo, del jardín y d el bosqu e como esas tapias del Retiro a las que alude en el texto inicial d e El contenido de l corazón, el libro en el que Lu is Rosales ha encontrado su tono d e voz y la raíz que alimenta su obra pos terior. U n mundo de frontera en qu e con viven una sencillez casi prosaica con la alucinada visión superrealista, y la inten sid ad p oética d e la voz lírica con la voluntad narrativa. Porqu e com o escribió m em orablemente en varias ocasion es, lo vivo es lo junto. Vu elvo ya a centrarm e en el Diario de una resurrección, qu e resume la obra d e Luis Rosales. Sus poem as convocan la infancia y la madurez, el presente y el pasado, lo elegiaco y lo celebra torio, la palabra y el silencio, el yo y el ello, la memoria y la imaginación, la refl exión y el sentimiento en una integración p oética cada vez más desp ojad a y m ás sen cilla, en una depurad a su tileza que con siste en nadar entre dos agu as.


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Santos Domínguez

Porque Rosales era desde El contenido del corazón un náufrago metódico que nadaba obcecada y desesperadamente entre el azar y la necesidad, entre lo milagroso y lo cotidiano con la libertad del versículo, d el verso libre o del poema en p rosa, dueño de una expresión que se m ueve entre la contención y el desbord amiento d el sentimiento y la palabra. y su trato con la palabra -entendida no como forma, sino como materia sensitiva y como cauce del pensamiento-, su uso sabio d el adjetivo que se posa en el poema para provocar el deslumbramiento d el d es tello o el desasosiego y el escalofrío d e la sombra, siguen siendo una lección p ara los poetas que nacimos medio siglo d espués. A partir de El contenido del corazón hay en la obra de Luis Rosales una profunda unidad de estilo y de tono que junta p oemas y libros en el fraseo inconfun dible d e su s textos y en un tono de voz que como él decía llevaba implícito todo lo que h emos vivido . y p or tanto, todo lo que hemos leído. Además d e esa constante sombra tutelar de Antonio Machado, el Pedro Salinas de Razón de amor y de La voz a ti debida, qu e resu en a en La absolución ("pero si tú me lo pidieras/ en ese instante mismo nacería"), el Jorge Guillén que dejaba su fe d e vida escrita en Cántico y en las estrofas de Salvación de la primavera que abren el Diario de una resurrección. O Juan Ramón, al que hace un homenaj e en La luz interrumpida, tilla de los poemas que prefiero de Rosales, un texto interrogante y dubitativo, una afirmación de la parad oja que resume ese cruce de fuerzas contrarias que juntan la poesía y la vida. Una integración que está asumida ya en los primeros versos:

Nunca pero contigo, aunque la vida sea In luz de esa mañana que nunca viviremos.

y el poema sigue milagrosamente en una luz matinal que no existirá nunca, en un tren que llega cuando no se le espera, en una hora de alondra que acaba siendo espejo, mirando y sin mirar un ayer venidero, viviendo y sin vivir unos recuerdos por hacer, bajo un sol amarillo o una tarde de invierno, con las manos de sombra, ceniza y d esp ertar, entre el luto y la vida, entre el nacimiento y la nieve. Porque en el Diario de una resurrección, un libro que Rosales escribe al filo de los setenta años, el camino d e vuelta se ha transformado en vía de esperanza, el náufrago avista una orilla cercana y el desengaño abre la puerta al optimismo en esa llegada desesperada y alegre a la veJez. La suma de angustia y alegría da aquí como resultado la plenitud. Y por eso es el libro más abarcador de vida desde una radical conciencia de la temporalidad:

y esto es morir: borrarse de sí mismo. Luis Rosales mantuvo un aprecio especial por este libro, del que dijo que era una obra en la que "mi expresión está más trabada y fundida que en mis obras anteriores. "

Diario de una resurrección compendia poéticamente vida y obra en unos poe-mas que concentran las características más notables y duraderas de la poesía de Luis Rosales : la suma de sensibilidad y experiencia, la capacidad expresiva y su fuerza ev ocadora, el equilibrio entre lo racional y lo irracional, entre el testimonio y la imaginación, la m em oria y la reflexiv idad, el diálogo entre lo interior y lo exterior : Pues lo interior y lo exterior son solamente aspectos de una misma fron tera,

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Lo vivo es lo junto

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decía en un verso de Sobre el oficio de escribir, el último texto del libro. En ese mismo poema leernos:

Acabo con otras palabras de Félix Grande en el prólogo a la poesía completa de Luis Rosales:

y me pongo a escribir, y me pongo a escribir a borbotones, con ininterrumpida facilidad, para marcar la linde que separa la vida [en dos mitades, y saber dónde empieza el corazón.

"Hay libros que nos impulsan a encontrar nuestro más íntimo lenguaje poético; hay libros que nos impulsan a encontrar nuestro más íntimo lenguaje vital. Hay libros que nos animan a abolir las fronteras tras de las que se encuentra la plenitud de nuestra más honda experiencia."

El Diario de una resurrección es, sí, un libro escrito a borbotones, pero con un constante ejercicicio de precisión. Si Rilke escribía era poeta y odiaba lo impreciso, Luis Rosales pone al frente del libro este lema que no es sino una variante de la propuesta rilkeana:

La imprecisión es el infierno conocido.

Esas líneas no se referían al Diario de una resurrección, pero él me permitirá la apropiación interesada porque .me sirven para decir que el Diario tiene probablemente esas tres plenitudes a la vez: la del lengu aje poético, la del lenguaje vital, la de la honda experiencia. y juntas son su mejor ejemplo, su mejor lección .


En el Centenario de Luis Rosales. La casa encendida: La luz en la oscuridad

PEDRO GARCÍA CUETO

En el centenario del nacimiento de Luis Rosales no parece que haya un clamor por una figura que sí fue representa tiva en su época, lo que me lleva a preguntar a aquellos que realizan los homenajes: ¿qué clase de criterio utilizan? ¿acaso el ideológico? ¿no sería más justo valorar el aspecto literario y reconocer qu e lo importante es lo que ha quedado escrito? Desgraciadamente, no nos movemos en esos planos y los homenajes tienen otra cu erda, es verdad que Miguel I-Iernán dez es un poeta esencial para entender nuestra poesía contemporánea, que su voz comprometida fue potente y h onesta y que sus versos aún nos fascinan por su originalidad y belleza, pero ¿no fue a caso Luis Rosales un poeta mayor? ¿Por qué pensar que su obra d ebe quedar relegada al d esgraciado incidente de la captura por parte d e los fascistas de Garda Lorca? ¿Tu vo Rosales responsabilidad en ello? Son preguntas que se han hecho muchos intelectuales, pero la sombra de la culpa persiguió a Rosales toda su vida, d ejando a un lado lo que realmente importa, su poesía (no d efiendo aquí una ac titud inmoral, que, es toy seguro, no tuv o realmente, como se ha docu1l1entado, el escritor grana dino). La poesía de Rosales es luz, una ventana abierta que clama a la infancia, un derroche de gu s to por el lenguaj e, un clamor por la b elleza.

Abril fue un poemario luminoso, donde Rosales ya pinta el paisaje, esa primavera que su fe católica impregna, llenando de verdor la luz del poema. La mención a Dios está presente y, aunque no compartamos su fe, sí nos deslumbra su pasión, su entrega, como nos recuerda el poema "Acción de gracias por estar a su lado": "Gracias te doy por la brisa / que en su infancia se detiene, / gracias por la flor que tiene' / su destino en su sonrisa'~ (vv.12-14). Para el poeta granadino, el mundo está bien hecho, s iguiendo a Jorge Guillén y el hacedor, Dios, es el causante de esa perfección. Rosales sabe que la religión está presente en nuestro mundo y su ferviente deseo de vivirla plenamente le lleva a cantar a la vida, al goce d e los sentid os. No en vano, escribirá un libro titulado Retablo de Navidad, porque al poeta granadino, la Navidad le parece un momento esencial de unión del h ombre con su fe . Pero mi intención no es resaltar a través de los poemas el contenido religioso d e Rosales, sino d e ten erm e en La casa encendida, un libro d ond e el poeta granadino persigue las sombra s, aviva la llama d e los fan tasmas de la casa, los concita, entregado al arrobo d e su fe existencial. Es La casa encendida el libro donde Rosales nos habla del hombre en simismado, que al contemplarse deja su vida


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En el Centenario de Lu is Rosales

al amparo del espejo, donde el tiempo nos regala la mirada verdadera, así se ve el poeta desnudo entre los muebles, los trajes, los sombreros, como si fuese un objeto más de su casa encendida: "He llegado a mi cuarto, igual que siempre, y al desnudarme / me siento entumecido de alegría, / como si el cuerpo me sirviera de venda y me cegara, / y yo estuviera siendo / de un material casi cristal de nÍl1.o, / casi de nieve alucinado, / porque todo es distinto y tú lo sabes". Esa idea del tú a quien se dirige imprime la presencia del otro, un ser lejano, al que Rosales canta en la fantasmagoría de la casa luminosa, pero también la mención al "cristal de niño" ya nos habla de la fragilidad, también de la pureza, la virginidad, al hablar de la "nieve". En definitiva, Rosales nos habla ya de la infancia, el edén perdido, como lo fue también para Francisco Brines en su poesía magistral. El poeta conversa con Juan Panero, ya muerto, amigo de muchos años, porque La casa encendida es un diálogo con el tiempo, un reencuentro con los fantasmas que nos asolan y que fundamentan nuestras vidas, hechas de luz y sombras. Lo describe con ese arte que el andaluz sólo sabe trasmitir: "Era proporcionado de ueño y estatura, / y no podía cambiar / porque estrenaba su vigoroso corazón a todas horas, / y ahora he vuelto a encontrarle, / ahora se encuentra aquí porque siempre volvía". Para Rosale , Juan Panero, en sus largos silencios, era pura luz, una especie d quietud donde hablaba la nobleza del corazón. También se dirige a otros amigos, como Luis Felipe Vivanco.

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Hay m u ch os versos que com entaría de este libro, pero no quiero d esvelar el camino que la poesía d e Rosales va trazando, prefiero qu e sea el lector quien se deslumb re con su luz esp ecial. Me gu staría terminar este p equeño homenaje con unos versos que expresan hasta qué punto Rosales entiende la vida como un esfu erzo estoico d e resignación, la que le acomp añ ó en su vida cuando algunos le acusaban d e h aber propiciad o la muerte de Fed erico, nuestro g ran García Lorca. Cuesta creer que un h ombre de tanta hondura tuviera algo que ver en sem ejante ignominia p ara nuestra historia. Dice Rosales: "Las p ersonas que n o conocen el d olor son como iglesias sin ben decir / como un poco d e arena que SOl1.ara en ser playa / como un poco d e mar" . Tiene razón el poeta granadino, el dolor, ungü ento que acaba embadurnando nuestras vidas, que nos sella con s u halo trágico, es, en d efinitiva, el esp ejo de nuestra condición humana, quien n o lo conoce son los nÍl1.os (que no están enfermos) que p u ed en imaginar, SOl1.ar ser playa siendo arena, p ero, nosotros, al leer a Rosales (este año hubiese cumplido cien años) con ocemos el d olor, p ero La casa encendida nos abre las puertas de los SUel1.0S y de la infancia, también d el recuerdo. Hay que reiv indicar la p oesía sin ideología, la verdad era llamada d el poeta y la soledad del lector que se maravilla porqu e entiende, a través d el lenguaje lírico, lo que él también piensa y siente. Hay que leer a Rosales para v er la luz de la casa, com o la d e cua lquiera d e nosotros, al fin y al cabo, casas que se habitan y se desh abitan d e recu erdos y de instantes q ue fundam entan nuestras vidas.


¿RECORDÁIS?, EN GRANADA TODO OCURRE EN EL CORPUS

(Homenaje a Luis Rosales)

ÁNGEL GARCÍA LÓPEZ

Aquel dios, ese día, se ocultaba en el frío de un lugar que era nuestro: una roja colina bruñida sobre el cielo como nunca un orfebre diera filo a un alfanje, plateadas las nubes con que el cedro tendía su loriga a la tierra. Me acerqué a conocerla al pie de la montaña que otros dicen Veleta, el alto hermafrodita de rocas y de hielos y un jardín como un útero germinado de adelfas que han nacido con nombre. y supe de sus torres al mirar el Alhambra, cuando oí que mis

labios tocaron aquel aire que sostuvo la nieve, los largos cipresales con que esculpe el otoño esa luna gigante que se baña en la alberca . Conocí de su lengua cuando vi que me hablaba con magma de volcanes, de arrayán vuelto el canto y el cuello de los cisnes que guardaban el patio hechos fustes y mármoles y traslúcidos juncos más que el ónice bello.


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¿Recordáis?, en Granada todo ocurre en el Corpus

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Vi su rostro de estucos, de abetos y de robles, calígrafos y letras desde el yeso y el ala sin dormir d e la música; bordados atauriques trabajando desnudos bajo el sol que horneaba la ya ardida montaña.

y el mirto vi a su lado, la zambra giratoria, miel primera del nido; la sierra en la que andan predilectas las aguas sin llover sobre el mundo; la oculta adormidera que arrastran los aludes h asta ahogarse en el Darro. y ocasión allí hubo en que, artesa, su viento, al paladar tiiiera de las luces caídas y el perfume alertado. Hasta dar a mi len gu a un códice perfecto, la vieja enciclopedia de su voz en Comares, su alabastro pererme ya agotado el idioma. y hasta urdir cómo abrirle la lámina de oro que se engarza al vocablo, la pulsión del lenguaje y el sexo d el sintagma que amanece sin tinta y vierte su alfabeto como hechizo que amansa, su naciente balido desde el vocab ulario, las leyes duraderas de su hermosa lascivia. y sentirme en su ovillo, urdimbre y esqueleto donde está la

palabra -Albayzín- que, sonámbula, tatuada la acequia, torna roja a su génesis. Hasta hallar en el nombre lo que explica y no dice, y salta como el ciervo que diluye la aurora, cercanos los tambores del metal de la esdrújula y la sílaba grave, el manantial que brota dibujado del cúfico.

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rre en el Corpus .. ."

¿Recordáis?, en Granada todo ocu-


Retablo de Navidad

ANTONIO HERNÁNDEZ

Cuando Luis Rosales tuvo la recaída definitiva y hubo que llevarle a la Clínica d e Puerta de Hierro para que sus ojos no sa lieran de aquel lugar sino cerrados para siempre, me llamó María por teléfon o y, al poco, estaba yo allí con el luto puesto de antemano. Se me habían adelantado su hermana Esperanza y Juan Antonio d e Ceballos, uno d e su s gra ndes amigos. La su erte, la mala su erte, estaba ech ada y ya n o había sitio salvo para el llanto, pero Ceballos quiso poner una n ota d e normalidad imposible y le dij o: "Mira, Luis, quién ha venido a verte: tu niii.o querido" . E inmediatamente aíi.adió: "Por más que tú has tenido muchos niíi.os queridos". Su espléndido sentido del humor hizo una pausa apenas estirada y remachó en ton o menor, como si alguien no debiera enterarse: " ... y niíi.as". Luis abrió LHl ojo, el d erecho, quizás por última vez sonriente. Le conocíamos tan bien que simultáneamente supimos al mirarnos lo que nos había querido decir: "Que me quiten lo bailao". Lo bailado y lo cantado, pues en más de una ocasión, había rememorado, con un hilo de voz mermada a dúo por la enfermedad y la emoción, coplas, canciones, endechas de setenta af'tos antes, cuando en Granada aún no se había escapado lo que más quería . Canciones a su mejor niíi.o, a su niíi.o de luz, a su niíi.o pleonasmo: a su Niíi.o Dios.

Es por aquel recuerdo de su mnez musicada como en una zambomba d e albricias por lo que he elegido el tema navideíi.o para que retumbe una campana celeste y solidaria y no porque yo m e crea lo que supera a la verdad: la fe d e que una promesa se cumpla y no s repita mejores en otra vida . Yo he escrito en algún libro mío, cierto que un poco a la sombra encendida de Ro sa les, que "nunca hemos sido más que cuando fuimos niños". Y esa materia de mito o d e certeza, si en lo primero ya se hizo plenitud de infancia; si en lo segundo será paz y amor con un regalo inefable aíi.adido . Resulte sí o no el pétalo de la margarita del misterio, ya ha sido fl or, llámesele ternura, esa pasión d e la serenidad. Así que al invitarme Félix -su nÍll.o literario más querido- me acordé de que en la escenografía de mi b elén patrio de Arcos de la Frontera leí un libro a la que daba vida divina y humana los versos de un Retablo de Navidad; en el que Luis Rosales ponía alas d e ángel al demonio de una dilatada po sguerra . Era cierto: "La desgracia d ep ende menos de los males que sufrimos que de la imaginación con qu e lo s soportamos" . El Diálogo entre Dios padre y el ángel de la guarda del Niño que regresaba de Belén me llenó de fantasía cuando és ta es creadora y no la loca de la casa:


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Retablo de Navidad

- ¿La m u la? -Señor, la mula está can sad a y se duerme, ya n o p u ede d ar al Niño un aliento que no tien e . -¿La p aja? - Señ or, la paja b ajo su cuerpo se extiende como una p equeñ a cruz d orad a p ero d oliente. - ¿La Virgen ? -Señor,la Virgen sigu e llorando. -¿La nieve? - Sigu e cayendo; hace frío entre la mula y el buey. -¿Y el N iño? -Señor, el N iñ o ya em pieza a m ortalecerse y es tá tembland o en la cuna como el jun co en la corriente. - Todo está bien . -Señor, p ero .. . - Todo está bien. Lentamente el ángel plegó sus alas y volvió junto al p esebre. Y, claro, si aquella b elleza inaudita no m e dio fe, me proporcionó la arrogan cia d e querer ascender p or ella a los cielos. De conocer lo mío que les voy a leer ah or a mismo, Luis Rosales m e hubiera ap lica do el precepto hindú : "Soporta severam ente a tus imitadores", y e o porqu e una d e su s m áximas podía ser q ue a la recti tud d e criterio le viene al p lo una go tas d e indulgencia. Lo mío era así, como sig u e: -Cam ellero, ¿tú q u é le traes al - ... EI camello . -¿ Y tú, cantarera, d í? - Agua de la fu en te . -¿ y tú qué traes, r covero? -Pa o , gallin as, con ejos ...

iño?

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Volvió la cabeza y miró al buey. -¿ y tú, ¿qué le traes al Rey de la Tierra y de los Cielos? . , yo 7. - ¿Q Ulen, -Sí, tú. - ...Mi aliento . Desplegó el ángel las alas y retornó eterno al Cielo. Todo estaba bien guillenianamente, en orden, en paz, en equilibrio, pero sólo p or lo pronto porque, ya entonces, Luis Rosales sabía que si el mundo estab a bien hecho, se había estropeado : La tierra siente un profundo estertor m ortal y eterno . No pued e más. Hace invierno y hace d olor sobre el mundo. Lo escribió en el Villancico de la falta de fe, dond e Baltasar, el rey mago negro, "tiene la carne / morena como el almez" y "es viejo, tan viejo / que ha muerto más d e una vez " . Un p oco antes h a hecho que una negrita se d eslumbre: Venía loca corriendo ¡quién lo diría! y al verle, d e rep ente, com o zurcid a, se le quedó en la b oca la sonrisa . Los persegu idos tienen su sitio e este belén d e prodigios. No to do es aleluya y en la Sú plica fina l a la Virgen del alma arrepentida comparece el Ros ale~ más d oliente, el que p a rece no tener 12 asistenc.ia d e su in fa ncia para conservar se en la p ureza, IEl d e su ser nifio que cor su mano creciendo en las ed ad es p on í cada año el Portal, "las lucecitas az ules, rojas y am arillas ( ... ), la p lata d e las aguas; los pas tores y la nieve en la si e-


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~~.~. Antonio Hemรกndez

Antonio Hernรกndez con Luis Rosales (1987)

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Retab lo de Navid ad

rra; los ganados, las ermitas y el blanco esp ejeante y acurrucado de la cal en el pueblo; el carrito de bueyes con los adrales, las mieses y el boyero de la aguijada" ... Rosales dice que se pasaba las horas muertas aprendiendo a nacer. Y que seguirá siendo niño mientras tal impresión p erdure. Asegu raba Prou st qu e "la m ejor parte de nuestra memoria reside fu era d e nosotros, en una ráfaga lluviosa, en el olor propio de una habitación o en el aroma de u n a llamarada". Nos contó que para recordar olía, como si fu era un pedazo de pasado, una magdalena. Sin embargo: Vuelvo a la selva d el dolor nativo y arrodillado ante mi sangre, m u erto, siento volar la arena d el desierto d el corazón efím ero y cautivo . Sólo en la an g ustia p ermanezco y vivo sintiendo entre mi carne un bosqu e abierto donde queda el redrojo al d escubierto con el paso del tiempo fu gitivo. De vivir d escansando en la agon ía tengo ro ta la san g re y sin latido, la soledad desenclavada y yerm a, ¡ciega el cris tal d e la m emoria mía y ac una en tu regazo el tiempo h erido para que duerma, al fin, para que duerma! El poema s terrible, es trem ecedor, desaso egante . Habla por sí solo, pero ¿qué e lo que hiere de esa manera la menlOria de Rosales? ¿Tendría en su conci ncia una taladra d ora incesante para pedirle a la Virgen que se la durmiera? El poeta nos ha dejado para la et rnidad un po ma infinito y ya se sabe qu lo terno y 1 infinito on hermanos de angr tal vez porq ue nos desangra n p d -rconcebirlos.Sellama, o e titu-

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la Autobiografía y abre Rimas, publica d o en 1951. Dice así: COMO EL NÁUFRAGO M ETÓ DICO [QUE CONTASE LAS OLAS QUE LE [BASTA N PARA MORIR; Y las contase, y la s volviese a contar, [para evitar errores, has ta la ú ltima, has ta aquella que tien e la esta tura [de un niñ o y le cubre la fr ente, así h e vivido yo con una vaga [prudencia de caballo de cartón en el bañ o, sabiendo que jam ás m e h e equivocad o [en n ad a, sino en las cosas que yo m ás que ría. ¿Qué era lo que m ás quería? ¿En qUÉ se había equivocad o? AtUl no había nacido Luis Cristób al su único hijo genético, y que yo sep a le que más quería era su familia y Granada sus amigos . Cualquiera que m e oiga esta rá pensando: "Ya salió el Fed erico". Perc, es muy posible qu e esté hablan do sólo de su primer gran am or, una herm osura ale · mana, en su siempre d eseada cáted ra d, ~ Literatura que, según solía d ecir, le escamoteó Franco, y en Fed erico, p or supue to, en haberle llevado a su casa sacándoln de la Huerta de San Vicente con riesgo d,~ su vida y la de sus familiares más directo 3 a cambio de una cruz. Me lo dijo más d ~ una vez, pausado, ceceante, caviloso, CO' 1 el ingenio que qu iere cap ear la infa mi, : Ojalá me hubieran traducido a tantas lengu{;5 como esas en las que me han insultado. Pero los grandes aciertos poéticos s 1 LUl poco como el misterio de la Encarnacióll. Entra LUl rayo de sol en la m ente d el p oeta f sale por sus ojos a la vida sin romperlos 1 . mancharlos. Yeso es lo q ue importa, lo qLe ha hecho a quien lo escud1a o lo lee m t s grande, instan táneamente eterno. Es lo inefabl e explicado. Las razones del coraz ' n que la razón desconoce.


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Antonio Hernández

Si le preguntan diría que no sabe nada, era de Nazaret, quinceañera, y se llamaba María. Él calla a su lado y ve la escarcha en el suelo, era carpintero de ribera y se llamaba José. Callan y el silencio junta sueño, ventisca y asombro; callan y él duerme en su hombro tras de hacerle una pregunta. Cuando el sol en el portal entra y su luz reverbera, ella le contesta: -Era . .. como el sol por el cristal. Nadie va a poner en duda la fe profundamente cristiana de Luis Rosales, pero yo sé de la mejor tinta, que era la suya, que su Dios era Cristo y que tenía cuidado con el hombre cuyo dios estaba en el Cielo solamente. Nadie tampoco que en el momento de escribir el Retablo de Navidad, era, además, católico, pero de un catolicismo que empezaba a esconderle la sonrisa, a escatimársela, a regateársela. Los años le habían podado un poco la generosidad, la inocencia y a Dios lo habían burocratizado mientras que Cristo seguía sufriendo en el madero . Acaso ya acusaba el síntoma sin dolor al escribir Ahora querría ya ver el Belén de mi infancia en Granada porque como exclama en el poema subsiguiente: "Llegaremos de noche, y el helor / de nuestra propia sangre t.e daremos. / Este es nuestro regalo: no tenemos / más que dolor, dolor, dolor, dolor" . Pero tal vez la fe se aferraba más que al mito al ejemplo his-

tórico, al Dios personal, real y cierto que al legendario sin que éste fuera el tronco de la rama tronchada y aun así florecida. El verso final puede ser ilustrativo: Como la luz del sol abriendo el día caminaban los Reyes; la arpillera se tornaba, a su paso sementera, y la estrella en su alambre se movía Pastores con su oveja y su alegría ven con asombro cómo el tiempo era de nieve en el Portal cuando en la era la parva ya en el aire se encendía. San José con la mano en la cancela llama y nadie responde; el pueblerío paralizado por el miedo, y la luna blanca y la tortuga lela en la resquebrajada agua del río: todo empieza a borrarse para mí. La fe es un don de Dios para los creyentes, no del razonamiento, y su hijo predilecto, como escribió Goethe, es el milagro. Es un motivo que no admite sutilezas. Para la razón no pasa de placebo por muchos esfuerzos escolásticos que se hagan. Pero aquí hay algo más. Hay una poesía verdadera que origina un prodigio: que los incrédulos y los creyentes se den la mano, estén en línea con la otra divinidad, la de la inspiración, ese anticipo del cielo existente o no. Esta poesía encanta, virtud del mito, y salva, cualidad del arte. y en cuanto a Dios, desde mi punto de vista cegato de incrédulo, existe. Es como en lo de las meigas. Pero conviene, como con relación al fuego y a los Estados Unidos de América, ni estar muy cerca ni muy lejos de él. A no ser que sea la poesía misma. En ese caso tendremos que quemamos con y como Rosales. Porque toda su ascensión no es más que un abismo . Ese abismo humano sin el cual el poeta no pasa de trovero o de simple literato.

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Retablo de Navidad

Luis Rosales con Guadalupe Grande y Antonio Hernรกndez (1985)

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El ejemplo se llama Luis

MIGUEL A. ORTEGA

Porque la muerte no interrumpe nada: aquí está todavía, aquí sigue, aquí alumbra aún su casa encendida. Hace ahora cien años exactos que vio la luz de Granada uno de los hombres más esenciales, más puros en lo puro, más buenos en el único sentido de la palabra bueno, que la ingrata España h aya dado nunca. Se llamaba, y le seguimos llamando a este lado de la vida, Luis Rosales. Es uno de los ejemplos más diáfanos de cómo una conducta moral puede abrirse paso por entre la sangre, los escombros, las infamias y los errores de su siglo, para seguir reuniendo las pocas migajas posibles de inocencia, para poder sobrevivir con d ignidad en medio de la nada más atroz. Es uno de los ejemplos más pavorosos d e cómo un crío de veintiséis años puede ver derrumbarse los cimientos de su vida, ver caer asesinada su inocencia, ver caer asesinados a sus dos mejores amigos, ver caer a su país hasta convertirse en una gigantesca orgía de caínes y fanáticos, y a pesar de ello seguir creyendo en el hombre, por más que el desengaño fuera ya su sombra tutelar: por todo esto, entre otras cosas, es también el autor de una de las poéticas m ás humanas, m ás auténticas, más insobornablemente nobles de toda la tradición de la lengua castellana. Luis Rosales es el ejemplo vivísimo de cómo la fe del hombre en los hombres

puede y debe devastar con un golpe de ola a lo más miserable de la política, y de la sociedad, y de la condición humana, para seguir braceando hasta alcanzar en un abrazo a todos los otros náufragos, los que tampoco nos equivocamos nunca en nada, sino en aquello que más queríamos: pero es también el ejemplo tangible, orgánico, inacabable, de que un artista puede y debe levantar un obelisco fraterno y lleno de sol que nos recuerde que allá lejos, después de las tinieblas, nos espera el faro. Luis Rosales -lo sabe todo aquel que quiera saber- dio cobijo en su casa granadina, en aquel verano de 1936, a su amigo Federico Garda Larca. Cuando un miserable indocumentado con ganas de figurar, siguiendo órdenes de otros


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El ejemplo se ll ama Lu is

m iserables carniceros, se llevó a su amigo d e aquella casa, Luis Rosales - fa langista , sí: casi un adolescente que no sabía lo que suponía o iba a suponer ser falangis ta- se jugó su vida para salvar la de su amigo. Pero no pudo. Desde entonces, y has ta su muerte, Luis Rosales hubo d e v ivir con el fan tasma d e aquel crimen para siempre, d e aquel acontecimiento qu e difuminaría su alegría para siempre, y también con la calumnia de quien es (por motiv os tan insondables como los d e las serpien tes) le injuriarían para siempre, culpándole d e la muerte d e su compañero de vino y versos. Hasta prác ticamente antes d e ay er. Pero no pudieron, no pudieron con él. No pudieron con el h ombre, y tampoco con el escritor. Aquella angu stia estupefacta d e 1936, cuando también fue asesin ado su compa dre Joa quín Amigo -éste a m an os contrarias-, y tod o lo qu e vino luego, se quedaría agazap ad o en sus entrañas y en su con cien cia com o los p erros que lad ran puntuales en las p esad illas, pero Luis Rosales supo esp erar. Siem pre supo. M achadian o como era, sabio como era, siempre supo esperar: para escribir su s libros, para mirar despacio a los seres que amaba, para con-

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versar con la vida sin lev antar jamás la voz. No pudieron con él, enton ces, antes de ayer, y n o pueden h oy tampoco. N o pu dieron con su fe m ás p rofunda en la vida, y n o pudieron evitar que se abrazara, metódico, al último rescoldo de inocencia que pudo salvar d el feroz in cend io, y erigiera con él una d e las obras m ás em ocionantes que h oy podamos disfrutar los nietos m ás en guardia de esta d emocracia amnésica, tan llena de grietas, tan fa lta d e sobrem esa tranquila y con versación . N o pudieron con él, y aquí sigu e, encendiéndonos la casa - a oscuras tantas veces- d el corazón . Aquí sigu e la casa fra terna d e su p oesía: p ara seguir alumbrándonos la conciencia, para d ecirnos qu e n o ten gam os p risa, para hacer enrojecer d e vergüen za a las hienas con corbata d el telediario y quizás - por p edir qu e n o qued e- para que alg unos versificad ores m od ernísimos dejen de d escubrir el m ed iterrán eo tod os los días, y se en teren , antes d e n ad a, de que lo vivo era lo jun to. Lo escribió este chaval del qu e hablo. Se llam a Luis Rosales, nos cumple ahora cien añ os, y todos los aprendices d e poeta, y d e ser human o, deberíamos llamarle maes tro.


De izquierda a derecha: Luis Rosales, Fernando

Quiñones~

,1 __

Jorge Luis Borges, Félix

~rande

y Fernando Savater

ESCRITO PARA GUITARRA FERNANDO Q UIÑONES '.~

Luis querido: Sustrayéndome a la página convencional, creo que pocos sones y resanes como el de la guitarra, ser al que tanto hemos oído juntos y aún leído, convienen a esta ocasión. Aquí te va pues, con mi abrazo y con el de Nadia.

¿Se te ha escrito, guitarra? Se te quiere escribir, te llamaron ya un corazón al que cinco espadas malhiere, y han dicho ser tu toque, el trágico, un agujero de la muerte -trou de la mort-, y bravío pero humilde, y bien puesto quedó que habrá un silencio verde todo hecho de guitarras destrenzadas: esas cosas, o la de oírte cuando estemos ya sin nada en la vida,


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Escrito para guitarra

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que te dijeron Federico, Cocteau, Borges, Gerardo, Luis, nuestras deudas, así como nosotros también dejamos ir hablando -e incluso en prosa, verso, no mucho m~nos fugitivos que lo hablado- alguna ocurrencia sobre tu conocida condición de hembra profunda con caderas y piel y boca y canto, cuánto más fuerte que n osotros, ostentosos, vanos v arones sólo tal vez capaces de decir algo próximo a tu bebible saliva melodiosa y a tus ásperos, dulcísimos pezones o a tus desnudos pies de madera y de música. Tod os sabem os, sin embargo, que en el fondo tampoco a ti hay quien te diga; la literatura no te puede abarcar ni llegarte cuando te arrastran, nos derriban, las luces y los trémolos, los reinos y tinieblas y arrebatos que en nuestro Sur te asisten, aquí en los naranjales, en la pleamar de la alegría, pero también de cara a las oscuras riberas del final, ah tú, guitarra larga en palpar las manos de la tierra, sentarte en su escalón, declararla con cuerdas, venas, uñas eficaces. y que cómo cantarte es verdad, pero ¿cómo también pueda ser todo cuanto te decimos . retórica inventada en un papel, guitarra, cómo nos sería posible ni pronunciar siquiera lo que no fuese ya, son ya verdades tuyas?


La presencia de ~tonioMachado en la obra poética de Luis Rosales

MANUEL

La guerra civil dejó una huella inmensa de desolación y de ruinas no sólo en los paisajes físicos de España, en sus pueblos y ciudades. La dejó también ~ n los imaginarios de la literatura y, de manera muy especial, en el de las nfl uencias y los referentes a los que acu'iirían los poetas. Tanto los del exilio :xterior e interior corno aquellos poetas, ntegrados en un exilio diferente, marcalo por una vinculación juvenil y. de prin era hora con la Falange, por haber .Iivido ia guerra en el llamado bando lacional, corno Luis Rosales, Luis Felipe Jivanco o Leopoldo Panero, entre otros. Ese vínculo, estrechamente ligado on el lado en que sufrieron el drama olectivo de la guerra, no fue ajeno al 'Lladro de influencias y al modo de netabolizar la obra de otros poetas. \ osales, que pronto se integró en la opo,ición liberal al régimen que expresaba .a monarquía de don Juan de Borbón, a 'uyo Consejo perteneció durante largos íños, fue un enorme poeta de la intimiJ ad, de una intimidad que lentamente, a medida que su obra fue evolucionando, se impregnó de claves colectivas, de preClcupaciones sociales, de compasión, también de un sustrato auto crítico y atormentado en el que vivía su memoria de la contienda, su mirada hacia la propia infancia y, corno HO podía ser de otro modo, el recuerdo duro, que se clavó en su conciencia de manera indeleble, del asesinato, que no pudo evitar, de su

RIco

amigo Federico Garda Lorca. No es difícil definir esa actitud poética, tal y corno lo hiciera Luis Felipe Vivanco en 1950, corno "un realismo intimista y trascendente".. Estarnos ante la Generación de 1936 . . Ante una generación que, más allá de la adscripción política de cada uno de sus miembros, desde Miguel Hernández hasta el propio Rosales, inició, al comienzo de la década de los años 30, un proceso de rehumanización, de vuelta a los clásicos tras los empeños vanguardistas y la experimentación de la mayor parte de los miembros de la Generación del 27. No era sólo un problema estético, de orden formal corno la recuperación de la versificación y de la estrofa clásica (frente al verso libre y a los juegos del creacionismo de sus predecesores): era también de aliento poético / emocional. Se trataba de proyectar la mirada sobre el ser humano, de asumir su carga sentimental. Se trataba de revalorizar las emociones, de recuperar la sustancia de lo cotidiano y familiar, de dar cauce a una conciencia que, de ser comprensiva y cómplice con el totalitarismo durante la guerra civil, acabó desembocando en la posguerra, tal y corno afirma la profesora Araceli Iravedra en su ensayo El poeta rescatado. Antonio Machado y la poesía del "grupo de Escorial", "en una escritura que dejó de ser evasiva para ser desengañada . Importan ahora el hombre y la vida, y mientras el tono adquiere


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La presen cia d e Antoni o Machado ...

tintas existenciales, el cauce expresivo abandona su hieratismo y su frialdad para alcanzar cotas cada vez mayores de sinceridad y realismo". Es en ese marco, en la ma triz de ese impulso que se aleja de sueíi.os imperiales y del puro formalismo escurialense de la primera posguerra dond e el Machado más intimista (no el más extrovertido y "social", que sería reivindicado por los poetas del compromiso, comenzando por BIas de Otero y Celaya), el más preocupado por la memoria personal y por el temblor de sus paisajes y ciudades, encuentra sentido. No en vano, en 1949, Luis Rosales impulsa un doble número de Cuadernos Hispanoamericanos como homenaje a Antonio Machado en el décimo aniversario de su muerte. Será la primera 'revista-homenaje al poeta sevillano que se publica en Espaíi.a desde el final de la guerra . Es evidente que, dado el momento histórico-político en que se publica, en plena dictadura, el enfoque del mismo da prevalencia al Machado al que arriba aludíamos: al poeta neorromántico e intimista, humanamente "esencial", de la primera época, al poeta de Soledades y de la parte más paisajística y trascendente de Campos de Castilla, al Machado, para entendernos, "más lírico". ¿Fue circunstancial ese homenaje d e 1949 a Antonio Machado? ¿Tenía, en Rosale , la única función de conmemorar los diez aíi.os de su muerte o había un trasfondo más sólido y perdurable? o cabe ninguna duda de que obedece a una razón muy poderosa, que va más allá de lo circun tancial y pasajero. o otra que la admiración hacia su obra, que la a imila ión, en la propia, inclu o desde los primeros poemas de su temprano Abril, de la carga de cordialidad, de intimidad radical que alienta en la po sía del evillano. De e a empa tía

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da cu en ta el p ropio Rosales en una entrevista, realizad a precisamente p o r Félix Grande para El País, en 1978. Dice Luis Rosales en un m om ento d e la entrevista : "La p oesía d e M achad o h a sido para m í com o un red il p ara un rebaíi.o. Me dio descan so, orientación y seguridad en los m om entos en que lo n ecesitaba ( .. .) Detrás d e la p oesía d e Machad o hay tanto una situación vital com o una actitud vital que la su stenta". En otra entrevista, realizad a p or BIas Matamoro en 1983, Luis Rosales afirma: "Con ocí a A nton io Ma chado antes de la gu erra, aunque lo traté p oco. Tuve m u ch a ad m iración por él. He sido de los primeros en ver en Machado n o solamente al gran poeta, sino al p en sador, al sociólogo, al m aestro" . Hasta aquí, algunas d eclaraciones del maestro. Pero la pregunta que cab e hacerse va m ás allá d e esos pronunciamientos. Sería la sig u iente: ¿d ónd e encontramos, en la lírica d e Luis Rosales, la huella machadian a? 'Intentemos responderla. En primer lugar, en la apuesta p or una .poesía biográfic a y vitalista o biográfico-intimista. Na die discute que para Antonio Mach ad o, su biografía, desde la Sevilla de la infancia hasta la Segovia de sus ú ltimos aíi.os, pasando por Baeza, por la exp eriencia d e la guerra y su paso por Valen cia, sin olvidar su profunda y dolorosa exp eriencia soriana, es un elemento esencial en la conformación -de su m undo p oético . Es, en el fondo, el personaje central d e la exten sá obra 'narrativo-p oética en que se cons tituye el conjunto de su p roducción literaria. Pues bien, Luis Rosales, a lo largo d e su dilatada labor com o p oeta, también como pensador, especialmente a p artir de La casa encendida y, sobre tod o, d e El contenido del corazón y d e los libros de su s últimos aíi.os, desd e Canciones h asta La


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Manuel Rico

carta en tera es personaje, protagonista central de su dilatada obra lírica. La Granada remota de la infancia, la experiencia de los años de guerra, dolorosos y doloridos, marcados por el asesinato de Federico, su realidad cotidiana y fa miliar, sus amigos, su vi?ión desengañada de la Espai'í.a que sucedió a la guerra, pasan a formar parte de sus paisajes líricos, a ser sustancia de la reflexión/ evocación en que sus poemas se convierten. En segundo lugar, . Rosales escribe una poesía en el tiempo o, lo que es lo mismo, nos muestra un "hombre en el tiempo". "El hombre es un ser temporal e ininteligible", escribe Luis Rosales . En este verso se expresa otro de los vínculos, no por sutil menos consistente, de su poesía con la de Antonio Machado . El ;10mbre está hecho de tiempo, es decir, de Historia y de historias, pero también de W1 ininteligible afán de trascendencia. Para \1achado, la poesía es "palabra en el tiempo" . Es decir, el hombre es, también, W1 ser temporal. ¿Ininteligible, tal y corno afirma osales? Posiblemente .. En todo caso, lo que diferencia a un poeta del otro es que la religiosidad del granadino hace que a la temporalidad del hombre le añada el calificativo de ininteligible. Ese carácter conduce al misterio. Y del misterio, al sinsentido del dolor y de la muerte, a la esperanza de que la felicidad negada en sta vida nos sea concedida en la otra. Una creencia, eso sí, teñidapor un escepticismo apenas apuntado. Y, en tercer lugar, una "honda palpitación del espíritu". Son conocidas las palabras que, en su poética, escribiera Antonio Machado en 1917 con motivo de la reedición de Soledades: "el elemento poético", escribió, "no es la palabra por su valor fónico, ni el color, ni la 'línea, n i un complejo de sensaciones, sino una

honda palpitación del espíritu". Ahí es donde se apuntan, agregó Machado, "las ideas cordiales, los universales del pensamiento". Rosales bebe en esa enseñanza y ' en esa experiencia. En libros como La casa encendida y El contenido del corazón sobre todo, no hay sino una asimilación, probablemente no conscien~~, de esa palpitación del espíritu. Su poesía tiene un temblor casi mágico, parte de lo real evocado para acabar en la vivencia presente y vibrante que cobra forma en el poema . Todo lo hasta aquí apuntado pone de relieve la presencia de Antonio Machado en la poesía, por otro lado extremadamente singular, distinta a cualquier otra, de Luis Rosales. En cierto modo y más allá de la influencia que el sevillano (sobre todo la vertiente más intimista y trascendente de su obra) tuvo en la mayor parte de los poetas coetáneos d e Rosales, más allá de la huella generacional que dejó en la lírica de posguerra, hay que decir que la encarnadura existencial macha diana que se proyectó en la poesía del maestro granadino dio lugar a una hermosa metáfora: el poeta muerto en el exilio en Collioure, el poeta que escribiera, en el pozo de la desolación, "estos días azules y este sol de la infancia" antes de morir, respiró, como palabra en el tiempo o corno honda palpitación del espíritu, en la lírica del poeta que lo sobrevivió, que maduró literaria y vitalmente dentro de España en un tiempo difícil. , Esa encarnadura, ese encuentro en la matriz del poema, supuso, en cierto modo, el 'ablandamiento de la frontera. Una suerte de reconciliación entre dos experiencias vitales y literarias y entre dos mundos que, separados en la realidad, se fundieron en el tiempo y en el espacio mágico del poema . Machado y Rosales . Antonio y Luis.

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• a


Luis Rosales, poeta desde la carne al alma

MANUEL

Toda la vida de Rosales es un soñar, tan encristalado, tan engalanado en su sueño, que a veces nos dan ganas de desencristalarle violentamente y zarandearle. Pero no, su sueño merece respeto de todos, porque en este mundo de tanta simulación es de una autenticidad destinada, fatal.

D ÁMASO ALONSO

H ay que empezar diciendo que la poesía de Luis Rosales responde a tantas ~a usas y a tantísimas circunstancias, qu e si la miramos como se mira un cuadro, contemplamos en ella el mapamundi : on la humanidad dentro, con todo lo que su imagen puede representar y contener por debajo y por encima de su ros~ro , de su aliento reverberado. Sí, la poesía de Luis Rosales es un rostro en cada ola, como se titula uno de sus peregrinajes o libros. Y una perenne casa encendida. Y una almadraba de sensaciones. Es una carta entera donde el mundo se incorpora, se desmadeja, se radiografía, se explaya y, finalmente, se hace una tomiza, una trenza para abrazarse mismamente, lo que es en definitiva su paráclito y más genuino sentimiento: dar sentido a la vida. De ahí que todo diario poético rosaliano sea el de una continua resurrección , un abril removiendo el contenido del corazón, porque late en' cada renglón, en cada palabra entera, la sangre desde la carne al alma, y la voluntad de

RÍos

RUIZ

un hombre también, puesta de pie y hablando, cantando a boca llena:

La tierra desterrada es ancha y poca; se desnuda del alma con el frío; ésta es la historia de una sed, Dios mío; lo que debió ser trigo es pan de roca . Es la queja austral del poeta. y la alegría:

Comienza a clarear, entre la umbría el agua se despierta y reverbera, antes que al sol apunta en la ladera la nieve ha sido ya la luz del día. Es saber ver el m undo. Son versos que nos levitan el ánimo. Son versos que nacen del conocimiento extrapolado a lírica. Es así porque en todos los versos de Luis Rosales conviven y vibran la razón y la fe, los más legítimos redaños y vislumbres del poeta verdadero. Son versos que se nos quedan adosados en los adentros para siempre ensanchándonos el ser. Y dándonos, con su "Autobiografía", una lección magistral de la vivencia y del destino humano:

Como el naúfrago metódico que contase las [olas que le bastan para morir; y las contase, y las volviese a contar, para [evitar errores, hasta la última, hasta aquella que tiene la estatura de un [niño y le cubre la frente,


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Luis Rosales, poeta desde la carne al alma

así he vivido yo con una vaga prudencia de [caballo de cartón en el baño, sabiendo que jamás me he equivocado [en nada, sino en las cosas que yo más quería. Exacto d efinidor y señor del idioma, como le llamó el mismísim o Pablo Nerud a, Luis Rosales es el poeta que más preconiza la palabra. Su voz es un encomio, una alab an za suntuosa de la lengua. En cada vocablo, en cada verbo, en cada adjetivo que ha dejado en el papel hecho hierro y mariposa a la par, se vislumbra 10 atávico de su sentido, y se percibe y se asume claramente toda la realidad evocada y trascendida que genera el canto y el cuento que advertía Machado. Verbigracia:

La puerta es un espejo que se mueve y al acercarme pesa tanto la mano que no la puedo levantar [para tocar el timbre, no llego hasta esa altura, hay días que la muerte está tan cerca [que no se puede alzar la mano; ya causa de ello he iniciado el retorno para seguir callejeando sólo un momento más, sólo un momento detenido igual que el agua fría se bebe sorbo a sorbo, o

también como a veces se detiene el orgasmo cuando la dicha es tan intensa [que no queremos que se agote y volver a empezar se parece a morir.

y se nos ha escrito de su memoria poética, de su palabra del alma, que ordenar lo que ha sido la poesía española d nue tra época, Luis Rosales, su obra, aparec rá como una gran grapa o abrazadera que irva para dar coheren-

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cia a poetas y tendencias diversas, a períodos sucesivos y generaciones encontradas . Es verda d. En la poesía d e Luis Rosales se agl utina lo habido y por hab er. Es una b óveda que empieza donde es tán los cimientos y tras llegar hasta donde está cuanto el poeta conoce e imagina, vuelve a la lejanía del comienzo en su arco y temblor. La poesía d e Luis Ros ales parte del hond ón del ayer y en su p eriplo por todos los cielos y cienos barajados por la fabulación y los saberes, siempre regresa al sitio de la puerta, y la abre para que el aire de la lírica se renueve cada día haciendo porvemr. Tal vez sea así la poesía de Luis Rosales porqu e así es la m emoria . "La palabra del alma es la memoria" , ha escrito. Siempre supo el gran poeta, el poeta maestro, que hay que decir esa palabra enamorada, por eso prosigue siendo un poeta en crecimiento, instalado en el tiempo deslindad o. y como él escribiera d e Cervantes, se ha escrito de su sentido de la libertad: "La libertad ha sido oficio y tema central del vivir y el pensar de Luis Rosales. La libertad accesible y comunicable ... La libertad pródiga". O sea, su forma de defender al mundo y sus habitantes, condolido de la maldad. Y sonando su voz como un cartel en providencia d e la paz, frente a la maldición que oprime al orbe:

Ya se sabe que hay guerras que finalizan [sin terminar, creo que el mejor ejemplo fue la Segunda [Guerra M undial que sigue siendo aún la guerra interminable, la escarcha del terror, la guerra fría, y el progresivo encharcamiento [de las raíces del vivir.


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Manuel Ríos Ruiz

Hace ya muchos años que en el mundo [hay una guerra derramada, y en cualquier parte a donde vayas _ [siempre verás lo mismo: una guerra indistinta, un odio cruel [y una cárcel sin muros. Esto es todo. No hay más. Cruza las manos sobre el pecho. No puedes hacer nada, Pues a partir de su terminación la guerra [está domidliada en todas partes; Si abres de par en par los ojos en la noche [que tal vez ni vuelvas a cerrarlos, la que la guerra nos persigue, lOS acosa, i nos aguJerea, os busca de uno en uno, 'arece que nos va deletreando. Ese entendimiento tan levante de lo ~ u e es la libertad, la paz por nombre, ha ido la clave de un talante y el motivo undamental de que a Luis Rosales lo ean y admiren tantas personas de todas as latitudes, la razón de que todo lector e tenga por un amigo que le habla ncantándolo, porque sus poemas comJrenden la magia de la intimidad com,lartida, transmisora de entrañadas cerezas. Y el quid de esta realidad estriba ~ n algo muy sencillo: Luis Rosales siemJre supo que él era él y el otro. Una cuaidad que se denota en sus versos, al iUstentar la sensación personal con la vir tud de transmitirla al prójimo coloquialmente, como en las estrofas que transcribimos de Un rostro en cada ola (1981), tan vigentes en su contenido. Leamos:

La informática nos enseña que hay más [predestinados al fracaso que al éxito, así en la rebatiña de la administración [no 'dura mucho la alegría, pues la política funciona con corriente alterna,

y mutatis mutandis cuando te dan de baja, tus compañeros piensan que cuanto [más cesante más culpable. Al terminar la guerra sólo quedaba en el [escalón un inocente que no se rebullía [ni para tiritar, andaba por el aire medio muerto sin atreverse a hablar en el despacho [ya que todo se sabe, y a fuerza de callar le salieron heridas [en el rostro, pues la saliva hiere: quien no lo sabe es porque lo ha olvidado. Sí, Luis Rosales ha compartido sus sabidurías, sus versos enteros como cosechas de clarividencias engendradas en las palabras, con todo aquel capaz que se ha acercado a sus libros, capaz de aprender y, al unísono, sentirse aprendido por prendido en el poema. No puede ser de otra manera si visitamos La casa encendida, el poema español más importante después de la generación del 27, según otro gran poeta, el nicaragüense Pablo Antonio Cuadra . Y es cierto, porque nunca una casa fue tanta casa cantada, ni tuvo dentro tanta confraternidad en cada sílaba en el tiempo, tanta vida sensible, tanto amor a la belleza. Desde tamaña casa y desde tamaño poemario, es más poesía la poesía española, porque crea un género nuevo, el de la lírica narrativa, que cuenta de forma intimista, coloquial, una historia, la del poeta y sus secundarios semejantes. Un libro soliloquio en el que leemos:

Porque todo es igual y tú lo sabes, has llegado a tu casa y has cerrado [la puerta con el mismo gesto que se tira un día, con que se quita la hoja atrasada [al calendario, cuando todo es igual y tú lo sabes.

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Luis Rosales, poeta desde la carne al alma

Has llegado a tu casa, y, al entrar, has sentido la extrañeza de tus pasos que es taban sonando en el pasillo antes [que llegaras, y encendiste la luz, para volver a comprobar que todas las cosas están exactamente colocadas como es tarán dentro de un año, y, después, te has baiiado, respetuosa y tristemente, [lo mismo que un suicida, y has mirado tus libros como se miran [los árboles sus hojas, y te has sen tido solo, hu mn nal1lente solo, defini tivnJllente solo porque todo es igual [y tú lo sabes . Posiblemente nos res ta decir, en primer lugm~ qu e en realidad no hemos revelado nada de cuanto se puede exaltar de la poesía de Luis Rosales, lógicamente por-

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que se trata de un tema ilimitado como lo son las estrellas y los nacimientos. Y en segundo término, porque en la poesía rosaliana se hace palpable la definición tan jubilosa como certera que acuñó otro poeta andaluz: "La poesía es el arte de ser joven" . En su poesía, Luis Rosales nace y renace cada vez que se abre cualquiera de sus libros. De ahí que nos maraville al oírle decir casi susurrando en La casa encendida: y ahora vamos a hablar, ¿sabéis?, vamos a hablar.

Los que conocimos y tratam os a Luis Rosales, lo sabemos: miraba al cielo y lo encontraba todo. Había que leerle y escucharle. Así lo seguimos h aciendo mientras que tengamos vida p ara la admiración perpetua, porque nadie com o él h a sabid enseñarnos a acariciar el alma desde la carne.

De izquier.d a a derecha: Pere Gim fe rrer, Jul ián Ríos, Rosa Chacel, Octavio Paz, L UI S Rosa les, Ja ime Gil de Biedma y Gonza lo Torrente Ballester


Mi padre, Luis Rosales LillS

Parafraseando a mi padre, he puesto i corazón en hora para intervenir por .Jrimera vez en un acto de homenaje o de recuerdo a mi padre en Madrid. :::omo ustedes saben, nació en Granada JI 31 de mayo de 1910 y este es el prin ero de los actos 9-el Centenario que Tan a honrar su memoria. Agradezco Júblicamente a todas las personas y ' n tidades que me han ayudado en la ~ e s tación del mismo. En concreto, 2n este caso, al Archivo Histórico \Jacional, a la Sociedad Estatal d e ::': onmemoraciones Culturales y a Félix ::;rande, que me han dado esta oportu1idad d e hablar ante ustedes. No puedo )lvidar el excelente trabajo, la inteligencia y el humor de Pilar Bravo, mi antecesora en el día de hoy, así como a Carmen Sierra, Natalia Fernández y todas las personas que durante los últimos dos años y medio con tanto cariño, me han ayudado con el legado, que está siendo digitalizado y por tanto, susceptible de ser leído y estudiado por todas las personas que estén interesadas . Gra cias a La Casa Encendida y al Ministerio de Cultura por esta digitalización. Esta conferencia ha sido construida sobre poemas y citas de mi padre, que usaré de forma constante con la esperanza de que resulte más interesante para ustedes. La primera, podría ser determinante: "Dios nos libre de amigos que repitan nuestras palabras sin enten-

ROSALES

Fouz

derlas". Hay algo peor, que esa persona pueda ser su hijo . Yo claro, preferiría que esto que estoy haciendo qhora, más bien, se refiera a la siguiente: "como lo propio de la Historia es cambiar, las personas, aunque no lo parezca~ se confirman cambiando, ya que tal como seas, la identidad te cambia". ' Hay que llenar de contenido el corazón de cada uno de nosotros, no se le puede dejar falto, escaso y, por tanto, hay que llenarlo de gozo. Como decía mi padre "al. corazón hay que llevarlo de la. mano". La lectura es una forma . inequívoca de obtención de placer y si además, ustedes hacen el ejercicio de homenajear a los .escritores, es decir, leerlos, podremos matar dos pájaros de un tiro, o sea hacer el bien ajeno a nuestro beneficio. Por esto, tengo la gran alegría de informarles de la reedición de casi toda su obra poética, incluso, se va a publicar un libro con Los romances del colorido y Las baladas líricas, obras de su primera juventud~ anteriores a Abril. A Luis Rosales, mi padre, hay quien ya le ha definido perfectamente. Dámaso Alonso dijo lo siguiente de él en el prologo de Rimas: "Luis Rosales está hecho de una prolongada, densa sucesión de retrasos, discusiones, ternura, teorías, ilusiones, ensayos, delicadeza , ceceos, un corazón como una casa, poemas, amigos, inteli-


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Mi padre, Luis Rosales

gencia inventora, tabaco negro y coñac". Su familia, su forma de ser, su explicito ceceo son suficientes para determinar su procedencia, además podríamos añadir que una parte de su obra tiene como fundamento o acompañamiento a Granada . No les tengo que decir hasta que punto su familia ha sido fundamental en su poesía. "Me gusta recordar que he nacido en [Granada: Libreros, una calle tan pequeña que iba [a dar clase por la noche; la cerraba, a la izquierda, una pared [arzobispal, una pared muy digna y [casi sin ventanas; generalmente la cubría una pizca [de cielo desconchado". Todas estas vivencias con sus hermanos, con sus amigos, fueron muy ricas y como decía Juan Torres Molina: "en la juventud, siempre hubo un Rosales con quién compartir un rato de ocio"; también José Siles Murcia recordando algún atardecer de la primavera granadina en los años 28 y 29, leyendo versos en la Plaza de los Lobos que l/era el embrujo eterno de Granada". La determinación de ser escritor la tuvo después de numerosas dudas . Existe un telegrama familiar que dice: "ni obispo, ni poeta, a la tienda que hace fa lta" y así fue, durante un tiempo, ejerció de comerciante con mi abuelo en su tienda de lo que se llamaba pasamanería en aquellos años. Ayudaba con las cuentas y, sobre todo, se ocupaba de aquellas que se hacían en moneda extranjera. En relación a la persona que resultó clave a la hora de hacerse escritor, hay que mencionar a Joaquín Amigo: "era mi amigo, mi pundonor y mi maestro".

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Era una persona importante en el mundo cultural de Granada, responsable con el gran Federico García Lorca de la revista Gallo. Por cierto, Joaquín Amigo fue quien presentó a Federico a mi padre. Se va a Madrid en el año 1930 y estudia en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense, considerada como la mejor de toda Europa en aquellos tiempos . Posteriormente, se publica Abril, su primer libro en el año 1935. Después vino la fatídica Guerra Civil con sus desastrosas consecuencias. Como ustedes saben, unos y otros le privaron de forma execrable de sus dos grandes maestros y amigos, es decir Federico García Lorca y Joaquín Amigo. Ambos hechos le marcaron para siempre y le llenaron de dolor para el resto de su existencia. Como habrán visto, se están proyectando fuera de esta sala una serie de imágenes de su vida; entre otras, podrán ver un recibo de la entrega de su sortija de oro a Falange española el día 19 de Agosto de 1936. Probablemente fue su recibo de vida. Un extracto de su poema l/Centinela Alerta" escrito en 1937, publicado en ese mismo año en el diario Patria de Granada, dice así: "Tendidos están los cuerpos que mi cuidado vigila, tendidos y ya entregados a la muerte o la fatiga; uniéndolos y abrazándolos, la tierra que nos afirma, casi ma ternal acoge el silencio y la ceniza de los heridos que sueñan vivir con el nuevo día , y de los muertos que tienen desclavada la sonrisa. Se están uniendo las sangres que no se unieron en vida,


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Luis Rosales Fouz

Con María Fouz, su esposa, en Vallehermoso, 26

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M i padre, Luis Rosales

solas ya sobre la tierra p ara en contrarse caminan qu e la m u erte n o vendrá v en cedora, ni ven cida" . La vida siguió para él com o p ara el resto d e los españoles. D espués d e p asar por Burgos y Pamplona, se traslad a d efin itivamen te a Ma d rid . Conoció a una ga llega ll amada María Fou z de Castro en 1938 en Bu rgos; se casó con ella u n poco más tarde, es d ecir, 13 años después y de esa relación, me tien en u s ted es delante. Empezó a vivir en el año 1944 en el 6° Izquierda de Altamiran o, 34, la originaria "casa encendida" . Por allí pasaba todo el mLmdo. "Echamos de menos Altamirano, 34 com o nuestra casa", decía su amigo p oeta nicaragü en se José Coron el Urtecho. Yo viví y crecí allí h asta que tuve 24 años. El día d e mi b autizo in vitaron a su s amigos. Siem pre h abía algo que celebrar y siempre había Lma excu sa p ara verlos. Seg-(m parece, ese d ía, d espués d e interminables, inteligentes, ju gosas y d ivertidas conversacion es, llegó el d esdichad o momento de retirarse a su s casas. Mi padre b ajó para abrirles el p ortal y empezó la conocid a "d esp edida gran adina", consistente en continuar la conversación en la calle mucho tiempo m ás . Así lo hicieron , h as ta que W10 de los invitados dijo: "¿p or qué n o vam os a d arle otra vuelta al niño?", propuesta que fue aceptada de inmedia to y subieron a terminar un bautizo, según ten go entendid o, memorable. Era en esas reuniones donde cantab an el célebre "Himno de los intelectuales" que dice así: "Dicen los intelectuales que el b eb er es un v eneno, beber poco siempre es malo, beber mucho siem pre es buen o . En la tumba de un borracho

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h a n acid o un arbolito con h ojitas d e colores, m ira si será b onito . Mira si será b onito, mira si ser á bonito, que el b orracho está contento d eb ajo d e su a·r b olito ." Con el tiempo, la casa original se qued ó p equeí1a y d ecidieron aí1ad ir al 6°, nues tro esp acio vital, o tro piso en el m ismo edificio p ero en el 4°. Poco tiempo d espués, mis padres con siguieron alquilar la casa d e ab ajo, es d ecir, el 5° izquierda por lo qu e dejamos el 4°. Si bien es cierto que esta situ ación era algo más funcional que la an terior, la realida d .n os demostró qu e, com o no había comunicación interior, las sopas, guisos, libros, discos y cu adros se mudaban con bastante frecu encia. Los Rosales y su s amigos, subíamos y bajábamos como posesos. Al cabo del tiempo, el piso 5° dio un golpe d e es tado y quiso apropiarse d e la cocina, no le bastaba con ten er el salón, los dormitorios y los cu adros, también h abía qu e cocinar allí. Recuerdo que una vez vino Benjamín Palencia a casa y mi padre le dijo: "Le h emos puesto una casa a tu s cu ad ros". Benjamín se paseó en silen cio d elante d e ellos hasta que llegó a d os óleos, empezó a observarlos desd e tod as las distancias y posicion es p osibles. Después d e su s bastantes minutos en completo silencio, dijo "ten go que aprender yo much o d e estos dos cu ad ros", a lo que mi p adre respondió., dirigiéndose a mí: "Ves Luis, para ver, h ay que mirar y hay que saber" . De hecho, eran otros tiempos, teníamos dos números diferentes de teléfono, uno para cada piso, ya se sabe, las casas de los poetas, son de p oetas y por tanto, muy poco prácticas, desde luego la nuestra, p ero repito, era de poeta y adem ás, estaba "encendida".


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Luis Rosales Fouz

El piso d e arriba tenía la biblioteca en el salón más bonito en el que yo he vivido nunca. También estaba la cocina y el despacho de mi padre, el lugar d e d onde procede una buena parte d e su obra primera, naturalmente La Casa encendida, que tardó una semana en escribirla. Ese sancta sanctorum que dio lugar al siguiente magnífico poema que Dámaso Alonso me escribió, (ese Cristobalillo soy yo) y que se titula "Los consejos de tío Dámaso" : Haz lo que tengas gana, Cristobalillo, lo que te dé la gana, que es lo sencillo. Llegaste a un mundo donde manda la chacha, mandan los manda mases y hay poca lacha. Caso nunca les h agas a los m ayo res: los consej os d e Dámaso son los mejores. Tira, mi niño, tira, si te da gana, los libros de papito por la ventana. Cuélgate de las lámparas y los manteles, rompe a mamita el vaso d e los claveles. ¿Qué hay pelotón d e goma? ¡Chuta e impacta! ¡Duro con la pintura llamada abstracta! Rompe tazas y p latos. ¡Viva el jolgorio y las almas b enditas d el Purgatorio !

La m ejor puntería te la aconsejo si es que se pone a tiro un buen esp ejo. Aun hay m ás d ivertido: coge chinillas, y con un tiragomas, ¡a las bombillas ! Pero ahora se m e ocurre algo estupendo: donde papá se encierra vete corriendo . ¡Macho, cuántos papeles! Tú, con cerillas, vas y a papá le quem as esas casillas ... Verás qué cara pone, ¡qué gracia tiene! Anda, sin que te vea, mira que viene. Vamos a divertirnos tu y yo, mi cielo. Es un asco este m u ndo. Con viene que lo p on gamos b oca abajo. ¡Es tan sencillo! Vam os a h acer u n mundo nuevo, chiquillo . En 1962 adq u ieren una casa en Cercedilla y posteriormente, 9 años más tarde, m e compran un "auto" para trasladarse, que era u n Seat 600 al que llam áb amos "el rayo que no cesa". Cuando el mism o fue su stituido por un 127, al nuevo se le denominó" el trueno azul". Corno ustedes saben, mi padre nunca condujo, para fort u na de la especie humana.

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Mi padre, Luis Rosales

Cercedilla será el lugar donde mI padre escriba durante los veranos, de forma extraordinariamente metódica hasta que, en 1984, un infarto cerebral casi pudo con aquella salud de hierro . Su tempo siempre era el mismo, primero leía y reescribía lo hecho el verano anterior, lo que le servía para ir tratando de encontrar su tono y a partir de aquí, lo que él decía: "y esta es la dura brega del escritor, tener un hallazgo de cuando en cuando". Se levantaba muy temprano, regaba el jardú1 y después desayunaba de forma muy ablmdante. Se encerraba entre las 10 de la mal"í.ana y las 7 de la tarde. No comía, únicamente se tomaba un ponche en el despacho para no interrumpir la concentración, los puros, el coñac, etc. le acompañaban en su menester "y la cabeza de Ltús Cristóbal mirándome hasta luego". "Hasta luego" era que nos llamaba a mi madre y a mí, sobre las 7 de la tarde y ·nos leía lo que había escrito durante el día. Le resultaba importantísimo oírlo, además, mi padre recitaba extraordinariamente bien. Fue una gran suerte poder ser testigo diario de su poesía. En mayo de 1984, en Segovia en una lectura y coloquio con poetas jóvenes dijo: fInada más alegre que iniciar la carrera de las letras, nada más difícil que perseverar en la vocadón de ser escritor, todos tenernos más condiciones de las que creernos para escribir, pero es sumamente difícil que tengamos para nosotros mismos el nivel de exigencia que todo escritor debe tener". Pues bien, así él lo tuvo año tras año y con un resultado cada vez más fecundo. Pablo Neruda, que también era extraordinariamente metódico en el momento de ponerse a escribir (dijo de sí mismo que se comportaba como un ingeniero en esa situación), le definió de esta manera en el año 1972:

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"Qué decir de Luis Rosales a quien yo conocí naranjo, recién florido en aquellos aftos treinta, y que ahora es grave poeta, exacto definidor, sei'í.or d el idioma. Ahora lo tenemos lleno de frutos, exigente y fecundo. Atravesó este mortal antipolítico el momento desgarrador en Andalucía y se ha recuperado en silencio yen palabra. Salud ¡Buen compañero!". Efectivamente, "señor del idioma", ha sido un gran dominador del lenguaje, siempre muy inventivo, muy andaluz y muchas veces, muy surrealista: "A mí me gusta que las palabras jueguen y cambien de opinión y se destruyan un poquito y vuelvan a nacer " ("L a cal' ta en tera ") Él decía que las palabras son insuficientes para expresar con exactitud lo que se quiere decir: "A cada hombre le tendríamos que [hablar en una lengua distinta, a cada amigo le tendríamos que hablar [con una voz distinta para que nos pudiesen comprender, pero la lengua personal es tan fiel a sí [misma, tan incomunicable que las palabras son corno ataúdes y sólo llevan de hombre a hombre su andamio agonizante, su remanente [de silencio y su estertor". ("La cicatriz", Como el corte hace sangre) El poema "La memoria total" (Oigo el silenCio universal del miedo) habla de la importancia de la lengua y de las palabras que componen la misma: "me refiero al poder de gestación que tienen las palabras para ensanchar el horizonte de la creación verbal".


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Luis Rosales Fouz

Además, si nos circunscribimos a los escritores, dice:

"Y ahora me estoy preguntando ¿cuánto puede durar un olor en el aire?"

"Más tarde o más temprano, la búsqueda de precisión de un escritor se convierte en dolencia." "El escritor no es un protagonista, es un testigo." "La ambigüedad, ya lo sabéis, es el pulso corporal del poema, la imprecisión, el infierno conocido." "Y deberíamos escribir en imágenes para que las palabras no se entiendan, se vean."

"Cuando el amor se acaba, sólo deja [un puf1ado de pájaros."

Efectivamente, hay una buena parte de su poesía que puede muy bien ser expuesta en el cine o ser motivo de coreografías. Imagínense lo que podía hacer con las palabras cuando hablamos de ellas y de las imágenes que se desprenden de las mismas:

"Y aparecen tus hombros soleados, tu momentánea piel y tu cuello de miel agonizante. " "Cuando vivimos tanto que hay que pagar exceso." "Y el pueblo por la noche se lavaba las manos en el mar" (Diario de una resurrección) "Un sofá vagabundo que nunca estaba en el mismo sitio ." "Mientras los muslos se le reían cada vez de forma más clara."

"¡ La nieve, Abril, la nieve con su [cándido asombro!"

"¿Imagináis las olas, verticales y quietas, esperando?"(La carta entera)

"Y vi un instante en tus ojos aquella locura alegre de los pájaros que viven Su feria sobre la nieve." (Segundo Abril)

"Un niño mira al cielo para jugar al aro con la luna." (Oigo el silencio universal del miedo).

"La lluvia quieta en el viento." (Retablo) "Te espero de tal manera que se me [olvida vivir." (Rimas) "Mi corazón cuyo peligro adoro." (El contenido del corazón) "Hay esta alegría de arder en el tiempo, de arder y quemarse sin acabamiento" "¡Nunca he visto nada más carnal, más tibio, que el aliento del toro borrándose en el aire frío!" (Canciones)

"Cuando todos los muertos, cogidos de la mano, formen una cadena alrededor del mundo." Mi padre era muy generoso, siempre se estaba dando a todo el mundo, era alegre y tenía una actitud vital que podría ser la de ese precioso verso del Conde de Villamediana que dice: "de vos no quiero más que lo que os quiero" . Fue un hombre extremadamente bueno que vivió como tal. Como él dijo" conocemos el valor de la vida y los que no hemos muerto, viviremos por todos", y as! lo hizo .


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Mi padre, Luis Rosales

Tengo que decir que si mi padre tuvo una actitud de gran dignidad en su vida, es poca, comparable a la que tuvo después de su enfermedad. Como dije anteriormente, sufrió un infarto cerebral que le hizo tener que aprender de nuevo a escribir. Mi madre y mi tía María le ayudaron y lo consiguió. Cuando de nuevo la enfermedad y los años le vencieron, tuvo el coraje y la entereza para seguir mostrándose al mundo con la m od es tia y elegancia de ser que siempre le caracterizaron. Fue y siguió siendo " un ejemplo d e convivencia en la Historia contemporánea". Tengo que reseñar que fue un gran padre; tuve una educación liberal, de acuerdo con su forma d e ser, siempre "siguiéndome" pero a cierta distancia, dejando desarrollar mi personalidad e incitándome a crecer, siempre a crecer y a aprender: "mira que todo es muy poco" . Cuando tuve necesidad d e. él, siempre estuvo a mi lado. Fue muy cariñoso no sólo conmigo sino con todos mis hijos. Para finali zar, mi padre me dedicó el siguiente poema llamado "Palabras para iniciar una despedida", cuando yo era muy joven y per tenecía a lo que él, utilizando el verso de Quevedo, siempre denominaba la "juventud robusta y en gañada" : "Ya no tengo nada que esperar, y al filo de la vida, quiero despedirte, hijo; contigo me espera cuanto ya he vivido; cuan to tú vivieres me espera contigo.

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Mis ojos te siguen cuando ya te has ido, te siguen mis ojos, no puedo seguirlos. me duelen los años que no te he tenido, vívelos de nuevo como puedas, hijo; vive como puedas lo tuyo y lo mío; d esd e que tus pasos me abren el camino, casi es toy viviendo d esan och ecido. Para hacerm e vida, p ara hacerm e sitio, todo se es tá haciendo de nuevo contigo, hijo d e mi carne, d e mis sombras hijo ". Mi padre escribió los siguientes versos : "sabiendo que nunca m e h e equivocado en nada, sino en las cosas que yo más quería"; también "nada me ha en gañado tanto como mi sinceridad" y "he caído tan ta s veGes que el aire es mi maestro". Pues bien , d eb o reconocer que asumo y desde luego, comparto con él, a fuego lento, estos versos a lo largo d e mi vida. Dicho lo dicho, también d eb ería reconocerme en o tro y muy importante: "así te llega el turno d e vivir cuando menos lo esperas". . En cualquier caso y de nuevo, lo dicho y lo n o dicho, ah ora sí, y para terminar, si se puede decir que quién a los suyos parece, honra merece. Señoras y señores, lo que yo digo, es que lo mío, no es honra sino honor.


Luis Rosales, poeta de la vida y de la música

JOSÉ MARÍA VELÁZQUEZ-GAZTELU

Antes de comenzar qUIero aclarar que esta intervención en homenaje a Luis Rosales consta de dos partes . La primera es mi aproximación y encuentro con su último libro, y la segunda, que considero un documento excepcional, es la entrevista que sostuve con él para hablar precisamente de dicha obra y que fue emitida en mi programa Nuestro Flamenco, de Radio Clásica, Radio Nacional de España, y posteriormente dada a conocer en la revista Cuadernos Hispanoamericanos, que entonces dirigía Félix Grande. El texto de la entrevista ha sido respetado, aunque, lógicamente, ordenado y reestructurado para esta charla. Así que tengo delante el libro de Luis Rosales sobre flamenco Esa angustia llamada Andalucía, que fue publicado en 1988 por la editorial Cinterco en su Co lección Telethusa. Lo he leído varias veces, abriéndolo por una página u otra, con el desorden de una actitud confiada. El libro de don Luis es W1 paisaje: lo podernos ver en su totalidad, corno una sinfonía armónica; lo podemos ver por trozos, por detalles, aislando aspectos parciales que son, por sí mismos, algo propio y diferenciado. Yo me siento feliz dejándome llevar por la ola de vida que siempre arrastra su palabra, esa palabra confortable y honda -jonda- del amigo. "Busca la vida", decía el dramaturgo Eduardo de Filippo, "y encontrarás la forma; busca la forma y encontrarás la muerte".

No encuentro la muerte en el libro de Luis Rosales, sino todo lo contrario, porque, entre otras cosas, me identifico con su mundo, o mejor, me identifico en su mundo, en el sentimiento que él transmite. Y algo también significativo: no estoy solo cuando escucho su voz. Parafraseando a de Pilippo, él busca la vida y encuentra la voz, la palabra cálida e inmediata. Salvando las normales diferencias de género, Esa angustia llamada Andalucía me recuerda a un libro fundamental de Rosales, La casa encendida. El tono, la materialidad gustativa, la densidad parsimoniosa del discurso, el pausado y profundo latido. Vienen a mi m emoria los versos de una estrofa del flamenco clásico: "Qué soniquete gitano,/ que no se puede aguantar,/ cantando por bulerías/ despacito y a compás". Esa es la clave. No se trata del caudal precipi tado, del torrente anárquico, sino de la disposición interna que marca el tiempo con el equilibrio esencial: el compás. Un personaje prodigioso en la historia del flamenco fue Tomás Pavón, considerado uno de los grandes de todos los tiempo. Mantuvo a rajatabla una actitud tan conmovedora como inexplicable: se negó a actuar ante el público . Nunca lo hizo. Aunque sí, afortunadamente, nos dejó unas grabaciones memorables. Hermano de la famosísima Ni.ña de los Peines, la cantaora de la Generación del 27, amig a de Lorca, de


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Luis Rosales, poeta de la vida y de la mÚsica

Alberti, de un joven Rosales, Tomás, n acido a fin ales d el XIX, fu e un ra ro, un ex traño ser en simism a do, elegante - aunqu e un p oco fun er al- , correcto en la form a y en el trato, p ero distante y h erm ético, com o d espreciando educadamente el mundo ad ocen ad o que lo rod eab a. A veces m elancólico, otras su m id o en una tristeza atávica, para Tomás Pavón el cante era una cerem on ia d e la vid a y d e la muerte, su prop ia ra zón existen cial. No h ab ía n ad a m ás grande ni m ás h erm oso. ¿Cóm o compartirlo con la chusm a ebria y soez que p agab a el fla m en co con cuatro p erras en las ventas d e los suburbios? Con una sen sibilidad exquisita q u e lo m arginab a, en ocasiones, escasas, compartía su arte con unos pocos amigos. La soledad fu e casi ab soluta al fina l d e su s d ías: retraíd o, silencioso, apen as salía a la calle, com o recreando un suefio inalcan zable en su quietud nostálgica. Sentado, au sente, pero con una d ignid ad sin lím ites, algu ien se le acerca y lo saluda. Le propon e un contrato para salir de gira por los escen arios del país . Tomás Pavón, después de un silencio etern o, responde: "De eso, nada. Yo aquí, a compás". El hechizo de la literatura de Rosales está en el compás, ese indefinible pero a la vez rotundo atributo, y en las dos caras de su literatura, prosa y verso, sobre todo en La casa encendida y en Esa angustia llamada Andalucía, h abita el prodigio oculto pero del que absorbemos a borbotones hasta la última gota. Su presencia es tan incorporal como ciertos los efectos. Claro que no es el compás de las formas: es el compás de la vida el que impregna su escritura. De alguna manera, Dámaso Alonso también lo hace ver en un prólogo . a un libro de Rosales cuando habla de l~ "lentitud madurante" para definir esa naturaleza que se manifestaba luego, no sólo en la litera-

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tura d e d on Luis, sino en el gesto corporal, en la m an era d e h ablar, d e m overse, d e articular la ab stracción en el d ibuj o d e las m an os, en el ton o d e su voz y en su calidad sonora. Siempre he dicho que el fl am en co n o es Wla cien cia, sino una exp eriencia, aunqu e resp eto y admiro, p or supuesto, a tod os los que en la actualidad h an d ecidid o, cad a vez con m ás acierto y con una base científica y una m etod ología seria, profundizar en el campo d e la investigación y el estudio . Pero Esa angustia llamada Andalucía va por otros derroteros, se construye en otra dimen sión , y esa es una de las razon es p or la que m e siento atraíd o p or sus p áginas luminosas. Tod o un acad émico d e pres tigio que, sincer am ente y echand o p or d elante el capo te d e una actitud h on es ta, dice que "teorizar sobre el cante jondo es un d esp rop ósito .. . ". Confiesa que n o es un técnico, "ni un investigador, ni un flam encólogo, ¡qué m ás quisiera yo !, sino un aficion ad o, si se quiere, un d evo to". A p artir d e aquí es d onde Esa angustia llamada Andalu cía adquiere carta d e naturaleza, cu ando al d ejar d e lad o el terreno d e las elucubra cion es intelectuales, se ad entra en el difícil ámbito d e la indagación interna : el flam en co com o elemento vital, el fl am enco expuesto y reflejado en el sentimiento propio. Al. d escribir lo que ocurre en un cu arto cerrad o d onde se está produciendo el n acim iento d e la situación fl amenca, diseccion a el aire que se respira y hace un análisis d e lo impalpable, d e lo que no se ve, p ero está. Luis ' Rosales descubre un contexto y n os lo muestra evidentísimo una vez que se h a p roducido el hallazgo . Es com o quien h a ce notar el Su surro d el aire, el p aso d e una sombra, el ritmo d e una mirada. En esta visión existencial d el fl amenco, noto la o tra realidad cuand o


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José María Velázquez-Gaztelu

Luis Rosales me traslada al terreno de lo percibido. Él es granadino y en Granada siempre. está presente el agua, aunque no se vea . El "agua oculta que llora", de Machado. Por eso revela la razón del grito, la copla sin palabras, la del hombre frente a la soledad. "Sólo puede entenderse una cosa participando en ella", y Don Luis nos invita a la gran fiesta en la que él es el traductor de símbolos, el clarificador de las noches oscuras de la soleá, el que encuentra sonidos cuando la guitarra calla, el que tiene capacidad para ir hasta lo más hondo del misterio de la seguiriya, el que adivina el gesto en el aire de una mano que dibuja la bulería, el que interpreta el sueño de aquel que canta con los ojos cerrados . Investido del fulgor que alumbra su memoria, Esa angustia llamada Andalucía no es un libro de personajes ni un anecdotario supeditado al recuerdo . Quizá sean unos textos sin tiempo, donde no cabe el olvido. Estamos en otoño de 1989. Cuando entro en su casa -pleno centro de Argüelles- un silencio envuelve los objetos, muebles y cuadros. Hay un tiempo sostenido,.un leve rumor que me recuerda las ilustraciones que en su día hiciera José Caballero para La casa encendida : el dibujo-carta de Joan Miró, la colección de paisajes de Benjamín Palencia, el magnífico San Miguel Arcángel -" tiene un movimiento de bailarina", comenta Don Luis-, la lámpara barroca, los libros, la fotografía - ya añeja y virada en sepia por el tiempode García Lorca; otra fotografía de sus padres, y más libros y otros cuadros. Nos sentamos en el tresillo de caoba, al fondo de la sala, sostenidos por la débil luz de un Madrid lluvioso que aquí, en casa de Rosales,· apenas se percibe, porque el tiempo ha cambiado .

Hay otro ritmo, un hálito que se d esliga de lo que pudiera ocurrir fuera. -¿Corresponde el título al espíritu general del libro?, le pre.gunto . -"Claro", me contesta Rosales, "el flamenco nos comunica muchas cosas, pero ante todo, y sobre todo, lo que nos comunica es esa vibración angustiada, esa angustia llamada Andalucía. Ya recuerdas aqu ellos versos de Federico, que decían: "San Gabriel, / aquí me tienes / con tres clavos de alegría ... ". Pues bien, el cante flamenco siempre está atado con tres clavos de alegría". "Durante toda mi niñez me han dormido cantando". Don Luis habla entonces como meciéndose, como susurrando, trasladándose a una época y a unos personajes lejanos. " El cortijo", me dice Rosales, "se llamaba Periate, que después compró a mi padre Juan Belmonte. Joseíco era el yegüerizo de la finca , un hombre muy forzudo, tan forzudo que, cuando se atascaba el carro, se uncía con los bueyes y el carro salía. Encarnación era lo que yo he llamado en tantas ocasiones la viuda del vino, porqu e el marido bebe y se pasa el tiempo en la taberna . Yeso la hace viuda. Y el quehacer d e los niños la hace huérfana . Encarnación era la costurera de casa, y yo la recuerdo siempre cosiendo junto a· mi madre. Cuando yo era pequel'í.o, Encarnación me contaba cuentos o consejas. Y cantaba. Joseíco nos llevaba al colegio; íbamos conducidos por sus grand es manos ... Yo he sentido desde pequeño el tirón de Andalucía a tra vés de los cuentos y los cantos de Joseíco y de Encarnación" . Quizá para aliviarse, romper el fuego y disponer el ánimo, Don Luis, como en las buenas reuniones flamencas, abre su libro haciendo sonar la guf. tarra en versos precisos y profundos, o jondos, como le gustaba .decir: "La gui-

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Luis Rosales, poeta de la vida y de la música

tarra suena,/ la guitarra habla,/ cuando no tengas nada en la vida,/ oye la guitarra" . "Entre el cante, el baile y la guitarra, han hecho lo más esencial del cante jondo: la voz del cantaor, que está construida sobre su conjunción con la guitarra y el taconeo. Es una voz bailada por dentro, bailada como baila una llama. Esa voz es inevitable". -Usted habla del sentido de liberación en el flamenco: ¿por medio de la música, la letra, la propia expresión flamenca implica liberación por sí misma? -"Yo no creo que las letras en el flam enco", me contesta Rosales, "tengan má s importancia que la que tienen. El flamenco, tal como lo conocemos hoy, es consustancial con la guitarra, la poesía y la música. Y esa conjunción, ese abrazo entre la música y la letra, es lo que hace efectivamente a l flamenc o. Recuerd o -continúa Don Luis- que tenía u na gran amistad con una señora de procedencia alemana, y m e d ecía: Yo no puedo comprender, siempre están dando la misma nota .. ., y claro, una misma n o ta que se repite nos produce la impresión de un en can tamiento y ese encantamiento que tien e el cante - ni la letra ni la música : el cante- es lo que nos libera". -"El cante es un mis terio y al misterio sólo podemos acercarnos con respeto". Le recuerdo es ta frase d e su libro y permanece en silencio largo rato. Su mirada -ojos claros d e v ision ario- h a recorrido la habitación para q u edar luego suspendida en un punto ilocalizable, lejano y, al mismo tiempo, próximo y familiar. Ha cambiado la luz de la sala . -"Lo importante del misterio", me dice, "es llegar a comprenderlo. El misterio es lo más claro que tenemos ante los ojos. Todo lo que es, todo lo que vive, e tá iempre circundado por un ambiente natural que e el misterio, ese miste-

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rio en el cual avanzamos para nunca llegar hasta el final. Lo propio del misterio es, justamente, su inmediatez. Nada es tan evidente y tan claro, y tan sin poder llegar al acabamiento. En el cante, como todo misterio artístico, avanzamos pero sin abarcarlo, sin terminarlo. Como decía Unamuno, el andaluz tiene el cante como destino, y ése es el destino que se encierra entre el nacimiento, la vida y la muerte" . -Usted dice en su libro que "el cante jondo no es solamente un arte: es ante todo un m edio de expresión, no sólo emocional, sino existencial". ¿Hasta dónde puede llegar esa relación entre la vivencia y la expresión artística en el caso del flamenco? -"Eso es lo que se llama en filosofía moderna", me responde Rosales, "una existencia, es decir, un medio para comunicar aquello que es impos ible expresa rlo d e otro modo , como una metáfora. Yo pongo siempre un ejemplo -continúa Don Luis- el d e los viejos, que cantan ya sin voz. Es lo que yo llamo el modelo del vacío de la n ota. Pero cantan . De modo que el cante n o depende tanto d e la voz del cantaor, aunque claro, ahí están Manuel Torre o La Niña d e los Peines, que ha sido la gran voz, la g ran intérprete y la última creadora que ha tenido el flamenco. Lo que p oseen los v iejos es lo que expresaba tan bien la Piriñaca: Cuando canto por seguiriyas, m e sab e la boca a sangre" . Fed erico Carcía Larca es tá ahí. Sigue ahí. Emana armonía y tranquilidad . Posiblemente sea una de su s última s fotog rafías: sentado, envuelto en un ba tín para andar por casa, tiene como fondo una pared blanca , quizá d e un patio. -"Federico", dice Rosales, "poseía un conocimiento del cante como es mu y difícil q u e se h aya vu elto a tener. Porque


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José María Vclázqucz-Gaztclu

todos nos acercamos al cante desde una faceta: como devotos, como poetas, como andaluces ... pero él, además de todo eso, se acercaba al cante como músico. Esa unión -entre el músico que Federico era, y el poeta, que Federico también era- no creo que se haya vuelto a dar. De modo que el conocimiento que él tenía, era un conocimiento no sólo de la letra y la cabalidad del cante, sino, además, un conocimiento musical profunda ". Le recuerdo a don Luis que el día d el C orpus d el año 1922 se celebró en la gran adina Plaza de los A ljibes el Concurso Nacional d e Cante Jondo, fruto d e una charla que m eses antes h abían m anten id o M igu el C erón y M anuel d e Falla, paseando p or los jardin es d el Gen era life , sobre la decadencia y posible d esap arición d el v erdadero flam enco ante la avalan ch a de fandanguilleros y el operism o d e m oda . A esa convocatoria se sumaron artis tas e intelectuales d e tod a España: Rusiñol, Zuloaga, Turina, Jua n Ramón Jimén ez, G óm e z d e la Serna, Ó scar Esplá, P érez d e Ayala y Lorca, quien con el entusiasmo d e su s veinticuatro añ os colaboró muy activamente en la organización y prom oción d el singular acontecimiento. En el jurado, presidido por Don Antonio Chacón , figu raba Andrés Seg ovia, y entre los in vi tad os d e h on or, La M acarron a, La N iña d e los P eines, M anuel Torre o Ramón M ontoya . "El Con curso d e C ante Jondo d el año 1922, an ima d o fund a m entalmente p or Fed erico, acab ó, entre o tras cosas, con la incomp ren sión d el m undo intelectual h acia el fl am enco . Y n o vamos a ci tar los n ombres p erversos desd e los cuales v en ía el a taque", dice Rosales entre ri sas, " p ero a través d e aqu el n acim iento del cante jondo y las figuras, nad a m en os, d e Falla, Ga rcía Lorca y Andrés Segov ia, apareció n o sólo lo que

había sido el flamenco h as ta enton ces, sino la revelación de algo en d onde radicaba la misma entraña de Andalucía y que, al mismo tiempo, encarnaba lo m ás originario del hombre". -¿Siempre estuvo presente - le pregunto- el flamenco en Carcía Lorca, o como él dijo, a raíz d e ciertas circunstancias, tanto el flamenco como los gitanos eran sólo un tema literario? ¿Tem ía el encasillamiento? -"A Federico le molestab a que la popularidad suya como poeta hubiera llegado al máximo, tanto en Esp aña com o en América, a través d el Romancero Gitano", me contesta don Luis. "Tal es así, que él, que siempre p en só escribir otro Romancero Gitano, n o lo hizo y ab andon ó el proyecto, porque d e ninguna m an era quería que lo encasillaran. En ese sentido, y es verdad, los gitanos p ara él eran un tem a, como los n egros o los p ob res, es decir, un tema d e los d esvalidos. Pero una cosa es ésa y otra el flamen co, que no es d esvalido, ni mucho m en os. Es tod opod eroso", m e comenta riéndose. "Es muy difícil definir bajo l.ma sola coord en ad a a un p oeta tan grande como Fed erico, que es la voz m ás trágica d el su rrealismo esp añ ol. ¿Qué tien e que ver ese gran libro, Poeta en N ueva York - que él no lo llam ab a así al final d e su vida; le gu staba llam arlo Introducción a la muerte, que es el título de la sexta parte-, qué tien e qu e ver, d igo, con el cante jond o? Buen o, pues esa d im ensión trágica d el surrealism o y esa dimensión angustiada d e Andalucía, p or algún lado se juntan, p ero al mism o tiempo se diferencian para dar p aso a lo vernáculo y lo universal. Yo recu erd o ah ora -porque tú sabes que él ten ía una gran amistad con Ignacio Sánchez Mejías, el cual estaha, p od em os d ecir, in cardinad o por tod as partes con el fl am en co-, que a Pino Montan o, la fin ca de Ignacio, iba muchas veces a cantar la Niña de los

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Luis Rosales, poeta de la vida y de la música

Peines. En esas reuniones, que eran frecuentes, estaba Federico, pero que yo sepa -y él cantaba mucho- nunca se atrevió con el flamenco. Sí puedo decir que a mí me transmitió la afición por la canción popular española, que tan bien interpretaba, y de la que era un experto. Sin embargo, fue un gran aficionado al flamenco como lo demuestra su libro sobre el cante jondo, que es un libro primerizo, pero lleno de adivinaciones". -Para mí, le digo, Esa angustia llamada Andalucía es un libro susurrado, sugerido, jamás impuesto . Se acerca al flamenco con el respeto de quien camina hacia sí mismo, hacia el misterio . Son las impresiones de quien llama a las puertas de una música, pero desde dentro, como un regalo escondido. -"Es uno de los libros míos que más me gus tan. No sé por qué. Está escrito con un pulso distinto, con un pulso poético en todos sus capítulos".

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-Quizá es que haya vuelto a escribir usted W1 libro de amor y, como el amor, le pase lo que a algtmas coplas flamencas, que están vivas. Hay lma frase suya en este sentido: "Las coplas siempre se transforman, como si estuvieran en estado naciente . .. ". -"Claro", me contesta Rosales, "un cantaor puede cantar seguiriyas, pero nunca las canta igual. No se puede cantar igual porque el cante tiene algo que le impide llegar a su propia plenitud; está siempre por encima del cantaor y de los diferentes estilos. El cante tiene, como el amor, algo que satisface y al mismo tiempo no puede satisfacer, no puede llegar a su culminación. Siempre queda sitio en el corazón para una nueva angustia". La voz de Luis Rosales se apaga con las primeras sombras de la noche pero -y esa ha sido mi intención- aún sigue sonando desde su sabia profw1didad, desde su iluminada reflexión de filósofo y, sobre todo, de poeta de la vida y de la música.


LUIS ROSALES

AYER VENDRÁ POEMA ESCOGlDOS . (1935-1984)

SIlU'tclÓ:~l'I'ItÓLOCtI

JO É

e RI.OS ROSALES


La independencia de Cuba en la narrativa española

Las gueras de Artemisa JESÚS F ELIPE M ARTÍ EZ


La independencia de Cuba en la narrativa española Las guerras de Artemisa J ESÚS FELIPE MARTÍNEZ

1. GUERRAS COLONIALES EN LA LITERATURA DE LOS SIGLOS

XIX

y

XX:

a. El Rif

Si los conflictos entre Cuba y la metrópoli ocupan poco espacio en la literatura española en relación con la importancia que tuvieron para las vidas y

haciendas de los ciudadanos de uno y otro país, para las relaciones políticas internacionales y para el pensamiento español, las guerras de África merecieron especial atención de nuestros grandes narradores de los siglos XIX y XX I. Veamos algunos ejemplos de obras dedicadas a estas guerras 2 •

I Más adelante me referiré a la s guerras Carli stas como los conflictos que más interés suscitaron en nuestros escritores del XIX. Pero, evidentemente, estas no son guerras coloniales por más qu e coin-

Pedro Antonio de Alarcón nos ha dejado en Diario de un tes tigo de la guerra de África un conjunto de crónicas en las cuales, uniendo periodismo y literatura, nos cuenta la vida cotidiana y las preocupaciones de los soldados, a la par que nos ofrece plásticas descripciones de Marruecos y de las forma de vida y costumbres de sus habitantes, descripciones cuyos tintes románticos enmascaran los horrores de la guerra. Además de referencias más o menos extensas en otros Episodios, Benito Pérez Galdós sitúa el sexto de la cuarta ser ie, Aita Tettauen, en la guerra de Marruecos para ofrecernos no sólo un friso espléndido de personas y lugares sino una combinación de la s pasiones particulares con las colectivas, con el perspectivismo que caracteriza al escritor canario. Así, en esta novela la campaña de Q'Donnell sirve para mostrarnos los diferentes cidieran intereses y prota goni stas con los de las que se desa rrollaron lejos de España . 2 Remito a l lector in leresa do en e l tema a las siguientes obras: Antonio M. Ca rrasco Go nzá lez, La novela coLonial hispa noafricana: Las coLoll ias africanas de España a través de la historia de la novela. (Sial Ediciones) Juan José López Barranco; EL Rif en armas: la narrativa espal'iola sob re la guerra de Marruecos (1859-2005). (Ed. Marenoslrum) y Alejandro Vargas, La guerra de Marruecos en la literatura (Ed. Algazara).


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puntos de vista respecto al conflicto, incluyendo el de un renegado español convertido al islam. Pese a su brevedad, El sustituto de Leopoldo Clarín es uno de los más interesantes relatos que se han escrito sobre nuestras aventuras imperiales del iglo XIX. En este cuento Clarín plantea alao común a todas ellas: el pueblo es la auténtica carne de cañón de laque se han servido y se sirven tantos canallas que e autodefinen corno patriotas. Mediante cierta cantidad de dinero, esos patriotas y sus hijos se libraban de sus obligaciones militares siendo su puesto ocupado por un desgraciado que no disponía ni de la décima parte de esa suma. 3 Así ocurre en este relato. Sólo que el señorito que ha mandado en su lugar a un misérrimo convecino que no puede pagarle las rentas es también poeta y su conciencia le lleva a ocupar el puesto del infeliz fallecido, a convertirse en su sustituto. José Díaz Fernández4 nos ofrece en El blocaoS siete relatos engarzados por la campaña de 1921 en la que él participó corno soldado. El mismo escritor nos indica en la Nota a la segunda edición el p rop ósito qu e le movió a escribir es ta novela: "Yo quise hacer una novela sin otra unidad que la atmósfera que sostiene a los episodios. El argumento clásico está sustituido por la dramática trayectoria de la guerra, así como el personaje, por su misma impersonalidad, quiere ser el soldado español, llámese Villabona o Carlos Arnedo. De esta manera pretendo interesar al lector de un modo distinto al conocido; es decir, metiéndolo en Téngase en cuenta que esta suma era de 1.500 ptas., es decir, el alario medio de ocho o diez meses de un trabajador. 4 Tiene también relatos ambientados en las g uerras del Rif, entre ellos Reo de muerte y El blocao. 5 El blocao: lIovela de la guerra marroquí (Viamon te).

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un mundo opaco y trágico, sin héroes, sin grandes individualidades, tal como yo sentí el Marruecos de entonces."

E curioso que en el siglo XX los noveli ta que intentan construir, a la manera de Gald ó , Baroja o Valle, un retablo literario de nuestra historia reciente cuyo centro se itúe en la Guerra Civil, p artan de las guerra de África sin referencias a Cuba o Filipinas. Y es curioso porque ello supone una visión opuesta a la de Franco y sus voceros que buscaban en la guerra de Cuba la justificación de su insurrección militar. Observemos que el bodrio delirante llamado Raza6 con el que el dictad or pretende construirse una biografía más digna que la de borde africanista, parte de las glorias de su supuesto antepasado Pedro Churruca, quien marchará a Cuba p ara morir tan heroicamente corno lo hiciera su antep asado en la batalla de Trafalgar. De esta m anera el Caudillo vengará a ambos alzánd ose con su ejército y derrotando al liberalismo judaizante y a la masonería cuya conjura había significado las derrotas d e España ante la pérfida Albión y, cien años después, la pérdida de nuestras últimas colonias de ultramar. Más adelante me referiré a la importancia que en Las guerras de Artemisa cobra el hecho de que Ciges Ap aricio sea asesinado en los albores de la insurrección militar por quienes en el 98 vieron cegad as sus rutas imperiales camin an do hacia Dios. Baste aquí con señalar que Andrés Sorel construye también su novela sobre la base de dos personajes antagónicos que tendrán La pe lícula fu e dirigida por Sáenz de Heredia a p ar tir de un g uión elaborado por el prop io Franco con el pseudónimo de Jaim e de Andrade. En 1950 se hi zo una nueva versión titulada El espíritu de raza en la que se eli minan las referencias I.a maso nería americana como enemi ga de Es paña y, en ge nera l, todas las críti cas a EE UU ex i s ~e ntes e n la versión primigenia . Véase Sa ntI ago Juan Navarro: De Bambú a Mambí: La "Guerra de Cll ba" en el cine es pal7ol. (Florida Intern acional Unive rsity). 6

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su continuidad 40 años después: Ciges Aparicio y Weyler representan, respectivamente, civilización y barbarie. Ambos han estado en África y en Cuba, combatiendo bajo la misma bandera pero con ideas antagónicas de lo que ésta significa. Ciges Aparicio seguirá su labor intelectual y política hasta ser asesinado por otro Weyler encarnado en cualquiera de los generales traidores a su patria. De esta manera, en Las guerras de Artemisa se unen los tres vértices del triángulo: Las guerras de África, de Cuba y de España. Sin embargo, como he indicado antes, las dos grandes obras que novelan la Guerra Civil dentro del marco de la historia de la primera mitad del siglo XX colocan como prólogo las guerras de África. Sin ellas (lo mismo que sin los regímenes fascistas de Italia, Portugal y Alemania y, desde luego, sin las anteriores guerras civiles llamadas Carlistas) sería difícil entender el alzamiento y el triunfo contra todo W1 pueblo de unos militares felones entrenados en el atropello, la violación y el asesinato de quienes se crucen en el camino de un galón superior. África sería el campo de pruebas para las atrocidades cometidas después en la España insular y peninsular, de la misma manera que la Guerra Civil servirá a Hitler y Mussolini de ensayo general para la tragedia que quieren desarrollar en cualquier escenario del planeta. En la segunda de las novelas de La forja de un rebelde de Arturo Barea/ encontramos una extensa recreación de las vivencias de un soldado en África, el propio novelista . La ruta significa el priAr tu ro Barea es cribió también dos relatos ambientados en las campañas de Áfr ica: La medalla y Un a paella en Marru ecos. Ambos se pueden encontrar en Cuentos completos de Arturo Barea, Ed . Debate.

mer acto del drama que se desarrollará en la novela siguiente dedicada a la Guerra Civil: La llama. Ramón J. Sender, además de una novela de tema africano -Imán- nos lleva a Marruecos en la tercera parte de Crónica del Alba, intento también de recreación literaria de la his toria de España en la primera mitad del siglo XX. Al igual que Barea, Sender hace d e los delirios imperiales de la burguesía española -Los términos del presagio- el pórtico que conducirá a la matanza de casi tres años iniciada con la sedición militar del 18 de julio de 1936. Las guerras en Marruecos han sido noveladas por varios autores contemporáneos. Lorenzo Silva es quien más obras ha dedicado al temaS; Fernando Marías dirige El vengador del Rif a los lectores más jóvenes, mientras que h allamos la encarnación del nacionalismo árabe en uno de sus héroes míticos en Abdelkrim: le lion du Rif de Ahmed Beroho.

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Carta blanca (Espasa Cal pe); El nombre de los nuestros (Destino) y Del Rif a Yebala: viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos (Destino).

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b. Las guerras de Cuba y la narrativa: • Las luchas por la independencia de Cuba en el siglo XIX.

Tres son las guerras que se desarrollarán en Cuba hasta la derrota española de 1898: -La Guerra de los Diez Años o Guerra Grande que comienza con el grito de Yara en la noche del 9 al 10 de octubre de 1868 en la finca de La Demajagua, donde su propietario, Carlos Manuel de Céspedes, concede la libertad a sus esclavos y lee la Declaración de Independencia o Manifiesto del 10 de octubre en el que explica las causas de la guerra y el doble objetivo que se proponen: la abolición de la esclavitud y la independencia de Cuba. Las fuerzas cubanas (unos 15.000 combatientes, además de los simpatizantes) estaban dirigidas por Carlos Manuel de Céspedes, Máximo Gómez y Antonio Maceo, mientras que el más de medio millón de soldados españoles es dirigido por Arsenio Martínez,Campos. La guerra termina ellO de febrero de 1878 con la capitu lación de las fuerzas cubanas y la firma del pacto de Zanjón. -Guerra Chiquita: Comenzó el 26 de agosto de 1879, y luego de algunos sucesos menores, la guerra terminó cuando los rebeldes fueron derrotados en septiembre de 1880. -Guerra Hispano-Cubana-Estadounidense, Guerra Necesaria o Guerra de Cuba: Comenzó el 24 de febrero de 1895 con el gri to de Baire y terminó con la firma del tratado de París ellO de diciembre de 1898, por el cu al España perdía Cuba y otras colonias de Ultramar: Art. 10 . España renuncia a todo derecho de soberanía y propiedad sobre Cuba. En atención a que dicha isla, cuando sea evacuada por España,

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va a ser ocupada por los Estados Unidos, éstos, mientras dure su ocupación, tomarán sobre sí y cumplirán las obligaciones que, por el hecho de ocuparla, les impuso el derecho internacional (... )

Art. 2°. España cede a los Estados Unidos la isla de Puerto Rico y las demás que están ahora bajo su soberanía en las Indias Occidentales, y la isla de Guam en el archipiélago de las Marianas o Ladrones. Art. 3°. España cede a los Estados Unidos el archipiélago conocido por las islas Filipinas (...) Art. 5°. Los Estados Unidos, (... ) transportarán a España, a su costa, a los soldados españoles que hicieron prisioneros de guerra las fuerzas estadounidenses al ser capturada Manila (... )

Esta será la guerra que más importancia tenga en la realidad vivida y literaria de España. Eduardo López Bago en su novela El separatista contrapone la Guerra de los Diez Años a la iniciada en 1895, con técnica argumental en la cual se conjuga el folletín con el propósito conservador territorial de su autor. Porque si bien la novela tiene indudables hallazgos en lo que se refiere a la reconstrucción de los ambientes y. personajes de La Habana finisecular, su desarrollo novelesco queda sensiblemente dañado por la necesidad del autor de transmitir la tesis de que los patriotas de la Guerra de los Diez Años, incluido su padre, eran unos románticos movidos por ideales generosos, en tanto que los actua-


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les independentistas · son una caterva de oportunistas, bandoleros y degenerados desprovistos de cualquier ideal que no sea el de crear una república en la que los negros oprimirán a los blancos. Pepe Marm1, el antagonista del héroe, será el arquetipo de estos malandrines. Eduardo López Bago se mueve en un terreno tan pantanoso como aquel donde se desarrollan las acciones bélicas. Su fe en los presupuestos naturalistas le lleva a tratar de describir la realidad lo más científicamente posible, insertando incluso enfadosos comentarios de índole pretendidamente biológica o psicológica; pero, junto a ello, sus prejuicios racistas y la necesidad de adaptarse a un público de poca formación lectora le mueven a recurrir a las técnicas clásicas del melodrama (amor imposible, conflicto familiar, malvado al fin castigado, duelo, hijo pródigo y triunfo del bien ... ) para confirmar la tesis que se ha impuesto al escribir esta novela: el matrimonio final entre el hijo del independentista cubano y la joven viuda de un teniente español simbolizan esa necesaria unión entre la colonia y la metrópoli. Josep Conangla es otro autor que nos ha dejado un testimonio importante desde el punto de vista literario y humano de su experiencia como soldado en Cuba. Desde una posición integrada en el federalismo de Pi y Margall y, por tanto, distinta a la de la izquierda republicana de Ciges Aparicio, coincide con el autor valenciano en la constatación del clamor de la gente de bien contra la guerra de exterminio de Weyler, precursora de las masacres del siglo siguiente. Memorias de mi juventud en Cuba 9, además de un impresionante testimonio sobre la barbarie colonialista, es un libro curioso por cuanto- se invierten los térJosep Conangla, Memorias de mi juventud en Cuba. Un soldado del ejército espaiiol en la guerra separatista (1895-1898). (Ed. Península)

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minos usuales de poema y glosa de este poema. En cada uno de los seis capítulos de esta obra, el escritor comienza por dar cuenta de lo que está viendo: soldados forzados a ir a una guerra muy lejana a sus intereses frente a los mercenarios sin escrúpulos; crueldad d e la política de campos de tierra quemada y campos de exterminio de Weyler; de los importadores, almacenistas, fabricantes de armas, compañías de transporte y otros vampiros y vampiresas nutriéndose de la sangre de los infelices de ambos bandos; denuncia de la entrada de EE UU en la guerra impulsada por los monopolios económicos y sus servidores periodísticos, capitulación de España .. . Tras la crónica de los hechos se incluyen poemas que actúan como glosas de los hechos constatados. La literatura está al servicio de la realidad, la poesía es un arma cargada de presente y en la tierra son actos. También la poesía es el único refugio que encuentra el joven soldado ante tanto horror. Como en Las guerras de Artemisa, literatura y naturaleza conforman el seno materno en el que el niño, el hombre, ha de volver a refugiarse ante la depredación salvaje. Falta en la obra de Conangla el tratamiento de locus amoenus frente al paisaje de pesadilla que desarrollará Sorel en su novela, recreando la oposición amor-muerte con la lujuria del edén perdido cuyos habitantes tratan de escapar a la guadaña segadora de Weyler y su s benditas tropas. Recojo dos ejemplos de poemas de Memorias de mi juventud en Cuba, utilizados como resúmenes o moralej as de las tesis desarrolladas en las crónicas de Conangla. Hay que tener en cuenta que, si bien las ·memorias fueron escritas cuando el autor ya era octogenario, los poemas corresponden a su juventud, de ahí algunas imperfecciones formales e ingenuidades en las figuras que, para

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mí, aumentan la sensación de sinceridad de su joven autor lO • El primero da cuenta de esa afirmación que antes había hecho Conangla: "Entre los militares expedicionarios forzosos de la tropa española, siempre dudé que pudiera ir ni un dos o tres por mil, en conjunto, capaces de sentir morbosas animosidades contra el ejército" :

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Fanatismo que en mares de armonía y de humanos afectos sepulta las ternezas de poesía y hace flotar los limas más abyectos. Sentimiento enganoso de malvados que defienden bajezas y asesinan soldados.

Soldado forzoso Soldado por la fuerza, no en idea, a hermoso y raro mundo me trajeron. Aqu í descubro ya la poesía, y aquí en tiempo de paz ha de ser Cielo. Mas, iay! que el acre vaho de la muerte enturbia unos aspectos tan brillantes, y exhala emanación de sepultura, que impide en lo grandioso extasiarse.

Este otro debería constar en los manuales de Historia de España para comprender cómo los patrioteros bajo diferentes banderas y disfraces han arruinado la patria. Y cómo, erre que erre, tantos canallas siguen acogiéndose a estos palios para tocar a rebato contra el sarraceno, el catalán o el castellano.

El patrioterismo Corriente fementida que invade las naciones y disfraza la gloria de la Vida con careta fingida de doradas visiones. Tenebroso, insensato sentimiento, que impone, donde quiera, cotizar el color de una bandera al precio más sangriento.

Téngase tam bién en cuen ta que los p oem as fueron co mp ues tos origin ariam ente en ca ta lán y trad uci d os después al cas tell an o po r Jose p . Co nangla. 10

Si un día, de repente, presa de noble ira transformase este mundo un genio ardiente, icómo harían las madres una pira de implacable escarmiento contra ese abominable sentimiento!

Emilia Pardo Bazán y Leop oldo Alas Clarin dedican tres obras a la gu erra d e Cuba. En el relato de doña Emilia, La oreja de Juan soldado, el sarcasmo entronca con las mejores paginas de n uestra tradición antiheroica, desde las Coplas de ¡Ay Panadera! a Cervantes o Estebanillo


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Jesús Felipe Martínez

González. La mutilación del infeliz antihéroe Juanl1 ha sido provocada por las fuerzas del orden que teóricamente debían protegerle, no por sus enemigos. Esta ironía orientada a desnudar a tanto fantoche p u rpurado o laureado, que también podemos leer en el cuento ya mencionado El sustituto (fallecido por la infección de una herida en el trasero mientras defecaba), adquiere mayor virulencia en las otras dos obras en las que Clarín se refiere a la guerra de Cuba. El rana, como Chiripa, es otro humillado y ofendido, cualquiera de los artistas del hambre y de la supervivencia cuya esquela mortuoria fue remitida por otro artista desde la nada al Parnaso. El borrachín protagonista del relato, excombatiente del batallón de La Purísima . del que sólo sobrevivieron el diez por ciento de sus integrantes, puede no saber por qué le mandaron al matadero (por el himno de Riego o por defender la "ingratidad" de la República), pero lo que sí sabe es que hasta en la carne de cañón hay categorías y que él pertenece a esa hez que es embarcada casi clandestinamente para que los maten allí y dejen tranquilos a los de aquí. La otra obra de Clarín sobre la guerra de Cuba, La contribución, se publicó el 4 d e enero en Madrid Cómico. Su autor lo tituló "Tragicomedia" y en ella se transmi te el drama del abandono del soldado repa triado. Las diferentes guerras de independencia cubana también han sido utilizadas literaria e ideológicamente por los caribeños. La última y definitiva guerra se considera un precedente imprescindible (de ahí el nombre que le dan los cubanos, "Guerra Necesaria") para comprender el largo proceso revolucionario que culmi11 El prota goni sta es otro repatriado, personaje recurrente e n la litera tura de fin a les del siglo XIX. A ell o me referiré en e l siguiente apartado.

nada con la victoria del 1 de enero de 1959 lograda por las tropas comandadas por Fidel sobre el imperialismo yanqui y sus secuaces encarnados en el títere dictador Fulgencio Batista. Aunque Fidel irá aún más lejos al establecer el proceso revolucionario como algo que, si bien comenzó en 1868, todavía no ha concluido: "En Cuba ha habido una revolución, la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes en 1868 y la que nuestro pueblo lleva adelante actualmente" 12. Entre los protagonistas de este largo proceso revolucionario los cubanos rinden culto especial a Máximo Gómez, general durante la Guerra de los Diez Años, coautor en 1895 del Manifiesto de Montecristi, en el que se explicaban las causas d e la Guerra Necesaria que iba a comenzar, y general en jefe del ejército mambí en esta guerra. Pero serán Antonio Maceo y José Martí, ambos muertos en combate, quienes simbolicen el ideal del revolucionario luchador por la libertad. Antonio Maceo encarna no sólo las ansias de independencia del pueblo frente a la tiranía y explotación colonial sino que simboliza también la lucha contra la esclavihld recién abolida de derecho, pero no de hecho, al ser mulato y haber logrado que en su ejército se hermanaran todas las razas de la isla para romper las cadenas raciales, económicas y vitales con las que la metrópoli y los terratenientes y comerciantes cubanos habían cargado al pueblo. Esa significativa presencia de negros y mulatos en el ejército de Maceo sería utilizada por la propaganda española para lanzar la patraña de que el propósito de los insurrectos era instaurar una república en la que los blancos fueran los esclavos.'3 " El Mu nd o, 11 de octubre de 1968. 13 Ya he indi cado que López Bago acoge e n a lgunas págin as de su novel a El separatista es ta sa ndez, poniendo como ejempl o el caso de la reciente revolución haitiana. En Las guerras de Artemisa aparece también este infu ndio aireado por la prensa patriotera de la época.

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José Martí es, sin duda, el personaje idolatrado p or todos los cubanos, sean cuales fueren sus convicciones ideológicas o gustos literarios. AWlque, claro está, me refiero a los cubanos actuales, porque en su época Martí fue motejado de masón y de traidor renegado (nació en una familia española) por los padres políticos de quienes ahora reivindican su memoria desde posiciones conservadoras e incluso ultraderechistas.14 Poeta y narrador modernista 15, lúcido ensayista, orador dialéctico, el Apóstol es el creador del Partido Revo14 Tampoco .debe ex trañarnos esta habi lidad de la derecha para apropiarse de personajes q ue an tes habían vi lipendiado o inclu so aniq uilado. Véase el caso d e José María Aznar loando a Azaña o el d e ta ntos voceros ultramontanos ci ta n da a Antonio Machado, Larca o Miguel Hernández. 15 Alg unos de s us poema s son recitados y canta- o dos en cua lquier ocas ión festiva de Cuba y otros en todo el mundo sin q ue la mayoría de q u ienes los escuchan sepa n quién es s u autor. Véase el caso de la popu larísima GlIantanalllern.

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lucionario Cubano, coautor del Manifiesto de Montecristi y la voz intelectual más sólida, coherente y de actualidad en sus planteamientos por la libertad de los pueblos y del hombre de cuantas surgieron a raíz de los conflictos entre España y sus colonias16 • Por lo que se refiere a la literatura escrita por cubanos y que refleja las luchas por la libertad o la independencia remito al lector interesado a los trabajos de Antonio Carrasco González 17, Carmen MarcelolB, Arias Salvador19 y Sigifredo Álvarez Conesa 20 • Mención aparte merece el escritor y diplomático Alfonso Hernández Catá. Nacido en 1885 en Aldeadávila (Salamanca), hijo de un militar español y de una cubana, marcha muy pronto a Cuba, donde residirá hasta los 16 años porque viene a estudiar a Toledo y luego a Madrid. En 1921 fue expulsado de España como consecuencia de catorce artículos periodísticos en los que atacaba al gobierno español por su actuación en Marruecos. Su relato Quinina (titulado también Mandé quinina) tiene el interés de presentarnos las vivencias de Hernández Catá durante la guerra iniciada en 1895: los juegos bélicos de los niños y los distintos medios empleados por la población cubana para apoyar a quienes comb atían por la libertad de la isla. 16 Además de un a Antología de los escritos d el revolu cion ario cub ano, (Editora Nacional), A nd rés Sorel h a escrito una novela protagonizada por José Martí: El libertador en su agonía (Liber tarias/ Prodhu fi). En Las guerras de Artemisa se rinde homenaje al autor de Versos sencillos recogiend o la importancia que tiene como crisol en el q ue se funden la litera tura culta y la tradicional. 17 La novela colonial hispanoa merica na (Sia l Edi ciones). 18 Cinco novelas cubanas, una mirada crítica desde su condición genérica. (Edi tori al Ca piro, Santa Clara, Cu ba). 19 Esclavitud y narrativa en el siglo X IX (Editori al Acade mia, La Habana). 20 Apuntes sobre la novela histórica en Cuba. Rev ista de Literatura Cubana, VIII.


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• Modernistas y noventayochistas ante el conflicto. Entre los muchos tópicos repetidos por casi todos los profesores y críticos que se ocupan de la literatura está el de la llamada generación del 98. A partir de Azorín se engloban en ella -con discusiones sobre algún nombre- un conjunto de escritores cuya obra vendría en buena medida marcada por la pérdida de las últimas colonias de ultramar, "el desastre" : ceLa literatura regeneradora, producida en 1898 hasta años después, no es sino una prolongación, una continuación lógica, coherente, de la crítica política y social que desde mucho antes a las guerras coloniales venía ejerciéndose. El desastre avivó, sí, el movimiento; pero la tendencia era ya antigua, ininterrumpida»21

Con estos mimbres se tejerán peregrinas teorías sobre las diferencias entre Modernismo y 98, repitiendo machaconamente la importancia que la guerra de Cuba tuvo en las obras de los distintos autores. Ahora bien, si nos levantamos de la poltrona profesoral para hojear las obras de estos escritores, tendremos grandes dificultades para hallar referencias al "desastre" en sus novelas, teatro o no digamos poesías. Porque, con ser escasa la incidencia que este conflicto tiene en los relatos de la llamada generación realista, como he señalado anteriormente, es mayor que la que podemos encontrar en los noventayochistas. Muy al contrario de lo que ocurre con las guerras Carlistas, a las que ya Galdós había dedicado la tercera serie de sus Episodios. 21Azorín, «La generación d e 1898», recogid o en Clrís icos y modernos, Buenos Aires, Losa da, 1959, pág. 181.

Unamuno en Paz en la guerra, Baroja en varias de sus novelas, y . no digamos Valle en teatro y novela eligen estos conflictos para desarrollar uno de los temas que más interesan a los jóvenes de finales del siglo XIX: las guerras civiles en España22 • Como trataré de analizar más adelante, uno de los hallazgos de Las guerras de Artemisa es precisamente el trasladar al conflicto cubano el cainismo español 23 • Ciges Aparicio y Weyler, protagonista y antagonista de la novela de Andrés Sorel, están librando en Cuba el mismo combate que libraran Fernando VII y sus secuaces contra Riego y los constitucionalistas, o que emprenderían los generales traidores contra el pueblo español el 18 de julio de 1936. De ahí la estructura circular de la novela que comentaré después. Volviendo a los noventayochistas, es obligado señalar que si bien la presencia de la guerra de Cuba en sus obras de creación es insignificante, ello no impidió que desarrollaran, en revistas y diarios, una gran actividad crítica sobre este conflicto. La postura común de estos intelectuales es la de oponerse a una guerra auspiciada por los intereses de unos cuantos y que acarreaba el sacrificio de los más débiles y la ruina del país para satisfacer el propósito expresado por Cánovas de luchar hasta la última gota de sangre y la última peseta. Claro que con la sangre y las pesetas de los demás se es muy generoso. Los enfrentamientos entre españoles no sólo se recrearán literariamente a partir de las guerras Carlistas, sino tambi én tom and o como p re tex to la guerra de la Independ encia o el re in ad o de Fernando VIL Véan se, por ejempl o, la primera y segunda serie de los Episodios Naciona les o Las memorias de un hombre de acción . 2J Andrés Sorel ti ene un a novela, Regreso a las armas (Ed . Txalaparta), en la cual los en fre ntamientos civil es en el País Vasco p arten tambi én de las gu erras Carlistas para ll egar a la actuali d ad .

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El general que está llevando una gu erra d e exterminio en Cuba será también objeto de las críticas . d el filósofo vasco. En el número 119 del periódico La lucha de clases del 9 de en ero de 1897 escribe:

Unamuno será tal vez corno editorialista de la revista La Lucha de clases el escritor socialista que más espacio dedicó al conflicto. Sin embargo, dada la férrea censura existente, sólo la correspondencia particular permite a don Miguel análisis que, de ser públicos, le habrían llevado a presidio. He aquí un fragmento de una de las cartas que escribió a Pedro Múgica: «Lo de Cuba es sencillamente imbécil. Me alegraría tuviéramos algo con los Estados Unidos a ver si nos quitaban esas dichosas Antillas que sólo sirven para daño nuestro. Somos incorregibles. Y lo más digno de estudio es que la tal guerra, producto de nuestra rapacidad y torpeza económica, hija de disparatados proteccionismos y monopolismos, la sostiene el Sugar Trust para que perdida la zafra er. Cuba suba el azúcar (de 3,50 centavos que hoy cuesta a 7 lo menos) y se ganen en redondo sus 50 millones de pesos. iBonito negocio! Es uno de los más curiosos ejemplos de cómo la guerra es un negocio y de lo que es capaz el Genio del capitalismo moderno »2~ To mado de l ensayo Los escritores modemistas espaiioles y la guerra de Cuba de Jua n Rodríguez. (Universidad Autónoma de Barcelona-GEXEL). 2'

«No está la fuerza en la muchedumbre de los ejércitos, sino en su fe, en la fe del pueblo de donde salen. Y en España, ¿hay fe por la actual guerra? iNo ! Todos los días se oye decir, hablando de los insu rrectos: en el fondo tienen razón. Todos los días se recuerda cómo ha sido Cuba el robadera a donde se mandaba a que engordaran a los que aquí estorbaban o comprometían por su descarada manera de robar. Todos los días se oye cómo se han sacrificado los intereses de la colonia a los de dos o tres regiones españolas (... ). Todos los días se hace la recapitulación de los pecados de la metrópoli, madrastra torpe e ignorante. Que no hay fe lo sabe todo el mundo, y si alguien lo ignora no tiene más que leer la prensa que toca el clarín patriotero y empaparse en el conjunto de inepcias, de estupideces, de salvajadas, de mentiras y de falsías que urde. No es Weyler, sino la justicia, quien puede acabar con una guerra que no puede darnos ni honra, ni gloria, ni provecho, una estúpida guerra por puntillo de honor, por pique, por orgullo y nada más.» Ciges Aparicio aparte, Vicente Blasco Ibáñez fue el escritor qu e arremetió más duramente contra la guerra. 0, al menos, eso es lo que consid eraron los componentes del Consejo d e Gu erra que lo condenaron a dos años de cárcel por sus opiniones. En varios artículos p ublicados en el diario El Pueblo, el escritor se hace eco de la impopularidad de la guerra . Véase, por ejemplo, es te fragmento del 31 de agosto de 1895: «Late en el corazón del pueblo el sentimiento de la justicia, y por eso detesta y maldice la guerra de Cuba.


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Los españoles -digámoslo para regocijo de las almas nobles que reprueban la guerra entre pueblos hermanos, porque constituye un acto bárbaro de lesa humanidad- no irían a Cuba a matar hombres si les fuese dado romper esa ley que esclaviza la voluntad y convierte al ser pensante en máquina que se mueve al antojo del que la dirige. Por eso al presenciar el embarque de tropas realizado estos días y oír las voces que salían de entre filas maldiciendo una ley que les obliga a matar a sus semejantes, contra los cuales no sentían el impulso del odio y del rencor, que determina a verter sangre, y al escuchar también las angustiosas quejas de los seres que enfrente del mar miraban cómo se les arrebataba la carne de su carne para llevarla al matadero de Cuba, crispando los puños de rabia y de dolor porque no poseían fuerzas para detener al trasatlántico, adquirimos una certidumbre que remitimos al Nuncio para que la transmita al Papa: El pueblo no quiere la guerra.»

Actitudes similares de oposición a la guerra y simpatía hacia los independentistas cubanos encontramos en el joven Azorín25 y en Ramiro de Maeztu, quien vivió tres años en Cuba trabajando como lector en una fábrica de tabacos de La Habana. Maeztu relaciona la guerra con En diciembre de 1897 dedica un homenaje a Antonio Maceo con motivo del primer aniversario de la muerte del independentista cubano. En su discurso encontramos estas frases con las que, seguramen te, no estarán muy de acuerdo Esperanza Aguirre y otros entusiastas del patriotismo del 2 de mayo: " Maceo era un hombre enérgico, alma de la insurrección cubana, campeón de la libertad de un pueblo, espíritu tenaz, soldado bizarro como pocos. Su figura recuerda a la de tantos como pelearon por defender de invasiones un pedazo de tierra. La guerra de Cuba es idéntica a la del año 8; con la diferencia, nótese, de que España con franceses no sería la España desdichada de poy, y Cuba con españoles continuaría siendo una cueva .. . de empleados. Calificar de criminales y bandidos a un puñado de hombres que combate como puede un ejército fuerte, bien armado, valiente, es sencillamente llamar bandidos y criminales a los hombres de la Independencia española que asesinaban franceses sueltos.»

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los conflictos sociales y la lucha de la ciudad contra el campo: obreros y campesinos contra comerciantes y burócratas peninsulares. Las dos obras de creación de escritores del 98 que hacen referencia a la guerra de Cuba son el esperpento Las galas del difunto de Valle y la novela Mala hierba de Pío Baroja. En el primero encontramos a Juanito Ventolera, pistolo repatriado, convertido en un truhán cuyas consideraciones sobre la guerra son bastante elocuentes: "LA DAIFA.-iChis!. .. iChis!. .. JUANITO VENTOLERA.-¿Es para mí ese reclamo, paloma? LA DAIFA.-¿No te gusto? JUANITO VENTOLERA.-iUn pasmo! ¿No me ve usted, niña, con las patas colgando? LA DAIFA.-Pues atorníllate, pelmazo. JUANITO VENTOLERA.-¿Quiere usted sacarme para fuera la llave de tuercas? LA DAIFA.-Ese timo es habanero. JUANITO VENTOLERA.-¿Conoce usted aquel país? LA DAIFA.-No lo conozco, pero tiene usted todo el hablar de los repatriados. iLa propia pinta! . ¿No lo es usted? JUANITO VENTOLERA.- No más hace que tres horas. A las seis tocamos puerto. LA DAIFA.-¿En qué Regimiento estaba usted? JUANITO VENTOLERA.-Segunda Compañía de Lucena. LA DAIFA.-iSegunda de Lucena! ¿Y usted, por un casual, habrá conocido a un punto practicante que llamaban Aureliano Iglesias? JUANITO VENTOLERA.-Buen punto estaba ése. LA DAIFA.-¿Le ha conocido usted , por un acaso? ¿No es una trola? ¿Le ha conocido? JUANITO VENTOLERA.-Bastante. Simpatizamos. LA DAIFA. - Era mi novio. Estábamos para casar.

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JUANITO VENTOLERA.-Pues aquí tiene usted su consuelo. LA DAIFA.-¿De verdad has conocido tú a Aureliano Iglesias? JUANITO VENTOLERA. - Y tanta verdad. LA DAIFA.-¿ Sabes cómo murió? JUAN ITO VENTOLERA.- Como un valiente. LA DAIFA - iA los redaños que tenía, algunos mambises habrá tumbado! JUANITO VENTOLERA-Muchos no habrán sido .. . Siempre se tira de lejos. LA DAIFA.-Pero alguno doblaría. JUANITO VENTOLERA - Pudiera ... LA DAIFA. - ¿Tú no crees? ... JUANITO VENTOLERA. - Allí solamente se busca el gasto de municiones. Es una cochina vergüenza aquella guerra. El soldado, si supiese su obligación y no fuese un paria, debería tirar sobre sus jefes. LA DAIFA.- Todos volvéis con la misma polca, pero ello es que os llevan y os traen como a borregos. Y si fueseis solos a pasar las penalidades, os estaría muy bien puesto. Pero las consecuencias alcanzan a los más inocentes, y un hijo que hoy estaría criándose a mi lado, lo tengo en la Maternidad. Esta vida en que me ves, se la debo a esa maldita guerra que no sabéis acabar. JUANITO VENTOLERA.-Porque no se quiere. La guerra es un negocio de los galones. El soldado sólo sabe morir. LA DAIFA.-iComo el mío! ¿Oye, tú, le envolverían en la bandera? JUANITO VENTOLERA.-No era para tanto. iLa bandera! Pues no dice nada la gachí. La bandera es la oreja. i Esos honores se quedan para los jefes! LA DAIFA - ¿y por eso tenéis todos tan mala voluntad a los galones? JUANITO VENTOLERA-De esas camamas, al soldado poco se le da. iNO robaran ellos como roban en el rancho y en el haber! ... LA DAIFA.-Pues a tumbar galones. Pero todos lo dicen y ninguno lo hace. JUANITO VENTOLERA-Alguno hay que lo hizo. LA DAIFA.-¿Tú, por ventura?

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JUANITO VENTOLERA-Otro de mi cara. LA DAIFA.-Mírame en este ojo. Tú te has aguantado las bofetadas igual que todos. ¿De verdad has conocido a Aureliano Iglesias? JUAN ITO VENTOLERA.- iDe verdad! LA DAIFA.- ¿y le has visto caer propiamente? JUAN ITO VENTOLERA.- Propiamente. LA DAI FA.-¿ En el campo? JUAN ITO VENTOLERA-A mi lado, en la misma trinchera. LA DAIFA.- ¿Con redaños? JUANITO VENTOLERA-Cuando no queda otro remedio, todo quisque saca los redaños. »

Poco después habrá otra referencia antiheroica a la guerra: el pícaro trata de vender su s condecoraciones por una peseta y la Daifa se burla de tal pretensión. También en la segunda parte de Mala Hierba aparecen repatriados cubanos. El


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protagonista, Manuel, conoce a un ex soldado que le contará algunas de su s exp eriencias. En este escenario ominoso destaca la figura siniestra de Weyler: «Hacía una tarde de mayo espléndida; el sol calentaba de firme ; el repatriado contó algunos episodios de la campaña de Cuba. Hablaba de una manera violenta, y cuando -la cólera o la indignación le dominaban se ponía densamente pálido. Habló de la vida en la isla, una vida horrible, siempre marchando y marchando, descalzos, con las piernas hundidas en las tierras pantanosas y el aire lleno de mosquitos que levantaban ronchas. Recordaba el teatrucho de un pueblo convertido en hospital, con el escenario lleno de heridos y de enfermos; No se podía descansar del todo nunca. Los oficiales del Ejército, antes de fantásticas batallas -porque los cubanos corrí an siempre como liebres-, disputándose las propuestas para cruces, y los soldados burlándose de las batallas y de las cruces y del valor de sus jefes. Luego, la guerra de exterminio decretada por Weyler, los ingenios ardiendo, las lomas verdes que quedaban sin una mata en un momento, la caña que estallaba, y en los poblados, la gente famélica, las mujeres y los chicos que gritaban: "i Don Teniente, don Sargento, que tenemos hambre! " Además de esto , los fusilamientos , el machetearse unos a otros con una crueldad fría. Entre generales y oficiales, odios y rivalidades ; y mientras tanto, los soldados, indiferentes, sin contestar apenas al tiroteo de los enemigos, con el mismo cariño por la vida que se puede tener por una alpargata vieja. Algunos decían : "Mi capitán, yo me quedo aquí"; y se les quitaba el fus il y se seguía adelante. Y después de todo esto, la vuelta a España, casi más triste aún ; todo el barco lleno de hombres vestidos derayadillo ; un barco cargado de esqueletos ; todos los días, cinco, seis, siete que expiraban y se les ti raba al agua. -y al llegar a Barcelona, imoler! , iqué desencanto! - terminó diciendo-o Uno que espera algún recibimiento por haber servido a la patria y

encontrar cariño. ¿Eh? Pues nada. i Dios !, todo el mundo le veía a uno pasar sin hacerle caso. Desembarcamos en el puerto como si fuéramos fardos de algodón; uno se decía en el barco: "Me van a marear a preguntas cuando llegue a España". Nada. Ya no le interesaba a nadie lo que había pasado en la manigua ... iAnde usted a defender a la patria! iQue la defienda el nuncio ! Para morirse de hambre y de frío , y luego que le digan a uno: "Si hubieras tenido riñones no se habría perdido la isla". Es también demasiado amolar esto .. .»

Págin as más adelante aparecerá un n u evo rep atriad o, Marcos el Cojo, o tro exim io rep resentante d e la degradación humana en la que han caíd o los sobrevivientes de esta gu erra que ahora quiere ser olvidada por todos . Porque otro d e los mitos construidos sobre esta guerra - en estrech a conexión con el de la in flu encia del desastre en la obra d e los llam ados noventa yochistas- es el d e la rep ercu sión qu e tuvo la d errota en los ciudad an os esp añoles . Pasad os los tres añ os d e exaltación y chovinismo patriotero d e u no s, d e desesp eración y su fr imientos de quienes ib an a m orir sin saber por qué ni d ónde, o veían qu e la ru ina se cernía sobre sus h acien das p orqu e no había ya brazos para cultivarlas, p asados en fin los momentos d e aceptar con resignación o ira esta guerra tan absu rda que ni siquiera tenía grandes comba tes, la actitud general era la de pasar p ágina, olvidarse de ella y de quienes h abían estado allí, de ese ejército de más d e 200 .000 repatriados que tratan de volver a su patria m u riendo muchos en el cam ino y llegando otros lisiados, macilentos, d esnutridos y encanallados ha sta el punto que nos han reflejado las pocas p áginas que nuestros escritores les dedican . Rafael N uñez Floren cio en El drama de la repatriación 26 traza u n in teresante

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RECUERDO PIADOSO

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Rogad tÍ Dios'por: las almas de los que pertenecientes tÍ (()dos los Cuerpo de la' Annada, lftU1~ier()fl. en defensa tuJ'la. patria. :.IN

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XljoI do R. PITA..

retrato de aquella realidad, sin mixtificaciones ni tapujos. Véase, por ejemplo, el siguiente fragmento del artículo: "la historiografía no ha prestado, en mi opinión, la atención debida a las numerosas memorias y testimonios de los que vivieron aquella época. No puedo hacer obviamente un recorrido exhaustivo por tales pruebas, pero si citaré dos no demasiado conocidas. Un escritor de segunda fila, Eugenio Noel, señala en su Diario: "En la vida cotidiana no se nota la menor preocupac.ión por la derrota de la Escuadra". El 98 es para él, y sus allegados, el año de una memorable corrida de toros en Carabanchel, que permite evocar un ambiente festivo, jaranero, con los compases de una música zarzuelera al fondo y, como mucho, una vaga inquietud por una guerra lejana, a la que

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pronto se superponen los "cantares lascivos coreados con palmas" y la excitación que despierta en todos el espectáculo de la "fiesta nacional". Todavía más contundente es ~I testimonio de Alberto Insúa que, como español nacido en Cuba, se siente especialmente dolido por la indiferencia patria. la cita es larga pero merece la pena, por ella misma, y porque enlaza directamente con el tema de los repatriados: "Algo que me llamó entonces la atención -escribe Insúa- y que me produjo un sentimiento muy raro, como de soledad espiritual, fue que al enterarse varios de mis camaradas de que yo había nacido en Cuba y vivido allí la mayor parte de la guerra, ninguno se interesara por los acontecimientos que habían determinado la pérdida de nuestras colonias y me formulase algunas preguntas (... ). Esto de "no importar la guerra" lo había observado yo, desde la Coruña, no sólo en la gente infantil o juvenil, sino también en la mayoría de las personas mayores, y me causaba estupor". El autor, que está hablando de octubre del 99, época en la que contaba unos quince años, sigue diciendo que en su familia y en su medio había "desencanto" y "patriótica indignación" por el "silencio absoluto, la indiferencia general" de España ante el particular: "Sólo "algún político suelto", algún periodista que había estado en Cuba, como Luis Morote y algún escritor "de los que seguían entonces en un grupo de desengañados e iconoclastas" parecía preocuparse por "aquello".» Pero lo más expresivo de todo es el colofón de tales palabras, puesto en boca de su padre: " iSe le ha puesto una losa al sepulcro, y en paz!... » No se puede decir, en efecto, de manera más gráfica y lapidaria. Digámoslo nosotros también de manera rotunda: a la sociedad española en su 'conjunto nunca le había interesado Cuba, y mucho menos cuando se convirtió con la guerra en una colonia lejana que consumía tantas energías y sobre todo tantas vidas humanas. El español de a pie no entendía que allí, tan lejos, estuviese la patria. Tampoco le llegaban los beneficios de la


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explotación de la «perla de las Antillas». Sólo cuando aparecieron en escena los Estados Unidos se despertó algo parecido a un sentimiento generalizado de indignación patriótica: al fin y al cabo, el conflicto con los rebeldes cubanos se convertía ahora en el desafío de otra potencia, yeso era ya, como se dice vulgarmente, harina de otro costal. Pero la guerra nunca llegó a palparse en la vida cotidiana, salvo para quienes tenían allí familiares, intereses o lazos estrechos de cualquier índole. Es verdad que en algún momento se extendió el temor, una cierta psicosis social, pero todo terminó demasiado pronto como para que llegara a cuajar un estado de guerra. La comunidad peninsular no perdió su ritmo prácticamente en ningún momento, hasta las diversiones siguieron su curso. Desde

estas premisas puede entenderse la falta de sentido del «sin pulso» silveliano, que proyectaba a la totalidad de la nación las insuficiencias y desatinos de sus élites políticas e intelectuales. Tomando como base la situación descrita, ¿cuál podía ser la reacción ante ·Ios repatriados? Sorpresa, lástima, emoción ... , sentimientos todos ellos probablemente sinceros, pero también superficiales y efímeros. Los repatriados de cualquier guerra lejana, y más si la guerra se ha perdido, suelen ser recibidos con una cierta hostilidad social. Resultan incómodos. Su reinserción es problemática. Se convierten, sin quererlo, en acusadores de sus propios compatriotas, de todos los que no han tenido que abandonar, como ellos, su familia, su trabajo, su medio.»

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2. Las guerras de Artemisa: a) Estructura, argumento y voces narrativas

Las guerras de Artemisa, tanto en su polifonía de voces narrativas como en su arqui tectura novelesca, evoca la estructura musical de desarrollo y variaciones sobre los temas que se nos van anunciando. 2i A primera vista, podría parecer que la novela se organiza también de acuerdo con las leyes que rigen el discurso retórico, ya que el primer y el último capítulo actúan, respectivamente, como exordio y conclusión de lo que se nos va En la novela El Falangista vencido y desarmado (Ed. Planeta) también se sirve Andrés Sore! de la música como contrapunto de la acción.

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a ir contando, pero, a la vez, el capítulo 1 es la introducción a los motivos -hechos y personajes- que se irán desarrollando en los capítulos siguientes hasta llegar al colofón o apoteosis final del último capítulo, que vuelve a recoger los temas que se han ido desarrollando en esta sinfonía o alegato antibelicista. Además, en cada uno de los capítulos volvemos a encontrarnos con los personajes vistos por otros personajes o por ellos mismos en otras circunstancias, en un juego de espejos, a veces deformantes, que ofrecen un perspectivismo sobre los personajes novelescos (y el ser humano) en las antípodas del maniqueísmo sobre el cual se construye la llamada novela histórica. Los tiempos de la narración y de los protagonistas ayudan a esta separación entre estos capítulos y los centrales: el primero se desarrolla en el año 1928, con el verdugo Weyler nonagenario, decrépito y enloquecido, sometido a arresto domiciliario por su oposición a la dictadura de Primo de Rivera. El que sirve de cierre a la novela se sitú a en 1936 y su protagonista, Manuel Ciges Aparicio, la víctima, también es un hombre de 63 años que va a ser fusilado .por los h ijos de Weyler. En medio, los siete capítulos en los que se desarrolla la acción que da lugar al título de la novela: la guerra desde 1886 hasta 1898, siendo los protagonistas jóvenes o, en el caso de Weyler, en pleno uso de su s facultades físicas y psíquicas aunque ronda los sesenta años. Esta estructura circular (1928, retroceso de treinta y dos años, avance de treinta y ocho hasta 1936) permite al autor ofrecernos la acción como un todo continuado, una misma tragedia con diferentes máscaras y avatares argumentales. Este perspectivismo dialéctico con el que se nos van presentando las diferentes face tas de los hechos narrados y los


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distintos rostros de los personajes se complementa con la pluralidad de voces narrativas sobre las que el autor construye su relato. Al contrario d e lo que ocurre en los relatos historicistas al uso, en esta novela lo conti gente, lo anecdótico (los hechos de la guerra) se subordina a lo humano. Por lo tanto no importa tanto 10 que está ocurriendo, la llamada intriga novelesca, o qué va a ocurrir (el misterio) como la incidencia de estos hechos en unos seres zarandeados por un destino semejante al de los héroes de la tragedia clásica o, quizá más propiamente, a su conversión en esperpento por Valle. La literatura no recrea la historia, la humaniza, ofrece los conflictos eternos. Para el historiador, al revés que para el novelista, los hechos o detalles son lo fundamental, las pasiones lo accesorio, lo prescindible. Shakespeare nos había mostrado cómo unos mismos hechos históricos podían ser analizados desde posiciones a veces complementarias, a veces antagónicas. Sorel utiliza el monólogo, la narración en tercera persona, el parlamento en primera persona, el diálogo en estilo directo y sin acotaciones, la crónica o el discurso expositivo del historiador o las voces de la literatura para ofrecernos esta diversidad de interpretaciones o de incidencia de unos mismos eventos en los personajes de su novela. Este friso de voces narrativas permite no sólo la riqueza interpretativa de lo que está acaeciendo, sino ofrecernos a unos personajes en toda su complejidad, sus contradicciones, sus riquezas y miserias. Es decir, presentarnos héroes complejos, no los seres planos que se pasean por tantas de esas narraciones que se apilan en las grandes superficies bajo el marbe- . te de novelas históricas. Doy a continuación algunas notas sobre la estructura, tema y voces narra ti-

vas de cada capítulo con el fin de re flejar la complejidad estructural y riqueza estilística de Las guerras de Artemisa. CAPÍTULO I: EL ANCIANO Como ya he indicado, su protagonista es Weyler nonagenario. En su monólogo, presente y pasado se combinan, a la par que se van alternando las voces del autor y la del personaje para dar cuenta de que desvaríos y momentos de lucidez se suceden y conjugan en el cerebro del anciano, que anticipa lo que va a ocurrir. Macbeth actúa como contrapunto trágico de la tragedia llevada a cabo por Weyler. La voz de Macbeth se convierte en la propia voz del orate Weyler cuando grita en el escenario vacío de la terraza: «Demos lecciones de sangre que regresen atormentando al instructor». Al tiempo, la corneta que toca el anciano militar actúa también como parodia esperpéntica de lo heroico: aquí no aparecerán los jinetes del séptimo de caballería, sino los espectros de las víctimas de Weyler. Además de la voz del narrador y de otras que actúan como eco, aparecen las reflexiones de Ciges como antítesis y anuncio de la tragedia que se va a desarrollar. CAPÍTULO II: 1896. EL GENERAL WEYLER La narración del autor se combina con palabras de personajes: discursos y artículos periodísticos. El novelista emplea ya en este capítulo los recursos que va a desarrollar durante la obra: - diálogos sin acotaciones del novelista para que el lector saque su s conclusiones sobre los p ersonajes y los h echos (en este caso nos presen-

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ta las confrontaciones de los tertulianos en un café de Barcelona que reflejan los diferentes pl.mtos de vista sobre la política del momento). - documentos históricos (circular de Álava sobre Weyler). - narración del autor siguiendo los modelos novelescos de la época, unas veces el relato realista, otras la narración barojiana. - exposición de hechos históricos (descripción de las campañas militares de Maceo). - voces literarias (vuelve a tomar la tragedia de Macbeth para tratar a Weyler). - discursos o parlamentos de personajes insertados en la narración en tercera p ersona sin aclaraciones lingüísticas o tipográficas (en este caso, se alteran los parlamentos de Weyler y el del personaje llamado Pie de Lobo sobre un mismo hecho: la creación del cuerpo de Voluntarios de Valmaseda. - utilización de técnicas periodísticas como la crónica o reportaje o la en trevis ta (el discurso de Piedelobo es una entrevista realizada por Ciges Aparicio). - retomar personajes ya anunciados o presentar otros üuan Vives o capitán Martínez) en distintos contextos o vistos por otros personajes con el fin de dotarlos de esa complejidad humana a la que ya me he referido. CAPÍTULO III : CIGES APARICIO Comienza el capítulo con la fusión de dos voces: la del narrador (3 a perso-

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n a) y la del protagonista (primera persona). En la narración sobre la vida en el cuar tel se confunden las voces de Ciges y la del novelista, de manera que el personaje se convierta en un soldado más, en cualquier soldado. Andrés Sorel recurre a un estilo más telegráfico tratando de transmitir impresiones fugaces : comentarios de la calle, titulares de periódicos, manifestaciones. Para que el lector vaya construyendo su propia imagen de los personajes utiliza la técnica conductista: del diálogo entre Juan Vives y Manuel Ciges sacaremos los elementos para los correspondientes retratos. CAPÍTULO IV: EL CAPITÁN MARTÍNEZ CALONGE Comienza la narración en primera persona, retrocediendo en el tiempo: desde el presente el capitán reconstruye su pasado. Como corresponde al tema romántico, el autor emplea prosa de periodos amplios, abundante adjetivación, recursos retóricos sobre todo de carácter visual para su s descripciones. El tratamiento y tema recuerda El rayo de luna, de Bécquer: búsqueda del amor en una hermosa noche de luna llena, el


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remanso de las límpidas aguas del río, la nave gigantesca del alcázar, las pisadas resonando en el silencio de la noche, los recuerdos del primer beso. El final será bien diferente, la delicadeza romántica queda aplastada por la crudeza de los hechos: el amor ideal, la intervención del héroe para salvar a la dama, devienen en los servicios gratuitos por agradecimiento de la prostituta, yla prosa que narra la escena también se vuelve naturalista. De nuevo, tras la técnica del diálogo para conocer a los personajes y la historia, breve monólogo del capitán para anticipar lo que va a ocurrirle con Tula muchos ' capítulos más adelante. Inmediatamente se retoma el texto expositivo-narrativo de artículo periodístico o manual de historia. El capitán y Ciges se encuentran, historia y ficción se confunden, como también la narración periodística en la que . se insertan voces de los protagonistas. En el episodio de los cucuyos, además de un homenaje a la novela sudamericana, encontramos una sarcástica parodia, cercana a Aristófanes, de la guerra. El heroico combate de los soldados resulta ser con unos vulgares insectos: "Había sido la primera batalla de la tropa de Ciges, la batalla de los cucuyos, aquellas grandes moscas de luz que bailaban en la noche de árbol en árbol emitiendo en sus desplazamientos sonidos similares a los que pudieran producir cientos de niños silbando al unísono. Por encima de la lujuriosa belleza tropical , de las playas extensas y ahora desiertas, de los pueblos y ciudades crecidos en torno a sus frondosos bosques, de las tropas que de uno y otro bando $e enfrentaban en sangriento combate , se encontraban ellos, los desconocidos, innominados, casi invisibles cucuyos, los que desaparecida la luz que los ahogaba con su

permanente presencia creaban otra luz propia, musical, convertida ya en la primera pesadilla que deberían sufrir los indeseados ocupantes de su territorio. " (pág. 116)

CAPÍTULO V: TULA DE ARTEMISA Comienza con narración de autor. Para situar Artemisa, el autor adopta el estilo de descripción geográfica e incluso de folleto turístico. De esta manera, el discurso ex positivo se enfrentará a la violencia de la narración. Voz de la abuela para contar lo que ocurría en su tiempo y demostrar que naq,a ha cambiado, que sigue la opresión económica y vital. Tanto por el personaje protagonista de este capítulo - Tula- como por las incidencias que en él se nos narran sobre W1 triángulo amoroso, la presencia de la novela realista y, sobre todo del folletín, es clara en este capítulo. De alú el homenaje expreso a Cirilo Villa verde, el autor de Cecilia Valdés o la Loma del Ángel, novela emblemática de los amores y desamores marcados por la sociedad racista de la Cuba decimonónica: "También Cirilo fue uno de los privilegiados que vivían en aquellos palacios, casi castillos, bien custodiados, que conformaban el jardín del Edén, pero supo ver el atraso, la tristeza, la falta de vida de las aldeas y pueblos, de los bohíos solitarios y perdidos en las sierras, la abulia y amargura de los habitantes hundidos en sus silencios, la ausencia de luces y comunicaciones, la fatiga de quienes trabajan los campos y apenas tienen algo que comer y el destino cruel de las mujeres, enclaustradas siempre o víctimas de los hombres que con ellas viven ." (pág. 135)

La voz de Abel Borrego, pretendiente de Tula, recogerá las leyendas, historias de conquistadores, narracion es tradicionales y rela tos sobre cimarrones y

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negreros. Este personaje representa al contador de historias sobre tierras y riquezas fabulosas que tanta presencia tiene en la literatura inglesa (recordemos a Stevenson o Conrad, por ejemplo), así corno un homenaje a la tradición popular expresada en bailes, canciones o romances: "A mi abuelo apenas si lo conocieron en Artemisa y él tuvo trato con Güelillo, éste se llamaba en verdad Manuel Cabrera Paz y fue el primer cantor artemiseño, y él sabía de estas historias y otros romances, nada escapaba a su imaginación y retentiva, y como buen repentista, el primero que existió, todo lo que ocurría desde aquí a la playa de María la Gorda lo romanceaba, cuántas décimas a mujeres hermosas y a muertes y bodas, no existió festejo que se preciara que no contara con su presencia que en un de repente le sacaba son y sentido a todo lo que se celebraba, muy bien dicho y con muy buen tono, que a todos dejaba contentos porque había que ver de dónde conocía a todos los presentes que a todos sacaba en sus versos, por eso cuando le veían le invitaban a café que mientras hervía en el fogón el ag ua para verterla en el molido, ya fuese retinto, carretero o mezclado con chícharos, y en las más humildes casas del montón, él improvisaba sus versos y yo mismo que era mozo cuando le escuché algunas veces antes de que muriera, lloraba como todos los presentes cuando recitaba el fin de la penca de guano en la fi nca Cam po Hermoso abatida por uno de esos ventarrones que surgen en estos lugares de vez en cuando , los vecinos, y mi abuelo era uno de ellos, se reunían en la sacristía o los portales de las tiendas cuando el calor te ahoga

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o en los colgadizos de los bohíos, que a todas partes acudía Güelillo a veces con la jerga conga. " (pág. 148-49).

El capítulo incluye, inserta en la narración, una carta de Ciges Aparicio a Juan Vives. CAPÍTULO VI: RECONCENTRACIÓN y EXTERMINIO Comienza con un texto expositivo: bando de Weyler sobre la reconcentración. Todos los ciudadanos deben abandonar sus casas y concentrarse en los

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espacios previamente señalados por las autoridades militares en las ciudades, de hecho son campos de concentración. A partir de aquí el autor-narrador analiza las consecuencias de la política de reconcentración, hambre, miseria, fe tidez, desolación y muerte: "De la noche a la mañana el territorio de lo que fue jardín de Cuba se encuentra envuelto en la quietud de la muerte y el silencio de la desolación. Por sus caminos y trochas avanzaban, escoltados por los soldados españoles, ancianos, mujeres y


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niños, arrastrando enseres que a veces, por sus escasas fuerzas, se ven obligados a abandonar. Los militares llevaban consigo cuantas gallinas, conejos, palomas, cerdos, animales domésticos, habían podido requisar." (pág. 163).

Para acercar al lector al drama, el autor pasa de lo general a lo particular con la historia de Clara Castaño, niña de ocho años ultrajad a. La verosimilitu d de lo narrado por el autor será confirmada por un testigo, Ciges Aparicio que habla en primera persona. También Juan Vives corroborará el horror pero desde una perspectiva cínica. Es curioso que lo que cuenta de conseguir dinero robándolo a los muertos lo hace también el repatriado de Aurora Roja de Pío Baroja que se apresura a desposeer de sus pertenencias al hombre que se acaba de suicidar. El segundo testigo es Tula, quien nos sigue describiendo los horrores en ese tono de naturalidad que los aumenta. Después vendrán Magdalena Peñarroya o el narrador que parece convertirse en notario que levanta acta de hechos como la violación por el fotógrafo de la niña Esther. Huyendo de cualquier concesión al maniqueísmo, el novelista, que había presentado al fotógrafo como un ser casi angelical, nos descubre inmediatamente ese lado oscuro que acompaña a todo ser humano y que campa por sus respetos cuando las leyes que imperan son las de la barbarie. De aquí se pasará al diálogo de resonancias socráticas sea entre Ciges y Vives, o entre el padre Arola y Tula para ofrecernos de nuevo la pluralidad de enfoqu es, ese perspectivismo sobre el que se construye la novela. Como complemento a las pruebas testificales que se presentan sobre geno-

cidio en este juicio histórico en el que Weyler pre tende defenderse con los parlamentos que se incluyen, están las documentales: el informe de Santiago Ramón y Cajal sobre las pésimas condiciones del ejército y las bajas no debidas al enemigo sino a enfermedades. CAPÍTULO VII: LA GUERRA La voz de narrador-historiador nos cuenta los atentados de Weyler, los planes _de campaña, los combates de 1896. Parece que el tono de exposición de acontecimientos históricos mezclado con la descripción de los lugares donde se desarrollaron y de los personajes que intervinieron en estos hechos trata de servir de contrapunto a las vivencias anteriores. Me refiero a que el novelista se dis tancia de Shakespeare para acercarse a Herodoto: "30 de abril. Un lugar llamado Cacarajícara, hacienda situada en la vertiente norte de la sierra del Rosario. Un bosque rodea la loma de dos leguas en que se asienta. Lo atraviesa un río. Ya en los primeros días de febrero las tropas de Maceo acampan en el campamento de Río Hondo. El día cinco tuvo lugar el combate de Candelaria. El dieciocho de marzo el de Cayajabos. Aquella mañana del treinta de abril Maceo, acompañado de algunos de sus oficiales, realiza un reconocimiento sobre Las Pozas. Conoce ya la presencia de numerosas fuerzas que acompañan al jefe español general Suárez Inclán adelantado de Weyler con sus batallones de San Fernando y Baleares que se dirige al campamento que ha establecido Maceo en Cacarajícara. A éste, que solo contaba con ciento setenta hombres, se le unen las columnas acampadas de cubanos que manda Carlos Socarraz. Se han apagado ya los rescoldos de las hogueras encendidas en la noche. Llevan días las

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tropas españolas construyendo a toda prisa rudimentarios fuertes y trincheras en los claros abiertos a los montes." Sin embargo la exposición pre tendidam ente objetiva pronto d ejará su lug ar a la visión de los protagonistas de los hechos con esa concepción brechtian a de que no existen las batallas ni las pirámides de Egipto sino el d olor y las miserias de quienes par ticiparon en ellas o las construyeron. Y el narrador compartirá la palabra con Ciges A paricio para que el protagonista cuente sus viven cias al hilo de lo aparece en las crónicas recogidas por el historiador: "Era el veintidós de octubre. Ya habíamos concluido de cenar Vives y yo. El general Arolas, en el comedor de oficiales, continuaba con algunos de sus colaboradores, cuando de pronto se escucharon disparos que parecían proceder de las inmediaciones de la ciudad. Nunca hasta entonces las tropas de Maceo habían intentado atacar Artemisa. No tardó el corneta que se encontraba en la antesala del comedor en tocar a generala. Todos nos levantamos de nuestros asientos, o de los lechos en que estuvieran acostados, hasta Vives lo hizo, poniéndonos en movimiento. Han escuchado en el campamento de Maceo el toque de silencio. El cubano ha decidido dar este golpe de efecto para demostrar el fracaso de la trocha Mariel Majana, verificando que puede cruzarla con total impunidad. En la noche anterior Maceo había descansado en la peña Laborí. Cuatro leguas le separan del lugar donde Arolas tiene su cuartel general. Ya ha pasado la patru lla de reconoci miento española si n

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que adviertan señales de la presencia del enemigo. Al atardecer Maceo y sus hombres se ponen en movimiento. Cerca de la muralla hay un espeso palmar. Es noche cerrada. Maceo decide detener allí a sus hombres: quinientos soldados de infantería y doscientos a caballo. A las nueve de la noche ya está emplazado el cañón neumático. Ord en a que se orie nte hacia donde se ubica la Comandancia Militar del Ejército Español , entre la calle Real de San Marcos y la del Silencio, apenas cien metros de distancia de la Iglesi a Parroquial, que es uno de los edificios de mayor altura de la ciudad construido con muros de anchas y gruesas piedras graníticassobre lo que fue en sus orígenes una fábrica de tabaco. En el parque de la Iglesia se situaban ahora las caballerizas de los militares. Y da órdenes a los artille-

ros para que se preparen a realizar, cuando él lo mande, fuego a discreción. Dirigirá el ataque el coronel José Ramón Villalón. Los obuses no caen en la Comandancia, sino en la plaza. Son seis las bombas disparadas en el espacio de escasos minutos. Tocaban a rebato desesperadamente los cornetas llamando a filas a los soldados. Alineamos la tropa esperando órdenes. Ignorábamos si Arolas nos mandaría salir de la ciudad o desplegarnos en . formación y ocupar los puntos estratégicos


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de Artemisa. Al fin se optó por esto. Yo , con un pequeño retén , me dirigí hacia la calle del Refugio, frente al cementerio y el matadero, donde se encontraban el polvorín y un hospital que hasta el inicio de la guerra fuera un local para fiestas y bailes públicos. Los habitantes de la ciudad se echaron despavoridos a las calles, como si allí se encontraran más a salvo que en sus casas. Otros, por miedo a que los reconcentrados pudieran con las escasas fuerzas que les restaban tomarlas , optaron por permanecer en ellas, atracando puertas y ventanas para evitar la incursión de balas o cascotes. Todo era confusión. Cerca de quince minutos había tardado la tropa en tomar posesión de todos los puntos cardinales de la ciudad para resistir el asedio a la plaza. Pero las tropas de Maceo no parecían avanzar sus posiciones y menos intentar caer sobre nosotros. Escuché gritos demandando a camilleros y voluntarios para recoger algunos heridos provocados por la explosión de los obuses."

O tros testigos contribuirán a incrementar la verosimilitud del relato. Así describ e un oficial español la presencia d e Weyler: "A la cabeza, montando una jaquilla torda, tan pequeño de estatura que al pronto se confundía con su cornetín de órdenes, pero tieso y arrogante como un león del desierto, patillas de oro a lo alfonsino, descuidado el uniforme, con mirada de ág uila, sin decir una palabra, arrastraba tras de él veinte mil soldados. Uno detrás de otro , como hormigas, dando vueltas y más vuel- . tas ypersiguiendo a un enemigo que no se deja ver."

y d e nuevo el diálogo socrá tico entre Ciges y Vives para completar la multipli-

cidad d e puntos d e vis ta sobre lo que es tá su ced iendo. CAPÍTULO VIII: ÚLTIMOS DÍAS EN ARTEMISA Com ienza con el diálogo entre Ju an Vives y Manuel Ciges an tes de que éste sea encarcelad o. Inserta una narración ensayís tica en la cu al se exp one la relación d e falleci-

dos, para volver a la conversación en tre Manu el y Juan en la que Vives, actuando de oráculo, le anuncia su destino . Parece evidente qu e el protagonis ta d e una tragedia anunciad a h a de conocer su futuro . Tra s la crón ica d e la m u erte d e Maceo basada en d iarios de campaña, se p roduce el m onólogo d e Ciges en su calabozo. En el fluir d e la concien cia d e Man uel se atropellan los recuerdos y vivencias, esp ecialmente sobre Tula y el capitán Martínez, lo que llevará a un episodio que p arece anunciar el triunfo d el amor sobre la m uerte. Sin emb argo, tras el planteam iento romántico que recu erd a el vivido p or M artínez con la pros tituta, vu elve a imponerse la om in osa realidad . Una realidad ciertamente recogida por muchos d e los fo lletin es de la época: de las relaciones en tre el m ilitar y la

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cubana nacerá un hijo que será adoptado por ese fiel enamorado que se casará con Tula cuando el capitán y la guerra desaparezcan . Sigue a este episodio el monólogo de Weyler en el que éste intenta justificar su conducta trasladando la responsabilidad de sus hechos a militares y políticos. A la par, se insertan los recuerdos de su relación con Eva, cuya voz actúa como corifeo en el esperpento sexual contrapuesto a la relación erótica entre el capitán Martínez y Tula. En este como en otros casos resulta destacable la capacidad de Sorel para ocupar la mente del personaje. El soliloquio del general es no sólo coherente con lo que hemos ido aprendiendo de él en páginas anteriores, sino que está tan bien construido que incluso sus ,argumentos nos hacen dudar de la sentencia que debemos emitir. Termina el capítulo con una carta de Manuel Ciges a Juan Vives. CAPÍTULO IX: LOS HIJOS DE WEYLER Como ya he señalado, actúa como colofón de lo anterior. Incluso podría decirse como moraleja si no fuese porque la complejidad de la novela permite múltiples lecturas y enseñanzas. Entre ella s, la de que la destrucción del hombre por el hombre no puede centrarse en un momento o episodio determinados, aunque és tos puedan servir de ejemplo. Como lo es de la barbarie fascis ta ese Weyler que con tantos nombres y ros tros encontramos en la historia. Entre ellos, el de Franco y s us secuaces fascistas que terminarán en este último capítulo la labor de exterminio desarrollada en los anteriores. Y en esta tragedia a Manuel Ciges Aparicio le ha sido dado el desempei'i.ar el papel de la dignidad y la razón

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atropelladas por la fuerza salvaje. Vejaciones pasadas y presentes se mezclarán en sus últimas pesadillas hasta convertir la realidad en un desfile de esas sombras que desfilan por delante de la caverna, de esa caverna en la que los tiranos de diferentes épocas y credos han recluido a los seres humanamente humanos. 28 b. Personajes: realidad y ficción.

Los personajes de la novela pueden agruparse en tres conjuntos: • Personajes reales presentados sin intervención del autor.

Son referencias que sirven para ayudar a contextualizar lo narrado. Son comparsas de los personajes literarios, sin ningún papel activo. Entre estos figurantes señalamos a Millán Astral, Queipo de Llano, general Blanco, Martínez Campos, general BIas Villante, conde de Valmaseda, Herminia, amante de Weyler, Magdalena Peñarroya (luchadora independentista y ayudante del padre Arocha), Maceo, Máximo Gómez y otros revolucionarios cubanos, Eva Canel (periodista, actriz y amante de Weyler), personaje a caballo entre este grupo y el siguiente, por cuanto el novelista sí dedica algunos recursos (diálogos en los que ella interviene, monólogos de Weyler) para dibujar al tipo de mujer ambiciosa dispuesta a sacrificar hasta a su hijo con tal de conseguir sus fines.

En la novela La caverna del comun ismo (rd editores) And rés Sorel se sirve también de la alegoría p latóni ca para ofrecern os una desolad ora visión sobre la tiranía y el terro r triunfantes e n el mundo contemporá neo

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• Personajes reales convertidos en personajes literarios.

Como ya he indicado, sobre este conjunto de personajes y sobre el siguiente se sustenta esta novela en la que la acción siempre está subordinada al factor humano, los personajes y sus voces como ecos de sus personas (obsérvese que, salvo los capítulos VI, VII Y VIII, todos los demás llevan "el subtítulo de los protagonistas de la novela). Se trata, pues, de un planteamiento antiépic0 29 • Ello obliga al autor a presentar personajes complejos, contradictorios, lejos de esos arquetipos que sólo son esqueletos que soportan virtudes o defectos. Y, a su vez, a multiplicar los pinceles que retratan a estos seres que, en ocasiones se describen a sí mismos por sus hechos y parlamentos mientras que, en otras, serán caracterizados por sus amigos o enemigos, añadiéndose a ello la visión del narrador-dios yesos documentos que constituyen las fuentes de los historiadores (testigos, diarios, cartas, crónicas ... ). Ahora bien, aun cuando estos recursos literarios para crear personajes novelescos redondos sean utilizados por el autor tanto en los seres históricos como en los de ficción, en los primeros ha de tener en cuenta la materia prima para reelaborarla de acuerdo con las leyes del relato, mientras que en los segundos, como el dios bíblico, crea a partir de la nada aunque, eso sí, dentro de las leyes que impone la coherencia novelesca. En todo caso sí existe un cierto equilibrio entre personas que van de la realidad a la ficción (~eyler, Ciges Aparicio) y perNo son las h azañas y qui én lé)s realizó (arma lo qu e será objeto de la narración, sino los episodios vita les de un os seres que, precisamente, bi en qui eren huir de estas hazail as (arm a), bi en se rán víctimas de las mismas.

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v irumque cano )

sonajes puramente ficticios (TulaCapitán Martínez). Juan Vives, como veremos, puede servir de intersección entre ambas parejas. c>

Valeriano Weyler

Tal vez el mayor reto a que se ha enfrentado Andrés Sorel a la hora de huir del maniqueísmo literario haya sido la recreación de este personaje. Una vez elegido como antagonista de Ciges, la tentación era fácil: ¿por qué no mantener la caricatura de un personaje esperpéntico y cuyos actos de crueldad en Santo Domingo, · Filipinas, España (guerras Carlistas, represión de 1909 en Cataluña -Semana Trágica-) y, sobre todo, con su política de exterminio en Cuba30 no dejaban el menor resquicio para la duda o la complejidad psicológica ? 31 Sin embargo, sin disfrazar las deformidades físicas y psicológicas de este personaje, sus complejos y ambiciones, su sadismo, el novelista nos ofrece un Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre el número de víctimas de la política de reconcentración de Weyler, oscilando éstas entre 750.000 y el m edio millón. En todo caso, los m ás benévolos con el exterminador dan la cifra de 300.000 muertos sobre una pobl ación rural de 1.500.000 habitantes. La monstruosidad no merece comentarios. 3 1 Obsérvese, por ejemplo, este soneto atribuido al escritor cubano Ricardo del Monte para ver cuál era la opinión que se tenia sobre el Capitán General: 30

Mirada de reptil, cuerpo de enano, instinto de chacal, alma de cieno; hipócrita, cobarde, vil y obsceno como el más asqueroso cuadrúmano. Un tiempo azote del país cubano, fue a todo nobl e sentimi ento ajeno, y haya l mismo Satán convierte en buen o esta excrecencia del linaje humano. Ruina, deso lación, ha mbre y mi seria las ohras son qu e a ejecutar se atreve es te horribl e m ontón de v il materia. Ya un monstruo tal con intención aleve el gobierno de Cuba encarga Iberia, ' al expirar el siglo diecinueve.

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novelista. A él compete crear personajes para quienes nada humano le sea ajeno, seres que, en el caso de los reales, han nacido y crecido en un medio físico concreto, pero que adquieren su pleno desarrollo y significado en el que las leyes del relato imponen a su progenitor_

o Manuel Ciges Aparicio

Weyler no hace más que recorrer la manigua. sin encont rar un insurrecto en ningún sitio. La Campana de Gracia. 24 dejuliode 1897. 14. LA CASI-I'AC IFICAC IO:

héroe (o antihéroe) que también ama, sufre, duda, es víctima de las ambiciones y ruindades de los demás y a quien el paso del tiempo ha convertido en esa fantástica escoria eminente en la que, según Quevedo, devienen los tiranos porque, por dentro no son sino tierra y gusanos como cada hijo de vecino. Los monólogos del anciano cuyo cuerpo se está descomponiendo, las adulaciones de quienes cuando no esté en el poder serán su mayores críticos, el servilismo y la corrupción representado por las comparsas del tirano, entre las que destaca Eva Canel, nos irán indicando que la cosa no es tan simple y que este ser odioso no es sino el fruto d e una sociedad odiosa que seguirá pariendo seres odiosos para que la mantengan. Y, cuando ya no les sirvan, los desterrará para nombrar a sus sucesores que ahora ya no se ll amarán Valeriano Weyler sino, por ejemplo, Primo de Rivera o Francisco Franco . Ello en absoluto significa un relativismo tan en boga sobre la responsabilidad moral de los genocidas. Por el contrario, la amplitud de conocimientos, la sensibilidad sentimental qu~ d emuestran en otras facetas, su capacidad para el goce les hace más culpables por su s abyecciones. Sólo que establecer es ta culpabilidad no es el negociado del

Es evidente que Andrés Sorel se sirve de la extensa obra de Manuel Ciges 32 no sólo para la reconstrucción d e su vida y la profundización en su personalidad, sino también para recoger algunas de las peculiaridades del estilo de Las obras más importantes d e Manuel Ciges Aparicio, ar tículos p eriodísticos, biografía s y traducciones aparte, son: El libro de la vida trágica: del cautiverio (1903). Relata s u estancia en el castill o de La cabaña. Tanto éxito tu vo es te relato qu e, con algunas modificaciones, se publicó cuatro veces, la primera com o folletín bajo el título Impresiones de la eabaria . Manuel Ciges completaría su autobiografía con El libro de la vida dolien te: del hospital (1906); El libro de la crueldad: del cuartel y de la guerra (1906); El libro de la decadencia: del period iSl110 y la política (1907). Su nove la El Vicario (1905) presenta el retrato de un sacerdote preocupado por sus feligreses, anticipo del personaje de San Manuel de Unam uno. En Los Vencedores (1908) hace una crítica d e la ex plotación a que son sometidos los obreros de la Fábri ca de Mieres, explo tación que provocaría "La huelgona" de 1906. La familia Gilho u, propietaria de la fábri ca, adem ás de adquirir todos los ejemplares de la obra, amenazó la vida d el escritor, por lo que éste hubo d e abandonar As turi as. En 1910 M anuel Ciges publica Los Vencidos , crónica novelada de la vida en las cuencas minera s de Río Tinto y Almad én. La Romería (1911) es una feroz crítica del caciqu ismo anda lu z a propósito d e la peregri nac ió n anu al a la virgen de TÍsca r (Quesa d a, Jaén). Co mo denuncia comp lementaria sobre la explotación del campes in ado jienense escribe la novela Vil/avieja (1 914). En El juez que perdió 111 conciellcia (1925) vuelve a la au tobiografía para contarnos su ex periencia como ca ndidato a las elecciones de 1923, desvelando la ampli a gam a de recursos fraudul entos de los caciques (amenazas, castigo, co mpra de vo tos, fal s ifi cació n de papeletas) para falsear los resultados. Su últim a novela, Los ca imanes (1931) da cuenta de las pas iones primitivas, del atraso núte ri a l y moral de esa España machadiana que ora y emb iste cua nd o e digna usar de la ca beza. 32


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este escritor, periodista y político que, vaya usted a saber por qué arcanos de las leyes profesorales, no es incluido en la llamada generación del 98. Tal vez sea porque su vida y su actividad literaria sí que estuvieron claramente marcadas por la guerra de Cuba. Es decir, porque él sí fue un noventayochista a diferencia de los que se incluyen en los textos escolares, por ejemplo, de su cuñado Azorín. Como Andrés Sorel nos indica en la entradilla de la novela, Ciges Aparicio es el protagonista de Las guerras de Artemisa. Consecuencia de ello es que él atraiga atención del narrador en los momentos cruciales del relato, bien sea en presencia bien por las referencias de su antagonista Weyler o por las ' observaciones de su compañero Juan Vives o de los demás personajes. Esta presencia mediante las voces y recursos narrativos diferentes ya indicados hacen de Manuel Ciges el héroe más problemático de la novela. Al

igual que ocurre con el Marqués de Tenerife y Duque de Rubí -:su antagonista en esta guerra civil que desarrollan en Artemisa-, el novelista ha de servirse de los materiales que tiene a su disp osición para configurar a su protagonista. Sólo que los materiales son estáticos, están mu ertos. Al igual que ocurre con el escultor y el bloque de márm ol inerte, el novelista ha de tallarlo, darle forma y con tenido y si, corno Pigmalión, es un auténtico creador, insuflarle espíritu vital. Y espíritu vital significa que cada uno reconozcamos en las grandezas y miserias de ese personaje las de cada quisque, incluidas las nuestras. No se trata de crear un dios (futbolístico, cinematográfico o de cualquier otra índole mediática) para rendirle pleitesía o abominar de él. Se trata, sencillamente, de proceder corno la naturaleza, creando seres humanos provistos de perfecciones e imperfecciones, de vicios que a veces parecen virtudes y viceversa. De ahí que observemos muchos Ciges Aparicios en la novela o un mismo Manuel con diferentes máscaras: el del narrador, el de Weyler, el de Juan Vives, el de Tula, el del mismo Manuel Ciges Aparicio. Valiente, pusilánime, crítico, generoso, contradictorio, seguro, dubitativo, decidido, tímido con las mujeres hasta la desesperación ... Con estos y otros muchos adjetivos podríamos definir al protagonista de esta obra con la seguridad de no acertar. Tal vez porque el que mejor le cuadre sea el de humano . Valgan, a modo de ejemplo de esta complejidad novelesca y humana, estas reflexiones de Manuel Ciges sobre el gran teatro del mundo y sobre sí mismo en un monólogo en el que sus reflexiones se fusionan con las de su alterego, Juan Vives: "TOdo es falso, las máscaras se reflejan así ante los demás, pero desnudos todos los

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hombres son iguales, nadie es una excepción , Ciges, ni el Rey ni el untuoso monje, el disfraz, hay que arrancarle la máscara, ese es el escritor, el que lo consiga. Yo me preguntaba entonces ¿qué máscara tienen los soldados que me rodean? Algunos han caído en un profundo sueño, roncan , otros permanecen inmersos en angustiosas pesadillas, los hay inquietos que con los ojos abiertos miran a todas partes, sobre todo al cielo, les asusta el cielo, si está estrellado por la luz que irradia, si las nubes cabalgan sobre él por la amenaza de lluvia, cuanto se mueve o arrastra por tierra o vuela en su derredor, los mosquitos, los reptiles y sobre todo los ruidos, escuchan la respiración de los enemigos por todas partes, ¿cómo podrán olvidar esto?, sus ojos, sus gritos, el vuelo de los machetes, el relinchar de los caballos, el ladrido de un perro, todo les pone en tensión, se revuelven inquietos, se juntan unos a otros como si así pudieran protegerse mejor, no tienen máscaras Vives, ellos son solo seres indefensos, acobardados, víctimas, víctimas maldita sea, víctimas como todas las víctimas del mundo, te falta llorar, Ciges, eres demasiado sensible, tú sobras no en este escenario de crueldad, también estás de más en el escenario de la política y me temo que en el de la propia literatura, necesito un trago Ciges, de lo que sea, tengo que conseguirlo, ¿un trago?, sí, que después vengan las balas, un trago para no volverme loco en este maldito silencio, academias militares, libros sobre la guerra, banderas, honras fúnebres, responsos de los capellanes, músicas, desfile~ , esta es la farsa del mundo, un trago que me embrutezca, incluso un trago mejor que follar, que me aturda y no me haga pensar ni sentir, benditos los borrachos que de ellos es la lucidez, que maravilloso sería un mundo habitado solo por borrachos, pero si no te veo borracho nunca, Vives, algunas veces, no creas, yeso me pierde porque me gusta

follar y entonces no puedo, se me quitan Ips ganas, también me gusta hablar contigo la estupidez de nuestros militares me deprime, por eso es necesario beber, beber o estar con una mujer, eso es la vida, lo demás es caminar por la miseria hacia la muerte." (págs. 228, 229) c>

Juan Vives

La carga literaria de la vida de este personaje es tan alta que incluso algunos investigadores de la obra de Ciges Aparicio sostuvieron que nunca existió, que fue un personaje novelesco creado por el protagonista de Las guerras de Artemisa. Pero los materiales del sumario demostraron que no era invento de nuestro autor. Andrés Sorel recoge algunas líneas del proceso que d an fe de la existencia de Juan Vives: "En él aparecían procesados por el cargo de traición a la Patria e injurias al Ejército, Manuel Ciges Aparicio, sargento del Batallón de Cazadores de Barcelona, Juan Vives, soldado que resultó ser tras las averiguaciones realizadas Mario Divizzia de origen italiano y que había por tanto falsificado su personalidad y Miguel Franzón cura párroco de Ciego de Ávila al que conoció Vives nada más llegar a Cuba en los días que pasaron en aquella localidad." (pág. 256)

Andrés Sorel se acogerá a la personalidad que hay detrás de estos datos y otros complementarios, aunque no menos nebulosos, para trazar uno de los personajes para mí más atractivos de la novela. Porque Juan Vives 33 representa el complemento humano-literario a las citas y recreaciones que recorren la Obsérvese incluso la carga significativa del nombre y apellido elegidos.

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n ovela, y a las que me referiré en el último apartado. Juan Vives es el pícaro que sale adelante en cualquier situación mediante sus trapacerías, y el aventurero mezcla de Lord Byron y Aviraneta y el cínico don Juan de Mañara trufado con el atractivo joven Bradomín y el Quijote que habla por boca de Sancho ... Es un crisol de grandes personajes literarios entre los que no puede faltar el m ismo Hamlet que dé un sentido trascendental a su existencia. En el soliloquio anteriormente recogido en el que Manuel Ciges elucubra sobre el sentido de la existencia se insertan palabras de su otro yo encarnado en esta mezcolanza de atormentado príncipe de Dinamarca, aventurero romántico y cínico parnasiano: "Querido Ciges, el problema no es ser o no ser sino esquivar el destino que nos acosa, que morir no es dormir sino dejar de ser para siempre o para nunca que quizás lo exprese mejor. Yo amaba a Gina. Y ella no se suicidó como Ofelia. Fue el destino quién me la arrebató de los brazos. Ningún Dios existe que hubiera tenido poder para hacerlo. Es la nada, la nada que nos hace representar la comedia de la vida. Malditas sean la nada y la vida. ¿Qué ha de importarme a mí esta guerra y cuantos muertos nos rodean? Todo es igual pues nada existe. Déjame beber, beber y después cerrar los ojos y apagar la luz aunque de seguro el mald'to sol volverá a despertarme de nuevo." (pág. 228)

Es tos homenajes literarios no merman su realidad como héroe en esta novela. Contrapunto de Manuel Ciges,

será su conciencia dormida, su heterónimo, el complemento para la apatía existencial que, de vez en cuando, planea sobre el protagonista de la novela. Un personaje necesario no sólo para despertar la conciencia del protagonista a golpes de aldabonazos reales, sino para evitar que el lector caiga en la tentación de decirse es que Manuel Ciges es así, o bien es que lo que pasa es ... • Personajesde realidad sólo literaria Como veremos a continuación, en estos personajes aparecen datos de seres de carne y hueso . Sin embargo, estos datos son circunstanciales, es decir, no existe relación significativa entre el per-

sonaje creado por el autor y el que, por ejemplo, llevaba el mismo nombre. De ahí que la realidad de Piedelobo sea sólo novelesca, aunque exista un Piedelobo, natural del Tremedal y residente en Barco de Ávila, a quien conoce el autor, y aunque este abulense tuviera un abuelo que estuviese en la guerra de Cuba. Porque el Piedelobo que aparece en el texto podría tener cualquier nombre: es sólo un soldado que tiene la función de hacer un discurso complementario al de

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Weyler, el discurso del verdugo que empuña el hacha que ha puesto en sus manos el señor de horca y cuchillo. Este personaje representa a todos los desheredados de la tierra a quienes se les entregan armas para que, violando, asesinando, arrasando cuanto salga a su paso olviden su miserable estado y veneren a los responsables de su miseria. Son seres embrutecidos que han cambiado su condición de criminales por la de voluntarios del cuerpo de los Cazadores de Valmaseda y que años después serán conocidos como legionarios cuyo símbolo, la cabra, habla claramente de las altas dotes humanas y de las aspiraciones intelectuales del grupo. Con el discurso de este soldado el autor nos ofrece otra perspectiva más de Weyler, la de quienes luchan a sus órdenes. A su vez, los parlamen tos de jefe y subordinado se conjugan con el fin de presentarnos dos cuadros complementarios del infierno en el que han convertido el paraíso antillano. Pero, insisto, es te Piedelobo sólo coincide en el nombre con el campesino pacífico y generoso que conoce Andrés Sorel. c>

Capitán Antonio Martínez Calonge.

También hubo un militar de este nombre, concretamente el abuelo del novelista 34 • Antonio Martínez Calonge, efectivamente, estuvo en Cuba, fue herido, ascendido a teniente y condecorado con la Cruz de San Hermenegildo por su heroicidad en el combate. Sin embargo, ni había nacido en Segovia35, sino en Soria, ni había ido a ninguna academia milital~ sino que fue ascendiendo, hasta Andrés Sorel es el pse ud ónimo de josé Andrés Martínez Sá nchez. " La ca ll e Ochoa Andátegui dond e hace qu e na zca Antoni o Mar tínez a longe es, en realidad, en la que nacieron el pro pi o Sorel y qui en e cribe es te ensayo. J.I

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llegar a capitán, por antigüedad o acciones de guerra, ni, mucho menos, era el hombre tolerante y de la inquietudes humanas e intelectuales del personaje novelesco. Antes bien, nuestro abuelo respondía al estereotipo de militar pistolo o chusquero: autoritario, intransigente, amante del riesgo y sin más aficiones que el cuartel y la caza. El personaje que nos traza Sorel responde al militar liberal decimonónic0 36 que Galdós y Baroja retratan en los Episodios Nacionales y en Las Memorias de un hombre de acción. Este militar humanista, obediente a sus superiores pero no hasta el punto de sustituir la razón por la obediencia, sensible ante la injusticia, valiente pero no irresponsable, católico pero no fanático, contradictorio, al fin, en sus acciones y atormentado por sus dudas podría llamarse Riego, Torrijos, Fermín Galán o cualquiera de los militares que serían fusilados después por los africanistas por el grave delito de ser fieles al juramento de obedecer las órdenes del gobierno legalmente constituido, el gobierno republicano. Es interesante también observar la evolución de este personaje durante la novela, desde el ingenuo romanticismo del oficial recién salido de la Academia hasta el apasionado amante de Tula que, sin embargo, sabe que la relación con la mulata no tiene futuro. El capitán Martínez Calonge sirve también al autor para presentarnos una visión compleja de aquel ejército a través de los tres vértices del triángulo: Weyler, representante del militar africanista o antillano, considera que ·c ualquier medio ·es bueno para alcanzar la victoria; Ciges el intelectual a quien han vestido con un uniforme que no le En la ge neros id ad, afab ilid ad y otros rasgos el pe rsonaje me recuerda a nues tro padre, tan di stinto de l s uyo, el ca pitán Antonio Martínez Ca longe.

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corresponde y que, como declararía en el Consejo de Guerra, nunca podría anteponer las órdenes a sus convicciones; el capitán, entre dos fuegos. De ahí sus vacilaciones, sus dudas entre respetar la brutalidad de Weyler como mandan las ordenanzas o criticarla como le dicta su conciencia. A pesar del monólogo de Juan Vives, es el capitán Martínez Calonge el personaje más hamletiano de la novela. c>

Tula Danger

En este caso ignoro si el novelista ha tomado el nombre de algún ' personaje que realmente haya existido o exista. O incluso que sea un homenaje a una escritora injustamente olvidada en España, la cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda, llamada Tula, y que, además de su agitada vida amorosa, tal vez haya sido la primera mujer que tuvo el valor de expresar por escrito sus ansias eróticas.

En cualquier caso lo que sí es cierto es que Tula Danger responde a un personaje de una extensa tradición literaria que no hace sino recoger una idea ampliamente extendida en América y Europa: la sensualidad de la mujer mulata. Ya me he referido a la novela de Cirilo Villaverde, Cecilia Valdés, como obra emblemática de esta evolución de la esclava negra o mulata que ha de satisfacer sin rechistar las exigencias eróticas del amor, a la amante mulata del blanco generalmente casado. Los lazos que unen a la mulata con su señorito son ahora más sutiles que los de la esclavitud, pero igualmente racistas: la mulata no puede aspirar a ser la esposa de un blanco, pero sí ascender en la consideración social si un blanco se fija en ella e incluso tiene un hijo que herede el color de la piel del padre. El tema no sólo daría pie a un apreciable número de relatos melodramáticos, sino también servirá de base a obras de Eugéne Sue, Prosper Merimee o Charles Baudelaire. Aunque a partir de la Guerra de los Diez Años los cubanos negros o mulatos empiezan a concebir la esperanza de mejorar sus condiciones de vida, y aunque en 1881 se levanta la prohibición de que se casen personas de distinto color, todavía habrá de pasar más de medio siglo para que desaparezcan las desigualdades raciales. Lo cual no significa que algunos hombres y mujeres no combatieran, a la par que contra los españoles, contra estos prejuicios. Tal es el caso de la esplendente Tula creada por Andrés Sorel. Su inteligencia va unida a esa belleza que hacía de la mulata el ideal erótico de europeos y americanos: "Tula Danger era una mujer prieta, de veintidós años de edad, de grandes ojos verdes, inquietante mirada, labios ligeramente abultados y de color rosáceo intenso, unos prominentes pero no demasiado abultados,

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cónicos, senos, estatura mediana y piernas firmes y macizas." (pág. 130)

Iniciadora erótica d el capitán Martínez, en un p rincipio p or m otivos políticos, luego por amor, Tula se nos muestra también como un personaje complejo que vive el presente porque sabe que todavía el futuro inmediato no per tenece a los de su clase social y racial. c. Escenarios Aunque Madrid, Barcelona, La Habana y otras poblaciones cubanas aparecen en la novela creo que no tienen un significado relevante en el desarrollo de los acontecimientos ni en la conducta de los personajes. Obviamente el escen ario m ás significa ti vo es el de Artemisa y, en m en or medida, la ciudad d e Segovia. El poco espacio qu e ocupa la ciudad de Segovia en el relato n o se corresponde con la impor tancia que le d a el autor en la

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forja de la personalidad del capitán Antonio Martínez ni en el desarrollo d e los hechos posteriores. El militar es todavía un joven impregnado de romanticismo de ansias aventureras. Por ello ha de romper con el espacio conocido, con el cordón umbilical materno y marchar hacia lo desconocido, el espacio paterno ("Qué sabía yo de Cuba? Apenas nada") . La descripción de Segovia a la luz d e la luna es el primer locus amoenus donde el enamorado quiere que se desarrolle el amor. Sin embargo, la magia de la ciudad castellana tan bella bajo la luna, dará lugar al mísero cubículo donde nues tro h éroe tiene su experien cia sexual. La realidad se impone sobre el deseo, el naturalismo de Alejandro Saw a, del propio Manuel Ciges Aparicio sobre el romanticismo de Gu s tavo Adolfo Bécquer. Obsérvese la diferencia entre el escenario idílico donde se desarrollan las fantasías amorosas y el cuartucho d e burdel:


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"Era mi última noche en Segovia. La Luna, llena, inundaba con su luz el Camposanto. Insomne, abandoné la casa. Bajé por Ochoa Ondátegui y al llegar al Azoguejo tomé el camino que conduce a la Fuencisla. Me envolvían la soledad y el silencio acompasados por el sonido de mis pasos golpeando la reseca y helada tierra. Mis ojos se nublaban con el vaho desprendido de mi boca. Crucé la oscura sombra del edificio que albergaba el hospicio y después los muros del monasterio del Parral. En San Marcos atravesé la estrecha senda que comunicaba Segovia con Zamarramala, ladeando las huertas situadas a orillas del Eresma y avancé hacia el río. Mecía el viento las hojas de los álamos y la corriente del agua me acompasaba con su monótono murmullo. Contemplé, al otro lado del remanso en que algunas tardes de los estíos de mi infancia me había chapuzado, la prominente, afilada y enhiesta roca sobre la que se erigía la estilizada y elegante nave del Alcázar reconstruida tras el voraz incendio que en 1862 casi le borra del paisaje de mi ciudad. Las luces del cielo permitían que su sombra se proyectara sobre el río. Pensé que en apenas dos o tres días otro barco, no tan bello y altivo como éste, me arrastraría por el océano alejándome de la tierra donde viviera hasta ahora, a la que tal vez nunca regresara si así Dios lo disponía." (pág. 96)

"No despejaba la azulada llama del todo las tinieblas del lugar. Era un cuarto que hacía de cocina, comedor y dormitorio al tiempo. Un jergón, con unas mantas por encima, ocupaba uno de sus extremos. Una rústica mesa de madera, dos sillas y un pequeño y desvencijado armario completaban el mobiliario. Al fondo una hornacina de tosco ladrillo rojizo bajo la que se situaba el horno de carbonilla y al lado una pileta con el grifo de agua encima de ella, un jarro de loza, algunos platos y vasos y la cacerola y unos cubiertos amontonados en el fregadero." (pág. 99-100)

Frente a la austera y medieval ciudad castellana se alza el lujurioso escenario del Caribe. El estallido de la Naturaleza en colores, sonidos, olores y gustos será otra de las constantes de la novela. Es la lucha de la vida contra la muerte, del imper,i o de los sentidos contra la tira¡úa de los sinsentidos:

bravas, a través de cejas, potreros, sabanas, saos, marañonales, chapeando la manigua, abatiendo jobos, jibas, yagrumas. Cabalgaban a los gritos de « Viva Cuba Libre ». Bajaban desde los altos de las sierras o atravesaban alborozados y tumbados sobre las grupas de sus caballos los riachuelos, recibiendo la espuma de las aguas que salpicaba sus botas." (pág. 41 -42)

"Atraviesan bosques, se abren camino a machetazos entre los almácigos, la piña de ratón , los bejucales, guardarrayas, caña-

Tula explica cómo los hombres han convertido el paraíso cubano, represen-

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tado por Artemisa, en un infierno. A partir de aquí serán constantes las referencias a este paraíso perdido: "- Esta tierra en tiempos de mis antepasados fue llamada por los escritores y viajeros que venían a conocerla y pernoctaban en las mansiones de los dueños de los cafetales que los recibían y agasajaban, el Jardín de Dios. Otros la denominaron el Jardín del Edén y después el jardín de Cuba. A ellas llegaban ricos hacendados, hermosas mujeres, en volantas lujosamente enjaezadas, gentes importantes de todas las ciudades de la Isla, pero también de otros lugares del mundo, de Francia y de los Estados Unidos de América. Duques, príncipes, nobles, obispos, científicos y artistas. Eso fue antes de que se vendieran o abandonaran los cafetales y antes también de que se aboliera la esclavitud. Mi abuela Belén fue una esclava y todos los fam iliares que me anteceden, como mi madre Chumba, que me dejó al morir con mi abuela, la que me ha criado y murió este año sin saber la edad que contaba pero debía andar por los noventa porque nació en el cafetal de San Ildefonso allá por los primeros años del siglo, digo

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que mi madre ya fue liberada mientras otros hermanos suyos o familiares incluyendo a su marido, mi padre, se alzaron. Gran parte de los cimarrones se ocultaban en los montes y algunos se perdían allá por el cabo San Antonio y los más tuvieron muy mala suerte [... ] -Aquel jardín -siguió diciendo Tula a Ciges- como siempre ocurre en la historia era el territorio que Dios había creado para disfrute de los poderosos, los hombres blancos y sus mujeres e hijos. Flores y tupidos arbustos, hileras de naranjos y limoneros en las guardarrayas, fuentes y estatuas, atraían a los nuevos jardines de Babilonia a los invitados. Los negros, mayoría de habitantes de la zona, escuchaban en las escasas horas de descanso, recluidos en sus cabañas o barracones como si fueran ganado, las risas, músicas, paseos a caballo de las fiestas que allí se celebraban. No siempre soportaban pacientemente su situación de esclavos: en 1821 se sublevaron los del cafetal Favo rito y en 1842 los de El Brillante, huyendo dieciocho de ellos de éste último. De forma individual eran constantes los huidos que difícilmente conseguirían no volver a ser apresados. " (págs. 128-129) Este paraíso terrenal se enfrenta en el sueño de Ciges a la ominosa realidad de la celda donde está tumbado. "En mi última noche de presidio, cuando ya me comunicaron que al día siguiente embarcaría para España, tuve un sueño extraño - todos los sueños que se recuerdan deben de serlo-. Diría que era más bien una pesadilla, la que ha de anteceder a los relatos de mi vida en el cautiverio y en la guerra, consi-


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derando que la milicia no fue sino un antecedente de la misma. Me encontraba -diría mejor nos encontrábamos, pero en el sueño uno se convierte en único protagonista- en la sierra del Rubí. No sé por qué escuchaba fragmentos de los relatos de Abiel Abbot: se oye en el silencio el murmullo de los riachuelos que aparecen y desaparecen en su discurrir bajo o sobre la tierra, que forman dulces o rugientes cascadas y charcos aturquesados que nos incitan a sumergirnos en ellos. Las terrazas en que plantan el café y los plátanos recordaban la leyenda de los jardines de Babilonia. 37 Llegan los ecos de canciones entonadas por los esclavos que de sol a sol trabajan, envolventes murmullos acompasando el paseo en volantas de las reinas de las mansiones, lujosamente ataviadas, que se bañan desnudas en los estanques o reposan en la mullida hierba mientras institutrices francesas e inglesas les leen poemas a la sombra protectora de los mangos, y una de ellas, a la que abanican y perfuman parece la reina de Saba. Abbot se pierde a lomos de su cabalgadura por las alturas escalonadas y sembradas de café, recorre las cañadas de los platanales bordeando precipicios, aparece con su pequeño séquito de corteses servidores paseando entre las guardarrayas de hierba de guinea camino de la hacienda que escoltan palmas reales cortadas a la misma altura y flanqueadas por hermosas filas de naranjos. Todo parece idílico en el jardín de Dios. Me acompañaba una mujer, pero no sabría identificarla, al despertar perdió sus rasgos físicos: podría ser Tula. De pronto, como si la niebla hubiera borrado el paisaje, esa niebla que nos envolvía muchas mañanas borrando las cimas de las sierras, los árboles, dejando tan solo que algunas palmeras acunaran sus copas en las coliAndrés Sorel es autor de una novela titulada Bab ilonia, la puerta del cielo en la que se recrean p aisajes d e esta ciudad mítica.

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nas devoradas por algodonosas nubes, como si el mundo se estuviera extinguiendo; la mujer y yo nos encontrábamos en el cafetal la Matilde del que Tula nos hablara, pero sin presencia de ancianos en él. Recorríamos las habitaciones donde se había hospedado el príncipe Luis Felipe de Francia, duque de Chartres. Resurgían las hermosas viviendas alineadas a lo largo de las plantaciones. La pequeña laguna cuajada de brezos refulgía al esplendoroso sol. Miles de abejas libaban en los panales la miel que servía más tarde para alimentarlos y fabricar aguardiente. Contemplábamos las plantaciones de maíz y plátanos. La dueña de la hacienda, que me acompañaba, cubría su rostro con un leve velo negro de encaje, y al alzarlo pude contemplar la belleza de sus verdes ojos, de su sonrosada boca. Sobre el pelo azabache calzaba una peineta de caoba. Mientras me deleitaba en su contemplación escuché unos gritos atroces que desviaron mi mirada: era nuestro capitán , que ayudado por dos criados mulatos a su servicio, colocaba los grilletes a un negro capturado fuera de la finca. Desnudas sus espaldas el capitán restallaba el látigo sobre ellas hasta que brotaba la sangre. La mujer, sonriendo, me decía: no crea que escarmientan, por muchos castigos que se les impongan ellos continuarán haciendo de las suyas. Si no se les mantuviera a raya serían ellos quienes terminaran con nosotros. El látigo seguía flagelando la carne de quién pronto iba a desvanecerse y ser conducido al lugar de encierro donde sería castrado -sonrió la dulce y encantadora mujer al decírmelo- y durante varias semanas permanecería sin ver la luz del sol. No hace mucho, añadió ella, a uno de los peones esclavos de Artemisa, Jacinto Congo , tu vieron que arrastrarlo atado a la cola de un caballo para conducirlo a la horca y que a la vista de todos recibiera el castigo que merecía y sirviera de escarmiento para los demás.

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Luego metieron su cabeza en una jaula para llevarla a la finca de la que se había escapado matando a su dueño. Fue horrible lo que hizo aquel esclavo. A veces pienso si no debiera darse un escarmiento colectivo y ahorcar no a uno sino a veinte cada vez que se da un caso de éstos. No dejaba de sonreír mientras me hablaba. Ahora me invitaba a tomar un refresco de champola. Quería interpretar para mí al piano una de sus piezas favoritas de Juan Sebastián Sacho Entramos al salón que podía compararse con uno de los que existen en cualquier palacio versallesco." Ella se sentó y entonces supe que Tula se encontraba a mi lado: «Tú también eres cómplice, todos sois cómplices de la historia, la de ayer y la de hoy. Gentes sin conciencia. Pobres gentes», dijo. Y me vi una vez más en la casa de la muerte de La Cabaña. Cuando creí asfixiarme desperté. Mis compañeros de celda reían ." (págs. 158-159)

Corno se puede ap reciar en los párrafos copiados las descripciones evocan el mundo de los sentidos. Estas incitantes sensaciones se opondrán a las visiones, sonidos y olores de la destrucción y la guerra: los hedores a sangre, pólvora, cuerpos putrefactos, rancho podrido, heces, peces muertos en la playa de Mariel anulan las fragancias de la lujuriosa vegetación, del olor a mujer, de la misma manera qu e los gemidos, gritos de dolor y retu mbar de la artillería silencian los trinos _de los pájaros y el murmullo de los arroyos o que el manto de tinieblas y brumas envu elve los tapices de los campos al amanecer. En el apartado siguiente me referiré a las té<:nicas descriptivas empleadas por el novelista, así corno a la función de locus amoenus como escenario amoroso que cumple Artemisa.

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d. Observaciones complementarias sobre lenguaje y estilo en Las guerras de Artemisa. La pluralidad de voces narrativas, la complejidad de los personajes, el engarce de los elementos argumentales para formar una trama coherente, la riqueza de recursos expresivos y la recreación de textos literarios hacen de Las guerras de Artemisa una novela abierta a diversas interpretaciones y análisis. En su aparente sencillez, es para mí la obra más ambiciosa de Andrés Sorel. Esta diversidad de registros lingüísticos y de homenajes literarios en absoluto va en detrimento de la unidad temática ni de la apariencia estilística. Sin embargo, el lector atento podrá encontrar homenajes a Galdós en la visión costumbrista de Madrid que se nos ofrece en el primer capítulo, recrearse en los ya señalados tributos a Shakespeare (Macbeth, Hamlet) o a nuestra literatura clásica y moderna en el personaje de Juap. Vives. Sin olvidar las referencias románticas o n aturalistas -folletín incluido- de algunos episodios que he señalado en el apartado primero de este estudio y en otras referencias de los sigu ientes apartados. Especial atención merece la presencia de La mon taña mágica en las conversaciones entre Juan Vives y Manuel Ciges Ap aricio. También con el telón de fondo dela muerte, ambos personajes tratan de reconstruir el rompecabezas de la vida. Andrés Sorel se limita a tran scribir su s p alabras . La riqu eza ' de puntos de vista, a veces contradictorios, que se nos d a sobre los person ajes no 'le impide al autor trazar algunas etop eyas altam ente significativas. Obsérvese en este fragmento la contrap osición entre el retrato vital de Weyler y la top ografía. Se diría


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que no es el hombre el producto del medio, sino que el paisaje se va acomodando a l a naturaleza del protagonista, a su carácter y sentimientos de manera semejante a lo que ocurre en Yo voy soñando caminos de Antonio Machado: el campo se queda mudo y sombrío, se entristece al compás de la tristeza que embarga al poeta por una vida vacía de amor: "Weyler era un hombre sobrio, excesivamente austero al decir de quienes le trataban : no fumaba, apenas bebía y rara vez entablaba conversación con alguien si no era por temas estrictamente militares o de servicio. Su hosco aspecto y la dureza de su mirada -muchos opinaban que quienes a ella se enfrentaban tardaban tiempo en olvidarla- ahuyentaba a aquellos que le consideraban mezquino, incapaz de despertar afecto alguno, engreído y tan huidizo como feroz en su trato, alejando a los que intentaban acercársele para, ya que no amistad, solicitarle algún favor. Era un retrato que recordaba al que Malcolm realizaba al hablar de Macbeth: «sanguinario, lascivo, codicioso , pérfido, falsario, violento ». Weyler pidió a su cochero que los acercara a la soledad del mar. Y pronto se encontró paseando ante su deslumbradora mancha sin límites visuales, en la playa privada a la que solo determinados militares tenían acceso. La blanca espuma de las olas, las luces pálidas de las estrellas, la claridad desprendida por el níveo fulgor de la luna llena. Batía el viento las aguas. Apenas divisaba los parpadeos de las

luces del faro y se diluían las de la fortaleza del Morro. A su espalda todo era negritud hasta la densa sombra de las palmeras y las lejanas ondulaciones del terreno que a Varios kilómetros de distancia se curvaba para abrir a la mirada nuevas playas desiertas, salvajes, en las que abundaban los cocoteros. Conocía, por haber frecuentado aquellos lugares años atrás, la belleza y suavidad acariciante de la piel del agua turquesa, que oscurecía sus tonos conforme se adentraba en el horizonte y que ahora era devorada por la ausencia de luz. Hacia los extremos del Occidente, donde pronto se dirigiría él en busca de las huestes de Maceo, se situaban las simas profundas y las leyendas fantásticas protagonizadas por navegantes, guerreros, berberiscos, piratas y aventureros en siglos pasados. El viento, constante, acentuado, se adentraba por sus tímpanos, era el auténtico dueño de aquellas vastas soledades tan bellas como inhabitadas. En el horizonte, sobreponiéndose a las gigantescas olas, se recortó la sombra fantasmal de una roca moviente: corría la línea sin acercarse o desaparecer del todo, como si fuera tal vez un buque fantasma." (págs. 48-49) La plasticidad de muchas de las descripciones refleja no sólo la observación detallada del medio natural realizada por el autor, sino también el estudio de obras de arte. Obsérvese, por ejemplo, el cuadro de Pallás referido al atentado contra Martínez Campos y la descripción del mismo atentado de la novela:

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"En la calle de las Cortes contemplará un día el derrumbe de caballos y jinetes atropellados por una violenta manifestación antimonárquica, los gritos y carreras de los perseguidos por los sables y fusiles de quienes fueron interrumpidos en su desfile militar, al capitán general Martínez Campos intentando incorporarse, con el rostro teñido por el sudor y mostrando expresión de pánico, del suelo al que le había arrojado su encabritado caballo espantado ante la cercana explosión de una bomba, mientras las voces de la multitud exclaman: ha muerto el general, ha muerto el general, han matado al general. El aire se enrarece con el humo, los atropellos provocan heridos, la guardia civil sable en mano golpea cuanto se interpone a su cabalgada, Ciges corre, huye sin saber dónde." (pág. 70) Dos páginas adelante encontraremos, junto a los ecos de Guerra y Paz de la penosa retirada del ejército napoleónico, los de la fatiga del Cid cabalgando bajo ese ciego sol. Aquí no se estrella en las armaduras, sino en los pesados capotes, pero el resultado es el mismo, la fatiga, el polvo, el sudor". "Debíamos vestir el uniforme reglamentario : capote de invierno, recios pantalones de encarnado color y polainas de paño. Y sobre cintura y espalda las cartucheras, el pesado Rémington y la mochila. Los cabos se encargaban de apalear a los rezagados.

Los roses, recubiertos de acharolada funda, achicharraban nuestras cabezas aplastadas bajo la presión que sobre ellas ejercían. A.veces algunos soldados, desfallecidos, hartos de blasfemar entre dientes, se dejaban caer sobre los senderos o las piedras del camino. Polvo, sudor, fatiga y en ocasiones incontenidas lágrimas derramadas desde los sufrientes ojos. Se marchaba casi a tientas, por inercia, unos detrás de otros, recua de víctimas conducidas al holocausto por aquel maldito enano erguido y vigilante desde la montura de su caballo. Cuando llevábamos cuarenta kilómetros de marcha, quienes sobrevivieron , que muchos fueron


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recogidos por la impedimenta, entramos en Granollers."

Casi al final de la novela parece que vamos a asistir al triunfo de la vegetación, de la vida sobre la muerte. Artemisa (Diana para los romanos) no va a poder con Acteón, la canícula no secará la vegetación, la propia Artemisa que florece en el trópico lejos de las estrecheces de las estaciones hispanas será diferente. Es la Diana de Endimión la que triunfa, no la cruel justiciera del pobre Mirón. El escenario que nos pinta esta Venus llamada Tula llama al disfrute de todos los sentidos. Los ecos dellocus amoenus de la Égloga JII de Garcilaso son evidentes en esta espesura donde también los efectos sonoros, visuales y aromáticos están sabiamente descritos. Sin embargo, una vez más, corno en aquellos lejanos días de Segovia, la triste realidad se acabará imponiendo sobre el deseo, aunque, eso sí, esta vez los cuerpo responderán gozosa y libremente a la llamada de la Naturaleza. El carpe diem y el tempus fugit completan la visión clásica del paraíso recobrado: " -Hace años toda esta tierra aparecía rodeada de cafetales que crecían en las lomas bordeadas por los platanales. Cuando yo era joven gustaba de andar por los senderos que se cortaban a veces ante imponentes precipicios. Buscaba las pozas de agua en las que con mis amigas podía chapuzarme para desp'ués tendernos sobre la hierba y contar historias fantásticas o fantasear sobre nuestros romances amorosos. Cuando alguien consegu ía caballerías llegábamos hasta Soroa: nada hay tan hermoso como sumergirse en aquellas cascadas.

El río . San Juan descendía desde los altos cercanos al cafetal Buena Vista hasta los territorios que iban a parar a los manglares de Majana. Atravesaba la sierra, crecido en la estación de las lluvias, formando hermosos pozos naturales que culminaban en la belleza del charco azul en cuyas márgenes Maceo descansara en su invasión del occidente cubano. A lo largo de su serpeante discurrir formaba pequeños torrentes y saltos naturales guardados por cercas de piedra o de piña de ratón , cuyos frutos se utilizaban por los habitantes de la zona como antiparasitario. Un denso bosque de palmeras cubría el discurrir de las aguas por lo que resultaba en gran parte de su trayecto difícil acceder a su curso. A golpe de machete se abrían paso quienes buscaban pasar al San Juan a través de aquel frondoso y bellísimo bosque tropical. Ni bohíos ni signos de vida divisaban Tula y el Capitán en su excursión de aquella mañana, como si la guerra no existiera en esa parte recóndita del jardín de Cuba.[.. .]Los únicos sonidos que dulcificaban sus oídos eran los del viento agitando las copas de los árboles, el rumor de las aguas del río sorteando las piedras de su lecho o el producido

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por las caídas de agua que desde los desniveles, quiebras o fallas del terreno. Se precipitaba verticalmente sobre los meandros o remansos por los que discurría. Al ensancharse en algunos lugares ya transitados la senda, convertida en camino, podían contemplar los almácigos, cedros, mamoncillos, que junto a las palmas conformaban aquel feraz terreno. La yagruma, el marey y la artemisa le alfombraban. Divisaban la sucesión de lomas onduladas y de escasa altura -ninguna sobrepasaba en aquellos lugares los quinientos metros de altitud - pobladas de plátanos, palmeras, pinos, frondosa espesura que a veces impedía el paso de sus caballerías. Ya el sol, en lo alto del cielo y vertical sobre ellos, les obligaba a resguardar la cabeza con los sombreros encajados hasta los ojos. Cuando encontraban un sendero más ancho se internaban por él. Los cuerpos de los combatientes cubanos o soldados españoles habían dejado parte de su vestimenta y retazos de su piel cuando se veían obligados a abrirse paso para atravesar aquel terreno. Eran senderos que además desaparecían de julio a diciembre y se borraban definitivamente si llegaban los ciclones. Restaban, esparcidos en los abruptos campos y sus allanados espacios bañados por el San Francisco, el Bayate o el San Juan, las ruinas de 'cafetales fundados por los franceses llegados con sus remesas de esclavos desde Haití u otros lugares a aquellas feraces tierras a partir del siglo XVIII , el Buenaventura fue el mayor de ellos, pero alcanzaron esplendor igualmente el Santa Serafina, el Unión, el San Pedro, el Santa Catalina. Sobrevolaban los cielos, las auras tiñosas que planeaban sobre sus acbezas. El sol abandona ya la sierra del Rosario. Los últimos tonos anaranjados y violetas se borran de la espesura. Por momentos todo se oscurece. Pronto el abismo de la negrura sumergirá en el preludio de la noche el lugar." (p ág. 261)

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El mar, lógicamente, había de tener presencia relevante en la novela. Además de su simbolismo como elemento de ruptura y de unión entre hombres y civilizaciones, aparecerá como esa barrera entre el mundo de la vida y de la muerte. Y también como elemento que da coherencia a la vida del isleño. De entre las muchas descripciones marinas elijo esta por considerarla un alegato que recoge no sólo esa amplísima tradición que va de la Odisea hasta Alberti o Cernuda, sino una muy interesante recreación literaria de la pintura impresionista de la época: "-No me atrae solamente. La Habana es una ciudad creada para volcarse toda ella en el mar, para caminar, correr hacia él. El mar es como la mujer deseada por todos sus habitantes. Hacia el mar miran sus edificios, y los hombres, mujeres o niños, en cuanta ocasión encuentran, deslizan sus pasos hacia esa franja de tierra que corre desde el Morro hacia el cercano pueblo de Marianao en la línea que divisan todos los edificios construidas, todos los ojos que hacia él se dirigen. El mar consigue el milagro de borrar la miseria y el hambre que pasan los cubanos cuando en los días de . esplendor, y éstos conforman la mayor parte del año, muestra la belleza y el refulgir de sus aguas que adquieren colores que van desde el azul turquesa al verde esmeralda pasando por el topacio ahumado, el coral negro, y es más hermoso todavía cuando encrespado y furioso muestra su poder, su dominio, engallado y destructor, desafiante no ya para quienes se sumergen en sus entrañas sino para quienes lo contemplan desde la barrera de la tierra firme pero no segura ante sus embestidas. Y la ciudad es víctima de su salitre, se desgasta por su efecto corrosivo día a día en las columnas que la sustentan, ciudad siempre rodeada, amenazada, buscada, acariciada o


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golpeada por las aguas, bullendo todo el año entre el calor y los penetrantes olores desprendidos por las desnudas y abundantes carnes de sus habitantes. La música que escapa de las callejas, balcones, recintos abiertos más que cerrados de sus casas y palacios, las canciones que se improvisan en todas partes y a todas horas, el deje lento yiánguido de quienes hablan mientras pasean cadenciosamente o se estancan horas ,y, días a ver pasar el tiempo, la lascivia y el deseo siempre a flor de piel que no se ajusta a otra ley o moral que la impuesta por el propio cuerpo. Y la luz, que domina la vida entera. La luz explota en las ventanas, quema las celosías, derriba los muros de las casas, mientras la calle baila en sus ritmos y droga con sus olores, la calle está siempre, aunque parezca dormida, en perpetuo movimiento. Es fiesta pícara y sensual, sexo y comida en reivindicación de la vida. - No creo sea esa exactamente La Habana de los reconcentrados. - Esto es pasajero, Ciges, un cruel ciclón desatado por Weyler. La Habana ayer y dentro de cien años será como yo la veo y te la describo. La miseria, la muerte son por otra parte algo consustancial a la ciudad, pero la vida impone su dominio incluso en medio de la guerra."

Además de las recreaciones literarias y pictóricas, Sorel también recurrirá al cine para trazar algunas de las escenas de Las guerras de Artemisa. Especial relevancia tiene el expresionismo alemán como complemento a la pintura de Goya o Picasso, a los relatos de Remarque, para trazar la desolación, los desastres de la guerra. Valgan, como muestra, estas visiones de Manuel Ciges cuando es conducido preso por dos guardias civiles. La desolación personal se une a la del paisaje con la plasticidad magistral del juego de planos, luces y sombras de la cámara:

"Como si fuesen mudos, sordos y ciegos, los guardias civiles eran dos postes enhiestos y sin movimiento situados enfrente del preso. Chimeneas derruidas, c?sas de madera o bohíos reducidos a escombros, ingenios convertidos en meras osamentas a través de las que se contemplaba la ruina de sus interiores, animales muertos y putrefactos en los potreros o saos, matorrales y árboles calcinados, aves carroñeras sobrevolando por doquier, reatas de soldados harapientos chapeando la manigua con sus machetes para abrirse paso por ella, apoyados en sus fusiles, sonámbulos, sosteniéndose unos a otros, o tumbados al sol con los ojos cerrados, gachas las cabezas sobre las que encajaban sus mugrientos sombreros de guano o jipijapa, desparramados en lo que no hacía mucho fueron florecientes bateys o apacibles sabanas, osamentas de enseres -un cazo, el palitroque de una muñeca de trapo, agujereadas orejeras de los arreos de un caballo, un trozo de encimera, haces de leña astillada, fierros oxidados, la botana que sirvió a un gallo desaparecido- . Atisba sentados cerca de las vías por las que se desplaza el tren rostros avejentados de unos niños enflaquecidos y de mirada sombría, acusadora, contra aquellos soldados que asoman sus rostros tras las abiertas ventanillas, y cerca de ellos, tal vez padres o abuelos, se afanan en la búsqueda de restos escapados al fuego que puedan paliar las penurias de sus vidas." .

Un aspecto también significativo en la obra es el del lenguaje local. Es evidente que en una obra donde muchos de sus protagonistas son cubanos, el novelista se encuentra ante una situación complicada. Más aún cuando la novela se concibe como una sinfonía de voces que entran y salen tan directamente como los instrumentos de una orquesta. Evidentemente, el autor podría haber optado por una

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reproducción de la variante (o variantes) lingüística caribeña, ajustándose lo más posible al modelo estereotipado a la manera, por ejemplo, de lo que hizo Camilo José en La ca tira. Creo que nadie medianamente sensato aconsejaría esta opción. La otra, la del filtro constante sobre las hablas, a la manera de lo que hizo el mismo Cela en La familia de Pascual Duarte merma la credibilidad de un hablante que siendo un gañán se expresa como un académico. La opción que ha tomado Sorel, que había empleado Valle Inclán en Tirano Banderas y que también utilizan algunos autores hispanoamericanos (por ejemplo Juan Rulfo o Carcía Márquez), me parece la más sensata; no reproducir las variantes fonéticas, porque ello haría tremendamente enfadosa la lectura, ajustar las morfosintácticas a lo indispensable (diminutivos, adjetivos como adverbios, duplicación de determinantes, redund ancias .. . ) y, sobre todo, el reflejo de la riqueza léxica del español de América, tanto por el uso de palabras que ya no se emplean en ~ue s tro país (arcaísmos) como p or los términos procedentes de las lengu as indígenas para nombrar animales, vegetales, lugares, actos ... La reproducción del registro lingüístico también sirve al autor para completar el re tra to que nos ha ido ofreciendo de los personajes. Así, Tula se expresa de m anera no muy diferente a la de Manuel o Ju an, lo cual demuestra su relación con personas de un nivel lingüístico propio de la norma peninsular (el padre Arocha, por ejemplo), y también algo que se produce en mu ch as socied ades: el deseo de hablar como los p oderosos, en este caso los blancos, para tra tar de subir un escaloncito en la escala social. Su abuela, sin embargo utiliza ya unas variantes más propias del español de A mérica:

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"Hoyes un día especial, niña, mira que quiero sea bueno para ti. Y lo va a ser. A mi me trae malos recuerdos, por eso me alegro de que para mi nieta sea diferente. Ya me queda poca vida, y es bueno que conozcas la diferencia de aquellos tiempos a éstos. Ahora eres libre, puedes mirar por ti misma. Los hombres son malos y los amos peores, sobre todo para nosotras, las mujeres. Un hermano de tu padre les dio una plantada, cimarrón que se volvió, y cuando lo apuñalearon después de torturarle le guindaron a la puerta del cafetal hasta que murió. Tengo que contarte ahora que eres ya una mujercita esa historia." (pág. 134)

y cuando lleguemos al pretendiente de Tula se acentuarán las variantes del castellano a la par que se reflejan hábilmente las peculiaridades del discurso oral. Como ya he indicado, Borrego representa la riqueza de una tradición cultural que, por desgracia, más se pierde cuanto más presuntamente civilizado es un país: "Él era uno de los que gagueaba mucho, pero esto no viene ahora al cuento, el cuento es que a todos los prendieron como si fueran tabaco, que les dieron candela allí donde se encontraban, o los ahorcaron o majaron por la espalda cuando 'estaban a la bartola y llevaron sus cabezas y manos a los cafetales para dar para espicharlos y él se fue pá allá y nunca más se supo si se quedó en el camino o viviendo muchos años jalando cuanto pudo y templando con lo que fuera. Y a mí me dicen: mira tú lo que haces, Abel Borrego, que si te encuentran te jalan. Y yo: ya me las buscaré, que eso queda lejos, bastante tienen unos y otros con pelarse en estos cañaverales y montes para comer gandinga." (pág. 136)

También reproduce n arración oral: encaden am ientos de historias, llam ad as d e a tención a los oyentes, saltos tempo-


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rales: Véase este fragmento de la narración de Abel Borrego, capítulo V: "Les cuento el cuento porque aquí nadie lo ha olvidado. Yo debía andar entonces por los ocho o nueve años de edad. Narciso López montaba aquel día y él bueno era para esto, vaya que lo era, un caballo oscuro que le prestara el sitiero Pablo. Era, o al menos así lo contaban , general de algo. Toda Artemisa se echó a la calle para recibirlo e increparlo al enterarse de que lo traían preso. Y cómo no, también mi padre. Lo detuvo Castañeda al que una vez sorprendieron robando sus cochinos y fue el propio Narciso López quién consiguió su libertad. López se reunía donde los Peñarredonda, que ese es otro cuento para otro día y que tiene que ver con la guerra esta, que allí tenían buena bodega, a tomar vino con los amigos. Lo que sí les digo yo es que Hilario Peñarredonda por aquel año , 51 o 52, no recuerdo bien que más que por los recuerdos hablo por los cuentos que me dijeron aquí muchos años, era el jefe de Capitanes de Artemisa además de capitán del ejército español y estaba casado con la francesa Adela Dolley, que era haitiana pero como muchas mujeres de alcurnia de aquella colonia francesa se había trasladado a Cuba, y se encontraba él muy preocupado y así se lo hacía saber al Teniente . Gobernador de la Tenencia de Mariel por cosas que aquí estaban pasando, y a lo que ahora me refiero , que era muy estricto y en nada le salió su hija Magdalena que más bien ésta le salió a su madre, que ésta, la hija, no la madre que no tenía edad para ello, llegó a conocer y tratar en Nueva York a José Martí y presumía de que éste le había dedicado con hermosas palabras libros suyos, sobre todo ese de los Versos Sencillos que tanto gusta a la gente , y por cierto que hará diez o doce años y ya me voy a otra historia pero

regreso enseguida, fue asesinado el hermano de Magdalena, el menor, Federico, era el día de Nochebuena y él había ridiculizado en una décima a un cabo y dos . guardias civiles, en un festejo , le machetearon en el callejón de la Peña, en la carretera central , a dos kilómetros de Artemisa, cerca de una finca que dicen Chazum, quién o quiénes fueran le echaron un lazo cuando venía por el camino tumbándole del caballo y en el suelo le dieron candela quitándole la vida y fue un sobrino el que lo encontró tumbado, muerto y esposado, y a lo que íbamos, decía yo , ah sí, que el capitán Peñarredonda escribió al que mandaba en todo esto y residía en Mariel denunciando a quienes siendo hombres de estudio y con carrera, abogaduchos de la capital tenían la cabeza llena de viento y en fiestas y bodegas en conversaciones que mantenían , y en otros lugares, llenaban la cabeza con malas ideas a muchos jóvenes hablándoles de independencia, gentes que no sabían más que de las faenas del campo y que jamás ofrecieron problemas a las autoridades, que en sus descansos se dedicaban a lidiar en las vallas los gallos que cuidaban y preparaban y ahora les venían con esas de atacar al gobierno y de aquí arranca tal vez la denuncia de Narciso López. ¿Qué por qué lo prendieron? Eso no cuenta. El cuento es que fue Castañeda quién lo hizo. Y mi padr~ nos dijo encendiendo uno de sus tabacos que guardaba de reserva para los festejos : «Le pagó de esta manera el favor. ¿Favores? Ni a uno mismo. A nadie. Que esa es la vida. Y a ver si toman ustedes la lección ». Luego vino la peste esa que se llevó a medio pueblo." (p ág. 150)

Como último asp ecto recogeré dos opiniones sobre la literatura que, si bien no expresan todos los aspectos de esta novela, si pu eden dar algunas pistas sobre la intención del autor al escribirla y

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sobre la concepción dialéctica de la literatura y, en consecuencia, del ser humano presente y pasado que tiene Andrés Sorel. Aconseja Juan Vives a Manuel Ciges a la manera de Juan de Mairena o Abel Martín: "La literatura, el arte, deben interpretar, lo que otros no saben ver. Difícilmente vas a volver a encontrar un fondo para tu imaginación como el que ahora tenemos, y por encima de la muerte el escritor ha de convocar la vida si quiere tener futu ro. Tenlo en cuenta. Creo que algunos viven o deben hacerlo solo para crear literatura. Otros creamos la literatu ra viviendo." (pág. 214)

Ya casi al final de la novela, en una de esos diálogos que nos vuelven a La montaña mágica entre Juan Vives y Ciges Aparicio, se plantea el tema entre reali-

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dad y ficción, entre vivir la realidad o imaginarla, Sanch o-Qu ijote: "-No creo que vayas a mantenerte en silencio cuando regreses a España. En ti habita el escritor, es tu auténtica pasión y confío que cuando termi ne la guerra te vuelques en ella. - y tú, ¿no eres acaso otro escritor oculto o dormido? -No. Para mí la literatura es simplemente la vida. Cuando vivo escribo mi propia existencia y no quiero que esta trascienda más allá de los hechos que protagonizo. Puede que también la escritura se encuentre en mis palabras, pero éstas conforme surgen desaparecen. No creo en trascendencias de ninguna índole. Tú no escribes para triunfar en la vida, jamás lo harás para enriquecerte, no será sino la proyección del dolor y la soledad que siempre te acompañan, escribes por necesidad, la misma que yo tengo de buscar mujeres." (pág. 247)


PRÓXIMO NÚMERO

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POLÍTICA DE INSURGENCIA Y DISCURSO EMOTIVO EN LA LÍRICA DE ANTONIO HERNÁNDEZ MORALES LOMAS

APROXIMACIÓN CRÍTICA A

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DE LOS TIEMPOS

DE ANTONIO MUÑoZ MOLINA JULIO RODRÍGUEZ PUÉRTOLAS DAVID BECERRA MAYOR

CRÍTICAS Y RESEÑAS DE LIBROS


MIGUEL HKR

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