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Gustavo Valle Morante en medio de otros muchos militares discapacitados durante la lucha contra el terrorismo sufren en silencio el abandono del Estado.

Los GRITOS del silencio Hace algunas semanas decenas de militares discapacitados salieron a las calles para exigir a las autoridades el pago de diversos derechos como el devengado de vacaciones y el incremento del monto por rancho, dejados de pagar por meses. Más que una demanda, fue el clamor desesperado de quienes tratan de romper las barreras del olvido.

Escribe: Mirtha Torres Reyes

U

Gustavo Valle Morante y su esposa, el día de su matrimonio.

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n grito más fuerte que las arengas militares se escucha en las casas de los ex combatientes de las Fuerzas Armadas que sufrieron heridas en la lucha contra el terrorismo y a cambio sólo obtuvieron el abandono. Son gritos de reclamo, de sufrimiento, de indignación. La marcha de protesta de los militares con discapacidad aún no tiene respuesta pese a que el tema permanece por años en la lista de demandas incumplidas. El silencio sigue siendo la contestación. Las autoridades se olvidaron de aquellos hombres que fueron a la batalla con la consigna de arriesgar hasta “el pellejo” para terminar con la violencia en el país. Ese es el caso de Gustavo Valle Morante que perdió la movilidad de las dos piernas en una feroz emboscada senderista. Era junio de 1990 cuando una imagen enternecedora llamó la atención de todos los integrantes de la patrulla que integraba el cabo Valle Morante, entonces de solo 21 años. Se trataba de una mujer con un niño en brazos que caminaba en sentido contrario a la camioneta que los transportaba. Era un señuelo terrorista. El cabo recibió varios impactos de bala en el estómago y en la espalda que le produjeron un traumatismo vértebro-medular que le impidió de por vida la movilidad en las piernas y que, además, lo obliga a usar bolsas colectores de orina. Tras el ataque, el sub oficial tuvo que permanecer por más


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de un año en el Hospital Militar, recibiendo, además, ayuda psicológica para aceptar su condición. Entre el ambiente sombrío y sus dolencias, Gustavo Valle encontró en el amor de la técnica de enfermería, Rosa La Chira, un aliciente para no dejarse vencer por su tragedia. Se casaron en noviembre de 1991. Fruto de este amor nació Christian, único hijo de la pareja, quien ahora a sus dieciséis años tiene planeado postular a la Escuela de Oficiales del Ejército. Esta historia de perseverancia y amor ha sido empañada con la indiferencia de las autoridades que, según denuncia Gustavo Valle y su esposa, no cumplieron en pagarle la indemnización completa por su retiro en acción de armas. Valle exigió por mucho tiempo este derecho. Sin embargo, no atendieron sus reclamos. Cansado de la injusticia, se puso en manos de un abogado que le aseguró que tenían todas las de ganar. Luego de un largo juicio no obtuvieron buenos resultados, pues aunque el pedido era viable y tenían la posibilidad de concluirlo victoriosamente, el letrado había hecho un mal trabajo. Adicionalmente, desde hace más de tres años el Hospital Militar dejó de sufragar los gastos del tratamiento. Rosa La Chira denuncia que en la actualidad hasta las bolsas colectoras que usa su esposo son de mala calidad, pues le duran solamente un día cuando lo normal es que duren por lo menos tres. Por suerte, ella aún mantiene su trabajo en el hospital y puede tramitar las citas y solicitar las recetas para su esposo. Empero, esa facilidad no la tienen otros compañeros, que deben gastar mucho dinero en transporte. Emboscada en la selva Otra historia parecida es la de Antonio Velazco Cornelio, un subteniente de infantería que en junio de 1996 fue emboscado por terroristas en la selva ayacuchana. Por ese entonces era jefe de la patrulla “Miguel”, apelativo que llevó mientras perteneció al Ejército. Tenía a su cargo entre doce y quince soldados, incluyendo dos ronderos. Ellos estaban encargados de patrullar a pie en la difícil geografía. Un día aparentemente apacible su patrulla fue emboscada. En el combate hirieron a dos ronderos, uno de ellos murió a las pocas horas porque la esquirla que le cayó en la ingle impedía hacerle un torniquete. Por su parte, Velazco Cornelio sufrió una herida de bala en el brazo izquierdo. Los sobrevivientes caminaron por 48 horas en el monte, bajo el sol extenuante y la lluvia copiosa. En la tarde del tercer día, cuando la oscuridad aparecía, llegaron a un poblado sin comida y agua. El subteniente perdió en el caminó tanta sangre que casi se desmaya y la llaga que tenía en el brazo se infectó, originándole complicaciones posteriores. Recién después de tres días, los heridos fueron trasladados al Hospital de Ayacucho y luego a Lima en un vuelo de apoyo. Velazco Cornelio ingresó a la sala de operaciones para ser atendido por ocho médicos especialistas, que le diagnosticaron gangrena gaseosa, por lo que fue imposible salvarle el miembro superior. Con los años, el subteniente ascendió a capitán y espera que en el 2011 pueda escalar al grado de Mayor de Infantería del Ejército. Este ascenso le permitirá tener todos los beneficios que el de un oficial en actividad. Ahora es un abogado egresado de las aulas de la Universi-

Historias escondidas

Estos dos casos se publicaron en el libro “El Silencio de los Héroes”, escrito por el General Edwin Donayre. En la obra relata la difícil situación de una decena de ex combatientes en la lucha contraterrorista. Muchos de los militares han perdido las piernas o los brazos y han sido dejados en el abandono.

Antonio Velazco Cornelio se graduó de abogado venciendo todos los obstáculos.

Velazco Cornelio, en plena actividad, luciendo con orgullo su uniforme.

dad Mayor de San Marcos y orgulloso padre de dos hijas de 3 y 8 años. Tanto Valle como Velazco son ejemplos de tenacidad. Ambos han sido capaces de sacar adelante a su familia y por, sobre todo, arriesgaron su vida en cumplimiento del deber. Estas historias se parecen a la de muchos militares que combatieron contra el terrorismo y que han sido dejados en el olvido. La pregunta es, ¿hasta cuándo? Lo peor de todo es que la mayoría de ellos, no solo sufren las consecuencias del olvido, sino afrontan procesos judiciales que más parecen persecusión, algo realmente inadmisible para quienes arriesgaron su integridad física y sus propias vidas en defensa de la sociedad.

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El reclamo silencioso de los héroes anónimos  

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