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que gritó como una niña y que utilizaba su champú edición limitada de frutos rojos, así lo convencí. Cuando llegamos a la fábrica le pedimos a la secretaria nos permitiera hablar con el encargado, pero ella dijo que el Sr. Martínez estaba en la planta en reunión con el personal… Mi papá se sintió desanimado y cuando nos dirigíamos a la puerta, ella muy amablemente nos invitó a que habláramos con el Sr. González y dijo: —El Sr. González es el dueño de la fábrica. Así que la seguimos y una puerta en madera muy antigua se abrió y allí estaba el Sr. González, sentado en una silla muy alta que lo hacía ver imponente, y digo imponente porque cuando fue a saludarnos saltó de su silla y pude ver que era muy bajito, con un gran bigote pero con una risa muy contagiosa. Mi papá le dijo todo lo que pensábamos, el señor reaccionó de forma tranquila y nos dijo que iba a hacer todo lo posible para no seguir

contaminando la cuenca, pero que no sabía dónde dejar la basura, los líquidos y desechos tóxicos; yo le dije que sus empleados podrían separar la basura y después dejarla en las canecas que les corresponden. Así que él asentó con su cabeza y nos pidió que le diéramos un par de días para pensar cómo poder solucionar el problema, y que mientras tanto fuéramos pensando qué podríamos hacer juntos. El Sr. González parecía estar sorprendido y algo molesto… la verdad por lo que escuché cuando salimos de su oficina, le dijo a su secretaria que quería ver de inmediato al encargado, pues no lo tenía al corriente de la situación y había mucho por hacer. Al llegar a casa de mis abuelos con papá tuve una idea, entonces reuní a todos y les dije que podríamos hacer una campaña para proteger y cuidar la cuenca del río Chinchiná, a mi papá y a mi mamá les pareció estupendo igual a mi abuela. Hoy era el día en el que íbamos

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