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Sobre el lenguaje Por José Jesús González González1 & Dulce Thalía Bustos Reyes2 ¿Cuál es el inicio de todos nuestros males? La respuesta es sumamente sencilla para quien desea abrir los ojos: Buscar. El hombre, desde que nace hasta que muere, se va a pasar la vida yendo de un lado a otro, por el simple, o quizá complejo afán de querer encontrar algo. Ésta es la causa principal por la que toda la existencia se muestre desesperanzadora, vacía y sin nada. Todos buscamos, ya sea desde las llaves del auto que hemos olvidado donde las hemos colocado, hasta la verdad cuasi absoluta de las cosas que se muestran engañosas –fantasmales o sombras– a nuestros ojos, porque sabemos que están más allá del Pleroma, más allá del orden universal de las cosas, incluso más allá de las causas pseudo-primeras que no alcanzamos a comprender ni en la más nimia parte. Grandes hombres han dedicado su vida a buscar, muchos de ellos al parecer han encontrado lo que se proponían, y de esta forma han dado a los demás hombres algo útil, instrumentos que los ayudan en su constante pesquisa y (auto-) descubrimiento. Un caso lo tenemos con Kandinsky, que un buen día, encuentra en su taller un peculiar cuadro, él, desconociendo que se trata de una pieza suya puesta de cabeza, la estudia con gran curiosidad y detenimiento, no es hasta tiempo después que se da por enterado que lo que ha estado observando desde hace días le pertenecía desde un inicio, es así como logra encontrar el sentido de su trabajo como artista plástico: el abstraccionismo, corriente que ha de explotar de fantástica forma en sus trabajos posteriores, dándole así a sus alumnos de la Bauhaus una nueva forma de observar el mundo a partir de las bioformas y música visual. ¿Acaso no es esto lo que venía pidiendo desde 1903 con la aparición de El jinete Azul? Lenguaje puro. Este jinete que se muestra sublime entre tanto color está y no está, porque lo que podemos presenciar es toda la mezcla de colores, pero no en sí la figura que da título al cuadro. Así es el lenguaje, su sustancia perfecta e infinita no se manifiesta en el estar como lo plantea Giorgio Colli, el lenguaje sólo nos dará referencia de lo que está sucediendo a su alrededor, más no de lo que acontece en él mismo. Se nos seguirá mostrando como una sombra de la que nos habla Levinas, que bien podríamos encontrar representada en la pieza plástica de Leonora Carrington que lleva por título Ferret Race; el laberinto – lenguaje– no es más que el elemento que alberga dentro de sí todas otras tantas figuras que parecen moverse en él, todas dinámicas, escondidas en cualquier rincón oscuro dentro de la inconsciencia del hombre. Los objetos que están dentro de este espacio laberíntico se llenan por lo que el hombre les otorga, 1

Colaborador en el semanario El punto, escritor en la revista electrónica La pluma en la piedra, fue editor de la revista de creación literaria Dislexia; artista plástico independiente; integrante activo de la Asociación Novomexicana de Estudios Sociales, Filosóficos y Humanísticos, ANEFH A.C. 2 Coautora de diversos ensayos y artículos publicados en revistas electrónicas e impresas. Fue correctora de estilo en la revista de creación literaria Dislexia.


2 a manera de juicios sintéticos y lo podemos ver en las palabras que el mismo hombre utiliza para dar razón de estos objetos. El lenguaje funciona como laberinto ominoso que esconde a su antojo la posible salida, para que nosotros mismo nos adentremos más a un universo lleno de enredos y pasadizos, que aunque sabemos que hay un salida cercana o lejana, no deja de causarnos la misma curiosidad enfermiza de pasearnos por cada uno de sus pasillos, a tientas, con los ojos bien abiertos, arrastrándonos, temerosos que en sus suelos se habrá una grieta enorme que nos lleve al no-sentido. ¿Cuántas veces no hemos escuchado: el que busca encuentra? Por lo menos una vez en nuestra vida, en está simple frase ya vienen profetizados todos nuestros males y/o desdichas, le pasó a Descartes al afirmar que los animales carecían de alma, atrayéndose de esta forma toda una serie de problemas que le habrían de quitar renombre y seguidores en su país natal. Él buscó su propia desvalorización al lanzar dicha hipótesis y encontró, como está más que claro, su perdición como filosofo serio. Está la parte contraria, el que busca y nunca encuentra, sin lugar a dudas esta es la condición que más le aterra al hombre, porque entonces empieza a concebirse como alguien sin amparo de una fuerza divina que le guie a su destino. Acaso no son así los personajes de Kafka, siempre buscando, pero de igual forma, siempre topándose con una puerta y otra, hasta que decide dejar de buscar y es entonces cuando escucha, ya a punto de morir: “Nadie sino tú podía entrar aquí, pues esta entrada estaba destinada sólo para ti. Ahora me marcho y la cierro”. ¿Acaso no es esto lo peor que puede ocurrirle al hombre, saber que lo que ha estado buscando siempre estuvo frente a sus ojos, manifestado en lenguaje, pero que por razones diversas nunca pudo comprender? Todos somos como un Arthur Jermyn, le tememos a lo desconocido, a lo que escapa de nosotros, por ello tratamos de darle a todo una respuesta racional, y si no es que por lo menos convincente. Tememos no encontrar lo que buscamos, pero también sentimos miedo encontrarlo, porque se nos muestra como el elemento que siempre ha de estar oculto, pero que de alguna manera siempre ha de estar ahí, como Dios, como el Pleroma infinito y eterno, ya no como el genio maligno que tantos creen erróneamente. Todas las direcciones por las que se ha buscado el lenguaje, nunca ha estado en ellas, porque de cierta forma, todas ellas han estado siempre en él. Una ley cósmica de totalidad: el Todo en el Uno, y el Uno en el Cero, que se explica como sigue: lo que se busca siempre permanece ahí, en el mismo sitio, sólo que nunca se podrá tener consciencia de ello, porque eso implicaría una ruptura en el universo que integra la totalidad. El hombre que se lanza a los terrenos de la búsqueda tienen que tener en cuenta que puede llegar a dos caminos: el de la perdición y el del esclarecimiento. Ambos pueden ser recorridos por las mismas vías del conocimiento, y así alcanzar a vislumbrar un posible reconocimiento de sí mismo y del medio que le rodea. Estos dos caminos se podían obtener, en la antigüedad, por diversos medios, entre los que se


3 encontraban la locura, la embriaguez, la orgia y la meditación, siendo estos los mantras principales para poder encontrar lo que uno se había dispuesto a hallar en la naturaleza externa e interna del hombre. La búsqueda está dirigida a un algo que ya se conoce, o así se creería. Hasta cierta punto se pensaría que no se trata de indagar en cuestiones extrañas de conocimiento que se puede obtener en todas partes. El que lanza la pregunta está jugando bajo el rol del investigador que está deduciendo un universo general para solo tomar lo particular necesario. Lo que trata de encontrar ya ha sido visto por los demás –o así se supone ha sido–, cosa que facilita su tarea; pero en realidad el hombre se está lanzando de ceros a un cosmos vedado y oculto, es más, hasta secreto. Hace tiempo, mientras leíamos un curioso texto de Nietzsche, nos percatamos que nuestra existencia, sino es que la de todos, está condicionada por la memoria y lo que ésta implica, rápidamente pudimos sabernos en la más loca de nuestras desesperaciones, porque de inmediato nos dimos cuenta que uno tiende a buscar lo que cree que ha olvidado, esto llena de angustia cualquier mente, lo que no permite que el hombre viva en paz y libre. Felices son todas aquellas ovejas que se contentan con su presente, con lo que poseen en el momento, pues no tienen la necesidad de pensar en lo que han hecho hace un día o un año. Nosotros nos complicamos la vida, queremos traer siempre algo del pasado a nuestro presente, esto nos llena de infelicidad al no poder asir todo de la forma en la que creíamos que ha sucedido. La memoria es una cosa incierta, llena de agujeros, de mentiras que poco a poco nos las hacemos parecer verdades. ¡Ay memoria! Atenúas y envejeces las sensaciones, todas aquellas impresiones que a nosotros llegan, y luego, cuando vuelven a cobrar brío haces que las busquemos como antaño, para resolver, ya sea viejos males, o encontrar lo que en ese entonces nunca se nos mostró claro. Buscamos, nos pasamos la vida buscando, vagando de un lugar a otro, y entre más sabemos las causas de las cosas más profundo queremos ir. Somos como aquellos caminantes que han venido de Jerusalén buscando a su rex omnipotens, y a defecto de no encontrarlo recurriremos y trataremos de encontrar una causa primera a partir de otra vía. ¿Por qué buscamos? Todo es unidad: “quod est inferius es sicut quod est superius, et quod es superius es sicut quod est inferius”. Y sin lugar a dudas, cualquiera que sea la búsqueda a la que el hombre se lance, siempre estará en ausencia de lo que ha pretendido buscar, ceterum qualia illa sunt, quae nec oculus vidit nec auris audivit nec hominis ascenderunt.


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