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OLOR DE AMIGO. A. Bautista

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Solo eran las nueve de la mañana y el zumbador del timbre me estaba derritiendo los tímpanos. Seguramente sería en Gitano, que venía a buscarme para ir al entierro de Andrés. Porque Andrés había muerto hacía ya tres días y no se decidían a enterrarlo en sagrado por las circunstancias de su muerte y porque era un payaso. Efectivamente, era el Gitano.

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Andrés nunca fue detenido por ningún tipo de delito. Apenas rebasaba la edad penal, pero frecuentaba bares en busca de oídos que destrozar con sus tonterías. Tres días atrás se plantó en la puerta de la cárcel y les rogó de rodillas a los funcionarios, para que lo metieran dentro. Lo tomaron por un gilipollas, le dijeron que se fuese y se fue. Quería estar en la cárcel, pero no era capaz de hacer nada para que lo enjaularan. Era un trozo de pan. Volvió con una pistola. La pistola de su hermano, que era de la secreta, y en la misma puerta de la cárcel quitó el seguro. Dejó el carnet en la ventanilla y entró al patio en el que esperan los familiares de los presos. Era día de visita y aquello estaba que bullía. Justo en el centro del patio sacó la pistola y la colocó a la altura de las cejas. Sobre su oreja derecha. Sonrió y apretó el gatillo. Por lo visto, durante un rato solo se oyó silencio hasta que alguien dijo, "pues no me ha puesto perdida el muy guarro". Y Andrés murió en la cárcel, que era lo que quería, porque los que mueren en la cárcel, casi siempre salen en los periódicos.

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El entierro no fue gran cosa, ni por ceremonioso ni por concurrido. El hermano de Andrés con el bulto de pistola que le deformaba la chaqueta, un 2


par de policías en representación del cuerpo, supongo, la dueña de la pensión en la que se albergaba Andrés, que estaba allí para intentar cobrar el último mes, un par de putas, íntimas del difunto y que de vez en cuando le prestaban algún dinero, el Gitano, Julieta, que era una negra guineana muy grande, casi gigante, que nos acompañaba en las borracheras ( más que una esponja era un catalizador ) y nos concedía sus favores sexuales de forma gratuita, tres o cuatro plañideras y mironas profesionales, y yo. Las putas, con riguroso luto incluido el velo, no dejaban de remarcar un cuerpo precioso, sin una sola esquina, dentro de los ajustados vestidos de satén, naturalmente oscuro; lo moreno de las piernas, resaltaba por la rejilla de las medias moradas. Lloraban al unísono; con unas lágrimas entrecortadas que maquinalmente sorbían, para volver a usarlas momentos después. Era como si llorasen con llanto reciclable. Cuando les parecía, soltaban un "pobrecito Andrés", mezclado con su tos tuberculosa. Julieta, el Gitano y yo, nos mirábamos preguntándonos sin voz cuanto faltaría para acabar con todo aquello y poder ir a tomar algo. Estábamos sequitos. En la última fila, por decisión de los tres ya que nadie nos podía asegurar que la muerte por suicidio no se contagiase, el Gitano aprovechaba para pasarle la mano por el culo a la negra, que no se cortaba en demostrar su agrado. El cura, derritiendo con los ojos a las improvisadas putas plañideras, dijo alguna cosa graciosa dentro de la seriedad que requería la situación, dio su condolido pésame al hermano de Andrés, y desapareció hacia otro entierro. El hermano de Andrés, no esperó a que nos aceráramos para escuchar nuestra solidaridad con su dolor; vino a nosotros con las dos putas cogidas, una de cada mano, y nos pidió la documentación. Todo en regla. Nos advirtió de que no nos gustaría nada volver a encontrarnos con él y dijo que le importaba un moco la muerte de su hermano. Tampoco le había importado su hermano cuando estaba vivo. Que él estaba allí por cumplir y porque tenía dos días libres por defunción de un familiar directo. En realidad, ni siquiera sabía si el muerto había sido alguna vez su hermano, aunque eso era lo que decía la mujer que pretendía ser madre de los dos. A su padre, ni lo mencionó. Estaba seguro de que cualquier hombre diez o doce años mayor que él, podía serlo. Hicimos caso de su advertencia y nos largamos de allí lo mas aprisa posible, en el CX que el gitano había robado para la ocasión. Aquel tío estaba fuera de servicio durante dos días, y tenía dos putas nuevas; mejor no molestar.

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La buhardilla de la negra no era muy espaciosa, pero la nevera tenía capacidad para unas treinta botellas. Sólo habían dieciocho llenas. Hasta arriba. Las repartimos entre los tres, y cada uno por su lado estuvo celebrando la muerte de Andrés. Apenas nos cruzamos un par de palabras. La negra gigante apareció con un salto de cama en el que, visiblemente, no cabía. La carne le colgaba por todas partes y las tirillas de los hombros estaban a punto de estallar. Las pobres estaban demasiado gastadas para soportar el peso y el volumen de aquellas dos grandes tetas. Un salto de cama del color del vidrio transparente, en el que el color de la piel resaltaba como resaltaría el ojo de platero envuelto en agua. La negra salió de esa guisa, porque sabía que al Gitano lo ponía a cien y ella estaba enamorada; pero con el extraño agravante de ser un amor afeminadamente lésbico. Le gustaban las mujeres, pero cuando estaba con una de ellas en la cama, sentía asco ya que su instinto afeminado le requería un macho muy macho; pero cuando conseguía un macho muy macho, sentía el mismo asco por la misma razón, pero al revés. Siempre se estaba quejando de que la habían fabricado mal.

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Julieta se llamaba Julieta porque sus padres, en la tribu, oyeron hablar, al misionero inglés, de un cuento que alguien escribió, y en el que la protagonista era una muchacha muy buena, muy blanca y muy pura, que al final moría por culpa del amor. Y los padres de Julieta, más negros y más brutos que ella, decidieron ponerle el nombre de aquella heroína, tan blanca y tan pura, con la esperanza de que se parecerían en algo. Poco después, Julieta huyó con el misionero hacia el este, donde descubrió que el misionero no era tal misionero, y que en realidad era un comediante al que habían echado de su país por pretender ser el hijo bastardo de la reina madre. Julieta ya estaba embarazada del misionero, y abortó con la receta de hierbas de la tribu. El misionero la abandonó a la aventura y ella no tuvo mas remedio 4


que meterse en un barco carguero en el que pagó su pasaje acostándose con toda la tripulación. Y se prendó de la potencia del grumete. Pero allí comenzó a sentir en lesbiana y a odiar a los hombres. Cuando el barco atracó en nuestro puerto, se escabulló como pudo y fue sacando algún dinero para subsistir, de la única forma que sabía. Tumbada o en pie, pero con las piernas abiertas. El Gitano y yo la encontramos sentada en un banco, invitando a todo el mundo para que entrase en ella. Porque eso y el mejunje de hierbas, lo hacía de fábula. Pero nos dio lástima cuando la vimos tan grande, tan tonta y tan negra, y pasamos de entrar. La cogimos como pudimos, (pesaba todo lo que era) y nos metimos en un bar para reanimarla con coñac. Desde entonces, no dejó de beber. Con el tiempo fuimos mejorando lo poco que mal dominaba del idioma, pero era tan burra, que no conseguía ligar mas de tres palabras sin pegar un trago y echarse a llorar. Le presentamos a Verónica, una amiga travestí que se la llevó a su casa movida por la curiosidad de lo exótico. Cuando Julieta la vio desnuda, con aquellos pechos redondos y amenazantes, y aquel aparato tan grande entre las piernas, no sabía si odiarlo por hombre o quererla por mujer. O las dos cosas. Pasaron la noche más larga y más entretenida de todas las noches en que yo he tenido que esperar sentado en una escalera. Nunca nos contaron lo que hicieron, pero Verónica no quiso volver a verla más. La negra se pegó a nosotros como una lapa, y hacía cualquier cosa, por rara que fuese, para estar a nuestro lado. Comíamos caliente más o menos cada día, gracias al dinero que ella conseguía y gracias a que estaba enamorada del Gitano. No del Gitano exactamente, sino de sus patillas, de su cabello siempre rigurosamente peinado, y del color tostado de su piel. Julieta no entendía como se podía ser ni blanco ni negro. Pensaba que los padres del Gitano eran negros y habían dejado el polvo a la mitad. Por eso, para hacerlo enfadar, lo llamaba medio polvo. Y medio polvo le dijo, pero de forma cariñosa, cuando apareció en el marco de la puerta con el salto de cama transparente. Al Gitano se le pusieron los ojos como las ruedas de un tráiler y empezó a tropezar con los pocos muebles. Se fue perdiendo entre los pechos de Julieta hasta que desapareció, y yo me dormí como un bendito.

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El policía de la puerta nos examinó desde todos los ángulos, extrañado de ver a una gigantona negra, con un tipo enjuto como yo, que además tiene los dientes verdes de la piorrea y la piel amarilla por la cirrosis que me está destrozando el hígado. Nos pidió la documentación y yo le entregué la mía. Julieta tardó en encontrar, en su petate del ejército, unos papeles falsificados en los que constaba como ciudadana escandinava. El guardia de guardia nos colocó unas chapas en la solapa y se quedó con los papeles. Después nos indicó la escalera del segundo piso, que era donde se rellenaban las solicitudes de ingreso en el cuerpo. Julieta decidió que me esperaría en el descansillo, frente a un cuartucho en el que dos policías jugaban a los barquitos. Aunque yo ya no lo veía, estaba seguro de que el poli de la puerta me miraba subir y acariciaba la culata del subfusil. Siempre lo hacen. El funcionario de arriba me dio los impresos en cuanto se los pedí. Tenía los ojos como de recién enterrado. Yo ya estaba muy marcado por la desocupación y por el hecho de que la negra me mantuviese; así que fui rellenando las hojas de la solicitud. Una por una. Cuando llegué al apartado en el que pedían la profesión anterior, solo se me ocurrió poner que era un vividor. Y como tenía prisa por salir de aquel lugar, bajé los escalones de tres en tres y busqué a Julieta en el descansillo. Pero Julieta no estaba allí. Estaba en el hueco de la escalera, con las manos sepultadas en dos braguetas y aguantando el manoseo de dos tíos que no sabían donde tocar. Uno concentrado manualmente bajo la falda y el otro sopesando las negras tetas que, como siempre, estaban sin sujetador porque no había forma de encontrar la talla adecuada. Quise acercarme, pidiendo permiso, claro, pero como Julieta estaba trabajando, recogí mi documentación y tropecé en la puerta con una rubia que le preguntaba al poli de guardia, donde estaba su padre. Mientras me disculpaba, pude ver a Julieta y los dos tipos camino de los lavabos. El poli le dijo a la rubia que su padre estaba en su despacho, como siempre, y yo pensé en lo desaprovechadas que podían llegar a estar las hijas de los comisarios. En la buhardilla de la negra, el Gitano dormía a pierna desencajada, deshidratado por lo sudado la noche anterior entre las garras de Julieta. Abrí un par de latas de atún y calenté agua para la manzanilla; desperté como pude al Gitano, que antes de abrir los ojos me amenazó con una bota pidiéndome todo el dinero o me rajaba, y nos sentamos detrás de las latas de atún, con el hambre que tienen los caníbales cristianos, en la tribu, durante la semana santa. O durante la cuaresma; no lo sé. Cuando se dio cuenta de donde estaba, ayudado por la manzanilla, el Gitano me pregunto por la negra. Le dije que trabajaba y le conté lo de la comisaría. También me quejé por lo harto que estaba ya de que entre los dos anduviésemos chuleando a la guineano-escandinava; que eso de chulear no estaba mal, pero que es un trabajo artesano y no se puede hacer entre dos. Que por eso había decidido hacer la solicitud de la poli, que era gratis y, además, 6


era otro de los sitios en los que estaba seguro de que me dirían que no. No había peligro y de momento, estaba tranquilo con mi conciencia. "Nos traerá unos cuantos miles, que ya me vienen bien porque estoy sin tabaco. Buena negra esta negra." Fue lo único que se le ocurrió decir después del mitin que le había dado. Pasamos la mañana fumando mientras esperábamos a Julieta. Cuando la negra llegó, venía cargada de bolsas del supermercado pero, aun así, se veía claramente que era ella. Se había apuntado otro cliente a la fiesta, y les había sacado hasta los dientes de oro. Julieta era muy exagerada cuando hablaba de sexo y aprovechaba la menor oportunidad para meter en cualquier parte sus fantasías. Por eso solo nos creímos la mitad de lo que nos dijo que había hecho con los tres tíos. Según ella, los dejó sentados en la misma taza del váter, echando espuma por los ojos. Aquel era un buen sitio para trabajar sin riesgo, porque sería el último lugar en el que harían una redada. Dejó caer sus miles de toneladas sobre las rodillas del Gitano, que al momento puso cara de piernas hechas papilla; ellos comenzaron a besuquearse y yo fui colocando la compra en los armarios y en la nevera. Como siempre, la mayoría se la llevaba las botellas. Al rato apareció la mole negra detrás del biombo que separaba el lavabo del resto de la buhardilla, completamente desnuda y mordiendo un clavel con sus sádicos dientes, y convenciéndome de que el Gitano estaba desinflado y no se podía esperar nada de él. Se enganchó a mi cuello y me obligó a pasar el tiempo mientras esperábamos la hora de comer. A mí me faltaban manos para poder acapararla toda. Yo no creo que Julieta sea puta. Tampoco creo que sea algo perverso, aunque reconozco que es un poco ninfómana. Si se le ha de colgar algún oficio, supongo que es el de borracha. Ser borracha es un oficio que necesita mucha dedicación pero que no aporta ingreso alguno. Además, ella es borracha por vocación. La verdad es que a mí tanto me da lo que sea, siempre que con lo que sea comamos los tres; cuatro cuando vivía Andrés.

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Hacía más de dos semanas que no veía al Gitano, cuando se acercó por mi habitación de la pensión. El pobre llevaba seis días con dolor de muelas y no estaba para ver a nadie; mucho menos a Julieta. Esa era capaz de sacarle los dientes a chupetones. Salimos a dar una vuelta, y con doce copas de coñac se le fue pasando el suplicio de la boca.

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La puerta de la negra estaba sin llave, como siempre, y ella leía tumbada en el suelo. Siempre leía en esa postura porque, según decía, iba estupendamente para la columna vertebral. Después no había quien aguantara su dolor de brazos de sujetar el libro en alto. Nos informó, sin que nadie le preguntara, de que estaba leyendo algo de guarrerías de un señor que era marqués y se llamaba soda o algo así (seguro que lo dijo con minúsculas), y que cuando el marqués viniera a firmar libros, iría para conocerlo. Estaba segura de que se acostaría con él. Cualquiera le decía que aquel tío ya estaba pajarito desde hacía un montón de años. La pobre seguía tan tonta como siempre, aunque leyera libros y estuviera seis meses para leer 100 hojas. Lo único que se le podía envidiar, era su desenvoltura para entenderse con todo el mundo en cualquier idioma mal hablado. Y cuando no se entendía, sacaba el idioma de la cama, que es internacional. Al Gitano se le pasaba el efecto del coñac y ya estaba dando gritos de dolor. La negra se puso a llorar cuando se enteró de que su "novio" tenía problemas con las muelas, y se fue vistiendo mientras nos preguntaba si teníamos un cabrito joven. Si el Gitano hubiera estado en condiciones, habría robado para ella el cabrito y hasta el pastor. Pero lo único que teníamos, entre los dos, era la cirrosis, la piorrea y el dolor de muelas. De cabrito, nada; ni joven ni viejo. La negra salió corriendo y llorando, y por el ruido, debió caerse por la escalera, cosa que acentuó el llanto y la histeria. Lo del Gitano iba en aumento y yo le daba puñetazos en el estómago para desviar su atención hacia otro dolor tratando de hacerle pensar en otra cosa. Pero no había nada que hacer aunque, de todas formas, se quedó con la paliza. Y yo con el gustazo de habérsela dado. Después de algo más de dos horas, los lloros de Julieta nos anunciaron su llegada. Comenzó el ceremonial sacando unas hojas de yedra que había cogido del parque y apestaban de lejos a meadas de perro, y cuando nos dijo que iba a curarnos el dolor de muelas, a los dos, tanto el Gitano como yo comenzamos a llorar pidiéndonos ayuda el uno al otro. Sacó un mortero no sé de donde, echó dentro la yedra y comenzó a chafarla a ritmo del bumba bumba de la tribu. No era la primera vez que la veíamos hacer de curandera. Cuando tuvo chafadas las hierbas, les echó en el mismo mortero un chorro de aceite de oliva, que por lo visto, según ella, sustituía a la grasa del estómago de un cabrito joven, y lo fue ligando como si hiciera "all i oli". El giro que dio sobre sí misma, nos cogió a los dos desprevenidos. Venía armada con un trozo de algodón que chorreaba el brebaje por todas partes. Me dio pena por ella si el Gitano despreciaba aquella buena intención pero, desde luego, yo habría echado a correr. Así que le preste mis manos a la curandera, y obligué al enfermo a que abriera la boca. Donde debería estar la muela, tenía un agujero del tamaño de dos kilos de garbanzos. Todo negro. 8


Julieta puso el algodón sobre el colgajo que debía ser el nervio, y allí lo mantuvo apretado con su dedo. Yo sujetaba al Gitano por donde podía, aguantando sus patadas y sus insultos mentales. A los diez minutos, al dolorido se le pusieron los ojos dulces mirando a la negra. Después dijo "buena bruja esta bruja", y se puso a fumar. El Gitano siempre hablaba así. Siempre decía: "buena negra esta negra", "buena puta esta puta", "buen amigo este amigo". Creo que, en realidad, tenía un poco más de vocabulario que Julieta. Solo un poco. Seguía fumando cuando sacó la mano mojada de debajo de la falda de la negra, y nos invitó a dar una vuelta en el coche que iba a robar. Un Opel que había visto al venir, justo delante de la comisaría.

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Verónica, el travestí al que la negra había hecho pensar en cambiar de oficio, vino a verme una tarde, con los ojos hinchados de llorar. Su novio la había abandonado y ella sin novio era incapaz de dar un paso. Necesitaba a alguien para pasear, para presentarlo a sus amigas (todas sus amigas tenían novio), lo necesitaba para poder decir que lo tenía, y para que, de vez en cuando, le diera un par de bofetadas y le sacara el dinero del sujetador; le daba igual el novio que fuese, pero necesitaba uno como el comer. Había venido a proponerme que ese uno fuera yo, porque me conocía y podía confiar en mí. Me estuvo hablando de sus padres, que lo echaron de casa a los diecisiete por besarse con un tío suyo, hermano de su padre, que también era un poco rarillo. Después me habló del marinero, su primer novio, que le saltó dos muelas y le rompió un brazo, además de provocarle una infección por pellizcarle un pezón con las uñas sucias y llenas de escamas de pescado. Tanto me contó y me lloró, que opté por llegar a un acuerdo. Para ensayar y tratar de demostrarle que yo no servía de novio de nadie, ella se escondería unos billetes en las tetas y yo le pegaría un par de guantazos y le sacaría el dinero. Al principio todo fue bien. Los dos guantazos los recibió con resignación, aunque yo me hice un daño tremendo en el revés de la mano. Mientras la sujetaba por el hombro y le sobaba los pechos, le saqué el dinero. Y entonces sentí sus dos manos en mi bragueta, restregando de una forma muy viciosa. Me salvó la campana. La negra y el Gitano abrieron la puerta con su propia llave, y se quedaron mirando con indiferencia. Ellos venían a lo mismo. A la negra la habían

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echado de la buhardilla por llevar allí a los clientes, pero la verdad era que tanto el dueño como la dueña, la querían para ellos solos. Naturalmente, habían pensado en mí y en las dos puertas de mi habitación; una era la del trastero y la otra la del lavabo. Solo había que convencer al amo de la pensión, para que pusiera un catre en el trastero y subiera el alquiler. Habían pensado en todo, ellos solitos. Sin la ayuda de ningún asesor financiero. Los ojos de Verónica iban del Gitano a la negra, y viceversa. A ella la miraba con miedo y a él, con los labios sudados y la lengua fuera. Al final, decidimos que no era mala idea, pero que sería un latazo estar a todas horas cruzando la habitación para mear. La negra tenía cistitis y yo quería intimidad; por querer algo y por dejar claro que habían condiciones. Seguimos discutiendo el asunto durante el tiempo suficiente para guardarme los billetes que había sacado del sujetador de Verónica y la decisión final fue que cada uno usaría su propia lata y ya la vaciaríamos por la mañana. Llamamos al amo de la pensión, lo amenazamos un poco recordándole que existía sanidad y que, además, cobraba en negro y asunto arreglado. El acuerdo quedó sellado con las botellas que Julieta, previsora, traía en el petate del ejército. Las compresas, el pan duro y los papeles, no los sacó. Creo que allí se empezó a fraguar una especie de tragedia. La negra se metió en el trastero con Verónica, y salieron a las dos horas. Julieta feliz y sonriente, y Verónica arrastrándose, medio ida, resoplando y con los ojos vidriosos, entre el placer, el cansancio, el dolor y el miedo. Creo que entonces fue cuando Verónica decidió vengarse de su verdugo negro. En la habitación de enfrente, vivía una rubia panocha a la que mantenían sus padres, que creían que estudiaba Químicas. En realidad, no sabían a ciencia cierta lo que mantenían. Yo ya había estado con ella un par de veces en su habitación, y otro par en la mía. El caso es que vino a mi cuarto atraída por el ruido, que era mucho, y por el olor de las bebidas. La negra no tardó en emborracharla y empezó a meterle mano allí mismo. Verónica miraba al Gitano, el Gitano miraba a Verónica, la negra miraba a la rubia panocha, la rubia panocha no miraba nada porque ni veía de la trompa que llevaba, y yo los miraba a todos. De vez en cuando, volvía a llenar mi vaso. Julieta decidió llevarse a la rubia panocha al trastero, para ver si tenían algo que contarse, y se le puso una sonrisa casi tan grande como ella. Aunque no se notara, por el color de su piel, seguro que estaba roja de excitación. A Verónica, la pintura del lápiz de labios le llegaba a la barbilla de tanto sacar la lengua para llamar la atención del Gitano. Sus ojos parecían un semáforo estropeado. No se levantó. Se arrastró por encima de mí, se colocó junto a su objetivo y comenzó a pasarle las manos por el pelo. Me fui a ver la televisión al cuarto de la vecina, porque prefiero los telediarios a los dramas porno.

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Hacía tres días que Julieta estaba en la cama. No tenía ninguna enfermedad; sólo estaba esperando. También hacía tres días que el Gitano había recogido sus cosas para mudarse al apartamento de Verónica. De pronto, la negra se puso a llorar y a gritar, doliéndose porque había perdido a su novio, y a echarse ella misma en cara, que ya no iba a poder chuparle las patillas ni a tocarle el pelo a su medio polvo. A mí se me da muy mal andar consolando a la gente y poniendo el hombro para que lloren y me lo llenen de mocos, pero cuando empezó a dolerme la cabeza con los quejidos, me fui a su trastero y traté de calmarla hablándole de lo gitano que era el Gitano, de lo interesado y mal amigo y desagradable que podía llegar a ser, del buen día que hacía, del sol que entraba por la ventana aunque en el cuarto no había ventanas, de que tenía que comer algo o se moriría de hambre, de lo contento que estaba porque no me habían aceptado en la policía, de lo buenos que estaban los champiñones al ajillo que hacía la rubia panocha, de lo zorra que era Verónica, de deportes, otra vez del tiempo, de sus padres en la tribu, del marqués de sade, con minúsculas, que había preguntado por ella. Yo allí hablando de todo y ella solo decía Ayyy, y lloraba más fuerte. Me fui a buscar la media botella que quedaba, porque de tanto hablar tenía una lija en la garganta, y entonces empezó a hablar ella. Que si el misionero y el Gitano, los marineros del barco que la trajo y el Gitano, los clientes que pagan y el Gitano, los que no pagan y el Gitano, el travestí y el Gitano (aquí lloró más fuerte), de la rubia panocha y el Gitano. Todo lo comparaba con su Gitano. Los floreros, los peines, las alubias...todo. Y entonces llegó el Gitano. Se abrazaron y estuvieron llorando a dúo durante un buen rato. Después vino la vecina; la rubia panocha. Como oía tanto llanto, había venido para ayudar en lo que pudiese. En la mitad de medio segundo la puse al corriente de la situación, y ella tardó menos en ponerse a llorar, junto a los otros dos. La rubia puso la nota de color; lloraba en un tono tres octavas mas agudo que los otros, y cada cuatro suspiros, encauzaba el recital con unos grititos de pena. Como era de esperar, llegó Verónica. Le conté la misma película, pero con la rubia como estrella invitada, y ella los abrazó a todos y también se puso a llorar. Verónica hacía de bajo estridente desafinado. Me acerqué una silla, hundí la cabeza entre las piernas, y comencé un llanto de calidad que no tardó en ahogar el de los demás. Yo soy consciente de estar haciendo el ridículo, 11


si no lloro entre tanta plañidera. Estuvimos gimoteando, hasta que la noche entró por la misma ventana por la que no entraba el sol. Ya calmados, hice lo posible por aclarar la situación, pero allí nadie sabía nada. Nadie sabía por qué lloraba. Descubrimos, tras laboriosas investigaciones, que Julieta estaba apenada en su enamoramiento del Gitano, y que al Gitano le pasaba lo mismo, pero por estar enamorado de Verónica. La negra empezó de nuevo a llorar y a gritar, llamando a Verónica zorra y ladrona y asquerosa y todo eso que se dicen las mujeres entre ellas. Por fin el Gitano y el travestí de marcharon dando un portazo y dejando la puerta, rota, tirada en el rellano. La rubia recordó que había dejado la leche al fuego, y también se escabulló. Yo no podía ir a ningún sitio porque, aunque a veces lo dudo, vivía allí. Otra vez de plantón. La idea de continuar haciendo de consolador de la negra, me estaba provocando acidez de estómago. Me quité los zapatos, me tumbé al lado de Julieta, y volví a hablarle de las mismas cosas que le hablé al comienzo de la crisis. Nos quedamos dormidos como niños felices, abrazados y respirando muy fuerte. Solo me desperté una vez, ayudado por los ronquidos de la estatua de la libertad que tenía a mi lado. Y la habitación sin puerta, con el frío que hacía.

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No fue casualidad que encontrara al Gitano en la entrada de su nuevo apartamento. Yo estaba allí desde hacía dos días, esperándolo para decirle que se llevase a la negra, porque estaba acabando con mis nervios. Hacía dos semanas que solo salía del trastero para ir a mear. Comía conservas que yo le iba a comprar, y que me pedía por medio de papelitos en los que ponía hasta la marca de la lata. No decía ni mú. La rubia no podía venir, porque el llanto de Julieta le provocaba la risa. Yo ya estaba convencido de que lloraba por vicio; como si fuese una necesidad hacer la puñeta. Pero el Gitano tenía otros problemas. Por lo visto, el antiguo novio de Verónica había recibido una llamada anónima que le explicaba la actual situación del travestí. El chulo se sentía herido en su amor propio y en su instinto racista, porque Verónica se había liado con un gitano, y no entendía como alguien se podía dejar chulear por un tipo que, seguro, olía fatal. 12


Tengo que decir, en defensa del Gitano, que su olor era maravilloso. Gran parte de sus ingresos, se los gastaba en colonias, perfumes, peines y desodorantes. El ex de Verónica estaba enfadadísimo, y había amenazado con romperle las piernas a ella y la nariz al Gitano. La travestí estaba de miedo hasta sus artificiales pezones, pero se dejaba sugestionar por mi amigo que, en realidad, tenía más miedo que patillas. Ese era el problema más inmediato del Gitano; lo demás, eran desvaríos de camionero caprichoso. Me lo explicó todo con tal cantidad de datos, gestos y exagerados ademanes, que al final, me sentí como una rata por ir a calentarle la cabeza con tonterías, como la de que la negra se estaba matando poco a poco, porque su medio polvo ya no la quería, suponiendo que alguna vez la hubiese querido. Habían quedado con el ex en el apartamento de Verónica, para aclarar el tema y tomar las medidas pertinentes, y el muy gitano del Gitano me hizo jurar, sobre una sartén, que el día de la entrevista me pasaría por allí, como por casualidad, por si tenía que echarle una mano para salvar su nariz.

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Cuando me levanté, a la hora que le dio la gana al despertador, Julieta estaba en el lavabo cantando algún conjuro de la tribu. Era a base de "unga calunga, winga molongooli" y cosas así. Era raro que estuviese tan alegre. Me vestí, peiné mi cabeza como pude sin dejar de mirar la gran mole negra que desbordaba la bañera, y me comí un trozo de pan seco, para quitarme el mal sabor de boca que deja la resaca. La negra me acosaba a preguntas raras y muy bien informadas, para alguien que, supuestamente, no había hablado con nadie desde hacía más de un mes. Y como yo no se guardar un secreto, ni un secreto ni nada, porque todo me lo gasto, le dije que aquel día me iba a encontrar con el Gitano y el ex chulo de Verónica y etc. etc. Los ojos se le pusieron rojos y entonces me dijo que había sido ella la que llamo al ex y le había calentado la bola diciéndole que todo el mundo lo iba señalando y se reían de él a sus espaldas, haciendo chistes de gitanos. Que algo tendría el Gitano, para que la zorra de Verónica lo cambiase. Y por lo visto, el muy idiota se puso como un toro y se subía por las paredes y no hacía mas que decir que los iba a colgar por las pestañas. Después, Julieta me aclaró lo que iba a pasar en la reunión. El chulo los machacaría a los dos, y a Verónica le ahorraría la operación de cambio de 13


sexo. Y al Gitano, le iba a peinar la nariz por dejar tirada a una negra tan sensible como ella. Eso era lo que iba a pasar. Cuando llegué al apartamento, ya estaban allí todos; como esperándome para empezar el ataque oral. Todo silencioso como cuando pasa un ángel, hasta que empecé yo con las tonterías; pasaba por aquí y todo eso. Verónica me señalo una silla y un vaso lleno. El único que no se extrañó de ver a la negra en la puerta, fue el chulo. El pobre no sabía donde se había metido, y a Julieta nadie le dijo que se sentara. El revuelo empezó de golpe. Verónica, el chulo y el Gitano comenzaron a gritar y a insultarse y a acusar al cielo y al infierno con los puños. Después vi la hoja de la navaja automática en la mano del chulo, que gritaba: lo rajo, lo rajo, y se iba dando un salto para el rincón en el que estaba el Gitano. La negra, que no le apetecía nada ver como la hoja de la navaja se perdía en el estómago de su medio polvo, se fue como una tromba contra el chulo, lo cogió por las muñecas y lo lanzó por la habitación para estrellarlo contra la pared. En el aire, el chulo parecía una cometa de esas que vuelan los críos en la playa. Después le hundió su negra cabeza en medio del pecho y, lo que hasta entonces había sido un chico apuesto, como los de las películas de diseño, dejo de serlo y se convirtió en un papelito fino que se deslizaba hasta el suelo. Con la lengua fuera y los ojos rotos. Estaba muerto. Avisamos a un médico, que se trajo una ambulancia y un par de policías. La cosa estaba clara. Unos amigos que se reunían a las ocho de la mañana para tomar unas copas, el amigo que padece del corazón, porque todo el mundo tiene un amigo que padece del corazón, al pobre le da un infarto y se muere. Puede pasarle a cualquiera. Como el muerto tenía una ficha policial muy extensa, y como lo que la policía tenía extenso eran los problemas, la cosa se solucionó sin más investigaciones. Paro cardíaco y a la fosa común. Por chulo. La negra estaba convencida de que le había salvado la vida al Gitano y de que este, en agradecimiento, volvería con ella y serían perdices y todo eso. Pero el Gitano no estaba convencido de nada, y menos de que una mujer lo sacara de un apuro. Se quedó con Verónica y, sin saberlo, provocó a la negra para que iniciase su propio final.

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Julieta volvió a encerrarse en su mutismo. De nuevo al trastero, dejando de relacionarse con cualquier bicho viviente. Ya no lloraba. Pasaba hacia el 14


lavabo como flotando; cuando la rubia panocha y yo estábamos con nuestras cosas, en la mesa o en la cama, ella se deslizaba y a pesar de su tamaño, casi no se la veía. No miraba, no saludaba, no nada. Era un zombi de otro mundo. Así estuvo casi dos meses y a mí me repateaba los higadillos, porque si ella no salía a trabajar, no entraba dinero. Después de esos casi dos meses, y por culpa de ella, el Gitano y yo volvimos a vernos en el cementerio. La negra se levantó un día riendo como una loca. Habría recordado algo que le hizo gracia. Se metió al lavabo y cerró por dentro, algo que nunca hacía, y al rato salió con la cabeza completamente afeitada y riendo mas fuerte. Como es lógico, yo me quedé de piedra. Con esa pinta, parecía algo más raro de lo que era. Como un cuadro de Goya, todo pintado de negro y visto por detrás. Un eunuco gigante con grandes tetas. Me dio todo el dinero que tenía, y un beso en la boca que casi me cura la cirrosis. Después recordó algo y me arrancó un par de billetes de la mano diciendo que tenía que comprar gasolina. No había duda; seguía tan bruta como siempre, porque la muy idiota no tenía coche. Ni carnet de conducir. Yo me estaba cepillando los dientes cuando entró la vecina para decirme que la negra me llamaba desde la calle; que me asomase por la ventana de su habitación. Cuando me asomé, Julieta seguía llamándome a gritos a pesar de verme allí. Como me lo veía venir, me armé de resignación para escuchar sus tonterías. El encargo era el siguiente: primero, que le dijera al Gitano que Julieta lo quería mucho; segundo, que le dijera al Gitano que no se culpase de nada; tercero, que le dijera al Gitano que Julieta hacía lo que hacía, para no meterse en su vida; cuarto, que le diera recuerdos a sus padres en la tribu; quinto, que le dijera a la rubia que a ella, Julieta también la quería; sexto, que me diera a mí mismo muchos besos de su parte. Fin. Después cogió la lata de gasolina que tenía a su lado, se roció con ella todo el cuerpo, se sentó en medio de la calle y se prendió fuego. Estaba loca. De amor. El dentífrico y la saliva me llegaban ya hasta el ombligo. Estuve allí mirando como ardía, y pensando en lo mucho que tardaría en consumirse, porque era una negra muy grande. Cuando el olor a carne quemada empezó a entrar en la habitación, cerré la ventana, busqué un espejo y me di en él un sonoro beso. El entierro de lo que quedó de la negra, fue menos ceremonioso y menos concurrido que el de Andrés. Únicamente el Gitano, Verónica que no paraba de reír, el cura y yo. El cura era de los que dudan si vale la pena enterrar a la gente que es negra; estuvo mirando al suelo durante tres segundos, dijo amén muy flojo y con miedo, y desapareció. Los cien gramos de ceniza de Julieta, fueron a parar a la fosa común, donde se reunió con el chulo que había matado. El Gitano fue tan original como siempre; dijo: "buena negra esta negra. Hizo mal lo que hizo.". Y Verónica, por más que se esforzaba en llorar, no lo 15


conseguía. Mi vecina llegó tarde, y antes de llegar ya estaba diciendo que se iba, porque tenía frío.

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El Gitano y yo nos conocíamos desde pequeños; incluso desde antes. Él me espiaba cuando yo entraba en alguna tienda para robar caramelos, y después me pinchaba con una navaja de verdad y me quitaba el botín. A mí me daba mucho miedo un gitano tan moreno, con una navaja de verdad. Cuando empecé a robar motos, me hacía lo mismo. Una vez me preguntó si tardaría mucho en robar coches, y yo le dije que nunca lo haría, porque dentro cabía demasiada gente. Entonces me devolvió la moto y me ofreció un cigarro. Estábamos de acuerdo en la cantidad de personas que formaban la "gente". A partir de aquello, decidimos ser amigos y bajamos al metro para estar calientes. Allí había una vieja con un niño en brazos pidiendo limosna, y el Gitano se acercó y le robó la recaudación. La vieja se puso a llorar a moco tendido y se quitó la peluca para que viéramos que no era tan vieja. Pero nadie se paró para echarle una mano. También dejamos limpio a un tío que estaba cantando y que se rebeló cuando entendió lo que pasaba; el Gitano le hizo una pedorreta y después lo invitamos a un café en el bar de la estación. Al fin y al cabo, era su dinero. Por aquel entonces, el Gitano aun hablaba más o menos como todo el mundo. Quiso saber que cuadro me había pintado de él y yo le dije que estaba preparando el lienzo. Bajábamos al metro con regularidad, robábamos a las viejas y a los cantantes, y nos lo gastábamos en vicios menores. Hasta que llegó la última vez. Le estábamos robando a la vieja del niño, pero la vieja no lloraba como solía hacer. Más bien se reía. Cuando ya nos íbamos, teníamos el paso cortado tanto por delante como por detrás. Allí había un ejército de ciegos dudosos, cantantes cloaqueros, tullidos de plástico y concertistas de violín. Todos armados de muletas y amenazas. Al Gitano le dislocaron un brazo y le abrieron las dos cejas; yo tampoco estaba muy bien, me faltaban dos dientes, tres dedos partidos, y marcas de guitarra por todas partes. Tomamos la sabia decisión de que no valía la pena bajar al metro, porque las uvas estaban verdes.

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Desde el entierro de Julieta, el Gitano se volvió cínico como un oriental con complejo de superioridad. A pesar de las recomendaciones de la negra, se sintió culpable, más que de otra cosa, de haberle llevado la contraria. Le dio los últimos guantazos a Verónica delante de mí; en realidad no fueron dos guantazos, fueron dos señores puñetazos, que la dejaron en el suelo sin respiración. Después le estuvo pateando un rato en el estómago y para acabar, le pisó un pecho con el afilado tacón de un botín. Verónica nos dio las gracias a los dos, y nosotros nos fuimos a ritmo de samba. El Gitano se mudó al trastero de mi habitación y la rubia panocha nos utilizaba en días alternos. Algunos domingos, nos utilizábamos todos a la vez. El dinero que conseguíamos por las piezas de los coches desguazados, lo guardaba él. Él se encargaba de todo; la compra, los pagos, los vicios y todo eso. Yo sólo me ocupaba de llevar la ropa a la lavandería y de calentar las latas de fabada. Me encontraba muy a gusto pensando que estaba chuleando al gitano. Sólo tenía que pedir por mi preciosa boquita y veía saciados todos mis caprichos; como un perfecto niño mimado.

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Un día el Gitano llegó con un paquete muy grande y se puso a desenvolverlo como con mucha ceremonia hasta que apareció un cartel. Era negro, con letras de purpurina dorada. Decía: "AQUI DUERME EL MEDIO POLVO". Colgó el cartel en la cabecera de la cama y se pasó la tarde mirándolo y a punto de llorar. Yo creo que, aunque solo fuese por la poca semejanza de la piel, el Gitano quería a la negra. Por la noche, cuando mi vecina entró con una enorme cazuela de champiñones al ajillo y vio el cartel, se puso triste, se desnudó, y se metió en la cama con el Gitano. 17


El pobre estaba llorando, pero cumplió como un caballero. Y es que el Gitano, era todo un señor. Yo, después de comerme la cazuela entera, estuve con acidez durante tres semanas.

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El Gitano lloraba casi cada día. Estaba sentado en la taza del váter y le caían las lágrimas en los botines. Yo me estaba meando, pero no podía cortar el llanto sentido y profundo de mi amigo; así que tuve que mear en una botella y después me fui a comprar tabaco. Cuando volví, siete horas después, el Gitano seguía en el mismo sitio y con la misma concentración. Con mucho cuidado, lo levanté cogiéndolo por los sobacos y le di un buen puñetazo en el estómago. Fue el remedio perfecto, porque de un solo golpe lloró todas las lágrimas que le quedaban. Se lavó la cara, se echó por todo el cuerpo medio litro de colonia, se peinó, eructó y me estrechó la mano con cara de felicidad. Nos fuimos a un bar nuevo; había todo tipo de gente que ni nos miró, y una cristalera muy grande que hacía las veces de terraza. Intelectuales de plástico, hippies de plástico, actores de plástico, viajeros de plástico, y un par o tres de personas normales que llamaban la atención, de tanto esforzarse por pasar desapercibidos. Nos sentamos y no tardó en acercarse a nuestra mesa un esperpento con pelo de rata, gafas de hueso demasiado oscuras para lo oscuro que estaba el local, una falda tejana que disimulaba muy mal las exageradas caderas, medias de rejilla verde y algo, entre sandalia y monopatín, que escondía unos prometedores pestosos y exagerados pies. Todo envuelto en una gabardina de las del cine negro. Por lo visto, era una mujer y vendía de todo; menos a ella misma. Tenía incienso, máscaras, cachimbas, faldas, camisetas, perfume, collares, anillos, un sitar, soldaditos de barro y una amiga. La amiga era como media negra, pero en blanco. Un asquito. Como no compramos nada, la tía se sentó en nuestra mesa y pidió algo raro que, por lo visto, beben en la India. Porque había estado en la India un mes y medio, con la amiga, que por lo visto era su sombra, y todo lo que vendía lo había traído de allí. Estaba tan cegada por su propia avaricia y su propia ignorancia, que no se daba cuenta de lo caras que vendía las cosas en un bar en el que, el que más dinero tenía, pedía prestado para pagar deudas. 18


Nos enseñó las piedras preciosas. Ópalos, rubíes, ojos de tigre seguramente tuerto, y así hasta un montón de paquetitos que iba pasando al Gitano y este me pasaba a mí. La imbécil no se daba cuenta; de cada paquete, el Gitano se quedaba un par de piedras en la yema de los dedos. Le dijimos al camarero que pagaba la viajera de plástico, y nos largamos. En la esquina nos paró un melenas para vendernos hierba colombiana, pero le salió mal porque el comprador fue él. Un par de ópalos de no sé cuantas puntas, auténticos del Nepal. El melenas se fumaba su propia hierba porque nadie la quería, y ya estaba muy colocado. Un lapidista nos compró las piedras, timándonos claro, porque decía que a todo el mundo le había dado por irse a por género a la India.

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El dinero de las piedras nos duró poco, pero el esperpento de la India dejó que le robásemos algo de incienso y de perfume, que vendimos por los mercadillos. Después de pagar unos cuantos meses de habitación, volvimos a estar a dos velas. Por las noches, con los estómagos cantándonos por el hambre, seguíamos a los vagabundos que hacían la ronda por los cubos de basura. Cuando ya tenían un buen montón de desperdicios, les pedíamos amistosamente la colecta. Generalmente iban por parejas y uno era notablemente más tonto que el otro. Se quejaban de que no les dejábamos cenar tranquilos y casi siempre nos confundían con la poli. Una vez, el listo de turno sacó de entre los harapos un cuchillo oxidado, pero el Gitano se le adelantó. Le dio al vagabundo con un trozo de canal de desagüe en la cabeza y se lo dejó allí clavado. Eso convenció al más tonto de que nosotros teníamos más hambre y además éramos la ley. Nos dio todo lo que tenía encima, incluida la ropa y un carnet caducado de la biblioteca. Lo que había reunido el listo estaba todo esparcido por el suelo, y tuvimos que recogerlo. No había mucho; pan durísimo, latas abiertas y florecidas, vasos de plástico, restos de acelgas, licor estomacal, naranjas podridas, chorizo que olía a rancio desde dos calles mas allá, y espaguetis acartonados. Lo tiramos todo menos las acelgas y el estomacal. Seguimos durante un rato con la caza del vagabundo y acabamos destrozados de tanto repartir golpes con el desagüe. Juntamos algo más a las acelgas; tres cigarros, posos de café, dos cajas de cartón, un ramo de claveles, un tarro de mantequilla verde y cuatro pilas de linterna. Todo en una bolsa de plástico de unos grandes almacenes. 19


Regresamos a casa con la idea de que la rubia consiguiese preparar algo comestible con todo aquello, aunque estábamos decididos a perdonarla si no podía. Pero la vecina nos esperaba sentada ante la puerta, junto a la conocida cazuela que prometía estar llena de champiñones al ajillo, y hablando con el esperpento indio que, milagrosamente, había conseguido dar con nuestra madriguera. Olimos los champiñones desde el portal de la entrada, y el Gitano, después de consultarme con la mirada, sacó de la bolsa el ramo de claveles y dejó lo demás, incluido el estomacal, en el contenedor de la basura. El olor rancio del chorizo se filtró por todo el edificio, pero nadie abrió la puerta. Le ofrecimos galantemente los claveles a la rubia, que se puso contentísima porque le encantaba la verdura, aunque fuese de segunda mano y con mal olor. El esperpento no hablaba. Cenamos entre eructos, lágrimas de la rubia emocionada por las flores y al final, gritos desesperados del pingajo hindú para que le devolviéramos sus cosas. Pero a pesar del olor y los restos del incienso, la medio convencimos de que nosotros no teníamos nada de nada. El semanal de pulsera haciendo juego con los pendientes que le habíamos vendido a la vecina, quedó claro que no lo habíamos visto en nuestra vida. La muy idiota cada vez gritaba más fuerte, pero cada vez con menos ganas de gritar. La rubia sintió lastima por todos, y nos echó una mano diciendo que éramos inocentes. Pero no la creyó nadie. Entre ellas dos se consolaron de no se qué, y después se dejaron consolar por el Gitano, que se las llevó cogidas de la mano a su trastero, debajo del letrero de "AQUÍ DUERME...". Yo me estuve otras tres semanas con acidez, seguro de tener ya un principio de úlcera. La primera en levantarse a la mañana siguiente fue el esperpento que salió y al volver, traía churros y chocolate caliente. Lo de la rubia, en realidad, no era una habitación. Era un apartamento pequeño con derecho a cocina, pero sin derecho a baño. Nosotros le dejábamos la bañera a condición de que dejase que le frotásemos la espalda. Cuando el esperpento entró con el chocolate, ya estábamos los tres sentados a la mesa, con los ojos grandes de los niños pequeños, esperando a que la sirvienta sirviera el desayuno. La hindú de plástico, aunque fuese una asquerosa que caía mal a casi todo el mundo, en el fondo era una perfecta hipócrita burguesa que se quería camuflar entre nosotros, los vividores de primera. Esta vez la dejamos, porque los churros estaban calientes. El chocolate también.

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Después de dos semanas reuniéndonos con nadie en el bar de la vidriera grande, se nos acercó una chica joven que siempre andaba por allí con una libreta en la mano. Era guapa. Nos preguntó si le debíamos algo y contestamos que no. Se sentó sin permiso y nos puso al corriente. Era puta a plazos. Como la gente que se reunía en aquel bar nunca tenía dinero y generalmente estaban con calentura de bajos, tanto ellos como ellas, la puta a plazos se encargaba de solucionarlo. Había suficiente confianza como para creer que tarde o temprano, todo el mundo pagaba. También aceptaba el pago en especias y por eso el viernes venía con un carro de la compra. Patatas, cerveza, trapos, huevos, libros y cosas así. Mientras nos contaba la situación, se acercó una mujerona con bigote, músculos y amenaza, y dejó un billete de los más grandes en las manos de la puta de la caridad. Se miraron un momento y a la bigotuda se le puso carita de niña pequeña, pero viciosa. Quedaron para las nueve y la mujerona se marchó. Después Inma, que así se llamaba la puta, nos dijo que aquella era muy lesbiana, pagaba por adelantado y pedía trabajos especiales. Inma tenía que encontrar un tío, con el que repartía el billete a condición de que se acostara con ella delante de la mujerona, que se pasaba el rato mirando, jugando con un hámster y silbando música de vals. Un trabajo especial, que de especial no tenía nada. Algunos clientes se acercaban para pagar, miraban, sospechaban y se iban. Inma contó la recaudación, y cuando se levantaba para buscar al tío de la lesbiana, el Gitano la agarró por la muñeca y le dijo que ya lo tenía. La puta se alegró y le dio la mitad del billete. Nuestra mitad.

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Después de dos horas bebiendo, Inma y el Gitano se marcharon a trabajar. Faltaban diez minutos para las nueve. Yo me quedé allí con el esperpento y su sombra. Comencé a sentir la acidez de estómago, pero era a causa del mal olor que despedían las dos. Después de decirles la peste que hacían, dejé pagado lo mío y me fui. A ver a la rubia.

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En casa de la vecina, Verónica mojaba mucho pan en la salsa de la cena. La rubia había ido a buscar algo de beber. Verónica quería lo suyo; así que le di los dos guantazos, le saqué el dinero del sujetador, y se marchó con la salsa resbalándole por la barbilla. La vecina y yo, disfrutamos de una cena íntima a la luz de las velas de los vagabundos. Cuando llegó el Gitano, ya era de día y yo estaba cagando placenteramente. Venía contento por la propina que le había soltado la bigotuda. Aquel monstruo no había dado la más mínima prueba de excitación hasta que, al final, Inma la besaba. Esa era la clave y sobraba todo lo demás. Lo que de verdad quería, era ser besada por la puta, pero como pagaba demasiado por el beso, lo envolvía todo con un espectáculo sin sentido. Inma era una buena persona.

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Como hacía buen día, bajamos a la calle y nos sentamos en el parque. El sol era de la hostia y al Gitano le brillaba el pelo. Aunque se esforzaba en no demostrarlo, seguía acordándose de la negra y se culpaba por lo que ella había hecho. Empezó a filosofar y habló demasiado para lo que me tenía acostumbrado desde, más o menos, que nos dieron la paliza en el metro. Según él, el oficio más antiguo del mundo no era la prostitución. Eso lo habían inventado entre los sacerdotes y las sacerdotisas; ellos, porque era la única forma que tenían para comer, y en el fondo no eran más que unos macarrones de mierda, y ellas, porque eran una viciosas. Los curas eran unos hipócritas que encubrían que el oficio más antiguo era el de ser Dios. Trabajó durante seis días y al séptimo descansó. Descansó de su trabajo, porque trabajaba de Dios, como otro trabaja de barrendero o de pobre. Por eso está clarísimo que ser Dios no es mas que un oficio. El más antiguo, aunque los curas no lo vean así y prefieran decir que eso es una herejía. Pero si te tiras por la ciencia, resulta que lo más antiguo, es trabajar de mono. “Te das cuenta imbécil, me decía el Gitano, de que cada cual puede pensar lo que quiera, pero se arriesga a que lo quemen en la hoguera solo por pensar?. El caso es que todo el mundo le echaba las culpas a las putas, hasta que los chulos se disfrazaron de sacerdotes y los burdeles de templos. Creo que el primer mono, fue un Dios que era puta.” El Gitano se estaba volviendo idiota. Fue la primera vez que se puso a filosofar delante de mí, y la última que yo me presté a ello.

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El Gitano estuvo dos días sentado en el banco del parque, sin comer y sin dormir, llorando de vez en cuando y descuidando su pelo, sus patillas y su olor, y sin robar un solo coche. Estábamos sin dinero. Por fin despertó de su idiotez y subió a la habitación para decirme que nos reuniríamos en el bar de la vidriera. Aquella vidriera me estaba dando complejo de pez. Cuando llegó el Gitano, traía una sonrisa feliz. Había robado quince coches, vendido lo vendible en el desguace, y juntado un buen dinero que auguraba paz y felicidad durante unos días. El esperpento nos dio el mayor orgasmo de nuestra vida, cuando nos dijo que se volvía a la india con su amiga, que a la vez era su sombra. Por fin dejaría de castigarnos con su olor y su presencia. Tanto nos alegró la noticia, que pagamos su bebida y dejamos que pasase con nosotros la última noche. Los padres de la rubia no habían mandado el dinero del mes. La encontramos triste frente al televisor, y siguió triste después de dejarse convencer para que se apuntase a la fiesta de despedida del esperpento. El Gitano se encargó de aprovisionarse de comestibles y bebidas, y nos pasamos la noche comiendo latas de ojos de pulpo en salsa americana. Para acabar, el Gitano desapareció en su santuario con la rubia en brazos, y yo no tuve más remedio que atacar con el pingajo. Aquella tía era exageradamente tradicional; le daban asco las cosas raras en la boca, tenía almorranas, y solo aceptaba la postura del misionero. Acabé vomitando en el váter, y comiéndome las uñas mientras oía los jadeos de la rubia. El pingajo se durmió, y yo pase el día siguiente acordándome de su mal olor y de los ojos de pulpo.

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Cuando ya teníamos a Inma completamente olvidada, hizo su aparición por la puerta grande. Todo el mundo se acercó para interesarse por su salud. Había 23


pasado una infección vaginal aguda. La bigotuda le sirvió de enfermera a cambio de unos cuantos miles de besos, y ya estaba recuperada. Durante la convalecencia, no pudo salvarse de estar con las piernas separadas, pero por el dolor. La lesbiana resultó ser una buena dama de compañía y la conclusión de Inma, era que tenía que seleccionar la clientela o acabaría con el cerebro destrozado a causa de la sífilis. Quería llevarse al Gitano para el ritual de las nueve. No había prisa, porque la mujerona estaba dispuesta a esperar a que el Gitano estuviera libre. Quizás quisiera dejar de ser lesbiana. Pero el Gitano se mostraba reacio y distante. Le dejó caer a Inma un intento de respuesta negativa, y la bigotuda no dudó en insistir, casi con lágrimas en los ojos. Cuando intenté intervenir en favor de las dos mujeres, me di cuenta de que tenía que haber permanecido calladito. No se de donde me vino el puñetazo, pero fue a parar exactamente entre mi nariz y mi boca. El labio de arriba se me partió por tres sitios cuando chocó con los dientes. La sangre estaba salada. Me tambaleé en la silla y caí de espaldas. Nadie prestó atención, excepto Inma y el Gitano. La muy burra de la mujerona bigotuda, tenía buenos puños. El Gitano aceptó a cambio de que se le subiera el sueldo y la propina, y yo me enjuagué la boca con ginebra. Se marcharon los tres a sus fantasías. Aquella noche no hubieron champiñones, porque la rubia seguía triste y sin dinero. El Gitano tardó dos días en volver, con los bolsillos llenos y doce ramos de claveles.

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Después de esperar al gitano durante dieciocho días, busqué a Verónica para ver si sabía algo de él. No sabía nada. Inma y la bigotuda también lo andaban buscando. Al principio no le di importancia a la ausencia; no era la primera vez que desaparecía sin dejar rastro. Pero lo que me preocupaba era el estado de ánimo en que se encontraba durante los últimos días. Después empecé a tener hambre y dejé de preocuparme. Per al día siguiente robé un periódico de sucesos. Venía en portada.

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Un par de viejos que buscaban setas y querían permanecer en el anonimato, habían encontrado el cuerpo sin vida de un hombre joven, de raza gitana, con las manos completamente quemadas hasta los huesos y del todo desnudo. Junto al cuerpo, los restos de una hoguera en la que se quemaron las ropas y la documentación. El cuerpo estaba tendido sobre el suelo y con los brazos cruzados encima del pecho. El juez ordenó el levantamiento del cadáver y la versión del forense, era la siguiente: el cadáver llevaba ejerciendo de cadáver desde hacía dieciocho días, aproximadamente. El hecho de no presentar ningún síntoma de violencia, así como la ausencia de hematomas, heridas por arma blanca, heridas por arma de fuego, o restos de estupefacientes y barbitúricos, hace suponer que la causa de la muerte fue: suicidio por voluntad. Aunque se creía que este tipo de suicidio era imposible de conseguir, aquí está la excepción que confirma la regla. Después venía un comentario sobre la imposibilidad de obtener la identificación del cadáver por medio de las huellas dactilares, ya que los huesos pelados de las manos no tenían huellas. El artículo acababa decidiendo que se trataba de un pobre infeliz, que pretendía no molestar a nadie con su muerte. La policía pedía a cualquier persona que pudiese facilitar información sobre el caso, que asomase el hocico por la comisaría. También hablaba en tono un poco cínico de que el muerto tenía la cabeza afeitada; como los bonzos. Sin duda era el Gitano. Se fue al monte, como los elefantes se van a su cementerio en las películas, y allí esperó a que le llegase la muerte. Suicidio por voluntad es un nombre raro para una muerte rara.

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Verónica vino a casa llorando, con el periódico en la mano, y acordamos que nunca habíamos conocido a ningún gitano. Si él había decidido morirse para nadie, nosotros no éramos quién para chafarle la guitarra; y menos después de muerto. Yo había tenido tres amigos, más o menos, porque cuatro ya habrían sido "gente", y los tres se habían ido al otro barrio. No creo que nadie fuera al entierro del Gitano; en realidad, creo que ni lo enterraron. Seguramente su cuerpo fue a parar a la Facultad de Medicina, para que los estudiantes pudieran hacer prácticas. En eso, Andrés y la negra tuvieron suerte. 25


La rubia volvió con sus padres, que se negaban a mandarle más dinero hasta que ella lo justificara con las calificaciones de la Facultad de Químicas. Pero la rubia no sabía ni donde estaba la Facultad. El esperpento en la India. Inma y la lesbiana, después de proponérmelo a mí, se buscaron a otro para el ritual de las nueve. Yo no quise aceptar el puesto de mi amigo. Eso que alguien dijo de que "Un hombre se suicidó en defensa propia", me parece de lo más acertado. Por lo menos, mis tres amigos lo hicieron por eso. Andrés se defendía de su propia cobardía, Julieta de algún amor que nunca pudo conocer y el Gitano, de su ego y de su propio remordimiento. Estoy convencido de que ninguno de los tres sabía a ciencia cierta que se estaba defendiendo de algo. Al que más conocí fue al Gitano y es curioso, porque aunque fue mi mejor amigo, yo no sabía ni su nombre. Siempre lo llamaba Gitano. Él tampoco sabía el mío; me llamaba "Enano". De todas formas sólo quedo yo, y únicamente tengo que defenderme de mí mismo. Pero eso siempre ha sido fácil.

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OLOR DE AMIGO.  

Narración libre.