Page 1

“Cometiendo errores.” El sol despertó a Bella muy temprano esa mañana. En su hogar ella ya había estado acostumbrada a despertar todos los días al tocar el alba, lo que no suponía alguna molestia o demasiada dificultad para despertarse. Supuso que eso probablemente se debía a los entrenamientos de Rene, quien entraba a su cuarto y le derramaba agua helada sin contemplaciones para que despertara si es que no la encontraba ya lista. Incluso al recordar, un escalofrío le recorrió la espalda, como si su cuerpo aún pudiera sentir la quemazón del agua colisionar contra la sensible piel que cubría sus huesos. Luego saldría abruptamente de su dulce sopor chillando, eventualmente. No extrañaba demasiado a Rene en ese momento. Salto de la cama, sintiendo como las enormes prendas que Edward le había prestado se holgaban y revoloteaban más allá de la extensión de sus manos y pies, colgándose a sus costados. Se veía increíblemente ridícula y diminuta dentro de esa ropa. Se despabiló estirando los brazos sobre la cabeza y dejando escapar un perezoso bostezo de entre sus labios, antes de pararse frente al espejo de la habitación que Esme le había asignado. Su rostro conservaba aquellas pequeñas porciones blanquecinas típica de un humano luego de unas largas horas de sueño y sus largos cabellos caían por su espalda hechos una maraña. Junto un lienzo y la ropa que Edward le dejo la ayer sobre la mecedora y se dirigió a la puerta, quitándole el seguro – no podría arriesgarse a que nadie entrara por la noche y la descubriera, y la peluca era demasiado molesta para dormir con ella. Abrió la puerta y asomo un poco la cabeza hacia el pasillo. Miro a ambos lados del pasillo, asegurándose de que no hubiera modos en la costa. Comprobó que no había nadie a menos de un kilometro a la redonda por el silencio sepulcral que envolvía la casa. Con un suspiro abandono su morada y correteo hasta el baño caminando por la punta de sus pies, apenas tocando el suelo para evitar causar algún ruido que pudiera llamar la atención. Cerró la puerta con seguro a sus espaldas y dejo la ropa en un lugar seco. Se quito el enorme pijama, lo doblo y lo coloco sobre el canasto. Tendría que volver a usarlo de nuevo esta noche, aunque se viera como un pitufo dentro de ella. Recordó las instrucciones que Edward le había dejado la noche anterior y abrió el agua de la ducha, esperando hasta que se calentara. Un brillo ilumino sus ojos cuando el agua fluyo libremente en cascadas hasta el suelo, junto con una tenue sonrisa. ¡Pero qué cosa más simple! Recordaba que en su casa ella tenía que acarrear baldes con jabón colina abajo, a millas de su casa hasta un pequeño riachuelo, en donde desembocaban las cascadas que provenían de ríos aún más lejanos. Corriendo el peligro de que cualquier persona la viera (aunque lo único que podían observarla por ahí eran los venados) se desnudaba y entraba al riachuelo con los peces. En esa pequeña habitación se le concedía el regalo de la privacidad y agua limpia a tan solo unos pasos de su habitación, ahorrándole toda esa ardua caminata que cansaba su cuerpo y algunas veces, terminaba por volver a hacerla sudar. Metió su cuerpo desnudo bajo el agua caliente y su piel


entera vibró de placer bajo su calor, logrando que sordas carcajadas se le escaparan de entre sus labios, loca de alegría. ¡Qué fácil era bañarse en el futuro! Tomo una barra de jabón de uno de sus costados y comenzó a pasárselo por su cuerpo, dejando que la sofisticada barra aromática acariciara suavemente su piel y la impregnara con su aroma. Pequeñas risitas volvieron a escapar de sus labios cuando paso el jabón en círculos por su estomago, aquello se sentía tan bien. Miro los botes de shampoo a un costado de la ducha. “Primero shampoo luego el acondicionador” le había explicado Edward anoche cuando pregunto. Se mordió el labio nerviosamente y se agacho para ver sus opciones. Había dos botes verdes con la portada presentando el dibujo de una chica sonriente y las letras Sedal como cabecera. Trabajo en su cabello, mientras el dulce aroma iba llenando el ambiente, ella iba estudiando las sensaciones. Se sentía bastante mejor que lavarse con jabón, seguro. Se puso bajo la ducha para enjuagarse y tomo el acondicionador. No tardo mucho en terminar de bañarse. Cuando se agacho a dejar el envase noto uno diferente, uno más pequeño que capto su atención. Lo tomo entre sus manos para examinarlo. Tenía una gran tapa amarilla en forma de círculo que sobresalía y una estampa con el dibujo de una criaturita, un bebé sonriente. “Babydoll hipoalergénico no más lágrimas.” Frunció un poco el ceño. ¿Habría algún bebe en la casa? Recordaba que Edward había mencionado algo sobre conocer a otras dos personas. Bebes. Eso sería tremendamente adorable. Se encogió de hombros. Se seco el cabello y el cuerpo, antes de volver a envolverse con la lona para disimular sus pechos. Observo que olvido traer sus zapatos. Con la toalla en mano, volvió a abrir un poco la puerta y asomar su rostro para asegurarse que nadie estuviera circulando por los pasillos. No lo estaban. ¿Dónde se habrán metido? Se pregunto vagamente mientras iba de puntillas hasta su cuarto. El cuarto de Edward se encontraba al lado del de ella por lo que esperaba por lo menos escuchar algún tipo de sonido de su parte. Probablemente se encontraban todos durmiendo. Entro a su cuarto y volvió a ponerle el seguro, por las dudas. Aún no le convencía demasiado el asunto de ponerse la peluca con su larga cabellera aún mojada. Sería demasiado molesto y luego quedaría con mal olor, y realmente le agradaba el olor a flores que el shampoo dejaba sobre su cabello. Examino el cuarto con la mirada. Estaba técnicamente vacío. Eran solo un par de muebles y su cama, cosas que no le inspiraban demasiado entretenimiento. Y no se sentía lo suficiente aventurera con para salir a explorar el piso de abajo en esa casa, corriendo el riesgo de encontrarse con esas personas que en realidad eran completos desconocidos. De ninguna manera. Termino por tirarse en la cama y cerrar los ojos, que se sentían un poco pesados por madrugar. Antes de que se diera cuenta, se quedo durmiendo, aprovechando que nadie la molestaba.

.-.-.-.-.-.


Unos golpes contantes estaban comenzando a sacarla de quicio. Era como si estuvieran golpeándola directamente a la cabeza y sacudían sus oídos de manera bastante irritante, dándole unas increíbles ganas de morderle algo a alguien. -¿Bell? – llamó una voz, antes de que los molestos sonidos volvieran a oírse. Se removió incómoda en la cama, como si su cuerpo inconscientemente estuviese buscando la manera de sofocar aquellos ruidos. –Bell. –escuchó otra vez, más firme esta vez. Gruño inconscientemente. Su rostro estaba presionado firmemente contra las sábanas, por lo que el sonido fue sofocado rápidamente contra el colchón. –Déjame ya mamá, ya alimente a los cerdos y a la vaca de papá esta mañana… - masculló. El golpeteo se hizo cada vez más insistente, haciendo que Bella se removiera más hasta que finalmente quedo con el rostro apuntando hacia el techo. Sus sentidos comenzaron a encarecerse y confundida comenzó a pestañear repetidamente, despertándose de a poco. Miro ceñuda a la puerta, tratando de comprender que era ese molesto sonido. Tardo unos segundos en que su adormilado cerebro lo captara y se levantara de golpe, mareándose un poco en el proceso. Silencio. -Muy bien Bell, si no me abres en tres segundos, derribare la puerta. – dijo una voz masculina unos minutos después. Aquella afirmación fue suficiente para que la joven saltara en su lugar, se llevo las manos rápidamente a la cabeza. ¡Mi peluca! Pensó, buscando frenéticamente a los lados. -¡Espera, espera! ¡Dame un segundo! – hablo rápidamente, comenzando a correr alrededor de su cama buscando la peluca por los lados, olvidándose incluso de disimular su voz de mujer. Tropezó con sus propios pies del apuro y cayó al suelo en un sonido sordo, golpeándose justo en el rostro. -Ouch. – masculló, girando un poco el rostro. Sus ojos se iluminaron un poco. No sabía cómo, pero su peluca había ido a parar justo debajo la cama. Estiro un brazo y cogió rápidamente su peluca, olvidando momentáneamente su dolor y colocándosela rápidamente sobre la cabeza. Corrió precipitadamente hacia la puerta y abrió jadeante a un Edward que la miraba con una ceja arqueada desde arriba. El aludido la observo un momento desde arriba. Sus cabellos estaban alborotados y despeinados sobre su cabeza, más de lo habitual y sus mejillas estaban sonrojadas de un profundo color carmín. Un lado de su rostro estaba más coloreado que el otro y su color se propagaba hasta el costado de su ojo, y sus pequeños labios estaban entreabiertos, jadeantes. Edward se sorprendió observando fijamente el vaivén de su pecho al respirar y el cálido aliento que salía de entre sus labios, haciéndole ver extrañamente atractivo. Abrió los ojos como plato al revelar sus pensamientos, ¿qué demonios fue eso? Sacudió rápidamente su cabeza, como si aquello fueran pensamientos tan atroces y carentes de significado, que ni siquiera se merecieran ser prestados atención. Carraspeo un poco, más para llamar su propia atención que la de Bell.


-¿Qué estabas haciendo? – preguntó cauteloso, observándola con ojos suspicaces. El rubor en las mejillas de Bella aumento a niveles dramáticos, por un motivo muy diferente al ejercicio reciente. Engroso un poco la voz. –Me quede dormido, ¿qué crees tú que estaba haciendo? -Nada. – dijo lentamente. –Pero te ves bastante extraño… como si hubieses estado haciendo… alguna cosa rara o simplemente… cosas de hombres. –exhaló, arqueando una de sus pobladas cejas. –No es que te critique, amigo. Ciertamente es un alivio, estaba comenzando a preocuparme porque tuvieras un lado femenino bastante desarrollado. El rubor se acentuó aún más en el rostro de Bella, esparciéndose por su cuello hasta llegar a acalorar su pecho. Lo fulmino con la mirada. –Para tu información, estaba durmiendo cuando decidiste que sería divertido aporrear mi puerta para sacarme de aquí. De la sorpresa, me sobresalte y caí de la cama, golpeándome mi rostro en el proceso. – siseó entre dientes. -Eso no es ni la mitad de bueno de lo que yo me estaba imaginando. – sonrió pícaramente, sus ojos relampaguearon de manera hechizante. – Aunque eso explica algunas cosas. -¿Hay algún motivo en especial para esta visita? – refunfuño, cruzando sus cortos brazos sobre su pecho. -Oh si, a Esme le gustaría que bajaras ya, ya es hora del almuerzo. Le gustaría presentarte a mis hermanos. – curvo un poco los labios, dándole una expresión bastante cómica. –Buena suerte con eso. -¿Almuerzo? – repitió, un poco confundida. –Pero apenas era de mañana cuando desperté. Edward se encogió de hombros, y con un movimiento de manos le indico que le siguiera. –Esme considero que sería oportuno dejarte dormir un poco más. De todos modos sería un poco injusto, yo solo llevo media hora levantado. – le sonrió sobre su hombros. Bella le siguió a través de los pasillos y bajo las inmensas escaleras detrás de él. Ciertamente, aún había algo en aquella casa que no podía dejar de sorprenderla. Si bien alguna vez había estado con su madre en alguna casa de familia adinerada como el servicio antes, había montones de cajas extrañas que jamás habían visto sobre los muebles delante del sofá o entre los libros de alguna estantería, y había cierta forma, cierto decorado que estaba segura que mantendría bastante ocupada a las mujeres más chismosas de la sociedad. Pero todo era ciertamente… hermoso. Sí es que esa era la palabra. Todo aquel revoltijo de confusión que amenazaba a su cordura era dolorosamente hermoso. Quizás no fuera tan malo estar en el futuro después de todo. Se detuvo en seco y sacudió la cabeza por tener esos desconcertantes pensamientos. Debía encontrar a un hechicero, de preferencia rápido. No habría ninguna cosa que anhelara más que volver a casa con su mamá para acostarse junto a ella en la hamaca del patio a jugar, mientras esperaban que su padre volviera de


un arduo día de trabajo, a veces con alguna oveja nueva, otras con leche recién ordeñada. Era todo lo que deseaba. Sin embargo, los ojos de la perspicaz joven habían captado cosas que jamás se había encontrado en ningún otro lugar en su vida, y aquello era una tentación a su curiosidad. ¿Sería posible que el misterio de un tiempo desconocido, de personas con manías que jamás había visto antes un deseo de retención para Bella en aquel lugar? No, se respondió ella, aunque su voz mental carecía de la seguridad que ella habría deseado. Edward se detuvo frente a un gran arco, aunque este carecía de puertas. Hizo una exagerada reverencia con su cabeza y con una mano le indico que pasa primero, sacándola de su ensoñación. Ignorando el escozor de nervios que sentía en la boca del estómago y obviando aquella sonrisa típica bailoteando en la comisura de los labios del muchacho (que obviamente, no podría presagiar nada bueno) se hizo acopio de valor y avanzo con paso decidido hacia el comedor. Se detuvo en seco cuando ingreso al lugar, y enseguida su valor se lanzó por la ventana, en busca de personas que no estuvieran a punto de hacerse en los pantalones o por lo menos con menos capacidad de sorprenderse. Gimió imperceptiblemente. Se iba a volver loca, era un hecho. No estaba segura que sería lo que la derribara primero. O los complicados artefactos y cajas que rodeaban el comedor, volando infinitamente más allá de su comprensión o si lo harían el par de ojos observándola expectante en ese momento. Su mirada se poso en la mirada caoba de un hombre como reflejo. Si no era miedo lo que sintió en ese momento, debía admitir que estaba ciertamente intimidada. Era uno de los hombres más grandes que había visto en su vida, no tanto como el príncipe Jacob, pero a falta de costumbre a su presencia, Bella sintió que su estómago caía hasta el suelo. La observaba cauteloso, con una mueca inquisitiva en la comisura de sus labios. Su piel era pálida como la de Edward y la forma de sus labios bastante parecida, observo. Sus ojos también eran grandes, pero a diferencia de éste, eran de un claro color caoba. Su cabello era azabache, poblado de cortos y ordenados rizos. Era un hombre corpulento, de contextura más ancha y un poco más alto que Edward. De pronto, sus ojos se iluminaron con una chispa de comprensión y sus labios se curvaron en una sonrisa que sobresalto los hoyuelos de su rostro, mandando al demonio el aspecto intimidante de su cuerpo. -Tu debe ser Bell. – dijo con voz gruesa y estruendosa, pero con una chispa de simpatía. – Esme nos hablo bastante de ti ayer. Yo soy Emmet y esta es mi hermanita, Alice. Los ojos de Bella se posaron en la criaturita a su lado y su corazón dio un brinco. Su cabello era del mismo tono que el de su hermano, corto como nunca había visto en una jovencita antes dándole un aspecto de una duendecilla. Sus ojos idénticos a los de Edward la observaban con una inocencia infantil y un calor que enternecería a cualquiera, con sus mejillas sonrosadas y una carita de querubín. Podría conseguir lo que quisiera con esos ojitos, pensó Bella, seguro. Probablemente fuera la nena de papi.


-Mucho gusto, un placer conocerlos. – saludo educadamente, con un asentimiento y una leve reverencia. -Edward me ha hablado un poco de ustedes. – lo observo de reojo, quién arqueo una ceja. Los ojos de Alice relampaguearon un poco, una encantadora sonrisa estiro las comisuras de sus labios. -¿Viste Emmet? ¡Es todo un caballero como Edward! Y no parece un bebé como mamá dice que eres cuando te pones pesado. ¿Viste que lindos son sus ojos? ¡Oh Bell! – botó de su asiento, bailoteando grácilmente hasta donde Bella revelando su pequeña contextura de duendecillo. Una de sus manitas agarro la tela de su pantalón y estiro de él para llamar su atención. -¿Puedo ser tu princesa? – pregunto tiernamente. Los ojos de Bella se abrieron como platos. -¡Ay mi vida! Por supuesto que puedes ser lo que quieras. – habló antes de que se diera cuenta. Un sonrojo cubrió sus mejillas. La pequeña sonrió pícaramente, muy parecida a Edward notó Bella. Estiro sus bracitos hacia ella. – Cárgame. – la pidió. A Bella le sorprendió aún más aquella osada petición, preguntándose si eso le molestaría a alguno de sus hermanos. Miro de reojo a Emmet y luego a Edward, que la observaba con la boca abierta de la sorpresa, sin embargo, su cara entera destellaba de diversión. Le hizo un gesto con su mano, indicándole que se animara. Aún más sorprendida que antes, Bella tomó a la pequeña Alice entre sus brazos y la acuno contra su pecho, mientras ella la observaba complacida. -Dime Alice, ¿cuántos años tienes? -Así. – dijo ella, alzando cuatro deditos en cada mano. -Ocho. – contó. -Sí. – asintió ella, satisfecha con su explicación. -Bien Alice. – la interrumpió Edward. – Alejémoste de Bell antes de que corrompas su voluntad con tu pequeña y demoniaca mente. Alice le saco la lengua, mientras Edward estiraba sus brazos y la cargaba lejos de Bella. -Déjame en paz, Edward tonto. ¡No me alejes de mi príncipe! Edward puso los ojos en blanco, pero en seguida compuso un dramático puchero en sus labios. Bella reprimió una sonrisa. – Creí que yo era tu príncipe. – se quejó con un gimoteó. -Ohm. – se quejo Alice, con una sonrisa entre divertido y cómplice. – Claro que eres mi príncipe, pero Bell es mi otro príncipe. – dijo, como si fuera lo más obvio del mundo. -¡Oye! ¿Y yo que soy? – se quejo Emmet. -Un bebé. – rió musicalmente ante la mueca abatida de su hermano.


Unos minutos más tarde Esme atravesó la cocina con una sonrisa de disculpa en los labios. Vestía muy parecido al día de ayer, pero más desabrigada esta vez. -Lo siento niños, me entretuve hablando con teléfono con su padre. Me dijo que no podría venir a almorzar porque había demasiado trabajo en el hospital y… - sus pies se enredaron con sus tacones y sin querer, tropezó y cayó al suelo. O al menos esa fue la intención, cuando su cuerpo iba a impactar justo al lado del de Bella y la joven extendió sus manos instintivamente, casi por inercia. Esme se sostuvo del pequeño cuerpo de Bella y cayó dentro de sus brazos, ocasionando que el cuerpo de Bella se tambaleara un poco, pero logro sostenerse a tiempo. Si no fuera por la vergüenza del momento, se aplaudiría. Probablemente ese haya sido el acto más grácil de toda su vida. -Oh, gracias Bell. – suspiro Esme, regalándole una hermosa sonrisa. – Eres todo un caballero. – se inclino a darle un beso en la mejilla, ocasionando que su rostro se prendiera en llamas. -Oh vamos, ¿y yo que pinto aquí? Muy bien, démosle todos amor al chico nuevo y olvidémonos del gran oso. No importa. Solo mi Rose me comprende, probablemente me vaya a vivir con ella… -Ya basta Emmet, sabes que te quiero. – le contesto con dulzura. – Y si te aparecieras con esas intenciones en la casa de Rosalie los señores Hall soltarían a los perros, si es que Miriam no te alcanza antes con la escoba. Puso los ojos en blanco. – Mi suegra me ama, madre. -Aún estas a tiempo de salir corriendo. – le susurró una voz en su oído, ocasionando que saltara sobresaltada, sorprendida por su cercanía y del efecto que surgía de su cálido aliento impactando contra su piel. Lo miro con fingida exasperación. – Estoy bien. ¿Qué almorzaremos? -Strogonofh de pollo con ensalada rusa y coliflor. – arrugo un poco la nariz. -Oh. – dijo, aún un poco idiotizada por el efecto de su cercanía. -¿Y qué demonios es un strogonofth? .-.-.-.-.-.-. Bella paseaba distraídamente por los pasillos, buscando algún tipo de entretención en algún lado. Edward no estaba en casa porque se había ido a la universidad, es decir, a completar sus estudios para obtener una carrera y ser alguien en la vida. Quería ser un médico. Bella puso los ojos en blanco, sabía perfectamente lo que era una universidad, solo que de donde viene no se le llamaba de esa manera. No le desagradaba la idea de que Edward quisiera realizar sus sueños, pero le incomodaba el hecho de que quedaba prácticamente sola en la casa.


Un tatarareo le llamo la atención. Siguió caminando por el pasillo hasta que descubrió la puerta de donde provenía aquel dulce sonido. Estaba un poco entreabierta, por lo que dejaba un espacio visible que dejaba ver una parte de un espejo. Presa de la curiosidad, Bella asomo un poco la cabeza para descubrir que reflejaba el espejo. Era el baño, comprobó y esa era Esme. Se estaba bañando en una bañera, cubierta de espumas y tarareando una dulce canción. Azorada, el calor subió a las mejillas de Bella al darse cuenta de lo que estaba haciendo. ¡Oh Dios! ¿Desde cuándo se le daba eso de espiar mujeres mientras se bañaban? Debería estar loca. Ni siquiera una mujer del futuro le pondría a hacer tales cosas. Completamente avergonzada, estaba dispuesta a dar media vuelta y salir de ahí cuando vio algo que la dejo perpleja, clavada en su lugar. Esme se inclino hacia adelante, hacia un estante que estaba por la pared y de una caja transparente saco un elemento algo extraño, algo que Bella no había visto antes. Levanto una de sus blancas piernas mojadas por el agua y apoyo en el borde de la bañera. Se inclino y sin dejar de cantar, comenzó a pasar el pequeño artefacto por su pierna. ¿Qué estaba haciendo? Frunciendo el ceño, Bella se acerco más, observando fijamente el espejo. Se pasaba el artefacto por todo lo largo de su pierna, hasta su rodilla, para luego volver a repetir la acción. Noto que cada vez que se lo pasaba, había un cambio notable en ella. Frunció aún más el ceño, y se mordió el labio pensativa, asimilando lo que sus ojos veían. ¿Se estaba…sacando los…pelitos? ¿Era eso? ¿Por qué? Se pregunto, pero deduzco una respuesta al seguir observando. Esme siguió con su trabajo hasta que pronto, no quedaron más vellos en su piel cremosa. Se veía fantástico. Bella bajo la mirada hasta su propia pierna y alzando un poco la tela de su pantalón observo su piel cubierta de vellos. Sí, se veía fantástica en comparación a ella. De pronto, se sintió increíblemente fea. ¿Sería algo normal para las mujeres del futuro practicar eso? ¿Se trataría de algún truco de belleza, como lo era delinearse las cejas o ponerse rellenos en los vestidos como en su época? Probablemente también harían esa clase de cosas para verse más bonitas para sus hombres. ¿Se vería más bonita ella si tuviera las piernas sedosas y cremosas libres de vellos? A Esme parecía funcionarle bastante… -Ey tú, ¿qué demonios estás haciendo? – preguntó una voz iracunda. Sobresaltada, se giro hacia esa voz descubriendo a un Edward fulminándole con la mirada a su espalda. Estaba increíblemente guapo con esa camisa marrón y su pantalón elegante negro, con sus libros bajo un brazo y su bolsón colgando de su hombro. Se obligo de salirse de su ensoñación para concentrarse en la situación. Edward parecía estar lanzándole dagas por los ojos, mientras sus mejillas se coloreaban un poco. Bella miro hacia abajo, específicamente a su ropa y luego se fijo en la puerta entreabierta, analizando el modo en el que Edward estaría viendo la situación en ese momento. Se detuvo en seco Oh, santa mier… cuernos.


Abrió los ojos como plato, sintiendo su piel arder. Se habría de ver ridícula, o ridículo mejor dicho, colorado como un tomate. –Oh no, no, no, Edward, tú no entiendes, no es lo que piensas… -¿Ah no? Entonces, ¿qué demonios estabas haciendo? – siseó, arqueando una de sus cejas. Estaba furioso, lo sabía, pero sus labios se curvaban con notable diversión. De seguro que en otra situación, se estaría matando a carcajadas. Lástima que la situación no fuera de otra manera y que no estuviera a punto de matarla de una manera bastante diferente. Comenzó a aterrarse cuando Edward dejo sus libros a un lado y comenzó a acercarse lentamente hacia ella, como si la estuviera acechando… -Escucha, yo solo escuche a alguien cantar y sentí curiosidad, pero entonces vi el espejo y sus vellitos… y luego saco ese extraño aparatito y y-yo… -¿Qué? – preguntó, curvando su expresión como si le estuviera hablando en chino. -Eh bueno… verás… Fue una reacción instantánea, un impulso que no pudo controlar. Cuando las palabras abandonaron sus labios, sus pies automáticamente se movieron en la dirección contraria y comenzó a correr estrepitosamente hacia las escaleras. No tardo en oír un sonido muy parecido a sus espaldas, por lo que deduzco que Edward la estaba siguiendo y probablemente, no tardaría demasiado en alcanzarla. Gracias a Dios que no era lenta. Bajo las escaleras casi llorando de felicidad por no haberse tropezado y caído en ningún momento y avanzo por las escaleras, rumbo a la puerta. Emmet estaba silbando despreocupadamente en el sofá de la sala, con una revista en sus manos, cuando escucho el sonido y alzo la vista desinteresadamente hacia Bella. Se precipito a la puerta rápidamente antes de que el grandulón pudiera asimilarlo y salió disparada hacia el patio, apenas oyendo el grito de Edward a sus espaldas. -¡Atrápalo! Emmet no dudo ni un segundo. Confiaba en el juicio de su hermano y si este estaba tan sobresaltado, debía haber un muy buen motivo. Bella gimió bajito y acelero un poco el ritmo cuando vio a Emmet salir por la puerta detrás de ella, ignorando los ladridos de Tanya. La perra estaba amarrada en su casita y probablemente le despertaron con el sonido de su persecución. -Eh chico, ¡espera! – grito Emmet a sus espaldas. Ni de joda… pensó Bella, olvidando por completo la vergüenza ante su falta de decoro. Realmente no quería saber lo que Emmet le haría si llegara a atraparla y sinceramente, no quería quedarse a averiguarlo. Escuchaba sus pasos agigantados a su espalda y el miedo empezó a aflorar en la boca de su estomago, propagándose rápidamente a través de sus venas, poniendo alerta sus sentidos. Estaba


llegando cerca de la cerca que separaba la casa de ellos con la de sus vecinos, cuando de pronto, sintió el calor del cuerpo de Emmet a su espalda y la presión del viento golpear bruscamente su cabeza. Sintió un poco de dolor en su cuero cabelludo, seguido de una ligera presión en su espalda, como el toque de una pluma. Paro su marcha instantáneamente y se llevo las manos a su cabello, sintiendo plano en lugar de una protuberancia desordenada. Oh, santa mier… cuernos, otra vez. Horrorizada, se giro hacia Emmet para ver como éste la observaba como si de pronto, ésta fuera de Marte. Sus ojos estaban abiertos como plato al igual que sus labios y en una de sus manos sostenía la peluca, congelada en el aire. Sus ojos se enfocaron en Bella y de pronto, exhalo todo el aire de golpe. -¡Eres una chica! -Shhh, - exclamo. – Oh Dios, oh Dios Emmet por lo que más quieras, no se lo digas a nadie. -¡Pero eres una chica! -¡Lo sé! ¡Deja de gritar! – siseó, arrebatándole la peluca de un movimiento brusco. -P-pero ¿cómo?... ¿cuándo?… ¿dónde?... ¡Eres una chica! – repitió, ofuscado. Bella lo fulmino con la mirada, como retándole a que repitiera eso una vez más. -Está bien, lo siento, lo siento. ¿Pero te das cuenta? Tienes muchas cosas que explicar aquí. – arqueo una de sus cejas. -¿Por qué eres una chica? No, no, eso fue estúpido. Déjame replantearlo. ¿Por qué demonios eres una chica vestida de hombre? -Es algo complicado. – se inquieto. – Mira, cúbreme ahora. Solo ahora. Te prometo que después te explico todo lo que quieras pero te lo suplico… no me delates… - suplicó, mordiéndose el labio para retener las lágrimas que se asomaban en la comisura de sus ojos. Emmet puso una expresión de dolor, como si se encontrara terriblemente dividido por dentro. A Bella le tembló un poco el labio, terminándolo por desarmarlo. Suspiro exasperadamente y tiro sus brazos al aire, poniendo los ojos en blanco. –Está bien, está bien. Demonios, terminare pagándola caro por esto…. – se giro hacia Bella y le regalo una sonrisa cómplice. –Yo te cubro, pequeña. Esto será divertido. Ponte esa peluca, ¿cuál es tu verdadero nombre? -Bella. – confesó, un poco azorada. -Oh, con razón. Ya decía yo que Bell era un nombre un poco afeminado. A una esquina, Edward doblo trotando y se acerco hacia ellos, por lo que Bella se apresuro a ponerse la peluca.

Cap 4 - NL  

Siglo XX. Un hechizo envía a Bella a tierras desconocidas, a un nuevo mundo... y a un chico de ojos esmeraldas. ¿Podrá adecuarse a su nuevo...

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you