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"No escribimos porque queremos, escribimos porque tenemos que hacerlo." -W.Somerset.Morgan

Prólogo “La paradoja de una etiqueta”. Siglo XVIII. Año 1710 El viento se sentía más cálido esa mañana. Los pastos estaban teñidos transparentes del dulce rocío que la lluvia dejo como cortesía la noche pasada. Incluso las rosas se veían más rojas. Las margaritas y las dalias deslumbraban el bien cuidado jardín de los Swan, una humilde familia que residía el campesinado en lo más humilde de las montañas, en donde era abundante el ganado caprino, vacuno y la agricultura. La puerta de la pequeña choza se abrió, y en el sencillo pórtico una joven de cabellos castaños hizo su aparición, embelleciendo imposiblemente el entorno que la rodeaba. Era conocida como Bella, por su gran belleza y carisma, bendecida por poseer la sencillez de una blanca orquídea. La dulce campesina bajó corriendo las escaleras de su pórtico al oír el característico sonido de los caballos y el carruaje, y dejó tirada la canasta que tenía en la mano en medio del camino. La dulce castaña rozaba la edad de sus tiernos 17, edad suficiente para que una bella jovencita conceda su mano en matrimonio. Sin embargo, su calidad de vida la encerraba en el status social de los pastores, como una joven paloma a la que habían usurpado su libertad con los barrotes del decoro y la etiqueta. Pero la señorita Isabella Swan no era conformista. Era una jovencita revolucionaria, que cuando encontraba algo luchaba por lo que quería. Aunque eso en sus días no era suficiente. Quizás, en otra época futura aquello fuera más comprensible… El ostentoso carruaje y los caballos se detuvieron a escasos centímetros de la joven castaña, donde varios guardias saltaron de sus lugares y corrieron como potros desbocados para colocarse en dos líneas notoriamente ensayadas, para proteger y anunciar la entrada de su señor. Dos hombrecitos con simpáticos trajes sacaron sus cornetas y anunciaron la entrada del príncipe con la canción de apertura real. -El príncipe Jacob Black. – anunció uno con voz solemne.


Las puertas del carruaje se abrieron casi al mismo tiempo que termino de hablar y una gran figura cobriza hizo su aparición. Era alto y musculoso, con una penetrante mirada negra, de buen porte, y largos cabellos de un tono marrón oscuro. Vestido de las más elegantes prendas de todo el reino, el príncipe bajo soberbio y seguro, y con su andar tan grácil y despreocupado caminó hasta que su cuerpo estuvo parado a escasos centímetros de la dulce Bella. Con un movimiento de mano, todos sus súbditos volvieron a salir corriendo como alma en pena y en casi nulos segundos, estuvieron fuera de vista. Jacob le regaló una sonrisa ladina a nuestra campesina, y con un suave movimiento se llevó su mano hasta sus labios. -Mi amada Bella, me temo que os vengo aquí con malas noticias. – murmuro el príncipe Jacob, cambiando su semblante en cuestión de segundos a uno más preocupado. El rostro de Bella palideció, cuando sus peores temores pasaron en fila por su cabeza, como un revoltijo de emociones e ideas. -¿Qué ha ocurrido, mi príncipe? – dijo ella, con voz temblorosa. El príncipe Jacob se quedó callado un momento, como si estuviera buscando ponerle una pausa dramática al ambiente. -Tu señora, la reina de Inglaterra se ha enterado de lo nuestro. ¡Bang!, ahí estaba. El peor de los temores que se le pudieron haber ocurrido a la perspicaz castaña, el más indeseable y el más temible de todos se estaba por hacer realidad. Y aquella noticia, le había caído como una bomba sobre hombros. -¿Cómo dices, mi príncipe? – balbuceó. -Tu reina no está nada contenta, mi dulce Bella. Os sugiero que reconsideres la oferta que te he planteado en nuestro último encuentro. Los colores subieron al rostro de la castaña, arrebolándose en sus mejillas por motivos que nada que ver tenían con la vergüenza o el decoro. -Yo no puedo aceptar eso, Jacob. Me niego a tener que vivir como tu amante cuando tú cumples con tus obligaciones y tomas a otra mujer como esposa en mis narices, para que solo te acuerdes de mí cuando tengas un problema entre tus pantalones. Me merezco más que eso. Mi virtud será guardada solo para mí esposo. – exclamó ella en un ataque de coraje, olvidándose por un momento de todas las formalidades y el respeto por su señor. El príncipe Jacob permaneció inmutable. – Es una lástima que pienses así, campesina. Te recuerdo que en tu posición, calentar mi lecho es lo máximo a lo que puedes aspirar. Mi reina también está de acuerdo con eso. Más que eso, no te puedo dar.


-Creí que me amabas. – casi se ahogo. -Y lo hago claramente – se mostró indignado – Es por eso que estoy ofreciendo esto. Te estoy ofreciendo una oportunidad para salvarte, y tú la arrojas a la basura sin contemplaciones ¡niña sin vergüenza! Los ojos de Bella se anegaron de lágrimas, pero se las tragó una por una con orgullo. Estaba claro para ella que por la vida que llevaba, sería un pecado pensar que el príncipe Jacob Black, el gran amor de su vida, podría contraer matrimonio con ella. Pero ella no podía conformarse con su lecho. No, ella aspiraba a algo más. Ella soñaba con una gran boda, con un largo vestido blanco, con pasteles, con su gran príncipe azul esperándola en el altar y con el gran corcel que los llevaría cabalgando al amanecer. O por lo menos su príncipe verde, ya que dicen que el azul no existe. Estaba claro que era una niña soñadora. Pero como toda princesa en un cuento de hadas, ella solo añoraba su final feliz. Y pelearía por alcanzarlo. -Lo siento, mi príncipe. Pero me temo que tendré que atenderme a las consecuencias. – declaró ella orgullosa, con la barbilla en alto. El semblante del príncipe Jacob pasó a la tristeza por un segundo, pero fue tan breve, que Bella no llegó a distinguirlo. Acarició suavemente la piel de porcelana de su mejilla como si se tratara de más fino cristal, admirando su belleza natural como si se tratara de un ciego que ve la luz del sol por primera vez. Ella no usaba enormes faldones ni rellenos, ni jaulas metálicas bajo sus vestidos para darle más forma. Ella no usaba kilos sobre kilos de maquillajes ni esos horribles peluquines blancos con sin fin de adornos y moños, como las muchachas de la corte. Como las princesas. Como las muchachas dignas de un príncipe. Pero era mucho más hermosa que todas y cada una de ellas, y poseía más personalidad que todas juntas en su dedo meñique. No poder hacerla suya, le angustiaba terriblemente. -¿Cómo es que tu madre nos descubrió? – susurró ella, sacándolo de su ensimismamiento. Jacob desvió la vista hacia el horizonte, pensativo. – Le he dicho que quiero renunciar al trono. Como supondrás claro, hizo un escándalo y me obligó a darle mi motivo. La castaña abrió los ojos como platos, pero cualquier contestación que pudo haber dicho murió en sus labios… ya que el sonido de otro carruaje en camino interrumpió sus réplicas. La cabeza de la castaña se giró en forma automática en dirección al bullicio, con el terror plantado en cada facción de su rostro. Por un momento casi jura ver una luz brillar más fuerte en el cielo. ¿Será que ya me ha llegado la hora? Se preguntó.


A diferencia del último, los caballos y las ruedas del carruaje retumbaban por las colinas causando mayor revuelo entre los aldeanos, que entraban corriendo hacia el pórtico a refugiar al visitante de su presencia. Hasta las rosas se inclinaron en su presencia. Dicen que cuando estás a punto de enfrentarte a tu destino, pareciera que todo pasaba en cámara lenta. Para Bella, en ese momento, todo parecía pasar tan fugaz como un rayo. En menos de un respiro, el enorme carruaje estuvo parado frente a la chocita de la campesina, en menos de un respiro, los caballos se posicionaron en dos líneas protectoras a los laterales del carruaje con sus jinetes con sus armas en alto, incluso el príncipe Jacob se aparto del lado de Bella para posicionarse en lugar lejano a su madre. El príncipe escogió un carruaje sencillo en comparación al de su Reina, cuatro veces su tamaño y su elegancia. Incluso la cantidad de sus caballos era mayor. Seis cornetas sonaron antes de anunciar a su señora. -La Reina Rachel Black V – anunció su plebeyo, con voz casi aburrida en comparación. Con el corazón en un puño, Bella observó como tres plebeyos le abrían las puertas y extendían sus brazos para ayudar a bajar a su señora. Una imponente mujer de piel cobriza y enormes faldas más finas de lo que alguna vez Bella soñó con ver, bajó del carruaje, imponiendo respeto con su sola mirada. Sus orbes oscuros se fijaron al instante en la delicada figura de Bella, regalándole la más gélida de sus miradas. Alzó su barbilla hacia de ella de forma despectiva. – Pero mira nada más que tenemos que aquí. Ni siquiera una inclinación, ¿así os mostráis respeto a tu señora? – dijo altanera. Bella se sonrojo violentamente al notar su falta y de forma torpe inclino la cabeza y amago doblar la rodilla, pero su voz nuevamente la detuvo. -Déjalo ya niña, tarde, tarde… - chasqueó la lengua – Esto es peor de lo que pensaba. Te daré una última oportunidad, plebeya para que veas lo misericordiosa que es tú Señora. Acepta tu puesto como la simple amante de mi hijo, o enfrenta las consecuencias. Bella elevó su barbilla en alto con orgullo. –Merezco más que eso. – fue breve y concisa. La llama ardiente de la ira destelló en las pupilas ennegrecidas de la reina. -¡Pero qué descarada! ¿Una pequeña sin vergüenza que osa decir que merece más que siquiera posar sus ojos sobre mi encanto de hijo? Pero que… -¡Hija, hija! – exclamó su madre, interrumpiendo cualquier posible contestación.


Salió corriendo del pórtico y se dirigió en dirección a su hija, posicionándose frente a ella como si fuera una leona protegiendo a su crío. Se inclino ante Su Majestad para mostrar respeto, pero luego volvió a la misma posición anterior. -Hija, ¿qué está pasando aquí? – susurró René en voz baja, dándole una mirada de refilón. -Su hija ha osado con desafiar mi autoridad – contestó la reina. – Y merece ser castigada. René perdió todo el color de su rostro. -No puede matarla. – dijo con voz ahogada. La reina hizo una mueca despectiva. – No pienso mancharme las manos con tan poca cosa. Este es mi pueblo y mi palabra es la autoridad. No me incumbe algo tan insignificante como el comienzo o el fin de vidas inútiles. Pero atentar contra el trono de mi hijo… ¡eso sí que me interesa! Bella tembló levemente en su lugar, tratando de hacer caso omiso a la altanería de aquella mujer, que se clavaba como dagas en su pecho. Se aferró al brazo de su madre para ganar fortaleza. -¿Qué piensa hacerme? – susurró temerosa. - ¿Cuál será mi castigo? -El exilio. – sentenció con mirada oscura y una voz dramática. Y se vino, tan claro y rotundo para la joven castaña. Dos simples palabras que marcarían un antes y un después en su destino. El castigo tan temido, pero a la vez tan esperado. Ella supo en donde se metía desde el primer momento en que el príncipe Jacob le dirigió la palabra. Y aun así osó conocerlo. Aun así osó amarlo. Quizás nunca fue lo suficientemente fuerte para alejarse de él porque en el fondo, muy en el fondo guardaba la secreta esperanza de que lo suyo algún día podría ser, como en los típicos cuentos en el que el príncipe encantado salvaba a su dulce plebeya de las garras de la bruja malvada, se casaban en algún bosque y luego cabalgaban juntos al amanecer. Que estúpida había sido. Pero había sido estúpidamente soñadora, y encima estaba enamorada. -¡Patroclo! ¡Patroclo! ¡Tráeme el bastón! – gritó la grandísima su majestad sacándola de su ensoñación. – Espero que tengas un par de enaguas a mano muchachita, porque te voy a mandar muy lejos. Oh no, pensó Bella. ¿Y ahora que voy a hacer? René se giró hacia su hija con ojos aguados y una mueca de preocupación deformando su bello rostro. Era la viva imagen del desconsuelo. Esa afirmación solo logró alimentar la preocupación de la joven castaña.


-Cuando te de la señal, vas entrar y vas a coger una bolsa de lona. Quiero que cargues tus vestidos y todo el alimento que puedas cargas, ¿entendiste bebé?... también quiero que cargues tus disfraces. – dijo con voz estrangulada, haciendo alusión a lo último. Bella abrió mucho los ojos, pero movió la cabeza afirmativamente. René se giro hacia la reina disimuladamente, que en ese momento les estaba dando la espalda a las dos mujeres. – ¡Patroclo! ¡Patroclo! ¿Dónde demonios metiste mi bastón? ¡Busca bien! ¡Jesús! ¡Qué difícil es encontrar buena servidumbre hoy en día! -Ahora. – susurró René, empujándola para dar mayor énfasis. Bella se quedó helada unos segundos, pero después de unos cuantos empujones desesperados de René salió disparado en dirección a su casa como si la persiguiera el mismísimo diablo. Se tropezó por todos los muebles habidos y por haber en la sala camino a su cuarto, que aunque no eran muchos, lograron dejarla coja el resto de su camino. Por primera vez odio la disposición en la que ella misma había colocado esos esas mesas y butacas. Logró llegar hasta el pequeño cajón en donde guardaba su ropa, sacó tres de sus vestidos más resguardados y luego buscó las camisas y los pantalones de montar de hombre. Encontró su inseparable peluca color café entre su ropa que era la perfecta imitación de la corta melena de un hombre y lo guardo también, recordando lo que su madre le dijo acerca de sus disfraces. Sin que pudiera evitarlo, un torrente de recuerdos la invadió… Por casualidades de la vida, ese día ella bajó al mercado vestida de mujer. Ella solía escuchar historias funestas acerca de chicas que siendo vírgenes bajaban en busca de momentos de placer y volvían sucias, inutilizadas para el matrimonio. Otras inclusas eran tomadas por hombres sucios y callejeros, lejos de tener cualquier requinto de honor y las tomaban en contra de su voluntad. ¡Ella no podía correr ese riesgo!. Ella quería ser alguien especial, ella quería guardar su dignidad e inocencia solamente para entregárselo al hombre que ella amara en la noche de su matrimonio. Una mañana en el establo estaba barriendo la paja y los pelos caídos de los animales que dormían ahí, fue cuando se le ocurrió. La idea vino a ella, y fue como si hubiera visto la luz… Ese mismo día robó prendas de su padre y junto en el establo los pelos de varias vacas, y un par de caballos. Cogió un pedazo de tela y con una buena cantidad de vaselina, armó su peluca. El caballo tenía el pelaje castaño como el chocolate y las vacas eran de esas con el pelaje tan claro como la miel. Así que quedo una interesante mezcla de reflejos castaños en la peluca, pero por fortuna, no era lo suficientemente extraño para levantar sospecha. Tijeras y una aguja sumados a un arduo trabajo de una noche logró achicar las prendas de su padre el tamaño suficiente para que quedara aceptable sobre ella. Pero por alguna coincidencia de la vida, ese día había estado demasiado apresurada para tener tiempo de cambiarse y se vio obligada a bajar corriendo al mercado, vestida como estaba. Y como si fuera poca coincidencia los acontecimientos anteriores, ese mismo día había sido el día en que el príncipe Jacob había bajado vestido de plebeyo, buscando un poco de descanso de su vida real y de los enormes muros del castillo.


Bella cerró los ojos al recordar ese día. Lo que en algún momento considero su mayor bendición y fantasía, en este momento solo sentía dagas clavarse justo en su pecho, en donde debería estar su corazón. Si bien debía admitir que todo había surgido muy lindo y había sido casi como amor a primera vista, si se ponía a pensar con claridad la cantidad de momentos bellos vividos eran dramáticamente superados por los desastres y los problemas. Tal vez ellos dos no habían nacido para estar juntos después de todo. No, se dijo a sí misma. Ella lucharía. Ella defendería todo en lo que creía y les demostraría a todos. Se dirigió a la cocina a toda la velocidad que sus pies le permitían y saco de la alacena dos pedazos de pan, manteca, dulce, tomó una cantimplora y la llenó hasta el tope de los baldes de agua que tenían en la cocina y lo guardo en la lona. Tomo una amplia respiración cuando estuvo frente a la puerta, y en un acto de valentía empujo las puertas y salio al encuentro con su destino, antes de que su determinación flaqueara. René estaba teniendo una acalorada discusión con la reina, quién portaba en una de sus manos un bastón largo y dorado con diamantes de extrañan figuras envolventes alrededor. Abrió los ojos en par asustada y salió al encuentro de su madre antes de que cometiera una estupidez y terminara desterrada como ella. -¡Madre! Ya tengo todo listo… - suspiro. Su madre se giro hacia ella con el alma en los ojos. Tenía un par de lágrimas que se negaba a soltar asomándose por la comisura de sus ojos. -Ay, mi bebé. – sollozó, lanzándose al cuello de Bella para apretarse contra su diminuto cuerpo. -Tranquila madre, voy a estar bien. No es tan malo… todo va a estar bien. Todo va a estar bien, se repitió a ella misma. Pensó que quizás si se repitiera lo mismo incansablemente, en algún momento terminaría creyéndose su propia mentira. Tampoco era como si ella disfrutara de ver sufrir a su madre por una cosa que era solo suya, que no debería perturbarle. Todo va a estar bien… -No bebé, nada va a estar bien ¿no lo entiendes? ¡No puede ser! – balbuceo entre sollozos. -Madre, tendrás que calmarte un poco, porque no entiendo nada lo que dices. -Ya es suficiente. – interrumpió una voz diferente. – Patroclo, prepara el hechizo. -¿Hechizo? – dijo Bella medio atontada, manifestando sus pensamientos. - ¿De qué estás hablando?


-¡No tienes derecho! ¡Es mi bebé! – siguió sollozando René, desconsolada. -Pavadas. -Necesito que me entregué el bastón encantado, mi grandísima su majestad. -Proceda. Un hombrecito de no más de metro cincuenta se acercó a Bella, parándose frente a ella con su gris mirada evaluadora. Su cabello era de un castaño grisáceo y portaba con una simpática joroba, como en los cuentos de brujas que su madre le contaba de niña. Le dedicó una sonrisa que resalto las arrugas que se acurrucaban celosamente bajo sus ojos y mostraba todos sus dientes, alzando el bastón imponente. Un extraño murmullo comenzó a salir de sus labios mientras agitaba el bastón frente a ella, y con un bailecito parecido al de la lluvia, comenzó a moverse en un pequeño círculo que la rodeaba sin escapatoria. Bella no supo si reírse o llorar cuando vio pequeños humitos púrpuras escaparse de su trasero. -¡Bella! – chilló su madre, corriendo hacia ella. Sacó un collar que escondía bajo su vestido de su cuello y se lo colocó. –Bella, mi amor, quiero que uses este collar y lo cuides muy bien, ¿me entiendes? No permitas por nada del mundo que se pierda. Cuídalo con tu vida… -Mamá, no entiendo nada. – contestó con ojos aguados. -Vas a buscar a un hechicero a donde vayas y vas a mostrarle el collar ¿entiendes? El collar es un portal, pertenecía a tu abuela Marie, la única entre los Swan que dominó completamente la hechicería. Esto es tu portal de vuelta, cariño, no lo olvides. – habló en un susurro desesperado. -¿En donde la envío, su majestad? -Envíala muy lejos, siglos adelante… en donde nunca tenga que molestarme en volver a ver su rostro de nuevo. Y entonces, con la mente hecho un revoltijo de ideas y confusión y el collar mano, observó a su gran amor entre los nubarrones púrpuras que casi cubrían toda su visión, con una promesa en la boca de su corazón. Entonces, los polvos mágicos la envolvieron completamente y la transportaron a otra dimensión, lejos de su cuento de hadas, a un camino que la llevaría a su nueva vida. …

NL CAP 2  

Siglo XX. Un hechizo envía a Bella a tierras desconocidas, a un nuevo mundo... y a un chico de ojos esmeraldas. ¿Podrá adecuarse a su nuevo...