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“Eres dueño de tus silencios y esclavo de tus palabras.” -

Capitulo 1 21 de febrero, 2011. Seattle. Sentía cómo sus pequeños pies se quejaban cada vez que pedaleaba una y otra vez con la bici. Era duro andar en bicicleta desde la universidad hasta la empresa Cullen C.O, donde había conseguido un empleo a duras penas para ayudar a su abuela a solventar sus gastos universitarios. Aún no podía creer que realmente tenía un trabajo en ese lugar. Es decir, solo se encargaba de entregar la correspondencia en cada puesto de oficina de toda la empresa. No era nada extraordinario. Pero la paga era muy buena. Y no era de esperarse menos, cuando estábamos hablando de un rascacielos de ciento dos pisos – sin contar el primer piso de recepción y el segundo, donde estaban las fotocopiadoras y la oficina de correspondencia.- cuyo cada piso tenía al menos diez oficinas y una secretaria. Algunas eran más amables que otras. Definimos amabilidad como las secretarias que amablemente aceptaban que le dejara toda la correspondencia de los trabajadores en su escritorio para que ella aprovechara y repartiera a cada trabajador en cuanto se le cruzara por delante. Al resto de las secretarias, la encerramos en otro tipo de clasificación. La joven castaña, de no más de veinte años, estatura promedia y unos ojos pardos que solo competían por la atención por su largo y sedoso cabello a más de mitad de la espalda, encerraba al resto de las secretarias o en el grupo de las viejas amargadas que no tenían nada mejor que hacer pensar en ellas mismas y lamentarse el fracaso que ha sido su vida entera, ya que después de todos esos años lo más lejos que han llegado es detrás de un escritorio y un ordenador. O las egoístas e ignorantes que no eran capaces de hacer su propio trabajo decentemente, mucho menos tendrían el tacto de hacerle un favor a nadie. Porque eso significaría más trabajo para ellas. Mediocres. Los pisos infectados de ese tipo de secretarias eran los que obligaban a Isabella, llamada Bella por preferencia de la misma, a repartir la correspondencia oficina por oficina. De puerta en puerta. Y por desgracia, este tipo de pisos eran más de lo que a Bella le gustaría, muchos, muchos más. Incluso habían días en los que frustrada, se enterraba las uñas en las palmas de las manos y se mordía la lengua para evitar gritarle al buen hombre que le está entregando sus papeles ¡Demonios, amigo! ¿Acaso no saben que volverás a casa esta noche? ¡Enseña a tu esposa a enviar mensajes de texto por la computadora o el celular, y llama a tus socios por celular para tratar con ellos! ¡La ciencia ya nos ha traído los celulares, por el amor de Dios!


Pero no le gritaba a nadie, porque necesitaba ese trabajo. Y porque ella era una persona pacífica, no era de explotar sus nervios contra otra persona que quizás no tenga nada que ver. Su abuela Marie siempre le ha dicho “si no vas a decir nada bonito, entonces cierra la boca, ¿me has comprendido, Isabella?” generalmente a esa frase, siempre solía seguirle “¿Esta noche quieres cenar guiso o estofado?” Algunas personas rezaban antes de comer, para bendecir y agradecer por la comida. Su abuela daba sermones. Pero no todas las personas recibían correspondencia. Algunas ni siquiera la eran, eran documentos o instrucciones de trabajo. Así que sí, más vale que la paga fuese buena. Casi lanza un grito eufórico cuando localizó el estacionamiento de la empresa a tan solo la otra esquina de la cuadra. Pedaleo más rápido, incluso se paro en la bicicleta para forzar a sus piernas cansadas a lograr un ritmo más veloz, buscando llegar más pronto a su destino. Cuando se bajo de la bici, suspiro extasiada. También hizo una mueca de dolor mientras estiraba la tela de su jean que se había quedado pegada a su entrepierna, gracias a estar sentada durante tanto tiempo y estiró las piernas, dejando que éstas se contrajeran y se quejaran todo lo que quisiesen del dolor. Abrió su mochila y sacó una cadena y una candado, y aseguro su bici contra un poste, cerca de la caseta de seguridad antes de encaminarse al edificio. Saludó con una sonrisa cortes al guardia cuando paso a su lado. Pero en su trabajo, no todo era tan malo. Mientras cruzaba la puerta, saco sus enormes audífonos y su viejo reproductor de mp4, originalmente blanco. Los años se habían encargado de desgastar su pintura y ensuciarla, por lo que tenía tonos marrones y grises en algunas zonas, como grandes manchas. Sus audífonos eran del tipo orejeras, realmente grandes para el tamaño de su cabeza. También eran bastante viejos. Probablemente pertenecían a una de las primeras series de audífonos de ese tipo que fueron lanzados al mercado. Es decir, de los primeros que se inventaban. Pero funcionaban perfectamente y la acústica que producían, no tenían precio. Y para Bella, eso era todo lo que importaba. Bella era una amante de la música vieja. Amaba la música en sí con pasión y locura, pero tenía una afición especial por la música vieja. Sus preferidos eran una mescla extraña entre los Beatles, queen, Debbusy, kings of león, Van Morrinson, the strokes, aerosmith, guns and roses y HIM. Pero también era capaz de apreciar la música de los músicos de su época. Era una amante devota de cold play, muse, Avril lavigne, 30 seconds to mars, paramore y su reciente adquisición, radio head. Estaba escuchando a todo volumen another one bite the dust de queen cuando frente a sus ojos, encontró uno de los motivos por el que su trabajo no era tan malo. La secretaria de la recepción, encargada de recibir a toda la gente para información general, instrucciones de trabajo


o indicaciones a clientes. Era Rosalie Hale, una de sus mejores amigas. Y también la razón de que ella consiguiera ese trabajo. Sonrió alegremente mientras se acercaba a ella, casi dando saltitos. Se recostó contra el mostrador y se quedo observándola fijamente, esperando a captar su atención. Pasaron unos segundos antes de que su amiga, que tipeaba información a una velocidad asombrosa en el ordenador apartara su vista de la pantalla y la fijara en la castaña, casi desinteresadamente. Pero el brillo en sus impresionantes ojos azules la delataba. Estaba hablándole, lo sabía por la forma en la que sus labios se movían, pero no era capaz de distinguir ninguna de sus palabras. -¿Qué? – preguntó Bella, acercando su cabeza más hacia la rubia. Pero bajo su aliento, estaba cantando la estrofa de la canción. Rosalie se detuvo un momento, antes de volver a hablar, aparentemente repitiendo lo que había dicho segundos antes y con un volumen de voz más alto. Pero una vez más, ninguna palabra llego a los oídos de la castaña. -¿Qué? – volvió a preguntar, pero esta vez cuando Rosalie se detuvo, fue para mirarla ceñuda. –Claro. – dijo Bella, para sí misma. Soltó una leve risita y se sacó los audífonos, dejándolos colgados en el cuello. Como su cabello estaba suelto, esto hacía que los mechones que colgaban cerca de su cuello se apretaran contra su piel y le hiciera cosquillas. –No te creas, Rose. Solo me gusta joderte. Ahora dime, ¿qué decías? -Estaba diciendo, - dijo Rosalie, levantando un lápiz para señalarla. – más bien, preguntando cuando llegara el día en que usaras ropa de tu talla. Esa chamarra que llevas puesta serviría para cubrir mi ordenador. Y estoy hablando del monitor, pc, teclado, e incluso parte de mi mesa. -No sé de qué te quejas, si a ti también te gusta joderme. Eres mala conmigo, Rose. Terrible de verdad. -Tonterías. Es mi placer más escrupuloso, querida. ¿Cómo te ha ido tu mañana? Y para entonces, ya había vuelto a prestar atención a su ordenador. Pero por experiencia, la castaña sabía que su amiga era capaz de hacer su trabajo y escucharla parlotear al mismo tiempo. -Bien. Digo, no tengo demasiada tarea y el periodo de exámenes acabo hace una semana. Tengo como quince días antes de que los exámenes vuelvan. Así que aquí estoy, disfrutando mientras puedo. ¿Y tú? ¿Ha habido mucha gente con problemas esta mañana?


-Increíblemente no. Fue tan tranquilo que incluso el viejo Billy se tomó la libertad de subir al segundo piso y arreglar todo tu trabajo para hoy. Mira, ahí está tu carrito, junto al sofá color beige. Ordenado y listo para despegar. Los ojos de la castaña se dirigieron al lugar donde la rubia señalaba. Sus ojos casi se iluminaron cuando encontró su carrito hasta el tope de documentos, perfectamente ordenados – incluso como ella jamás se lo había hecho – reposando, esperando por ella. -Agradécele de mi parte cuando lo veas. No, mejor dale un beso en la mejilla. Estoy segura de que lo apreciara mucho más. Ese hombre es un salvavidas. Vio que Rosalie arqueaba una de sus cejas. -Oh, por favor. Eres la fantasía hecha realidad de ese hombre desde hace más de cuatro años. ¿Por mi? – insistió. Entonces, le ofreció la sonrisa más inocente que tenía. Incluso pestañeo, ondeando sus imposiblemente largas pestañas, logrando que las puntas de sus pestañas rozaran sus mejillas. Y ella lo sabía, las pestañas largas eran la debilidad de su amiga. Especialmente si tenía los ojos grandes. Solo le faltaba sonrojarse y la tendría en el suelo, comiendo de la palma de su mano. Y la rubia era todo, menos una chica fácil. Ah, también le faltaba los ojos claros. Pero no todo se podía en esta vida. La rubia la fulminó, la aniquilo con la mirada. –Está bien. Ya vete, Bella. Se te hará tarde. Son cien pisos arriba. – termino, con una sonrisa maliciosa. Bella cerró los ojos y dejo escapar un gemido. Como si necesitara que se lo recordaran. Su trabajo ya se le presentaba en su mente lo suficiente estresante de por sí con para que alguien tuviera que mencionárselo en voz alta. Pero ella tenía toda la voluntad del mundo. Dispuesta a ignorarla, se fue hasta su carrito. Era bastante parecido a los del supermercado, pero bastante más grande y con más compartimiento. Y mucho más pesado de lo que el carrito de un supermercado jamás podría estar y seguir moviéndose. Pero las ruedas de este carrito eran mucho más grandes y se estaban tan bien aceitados, que se deslizaban con suma facilidad. Se colocó los audífonos, seleccionó monster de paramore y monto una de sus piernas en la parte trasera de su carrito. Con la otra comenzó a impulsarse hacia adelante, como si se tratara de una patineta, antes de alzar también esa pierna, de modo que quedara completamente montada en su carrito. Saludo vagamente a Rose mientras sentía como volaba a través de la recepción. He ahí otro motivo por el que le gustaba su trabajo. Si tenía que hacer algo como eso, más vale hacerlo con estilo. Rozo el suelo con la punta de uno de sus pies cuando estaba llegando cerca del ascensor, para no chocar contra el hombre que estaba esperando. Para cuando ella llegó, las


puertas ya se estaban abriendo, por lo que no hubo necesidad de detenerse sino hasta que estuvo dentro. Su trabajo realmente le ayudaba a mejorar su calidad de vida. Casi novecientos dólares al mes. Se daba cuenta que una persona que contratase a una chica como ella por ese monto, para un trabajo de no tanta importancia (al menos con para pagar novecientos dólares) debía ser una persona increíblemente generosa. O desesperada. Su trabajo no era el más importante, pero el tema era que nadie más quería hacerlo. Ella lo aguantaba. Porque en realidad no era tan malo y el dinero le sentaba infinitamente bien. Le permitía darle a su abuela más descanso y que se permitiera usar su sueldo como jubilada en cosas que ella realmente quisiera, y no tener que vivir pendiente sobre ella una vez más. Sobre todo, porque ella ya era mayor de edad. Por un momento, ignoro la música que estaban escuchando sus oídos. Su mente, evocó recuerdos de cómo había conseguido el trabajo en ese lugar. Cullen C.O. era una empresa de seguros. Su abuela estaba teniendo problemas con el hospital por el que pagaba mensualmente una cuota para que se les asegurara, ya que al parecer, el doctor al que ella y Bella frecuentaban había sido demandado por negligencia médica. Y no había sido el primero. Ni el último. Desilusionada como estaba, su abuela prácticamente corrió a su empresa aseguradora a cancelar su carnet en ese lugar y solicitar por un nuevo seguro médico. Mientras la abuela Marie estaba charlando en alguna de las oficinas, Bella se quedo en la recepción. Fue entonces como la secretaria del lugar, Rosalie Hale se le acercó por primera vez. Tal vez sea la expresión de su rostro la que la conmovió, lo cierto era que nunca llegó a saberlo. Pero le hacía preguntas sobre ella y le hablaba de los chismes más ridículos de algunas de sus colegas, logrando hacerla reír. Fueron las respuestas a esas preguntas sobre ella, aparentemente inocentes, lo que tocaron a Rosalie. Lo cierto era que cada respuesta, tenían un trasfondo mucho más profundo que Bella no llegó a tocar. Preguntas como donde estaban sus padres. Con quién vivía. A qué se dedicaba. Fue cuando la castaña mencionó inocentemente que estaba en busca de trabajo. Le contó incluso el porqué. Lo que jamás sospecho, era que Rosalie en ese momento estaba saliendo con uno de los amigos más cercanos del vicepresidente de la empresa. Un amigo importante. Tampoco sospecho que gracias a ese amigo, cierta parte de su historia llegó a oídos de dicho vicepresidente. Lo siguiente que supo, la siguiente vez que acompaño a su abuela al seguro, era que estaba empleada. Con un sueldo semejante. No podía creerlo. A veces se preguntaba, si quizás fuera por quién era o por cómo vivía que ganaba lo que ganaba. Como si el hombre en realidad supiera a quién le estaba pagando y con eso en cuanto le ayudaba.


Las horas pasaron. No fue hasta que estaba en el piso noventa y nueve, que dejó colgando sus audífonos en su cuello, esta vez debajo de su cabello. Arrastró con pies cansados su carrito fuera del ascensor. Por desgracia, ese era uno de esos pisos. Ni siquiera tenía ganas de mirar a esa secretaria. Era de las jóvenes, bien maquillada, morena y con una lima de uñas aparentemente infaltable entre sus dedos. Obviamente prestaba más atención a sus uñas que al ordenador… mientras no la observaran. Cuando sabía que tenía a uno de sus supervisores observándola, simplemente nunca habrás visto ejemplo de secretaria más eficiente. -Buenas tardes. – saludó. Apenas levanto la mirada cuando la castaña pasó enfrente de ella arrastrando su carrito. -Tendrás que dejar los papeles en los escritorios de cada empleado. Al señor Aro no le gusta tener que demorarse en la entrada solo por tener que detenerse a coger su correspondencia. – oyó su voz sedosa a sus espaldas, haciéndole detenerse. Sus ojos se abrieron más grandes. Tenía que estar bromeando. ¡Era el piso noventa y nueve! ¡Sus piernas apenas respondían! Creía que si había el silencio suficiente, podría escuchar el crujir de los huesos de sus piernas con cada paso que daba. Se dio la vuelta a encararla. Pero la mujer no le estaba prestando la más mínima atención, estaba demasiado ocupada limándose las uñas. Bella estrechó los ojos y alzando el brazo lentamente, le sacó el dedo del medio. La morena ni siquiera se dio cuenta. Temió por un momento que sus piernas no le respondieran más, por lo que ignorando lo que cualquiera de los trabajadores con tanta maldita correspondencia pudiera pensar, se montó en su carrito y se fue patinando por las oficinas abiertas, apenas frenando para tirar los sobres sobre los escritorios, sofás, mesitas, por donde se caiga. Sinceramente no le importaba demasiado. <<Quizás debí dedicarme a repartir periódicos en lugar de correspondencia>>, pensó cuando llegó frente a la oficina del señor Vulturi. No podía limitarse a lanzar el correo en primer lugar, porque la puerta estaba cerrada. Y en segundo, porque este se trataba de un paquete, de apariencia muy frágil para cometer la imprudencia de lanzarlo. La castaña sonrió contenta. No le importaba tener que dejarle el paquete sobre su escritorio, porque al fin y al cabo este era el último. Hoy no había correspondencia para los del piso cien. Un piso menos. Tocó la puerta y esperó unos segundos, aunque no esperaba que nadie le respondiera. El señor Vulturi de todos los ocupantes en ese piso era el que menos se quedaba en su puesto. Se pasaba la mayor parte del día en el piso cien o merodeando por lugares los cuales no tenía ni idea. Y tampoco era que le importaba. Abrió la puerta y entró con cuidado, como si el hombre pudiera estar escondido en algún lugar de la oficina.


La habitación estaba casi en penumbras. Las cortinas estaban cerradas y como era de tarde, la luz naranjada traspasaba la tela dando un poco de luz al lugar. Las luces estaban apagadas. Sus ojos escanearon toda la habitación, pero no habían signos de presencia del señor Vulturi por ninguna parte. Avanzó hasta su escritorio y dejo el paquete, se giró sobre su espalda y estaba por salir, dispuesta a marcharse. Pero no dio más de dos pasos antes de volver a voltearse. Miró una vez más el escritorio. Todavía estaba impresionada por el gran tamaño de ese mueble, por lo lustroso que parecía y las figuras que estaban talladas en la madera. Era un escritorio tan lindo. Y su silla. Era una silla enorme, forrada de rojo y pintada en los brazos de dorado; lo más parecido al trono de un rey, pero con ruedas en las patas. Y no podía esperarse otra cosa por el molde de la silla y lo esponjoso que se veía su asiento, seguramente muy bien acolchado. De repente, una idea paso por la cabeza de la castaña. Sabía que era una cosa infantil y estúpida, pero era algo que había tenido ganas de hacer desde la primera vez que había visto su oficina. Y no era tan malo, si era tan solo unos segundos…. Observo hacia la puerta, viendo el pasillo a través del cuadro de vidrio que había en la puerta. No había modos en la costa. Sonrió para sí misma y dejando cualquier cosa de lado, corrió hasta la silla y se tiró sobre ella. Oh, ese almohadón se sentía tan bien contra su cansado trasero y sus piernas colgando parecían sumergirse en otro mundo, envueltas en un sopor en donde no existía cabida al dolor. Enderezó su espalda y soltó un chillido de diversión, casi infantil cuando comenzó a girar la silla. Eso se sentía tan bien. Si ella fuera el señor Vulturi, estaba segura de que se pasaría todo el día encerrada en la oficina solo para disfrutar de los placeres ocultos de esa silla. Dejo de girar y colocó sus manos sobre el escritorio, acariciando por un momento la suave madera tallada. Ella jamás había tenido un escritorio tan bonito. Cuando era más pequeña, siempre hacía sus tareas en la mesa del comedor o en el bar de la cocina, mientras merendaba. Ahora si no hacía eso se limitaba a hacerlo todo en su cama, sobre la alfombra o en el aféiser de su ventana, sobre su modesto estante de libros. Ahora que lo pensaba, ella nunca había tenido un escritorio. Se enderezo y entrelazó los dedos enfrente de ella. Ahora comprendía un poco el poder que te daban las cosas materiales. Por un segundo, se sintió importante. Para el siguiente ya estaba riéndose de sí misma, sorprendida de lo estúpido que era todo lo que estaba haciendo en ese momento. Se decidió que miraría un rato los cajones y se luego se iría, directo a su casa. Cuando bajo la mirada, frunció el ceño. El primer cajón estaba mal cerrado y un par de hojas arrugadas sobresalían del pequeño espacio que estaba abierto. Qué raro, pensó. Había visto más de una vez al señor Vulturi y le parecía un hombre tan infinitamente elegante, que le parecía de otro mundo. Suponía que sería un poco más ordenado con sus cosas. O quizás, surgió una emergencia y tuvo que guardar rápidamente lo que fuera que estuviera haciendo y salir rápido de ahí. Algo realmente importante.


Su intención era abrir el cajón para meter correctamente esos papeles, para que así pueda cerrarse correctamente. Pero su curiosidad pudo más. No supo que le pasó. Pero en cuánto tomó esos papeles, en lugar de meterlos mejor, los cogió para examinarlos. Eran dos papeles. Una hoja grande y un pequeño trozo, en realidad. Extendió el papel pequeño entre sus manos primero. Lo observó, dándose cuenta de que llevaba anotado números y letras. Tenían una secuencia de la cual no tenía ni idea, pero parecía una contraseña. Era del tipo de combinaciones que uno escoge para crear una contraseña complicada para tu cuenta en tu correo electrónico, por ejemplo. Pero un poco más complicado. Traslado su atención al otro papel que sostenía entre sus dedos. Esta era una carta. Curiosa, sus ojos comenzaron a recorrer las líneas, ávidas de información antes de que su cerebro diera siquiera una orden.

Cayo Vulturi: Demetri siguió específicamente las instrucciones que le entregaste. La rubia salió del restaurante justo a la hora acordada y pasó frente al mismo callejón que usa para ir a casa todas las noches. Él me aseguro que había gastado una sola bala y que el resto del cuerpo había quedado intacto. La despojó de joyas y su bolso, y el resto es asunto suyo. La policía pensará que se trata de un asalto y darán a la chica por muerta sin investigar demasiado. Todo parecerá un accidente. Ya envié a un hombre de confianza para sustituirla en la reunión con los negociadores que la esperaban hoy en la tarde. Él les contará del accidente y les dirá que su empresa había procedido a enviarlo a él cómo un remplazo. Lo que es mentira. Pero mi querido Marco ya se ha encargado de cubrir todos los detalles. Y no, no te preocupes, mi querido primo. Antes de que lo preguntes, sí, me tomé la libertad de limpiar cualquier archivo, foto o documento que pudiera tener vínculo con alguno de nosotros. Todo lo que necesitamos de ella ya está ubicada en mi caja fuerte, junto con el de todos los demás. Rachel Dormán no volverá a representar un problema para nadie. La caja fuerte está ubicada en mi segunda casa, la que está en la Avenida Antequera, el número 534. Está en el segundo piso, a un lado de mi estudio. Los códigos son demasiado complicados para recordarlos, así que te los mandaré escritos en un archivo adjunto. Son muy complicados, tiendo a olvidarlos con facilidad, así que te cederé una copia del mío. Ya es hora de que manejes más información. El ul… Y ahí acaba la carta. Probablemente ese fue el momento en el que se vio obligado a abandonar la oficina.


Para cuando llegó a ese punto, sus manos estaban temblando. Su respiración iba más rápido de lo normal y sintió un sudor frío recorrer su espalda. Estaba segura de que su piel ya blanca de por sí, se había vuelto pálida, casi como un fantasma. No supo cómo reaccionar en ese momento. Abrió completamente el primer cajón y comenzó a revolver frenéticamente, revisando cada papel que se encontraba oculto. Y ahí estaba, la copia original de los códigos. Fue lo único que consiguió, el resto solo era un montón de papeles sobre temas que no comprendía. Aunque sinceramente, lo que tenía entre manos en este momento se alejaba a lo que estaba dentro de su comprensión. No pensó, simplemente arrugo los papeles entre sus manos y los metió frenéticamente en sus bolsillos. No pudo evitar mirar el frágil paquete que había traído minutos antes, esta vez con otros ojos, con una nueva perspectiva. Cogió el paquete entre sus manos, ¿qué demonios habría dentro? ¿Un arma? ¿Una foto? ¿Una bomba? De acuerdo, se estaba volviendo dramática, pero sentía como esto poco a poco estaba comenzando a sobrepasarle. Lo sentía por la manera en la que le faltaba el aire. Tal vez no debería dejar ese paquete ahí. Tal vez debería ponerlo de nuevo en su carrito y hacer como si fuera que tuvo un descuido, o simplemente tirarlo en la basura. La puerta se abrió de repente, causando que se quedara helada en su lugar… se produjo un silencio tenso. No respiraba, su corazón ni siquiera latía mientras esperaba que la persona que la había delatado hablase. ¿Qué iba ser de ella si el señor Vulturi la encontraba fisgoneando en su oficina? ¿Perdería su empleo? Ni siquiera podía pensarlo. Sus ojos se ensancharon de terror ante la idea. Finalmente, la tensión fue demasiada para que pudiera soportarla y se giró abruptamente a enfrentarse a quien sea que estuviera a sus espaldas. Jamás se hubiera imaginado que se encontraría con ese par de ojos esmeraldas. Ni con ese cabello que parecía contradecir completamente a su traje elegante y su porte intimidante. Su rostro era una máscara dura y su mirada imponente, por un segundo, se sintió como si estuviese siendo evaluada, como si fuese culpable de alguna fechoría. -¿Qué estás haciendo tú aquí? ¿Eres una fisgona, jovencita? Santo cielo. Su tono de voz era suave como el terciopelo, pero la manera en la que lo entonaba hacía que se estremeciera de pies a cabeza y su corazón latiera deprisa. Su estómago se contrajo, presa del miedo. Realmente no quería meterse con ese hombre.


Sus manos se levantaron al aire, señal de inocencia, haciendo que el paquete cayera al suelo. Espero a que el sonido estrepitoso le confirmara que efectivamente algo acaba de romperse, pero no escucho nada más que el sordo sonido del cartón contra el suelo. Sus ojos se abrieron en par. -¡Oh, no! ¡No, no! ¡Y-yo soy la cartera señor, solo estaba dejando este paquete, lo juro! Los ojos del hombre se estrecharon. Bella se apresuro a coger el paquete del suelo, sujetándolo entre sus manos, como prueba. -La secretaria me dijo que a la mesa no le gustaba… que no esté sobre el señor Vulturi... yy el paquete y el carro y yo… - esto no estaba funcionando. Estaba comenzando a desesperarse, ya podía sentir las lágrimas acumulándose en la comisura de sus ojos. No podía perder su trabajo. El rostro del hombre se mantuvo imperturbable. -Deja el paquete y retírate. Aunque en sus ojos se vieron una pizca de comprensión, su tono de voz seguía siendo de acero, una orden directa.

Set of masks - cap 1  

Trabajaba como cartera de la empresa para pagar sus estudios, hasta que el objeto equivocado cayó en sus manos. Lo único de lo que estaba se...

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