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Del infortunio al dicho (guion narrativo)

-En este mundo gris y falto de vida rara vez se puede hablar de alguna virtud. A veces pienso que la supervivencia es una virtud, otras veces pienso que es algo bastante egoísta. Le dice el padre al hijo. La noche era tremendamente fría, si no hubieramos encendido aquella fogata probablemente hubieramos muerto. Corrimos en cuanto supimos que el fuego había atraido a los engendros de la zona. -Nunca supe de donde salieron, puesto que estuvimos un buen rato peinando el area. No se cuanto corrimos en la oscura noche, cuantas veces nos caimos ni cuantos minutos estuvimos escondidos conteniendo la respiración para que la mismísima muerte de ojos rojos no nos encontrara. -Ahora lo recuerdo tan solo en un segundo, pero aquel entonces me pareció una eternidad. Mis manos y las manos de mi compañero sudaban, nuestras armas resbalaban por ello. Yo recuerdo tener una escopeta Winchester, modelo 1887. Increible, no recuerdo la cara de tu madre, pero si el modelo de escopeta de aquella noche. Corrimos hasta que no pudimos más. Y en ese momento, mi compañero me cogió de la mano y me estiró, haciendome girar bruscamente. Había encontrado lo que parecía un lugar para refugiarnos. Entramos en aquel hoyo, saqué la manta llena de pís y la eché por encima nuestro. En cuanto la eché, mi compañero sacó una linterna y alumbró al interior. -Mierda, aquí hay alguien. Me dijo en cuanto se dio la vuelta y gracias a eso, yo me giré también. En la cueva había una mesa, con un grandísimo libro, algo de comida deshidratada que probablemente sería de algun almacén de comida saqueado y varios rifles de precisión y unas cuantas armas para defenderse en combate cerrado. Lanzando un grito sordo apagué rapidamente la linterna de mi compañero, puesto que una desvenzijada puerta de madera, anclada en la misma roca empezaba a abrirse. De ella salió un hombre ya entrado en años, con una gran barba. Creo que era blanca, no lo llegue a ver del todo. Aquel hombre no llego a darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. Se volvió a sentar en su mesa y siguió escribiendo después de encender una vela que tenía a su lado. Justo después de aquello nos llegó un hedor tremendo. Algo se había podrido detrás de aquella puerta de la que había salido el hombre. Yo lo aguante, mi compañero soltó una arcada. Y ahí empezó todo. Solo recuerdo un rayo: empezó como empiezan las tormentas, con un trueno y acabó en una descarga eléctrica. Aquel hombre comentó algo de que le queríamos robar. Sacó su arma y lanzó gritos y chillidos. El no sabía lo que estaba ocurriendo, mi compañero trataba de calmarle. Yo solo recuerdo que saqué mi puñal, deslumbré a aquel hombre y le apuñalé. Tantas veces como pude hasta que se calló. Pasamos la noche en aquella cueva, nos volvimos a cubrir con la manta llena de pís. También nos cubrimos con el cadaver de aquel hombre y a la mañana siguiente volvimos a la ciudad después de haber peinado el area. Otra vez, como de costumbre, me había vuelto a quedar anonadado mirando al libro. Libro que le cogí a aquel hombre y por el cual yo he aprendido a cazar a esos engendros mecánicos que nos acechan día y noche en este mundo gris y falto de vida. -Por eso hijo, siempre recuerda esta frase. No se quién la dijo, pero vino a mí como un golpe, al final de este libro: “Hombre para el hombre, lobo es”.

Del infortunio al dicho  

Guion narrativo de cómic