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ANTONIO AGUILERA VITA

RECORTES DE PRENSA 1. LA MAGA……………..1 2. EL BOLETO………….14 3. LA INDIGENTE…...…29


LA MAGA 1 La penumbra del mediodía vestía la sala de tul. Sobre la mesa, delante de la ventana, los surcos de los rayitos vespertinos serpenteaban entre los trastos desparramados: láminas enmarcadas de la Virgen María, figurillas de santos mártires torturados, corazones atravesados por espinas; cientos de velas, palmatorias y cirios; vasos y jarritas cuajados de perejiles, jazmines, margaritas; un esquejo de hiedra, hierbabuena y una macetita pequeña de marihuana a la derecha del crucifijo. Al abrir el cuadro, la habitación se vislumbra humilde aunque con desparpajo. Un ventilador de pie, guarrinchongo y desvencijado, sobresale tras la poltrona y corona el altar. Más atrás, se entrevén algunos cuadros colgados de la pared oscuros y tétricos como ella. Entra un huracán que arranca la puerta de cuajo y se expande la Maga, gorda y malhumorada. Trae, para variar, el rostro enfurruñado a punto del “fu”. Cuando abre la boca las flores de la mesa vuelven la cara y su voz estentórea retumba en la estancia: “¡Niña! ¡Asómate a la sala a ver si hay alguien!” Asoma una cabeza redonda y respingona con dos trenzas negras resbalando por las orejas, ojos mongoloides y boca risueña. Su edad es indefinida, pero es evidente que no se trata de una cría. “Voy, mama”. Con paso infantil cruza la habitación de puerta a puerta y asoma el pescuezo. Se vuelve de un brinco y, moviendo la mano alegremente, contesta con un gritito que suena a rebuzno de mula: “¡Está lleno!”. “¡Cierra, mema!”, vocifera la progenitora, y ella con presteza obedece ilusionada. “¿Voy llamando, mama?”, replica risueña. “¿Qué dices, ignorante? Métete debajo de la mesa”. La agarra de una oreja, arrastrándola entre quejas y alaridos, y la mete ella misma. “Jo, mama, nunca me dejas abrir la puerta”. “Cuando seas mayor”, y deja caer ante su cara el faldón de la mesa dando por zanjada la discusión.

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Prepara con esmero el escenario de trabajo: coloca dos sillas con mimo y pasión ante la mesa de operaciones, recoge revistas y papeles de los divanes del fondo, revisa la ventana para regular la luz requerida, repone su poltrona y, cuando ya piensa que está preparada, se viste la cabeza con un pañuelo negro y se dirige oronda y transmutada a recibir a sus pacientes. Se funde en negro.

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La Maga tiene la mirada perdida en algún lugar del techo. Sus labios reproducen, en silencio, las frases ininteligibles que su mano automáticamente escribe en las hojas amarillentas y cuadriculadas de un viejo cuaderno. A veces pone los ojos en blanco. Su cuerpo se convulsiona levemente mientras garabatea en trance y suda como cosaca. Cuando termina, queda unos instantes en éxtasis, suspira, sale del trance, arranca las hojas manuscritas, hojea los garabatos y suelta agónica. - Malas trazas veo aquí. Sentadas frente al altarico, Fernanda y su hija son las últimas de la tarde. Fernanda es enorme, se desborda de salud transfigurada en carnes. Las flores de su vestido refulgen como un jardín francés. A su lado, su hija Luisa semeja un cromo a punto de vuelta, un suspiro pálido y helado, lacia como sus cabellos. Doña Fernanda se transmuta al escuchar a la Maga y dice aterrorizada. - No me seas agorera, comadre. - Tu hija está malojada. - ¡Válgame Dios! - Aquí está el remedio, y muestra, con complicidad y misterio las hojas garabateadas.- Mira, te consigues unas pencas. Le quitas las espinas grandes y las lavas

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con mucho cuidado, que las pequeñas son más traicioneras. Las pones en la lumbre unas horas con bastante agua y las trituras hasta que se hagan puré. Aluego pones el engrudo en un paño limpio y lo relías para hacer una cataplasma y se la plastas a la niña encima de la almohada para que duerma con ella pegada a la cara. - ¡Válgame Dios, pa luego sacarle la color a las sábanas!, rezonga, preocupada como para sí, mientras agarra la receta y se levanta. - Ah, y estas gotas para el ánimo se las compras en el herbolario de la calle de la Magdalena, resuella, ya sin aliento, la Maga y le tiende otra hojita, que la otra agarra con no bien disimulada saña antes de sacar el monedero y cambiarla por los billetes, que deja con repelús encima de la mesa. - La de tu primo el Juan ¿no?, pregunta Doña Fernanda con retintín. La Maga contesta, sin darse por aludida, haciendo acopio de los dineros sin ningún recato. “Eso dicen”. La mujerona agarra a la muñeca de su hija y tira de ella hacia la salida, toda lozana y saludable, meneando sus carnes con soltura y recomendando a la curandera: - Descansa, Maga, no te veo buena cara. - Tanto revevir a la gente va a acabar conmigo. Pero son los disignios del Señor, contesta con su mejor voz de mártir cristiana y mirando con ojos lánguidos y cansados.Ve con Dios. - Queda tú con él. Tirando de su hija como quien tira de un perro pekinés, sale rebosante la sin par Doña Fernanda. No bien cerrando la puerta, se articula un grito del cuerpo y rostro fatigados de la Maga: “¡Niña!” De la falda de la mesa asoma la imperturbable sonrisa de la redonda cara de la niña, que, con sus trenzas al bies, contesta, solícita, sin inmutarse por el grito:

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-¿Qué quieres, mama? - Trame las hierbas, que no me da pa más el cuerpo. - ¿A que he estado bien?, suelta, risueña, mientras se dirige a la cocina. - ¡Mira que te tengo dicho, tres golpes, no cuatro y maullido! Suerte que esta analfabeta no entiende de señales del más allá. - ¡Pa lo que entiende usted!, dice sin malicia y desaparece por la puerta derecha. - Entre todos me matáis. ¡Un día te vas a llevar un disgusto! La Maga queda rezongona en un estado entre trance y ensoñación, sin moverse de la silla. Unos aldabonazos la espabilan de sopetón y la devuelven a la realidad unos gritos familiares, que se escuchan en la calle: - ¡Mama, abre la puerta! ¡Rápido! ¡Que me quiere matar! La niña entra desencajada derramando las hierbas del vaso: - ¡Mama, es la Juli, se la ve mu mal, mu mal! - ¿Quieres mirar donde pisas? ¡Que me estás encharcando la jarapa! Desde fuera se escucha a la otra hija gritar desesperada: - ¡Mama, por favor, que soy tu hija! ¡Perdona los rencores pasados, que pasados están! - De verdad, de verdad, mama, se preocupa exaltada la niña- que ese rufián la ha zurrao. - No quiero guarras en mi casa, le espeta la Maga mientras se levanta, recuperada. Le quita el vaso de las manos y se lo bebe de un trago. Despojándose de su ropa de trabajo, recupera su faz de mandona y reordena la habitación.- Pero ábrele, no seamos las causantes de un asesinato en la escalera.

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Mientras la niña sale, queda ella refunfuñando, en voz alta, con un aire de triunfo que le viene a la cara y al cuerpo y la hace parecer más altanera: - ¡La que no quería nada de su madre! Te recordaré tus palabras ahora que te acuerdas de que tienes familia: “¡Yo me iré con quien me dé la gana y ninguna farsante curandera me lo va a impedir!”. Te avisé que no te casaras con ese energúmeno y ahora me vienes con pamplinas. Ya veremos quien ríe la última.

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La sala de espera es la entrada de la casa, estrecha, ciega, oscura. La iluminan los 40 vatios de una triste bombilla que cuelga del techo. Un viejo sofá, mal cubierto con una jarapa oscura y descolorida, deja entrever su goma espuma interior, luchando por salir de los rotos de la tapicería. Manifiesta la única concesión a la comodidad en esta estancia. Dos ristras de sillas plegables de madera, abiertas y simétricas, decoran el resto. De las pardas paredes cuelgan cuatro láminas con escenas de la Sagrada Familia y una del Corazón de Jesús, que sobresale por su boato estilístico. El hueco de la puerta de entrada lo tapa una cortina alpujarreña que conoció mejores días. A su lado cuelga un ventanuco que da al pasillo del piso, por el que entran ruidos de pasos y voces y apenas un tenue rayito de luz en los mejores momentos de la tarde. La niña ha abierto y cerrado la puerta y la asegura con una tranca. La Juli, con el rostro amoratado y las ropas desgarradas, un hilito de sangre que le resbala de la nariz, llora desconsolada, sentada en la primera silla que ha encontrado. La Maga entra por la puerta, bastón en mano, ufana y ágil. Se planta en medio de la pequeña estancia, tiesa, el rostro impertérrito. La Juli, al verla, se arroja a sus pies sollozando:

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- Mama, perdona el daño que te hizo esta hija desnaturalizada. No tengo derecho a pedir refugio ahora en tu casa y pedir tu perdón. Una breve sonrisa de victoria ilumina el rostro atravesado de la vieja: - Yo ya no tengo más hija que la que me cuida, pero, por caridad cristiana, doy posada en mi casa a cualquier suplicante. La Juli cesa sus llantos, sorprendida, y, sin querer manifestar ni un asomo de ofensa, le dice, tragándose el orgullo: - Mire que es usted atravesada, madre. ¿No le toca el corazón el sufrimiento de ésta su hija? - Ella se lo ha buscado. - ¡Me equivoqué, sí! ¡Pero de humanos es arrepentirse! ¡No me lo ponga más difícil! Como un repentino tornado, comienza el maromo a dar golpes y gritos en la puerta hecho un basilisco. - ¡Ábreme, bruja, más que bruja! Ahora te escondes bajo las faldas de tu madre y hace dos días no querías saber de ella ni en pintura. ¡Abre, mala zorra! La voz suena achispada por los vinos. La Maga mira a su hija con sarcasmo. - No le haga caso, mama, ¿no ve que está pedo? Desvaría. Más golpes y más gritos. La niña, de espaldas a la puerta, está aterrorizada, sin saber qué hacer. La Juli mira en silencio alternativamente a la puerta y a su madre, que, sin perder la sonrisa de orgullo y victoria mantiene un rato más la situación desafiante con los ojos fijos en la puerta. La niña grita finalmente, perdiendo la paciencia: - ¡Mama, que nos hecha la puerta abajo! - Ábrele, que bastante espectáculo ha dado ya al vecindario, que ya los escucho asomarse a fisgonear a sus puertas.

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La niña queda paralizada ante la ocurrencia, con los ojos más abiertos que nunca, hasta que el desmedido grito de la Maga la saca de su atolondramiento: - ¡Que abras, coño! Como un autómata al que accionan el resorte, la niña se da la vuelta y abre, gritando al intruso con voz temblorosa para que se prepare y se serene: - ¡Ya va! ¡Ya va! ¡Ya estoy abriendo los pestillos! ¡Espera, que ya abro la puerta! Fantochil y melodramático, salta dentro el pelele y la niña cierra, al punto, la puerta tras él. Y con la puerta, cierra la visión a algunos ojos que brillaban disimulados por el pasillo. Alfonso Manuel tiene andares de chulo de medio pelo. Un bigotazo carcelario le cruza la cara. La camisa desabotonada deja al descubierto el pecho tatuado y peludo. Una gruesa cadena dorada, que le cuelga del cuello, hace juego con la esclava. No bien ha entrado, se planta ante la suegra y le espeta medio borracho: - Vengo a por la puta de mi mujer. Reclamo mis derechos. - ¡Sabrás tú lo que es eso, bastardo!, le responde la Maga, imperturbable y sin moverse del sitio.- ¡Anda y lávate antes de entrar en una casa decente! - ¡Que no quiero perderme, suegra, no me toque los cojones! Esa guarra prefiere hacerlo con otros antes que cumplir sus deberes de esposa para conmigo. La Juli, parapetada tras el enorme cuerpo de su madre, acierta a sacar un chorro de voz para defenderse: - ¡Mentira, mama! ¡No haga caso a ese borracho! ¡Yo nunca le he faltado! - ¡Ven acá pacá, mala mujer! Se tira al pelo de la Juli, quien, en un acto reflejo, comienza a correr en derredor de la Maga y a gritar dislocadamente: -¡Mama, que me mata! ¡ Socórreme!

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La Maga intenta parar al desaforado yerno con el bastón, gritando y girando sobre su eje: -¡So bestia, bastardo, hijo de mala madre! ¡No tienes respeto por una casa decente! Y el energúmeno: - ¡Deja que te agarre, furcia, vas a cumplir como esposa delante de tu madre!, se carcajea, disfrutando en su propia borrachera. En todo este guirigay de guiñol, la niña, estupefacta, se aferra a la cortina de la puerta, de tal guisa que acaba echándosela encima con el madero que la sostenía. Agarra el madero, lo saca del cortinaje, espera que pase la persecución por delante y, con todas sus fuerzas, y más que Dios le da en momentos de ira, se lo parte al cuñado en la nuca e, ipso facto, cae redondo al suelo delante de sus pies. Las tres mujeres quedan perplejas mirando al fiambre que se desangra por momentos. Se hace un silencio sepulcral durante unos segundos. Todo queda en suspenso durante unos segundos. Entra un fundido en negro durante unos segundos.

4 - ¡Ay, Alfonso Manuel de mi alma, qué joven te me vas! ¿Quién me hará la compaña cuando sea vieja? ¿Quién me dará ahora hijos?, gimotea con tono plañidero la Juli, arrodillada a su vera, mientras le limpia la cara de sangre con una bayeta Spontex, que escurre en un barreñito.- ¡Ay, Alfonso Manuel de mis entretelas! ¿Qué te he hecho, que te he traído a la muerte? La Maga está sentada en una silla meditabunda y mira fijamente al muerto, aunque en realidad mira para sus adentros. La niña friega sollozando la sangre del suelo, convertida en una mancha amorfa y negruzca.

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- ¡Malaya seas, niña, que me has arrancado la vida! ¡Dios te perdone porque tienes corto el entendimiento!, y eleva sus llantos la niña ante las duras palabras de su hermana. - ¡Calla, víbora, no la pagues ahora con tu hermana, que te ha salvado la vida!, replica desde las profundidades la Maga, sin mover apenas los labios. - ¡Y me la ha quitado también!, grita desenfrenada. - ¿Acaso te gustaría verlo vivo otra vez?, dice la Maga desafiante. - Claro que me gustaría, madre. Hoy las bebidas le tenían nublado, pero nunca era así conmigo. La maga se levanta, se acerca a su hija y, con voz profética, señalándola con el bastón, la sentencia: - Voy a revivirte a tu animal. Pero si lo consigo, te lo llevas de mi vista pa los jamases y lo guardas en una jaula. Y si vuelve a pegarte, a arañarte, a arrancarte los ojos, te lo aguantas pa tí solita. No quiero volver a oír una queja de tu boca, y, si me eximes del sonido de tu voz para el resto de mi vida, tampoco la iba a echar en falta. Sin decir una palabra más, ante la mudez de las dos hermanas, se arrodilla delante del cadáver, le pone las manos en el pecho y comienza a respirar profundamente. Las hijas la observan sin poder cerrar la boca ni articular sonido. La maga convierte su respiración en estentóreas bocanadas de aire. Un hálito invisible parece penetrarla como el miembro viril de un santo varón, haciéndola jadear y gemir cada vez con más fuerza. La niña comienza a temblar de miedo y la Juli se le acerca, dejando olvidados los rencores ante el terror del momento. Se abrazan contagiándose los temblores. La Maga, completamente transmutada, continúa su vaivén respiratorio entrando en trance. Los jadeos se convierten en rugidos, que, aun saliendo de su boca, no podría proferir garganta humana. A los diez minutos, el cuerpo del Alfonso Manuel

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da dos o tres lampreazos. La Maga acrecienta sus bufidos, cuando un soplo de vida entra en el cuerpo del difunto, inflándole los pulmones de un golpe y comenzando a respirar dificultosamente. La niña, ante tal espectáculo, no puede menos que exclamar: - ¡Es un milagro! Pero la Juli, incrédula empedernida y comida de rencores y miedos, le responde: - Arte diabólica es. En ese momento, la Maga recoge su último aliento y lentamente se desploma agotada sobre el cuerpo de su yerno. Las hijas, con miedo aún, comienzan a llamarla mama con voz muy queda. Como no responde, la Juli le zarandea el hombro hasta que se percata de que ha pasado a mejor vida. Es entonces cuando las dos hijas se lanzan a la madre, gritando y llorando. La tienden boca arriba, la mueven, le golpean las mejillas sin resultado. En éstas estando, escuchan un gruñido a sus espaldas. Se vuelven. Alfonso Manuel se revuelve con los ojos cerrados, intentando salir de una pesadilla. De pronto abre los ojos y ve a las dos hermanas. Con voz cazallera le habla a su mujer. - ¡Ahora sí que no se te me escapas, puta!

5 La cortina de arpillera cubre la pared completamente. Su color oscuro sombrea los pocos resquicios de luz, que la gran ventana deja al cerrarse. Delante de la cortina, la mesa de trabajo de la maga, repleta de trastos ordenados con simetría enfermiza, modela, con cirios, estampas y flores, un improvisado altar. Ante él, se extiende la capilla ardiente en que reposa la finada, sayal franciscano y un rosario de nácar entre las manos heladas, que casi le llega a los pies. Yace dentro de una humilde caja, bordeada de cuatro velones, que han pedido prestados a la parroquia del barrio y que dan cierto empaque al velorio. Bajo la tintineante luz de los velones, el rostro de la Maga pareciera

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un efecto móvil de zoótropo. A su lado, la niña susurra unos rezos, de pie, inmóvil, una sombra más entre tantas sombras. La puerta abierta de la sala de espera proyecta su haz de luz de 40 vatios, junto con la letanía de un rosario, procedente de la habitación de al lado. La niña para un instante su susurro, queda boquiabierta y pensativa y dice, como quien dicta una sentencia universal y sempiterna, - ¡No somos nadie, mama! Tras unos pocos rezos más, se interrumpe. Piensa en voz alta, de manera inusualmente triste para su carácter: - ¿Cómo has hecho este truco, mama? ¿Eras una maga de verdad? ¡Eras una santa! ¡Qué guardado te lo tenías! Tras un sonoro Amén entran en la habitación unos pocos vecinos comentando entre ellos entre incrédulos y temerosos: - ¡Es una Santa! - No diría yo tanto, que muchos pecados de soberbia ha cometido. - ¡Pues yo juraría que era una farsante! ¡Bien montado se lo tenía la muy víbora! - ¿Y cómo te explicas el milagro? - ¡Casualidades, Doña Rosa, casualidades! - ¡Curó a mi hija del mal de ojo con una mirada suya! - Pues a mí me sacó una piedra en el cálculo que me tenía muerta. - Y a mi hijo le sacó la hepatitis de la bilis. Entra la Juli deshecha en llanto, pegada al pecho de su marido, que la agarra del hombro. Se acercan al féretro. Al llegar sobre la madre, la Juli rompe en lamentos: - ¡Ay mama! ¡Morir por salvar la felicidad de su hija! ¡Eso ya no lo hace nadie! ¡Y ahora te me vas, te has cambiado por mi esposo que no se lo merece!

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- ¡Sin faltar, Juli!, le replica entre dientes el cónyuge, visiblemente emocionado, pero cruzando los dedos. - Es la hora. Hay que llevársela, suena la voz del cura párroco. Entre los gritos desgarrados y teatrales de la Juli y el sincero llanto silencioso de la niña, tres hombres del velorio se unen a Alfonso Manuel para levantar el féretro. El chaval de la funeraria, con ardiles de empleado para todo, le coloca la sobria tapa a la caja y pretende ayudar entre los demás. Alfonso Manuel, bravucón y fanfarrón, le dice, suficiente: - No hace falta, niño, esto es cosa de amigos y familiares. El niño se encoge de hombros, más feliz que unas pascuas, y sale al pasillo. Los cuatro agarran el féretro y, al intentar levantarlo, notan, no sin cierta vergüenza, que no pueden con él. Una voz impía suelta, sin intención: - ¡Pesa como un muerto! Con todos los rezos de la habitación, el comentario sólo lo han oído los hombres del féretro, que reprimen, como pueden, las risas, hasta que Alfonso Manuel replica, muy serio: - ¡Venga, que no se diga, maricones, a la de tres! Y a la de tres, suben los cuatro el féretro, con tan mala fortuna, que al levantarlo de sus patas se desfonda la madera de cuatro perras y tabla y muerta caen a sus pies, dejando a la asistencia muda. El silencio cortante se mantiene unos segundos y es roto por la estentórea voz de Alfonso Manuel, que grita hecho un energúmeno: - ¡Vosotros sois jilipoyas!, palabras que condensan aún más el espeso silencio que había hasta ahora. En la imprecisión del momento, un suspiro profundo surge del suelo y la niña, los ojos como platos y la sonrisa bobalicona, señala a su madre y grita:

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- ¡Mama, estás viva! Por un instante, el revuelo que causan estas palabras entre los asistentes provoca un zafarrancho milagrero de llantos, gritos y desmayos. Quitan los restos de la caja, una vecina se desmaya, algunas se arrodillan rezando desesperadamente, la Juli se abraza a su marido, temblando, y éste, con los ojos desorbitados, se arrodilla, mientras, en medio de todo este cuadro de luces y sombras, la Maga se despereza, como quien sale de un sueño reconfortante. Echa una mirada a los ojos atónitos que la rodean, una mirada a sus ropas y una mirada a la sobria caja de pino. Al momento se sonríe con malicia: - ¡Desde luego no os habéis gastado un duro en el funeral! Bueno, se acabó el espectáculo. Ahora cada uno a su casa y a cotillear de lo que ha visto. Mañana se abre la consulta a las nueve. Y como nadie mueve una pestaña, añade con su voz estentórea: - ¿Es que nadie va a ayudar a levantarme?

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EL BOLETO 1. Susurraban los arbustos con las voces de los dos ancianos. Las ramas verdes rozaban tibiamente sus depiladas nucas cada vez que se volvían el uno hacia el otro para espetarle alguna de sus frases lapidarias sobre el sentido de sus viejas y cansadas vidas. En los silencios, miraban ambos al horizonte con gesto de buscar algún amago de señal de trascendencia, cuando, en realidad, no dejaban de mirar la ventana abierta del primer piso del edificio de enfrente. La panadera, entrada en años y en carnes, pero de buen ver, según sus entendederas, tendía la ropa con donaire, mostrando inocente sus bien dotadas domingas al tendido. Vio a los viejos a lo lejos, inmóviles, sentados en el banco delante del seto de mirto del parque, y se percató del principal interés de sus miradas, con lo que empezó a recrearse poniendo alfileres y aireando el pecho, que se contenía por estallar entre el escote de la apretada camisola. “¿Cuántos años tienes, Bartolo?”, preguntó con sorna el abuelo Alejandro, volviendo la cara hacia su derecha para ver la expresión de su compadre Bartolo y rozándose la nuca con las hojitas del seto. “No te jode. ¿Y a qué viene eso ahora?”, contestó, intuyendo la guasa, el abuelo Bartolo. “Pues yo todavía echaría un buen polvo”, dijo el abuelo Alejandro, mientras se volvía a los quehaceres de la panadera, que parecía haber lavado para el mes entero. “No te jode. Y yo”, replicó el Bartolo. “Si tienes la próstata en cabestrillo”, dijo y contagió la risa al compadre que le contestaba: - ¡Le dijo la sartén al mango...!. La risa socarrona revolvió las profundidades de sus pulmones de viejos fumadores y acabaron soltando un corral por la boca en forma de tos. - Ya ni reírnos tranquilos nos dejan los ochenta y cinco, exclamó Bartolo mientras hurgaba en los bolsillos de su roído gabán.

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- ¡Cuidadito que a mí me faltan dos meses! - ¡Dos meses, dos meses! ¡Que te crees que te vas a morir dos meses después! - ¡Lagarto, lagarto!, refunfuñaba envuelto el abuelo Alejandro en un temblor agorero que repetía con la sobriedad del actor cada vez que le mencionaban a la Parca. - ¡Anda, toma!, le ofreció un cigarrillo el abuelo Bartolo, pa’ que recuperes lo que has perdido. En el silencio preceptivo que siguió a tan alta máxima se encendieron los pitillos, volvieron al horizonte las cabezas, pero las miradas ya no veían los suntuosos pechos de la panadera, que, además, había cerrado la ventana. El parque, a estas horas del mediodía, centelleaba con el sol primaveral. Era una primavera cálida y seca, por lo que el pequeño parque, ahogado entre manzanas de casas clónicas de diez plantas, emitía ese brillo ceniciento que toman los parques las primaveras cálidas y secas. Una zona infantil, tres o cuatro aparatos maltrechos sin noción de utilidad, era la excusa para plantar tres filas de setos, cuatro árboles indefinidos, algunos bancos de hierro sin orden aparente y una fuente de agua potable con suelo de tierra, excusado de los chuchos del barrio. El calor de la tarde daba un color pardusco al paraje, acrecentado por el silencio de la calle. El barrio olía a siesta. Los abuelos la dormían en un sisear de cabezas, los cigarrillos consumidos entre los dedos y la compostura impuesta en sus cuerpos. Una de las cabezadas del abuelo Bartolo casi acaba tirándolos del banco y decidió despertar. Con su movimiento despertó también a su compadre Alejandro que chasqueó dos veces y abrió los ojos saliendo del mejor de los sueños, -¿No te puedes estar quieto, rediez? Me acabas de sacar de Anatolia, a punto de beneficiarme a la favorita del sultán.- farfulló el viejo, aun en el otro mundo. -¡Tú deliras, Alejandro!

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- ¡Claro, como tú no estabas, yo deliro!, replicó el abuelo Alejandro seriamente picajoso. El abuelo Bartolo comenzó a recoger periódico, papeles, gorra y bastón, protestando por la impertinencia de su compadre. - ¡Ni falta que me hace! ¡Como si hubieras estado alguna vez en Estambul! - ¡En otra vida! - ¡Ya quisieras tú que hubiera otra! ¡Anda, vámonos que todavía pillamos frío! - ¡Viejo, más que viejo!, respondía con sorna el abuelo Alejandro en el momento en que se levantaba y se componía el sombrero, ayudado de su destartalado bastón de marfil. 2. La cocina escupía cacerolas, trapos, cubos, escobas y vajillas. El reloj descolgado sobre los tarros, los mandiles sobre las cazuelas, las bolsas de plástico entre la cacharrería encharcaban el solado de la minúscula cocina. María del Pino se afanaba como una posesa en rascar con un estropajo verde y desgastado los azulejos de las paredes, haciendo equilibrios en una silla desvencijada por el uso y los años. Maria del Pino estaba en esa edad indefinida en que, sin dejar de ser joven, las tareas domésticas la obligaron a entrar en años y kilos prematuramente. Su piel tersa la conservaba resultona y sus carnes sobrepasaban por varios flancos la ligera bata de casa que la vestía, empapada a rodales por el agua y el sudor. Se recogía el pelo, rubio de bote, en un moño improvisado con un palillo chino, recuerdo de la última cena fuera de casa. Dos goterones que le caían por las sienes acabaron en su ojo derecho y en un acto instintivo se lo rascó con la mano llena de jabón.

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- ¡Me cago en la Virgen de los Dolores!, profiere a voz en grito creyéndose sola y, al bajar de la silla para lavarse medio a ciegas, da con el codo en el cajón de la cubertería, que se desparrama por los huecos de suelo, que aún quedaban libres. Con el estruendo y las maldiciones, entra el abuelo Alejandro acelerado y gritando del susto: “¡¿Qué coño pasa aquí, mujer?!” Semejante invectiva pilla desprevenida a la mujer que, del respingo, levanta de un golpe la cabeza del fregador, dándose en la nuca con el mueble cuelgaplatos, y comienza a dar alaridos y lamentos ante la inoportunidad del anciano. El abuelo Alejandro, paralizado en la puerta de los dos metros cuadrados de cocina, con un pie entre los cubos y otro entre las cacerolas, transmuta el semblante y susurra un “perdona si te he asustado”, que hace a su nuera serenarse un tanto antes de embarcarse en un mar de lágrimas. “Para soltar las tensiones”, dice ella sentándose en el resto de la silla. Pero, recuperándose al poco, su voz de cazallera retumba en toda la casa. -Pero ¿de dónde me sale usted de pronto, hombre de Dios? Si por poco me mata del susto. - Acabando de entrar cuando escucho derrumbarse el techo. - ¿Quiere usted hablar como las personas? Que no hay quien le entienda, coño. Y antes de que el anciano consiga amasar las palabras de un piropo a las lindas carnes de su nuera, ésta cambia de tema sacándose un papelajo del bolsillo de la bata. - Y a ver si tenemos más cuidado con las cosas. Mire lo que he encontrado al lado del tostador. Le tiende un papel arrugado con dos manchas de aceite. - ¡Su boleto de la primitiva! Mírelo, empercudío, con manchas de aceite por todos lados. ¡Pa’ que luego toque y ni lo pueda cobrar! ¡Cómo si nos sobrara el dinero! - Maripi, hija, cómo te pones, ni que estuviera premiado.

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- ¡Como si lo estuviera!, acaba estallando María del Pino ante la serenidad del viejo que ella interpreta como desidia, ¡Se lo guarda usted, que para eso es suyo! ¿Es que no ve el zafarrancho que hay montado en mi cocina? El leve hincapié en el “mi” de la cocina no pasa desapercibido al abuelo Alejandro, que, no sin echar una ojeada al culo de su nuera, cuando retoma las posiciones en la silla, decide encender la televisión y apuntar de paso los números premiados. En dos pasos llega al sofá, dejando a María del Pino a quien, al escuchar el soniquete televisivo, se le viene poner la radio a toda voz. El viejo, acostumbrado a estos desplantes, hace caso omiso y, bolígrafo en mano, apunta los números de la suerte. La mano temblorosa del abuelo Alejandro agarra a duras penas el auricular del teléfono que hay en la mesilla junto al sofá y con la otra consigue llegar a marcar un número que sabe de memoria. Terminando la faena, María del Pino se dispone a recoger los cachivaches con la cabeza aturullada por la mezcla de amoniaco, cuarenta principales y la receta de la televisión. Para no herir la sensibilidad del abuelo Alejandro, le grita desde la cocina con el tono más dulce que su voz sabe adoptar. - ¡Abuelo! ¿Quiere usted bajar un poco la tele que me voy a volver loca? Dos minutos después, cargada de impaciencia, se asoma a la puerta de la cocina y vuelve a vociferar. - ¡Abuelo, coño! ¿Quiere hacer el favor de quitar ese trasto? La redonda y calva cabeza del abuelo Alejandro descansa apoyada en su pecho. - ¡Y ahora se me duerme! Que su hijo está al llegar y luego vienen las broncas. Y al zarandearlo, cae inerme en el sofá, arrastrando con él el teléfono que tiene enganchado de la mano. - ¡Abuelo, no me asuste! ¿Qué le pasa, coño? ¡No se me vaya a morir ahora!

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Y a punto de perder los nervios, la toma con el teléfono, cuyo auricular mantiene en su mano, agarrotada ya, el fiambre. - ¡Y suelte el teléfono que me le va a arrancar el hilo! 3. El pequeño cuarto de estar atardece en penumbra de primavera. Como recién arreglado, rezuma una simetría enfermiza, presidida por el tictac de un palmario reloj de mesa sobre el mastodóntico aparato de televisión. Los blancos visillos filtran la luz agonizante y, a los lados del reloj, sendos candelabros de los chinos visten el conjunto de improvisado altar del tiempo. Dos pasos delante de la tele, el sofá dibuja en su asiento las posaderas de sus ocupantes habituales y una mesita en el hueco sostiene un florero, para cuando el cónyuge no la necesita de reposapiés. Bajo todo ese arsenal, aun se vislumbra una alfombra con los restos de un cisne, que en las escasas noches familiares servía de asiento a los dos retoños, cada día más iguales a su padre en lo de pasar la noche fuera y estirar las piernas para ver los partidos. Esta es la bendita hora en la que entran de la calle Maria del Pino y su marido Luis Enrique, sujetando a un descompuesto abuelo Bartolo que no puede con su sombra. El pobre hombre no termina de asumir la muerte repentina de su compadre y todavía menos la tranquilidad en la que han quedado hijo y nuera, por no decir los nietos, que ya han desaparecido con sus respectivas motocicletas hasta Dios sabe qué horas de la madrugada, como se nada hubiera pasado. - ¡Siéntese Don Bartolo, ahora mismo le traigo un refresco! - ¡No te molestes, Mariapi, sólo un poco de agua! - ¡No nos vaya a dar usted otro susto ahora, Don Bartolo, tráele mejor un chupito de orujo, Mariapi, que al compadre le gusta! - Bueno,... yo no debería, pero con tantas emociones.

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Y Maria del Pino trae tres vasitos y la botella y se sirven los tres tres tragos seguidos. El abuelo, envalentonado por el orujo, se dispone a preguntar a riesgo de inmiscuirse donde no le llaman. - Bueno ¿y el boleto lo tendréis bien guardado, no? Maria del Pino y Luis Enrique se miran extrañados ante la ocurrencia del viejo que atribuyen a la senilidad. El viejo no se arredra, por si le cayeran unas migajas de la inmensa fortuna de su compadre. - Nada, hijos, si no queréis hablar de eso, yo lo entiendo, al fin y al cabo es mucho dinero para ir pregonándolo a cualquiera. Luis Enrique, que ya tiene la mosca en la oreja y está cansado del viejo pierde la paciencia sin venir a cuento. - ¿Pero de qué coño me habla, compadre? ¡Que no estamos pa’ adivinanzas! - ¡Luis Enrique, no te pongas así con el mejor amigo de tu padre!, dice Maria del Pino, poniendo la mejor de sus sonrisas falsas. - No, si el boleto es vuestro, vosotros veréis. - ¡¿Pero qué boleto, cojones?!, estalla Luis Enrique sin ninguna consideración. El viejo capta enseguida el desaguisado y a pique de infarto como su amigo, suelta a trompicones a punto de perder el habla. - ¡No me ireis a decir... que... no sabíais! ¿Pero dónde está el boleto? El tono de terror de la última pregunta deja estupefacto al matrimonio que ya no se atreve a abrir la boca. Tras un segundo de silencio, tiene Maria del Pino un arrebato de inspiración y suelta como si le saliera del alma. - ¡El billete de la primitiva manchado de aceite! Los hombres la miran perplejos. Del viejo se vislumbra una sonrisa, del marido un arrebato contenido de arrearle un bofetón. Luis Enrique, fuera de juego, decide entrar en

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acción echándose dos orujos de golpe, lo que hace reaccionar a María del Pino que pregunta, nerviosa, al viejo. - Por el amor de Dios y la Virgen Santísima de los tres mil Dolores, ¿qué sabe usted de ese billete? - ¡Coño, que está premiado!, contesta el viejo a Mariapi, como si el marido ni existiera.- Tu padre me llamó ayer tarde nada más enterarse, pero me colgó. Decía que no podía hablar entonces y yo no insistí. - ¿Pero cómo nos lo dice usted ahora?, vocifera Luis Enrique. Maria del Pino trata de calmar a su marido, a punto de tirarse al cuello del viejo. Consigue sentarlo con otro trago y ella se endilga dos. - Por la Virgen y todos los santos, os juro que pensé que lo sabíais y que, dado el montante del premio, preferíais no decir nada ni siquiera al médico. El matrimonio, paralizado, lo mira inquisidoramente y pregunta al unísono. - ¿Y cuánto es el premio? El viejo babea, le tiembla el labio y la mano, enmudece por momentos, pero ante lo acuciante de la situación consigue sacar un hilito de su cascada voz. - El bote... unos quince millones... de euros. Luis Enrique agarra la botella y se bebe media de lo que quedaba, María del Pino se la quita temerosa, pero se echa de rebote otro buen tiento. Del respingo, ambos aparecen en la alfombra removiendo como locos muebles, alfombra, mesita, florero y sofá. Nada. Recapacitan. Cuando Mariapi lo encontró debía llevar fiambre unas dos horas, el tiempo que hacía que le colgó al compadre. Acababa de copiar los números. Si el papel no estaba por los suelos, lo debió guardar en algún lugar de su vestimenta. Bien se encargó Maria del Pino de registrar a conciencia pantalón y camisa al amortajarlo, pero no había encontrado nada. Nada de nada.

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- ¿No me engañarás, Mariapi? ¿No querrás quedarte el montante y escapar al caribe lejos de mi cinturón? - ¡Tú deliras, Luis Enrique! ¡Pero, por el amor de Dios, no me des ideas! El dormitorio de viejo tocó zafarrancho de combate. Una a una registran las prendas del viejo. No era demasiado el vestuario, pero interminable la colección de inutilidades que guardaba en los cajones del armario: cartas del banco y tarjetas postales; recuerdos de viaje y folletos de museos, regalo de clientes del kiosco de prensa que en su vida activa había regentado; números de teléfono sin nombre ni apellidos; etiquetas antiguas y modernas de chocolates suizos y de quesos holandeses; recortes de periódicos, anuncios, sucesos, deportes, que se desparraman al abrir el cajón. Maria del Pino recoge sorprendida un puñado del suelo y lee sin querer en voz alta: “Curandera famosa revive en medio de su propio velatorio”. Luis Enrique, empolvado y enfrascado en su tarea con obsesión infantil, se detiene perplejo y la mira de soslayo. Ella se percata y continúa su búsqueda en el último cajón. Golosinas caducadas, pilas gastadas, llaves sin puerta, monedas sin circulación, bolígrafos gastados, plumas sin tinta, una bombilla fundida, un llavero recuerdo de Gerona y una navaja recuerdo de Albacete. A la primera ojeada de semejante cofre, Luis Enrique espeta sin contemplaciones: “¡Todo a la basura!” Y no sin examinar detenidamente cada papelito, amontona los tesoros en una bolsa de Carrefour, hasta llenar veinte con las fruslerías del viejo. Rendidos y agotados al cabo de dos horas, se repanchingan desolados en el sofá. El abuelo Bartolo, para no molestar, no habla. Los mira en silencio, cubiertos de polvo el pelo de Maria del Pino y la calva de Luis Enrique, los ojos enrojecidos por el cansancio y la frustración, mirando al infinito, de sus breves ilusiones perdidas. En esto, cáustico y misterioso, suelta desde su asiento sin mirar al tendido:

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- Entonces sólo hay una explicación. La mirada fulminante del matrimonio le amarra de nuevo a la realidad y concluye: - ¡Se ha tragado el boleto! 4. Noche estrellada sobre el delirio de tumbas. La ciudad mortuoria extiende su manto a las afueras de la ciudad. En la parte noble, hermosas construcciones de mármol refulgen a la luz de la luna que asoma su elipse por el horizonte. Pululan santos, vírgenes y cruces de piedra, formando hermosas avenidas silentes, cuajadas de flores y flanqueadas de árboles. Convergen todas en barrios residenciales que dejan entrever al fondo sus torres de nichos, numerados y democratizantes. Las últimas parcelas de la ciudad noble renuevan sus habitantes y mantienen la tierra revuelta en algunas tumbas. De uno de los agujeros asoma una cabeza empolvada que cuchichea, existencial, mientras saca con dificultad su cuerpo del agujero. - No somos nadie, Manolo. Todas las riquezas de la vida de nada sirven aquí. - ¡Ni que lo jures, Julián! - responde como de ultratumba una voz algo más juvenil que proviene del agujero.- ¡Bien claro que lo tenía éste! Tanto vivir en la abundancia para dejarlo en la tumba más seco que un arenque. - Ya no cunde el oficio de enterrador. En mis tiempos ganabas una mierda pero te caía un propinón de la familia y encima sacabas una prima con lo que tomabas prestado al difunto. Ya no dejan en la tumba ni los dientes de oro. ¿Has cerrado bien? Manolo asoma por el agujero y acaba saliendo un joven vivaz y sonriente que deja fuera pico, pala, ganzúa y tenazas. - ¡No te quejes, que trabajo a tí no te falta! -vocifera el jovenzuelo con cierto jolgorio.- pero yo me he quedado sin propina después de tanto esfuerzo. - ¡No grites, subnormal, que si nos pillan la cagamos!

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- ¡Cuidado, no se chive alguno de estos! - responde Manolo, irreverente, soltando una carcajada. Julián, perro viejo en estos lares, prefiere no responder y le ríe la broma en silencio mientras recoge los aperos y piensa en la banalidad de las pasiones humanas. - Podías jubilarte y dejarme tu puesto de funcionario municipal. - Ya no hay oposiciones a este oficio, ahora todo va por contratas. Búscate una empresa de enterramiento. - Con los contratos basura gano menos que tú cuando empezaste y olvidándose de las propinas.- concluye el joven leyendo, divertido, el epitafio de una gran tumba.“Tu familia, que te quiere”. Vaya mierda de epitafio. A ver qué te parece éste.- e improvisa desde un pedestal en construcción.- “Alégrate, mortal, porque tú desde aquí ves más cerca las estrellas”, o éste “En el limo te has fundido, en el delta del río de la vida, con lo más infinito del Universo”. - ¿Y de dónde has sacado esa poética mortuoria?- Le comenta Julián entre cómico y sorprendido, mientras lía un cigarrillo. - Escribo epitafios desde muy jovencito, tengo como diez cuadernos de poesía para tumbas. - Se emociona Manolo.- Un día los publico y me forro. Pero tengo que estudiar cómo imponer la moda, porque ahora cualquier nadería contenta a las familias. - Porque ahora todo el mundo quiere olvidarse de sus muertos, reflexiona Julián en voz alta, cuando su fino oído percibe pasos en la lejanía y queda ojo avizor. El joven se percata y le interroga por señas. El viejo, con precisión, apaga el cigarrillo, empuja a Manolo de nuevo al agujero y salta tras él. Los cuatro ojillos escudriñan a ras del suelo. Tres figuras avanzan a paso decidido y en silencio hacia los nichos. La luna menguante deja entrever hombre y mujer de edad mediana y un muchacho apenas

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pasado de la adolescencia. No hablan. Miran a un lado y otro sin disminuir el paso y desaparecen entre nichos. Manolo y Julián asoman la cabeza y se miran sorprendidos. - ¿Serán románticos de los cementerios o saqueadores de tumbas? - sugiere burlón el joven. - Sea lo que sea nosotros no estamos aquí bajo ningún concepto.- contesta el viejo, que ve peligrar su paga y su pronta jubilación. El jovencito, ni corto ni perezoso, salta del agujero de un salto y, con afán de aventura, le suelta a su compañero de faena: - Pues yo no me quedo sin saber qué hacen. Y a buen paso se dispone a seguir al trío, mientras Julián, con esfuerzo, va saliendo de la tumba. - ¡Espérame, cabrón! ¡A mí no me dejes aquí solo! 5. Ante una gran pared de lápidas, el tímido rayo de la luna ilumina la procesión de las tres sombras temerosas que han ralentizado el paso buscando el lugar. Luis Enrique se detiene, husmea un momento y señala el hueco sin lápida de un nicho en el último piso. Susurrante, ordena al muchacho buscar la escalera. Este, con manifiesta desgana y cerril indiferencia desaparece. Mientras, Luis Enrique, con aires de mago saca del saco pico, pala, ladrillos, espátula, un saquito de cemento, una garrafilla de agua y un punzón. María del Pino recela, tiene frío y mira a uno y otro lado, temerosa. Se miran extrañados por la tardanza de su hijo. De pronto, un ruido, como si la tierra se abriera, hace a María del Pino aferrarse al brazo del marido que, de dolor, suelta un grito contenido. Ella se percata y afloja sin cambiar su faz demudada, él mira al frente y ve al inútil de su vástago arrastrando sin precaución alguna una inmensa escalera con ruedas que rechina como ariete acercándose a la muralla. Salta hasta el adolescente y sin

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mediar palabra le arrea un bofetón que le aplasta los granos de la cara, tras lo que se hace de nuevo el silencio absoluto. A los pocos segundos, el adolescente, saliendo del atolondramiento y la sorpresa, bosqueja una especie de bramido, lo que provoca una segunda bofetada en el otro carrillo y una profusión de mudas señales del padre, quien le indica, entre mudos insultos, que haga el favor de callarse y agarrar la escalera del otro lado para llevarla a peso sin arrastrar. Entrando en razón, aunque no muy convencido, y, desde luego, bastante receloso, el adolescente obedece y consiguen colocar la escalera delante del último lecho de su abuelo. Luis Enrique sube de un salto y comprueba la pared de ladrillos aún fresca que tapa la boca del nicho. Hace una señal a sus parientes para que le alcancen el instrumental, pero, por señas el niño se está quejando a la madre del maltrato y ésta lo consuela acariciándole los granos de la mejilla y asintiendo teatralmente a las quejas mudas del adolescente. Ante la idílica imagen maternal, Luis Enrique, visiblemente encendido, fuerza un susurro audible. - ¿Vais a dejar de hacer el idiota y pasarme los aperos? Después de señalar varios instrumentos, consiguen deducir que es el punzón lo que pide el paterfamilias, de manera que el muchacho se lo sube, aún receloso. Luis Enrique lo agarra y tantea cuidadosamente la pequeña pared de ladrillos. De un golpe seco consigue derribar algunos. Entre los dos, con rapidez, limpian la boca del nicho y se disponen a sacar la pesada caja. Tirando entre padre e hijo, consiguen sacar media, cuando piden ayuda a la mujer, que, santiguándose, sube a la escalera cada vez más trepidante. Haciendo alarde de equilibrio, pero muy poco de táctica, cuando la caja está prácticamente fuera, la intentan girar. Las manos sudorosas, la falta de equilibrio y la descoordinación de movimientos les hacen soltar la caja, que resbala sin consideración y cae al suelo en medio de un descomunal estrépito. Llega al suelo horizontal, pero del

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golpe se descolan sus elementos y queda semiabierta dejando asomar una de las manos del difunto. Se hace un silencio profundo. Los tres sujetos quedan paralizados y boquiabiertos. Les tiemblan las piernas y sudan como piratas. Se escuchan de pronto unas risas contenidas que les hacen reaccionar. Se miran asustados. Vuelve el silencio. - ¡Aquí hay alguien, me cago en...!, susurra con un hilo de voz Luis Enrique.¡Vamos rápido! Se lanzan los tres a la caja destrozada. Quitan la tapa aún intacta y reconocen muy desmejorado al abuelo Alejandro. María del Pino reza convulsivamente, Luis Enrique empieza a rebuscar por bolsillos, forros y dobladillos de la ropa mortuoria de su padre. El adolescente tantea, contagiado por la locura investigadora, pero pregunta, entre alelado e inocente, ahora sin alzar demasiado la voz: - ¿Pero puede saberse qué es lo que buscamos? Tras minutos que se hacen horas, cuando sólo quedaría abrirle la barriga, Luis Enrique, en un ataque de ira, golpea la pétrea panza del cadáver y gime desesperado ante los ojos atónitos de María del Pino y su hijo. - ¡Hijo de puta! ¡Te has tragado el boleto, te lo has tragado! Luis Enrique golpea el cadáver, María del Pino lo sujeta entre gemidos, el hijo ríe y llora de pie ante ellos y el cadáver no da crédito a sus ojos. Desde lo alto de la mole de nichos, desde donde Manolo y Julián espían sin ser vistos, la escena tiene un aire de pintura de Caravaggio. Irónicamente, la luna ilumina como un foco el rostro del abuelo Alejandro. En otras circunstancias, alguien hubiera pensado que estaba durmiendo. Incluso alguien hubiera podido decir que estaba sonriendo.

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6. El ruido monótono de la máquina y el envolvente olor a café recién molido consiguen devolver a Manolo y a Julián a este amanecer, que se impone gradualmente a través de los enormes cristales de la cafetería. Viejo y muchacho, sentados uno frente al otro ante sendos carajillos, miran por la cristalera iluminarse los cipreses del cementerio. Les cuesta articular palabra. Finalmente, se decide Manolo, mucho más dado a la teatralidad a causa de su enérgica juventud. - ¿Qué has entendido de toda esta historia, Julián? Responde Julián, lento y socarrón, tras quemarse los labios con el carajillo. - Que mejor no me meto donde no me llaman y podemos desayunar tranquilos. - Pero era triste la escena. Y nunca sabremos qué es lo que buscaban.- reflexiona Manolo haciéndose ya una novela en la cabeza. - Buscaran lo que buscaran, volvieron a tapar el nicho y dejaron todo como estaba. Eso es lo que a mí me importa. Su historia, que se la guarden.

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LA INDIGENTE 1. La estación de Atocha dibujaba al fondo su silueta impresionista emplastada en la llovizna persistente. Un desfile de cláxones rompía el silencio de la noche temprana y fría, tratando de avanzar, como un ejército persa, entre la Glorieta y Embajadores. Un torrente de paraguas se apresuraba por la acera de la pagoda roja del Reina Sofía sin reparar en los dos bultos que, sentados a cubierto bajo la pasarela de la escalera de incendios del moderno edificio acristalado, se calentaban sobre la rejilla del respiradero del túnel de cercanías. José Manuel, haciendo caso omiso a los viandantes, trataba de introducir sus manos cadavéricas entre los interminables refajos de Pilar, que se zafaba refunfuñando de las indecorosas proposiciones de su pareja de fatigas. -

¡Que me quites las manos de encima, maleante! ¿No ves que pasa la gente?

-

¡Venga, zorrilla, hazme un agujero en la coraza y te meto otra cosa más calentita!

-

¡Mira que eres guarro! ¡Déjame, José Manuel! ¡Mira que me duele el pecho y casi no puedo respirar!

Las manos de José Manuel palpaban las incontables capas de andrajos, que se pegaban a las prietas carnes de Pilar y que habían olvidado la última vez que sintieron aire fresco. A reojo de los viandantes, los bultos irreconocibles se movían bajo las mantas como mar en tempestad. De cuando en cuando, un chorro de humo de la rejilla, acompañado del pertinaz sonido del ferrocarril subterráneo, les daba un toque exótico de película futurista. En vista de que José Manuel no conseguía su objetivo, agarró una estaca, que usaba de bastón, y se puso a azotarla. Ante los gritos, ahogados por el tráfico, de la indigente pidiendo socorro, hubo una estampida de paraguas que cambiaron ipso facto su rumbo mecanizado, dejando a la pareja sola en sus desavenencias.

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-

¡Déjame, hombre de Dios! ¿No ves que me vas a matar?, le gritaba Pilar, que había conseguido desembarazarse de los palos y se le había colocado de pie, tosiendo y ahogándose como una posesa.

-

¡No te escapes, zorra! Si no quieres otra calentura, la vas a tener de mi bastón.

-

¡No me pegues, por Dios, José Manuel, que esta noche me duele el pecho y no respondo de mi vida!

-

Pues aquí no duermes hoy. Ya sabes el precio de la cama.

-

¿no me irás a abandonar una noche como ésta? Que mira que si no paso de hoy te vas a llevar esa carga el resto de tu vida.

Se le abalanza José Manuel aprovechando un traspiés de la mendiga y descarga su rabia en el bastón que repiquetea con todas sus fuerzas en la espalda de Pilar quien resiste impasible la lluvia de palos. Acabada la catarsis, José Manuel, jadeante, se le acerca, asustado al notar que la mujer no se mueve. -

¿Ves lo que has conseguido? ¿Lo ves? Ya conseguiste sacarme otra vez de mis casillas. Mira que te lo tengo dicho, que no me provoques, Maripili, que tengo mal café y no respondo.

Se le acerca a la cara y nota con cierto alivio que aún respira. La levanta como puede y la arrastra de nuevo hasta la rejilla con toda la delicadeza de la que es capaz semejante zopenco. Cuando la ha acomodado entre los restos de las mantas, se arrodilla ante su cara, lloroso, le aparta la pelambrera y la acaricia con cierto cariño. -

Lo del dolor del pecho, dime que me lo decías para asustarme, dímelo.

Pilar respira con dificultad. Más bien toma sorbos de aire para evitar ahogarse prematuramente. Lo ojos los tiene cerrados. José Manuel le da palmaditas en las mejillas por si se reanimara. Al cabo de dos o tres quejidos, Pilar abre unos ojos como platos y toma una bocanada de aire por última vez, dejando caer la cabeza en la mano

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derecha de José Manuel, que la retira de golpe como si se hubiera quemado con el último suspiro. José Manuel se queda lívido mirándola estupefacto. Al rato, con un movimiento instintivo le cierra los ojos. Al rato, sin haber cambiado la posición, le toca la cara y la nota fría. -

¡Pero qué zorra eres! ¡Al final te me mueres en mis brazos pa que cargue con mis remordimientos!

2. José Manuel pasea su figura enjuta cuesta arriba bajo la llovizna por la calle Amparo. Camina despacio, como renqueando, y tira de un carrito de la compra abarrotado con todo su equipaje. El panamá raído le brilla en la cabeza y le da un aire de alma en pena. Su rostro, todavía pintado por la palidez de la impresión, realza las formas cadavéricas que le producen sus pómulos pronunciados, las cuencas de sus ojos hundidos y los labios secos que delatan su falta de dientes. En la otra mano lleva una bolsa de tela desgarrada con los enseres personales de Pilar. Mueve los labios como quien habla solo o piensa en silencio. Cuando llega a Tirso, la plaza está desierta. Se asoma a las escaleras del metro y ve un sólo bulto recostado delante de la reja cerrada de la puerta. Decide arriesgarse en el hueco de al lado sin saber a ciencia cierta quién será su compañero de rincón aquella noche. Se está preparando la guarida cuando escucha rezongar al bulto que tiene enfrente, del que sale una voz lejanamente femenina. -

Pero mira quién aparece por estos andurriales y sin la parienta. ¡Si es el pinchito de Orcasitas!

Aquella voz cazallera y aquel apodo viejo no podían provenir sino de alguien que lo conocía de antiguo.

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-

¡Te creía en una clínica de rehabilitación! ¡Y rehabilitada y todo, a contar por los años que no se te ve la cara!

-

¡Que me hicieron un lifting pa que no me reconocieran los compadres del gremio de los mendicantes! ¡No te jode!

-

Pos yo que pensé que habías vuelto al espectáculo.

-

Es que con el lifting ya no me reconocieron y se me cruzó un cartón de vino en mi vida. Y todavía lo llevo conmigo. Vente aquí que nos arrebujemos pa calentarnos y te invito a un trago.

-

Pues si puede ser a unos cuantos, te lo estaré agradeciendo toda la vida, porque llevo una noche.

Entre otras bromas y veras, José Manuel y la Gloria, se acomodan los lechos el uno junto al otro y, entre trago y trago, se ponen al día. -

¿Y te la dejas muerta, canalla? No tienes perdón de Dios.

-

Si te parece la voy a echar al carro y a llevarla al camposanto. Ya no tiene remedio. No sabes tú lo caro que es un funeral. Que la encuentre la pasma y le de un entierro digno. Ya me estaba cansando de sus petulancias. Pues no decía que de joven ¡había compartido cartel con Dominguín! ¡Y que tenía un hijo! Pues si es verdad, ya lo encontrarán las autoridades pa que le pague el entierro.

-

No seas tan cruel, que yo he sido disco de oro y he actuado en el Olimpia y mírame cómo me ves.

-

¡Pues como la Maripili! ¡Que se te ha empezado a ir la olla!

Calentitos por el vino y la conversación, José Manuel advierte la bolsa de la Pilar que se ha traído consigo, para evitar que algún desaprensivo dé cuenta de sus enseres personales. Eso, al menos, es lo que le explica a la Gloria. Allí guardaba Pilar las únicas

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posesiones que jamás había enseñado a nadie. Ni siquiera a él, quien le había chuleado los últimos cuatro años de su vida. -

Pues, tío, qué curiosidad, ¿no?, dijo la Gloria con los ojillos de bolilla.- ¡Mira que si está llena de billetes y te saca de pobre!

José Manuel asió la bolsa con fuerza y se la puso en el regazo. La mira como si ésta tuviera que contarle algo. Mira de reojo a la Gloria con la desconfianza con la que se mira a los que se conoce. La Gloria se percata. -

No seas rata, José Manuel. Que me conoces de toda la vida. Que soy una mendiga honrada y española. ¡Y a mucha honra!

La perorata de la Gloria hace su efecto en José Manuel, que, sin confiar del todo, decide obedecer a su curiosidad antes que a su prudencia y abre con cuidado la bolsa para investigar lo que contiene. Papeles había, pero no los que José Manuel ya se estaba imaginando. Recortes de periódicos, legajos y algunas fotos, eso era todo. Aparte de los papeles, que dejó sobre la manta, comienza a sacar algunos abalorios sin valor aparente: un rosario de cuentas, algunos collares, pendientes y otras bisuterías y dos libros, cuyos títulos intenta leer José Manuel, deletreando en voz alta. -

Fi e... fiesta. Tiem po de si lencio.. ¡Joder, ya no veo un carajo!

-

¿Desde cuándo has sabido tu leer, trolero? A ver. ¡Toma castaña! ¡Si están dedicados!

José Manuel siguió rebuscando entre ropas viejas y saca una montera, que mira curioso y se encasqueta, divertido, en la cabeza. La Gloria abría cada vez más sus ojos aceitunados, enormes de natural, absorta en la lectura de los recortes de periódico. -

“Profanación en el cementerio de la Almudena. Unos desaprensivos desentierran a su padre buscando un billete de lotería.” “Curandera vuelve a la vida en su propio velatorio”. ¡El mundo está pa que lo aten!

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Mira a su compañero de velada que hacía el paseíllo triunfal con las manos y la montera en la cabeza. Mueve la cabeza de lado a lado, da un suspiro y se vuelve a los recortes jugosos que había coleccionado su comadre Pilar. -

¡La madre que me parió!, espeta de pronto, provocando un respingo en el auditorio.

José Manuel se volvió con el repullo y miró a la Gloria. Estaba guapa con sus ojos como platos y los coloretes encendiéndole las mejillas. La oyó leer mientras demudaba la piel de la arrugas de la calavera de su cara. -

“Tarde triunfal en las Ventas. Pilar Contreras, la primera novillera del país, tomó ayer la alternativa de la mano del maestro Luis Miguel Dominguín. La tarde acabó en triunfo absoluto de la postulanta, que remató sus dos faenas, dedicadas a su hijo de diez años, presente en primera grada del tendido, con sendas vueltas al ruedo y salida a hombros por la puerta grande. Se augura un esperanzador futuro para la vanguardia del toreo femenino en nuestra patria.” Y ¡mira! ¡Una foto de la Maripili de torera! ¡Qué joven y qué guapa que era!

3. El sol calentaba el asfalto y lo hacía plastilina, a pesar de la hora temprana. A la salida de la iglesia de San Sebastián, un clásico del pordioseo que, no sólo no perdía su vigencia, sino que lo aumentaba con la adición de tullidos y lisiados de más allá del Danubio y toxicómanos nacionales de larga duración, la primera liturgia concentraba ya una pléyade de pedigüeños que nada tenía que envidiar a las que se arremolinaba en la puerta de la calle Atocha allá por los tiempos de Don Benito. Cual Almudena y Benina del siglo XXI, José Manuel, ciego tan sólo por el vino de la noche, y la Gloria, inocente no más en el juego de los amoríos y los chulos, pasan como fantasmas delante de la

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puerta de la iglesia, abarrotada de almas como ellos, en espera de alguna caridad que salga de misa de nueve. La calle arde, como dios manda, en los inicios del verano. La Gloria sueña con la sombra del portal de San Sebastián y el frescor que sale de las iglesias. José Manuel, que intuye sus intenciones, suelta un repentino y estentóreo “¡No!”, que asusta a la parienta. -

¡Me niego a codearme con esa chusma extranjera! ¡Además soy ateo por principios! Prefiero pedir a la salida del teatro.

La Gloria, exhausta, sudorosa y medio ciega también por los alcoholes, no ve el momento de tumbarse en cualquier rellano. José Manuel, que la ve y que siente también la necesidad de encontrar una sombra, decide hacer una siesta mañanera junto a un banco de Tirso. Atisban un rincón con aspecto fresco junto a la fuente que se extiende enfrente del Nuevo Apolo, y agarran unos periódicos para adecentar el chiringuito. Colocando los papeles, la Gloria se fija en una columna con un titular, lo menos, curioso. Agarra la hoja y lee en voz alta, sentándose a la vez en lo alto de las demás: -

“Entierran en nicho anónimo a la indigente hallada muerta hace cuatro meses. Ningún familiar la ha reclamado hasta el momento. El nicho número 1225 del cementerio de la Almudena será la morada provisional postrera de la indigente hallada muerta a la entrada de la ampliación del Museo Nacional Reina Sofía de nuestra ciudad. Tras varios meses en el depósito de cadáveres del hospital municipal y al no haber sido denunciada la desaparición por ningún familiar de la difunta, se ha procedido a su inhumación en los nichos habilitados para este tipo de ocasiones en el citado cementerio de la capital.”

La Gloria se queda pensativa y cabizbaja. José Manuel se recuesta a su lado y, achispado por el vino y despabilado por la fresca que produce la fuente, mira a la comadre con ojos picarones y sonríe guiñando un ojo.

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-

¡Venga, zorrilla, el muerto al hoyo y el vivo al boyo! Deja que tiente tus carnes sudorosas y nos resarcimos un poquillo.

-

¡Canalla, no tienes perdón de Dios! ¡Con el cuerpo aún caliente de lo que fue tu mujer!

-

¡No me jodas, si debe estar ya hecho un témpano, de tantos meses en el congelador! ¡Ya era año de que lo entierren!

Y a pesar de las protestas de la Gloria, José Manuel sigue buscando con sus manos, bajo los refajos, humedecidos de sudor, de la partenera, las prietas carnes y el lugar donde desfogar su potencia viril. Cuando lo consigue, sin saber muy bien dónde, se recuesta sobre la noticia de la difunta y se queda durmiendo de seguido. Entonces cesa la Gloria en sus gritos, lo mira durmiendo la mona con rostro gozoso y, con lágrimas en los ojos pero sin fuerzas, le golpea en los hombros con las manos como quien golpea un fardo. - ¡Cerdo, más que cerdo! ¡Ni por los vivos, ni por los muertos! ¡Ya no respetas a nadie!

4. Cementerio de la Almudena, a la mañana siguiente. Manolo, un joven que trabaja a jornal de jardinero en el Camposanto, escucha unas extrañas voces de entre las calles de nichos. Por su natural escéptico y agnóstico, más que asustarse, le pica la curiosidad, pues es todavía muy temprano y los de la tele están al llegar para un reportaje sobre la mendiga anónima que trajeron anteayer. Buscando dentro del laberinto de los nichos, poco a poco se acerca al foco de los suspiros y las palabras se escuchan cada vez más nítidas. Al doblar la esquina de la calle de los anónimos, descubre un esqueleto viviente ataviado con un panamá sucio y deformado, de rodillas ante el nicho de la nombrada mendiga, con un manojo de crisantemos en la mano. Se queda unos instantes a la

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escucha y toma buena cuenta de lo que oye, por si algo le puede valer de inspiración para los relatos y epitafios que escribe en sus ratos libres. -

¡La más santa de las mujeres que he conocido! ¿Cómo te pude hacer lo que te hice y encima abandonarte? ¡Cuánta razón tenías, cuánta! Llevo mi penitencia encima y ya no me la podré sacar jamás. Y mira que me avisaste, que me agarraría la culpa todos los días de mi vida.

José Manuel hacía aspavientos con las manos como había visto hacer de niño a los actores de Don Juan Tenorio. Las lagrimitas, al menos dos o tres, fueron sinceras, en recuerdo de los cuatro años que pasó con la difunta aunque entre tanto refajo nunca llegara a tocarle las carnes verdaderas. -

Nunca te creí y resultó ser verdad. Tu bolsa me lo ha chivao. Era verdad lo de tu hijo. Y que fuiste torera. He visto los recortes. Qué ciego he sido, Maripili, pero qué ciego.

Manolo siente vibrar el móvil, se aleja de la escena a buen paso y se dirige a la puerta a recoger a los de la tele y traerlos aquí. Se apresura para volver antes de que se esfume semejante fuente de información. Los de la tele eran un cámara, una presentadora y el productor de informativos de la cadena. No le dan mucha opción a Manolo para indicarles lo que ha visto. Parlotean optimizar la grabación y salir disparados para el Severo Ochoa, porque les reclaman los del informativo del mediodía. Entre orden y orden del productor, Manolo consigue meter baza un momento y explicarles la situación. Los de la tele se quedan pensativos. Deciden acercarse lentamente en silencio y escuchan los llantos, cada vez más plañideros, de José Manuel ante la tumba. Al notar que se acerca gente, reduplica los suspiros. El productor se emociona y les dice a los demás en voz baja.

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¡Esto es una mina! ¡A la mierda el informativo! A éste hay que sacarle todo lo que sepa de la difunta y tirar de la manta. De aquí nos salen hasta premios internacionales. 5. José Manuel pone su mejor sonrisa desdentada, que fulge cadavérica bajo el

panamá raído. Detrás, la tumba anónima de Pilar sirve de marco para el plano medio. Manolo ha convencido al mendigo para salir en la televisión contando su historia. El mendigo, que parecía resistirse a contar sus secretos, se mostró mucho más locuaz y despierto cuando Manolo le trajo a pie de nicho, a cuenta de la tele, un desayuno, de los que no recordaba haber tomado en su mísera vida. Mientras se saciaba, los de la tele preparaban la grabación haciendo miles de movimientos que él no descifraba, mediciones, cuadraturas, colocaciones. Hasta habían sacado focos cegadores y habían completado el equipo con otras tres personas más. Manolo dejó sus labores jardineras para acompañar al indigente mientras desayunaba y servía a la vez de intermediario entre éste y la presentadora que resultó ser la reportera encargada del caso. José Manuel les había contado la historia de los recortes que guardaba la que fue su mujer, así la había presentado, pero que estaban a buen recaudo en manos de la Gloria, porque quería saber cuánto podía sacar del caso. -

Tenemos por norma no pagar por ciertos reportajes, había dicho la reportera con dignidad y convencimiento.

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Ni yo vendo los recuerdos de la parienta, faltaría más, había contestado el indigente.

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No digo que alguna ayuda, por el tiempo que nos dedica, no le vaya a caer, había corregido la reportera, ante las señas desesperadas del productor de

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informativos, que los escuchaba a distancia prudencial mientras daba las órdenes pertinentes. -

Pues no vendría mal, señorita, porque uno deja de trabajar estos días y no cobra, ya sabe.

Manolo dibujó una sonrisa escéptica e irónica ante la evidencia del regateo a costa del finado. Se percató del cruce de intereses cuando vio, además, uno de los recortes de prensa que se deslizaron del bolsillo de la chaqueta de José Manuel, que estaba colgada de la silla. Se disculpó ante los presentes, porque tenía trabajo en los jardines, se levantó y, al hacerlo, cogió del suelo el recorte, disimuladamente. Anunciaba la inminente visita de la televisión a la tumba anónima con la intención de grabar un documental sobre la investigación del caso. Lo arrugó con una sonrisa desilusionada y romántica y lo depositó en la primera papelera que encontró en su camino. La algarabía de los focos se iba alejando conforme bajaba la calle de los sueños eternos, repleta de flores multicolores y silencio sepulcral.

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Recortes de prensa (Tríptico)  

trilogía de relatos basados en noticias reales abiertas a lo fantástico. Lo componen: La Maga, El Boleto y La Indigente.

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