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CINE Y RELIGIONES Expresiones fílmicas de creencias humanas

Francisco Salvador Ventura (Editor)

Université Paris-Sud Paris, 2013


Decapendáfgusto, la búsqueda del milagro cotidiano Antonio Aguilera Vita 1. Sobre un fondo negro, aparece un cartel escrito en griego. Semeja un versículo. En realidad, se lee lo siguiente: Decapendáfgustos1, la gran fiesta de la Dormición de la Madre de Dios. En silencio, un lento encadenado. Oscuro y unos nuevos versículos: Decapendáfgustos, la última fiesta del verano. Nuevo encadenado a oscuro. Aparece el tercer y definitivo versículo: Decapendáfgustos, la salida más sangrienta del año. Sólo en ese momento, a diferencia de lo habitual, al inicio de las películas, aparecen los productores, Attika, el Centro Griego de Cinematografía, Ómilos Lefsis y Prooptikí presentan una película de Constandino Yánari, cuyo título es, precisamente, Decapendáfgusto.  1  Forma apocopada y popular de referirse a una fecha concreta y sagrada para la ortodoxia griega: el 15 de agosto. Para el catolicismo, la fiesta de la Asunción. Francisco Salvador Ventura (Ed.): Cine y religiones, Université Paris-Sud, Paris, 2013, 61-74.


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Constandinos Yánaris se ha convertido, con un puñado de películas, de las cuales la que nos disponemos a comentar fue la segunda que rodó en Grecia, tras un primer arranque en el Reino Unido, en un referente del nuevo cine heleno del siglo XXI. Su forma de rodar no puede ocultar su paso por el cine británico, especialmente los filmes independientes del primer Boyle, con el toque de crítica social de un Ken Loach, y el gusto por la imagen experimental de un Derek Jarman, pero siempre barnizados por su pertenencia a uno de los pueblos más viejos de Europa, el griego, por lo que bebe no sólo de la propia tradición de la tragedia clásica, que, en el fondo, no deja de pertenecer al conjunto de la cultura europea, sino, particularmente, de la tradición de un cine patrio que vivió algunas décadas doradas, elevando el melodrama de tintes trágicos a la categoría de obra de arte, gracias a un Cacoyanis, o remodelando de manera simbólica la historia misma de Grecia como lo hacía Anguelópulos. Yánaris presenta rasgos de ambos, sin olvidar que pertenece a la generación de finales del siglo XX, si bien heredera en parte de los cánones del cine de autor que había descubierto la presentación directa del tiempo en la imagen, experimentando, para romperlas, con las formas de la narrativa cinematográfica clásica; crece en la sociedad de la saturación de la imagen y de los medios de comunicación, de las innovaciones en la narrativa, iniciadas por el desarrollo del videoclip y en el ambiente de pensamiento de una postmodernidad artística que fomenta y practica el eclecticismo de formas y temáticas. Yánaris se aleja, sin embargo, del esteticismo hueco en el que caen algunos de los representantes británicos de dicha postmodernidad y, más bien siguiendo un camino de búsqueda más cercano a un Jarman, se adentra en la problemática de su propio país, realizando en Grecia unas películas atípicas respecto a lo que se estaba haciendo hasta el momento y que servirán de estímulo a los nuevos realizadores que parecen renovar hoy mismo el panorama cinematográfico heleno. Uno de los ejemplos más claros es la película que nos ocupa, porque plantea varios ejes argumentales, no sólo por ser un film coral, centrado en la historia de tres familias bien diferentes, aunque habitantes del mismo edificio de viviendas, lo que en Grecia se llama policatikía, sino porque dichos ejes argumentales se diversifican a su vez en otros tantos ejes temáticos que retratan de una manera irónica las tradiciones, las alegrías y las miserias de un pueblo al borde de la gran crisis económica, en plena burbuja de bienestar, pero también, en plena época de cambios radicales para una


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sociedad como la griega, que ha vivido hasta entonces apegada a sus férreas tradiciones y que se ve desbordada por los nuevos fenómenos (emigración, delincuencia, paro, desintegración familiar, agnosticismo o ateísmo espiritual, etc.) provocados por el cambio de situación y su acercamiento a la Europa comunitaria y a una cultura cada vez más occidentalizante. En este contexto, Decapendáfgusto implica la búsqueda de la redención a través del milagro, en el que casi nadie cree ya, pero que, en la vida cotidiana, parece suceder de la forma más insospechada. ¿Se trata, en verdad, de una nueva forma de ver el milagro? Vanessa, la niña enferma de un cáncer irreversible, confiesa, con toda la carga de la inocencia de sus ocho años, ante la videocámara intrusa y omnipresente de su hermano adolescente y andrógino: “Yo no creo en milagros”, cuando se entera de que los preparativos para las vacaciones de este trímero, este puente del 15 de agosto, son para visitar un santuario de la Virgen, famoso por sus curaciones. Irónicamente, es la única que se cura de su dolencia. Pero vayamos por partes. 2. Cuatro historias se entrecruzan en este puente de agosto. Son las historias de las tres familias que habitan la policatikía de un céntrico barrio de Atenas, un barrio popular, tradicional, de los de toda la vida. El edificio es una de esas casas de los años cincuenta, probablemente, quizá algo más antigua, que en un momento de la historia de la ciudad representaba un cierto estatus acomodado, tras los duros años de la ocupación alemana y la posterior guerra civil, que, como represión contra el segmento de población de izquierdas o manifiestamente comunista que había luchado con éxito contra el nazismo, fue apoyada por los servicios secretos estadounidenses y británicos, que masacraron y encarcelaron a buena parte de los héroes de la liberación, ante el temor de que Grecia sucumbiera a la influencia de Stalin. Tras todos esos oscuros acontecimientos, Atenas se reconstruye poco a poco, a partir de una población que ha huido de las zonas rurales desoladas y que comienza a hacinarse en los cinturones urbanos de la vieja capital2. Los barrios del centro, unos más ricos que otros, unos más acomodados que otros, rehacen sus casas para acoger a  2  Para una información más detallada de estos procesos, ver AGUILERA VITA A. (2013), “La ciudad condenada: Atenas entre la tragedia y la comedia en el cine griego del cambio de siglo”, en CAMARERO GÓMEZ G. (ed.), Ciudades europeas en el cine, Akal, Madrid, 27-45.

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una incipiente clase media que se asienta en torno a Exarjia, Petrálona o Tavros, Kesarianí o incluso Pankrati, mientras que las clases altas que antes habitaban los barrios más céntricos se desplazan poco a poco hacia barrios residenciales mejor acondicionados como Kifisiá, y las más populares habitan los centros arqueológicos, en torno a Cisío y la Acrópolis. Con el paso de los años y la progresiva occidentalización de Atenas tras la entrada en la Unión Europea, algunos reductos de las clases pudientes, como Pankrati o Kolonaki, en los centros económicos, reciben a las nuevas clases medias, intelectuales, funcionarios, comerciantes liberales, que renuevan las viejas policatikías y que, al añadirse la población inmigrante de los años de despegue económico en torno a los Juegos Olímpicos del 2004, convierten estos barrios en una verdadera amalgama de clases sociales, razas y lenguas. En una de las primeras secuencias de la película que nos ocupa, cuando las tres familias preparan los coches para salir de puente, comentan estos fenómenos migratorios y la inseguridad que los mismos han traído al barrio, antaño mucho más tranquilo. Pero Yánaris nos muestra a la vez el estatus de las tres familias en cuestión, colocándolas en una escala social según el piso que ocupan. En el ático, dominando la ciudad, obsesionado con la seguridad, vigilando los tejados, está Costas, arquitecto y triunfador social, casado con Catia, una psiquiatra y terapeuta de buena posición, que se acerca a la edad mediana en la que comienza a plantearse la posibilidad de la maternidad con la oposición de su marido, inmaduro y vividor, claro modelo de los años de burbuja económica que han vivido en ese tiempo nuestros países mediterráneos, reacio al compromiso y ajeno al paso del tiempo. Bajo ellos, vive una pareja, Mijalis y Sandra, algo más joven, pero también cercana a la edad mediana, especímenes de la nueva sociedad helena, es decir, viven juntos sin estar casados, pero ella costurera y él, mecánico, en esos momentos en paro, viven también su crisis íntima ante una situación que se les hace repetitiva y sin salida. Su relación ha hecho aguas y tienen la impresión de que no avanza. Sandra cose un traje de novia y, en el fondo, sueña con vestirlo también ella. Mijalis se refugia en sus deportes reforzando su papel de macho ante la imposibilidad de ejercerlo en la realidad por su propia situación de mantenido. En el primer piso, vive la familia más típica del edificio, Fanis y Morfula con sus dos hijos, el uno adolescente, en pleno proceso de cambio de voz y de cuerpo, envidioso de los cuidados que se le prodigan a su hermana pequeña, por estar ésta enferma, no


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deja de llamar la atención, especialmente entrometiéndose con su videocámara en la vida de todos los demás. La cuarta historia, que completa la película, es ajena a estas familias, pero entra, no en sus vidas, sino en sus casas, tomando posesión de ellas en esos días en que todos se encuentran fuera. Es Yanis, un joven delincuente desarraigado que aprovecha la salida de media Atenas durante el puente para instalarse en la policatikía y tratar de desvalijar lo que encuentra con tranquilidad. Yanis ha huido de la casa en la que vivía con la madre, porque ésta se dedicaba a la prostitución. Las discusiones con su madre, a través del teléfono, nos dejan vislumbrar otra vida truncada, en busca de la felicidad pero sin encontrar el camino. La historia de Yanis es especialmente significativa, porque al igual que Vanessa, su falta de fe en las cuestiones de la religión tradicional, le conducen, sin embargo, a vivir, irónicamente, las experiencias más cercanas a lo religioso. Encontramos por tanto a tres familias en momentos difíciles, cada una por motivos diferentes, y a un individuo que se cuela en sus casas, y con ello en las partes más privadas e íntimas de las vidas de las mismas (vemos como se encuentra con fotos, cartas, videos grabados, ropa escondida, elementos, en definitiva, que sirven a Yánaris para darnos las pinceladas de las grandes crisis que viven sus personajes, al margen de lo que ellos mismos quieren o son capaces de mostrar con el desarrollo de sus comportamientos), para tratar de dar la espalda a la realidad dura e inasumible de su propia vida. Si hay algo que tienen en común todos estos personajes es la búsqueda de un milagro. De una u otra manera, el sentimiento de lo religioso, aún en el agnosticismo, la incredulidad, la falta de fe, está presente en todos ellos. Lo que ocurre es que la tradición, en este caso la Ortodoxia, que impregna sus vidas, ya no es capaz de dar respuestas a tantos nuevos retos como plantea el nuevo siglo y el nuevo milenio. Yánaris parece proponer una nueva religiosidad. Los mismos anhelos, deseos y necesidades, pero con distintas soluciones. Nada será tan fácil como parece y lo magistral de Yánaris en la película es que no juzga, sino que presenta aquellos elementos inherentes al ser humano que le hacen responder a los estímulos enfermizos, que le mueven, e interpretar la realidad. Porque en el fondo, nos plantea, la realidad es una pura interpretación.

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3. La primera reflexión que proponemos al hilo de Decapentáfgusto es precisamente la posibilidad del recurso a lo religioso, al sentimiento religioso, o a la religión misma, en las sociedades globalizadas en las que vivimos, en los inicios de este siglo. En concreto, el recurso a lo religioso justo en el momento de las grandes crisis, las crisis personales. No olvidemos que Decapendáfgusto se rueda en 2001, es decir, en los momentos de euforia de las burbujas económicas y los desarrollismos ficticios que en Grecia se vivían con la renovación urbana y social que venía dada por la inminente celebración de los Juegos Olímpicos del 2004. Este acontecimiento suponía para los griegos, y especialmente para la ciudad de Atenas, una puesta de largo entre las capitales europeas. Se produjo durante esos años una fiebre constructora, que atrajo una considerable población inmigrante extranjera, no sólo por la limpieza de cara de la ciudad y la construcción de los espacios olímpicos, sino también, un desarrollo urbanístico que modernizaba y ampliaba barrios y daba acceso a la vivienda a muchos ciudadanos jóvenes y parejas que conseguían independizarse de los lazos familiares, tan estrechos en la sociedad griega tradicional, incluso en la gran ciudad. La fiebre de la compra de la vivienda se extendía y la construcción de vivienda nueva, con ella, algo que tanto nos suena a los habitantes de nuestro país: créditos fáciles y relativamente baratos a pagar a muchos años vista hacían mover dinero y finanzas, como por otro lado, en casi todo el mundo occidental. Todo ello conducía inexorablemente a un replanteamiento de las relaciones familiares tradicionales y a una especie de revuelta sociocultural en un país que hasta finales de los ochenta aún miraba a Oriente como parte de su cultura más enraizada. Las crisis personales y familiares, que han estado presentes, no sólo en Grecia, sino en todo el mundo, apuntaladas por las sociedades tradicionales y, en buena manera, asfixiantes, estallan en el momento en que se plantean nuevos modelos de relación, repartos de papeles dentro de la pareja, nuevas estructuras familiares y de amistad, distintas formas de vida, etc. Con todo ello, aunque la religión no ha dejado de estar presente en la sociedad actual, se la ha relegado poco a poco a un ámbito casi privado. Digo “casi”, porque, en realidad, existe la parte pública de la religión que pervive, especialmente en las sociedades mediterráneas, bien de tradición católica, bien ortodoxa, en forma de rituales que pretenden mantener su magia si bien, convertidos en muchos casos en mercadotecnia, de acuerdo con el tono de los tiempos.


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En Grecia, en la Ortodoxia, considerada por los mismos griegos la manifestación más primigenia del cristianismo, esa parte pública sigue siendo evidente en los distintos momentos clave del año litúrgico y la fuerza con la que la religión, como estamento social, trata de sobrevivir en un mundo de materialismo y ateísmo latente, está condicionada sin duda por haber sido una de las bases que en su momento creó, sin ambages, una idea nacional, o mejor dicho, la Idea Nacional del helenismo o la Helenicidad. De esta manera, a las dos grandes fiestas cristianas más tradicionales, y también por ello las de origen más indiscutiblemente pagano, la Pascua en primavera, y la Virgen de Agosto en pleno mes mágico del calor, se le han unido fiestas que, en los demás países del entorno europeo, se despojaron, a causa del espíritu de la Ilustración, del carácter religioso, para promover la formación de un Espíritu Nacional laico. Nos referimos a las correspondientes fiestas nacionales. Sin embargo, en el país heleno éstas coinciden con fechas clave de la liturgia ortodoxa, como es el 25 de marzo, la Anunciación, además de ser el día del estallido de la revuelta de la independencia contra los turcos. No en vano se construyó el resurgimiento del helenismo frente al opresor otomano haciendo coincidir el primer levantamiento con dicho día tan importante para el calendario cristiano. No olvidemos la polémica de las tarjetas de identidad que cada cierto tiempo revive en el país, ante las normativas comunitarias que aconsejan evitar la citación expresa de la religión de la persona, como defensa de la libertad de culto. Dicha polémica ha provocado una guerra abierta entre partidarios y detractores, al considerar que la religión forma parte del Espíritu Nacional mismo, lo que implica un rechazo del laicismo en la formación de éste, como en el caso de Francia. 4. De esta manera, la película nos muestra una de las fiestas claves del calendario griego que, junto con la Pascua, vertebra la vida del pueblo heleno. Se trata de la Virgen de Agosto, fiesta grande de la virgen no sólo para los ortodoxos, sino también para todo el mundo católico. La fiesta aparece retratada en su doble faceta, laica y religiosa. De clara procedencia pagana, arraigada en los cultos a la fecundidad, reivindica a la madre de Cristo, negada por el protestantismo, que considera su figura un mero instrumento para cumplir la voluntad, inescrutable, pero a la vez, inmutable, de Dios. El cristianismo preluterano venera la figura de la madre de Cristo, dotándola de

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evidentes rasgos de diosa pagana de la maternidad, concepción sin mácula, paridora del hijo de Dios no sólo como instrumento simple del altísimo, sino con la voluntad propia del ser humano que se ofrece a engendrar a Cristo, aun a sabiendas de lo que eso supondría para la sociedad de su tiempo: una joven, poco menos que amancebada con un anciano, probablemente ya estéril. Es la voluntad como persona y, por tanto, también la dignidad como mujer, la que engrandece la figura de la Virgen dentro del cristianismo preluterano, que hereda así varios elementos paganos, que permiten mantener, hasta cierto punto, la dignidad de lo femenino como transmisora imprescindible de la vida y por tanto del género humano. Quizá una de las escasas defensas que mantendrá la mujer en la progresiva imposición del patriarcado absoluto en las sociedades más modernas, que a partir de Lutero y el protestantismo llegará a su cénit, aun cuando por otro lado, sea de esas sociedades de donde partirán los movimientos de liberación femenina quizá, precisamente, por el grado de anulación a la que la religión de Lutero sometió a la mujer, vilipendiada por el propio clérigo alemán. Mientras, dichos movimientos han tardado en desarrollarse en las sociedades católico-ortodoxas, probablemente porque el papel que estas vías del cristianismo le reservaron a la mujer, aun limitándolas a la matronidad y maternidad, las investía de un indiscutible respeto. En la película, decíamos, la fiesta de la virgen nos muestra sus dos caras, la laica y la religioso-mística, dos caras a las que en nuestros países católicos estamos también familiarizados. Por un lado, la sociedad contemporánea impregnada de laicismo ha convertido determinadas fiestas religiosas en jornadas o épocas de vacaciones laborales y ha despojado sus ritos, sus costumbres, las reuniones familiares y populares, de componentes religiosos para dejarlos en momentos en los que “hay que hacer” determinados actos junto con el resto de los conciudadanos. Los habitantes de la policatikía, cada uno a su manera, como el grueso de los habitantes del monstruo citadino que es Atenas, abandonan la ciudad para “celebrar” (las comillas son imprescindibles y trataré de explicar por qué) el 15 de agosto fuera de ella. Explico las comillas: la tradición religiosa remite a las celebraciones paganas que tenían lugar en torno al 15 de agosto y que, como todas las fiestas de ancestral raigambre popular, responde a la reunión festiva de todo un pueblo, generalmente de un número


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limitado de habitantes, que aprovechan esas fechas del año, relacionadas con la agricultura (los cambios de estación, los ciclos de las cosechas, la recolección de determinados productos) no sólo para la reunión de sus habitantes, sino también para el intercambio de dichos productos entre ellos o los de las comarcas vecinas. Con la industrialización, los cambios de población, la emigración a las ciudades, la formación, en nuestro caso, de la megalópolis que es Atenas, pero, en definitiva, en toda Europa, con el progresivo cambio de modos de vida, se han conservado las fiestas, muchas veces convertidas, en el caso de Grecia, los llamados Paniyiria, en festejos populares que han perdido la conciencia de su motivación primigenia, aun cuando conserven la celebración religiosa. En la película de Yánaris, la familia del primer piso, la más popular, también la familia más convencional, se ha dirigido con los hijos hacia un santuario típico de esas fechas, el Santuario de Sumelá, un pueblito cerca de Nausa, en la actual Macedonia griega, al que se trasladó, después de la caída del Imperio Otomano, el santuario original, que quedó en territorio turco3. Allí, encuentra el Paniyiri (la fiesta) que, en paralelo a la devoción mariana con la que mucha gente se acerca, expande una profusión de festejos musicales, bailes, vino, canción, pero también mercadotecnia en torno a la Virgen, al santuario. Vemos tómbolas, tiendas de recuerdos, puestos de comida, atracciones, es decir, una “feria”, como la conocemos en España, en honor al santo patrón. Pueblos que, también en nuestro país, se convierten el 15 de agosto en destinos turísticos, ajenos ya muchas veces al origen religioso de las peregrinaciones, adquiriendo un matiz folclórico típico que convierte  3  El monasterio original aún se encuentra en la actual Turquía, en el valle de Altindere, en la región de Maçka, que pertenece a la provincia actual de Trebisonda, en las montañas del sureste del Mar Negro, a 1200 metros de atura. Convertido en destino turístico, por sus frescos y lo pintoresco de su construcción, fue fundado en el 386 durante el reinado de Teodosio I, en el lugar donde dos monjes encontraron un icono milagroso de la Virgen en una cueva en la montaña. Caído en ruina y reconstruido varias veces, llegó a su auge económico y religioso en los siglos XIV y XV con el imperio de Trebisonda y fue protegido por el sultanato otomano con un estatus especial que se concedía a determinados centros religiosos ortodoxos, hasta que en 1923, tras los enfrentamientos entre el estado griego y la nueva Turquía laica de Ataturk y sus correspondientes intercambios de población, fue abandonado, refundándose cerca de Nausa, en la Macedonia griega. En 1930, uno de los monjes recuperó en secreto el famoso icono milagroso que habían enterrado los monjes deportados en el año 23 y lo trasladó al nuevo emplazamiento donde es hoy venerado, y donde viaja la familia de Vanessa el decapendáfgusto de la película de Yánaris en busca del milagro.

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fiestas de motivación religiosa en destinos populares de nuestros conciudadanos occidentales en época vacacional. En Grecia, el viaje tradicional del 15 de agosto suele programarse a los pueblos de origen de cada familia de las que hoy viven en la gran ciudad, aquellos de los que un día salieron en busca de mejor vida. Es el momento en que se reúnen de nuevo familias, viejos amigos, antiguos compañeros de juego, ahora con sus correspondientes descendencias, en aquellos lugares en los que no hace tantos años pasaron momentos de su infancia cuando llegaban las vacaciones. Las generaciones de principios del siglo XXI ya no vivieron en esos pueblos, pero sí volvían por tradición cada año a reunirse con primos, abuelos o tíos. Tanto en Grecia como en España, estas costumbres se han conservado debido a que los cambios sociales y la evolución de nuestros países han sido relativamente recientes. Sin embargo, Yánaris nos presenta ya al nuevo ateniense. Si la familia de Vanessa, tradicional, típica, reproductora de las costumbres y usos de lo que se ha considerado Heleneidad, programa un viaje extraordinario, porque su situación límite lo exige, ese viaje no deja de entrar dentro de los parámetros conocidos y aceptados de la religiosidad tradicional, la peregrinación por motivos de salud a un santuario milagroso. Pero las otras dos familias que aparecen en la película responden a la nueva tipología del ateniense de clase media, alta o baja con aspiraciones y de mentalidad europea y su planteamiento del periodo vacacional difiere, por cuanto implica una globalización de intereses que nos hace pensar igualmente en ciudadanos de nuestro propio país. Por un lado, Mijalis y Sandra, el mecánico en paro y la costurera del segundo piso, escapan del mundo en un intento de solucionar la grave crisis de pareja que están viviendo. Sin embargo, la crisis, como la ciudad de Cavafis, los persigue a donde quiera que vayan, porque no es tanto su relación como su propio yo lo que está en crisis. Sandra tiene una aventura, pero la compasión y el cariño hacia Mijalis le impide romper con él y la escuchamos dar largas a su amante en varios momentos de la película. Mijalis se siente agraviado, nervioso, huye hacia una playa solitaria para bucear solo, perdido en el peligro submarino. Así, el planteamiento vacacional de la pareja es perderse en una playa solitaria por los paisajes del sur del Peloponeso (se reconoce la impresionante península de Mani), lejos, precisamente, del barullo familiar y festivo que las fechas pedirían. Por otro lado, Catia y Costas proponen un estado intermedio, al retirarse a su casa del pueblo, el pueblo familiar, eso sí, pero no a convivir


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esos días con las familias correspondientes sino a disfrutar de una magnífica casa de campo diseñada por él mismo como arquitecto y de la que se jacta ante un autoestopista al que invitan, tras recogerlo por el camino; así como, de paso, dar sepultura en dicha casa a las cenizas de la madre de Catia. Pero sus vidas también están en crisis. Catia quiere un hijo, la inmadurez de Costas se lo impide porque se niega. Él, orgulloso de sí mismo, de su valía, de su posición, desprecia a todo el que no piense como él, pero siempre hay algo que no le satisface y que Yánaris parece mostrarnos a través de un juego homoerótico con Yanis, el autoestopista, que termina casi por costarle la vida. Ella se refugia en el trabajo, incluso decide ayudar en un terrible accidente colectivo con el que se topan en la autopista durante el viaje. Los tres hombres, al principio de la película, mientras cargan los correspondientes coches (cada coche a su vez representa su estatus) y se disponen a abandonar la ciudad, “estaría loco si me quedara aquí”, dice cada uno a su manera. Cada uno emprende el viaje también a su manera. La familia tradicional, camino del santuario, canta alegre, las otras dos parejas callan y se observan. Se encuentran en el peaje de entrada a la autopista, se desprecian entre ellos y se critican como buenos vecinos. La carretera también es sangrienta. Catia y Costas viven el accidente colectivo en el que Catia se presta a dar ayuda psicológica a una madre que acaba de perder a su bebé en el mismo. Camino de Mani, por sinuosas carreteras secundarias, Mijalis, nervioso, discutiendo con Sandra, atropella a una campesina del lugar y la mata. El paraje es solitario, nadie los ha visto. Sandra nerviosa lo obliga a continuar, a no pararse. Este incidente los persigue como un fantasma de culpabilidad el resto del viaje para expiar las culpas propias. Pero incluso para la familia que describimos como tradicional, Yánaris se cuida mucho de caer en tópicos manidos. Fundamentalmente es gente de hoy, de la Atenas laica a pesar de sus componentes religiosos. La madre, Morfula, representa a la matrona que, sin una fe desbordante, podría responder a los tópicos griegos: obesa, bonachona, madraza. El hijo, Andonis, es un niño de hoy obsesionado con su videocámara, absolutamente ajeno a la religiosidad, y mucho menos al sentido de la muerte de la que su hermana está cerca. Incluso el padre, Fanis, conduce a su familia al santuario por inercia. En ningún momento sentimos su religiosidad más allá de una desesperanza ante los diagnósticos médicos, es decir, más allá de la desesperación, sumido en la cual el hombre recurre a lo inexplicable, a lo fantástico, al milagro. La búsqueda del milagro

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se encuentra aquí en la desesperación, cuando todos los recursos de la razón les han fallado. El personaje más emotivo de la familia es precisamente Vanessa, la niña, que ha tomado conciencia, ante el dolor experimentado por los tratamientos (algo más sugerido que mostrado), de que no quiere sufrir más. Ni siquiera desea ir a la Virgen, porque no cree que pueda hacer nada. Es arrolladora la entereza con la que la niña da a conocer a sus padres que sabe perfectamente que tiene un cáncer en la sangre y que no tiene cura. Pero la gran ironía planteada por Yánaris es la redención por lo popular, a través de la madre iletrada, la única mujer de las tres cuyo oficio es ama de casa. ¿Es su fe o es el azar lo que conseguirá el milagro en el que, en el fondo, nadie cree? Es lo que Yánaris deja a la decisión del espectador. Las otras dos familias, a su manera, también buscan el milagro, pero en estos casos ni siquiera son conscientes de ello. La salida entonces es laica, la buscan en otros recursos: Sandra y Mijalis, en la coca; Catia, en su trabajo, Costas, en un juego erótico innovador y prohibido. Como la peregrinación a Sumelá, los viajes de las otras dos parejas se convierten en estos días en peregrinajes, peregrinajes laicos, si se quiere, no buscan el milagro en un santuario, pero, en el fondo, no dejan de buscarlo. Las pruebas a las que la vida, ¿el azar?, los enfrenta, se convierten en pruebas de búsqueda no lejana a la búsqueda religiosa misma. Cada cual encontrará su milagro, de una u otra manera. Cada cual encuentra en esas fechas a su propia Virgen, aunque no todos lo saben ver. Costas es drogado por el autoestopista hasta prácticamente caer en un coma etílico mientras Catia se acaba “tirando” a éste, tal vez buscando la maternidad que no consigue de su marido. Sandra, en un baño nocturno, obsesionada por la mujer que han atropellado, que se convierte en realidad en su Virgen, la imagen de la Virgen, es salvada por Mijalis, que la reanima in extremis. Finalmente se presentan ante la policía del pueblo más cercano bajo una simbólica tormenta. 5. He dejado para el final la cuarta historia que se entrecruza con las de los tres vecinos, porque es precisamente en la que, de nuevo a partir de uno de los personajes más populares, en este caso, marginal, aflora la imaginería religiosa como por azar. Yanis toma al asalto la policatikía en el mismo momento en el que la abandonan sus habitantes. La historia de Yanis es otra historia de soledad, de presión, de marginalidad. Con diecisiete años, no ha dejado de “flirtear” con la justicia. Más adelante nos enteramos de que ha abandonado a su madre,


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que se dedica a la prostitución, aunque la llama desde el teléfono de la casa adoptada sólo para escuchar su voz, pues deja que ella hable, pregunte quién es, insista, hasta que, cuando se siente reconocido, cuelga. Yanis busca también el milagro, pero tampoco lo cree, aunque en el efecto de la cocaína que encuentra en la casa de Mijalis y que toma continuamente, mientras registra las casas, se prueba la ropa, utiliza los electrodomésticos, enciende la televisión, aparece en ella la Virgen, en una secuencia memorable. A través de la pantalla, ésta, la Virgen, la Panayiá, lo llama por su nombre. Él se resiste a creerlo y apaga. Una y otra vez apaga la televisión y vuelve a aparecer la Virgen, con el manto blanco de la iconografía popular, llamándolo de nuevo, hasta que ésta le dice directamente: “Deja de hacer eso, Yanis, me estás mareando”. ¿Irreverencia? ¿Blasfemia? ¿Postmodernismo? En el fondo, como todos, busca el milagro, lo encuentra en la figura de su madre, de la Madre, de la Virgen-Madre-Maternidad, aunque no quiere reconocerlo, porque en el fondo, ninguno de nosotros, inmersos en la vorágine de una sociedad laica, impregnada de folclorismo religioso, de signos externos de una religión postiza, ha perdido la propia voz interior. Descubierto por la policía, vestido con el traje de novia que Sandra estaba terminando de arreglar para otra, “siempre para otra”, Yanis cae desde el balcón sin querer y comienza un nuevo viaje, éste poético, interno, limpio, hacia su propia muerte. El montaje de las escenas finales simultanea el estallido de las crisis de cada una de las familias a las que hemos seguido en su viaje estos días de puente del 15 de agosto. Vanessa perdida en la vorágine de la procesión del icono sagrado de la Virgen de Sumelá y sus padres desesperados buscándola bajo la gran tormenta veraniega. Es el único momento en el que Morfula es capaz de resentimiento, capaz de escapar por unos instantes de su papel de resignada ama de casa cristiana ortodoxa y paciente e imprecar a su marido por su forma de ser machista, a Cristo por no haberla escuchado en sus plegarias en un momento tan crítico, a la Virgen por haberse llevado a su hija de esa manera. Catia recoge a su marido desvanecido por lo que el autoestopista le hizo beber. Al despertar, con el sonido de la lluvia, él la agrede, impregnado de resaca. Sandra, a punto de ahogarse, es salvada y reanimada por Mijalis. Por la mañana, bajo la lluvia, se entregan. En el fondo, es él el salvado, el redimido. Es decir, en definitiva, la mujer, la gran mujer mediterránea, a la vez que siempre infravalorada por el hombre, siempre menospreciada por el macho, incluso maltratada, no importa, como hemos visto, su estatus

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Antonio Aguilera Vita

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social o educación, es la verdadera Virgen, la matrona, la madre, o simplemente la Gran Femineidad, capaz de salvar un mundo en crisis construido por los hombres. Yánaris, gran admirador de la fortaleza de la mujer, a pesar de la fuerza de sus personajes masculinos, en el fondo, siempre ambiguos, cargados de homo-erotismo, en una sociedad machista donde la mujer ha constituido durante siglos el matriarcado silencioso que ha levantado una y mil veces las crisis de sus familias y de la sociedad misma, parece dejarnos este bellísimo homenaje al eterno femenino, despojado del erotismo con el que el hombre suele plantearlo. Yánaris nos regala así una visión de la mujer más allá de lo primariamente sexual, algo inusual en los cineastas masculinos. Esta idea confluye en el delicado final de la película, que se centra en la “Dormición de Yanis”, el día de la Dormición de la Virgen4. Los vecinos colindantes a la policatikía han alertado a la policía de que algo ocurre allí: luces encendidas, música a todo volumen, estruendos (Yanis, en su delirio, baila sin cesar, ocupa todas las casas, mueve sus muebles, organiza los habitáculos). Al entrar en el edificio la pareja de policías, Yanis, con el traje de novia puesto, se refugia en el balcón, se cuelga de la baranda para evitar que lo descubran y, al resbalarse, cae. A partir de este momento, lo real se mezcla con lo imaginario y lo onírico. Se pierde el tiempo cronológico y el espectador entra en el juego de Yánaris, sin importar demasiado donde empieza la imaginación de Yanis y donde acaba su realidad. Una joven se le acerca, después de una carrera con el traje de novia y un pie roto, trata de ayudarlo, lo levanta, lo acompaña a una casa, en realidad ya no sabemos qué casa es ésta. De nuevo, él siente la presencia femenina como un alivio, le gusta la chica, lo cuida, lo limpia, él se sincera y nos cuenta sus cuitas. Esa mañana, todas las mujeres han tomado las riendas de sus vidas: Catia, a pesar de la paliza recibida, se sabe llena de ¿gracia?, Sandra conduce a Mijalis a entregarse, tiene el valor por los dos, Morfula, bajo la intensa lluvia de verano ve aparecer a su hija curada. Finalmente, a Yanis lo vemos en un dormitorio blanco. Despierta, no tiene ninguna herida. Todo es inmaculado. Suena un teléfono blanco, lo coge: “¿Diga?... ¿Quién es?... ¡Mamá, eres tú!” ¿Cuál de todos ellos ha resultado ser un verdadero milagro?  4 Es el nombre con el que la Iglesia Ortodoxa conoce el día de la Asunción de la Virgen, puesto que destaca el carácter de la no-muerte de María, frente al hecho de su elevación al cielo en cuerpo y alma, como hizo la Iglesia Romana, que sólo lo convirtió en dogma en 1950.

Decapentafgusto: el milagro cotidiano  

En Cine y Religiones (Francisco Salvador, ed.), Université Paris Sud, París, 2013.

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