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transformaciones, pero no se puede hablar de una versión razonablemente satisfactoria del mismo antes de la aparición en 1514 de un tratado de diez capítulos atribuido a João de Lisboa. Sin embargo, los marinos medievales dieron por buena la marcación del norte por la aguja, sin ser conscientes del fenómeno de la variación o declinación magnética (9) que presentaba valores distintos para cada lugar, tal vez porque en el Mediterráneo este error no era muy destacable. En cualquier caso, el efecto de la declinación magnética podía desviar el rumbo de las naves bastantes grados en las grandes travesías de finales del siglo XV, especialmente en la atlántica como Colón o Pedro Nunes advirtieron. Los marinos creyeron indispensable disponer de valores fiables de declinación para una navegación de altura. A tal fin, se inició la tarea de fijar las desviaciones que se daban en distintos puertos e incorporarlas a los mapas. Uno de los intentos llevó al cosmógrafo Alonso Santa Cruz en 1530 a referir en una carta diversos valores de declinación magnética asociados a meridianos; era obvio que los navegantes de la época aún no eran del todo conscientes de la variación magnética con la latitud ni con el transcurso del tiempo. Finalmente se optó por comparar, para cada día de travesía, la desviación en la alineación de la aguja con la estrella polar, la Cruz del Sur o el mismo Sol en su tránsito meridiano. De este desafío se hace eco el tratado de Martín Cortés de Albacar (10), donde se presenta una teoría del magnetismo terrestre que definió al polo magnético como “punto atractivo”. Sin embargo, este fenómeno no fue tenido en cuenta por otros cosmógrafos como Fernández de Enciso (11). .Simultáneamente al desarrollo de la teoría del magnetismo terrestre, se concibieron instrumentos de relativa precisión para determinar dicha variación. Todas estas prácticas para determinar los polos geográficos y magnéticos darían lugar al establecimiento de los regimientos (12) del Norte y del Sol, así como al cálculo del Polo Sur mediante la alineación de las estrellas α-γ de la Cruz del Sur. El astrolabio (13) fue un instrumento más versátil que el cuadrante de alturas, ya que podía determinar la latitud y la hora del lugar de observación. Se cree que los griegos lo inventaron (14)y los árabes lo difundieron y perfeccionaron. El tratado del astrolabio más antiguo conocido es el de Massahala, fechado entre los siglos VIII y IX. Los navegantes medievales conocieron dos versiones del mismo: una plana y otra esférica. Esta última, conocida también como esfera armilar, era básicamente una esfera de metal sobre la que se instalaba un casquete hemisférico y sobre él se disponía un arco de latón con pínulas en sus extremos para fijar los astros. Contaba con un círculo meridiano principal, otro que establecía la línea del horizonte, así como los que definían el plano de la Eclíptica, el Ecuador celeste y los círculos de Cáncer y Capricornio, entre otros. Esta versión no se adaptó muy bien a las prácticas náuticas debido a su excesivo volumen y peso. Sin embargo, la variante plana del astrolabio náutico [figura V], gozó de una amplia difusión entre los navegantes debido a su sencillez y maniobrabilidad. En esencia, esta variante plana solía ser un disco de cobre, bronce, latón, incluso de madera

Astronomía y navegación en los siglos XVI y XVII  

Ensayo histórico

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