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Situado muy próximo al extremo norte del Casco Histórico, rodeada de viviendas populares construidas en los últimos años 60 y primeros 70, encontramos el edificio, casi olvidado, pasando desapercibido para casi todos. Sobrio en su piel exterior, se pierde en la pequeña plaza que lo cobija, casi pareciendo pequeño y compacto. Adaptado a los desniveles de las calles que lo circundan mediante zonas ajardinadas, su planta, rotunda y contundente no se aprecia fácilmente por el viandante. Muros de piedra de extrema compostura hacen que las miradas no se posen sobre él… Quizás el campanario sea el elemento más significativo, el cual no deja de ser una enorme escultura diseñada por el arquitecto. Pero merece la pena entrar, creas o no creas, practiques o no, ya que es una gran experiencia. Si desde el exterior el edificio es anodino para muchos, el interior es un perfecto receptor de luz y sonido (el propio arquitecto lo define como un muro acústico), como si no se correspondieran continente y contenido. El acceso se realiza por la zona de menos altura del edificio, bajo el coro, abriéndose al dar el primer paso en el interior. El espacio es único y continuo, la zona destinada al altar es una pequeña elevación del terrazo continuo que compone el pavimento, que junto a la piedra, el hormigón, la madera, el vidrio y el yeso, componen la práctica totalidad de materiales del edificio. La luz de norte se filtra tras el altar dejando ingrávida la imagen del Cristo realizado por Pablo Serrano, fantástica escultura. Baña el gran muro blanco, sin adornos, tan solo luz, el cual se va plegando sobre si mismo hasta definir la totalidad de la nave, cuya zona de bancos está bañada por la luz amarilla que se filtra por las ventanas altas del muro de piedra situado al oeste. Es la luz la que define y dibuja el espacio, la que hace que mires donde el arquitecto quiere y el uso de la misma configura también la propia geometría del edificio. El muro oeste, en contrapunto al yeso blanco del resto, se ejecuta en piedra y aloja la sacristía, una pequeña capilla y el baptisterio junto a la entrada, espacios mucho más oscuros y recogidos, pero de enorme belleza, en especial el baptisterio, donde la luz se tamiza y baña la piedra. La cubierta gana altura según se acerca al altar pero por su tratamiento mediante tablones de madera hace que la vista no se fije en ella. No quiero entrar en las cuestiones técnicas ni constructivas del edificio, ni en su complejidad estructural, no es el objeto de este artículo, aunque deberíamos aprender de su ejecución, de la calidad de un edificio que parece no ha envejecido aunque ya tenga sus cincuenta años. Tan solo me gustaría animar a los que pasen por la puerta y la vean abierta, pierdan el miedo a disfrutar de una obra genial de la arquitectura moderna y, si no les gusta, siempre podrán criticarla con conocimiento de causa. Gracias Don Miguel, y perdón por no fijarme.

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953 / trendy

953 MAGAZINE nº9  

Revista de ocio y cultura de Vitoria-Gasteiz.

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