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Coco Cerrella

El ingeniero del diseño gráfico La vida de Mariano Coco Cerrella cambió en cinco clicks. Empezó su carrera como diseñador gráfico a los 19, y desde entonces, nunca paró de trabajar. Primero para grandes empresas; después con su estudio propio. Diseñaba la imagen de las marcas para clientes cada vez más importantes, hasta que un día, descubrió que la tarea se había vuelto rutinaria, y que necesitaba llenarla de sentido. Ese fue el primer click. Así comenzó un camino que lo llevó a difundir mensajes a través de sus afiches exhibidos en veinte países, a dar clases en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y en la cárcel de Devoto, y que lo convirtió en jurado internacional y conferencista de eventos internacionales de diseño. En 2014, participó de TEDxRosario y contó su experiencia ante cinco mil personas. | Texto: Leila Mesyngier @Leimesyn

Coco se siente cómodo en Varela Varelita, un bar antiguo y declarado notable al que va seguido. Ahí hace reuniones laborales (y a veces sociales), porque lo siente como un espacio de creación. Sobre la mesa que da a la ventana de Scalabrini Ortiz acomodó la tablet, el celular y una taza de té Green Hills. Su objeto más importante es el cuaderno de tapas duras y hojas lisas que muestra con orgullo, y en el que dibuja todo lo que se le ocurre. Algunas veces, las ideas llegan en el café; otras en el subte, el colectivo, o en un paseo por el Jardín Botánico. Una vez, mientras se duchaba, tuvo que cambiar el cuaderno por el espejo del baño cubierto de vapor para terminar un logo. Después sintió alivio, y corrió a digitalizarlo. CLICK 1 Estudió en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires (FADU). Apenas empezó el Ciclo Básico Común, se animó a tocar la puerta de un estudio de diseño que conocía, para que le enseñaran la profesión. Cebó mate, cobró cheques y aprendió a usar la computadora. “No sabía ni prenderla”, contó. Un día, se dio cuenta de que le estaba yendo muy bien. Había empezado a diseñar para clientes importantes, de esos con los que muchos estudiantes sueñan: Coca-Cola, Danone, American Express. A medida que aprobaba las materias, crecía la ambición. “Me enfoqué en tener mi estudio, en prosperar. Pasó mucho tiempo hasta que algo colapsó dentro mío, hasta que entendí que eso ya no me cerraba, que mi profesión se había convertido en ir a reuniones y cerrar presupuestos”, dijo. Coco está en el ámbito del diseño desde los 19, más de la mitad de su vida. No reniega, y sigue haciendo proyectos para grandes empresas. Pero necesitaba algo más. “Hay un momento clave, que es cuando apoyás la cabeza en la almohada, y no estás bien. Ahí no te podés mentir, y la respuesta no es inmediata. No dije: ‘Ah, lo que tengo que hacer es llevar mi profesión a lo social’. No fue así”, recordó. Lo que sí sabía, era que ya no le cerraba la rutina. Al principio, pensó que el enojo era con la profesión. La respuesta vino más adelante, después de horas de psicoanálisis, y de clases de Kung-fu. CLICK 2 Era diciembre de 2001. El país se sumergía en la crisis socioeconómica más trágica de las últimas décadas. El entonces presidente Fernan-

do De la Rúa decretaba el estado de sitio, y escapaba en helicóptero de la Casa Rosada. La Plaza de Mayo ardía de manifestantes, gases lacrimógenos y balas policiales. Justo ahí, entre saqueos y piquetes, los profesores le firmaron la libreta con la última materia, y Coco se recibió de diseñador gráfico. No pudo festejar el título en Ciudad Universitaria. Lo atravesó la imagen repetida que se le cruzaba en las esquinas porteñas: familias enteras buscando comida en la basura. “Fue muy duro para mí. Tenía 24 años, me recibí en esa semana, y todos los días, un amigo se iba del país. Fue desolador ver a la gente comiendo de la basura. Pasaron muchos años, y todo aquello me sigue angustiando. Para mi generación, para los que estábamos estudiando o terminando la carrera, fue una época muy dura. Era un país árido, que no ofrecía nada, en el que familias que hasta hace poco eran de clase media, ahora vivían en la calle”, recordó. Entonces, se acercó a las reuniones que organizaba un grupo de vecinos del barrio de Palermo en el Jardín Botánico. Todos los viernes a la tarde, era el encargado de ir a comprar la comida al supermercado. Después llegaba a la plaza, preparaba la cena, y charlaba con los que asistían. “Entendí la gran necesidad que tenían de expresarse. Presté la oreja, y abrí la puerta a otros para que se expresa-

Revista 90+10 #54  

En esta oportunidad, elegimos contar varias historias, tres de las cuales tienen que ver con la disciplina de la ilustración, pero abordada...

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