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DESAYUNOS

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PAN CON PAN DOMINIQUE

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Índice Cortado Churchill hubiese disfrutado en Can Vilaró El Tenedor La comida como método de sometimiento El hombre orquesta Todo empieza con un bocadillo El caso del Pan con tomate Quim Monzó Producción vs. satisfacción Romualdo Faura Buenos días i desayunos mejores Xavier Agulló La culpa la tiene la publicidad Julien Bader Frutos de sarten Bet Puigbó Los beneficios de unos son las beneficiós de otros. Fidel Durango Téllez Desayuno Jacques Prevert


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Buenos días, desayunos mejores Xavier Agulló

Hace ya un tiempo que un tal Marcel Proust nos dejó un tesoro literario en forma de desayuno con bollería. Es aquella Magdalena bañada en una taza de té con la que empieza “En busca del tiempo perdido”. Cuando el narrador muerde tal preciado manjar matutino, un sinfín de conexiones sinápticas en el cerebro describen sabores, texturas y aromas que acaban en sus recuerdos de infancia y los viajes con sus padres a casa de la tía Leoncia. Y es rememorando tal pasaje que hoy, delante de mi desayuno, reflexiono sobre el tiempo y su imparable fluir. Pero hoy no estoy en París, no me hallo rodeado de la mas exquisita aristocracia Francesa, y lo más importante (y quizás más decepcionante) es que no hay rastro de magdalenas ni de la tía Leoncia. Estoy en China, rodeado de chinos y comiendo cosas chinas. Posiblemente, querido lector, nunca hayas oído hablar de Chengdu (成都). Pero esta ciudad de la profunda Sichuan (四川) alberga 9 millones de almas que, en su mayor parte, ingieren cada día alguna de los pintores-


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cas opciones de desayuno que nos ofrece la gastronomía China. Estoy a pie de calle, y alrededor de un maltrecho carrito ambulante se hayan dispuestas mesitas de madera plegables y unos muy curiosos taburetes de plástico azul con adhesivos de conejos y osos panda. Los comensales se sientan y se levantan de sus mesas en una continua rotación de personal, y los viandantes cruzan a toda prisa y desde todas las direcciones el pequeño picnic urbano dirección a sus puestos de trabajo. Todo ello, aderezado con una sinfonía de sonido declaxon que emerge de los centenares de coches que atascan la calle. También hay una cucaracha que se desplaza por el suelo, puede ser realmente un insecto o un avanzadísimo micro-robot espía del partido comunista. Porque aquí, nada es lo que parece. China es más que un país. Casi podríamos decir que por población, extensión y variedad dentro de sus fronteras nos hallamos en un continente tan real como lo es Europa, Essos y Westeros, Tamriel, Azeroth o Nunca Jamás. En consecuencia las opciones y variedades de desayuno son múltiples y variadas. En las tierras de sur, tenemos los famosos “dim-sum” (饺子) y los desayunos suelen incluir el arroz y las gachas de cereales(粥) . Los norteños de ojos rasgados se decantan por los fideos (面条) y otros derivados del trigo como los “pancakes” (饼) . Aunque mis favoritos son los “Baozi” (包子) , pequeños bollos de pan al vapor que contienen en su interior los más variados ingredientes. Y es que tenemos bollitos con verduras, champiñones, también con carne de pollo, vaca, cerdo y oveja, ó in-


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cluso pasta de judías rojas, y hasta carne de gato. Esto último era broma, sonría por favor. Delante de mí, y compartiendo la pequeña mesita plegable de madera, se sienta un monje budista que en sus sobrios pero majestuosos ropajes aposenta su trasero en un muy curioso taburete de plástico azul con adhesivos de conejos y osos panda. Entones, mi temporal vecino de mesa, se dispone a empezar su almuerzo. Entre bollito y bollito saboreo el paso del tiempo. Estos “Baozi”, cuál magdalena parisina, me traen a la mente nuevos pensamientos. Cada cultura tiene sus formas de interpretar el tiempo. En el caso que nos ocupa, y si hacemos caso a las premisas de la hipótesis Sapir-Whorf y la influencia del lenguaje sobre el pensamiento, no podemos dejar de mencionar la relación entre el tiempo y el lenguaje chino. Un idioma que carece de tiempos verbales, y en consecuencia con un universo conceptual radicalmente distinto a las lenguas occidentales. Verbos desnudos de conjugaciones y que nos dejan ver que nuestros amigos amarillos dan mucha más importancia al “qué” que al “cuando”. Y si los occidentales pensamos que el futuro está delante nuestro y lo atrasado en el pasado, los Chinos una vez más desafían este concepto. Los hijos de Mao están de cara al pasado y de espaldas al futuro, cosa que no carece de cierta lógica pues vemos lo sucedido y desconocemos aquello que nos acecha. Entonces el lenguaje tiene ejemplos en expresiones como


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“houlai” (后来) que literalmente significa “lo que viene por detrás” y traducimos en español como “futuro”. Por otra parte un “Hulai”, esta vez vocablo español, es alguien que también viene por detrás pero el tema escapa al alcance del presente artículo. En esto que mi temporal vecino de almuerzo y solemne monje budista clava sus ojos en mi y se lleva un baozi a la boca. Momento que se estira en el tiempo como un chicle y en la incomodidad consecuente bajo los ojos y me concentro en mi plato. La raza Han gusta de desayunar muy temprano y los puestos de comida ambulante abren a las cinco de la mañana y desaparecen de las calles antes de las ocho y media. También, la comida a las doce del mediodía y la cena a las seis de la tarde son otros indicadores que dicen mucho de los hábitos del país y sus actitudes ante el trabajo. Si digo que en España no es raro comer un domingo a las cuatro de la tarde, o cenar a las once de la noche mi interlocutor no puede contener su asombro y, ni que sea por un segundo, sus ojos rasgados se vuelven redondos como platos. Para los chinos, el desayuno es una comida importante y que rara vez se saltan. Eso contrasta con nuestra actitud tan española ante el desayuno que en el mejor de los casos consiste en un café sólo, una tostada que te comes mientras bajas las escaleras del rellano o una miserable barrita de cereales que comes en el autobús camino al trabajo.


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Segundos más tarde me doy cuenta que sigo perdido en mis pensamientos y mis ojos se pierden en un horizonte de coches impacientes que cantan como un cacofónico coro de sirenas, bocinas y claxon. Giro mi cabeza y el monje budista sigue mirándome, mientras su boca mastica un colorista bollito de vegetales y champiñones. Así que para romper tan incómoda situación me dirijo a él y gracias a mi torpe conocimiento del lenguaje mandarín consigo articular algo así como: “Disculpe las molestias respetable maestro, me podría decir que es el tiempo?” El monje esboza una sonrisa que transmite una paz un infinita. Por su mente circulan paradigmas filosóficos de culturas milenarias que se entresijan en palabras pronto a salir de sus labios. Durante unos segundos hay un silencio absoluto y parece que la ciudad entera, sus nueve millones de almas y la cucaracha espía del partido comunista esperan la respuesta del sabio. A lo que él me contesta: “El tiempo, estimado amigo, es aquello que impide que tengas que comerte todos los bollitos a la vez.”


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Cortado Quim Monzó

Esta mañana en la barra del bar, tras desayunar un trozo de tortilla de patatas y una caña de cerveza, pido un cortado. La dueña toma un vaso pequeño, lo pone en la cafetera y, cuando queda casi lleno de café, lo aparta, lo sitúa en uno de los platitos que tiene en la barra y va añadiendo leche, hasta llegar al borde. Sólo que pusiese una gota más, rebosaría. Entonces coloca en el plato un sobrecito de azúcar y una cucharilla, me lo acerca todo con una sonrisa, se da media vuelta y deja la jarrita de la leche junto a la cafetera. Quito del plato la cucharilla y el azúcar y los dejo sobre la barra. A continuación cojo el vaso y vierto parte del cortado en el plato, hasta que queda lleno. Entonces dejo el vaso sobre la barra, verifico que al cortado le falta ahora cosa de centímetro o centímetro y medio para llegar al borde, rompo el sobrecito, vierto el azúcar dentro del vaso y lo remuevo con la cucharilla. Tras servir un trozo de tortilla de patatas a otro cliente, la mujer repara en el plato lleno de cortado y me pregunta:


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–¿Qué pasa? ¿Se le ha derramado...? –No –le digo–. Como el vaso estaba lleno hasta el borde, era imposible echar el azúcar y removerlo sin que se derramase y quedase todo hecho un asco, empezando por las paredes del mismo vaso. Por eso he vertido un poco dentro del plato antes de empezar a remover, para poder hacerlo. Con cara de no acabar de entenderlo, la mujer asiente ligeramente con la cabeza. Es un gesto similar al que veo en muchas caras desde que, hace un par de semanas, decidí hacer eso mismo cada vez que me traen un café, un cortado, un café con leche –lo que sea– tan lleno que no hay manera de remover el azúcar sin que el líquido se vierta. ¿Nunca han ido ellos a otros bares y se han encontrado en esa misma situación, con vasos tan llenos que no hay manera de remover el azúcar? Entonces, ¿por qué lo hacen? ¿Creen que de esa forma el cliente dirá: “Qué generosos son, no escatiman la leche del cortado...”? ¿En algún momento de sus vidas profesionales se ponen en la situación del cliente? Es evidente que no, y que es por ese mismo motivo que, cuando a veces pides pan con tomate y anchoas, te traen las anchoas –de l’Escala, excelentes– abiertas, limpias y a punto de comer... pero con la cola intacta. ¿Qué pretenden? ¿Que te comas las colas de las anchoas? Si al menos te trajesen un tenedor y un cuchillo, pues uno mismo se pondría a la tarea de quitarlas, pero es que no te traen ni tene-


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dor ni cuchillo. ¿No prevén que, si quiere comérselas, el cliente tendrá que arremangarse y arrancarlas con los dedos? Pasa lo mismo con los bocadillos de lomo embuchado, de mortadela, de butifarra o de chorizo. Tienes que separar las dos mitades de pan y empezar a quitar la piel de todas y cada una de las rodajas de lo que sea que hayas pedido –para luego volver a montarlo, ya sin pieles–, de modo que se pasa uno más tiempo quitando pieles que desayunando. Eso sí: tanto a la llegada como a la salida, infinidad de sonrisas de supuesta cortesía.


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Churchill hubiese disfrutado en Can Vilaró Quim Monzó

El martes pasado, cuando aún no había salido el sol, un ciudadano de Figueres tomó en la estación el tren de las 5.57 con destino a Barcelona. Es un trayecto que hace cada día. Pero, esa mañana, él y el resto de los viajeros escucharon una conversación que podríamos definir como interesante. La detalla el imprescindible Diari de Girona: "Los viajeros oyeron cómo una mujer que acompañaba al interventor o al conductor del tren se lamentaba de no haberse podido tomar un café en la estación de Figueres, porque la cafetería no abre hasta las 6 de la mañana. La conversación acabó con la decisión del interventor, el conductor y el guarda de seguridad de resolver el problema consiguiendo esa bebida en Flaçà". De forma que, cuando llegaron a Flaçà y el tren se detuvo, los viajeros pudieron observar a través de las ventanas cómo el guarda de seguridad bajaba y empezaba a andar hacia el bar. Explica el Diari... que, "teniendo en cuenta que el ferrocarril circulaba en dirección a Barcelona, se trata de una operación especialmente larga, porque la estación está en el otro


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andén y, para llegar, hay que bajar las escaleras hasta un paso subterráneo, atravesar el túnel que permite cruzar las vías con seguridad, volver a subir y llegar al edificio de la estación, en el que se encuentra el bar". El caso es que el guarda de seguridad estuvo en el bar un rato y al cabo salió con una bandeja con cafés: para la acompañante del interventor o del conductor la que no había podido tomárselo en Figueres antes de que saliese el tren y para ellos también, ya puestos. Los viajeros observaban la escena atónitos. El tren llegó a Barcelona con retraso. El ciudadano de Figueres ha presentado queja a Renfe: ante el gerente del Sector Noreste y ante el jefe de mercado del Área Norte. Les pide que tomen las medidas lógicas y necesarias y que depuren responsabilidades. Renfe se hace el sueco: arguye que si llegaron a Barcelona con retraso fue por culpa de las obras del tren de alta velocidad, y no dice absolutamente nada sobre el hecho de que, por una cuestión personal, conductor, interventor y guarda de seguridad alargasen el tiempo que el tren se detuvo en la estación, con lo que eso significa de falta de profesionalidad y de desprecio hacia los pasajeros. Recuerdo aquel gran eslogan de Renfe, de hace muchos años, que decía "Cada vez que subes al tren se pone en marcha una historia". Que se prepare el ciudadano de Figueres que cada mañana toma en la estación el tren de las 5.57. Que se prepare para el día que la mujer que acompaña al interventor o al conductor se levante de la cama con ganas de un desayuno de cuchillo y tenedor y se lamente de no haber


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podido tomar en la estación de Figueres el estofado de ternera con patatas que esa mañana le apetecía.


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El tenedor Quim Monzó

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sto sucede un domingo radiante del mes de abril, en un restaurante de un pueblo situado en la falda de una montaña en cuya cima aún hay nieve. A la hora de la comida, con la mayoría de las mesas todavía vacías, llegan dos parejas, más cerca de los sesenta que de los cincuenta. Uno de los hombres lee con gran interés un diario deportivo. Es evidente que frecuentan el restaurante, porque saludan a la propietaria, se besan en las mejillas y hablan del tiempo que hace que no se han visto. “¡Desde antes de Semana Santa!”, finge sorprenderse una de las mujeres. Luego hablan de los hijos. Según parece, están todos bien. Concluida la conversación, la propietaria (siempre sonriente) les indica qué mesa les ha reservado. Es una rectangular, a un lado del comedor. Una de las mujeres elige uno de los asientos junto a la pared y la otra el que está enfrente. Los maridos, pues, quedarán también frente a frente pero junto al pasillo. Y entonces, mientras aún están de pie y se quitan las chaquetas, sin querer una de las mujeres golpea


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con una manga su tenedor y éste cae al suelo, sin que se oiga apenas ruido, porque, a pesar de que hay poca gente en el comedor, el hilo musical lo cubre todo, y además se oyen voces que llegan de la cocina. La caída del tenedor ha pasado desapercibida para los otros tres. El otro matrimonio está ahora vuelto hacia la pared, contemplando un cuadro, y el marido de la mujer que ha tirado el tenedor al suelo está concentrado en la lectura del diario deportivo. De modo que, con un gesto rápido, la mujer se agacha y recoge el tenedor. Pero, en vez de situarlo en un lado de la mesa para que el camarero se lo cambie por otro limpio, toma el tenedor de su marido, lo coloca en el lugar donde estaba el tenedor de ella y el que ha recogido del suelo lo coloca a la izquierda del plato de él, ocupando el lugar donde estaba el que ella se ha apropiado. Entonces se sienta. A continuación se sienta su marido mientras da por concluida la lectura del diario y lo dobla. Los observo fascinado. ¿Por qué no ha pedido al camarero que le cambie el tenedor? Si no le importa que haya caído al suelo, si no considera inapropiado utilizarlo aun habiéndose ensuciado, ¿por qué no lo ha situado allí donde estaba, junto a su plato? Hay gente a la que no le importa mucho que un cubierto o un trozo de comida caiga al suelo. Entre la juventud norteamericana circula una famosa Ley de los Cinco Segundos, según la cual, si algo te cae al suelo - un bocadillo, un cubierto...- no pasa absolutamente nada


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si lo recoges antes de cinco segundos, ya que - dicenes necesario más tiempo para que la porquería, los microbios, lo que sea, afecte al objeto que ha caído. Pero no debe de creer en esa ley, porque tras recogerlo ha considerado que no estaba suficientemente limpio para ella. Pero sí para él. ¿Es él menos escrupuloso? ¿Son los años de convivencia, que pudren hasta las piedras? ¿Es una muestra de muchas otras pequeñas venganzas que practica? ¿Escupe también en la taza de café con leche de su marido cada mañana? Repaso con la vista las pocas mesas ocupadas que hay en el comedor. Ningún comensal ha reparado en la acción. Tampoco la propietaria, ni el camarero, un muchacho jovencísimo y eficiente, que en este momento trae la panera repleta, unas aceitunas y las cartas. El otro matrimonio deja finalmente de mirar el cuadro y se sienta. Cogen las cartas, las abren y empiezan a leer.


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El caso del Pan con tomate Quim Monzó

En Catalunya, una de las argucias que los restaurantes utilizan para facturar unos cuantos euros más es la del plato de pan con tomate. Llegas al restaurante ( "Buenos días, ¿tendrían una mesa?", "Pues... sí; por aquí, por favor"), te sientas, te dan la carta y empiezas a leerla. Y entonces, antes o después de haber tomado la comanda, aparece un ayudante de camarero que, con discreción, deposita en la mesa un pan con tomate que nadie ha pedido. El pan con tomate puede venir ya preparado, en rebanada o en coca, o bien por hacer: para que el cliente se lo prepare a su gusto (y de paso ahorrarse ellos el trabajo). Cuando se da esta segunda opción, generalmente el plato lo ocupan un par de rebanadas de pan tostado - bien o mal, ésa es otra cuestión-, dos tomates no suficientemente maduros y, en algunos casos, unos ajos, por si el comensal es amante de ese condimento que tan poco complace a Victoria Beckham. Hay algunos clientes que están encantados con eso e inmediatamente se lanzan sobre el pan con to-


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mate mientras esperan el primer plato. Pero, en muchas ocasiones, la gente no lo quiere, y la mayoría calla. Los novatos, los que no saben de qué va la cosa en realidad, piensan: si nadie ha pedido pan con tomate y el restaurante lo trae, es que se trata de una gentileza, de un regalo de la casa. Y otros, aun sabiendo de qué va y sin que les apetezca, por reparo callan y lo aceptan como una cuota ineludible. Saben que el pan tostado y los tomates quedarán tal cual hasta el final de la comida, pero no se atreven a pedir que se lo lleven. En cualquiera de estos dos casos, el resultado es siempre el mismo: unos cuantos euros más en la factura por un plato que ni siquiera han ofrecido. Hace unos días contemplé una de estas prácticas en un restaurante de la calle Lleida. Llegó una mujer sola, extranjera, diría que alemana. Se sentó a una mesa, le dieron la carta, pidió una ensalada y carne poco hecha. Al cabo de poco, con desgana el camarero colocó en su mesa las vinagreras y un plato con dos rebanadas de pan tostado, dos tomates y dos ajos. La mujer lo contempló un buen rato, sin saber qué hacer. ¿Pan tostado, dos tomates y dos ajos? Miró a un lado y a otro, a ver si en otras mesas alguien tenía un plato similar y así ella podía ver qué se suele hacer con ese plato. Pero, aunque en casi todas las mesas había platos similares, nadie les prestaba la más mínima atención. Estaban ahí, simplemente esperando que llegase el final de la comida y los retirasen tal como habían llegado. La gente comía el primer plato o el segundo, pasando de ese impuesto revolucionario.


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De modo que, sin referentes a los que agarrarse, la mujer decidió aventurarse. Con el cuchillo y el tenedor cortó los tomates en cuartos, con sumo cuidado, y las rebanadas de pan en cuadraditos. Después seccionó los ajos, intentó pelarlos, lo mezcló todo lo mejor que pudo, lo regó con aceite y vinagre y le añadió un poco de sal. Y así se lo fue comiendo, como si se tratase de una ensalada, con una cara que no denotaba precisamente satisfacción, recogiendo cada tanto con el tenedor las pieles de ajo que le molestaban en la boca, y depositándolas a un lado. Era un espectáculo excepcional, grotesco y penoso, consecuencia de las estratagemas miserables de muchos restaurantes y de su menosprecio hacia los clientes.


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El hombre orquestra Quim Monzó

¿Es necesario que el camarero meta tanto ruido? Coge el casquillo y, antes de cargarlo con café nuevo, para vaciarlo lo golpea una y otra vez contra el cajón del poso. Lo hace como si le fuese la vida en ello, y puede que haya que hacerlo así, pero quizá en vez de golpear el acero del cajón podría golpear la goma, que para eso está. Sólo que lo golpease contra la goma, el escándalo se amortiguaría. Pero, bueno, ese es el menor de su catálogo de ruidos, porque con lo que de verdad él disfruta es con los platos del café. Tiene el cesto del lavavajillas sobre la nevera de carga superior que hay tras la barra, y cada vez que pone algo –un plato, una taza...– lo hace con estrépito. Quizá para los clientes que están en la otra punta del bar sea un sonido lejano, soportable, pero para los que estamos ahí mismo, desayunando en el trozo de barra que está justo frente a la nevera donde él tiene el cesto, es un estruendo insufrible: despropor-


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cionadamente agudo, una agresión chillona a todos y cada uno de nuestros tímpanos. Y, cuando le piden un café, tras el ritual de golpear el casquillo contra el cajón, ¿no podría dejar el plato sobre el mármol? Dejarlo: simplemente dejarlo, no lanzarlo de forma que el plato empiece a bailar sobre su base –¡CLECCLCL!, CLCCLEC!, CLECCL..., clecccc..., clec...– hasta que por fin se estabiliza. Lanza el plato con una técnica que recuerda la del juego de las herraduras. Y tampoco la taza la deja simplemente sobre el plato, sino que la incrusta contra él, con energía, para que aprenda cuál es su lugar. Con la cucharilla, en cambio, volvemos a los juegos de lanzamiento: no la deja sobre el plato sino que la tira desde cierta distancia, para que lo golpee con un tintineo penetrante. Cuando el lavavajillas ha hecho ya su ciclo, saca el cesto entre una nube de vapor. Lo deja sobre la nevera antes mencionada y también en ese momento platos y tazas tienen un cometido estridente. Procede a ir colocándolos sobre la máquina de café, que tiene encima una generosa superficie rectangular para muchas tazas y muchos platos que, una vez dispuestos, se quedan ahí, a punto para cuando alguien pida un café, un cortado, un café con leche, o incluso un poleo-menta. Evidentemente, como platos y tazas van unos sobre otros, cada taza y cada plato que coloca es un nuevo estallido contra el cerebro de los que desayunamos en la barra. Me fijo en el camarero. Es más bien bajito, calvo. Lleva barba de tres días, tal como


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ahora se estila, y gafas de pasta estrechas y alargadas, que arrinconará cualquier día de estos, en cuanto descubra que ya no están de moda. Se mueve con soltura y un cierto ritmo de caderas. Tantas horas de trabajo, cada día, deben resultarle enojosas y rutinarias. Yo diría que, a él, todo ese fragor le sirve para mantenerse despierto hasta que llegue la noche y pueda, por fin, ir a la discoteca, que es donde, a base de años y decibelios, debe de haber perdido casi por completo su capacidad auditiva porque, si no, ni él mismo toleraría el estruendo constante e innecesario que monta con las tazas y los platos, y que debe percibir apenas como un rumor, musiquilla celestial.


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La comida como método de sometimiento Quim Monzó

Dos amigos entran en un bar del Paral · lel. Es la hora del desayuno. Echan un vistazo al expositor de vidrio tras el que se acumulan los platos. Hay butifarras diversas, quesos, longaniza, chorizo... Y también bacalao frito, morcillas, salchichas con pimientos verdes, tortillas de patatas y de alcachofas, empanadillas, albóndigas, ensalada alemana, ensaladilla rusa, alitas de pollo, esqueixada... Se acodan en la barra. - ¿Qué vamos a tomar? - pregunta el más alto. - Yo tomaré albóndigas - dice el bajo. Hace una señal al camarero y le indica:- Unas albóndigas, por favor. - ¿Y para beber? - pregunta el camarero. - Una caña - contesta. - Oye,¿y no comerías un poco de tortilla de patatas? - dice el más alto-. Va, pedimos una ración de tortilla de patatas. - Si quisiese tortilla de patatas la habría pedido. Pide tú tortilla de patatas.


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- Vale. Pido, pero tú también comes. - No. Yo no quiero tortilla. - ¿Y bacalao? ¿Comerías un poco de bacalao? - Si quisiese bacalao habría pedido bacalao. - Va, no seas tonto. Pido bacalao y tú comes también. - Yo no. Se acerca el camarero, coloca la caña y las albóndigas frente al cliente más bajo y al otro le pregunta: - Y usted, ¿qué va a tomar? - No sé - dice-, es que este no se decide. - Yo he pedido albóndigas porque quiero comer albóndigas. Tú pide lo que te apetezca. - Bueno - dice el más alto-, pues bacalao. - ¿Y para beber? - pregunta automáticamente el camarero. - Pues una cañita, como él. Los dos amigos charlan de esto y de aquello y que si patatín que si patatán, y al cabo de unos minutos el camarero sitúa frente al más alto la caña y el bacalao humeante. El hombre contempla ambas cosas con satisfacción y acto seguido parte en dos el trozo - generoso- de bacalao. Entonces, mientras levanta el plato y con el tenedor hace gesto de poner la mitad en el de su amigo, le dice: - Va, toma. - No. No quiero bacalao.


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- ¡Pero si lo he pedido por ti! - No. Lo has pedido para ti. Tú querías bacalao. A mí no me líes. - ¡Para mí solo no lo hubiese pedido! - Pues no haberlo pedido. - ¡Joder, macho, qué soso eres! - dice, deja el plato sobre la mesa, chasquea la lengua, toma un sorbo de cerveza y empieza a comer poco a poco, como si ya no le apeteciese.


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Todo empieza con un bocadillo Quim Monzó

Hace dos semanas, el 25 de enero, en la sección Cartas de los lectores, Hugo Echazarreta, de Barcelona, publicó una en la que explicaba que habitualmente desayuna un café con leche y medio bocadillo de fuet en algún bar y que cada vez las lonchas son más delgadas: “Transparentes, casi imperceptibles”. Pocos días después, el domingo 29, una carta del lector Faust Padrós le sugería la posibilidad de prepararse él mismo el bocadillo en casa, para así cortar el fuet al grosor que cree correcto. La carta acaba con una confesión de Padrós: “Yo me como el fuet con piel. ¿Y usted?”. Tras seis días sin novedad, el domingo pasado otro lector –Josep Pagès, de Barcelona– publicó una carta en la que explica a Padrós que su abuelo paterno, “gran cocinero y hombre experimentado en atender a los clientes del restaurante que su padre, de origen francés, regentaba en la Rambla, explicaba que en los aperitivos el fuet hay que servirlo cortado muy fino y con piel”. El motivo: al tenerse que entretener en quitar las pieles, toman menos aperitivo, no pierden el apetito y luego pueden


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comer. Pagès explica que, a pesar de ello, él prefiere el fuet más grueso, y sin piel, tanto como aperitivo como en bocadillo. Hace tiempo que Cartas de los lectores no ve un debate del nivel de aquellos míticos de los calcetines de rombos, del ave que sobrevuela Barcelona o de si, en el portarrollos, el papel debe colgar por fuera o por dentro. La llegada de internet ha afectado a las secciones de cartas de la prensa de papel porque muchos lectores prefieren ir a la web y escribir comentarios bajo los artículos. Es ahí donde ahora se gasta la mayor parte de la pólvora, en disputas que casi siempre acaban en el terreno de la política, trate de lo que trate el artículo. Por eso no abundan debates como los de antaño. Y, en cambio, lo del fuet podría dar de sí. Las lonchas ¿delgadas o gruesas? ¿Con piel o sin? Habría quien se quejaría del sabor insípido de la piel industrial y añoraría el de la tripa. Habría quien aseguraría que sin duda la mejor piel es la de la Garrotxa y quien le diría que no, que la mejor es la del Segrià. Otros constatarían que, en este mundo light, hoy cuesta encontrar fuet con la pimienta debida. Otro diría que mucho hablar de fuet pero que la palabra auténtica es espetec. A esa carta respondería otra diciendo que ni fuet ni espetec, sino tastet o, como mucho, secallona, justo el día antes de que, contra la opinión de Echazarreta, otro lector escribiese que, las lonchas, cuanto más finas mejor, opinión que coincide con la de esos


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que, a base de defender que las de jamón sean finísimas, han acabado por matar la costumbre de comerlo en tacos, que es como sabe mejor. Dos días después tendríamos una carta quejándose de que haya gente que pierda el tiempo con esas tonterías estando todo tan mal. A la que respondería otra diciendo que precisamente de eso se trata.


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TENGO HAMBRE

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NGO BRE

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DULCE O SALADO


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BOCA D D TORT


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DILLO E TILLA

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ÑAM ÑAM ÑAM ÑAM ÑAM


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Frutos de sarten Bet Puigbó

Para los “Gatos”, que así es como se les llama a los que son de Madrid de toda la vida y la de sus ancestros, el tiempo se ha detenido en lo que a los churros concierne. Ellos hacen y comen churros desde el siglo XIX y si nada lo impide en esas continuarán por los siglos de los siglos. Hoy es martes y como tantos otros dias me despierto con los gritos de Chaaaaatarreeeee-rooooo emitidos por la cazallosa voz del chatarrero que así pregona su oficio, gritando como un poseso. Ya irremediablemente despierto decido que lo mejor que puedo hacer es vestirme e irme a tomar un chocolatito que más dá la hora que sea, estamos en Chamberí, el sitio ideal para  desayunarme con ese castizo. Por la calle, mientras busco algún lugar casposillo donde sentirme a gusto, me cruzo con caballeros con camisas de cuello blanco  y gemelos en los puños y señoras luciendo sus abrigos de visón. Dejo atrás los cines de Fuencarral que siguen sorprendién-


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dome con sus  anuncios de las pelis en cartelera pintados a mano. No acabo de acostumbrarme a ver a Di Caprio y al Cloney interpretados de esa forma tan impresionista. La Bodega de la Ardosa me sale al paso y compruebo como de buena mañana ya existe un personal que le dá y de qué manera.. Nada mas pasar, te dá en las narices el tufillo de la fritanga que no sabes discernir si pertenece a la anterior jornada o de lo que hoy se frie. Obediente a las señales del semáforo espero a que la luz verde me permita cruzar y al hacerlo observo al otro lado de la calle las baldosas amarillas y azules de un anuncio del año de la Maria Castaña que en su texto  incluso posee un “desde” y un vagabundo que enarbolando un vaso de plástico te abre obsequiósamente la puerta. Ahora no, pero quizás al salir le deje algo. Cuando la puerta se abre deja paso al olorcillo y al bullicio. El lugar es casposo como pocos, pero si algo tiene es que, de un plumazo, te  traslada al siglo XIX y justo ese és su nombre, que le viene que ni pintado. De un vistazo a la barra observo que ya la ocupan unos cuantos señores de pié plantados y lo mismo ocurre con las cuatro mesas de mármol flanqueadas por aquellas sillas de las que resulta difícil no resbalarte cuando alguna queda libre para sentarte en ella. Dos señoras están sentadas en mesas separadas pero eso no és óbice para que se encuentren enzarzadas  en una más que animada conversación. Mudas, lo que se


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dice mudas , desde luego, no lo són. La mesa de más al fondo la ocupa un jóven que sin pinta de tener prisa alguna despliega parsimoniósamente su diario. Desde la misma barra puedo observar como fluye una masa acanalada y el aire que se dá el churrero que a tijeretazos acompasados la corta con la maestría que dan los años y la enrrolla en espiral chisporroteando sobre el aceite hirviendo.El Churrero, con una visera que la tapa la cara, también hace porras o mejor sería decir que hace  una enorme porra que una vez lista la la lanza sobre la barra de mármol y allí mismo son los camareros quienes la trocean al ritmo que la demanda de porras requiera.A eso le llaman “rueda”. Cada porra es un trozo de 35cm de largo y 4cm de ancho y una de estas “ruedas”, acompañada de un litro de chocolate se vende al módico precio de 20 euros. La ración habitual es de dos porras mientras que los churros, más finos y cortos, se sirven en raciones de cinco. Los domingos y festivos a partir de las dos de la tarde se hace un “para llevar” lo que hace suponer que pasan a ser integrantes del postre de muchos hogares. Es ahi cuando empieza a notarse la verdadera dimensión del fenómeno churrero con sus bolsas de papel blanco que empiezan a transparentarse con las manchas aceitosas de su contenido que languidece poco a poco perdiéndo su prestáncia, como un buen actor con un mal papel.


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Los churros se suelen tomar frios en el sur y calientes en el norte., lo que no deja de tener su lógica climatológica. Aunque eso sí siempre acostumbran a servirse con chocolate y acompañados de un vaso de agua. El vaso de agua no suele publicitarse en la oferta pero acostumbra a tener un aspecto sobrio y acanalado y con larga vida por detrás. En ellos ponen cubitos parta así disimular que el agua es de grifo y si pides más de un vaso enseguida te plantan una jarra, coetánea con los vasos,  de agua en la mesa. La barra siempre está repleta de vasos llenos .Són imprescindibles para apagar la sed que indefectiblemente aparece al tomar la última cucharada de chocolate.La sed la provoca la gran cantidad sde sal que se utiliza en la elaboración de los churros . Las raciones de churros o porras siempre se acompañan con sobrecitos de azucar donde aparece escrito “gracias por su visita , chocolateros desde...” Tres son las maneras que el chocolate puede consumirse y ha de hacerse de forma consecutiva. Primero se moja el churro de esta forma puedes,  según tu capacizad estomacal, dar  con media taza de chocolate . La segunda fase consiste en remover bien el chocolate restante y consumirlo a pequeños sorbos hasta que,aún quedando chocolate, este no fluye con normalidad y es ahí cuando empieza la tercera y última etapa en la que la cucharilla es la herramienta con la que iniciar una febril actividad de rescate de las postreras trazas del oscuro brevaje . De tal suerte


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que las tazas quedan siempre tapizadas interiormente con una textura gráfica única. Hete aquí el momento en que ahíto y rebosante sucumbes a la pasión de la sed...¡¡¡¡¡¡ agua para qué os quiero!!!!! Todo este ritual chocolatero requiere su tiempo es por eso que quien anda con prisas se pida un café con leche y churros, más sencillo sí pero con su propio ritual. Primero te sirven el café, solo, y seguidamente aparecen con dos jarras de acero inoxidable una de ellas la portan con su asa envuelta en un trapito de limpieza dudosa  lo que te hace suponer se trata de leche caliente El camarero vierte con equidad sublime los dos chorritos de leche que se hermanan antes de caer sobre el café y es entonces cuando el cliente debe de hacer saber comunicar con maestria gestual cual de las dos jarritas debe inclinarse más. Todo un arte..... El estado placentero al que todas estas actividades te ha llevado no te exime de consabido “la cuenta cuando pueda” sin olvidarte de la propina. El servicio un primor y ahora, si  aún puedes...!!!! a trabajar.¡¡¡¡¡ Si te has quedado con ganas puedes repetir a media tarde incluso hasta las nueve. Cuando se va a cenar tarde, tarde ... el chocolate puede ser un buen recurso para aguantar. Los churros tambien son una buena excusa para acabar la  fiesta. En estas ocasiones la chocolatería San Ginés, es la más indicda. Aunque si hemos de ser sinceros poco importa el lugar ni la cali-


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dad del producto lo que atrae más de tomar chocolate es que ha pasado a ser un acto social de la llamada “movida madrileña” y punto pelota.


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Todo es culpa de la publicidad Bet Puigbó

“La alienación del espectador en beneficio del objeto contemplado (que es el resultado de su propia actividad inconsciente) se expresa así: cuanto más contempla menos vive; cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de la necesidad menos comprende su propia existencia y su propio deseo. La exterioridad del espectáculo respecto del hombre activo se manifiesta en que sus propios gestos ya no son suyos, sino de otro que lo representa. Por eso el espectador no encuentra su lugar en ninguna parte, porque el espectáculo está en todas.”GUY DEBORD, La Sociedad del Espectáculo

Cómo bien lo comenta el filósofo situacionista Guy Debord, el poder de las imágenes es enorme, tanto como para convertir en un simple títere a su espectador. ¿Acaso los americanos habrían ganado la Primera Guerra Mundial si no fuese por el cartel del Tío Sam invitando al alistamiento, creado por el ilustrador James Montgomery Flagg? ¿O habría tenido algún verdadero apoyo la ocupación de Afganistán por los esta-


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dounidenses sin el ametrallamiento de imágenes del atentado contra el World Trade Center de Nueva York por las televisiones de todo el país? Quedándonos pues en los USA, pasemos a analizar el poder le la televisión sobre esta nación, igual que lo repetiría el grupo Daft Punk con su tema Television Rules The Nation, y centrémonos en particular sobre cómo esta caja de imágenes influencia sobre los hábitos alimentarios de sus habitantes. ¿Acaso resulta extraño que el tercer país más obeso del mundo también sea uno de los países que más invierte en anuncios televisivos de comida? En un país en el que lobbies cómo Monsanto, McDonald’s o CocaCola tienen tanto poder político, la televisión resulta un método de control extraordinario. Desde los años 80, el porcentaje de niños y adolescentes obesos en Estados Unidos ha triplicado, para llegar a casi un 20%. Siendo esta franja de edad la que consume más televisión por tener más tiempo de ocio, su manutención se ve directamente nutrida por lo que se ha convertido en su principal pasatiempo. Cómo lo documenta Morgan Spurlock en su película Super Size Me, los niños americanos tienen más facilidad en reconocer a personajes cómo Ronald McDonald que Jesucristo, y todo eso se le debe a la televisión. La televisión manipula tanto a los niños que esos inducen a sus padres a llevarles a restaurantes de


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comida rápida, y un 84% de esos padres confiesan llevarles a uno de estos restaurantes al menos una vez a la semana. Hasta los mismos padres se ven manipulados por esos anuncios: el simple hecho de anunciar unos nuggets de pollo al lado unos trozos de manzana o un vaso de leche deja pensar que los nuggets son saludables y por lo tanto bueno para sus hijos. Todo está en la manos de la publicidad. La televisión siendo la principal fuente información nutricional y de salud, estudios demuestran que aproximadamente 20% de los anuncios televisivos se ven protagonizados por alimentos, mientras que menos de 1% habla de nutrición saludable. No es de extrañar, ya que en 2004 se había gastado más de $11 trillones en anuncios relacionados con la comida, mientras que ese mismo año, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos apenas había gastado 2% de este dinero sobre educación nutritiva. Como dato nutricional, si consumiésemos siguiendo lo que nos enseña la televisión, consumiríamos 20 veces la cantidad recomendada de azúcar y grasa, mientras que sólo nos proporcionaría 35% de la cantidad recomendada de vitaminas, 55% de calcio, y 50% de magnesio. Pero la verdad es que el estado americano está regido por el dinero y no por la ética. Estudios han revelado que el simple hecho de quitar esta estampida de anuncios reduciría de un 16% el número de jóvenes


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obesos. Pero al mayor estado capitalista del mundo, en vez de quitar estos anuncios, siempre le resultará más beneficioso anunciar productos de adelgazamiento. Pero al volverse la televisión en una fuente de entretenimiento seductora, ¿por qué razón separarse de ella y satisfacer las necesidades vitales, como comer, en otro sitio? Pues sin duda lo más estremecedor viene a ser es la unión de estos dos conceptos, o más concretamente, el hecho de llevar la comida rápida enfrente de la pantalla misma. Ya no me refiero sólo a comidas rápidas de llevar a casa (o take-out), cómo la ya tradicional cena de pizzas del Pizza Hut o de hamburguesas del Burger King enfrente de la televisión, sino a los menús pensados directamente para comer delante de este aparato: los TV dinners. Poco después de la aparición de las comidas preparadas en los vuelos aéreos, los años 50 vieron florecer los TV dinners. Estos menús eran relativamente sanos en un principio: el primer TV dinner de la marca Swanson, un menú especial de Thanksgiving, se componía de pavo, aliño de cornbread guisantes congelados y boniato. Pero poco a poco, fueron invadiendo todo el mercado de la comida diaria. En 1960, Swanson añadió postres a sus menús congelados, que consistían en cobbler de manzana o brownie. Luego, en 1969, se comercializaron los primeros TV breakfasts, con desayunos de pancakes y salchicha como favoritos. En 1073, el primer Swan-


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son Hungry-Man TV dinner fue introducido, con porciones de comida mayores a las normales. Y más tarde, en 1986, se adaptaron estas comidas congeladas al microondas. Así que a través de esta evolución, la totalidad del mercado de la comida quedó cubierta por el novedoso invento, volviendo el acto de comer mucho más sencillo: simplemente bastaba con tener almacenados unos cuantos TV dinners en la nevera y calentarlos un par de minutos al microondas para aprovechar de una cena delante del televisor. Pero además de hacer que la gente pierda interés en lo que come, ya que no cocina, los TV dinners son malos para la salud. Por ejemplo, ya que el proceso de congelación de la comida tiende a degradar el sabor de los alimentos, los menús se compensan con cantidades extras de sal y grasa. Además, los aceites vegetales parcialmente hidrogenados -que se encuentran típicamente en los postres congelados para que se conserven mejor- tienen un nivel muy alto de ácido graso trans, cuyo consumo puede afectar a la salud cardiovascular. Si seguimos así, dejando que los placeres primitivos y de pereza nos coman, como lo hace la televisión, será nuestra salud la cual acabará sufriendo, no sólo por la malnutrición, sino también por la falta de actividad física, y así, el futuro que plasma la película de Pixar WALL-E no será tan lejano.


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Futuros inevitable Fidel Durango

El futuro no está siendo el que se había soñado. Buena parte del futuro se ha convertido en pasado sin haber ocurrido jamás; en efecto, es lo que se conoce como “futuro obsoleto”. Sin embargo, no todo ese futuro ha corrido esa suerte. En muchos casos, ese futuro puede permanecer como esperanza. Sencillamente, como cuando se imaginó, no existía ni siquiera la tecnología que lo haría posible y así sigue siendo. A diferencia de futuro obsoleto que, aunque sí que existiría actualmente la tecnología que lo tendría que hacer posible, ya con esa tecnología, descubrimos que esa tecnología es incapaz de traerlo. Por lo tanto, paradójicamente esas esperanzas viven de nuestras limitaciones, a que podemos seguir achacando a la técnica -a la falta de técnica- no haber alcanzado la meta. ¿Pero durante cuánto tiempo? Que buena parte del futuro se haya convertido en futuro obsoleto es un descrédito al que nunca antes se tenía que haber enfrentado el futuro. El espacio de las pequeñas cosas, el de la cotidianidad se ha convertido precisamente en un tremen-

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do demoledor del futuro. El futuro puede haber sido el gran derrotado de -pero también “en”- la cotidianidad o vida diaria. Ahora bien, en ese espacio es en el que parece que el futuro se deshace como un azucarillo, ¿qué destaca más que las costumbres alimentarias? ¿No es una tremenda derrota que el calificativo de tradicional se haya impuesto como un sinónimo de calidad? Aunque, a la vez, ciertamente, goce de una absoluta actualidad la cocina vanguardista. Pero no tenemos que olvidar que la crisis de las vanguardias es absoluta en el resto de campos artísticos. Y que las vanguardias no son parte del futuro que se esperaba. Un ejemplo cercano de esa cocina vanguardista es aquella con la que el prestigioso Ferran Adrià lleva décadas sorprendiendo al mundo ¿Pero qué tiene que ver la cocina de Ferran Adriá con esas cápsulas diminutas que nos iban a proporcionar todos los nutrientes que necesitábamos? Y no sólo eso, ¿alguien se imagina la cocina del Bulli en el día a día de los hogares? Incluso podríamos preguntarnos con mayor radicalidad todavía si la gastronomía será diferente al resto de las artes y no acabará teniendo su crisis de las vanguardias. Pero aunque no fuese así, no hay que olvidar que las vanguardias ya son algo ajeno a ese futuro tecnocrático que se suponía inevitable. Parece ser que en ese día a día demoledor al que nos referimos realmente sólo hay dos posibilidades: la alimentación industrial o la tradicional. A primera vista parecería difícil que eso que llamamos


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cocina tradicional fuese capaz de competir con la industrial pero también es cierto que la cocina industrial también es incapaz de acabar con la tradicional; en efecto, que acabase sería el triunfo de esa comida encapsulada a la que nos referíamos un poco más arriba. Y no es el caso. Esa disyunción entre tradicional e industrial es cada vez menos exclusiva. Cierto es que nos encanta un buen pollo guisado tal como lo podrían haber preparado nuestras abuelas. ¿Pero cuántos disfrutarían comiendo un auténtico pollo de corral? Su carne es muy fibrosa, pura musculatura, y su sabor intenso. Es sorprendentemente diferente de un pollo industrial y el gusto de los más jóvenes no sólo lo rechazan sino que no lo reconocen como pollo. Parece como si la sociedad hubiese decidido que la forma de lo que comemos fuese heredera de la cocina tradicional pero la materia, de la industrial. Quizá donde con más detalle podamos ver esa pugna entre la cocina industrial y la tradicional es en la primera comida del día y la más importante desde el punto de vista de la biología humana. El desayuno fue durante décadas la comida más abandonada tanto desde el punto de vista del disfrute como de la nutrición. Durante los años ochenta fue reducida a su mínima expresión para horror de los dietistas que desde entonces empezaron una lucha por la recuperación de esa comida.


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En los niños, quedó reducido en el mejor de los casos a un bocadillo en el recreo, aunque la bollería industrial se asentaba sólidamente, y en los adultos, en muchos casos, a poco más que una bebida excitante como es el café y a una mezcolanza de de substancias muy próximas a la cápsula química, como, por ejemplo, las mantequillas hidrogenadas. Pero cuando el desayuno ya parecía sólo cuestión de tiempo que se convirtiese en la primera comida plenamente industrial, y todas las alarmas saltaron, la situación comenzó a revertir. Por muy bajo que pensemos que pudo caer, nunca se industrializó plenamente. ¿Por qué no se sustituyó el café por una pastilla de cafeína? ¿O por qué no se redujo el desayuno a consumir una de esas barritas con las que se alimentan los astronautas en las misiones espaciales? ¿Qué más fácil y económico? ¿No era acaso lo que cabía esperar? Ahora bien, ¿por qué saltaron todas las alarmas? ¿Fue sólo por cuestiones médicas? Sin duda las advertencias que se lanzaban desde la medicina fueron muy importantes pero sería un error pretender ver sólo en ese hecho la razón del cambio de rumbo que tomó el desayuno. Sería un error, entre otras cosas, porque la comida tradicional encuentra parte de su fuerza en cierta desconfianza hacia la medicina. El ciudadano medio que está llevando a cabo ese cambio es el mismo que recuerda horrorizado con que el pescado azul después de haber sido expulsado sin misericordia de la alimentación sana y considerado poco menos que


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un veneno haya sido unos años después considerado un alimento imprescindible de toda dieta sana. ¿Pero qué explica que de repente en nuestros desayunos sea posible que se congreguen aceite de oliva, hortalizas de huertas ecológicas o diferentes tipos de panes tradicionales y que sea considerado un lujo poder tomarse el tiempo que requiere aderezarlos convenientemente? Quizá sea posible entenderlo si nos damos cuenta de que al menos en Europa uno de los pilares ideológicos del pasado siglo que se ha hundido no menos que el muro de Berlín es el de la técnica por la técnica. La técnica ha dejado de justificarse por sí misma. Cada avance técnico ya no hace apetecible sin más el siguiente. La técnica genera apatía. Una apatía que no encuentra solución en ella misma pero que sorprendentemente encuentra solución en la tradición, su rival. ¿Pero cómo es posible que encuentre solución en la tradición? Bueno... Quizá esa no sea una buena pregunta para enfrentarse al problema. Quizá la pregunta que deberíamos hacernos sería: ¿por qué la cocina tradicional no podía seguir siéndolo cuando se gestó ese futuro tecnocrático de alimentos encapsulados pero ahora sí? Seguramente, si no fuese por nuestra inclinación no sólo a recordar el pasado mejor de lo que fue sino a imaginárnoslo también mejor, no habríamos


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olvidados que la cocina se ha venido desarrollando históricamente en el horizonte de la supervivencia desde los orígenes. Y de ese horizonte es el que nos ha liberado la técnica de la que actualmente disfrutamos -y que también sufrimos -cambiándolo todo. Guisar ya no es una forma de estar sometido a la terrible e implacable servidumbre de la supervivencia. Pero precisamente ese terrible horizonte de la supervivencia era el que permitía que la abundancia de unas cápsulas capaces de alimentarnos fuesen un sueño esperanzador. En efecto, que ya no sea ese el horizonte reactiva la tradición culinaria, tradición que nunca se perdió, para seguir siendo lo que siempre ha sido. Pero, a la vez, también legitima a la comida industrial pues es la industria la que rompe la servidumbre.


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Domingo frustrado Kris de Deker

En mi barrio casi todos duermen, es domingo y se supone que esto no es tan raro. Sin embargo, en mi barrio hasta los domingos son miércoles. Salto de la cama convencida. Ducha y desayuno es la rutina, una de las pocas, que las rutinas son para romperse. Abro la ventana sin levantar las persianas porque todavía no quiero que la luz me invada. A veces es preferible estar a la sombra. Agudizo el olfato porque los domingos son día de cruasán, no de dios, sino del gallego del bar de abajo. Solía ser una tortura en los primeros meses de mi estacia en este sitio. Era imposible desayunar otra cosa. Los vapores perfumados me convencían en pleno sueño de la peregrina idea: nada calmaría mi estómago si no era un trozo de esa pasta. Indefectiblemente, los domingos, desayunava cruasán. Pero luego, como todo y con el tiempo, lo superé; logré abandonar lo que ya se había convertido en un rito dominical. Me elevé tanto por encima de esos efluvios que hasta dejé de desayunar el último día de la semana. O el primero. Que la cinta semanal se muerde la cola. Que los días dejan de tener nombre cuando uno


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es libre. Quizás también cuando uno es un prisionero sin ventanas. Pero ese, por suerte, nunca fue mi caso. He sido afortunado en algunas cosas, como todos. Lo cierto es que tratando de concentrarme en lo que hoy haré, salgo a la fuerza de la cama para meterme sin resistencias bajo el chorro de agua caliente. Ya despierto, ya vestido, voy a la cocina por el desayuno. La ventana más hermosa de mi casa no tiene cortinas. No puedo tapar lo que nació para estar destapado. Entonces abro la puerta de mi habitación preferida y descubro que todo sigue negro, que no ha amanecido, que no es la hora que yo pensaba. Esto lo explica todo. Lo del silencio, lo del cruasán ausente, lo del barrio cambiado. Puse mal el despertador. A todos nos pasa cada tanto, a menos que no pongamos despertador. El error en mi caso actual se debe a que hace ya algunos años que no necesito poner una alarma a la mañana. Una bendición que de tan cercana la había olvidado. El asunto es que ya estoy pronto para salir al domingo, pero el domingo todavía no se levantó. Hago café con leche, por hacer algo. Hago tostadas, por hacer algo. Porque lo cierto es que no tengo hambre. Todavía no. Enciendo el ordenador. Si por mí fuera nunca la apagaría. Pero ayer ofreció muestras de cansancio -está viejita la pobre- y la estoy contemplando. No se debe contemplar a todo lo que es viejo. Los años no necesariamente reclaman respeto. Pero tengo respeto y amor por este trasto sin alma que sin embargo ha guardado tantas cosas mías lejos de mis propios ojos,


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con celo y reserva. Plop. La pantalla está oscura, negra, muerta. Su corazón hace ruido, diría que late, pero la mitad de su cuerpo permanece en penumbras. Así no se puede escribir, así no se puede leer. Nadie ha despertado aún. Me imagino todos los aparatos del mundo apagados. Me imagino todos los leds de todos los aparatos de todo el mundo muertos de cansancio. Me imagino todos los corderos del mundo tirados en el pasto, a oscuras, con los ojos cerrados. No quiero mirar la hora. Quiero apagar también el ordenador pero me doy cuenta que si la pantalla no me muestra lo que tiene para mostrar no puedo apagarla. Termino arrancándole la batería. Vuelvo a la cama. Vuelvo a salir de la cama. Siento algo de desasosiego y hasta pienso en prender la televisión. Si será raro este despertar que deposito algo de esperanza en la caja boba. Pero respiro profundo y no me prendo a nada. Camino por la casa y a mi encuentro vienen centenares de pensamientos desordenados, a una velocidad despampanante y a contramano. Los esquivo a todos pero sin mover ningún músculo, los veo pasar como quien está en el corredor de un aeropuerto pero sin planes de partida, ni esperando a nadie. Nada me toca, sólo observo y siento que sólo observo. No hago anotaciones, ni siquiera mentales. Miento. Está bien. Ni siquiera lo bueno debe durar, en unas horas dejaré de escribir. La velocidad del entusiasmo es así. No está en la misma frecuencia que la velocidad del mundo exterior. Y está muy bien que así sea. No existe universo único. No existe desayuno perfecto.


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Pero luego, como todo y con el tiempo, lo superé; logré abandonar lo que ya se había convertido en un rito dominical. Me elevé tanto por encima de esos efluvios que hasta dejé de desayunar el último día de la semana. O el primero. Que la cinta semanal se muerde la cola. Que los días dejan de tener nombre cuando uno es libre. Quizás también cuando uno es un prisionero sin ventanas. Pero ese, por suerte, nunca fue mi caso. He sido afortunado en algunas cosas, como todos. Lo cierto es que tratando de concentrarme en lo que hoy haré, salgo a la fuerza de la cama para meterme sin resistencias bajo el chorro de agua caliente. Ya despierto, ya vestido, voy a la cocina por el desayuno. La ventana más hermosa de mi casa no tiene cortinas. No puedo tapar lo que nació para estar destapado. Entonces abro la puerta de mi habitación preferida y descubro que todo sigue negro, que no ha amanecido, que no es la hora que yo pensaba. Esto lo explica todo. Lo del silencio, lo del cruasán ausente, lo del barrio cambiado.


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Producción vs. Satisfacción Romualdo Faura

Parece que nos estamos dando cuenta de que no existen garantías para una vida libre de pesares, en ningún lado. Todo modo de habitar lleva en su devenir una lista de pros y contras difíciles de esquivar por mucho ingenio que se aplique. Dicen que la vida en el campo, en su versión ‘economía de subsistencia’, contiene menos contras. Se acerca al ideal de vida, si entendemos como ideal una existencia sin grandes complicaciones donde todo transcurre de forma fluida, y que aunque no exenta de las cuestiones propias de la vida como los accidentes o el paso del tiempo —y sus consecuencias— se percibe como óptima. Una de las características que posibilitan esta presunción es la ausencia de hitos que a base de progreso hemos ido adoptando en contextos urbanos. La prisa, el deseo material o la búsqueda de éxito, son algunos de esos hitos que aparecen entre el cemento, el humo y las vallas. Bajo las piedras solo hay tiempo. Desde el momento en el que al hombre le dio por hacer algo con lo que le sobraba tras colmar sus


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necesidades, lo justo, lo necesario, dejo de ser lo ideal. A partir de entonces nos movemos hacia lo posible. Claudicamos ante el vicio de anhelar lo que es posible y no lo que es necesario. Si es posible producir más para tener más —o simplemente porque podemos— por qué no habríamos de hacerlo, o al menos intentarlo. Y tanto hemos caminado por lo posible que nos encontramos en el punto de no retorno, donde los anhelos se multiplican y se enganchan como sanguijuelas, mermando las fuerzas y haciendo imposible volver sobre los pasos dados. No queremos renunciar a esos ciertos y certeros privilegios que nos ha dado el progreso. Olvidar la sofisticación del placer se antoja un suicidio, que no encuentra locos para hacerse efectivo. El carburante que alimenta a esta imparable máquina es la producción. Si producimos obtenemos la recompensa de lo posible hecha carne o acaso imagen de la carne. Producir provee la ilusoria satisfacción. El intercambio de los tangibles deja paso a los intangibles, de tal forma que nos perdemos en la velocidad y su inherente frustración para conseguir lo que soñamos. Porque, recordemos, la velocidad no es sino producción. No sería necesario correr sino esperáramos utilidades. Producir requiere rapidez, no vale con fabricar al ritmo pausado y acompasado por los latidos del corazón. Como se ha apuntado antes, quien marca el


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ritmo no es la necesidad sino la posibilidad, y lo posible se esfuma, cambia, no es perenne como lo básico e imprescindible. El hambre siempre está ahí, inmutable, insobornable, sabemos como tratar con ella. Sin embargo, el éxito se mueve, cambia. El dinero sube, baja, va y viene. El placer improductivo queda al albur de indescifrables apetencias. Aquí, en la ciudad, nos encontramos rehenes en el mapa de lo posible, con dos opciones: producir para levantar cabeza o escondernos en espacios lentos, herederos de la subsistencia hegemónica, hijos de lo rural, debajo de cuyo suelo, como en el campo, solo hay tiempo.


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Echó café en la taza. Echó leche en la taza de café. Echó azúcar en el café con leche. Con la cucharilla lo revolvió. Bebió el café con leche. Dejó la taza sin hablarme. Encendió un cigarrillo.


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Hizo anillos de humo. Volcó la ceniza en el cenicero sin hablarme. Sin mirarme se puso de pie. Se puso el sombrero. Se puso el impermeable porque llovía. se marchó bajo la lluvia. Sin decir palabra. Sin mirarme. Y me cubrí la cara con las manos. Y lloré.


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