Revista Digital Valencia Escribe. Número 3, 3ª era

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Revista digital de Valencia Escribe Nº 3 Tercera Era

Septiembre de 2022

Especial Inspiración literaria


Cada hoja habla de felicidad para mí, agitando los árboles de otoño. Emily Bronte

© Todos y cada uno de los derechos de las obras literarias, fotografías o ilustraciones publicadas en esta revista pertenecen en exclusiva a sus autores. Colaboraciones: revistadigitalvalenciaescribe@gmail.com

EQUIPO RDVE Coordinación, imágenes y corrección: Amelia Jiménez, Ana Marben y Luis Jurado Ilustración portada: Vivian Rodríguez (Cas) Maquetación: Ana Marben

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Índice Editorial ............................................................................................................ 5

Reencuentro de Valencia Escribe (convocatoria) ............................................ 6

CONSEJOS PARA ESCRIBIR MEJOR No uses mayúscula inicial, por Mari Moliné .................................................. 7

MONOGRÁFICO: Inspiración literaria Nada más que amor, de Aurora Rapún Mombiela ......................................... 11 ¡Qué mala suerte!, de Pepe Sanchis ............................................................. 11 Herencia envenenada, de Rafael Blasco López ............................................. 12 La casa del pueblo, de Mari Moliné .............................................................. 13

Capacidad de aguante, de Amelia Jiménez Graña ........................................ 15 Ciclos, de Ana Marben ................................................................................. 17

POEMAS Dos monedas y un deseo, de Gladys Alonso ............................................... 20 Pasos hacia atrás, de Maite Montero ............................................................ 21 Les jugadores d'escacs, de Irene Lado Montserrat ........................................ 22

RELATOS Amargo despertar, de Francisco Pascual...................................................... 26 De vacaciones, de Maria Grazia Scelfo ......................................................... 27 La piscina, de Clara Bureno ......................................................................... 28

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MICRORRELATOS Ruta nocturna, de Paqui Serrador ................................................................ 32 Domótica, de Manuel Serrano ...................................................................... 33

El hombre que reseñaba libros, de Miguel Moliné ........................................ 33

NOVELA POR ENTREGAS Otra oportunidad. Capítulo 3. La masía de la torre, de Lucrecia Hoyos ........ 36

CRITICAS DE CINE, SERIES Y LIBROS El mentiroso, por Miguel Moliné .................................................................. 40 En plena noche, por Miguel Moliné .............................................................. 40 Una novela de éxito, por María Codoñer ...................................................... 41 Desde la ventana, por María Codoñer .......................................................... 41

BIBLIOTECA Y ACTIVIDADES DE VALENCIA ESCRIBE ................................. 43

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Editorial

P

ergeñado el golpe de estado, e impuestas las férreas y dictatoriales normas tras dos números de la tercera era en la revista, los miembros del equipo editorial os hemos obligado en el último número a un nuevo concepto de escritura por calentura, olas de calor mediante, para exprimir toda vuestra materia gris y acumular, bajo condiciones infrahumanas, vuestros mejores relatos. El próximo número quizás exijamos escribir los textos bajo la escuálida luz de una vela. En esta ocasión, hemos recopilado muchos besos, diferentes infortunios, casas encantadas y relatos distópicos, sueños, piscinas y hasta un asesinato, todo aderezado con vuestro habitual ingenio; mantenemos a Lucrecia Hoyos encadenada en las mazmorras escribiendo capítulo tras capítulo la siguiente entrega de su novela y hemos sumado, bajo chantaje y amenazas, la pluma de María Codoñer para reseñar libros.

En este punto os hemos de decir que la felicidad nos embriaga al poder compartir este nuevo número de la revista. Esperamos que sean de vuestro agrado las nuevas lecturas y el regreso al trabajo. Para conocer vuestras opiniones estamos ideando una encuesta en la que solo se dará una opción de respuesta válida, «Nos encanta», y prometemos, en el próximo número, ser todavía más malvados.

El equipo editorial

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Después de un tiempo que nos ha parecido excesivo, Valencia Escribe regresa al lugar donde todo empezó e intentaremos hacerlo igual de bien y con las mismas ganas e ilusión. Os esperamos en la nueva ubicación del Kafcafé el próximo miércoles 28 de septiembre a las 19:30 para leer nuestros poemas y relatos. Seguro que estamos impacientes por volver a vernos y escucharnos. Compartid y hacer extensiva a todos los amigos esta invitación, ya queda poco. Gracias por la ilusión, la ayuda y la participación. Podéis apuntaros para leer un primer texto breve o poema y después, según los que seamos, hacer una segunda ronda si no se hace muy tarde. Si queréis participar escribidme por privado (aunque también se podrá improvisar una vez allí, por supuesto). El cartel ha sido realizado por nuestra compañera Bienve Fajardo. Alicia Muñoz Alabau

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Consejos para escribir mejor

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Imagen de Cas


Inspiración literaria


L

a propuesta veraniega para el especial de septiembre fue la siguiente:

Si te apetece participar en el reto de este número, te proponemos 3 frases o versos. Elige UNA y puedes comenzar o finalizar tu texto con ella o incluirla en tu texto. Las propuestas son: a) Todas las casas en donde los hombres han vivido y muerto son casas embrujadas. (De Casas encantadas, de Henry Wadsworth Longfellow).

b) Mi vida es un erial, flor que toco se deshoja; que en mi camino fatal alguien va sembrando el mal para que yo lo recoja. (Gustavo Adolfo Bécquer). (PUEDES MENCIONARLO TODO O ELEGIR VERSO)

c) Besas como si fueses a comerme. (Blas de Otero)

No sabemos si por los calores extenuantes o porque nos habíamos vuelto demasiado quisquillosas, lo cierto es que esta vez la respuesta ha sido pequeña. En cualquier caso, merecen un lugar destacado en la revista y en nuestros corazones. ¡Gracias por hacernos caso!

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Nada más que amor Aurora Rapún Mombiela Besas como si fueses a comerme y se me queda el cuerpo exprimido, sin pulpa ni jugo. Tocas como si quisieses poseerme y me dejo un rato, pero luego me escurro y me seco al aire tus pasiones húmedas. Hablas como si tuvieses que convencerme de tus amores desmedidos y yo te escucho, pero solo a medias porque a mí lo que me gusta es acurrucarme en tus silencios y adormecerme en el vaivén de tu respiración pausada. Sueñas como si fueses a perderme, pero cuando te despiertas sigo ahí, como siempre, amando todas y cada una de tus imperfecciones. Imagen de Foundry en Pixabay Más relatos de Aurora en: https://lahistoriaestaentumente.wordpress.com

¡Qué mala suerte! Pepe Sanchis Trabajo en un almacén de papelería. Gracias a Dios tenemos mucho trabajo y doblamos turnos. Yo siempre he preferido el de tarde. Pero, cuando llega el cambio de hora en otoño, salimos ya de noche. Hace poco entró una nueva compañera. Se llama Marta y es rubia, guapa, simpática… En resumen, me tiene perdidamente enamorado. Cada dos por tres me pongo melancólico, me arrodillo y me humillo a sus pies, susurrándole: —Marta, amor mío, ¿por qué no me quieres, aunque sea un poquito? ¿No ves que sin ti mi vida es un erial? Ella, muy digna, no me hace ni puñetero caso. Al salir del almacén, siempre me ofrezco a acompañarla hasta su casa. Siempre me rechaza. Ayer, la noche estaba especialmente oscura. Las calles como boca de lobo, las farolas rotas. Una vez más, me ofrecí y me rechazó. Imagen de Karina Mirzoyeva en Pixabay Nº 3

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La seguí. Su enésimo desplante me obnubiló la mente. Por costumbre, llevo encima un cúter para cortar las resmas de papel en el almacén. Frente a su portal, mientras buscaba las llaves, apenas sintió mis pasos a su espalda. Sin darle tiempo a nada, la apuñalé, una y otra vez. Lancé el cúter al primer contenedor de basura que encontré de camino a casa. Tonto de mí, pensé que nunca me encontrarían. Aunque no se lo crean, he dormido como un bendito. Esta mañana estaba tomando mi zumo y unas tostadas cuando ha sonado el timbre de la puerta. Por la mirilla he visto a un hombre, canijo, cetrino, bizco, con un cigarro puro en la mano y una gabardina zarrapastrosa. He preguntado quién era y me ha contestado con una voz pastosa, como con restos de carajillo del desayuno: —Buenos días, me gustaría hablar con usted. Ante mi insistencia en que se identificara, me ha puesto frente a los ojos una placa dorada con solo tres palabras. Policía. Teniente. Colombo.

Herencia envenenada Rafael Blasco López

—Besas como si fueses a comerme —le dijo ella mirándolo con ojos repletos de picardía y mordiéndose el labio inferior. —No es para menos, ¡estás que crujes! Me pregunto si bajo esa capa roja la ropa interior es del mismo color, o incluso puede que no lleves… —exclamó él, repleto de excitación. Ella empleó un tono más directo. —Al grano, que para eso ya habrá tiempo. Supongo que al estar ahí tumbado y disfrazado, habrás cumplido tu parte. —No tuve oportunidad, la jodida vieja se ha escondido y no la encuentro, te juro que la he buscado hasta en el quinto pino, pero nada, aunque da igual, ya me contaste que firmó la herencia. —¡Maldito animal! —chilló descontrolada —¡Te dije que acabaras con ella y pareciera un suicidio! —¡¿Qué coño querías que hiciera si no está?! Además, debía esperarte en la cama para celebrarlo, se suponía que estaba enferma y que iba a ser cosa de un bocado. Anda, ven, vamos a celebrarlo por adelantado —replicó de manera brusca al principio, aunque luego sonrió mientras apartaba la sábana y mostraba su instinto más salvaje. La joven suspiró y replanteó la situación mientras se tumbaba. —Mira, nos pegamos un papeo con lo que traigo en la cesta, abrimos su mejor botella de vino y nos tomamos unas copas, sé dónde esconde la botella de coñac esa momia borracha. Luego le damos el palo a las joyas, ya le sonsaqué que están bajo el colchón, y nos pulimos el efectivo que guarda en

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un bote de la cocina. Cuando aparezca, rematamos el plan y desaparecemos. Comieron y bebieron como si fuera la última fiesta y, de hecho, lo fue. Tras los últimos tragos de brandy y presos del sopor por el alcohol mezclado con arsénico, el telón de sus vidas cayó para siempre cuando sus párpados descendieron empujados con suavidad por las alas de la muerte. La portezuela del armario chirrió cuando una dulce abuelita salió de su interior. Estiró de su delantal, se ajustó su moño blanco y miró con desprecio a los dos cadáveres. —¡Par de idiotas! Un lobato ignorante y una choni de discoteca con una capa roja me iban a robar, ¡a mí, que pasé toda una posguerra! Estoy hasta el papo de este puto bosque y de tanto cuento. En fin… Me voy a Benidorm que hay un abuelo con pasta que me interesa, y todavía tiene ganas de darle marcha a este cuerpo serrano…

Imagen de Sabinevanerp en Pixabay

La casa del pueblo Mari Moliné

«Todas las casas en las que los hombres han vivido y muerto son casas encantadas», dijo un es-

critor de cuyo nombre no logro acordarme. Aunque algo parecido decía mi abuela cada vez que íbamos a visitarla a la casa del pueblo. Mis primos Roberto y Andrea y yo solíamos compartir la última quincena de agosto en Villanueva de los Naranjos, en una casa de tres plantas, de las cuales solo ocupábamos dos. La buhardilla nos estaba vedada. «Hay una viga medio podrida y las tejas están sueltas», decía mi tío Enrique. «Hay fantasmas que quieren visitarnos», decía mi abuela Catalina. «Si abrís la puerta, vendrán a por nosotros». Enrique la miraba fastidiado y nos hacía gestos para indicar que la abuela no estaba bien de la cabeza. Según ella, el espíritu de su hermana muerta en la adolescencia se había quedado atrapado en el piso superior de la casa, a la espera de que alguien lo liberara.

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A nosotros nos producía curiosidad, pero casi nunca estábamos solos, así que subir por la angosta escalera era una hazaña imposible. O bien el tío Enrique, la abuela o mi madre andaban trajinando de un lado a otro, como nosotros, pero con cosas de mayores.

Con motivo de la tarde de vacas, mi tío estaba ocupado; la abuela cocinaba en varias ollas a la vez, venían los de la peña taurina de Enrique a cenar; mi madre había tenido que ir a la ciudad y no volvería hasta tarde, pues las calles estaban cerradas por el festejo. Era la ocasión ideal para subir a la buhardilla y descubrir lo que ocultaban allí nuestra abuela y tío. Despacio, con cuidado, uno a uno, accedimos a la habitación prohibida a través de una trampilla de madera que nos costó abrir con una llave herrumbrosa. Una vez dentro, Roberto tosió y estornudó. —Perdonad, es la alergia —se disculpó, ante nuestras miradas asesinas que imploraban silencio. Echamos un vistazo alrededor mientras oíamos los aplausos de la gente en la calle que disfrutaba de las vaquillas. No encontramos nada de interés: la viga medio podrida que nos decía Enrique, varias cajas apiladas al fondo de la estancia con lo que parecía ropa antigua, una ventana mugrienta que nadie había limpiado en años… —¡Mirad ahí! —dijo Andrea, señalando un espejo sucio al lado de la ventana—. ¡He visto un reflejo de alguien que no éramos nosotros! —Venga ya, Andrea. Te pareces a la abuela —dijo Roberto—. ¿Cómo vas a ver el reflejo de nadie en ese espejo cochambroso?

Xodos — Foto de Valencia Bonita

—Era a ver si caíais. Venga, chicos, vamos a ver a las vacas, que creo que es lo único interesante en este pueblo —dijo ella. Yo sentía curiosidad, me acerqué al espejo. Y vi la imagen de una chica que me hacía gestos para que me acercara. Sentí un vértigo que no puedo describir, una desazón en mi interior, y me mareé durante unos segundos. Vi cómo bajaban Roberto y Andrea y alguien con mi cara me saludaba, con un halo de triunfo, unos instantes antes de cerrar la trampilla de la buhardilla y echar la llave.

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Capacidad de aguante Amelia Jiménez Graña Arde la arena al sol del poniente. Cuerpos semidesnudos se amontonan en hileras imaginarias, sobre toallas de colores variados, protegidas aquí y allá por sombrillas también de distintas tonalidades. Se han hecho frecuentes las bolsas de plástico de supermercado para acarrear los trastos playeros. Varios niños juegan en la orilla con cubos y palas de plástico. Unos adolescentes ríen a carcajadas mientras ensayan movimientos de boxeo o capoeira. Dos ancianas intentan refrescarse en un agua cada vez más templada por culpa del cambio climático. Una mujer hace toples sentada junto a un radio en la que suena la canción del verano con su ritmo machacón. Más allá, una pareja lee sentada en su tumbona: ella, una novela de ciencia ficción; él, la última de Megan Maxwell. Odio la playa. No sé qué hago aquí, tirada en la arena, dejando que dos chavales me entierren las piernas y me tiren agua para «mejorar el cemento». Bueno, sí que sé qué hago: estoy intentando gustarle a su padre, ese tío de casi dos metros, espalda ancha con tatuaje incluido (las fechas de nacimiento de sus hijos, cómo no) y brazos que te hacen perder la noción del tiempo. No me gustan los tatuados: según mi padre, solo los presidiarios se tatuaban y ahora se ha convertido en una moda reflejar en tu cuerpo una frase llena de sentimientos profundos o un dibujo referente a tu familia o a tus amigos.

Mi madre siempre me ha dicho que no me junte con divorciados, que solo traen desgracias (léase: sus hijos), pero Juan no es mal tipo. Le gusta pasearse en pelotas por casa cuando no están Max y Noah y le chifla la playa: esos son sus únicos defectos. Para cualquier otra mujer, que su chico se pasee desnudo por el pasillo es una gloria bendita, pero no puedo evitar ruborizarme ante el tamaño de su...

Imagen de Croisy en Pixabay

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Lo llamo mi chico, pero solo llevamos dos meses juntos. Lo conocí justo en el mes de julio, sin saber que en agosto le tocaría estar con estas dos fierecillas que ahora decoran mis piernas enterradas con conchas rotas que han encontrado por ahí. Al principio todo fue bien: cenas, noches de sexo sin fin, una escapada a un festival de música… Con la llegada de los niños, todo cambió. Playa por la mañana, piscina por la tarde, cenas con cuñados los sábados, comidas con los abuelos los domingos. No sé si aguantaré. Juan sale del agua y me da un beso húmedo en la boca. No soporto la sal, hago una mueca, se ríe de mí. Vuelve a por mi boca, aprovechando que sus hijos recogen agua en la orilla y no nos miran. —Besas como si fueses a comerme —le digo, recordando un poema de Blas de Otero. —Beso besos de mar, a dentelladas —continúa, mordiéndome ligeramente el labio inferior. Si conoce a Blas de Otero, puedo soportar reuniones familiares, hijos gritones o días sin fin en la playa. Creo que aguantaré.

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Ciclos Ana Marben

Ahí llegan los nuevos huéspedes. Cada vez es más difícil conseguir clientes. Es una putada que la moda de los fantasmas haya terminado. Ahora todos buscan emociones más fuertes, que si vampiros, que si zombis, hasta los extraterrestres y sus platillos tienen más adeptos. Y anda que eso no es antiguo. Pero es vintage, dicen. ¡Malditos ciclos! Nosotros, además de experiencias sobrenaturales ofrecemos alojamiento, defiendo. Todas las casas en donde los hombres han vivido y muerto son casas embrujadas, aseguro cada vez que atiendo a alguno de los escasos curiosos que se interesan por la mansión. Experiencia sobrenatural garantizada, puntualizo. Pero, ¿llevan cadenas? ¿Se aparecen o solo hay cosas que se mueven misteriosamente? ¿Qué se ve? ¿Unas pocas luces?, se mofan. Antes era más fácil. La gente se sorprendía con más facilidad. Bajabas el termostato, incluías un poco de olor a humedad, hacías chirriar las puertas, derramabas pintura roja en el suelo del gran salón, frente a la chimenea, y ni siquiera me hacía falta aparecer ni hacer ruidos horribles. Pero ahora ya está todo muy visto, dicen, vaya efectos especiales más lamentables, se quejan. ¿Qué tal unos ojos fuera de las cuencas o una cabeza arrancada?, me sugieren. Esto ya no asusta ni a los niños. Así que no me queda otra más que tener paciencia, confiar en que los gastos de la casa se puedan seguir pagando y no haya que cerrar mientras llegan tiempos mejores. Seguir fingiendo ser un humano que finge ser un fantasma. ¡Vaya condena! Imagen de Okan Caliskan en Pixabay

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Poemas


Dos monedas y un deseo Gladys Alonso A la fuente dos monedas

Moneditas de la suerte

llegaron con el deseo

que acaricié en el bolsillo

dicen que no ha de cumplirse

he acuñado en vuestras caras

si el rito no está completo.

el sueño de mi destino.

Hay que pararse de espaldas

¿Por qué fueron dos monedas?

a la congraciada fuente

me preguntó una curiosa

con los ojos bien cerrados

quiero que mi amor regrese,

y los deseos in mente.

dos serán más habladoras.

Lanzar con la mano izquierda

Las miro ya sumergidas

no darse vuelta en su marcha

resguardando mi deseo

bienvenida es en el agua

en la quietud de la fuente.

sin el valor que proclama.

¿Vendrá el amor que yo espero?

Imagen de Jazeya en Pixabay

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Pasos hacia atrás Maite Montero

Todo me recuerda a ti y es tan extraño, ahora que no estás Cada palabra leída, cada voz escuchada, me lleva un paso hacia atrás.

Un paso más cerca de tus labios, tus caricias a la luz de la luna, un paso más cerca de tus besos y abrazos de tu amor, que todo lo cura.

Yo sin ti, soy medio corazón, uno entero contigo.

No sé si alguna vez te volveré a ver, tampoco si me he despedido.

Yo sin ti, soy media alma, una entera contigo. No sé si me equivoqué de camino, o sin ti, para siempre me he perdido.

Imagen de Sally-Kay en Pixabay

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Les jugadores d'escacs Irene Lado Montserrat Només els falta la parla, Vasari

que per una graella vestida de quadres blancs i negres

En eixa vesprada blava,

s'hi esvaren i hi saltironegen.

decorada amb sinople fullatge d'un alt i fornit arbre i profunditat esblaimada

Les tres més jóvens, la Llúcia, la Minerva i l'Europa

amb riu, castell i blanques muntanyes,

per ser de noble casa i llinatge

destaquen quatre dames

amb luxoses vestidures de seda

que enlairen les mirades.

i mànegues ornades i folrades amb brodats de fils daurats,

La seua complicitat és tan estable

van coquetament abillades.

com el roure que els fa de paisatge,

Com a deesses iberes i grecoromanes,

i posen com a models de quadre,

porten cenyides diademes en trenes formades

mentre unes esmercen el temps en contemplar

amb xarxes de fil capil·lar i perles enfilades.

com les altres s'entretenen jugant als escacs. Per contra, la Cornèlia, la minyona, El deu Mercuri un dia regalà

du senzill alb i fosc robatge

a la nimfa Scacchide un escaquer

i escodrinya l'entremaliada, Europa,

en les regles del joc instruint-la

mentre aquesta esbossa un somriure,

per poder, així doncs, seduir-la.

en veure la Minerva, enfurismada, com indica a mà alçada

Així va passar amb la família Anguissola

que ha perdut la partida

la qual, com altres de bona posició i prestigi,

davant de la seua rival, Llúcia,

també amb un tauler les filles obsequiaren,

que orgullosa i satisfeta

perquè amb aquest entreteniment volien

observa la seua germana gran, la Sofonisba,

realçar la llur destresa i enginy ben fort,

per ser millor retratada.

en compte d'altres jocs com les cartes o daus on només jugava el factor sort.

Dempeus davant del cavallet,

Les mans belluguen les peces:

amb les mans ocupades

peons, alfils, cavalls i torres,

entre paletes, pinzells i colors,

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la talentosa i avesada pintora

Sofonisba, dona decidida i agosarada

prova d'afaiçonar les siluetes,

com la seua homònima,

mentre la Cornèlia les bonega

l'aristòcrata cartaginesa,

en italià per tal que facen bondat:

avesada a guanyar qualsevol partida

Dai, ragazze, comportatevi

no s'haguera mai pogut imaginar

e guardate la vostra sorella,

que des que la porta de sa vida tancara

cosí può dipingervi bene1.

durant quatre-cents anys fins ara l´enemiga criptogínia amb ella

La cremonesa, Sofonisba,

i amb altres reines pintores s'acarnissara

excel·lent i increïble artista,

i a ninguna fer escac i mat deixara.

deixebla dels Bernadino, Gatti i Campi, guia pictòrica de le sue sorelle,2

Per sort, actualment,

per Michelangelo aconsellada

manxen vigorosos vents

era per tanta gent tan anomenada,

que ens porten els records

que de la reina Isabel de Valois esdevingué cortesana i ja d'anciana, fou per Van Dyck retratada.

de la seua oblidada obra i unes noves regles de joc on també la peça reina pot enrocar qualsevol

Va obrir camí en el Renaixement

que impedisca que una artista

fent també que les habilitats

quede només en l'oblit,

i inqüestionables capacitats

llevant-li la seua autoria

d'altres dones artistes

i fent que el seu nom

foren reconegudes en la posteritat.

no puga ser mai restablit.

———— Au, xiques, feu bondat i mireu la vostra germana! Així us podrà pintar millor. 1

2

Les seues germanes

Quadre de Sofonisba Anguissola Nº 3

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de Stefan Keller en Pixabay

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Relatos Nº 3 Tercera Era

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Amargo despertar Francisco Pascual He tenido pesadillas, estoy seguro, pero no las recuerdo. Me pesan los párpados, no puedo separarlos, es como si tuviese una piedra en cada ojo, aunque una suave vocecita dentro de mi embotada cabeza me dice que debería intentar abrirlos, porque, sin duda, hay algo que tengo que saber. ¿Qué será? ¿Puedo fiarme de ese supuesto sexto sentido que me dice que la cosa se ha puesto fea? Igual son elucubraciones mías, meras tonterías porque soy un tipo al que nunca pasa nada, ni bueno ni malo; aunque… malo, sí, para qué negarlo. Quizá ese es mi problema: ser un cero a la izquierda en todos los sentidos. Pero algo desagradable me ha ocurrido porque no recuerdo encontrarme tan mal. Me sube por el esófago una sensación de malestar que me quema, me quita el aire y que remata en un hediondo eructo de alta graduación. ¡Por favor! ¡Qué asco! Intento recordar algo de lo sucedido hace unas horas, o unos días, ¡yo qué sé!, pero es como si un enorme tapón obturara mi memoria. ¡Vaya escalofrío tan desagradable! Me encuentro fatal. ¡Pero si estoy tiritando! Intento incorporarme, pero me duele todo el cuerpo. Seguro que me he enfriado y tendré fiebre, porque soy muy puñetero para los resfriados, y que el asunto se quede ahí y no derive en una pulmonía. Ya me lo decía mi abuela, que no hay que dormir con el culo al aire. Dormir, ahí está la clave, debo haberme quedado dormido, pero sobre algo tremendamente duro, ¡qué dolor! Ya está bien, tengo que abrir los ojos y saber dónde estoy. Me parece que voy recordando algo. Entré en aquel bar de mala muerte…, ¡Ah!, claro, después de recibir las enésimas calabazas, ya lo recuerdo. ¡Cómo no! Esas malditas calabazas, ya debería estar acostumbrado a recibirlas. Pero la culpa no es de esas mujeres en las que me fijo. La verdad es que tengo una manera de entrarles que parezco un salido…, bueno, lo que soy, o, al menos, lo que parezco. Pero como decía la canción, el mundo me ha hecho así, tanta abstinencia no puede ser buena. Se me arrimaron unos tipos bastante raros, por malencarados, parecía que estaban de fiesta, celebrando alguna cosa; me sonreían y eran amables. Me invitaron a unos chupitos de algo…, ¡de ginebra!, a eso me saben las arcadas, todo tiene su explicación. Vaya, parece que ya consigo despegar los párpados. ¡Qué oscuro!, apenas distingo nada. Tengo que incorporarme, ¡qué dolor de espalda y qué frío, leches! ¡Pero, si estoy sin ropa, tirado en pleno campo y con la Vía Láctea como único techo! Mi camisa, mi pantalón, mis zapatillas nuevas han desaparecido y excuso decir la cartera, el móvil, las llaves… Hasta los chicles de menta sin azúcar se me han llevado los muy cabrones. Tengo que buscar ayuda como sea. Está visto que al perro flaco todo son pulgas. Bueno, de todas formas, ya decía no sé quién, que hasta de las situaciones más negativas se puede sacar algo bueno: ¡Al menos me han dejado los calzoncillos!

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Imagen de Rene Tittmann en Pixabay

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De vacaciones Maria Grazia Scelfo Estamos en agosto y la playa está atiborrada de gente. Mientras, Anita, que está tomando el sol relajada en una tumbona, observa, paseando por la orilla del mar, a dos parejas que parecen alemanes de unos cincuenta años más o menos. Parece que se encuentran de vacaciones en Italia, concretamente en Viareggio. Los hombres, Hans y Friedrich, altos y robustos, llevan unos enormes bigotes imperiales que resultan anacrónicos en estos tiempos; las mujeres, un poco raras, también son altas, rubias y debieron ser muy hermosas. Parecen escapados del siglo pasado por cómo miran a su alrededor, cómo hablan entre ellos y la forma en la que se dirigen a la gente: en un italiano muy pasado de moda. También por los bañadores que llevan. Los de los hombres son bastante antiguos pues llevan tirantes y los de las mujeres son de lana y parecen hechos a mano. Anita, al verlos, recuerda una noticia que leyó hace tiempo en la prensa y que le sorprendió por lo inusual. Parece que estas dos parejas viven en un pueblo de la montaña bastante aislado, donde todos sus vecinos están anclados en el pasado. No tienen ni televisión, ni radio, ni ordenadores para comunicarse con amigos de las ciudades. Cuando alguien sale del pueblo, se escriben utilizando el correo postal para enviar las cartas. Según dicen los que allí viven, están muy tranquilos y felices. Pero en realidad, dicen que no soportan la modernidad y lamentan los daños que se ha producido en el clima, que ellos atribuyen a los avances tecnológicos utilizados en estos últimos años. Eso es lo que dicen. Por ello, se dedican a destruir centrales eléctricas, antenas de radio y televisión, termovalorizadores, etc. Son terroristas y tienen artefactos explosivos que saben cómo utilizar. Están en busca y captura, pues de hecho ya han causado graves daños en otros países. Esto y más fue recordando Anita mientras los observaba desde la playa. Recordó que las mujeres tienen la misión de distraer a los policías y a los vigilantes de objetivos sensibles. Lo primero que hacen es acercarse a centros de vital importancia. En este caso concreto, aunque eso lo desconoce entonces Anita, a las instalaciones del radar de los aviones y a los depósitos de combustible en el aeropuerto de Pisa. No es fácil acercarse a estos sitios e invierten días en analizar el lugar y los movimientos de las patrullas. Y es ahí donde entran en juego las mujeres. Estudian las costumbres de los policías, los horarios de los guardias y saben que por la noche suele haber solo una patrulla de dos policías vigilando, que se turnan para dormir por lo menos un par de horas. En el día establecido, las mujeres se disfrazan de encargadas de la limpieza y sobre las cinco y media de la mañana, cuando se supone que la patrulla está más cansada, antes del cambio, se acercan para hablar un poco con los dos policías, engatusarlos y, así, distraerlos. Mientras tanto, Hans y Friederich ponen la dinamita en los lugares previstos para destruirlo todo. No son conscientes de que ellos son los que van a provocar un desastre ecológico enorme, a pesar de que van diciendo lo contrario. Logran conseguir su objetivo y la explosión es tremenda. Anita oye el estallido y corre asustada por una gran avenida tratando de escapar a la enorme explosión, al rugido sombrío que llegaba hasta ella, a los gases, al fuego… Se oyen sirenas, todo está en llamas, el calor es sofocante… pero se da cuenta que el sol quema, que un globo ha explotado muy cerca de su tumbona, que un balón la golpea. Y al final se despierta…

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La piscina Clara Bureno Quiero ampliar la casa, añadirle un sitio luminoso donde disfrutar en cualquier momento. Quiero cambiar este suelo, que entristece la casa. Mi dulce marido acepta todos los cambios con resignación y me lo pone fácil. Además, como el azul es el color que me gusta más, tampoco ve inconveniente en elegir un color piscina, incluso para toda la casa. Nunca me sorbe los sesos, así que ya está decidido. Acerco el móvil a la boca y describo mi proyecto, grabando las medidas para las obras. Con este suelo color piscina, tendré la sensación de seguir nadando todo el día estando en casa, y como el agua es mi elemento lo disfrutaré a tope. Esta idea ha ido serpenteando todo el año en mi mente y es hora de ponerla en acción. Llevo tiempo ideando este cambio, ¡Le veo tantas ventajas! Si alguno se ahoga en mi casa, será por desaparición liquida; se asfixiarán los rivales, los colegas más ambiciosos y arrogantes, en el suelo hecho agua. Si otro sabe desenvolverse bien, tendrá derecho a la hamaca y a tomar el sol a mi lado. Este color, que he elegido, conseguirá iluminar toda mi vida. Risueña, voy quitando ya las cortinas, los cuadros, que sustituyo por aletas, salvavidas (según para quién...) y barandillas. Siempre hará calor en mi casa, el agua transparente nos invitará a pasear desnudos y a broncear sin miedo a las hormigas, que, lógicas, se han alejado ya al rincón de la terraza que se ha salvado, donde están atareadas, trepando en el muro de las buganvillas.

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A partir de ahora solo comeremos pescado fresco, gambas salteadas, pulpo troceado, viviremos en un entorno húmedo de sol y de mar eterno. Pondremos fin a nuestra vida demacrada y reseca. Soñaremos despiertos. Sin apenas movernos. En el abanico de colores todavía estoy dudando entre el turquesa feliz o el esmeralda inquietante… Cuando estén los invitados, será sabroso pedirles que se pongan en la situación: tendrán que olvidarse de la ropa y elegir entre las tumbonas hinchables, los sombreros y las gafas de sol. En mi casa-piscina seré la nadadora invencible, inalcanzable, y este proyecto me alegra la mente, la piel y la mirada, porque de repente es como si me convirtiera en delfín, suave y sonriente. Aquí uno se morirá o sobrevivirá acuáticamente. Se hartará de mar, dejará el postureo, se sumergirá en la autenticidad: quiero invitar a todos y sabrán que quien llega aquí correrá el riesgo de ser descubierto. Requisitos: ser uno mismo, ser auténtico, despojarse, revelar su verdadero yo. ¿Vienes a mi casa? ¿Te atreves? Te prometo sorpresas, te prometo sensaciones, te prometo la luna: por lo menos su visión deslumbrante, su reflejo en mi suelo-piscina. Y amaneceres frescos con destellos de luz.

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Microrrelatos

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Ruta nocturna Paqui Serrador ¿Recuerdas? Más que conducir te gustaba inventar paisajes. Horizontes envueltos de olores, historias, caminos.

Asomarte al asfalto y dejar la mano volar contra el viento, siguiendo las olas del trigal. O de los naranjos. Azahar y verdor en dosis intensas. Siempre haciendo de pobres para esquivar autopistas y dormitar juntos, en un arcén. O me presionabas a levantar el pie del acelerador al bordear el azul del océano solo porque perseguías recovecos hechos de gotas de libertad que nunca terminaron de saciarte.

Yo, a veces, aún te imagino aquí, ignorando mapas. El peso de tu ausencia me deja como compañía el ronroneo del motor. Y tus luciérnagas.

A la izquierda, tú también lo dirías, hoy crece más pronto que de costumbre la sombra de un campanario.

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Domótica Manuel Serrano Amanece. Se activan la cafetera y la tostadora. La ducha comienza a fluir para que el baño esté acondicionado. La piscina inicia su filtrado y los aspersores riegan con monótona música de soplidos entrecortados. La televisión emite noticias en color. Entre el negro y el rojo, las persianas del salón se levantan para dejar pasar las primeras luces del día. El coche activa su chequeo diario para estar listo. El frigorífico genera la lista de la compra que enviará al teléfono móvil. En la cama de matrimonio, ella mantiene la cabeza sobre el pecho de él, que está feliz de sentirla. Aunque solo sean dos momias disecadas. Fuera, en el jardín, una abeja solitaria se esconde en la hermosa y efímera flor del cactus.

El hombre que reseñaba libros Miguel Moliné Las redes me habían hecho famoso. En cada una de mis publicaciones reseñaba libros de actualidad y ponía a caldo o por las nubes al autor o autora de turno. Muchos escritores (noveles en su mayoría) me mandaban sus novelas o antologías de relatos, esperando formar parte del olimpo de los elegidos por mí, de aquellos que aumentaban sus ventas de manera drástica solo por recibir mis elogios. Recibí una novela de alguien que escribía con seudónimo. Trataba de un influencer que reseñaba libros y mandaba a la hoguera a una autora que, para vengarse, maquinaba su muerte lenta por envenenamiento. Como en El nombre de la rosa, las páginas del ejemplar recibido estaban envenenadas. Iba devorando las páginas de aquella magnífica obra cuando, tonto de mí, caí en la cuenta. No llegaré al final. Imagen de Pexels en Pixabay

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Novela por entregas

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Otra oportunidad Lucrecia Hoyos

Capítulo 3 LA MASÍA DE LA TORRE Bárbara pidió un carajillo de ron después del almuerzo. No era su costumbre. De hecho, pensaba, en los últimos tiempos, que iba a dejar el poco alcohol que bebía, pero aquel día necesitaba relajarse para pensar qué hacer en aquellas circunstancias extraordinarias. Tenía que devolver la camioneta, entre otros asuntos más complicados. Estaba mirando hacia la puerta cuando entró un hombre con aspecto de estar tan abatido como ella. Era alto y fibroso y con el rostro curtido de sol, aire y algo más de naturaleza indefinida. Se sentó al otro extremo del bar. La mujer lo recibió con una sonrisa afable, intercambiaron unas cuantas frases y le trajo una ración de tortilla y un doble de cerveza. Después se acercó a Bárbara y le preguntó si quería algo más. —Sí, quiero alquilar una casita por aquí. A las afueras. ¿Sabes si hay alguna?

—Bueno, sí, la masía de la Torre me parece que se alquila, pero está para reformar y es muy grande. ¿Sabes tú algo, Juan? —implicó al hombre en la conversación. —No mucho, solo he visto el letrero con un número de teléfono. —Me gustaría verla —dijo Bárbara. —Está muy cerca de aquí, pero es un poco lioso llegar. Si pudiera la acompañaría, pero ya ve que estoy sola —dijo mirando a Juan. —Si se espera a que acabe el almuerzo, yo la acompaño —se vio obligado a contestar. Al rato se subieron los dos a la camioneta. Juan le indicó el camino y Bárbara condujo hasta allí. Se quedó impresionada por la belleza de aquella casa, pero también frustrada por el mal estado que presentaba. —Ha vivido mejores tiempos. No sé por qué la han dejado deteriorarse de esta manera —dijo Juan. —Me encantaría quedármela, voy a preguntar el precio. Claro que no sé cómo podría restaurarla, me costaría una pasta —dijo pensativa. Marcó el número en su móvil y mantuvo una conversación con una voz dulce de mujer, que le pareció muy mayor. Amalia, se llamaba. Anotó una dirección en su agenda.

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Luego se quedó muda rodeando el edificio. Tenía dos alturas y una pequeña torre; muchas ventanas y un gran portalón de madera maciza, que invitaba a entrar, aunque ahora estuviera cerrada. —Mil euros me pide. ¿Qué le parece? —Pues no sé. No sé cómo estará por dentro. —Eso tiene fácil arreglo. La mujer dice que puede enseñarla esta misma mañana si vamos a por ella. —La primera persona del plural siguió implicando a Juan, que, por otro lado, no tenía nada mejor que hacer. Leyó la dirección y se internaron en el pueblo con la camioneta en busca de Amalia. Los recibió con una sonrisa, que los años no habían apagado. Debía rondar los ochenta. Se fue con ellos sin parar de hablar de las maravillas de la masía donde había crecido. —Ahora ya no puedo ocuparme de una casa tan grande. Desde que murió mi Paco, que en paz descanse, hace veinte años, casi no he vuelto por allí. No tengo hijos ni nadie que me ayude a mantenerla, así que estará bastante sucia. Espero que al menos siga en pie.

...continuará

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Críticas de cine, series y libros

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El Mentiroso y En plena noche Miguel Moliné Como me regalaron la tercera parte de la trilogía de Illumbe de Mikel Santiago, Entre los muertos, este verano he leído la primera parte y la segunda. En realidad, se trata de novelas independientes, aunque las tres suceden en el marco del pueblo ficticio de Illumbe. En las 480 páginas de las que consta esta primera novela, Álex Garaikoa miente, miente y miente, a la vez que busca respuestas a un crimen supuestamente cometido por él. Tras despertar en una fábrica abandonada al lado del cadáver de un hombre que no recuerda conocer, a lo largo de los cortos y adictivos capítulos, el protagonista va desenredando sus recuerdos, mientras intenta encontrar las razones de su amnesia. Narrado en primera persona, este thriller es fácil de leer, te engancha y no puedes parar hasta descubrir al culpable. Se aprecia el bagaje musical del autor en las canciones que el protagonista escucha a lo largo de la novela. Como el final me ha parecido un poco folletinesco, aunque la trama está perfectamente hilada, le doy cuatro tinteros. La segunda novela de la trilogía, En plena noche, nos cuenta la historia de Diego León, un famoso cantante que, veinte años atrás, se vio envuelto en la desaparición de su entonces novia. Por culpa de la muerte de uno de los componentes de su exbanda de música, vuelve a Illumbe y trata de recordar lo que pasó aquella noche, a la vez que investiga otro posible crimen. Dos novelas, dos amnésicos. Al principio pensé que iba a ser más de lo mismo, pero me animé a leerlo en el marco del club de lectura de @dimeunlibro de Instagram. Iván, el encargado del club, estableció unas metas que no fui capaz de seguir, porque, una vez más, el ritmo de la novela y la manera de describir de Mikel Santiago me animaron a continuar, hasta terminarla mucho antes de la meta fijada por el club. Aparecen viejos conocidos de la novela El mentiroso y es agradable recorrer de nuevo algunos de los parajes vascos por los que ambos personajes llevan a cabo sus investigaciones. Ambas novelas se parecen en que los dos protagonistas son hombres, tienen amnesia y pasan un poco de la policía a la hora de investigar tal o cual pista. A esta le doy también cuatro tinteros pues, aunque el final me ha gustado mucho más que el de la anterior novela (me parece mejor hilado, mejor explicado), en algunas ocasiones creo que el autor ha querido rizar el rizo y llevarnos por algunos caminos solo por escribir más páginas (672, ¿exigencias de la editorial?). No obstante, la recomiendo para aquellos amantes de los thrillers que gustan de los misterios contados con cuentagotas, bien explicados y sin demasiadas descripciones que no llevan a ninguna parte.

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Una novela de éxito María Codoñer Aguardo ansiosa la nueva novela de Vicente Marco. Lo leo con pasión de alumna, atrapo sus enseñanzas, busco el trabajo de bastidores, espero encontrar en su lectura la construcción de ese edificio que es Una novela de éxito, como novela, pero también como aspiración personal. Pero me sucede algo inesperado mientras leo, y es que me olvido del autor, me olvido de que es una historia de ficción, que no es real, no veo los entresijos de la escritura detrás. Me adentro con entusiasmo en la lectura voraz de una trama adictiva. Es porque el libro está tan bien escrito que no pienso que hay un señor detrás juntando palabras. La novela es muy buena, diría más, magnífica. Buenos personajes, te despiertan sentimientos encontrados, te planteas que harías en una situación así, quién serias tú. La trama, lo excepcional de lo cotidiano, es tan rocambolesca que consigues creer que puede ser real, y por qué no? No es una historia de buenos y malos, es una historia de víctimas y verdugos. Del poder de las víctimas y de cómo se convierten en verdugos. Prosa limpia, cristalina, como si brotase natural, parece que Vicente nació contando historias, como si no hubiese esfuerzo detrás. Y lo hay, me consta. Una vez más lo has hecho, un gran trabajo.

Desde la ventana María Codoñer

Hoy quiero hablar de una novela de crímenes, de las autoras Marina Lomar y Joana Chilet. Un buen libro para pasar este verano, es fresco, divertido, da lo que ofrece, no decepciona. Una historia hilarante al más puro estilo P.G Wodehouse a la española y un homenaje al gran Hitchcock. Una novela negra de humor y con fuertes dosis de erotismo, eso siempre es refrescante (yo sí lo he encontrado). Me lo he pasado en grande con Fina, un personaje fantástico, esta señora podría protagonizar una serie de novelas, porque tiene chicha, ahí lo dejo. Y yo me pregunto, si lidiar con uno mismo a la hora de escribir una novela ya es difícil, ¿cómo lo han logrado a dos manos? Pues no sé cómo lo han hecho, pero desde luego lo han bordado. El humor siempre salva. .

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