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REFLEXIÓN DE UN ALUMNO A continuación tenéis una escrito de reflexión de un alumno de otro curso, que como recurso lo considero más oportuno para sensibilizar en el cuidado del medioambiente que cualquier otra presentación con conceptos teóricos o datos. Ya me diréis que os parece

Cuando se habla de Medio Ambiente tiende a caerse en el reiterado error de reducir las tareas de Educación Ambiental a una perspectiva naturalista, es decir, aún a estas alturas parece que nuestra conciencia ambiental pasa por saber sobre la atmósfera, los ríos, los espacios naturales, los animales y las plantas. Esta simplificación favorece en buena parte a todos los ciudadanos que carecen de formación ambiental y que responsabilizan de los designios del Planeta a los políticos y burócratas de turno, pues poco pueden hacer simples personas de carne y hueso frente a los todopoderosos gobernantes cuando de problemas globales se trata, ¿no es cierto?. La sensibilización por nuestro medio ambiente pasa por vernos implicados en la problemática global y por considerarnos actores reales en el escenario del cambio climático, porque lo contrario es ponernos una venda delante de los ojos. No obstante es verdad que los ciudadanos deben recibir estímulos mucho más eficaces que consigan despertarlos de este letargo de inconsciencia colectiva. Ya basta de destinar pocos recursos a la Educación Ambiental, y que los pocos que llegan sigan siendo para más de lo mismo, guías de cómo ser el ciudadan@ perfect@, que ahorra luz y agua, que recicla sus residuos (aunque cada vez produzca más, pero reciclándolos…), campañas ñoñas para convencernos de que hagamos cosas que no se sabe muy bien para qué sirven y que confunden a la opinión pública, ¿serán para ahorrar gasto público? ¿serán para que unas pocas empresas se forren? ¿serán porque ahora toca ganarse los votos de los “ecologistas”? ¿o serán por una moda de lo verde? (ahora todos los coches son ecológicos….echan flores por el tubo de escape, no te jode (con perdón). Desde mi modesto punto de vista a la gente hay que cambiarle la medicación si queremos que pase a la acción. La nueva medicación que yo personalmente propondría sería identificar a las personas con los problemas y pedirles acciones simples, cómodas, gratuitas, o incluso que les den una recompensa directa y ya. Por eso es hora de comenzar a transmitir el mensaje de que el mundo está en declive porque nuestro SISTEMA DE CONSUMO ES INSOSTENIBLE. Una economía de materiales en la que el 95% de lo que consumimos es basura en menos de 6 meses y en la que no se compra lo que se necesita realmente sino lo que nos dicen que necesitamos, está avocado al desastre.

 

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El Planeta Tierra es una bola de recursos limitada y si el ser humano no lo advierte quizás no merece el apelativo de “inteligente”. Una parte de la sociedad occidental responsable de la crisis ambiental, entre la que se encuentran los países del área circunmediterránea, se caracteriza por vivir el presente sin plantearse el futuro. Los jóvenes españoles son un paradigma de ello, en tanto que carecen de perspectivas a largo plazo e incluso a medio plazo, pues su escala temporal (en general, no en todos los casos obviamente) no va más allá del próximo fin de semana y la nueva cogorza que se van a pillar. El fracaso escolar (30% en sistema ESO, 45% en la Universidad), la violencia en las aulas, la poca cualificación profesional, la falta de valores, etc son indicadores en España de ésto que acabo de decir, especialmente cuando se compara con valores de otros países europeos y del mundo. En este escenario parece lógico pensar que los mensajes de sensibilización ambiental dirigidos a la juventud les suenen a chino cantonés. Solo si se “premia” un comportamiento determinado, conseguiremos que el mensaje sensibilizador cale entre estos sectores más recalcitrantes de nuestra sociedad. ¿No se van a dar ahora becas-paga a nuestros adolescentes por… (elige la correcta…: ¿ a) sacar buenas notas, b) aprobar, c) ir a clase, d) no pegar al profesor ¿….sorpresa!!, no por sacar buenas notas ni simplemente aprobar, les van a pagar a nuestros hijos por ir a clase… Creo que entendéis lo que quiero decir con que hay que premiar a la gente. Cada vez que hacemos la compra, estamos decidiendo con nuestros hábitos de consumo (o de consumismo, si lo preferís, cada cual que se aplique el concepto que le convenga) el futuro del Planeta. Según qué y cuanto compremos, estaremos incidiendo en problemas tan globales como la contaminación, la generación de residuos, la extinción de especies, el cambio climático, la deforestación, etc etc. Si compramos productos en cuya cadena productiva se generan químicos tóxicos, estamos contaminando. Si consumimos productos de empresas que no pueden demostrar que no utilizan recursos de espacios protegidos (caso de IKEA en el Amazonas por citar un ejemplo llamativo) estamos deforestando lejanas selvas tropicales. O si compramos productos que generan grandes cantidades de residuos, debemos entender que somos nosotros los que también generamos esos residuos. A la dimensión ambiental hay que añadir otra dimensión importante, la de los derechos humanos. Debemos admitir que cada vez que compramos unas zapatillas Nike estamos favoreciendo la explotación infantil en Indonesia o República Dominicana, o cada vez que compramos un juguete Disney, hacemos lo propio favoreciendo el tráfico de niños esclavos en Haití. Porque nuestras zapatillas Nike “fashion” son producidas por niñas indonesias o dominicanas y porque nuestros adorables juguetes Disney son fabricadas por niños que han sido comprados a sus familias por cantidades miserables en Haití, el país más pobre de América.

 

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Y para colmo, la pasta que cuestan y que se reparten el directivo de la empresa y el deportista famoso de turno que ha publicitado el producto últimamente. Esa será una de las grandes aportaciones que nuestro orgullo nacional, salvador de la humanidad, Rafa Nadal (a saber, un tío que gana cientos de millones por darle a una pelota…) ha hecho por un mundo mejor (su mundo mejor). ¿Cómo podemos vivir en un mundo así? ¿Cómo puede ser que a estas alturas no dispongamos de esa información? Y lo más triste quizás ¿nos interesaría saberlo?. Como educador ambiental, quiero transmitiros la necesidad de pasar a la acción a través de nuestros hábitos de consumo. Porque cambiar estos hábitos no solo puede repercutir en mejorar el medio ambiente de todos, sino porque también podemos mejorar nuestro bolsillo y nuestra salud. Ese es el truco, esa es la recompensa. Hábitos de consumo más sostenibles, como por ejemplo, reducir la cesta de la compra eliminando lo superfluo, lo comercial, lo que nos hace aparentar lo que no somos, nos vendría muy bien para ahorrar unos euros en esta época de crisis. Hábitos de consumo más sostenibles, como por ejemplo, comprar productos ecológicos (que no tienen que ser mucho más caros que los convencionales pero que si lo fueran, para eso tenemos esos eurillos que ahorramos antes) o comprar productos locales y de temporada (menos transportes a grandes distancias, menos contaminación, menos gasto de energía en cámaras frigoríficas e invernaderos, sin transgénicos ni aditivos alimentarios ni pesticidas, etc) contribuiría a un medio ambiente más sano y a mejorar por extensión nuestra salud. ¿Nunca habéis pensado por qué cada vez hay más tipos de cáncer y más tasa de incidencia sobre la población? ¿O por qué las enfermedades raras aumentan de número de forma constante? ¿O por qué los alérgicos al olivo no paran de aumentar? ¿O por qué la tasa de infertilidad en España alcanza ya el 34% de la población?. Simplemente se trata del “impuesto revolucionario” que la sociedad debe pagar por tantas cosas que consumimos bajo la bandera de lo imprescindible: combustibles fósiles para desplazarnos, tabaco (para los fumadores es imprescindible), leche (la única especie animal que la toma en edad adulta es la humana), o actimel (el 50% de los hogares españoles lo consumen según la empresa), aperitivos y chucherías, perfumes y productos cosméticos en general, 3 o 4 televisores por hogar, entre 10 y 20 pantalones por persona, o un montón de electrodomésticos cuyas prestaciones aprovechamos en menos de un 40% y que son simples consumidores de energía y objetos caros de adorno del hogar. Y casi todo esto lo compramos influidos por la publicidad. Es conocido que la publicidad es algo más que dar a conocer los productos de consumo. Pero raramente somos conscientes de hasta qué punto pretende -y consigue- difuminar la personalidad de cada uno para hacernos partícipes de un modelo colectivo de comportamiento.  

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Las empresas también usan la publicidad para transmitir una imagen de sí mismas que puede ser totalmente opuesta a la realidad. Se considera que la publicidad y la ficción, en mayor medida que la información y la opinión, son los géneros comunicativos con más influencia sobre los ciudadanos. La publicidad tiene una función persuasiva. Incita al consumo, fomenta la ambición y el deseo de poseer más, haciendo que la gente se sienta continuamente insatisfecha. Pero además de estos fines, la publicidad también es capaz de conformar modelos colectivos de valores, comportamientos y formas de vida que orientan las necesidades y los deseos de las personas. Mientras que la primera publicidad televisiva de los años cincuenta situaba al objeto y su función de uso en el centro de su discurso, en las últimas décadas la estrategia publicitaria se ha orientado hacia una preocupación por el valor añadido de los productos. Ahora se trata de asociar un producto a unos significados específicos con el objetivo de que estos significados sean percibidos y reconocidos inherentemente en los objetos. Lo que se consume son símbolos y lo que en realidad vende la publicidad, el discurso del consumo, es belleza, éxito, juventud, lujo, distinción, prestigio, erotismo... De hecho, en la publicidad actual el objeto anunciado suele aparecer con mucha menos frecuencia que las imágenes que tienen la función de añadir la carga simbólica al producto. ¿Qué anunciaba Bruce lee en el recordado anuncio de “Be water my friend”? Nada en la publicidad televisiva es fortuito y casi nada es verdad o al menos verdad sin matices. Y eso nunca debemos olvidarlo. Para luchar frente a la publicidad que nos fustiga, surgió hace unos años un movimiento ecologista que practica lo que se denomina CONTRAPUBLICIDAD. Hacer contrapublicidad consiste en parodiar una campaña gráfica o audiovisual de un producto más o menos conocido para analizar los mensajes ocultos, los perjuicios sociales y ambientales que conlleva el producto y la marca que lo representa, en definitiva, realizar una crítica del producto para que la población conozca lo que existe oculto tras el mismo, detrás de los beneficios que la propia marca pretende inculcarnos a través de una campaña adornada por imágenes, palabras y personajes atractivos y acordes a los estereotipos del momento.

 

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Pongo a continuación algunos ejemplos de contrapublicidad gráfica que aclararán mucho mejor esta idea (tomadas de www.consumehastamorir.com):

 

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Medioambiente  

Teoría Medioambiente

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